La escritura y la muerte

La escritura es una forma de morir, una desaparición de lo viviente en una
huella, una constitución de lo invisible para lo visible. Escribir es un acto
mortal. No hay más certidumbre de lo pasajero y de lo finito que la escritura.
Como ya ha visto, incluso la escritura, ha dado muerte al padre, al rey, al bien,
al ìo¸oo. Luego, es portadora de la muerte desde su presentación ante el padre
como obsequio del mago.

De otro lado, el dejar ausentar el habla de viva voz, se produce esa sensación
de no presencia, como si un espíritu inexistente se escondiera en la escritura
para hechizar y hacer creer que el autor aún está vivo. La escritura, de otro lado,
inventa la distancia, la ausencia; toda ausencia es inexistencia, y la inexistencia
es la evidencia de la muerte. Pero también, al alejarse de la verdad, difiere el
tiempo y el espacio, es decir, crea la diferancia. Demora que la muerte aprovecha
para que su advenimiento en la escritura sea inminente. Voz tras voz va
perdiendo autenticidad, lectura tras lectura, mayor vacío, blanco de conciencia,
de sujeto, de vida, en el sentido metafísico de la palabra:

“Una repetición de verdad ( oìctcio) que muestra y presenta al ciooo ; y una repetición de
muerte y olvido (ìctc) que vela y desvía porque no presenta al ciooo, sino que re - presenta la
presentación, repite la repetición”. Ds. P. 204.

Ese blanco se hace repetición que la escritura puede realizar
innumerablemente. Cada repetición, cada lectura, cada letra reproducida,
desvía, aleja de la verdad. Es lo que la oculta, para que no pueda aparecer en su
originariedad. La escritura repite lo que ya no es, porque su distancia temporal
y espacial ha aumentado a medida que reproduce algún modelo, alguna visión
del autor. No hay ni autor ni contenido por efectos de la escritura, sólo
repetición superflua y engañadora.

De nuevo, desde la deconstrucción, que es una visión que mira desde otra
región el problema, se muestra que la escritura es infinita, precisamente por esa
posibilidad de repetición. Hace provenir de un no - origen, en una marca
sensible, lo ausente. Aquí también se pierde esa distancia entre literatura y
escritura. El que firma una obra es un mentiroso, un abusivo, un violentador,
que irrumpe en el sentido para multiplicarlo.

El escritor enmascara, disimula la muerte. El escritor es el filósofo hijo, que
abandona a su padre, la filosofía. El filósofo como escritor es el anunciador de la
muerte. Deviene la muerte. Se aleja de la verdad en un proceso de
enmascaramiento. El dialéctico, en cambio, es el que protege y resguarda la
esencia universal y eterna del ciooo, destierra al escritor filósofo, a Zot, y lo
envía al exilio.

¿Que seguridad me puede brindar el embaucador, el hechicero de la
escritura, el poeta que abandona lo memorable y lo que perdura y se inventa el
juego de las palabras en una marca escrita, física, corporal y que hace que
parezca verdadero lo metafórico?. Sólo merece ser llamado mercader la muerte.
Un subversivo que adorna lo mortal para que parezca inmortal, por eso la
apariencia del poema o de la escritura es lo que enuncia que algo está ahí
siempre, en apariencia, pero si se va al fondo, al contenido de lo que se enuncia,
no se encuentra nada, porque ya todo esta desvencijado, borrado por la
repetición de la escritura, cada vez que ella quiere reproducirlo. Porque la
escritura puede repetir sin fin lo mismo y hacerle perder consistencia y
originariedad a aquello que ha imitado, porque sólo sirve, como la pintura o la
poesía, para imitar, nunca para mostrar el modelo mismo, porque eso sólo lo
hace el pensamiento dialéctico, que tiene la visión racional de la ideas en el
qitcµuµovoo.

