246 Cristianismo primitivo y patrística

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BIBLIOGRAFIA ADICIONAL
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/1Ii! vy O L. Y .4 _ / t. J.-t.. 1"'-
,id 7 &i-&/ e1fr.do (/)/
,4(.-4M¡o. f4..'lMh-d4.¡/.
lí n. Ift'·.in -ÜI.
Capitulo 2
LA PATRISTICA HASTA SAN AGUSTIN
,
,
Ieh war heimlich in den Tempeln ihrer Gottu, ieh war dunkel in
den Sprüchen aller ihrer Weisen.
(Yo estaba secretamente en los . templos de sus dioses; oscuramente
estaba en las sentencias de todos sus sabios.)
(GERTRUD VON LE FORT, Hymnen an die Kirche.)
1. Los Padres de la Iglesia.
LOS FUNDAMENTOS DEL ruSNATURALISMO PATRlSnCO EN LOS APOLOGISTAS GRIEGOS
DEL SIGLO U.
2. San Justino.- 3. San Ireneo.-4. La Epístola a Diogneto.
DERECHO NATURAL Y PODER POLITICO EN LOS GRANDES PADRES GRIEGOS Y LATINOS
POSTERIORES.
5. Clemente de Alejandría y Orígenes.--6. Tertuliano.-7. Lactancio.-8. San
Ambrosio.- 9. Otros Padres.
FAMILIA, ESCLAVITUD Y PROPIEDAD
10. Doctrinas de los Padres de la Iglesia sobre la familia, la esclavitud y la
propiedad.
IMPERIO ROMANO Y CRISTIANISMO
11. De la hostilidad a una valoración posítiva.-12. Apologías cristianas del im-
perialismo romano. Prudencio.
L Puede decirse que no hay en los Padres de la Iglesia distinción
formal alguna entre y teología. Por una parte, persiguen una clara
formulación del dogma cristiano frente a una serie de herejías, algunas
muy grB.¡ves, como el gnosticismo, el maniqueísmo, el arrianismo. Por otra,
se imponía un contraste de las propias doctrinas con las del judaísmo y
de las religiones y filosofías de la Antigüedad grecorromana, principalmen-
te con fines polémicos y apologéticos. entonces el problema de la
247
TRUYOL Y SERRA, A., Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado (I),
ALianza Universidad, Madrid 1982, pp. 247-262.
248 Crislianismo primitivo y patrística
actitud a adoptar ante la filosofía helénica, que suministraba un. valioso
instrumental lógico y conceptual susceptible de ser aprovechable para la
aprehensión intelectual de las verdades reveladas.
Ante este problema eran posibles dos actitudes, que fueron simultá-
neamente mantenidas: de repulsa o de recepción. Sostuvieron la primera,
principalmente, Tadano y Tertuliano, conversos ambos y buenos conoce-
dores de las letras paganas. Pero se impuso la segunda con San Justino
mártir, Atenágoras, los maestros de la Escuela catequética de Alejandría
(Clemente y Orígenes) y después la generalidad de los Padres, con más o
menos convicción, según su temperamento y formación prevía. Es de ad-
vertir que la actitud receptiva podía apoyarse en la célebre predicación de
San Pablo en Atenas ante un auditorio filosófico pagano (Act . Apost., XVII,
17). Había también un gran precursor en el judío Filón de Alejandría
(aprox. 25 a. de J. C.-50 d. J. C.), cuyo pensamiento representa una sín-
tesis del platonismo y la teología del Antiguo Testamento. San Agustín
la afianzará con su recepción del neoplatonismo. En última instancia, la
repudiación pura y de la cultura filosófica era prueba de una in-
seguridad intelectual, y es significativo que tanto Taciano como Tertu-
liano acabasen incurriendo en herejía.
Por la lengua en que escribieron, los Padres se dividen en Padres y
escritores cristianos griegos, también llamados «orientales» (San Justino,
S. Ireneo, Clemente de Alejandría, Orígenes, Eusebio de Cesárea, los tres
«Padres de Capadocia» -S. Gregario de Nazianzo, S. Basilio y su hermano
S. Gregario de Nissa-, S. Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro), y los
Padres y autores cristianos latinos u «occidentales» (Tertuliano, S. Cipria-
no, Lactancia, S. Ambrosio, S. Jerónimo, S. Agustín). Los primeros, gene-
ralmente nutridos de cultura griega, son más especulativos, ocupándose de
preferencia de las cuestiones más elevadas y arduas de la teología. Los se-
gundos, familiarizados con el derecho romano, sienten una mayor indina-
ción por las cuestiones prácticas, políticas y sociales. Las dos tendencias
se conciliarán en San Agustín.
En todo caso, no hemos de buscar en los Padres de la Iglesia una doc-
trina sistemáticamente desarrollada acerca del derecho y sociedad. Los
Padres se refirieron a problemas particulares, incidentalmente, en el curso
de sus escritos. Las fórmulas de San Pablo, por otra parte, ejercen una in-
fluencia decisiva sobre su pensamiento. Puede afirmarse que en materia
jurídica, política y social, la doctrina de los Padres de Ja Iglesia es como
una exégesis de los textos paulinos, a los que se une en los Padres occi-
dentales la influencia de Cicerón y de Séneca. En consecuencia, ocupan el
centro de su interés el tema del derecho natural, y el del origen y funda-
mento del poder político.
