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Cofradía del Cristo de la Buena Muerte

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Cofradía Carmelitana de Silencio

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Cofradía del Cristo de la Buena Muerte
Cofradía de Silencio • Carmelitana desde 2008
BUENA MUERTE Núm. 5, Marzo de 2013 Fundada en 1980 EDITA: Cofradía del Cristo de la Buena Muerte (Cofradía de Silencio y Carmelitana desde 2008) FOTOGRAFÍAS: Javier Extremera Portillo Juan Carlos Guijarro Moreno Archivo de la Cofradía PORTADA: Juan Carlos Guijarro Moreno CONTRAPORTADA: Víctor Manuel Mercado Fernández IMPRIME: Gráficas Minerva - Úbeda AGRADECIMIENTOS: A todos los colaboradores por sus artículos, fotografías, dibujos y a las empresas colaboradoras.
La opinión de los diferentes artículos es responsabilidad exclusiva de sus autores.

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Sumario
Editorial La caridad del cristiano como fruto de la fe ...................................................... 4 Saludas

Saluda Obispo................................................................................................... 8 Saluda del Prior del Convento San Juan de la Cruz de Úbeda.......................... 12 Saluda del Presidente de la Agrupación Arciprestal........................................... 14 Saluda del Presidente Unión de Cofradías......................................................... 16 Saluda del Hermano Mayor............................................................................... 18

Saluda del Arcipreste de Úbeda......................................................................... 10

Información de la Cofradía

Memoria de Actividades de la Cofradía 2012/2013.......................................... 21

Colaboradores

Carta Pastoral. Cofradías y Hermandades Diocesanas en el año de la fe........... 28

El año de la fe y Cofradía de la Buena Muerte.................................................. 37 Sobre la Buena Muerte...................................................................................... 39 La fe en San Juan de la Cruz… . ....................................................................... 43 De la JMJ al año de la fe.................................................................................... 45 Reflexiones en el año de la fe............................................................................. 49 Octava meditación sobre las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. 2013............. 52

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Editorial
La caridad del cristiano como fruto de la Fé
Antonio Alberti Oller Vocal de Publicaciones

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on esta editorial se cierra un ciclo que nos ha llevado en estos tres últimos números de la revista a hablar de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad -Co 13, 13-). En el año en el que nos encontramos donde se conmemora por segunda vez en la historia de la Iglesia el Año de la Fe es ineludible hablar de la Fe y en este sentido considero crucial el que reflexionemos sobre esta a partir de dos preguntas: ¿Qué es la fe? Una primera interpretación es la que nos da el Catecismo, la fe es fiarse plenamente de Dios acogiendo sin reservas su verdad. Esto es lo que la Iglesia a lo largo de los últimos dos mil años nos ha enseñado inalterablemente con la ayuda del Espíritu Santo. Pudiendo sacar como conclusión a esta afirmación que la fe no me va a enseñar ciencia sino certeza de que “el plan” de Dios va a llevarse a cabo. En este sentido y acordándonos de las palabras que S. Pablo mantiene con Timoteo en sus últimos días, reviste una gran importancia el ser perseverantes en la fe y no hacer de esta un acto aislado. Se cree siempre y en todo lugar. Un segundo significado de fe es el que le da a esta el sacramento del bautismo a través del cual “recibimos una semilla” que debemos cultivar personalmente para poder así alcan-

zar la vida eterna y el tercero que no menos importante es aquel que nos hace entender la fe como un acto de voluntad libre y que nos lleva a enfocar nuestra vida a Dios y en consecuencia a la palabra. Estas tres concepciones se complementan y de ninguna forma son excluyentes entre sí. ¿Por qué creo? Porque quiero, ¡porque soy un afortunado!, utilizando las palabras de Jacques Maritain “por una gracia inmerecida de la omnipotencia divina” en donde una serie de factores que han estado presentes en mi vida (familia, escuela, amistades…) han hecho que mi fe esté presente en mi día a día, con independencia de que unas veces tenga más o menos fuerza, en la fe hay noches oscuras, recordemos a San Juan de la Cruz: En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, (¡oh dichosa ventura!) salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. A oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada, (¡oh dichosa ventura!) a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa,

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en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía. Aquésta me guïaba más cierta que la luz del mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. ¡Oh noche que me guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada!, ¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada! En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena en mi cuello hería, y todos mis sentidos suspendía. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el amado, cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. Pero que quede claro nunca debemos caer en el fideísmo (doctrina que se basa en que a Dios no se puede llegar por la razón, sino sólo por la fe). Como consecuencia de mi fe en este momento extraño que vivimos de mínimos morales y quizá por deformación profesional considero que es
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necesario el refuerzo de la legislación y un giro de 180 grados en el plano social todo como consecuencia de la corrupción moral que vemos cada día y que parece derivada de la crisis de valores tan grande que padece nuestra sociedad, donde creamos un Dios hecho a nuestra medida, ya lo advertía León XIII en su encíclica Inmortale Dei de las consecuencias de una fe desencarnada que traen consigo: la supresión general de las verdades más altas, altivez de los caracteres que no soportan ningún tipo de autoridad, una causa permanente de disensiones que no cesa de producir luchas atroces entre ellos, desprecio a las leyes que rigen las costumbres y protegen la justicia, irreflexiva administración y dispendio de los bienes públicos, la desvergüenza de los que al tiempo de que cometen los mayores atropellos intentan presentarse como los defensores de la patria, la libertad y el derecho. La peste mortal que se insinúa por todas las clases de la sociedad y no le deja ni un momento de reposo preparándole nuevas revoluciones y desenlaces calamitosos. Ante tal panorama los creyentes corremos el riesgo de reducir nuestra fe a una mera idea o sentimiento, emoción o estado espiritual que deja de iluminar nuestras vidas. En consecuencia la vivencia de fe no se limita en nuestro caso al jueves santo sino al resto del año, a todas las manifestaciones de nuestra vida, se es católico todo el año y esa condición ha de estar presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Benedicto XVI en su encíclica Caritas et Veritate nos recuerda la responsabilidad de luchar por la justicia social y el bien común que a la vez son el criterio de la acción moral de todo ser humano. La afirmación de que la caridad es fruto de la fe pode-

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mos observarla en muchos pasajes de las Sagradas Escrituras, sirvan como ejemplo las palabras de San Pablo cuando nos dice: no son nuestras obras, sino la fe la que nos hace “justos”. La fe se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, no sería verdadera fe. Sería fe muerta; el Apóstol nos dice lo que significa la caridad: “Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles…. Aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y toda la ciencia y aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, sino tengo caridad, nada soy” (1 Cor 13).

La justicia, el bien común, la verdad y el amor al prójimo (Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” Jn 15, 12), todos estos valores son fundamentales y hacen que la caridad resurja de sus cenizas como el Ave Fénix. Para concluir el Papa Emérito Benedicto XVI nos indica que tras el derrumbe de los sistemas financieros y políticos solamente nos queda hacer una profunda renovación cultural y redescubrir los valores de fondo sobre los cuales construiremos un futuro mejor.

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Saludas
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Mensaje Cuaresmal Cofradías y Hermandades de pasión en el Año de la Fe: Creemos, por eso amamos.
Queridos hermanos cofrades: Al acercarnos a los días santos de la Pascua del Señor y a su preparación litúrgica desde el próximo miércoles de ceniza, día 13 de febrero, deseo animarles, como fieles asociados en las numerosas Cofradías y grupos de pasión a intensificar nuestros compromisos cristianos como hermanos. 1. En la Carta Pastoral que les dirigí al principio del presente curso, les animaba a celebrar con renovada ilusión, unidos a toda la Iglesia, el Año de la Fe. Les decía que este itinerario es único en cada persona. Cada uno tenemos nuestra historia personal, con sus tiempos y circunstancias, y nunca hacemos este camino en solitario. Dios mismo sale una y otra vez a nuestro encuentro. Si le abrimos el corazón Él nos ayuda y acompaña, si le cerramos la puerta, Él espera. Sería de necios pretender hacer este camino de creyentes nosotros solos, en cambio, es de sabios cogernos de la mano con quienes compartimos las mismas inquietudes de creyentes, como hermanos. Así se llega siempre mucho más lejos, como aquellos discípulos de Emaús que el día de
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la Resurrección al encuentro con Jesús y escucharle, recobraron su alegría y esperanza (cf. Lc 24,32). El Año de la Fe dio comienzo el pasado día 11 de octubre y se extenderá hasta la festividad de Cristo Rey, 24 de noviembre de 2013. Esta Cuaresma y Semana Santa serán una ocasión propicia, una verdadera gracia de Dios, para su encuentro personal con Jesucristo y para afianzar sus compromisos de cofrades creyentes, testigos del Evangelio. 2. En la preciosa carta Apostólica de Su Santidad, Benedicto XVI, por la que convocaba este Año de la Fe bajo el título Porta Fidei, nos señalaba el objetivo fundamental de su propuesta en estas sencillas palabras que hacemos nuestras: “Ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa” (n.8). La puerta de la fe, que nos introduce en la vida de comunión con Dios y nos permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para todos. “Empieza en el Bautismo (cf. Rm 6,4)… y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna” (n.1).

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Creer, les decía en mi anterior carta pastoral, implica confianza y osadía de ver, en lo que no se ve, algo auténticamente real. La fe exige una decisión de nuestra existencia, un cambio continuado en nuestro ser personal, al que sólo se llega por una decisión firme de cada persona. La fe del cristiano no es fruto, sin embargo, de nuestro pensamiento. Nos viene de afuera. Es revelación que supera al abismo que yace entre lo eterno y lo temporal, entre lo visible e invisible. El que nadie vio entra en contacto conmigo (cf. 1Jn 1, 1-13). Esta fe incluye no sólo creer en Jesucristo, sino identificarnos también con Él y su mensaje, amarle, fiarnos de Él y seguirle. Como enseña el Concilio Vaticano II. “por la fe, el hombre se entrega y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela” (Dei Verbum, n.5) Escribe en el mismo sentido San Agustín: “ Y ¿qué es creer en Él?: Amarle, ir a su encuentro creyendo, incorporarse a sus miembros… no se trata de una fe cualquiera sino de la fe que actúa por amor. Exista en ti esta fe y comprenderás la doctrina” (Comentario al Evangelio de San Juan, 29,6). 3. Hoy nuestra sociedad se encuentra muy necesitada de testigos creyentes que aman de corazón. Son faros de luz y esperanza en un mundo triste y egoísta. Cuando Dios falta el mundo camina como entre tinieblas. Todo parece sin sentido. Cuando más nos vaciamos de Dios más necesidad tenemos de buscar dioses falsos en el consumismo desenfrenado. La fe en el cristiano no es una teoría. Esa misma fe, que nos permite reconocer a Cristo, el Hijo de Dios, que hasta llegó a
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entregar su vida en una cruz por amor a la humanidad, es la que abre nuestro interior hacia horizontes nuevos de generosidad como nuestro Maestro. El amor es la respuesta a su fe en el creyente. Van tan unidos como causa y efecto, se reclaman mutuamente. La fe se manifiesta en la caridad y la caridad sin la fe, sería filantropía, no verdadero amor cristiano. Escribe el Papa en su Carta apostólica citada Porta Fidei: “La fe sin la caridad no da fruto… La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permita a la otra seguir su camino… el Año de la Fe… será una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad” (n.14). 4. Fe y amor. Conversión y caridad. Credo y adoración. Ayuno y penitencia. Son caminos de luz que nos acercan durante este tiempo a Aquel que nos ama sin medida: Jesucristo. El miércoles de ceniza es la puerta litúrgica que nos conduce a la solemne noche de pascua, el sábado santo. Todo en nosotros, como hermanos creyentes, es obra de la gracia divina. No dejemos pasar inútilmente este tiempo de gracia. Escuchemos a Cristo en la mesa de la Palabra, del Perdón y de la Eucaristía, socorramos al hermano que sufre y, junto a la pila bautismal, recitemos el símbolo de nuestra fe: el Credo. Virgen de los Dolores, acompaña nuestros pasos como lo hiciste con tu Hijo. Con mi bendición, + RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ, OBISPO DE JAÉN Cuaresma de 2013