“La magia de la escritura y de la pintura es, pues, la de un afeite que disimula la muerte bajo
la apariencia de lo vivo. El fármacon presenta y oculta a la muerte. Da buen aspecto al cadáver,
lo enmascara y pinta. Lo perfuma con su esencia, como dice Esquilo. El fármacon designa
también al perfume. Perfume sin esencia, como antes decíamos droga sin sustancia. Transforma
el orden en atavío, el cosmos en cosmética. La muerte, la máscara, el afeite, es la fiesta que
subvierte el orden de la ciudad, tal como debería ser regulado por el dialéctico y por la ciencia del
ser. Platón, ya lo veremos, no tardará en identificar la escritura y la fiesta. Y el juego. Cierta
fiesta y cierto juego”. Ds. P. 215.

Un juego desconcertante es lo resulta de lo que repite la escritura. Una fiesta
dionisiaca que se aparta de la rectitud racional luminosa de lo apolíneo. La
escritura vela el ser, lo oculta para que el espectador no lo vea y sólo tenga
impresiones de que lo verdadero está ante sus ojos. La escritura es la
decadencia de la razón, la máscara de la muerte, por lo tanto, hay que ejercer
una presión metafísica para que sea ignorada.

Así se consolidó desde la racionalidad antigua el destierro de la escritura.
Los filósofos modernos colaboraron de una forma más aguda en el olvido de la
escritura. Desde Platón hasta Hegel, desde el punto de vista filosófico, y
pasando por Russeau hasta Saussure, desde el punto de vista de la lingüística,
la escritura se convirtió en una simple señal sin importancia para el sentido y
las ideas. Estos dos recorridos en el pensamiento de Occidente han puesto a la
escritura en una posición de desventaja que ha limitado sus posibilidades
creadoras de sentido y de la posibilidades para lo que pueda ser pensado.

De otro lado, la escritura en la Edad Media sigue siendo tratada con
menosprecio. A pesar de que se habla de una escritura sagrada, esta condición,
jerárquicamente, se impone sobre la escritura no sagrada. Por lo tanto, ésta
escritura sensible tiene connotaciones negativas porque aproxima la muerte,
mientras que la escritura sagrada despeja el lugar de la eternidad. La escritura
humana semeja la naturaleza de lo divino, pero depende de la conciencia
interior, es expresión de lo subjetivo y se define por la adecuación a esa
expresión. Además ha de reflejar la perfección expresiva de la Escritura Divina.
El Verbo de la eternidad se ha hecho carne, pero carne que retorna a la
eternidad en el momento de la muerte, que es una muerte sin máscara; el verbo
humano no logra recuperar el estado de la eternidad, sólo presenta su
condición mortal en sus rasgos y sus signos y está condenado a la destrucción
del cuerpo en la tierra. El lenguaje humano tiene que reconocer esa exterioridad
y evanescencia de la escritura y no dejar que contagie de corporalidad al sujeto
que habla.

Para la deconstrucción la escritura es metáfora de lo divino, es decir, habla
divina que se despliega en el signo, hace que su lenguaje sea un texto. Como
metáfora, no requiere de fundamentación teológica, es mero juego de
diferencias. De esta manera, deconstruye la teología cerrada del Libro Divino, y
genera una posibilidad para el habla desde la ilusión, un dios de lenguaje
ficticio que juega a la diferencia. La visión medieval del dios creador, para la
deconstrucción, es sólo una metáfora. Y toda metáfora es ficción, cambio de
sentido, distorsión de la mirada.

“En un sentido corriente la escritura es letra muerta. Ahoga la vida. Por otra parte, sobre la
otra faz del mismo intento, la escritura en un sentido metafórico, la escritura natural divina y
viviente, es venerada ; es igual en dignidad al origen del valor, a la voz de la conciencia como
ley divina, al corazón, al sentimiento, etc.”. Gr. P . 24.