,
2. La patrística hasta San Agustín 249
Los fundamentos del iusnaturalismo patrístico en los apologistas
griegos del siglo II
2. Los grandes apologistas del siglo II esbozaron en genial atisbo los
rasgos fundamentales del pensamiento jurídico y político de los Padres
posteriores.
La teoría paulína del derecho natural debe el primer desarrollo de que
tengamos noticia a San Justino mártir (t hacia el 165). Hijo de padres
griegos instalados en la colonia de Flavia Neápolis (en el lugar de la anti-
gua Sichem, en Palestina), procedía Flavio Justino del paganismo, cuyas
fil?sofías no lograron satisfacerle. Sus dos Apologías, escritas sin duda poco
después de mediado el siglo n, abren generosamente la vía para la inte-
de la filosofía griega en la sabiduría cristiana y, en consecuencia,
también de la moralidad natural en la moralidad evangélica. Si el Logos,
como proclamara San Juan, ilumina a todo hombre que viene a este mun-
do, hay una revelaci6n universal que preludia a la revelación del Lo-
gos hecho carne en la persona de Jesucristo. Afirma San Justino. según
la fórmula estoica, la existencia de un Logos spermatikos, de una <Hazón
semina!», de cuyos gérmenes divinos la humanidad toda participa en
mayor o menor grado, y que culmina en la revelación cristiana. EIlo per-
mite a San Justino considerar que toda verdad, dondequiera que haya sur-
gido históricamente, es cristiana, y que el cristianismo, en consecuencia, es
la verdadera filosofía, prepatada y vislumbrada por los mejores pensadores
de la gentilidad. Esta grandiosa concepción de la acción del Verbo divino
en la historia contiene en germen la doctrina tomista de la relación entre
la razón y la fe, la filosoffa y la teología.
3. Si San J ustino subrayaba así la continuidad histórica y ontoló-
gica entre el saber natural y el sobrenatural, San Ireneo (t hacia el 200)
insistiría en cambio en los efectos del pecado sobre la naturaleza humana y
las instituciones en ésta fundadas. Era el «padre de la dogmática católi·
ca» (como se le ha llamado) oriundo también del Asia Menor; pero su
nombre va unido esencialmente al de la ciudad gala de Lyon, donde fue
obispo. Su obra principal, dirigida contra los gn6sticos, s610 ha llegado Ín-
tegra a nosotros en una traducción latina, conocida comúnmente bajo el tí-
tulo de Adversus haereses. A la manera de Séneca, opone Ireneo el estado
actual de la sociedad humana a un estado primitivo de inocencia . Las insti-
tuciones actuales) y entre ellas la realeza, están fundadas, todas ellas, en la
coacción. Corresponden a una naturaleza caída, y Dios las estableció para
contener mediante el temor el desenfreno anárquico de las pasiones. Con
esta doctrina, San Ireneo iniciaba la corriente que podríamos llamar «pesi-
250
Cristianismo primitivo y patrística
mista» del iusnaturalismo patrístico, que distingue un derecho natural pri-
mario, anterior a la caída (la cual, en IIeneo, no es tanto la caída en el peca-
do original como la posterior, que describe la Sagrada Escritura, cuando se
generalizaron los cultos idolátricos y toda clase de vicios) y un derecho na-
tural secundario, posterior al pecado y enderezado a corregir y atenuar sus
consecuencias sociales. La huella de esta concepción aparecerá principalmen-
te en San Gregario de Nazianzo, San Juan Cris6stomo y Teodoreto de Ciro
entre los orientales; Lactancio y San Ambrosio entre los occidentales.
4. Se atribuía generalmente también al circulo de la apologética grie-
ga del siglo II la llamada Epístola a Diogneto, de autor desconocido, que
tiene el mérito de fijar en términos precisos y sugestivos el nuevo etbos
social del cristianismo. Desde los trabajos de P. Andriessen (1946) es ra-
zonable ver en este elocuente discurso la Apología de Cuadrato, que se
daba por perdida. De ser ello así, tratarÍase del primer escrito de esa índole
en la literatura cristiana. Lo más notable, para nosotros, es la idea,
mente expuesta, de que el reino de Dios se compagina con la variedad de
las patrias terrenales , integrándoselas sin confundirse con ellas ni suprí·
mirlas. Habitan los cristianos sus propias patrias, pero como forasteros;
toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranje·
ros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña.
Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. En
otras palabras, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el
mundo. Así como el alma está esparcida por todos los miembros del cuer·
po, están esparcidos los cristianos por todas las ciudades del mundo. Ahora
bien, como el alma está en el cuerpo sin ser del cuerpo, así los cristianos
habitan en el mundo, pero no son del mundo. A fórmulas parecidas recu· .
rrirá más tarde San Agustín para caracterizar la posición del cristiano en
la ciudad.
Derecho natural y poder político en los grandes Padres griegos
y latinos posteriores
5. A la tendencia positiva de San Justino se adhirí6, en un esfuerzo
especulativo de altos vuelos, la Escuela catequética de Alejandría con Cle·
mente y Orígenes.
