Obra maestra

El tigre medirá un metro. Su jaula tendrá algo más de un metro cuadrado. La fera no se da punto de reposo. Judío errante sobre sí mismo, describe el signo del infnito con tan maquinal fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un sólo sitio. El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza. Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas. Con un hijo, yo perdería la paz para siempre. No es que yo quiera dirimir esta cuestión con orgullos o necias pretensiones. ¿Quién enmendará la plana de la fecundidad? Al tomar el lápiz me ha hecho temblar el riesgo del sacrilegio, por más que mis conclusiones se derivan, precisamente, de lo que en mí pueda haber de clemencia, de justicia, de vocación al ideal y hasta de cobardía. Espero que mi humildad no sea fcticia, como no lo es mi miedo al dar a la vida un sólo califcativo: el de formidable. En acatamiento a la bondad que lucha con el mal, quisiera ponerme de rodillas para seguir trazando estos renglones temerarios. Dentro de mi temperamento, echar a rodar nuevos corazones, sólo se concibe por una fe continua y sin sombras o por un amor extremo. Somos reyes, porque con las tijeras previas de la noble sinceridad podemos salvar de la pesadilla terrestre a los millones de hombres que cuelgan de un beso. La ley de la vida diaria parece ley de mendicidad y de asfxia; pero el albedrío de negar la vida es casi divino. Quizá mientras me recreo con tamaña potestad, refexiona en mí la mujer destinada a darme el hijo que valga más que yo. A las señoritas les es concedido de lo Alto repetir, sin irreverencia, las palabras de la Señora Única: «He aquí la esclava»... Y mi voluntad, en defnitiva, capitula a un golpe de pestaña. Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe en la gloria trascendental de que ni sus hombros ni su frente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco. Aunque es inferior a los vertebrados en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro del mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana. Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra.

Dalila
En mis memorias, Gabriela Bezansoni ocupa la línea de las hechiceras. La noche de abril en que la oí perfeccionar a Dalila, Sansón, cabizbajo como nunca, padeció ante seis mil espectadores la chapuza flistea. A mi ver, la principal desgracia del tenor que la multitud repudió severamente, consiste en alternar su voz escolástica con la de esta enloquecedora, en cuya garganta se subleva el trueno y se pacifca la brisa. Su personalidad bravía nos arrebató. Por discernimiento o por instinto de su sexo, creó la Dalila emblemática en el apogeo de las contradicciones: benigna y brusca, fanatizada e impía, celeste y zoológica. La ciudad, que en los últimos años ha asistido a prodigios y maravillas, nunca pagará la visita de esta cantante, verdadero numen que practica el arcano de consolar a los hombres por la harmonía. Todo es arcano; arcana también la facultad estética de desencarnar las cuestiones más encarnizadas. Así, en una bella largueza impersonal, damas y caballeros aplaudían a la contralto, a pesar de que en la escena delataba a las unas y acentuaba el sinsabor de los otros. Ellas no la sentían extranjera; ellos, elevando al cubo el misterio, se dejaban tonsurar por las tijeras de la Deseada. Dentro del humo de tales jeroglífcos, Sansón, fgura de Cristo, empujaba la muela. Una sola cosa era segura: el encanto que f uía de una pingüina consustancial al Arte. Trasquilando a su grey melómana con la autoridad del genio, la Bezansoni es algo más que la escuela, algo más que la disciplina y algo más que la batuta del director y que la concha del apunte... Es la musa.

Mi pecado
Era el tiempo en que las amadas salían del baño con las puntas de la cabellera goteando constelaciones. Tiempo difunto en que se sentaban a la mesa con los hombros cubiertos por una toalla para defenderse de la humedad. Tiempo en que una hirviente escala solar se descolgaba por el tragaluz, incendiando las rojas mayúsculas del mantel. Hambre ingente y anhelos frugales. Pero luego, a poco andar, el hambre física se trasladará a los planteles del espíritu, cambiando la temerosa legumbre en los gajos de la insaciable voluptuosidad. Por zurdo cálculo me acerqué a la segunda de las hijas de aquel notario. Desde la siniestra imparcialidad conque estoy mirándola, me confeso traidor, egoísta y necio. En las efemérides de mi faqueza, es Ella, en realidad, mi único pecado. La aproveché mientras duró la comodidad de mi conciencia. Al sentirme incómodo, la saqué del calor de mis entrañas y la solté sobre el invierno. Casi no se quejó. Lancé su corazón con la ceguera desalmada conque los niños lanzan el trompo. Hoy, castigándome la cuerda los dedos, la dignidad de su martirio me echa en cara la más hueca de mis faltas. Me faltó personalidad. De la interferencia de nuestras vidas, salí deshonrado. A partir de entonces hay alguien que puede hablarme de arriba a abajo. En el sol y en las estrellas he indagado por una reparación, no ante Ella, que quizá me despreciaría, sino ante mí mismo. Mas la noche y el día me esconden el emblema de la expiación. Viejo pecado, que en este instante rezarás o coserás: si eres expiable, te ofrezco mi voluntad de permanecer inferior a ti. Quiero hablarte siempre desde abajo. Mi iniquidad rayó tu horóscopo diamantino con una estría de duelo. Viejo pecado que en este instante cantarás, dentro del vaho de la tarde lluviosa: conserva en rehenes mi deshonor.

En el solar
Contra mi voluntad emprendí el temido regreso al terruño. Después de siete años volví a recorrer las leguas y leguas de alcaparras, hasta alcanzar el puente pegado a mi lugar, el puente sin arcos, el dramático puente sin concluir a cuya vista se detienen los carruajes si la henchida cólera del río los excomulga. Trunco dolor del puente, cuya inutilidad apenas sirve a las golondrinas, estas amantes comisionadas que se esforzarán en acompañarme, volando al ras de la banqueta. Se me destina, en la casona, la sala de la derecha. Fantasmas, fantasmas, fantasmas. A las diez de la noche, logro escaparme. En un cielo turquí, el relámpago fagela edredones de nube. La ciudad jerezana me tienta con un mixto halago de fósil y de miniatura. Divago por ella en un traspiés ideal y no soy más que una bestia deshabitada que cruza por un pueblo fcticio. En el pavor de la guerra civil, los zorros llegaban a los atrios y a los jardines. Yo dejo de merodear, porque he despertado la suspicacia de un galán. Metido ya en el lecho, como en un sarcófago, el reloj del Santuario deja caer las doce. El trueno rueda y todo se vuelve nugatorio. La diana conque me despiertan los pájaros, me persuade de que han heredado el esmero poético, guardándose libres de las ideas módicas y del sonsonete zafo en que incurren los parnásides. El viaje es electoral. En ello radica la inevitable contribución a lo chusco. Soy llamado decadentista y apático. Pago mi impuesto al sainete sublunar y me compenso con la alhaja del Escorpión, que ha estado fulgiendo en la desnudez azul como la inmarcesible animalidad del cielo. He hecho un descubrimiento: ya no sé comer. De convite en convite, mimado por la urbanidad legendaria de aquí, he comprendido mi decadencia. Ni los genuinos manteles calados, ni el pan legitimista que se desborda por la mesa, retando al perfume de los rosales, ni siquiera la leche ártica, en vasos que no se abarcan con los dedos de Artajerjes, han podido mover mi apetito. Las señoritas escurren su sonrisa sobre el enfaldo, los niños también se festejan a mi costa. Yo comía al igual de ellas y de ellos. Ahora, en la honesta abundancia lugareña, la ponzoña de mis sentidos solicita, para responso del opíparo ayer, el magno, el ensordecedor, el loco gemido que sólo la madre de los árabes pudo prestar.

Novedad de la Patria
El descanso material del país, en treinta años de paz, coadyuvó a la idea de una Patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado. Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una Patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa. El instante actual del mundo, con todo y lo descarnado de la lucha, parece ser un instante subjetivo. ¿Qué mucho, pues, que falten los poetas épicos, hacia afuera? Correlativamente, nuestro concepto de la Patria es hoy hacia dentro. Las rectifcaciones de la experiencia, contrayendo a la justa medida la fama de nuestras glorias sobre españoles, yankes y franceses, y la celebridad de nuestro republicanismo, nos han revelado una Patria, no histórica ni política, sino íntima. La hemos descubierto a través de sensaciones y refexiones diarias, sin tregua, como la oración continua inventada por San Silvino. La miramos hecha para la vida de cada uno. Individual, sensual, resignada, llena de gestos, inmune a la afrenta, así la cubran de sal. Casi la confundimos con la tierra. No es que la despojemos de su ropaje moral y costumbrista. La amamos típica, como las damas hechas polvo -si su polvo existe- que contaban el tiempo por cabañuelas. Un gran artista o un gran pensador, podrían dar la fórmula de esta nueva Patria. Lo innominado de su ser no nos ha impedido cultivarla en versos, cuadros y música. La boga de lo colonial, hasta en los edifcios de los señores comerciantes, indica el regreso a la nacionalidad. De ella habíamos salido por inconsciencia, en viajes periféricos sin otro sentido, casi, que el del dinero. A la nacionalidad volvemos por amor... y pobreza. Hijos pródigos de una Patria que ni siquiera sabemos defnir, empezamos a observarla. Castellana y morisca, rayada de azteca, una vez que raspamos de su cuerpo las pinturas de olla de sindicato, ofrece -digámoslo con una de esas locuciones pícaras de la vida airada- el café con leche de su piel. Literatura -exclamará alguno de los que no comprenden la función real de las palabras, ni sospechan el sistema arterial del vocabulario-. Pero poseemos, en verdad, una Patria de naturaleza culminante y de espíritu intermedio, tripartito, en el cual se encierran todos los sabores. El país se renueva ante los estragos y ante millones de pobladores que no tienen otros ejercicios que los de la animalidad. ¿Por virtud de qué fbras se operará esta adivinanza? En las pruebas de canto, los jurados charlan, indiferentes a las gargantas vulgares. Hasta que una alumna los avasalla. Es el momento arcano de la dominación femenina por la voz. Así ha sonado, desde el Centenario, la voz de la nacionalidad.

Hay muchos desatentos. Gente sin amor, fastidiada, con prisa de retirar el mantel, de poner las sillas sobre la mesa, de irse. Tampoco escasean los amantes, feles en cada rompe y rasga, calaveras de las siete noches de la semana, prontos a aplaudir las contradicciones mismas, diseminadas por el territorio, que se resumen en la vasta contradicción de la capital. En este tema, al igual que en todos, sólo por la corazonada nos aproximamos al acierto. ¿Cómo interpretar, a sangre fría, nuestra urbanidad genuina, melosa, sirviendo de fondo a la violencia, y encima las germinaciones actuales, azarosas al modo de semillas de azotea? Un futuro se agita en la placidez diocesana de nuestros hábitos. A veces, creemos que va a morir el primor del mundo. Que la turbamulta famélica aniquilará los diamantes tradicionales, los balances del pensamiento, los fniquitos de la emoción. ¿Quedará prudencia a la nueva Patria? Sus puertas cocheras guardan todavía los landós en que pasearon aquellas señoras, camarlengas de las Vírgenes, y las familias que oyen hablar de Lenine se alumbran con la palmatoria del Barón de la Castaña... La alquimia del carácter mexicano no reconoce ningún aparato capaz de precisar sus componentes de gracejo y solemnidad, heroísmo y apatía, desenfado y pulcritud, virtudes y vicios, que tiemblan inermes ante la amenaza extranjera, como en los Santos Lugares de la niñez temblábamos al paso del perro del mal. Bebiendo la atmósfera de su propio enigma, la nueva Patria no cesa de solicitarnos con su voz ronca, pectoral. El descuido y la ira, los dos enemigos del amor, nada pueden ni intentan contra la pródiga. Únicamente quiere entusiasmo. Admite de comensales a los sinceros, con un sólo grado de sinceridad. En los modales conque llena nuestra copa, no varía tanto que parezca descastada, ni tan poco que fatigue; siempre estamos con ella en los preliminares, a cualquiera hora ofcial o astronómica. No cometamos la atrocidad de poner las sillas sobre la mesa.