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Fe, Creencia y Religión
Juan Ignacio Damas López Arcipreste de Úbeda

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os cristianos somos eso, cristianos. Pero además, creyentes y religiosos. Y debiéramos serlo precisamente en ese orden: primero fieles, luego creyentes y finalmente religiosos. Puede esto parecer un juego de palabras, pero no lo es. La fe, la creencia y la religión están relacionadas, pero no son del todo identificables. La fe es la confianza que el hombre deposita «en Dios». En realidad, los cristianos tendríamos que decir «en Jesús». Es una relación de encuentro, al estilo de los encuentros humanos, porque el Verbo se hizo hombre, para relacionarse con nosotros. Y en toda relación humana, lo primero es eso: el encuentro. El Señor pasa por mi vida y yo lo siento. Me llama la atención y me toca el corazón. Me interroga y me hace plantearme quien soy yo y qué sentido tiene mi vida. Quiero conocerlo y dejarme conocer por él. Siento que él es para mí «de fiar», que puedo confiar en él, que vale la pena arriesgarme a depositar en él mi confianza y mi afecto. Lo primero es una relación de atracción, el sentimiento de que Jesús es importante para mí, de que tiene algo que decirme, de que su presencia en mi vida puede llegar a ser imprescindible; en definitiva, una relación de amor. Como la que sintió la samaritana, que le pidió a Jesús que le diera de su agua (ver Jn 4,15). O Nicodemo, que, de noche fue a hablar

con Jesús, buscando claridad para sus oscuridades (ver Jn 3,1ss). O los discípulos de Emaús, que sintieron que su corazón les ardía mientras Jesús les explicaba las Escrituras por el camino (ver Lc 24,32). O como Pedro, que respondió a la pregunta de Jesús, diciendo: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» ( Jn 6,48). O como el pueblo, que se quedaba admirado cuando veía sus milagros o escuchaba su doctrina, porque «hablaba con autoridad» (Lc 4,32). Después viene la creencia. Porque confío en Jesús, me creo lo que él me dice. Porque lo amo, sus palabras son para mí dignas de crédito. Si me dice que Dios es sobre todo Padre, me lo creo. Y si me afirma que su amor a los hombres llega hasta el perdón sin límites, asumo que es verdad. Hasta las aseveraciones más ilógicas se tornan razonables para mí cuando las escucho de él. Entonces creo que el amor es más fuerte que la muerte; y que gastar la vida por los demás tiene algún sentido, o mejor, que es lo que mayor sentido puede dar a una vida. Creo que, aunque parece que estoy solo en la vida frente a mis dificultades, sin embargo cuento con la presencia fortalecedora de Jesús en su Espíritu: porque él me lo ha prometido. Y puedo unirme a otros para recitar el credo, que es algo más que una pura recitación

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mecánica de una profesión de fe. Tenemos creencias porque sabemos de quién nos hemos fiado (ver 2Tim 1,12). Porque tenemos fe, profesamos nuestra creencia. Porque somos creyentes afirmamos las enseñanzas que vienen del Señor y que hemos recibido como tesoro a través de la cadena interminable de testigos que es la tradición eclesial. Y por eso, porque tenemos fe y compartimos creencias, expresamos en actos visibles y externos de religión nuestra doble condición de fieles y de creyentes. Celebramos los sacramentos, hacemos ritos religiosos, testimoniamos con nuestras acciones lo que llevamos en lo más profundo del corazón y queremos que sea el centro de nuestra vida. Sí, eso es lo que hacemos en nuestra Semana Santa en la calle en Úbeda. Alguna gente quiere leer nuestra Semana Santa de la calle como un puro evento estético, emotivo, cultural o turístico. Para otros es más: un acontecimiento religioso, que puede perderse entre otros o asemejarse a otros con formas diversas. Nosotros sabemos que es más. Queremos que sea más. Claro que el desfile de nuestras imágenes en las calles es un acto de culto y de religión, pero no solo. No nos basta con ser religiosos. En nuestras procesiones afirmamos nuestra condición de creyentes. Y porque somos creyentes, queremos ser fieles; y «tenemos puestos nuestros ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe» (Hb 12,2).

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Caminando de bien en mejor con el Cristo de la Buena Muerte
Fr. Francisco Víctor López Fernández OCD Director Espiritual

uevamente “sale la revista” Buena Muerte. Y lo entrecomillo porque la publicación sin la dedicación de quienes se desvelan por el Cristo de la Buena Muerte no podría ver la luz. Es el número quinto. Van sumando números y años. Ahí los textos, los testimonios, las aportaciones, las imágenes, las fotos que se acumulan y forman casi una galería de recuerdos...van sumando números y tiempo. Y los carteles, proclamas o programas de cultos y actividades culturales, piadosas de la cofradía, que hace camino al andar. Y a finales de este mes de marzo del 2013 se aproxima el jueves santo. Ese día grande de la Iglesia universal: la institución de la eucaristía (que frecuentamos poco, y en casi todas partes de nuestro mundillo), la institución del sacramento del orden (que solemos aplicar a los curas, olvidándonos de los diáconos y obispos, y que tan escasamente son apreciados en general) y el mandamiento del amor desde el servicio del lavatorio de los pies (esto que tan maravillosamente conocemos y que tan poco practicamos, incluso publicándose en las portadas los abusos y corrupción de todas las formas, como rechazo al amor). Sí, en el jueves santo lo primero es la evocación

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de aquello tan original que hizo Nuestro Señor Jesucristo y quedó grabado para la historia salvadora del hombre y para el hombre. Así, pues, los cofrades de la “Buena Muerte” no olvidan todo esto (lo saben). Y lo saben porque es básico en la esencia de nuestra fe. Pero en sus venas corre, también, el sentimiento a su “cristo” que de modo singular, en silencio, penitencia, recogimiento y austeridad envuelven a los que integran la estación penitencial y se acercan a verlo o contemplarlo. ¡Qué lástima cuando no sale por culpa del agua! ¡Qué pena cuando por la inclemencia del tiempo hace solo medio recorrido procesional! Desde otra órbita se piensa: ¡Qué faltita que nos hace el agua! En verdad no sabemos lo que nos conviene. Sí es cierto que sabemos lo que queremos: las dos cosas. Que salga mi procesión para poder gozar y disfrutar y que llueva para que no falte el agua a las olivas, tierras, manantiales y pantanos. Y como no nos ponemos de acuerdo en lo que nos gusta y necesitamos, pues, Dios que es el autor del tiempo, de la historia y la eternidad, hace de las suyas. Y envía la

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lluvia a tiempo (para unos) y a destiempo (para otros). Lo que solemos decir: nunca llueve a gusto de todos. Y todos los proyectos, desvelos, preocupaciones y sueños se juegan en una noche, la del Cristo de la Buena Muerte. No. Tampoco es eso. La cofradía tiene vida durante todo el año, y camina sin parar. Ahí están sus reuniones de juntas o directivas, su asistencia y representación en cuantos actos es requerida, principalmente de índole piadosos y religiosos; la presentación e información en sus asambleas (como

órgano de “transparencia”); la cercanía con los pobres o necesitados en ese cariz abierto de beneficencia; la presencia y participación en cada tercer sábado de mes en los cultos propios en la Iglesia conventual de San Miguel; sus meditaciones de las siete palabras; la procesión anual (si el tiempo lo permite), la caseta de feria, la convivencia en el convento San Juan de la Cruz; el hornazo…todo esto y mucho más es la Hermandad del Cristo de la Buena Muerte, que la construimos entre todos los que caminamos en la misma dirección: la de Jesús crucificado y resucitado.

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Una nueva cuaresma
Francisco Luis Sáez Aparicio Presidente de la Agrupación Arciprestal de Cofradías y Hermandades

os encontramos en la celebración del tiempo cuaresmal, tiempo de penitencia, tiempo de conversión, tiempo para testimoniar nuestra fe, que culmina con la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Quizás este año tengamos nuevos motivos para que nuestra fe se fortalezca, a través de los distintos medios que la Iglesia pone a nuestro alcance al celebrarse el Año de la Fe. El lema del plan diocesano de pastoral para este año “La familia cristiana, ambiente insustituible para la transmisión de la fe, principal escuela de fe” nos propone un verdadero sentido para que sepamos inculcar nuestras creencias religiosas a nuestros hijos, a nuestros familiares, incluso a nuestros amigos y compañeros. Nos ha tocado vivir en una época en la que la estructura familiar esta siendo atacada por muchos sectores de la sociedad. Pero tenemos que ser fuertes para defenderla de dichos ataques. Y la defenderemos con nuestro ejemplo de vida, con nuestra actitud en las relaciones de pareja, de padres e hijos, con nuestro comportamiento en todos los órdenes de la vida. Si queremos que nuestros hijos sean verdaderos cristianos, deberán vernos a nosotros actuar como tales, si queremos que sean verdaderos seguidores
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de Jesús, deberán vernos a nosotros seguirle y cumplir sus enseñanzas. Pero no debe quedarse todo en palabras bonitas, sino hay que demostrarlo con actuaciones. “Nuestra respuesta de hoy, como cristianos, ante la situación de crisis y preocupación por el futuro que nos toca vivir, es recobrar nuevos ánimos, afianzar nuestra vida de creyentes y vivir el amor cristiano con renovada esperanza” nos dice nuestro querido Obispo D. Ramón, en el documento de aprobación de dicho plan pastoral. Tenemos la necesidad de formarnos en la doctrina de la Iglesia, como único camino para llegar a conocer la verdad, para llegar a conocer a Jesús y así poder amarlo. Le fe debe ser una experiencia de alegría, que nos haga contagiarla y transmitirla a toda nuestra sociedad que esta tan llena de materialismo, pero cada vez más vacía de valores. En muchos casos se va debilitando nuestra fe al no alimentarla y vamos acomodándonos a participar solamente en la misa dominical, con lo que la experiencia de vida cristiana, se reduce simplemente a un rato a la semana. La lectura de la Sagrada Escritura, en especial de los Evangelios, la oración frecuente en la que hablemos con el Señor, contándole nuestras alegrías y penas, nues-

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tras preocupaciones, nuestra vida diaria, y la participación en la Eucaristía, donde nos encontramos con el Señor que nos da fuerzas para seguir adelante en nuestro camino, son esenciales para tener una vida completa, una vida plena en la que Dios sea el centro de la misma. Si así actuamos estaremos dando testimonio de nuestra fe y quizás seamos ejemplo a seguir para otras personas. Por todo ello, los cofrades y más aún aquellos que ostentan la responsabilidad
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de dirigir temporalmente a las Cofradías y Hermandades no debemos dejarnos llevar por la pereza, la desgana, la apatía, la comodidad, … sino por el contrario debemos estar siempre dispuestos a trabajar por y para la Iglesia a la que pertenecemos, por fortalecer nuestra fe a través de la formación constante, de la práctica de los sacramentos y de la práctica de la caridad con los más necesitados. Este será nuestro mejor testimonio cuando realicemos nuestros desfiles procesionales.