Tito Flavio Clemente (t antes de! 215), de origen griego (acaso ate-
niense) y pagano, dirigió la Escuela después de un período de viajes que
hizo, siendo ya cristiano, y recuerdan los que Platón emprendiera a raíz
de la muerte de Sócrates. Sus obras más importantes son la Exhortaci6n

2. La patrística hasta San Agustín
251
(Protreptikos) a los Griegos, e! Pedagogo (Paidagogos, un tratado de
moral práctica) y las Misceláneas, o Alfombras (Stromatás, Stromata) .
El Logos, que como en San Juan y en San Justino se identifica con
Jesucristo, es el pedagogo que conduce a la salvación y se propone corno
modelo a imitar por los hombres, a quienes infundió el sentido del orden.
El mismo Logos que se manifestó en el Decálogo de Moisés, «ley vivien·
te), dio a la razón humana los principios de la moralidad natural; en con·
secuencia, la decta razóm) (arthos lagos) vislumbra lo que la revelación
luego precisa, dándose una coincidencia fundamental entre la ley natural
y la ley divina. En cuanto al gobierno humano, debe fundarse en la sabi-
dury., práctica y e! imperio de la ley, que implica libertad en la obediencia
de.Jos súbditos.
Lo doctrina de Clemente de Alejandría sobre el derecho natural se
enmarca, pues, en una doctrina general acerca de la relación entre la sa-
biduría humana (griega) y la revelación cristiana, que no es sino un des-
arrollo de las fórmulas de San Justino. Hay, según Clemente, dos Antiguos
Testamentos Y uno Nuevo: la Ley de los judíos y la Filosofía de los griegos
preparan, ambas a su manera, la fe cristiana, y en ella se integran.
Análoga en sus grandes líneas es la concepción de Orígenes (aprox. 185·
254). que se caracteriza por la audacia especulativa y el más riguroso es·
puitu sistemático. Orígenes, que es indiscutiblemente el pensador más
poderoso de la Iglesia griega, había nacido en Egipto, acaso en la misma
Alejandría. de padre cristiano. Su carrera fue agitada, como consecuencia
de su temperamento apasionado y su inflexibilidad doctrinal en algunas
tesis suyas que, por influencia del gnosticismo, se alejaron de la ortodoxia.
Después de varias vicisitudes fundó escuela propia en Cesárea. De su in·
mensa producción literaria no queda sino una pequeña parte, destacándose
en ella su apología Contra Celso, el tratado De los principios) que sólo se
ha conservado íntegro en versión latina (De príncipiis), y un Comentario
a la Epístola a los Romanos.
Contrapone Orígenes a la ley política o civil, de origen humano, la
ley natural, cuyo autor es Dios. Sólo la segunda tiene valor absoluto para
e! cristiano, por lo que carecerá de validez cualquier ley civil que a ella
se oponga (por ejemplo, una ley que ordene la idolatría). También para
Orígenes coincide materialmente la ley natural con la ley de Dios (Decá·
logo). Con la reserva de que respeten las exigencias de la ley natural y
vina, las .leyes humanas., varían según los pueblos, obligan al cristiano
como a los demás ciudadanos.
Con reafirma Orígenes, siguiendo a San Pablo, el rundamento na-
tural de la sociedad política y su gobierno. Pero, sometiendo a un impar·
252
Cristi!tnismo primitivo y patrística
t,ante análisis la fórmula paulina, pone de manifiesto las distintas posibi-
lIdades en ella latentes. ¿No cabrá deducir de las palabras del Apóstol que
tambIén el del impío es de Dios? Orígenes hace observar que para
Pablo 10$ pnnClpes no son para temor de los que obran lo bueno sino lo
malo, y Dios los juzgará por el uso que hicieren de su autoridad.' De este
uso propiamente su 1egitimidad. La censura del Apóstol para guie-
resIsten a la autoridad se entiende referida a la que ejerce el poder
Justamente, no a la que se desvía de su misión peculiar y pretende coaccio-
nar las conciencias, por cuanto la propia tradición apostólica (por boca de
San Pedro, según indicamos ya en anterior capítulo) ordena obedecer a Dios
ao:es a los hombres . El pensamiento cristiano posterior hallará en esta
exegeslsl una y otra vez, su punto de partida y de apoyo al enfrentarse con
el problema en cuestión, tan agobiante como permanente.
6. El temperamento de Quinto Septimío Floreme Tertuliano (apron-
n:a.damente 160-aprox. 240) recuerda el de Orígenes por su inquietud y
ngldcz. a diferencia de Orígenes, Tertuliano, abogado, nacido en Car-
raga y de OrIgen pagano, sintió después de su conversión una creciente hos-
tilidad hacia la filosofía griega, y en especial hacia la cultura toda de la gen-
tilIdad. Su poderoso ingenio se despliega plenamente en el famoso y con-
tundente Apologético (ApologeticumJ. Pero un rigorismo moral parecido
al de Orígenes ]; hizo adherirse después a la secta montanista, de la que
luego se separarla para fundar una propia. En sus argumentaciones, bien
trabadas , se hace patente una sólida formación jurídica. Uníase a ésta un
excep,cional dominio del latín, que gracias a él fue adaptándose a lus nuevas
de la especulación cristiana en competición con el griego hasta
con;erurse en .segunda eclesiástica, llamada a imponerse luego con
caracter exclUSIVO y ofiCIal en la cristiandad occidental.