El cofrade de San Miguel
Recuerdo que al mostrarme Herrán este cuadro, le dije mi resistencia a los crucifjos del populacho; arrostrando aquel temperamento susceptible que se disfrazaba con desdeñosas urbanidades. Yo no puedo con estos cristos, hazmerreír y trasgo, que se coordinan, en ultramar, con la pifa mesiánica refugiada bajo las faldillas de Guillermina. Reverente y reverencial, adoro a un cristo sin guardarropa, cuyo cuerpo bendecido irradia de una dignidad limpia y translúcida, como la de un nardo que hubiese padecido por la salvación de las rosas. Desde muy pequeño, la derecha pulcritud de mi voluntad amortiguó y desvaneció las injurias que el Evangelio relata, de manera que el amadísimo y amantísimo cadáver, me iluminase como un joyel, sin más sangre que la rúbrica de la lanzada. Mas en el embrollo anímico del «Cofrade», era preciso un Redentor víctima de todo, hasta de lo soez. El pincel, implacablemente verídico, afrenta a una cruz y la coloca en los hombros del modelo atáxico. Desilusión y quietud es el devoto, en cuya cabeza vendada, la piedad no se ramifca en exigencias estéticas. Por eso, en una crucifxión superpuesta, las manos rocallosas, frmantes de la última abdicación, soportan la caricatura de Nuestro Señor halagadas y satisfechas. Si al cofrade se le desmenuzara la piedad en belleza, quedaría siempre resarcido en la pompa del escapulario. Su dicha es simple, pero segura, y llegó a ella por un camino sin curvas. Asómase a sus ojos una semilla de compasión para los que pasamos ante él, renuentes a las parodias de la Divinidad, tras un Mesías lúcido, sin más sangre que el goterón del costado, el goterón fugitivo, granate de un utópico amor.

Fresnos y álamos
La fota azul de fantasmas que navegan entre la vigilia y el sueño, esta mañana, en el despertar de mi cerebro, tuvo por fondo los álamos y los fresnos de mi tierra. ¡Álamos en que tiembla una plata asustadiza y fresnos en que reside un ancho vigor! ¿Tan lejos están de mí la plaza de armas, el jardín Brilanti y la alameda, que me parecen oasis de un planeta en que viví ochocientos años ha? Cuando yo versifcaba y gemía infantilmente bajo aquellas frondas, todavía no sospechaba que había de escribir la confesión que más o menos reza así: «Mi vida es una sorda batalla entre el criterio pesimista y la gracia de Eva. Una batalla silenciosa y sin cuartel entre las unidades del ejército femenino y las conclusiones de esterilidad. De una parte, la tesis reseca. De otra, las cabelleras vertiginosas, dignas de que nos ahorcásemos en ellas en esos momentos en que la intensidad de la vida coincide con la intensidad de la muerte; los pechos que avanzan y retroceden, retroceden y avanzan como las olas inexorables de una playa metódica; las bocas de frágil apariencia y cruel designio; las rodillas que se estrechan en una premeditación estratégica; los pies que se cruzan y que torturan, como torturaría a un marino con urgencia de desembarcar, el cabo trigueño o rosado de un continente prohibido». No: yo no sospechaba llegar a decir tal cosa. Mi tristeza, aunque tumultuaria, era simple como la conciencia de las vírgenes que comulgan al alba y después de comulgar rezan dos horas, y después de rezar dos horas, al volver a su casa beben agua, por un laudable escrúpulo. Mi primer soneto no miró venir el cortejo vivido de los goces materiales, ni mi primera lágrima vio dibujarse en lontananza la confortante silueta de Epicuro. ¿Qué pensarían álamos y fresnos si descubriesen en el rostro de su habitual visitante de aquella época, las huellas del placer? Hoy mi tristeza no es tumulto, sino profundidad. No tormenta cuyos riesgos puedan eludirse, sino despojo inviolable y permanente del naufragio. Pocas emociones habrá más voluptuosas que la altanería del alma, que se nutre de su propio acíbar y rechaza cualquier alivio exterior. Llevo dentro de mí la rancia soberbia de aquella casa de altos de mi pueblo -esquina de las calles de la Parroquia y del Espejo- que se conserva deshabitada y cerrada desde tiempo inmemorial y que guarda su arreglo interior como lo tenía en el momento de fallecer el ama. No se ha tocado ni una silla, ni un candelabro, ni la imagen de ningún santo. La cama en que expiró la antigua señora se halla deshecha aún. Yo soy como esa casa. Pero he abierto una de mis ventanas para que entre por ella el caudal hirviente del sol. Y la lumbre sensual quema mi desamparo y la sonrisa cálida del astro incendia las sábanas mortuorias y el rayo fel calienta la intimidad de mi ruina. ¡Oh fresnos y álamos que oísteis mi imploración en versos titubeantes! Fresnos y álamos: ¡ya nada imploro! Estoy sereno como en aquellas siestas de otoño en que me llevaban de la mano a contemplar cómo ardían vuestras hojas en montículos a que prendía fuego el jardinero. Recuerdo con una exactitud prolija

el humo compacto y el crujido de la hojarasca que se retorcía, confesora y mártir. Sólo que, a mi serenidad, se han agregado dos elementos que me eran ajenos cuando estudiaba el silabario: el dolor y la carne. Voy respirando, fresnos y álamos, no vuestra fragancia, sino el ambiente absurdo de una habitación de la que acaban de sacar un cadáver y exhibe los cirios aun no consumidos y la oleada del sol como un aliento femenino. Oigo el eco de mis pasos con la resonancia de los de un trasnochador que camina por un cementerio...

Viernes Santo
Hemos dado el Pésame a la Virgen en San Fernando. He sido feliz noventa minutos. Con la felicidad de la ternura niña, más experta hoy. Una ternura parlante que multiplica las alegorías del predicador y magnífca a la Jerusalem virginal, circunvalada por todos los dolores. Voces de mujer subrayan los Misterios, y las gorjas cantantes sugiérenme señoritas cuyos nombres concuerdan la benevolencia de la melodía con la autoridad del arcángel: Micaela o Gabriela... Invítanme y me pregunto si ha venido el instante de consagrarme a las atrofas cristianas. Quisiera decidirme en esta misma fecha y en este mismo lugar; pero temo a mi vigor, pues las líneas del mundo todavía me persuaden y aún me embargan las bienhechoras sinfonías corporales. ¿Qué hacer?... Ninguna respuesta pediré a mi dicha papista, a mi fe romana. Me basta sentirme la última oveja, en la penumbra de un Gólgota que ensalman las señoritas de voz de arcángel.

La última fecha
Ya se dispara, como en la crisis del poema, la última fecha del arco del Arquero. La aproximación del 31 de diciembre tapa el sol con la trepidante cortina de dardos que nublaba el horizonte clásico. Paralelamente, un sector del alma enlútase al consumarse y consumirse la aljaba del año. La vejez será, en conclusión, una sombra de fechas; y los inocentes, degollados, teñirán de tragedia su arco sin estrenar. Quienes apuntamos -centauros o amazonas- a media carrera, vemos en el cielo un hemiciclo, enfrente de nosotros, cuyo azul será desforado por el tiro que siga. Tal vez la cumbre de la vida nos da, como sensación principal, la de nuestra situación entre dos f rmamentos: uno carbonizado y otro fameante, como casulla de abril. Y ante el seguro temor de que el carbón se propague a la casulla, quisiéramos fjar el tiempo desbocado, como se fja un corcel, por la brida, en un tronco; y entregarnos a lo estacionario, a lo anodino, o, cuando más, tomar dosis homeopáticas de ironía y de emoción, de piedad y de licencia, como en la cuarteta de Herrera Reissig. Rezar un avemaría rimados por la cintura, y sorprendernos el cura en esa impropia harmonía. Pero, ¿cuál de nuestros huesos escapará a la calcinación? El rédito que nos cobran las doce vértebras del año es la ceniza de las nuestras. Libemos entonces, hasta las heces. Yo consideraba, poco ha, en el taller de un pintor amigo, el monumento erigido a los muertos en el cementerio del Pére Lachaise. Del doble cortejo que, por la derecha y por la izquierda, entra al Orco, las fguras que más atraen mi conmiseración radical son las de las niñas y las de los ancianos puros. Porque a las unas y a los otros se les arrebata el rédito sin que hayan disfrutado el capital. En cambio, las parejas ya no pujantes, todavía no seniles, acceden al umbral plutónico en el instante ideal: el que separa la vigencia de la decrepitud. El brazo masculino y el brazo femenino concertaron su última fecha, y para no sostener un arco inofcioso, se adelantan hacia el reino plutónico. No cualquiera logra el desenfado desdeñoso de un Montaigne, para decir: «Que la muerte me atrape cultivando las coles de mi jardín imperfecto». Somos demasiado terrenales, y si aceptamos el agotamiento, no acordamos que se frustre la labor. A la sola enunciación de un prematuro punto fnal, reitérase el balido de un cordero inmolado en un prólogo sumarísimo. Complementariamente, nos aterra el fantasma de la vida en la abolición del ser, cuando se arrastra un esqueleto valetudinario, un pensamiento inhibido y un corazón en desuso. ¡Fútil apéndice no te deseo! Tu posibilidad es dañina como el estrambote, notoriamente menguado, de unos versos discutibles. Como el quinto

acto de una comedia que se desenlazó en el tercero. Como el reseco epílogo de una dama jugosa. Como el bostezo del entusiasmo. Que lo que fue mariposa no parodie a los reptiles. Que el poderío de nuestros miembros no se liquide como el de los osos cegatones y reumáticos de los circos. ¡Gallardos votos! Pero formulados con un cómico olvido de nuestra cobardía y de nuestra vileza sustanciales. Excelentes mendigos que saboreamos la migaja del mediodía y repudiamos la vespertina... ¿Quién nos dice que en —64→ la hora impotente no mendigaremos las migajas de la migaja? Este puntapié, no muy flosófco, que reservamos para el cascarón de la vida, bien puede convertirse, llegado el momento, en el anhelo de una moratoria indefnida para besar los personales harapos. Y tal oprobio no esplenderá, como el de Job, porque se reducirá a una prosaica voluntad de nutrición. Lloremos a Sagitario pidiendo limosna. Uno de los aciertos de expresión que más me han conmovido en mis lecturas, pertenece a Lemaitre. Hállase, si mi memoria no claudica, en el comento de «La Leyenda Dorada» en que el estilista repuja la narración de las Once Mil Vírgenes. Éstas, en grupos sucesivos, iban recibiendo la muerte en una pradera, bajo la saeta. Y al morir lanzaban «pequeños gritos modestos». ¡Pequeños gritos modestos! En estos tres vocablos se resume toda una facultad literaria. Y si he traído a cuento los «pequeños gritos modestes» que la saeta provocaba en las gargantas virginales, ha sido para conminar a los lectores a que escuchen el vasto e indomable grito del año que agoniza. Porque nuestras fechas han ido matando a las Horas, cuyas quejas compendiadas y humildes se suman hoy para engrandecer la voz de protesta del año que fallece. La caprichosa sensibilidad humana admite como fungible la Hora, mas no el Año. Y el volumen del —65→ grito del 31 de diciembre no es, en realidad, más que el caudal de los «pequeños gritos modestos», que, en la pradera del martirio, hemos arrancado a las doncellas. ¡Y las cándidas mártires estaban hechas de nuestra propia sangre, modeladas por nuestra propia fantasía, caldeadas por nuestra propia pasión! Hemos sido suicidas y seguiremos siéndolo. Sólo los inmortales no se suicidan. Nosotros, pobres Anquises y míseras Ledas, nos gastamos sin remedio, por más que la divinidad nos penetre. Confundimos el lecho con el sepulcro y sabemos, por una pávida experiencia, que la aceleración de aquel puede llevarnos, del vértigo de la vida, al Orco. Nuestra última fecha será milagrosa, porque seremos tan veloces que alcanzaremos a dispararla y a recibirla, desempeñando, en un sólo acto, el fechador y la víctima.