Comienza una nueva connotación de la escritura, que desde la gramatología
hace pensar en algunos textos del libro Márgenes de la filosofía como Firma,
acontecimiento, contexto, y en el libro La Escritura y la diferencia en los
textos :Freud y la escena de la escritura, Fuerza y significación, La palabra soplada, y
también en el libro Memorias para Paul de Man. Se trata de exponer como la
escritura, en efecto, difiere la muerte. Espacia la muerte, demora el tiempo para
que surja el instante que no es para la presencia de un sujeto, sino, al contrario,
para un trayecto de la finitud. Más allá dela crítica heideggeriana al concepto
metafísico del tiempo, en el despliegue del ser en la temporalidad de Dasein,
Derrida propone que no es en el Dasein, en el ser ahí, en el ser del ser humano,
donde el ser predominantemente se despliega, sino que es la escritura el tejido
donde sucede la exposición de la temporalidad y la finitud. Es indiferente para
el autor del escrito su presencia permanente en su escritura, es ésta la
confirmación de su muerte, su no estar ahí. Por eso la afirmación :”Todo grafema
es de esencia testamentaria” :
“Ahora bien, el espaciamiento como escritura es el devenir - ausente y el devenir -
inconsciente del sujeto...Este devenir - o esta deriva - no le sucede al sujeto que lo elegiría o que
se dejaría llevar pasivamente por él. Como relación del sujeto con su muerte, dicho devenir es la
constitución de la subjetividad. En todos los niveles de organización de la vida, vale decir de la
economía de la muerte. Todo grafema es de esencia testamentaria. Y la ausencia original del
sujeto de la escritura es también la de la cosa o del referente”. Gr. P. 89.
En el texto Ousia y gramme, en el libro Márgenes de la filosofía, de algún modo
la escritura da muerte a la teología, a la ontología y a la dialéctica. Sobrepasa el
límite del fundamento y asume la nada como su propiedad. Es una superación
de las condiciones imperantes en el pensamiento metafísico. Sin buscar
principios, categorías o conceptos, la escritura es un ejercicio de nihilización,
pero no una simple rebeldía que se opone con otros principios, otras categorías
y otros conceptos a lo pensado hasta ahora. Más bien, es un situarse en el
intermedio, en el entre, en límite, como se verá en el capítulo final.

La escritura rompe la secuencia espacio temporal, el movimiento progresivo
que va de lo simple a lo complejo, del punto al cuerpo geométrico. Ha sido
precisamente esa lógica de la continuidad y del progreso la que ha causado la
crisis y la ruptura del pensamiento con la realidad. Se necesita escribir de otra
manera. Deshacer ese camino, buscar diversas formas de construcción
decentrada, que no busquen la fundamentalidad de lo lógico y lo metafísico.
Unas verdades transitorias que desestabilicen la única verdad de lo presente
eternamente. Se destroza el concepto de historicidad, de continuidad y se
propone una historia sin historicidad pero en movimiento, una disposición de
eventos que se dejan leer, unas conjeturas que avisan sobre el destino, unas
historias que se perspectivizan, se relativizan, se difieren. Una especie de
regionalización con contexto propio, pero no perdurable, sino que depende del
tejido que se arme en la contemporaneidad y la simultaneidad en que sucede y
donde sucede, es decir, un enriquecimiento proyectado de la infinitud y la
diversidad: la historia, que a su vez, se escribe en los signos de lo fugitivo y lo
eventual, es como otra forma de la muerte que porta la escritura.
“ Una diferencia semejante nos haría ya pensar en una escritura sin presencia y sin
ausencia, sin historia, sin causa, sin oµkqc, sin telos, una escritura que descompone
absolutamente toda dialéctica, toda teología, toda teleología, toda ontología. Una escritura que
excede todo lo que la historia de la metafísica ha comprendido en la forma de la ¸µoµµc
aristotélica, en su punto en su línea, en su círculo, en su tiempo y en su espacio”. MF. P. 102.

En otro desarrollo de esta misma problemática, Memorias para Paul de Man es
un libro que está en íntima comunión con la muerte. Son unos textos escritos en
memoria de quien se ha ido. Aquí el sentido de la escritura muestra otros
matices. El discurso en la memoria del ausente, quien ya no vive, deja aparecer
a la escritura como la única posibilidad que directamente presenta la muerte a
la luz del lector. Una memoria que descubre el amigo que no está. Parece un
efecto contradictorio, el lector siente la presencia del ausente sin que quien no
esté se coloque ante quien escucha el discurso, que hace aparecer la nada, el
blanco, lo perdido. El discurso atraviesa lo sensible y lo inteligible, desvanece
sus oposiciones, el escrito que rememora al muerto borra la diferencia para que
la diferencia entre el estar vivo y el estar muerto se entrecrucen.

