Entre la teoría contemporánea del derecho y la práctica misma de éste se ha provocado una disociación entre las interpretaciones y alcances

que la otra hace de la una: si bien siguen existiendo teóricos que hacen avanzar la teoría del derecho, parece que ésta ha dejado de lado la práctica para seguir un curso especulativo por su cuenta propia. Y, sin embargo, los temas que se han discutido arduamente los últimos 30 años a partir, puntualmente, de la teoría de Hart y la controversia de éste con Dworkin, son de absoluta relevancia, tanto como para la filosofía del derecho, como para la práctica misma. Se puede hacer éste diagnóstico una vez que tengamos clara la discusión entre los dos autores, pero, antes de detallar tal discusión, veamos cuál es el panorama contemporáneo que nos insta a buscar respuestas dentro de la teoría: en una sociedad cada vez más empoderada de medios tecnológicos donde el traspaso de información se ha vuelto tan rápido que las fronteras ya poco pueden hacer para controlar tal flujo, los fenómenos de multiculturalidad ya no se dan en un marco a macro escala, sino que pueden encontrarse, incluso, en reductos locales donde la variedad cultural es tan amplia que no puede aplicarse solamente un único parámetro evaluativo para investigar o regular un grupo humano. No obstante, por muy rápido que pueda cambiar la naturaleza de una población dada la migración de una moral o idea, el derecho detrás del territorio en cuestión, no cambia a la misma velocidad. O, al menos, éso es lo que pareciera suceder. Si bien es imposible, dada la misma naturaleza de ciertos códigos civiles y penales, que la legislación de un país cambie con la rapidez suficiente para que exista una norma para cada caso posible de interacción entre los individuos, si debe haber -al menos en los sistemas judiciales modernos- un espacio de deliberación donde la interpretación de una norma anterior pueda ser aplicable a un caso nuevo. Bajo éste punto de vista es que la teoría de Hart da una clasificación conceptual fresca que nos permite revisar, críticamente, éstos fenómenos nuevos. Dentro de los mayores logros de ésta teoría es hacer una clara división entre reglas de primer y segundo orden. La distinción entre éstas se puede hacer desde varios puntos de vista, pero, sin duda, el más importante es hacia quiénes están dirigidas las leyes. Las reglas de primer orden, que corresponden a aquellas que determinan castigos y penas a ciertas conductas de los civiles, como también aquellas que otorgan derechos a éstos. En ambos casos, son reglas primarias porque están dirigidas inmediatamente a quienes deben acatarlas. Las reglas de segundo orden, si nos centramos en la distinción recién hecha, son reglas que están dirigidas a quiénes deben hacer respetar las reglas primarias. Por ésto mismo, éstas reglas secundarias deben otorgar poderes a individuos para interpretar la ley, cambiarla -bajo condiciones estrictas- y, particularmente, una regla última de reconocimiento que permita saber cuáles son todas las leyes dentro de un sistema penal. Si bien éstas reglas pueden parecer, desde un primer punto de vista, someras, logran dar una clara solución a problemas clásicos del derecho, como así también abrir nuevos dilemas a partir de su misma clasificación.

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