JUEVES 9 DE MAYO DEL 2013

EL COMERCIO .A19

OPINIÓN
“Quien quiere a su madre no puede ser malo”. Alfred de Musset (1810-1857), poeta francés

INSTRUMENTO COMO PARTE DEL PROGRESO

RINCÓN DEL AUTOR

Internet, información y cultura
- ERNESTO PINTO-BAZURCO RITTLER Diplomático

L

A las mamás de verdad
PATRICIA DEL RÍO
Periodista

a red ha creado un nuevo comportamiento. Cualquiera puede convertirse, por ejemplo, en Umberto Eco. Como lo advierte el reconocido escritor italiano en un artículo aparecido en este Diario, su nombre fue utilizado por un usuario de la red para enviar opiniones que no son suyas, irradiando así mensajes falsos. Y recibiendo los dirigidos al escritor. En la red hay mucho de ficción y de creatividad intencionada. La palabra ‘cuenta’ que usaba para los depósitos en un banco es ahora también utilizada para una afiliación a una compañía que opera internacionalmente en la red. Otra empresa estimula llamar ‘amigos’ a los suscriptores. Una forma de crear confianza –empleando la cercanía del ‘tú’– que estimula dependencia y fidelidad. A tal punto que junto con la palabra ‘amigos’ ya se incorporó la de ‘seguidores’. Al equipo anónimo de creadores de esta lucrativa maraña posiblemente le interesa de manera especial la entrega ciega del usuario a la red de negocios, a cambio de poder exteriorizarse. El mensaje del usuario o sus ideas es tanto limitado como minimizado llamándolo ‘tuiteo’, que es el grito de un animalito. También resulta usual que en tanto uno está reunido con amigos, los más jóvenes estén mirando una pantalla del celular o tableta, y conectándose con alguien que está lejos. Hay además una tendencia de ausentarse de lo real para alimentarse de ficción y recrearse en lo virtual.

Asimismo, aparecen otros fenómenos conexos. Ya no es necesario matricularse en una de tantas entidades que operan en el Perú para obtener un título. Hoy uno puede llamarse en la red, como quiera: bloguero, comunicador o lo que suene mejor. Pero el mayor peligro está en que las mismas redes no ofrecen suficiente información sobre las estafas o mal uso que se hace de ellas. Hay quienes sospechan que estas redes son usadas por grandes consorcios
COMUNICACIÓN

Es usual que un joven reunido con amigos esté mirando una pantalla del celular o tableta, y conectándose con alguien que está lejos.

interesados en hacer dependientes a los ‘amigos’, a tendencias que ellos elaboran para promover un consumismo del cual los mismos ‘amigos’ que inocentemente les confían datos y gustos personales son luego afectados. Hagamos una comparación: la extensión de la libertad se alcanzó con el automóvil. Internet también es un vehículo que permite transmitir en forma autónoma información. El automóvil, como su nombre lo dice, le dio al hombre automovilidad, lo que facilitó que su decisión de trasladarse se realice en minutos. La red asimismo permite el acceso a información –el dar y recibirla– en segundos. El interés colectivo facilitó la circulación del automóvil haciéndole carreteras, pero asimis-

mo se crearon algunos límites con las reglas de tránsito. Es necesario que a la red se le dé mayor alcance, para permitir unir a las poblaciones más alejadas, pero también bajo normas que nos protejan a todos. Y una de ellas –fundamental– es la de proporcionar mayor y más fácil información sobre las bondades o maldades de la red misma. El mayor riesgo está en que caigamos en la tentación de confundir cultura con información. Hoy las personas tienden a buscar mayor conexión y a aceptar los datos que otros –muchas veces anónimamente– les proporcionan. Pero eso no las hace más cultas. Recordemos lo que nos dice Óscar Miró Quesada (Racso): “Muchos confunden el saber con la cultura, y llaman cultos a los eruditos”. La información es la materia prima que se transforma, con raciocinio y sabiduría, en cultura. La cultura es más que la acumulación de conocimientos, porque ella encierra civismo, solidaridad, cultivo, inteligencia o fineza en el discernimiento. Así como rechazo a la brutalidad y diversas formas de atropello o violencia. Internet tampoco fomenta el desarrollo de la inteligencia, porque no nos ejercita en diferenciar lo principal de lo accesorio. Tanto al automóvil como a Internet hay que saberlos manejar para no dejarse dominar por estos instrumentos que, sin duda, forman parte importante del progreso.

UN ERROR INSUSTANCIAL

¿Crece menos un país muy endeudado?
- IVÁN ALONSO Economista

U

na tempestad en una tetera se desató hace unas semanas cuando tres economistas de la Universidad de Massachusetts Amherst trataron de replicar un resultado hasta entonces ampliamente aceptado. En la conferencia anual de la Asociación Económica Americana del año 2010, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, profesores ambos de la Universidad de Harvard, habían presentado una investigación en la que utilizaban datos de 44 países a lo largo de 200 años. La conclusión era que, cuando la deuda pública de un país cruza el umbral del 90% del producto bruto interno (PBI), su crecimiento económico es más lento. Los economistas de Amherst trabajaron con los mismos datos, y para su sorpresa descubrieron que un error en el programa de cómputo había llevado a que Reinhart y Rogoff omitieran algunas observaciones.