Anatole France
Acometer la síntesis del anciano equivale al riesgo de urdir un perfecto mosaico vital. Lo supo todo y de todo gustó. Su experiencia, desencantada y voluptuosa, como una dama vestida de ala de mosca, que portase en el pecho una roja for, esquivó el rompecabezas desaseado del Mundo. No militó sino para su complacencia, jugando entre las ideas más abstrusas como con obedientes amigas corporales. Para los laicos y ultramontanos que amortizando su carne blasonan de poseer la verdad, tuvo el jocoso desdén conque el Par Oliverio hubiese glosado a los eunucos bizantinos. Recelando del microscopio y del trance intuitivo, no atendió a otra voz que a la de la limpia Harmonía. Hizo el retrato malicioso y tierno de la Humanidad, y su risa áulica respetó la chispa divina extraviada en la escoria. Alma sin ira, sólo condenó lo deforme. No disimuló su sonrojo ante la Creación, mas su crianza de nieto de Montaigne lo preservó de la blasfemia. Con la sagacidad más apta que haya residido en un cainita, abrió la puerta de escape en el abismo de las apariencias sensibles, como él decía. De la gentilidad y del cristianismo recogió los esmeriles en que se desbrava la conducta. En un lenguaje sin mancilla, el melodioso censor vierte las piedades en que se cristaliza su enfado. Veneremos en él el portento harmónico. Nuestros catolicismos errabundos hacen escoleta al cordial parisiense, antídoto de la fealdad universal. Su afable orgullo se retrajo de tomar papel en el drama de la estirpe de Caín, prefriendo gastar su hoguera sincrónica en una insospechable actitud estilista y estilita.

La necedad de Zinganol
La educación de Zinganol suscita en mí una de esas tenues olas de simpatía que nacen en lo recóndito del presente para ir a alcanzar las piaras fugitivas del ayer. Cuando nos sentamos frente a un escenario pretérito, a ver la comedia que se nubla siempre y jamás fenece, nuestra diversión se atempera, avecinándose al dolor. Hay en los recuerdos irónicos la pena de un corazón moribundo que ya no puede bañar los pies que una semana antes lo llevaron a sus placeres, ni la cabeza que un día antes formuló sus latidos. Los días idos se amontonan como sillares de un edifcio en nuestra propia persona: nunca dejará de ser triste contemplar los sillares desmoronados, por más que algunos, o muchos, hayan rodado cómicamente. Zinganol y yo nos quisimos un poco. Zinganol pensaba, con un agudo autor, que la vida es un mal cuarto de hora con algunos instantes deliciosos. El mal de Zinganol estaba en su estructura antisocial. Trataba a la sociedad con la fría urbanidad conque se trata a una cortesana que cambia con nosotros cosas viles. Profesaba un pesimismo de tejas abajo, sin subirlo nunca a lo suprasensible, para que no chocase con su educación ortodoxa. Zinganol había hecho este acomodo de sus opiniones, sin descansar mucho en él, y llevado sólo de la obligación que constriñe a toda persona bien nacida a imponer a la conciencia una lógica que, quizá, no gobierna al universo. Una de las excepciones de su pesimismo era el amor. Había amado a algunas almas débiles. Amó después a otra vehemente y amplia: Isaura. Y se dijo: Ella, que es capaz de los arrebatos de voluntad y de la autonomía del pensamiento, podrá ser amada sin que la sociedad tome su parte leonina en el festín. Zinganol se juzgaba el mortal más feliz porque Isaura y él no se saludaban. Para saludarse habría sido preciso un guión social, y ésa habría sido la parte leonina. Mejor estaban así, como habitantes de diversos planetas que, al encontrarse en una zona de ilusión, carecían de comunidad de lenguaje e ignoraban todo signo de reciprocidad. Un día, empero, Zinganol dio traza a conocer el lenguaje de la tierra. Saludó a Isaura. Ella casi no contestó. Mi pobre amigo, con el temperamento rencoroso que tantas desgracias le acarreó a su deslucida existencia, duró un mes sin salir de su planeta. Pero, al fn, discurrió como se discurre cuando urge complacer a las pasiones, y volvió a la tierra. Hojeando la Biblia, mi protagonista se había detenido en su niñez en las estampas del Diluvio, en las que se mira a los náufragos asidos al pico de las montañas. Zinganol estaba abrazado al amor, como al pico de una montaña. Elaboraba su sueño encima del rebullicio de las gentes, sin calcular que las aguas ascenderían cuarenta codos sobre su Himalaya de meditaciones efusivas. En aquella fecha despertó a las tres de la mañana. Como no logró volver a dormir, entregóse a los devaneos de la madrugada. Grato ejercicio en que nos mecemos, entre paisajes desleídos, emociones incorpóreas y f sonomías

desdibujadas. La de Isaura anunció sus contornos a Zinganol. Mi amigo, siempre intempestivo y brusco, cayó en un sueño arbitrario. Era un jardín colgante, mas no con ambiente babilónico, sino con un aire de encantamiento. Por un sendero de rosas vigilantes y de nardos se deslizaba Ella, ya amanecido. Él caminaba aproximándose a Ella, y las almas del uno y de la otra eran dos vellones que se sumaban a los de la bruma. En el jardín aterido Ella iba a recoger las palabras de Él, no por enamorada, sino simplemente por interesada en la exposición de su obra de mujer, de su más alta obra del tiempo reciente. Hablaron. Ella, a quien Él había presumido alerta y generosa para el trance, le dijo: «No te conozco», en un diálogo opaco y lacónico, como trueno de tempestad que se va. Zinganol era menos que una espina de las rosas vigilantes, que hubiese pretendido detener a Isaura, afanzándose en balde a la orla de su veste. Mi amigo sintió toda su necedad, todo el mal gusto de su rebeldía, toda su insensatez en haber desechado los guiones sociales; y fue para él evidente la nulidad de su ímpetu febril contra las convenciones que en un conjunto viciosamente organizado, protegen a una señorita y garantizan su regularidad. De antiguo nos frecuentábamos Zinganol y yo. Pero su índole arisca retardó la relación que me hizo de su percance. Como epitafo le he compuesto una diatriba no muy amarga, porque nos quisimos algo, como antes dije. He aquí la diatriba: «Me da lástima Zinganol, tu misantropía que reaccionaba en crisis morbosas, en pugna con los principios de mecánica. Cojeabas del mismo pie que el rey don Rodrigo, y no había quien cantase para ti una Profecía del Tajo, y en tus furores pueriles no caías en la cuenta de que fray Luis no sospechó a los detectives, ni considerabas que éstos se habrían limitado a califcar a don Rodrigo de falta de urbanidad. Creías, con una buena fe que honrará tu memoria por los siglos de los siglos, que el sol disipa la pertinacia de las nieblas para estimular el horno de las quimeras centralistas, y no exclusivamente para sancionar el saludo normal de las personas normales. Tal vez atinabas cuando, en muy diserta prosa, motejabas a Juan Jacobo; pero yo siempre temí que el despecho te inspirase y que un añejo agravio sin perdonar te moviese a juzgar escasas de poesía las doctrinas de Rousseau sobre el funcionamiento de las agrupaciones; doctrinas que inhabilitaron a los pajes para seguir salvando a deshora, el puente levadizo. A tu sagaz observación (que los pósteros han de aplaudir, aunque el aplauso no te benefcie mucho) se escapó medir la infuencia de la recomendable institución de la policía en la marcha pasional, y no descubriste el sello consistorial

que sobrellevan inconscientemente las parejas de hoy no más infamadas que Atala y René. Te jactabas de una excelente memoria, pero echaste en olvido muy pronto las enseñanzas de los sapientísimos profesores que, en términos mazorrales, te explicaron la ineptitud de los organismos que no se adaptan al medio. Lamentaría yo, querido Zinganol, que a través de tu lápida advirtieses el tufllo de esta flosofía chata, gemela de la zoología; pero la verdad es que manejabas tus asuntos con un absolutismo anacrónico, que no bastaba a disculpar ninguna de tus infracciones de los usos vigentes. Eras, justamente, mirado de reojo, como todas las naturalezas atrabiliarias. Hundido en el mar del trato humano, te afanabas porque tu fbra sentimental no se gastase en él, y trascendías, así, al humorismo incontenible del nauta que ha zozobrado y caído al fondo del océano y que dice a las esponjas y a los corales: "Estoy hecho una sopa, mas la región del corazón está seca". Parodiabas a Raimundo Lulio, enfrentándote a prácticas igualitarias que no toleran un carácter inusitado en el erotismo de nadie, ni menos una persecución contra damas en el interior de la catedral mallorquina. Siempre te propuse en vano el ejemplo de aquel Dandolo que, antes de ser Dux, desempeñó ante el Papa la misión de conseguir que se levantase la excomunión que pesaba sobre Venecia. El Papa negábase a recibirlo. Dandolo se ocultó en el refectorio pontifcal y cuando el sucesor de San Pedro entró a comer, el veneciano se arrojó a sus pies y alcanzó lo que anhelaba. Los cardenales, por aquel acto de humillación, lo apodaron El Perro; mas él regresó a los brazos húmedos y ardientes de su ciudad, besándola y redimiéndola. Tú, pobre Zinganol, abandonabas la ciudad de tu afecto al calosfrío del anatema, y la perdías con tal de que no te costase una humillación alejar de ella los horrores del entredicho. ¿Se conducen así los adoradores prudentes y los lectores de las Ocho Bienaventuranzas? Con un pudor exquisito procurabas que tus prójimos retiraran su dedo meñique de tu corazón. Eras pudoroso, pero no cristiano, pues echabas en saco roto el precepto: "a tu prójimo como a ti mismo". Eras pudoroso pero mal asociado; pues en una escuela de esgrima cualquier alumno tiene derecho a tocar con el botón de su forete el pecho de cualquier inscrito; y en este planeta sublunar el

amor equivale a una escuela de esgrima en que los inscritos, desmelenados y jadeantes, provocan al adversario manchándose de rojo el lado del corazón, para demarcar el juego. La existencia era, para tu criterio, una redundancia, y las razas una vegetación parasitaria. Pero cuando dejabas de sentir al universo como un pleonasmo, tomabas la cosa por la tremenda y dabas punto y raya a los chicuelos que viven en una alternativa de frenesí y de hastío por sus juguetes. Yo espero que en la serenidad de ultratumba te hayas convencido de que tu conducta no se emparejaba con tu experiencia. Ignoro qué hábitos morales desplegarás actualmente. Un versifcador honorable preguntaba: "¿Quién volvió de la tumba temida a decir lo que está más allá?". Mas ya actúes de moro, ya de cenobita, quiero elevar un voto, si las aves agoreras hallan acogedor el frmamento. Que al transmigrar a cualquier mundo, sepas y quieras dar el santo y seña. Porque si persistes como ente irregular, acabará por abochornarte tu carencia de domicilio conocido. Tu condición de vagabundo del éter escandalizará a los municipios de la Vía Láctea, y tu insubordinación ha de producir hoy el rubor continental de Marte y mañana la afrenta anular de Saturno».