Afirma TertuHano la existencia de un ius naturae grabado en «tablas
naturales». La naturaleza es para el alma 10 que la maestra para su discí-
pula, primera fuente del conocimiento de lo honesto. Sus enseñanzas no son
otras que las del Decálogo, y han de inspirar las leyes humanas. Lo que
confiere a éstas valor de tales, no es el número de años de vigencia que
IIeven, ni la de quienes las promulgaron, sino única y exclusiva-
mente la eqUIdad (sed aequitas sola), y si carecen de ella se convierten en
tiránicas. No deja de ser curioso encontrar bajo la pluma de este adversario
de la razón la afirmación, de sabor ciceroniano, de que la razón es de esencia
de la ley (in ralione lex constaOJ o la de que el alma es naturalmente cris-
tiana, justamente famosa.
C?mrasta, en efecto, con este humanismo jurídico y moral la actitud
negatIva ante la sociedad civil y sus tareas, que ya en el Apologético se tras-
2. La patrística hasta San Agustín 253
luce, pero que se hizo más intransigente en los escritos posteriores a su
adhesión al montanismo, como De corona militis y De idolatria. Declara
entonces Tertuliano el servicio militar incompatible con la condición de
tiano, dando con ello argumentos al pacifismo radical que a través de nume-
rosas sectas llegará hasta Tolstoy y los modernos objetores de conciencia.
Proh.fbe también el adusto africano a los cristianos otros oficios, como el
comercio, y la lectura de los poetas antiguos, a diferencia de un San Basilio
o Wl San Gregario de Nazianzo, que enseñaban a la juventud cristiana a sa-
borearlos y utilizar sus enseñanzas sin peligro.
, 7. Era también en principio hostil a la filosofía L. Cecilio Firmiano
(t hacia el 325), a pesar de la vasta erudición filosófica y literaria
q'üe debía a su formación de retor y cuya huella es patente en la elegancia
y regularidad del estilo de sus Instituciones divinas, por él mismo compen-
diadas luego en el Epi/ame divinarum institutionum. El «Cicerón cristiano»
(así le llamó San Jerónimo) era, como Terruliano, del norte de Alrica y
converso. Pero le faltaba la fuerte dialéctica y en general la genialidad de
aquél.
El iusnaturalismo de Lactancio entronca con el de Cicerón, de quien
nos ha transmitido, según vimos, algún texto esencial. Pero el doctor afri-
cano matiza certeramente su concepto de «naturaleza», diciendo que sólo
en cuanto se incline al bien puede ser pauta de nuestros actos. La natura-
leza no es, ¡mes, la condición empírica del hombre (que más bien se carac-
teriza por su tendencia al mal), sino el ideal determinado por su fin tras-
cenderite. El bien supremo por el que ha de moverse es la religión. Lactan-
cia vincula así su concepción del derecho natural a la creencia en el Dios
verdadero.
Lo mismo ocurre con su concepción de la justicia. Lactando dio al con-
cepto de justicia una amplitud tal, que sólo en el cristianismo puede reali-
zarse, quedando de esta suerte postergada su «naturalidad». La justicia abar-
ca todas las virtudes, pero especialmente dos, que son inseparables de
ella: la piedad y la equidad. Mientras la primera la suscita, la segunda le
da su pauta. La piedad consiste en el conocimiemo de Dios, que mueve a
adorarlo; la equidad, en cambio, en una capacidad para colocarse uno al
mismo nivel que los demás, es decir, a lo que Lactancia, con Cicerón, llama.
úequdlitas. De ahí que la justicia postule a la vez la unión con Dios, que
constituye la religión, y la unión con el hombre, que recibe el nombre de
«humanidad). La humanitas es así el vínculo de los hombres entre sí, y
quien lo quebranta queda equiparado a un criminal o un parricida, siendo
el hombre, por don misericordioso de Dios, un animal social. La justicia
254
Cristianismo primitivo y patrística
consta, de esta suerte, según Lactancio, de dos deberes fundamentales: re-
conocer la exist.enda de Dios, temiéndole como a Señor y amándole como
a Padre, y ver en todo prójimo a un hermano. Hay aquí el uso exclusivo del
cO,ncepto como virtud que abarca los deberes para con
DIOS. En amblto mas general, la sabiduría va vinculada, para Lactancio,
a la del monoteísmo. Fuera del cristianismo, la justicia sólo remó
en el
l
pr11ll1tlvo estado de inocencia de la humanidad, concebido a la manera
de Seneea y San Ireneo.
8. La misma amplitud del concepto de justicia encontramos en San
Ambrosio .(t 397), vástago de una familia patricia romana, nacido en tierras
de Renama (probablemente en Tréveris) y obispo de Milán a partir
del 386. San AmbroSIo es ante todo un moralista y un hombre de acción,
y como Tertuliano y Lactancio, siente poca simpatía hacia los filósofos .