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Unidos en la Fe
José Ramón López-Agulló Lendínez Presidente de la Unión de Cofradías de Semana Santa de Úbeda

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n esta perspectiva, el Año de la fe, es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5,31)”. Este pasaje, tomado de la Carta Apostólica “Porta Fidei” escrita por Su Santidad el Papa Benedicto XVI, para motivar la declaración del Año de la Fe en el que estamos inmersos, resulta muy propicio para este tiempo cuaresmal que nos llevará a la celebración de una nueva Semana Santa. El Año de la fe, al igual que la Cuaresma, se nos presenta como un tiempo propicio para la conversión al Señor renovando, profundizando y proclamando nuestra fe. En Úbeda las Cofradías de Semana Santa, y con ellas la propia Unión, apoyadas en sus consiliarios y a través de sus vocalías de formación, no son ajenas a esta importantísima celebración de la Iglesia Universal. Las Cofradías tienen como misión fundamental acercar a los demás el mensaje de Cristo resucitado, tanto en su vida interna como en su manifestación pública a través de los desfiles procesionales. Cada Semana Santa hacemos un ejercicio de evangelización sacando nuestro dolor y nuestra fe a las calles, testimoniando el profundo amor que como cristianos y
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cofrades profesamos a Jesús de Nazaret. Es nuestra fe, como creyentes, el privilegiado vínculo que une a las Cofradías y las fortalece tanto como grupo individual, unido bajo una determinada advocación, y por supuesto como Unión de Cofradías en pos del trabajo y bien común, pues en esa unidad en Cristo estriba la fuerza de un colectivo tan numeroso e importante. Animadas por esa responsabilidad, en estos tiempos de dificultades sociales y económicas, las Cofradías intensifican, según nos pide el propio Benedicto XVI en la referida Carta Apostólica, el testimonio de la caridad y la ayuda a quienes más lo necesitan reafirmando las palabras del apóstol Santiago “Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” . En esa vertiginosa preparación para vivir y participar en la inminente Semana de Pasión, no puedo dejar de señalar dos importantes acontecimientos que en el seno de las Cofradías y la propia ciudad de Úbeda tendremos la oportunidad de vivir. En primer lugar este 2013 la Real Cofradía del Santísimo Cristo de la Humildad y Nuestra Señora de la Fe celebra su Primer Centenario Fundacional, sumándose al elenco de Cofradías ubetenses que ya son centenarias. Cien años de vida, de trabajo, de esfuerzo, de sucesión generacional, de amor y devoción a ese

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Cristo escarnecido y humillado por nuestro desprecio, es un acontecimiento digno de celebrar con todo orgullo, no es fácil que un colectivo alcance una vida tan prolongada. Las Cofradías nacen y perduran gracias al trabajo entusiasta de un grupo más o menos numeroso de creyentes, unidos por su fe, el inexorable paso del tiempo hace que sus protagonistas cambien, pero el guión es y será siempre el mismo. La Cofradía de la Humildad, unida a la tarde del Jueves Santo, ya es por mérito propio un pedazo importante de la historia cofrade de Úbeda. Por ello, desde la Unión de Cofradías queremos dejar constancia de nuestra más cariñosa felicitación por dicho aniversario. El otro acontecimiento tendrá lugar la noche del próximo Martes Santo, la noche penitencial y carmelitana por excelencia, respirará por primera vez en la historia aires marianos, cuando la puerta de Mediodía de la Iglesia de la Trinidad se abra para que,
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ilusionada y emocionada, haga su primera salida procesional la Cofradía más joven, Nuestra Señora de las Lágrimas. El trabajo arduo e inasequible al desaliento, que a lo largo de muchos años han desarrollado sus jóvenes cofrades, tendrá su justa recompensa cuando asistan a su primera procesión y Úbeda tenga en sus calles una nueva Madre y Señora que oiga sus plegarias. Anunciada por la voz del pregonero, en un acto que este año celebra su sesenta aniversario, llegará, recién estrenada la primavera, una nueva Semana Santa. Que esta renacida Cuaresma, por la gracia de nuestra fe, nos prepare a todos los cristianos y cofrades de Úbeda para celebrarla desde el amor, el compromiso, el testimonio y la unidad, con la esperanza de gozar del milagro cumplido que triunfante llegará con la Pascua. Úbeda, Cuaresma de 2013

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Tres años intensos
Luis María Ruiz Román Hermano Mayor de la Cofradía del Cristo de la Buena Muerte

n este año, Año de la Fe, me dirijo una vez más a todos vosotros, en esta ocasión con un motivo muy especial, como es mi despedida como Hermano Mayor. Motivo de una gran satisfacción, ya que desde este servicio a la Cofradía, he tratado de desempeñar esta función que me encomendasteis hace ya tres años, con la mayor dignidad posible. Cuando llegue a tus manos esta revista, ya estará muy avanzada la Cuaresma. Esto significa que estaremos inmersos en un tiempo de reflexión y meditación, pero sobre todo de conversión. Y que nos servirá de preparación para la conmemoración de los Misterios de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo. Culminando con la festividad de la Pascua, la gloriosa Resurrección de Cristo, fundamento de nuestra Fe. Estos tres años han pasado con suma rapidez, a lo largo de nuestras vidas suceden multitud de hechos; cambios en nuestro ambiente familiar o laboral, reencuentro con viejas amistades; personas significativas que para nosotros que por diversos motivos ya no están a nuestro lado; cambios en definitiva en muchos sentidos… y en la vida de una Hermandad pasa exactamente lo mismo, somos parte de ella y es al mismo tiempo una parte de nuestra vida. Tengo que decir que he vivido momentos muy gratificantes e

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inolvidables y que siempre llevaré en mi corazón. Otros han sido de alguna manera, dolorosos y aunque siempre me quedaré con los primeros, esos otros menos buenos, me servirán como enseñanza de que como seres humanos y pecadores, la misericordia y la caridad cristiana, deberán de estar presentes siempre en nuestra vida, como cristianos y cofrades. Desde el primer día, mi prioridad ha sido mantener una hermandad viva y unida en Cristo. Conseguirlo no es fácil, aunque es tarea de todos, no solo de la junta directiva sino de cada uno de los hermanos que la componemos. La vocación de servicio debe de ser nuestro estímulo y los valores cristianos imperar en todas y cada una de nuestras acciones. Solo así, nuestro peregrinar por esta vida como cofrades servirá de ejemplo y como “moneda de cambio” para que cuando llegue el día y estemos delante de El, cara a cara, podamos ir con los “bolsillos llenos”. Me despido de cada uno de vosotros, con mis mejores deseos, al tiempo que como un cofrade más, quedo a disposición del nuevo Hermano Mayor, deseándole que los próximos tres años de esta Cofradía, sean un verdadero ejemplo de vida cristiana. Que Dios os Bendiga.

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Información de la Cofradía
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Memoria de Actividades de la Cofradía 2012-2013
La Cofradía

Comenzamos el 17 de marzo de 2012 donde tuvo lugar la Asamblea General Ordinaria a primera hora de la tarde y unas horas después asistimos a la Oración de las Siete Palabras oficiada por el Prior de la O.C.D. Fray Francisco Víctor López Fernández, la finalidad del acto es rememorar la Pasión y Muerte de Jesucristo. El 24 de marzo el Padre Prior celebró en el Convento donde se encuentra Nuestro

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l programa de actividades de la Cofradía a lo largo del Año Cofrade 2012-2013 es el siguiente:

Titular la Fiesta Principal, asistiendo a esta el Presidente de la Unión de Cofradías, el de la Agrupación Arciprestal de nuestra Ciudad así como también representantes de las distintas hermandades de pasión y gloria; acto seguido nos encaminamos a nuestra Sede para tomar un aperitivo e intercambiar opiniones. El 5 de Abril Jueves Santo nos quedamos con un sabor agridulce ya que no pudimos completar el itinerario oficial a consecuencia de la lluvia, al enfilar el Real, las primeras gotas hicieron acto de presencia, dirigiéndonos a toda prisa hacia nuestro

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Templo. Allí tuvimos que esperar un buen rato hasta que escampó para regresar a la Sede. El sábado 14, como cada tercer sábado de mes, se celebró la Misa de Estatutos. 21 de Abril, en el Colegio Virgen del Carmen de la ciudad de Córdoba, tuvo lugar una Convivencia para los jóvenes de la provincia del Santo Ángel Custodio, a la que fueron algunos de nuestros jóvenes y con la que se quiso hacerles ver que no están solos en su caminar como cristianos. El 12 de mayo asistimos en esa misma ciudad a la Coronación Canónica de la Virgen del Carmen de San Cayetano llevada a cabo por el Obispo de la diócesis. Quisimos acompañar en este día a la Orden del Carmelo, destacando la presencia del General
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de la Orden de los Carmelitas Descalzos P. Saverio Cannistrà y del Vicario Provincial de la Orden Carmelita P. Francisco Javier Jaén. Acto seguido procesionamos con la Virgen por las calles de Córdoba hasta el Convento de San Cayetano del que es Prior el Padre Juan Dobado tan ligado a nuestra ciudad. Una vez finalizada ésta, y antes de emprender el camino de vuelta, se hizo entrega a la Hermana Mayor de la Archicofradía de un “pergamino” en barro realizado por el alfarero ubetense Juan Pablo Tito conmemorativo de nuestra participación en tan señalada fecha. Acudimos en junio al Pregón Eucarístico del Corpus Christi pronunciado por Daniel Berzosa López y el día 10, en una esplendida mañana, a la Procesión, emplazando nuestro Altar en la fachada principal del Teatro Ideal Cinema.

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A finales de ese mismo mes reseñar la visita realizada a Tierra Santa por un grupo de cristianos ubetenses entre los cuales se encontraba nuestro Hermano Mayor. A su paso por el monasterio carmelita Stella Maris, emplazado en el Monte Carmelo, se hizo entrega al Prior de un cuadro con la foto de nuestro Titular, siendo su autor Miguel Ángel Lechuga Alvaro.

En el mes de Julio (día 16) acompañamos a la Cofradía de la Virgen del Carmen de Úbeda en su Novena y Procesión, celebrando la onomástica de su Titular.