La for punitiva
A Mario Torroella Una vez y otra vez envenenado en el jardín de los deleites, no asomaron ni la desesperación, ni la venganza, ni siquiera un inicial disgusto. Antes bien, germinó la solemne complacencia de los señalados por la diosa. Y en las rituales resignaciones, roja como el relámpago de una bandera, sólo se afanaba la sangre, queriendo escapar en defnitiva. Pasajera de Puebla, pasajera de Turín, lo mismo da. El frenesí masculino, sin caer en estulticia o en bajeza, no puede exigir legalidad a las distribuidoras de experiencia, provisionalmente babilónicas. Estimemos, al contrario, que sazonando nuestra persona, la libren de lo insulso y le inculquen el vital sentido de que toda raíz es amarga. Los rectores de la multitud, llámense políticos, sabios o artistas, producirían obra más ilustre si se repartiese entre ellos un prudente número de contagios. Si pagar es lo propio del hombre, paguemos nuestras supremas dichas, abominando de esa salubridad que organiza las islas del Mar Egeo en compañía de seguros. Un orangután en primavera divide sus chanzas entre los viejos verdes y los jóvenes en blanco. El furor de gozar gotea su plomo derretido sobre nuestra hombría; inútil y cobarde querer salvarnos de la crapulosa angustia. Al cabo, una ancianidad sin cuarentena suspirará por la mesa de operaciones.

Ureta
Este hombre que llega sin blanca a la taquilla de la Muerte, es uno de los más persuasivos ejemplos de generosidad en que pueden inspirarse las sociedades de América. Superior a su medio, ha padecido todas las censuras, hasta la política, y la frivolidad lo juzgó frívolo. Pocos, empero, habrán hecho al país, y por tan corto precio, el bien que Urueta. Literato, orador, propagandista una vez y otra vez, ha sido un verdadero educador. En todas las actividades de su palabra le ha caracterizado como primera y última virtud su sensibilidad, una sensibilidad justa y metódica que lo vuelve, sin alegoría, el tic nervioso de nuestra literatura. El gran Barbey decía que la imaginación es la más poderosa de las realidades humanas. En los manteles de Urueta, la imaginación es la dama de carne y hueso que junta las manos a la altura de la boca y confgura con los brazos desnudos la Sublime Puerta de vocablos, emociones e ideas. Adaptando lo universal a lo concreto, merecen las letras considerarse como una flosofía en acción. Cada autor tiene la suya. El elemento universal conque flosofa el tribuno chihuahuense destácase en la voluntad, en el furor de vivir. Gozador de la vida, se aferra a ella. Sin una gota de sangre, lleva ya dos años de defenderla por tierra y mar. Una noche nos decía, íntimamente, esquivando praderas de asfódelos, que su brazo era todavía capaz de disparar el arco de Odiseo contra los pretendientes. Defnidas e integradas así su tesis y sus modalidades comunicativas, resulta una espiral que se desplaza por derrotero patético: algo como el sobresalto de los tendones de la rodilla de una bailarina. Erraría, quien lo disputara, en conclusión, teatral. Cierto que los ojos, entre orgiásticos y curiales, abarcan la escena; que la voz remeda esquilas y campanas mayores; que en la mano, cirujana del aire, se jacta una simpatía huesosa; y que en los párrafos abundanciales tiembla una túnica o se arruga una bahía. Pero el personaje está adentro. Nuevo Arnaldo de Brescia no se alimentaba sino de la sangre de las almas. Cualesquiera que hayan podido ser las alteraciones de su energía, México no olvidará que ha tenido en él una individualidad: un orador único, en el sentido de soltar de arriba las cláusulas, y un prosista con efectos de fogonazo sobre la pazguata planilla bachillera. En 1910, la capital potosina oyó sus conferencias estéticas, entre ellas la dedicada a Othón. Conocí entonces al amigo ulterior. Por aquellas fechas ni siquiera olfateaba yo la preciosa dádiva de su trato. La rectitud ajedrecista de las bellas calles turbábase con el tumulto estudiantil, y el tribuno, fortifcado en el hotel, se defendía con laconismo: «No sé hablar desde los balcones: de suerte, señores, que muy buenas noches y a dormir». Nos dispersábamos pensando en el

respingo peculiar de su hombro, aquel respingo, acento circunfejo de las oraciones líricas y de los combates de la Cámara. Simbólicamente es lícito afrmar que el maestro que nos recomendaba dormir era nada menos que el centinela alerta del pensamiento y de la acción. En el haber de su moral hay que abonarle la actividad central de la conciencia, revelada dentro de los despotismos policíacos en vigor. Yo quiero guardármelo, en el archivo de las imágenes instructivas, en el giro de un bailador que escuda con las manos el reverso de su pareja y que, describiendo circunferencias menguantes, se inmoviliza como un santón, en el centro matemático de la bacanal. Aleccionadora, también, su aspiración briosa, decidida, a la felicidad. Aspiración infalible, iba a escribir, olvidándome de que estudio a un terrestre... Urueta ve el rostro de la felicidad idéntico al de algunas mujeres en quienes está de tal modo organizado, en palancas y superfcies, que es más que el espejo, el medio instrumental del amor. Por eso los itinerarios de Urueta se practican en vehículo mecánico, así se vaya hacia la ciudad divina. Su entendimiento es el entendimiento agente de los escolásticos. Al incorpóreo silogismo óyelo silbar cual honda de plomo. Ocupará siempre lugar de honor en la galería nacional de espíritus plásticos. Pertenece al número de los que creen que la forma es tan importante al cuerpo como su substancia, si no más. Dato explicativo de su optimismo, pues le basta la embriaguez de las líneas para vibrar; fenómeno singular en un malicioso de su talla, ducho en el dolor y veterano de las expediciones contra lo ruin. La línea, física o psicológica, parece constituir, para espíritus como el de Urueta, una ley de embeleso, de hondura y de altitud, en la que caben hasta los dones del árbol del Apocalipsis. Las tres dimensiones prometen el bien que buscamos; pero el alma frenética se satisface con la dimensión del contorno. Cesando la voluntad, para nadie habrá inferno, según la sentencia de San Bernardo. En el punto simétrico de esta doctrina agítase favorito de la elocuencia, con pasiones longitudinales o curvilíneas, pero siempre en marcha por los dos planisferios. Imposible dejar de considerar su aspecto de actor. No un actor como aquel que pasó la existencia pidiendo espectros, sin sospechar que él mismo era uno. Actor, al contrario, de personalidad entrañable y aventurera, arrebatado por los cabellos en la sucesión de profetas que secuestraban los ángeles. Su prestancia y su mímica se prolongan a la tertulia y al refectorio privado en olas de zumbona sentimentalidad, evidenciando su ser en una esfera lumínica jaspeada de sarcasmo. No he trazado uno solo de estos renglones sin compartir la fatiga del maestro enfático que lucha con la guadaña. Mi cordialidad, compañera suya en el cuarto de banderas del sol y detrás de los telones del alba, escápase en pos de la mirada marítima ensombrecida por el mal. Recordándolo en las puntas de los pies, en la actitud violinística con que alcanza las caudas de sus párrafos, me consterna ver transformarse aquel anhelo de su cuerpo en un mero signo de admiración ante la esquiva salud.

Metafísica
Acabo de leer el intrigante volumen en que Vasconcelos planea su ecuación vital. Vasconcelos es uno de los hombres que he respetado en mayor amplitud. Lo respeto con tal seriedad, que, siendo la violencia algo malsano para mí, le reconozco el derecho de emplear giros violentos, porque está capacitado para conseguir que no pequen formalmente contra el buen gusto. Quizá hasta le disculpo su arrojo contra el padre de Jerónimo Coignard. Yo también busqué mi ecuación, cuando el conocimiento no me inspiraba la sospecha de una descomposición cerebral. Por estas fechas, mi cerebro me inculca desmedida ternura, mas a la vez el descrédito de cualquier fambre. El sesudo catalejo conque se flosofa, paréceme más infortunado que la cabeza del carnero, engullida por una especie superior, mientras que nuestros sesos enciclopédicos se sirven —96→ en el menú del subsuelo. Fulminado por el soez disparate de la eclíptica, prescindí del cálculo diferencial y del integral, resignándome a aprovechar, con modestia, la magia de dentro y de fuera. A las personas de convicción maciza que me favorecen con sus interrogaciones, sólo respondo que aunque pertenezco a la clase ingenua que cultiva la poesía, no me he confado a los puntos de partida que es preciso aceptar gratuitamente para comenzar a saber. Soy un poco más fuerte que mi creencia y mi incredulidad, y por tener ambas el semblante del cero, puedo así declararlo conservándome humilde. El apetito de poseer lo universal, bríndase a la arrogancia de mi cuarta década sintetizado en la más vibrante, incoherente y suave de las creaturas, en la creatura que enajenada nos llama reyes o nenes, según haya amanecido frenética o lánguida. Un día, desprestigiada la altisonante virilidad, factible será el desposorio con una ecuación. Al presente, no quiero correr el riesgo de descastarme. Fiel a mi estructura, continúo endiosado en la menos engañosa ilusión, colgándome de la inmanente palabra mística que resume los orbes y que nos aniña o nos entroniza, dentro de las regalías de su diapasón. Mi temperamento, humilde como un pelele, recalcitrante como un semidiós, rechaza al Mal antes de vislumbrarlo.

Meditación en la alameda
Próspero Garduño es una incompatibilidad manifesta. Una evidente incompatibilidad entre su nombre y su flosofía. Próspero es pesimista. Próspero Garduño no se ha casado, porque teme llevar a una blanca heroína, vestida de blanco, a la Torre de la fecundidad. Próspero se ha levantado hoy con la cabeza llena de ocio, de amor y de buen tiempo, que diría un ingenio del Renacimiento. Nuestro hombre sale de su casa, fncada en la Plaza de Armas. Corta un ángulo de las banquetas de la Plaza. Toma la acera de la cárcel y del Juzgado. Pasa por «El paraíso» (cantina y billares). A poco dobla la esquina del atrio del Santuario, esquina por donde se asoma una rama con tres naranjas verdes aún. Y siguiendo por la calle larga, si queréis, de «Las Flores», llega a la alameda. Una vez allí, el ocio, el amor y el buen tiempo antes dichos, le llevan a meditar. Y medita: «Hay horas en que la naturaleza es como un baño de deleites, con una traición bien escondida. Este sol que me envuelve con tibiezas femeninas, no querrá mañana calentar mi sangre. El vino que tantas veces ha magnifcado a mis ojos el panorama natal, ha de negarme su generosidad. Sobre estas bancas rústicas, bajo estos álamos, se sentarán parejas en júbilo y en salud, y yo estaré enfermo. Me enterrarán en el cementerio en que los artífces lugareños han ido poniendo lápidas y lápidas mordidas por un cincel novato. Mis ojos, que se recrearon en las tapias en que se desborda la rosa the, se corromperán velozmente. Mis pies, que quiebran estas hojas de álamo con placer, hasta con liviandad, como si pisasen una alfombra galante, serán pasto del gusano. Y también mi pecho. Y también mis manos que dieron limosna y sostuvieron la lira, y se apoyaron en los árboles como en un semejante y resbalaron por colinas más blandas que las frecuentadas por Salomón. ¿A qué inquietud? ¿A qué labor? Quedaré sepultado y todas las mujeres de mi pueblo se sentirán un poco viudas. Me echarán de menos los niños que en el "jardín chico" se sentaban en la misma banca que yo, frente al Teatro Hinojosa. Eso será todo. Vale más la vida estéril que prolongar la corrupción más allá de nosotros. Que, como decía Thales, no quede línea nuestra. ¿Para qué abastecer el cementerio? Viviré esta hora de melodía, de calma y de luz, por mí y por mi descendencia. Así la viviré con una intensidad incisiva, con la intensidad del que quiere vivir él solo la vida de su raza». Sonaban las doce. Próspero Garduño, engreído con sus conclusiones estériles, regresaba a su casa; pero en la calle de «Las Flores» lo hizo vacilar una tapia en que se desbordaban fecundamente el verdor y las rosas de una huerta. Y en el atrio del santuario, la rama de las tres naranjas, verdes aún, asomaba su réplica fecunda. Y era también fecunda la réplica de algarabía de las niñas que salían de la Escuela. Y en la Plaza era fecunda la réplica de algunas madres jóvenes, que llevando a sus retoños en cochecillos, se defendían del sol de junio con claras sombrillas, en que jugaba la copia oscura de los ramajes. Y Próspero Garduño sintió que su pensamiento era doloroso junto a aquellas madres jóvenes que llevaban sombrillas.

