03 02

Intriga y seduce el uso que hace Javier Gil del
término “femenino” dentro de este fragmento.
Pongámoslo en contexto: Javier Gil viene ha-
blando del carácter promisorio de la incerti-
dumbre y de las posibilidades productivas del
desconocimiento, dentro de una experiencia
de lo estético, o incluso, dentro de una estética
de la experiencia.
Es en el contexto del arte donde esa estética de
la experiencia vendría a ser crucial, si la asumi-
mos como productora de un pensamiento y una
inteligencia que transcurre y que nunca llega a
constituirse en certeza. La experiencia artística
sería entonces particularmente propicia para sa-
car provecho de ese no saber y de ese no prever.
Su contexto idóneo sería el ámbito de lo impre-
decible y de la sorpresa; sus manifestaciones más
ricas serían la improvisación de nuevas referen-
cias de realidad y la conciliación con lo no de-
nitivo y con lo no autoritario.
Es discutible desde muchas posiciones el aso-
ciar esta experiencia a lo femenino. De hecho,
irónicamente, se requiere colocarse en un lugar
más femenino para entender esa frase de Javier
Gil. Ante todo se necesita acudir a ese rango de
tolerancia que siempre solicita la metáfora. En
ese contexto la imagen de lo femenino resulta
atractiva porque conlleva un germen de subver-
sión y resistencia. Lo femenino sería lo que se re-
siste a las construcciones epistemológicas como
formas de autoridad. Y sería lo que se resiste a
entender el saber y la realidad misma como es-
tructuras previsibles e inmutables.
Puede haber un prejuicio en suponer que sola-
mente desde lo femenino se da la opción de abrir-
se, de entregarse, o de “dejarse afectar”, pero lo
cierto es que, históricamente, las estructuras del
poder y el saber en nuestra cultura, han estado
asociadas a un imaginario falocéntrico. Al cono-
cimiento y a la autoridad siempre se les ha rela-
cionado con una cierta virilidad y una cierta vio-
lencia, potente y posesiva. Esa virilidad también
ha penetrado en el ámbito estético. Por eso, en
un discurso como el de Kant, sobre la distinción
entre lo bello y lo sublime se inltra un juicio que
sugiere la superioridad intelectual y moral del gé-
nero masculino: “…la virtud de las mujeres debe
ser bella; la de los hombres, noble…”
·- ¸·-..·» ¸-·¹-· -| ..-|·.|ထ ·.|+»··- -- .- |.g»· ¬»· (-¬--.-.ထ ¹-¡»··- »(-.|»·ထ
¹-¡»··- ·-..|.·ထ -·¸-·»··- -- .|·. |»¹.ထ ¸-·¹-· ·-(-·--..»· , ·-g+·.¹»¹-·န
Javier Gil
por Juan Antonio Molina Cuesta
04 05
Siguiendo esa lógica, sólo la mirada masculina podría sacar de su
frivolidad a la representación de la belleza femenina. Mas para eso, la
belleza debería ser disociada del deseo. Los orígenes de la fotografía
conocen un ejemplo paradigmático de esa disociación: las fotografías
de Julia Margaret Cameron. Pero también esas fotos, herederas del
moralismo victoriano, nos proveen de otra lección: el deseo puede ser
solapado, pero nunca aniquilado.
La fotografía ofrece un lugar más sosticado para la producción
del deseo desde el cuerpo femenino; pero, en principio, ese lugar ha
servido fundamentalmente para el enseñoreamiento de la mirada
masculina. Una estructura alternativa para la estética fotográca no
se resuelve solamente cambiando el objeto de la representación, sino
cambiando la dinámica de poder inscrita en la relación entre dicho
objeto y el sujeto que lo contempla. Siguiendo a Javier Gil pudiéramos
decir que se precisa mover la mirada desde el lugar del control y la
posesión a un lugar más afectivo o, más bien, afectado.
Para ello no es menos útil el desplazamiento de la fotografía des-
de el sitio de autoridad que le conere una cultura ocularcéntrica,
como certicación del valor de lo visible, hacia una posición que
ratique el valor de lo imaginario y lo subjetivo en la producción de
nuestra experiencia de lo real. De ahí la importancia de prácticas
fotográcas que relativizan las nociones preconcebidas de realidad,
que exploran las zonas blandas dentro de un universo aparente-
mente inconmovible, y que vuelven frágil y vulnerable el discurso
autolegitimador del documento.
Un lugar más femenino y más fértil para la experiencia de la foto-
grafía sería el lugar de la sura, de la rajadura que se abre entre me-
moria y verdad o entre documento y realidad. Esto implica pensar la
fotografía como objeto débil, es decir, como algo demasiado inestable
para servir de plataforma a las versiones nacionalistas, etnocentristas
y sexistas de la realidad. De antemano implica retar a los relatos he-
gemónicos sobre la realidad y a sus representaciones más conspicuas.
Pier Aldo Rovati decía, en una de sus reexiones sobre el “pensa-
miento débil”, que es el concepto de realidad lo que debe ser revisado
con una actitud verdaderamente hostil. En lo que tiene de replan-
teamiento de la experiencia estética, esa hostilidad llevaría a un des-
plazamiento del lugar de la verdad, que tan importante resulta en la
denición histórica de la fotografía. Así la foto no se vería obligada a
certicar una verdad localizada en la correspondencia entre la repre-
sentación y un objeto ubicado en un ámbito externo a nuestra propia
subjetividad –el ámbito factual y objetivo de lo real, objeto de deseo
en última instancia-. La verdad de la representación habría que bus-
carla en una subjetividad cuyo referente real más cercano es el propio
cuerpo. Lo que se propugna desde la fotografía más subversiva es el
reconocimiento de nuevas sensibilidades y nuevas subjetividades en
la relación con la representación, elaborando nuevas formas de desig-
nar el cuerpo desde la imagen. Es en este sentido que el lugar feme-
nino sugiere una problematización de las representaciones desde una
perspectiva de género.
Como se ha visto, el primer y más notable campo de batalla es el
que concierne a las representaciones del cuerpo. Un buen ejemplo de
las tensiones políticas que se han generado en torno a las relaciones
de géneros es el papel que han desempeñado las artes visuales en las
últimas décadas para desplazar la representación del cuerpo femenino
fuera del control o del campo de poder constituido alrededor de la
mirada masculina.
Aunque parezca contradictorio, yo pienso lo femenino como algo
que va más allá de los límites de la sexualidad. De hecho estoy pen-
sando en una sexualidad transgresiva, una sexualidad contestataria y
provocadora. En ese sentido, una fotografía femenina no tiene que ser
hecha necesariamente por mujeres o por hombres connados al ám-
bito gay o queer. Es la concepción abierta y contestataria del erotismo
lo que nos libra de una sexualidad constreñida por lo biológico o por
los roles sociales. Es una experiencia del erotismo más libre lo que nos
lleva a una experiencia de lo estético como ámbito de libertad o, al
menos, de resistencia.
/| ..-...¬.--|. , » |»
».|.·.¹»¹ ·.-¬¸·- ·- |-· |»
·-|»...-»¹. ..- .-» ..-·|»
..·.|.¹»¹ , .-» ..-·|»
...|--..»ထ ¸.|--|- , ¸.·-·..»န
з» ..·.|.¹»¹ |»¬|.-- |»
¸---|·»¹. -- -| »¬|.|. -·|-|...န

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful