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“Se Busca Verdugo: La Tragicomedia De Arquímedes” – Jacqueline Petingi Labastie

(Capítulo IV – Segunda parte)

- MADRE, PADRE Dr. Jaracosoli (Levantando la voz.)- ¡¿Me oye?!... Arquímedes (Sobresaltado.)- ¡¿Eh?!... Dr. Jaracosoli.- Le preguntaba..., que si usted cree que esta chica Natalia le haya sido infiel. ¿A usted, qué le parece? Arquímedes.- Hum... no, no creo..., o sea, tá, la verdad, no sé. Dr. Jaracosoli (Mechando una infalible originalidad.)- A ver..., hábleme un poquito acerca de su mamá. Arquímedes (Con extrañeza.)- De mi madre? (Piensa un poco) Ah, sí, bueno..., ella..., tá, ahora se está por jubilar..., pero sigue trabajando en casa..., de forma... particular..., y..., bueno..., en general, ella... Estas últimas palabras, si bien dichas por él mismo, le empiezan a sonar lejanas. Arquímedes está hablando de manera mecánica, con fórmulas aceptables. Lo cierto es que otro expediente ha rebotado, saliendo despedido de los archivos de su memoria. No es que sea tan difícil vivir con su madre y verla todos los días. Pero no es fácil resumir en pocas palabras una descripción acerca de ella. No es nada fácil hablar al respecto. Arquímedes decide intentarlo, ilustrando la respuesta con un compilado del tipo “un día en la vida de mi madre”. Pero enseguida tropieza con algunos detallitos que no podría comentar. Las imágenes mentales comienzan a sucederse, y él selecciona sólo algunas. De todo lo que Arquímedes podría decir acerca de su madre, muy probablemente no esté diciendo ni el cinco por ciento de lo que, de hecho, está recordando. .............................. Dentro de un pequeño placard en el cuarto de baño, Arquímedes busca algo que sea lo más parecido posible a “zaleas”. Tiene una idea de que son pequeñas sábanas, del tipo de las que se emplean en los consultorios médicos para forrar camillas, pero en medio de los altos de toallas y otros tipos de ropa similar, tiene que fijarse muy bien. Encuentra una tela gruesa que se asemeja bastante, y la extrae del placard. La desdobla. Es como un pedazo de sábana recortada. La vuelve a doblar, y rápidamente extrae todo el alto que encuentra. Cierra el placard, y saliendo del baño, se dirige a la parte de adelante de su casa, por el corredor. En el área del frente de la casa hay una habitación que funciona como consultorio, en el cual atiende su madre. Algunas sillas, dispuestas a lo largo de las paredes, habilitan una improvisada “sala de espera”. Ésta es una de las razones por las cuales él evita entrar o salir por la puerta del frente. Sin perjuicio de esto último, su madre le ha pedido un favor: que le alcance zaleas limpias. Arquímedes avanza por el corredor, llevando una pila de zaleas bien dobladas en las manos. No hay mucha gente, esta vez, en la sala de espera. Sólo dos chicas muy 8
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jóvenes sentadas, una de ellas en estado bastante avanzado de gravidez. No es sorprendente la presencia de mujeres embarazadas en esa sala de espera. Pero generalmente no las hay en tan adelantados estados de gestación. Arquímedes toca a la puerta, golpeando discretamente con los nudillos. Nadie responde. Vuelve a tocar, golpeando más fuerte, esta vez. Arquímedes.- ¡¿Mamá?!... Una de las chicas sentadas en la sala de espera, la que está embarazada, levanta la mirada, con un ligero sobresalto. La chica, de cabello castaño claro y grandes ojos color caramelo, se queda mirando al muchacho, con una expresión muy triste. Su rostro expresa con tal transparencia un estado de ánimo confuso y dolorido, que parece como si en cualquier momento fuera a romper en llanto. Arquímedes, sintiendo el peso de los grandes ojos tristes, voltea para mirarla un instante, y queda impresionado, casi perturbado. Piensa en la edad que podrá tener esa chica, “- ... es muy pendejita... ¿qué podrá tener?... diecisiete años, como mucho...?”, como sea, se la ve demasiado chica, para ser madre inminente. La puerta se abre al fin. Un par de manos salen y, sin más dilaciones, arrebatan el bulto de zaleas de las manos de Arquímedes. Permaneciendo en el interior del consultorio, la voz de la mujer se oye por lo bajo, con un timbre plano, casi lúgubre, y tono grave. Madre de Arquímedes.- Ah..., andá a buscar la leche para tu hermano, que se acabó. Arquímedes.- Sí... ¿adónde hay plata? Madre de Arquímedes.- Ay, m’hijo, yo qué sé..., sacá de la cómoda de la abuela. Arquímedes.