Las santas mujeres
En el indecible desastre de la pérdida de Saturnino Herrán, infortunio cuya sola enunciación es un dislate, las mujeres fordelisaron el precipicio con hazañas caritativas. Desde la ínclita esposa, que con su lánguida queja sin tregua estuvo comprometiendo las vanas enterezas masculinas, hasta la amiga menos próxima, volcaron santidad sobre el poderoso pintor. Él ignoró que iba a perecer y que perecía. Cuando se le paralizó un brazo, le sobrevino la angustia de no volver a dibujar, y, para sentirse, imploró a las Verónicas presentes que le mordieran la mano. Así fue ungida, en un eclipse patético, la mano que había perfeccionado las líneas terrestres y celestes. Cautivado el infantil moribundo por la sortija de una señora, se la pidió. La señora, menor que el catedrático de Desnudo, prestó su joya con una musical actitud materna. A una prima, tipo de bondad, rogó lacónicamente: «Abrázame, acaríciame», y su ruego era obedecido como en las catacumbas. Una bella dama, constelada de virtudes, le preguntó: «¿Qué quieres?». Helado y pueril respondió desde su agonía: «Que te acuestes conmigo». Ella, sin un titubeo, se metió en la cama. Agobiadas de fores, las diaconisas de la eterna clemencia nos acompañaron al sepelio. Difundían, en el agrio dolor viril, hálitos de azahar. Sus ojos, sedantes como los de Santa Lucía, parpadeaban entre los cipreses. Se agigantaron en el crepúsculo otoñal. Entonces los hombres nos confesamos, de castidad a castidad, menos tristes y más pequeños, junto a la estatura de ellas, que levantaban sus brazos, píos y ornamentales, edifcando la arcada alegórica del funeral.

Semana Mayor
Una de estas noches tomaba yo en un café la colación que se usa entre gentes de buena conciencia. Era ya la hora solapada en que se nace, se muere y se ama. Con todo, México fngía una necrópolis. Yo, sin ser la Capital, sentíame otra necrópolis. Con la diferencia de que en mí no se recataban alumbramientos, ni agonías, ni el vértigo equidistante de la cuna y la fosa. Me limitaba a estar un poco triste, según corresponde a un coetáneo de la flosofía médica y de los histólogos que padecen de literatura. Carmelita, mesera 5, con un 5 dorado en un redondel de luto, evolucionaba a mi alrededor, zalamera y ladina. Carmelita, mesera 5, va a ser suprimida por la moral del Gobierno del Distrito. ¿Qué habría opinado sobre esto Monsieur Bergeret? ¡Pobres sacerdotisas del café con leche! No pude ponerme a tono con Carmelita, mesera 5, porque su problema económico, agravado por la virginidad del Palacio Municipal, nublábame de conmiseraciones baladíes. Y como si no fuera bastante la carga melancólica de la fecha, he aquí que en el tablado de la dudosa orquesta, descubro, de violín, a mi antiguo conocido, el Sacristán de Tercera Orden en San Luis Potosí. Los que no sois clericales (¡oh hazaña!) no estáis capacitados para sentir la tragedia de un sacristán convertido en violinista. Yo interrumpí mi colación para ir a preguntar al sacristán qué pieza acababan de tocar. Con el rubor consiguiente a su metamorfosis, me mostró su papel pautado: Beautiful Spring. ¡Cristo me valga! ¿Querrán Alfonso Cravioto, Juan León o José Romano Muñoz hacer algo por la educación de mi sonoro sacristán? ¡Si se negasen a ello en atención a que se trata de un violín reaccionario...! Yo, en realidad, me considero un sacristán fallido. En mi quiebra matizo la Semana Mayor con mi violín jornalero. Y recuerdo los Jueves Santos en que Matilde, que era alta como una buena intención, glacial como los éteres, blanca como un celaje de plenilunio y fértil como un naranjo, lucía, por la breve ciudad, su mantilla y su cintura afable. Matilde visitaba los Monumentos. La patricia negrura de su traje frecuentaba los templos en el día eucarístico. Mi punible promiscuidad asocia siempre a Matilde con las palabras de la Cena: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros». (¡No poder citar en latín, para que no me juzguen pedante!). Porque la ciudad era espléndidamente solar y porque las señoritas de rango que poblaban sus calles vestían de tiniebla ritual, aquellos Jueves Santos, sugeríanme una espaciosa moneda de plata manchada de tinta. Matilde, gota de tinta, celaje, éter, naranjo, buena intención; yo sé que hoy penas, desterrada y alcanzada de dinero, y sin temor a convertirte en estatua de sal, vuelves la cabeza al predio vernáculo. En la Semana Mayor de tu destierro, para consolarte, yo te ofrecería, en la palma de la mano, una reducción de la moneda de plata manchada de tinta. Como las aldeas microscópicas que, edifcadas en un cartoncillo, halagan el instinto de posesión de los niños. Los Viernes Santos, en torno de la Cruz viuda, con sábana o sin ella en los brazos, según la exégesis de los capellanes, apretábanse, compungidas, las gotas de tinta, sin que la compunción les estorbase soslayar a los novios. Por las vertientes del Calvario ascendían las almas de la Agua Florida, de la Agua de Colonia, de Las Flores de Amor... toda la perfumería bonachona que duerme un año para desperezarse en la ceremonia del Pésame. ¡Ceremonia patibularia, contrita, perfumada y amatoria!

Matilde se casó. Si antes la califqué de glacial, es porque me helaba su talle fugitivo, como los éteres al evaporarse. Pero pocas personitas he conocido tan efusivas como ella. Su ternura brindaba el apasionado buen gusto de una madreselva que hablase. Matilde, al casarse, me produjo una pena de las hondas. Con mi escasa afción a la lógica, yo la había soñado fértil y estéril. Una noche, al flo de las diez, la vi andar por la Plaza de Armas, con precavida lentitud. Supe luego que cumplía con una indicación facultativa. La madreselva justifcaba su nombre, su cruento nombre. Matilde, celaje, gota de tinta, naranjo, éter, buena intención y madreselva: en los atardeceres desamparados en que la ventisca de marzo sacude las frondas de mi ansiedad, y en que la uña ilustre de la luna disemina calofríos vesánicos, me encamino a tu calle para asomarme a tus vidrieras y aliviarme con tu fgura, todavía adorable. Estiro el cuello, atisbando a tu sala improvisada. Tus hijos juegan, y su juego, que es prenda de la eternidad del dolor, me amarga los sueños retrógrados que te forjaban fértil y estéril. Tus hijos juegan. Tú tienes en el regazo una bola de hilaza, o consultas tu portamoneda, o te miras al espejo, superviviente de tu ruina. Y en la Semana Mayor de tu mayor duelo, yo te ofrecería en la palma de la mano, para consolarte, una reducción de la moneda de plata con gotas de tinta...

La sonrisa de la piedra
¿Queda un poco de polvo del artista que hizo sonreír a la piedra? Debiera haber sido incorruptible la mano que encendió en la bárbara piedra, siglos atrás, esa indecisión crepuscular de la sonrisa, esa indecisión, que es como un cariñoso correctivo de la prudencia a los sueños. No sé si hay algo más difícil que iluminar una estatua con el gesto supremo de inteligencia en que amanece la sabiduría o se pone la esperanza, como un astro iluso. Quizá sólo esto es más difícil: turbar a una mujer cuya frente inhumana jamás se contrae. Sobre la catedral cantada por Verhaeren permanecerá la fgura angélica. Ahí estará en pie el buen ángel, decapitado y mutilado por una cultura que se escribe con k. El tablero de fecundidad y de harmonía de la Champagne no mirará difundirse por sus planteles la beata sonrisa de la torre. En las tardes dramáticas, cuando se espese el silencio después del bombardeo, la catedral se quejará sordamente; y en las noches de nevada lunar se dirán su secreto las torres, como inválidas que no quieren despertar a Reims. Y la escultura sin brazos y sin cabeza, en un lenguaje imposible, irá diciendo desde su hornacina: «Yo vivía la vida eminente del templo. Mi belleza, vecina de las nubes y madrina de los hombres, era tal que si monsieur Anatole France me hubiese contemplado detenidamente, no habría escrito su "Revuelta". Mi rostro, halagüeño y abstraído, era una vacilación constante entre la gravedad del frmamento y la inquietud efímera de abajo. Pero mi simpatía a la tierra era frme, y nunca pensé en abrir mis alas, cuando ascendía el concierto de las campanas, para ascender con él. Paciente y leal me he mantenido en la paz; y leal y paciente me hallo en presencia de la guerra; en presencia de los diplomáticos, que se llaman cristianos; en presencia de un monarca luterano, que traba alianza con una potestad católica para la cruzada del dinero; en presencia de la ingenuidad conservadora que por razones de bautismo se pone de parte del protestantismo feudal y providencial que desbarata la colmena de Bélgica... Mis labios sellaban la ciudad con un sello feliz. Mis labios habrían hecho pensar en un beso a la comarca, si no careciesen de fsonomía sexual. Mis labios lo mismo pertenecen a un paladín de las milicias celestes que a una virgen transida por la fecha del martirio. Por eso mi cara fue siempre grata por igual a los mancebos y a las doncellas. Pensaban los primeros, al verla, en San Miguel; y las segundas, en aquellas remotas hermanas que llevadas desnudas, a la presencia de los procónsules, extendían milagrosamente la cabellera sobre todo su cuerpo, adquiriendo así un súbito manto de oro frente a la lujuria. Hice germinar en cada doncella la ilusión de una túnica inesperada que protegiese sus intimidades contra el mal en acecho. A cada mancebo ofrecí la perspectiva de un laurel fúlgido, capaz de irradiar en la penumbra de la conciencia como las joyas que se olvidan en un cofre. Los invasores llegaron con su metralla a cortar mi ejercicio sutil sobre el planeta, mi tarea de embellecimiento sobre la humanidad, mi sacerdocio aristocrático, sobre todo. No abandoné mi región favorita al sonar el concierto pío de las campanas; tampoco la abandoné al silbar el estrago. Hoy medito en el día ineludible de mi restauración». Tal dice el ángel. ¡Oh cabeza sin sexo, en que las ondas de pelo enmarcan la frente como con espuma! ¡Oh pelo espumoso, sobre cuya agitación se sostiene la leve corona para fngir un sueño real en un golfo cantante! ¡Oh corona rota! ¡Oh manos arrancadas y abatidas!