Y las posibles lecturas, repetidas indefinidamente, son más peligrosas para la
deconstrucción de la presencia. A pesar del tiempo y del espacio, la no
presencia, puede retornar a la memoria cuando se lee de nuevo el discurso. La
escritura hace perdurar lo muerto, la nada. La condena de Platón a la escritura
es motivada, precisamente, por esta burla a lo serio de la presencia. El muerto
desaparece en la eternidad, la escritura, en cambio, lo revive como un sacrilegio
para el qitcµuµovoo. La escritura pone en evidencia que la nada es, y esto era
lo que el ìo¸oo no podía tolerar, que la nada es negación, ausencia, vacío. No es
posible que el muerto, quien ha llegado a la nada, a la ausencia total, vuelva a
rememorarse cuando se lee de nuevo el discurso que escribió cuando estaba
vivo. La escritura desafía la eternidad ideal, hace perdurar lo no perdurable, lo
corpóreo, se pone en contra de la mortalidad exterior y material de quien ha
vivido el mundo sensible. Impide la purificación del alma, y por supuesto, la
reencarnación, porque, de cierto modo, detiene aquí al muerto cada vez que
quiere. Paul de Man regresa cada vez que un lector toma el libro Memorias para
Paul de Man. Ese es el juego de la escritura.

De nuevo el encuentro decisivo entre escritura y literatura. Una proximidad
que va por encima de la dicotomía metafísica. Se escribe siempre en memoria
de la muerte para, en cada instante, hacer venir a la muerte para que hable a la
memoria. La literatura trae la nada, la ficción, lo que ya no es. Esto, en términos
de ontoteología, es imposible porque la literatura es mero simulacro, ficción de
ficción, reflejo de reflejo, deformación de lo inteligible:

“ Por ejemplo, reafirmamos nuestra fidelidad al amigo ausente al actuar en cierto modo en
memoria de ël, o al dedicar un discurso a su memoria. En cada oportunidad, sabemos que
nuestro amigo se ha ido para siempre, que está irremediablemente ausente, anulado, al extremo
de no saber nada ni recibir nada de lo que ocurre en su memoria. En esta aterradora lucidez, a la
luz de esta flama incineradora donde aparece la nada, permanecemos en la incredulidad misma”.
MPM. P. 34.

La escritura no se interesa por la verdad, por el contrario, presenta,
eventualmente, la huella de quien ha muerto. Reconstituye el duelo, no la
verdad del duelo. El duelo queda en la memoria, se interioriza después de que
alguien ha partido. Es la interiorización de la presencia. Surgen las lágrimas
para evocar lo que quedó en nosotros de quien ha partido, la memoria evoca los
momentos vividos, las acciones realizadas, las palabras emitidas. El alma de
quien rememora al muerto se llena de la existencia del otro y nos causa estados
de tristeza.

Esta rememoración es duelo, la escritura traza el modo como han quedado
en el interior las voces del desaparecido. De nuevo nos encontramos ante ese
desafío de la escritura porque trae desde lo exterior, el otro ausente, hasta el
interior, quien está en duelo por el otro externo; trae la presencia de quien ya no
está , engaña al dolido para que crea que hay aún presencia. Entonces, la forma
de realizar este acto del rememorar es mediante la escritura, que es la huella
que quedó antes de que desapareciera el escritor. Pero la situación es compleja,
lo que más enseña no es la muerte, es la huella previa que ha quedado, la
escritura, esa figura exterior, material, que se atreve a volver a presentar la
inexistencia. Queda, entonces, no la verdad de la existencia de un ser humano,
sino la escritura de éste. Esto contradice todo el platonismo porque muestra que
lo eterno no son las ideas de las que participó el mortal cuando vivía, sino las
huellas que marcó de esas ideas, de las cuales no se puede asegurar si existen o
no, la escritura introduce la ambigüedad. ¿ Qué existe en verdad, la idealidad o
la materia?. Si la materia, que es efímera, recuerda las ideas, la vida y la
existencia del ausente, ¿qué es lo verdadero?, ¿ La eternidad o la escritura? :
“Al hacerlo también niegan, paradójicamente, la verdad del duelo, que consiste en una cierta
retoricidad: la memoria alegórica que constituye cualquier huella (trace) como siendo siempre
huella del otro. No sé si la muerte nos enseña algo, pero esto es lo que pone a nuestra
consideración la experiencia del duelo, que comienza con la „primera‟ huella, es decir, „antes‟ de
la percepción, en la víspera del sentido, sin dejar ocasión para un inocente deseo de verdad”.
MPM. P. 42.
Es la huella de la finitud, la evidencia de que un mortal estuvo en este
mundo, lo que nos hace meditar en su muerte. La huella más expresiva del otro
que ha muerto es la firma. Mirar y leer la firma nos trae a la presencia la finitud,
no la eternidad. Dice que alguien vivió y ya no está aquí, no que alguien murió
y ahora vive en la eternidad. Esta amenaza para la eternidad es un trazo vivo
para el ojo que recorre la marca de la firma.

