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De conceptos y escritura, de archivos y mapas, de Deleuze y Foucault (o del quehacer sociológico

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Existe el "no lugar. Curiosamente, postular la existencia de un “no lugar” para un pensamiento acostumbrado a las clasificaciones, las jerarquías, las relaciones de inclusión (y de exclusión, que son otra cara de una misma moneda), obliga a imaginar un ámbito en el cual "todo cabe" o "nada cabe", ámbito que por incómodo, por poco práctico (digamos más, por inútil), se suele abandonar muy pronto como preocupación. Foucault, "nuevo archivista" según Deleuze, se ha empeñado en señalarla existencia de lugares no declarados, de topologías que responden a espacios apenas imaginados, de lógicas que atienden a órdenes no formulados. Ya otros lenguajes —la música, el dibujo y la pintura, las matemáticas— han mostrado esa posibilidad: un número imposible en Euler, el anillo de Möebius, los espacios de Escher, el viaje de las anguilas y el observatorio de Jaipur en la Prosa del Observatorio de Cortázar, la enciclopedia china citada o recordada por Borges y citada o recordada por Foucault.

Por supuesto, el nuevo archivista no puede apoyarse en textos sagrados ni consagrados, porque en ellos acaso podrá leer según la línea o según el plano; hay en ellos secuencias probadas, relaciones causales inmediatas, cronologías sin sobresaltos, o hay coordenadas precisas para el tiempo y el espacio; apenas dos dimensiones: una rosa es una rosa es una rosa...

Los críticos del archivista no aceptarán que haya textos asituacionales, sin contexto, sin

posibilidad

de

adscribirse

a

una

ciencia

o

a

cualquier

otro

discurso

institucionalizado, instituido. El nuevo archivista, en cambio —dice Deleuze —, “anuncia que ya sólo considerará enunciados”, justamente los textos elusivos, y aún los no-textos, que desconocen sintagmas y paradigmas, que (otra vez) pueden aspirar a no lugares (no por imposibles sino por impensados, por atópicos).

Hay vecindad en el trabajo de construcción conceptual de Foucault con el psicoanálisis, y también con Nietzsche y con algunos momentos de Marx1.

Por un lado, Marx demuestra que el pensamiento, que se expresa en el lenguaje a través de conceptos, media entre la realidad y el sujeto que busca aprehender un fragmento de la realidad; es decir que, aparte de ser un instrumento de comunicación, es una herramienta del pensamiento; que como concepto, como pensamiento, es una construcción del hombre “mediante” la cual transforma los objetos que conoce. Así, lo que se dice a partir de la observación inicial de los objetos es apenas una impresión, un dato apariencial a partir del cual se requiere efectuar un trabajo de indagación mayor que el análisis sobre lo que la realidad deja ver, para hallar determinaciones, condicionamientos, relaciones que permitan llegar a explicaciones sobre aquello que interesa. La expresión última de un concepto (¿una utopía?) es una totalidad que reúne en sí la unidad de lo diverso que en los objetos estudiados hay. Freud hace notar que las representaciones que construimos sobre la realidad (conceptual, material) no aluden a objetos que tengan un inmediato sentido referencial. Una metáfora, por ejemplo, no deriva su sentido de la denotación sino de la alusión a otro sentido
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La vecindad es reconocida por el mismo Foucault en una Conferencia de 1967, en la que se refiere a Freud, a Marx y a Nietzsche (el texto se recibió como fotocopia sin referencias bibliográficas, en el curso Panorama de la Sociología I).

semejante (pero posiblemente con una semejanza parcial, del tipo analogía, y no de un parecido estricto y formal). El sueño es representación porque de-forma o con-forma de manera distinta la referencia a un acto, a un suceso, a un discurso; por ello “vela” u oculta actos, sucesos o discursos “reales”; el sueño es una “impostura” del inconsciente (en el sentido de que imposta un significado).

Finalmente, Nietzsche, escribiendo sobre (y contra) la “apariencia”2, dice que ésta “es la verdadera y única realidad de las cosas, aquello a lo que le corresponden primeramente todos los predicados existentes y que puede caracterizarse comparativamente mejor con todos los predicados, es decir, incluso con los opuestos”. Luego señala que opone “apariencia” a “realidad” sino que, inversamente, toma la apariencia como la realidad, la cual se resiste a su conversión en un “mundo de la verdad” imaginario.

En Foucault podría hallarse un intento por situar una forma del conocimiento que se funda en la interpretación, entendida como hermenéutica del lenguaje (mediador entre la realidad y el hombre), que deconstruya y reconstruya permanentemente los flujos del pensamiento.

También hay diferencias. Como los órdenes en muchos campos (saberes, disciplinas, ciencias) se legitiman porque, a su vez, legitiman a aquellos, se requiere una actividad terrorista, el trabajo de un dinamitero que sepa situar las cargas en los puntos críticos de estructuras aparentemente (o sospechosamente) sólidas: entonces un “orden” de las letras en el alfabeto, comparado con el “orden” de las letras en el teclado de las máquinas de escribir, comparado con el “orden” de los tipos en la caja del
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2 NIETZSCHE, Friedrich. Fragmentos Póstumos, Editorial Norma, Colección Cara y Cruz, Bogotá, 1992, págs. 141142.

componedor de textos, se revela como monstruoso porque, socavado su estatuto de “verdad”, muestra su irracionalidad, su carácter arbitrario o, de otra forma, revela una imposición, que es una expresión de un saber, que es una expresión de un poder (aunque no siempre y necesariamente).

El enunciado no tiene, no busca (no necesita) un valor de verdad. En ese sentido, es puerta de acceso a otros horizontes (a planos que quizás sean el mismo plano, pero contrario u opuesto a aquél en que nos situamos en un primer momento, como la hormiga de Escher que camina por el anillo de Möebius).

La imagen de Proteo (la metáfora), quien podía cambiar de forma a voluntad, que en Nietzsche se equipara con la realidad, inaprehensible, cambiante (¿también a voluntad?), puede ilustrar la postura foucaultiana sobre el saber: el conocimiento avanza siempre y cuando se critique a sí mismo en cuanto lenguaje, porque es en el lenguaje del “conocedor” donde pueden hallarse los aciertos o las trampas de su empresa.

La escritura en Foucault, por ello, es tanto método como objeto de investigación. Como método, procede por la vía de su propia y permanente deconstrucción, evade la pretensión (o la compulsión) de afirmar o negar: en El Orden del Discurso dirá que “en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y (los) peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Como objeto, le ofrece la posibilidad de internarse en los terrenos que se abren ante cada fisura del discurso, donde se revela o se puede presentir todo aquello que el discurso vela, enmascara, oculta, ordena.

Estrategia o dispositivo de catalogación, de clasificación, de ordenamiento, la escritura constituye un objeto privilegiado para hacer la arqueología de los saberes; pero esta arqueología, que no es descriptiva sino re-constructiva, sólo puede realizarse por alguien que domine el arte de la archivística y de la cartografía: de otra manera, es fácil perderse (y no saberlo) en medio de tanta “verdad”.

Luis Jaime Ariza Tello En Cali, julio 24 de 1996