Danos, buen ángel, la límpida maestría del artista que supo esculpir en tu carne hasta lo más enorme, como el pensamiento, y sugerir hasta lo más leve, como las pestañas... Depura nuestras almas y enséñanos a fjar en la piedra de la adversidad la sonrisa heroica... Tú que fuiste amigo cordial de los pájaros, del alba y del ocaso, y les permitiste posarse sobre tus hombros y contestaste en voz baja la algarabía impertinente de sus preguntas, danos una frecuencia ideal de pájaros en el espíritu... Nosotros fomentamos la esperanza de que te restaure una mano incorruptible, y de mirar en tu melodía íntegra no sólo el equilibrio musical de Reims, sino el de la «dulce Francia» de Roland.

Noviembre
El mes adecuado para gozar, como dentro de un túmulo, de la magnánima neutralidad de la conciencia. Las constelaciones se deslizan con sigilo y fgura de ensabanados, y a su aséptica luz se precisa la zona impersonal del alma, la zona en que vaga el jugador de puro linaje, tomando la perspectiva de la ruleta. Noviembre, pecera lívida en que los fnados suben y bajan, aleccionándonos en la sabiduría de bogar sin tropiezo. Noviembre, alguacil con tos, noche en que rueda sin mulas la tartana del inferno: sombra de ciprés que abrocha la tapia con la banqueta, para aplastar al gallo de la Pasión, como a un zancudo entre las hojas de un libro de magia negra. Noviembre, cuarto de hora del diablo, instante de la conversación, pájaro en pelecho, mujeres anegadas en el rosicler de la luna. Todo lo que late es terrible; pero el alma no se encarniza, porque no le interesa apostar. Noviembre, equidistante del deseo y del temor, prescinde del juego. En torno de las tres ruletas, la de ayer, de hoy y de mañana, casi ningún trasnochador de buena crianza y de mediano temple, desafía a la fortuna. ¿A qué forzar los dones de los números mágicos? Quédese la capa en el domicilio de Putifar, no por voto de negativa pureza, sino de aristocrática inacción. Intrigarnos en noviembre sería infausto. La intriga, vestida de terciopelo letal, se disimula en los quicios de las dos de la mañana. Franquea su cancela entre cumplimientos apagados. Sentada sobre las rodillas del visitante, pesa muy poco. Su cuello, al girar, remeda a la garrucha. Y cuando la impenitente mano del burlador desabotona el talle, húndese en una jaula de huesos. Restan once meses de presagio menos duro. Ahora, el alma se abstiene de la apuesta, ahuecándose en el armazón de un catafalco.

Oración fúnebre
Doy principio a la oración fúnebre de Saturnino Herrán en el vestíbulo del otoño. En este mes de octubre, que es como el concordato de las aspiraciones humanas, por adelgazarse en su clima el cristianismo, difundiéndose la inmovilidad de las funciones de Buda y estilizándose, en los peristilos que salpican las hojas, el cortejo pagano. Presentaré a mis oyentes el retrato moral del Pintor, mientras el cordón de Nuestro Padre San Francisco azota a las ninfas en medio de las agrias meditaciones de los pájaros en pelecho. Mas al evocarse al dueño del aniversario, no debe soplar aquí el hálito de la tumba ni el de la estación entumida, sino la respiración voluptuosa de la juventud que reverbera frente a la séptima alma del frío, como se clarifca contra el viento el tizón que alumbra la cena de amor de los montañeses. Uno de los dogmas para mí más queridos, quizá mi paradigma, es el de la Resurrección de la Carne. E imagino que cada uno de vosotros poseerá algo de la virtud mesiánica de abrir a voluntad los sepulcros, para que la Dicha se levante de su cabecera de gusanos y sacuda otra vez los cabellos fragantes y asome la faz entre las varas translúcidas de sus macetas. A tal dogma y a tal conjuro apelaré, a fn de traer a Herrán por un momento y dilucidar su herencia como el plumaje del ave del paraíso. Demasiado inteligente para ser fatuo, cultivaba un desdén especial para aquellos que, al decir de Gracián, «la naturaleza humilla bien y la fortuna eleva mal». Pero con los hombres y las cosas que se le mostraban sin superchería, ejercitaba esa circunspección afectuosa que se deriva de considerar, en la máquina del universo, al ente más inferior y a la actividad más servil, participando de la magia pasional en que susurra el diálogo del cometa con la luciérnaga. Casi de nadie admitía reparos a su pincel. No olvidaré la tarde en que habiéndose permitido un diplomático una observación ligera al retrato que le había encomendado, acabando de despedirse el cliente, tiró el cuadro y lo hizo girar a puntapiés. A su cuerpo débil, y a través de las tersuras virreinales en que estaba educado, llegaba la marea de la radiosa brutalidad del Renacimiento, y en sus venas porfaba la estética de aquellos papas magnífcos que, por haberlo sido, solamente pueden ser enjuiciados por la majestad de Dios y nunca por la pedestre honestidad de las sectas; de aquellos papas que al apagarse de súbito los candelabros del banquete, daban a sus hijos la señal del crimen con el imperativo sacrílego: ofcia. Algo habría también de herencias inmediatas, la de su abuelo materno, digamos, que doblaba entre los dedos una moneda de a peso y que arrojaba a la azotea, con el impulso de un solo brazo, la piel curtida de una res. *** Su sensualidad -huelga declararlo- fundamenta su obra. ¿Acaso los propios tipos dorados de Fra Angélico, no signifcan la sublimidad de los cinco sentidos? El alma es despótica y nos otorga su dádiva cuando le place; los sentidos, humildes y vivaces como las ardillas, nos sostienen con una perseverancia sinónima de la vida. Toca al artista aprovechar la fdelidad de estos sagrados animales en la esquivez del tiempo. En la melodía de la existencia, nuestras horas se nos mueren como tiples; mas a la postre, «el tesoro divino, que ya se va para no volver», ha recogido las esencias del mundo, asegurándonos una espiritual y espirituosa vejez de perfumistas. Ya no habrá virilidad; poco importa, pues resta el vino de Mosela que embotellamos en la hermosa edad parabólica.

La persuasión de lo indivisible de nuestra persona afanzó a Herrán en el culto de la línea moral y física, interpretando a sus niños, a sus viejos y a sus mujeres con tan elegante energía, que debe considerársele como un poeta de la fgura humana. Llego al instante de subrayar su honorabilidad antropomórfca, con lo cual enuncio su entereza y su proporción de vástago de Adán, libre de los despeñaderos cerebrales que algunos han pretendido cavar en las grutas de la belleza. Carecía en absoluto de ideas lógicas, profesando, en cambio, las de evidencia vital, las ideas fbrosas, patrullas de Psiquis. Del ajedrez de las pesadillas cognoscitivas, espumó la congoja que ensombrece a sus varones desnudos, y la coquetería de sus mulatas. No dudó entre los desvaríos mentales y los brazos palpables de la Vida. Artísticamente, la lucha de los credos se funde en el rostro de la conciencia cabal, en la que la frente es de Buda, los ojos de Cristo y la boca de Mahoma. El pintor, en esta concepción y sensación integral, era una voz de su siglo, de la gambusina centuria que, por haber hallado la raíz de lo que titula Chesterton la flosofía del cuento de hadas, es estigmatizada, con una sonrisa de baratillo, por los bachilleres de la clasifcación, por las estrictas plebes graduadas. Los sabios profesionales miran en la exégesis unitaria del cosmos, el lenocinio de las opiniones, porque la llama simboliza la interpretación y ellos el índice antártico de los almanaques. Si sólo la pasión es fecunda, procede publicar el nombre de la amante de Herrán. Él amó a su país; pero usando de la más real de las alegorías, puedo asentar que la amante de Herrán fue la ciudad de México, millonésima en el dolor y en el placer. Ella le dio paisaje y fgura; él la acarició piedra por piedra, habitante por habitante, nube por nube. La ciudad causará el tedio de los espíritus enfermizos, mas al refexionar que atesora desde el tráfco visible hasta los espejos morganáticos en que la diosa sempiterna copia su dibujo piramidal, se concluye su estupenda categoría. Durante la noche, cuando se desenvuelve la fábula tripartita de alumbramientos, enlaces y defunciones, y el silencio se materializa para que lo gocemos por el olfato, se atraviesa la ciudad con el fervor conque Santa Genoveva velaba el sueño de París. En la solemne y copiosa obra de Herrán, apologética de la ciudad, blanquean la col y la for de la metrópoli. Pecaría yo si prescindiera de recordar al humorista. Volcábase el relampagueo de su talento en ironías acerbas, desquite de su ineptitud para la batalla mesocrática. Al hablar de sus modelos de los dos sexos, que se jactaban ante él de la perfección de sus formas, reía con risa batiente, retorciéndose en el asiento, a la manera del que padece un cólico. Un día me detuvo frente a un escaparate, y a gritos, según su costumbre, me indicó el retrato de un actor de cine, con estas apostillas textuales: «Mire Vd. esa cara. ¿Por qué con ella se meten de actores? Es como si yo me pusiera a hacer gestos con la espalda». De un sujeto que blasonaba de la austeridad del matrimonio y de los ojos seráfcos conque veía a la esposa, decía que sólo faltaba que el caballero, al ir a acostarse, se arrodillara ante su suegro pidiéndole la bendición. En una festa teatral, después de examinar sin descanso a una señora en extremo faca, escotada hasta la cintura, declaró que jamás hubiera creído que los rayos X pudieran escotarse. Privilegiado en sus dotes analíticas, cogía al vuelo la deformidad íntima y externa de las gentes. A sus habituales, nos escarnecía a mansalva, con el regocijo del niño que conoce de antemano la impunidad. En cuanto a sus propias fallas, las ocultaba con escrúpulo, pues el terror a lo chusco le sirvió de guía infalible, ya para sostener la seriedad peregrina de su obra, ya para defenderse del roce con los personajes de mal gusto, aun a costa de su bienestar. No le era grato el tema de sus inclinaciones supersticiosas. Como los toreros, juzgaba que hay trajes de mala sombra; no traspasaba el umbral de la Escuela de Bellas Artes sin

cierto arreglo cabalístico de los pies, y cuando leía, metido en su lecho, los dramas de Maeterlinck, a los quince minutos de lectura, estaba ya trasudando de miedo. Los duendes y los trasgos se confabulaban para tomar venganza en él de los registros positivos de su paleta. Falto de vanidad y sobrado de orgullo, en sus dos talleres sombríos de sus dos casas de Mesones, pintó, cual si decorase las paredes de un pozo, la equivalencia de medio siglo de tarea. Su segunda casa de dicha calle no presenció más que el epílogo de la vasta empresa. Izando su bandera puertas adentro, si con ello daba un ejemplo singular de continencia, incapacitábase para imitar a los pianistas que gobiernan a Polonia y a los literatos acuartelados en Fiume. Más aún: apenas desarrolló el sacrifcio indispensable para ganarse el pan de cada día. La vergüenza conque ejerció, su religiosa vergüenza, esplende sobre los fulleros que tratan al Arte como quincalla. Él lo practicó honrando la sangre y el fósforo de que está amasado, la angustia que lo anima, las manos de la Humildad que lo modela y la gracia punzante que lo corona, cual la cruz nacida sobre la cabeza de las palomas en las lápidas venecianas. Sumiso y altivo, alentaba en él la duplicidad adriática que puso a un embajador de la República el sobrenombre de Perro, porque enviado a conseguir el perdón del Papa, y habiéndose negado éste a recibirlo, se escabulló hasta su refectorio, y allí, echado a los pies pontifcales, imploró, con agravio de la política de los tritones excomulgados, quienes discurrieron que había rogado con exceso. Yo admiro con tal rendimiento la pureza social de Herrán, que lo reputo un patrono de los postulantes de la belleza. De la fraseología de Saturnino, para no desmenuzarme en lo anecdótico, reproduciré sólo las palabras conque mencionaba a su hijo. Invariablemente llamábalo «el muchacho». Frase de concisa dureza en que se disimulaba una ternura, y que cito al entrar a encarecer la insólita capacidad plástica de aquella conciencia. Por ese don de lo concreto, Herrán se incorpora al cenáculo ideal de los hombres que parecen destinados a suplir la inopia expresiva de las almas, el ripio abundancial de los informes que, incapaces de ejecutar su propia silueta, encomiendan sus nebulosas al astro vecino. Suprimid el Arte y os ensordecerán las ramplonerías de la Torre de Babel. La herencia conque nos enriqueció se ostenta sellada por esa universalidad accesible únicamente a los reactivos mitológicos que acallan la pacotilla de las cosas y les extraen la entonación pitagórica. Encima de las modas, la euforia de su mito le permitió convertir el universo en el balneario interminable en que todo se desviste para jugar el juego eterno de la desnudez de los arquetipos. En los creadores, el mito se desdobla, personifcándose dentro de las vísceras, en la intangible doncella flarmónica, y por las playas exteriores en la marcial deidad que con sus fancos de borrasca, sus pupilas de belladona y sus perfumes clorofórmicos, desfla entre las bayonetas del Deseo. Murió signifcativamente en este mes de octubre que, gracias al tornasol de su clima, fnge el concordato de las posturas espirituales. La hora vacía, la entretenida con los fosfenos, la hora que se malgastó sin exprimir los delirios sustantivos de la existencia, remuerde como la contribución a un Minotauro, y al acusarnos de ella, nos asfxia y nos degrada sentir de tierra los soles, de tierra la luz y de tierra el pensamiento. Matemática golosa, la Muerte se bebe el signo más de la libertad y el signo menos de la inocencia esclava. Sin ánimo de contradecir la hermenéutica de los novísimos o postrimerías del hombre, esta oración, mal llamada fúnebre, en obsequio de las leyes, os invita a recordar que tener frío es dejar de interpretar, y os exhorta a