Irónicamente la firma se proyecta hacia el futuro de quien firma cuando esté
muerto porque puede dar testimonio de que fue efímero. Esta firma reemplaza
al otro en la muerte, penetra en la memoria y hace sentir la melancolía de la
ausencia. Igualmente hace consciente a quien lee esta firma de que su
mortalidad está ahí, sólo con el hecho de mirar el trazo de la firma de quien ha
muerto y ha sido su amigo.

La firma es sólo un leve testimonio de la finitud, la escritura es esa muestra
de que sólo se escribe porque se es mortal. Y el efecto se sigue repitiendo
incesantemente cada vez que se lea la firma o los trazos escritos de quien ha
muerto. Para la deconstrucción el acontecimiento de la firma como huella de la
muerte permite ahondar en los significados de la escritura que van más allá del
tratamiento despectivo que siempre ha tenido. La escritura es ahora una
posibilidad de conjurar el desafío de la presencia. Cuando ello ocurre se rompe
el cerramiento de la metafísica, esa separación esquizoide entre la muerte y la
vida, la finitud y la infinitud, lo sensible y lo inteligible.

De otro lado, la firma de quien ha muerto causa un efecto de diferencia
porque abre la memoria interior para el reconocimiento de la memoria exterior,
es decir, difiere mi memoria para que reconozca la del otro, justo la de quien ya
ha muerto. Porque esa diferencia entre mi existencia y la inexistencia del otro
me inscribe en mi mortalidad misma, la diferencia me une en la finitud al otro.
Esto es imposible en una lógica metafísica que separa radicalmente la finitud o
la mortalidad de la infinitud. Allí no es posible ese doble juego, en cambio,
desde la firma que me hace rememorar a quien ha muerto, se produce un
estado ambiguo de que soy mortal e inmortal porque he leído lo efímero de la
huella. ¿ Cómo es posible que en el reconocimiento de la muerte del otro
encuentre mi mortalidad en su firma y en su huella escrita, y me sienta triste
por esa condición, y a pesar de ello mi memoria siga viva y dispuesta a volver a
leer cuantas veces quiera su firma o su escritura? :
“No, esta finitud solo puede cobrar esa forma mediante el vestigio el otro en nosotros, la
irreductible precedencia del otro ; en otras palabras, simplemente la huella (trace) , que es
siempre la huella del otro, la finitud de la memoria, y así el abordaje o remembranza del
futuro...La verdad del duelo del otro, pero del otro que siempre habla en mí ante mí, que
firma(signa) en mi lugar, el hipograma o epitafio siendo siempre el otro, y para el otro. Lo cual
también significa : en (el) lugar del otro”. MPM. P. 40.
De otro lado, el nombre de quien aún esta vivo, produce también ese estado
de indefinibilidad. El nombre, marca escritural, se impone como índice de la
muerte y de la vida. Identifica a quien lo porta, pero a su vez anuncia que
puede morir en cualquier momento y que sobrevivirá no su cuerpo pero sí su
nombre. El nombre indica que el portador está ahí, lo diferencia del otro, le da
una situación, un contexto y unas circunstancias de existencia inconfundibles,
es decir, lo particulariza, pero también, cada vez que su nombre es pronunciado
o escrito en el papel, va mostrando que se traza esta firma, con este nombre
específico para que cuando esté ausente o esté muerto pueda evocarse con
precisión y particularidad. Y esta forma de evocación también es una forma de
universalizar la existencia de quien porta el nombre, porque lo hace mortal, le
permite reconocer la presencia de la muerte, la inevitabilidad de lo finito como
su propia condición.

