¿Por qué es fuerte la derecha?

Carlos Meléndez El interés del gobierno de Ollanta Humala en activos de Repsol y su alineamiento con la elección de Nicolás Maduro despertó inclementes críticas en buena parte de la opinión pública peruana. Para algunos se trataba de un giro chavista, una traición a la hoja de ruta y del abandono de la moderación y la responsabilidad en la administración del país. Pronto el gobierno desechó la intención de compra y el propio Maduro se encargó de lavarle la cara a la política exterior peruana, mostrando su intransigencia ante el pedido de nuestra cancillería de tolerancia entre el oficialismo y la oposición venezolanos. Pero lo que quedó demostrado es que el gobierno nacionalista fue arrinconado por una combinación de oposición legislativa, poder mediático y presión empresarial cohesionado por su razonamiento neoliberal. Mientras algunos sueñan una alianza paniagüista (liberales de todo el espectro político), la semana pasada advertimos la firmeza de un sentido común de derecha, sólido por su reflejo antiestatista y antichavista, que terminó uniendo a Fujimoris y Vargas Llosas. Paralelamente, el amague del gobierno se vio huérfano de escuderos de izquierda; ni una sola muestra de apoyo convincente para evitar el apanado. Queda entonces la sensación de que, al menos en el plano económico, la derecha ha ganado la batalla de las ideas en el Perú. El político “antiestablishment” más exitoso de los últimos años (actual inquilino de Palacio) queda atrapado por el piloto automático instalado en la década de 1990. Humala es prisionero de un “pathdependence” neoliberal. Revertir el actual modelo, establecido hace dos décadas, implica elevados costos que el ex radical de izquierda no tiene cómo asumir (sin partido ni aliados estratégicos). Existen tantos poderes de veto pro sistema, que cualquier desvío gubernamental es rectificado, con roche público o sin él. Considero, a manera de hipótesis, que el origen de este camino diestro surgió en la resolución de la crisis histórica de hiperinflación y terrorismo. En medio de apagones, escasez generalizada y coches-bomba, ¿acaso usted imaginó que sólo veinte años después el país tendría el crecimiento actual? Tampoco nos alucinemos un país del Primer Mundo –la desigualdad estructural es patética, el subdesarrollo en las áreas sociales es lamentable--, pero no caben dudas que distamos mucho del desastre de antaño. Esa interpretación se habría impuesto como ideología en nuestras élites y en un sector mayoritario del electorado, ante el desprestigio de la vía alternativa al mercado. Si en la década de 1980, éramos una sociedad políticamente inclinada hacia la izquierda (en 1984, por ejemplo, Alva Orlandini sostenía que Acción Popular era un partido de centroizquierda), hoy estamos en la otra acera.

De hecho, en perspectiva comparada latinoamericana, el Perú es menos estatista que el promedio continental, de acuerdo con un índice de actitudes frente al rol interventor del Estado en la sociedad y en la economía que propone Latin American Public Opinion Project (LAPOP). ¿Cómo entonces será posible enmendar las deficiencias del actual modelo a pesar del fundamentalismo que lo defiende acríticamente? Publicado en El Comercio, 7 de mayo del 2013.

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