contemplar la muerte sin la avaricia del temor, enarbolando en la presente ceremonia nuestros apetitos mundanos y nuestros anhelos elíseos, con la actitud de las madres que levantan a sus retoños al paso del monarca. De cuanto he perdido, si en verdad se pierde aquello cuya esencia guardamos por la voluntad, el pintor que hoy celebramos es de los seres con quienes desearía volver a convivir veinticuatro horas, un día y nada más, según la letra nostálgica de una canción que mi abuelo materno cantó quince años, desde la fecha de su viudez hasta la de su tránsito. Hubiera querido hablaros envuelto en una túnica bicolor, azafrán y verde, emblemática de frenesí y de gravedad. De la gravedad y del frenesí correspondientes a los treinta y tres años en que frisaría el artista si no se pudriese bajo la tierra. Pero frente al desaseo de la Muerte, la Vida se baña sin tregua en el balneario platónico aludido antes, donde cualquiera estrella es arrecife. La Vida entrégase desmayada, de cara al cénit, tremolando sus cabellos encima de las aguas eternas. Sería infame, por laxitud de nuestros brazos, arrastrar en la arena su pelo. Con ella no nos podemos llamar a engaño: no nos ha dicho que sea buena, no nos ha dicho que sea mala; entre fltro y fltro, de una atrocidad a una misericordia, nos ha enseñado que es hechicera. Llevémosla, como la llevó Herrán, sobre la embriaguez de los brazos horizontales, de modo que la energía que nos gaste su torso, nos la restituya la punta de su cabellera, al azotarnos las rodillas. En el prodigio de esta mutua circulación, la próxima invernada, la invernada que coagula a las vírgenes y convierte en granizo las lágrimas de los niños, descubrirá que no son nuestros miembros los que se llenan de su frío, sino ella la que se quema de nosotros.

El bailarín
Hombre perfecto, el bailarín. Yo envidio sus laureles anónimos y agradezco el bienestar que transmite con la embriaguez cantante de su persona. El bailarín comienza en sí mismo y concluye en sí mismo, con la autonomía de una moneda o de un dado. Su alma es paralela de su cuerpo, y cuando el bailarín se fexiona, eludiendo los sórdidos picos del mal gusto, convence de que entrará al Empíreo en caudalosas posturas coreográfcas. La sordidez, resumen de nuestras desdichas, no le alcanza. Él es pulcro y abundante. Al embestir a su pareja, se encabrita y se acicala. Sus pies van trenzando la parsimonia y el rijo. El pecho de la paloma, jactándose de ser estéril, rebota como la rosa de los vientos. El bailarín está endiosado en su propia infecundidad. Y a pesar de ello, la modestia de su arrebato excede a la de las llamas infnitesimales que devoran, en brincos de gnomo, una esquela vergonzante. No hay desinterés igual al suyo. Danza sobre lo utilitario con un despego del principio y del fn. Los desvaríos de la conciencia y de la voluntad humanas, le sirven de tramoya. En medio de las pesadillas de sus prójimos, el bailarín impulsa su corazón, como el columpio en que se asientan la Gracia y la Fuerza. El bailarín, corrector honorario de lo contrahecho y de lo superfuo, esmaltará los frisos de ultratumba con sus móviles fguras de ayuntamiento y de plegaria. Mas la chanza terrestre impide que este elogio acabe con solemnidad. Las larvas somos incapaces de vivir en serio, porque pertenecemos al melodrama. Y mi ditirambo, ¡oh bailarín! es el fervor de un lego que no sabe bailar.

Nochebuena
Por débil que sea la vocación estética, es imposible, en las fechas singulares del martirologio, dejar de conmoverse ante los Pontífces Komanos, últimos representantes de la edad heroica. Y si asociamos un León, un Pío o un Benedicto a las crisis de nuestra vida, no hay agnosticismo que baste a refrenar una ola de simpatía por ellos. Bajo la intención jocosa de las pupilas del Papa XIII, abrimos las nuestras a la lumbre del sol; la frente ancha y rural del Papa X presidió nuestro conocimiento de los acres frutos vedados; y el Papa XV, ornitológico, con la montadura antañona de sus anteojos, subyúganos con una negra eventualidad: la del Papa de la muerte. Mas suspéndase nuestro aliento bajo él o bajo su sucesor, sentimos, que su bendición cae sobre estas pascuas de diciembre con la pesadumbre agorera del año 1000, entre los bonetes cónicos de los astrólogos, los prodigios etéreos, la lepra, el hambre belicosa y las crines de azafrán de los bárbaros. El Niño, retoño de los Salmos y de Betsabé, «aquella que fue de Urías» yace en el establo como pétalo en trigo. Su mano, apenas azarosa, barre desde Belén los mitos subterráneos y los celestes. Juno, que resbalaba por el arco iris, se pierde irreparablemente. El corazón de cónsules y procónsules se vacía del culto, y sobreviene una incredulidad que, por patricia, era, ciertamente, menos obtusa que la de los suscritores de la «Biblioteca Roja». Y nuestro cristianismo casero, por su parte, no se parangona con la intuición trashumante de los Magos. Los silbatos de agua y de latón conque la infancia alegra la nave de la posada, ¿por cuántos son escuchados? Impresiona más la travesía del submarino que el trote de los camellos regios, y los gases asfxiantes privan contra la fausta alhucema.Madame de Sevigné, refriéndose a los célebres predicadores de su tiempo, que enaltecían la Semana Mayor, decía: «Yo he honrado siempre las bellas Pasiones». Dudo que repitamos con verdad la frase, hablando de Pasiones o de pasiones. Pero, apartando el tema de la Nochebuena del de la fealdad, articulemos con nuestra conciencia la expectación del adviento y la plenitud de la misa de Gallo. El ánima sola infere, —147→ de la inversión de la hora ritual del Sacrifcio, la esperanza de celebrar en las tinieblas una fecundidad como la que se cumple en el portal oloroso a pienso. ¡Mas el adviento es tan largo y tan desabrigado para el ánima que se extenúa soñando con la renovación de media noche! El ánima sola añora cierto poema en que el protagonista, mientras nace el Hijo del hombre, vaga mentalmente por su plaza natal, en cuyo centro había un plátano, y atado al plátano, un asnillo... El ánima sola recapitula todo lo que ha fenecido en ella... El ánima sola quiere confar en que del tallo de la raza de David (tallo ahora de plácemes) brotará su especial separación... ¡Tal vez! Y el ánima, con ornamento morado, ofcia en su adviento sin límite, consumiéndose en el retardo de las velaciones. Por una compleja antinomia, el planeta fnge regocijarse; se regocija, diré, por el nacimiento del más triste de los tristes. Hay un júbilo simulado al conmemorarse la aparición de Aquel que sembró las imprevistas parábolas, la novedosa consolación y el original reproche, para que en el decurso de los siglos cabalgásemos sobre las pezuñas inertes y mecánicas de la rutina. Dentro de pocos meses, el fcticio duelo, al margen del Calvario, será también maquinal. No es corta desgracia que los sentimientos más aristocráticos se vuelvan manía y que la piedad se trueque en repetición. La hora actual

hállase enemistada con el genio; no concilia más que el número; deslustra los ofcios, y hace de los feles, sacristanes. Nuestras genufexiones llevan la marca de lo utilitario, y encendemos las más selectas luces con el desprestigiado estilo del pobrete que, en el momento reglamentario, sube al altar a prender los cirios. No tenemos delicias sino menesteres. Felizmente, no todos los espíritus hanse tornado rutinarios. ¿En qué latitud morará el anacrónico vigía? El mar lo sabe. Nosotros, contentémonos con la seguridad de que alguien vela. Alguien suple a las turbas aritméticas. Alguien interesa las válvulas de su corazón en los destinos que penden de Belén. En alguna quiebra hay algún pastor atento a la embajada angélica que trae paz a la tierra. Los minutos aciagos se prosternan, con un íntimo descanso, ante el pesebre en que reina la carne virgen, llamada a la perpetua inmolación; la carne contra la cual se concitará todo. Todo, sí, porque según la observación de Pascal, a esa carne perjudicará hasta el buen propósito de Pilatos; porque si éste hubiera sido cabalmente inicuo, habríase circunscrito a la pena de crucifxión, sin ordenar los azotes interlocutorios. Mas él anhelaba conciliar su comodidad espiritual con el dominio cesáreo y con el apetito de la plebe. Reside en la carne virgen y preclara una salud rebosante que ordena las ruinas en el mismo orden en que fueron edifcadas. ¡Resurrección! claman los númenes de nuestra conciencia ¡Resurrección! claman los númenes de nuestros huesos. Y en la demolición de las almas y de los cuerpos, la fausta alhucema ratifca un próspero mensaje de natividades. Así sea bajo la autoridad del Jerarca ornitológico.