El trazo de la firma, como forma particular de la escritura, es una condena a
la vida y a la muerte. Ese juego poco serio coloca al portador del nombre en el
abismo, en la inseguridad de lo vivido. Una diferencia considerable con el
soporte sustancial que da la metafísica, su quietismo y estabilidad, que ocurre
tanto en la vida como en la muerte. El vivo tiene la esperanza de la vida eterna
y el muerto prolonga su vida en la eternidad. Son dos mundos ajenos entre sí,
sin movimiento, sin transformación, un adormecimiento del ser humano
metafísico, que estable y expectante, experimenta su propia decadencia
esperanzado en lo que viene después de la muerte.

Mientras tanto el deconstructor, asombrado por su finitud, se inquieta en una
dinámica instantánea que lo obliga a construir su destino en medio del limite
de su nombre, en el abismo de su mortalidad, indicada por su propio nombre, y
la inmortalidad de la marca que puede repetirse después de que muera como
escritura diferida:
“Al invocar o nombrar a alguien cuando está vivo, sabemos que su nombre lo puede
sobrevivir y ya lo sobrevive ; el nombre comienza a acompañarlo en vida, diciendo y portando
su muerte cada vez que se lo pronuncia al nombrarlo o invocarlo, cada vez que se lo inscribe en
una lista, en un registro civil o una „firma‟ o signatura( signature)”. MPM. P. 61.
También en el texto Firma, acontecimiento, contexto, del libro Márgenes de la
filosofía, se amplia el sentido de la escritura, y de igual manera se muestra la
relación con la muerte y la ausencia. La escritura dispone de la lejanía. El envío
de la escritura para ser leída requiere de que se sobrepase y se supere la
frontera de la muerte. Una condición que hace posible que suceda así es que la
escritura es reiterable, es decir, legible repetitivamente. Sin destinatario se
puede volver a leer, en el fondo, no se envía a alguien, sino que se le lleva a
cualquier destinatario, y sobrevive en ese espacio de la nada del destinatario,
cuando no hay alguien para quien se destine. Pero es legible indefinidamente.
El lector puede tomar el texto de la escritura y leerlo muchas veces, así se
reescribe lo comunicado. Y es necesario que no esté dirigido a alguien, que su
destinatario quizá esté muerto para que la escritura difiera su propia muerte y
pueda leerse indefinidamente. Este es el peligro que presenta para el
platonismo el desvío que puede generar esta posibilidad de la escritura.

Lo que llama la atención es la manera como la escritura se despliega por el
tejido de lo real superando la mortalidad. A pesar de que los destinatarios estén
muertos, y los lectores desaparezcan, la escritura reserva su decir en la
posteridad de sus posibles lectores. La escritura pierde la precisión de su
destino: dirigida a todos y a ninguno. Soporta la ambigüedad, muy parecida a
la necesaria imprecisión del poema o de la literatura en general.

La escritura, entonces, sucede en un ámbito de lo indefinible, primero, se
veía que la firma perdía, de algún modo, su autor, evidenciaba que había
muerto, ahora, el destinatario necesita morir para que la escritura vuelva a ser
leída. Esta aparente irracionalidad de la escritura se sobrepone a las
limitaciones que la metafísica y la lingüística de Saussure han consolidado.
Aquí, en la deconstrucción la escritura toma otro camino, despeja y disuelve la
dicotomía para crear un juego complejo con el texto y la muerte como lo
expone Derrida:

“Ahí es donde la diferencia como escritura no podría ser ya una modificación (ontológica) de
la presencia. Es preciso si ustedes quieren, que mi „comunicación escrita‟ siga siendo legible a
pesar de la desaparición absoluta de todo destinatario determinado en general para que posea su
función de escritura, es decir, su legibilidad. Es preciso que sea repetible - reiterable - en la
ausencia absoluta del destinatario o del conjunto empíricamente determinable de destinatarios.
Esta iterabilidad...estructura la marca de escritura misma, cualquiera que sea además el tipo de
escritura... Una escritura que no fuese estructuralmente legible - reiterable - más allá de la
muerte del destinatario no sería una escritura”. MF. P. 356.

Seguidamente, después de estas referencias a la relación de la escritura y la
muerte, se continúa con algunas reflexiones en torno a las marcas precisas que
hacen del texto de la escritura un evento deconstructivo. Ahora, Derrida
(Márgenes p. 359) hace una referencia al signo escrito y a sus características, que
permiten vislumbrar el juego de la reiterabilidad y la superación de la
presencia. El signo escrito difiere. Este paso del diferir tiene tres condiciones:

“1. Un signo escrito, en el sentido corriente de esta palabra, es así, una marca que
permanece, que no se agota en el presente de su inscripción...
Un signo escrito no necesita de la presencia para que sea signo. Al contrario,
se da en un estado distinto a la continuidad del tiempo. Es un evento que no
depende de que esté presente lo que está enunciado. Puede evocarlo o
mostrarlo como algo aún no sucedido. En esa destrucción de la continuidad el
signo perdura, puede ser leído en otro tiempo y causa el mismo efecto de la
eventualidad sin presente.

“2. Al mismo tiempo, un signo escrito comporta una fuerza de ruptura con su contexto, es
decir, el conjunto de las presencias que organizan el momento desde su inscripción. Esta fuerza
de ruptura no es un predicado accidental, sino la estructura misma de lo escrito.

En segundo lugar, por el hecho de ser signo escrito tiene la virtud de escapar
de las determinaciones existentes en el momento de producirse. Escribir es
romper con el contexto en el cual se escribió, es retirarse del momento
originario en el que se escribe algo por primera vez. Lo escrito abandona todo el
contexto que lo rodea para poder ubicarse en cualquier espacio y tiempo. Posee
el don de la ubicuidad. Lo escrito ya no pertenece a su poseedor, se abre hacia
el abismo de un lector potencial, preciso, posterior, y, a su vez, se proyecta en la
posibilidad de todos los lectores que estén en disposición de leerlo.

“3.Esta fuerza de ruptura se refiere al espaciamiento que constituye el signo escrito:
espaciamiento que lo separa de los otros elementos de la cadena contextual interna (posibilidad
siempre abierta de ser sacado o ser injertado), pero también de todas las formas de referente
presente...,objetivo o subjetivo”.

Es propio del signo el crear el espaciamiento. Con las condiciones anteriores
puede verse ya que el signo rompe radicalmente con las categorías espacio
temporales metafísicas. Esto hace que el signo escrito se libere de su momento
de producción y también de lectura. No se deja capturar por las categorías
mencionadas. El referente y el significado pierden su carácter de perdurables y
inmóviles porque son llevados por el signo escrito a cualquier tiempo o espacio.
A pesar de que allí sean leídos en contextos específicos y hechos comunicativos
definidos, su naturaleza los hace romper de nuevo con estas determinaciones,
de modo que se desplazan indefinidamente cuantas veces sea posible para ser
leídos de diversas formas. Como la Diffèrance el signo escrito genera el
espaciamiento y la temporización. Se aleja de su origen, de su autor, y comienza
el recorrido incesante que sigue emitiendo significados:

“ Esta posibilidad estructural de ser separado del referente o del significado ( por tanto, de la
comunicación y del contexto) me parece que hace de toda marca, aunque sea oral, un grafema en
general, es decir, como ya hemos visto, la permanencia no - presente de una marca diferencial
separada de su pretendida „producción‟ u origen”. MF. P. ·359

Como se observa, continúa esa relación de la escritura con la muerte. El
desarraigo del origen es la forma de morir del signo escrito, pero es la muerte
que se prolonga en la contextualización de la lectura y de la escritura. En fin,
no es la muerte en el sentido metafísico de la palabra, es la muerte, considerada
más que fin que lleva al lugar de la eternidad. Esta característica de la escritura
recuerda la visión heideggeriana de la finitud. El lenguaje, la historia y el
tiempo son experiencias concretas de la muerte: hay muerte porque hay
historia y hay historia porque hay lenguaje. Pero Heidegger, preso aún del
dominio metafísico, sobre todo en Ser y tiempo, no alcanzó a vislumbrar la
escritura como expresión material de esa temporalidad.

La muerte de la escritura cambia la perspectiva de la muerte metafísica. Para
la deconstrucción es un elemento de la eventualidad que se da en el signo
escrito, en la firma, una muerte humana, aquí en la proximidad, una
experiencia de la finitud íntegra y definitiva porque no es abstracta. La muerte
trágica de la metafísica conduce a una eternidad sin carne, en la condena del
silencio, sin la posibilidad del eco escrito, sin literatura que rememore lo
pasajero, además, está sometida, en el razonamiento de la ontología y la
teología, a una esperanza incierta en otro espacio y en otro tiempo posterior a lo
corporal, mientras que la muerte de la escritura es la experiencia del instante
que determina el juego de las diseminaciones. Para la escritura, ese otro estado
y ese otro tiempo son huellas de la escritura como misterio de lo finito, pero
como decurso infinito y diverso: un signo que supera la muerte en su morir
mismo:

“Por definición, una firma escrita implica la no - presencia actual o empírica del signatario.
Pero, se dirá, señala también y recuerda su haber estado presente en una ahora pasado, que será
todavía un ahora futuro, por tanto una ahora general, en la forma trascendental del
mantenimiento”. MF. P. 370.

La relación de la muerte y la escritura permiten pensar una ambigüedad que
va más allá del pensamiento metafísico. Esta relación genera unas condiciones
que no son susceptibles de definir porque la presencia y ausencia establecen un
juego constante, la verdad y la mentira se entremezclan, la muerte y la vida se
hacen escritura para la repetición y la lectura. Todo lleva a determinar la
importancia de la escritura para la deconstrucción. Es una firma que
inmortaliza la mortalidad, que hace patente que la naturaleza del texto es
perderse en la lectura contextual de los instantes. Esta visión genera distintas
posibilidades para concebir de forma dinámica y estética el evento de la
escritura. Como se verá más adelante, se han roto las fronteras entre literatura y
filosofía. El signo escrito, la firma, el nombre, la ficción son elementos que
muestran el carácter misterioso del oficio de la escritura.

De este modo, la escritura se libera de la presión de la concepción medieval y
moderna de la muerte, su ejercicio es el de la diferencia que marca la ausencia.
Sin duda, el giro derridiano se hace más claro respecto de la escritura. El abismo
del devenir y de la no presencia recorre la escritura. La permanente presencia
que el habla recuerda, en su concepción logofonocentrista, para la escritura es -
no presencia, devenir, dispersión, ausencia.

En síntesis, este es el hilo conductor que nos trae a este punto: En apartado
El fármacon y la escritura se consideró el destierro platónico de la marca exterior
que se escribió en el Fedro; de inmediato surge el problema de la Ausencia del
sentido y la verdad en la que se muestra como la dicotomía platónica anula la
escritura al tratarla como engañosa y desafiante para la verdad; aparece en
seguida la relación con la no - presencia que se expone en el título Presencia y
escritura; queda el vacío y la diferencia que la escritura crea, que es un
alejamiento de la verdad, una dispersión o espaciamiento, este aspecto se trata
en La escritura que difiere el tiempo ; continúa la reflexión deconstructiva sobre la
concepción que elabora de Saussure del signo en el apartado El significante del
significante.; en Platón y la escritura se ha mirado en conjunto la relación de la
deconstrucción y el platonismo, esta diferencia suscita el problema de la finitud
que se analiza en La escritura y la muerte. A través de estas reflexiones se ha
mostrado como Derrida desde la deconstrucción plantea un giro radical sobre el
tratamiento de la escritura. Consiste en destruir su condena para abrirla como
juego de diseminaciones que van a constituir una textualidad nueva que se
libera de todas las consideraciones metafísicas y que hace posible la creación de
un pensamiento dinámico y transformador que supera las limitaciones que la
modernidad ha impuesto. De este modo, la huella de la escritura es la apertura
que inventa la multiplicidad y la simultaneidad de un texto que ya no es
metafísico, este es el aspecto que se tratará a continuación.

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