- Bueno, ahora voy. La puerta se cierra poco menos que en la cara de Arquímedes. Él gira apenas la cabeza, dirigiendo una última mirada hacia las chicas en la sala de espera. La otra chica, la morocha, lo mira solapadamente. No es por mala intención, sino más bien porque no puede evitar expresar una cierta solemnidad y un atisbo de reprensión en su mirada. La otra chica, de aspecto dulce y cándido, se ve ahora más infantil y desvalida, todavía. El brillo de su cabello castaño cae como un velo sobre su cara inclinada hacia delante. Toda la angustiosa imagen de la chica mirando al piso, es reforzada por una levísima entrecortada respiración. Arquímedes ya ha visto esta escena antes, y sabe que jamás se acostumbrará. La chica empieza a removerse en la silla. Arquímedes se va de la sala de espera. Y mientras abandona el corredor, escucha el sonido propio de la ropa de alguien que se encuentra en un momento de indecible incomodidad. Arquímedes no podría asegurar esto, pues está de espaldas, pero le ha parecido que esa chica tuvo ganas de salir corriendo del lugar. Y ésa es otra percepción que ha tenido ya otras tantas veces antes, y a la que tampoco se podrá acostumbrar jamás. .............................. Dr. Jaracosoli.- A-há..., sí, sí, ya veo... Y, fuera de la diligencia del quehacer cotidiano de su mamá..., usted, ¿cómo la describiría a ella? Hábleme acerca de... del perfil de su mamá. ¿Cómo es su... mamá? Arquímedes.- Y..., ella es... bien, yo qué sé... Es laburadora..., responsable, está siempre al mango... Dr. Jaracosoli.- Bueno, pero... usted, ¿cómo se lleva con su mamá? 9
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Arquímedes.- Yo?... Y..., bien. Dr. Jaracosoli.- Ah, sí? Y, ¿por qué, mejor, no me cuenta un poquito más acerca de su vida familiar?... en una forma más... cotidiana, digamos? Arquímedes.- Cotidiana... (Busca el significado del vocablo en el cielorraso) ¿De antes, o de ahora? Dr. Jaracosoli (De regreso al conductismo.)- ¿Prefiere hablar de su papá? Arquímedes.- ... no tengo problema... Y..., mi viejo...? Tá, y... mi viejo... siempre fue un tipo muy... estricto, muy rígido, sí..., en general..., o sea..., no? muy... recto, por decir... algo, y... bueno... Mientras el Dr. Jaracosoli va imaginando cómo lanzar una tercera bomba molotov, esta vez destinada a la escuela de Watson y otros behavioristas, Arquímedes, como Alicia en Wonderland, ha ido a dar de sopetón a otra zona bastante áspera de su vida. En el terreno irregular que representa una escena en torno a la mesa familiar, en esta ocasión, él no se ve a sí mismo dentro de la escena. Sabe Dios - y el Dr. Jaracosoli -, cuánto, de todo lo que de hecho recuerda, está narrando de manera fidedigna. .............................. Es la hora de la cena, en una noche no tan lejana en el tiempo, y todos están reunidos, sentados a la mesa. Por alguna razón, los demás miembros de la familia se presienten, más de lo que se ven. En realidad, se los percibe a todos, pero Arquímedes sólo puede ver la figura del hombre sentado a la cabecera de la mesa. Y si bien el muchacho ocupa un asiento relativamente alejado, puede ver al anciano hombre como si lo tuviera a cincuenta centímetros por delante de él. El padre de Arquímedes está hablando de manera muy sentenciosa y enfática, articulando demasiado cada palabra, en un incesante ajetreo de sus mandíbulas. Su tez blanca se enrojece por momentos, creando un notorio contraste con lo blanco del pelo en las profundas entradas de su arrugada frente. La gran vitalidad en el hombre de ochenta y siete años de edad, sugiere una modalidad de índole más bien colérica. Pero su mirada es un misterio, detrás de los gruesos anteojos oscuros. En la mente de Arquímedes, parece como que alguien le ha subido el volumen al argumento del tema en cuestión, muy por encima del nivel de decibeles aceptable para un oído normal. Padre de Arquímedes (Masticando las palabras.)- Yo te voy a dar, a vos... ¡Facultad de A- bo- ga- cíiiaaa...! Ésa... ¡Ésa es la universidad de los co - rruptos!... Como si no hubiera ya suficientes cuervos, en éste país!... ¡ Facultad???! ¡Jéh!... ¡Cueva de ladrones!, decí mejor... Y vos, ¿qué vas a hacer? ... defender delincuentes?! Así después los chorros andan sueltos, y nosotros, la gente de bien, ¡estamos entre rejas!... A- bo- ga- do- de- fen- sor... Já! ¿Qué me contás? Justo lo que precisábamos: otro defensor del atorrantismo!... y de la criminalidad! Pero, mirá vos! Fijáte bien lo que hacés, hacéme el favor... Si no sos más que un “don nadie”, un caído de la palmera, flor de zampas-tortas... ¿Te creés que te van a dar bola? ¡EH?! Arquímedes.- Pero, viejo..., el Derecho es una necesidad... Padre de Arquímedes (Furioso.)- ¡Una necesidad!... Seguro! Una necesidad fisiológica del segundo tipo, de las que se hacen sentado en el inodoro! Si te diera el balero, bueno, todavía vaya y pase..., pero vos, no tenés ni cabeza, ni labia. No te da la polenta, para eso, a vos... Y toda esa manga de avivados, seguro que ya te vieron la 10
