Lecciones de una tragedia

Pedro Ortiz Bisso Periodista Jueves 2 de mayo del 2013

Además de enlutar a dos familias y sumir en el dolor al país, el trágico accidente del globo aerostático en el sur ha puesto de manifiesto nuevamente las gigantescas e inacabables tenazas de la informalidad, y cómo no solo el Estado o las autoridades locales, sino también los ciudadanos de a pie hacen poco o nada para combatirla. Según la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), Globos Perú S.A.C. era en los hechos una empresa de papel. Solo contaba con permiso para realizar actividades aerodeportivas y de recreación, y carecía de un certificado para llevar a cabo operaciones comerciales. Para obtener este permiso, tendría que haber inscrito la aeronave en la Superintendencia Nacional de Registros Públicos (Sunarp) y someter a evaluación sus equipos y manuales de operación, además de cumplir otros requisitos. Nada de esto hizo. Aunque su representante intentó minimizarlo, resulta inconcebible que el bendito globo no contara con salvavidas para sus pasajeros ni con un GPSo algún otro instrumento que permitiera su rápida localización en caso de que ocurriese un accidente como el del domingo. Era, pues, una empresa informal por donde se la mire, que prestaba servicios sin los requisitos mínimos de seguridad, pese a realizar una actividad en la que estaba en riesgo la vida de sus clientes. ¿Por qué se le permitió operar en esas condiciones? El vicedecano del Colegio de Abogados de Lima, Mario Amoretti, ya ha adelantado que el gerente de la compañía podría recibir una condena de 6 a 20 años de cárcel y que hasta los miembros de la DGAC serían sujetos de sanción por no haber realizado su trabajo, es decir, fiscalizar. Pero Globos Perú no es la única firma que trabaja bajo la apariencia de formalidad en el país, aprovechando la desidia de las autoridades y, he aquí lo más grave, la indiferencia del propio usuario. ¿Acaso al cliente no le toca preocuparse también por que el servicio que va a utilizar cumpla ciertas condiciones que velen, como en este caso, por su propia integridad? Veamos nomás lo que ocurre unos kilómetros más al sur de donde ocurrió el accidente, en Nasca. Allí algunas avionetas que sobrevuelan las líneas son lo más parecido a unas combis aladas. La precaria situación en que trabajan es conocida, pero solo nos acordamos de ella cuando una de esas naves es protagonista de un accidente. Las

promesas han sido múltiples; sin embargo, poco es lo que se ha hecho desde el Estado para obligarlas a mejorar sus prestaciones y desde el usuario para exigirlo. Que no se entiendan estas palabras como una velada forma de restar un ápice de culpabilidad a los propietarios de estas empresas inescrupulosas, ni mucho menos al propio Estado, dueño de una negligencia proverbial por todos conocida. Pero el cliente no puede ser un usuario pasivo, ciego, que arropado en el principio de la buena fe, calla ante la evidencia de una mala práctica y no es capaz de exigir el cumplimiento cabal del servicio que se le ofreció.

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