De olliciis ministrorum es un tratado de los deberes destinado prin-
CIpalmente al clero y que, si se inspira en CiceróD, transforma sus COD-
ceptos en el sentido de la espiritualidad cristiana.
La concepción ambrosiana del derecho natural se mueve en los cauces
tradicionales de la patrística, con resonancias estoicas. Subraya el fun-
d.am.ento natural de la sociedad civil, a la que aplica el símil organicista,
slgu1endo entre otros a San Basilio. Coincide con Lactancia en su teoría
de la justicia: la justicia implica el conocimiento del verdadero Dios. Su
se conjuga con la de la caridad en el servicio del prójimo. Como
Seneca y San lreneo, atribuye San Ambrosio el carácter coercitivo de las
actuales sociales al desenfreno de los apetitos, que puso fin
de macenCla. En cuanto al poder político, el que haya sido
mstttuldo por Dios no significa que lo sea cada gobernante en particular .
. San Ambros.io tiene especial importancia para la filosofía política cris-
tlana parla y energia con que reivindicó la autonomfa de la Igle.sia
espltltuales frente al Imperio, cuando éste ya era oficialmente
En .lo.qu.e :oca a la moral y la religión, el Emperador está so-
metIdo .a la Jutlsdiccrón de la Iglesia, como los demás fieles: «está en
la IglesIa, no sobre ella». Pero el obispo de Milán no admite un derecho
de activa a las extralimitaciones del poder temporal, debiendo
en :ales casos a la súplica, la reconvención y otros medios espi-
rItuales. SabIdo es que San Ambrosio hizo uso del derecho de reprensión
entereza en ocasiones memorables, con respecto a Teodosio y Valen-
ttruano.
9. No es preciso detenernos en las doctrinas de otros Padres sobre
el derecho natural y el poder político, generalmente expuestas de modo
,
J
2. La patrística basta San Agustín
255
incidental según el esquema paulina. Entre los griegos, los Padres de
Capadocia se ocuparon principalmente de cuestiones de moral social, que
má.s adelante consideraremos. Cabe por otra parte destacar a San Basi-
lio (329.369). obispo de Cesárea, como la réplica oriental de San Am·
brosio en el ámbito político-eclesiástico, aunque dentro de un contexto
distinto, llamado a orientarse progresivamente hacia un cesaropapismo.
Con él, merece especial atención aquí San Juan Crisóstomo (347-407),
patriarca de Constantinopla, cuyo celo reformador en lo social le valió un
doble destierro. Su predilección por San Pablo (que le hizo consagrar
homilias a todas sus Epístolas) tenía que conducirle más directamente al
tema del derecho natural, quedando resumida su concepción en el famoso
sobre el origen de los preceptos relativos a las distintas institucio-
nes 'tmatrimonio, testamentos, depósitos) y acciones (homicidio. daños) :
si los legisladores los han tomado de la tradición, ésta, a su vez, remite
como fuente última a la conciencia y, por ende, a la ley dada por Dios
al hombre al crearle. Ya hemos apuntado el pesimismo político de Juan
«Boca de oro», que le hace considerar la sumisión al poder político como
una variedad de la servidumbre y ver en él, a la vez, una consecuencia
del pecado y un remedio providencial contra sus consecuencias tempo-
rales. En uno y otro punto le sigue en lo fundamental su discípulo Tea-
doreto de Cito (aprox. 396·458).
En la patrística latina hay que mencionar finalmente al autor desco-
nocido del primer comentario occidental de conjunto de las Epístolas de
San Pablo (menos la Epístola a los Hebreos). atribuido a San Ambrosio, y
llamado desde el siglo XVI el AmbrosiastIo (Pseudo-Ambrosio). que escri·
bió en la segunda mitad del siglo IV. Parecen suyas tan:¡bién unas Quaeslio·
nes Veteris et Novi Testamenti pseudo-agustinianas. El Ambrosiastro, con
gran sentido exegético e histórico, trata de mostrar una amplia coinciden-
cia entre el derecho romano y el mosaico. Su concepción del rey como «vi-
cario de Dios» e imagen suya se sitúa en la linea de las teorías de la mo-
narquía helenfstica y (según veremos) de Eusebio de Cesárea. Influyó
mucho sobre el pensamiento medieval.
Familia, esclavitud y propiedad
10. Dediquemos unas palabras a lo que (en términos quizá demasia·
do técnicos) podríamos llamar las concepciones iusprivaústicas de los Pa-
dres, cuya influencia ha sido decisiva sobre el pensamiento cristiano pos-
terior.
256 Cristianismo primitivo y patrística
Fuera de desviaciones que resultaban dI! un ascetismo exagerad9 ---como
el de Taciano (aprox. 130-aprox. 176) y la secta por él fundada, con su
prohibición -absoluta del matrimonio, o incIuso de Tertuliano, con su prohi.
bición de las segundas nupcias-, los Padres dignificaron espiritualmente
la familia como célula de la sociedad, y destacaron el papel del amor y el
mutilo auxilio con un acento no conocido de las escuelas filosóficas anti-
guas. El nuevo sentido del valor de la vida humana se puso de manifiesto
en su total oposición al suicidio y al jnfanticidio en cualquiera de las for-
mas en que los aceptara la gentilidad.