Hubo un pequeño parón vacacional y el 18 de agosto se reanudó la actividad

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con una Convivencia en los jardines del convento de San Miguel después de asistir a la Misa de los terceros sábados de mes. El viernes 24 en la Iglesia de las Carmelitas Descalzas de la Calle Montiel, en conmemoración del 450 Aniversario de la Fundación del Convento de San José de Ávila de la O.C.D. en 1562 y la Reforma del Carmelo por Santa Teresa de Jesús, se expuso el Santísimo y se leyeron textos teresianos y vísperas. A continuación el Padre Fray Francisco Víctor celebró la Eucaristía entonándose el Te Deum. 1 de septiembre de 2012. Tuvo lugar la inauguración de un monumento a S. Juan de la Cruz en el Santuario de la Fuensanta de Villanueva del Arzobispo, donde el Padre Fray Francisco Víctor López Fernández,

junto a autoridades locales y miembros del mundo carmelitano, hablaron de la figura del Santo, animando a los presentes a seguir el camino abierto por el Carmelo en nuestra provincia. Pocos días después se convoca a los directivos a una Junta cuya finalidad fué ultimar los preparativos de la Caseta de Feria. El día 8 (fiesta local) día de nuestra Patrona la Virgen de Guadalupe estuvimos en la Fiesta Principal y en la Procesión. El 28 del mismo mes quedó inaugurada la Caseta con una comida de hermandad y un día después 29 de septiembre asistimos a la Fiesta Principal en honor a nuestro Patrón San Miguel procesionando con Él acto seguido por las calles del casco histórico. Llegamos a noviembre mes en el que tiene lugar la Misa de Difuntos el día 17. El domingo 25 en Jaén, día de la celebración de Cristo Rey, tuvo lugar el encuentro anual entre las Cofradías de la Diócesis y el señor Obispo D. Ramón del Hoyo López; se habló del Año de la Fe: sus objetivos principales y de la importancia del Catecismo en la vida de todo cristiano. A continuación nos dirigimos a la Catedral para oír Misa. El año está finalizando y acontecen dos actos que se han hecho tradición en nuestra Cofradía: En primer lugar, el 13 de diciembre participamos con los Padres Carmelitas en la evocación de la Pascua Gozosa de S. Juan de la Cruz y en segundo el 22 de diciembre, se pospone de manera

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excepcional la Misa de los terceros sábados para hacerla coincidir con la inauguración del Belén ubicado en la Capilla del Cristo, tras oficiarse la Eucaristía. Participamos también en la Campaña de Navidad que cada año organiza la Unión de Cofradías en colaboración con Radio Úbeda (Cadena Ser) y Diez tv. A mediados del mes de enero se inicia una actividad frenética en donde se suceden las reuniones y preparativos que tienen por

objeto preparar la Semana Santa del año 2013, cerrando la Memoria de Actividades la Asamblea General Ordinaria que tuvo lugar el 9 de marzo de 2013. Como no podía ser de otra forma en este Año de la Fe terminar con una cita de la Carta Apostólica de Benedicto XVI Porta Fidei “El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él”.

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Colaboraciones
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CARTA PASTORAL Cofradías y Hermandades Diocesanas en el Año de la Fe
Ramón del Hoyo López Obispo de Jaén

Jaén, noviembre de 2012 INTRODUCCIÓN: El Cardenal John Henry Newman, en un momento de búsqueda de la verdad, como tantos hombres que encontraron la fe después de un fatigoso camino, escribió estos versos el año 1833: “Guíame, luz amable, por entre la niebla que me rodea… No pido ver el panorama lejano; un poco es suficiente”1. El itinerario de la fe, en cada persona, es único. Cada uno tiene su historia personal con sus tiempos y circunstancias. Nunca hacemos este camino en solitario y es Dios mismo quien sale un día y otro día a nuestra búsqueda y encuentro. Si le abrimos el corazón él nos ayuda y acompaña. Si le cerramos la puerta él espera. Es de necios pretender hacer este camino solos, y de sabios cogernos de la mano con quienes hacen el mismo recorrido. El cofrade, el hermano, hace su itinerario de creyente con unos ideales y objetivos semejantes a su grupo de asociados, no para estancarse sino para llegar más lejos aportando su ilusión y apoyándose en los demás como familia de hermanos.

Importa mucho que en este recorrido, como aquellos discípulos de Emaús el día de la Resurrección, busquen juntos la compañía de Cristo, escuchen sus Palabras y le inviten a la Mesa, para que “les arda el corazón” (Lc 24,32). 1. EN EL AÑO DE LA FE: El papa Benedicto XVI, como ya conocen, decidió hace más de un año, el 11 de octubre de 2011, celebrar en toda la Iglesia el Año de la Fe. Dio comienzo el pasado día 11 de octubre y se extenderá hasta el 24 de octubre, festividad de Cristo Rey. Ha hecho coincidir este acontecimiento eclesial con el 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario también de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, indicándonos claramente el camino a seguir durante este año para reavivar y fortalecer la fe personal y comunitaria que compartimos. En la Carta Apostólica Porta Fidei de Su Santidad, por la que convoca este gran acontecimiento para toda la Iglesia, nos señala sus objetivos básicos. Se pretende, podemos leer, que este año sea “un tiempo de especial reflexión y descubrimiento de la fe” en su doble dimensión: personal (subjetiva) y comunitaria (objetiva).

1 J.H. Newman, Himno, Verses on Variorus Occasions, Londres, 1889, pp.156-157.

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En el primer sentido, como fe personal, nos señalaba el Papa, que lo que se pretende es “ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa”2, o lo que es lo mismo, precisamos, cada uno, que nuestra fe nos configure con Jesucristo, que intimemos con su persona, que él transforme nuestros pensamientos y afectos, nuestra mentalidad y comportamiento.3 Sólo desde esa experiencia interior, personal y única en nosotros, nos sentiremos renovados por el amor que nos tiene, muy personal, Jesucristo y aumentará nuestra fe en Él. Conocemos los caminos para encontrar esa fuente renovadora en nosotros: sobre todo la Eucaristía y la Palabra de Dios como la “lectio divina”, la celebración de nuestra fe en la liturgia, la oración reposada y personal en silencio, si fuera posible ante el Santísimo Sacramento. Pero además de reavivar nuestra fe personal tenemos también necesidad de conocer y descender a nuestra fe objetiva: el Credo de nuestra fe y sus contenidos. Con palabras del Papa, en la Carta Apostólica citada, hay que “redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada”4. Así lo hacían ya, nos recuerda, los primeros cristianos que, en los primeros siglos: “Estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido en el bautismo”5. Para ello realizaban la ceremonia de la entrega del Credo, como refiere San Agustín en uno de sus sermones6.
2 3 4 5 Ibid., n.8. Cf. Ibid., n.6. Ibid., n.9. Ibid., n.9.

El apóstol San Pablo escribe en su segunda carta a Timoteo, su discípulo, que busque la fe con la misma constancia de cuando era niño7. Lo mismo viene a indicarnos el Santo Padre al decirnos en esta Carta que la fe “es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos, las maravillas que Dios hace con nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo”8. Sería muy oportuno que cada hermano cofrade rezara reposadamente el Credo de su fe ante la pila bautismal en que inició su recorrido de creyente y que, junto con los demás hermanos o en su comunidad parroquial, recibiera de manos de su Capellán o Párroco el símbolo de la fe, para recitarlo diariamente. Invitación: El Credo de Nuestra Fe. 2. FE EN SENTIDO RELIGIOSO: La fe es un viaje de todo hombre o mujer que estructura su existencia de forma nueva. Es una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de nuestra existencia hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible, sino que choca con lo que no se ve. Esto afecta en su mismo ser a la vida del creyente y aparece para él, como algo necesario para su existencia. El hombre tiende, por inercia natural, a lo visible a lo que podamos tocar con la mano, a lo que pueda comprender como propio. Para creer, sin embargo, hace falta
6 S. Agustín. Sermón 215. n.1. 7 Cf. Tm, 2,22. 8 Ibid., n.15.

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un cambio interior, darnos cuenta de lo pobre y ciego que es fiarse solamente de lo que pueden ver nuestros ojos. Sin este cambio, que podemos llamar “conversión”, no puede haber fe en sentido religioso. Y, porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente nuevo. Sólo desde una conversión prolongada a lo largo de la vida podremos percatarnos de lo que significa “yo creo”. Así comienza la Carta Porta Fidei, de Su Santidad Benedicto XVI: “la puerta de la fe (cf. Hch 14,27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza en el bautismo (cf. Rm 6,4)… y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna…”9. Creer implica confianza y osadía de ver, en lo que no se ve, algo auténticamente real. La fe es una decisión de nuestra existencia, un cambio continuado en el ser humano al que sólo llega por una decisión personal firme. No es creer “sospechar o no saber con certeza”. Este sería un creer que no compromete a nada, ni tendría consecuencias para la vida en sus comportamientos. Son quienes dicen creer en Dios, sospechan que tiene que haber “algo” a “alguien” que fundamente todo, pero no practican, aunque incluso recen alguna vez y se unan a determinadas celebraciones con otros creyentes. Tampoco es propiamente fe, en sentido religioso, “creer en uno por confianza”
9 Ibid., n.1. 10 Concilio Vaticano II. Constitución Dei Verbum, n.5. 11 San Agustín. Comentario al Evangelio de San Juan, 29,6.

como encuentro de personas v.gr. fiarse de un profesional, porque para esto no se precisa un conocimiento profundo de la intimidad de esa persona para fiarse por completo de ella. La dimensión de la fe, en el sentido que estamos tratando, va más allá de los planteamientos anteriores. No sólo supone creer en una persona sino que implica identificarnos con ella, amarla, fiarnos de ella e ir a su encuentro. En este sentido enseña el Concilio Vaticano II que: “por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela”10. La fe en el cristiano no es fruto de nuestro pensamiento. Nos viene de afuera. Es revelación que supera el abismo que yace entre lo eterno y lo temporal, entre lo visible y lo invisible. Aquel a quien nadie vio, entra en contacto histórico conmigo, con nosotros (cf. 1Jn 1,1-13). Escribe San Agustín: “ Y ¿qué es creer en Él?: Amarle, ir a su encuentro creyendo, incorporarse a sus miembros… no se trata de una fe cualquiera sino de la fe que actúa por amor. Exista en ti esta fe y comprenderás la doctrina”11. Invitación: Deben procurar desde las Parroquias o Cofradías, Hermandades y Grupos Parroquiales, también a nivel personal, acercarse de una forma u otra a los Documentos del Concilio Vaticano II, al menos a algunos referentes a la Familia, al Catecismo de la Iglesia Católica, en alguno de sus apartados, y contar con la ayuda de las Escuelas diocesanas sobre Fundamentos Cristianas.

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3. Encuentro con Dios por Jesucristo Intuimos en el fondo de nuestro corazón, como escribió San Agustín en el libro de las Confesiones, que “nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”12. Dios sabe bien lo que hay en nuestros corazones, sus inquietudes, preocupaciones y anhelos, porque es su Hacedor y sus Palabras serán acogidas en todo tiempo si llegan al hombre. Como enseña el Concilio Vaticano II: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Existe puro y simplemente por el amor de Dios que lo creó y por el amor de Dios que lo conserva, y sólo se puede decir que vive en plenitud de verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su creador”13. En el camino de nuestra fe hay Alguien que nos llama y espera. No se inicia, ni se hace este camino en solitario. Esa llamada está ya en nosotros desde el momento en que somos capaces de trascender, con nuestra inteligencia, por encima de lo que ven nuestros ojos, más allá de lo caduco y efímero. El hombre es capaz de encontrarse con Dios Amor por la fe, verdadero don de Dios, aceptado libremente y al que se responde con generosidad. Todo ello se manifiesta en la voz de nuestra conciencia. El itinerario de la fe, de cada creyente, es único y personal. Cada uno tiene sus propios ritmos y tiempos. El recorrido de la fe no suele ser como la línea recta y ascendente. Aparece la duda a toda edad y nos sorprende en algún momento la noche

oscura del alma en su recorrido. Pero una cosa es muy cierta y segura: nunca recorremos este camino en solitario: Dios mismo nos acompaña y también la amistad de muchos cristianos en nuestro hogar común que es nuestra Madre la Iglesia. El acto de fe es una entrega confiada a Dios mismo que se nos revela en su Hijo Jesucristo. Creer encierra un diálogo sincero entre Dios y nosotros, un intercambio de conocimiento y de amor mutuo. Creer es recibir como verdadero lo que la Iglesia nos propone como contenido de la fe. Creer, en definitiva, es una confianza desde nuestra entrega a un “Tú” que es Dios quien nos da una certeza distinta aunque no menos sólida que la que me llega del cálculo exacto o de la ciencia. La fe es el acto con el que nos confiamos libremente a un Dios que es Padre y nos ama. No contradice nuestra inteligencia. La Teología describe la realidad de la fe, conforme a la enseñanza de San Agustín14 en los siguientes términos: Creer por Dios, es decir, movidos por la autoridad de Dios que se revela; creer en Dios, esto es, creer cuanto nos enseña la Revelación sobre Él y creer hacia Dios, es decir, dirigiéndonos hacia Él como verdad y amor supremo, razón de nuestra existencia. La fe es, en definitiva, es un encuentro vivo, personal y real con Dios a través de su Hijo Jesucristo. Como afirma el Papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ella, una orientación decisiva”15.