Caro data vermibus
Tropezáronse, en un vericueto subterráneo, tres gusanos. Procedía el primero de la fosa del señor Zambul, y su relato fue el que sigue: «Honorables colegas: Mi bocado más reciente pertenecía, arriba, al número de los que nos temen. El señor Zambul murió después de veinte años de matrimonio. Amó ardientemente a su esposa. Recién casado, en horas de intimidad, arrancó a su esposa la promesa de quemar su cadáver. Ella, a su vez, entre lagrimitas y arrumacos, obtuvo igual promesa. Celebraron este pacto con sinceridad y complacencia, pues estaban agradecidos el uno al otro, y, más aún, cada cual a su propio cuerpo. Pero el tiempo, honorables colegas, trajo las cosas a un orden más quieto, y la médula de la señora Zambul se enfrío sensiblemente. Ya no juzgaba de rigor la incineración del cónyuge supérstite. Su esposo (que se había formado de nosotros una idea extraordinaria, y que adoraba su envoltura), hacía recuerdos muy explícitos del compromiso. La dama lo ratifcaba. Cuando el señor Zambul se halló entre cuatro cirios, ella no dejó de intrigarse... Consultó la cordura de sus más graves amigos. Por unanimidad, desecharon el escrúpulo de la señora; y al dictaminar, sonreían todos, como quien dice para su sayo: "¡Venirme a mí con esta bobería!". Al fn, ella pensó: "¡locuras...!". Y yo, colegas, pude subir anoche hasta los labios del señor Zambul. ¡Qué cara la del pobre hombre! Se conoce que en el horror de su agonía me tenía presente. Pero yo he sido comedido. Mi primer mordisco sobre los labios fue como el roce de un cordoncillo de seda. La boca, no obstante, se sacudió. La devoré, luego, por asiento de licencias. Así liquidé el temor de un cainita». «Mi último cainita -dijo el segundo gusano- no era un sensual. Contábase entre los que nos desprecian. Catedrático de flosofía, la suya no bastaba a impedirle que recomendara los hornos crematorios por razones de limpieza póstuma. ¡Bonitos parásitos están los hombres! ¡Diputan limpio comerse las gallinas, los pescados y otras especies menos pulcras, y sucio el pasto que aprovechamos de ellos mismos! ¡Linda manera de defraudar la nutrición universal! Por fortuna, quien ría el último, reirá mejor, y en esto de engullir, los gusanos reímos los últimos. Yo, compañeros, no he guardado miramientos con el catedrático. Trabajé sobre él con afán y con dureza. Mi primer mordisco a su cerebro fue como el pellizco de unas uñas desalmadas. El cerebro trepidó. Lo devoré por asiento de vanidades. Así liquidé el desprecio del catedrático». El tercer gusano dijo: «Mi desayuno de hoy fue sentimental: una señorita de infamable corazón. Era de las que nos odian. A la muerte, camaradas, se la representaba según un poeta: los ojos hueros y los pies de cabra . ¡Infeliz señorita Estefanía! Perdonad, camaradas, que me despegue de vuestro laconismo y de vuestra entereza; pero mi moral se reblandece en epifonemas accesorios y mi lenguaje se difunde más de lo que puede aprobar vuestra económica redacción. La señorita Estefanía (pestañas áureas, cuello blanco y manos translúcidas), antojábase un manequí. Todo contribuía a tal apariencia: la luz hiperbólica de la frente, que luchaba con las tinieblas, casi sólidas, del ataúd; el artifcio del listón que casaba las manos; el ángulo de los pies, ineludible en toda mujer y espaciado en la señorita Estefanía por la inercia irreparable... Mi instinto de antropófago vaciló: la señorita había cultivado el odio contra mí; yo era la bestia que había ocupado las horas trascendentales de Estefanía. Amenazando su pujante esperanza, en

correspondencia al interés preferente conque la señorita me había considerado, yo dejaría indemne aquel patrón de espiritualidad, como la virgen que, hallada en una excavación, anunció con su lozanía el Renacimiento, y fue expuesta en Roma y reverenciada por el Papa, y enterrada de nuevo, para que sobre la frescura de su gesto no fncasen las muchedumbres una idolatría... Pero nuestro destino, camaradas, es incontenible. Mordí el vértice del corazón de Estefanía. El corazón se retrajo, en una defensa ínclita. Lo devoré por asiento de las insensatas esperanzas. Así liquidé el odio de la señorita Estefanía». Convinieron los tres gusanos en que el temor, la indiferencia y el odio serán baldíos mientras los cainitas no sepan entregar, en vez de su cadáver, su bagazo...

La conquista
Asesorados por nuestros luteranos, miro a los yanquis que vienen a evangelizar al harapo que algunos llaman raza indígena y a los ribetes de población que separan a la gleba de la clase media. Vienen con sus mujeres estos sacerdotes, del peor modo carnales, carnales evangélicamente. A su vista he comprendido la gran fuerza autoritaria ejercida por el celibato romano, cualesquiera que sean sus despeñaderos. Digno o indigno el clérigo célibe, no descubro qué autoridad pueden lograr, ante nuestra malicia latina, los pastores que dentro de la ley, se regalan al igual de las ovejas. El endiablado olfato, herencia de moriscos, inquisidores y sacrifcadores del Monolito descorazonado, distingue, dos horas después de los sucesos, en cada mano teocrática, el aroma de los salmos y las montuosas resinas de Afrodita. No le demos vueltas. Roma, entre sus genuinas sagacidades, cuenta la de haber fjado en la columna vertebral la diferencia consuetudinaria, incesante y natural, que coloca al hombre del cayado dos codos arriba de los hombres de la grey. En México, las gentes de responsabilidad intelectual no pueden ser más que librepensadores o católicos. Las componendas del libre examen resultan sobradas de ingenuidad para el temperamento criollo. Sobre las plebes, parece avanzar el protestantismo. Nuestra dolorosa nacionalidad, discutida por muchos y negada por no pocos, seguirá achatándose en su arista casi única: la religiosa, si en los palacios diocesanos, y aun en el Nacional, se descuidan. Un día del último febrero, en que con meros ojos de mexicano, dentro de las naves de Guadalupe, vi arder cera en los guantes, cera en los dedos de los niños, cera en el abrazo del peón, cera en la viuda vergonzante, cera en la palma del ofcinista, cera, en suma, en las manos abigarradas del Valle, persuadíale de que la médula de la Patria es guadalupana. Si por las biblias en inglés dejara de serlo, la afnidad para la conquista se hallaría a punto. Las afnidades en un culto pedestre ahogarían la última for de nuestro denuedo, desatando sobre el país, que fuera aventurero y dogmático, una tempestad de arena. Nuestra sociedad, enferma de prosa, adolece del vicio consiguiente: lo comodino. Tal es, quizá, su vicio principal, explicación de casi todas sus desdichas. Complementarias de esa prosa comodina, las campanas callejeras de los Ejércitos de Salvación convergen al prurito de ir a los cielos con pasaje ínfmo, a la módica tarifa del mal gusto.

José de Arimatea
En la simultaneidad sagrada y diabólica del universo, hay ocasiones en que la carne se hipnotiza, entre sábanas estériles. Ocurra el fenómeno en cualquiera de las veinticuatro horas, nos penetran el silencio y la soledad, vasos comunicantes en que la naturaleza se pone al nivel del alma. Una amiga innominada, una amiga de bautizo incierto, yace desnuda, contra la desnudez del varón. Mas un desplome paulatino de las potencias de ambos, les imprime una vida balsámica de momias. En la cabecera, cabecea un halcón. En la mecedora, sobre las ropas revueltas de la pareja, el gato se sacude, con el sobresalto humano de quien va a hundirse en las antesalas soñolientas de la Muerte. Nada se encarniza, nada actúa siquiera. La respiración de ella, que casi no es suya, altérnase con la nuestra, que casi no es nuestra. Dentro de la alcoba, un clima de perla de éter, un esfumarse de algo en ciernes o de algo en fuga. De súbito, al defnirse el aguijón vital, brincamos cien leguas, para no vulnerar a la virgen privilegiada con semejante ejecutoria narcótica, a la amiga ungida por José de Arimatea.

Lo soez
Alguien me hablaba de cómo se acentúa la desgarradora fatalidad de lo sucio, refexionando que sólo el animal lo es. Ante la limpieza de minerales y vegetales, impónese lo soez como la más dolorosa de todas las formas del mal. Si la ley universal de salvación es la de la línea, ninguna, empero, cae en las aberraciones de la línea humana, trátese de la conducta o de la fsonomía. ¿Existe algún ser más heroico que la mujer en el momento de resistir a la luz? Y, viceversa, ¿hay alguna especie zoológica que envejezca tan trágicamente como la hembra humana? El gesto, convertido en mueca, me ultraja, no ya en mis raíces de poeta, sino en mi propia dignidad moral. Yo sé que aquí han de sonreír cuantos me han censurado no tener otro tema que el femenino. Pero es que nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer. Por ella, acatando la rima de Gustado Adolfo, he creído en Dios; sólo por ella he conocido el puñal de hielo del ateísmo. De aquí que a las mismas cuestiones abstractas me llegue con temperamento erótico. Tierra el sol, tierra el frmamento, tierra la luz... Así me duele el mal cuando despeña al corazón en enigmas tan sórdidos como el de la virgen sepultada, que lo que negó al amante más esclarecido de rostro, de voluntad y de pensamiento, concédelo a la última bestia, a la que no alcanza ni una sospecha de la luz. El gusano roe virginidades y experiencias. Unos ingenuos blasfeman, otros se destrozan con el silicio. El maniqueo proclama la eternidad del mal. El teólogo ortodoxo pone en silogismos la omnipotencia y la bondad infnita del Increado. Mejor que en imaginar un poder sin límites, me complazco en ver, detrás de la rosa de los vientos, la magna faz de Jesús, afigido porque en la obra del Padre se mezcló un demonio soez. Y tal fcción no será canónica; pero es el esfuerzo de un ingente amor.

La cigüeña
En la crudeza del Adviento, la fotografía, menos que una boardilla, menos que un palomar, es traspasada por cierzos esquimales. El fotógrafo, en mangas de camisa, enseña sus tarjetas a la gentil señora nariguda. La señora -cigüeña costosa al maridopublica sus brazos de pelele, fustigados por el frío, a despecho del tul que los condimenta y dice: «Queremos pronto los del nene». Luego, con su gracia picante, añade, husmeando su propio retrato: «Mucho perfl, mucha nariz»... Y nos guiña el ojo, aderezando con bromas la nariz, como quien enfora un anzuelo. Señora que turbáis a los clientes del tejabán con vuestra delgadez de ráfaga; he descubierto vuestro juego: coqueta al rededor de vuestro defecto, lo esgrimís como el sabor de la plegadiza persona. Sois cazurra y simpática, porque de vuestra imagen, un poco espantapájaros, hacéis la olfativa espiral en que se laminan los deseos. Vuestra nariz es vuestro gancho, lo sabéis de sobra. Por ella tentáis como el espíritu de la mostaza. Sin ella, seríais correctamente insulsa, como un académico. Pero esta fruslería, esta quisicosa nasal... Cigüeña astuta: sabéis al dedillo que la nariz redondea vuestros brazos de pelele, y que insinúa, desde el fondo que se asoma sobre los chapines, toda una holanda subrepticia y salutífera. En la nariz de fascinación y de trapisonda, que os libra de la intachable sandez, se toma el pulso de vuestra vida, mejor que en la dúctil muñeca. La sorna de la cigüeña desata en la fotografía, a las cinco de la tarde esquimal, una ecuatorial llovizna de caniculares granos de granada.

Eva
Porque tu pecado sirve a maravilla para explicar el horror de la Tierra, mi amor, creciente cada año, se desboca hacia ti, Madre de las víctimas. Tu corazón, consanguíneo del de la pantera y del ruiseñor, enloqueciéndose ante la ira de Jehová, que te produjo falible y condenable, se desenfrenó con la congoja sumada de los siglos. La espada famígera te impidió mirar el laicismo pedestre que habría de convertir al verdugo de Abel en símbolo de la energía y de la perseverancia. Pon mi desnudez al amparo de la tuya, con el candor aciago conque ceñiste el flial cadáver cruento. Mi amor te circuye con tal estilo, que cuando te sentiste desnuda, en vez de apelar al follaje de la vid, pudieras haber curvado tu brazo por encima de los milenios para pescar mi corazón. Yo te conjuro, a fn de que vengas, desde la intemperie de la expulsión, a agasajar la inocencia de mis ojos con el arquetipo de tu carne. Puedo merecerlo, por haber llevado la vergüenza alícuota que me viene de ti, con la ufanía de los pigmeos que, en la fábula de nieve, conducen el cadáver cuyas blancas encías envenenó la fruta falaz.

FIN

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