En cuanto a la esclavitud, que desconoce la esencial ígualdad de los
hombres, ha de considerarse, según los Padres, como fruto del pecado.
pues no aparece en la Sagrada Eserirura hasta el pecado de Cam. Las pri-
mitivas relaciones de subordinación eran espontáneas y en provecho
tuo. La posición de los Padres, como antes la de los estoicos, era difícil,
dado el arraigo de la institución en el mundo antiguo. También ellos traen
sobre todo una superación moral y espiritual de la misma, al afirmar la
igualdad del amo y el esclavo ante Dios, que a cada uno pedirá cuentas
en relación con su estado. Entre las impugnaciones de la esclavitud por
los Padres merece destacarse la de San Gregario Nisseno (aprox.
pués de 394).
En materia de propiedad privada, subrayaron los Padres el papel que
a la caridad y la fraternidad corresponde en su distribuci6n y uso. Sólo
Dios, como ya se dijo en el Antiguo Testamento, es auténtico señor de
las cosas¡ los hombres las poseen como depósito, y más que propieta-
rios, son administradores. De ahí la idea de una comunicación de las ri-
quezas; de que los más afortunados deben hacer participar de sus bienes
a los necesitados. ¿ Puede considerarse esta posición como una defensa de
la comunidad de bienes? No hay en los Padres unidad de criterio en este
punto. Por lo general admiten la propiedad privada como un hecho, con
la reserva, antes señalada, del deber de socorrer a los que carecen de 10
imprescindible. La riqueza, en la medida en que no es condenable de suyo,
es fuente de obligaciones muy estrictas. En determinados casos de necesi-
dad .imperiosa, deberá el derecho a la propiedad ceder ante el derecho a
la vida que el necesitado tiene: sobre esta base quedará justificado teóri-
camente el hurto famélico por teólogos y moralistas, en los siglos medios. La
fuente de los Padres en esta materia es ante todo la Sagrada Escritura.
De algunos puede decirse que consideraron la comunidad de bienes
como el estado originario y natural de la. humanidad: San Gregario de
Nazianzo (329-389), San Basilio, y con especial vehemencia San Juan Cri-
sóstomo y San Ambrosio, influido éste por Séneca. San Basilio destacó
I
I

I
2. La patrística hasta San Agustín
principalmente el peligro de las riquezas para la vida moral, por las tl
taciones a que exponen; y subrayó en todo caso el deber de la limosna,
traduciendo por otra parte sus postulados en medidas concretas de protec-
ción social. San Ambrosio fustigó en sus Sermones la avaricia de los ricos
con la misma independencia con que se opusiera a la ambición de los
peradores, y reivindicó la dignidad de la pobreza. Los bienes de este mundo
son para el aprovechamiento común del linaje humano. El régimen de
propiedad privada es, en último término, una desviación con respecto a
la intención primera del Creador, y es consecuencia del pecado, del deseo
inmoderado de lucro, del impulso de los vicios. No menos hincapié en
eUo hizo San Juan Crisóstomo. Con un realismo realzado por su cálida
i-generosa elocuencia y afanas?, como Basili.o, de as-
piraba a restablecer en lo poslble la eomurudad pnmlt1va mediante una
especie de contribución forzosa de los ricos, así a la fórmula
de auxilio público a los necesitados, propuesta por Juan Luis Vives siglos
más tarde. Por el contrario, Clemente de Alejandría (en la homilía ¿Qué
rico podrá salvarse?) consideraba la propiedad privada como de derecho
natural primario, haciéndose hábil defensor de sus ventajas para el indi-
viduo y la sociedad. Según él, como según Lactancia (que sometió a dete-
nida crítica la doctrina platónica de la comunidad de mujeres y bienes),
la riqueza, es de suyo indiferente, e incluso un medio para realizar ciertas
virtudes. Lo decisivo es el medio de su adquisición y el uso que de ella
se haga. Lo mismo cabe decir de Orígenes. He aquí las dos tendencias
entre las cuales se mueven las doctrinas de los Padres sobre la propie-
dad, más atentas por lo general a una consideración de sus consecuencias
morales que a una fundamentación teórica rigurosa.
A la misma preocupación moral se debe la aversión de los Padres hacia
la usura, especialmente vigorosa en San Basilio, San Gregario Nisseno y
San Ambrosio. Tamhién ven poco favorablemente la actividad mercantil,
por las ocasiones de fraude y engaño que encierra. Pero el trabajo es por
ellos valorado positivamente, y quedó enaltecido socialmente al ser incor-
porado a la vida monástica, tanto de Oriente como de Occidente, por San
Basilio y San Benito de Nursia (t hacia 547) en sus respectivas Reglas, cuya
significación histórico-social difícilmente puede sobrevalorarse.
Imperio romano y cristianismo
11. Aceptadas y confirmadas por el Nuevo Testamento las ordena-
ciones naturales, la acútud de los cristianos ante el Imperio romano no
258
CristiafUsmo primitivo y patrística
podía ser uniforme, por cuanto éste presentaba aspectos diferentes y va-
riables.