12 San Agustín, Confesiones, 1.1.1. 13Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, nº 19. 14 “Credere Deo, credere Deum, credere in Deum”, San Agustín, Tractatus in Iohannis Evangelium, 29, 6, cit. 15 Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est”, nº 1.

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Para reavivar nuestra fe y adentrarnos en la grandeza de sus contenidos, hemos de seguir profundizando con la inteligencia y el corazón, con la luz del Espíritu, en la persona de Jesucristo. Enseña el Concilio Vaticano II que “realmente el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir; es decir, de Cristo el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”16. Escribe el teólogo Romano Guardini que: “El momento decisivo en orden a la salvación es Cristo mismo. No su doctrina, no su ejemplo, ni la potencia divina operante a través de él, sino simple y escuetamente su persona”17. Al final de su carta de convocatoria de este Año, el Papa Benedicto XVI nos invita a “que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo el Señor, pues sólo en Él tenemos la certeza de mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y verdadero”18. Hermanos cofrades: Interesa comprobar, en el Antiguo y Nuevo Testamento que la fe es la respuesta del hombre al Dios que se revela y a su Hijo Jesucristo, y que esta respuesta implica a la persona verdaderamente creyente en todo su ser. En el Antiguo Testamento la fe aparece como una forma de existencia especial, como persona o como pueblo de quien está unido a Dios y de estar convencido de que es Dios quien conduce la historia de sus

vidas. Se insiste, por ello, en la confianza del creyente en Dios, en ponerse en sus manos y refugiarse en Él. Ello da estabilidad a la persona y a la comunidad al abandonarse con confianza en los brazos del Señor. Se puede comprobar en Abraham (Gen. 12, 1-4), en la salida de Egipto del pueblo de Israel (Ex. 14, 31), en la obediencia a Dios de su pueblo en el desierto (Dt. 9, 26-29), en el rey David (Sal. 57,2), entre otros muchos pasajes. En el Nuevo Testamento podrían acercarse a los Evangelios para comprobar cómo entraban algunas personas en contacto con Jesús y se quedaban con Él. Caminaba Jesús por la orilla del lago y llamó a unos pescadores para que le siguieran, y dejándolo todo se fueron con Él (cf. Mt. 4, 18-22). Lo mismo ocurre con Mateo, el recaudador de impuestos (cf. Mt. 9,9). El evangelista san Marcos precisa que “Jesús llamó a los que quiso y se fueron con Él, e instituyó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc. 3, 13-14). Algo muy especial y decisivo debió ocurrir en el encuentro de Jesús con los discípulos de Juan el Bautista, pues no sólo le siguieron ellos, sino que también invitaron a sus hermanos (cf. Jn. 1, 41). El Año de la Fe será buena ocasión para programar un tiempo especial para estar con Jesucristo. Pensemos: ¿cuándo, dónde, con quién?. Invitación: Acudir a la Sagrada Escritura

16 Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 22. 17 Romano Guardini, La esencia del cristianismo, Madrid, Edit. Guadarrama, 1964, p. 54 18 Ibid., nº 15

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4. Vida de fe y testimonio de caridad Fe y caridad en el cristiano se reclaman mutuamente. Una sostiene a la otra. La fe se manifiesta en la caridad. La caridad sin fe sería filantropía. Una fe sin obras es una fe muerta. Testimoniar la caridad y la justicia es exigencia esencial e irrenunciable de la fe en Jesucristo. Escribe el Papa en Porta fidei: “La fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe sería un sentimiento a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permita a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo”. Por eso nos dirá también el Santo Padre: “El Año de la Fe… será una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad”19. Sabemos que el Apóstol San Juan insiste en decirnos que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus ovejas” ( Jn. 15, 13). Es lo que hizo Jesucristo en la cruz: entregar su vida por la humanidad. No cabe mayor amor. Mirar por tanto a Jesús, conocer su vida y conducta y enseñanzas es entrar en la escuela del verdadero amor: en la escuela de la caridad. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, que podría dejarse a otros, sino que pertenece a su misma naturaleza y que es manifestación irrenunciable de su propia esencia. Cáritas es la misma Iglesia en su acción caritativa y social. Si Cáritas no estuviera movida por
19 Ibid., nº 14. 20 Ibid., nº 2

la fe cristiana, no sería lo que es. Quiere ser expresión de amor cristiano y por eso acude al encuentro del hombre, en especial del más débil, del que califican algunos de “inútil social”. Cáritas se acerca con alegría a ellos porque alcanza a ver en el hermano necesitado el rostro mismo de Cristo. Es la fe la que permite reconocer a Cristo y es, su mismo amor, el que mueve a socorrer al necesitado en el camino de la vida. La caridad es el verdadero lenguaje de la Nueva Evangelización y la respuesta del creyente a su fe. Las Cofradías, Hermandades y grupos parroquiales, como las parroquias y otras instituciones de la Iglesia, han venido apoyando, con ejemplaridad y generosidad, la tarea de la caridad cristiana que ha ejercido siempre la Iglesia desde sus inicios apostólicos. Al tender la mano a favor y apoyo de Cáritas, estas instituciones reflejan el verdadero alcance de su fe cristiana. Por otra parte, la fe vivida como expresión de amor y entrega al necesitado, es también fuente de alegría. Comenta así el Santo Padre en su Carta de convocatoria de este Año de la Fe: “Redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado de nuestro encuentro con Cristo”20. En efecto, cuando Dios falta, el mundo queda en tinieblas, todo parece aburrido y sin sentido para el creyente. Se puede comprobar que cuanto más se vacía el mundo de Dios más necesidad hay de consumismo y más ausente está la verdadera alegría. Ésta tiene como fuente la fe expresada y vivida con amor, y en eso consiste esencialmente su manifestación en la caridad.

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El amor de Dios, con que nos ama a cada uno, no tiene límites ni fronteras. Desde su fe, el Cofrade y el Hermano procurará mirar desde ese máximo amor a sus hermanos y a cuantos sufren. La fe cristiana no es una teoría. Por todo ello, les animo a seguir el camino emprendido en esta dirección. Llenen sus cestas de alimentos para los más necesitados que siempre serán flores de amor que adornan sus pasos con un brillo especial. Sería de desear, ante las circunstancias por las que atravesamos, que cada Cofradía, Hermandad, Grupo parroquial emprendiera una campaña, bien en torno a la Navidad como expresión de alegría, o bien durante la próxima Cuaresma con sentido penitencial, de recogida de alimentos no perecederos, para, en conexión con las Cáritas, hacerles llegar a las personas necesitadas que son muchas y cercanas. Invitación: Recogida de alimentos. Conclusión Cuando se presentó en la Oficina de la Santa Sede el Año de la Fe21 se subrayaron los tres grandes objetivos para este Año, en concreto: a. Sostener la fe de tantos creyentes que, en medio de las fatigas cotidianas, no cesan de confiar su vida al Señor. b. Responder a la profunda crisis de fe de nuestro tiempo, y c. Volver a encontrar el espíritu misionero necesario para dar vida a la Nueva Evangelización.

Muy queridos hermanos cofrades: La Iglesia de Jaén cuenta siempre con vosotros como porción comprometida y renovadora de esta Comunidad eclesial. De cada uno de vosotros y de vuestras cofradías, hermandades y grupos, dependen muchas cosas en el itinerario de este año de la fe. Vivid la fe en vuestras familias y asociaciones, en vuestras comunidades parroquiales, y sed transmisores de vuestra fe, en sentido misionero, a vuestro alrededor. Caminemos unidos, asumiendo con ilusión, las propuestas concretas de la Delegación episcopal de Cofradías y Hermandades, a la que agradecemos su ejemplar dedicación, de vuestras agrupaciones arciprestales y uniones locales. Es tiempo de crecer desde la alegría de la fe e iluminarla desde nuestra intimidad con Jesucristo, para vivirla a favor de una nueva evangelización como protagonistas activos. Nos dice el Santo Padre, Benedicto XVI, en su Carta citada: “Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio de los que, iluminados en la mente y en el corazón, por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin”22. Nos invita, por tanto, a ser sus testigos en la Iglesia y en el mundo. Así lo suplicamos ante el Señor por intercesión de nuestros Patrones: Santísima Virgen de la Cabeza y San Eufrasio. Que ellos nos indiquen el camino y nos acompañen. Con mi saludo y bendición.

21 Esta presentación tuvo lugar el 21 de junio de 2012 e intervinieron en el acto el Arzobispo Rino Fisischella y Mons. Graham Bell, presidente y subsecretario respectivamente del Pontificio Consejo para la nueva Evangelización. 22 Ibid. Nº 15.

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El Año de la fe y Cofradía de la Buena Muerte
Fr. Francisco Víctor López Fernández OCD Director Espiritual

s normal que la Iglesia católica con la información recibida desde hace meses se movilice en torno al Año de la Fe que se avecina (11 de octubre del 2012 al 24 de noviembre del 2013). La Cofradía del Cristo de la Buena Muerte ya ha comenzado a navegar en los preámbulos de los deseos del Santo Padre Benedicto XVI. Lo primero: leer el documento para saber de qué trata lo referido al Año de la Fe. De entrada, a modo de formación permanente, se compró la Carta Apostólica, que como la terminología indica es un documento pontificio salido de la Santa Sede. Afortunadamente es relativamente breve. Esto es, fácil de leer, estudiar y meditar. Y con el texto entre las manos ha sido fundamental para realizar la labor, tarea que se facilitó por el Director Espiritual. Así se pudo afrontar durante cierto período de tiempo, iniciando en una Junta de gobierno y compartiendo en la siguiente (marzo-abril, 2012), o lo que es lo mismo, de un mes a otro. Se favoreció un escrito, a modo de guión de estudio, breve, que decía así: Lee pausadamente la Cara Apostólica “PORTA FIDEI”. Escoge 9 ó 10 frases, que

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tengan sentido en sí mismas, que puedan caminar independientes y fuera del texto: en postales, carteles, anuncios… para la próxima reunión. Procura señalarlas en el libro para compartirlas. Y se comenzó a compartir el trabajo en la Casa de Hermandad. Corría el tiempo y ni nos dábamos cuenta que volaba. Las intervenciones no cesaban. Y seleccionamos nuestras frases que nos llenaron de vida y verdad. Procuré anotar la mayoría o las que pude, para reflejar el sentido de la Junta estudiosa. Se puso empeño en que fuesen frases de fuerte calado y breves, que condensasen el mensaje y fueran lo más universales posibles, esto es, para creyentes o no creyentes, practicantes o ajenos a la práctica religiosa. He respetado el número, colocado entre paréntesis, de donde se tomó el escrito. Este (casi) es el resultado: «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros (1). No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16) (3).

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Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios (3). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación (3). La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes (6). « Caritas Christi urget nos » ( 2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar (7). La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo (7). “La fe sólo crece y se fortalece creyendo (7). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo (10). El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado (10). La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él (10). Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos (11).

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38) (13). Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28) (13). La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda (14). Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado (14). Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10) (15). Con interés formativo nos adentramos en el estudio de este escrito, y nos sentimos orgullosos de vivir y compartir la fe de la Iglesia. También, en el modo de trabajo, he preferido dejar las citas de la Sagrada Escritura que encierran el texto o idea bíblica y que favorece la comprensión o claridad. Ahora le toca al amigo lector de este artículo la propia lectura del documento o al menos hacer una selección (bastarían dos o tres) de estas frases o slogans para regalarlas a la persona que más quiere.

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Sobre la Buena Muerte
Manuel Contreras Gallego Profesor en SAFA-Úbeda

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“Sabemos muchas cosas en las que rara vez pensamos” Tomas Moro (1478-1535).

oy a reflexionar junto contigo, lector, sobre la realidad más personal y al tiempo más enigmática y misteriosa a la que cada uno de los seres humanos nos tenemos que enfrentar: la muerte, la propia muerte. Lo hago fundamentalmente por la importancia y transcendencia del tema, no sólo a nivel antropológico, sino también teológico (“nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de los discípulos de Cristo” y, ¿hay algo más humano que la muerte?...). El mismo día en que mi estimado amigo Antonio Alberti me dio como fecha límite para escribir un breve artículo para incorporarlo a la revista que la Cofradía del Cristo de la Buena Muerte edita anualmente con motivo de la cuaresma y la semana santa, me llegan noticias del fallecimiento de uno de los profesores que en mis estudios universitarios más me influyeron intelectual y personalmente; se trata del jesuita José Gómez Caffarena (una de las inteligencias mejor dotadas para la metafísica y también para el análisis del hecho religioso en cuanto tal, de la segunda mitad del siglo XX). Su último libro lleva por título “El enigma y el misterio” y es que eso es la muerte: un enigma y un misterio. El mismo concilio Vaticano II consideraba que
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«frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre» (Constitución pastoral Gaudium et spes, nº 18). Por ello, darle sentido a la vida es básicamente encontrar un sentido a la muerte. Por esa razón es tan importante el apelativo de la “buena muerte”, ya que sólo la vida será buena si personalmente me preparo para que mi límite final sea “bueno”. La presencia cotidiana de la muerte en nuestro mundo es una realidad incuestionable, porque no hay vida temporal sin muerte. « Escoger la vida es escoger la muerte, porque la vida que vivimos es necesariamente temporal y termina con la muerte. Pensar una vida sin pensar en la muerte es pensar lo irreal. La muerte no puede ser evadida, es una parte de la vida; de ahí que no es posible comprender bien la vida sin pensar en la muerte, porque, amar nuestra vida como realmente es, quiere decir aceptarla como realmente es, incluyendo la muerte»; así de claro y contundente lo expresa Martín Gelabert Ballester en su obra Creo en la resurrección. Soy consciente de que a pesar de que la muerte se impone día tras día, ha pasado a ser un fenómeno silenciado en la opinión pública, habiéndose convertido en un tema tabú, o al menos en una cuestión silenciada, o en todo caso, tratada siempre en el plano del anonimato, de las cifras y estadísticas, donde la muerte pierde rostro y carácter,

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convirtiéndose en “se muere” o “han muerto tantos”. Muchos filósofos y psicólogos han lamentado que la modernidad prefiera ocultar la muerte, como si ella misma hubiera tenido ya su funeral, y pretenda olvidarla como un cadáver enterrado e invisible. Por ese motivo es un testimonio y una excelente provocación el que en la noche del jueves santo, un grupo de hombres y mujeres de Úbeda salgan por las calles de la ciudad con el Cristo de la BUENA MUERTE. ¡Ojalá ellos y los que los acompañamos y vemos procesionar nos haga detenernos en nuestros ajetreados quehaceres y busquemos significado a nuestra certera muerte de tal manera que nuestras vidas sean más plenamente humanas! De esa manera la muerte del Crucificado será vida y vida en abundancia para los hermanos y hermanas de la Cofradía y para aquellos que contemplamos su salida en la oscura luminosidad del primer día del triduo pascual. Se hará en ellos y en nosotros paso la luz de la vida, el Cristo de la BUENA VIDA. O como escribe el pensador austriaco Stefan Zweig, “no basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se nos hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre”. A diferencia de los demás seres vivos, el ser humano no sólo muere, sino que sabe que ha de morir, y en este sentido la muerte está presente en su propia vida, formando parte de ésta. Tanto que el hombre no sólo muere, sino que se relaciona con la muerte, la encara, y afronta, aunque en ocasiones sea intentando ocultarla o ignorarla, más aún cuando se es joven. Así se expresaba el poeta Jaime Gil de Biedma:

“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. Dejar huella quería y marcharme entre aplausos -envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma; envejecer, morir, es el único argumento de la obra.” En verdad tratamos a la muerte, mirándola allá, muy lejos, a través de un enorme espacio de tantos años como esperamos vivir. Nos imaginamos que son muchos, y de forma peligrosa y estúpida nos engañamos a nosotros mismos. No hay ningún viejo tan viejo que no confíe vivir otro año más todavía. Por ello es tan imprescindible el pensar la muerte, la propia muerte, con seriedad y consistencia; no de manera obsesiva y deprimente, sino buscando luz medicinal sobre las oscuridades y deficiencias morales de la vida, la propia vida. De esa manera pesar la muerte (“memento mori”) se convierte en una catapulta intelectual y psicológica para vivir bien una vida tan breve pero infinita en dignidad, pasando del deprimente y despreciativo arte de morir (“ars moriendi”) al vivificante y esperanzador “arte de vivir”. En la noche del jueves santo ubetense el Cristo de la Buena Muerte nos alienta a entregarnos “hasta la muerte, y una muerte de

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A partir del Señor Jesús, el cristiano no trata de vivir para morir, sino de morir para vivir. En última instancia, es el mismo Maestro de Nazaret, el Cristo de la Buena Muerte, el que nos reclama que no nos olvidemos del deber y gozo de vivir bien, haciendo de la propia vida, finita y temporal, “un poema ilimitado” (Shakespeare), una obra de arte que viva más allá de la muerte de su autor. Así lo cantaba nuestra entrañable Teresa de Jesús en una de sus más bellas poesías, con la que finalizo esta reflexión: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero. […] Mira que el amor es fuerte, vida, no me seas molesta; mira que sólo te resta, para ganarte, perderte. Venga ya la dulce muerte, el morir venga ligero, que muero porque no muero. Aquella vida de arriba es la vida verdadera; hasta que esta vida muera, no se goza estando viva. Muerte, no me seas esquiva; viva muriendo primero, que muero porque no muero. Vida, ¿qué puedo yo darle a mi Dios, que vive en mí, si no es el perderte a ti para mejor a Él gozarle? Quiero muriendo alcanzarle, pues tanto a mi Amado quiero, que muero porque no muero”.

cruz” (Filp. 2, 6-11) por anunciar a un Dios que da la vida por compasión hacia el ser humano y que hace lo posible por construir una sociedad, una familia, un trabajo donde la justicia, la verdad, la paz, la bondad, la ternura, la alegría y la esperanza sean sus cimientos. El cristiano no “cree” en la muerte, sino en la BUENA MUERTE, en aquella que da luz a la VIDA presente y que hace que transformemos el día de la muerte en el glorioso “dies natalis” (día del nacimiento). Así lo creemos y celebramos los cristianos y lo venimos expresando desde los primeros años de la iglesia primitiva, entre los años 54 y 57, y se encuentra en I Carta a los Corintios, 15, 3-4: “Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; y que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras ”. La resurrección de Jesús nos confirma la buena nueva del cristiano: la muerte de la muerte.

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La Fe en San Juan de la Cruz
desde el Museo San Juan de la Cruz
P. Juan Dobado Fernández O.C.D. Prior de San Cayetano de Córdoba

n este año en que la Iglesia, por medio del Papa, nos llama a profundizar en nuestra fe, queremos adentrarnos en la figura de uno de los grandes maestros de la fe, San Juan de la Cruz, y queremos hacerlo de la mano de una serie de obras conservadas en la Basílica-Museo que la Orden le tiene dedicado en Úbeda, lugar de su tránsito a la Casa del Padre. En primer lugar es difícil encontrar obras en las que aparezca claramente la fe, como virtud teológica, o la fe de San Juan de la Cruz, que nos valdría cualquier pasaje de su vida, que fue toda ella, efectivamente, un testimonio de fe y de abandono en la providencia de Dios, desde su más tierna infancia hasta su muerte en Úbeda. Sin duda alguna, uno de los santos donde más podemos ver su fe inquebrantable en el Buen Pastor que le conduce por verdes praderas y repara sus fuerzas.
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Mas que detenerme en comentar lo que sería toda su vida, quiero pararme en una serie de obras donde el Santo escribió y donde podemos adivinar algo de la fe en San Juan de la Cruz. Se trata de las cuatro obras monumentales que Palma Burgos pinta para la Basílica de San Juan de la Cruz, primer templo levantado en su honor en el orbe cristiano. Encargadas por el padre Pedro del Niño Jesús, aparecen firmadas por el autor en 1957, y dedicadas, con verdadero cariño, a este entrañable fraile carmelita descalzo. L as pinturas son un resumen de las cuatro obras principales del Santo: Noche oscura, Subida del Monte Carmelo, Cántico espiritual y Llama de amor viva . En ellas hace Palma Burgos un auténtico alarde de originalidad y creatividad que las convierten en obras maestras dentro de su producción. Resaltan tanto la singular composición como la belleza de su gama cromática, de tal manera que se

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han incorporado a la perfección al bellísimo conjunto barroco de la arquitectura y del retablo mayor dotando al templo de una belleza particular e inconfundible. Pues bien, en la obra Subida al Monte Carmelo , contemplamos una representación de la fe en su clásica iconografía por todos reconocida, con los ojos vendados y sujetando un libro, el Libro de la palabra de Dios, única guía para el cristiano. Es precisamente en el libro de la Subida donde el Santo habla más de la fe, de modo que es casi el eje central de la obra. La fe es un don gratuito que ayuda al hombre en el conocimiento de la realidad divina, de la Trinidad y de toda la historia de la salvación. El Santo es consciente de la importancia de la fe y de la necesidad de cuidarla, de tenerla viva y operante para poder llegar a la experiencia de la unión con Dios. El santo habla del “abismo de la fe”, “hábito del alma cierto y oscuro … porque hace creer verdades reveladas por el mismo Dios” (2Sub 3,1). Son las verdades reveladas por el mismo Dios a la Iglesia y sintetizadas en la enseñanza de Cristo, verdades que “exceden todo juicio y razón, aunque no son contra ella” (2Sub 22,13). Porque estas verdades proceden, no del hombre, sino de Dios.

El centro de la doctrina sanjuanista se encuentra en la centralidad de Cristo como la Palabra única y definitiva de Dios, en la que se agota y condensa toda la revelación: “En darnos como nos dio a su Hijo, que es una palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra y no tiene más que hablar” (2Sub 22,3). La Palabra definitiva de Dios no es una verdad sobre “algo”, sino sobre “Alguien”, que es Cristo. La fe cristiana no es un conjunto de creencias, es la adhesión plena y experiencial a Jesucristo. San Juan de la Cruz no deja ningún cabo suelto, la fe lleva a la Caridad, “cuanto más pura y esmerada está el alma en fe, más tiene de caridad infusa de Dios” (2Sub 29,6). Además el amor impulsa a creer “en lo que no se ve, ni siente ni puede ver ni sentir en esta vida que es Dios” (2Sub 24,9). Cada vez que contemplemos estas obras de arte de Palma Burgos, pensemos que son una lección visual hermosa de lo que San Juan de la Cruz dejó escrito sobre la virtud de la fe. Y no fueron escritos solamente, la Iglesia ha reconocido en su santidad que vivió la fe también en su vida y en su experiencia personal con Dios Amor.

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De la JMJ al Año de la Fe
Antonio José Campos Martínez

ún en la cercanía del recuerdo, si nos acercamos nuevamente a la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 desde otra perspectiva, desde la distancia que da el paso del tiempo, podremos constatar una nueva dimensión de la misma. Conviene valorarla en conexión con el actual Año de la Fe dentro de una visión global y de conjunto en el Pontificado de Benedicto XVI. “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Estas palabras de San Pablo a los colosenses servían como lema a la Jornada de Madrid. La apuesta era clara: trabajar con decisión en el ámbito de la fe. Se animaba a los jóvenes a edificar sus “casas” sobre la roca firme de Cristo. Benedicto XVI así lo afirmaba: “Queridos amigos: sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo”. (Discurso Fiesta Acogida JMJ 2011) Además, el lugar elegido para la cita no dejaba dudas: Madrid. Capital de uno de los tradicionales países católicos de la vieja Europa, territorio de la nueva evangelización fruto de una potente secularización y reducción de Dios a lo estrictamente privado. El propio Papa, en su visita pastoral a España del 2010, dejaba claro

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que nuestro país era el campo de batalla entre el laicismo y la fe. Este recorrido centrado y orientado en la fe, clave de bóveda del pontificado de Benedicto XVI -el cual ha sabido identificar perfectamente la actual crisis de fe, de la Iglesia y de la sociedad-, ha sido manifestado en su amplio e intenso magisterio. Ya desde los inicios, en la explanada de Isling donde Ratzinger reflexionaba claramente sobre un nuevo compromiso en la fe, hasta quedar evidenciado definitivamente en Madrid como antesala del actual Año de la Fe. La línea de actuación está perfectamente definida: adoptar una actitud crítica y renovada para dar una respuesta contundente y fructífera a lo que muchos denominan eclipse de Dios y oscurecimiento del hombre. Ante este importante reto, la atención se ha centrado especialmente en los jóvenes. No parece algo descabellado. Los jóvenes somos el futuro de la Iglesia, el nuevo rebrote de esperanza. Es el círculo de la juventud donde el caldo de cultivo es propicio para el éxito del ataque al hecho religioso y, lo que es peor aún, de la indiferencia hacia Dios. Por eso, el trabajo en estos estratos sociales es tan importante. El problema, la actual crisis –que viene de

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antiguo y tiene múltiples causas- amenaza con extenderse irremediablemente en las nuevas generaciones. No cabe duda que muchas veces la propia Iglesia ha contribuido gravemente a esta situación desde modelos y planteamientos y, también, desde ejemplos y testimonios erróneos y equivocados que han fijado mal las prioridades. El propio Benedicto XVI afirmaba, en una conferencia en Subiaco en 2005, que “El testimonio negativo de cristianos que hablaban de Dios y vivían contra Él, ha oscurecido la imagen de Dios y ha abierto la puerta a la incredulidad”. De esta manera, se ha confundido el cambio con lo acertado, llegando a introducir expansivamente criterios y formas subjetivas en la propia liturgia; otras muchas veces todo se ha reducido a lo estético y externo, a una práctica rutinaria, superficialmente devocional, vacía y sin sentido alejada de la Caridad; y se ha inundado y contaminado de cualquier tipo de ideología un Mensaje que está por encima de toda ideología. En definitiva, se ha pecado de excesivo y artificial aperturismo enmascarado en una nueva lectura y adaptación a los signos de los tiempos, así como de una defensa intransigente de lo religioso y tradicional alejada de toda vocación crítica y renovadora. Hay que superar los particularismos para centrar nuestros ojos en la raíz de todo: Dios. Reflexionemos en lo profundo para ser capaces de mostrar y testimoniar a los demás, especialmente jóvenes y personas alejadas de la fe, el auténtico Rostro de Dios.

Anunciemos al mundo entero el Rostro de Jesús, pero libre de etiquetas que lo difuminan. El papa Juan Pablo II en un mensaje a los jóvenes chilenos allá por el año 1987 decía claramente: “¡Mirad al Señor! ¿Qué veis? ¿Es sólo un hombre sabio, un profeta, un reformador social? ¡Mucho más!”. Por tanto, es necesario –e imprescindible- reorientar nuestra mirada al interior, a ese rostro mismo de Dios revelado en Su Hijo, para contemplarlo y reconocerlo en toda su dimensión, desprovisto de estereotipos que le han sido colocados para adaptarlo y modelarlo según nuestro interés. Esos comportamientos se han vuelto en contra porque en vez de atraer, han alejado y han conseguido emborronar la verdad. Para muchos, Cristo ha quedado reducido a un hombre más, un hombre que cambió la historia, que propuso unas palabras nuevas y radicales, un modelo de vida renovado… pero un hombre al fin y al cabo. Jesús de Nazaret es mucho más, es el Hijo de Dios, el mismo Dios verdadero. Como decíamos, sería ideal que esta idea se consolidara en los jóvenes, y no tan jóvenes. Edificar nuestras vidas en Cristo, arraigarnos en Él para ser así luz para los demás. Volver a las raíces para tener claro qué creemos, y que no creemos en cualquier cosa. Creemos en Dios, en un Dios que es amor y esperanza. Y creemos porque existe y se nos manifiesta al regalarnos el don de la fe –“Es esa fe lo que Dios mismo la pone en el corazón” (Pascal)-, y porque también lo necesitamos ya que somos limitados y sólo con Él llegamos a plenitud. Y es que, en palabras de Ratzinger, “una sociedad en la que Dios es absolutamente ausente se

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autodestruye. Lo hemos visto en los grandes regímenes totalitarios del siglo pasado”. (Entrevista en el diario La Reppublica, 19 noviembre 2004) Sólo desde este nuevo concepto podremos combatir claramente a las nuevas corrientes que buscan apartar a Dios de la escena pública, que quieren convertirlo en algo irrelevante. Ese era el objetivo básico de la JMJ. Ahora, en pleno Año de la Fe tenemos que seguir trabajando en este propósito con el mismo espíritu de aquellos días en Madrid y con ánimo renovado. Es un recorrido conjunto y a largo plazo, no diseñado por capricho ni al azar, que apunta como ya comentábamos a Dios mismo como respuesta y solución a la crisis. Este recorrido hay que concretarlo en pequeños gestos realizables. El trabajo en el tejido parroquial debe ser comprometido y tiene que construirse desde el sacerdote hasta el último miembro. Especialmente, sería bueno dedicar esfuerzos en la comunidad cofrade donde las posibilidades para conectar con las inquietudes de los jóvenes son mayores y más atractivas. Sin renunciar, obviamente, al sentido fundamental que nos impulsa. A este sentido fundamental me refiero ahora. Para esta nueva evangelización, el testimonio del amor es el instrumento más válido y eficaz. Estamos invitados a vivir como cristianos, para dar a conocer al Hijo de Dios y manifestar la alegría de sabernos y sentirnos amados por Él. Desde esta experiencia renovada podremos reor-

denar nuestra apagada sociedad a la luz del Evangelio, anteponiendo el perdón al odio, la generosidad al individualismo, la igualdad a la explotación y el abuso. Para ello, los jóvenes debemos y tenemos mucho que decir. Somos nosotros los que representamos la nueva esperanza que debe reflejarse sin desviaciones en un nuevo discipulado capaz de cambiar el rostro de la Iglesia para que aquellos que viven desalentados y sin alegría puedan reconocer y acercarse al Dios que salva. Otra vez Benedicto XVI nos alienta en este camino: “Vosotros mismos sois el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Llevad el fuego intacto de vuestro amor a esta Iglesia cada vez que los hombres hayan ensombrecido su rostro. (…) Cuando Israel se encontraba en el momento más oscuro de su historia, para socorrerlo Dios no llamó a los grandes y a las personas estimadas, sino a un joven de nombre Jeremías” (Prólogo al Youcat). Debemos aportar cosas nuevas, sin miedo y con ilusión, para un cambio estructural y una renovación social orientada y asentada sobre los valores del Evangelio. Termino con las palabras del beato Juan Pablo II a los jóvenes españoles, en su visita a Madrid en 1982, que bien podrían ser pronunciadas hoy mismo: “La juventud de un país rico de fe, de inteligencia, de heroísmo, de arte, de valores humanos, de grandes empresas humanas y religiosas, ¿querrá vivir el presente abierta a la esperanza cristiana y con responsable visión del futuro?” Más de 30 años después, ¿cuál es nuestra respuesta?

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Reflexiones en el año de la Fe…
José Ruiz Quesada

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ensando un artículo para la Revista de la Buena Muerte, me indica el Vocal de Formación y encargado de ella, que los temas en este año serán de tipo monográfico y dedicados a la Fe, por ser el año que se conmemora la Fe. Por tal motivo voy a escribir unas reflexiones de la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica, nos enseña lo que es la Fe y también encontramos que este Catecismo, que la Fe es una de las tres Virtudes Teologales de la Iglesia. El Año de la Fe “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Porta Fidei, 6). Se inicia el 11 de octubre de 2012 y terminará el 24 de noviembre de 2013. El 11 de octubre coinciden dos aniversarios: el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. La clausura, el 24 de noviembre, será la solemnidad de Cristo Rey. Como hemos referido la Fe es una de las tres “Virtudes Teologales” : Fe, Esperanza y Caridad. La Fe es una virtud que tienen los hombres que creen en la Palabra de Jesucristo. El Catecismo dice de la Fe: “La Fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos ha enseñado y nos propone”.
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Rebuscando escritos de teólogos sobre la Fe, he encontrado uno de Esteban Fresno, también he buscado lo que nos dice el Papa Benedicto XVI en su Carta Pastoral “Porta Fidei” (la Puerta de la Fe), que paso a continuación a describir. no: Nos dice el referido Esteban Fres-

… “Se trata de fe divina cuando es Dios a quien se cree. Se trata de fe humana cuando se cree a un ser humano. Hay lugar para ambos tipos de fe (divina y humana) pero en diferente grado. A Dios le debemos fe absoluta porque Él tiene absoluto conocimiento y es absolutamente veraz. La fe, más que creer en algo que no vemos es creer en alguien que nos ha hablado. La fe divina es una virtud teologal y procede de un don de Dios que nos capacita para reconocer que es Dios quien habla y enseña en las Sagradas Escrituras y en la Iglesia. Quien tiene fe sabe que por encima de toda duda y preocupaciones de este mundo las enseñanzas de la fe son las enseñanzas de Dios y por lo tanto son ciertas y buenas. El cristiano tiene el deber de dar testimonio de su fe, como se afirma frecuentemente en el Nuevo Testamento: “el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre” (Mt 10,v.32; cfr. Lc 9,v.6; Rom 10,v.10). La Iglesia siempre lo consideró un deber, y los mártires (testigos) son demostración palpable de ese convencimiento.