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cara de perejil, y ¿te creés que te van a dar laburo?... ¿A VOS? ¡MINGA!... Pero..., no me hagas reír, que tengo el labio partido, mirá... Hacéme el favor, sacáte esos papelitos en el culo, que tenés, y hacé algo útil. Vos tenés que ser MÉ- DI- CO. ¡¡¡MÉDICO, tenés que ser!!!... A ver, Lulú..., esta sopa está asquerosamente tibia, me hacés el favor, calentamelá?!...
Una voz de mujer de algo más que la tercera edad, de la que no se ve más que un rápido movimiento de su mano al retirar un salero de tapa blanca de delante del viejo para dejarle el indicado, un salero de tapa roja, interviene sin ser consultada. Tía Nora.- Ay, Orestes..., yo, no es por nada, no? Pero, vos fijáte una cosa... ¿qué importancia puede tener, que esté en la Facultad de Derecho? Si, total..., no va a llegar ni a ser procurador...? Un par de manos conocidas del recuerdo anterior de Arquímedes, aparecen delante del viejo, colocando un humeante plato de sopa. Una de las manos le toma la derecha de él hasta acercársela a la cuchara ya inmersa, sobre el borde del plato. Lulú.- Acá tenés. Tomála caliente, antes de que se enfríe. ¿Te tomaste el regulador de la presión? Don Orestes no contesta. Está ofuscado. Por toda respuesta, carraspea, y se calza bien los lentes negros. Si la respuesta es automática, el efecto en su esposa lo es aún más. Tantea hasta encontrar la mano de su esposa. Ésta le coloca en la palma de la mano izquierda un comprimido, y el viejo se lo lleva a la boca. Luego, con un movimiento bastante certero, busca el vaso de agua, que está colocado exactamente “a las 2” del supuesto reloj representado por el plato. De no ser por estos ademanes, nadie recordaría su ceguera total, ya que don Orestes acostumbra a hablar como si viera. Luego de ingerir la pastilla con agua, deposita el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Manipula la cuchara ruidosamente, como si en cada choque de cuchara contra el fondo de loza estuviera marcando su autoridad moral. Busca “a la 1” del plato el salero de vidrio con tapa roja, rocía la sopa y lo devuelve “a la 1 en punto” como si acabara de rematar la sopa al mejor postor. Bebe un par de ruidosos sorbos, a cucharada desbordante, y sigue marcando el compás con la cuchara en el plato. Habitualmente nadie se atrevería a interrumpir tal ceremonia. Arquímedes.- Viejo..., mirá, yo, la verdad es que todavía no tengo claro lo que voy a hacer... Pero, lo que pasa es que... yo creo en la justicia. Padre de Arquímedes (Atragantándose.)- Entonces, si creés en la justicia, estudiá una carrera honorable y digna, y sobre todo, ÚTIL!... A ver si ayudás a la familia, ¡y a tu madre! que está a cuatro manos... ¡Pedazo de vagoneta! Justicia, te voy a dar... (Ahogándose con la sopa), Cóf! Cóf!..., como si a alguien le importara... ¡cohoóffgh!... un pepino, de la justicia, acá, cóff!..., en este país... Lulú.- Ay, viejo, te va a hacer mal... Padre de Arquímedes (Tirando la cuchara en el plato.)- Mirá..., hacéme el favor...? Decíle al pelotudo de tu hijo, que después que termine ahí (Hace un ademán en señal de “revoltijo”), me vaya a leer el diario. Y que me lleve el té de yuyos, estamos? El viejo gira todo el cuerpo en bloque, para tomar su bastón blanco, y luego se levanta. A pesar de conocerse la casa de memoria, para algunas situaciones el uso del bastón le sigue resultando una buena costumbre, y sumamente conveniente como efecto silenciador. Padre de Arquímedes (Con la infaltable frase de cierre.)- A mí, se me fue el hambre.

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Se va golpeteando dramáticamente el bastón de un lado a otro, contra las patas de sillas y otros muebles u objetos que va encontrando a su paso. Y se retira a su dormitorio. .............................. Dr. Jaracosoli.- De manera que usted vive con sus padres, y con su tía. Arquímedes.- Sí. No. Bueno, no es tan así..., porque... Dr. Jaracosoli.- Explicítese... Arquímedes.- Eeeh..., sí... En realidad..., bueno, nosotros éramos seis... en total, y ahora somos cinco en casa, porque... En este momento, la naturalidad con que Arquímedes ilustra la tan pedida cotidianeidad, parece desconcertar al doctor. De hecho, Jaracosoli empieza a sospechar que tal vez Arquímedes haya escapado de algún hospital psiquiátrico. Mientras tanto, el muchacho continúa refiriendo al doctor, lo que para él es un comienzo de jornada como cualquier otro en su vida.

Arquímedes

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