Si ya en el mundo helenístico, afín al romano religiosa y culturalmen-
te, . comprobamos en ambientes una resistencia espiritual al Im-
perta, con mayor motIvo tenía que surgir idéntica actitud no s610 entre
los judíos, sino también entre los cristianos perseguidos. Para unos y
otros era inadmisible sobre todo el culto del emperador. Se destacan por
la virulencIa de su anturomarusmo los Libros u Oráculos sibilinos de los
circulas judea-alejandrinos y judeo-cristianos (que en sucesivas redaccio-
nes se escalonan del siglo II a. de J. c. al II d. de J. C.) con vaticinios
de por ellos a las propias profetisas paganas. En
estos libros, como tambIén en el Apocalipsis de San Juan, la Roma destruc-
tora del Templo y perseguidora de los cristianos se convierte en la nueva
Babilonia que, frente a Jerusalén, representa las fuerzas del mal. Se trata
de una contraposición entre dos sociedades que encarnan realidades su-
pratemporales diferenciadas por el amor que respectivamente las anima
a saber, el de Dios y el del hombre: la «ciudad de Dios» y la «ciudad
terrena», cuya lucha describirá San Agustin. Afin al de los Orácul()J
sibilinos era el parecer de Comodiano, el cual, en una fecha indetermi-
nada (probable,mente .. mediados o a fines del siglo 111), se alegraba de
la calda del tmperio de irúquidad que con sus tributos enfla-
queCla el orbe; de la ciudad orgullosa que jactándose de ser eteroa
eternamente lloraría. ' ,
En otro ámbito de preocupaciones, ciertos apologistas hubieron de
enfrentarse con la tesis pagana de que la grandeza de Roma se debía a la
de sus dioses y era el premio de su religiosidad y espíritu de
JUStlCIa. Facil les fue identificar a aquéllos con los demonios o con refe-
rencia a con hombres divinizados, y denunciar las
nes de una Interpretaci6n providencialista basada en el politeísmo. Tal
fue ya el del apologista africano Minucio Félix (siglo m) en su diá-
logo Octavto: ;n que, sobre estas premisas, atribuy6 la expansión de
a la VIOlenCIa y al robo sacrílegos. Con idéntico espíritu hizo Ter-
tuliano el proceso del imperialismo romano en el Apologético. Pero al
desligar la grandeza temporal de Roma de su religión nacional la conectó
Tertuliano con la acción del Dios verdadero, pues El es regula las
VICISItudes de los imperios y les asigna su tiempo en el transcurso de los
siglos. Insertábase así el Imperio romano en el orden providencial del
mundo, pudiend? reivindicar Tertuliano al Emperador para los cristia-
nos de preferencIa a los paganos, pues del Dios de los cristianos recibió
su poder.
[
2. La patrística hasta San AgustÍn 259
El puente de esta suerte levantado entre el cristianismo y el Imperio
se vio reforzado desde otra dirección. Considerado el Imperio romano, a
la luz del libro de Daniel, como la última de las monarquías universales,
no dejaba de ser la fuerza cuya permanencia retrasaba el fin del mundo,
más o menos próximo, y en este sentido parece haber sido entendido por
San Pablo. Ello implicaba un nuevo elemento positivo en la actitud cris-
tiana ante el Imperio, que, ya explícito en el propio Tertuliano, fue des-
arrollado por Lactando: Roma, heredera de los anteriores imperios, se
derrumbará, como anunciaron oscuramente los profetas y las sibilas, por
cuanto todo 10 creado por los hombres es mortal como ellos; pero su caída
traerá consigo las calamidades que han de preludiar al fin de los tiempos.
12. Este proceso culminó en un magno iratento de conciliar la fe en
la aeterna Roma, vigente en la gentilidad, y la fe cristiana, mediante la
reinterpretación del providencialismo pagano desde una perspectiva cris-
tiana. Se trata de una posición doctrinal que, habiéndose desarrollado es-
pecialmente en la patrística griega, se difundió luego también entre los
occidentales·.
Fue su principal promotor Orígenes (Contra Celso), según el cual el
Imperio romano había sido un instrumento de Dios para asegurar la ex-
pansión más rápida y eficaz del cristianismo, gradas a la seguridad que
por doquier instaurara y la facilidad consiguiente de los cambios y des-
plazamientos entre las regiones más remotas. Por ello, añade Orígenes,
eligió el Verbo el reinado de Augusto para encarnarse. Esta tesis fue reco-
gida y desarrollada en repetidas ocasiones por Eusebio de Cesárea (Pa-
lestiña, h. 260-339), especialmente en su Prep.,ación evangélica y su De-
mostraci6n evangélica, con un claro propósito teológico-político. Uniendo
con rigor la perspectiva histórica y la dogmática, ve Eusebio en el esta-
blecimiento del Imperio romano una verdadera introducción histórica
al monoteísmo. Cuando el Verbo divino enseñó a los hombres la monar-
quía del Dios uno que todo lo gobierna, los liberó paralelamente del
politeísmo y de la «poliarquía» de las distintas naciones (ethnarchiai).