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Pecados contra la fe Al cristiano nunca le es lícita la negación de la propia fe, ni directamente, por palabras, signos, gestos, escritos, ni indirectamente, por aquellas acciones que, sin indicar en sí mismas oposición a la fe, sin embargo, por las circunstancias en que se realizan, podrían interpretarse así; esto ocurre también cuando un creyente niega con su conducta práctica la verdad en la que cree, o cuando con sus acciones (indiferencia, pecados personales) está negando la fe que dice profesar. Doctrinalmente, el problema fue resuelto por el Concilio Vaticano I, que afirma que “los que han recibido la fe bajo el Magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa para cambiar o poner en duda esa misma fe” (DzSch 3013; 3036). Los teólogos posteriores al Concilio interpretaron el texto unánimemente así: No existe causa objetivamente justa, ni subjetivamente justa, es decir, no hay motivo justo para la persona, que le lleve a abandonar la fe sin pecado. Los pecados contra la virtud de la fe son de forma y gravedad diversa, y se han dado diversas clasificaciones. Se puede pecar contra la obligación de creer (infidelidad, apostasía), contra la obligación de confesar la fe (ocultación, negación de la fe), contra la obligación de acrecentarla (ignorancia religiosa) y de preservarla de los peligros. También puede pecarse por omisión (por no cumplir el deber de confesarla externamente, por ignorancia de las verdades que deben creerse) y por actos contrarios a esa virtud (pecados de comisión); éstos pueden ser por exceso y por defecto.”…. Y ahora a continuación, expongo algunos puntos de un resumen de su Carta

Pastoral sobre la Fe de nuestro Santo Padre Benedicto XVI. Resumen de la carta Apostólica PORTA FIDEI de Benedicto XVI. …“No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 1316). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación. II: Vigencia y valor del Concilio Vaticano

Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida.

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pre:

La necesidad de la fe ayer, hoy y siem-

Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en la espera del retorno glorioso del Señor. La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica: Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos

fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica”… Como podemos ver la Fe es un principio básico en el cristiano de a pié, sin Fe, éste pierde toda esperanza de vida eterna. La Resurrección de Cristo es el cúlmen de nuestras creencias, sin creer en la resurrección, la vida no tendría sentido. En nuestra Cofradía de la Buena Muerte hay una simbiosis de la Fe y la pertenencia a ella, el significado del Título de la Cofradía emana efluvios de Fe, en la Muerte y en la Resurrección de Cristo Jesús. Hoy la Buena Muerte es una realidad pujante en la Semana Santa de Úbeda. Es una catequesis plástica de religiosidad, de esperanza y de vida en Cristo Muerto y Resucitado. Hemos escuchado que la Fe mueve montañas y efectivamente con Fe todo se puede alcanzar. Sólo hay que pedir a Cristo con Fe y Él nos escuchará y nos atenderá…

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Octava Meditación sobre las Siete Palabras de Cristo en la Cruz 2013
Fr. Francisco Víctor López Fernández OCD Director Espiritual

1. “Padre, perdónalos” “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34) Señor, queremos perdonar como tú; hasta en el último momento de nuestra vida. Posiblemente la propia vida es la escuela del perdón. ¡Quién más maestro que tú, en esta carrera y asignatura del perdón! Quizás tengamos que aprender de raíz que a perdonar se aprende perdonando. Por eso, ¡cómo no clavar los ojos en ti!, en ese momento único, trágico y ejemplar donde sigues amando con el perdón. Has comenzado tu oración con la primera de las “siete palabras”, diciendo: “Padre”. Casi podría ser lo más fácil y agradable y, también, sensual y vital, llenándonos de tu paternidad. Pero, ¿podremos llamarte “Padre” si no perdonamos?. ¿Y si no lo hacemos de corazón? Miedo me da perdonar de boquilla o de “mentirijilla”, como niños sin formación o inconscientes, carentes de hombría. Siempre en el perdón hay una regla que la has puesto Tú, mi Cristo de la
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Buena Muerte: la de excusar al hermano, al otro, al que nos ofende. Mientras no excusemos sino que acusemos, no podremos perdonar de corazón. Gracias, Señor, por tu perdón. Que yo aprenda y perdone desde las entrañas de mi corazón. 2. “Conmigo en el paraíso” “ Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43) Somos peregrinos en esta vida, caminantes hacia la Jerusalén celeste. Largo es el camino, o al menos como Dios quiere que sea. Es Él el autor de esta obra, llamada vida, que desarrollamos y caminamos. Estar seguros de ir al paraíso no nos es posible en esta vida. Es la Iglesia la que se tiene que pronunciar sobre el particular. Nosotros lo que sí podemos hacer es mirar siempre a Cristo, como el buen ladrón, o el ladrón arrepentido. Así, sí. Con ese norte de los ojos fijos en Él, como nos dicen los místicos de la Familia del Carmelo, se puede terminar en lo más alto. Gracias a que Él nos atrae desde la

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cruz como nos anunció: Cuando yo sea elevado en alto atraeré a todos hacia mí. Y en este caminar, siempre es tiempo de no parar. Y la prueba: el buen ladrón, que nos gusta llamarlo: “San Dimas”. Hasta en el último momento de expiración en el recorrido de la vida es tiempo de mirarte a ti, que es mirarnos por dentro, y decirte: me he equivocado, perdóname. Derrama tu misericordia infinita sobre mi. Perdón, Señor, mi Cristo de la Buena Muerte. 3. “Mujer-Madre-Hijo” “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” ( Jn 19, 26-27) Esta mujer, la que está al pie del árbol de la cruz nos recuerda a aquella primera mujer junto al árbol del Paraíso Terrenal. Eva es: mujer, madre, única, llena de vida. Sin embargo: la misión es distinta. María nos engendra con su Hijo, Dios, en la vida de la gracia, de lo sobrenatural, con hambre de vida eterna. Y esta mujer, la Virgen María, la Madre de Jesús, es la misma que su Hijo quiere que nosotros la tengamos por Madre. Su amor de hijo no le permite dejarnos sin ese amor maternal aquí en la tierra. Y nos da su amor filial, para que seamos dignos hijos de tan buena y tierna madre, firmes siempre ante la voluntad de Dios. Qué bueno, Señor, que nos has dado a tu Madre. Mejor, qué bueno si somos verdaderos hijos, y así, tal cuales, somos reconocidos por ella. Ese amor filial se

conoce por los frutos. Por eso, Cristo de la Buena Muerte: que haya en mi vida siempre frutos de buen hijo ante tan buena Madre. do?” 4. “¿Por qué me has abandona-

“ Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: ‘¡Elí, Elí! lemá sabaktaní’, esto es: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46) Es la oración del angustiado, de quien vive en la noche, en la más horrenda noche, la noche oscura. Sin ánimo, casi sin aliciente, ni hálito de vida. Sin embargo, desde lo más hondo, recóndito y arrinconado surge la oración hecha grito de miedo, con ansias de luz y de vida. Es la oración de nuestro buen amigo Jesús. ¿Está nuestro buen Jesús desesperado? Todo orante se encuentra ante el otro, ante Dios. Es la puerta de su salvación, la fuerza de su esperanza, la luz que le guía en la oscuridad; que barrunta: ¡hay salida! Sí es el camino de Dios que enseña a despojarse hasta de la propia existencia, como colgado en el aire, sin ser sostenido por nadie. Existe la esperanza. Se puede decir, desde la vida de nuestro Cristo de la Buena Muerte, hasta en el peor de los momentos u ofuscación de la vida: “El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación”. El Señor Dios es mi esperanza. Las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad son la mejor inyección para superar la angustia y seguir confiando en Dios, contra toda desesperación.

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Gracias, Señor, por tu oración angustiosa; con ella estoy dispuesto a luchar contra todo tenebrismo en el devenir de la vida. 5. “Tengo sed” Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed” ( Jn 19, 28) Señor, ¿de qué sed se trata?. No puede ser de agua. Tú eres el agua viva. El agua que sacia para la vida eterna. Tú eres el pozo, la fuente, el manantial, la roca del agua viva, los mismísimos “ríos sonorosos”. Tú eres el agua que fecunda y empapa la tierra. ¿Acaso, pides un poco de agua desde la cruz? Quizás tu sed, Señor, mi buen Jesús de la Buena Muerte, es la misma sed de siempre, acentuada en el momento de tu glorificación: *La conversión de los pecadores, *la rectitud de corazón, *el retorno a los brazos del Padre, *la construcción de la paz, *el buen hacer de la justicia abortando la corrupción, *la defensa de la vida ante la minusvaloración de la existencia, *la protección de la dignidad de la persona ante los abusos que no cesan, *el reconocimiento de la mujer en el mundo de hoy, *la libertad de la persona en la libre elección de su vocación… en definitiva, Jesús, *sed de Dios, de camino, verdad y vida que llevan al Padre. Pareces un fracasado. Sin embargo, tu amor a Dios, tu amor por el mundo

es tu triunfo, tu gloria por quien das la vida. Gracias, Maestro, por tu sed y tu generosidad al darte. 6. “Cumplido” Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. [E inclinando la cabeza, entregó el espíritu]( Jn 19, 29-30) No te ha faltado nada por hacer. Eres como un espejo de adivinar. En ti hallamos toda respuesta a nuestras inquietudes e interrogantes. Si no nos sabemos conducir es porque no nos miramos en ti. El más mínimo detalle de la Sagrada Escritura se encuentra hecho realidad en tu vida. Con razón puedes decir al Padre, en diálogo íntimo y oracional: “Todo está cumplido”. ¿Tengo derecho a quejarme de que siempre hago yo todas las cosas? ¿Siempre me toca a mi arrimar el hombro? ¿Puedo dejar el trabajo, sin terminar, porque estoy cansado? ¡Qué buena enseñanza práctica desde la cátedra de la cruz!. Nuevamente te revelas maestro del saber y del obrar, afirmando: “Todo está cumplido”. Gracias, Cristo de la Buena Muerte, por dejarme comenzar de nuevo para trabajar en tu Iglesia desde mi lugar de cofrade y cristiano. 7. “En tus manos” “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46) Hasta en el último hálito de vida nos has hecho bien al darnos tu espíritu. Sí,

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tu espíritu. No has querido quedarte con él, ni que vaya contigo a la tumba. Has preferido entregárnoslo para que tengamos vida y vida en abundancia. Ese mismo espíritu, que nos capacita para ser llamados hijos de Dios es el que conduce a tu Iglesia, que continuamente trabaja en ella, sin cansarse, llevándola a la verdad plena. ¿Podríamos vivir sin tu espíritu? ¿Te podrías haber quedado con él y dejarnos sin esa fuerza que nos llena de vida?

Tu espíritu, Cristo de la Buena Muerte, nos llena, nos colma y nos inunda de dones. Dones que se traducen en servicios para el bien propio y de la comunidad eclesial. Es imposible, Señor mío, poseer tu espíritu y no expresarlo con ese gesto servicial lavando los pies a los hermanos y amándolos sin cesar, mientras llega el momento inesperado de romper “la tela deste dulce encuentro”.

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