Eusebio estableció asimismo una conexión directa DO sólo entre el na-
cimiento de Cristo y la fundación del Imperio romano, sino también entre
ésta y la destrucción del Estado judío: dicha destrucción constituía el
supuesto previo para la revelaci6n del Dios verdadero a todas las gentes,
al amparo de la paz imperial. También San Ambrosio veía un designio
providencial en la paz augústea, añadiendo igualmente que la conviven-
cia bajo un poder temporal único enseñó además a los hombres a reco-
nocer el gobierno de un solo Dios omnipotente.
260 Cristianismo primitivo y patdstica
No será éSt3
1
ni aquélla, la últirnll vez que ]a defensa de la monarquía
como forma de gobierno terrenal se apoye doctrinalmente en el monoteís·
mo. Tal defensa parece en realidad más en la línea del judaísmo y de las
teorías helenísticas de la monarquía que del dogma cristiano de la Trinidad
(y nos atenemos en este punto a la firme conclusión de E. Peterson). En
todo caso, no prevalecerá en el pensamiento cristiano posterior en esta
forma. Por lo que se refiere a Eusebio, la alcurnia helenística de su con-
cepción política se advierte plenamente en su teoría de la realeza, referida
a Constantino (De laudibus Constantini) , y en la que en términos que
recuerdan a Ecfanto hace del emperador el lugarteniente y vicario de
Dios, intérprete de su voluntad, por cuanto participa de su suprema sa-
biduría por una efusión de su grada. Esta doctrina del derecho divino,
que hace del emperador el adelantado del Reino de Dios en la tierra, hará
sentir su huella en Bizancio. Aquí se alejan los caminos de Eusebio y de
San Ambrosio en direcciones opuestas,
Poco después de San Ambrosio tuvo lugar en Occidente un empeño
cristiano de justificación del Imperio romano que por su' índole literaria
continuaba más directamente la tradición de los apologistas augústeos.
Nos referimos • la del máximo poeta de la Antigüedad cristiana, Aurelio
Prudencio Clemente (siglo IV-V), natural del norte de España (se lo dispu-
tan entre otras ciudades Ca1ahorra y Zaragoza). Aunque muy apegado a
su estirpe y su tierra, cuyas virtudes y cuyos defectos ya refleja, supo
Prudencia .. en su Peristepbanon (Sobre las coronas de los mártires)J y con
más amplitud en el poema Contra Símaco, enaltecer cálidamente la misión
de Roma como crisol de culturas, cuya ley ecuménica hizo a todos iguales
bajo el signo de la universal reconcili.ción- de vencedores y vencidos:
«Ius fecil commune pares et nomine eodcm
nexuit et domitos fraterna in uinda redegit.»
Como Orígenes, Eusebio y San Ambrosio, incorpora Prudencia la misión
de Roma a la economía cristiana de la redención. La grandeza de Roma
no se debe a sus dioses nacionales, sino al Dios verdadero, que se sirvió
de ella para preparar la venida de su Hijo y facilitar la difusión del Evan-
gelio en un mundo unificado y pacifico. De esta suerte, el nacimiento de
Cristo bajo la égida de la paz augústea da, como dará en Dante siglos
después, su sentido último a la historia de Roma.
También desde esta perspectiva cristiana merecía, pues, Roma la pe-
rennidad; y una vez convertida al cristianismo, arrepentida de su pasado,
pareda ser su inconmovible baluarte temporal.
,
r
11
2. La patrística hasta San Agustín 261
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Capítulo 3
SAN A G U S T I ~
/
"
Dicen de ti, ciudad
de Dios, cosas gloriosas.
(Salmos, 86, 3.)
1. Vida y obras de San Agustin.-2. La ley eterna y la ley natural.-J. Las
leyes humanas.-4. Su pensamiento político: modernas interpretaciones del mismo.-
5. La perspectiva filosófico-social y la teológico-histórica.--6. Civilas Dei y Civilas
terrena.-7. Sociedad política y justicia.--8. La república cristiana: el agustinismo
político.-9. Teoría de la guerra justa y de la convivencia entre los puehlas.-
10. Propiedad, esclavitud, familia.
1. Por su padre, pagano, y su madre, cristiana, participaba San Agus-
tín (354-430) de las dos tradiciones en lucha. Natural de Tagaste, en el
norte de Mrica, recibió su primera educación en su ciudad natal y en
Madauro. Estudió luego retórica en Cartago, en cuyo ambiente frívolo
la lectura del hoy perdido Hortensia ciceroniano despierta en él una in-
quietud espiritual que ya no se extinguirá. Su primer contacto con la
Biblia no satisface sus ansias religiosas, que le hacen adherirse a la secta
de los maniqueos. Parte para Roma, donde el escepticismo le atrae algún
tiempo. Obtiene finalmente una cátedra en Milán. Allí conoce a San
Ambrosio, cuya predicación, unida a la lectura de Plotino, logra en Agus-
tín la superación del materialismo, preparando el camino que en agosto
del 386 le conduce a la conversi6n. Desde entonces dedicará su vida y sus
dotes intelectuales a la defensa de su fe contra el paganismo por un lado
y las herejías por otro. Ordenado sacerdote, y poco después obispo de
Hipana, muere en esta ciudad cuando estaba asediada por los vándalos.
263

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