Inmediatamente cantaron victoria los críticos de la austeridad fiscal, especialmente el Premio Nobel Paul Krugman y algunos comentaristas del rosado “Financial Times”. Aunque Reinhart y Rogoff nunca dijeran en su trabajo académico que el excesivo endeudamiento era la causa del magro crecimiento, ciertamente no parecía disgustarles esa interpretación. Sus críticos podían decir ahora que la relación entre deuda y crecimiento era espuria y que mal hacían los gobiernos persiguiendo la austeridad fiscal en épocas de crisis; que, lejos de ayudar a resolver la crisis, la consolidación fiscal –como se dice ahora– nada más la prolonga y profundiza. Lo más curioso, aunque hasta cierto punto previsible, es que la omisión de datos que ha causado tanto revuelo resulta, en el fondo, insustancial. Los economistas de Amherst no han llegado a conclusiones distintas a las

de Reinhart y Rogoff. Toda la diferencia es que ellos encuentran que el crecimiento en los países muy endeudados no es entre uno y medio y dos puntos porcentuales más lento, sino que es de punto porcentual menos. Esa relación entre más deuda y menos crecimiento aparece una y otra vez en los datos. Reinhart y Rogoff la encontraron separadamente para los países ricos y para los países pobres (avanzados y emergentes, respectivamente, en su terminología). La omisión de datos afectó solamente al primer grupo, no al segundo. No había mucha razón para pensar que esta relación era el producto accidental de un error de cómputo. La pregunta que nadie hasta ahora ha podido contestar convincentemente es si los datos prueban que el excesivo endeudamiento es causa o consecuencia de la reducción del

crecimiento. Y eso es justamente lo más importante en todo este debate. Se puede argumentar en un sentido u otro: un gobierno demasiado endeudado, por ejemplo, puede subir los impuestos de manera irracional y terminar ahogando el crecimiento, o, quién sabe, un crecimiento demasiado lento lo anime a endeudarse para sostener el nivel de vida de la población. Sin embargo, aunque los datos no hayan todavía confesado la verdad, la lógica parece estar del lado de la primera hipótesis. Es difícil pensar que, si un país no crece, va a encontrar quién le siga prestando plata para consumir cada vez más. Más fácil se nos hace concebir la idea de un gobierno que, en su desesperación por encontrar con qué pagar una deuda que se le está haciendo inmanejable, suba los impuestos y adopte toda clase de medidas que afecten el normal desenvolvimiento de la economía.

ada vez que prendo la tele, pienso que si nuestra vida fuera como la publicidad nos muestra, las madres seríamos una magnífica combinación de valientes heroínas, grandes lavanderas, eficientes ejecutivas, comprensivas psicólogas, regias modelos de pasarela y por supuesto mejores mamás que la señora Caroline Ingalls... Y está bien. La publicidad vende fantasías, aspiraciones, sueños. Pero la realidad, digamos, es bastante más cruda. Pocas veces nuestro día a día se asemeja a la de las mamás de los comerciales. Para serles franca ser madre es un constante reto, que se parece a una carrera de obstáculos. Es una lucha entre este modelo ideal de mami perfecta y abnegada, siempre linda y eficiente de la pantalla, que se estrella contra la verdad de nuestras vidas que están más cerca al caos. Ser mamá es una experiencia inexplicable, valiosa, y en mi caso la más maravillosa que haya tenido en mi vida. Pero es fuente de frustraciones cuando tengo que elegir entre dedicarle tiempo a mi trabajo o a mi hijo. Ser mamá me ha permitido tener muchas convicciones, pero es también motivo de la peor culpa, cuando en medio de un viaje, de pronto, caigo en cuenta de que no pensé en Adriano hasta que cayó la noche. Ser mamá me ha devuelto una risa a carcajadas que había olvidado, pero es frecuente causa de angustia, cuando no puedo dormir, porque creo que me excedí en regañarlo cuando me contestó mal. Ser mamá me ha vuelto más fuerte, pero me hace más insegura cada vez que me pregunto si lo estoy haciendo bien, cada vez que no soporto la bulla de mi hijo, cada vez que estoy agotada y no tengo ganas de jugar y me obligo a hacerlo sin mucho entusiasmo. Ser mamá me hace sentir invencible, pero ha sido el origen del peor miedo cuando mi hijo se enferma, de la peor cólera cuando otro niño lo maltrata, de la más absoluta impotencia cuando llora porque algo no sale como él quiere. Ser mamá ha cambiado mi cerebro de tal forma que no existe decisión que tome en mi vida que no considere a mi hijo, pero también me hace sentir profundamente egoísta cuando me tomo una tarde libre o me encierro a leer un libro en mi cuarto. Hace muchos años, cuando yo aún no tenía a Adriano, visité a una gran amiga que acababa de dar a luz y estaba con cara de susto. “No sé si he cometido un error –me dijo–. Esto es agotador. Pero ya no puedo hacer nada, porque este error no desaparece... Crece”. Me conmovió su sinceridad, su vulnerabilidad, su miedo. Hoy mi amiga es madre de dos lindos niños, que no son un error sino su mejor acierto. Y ella lo sabe, y es feliz. Aunque, como todas, a veces se harta. Por eso, sería magnífico que este domingo de una vez por todas nos olvidáramos un rato de las mamás de los encartes y de los comerciales, y celebráramos a la mamá imperfecta, a la que se esfuerza, a la que se aburre, a la que no se depila. A esa que pierde la paciencia, a la que odia los Backyardigans, a la que grita en la mañana, a la que nunca llega a tiempo. A la mamá que se le escapan lisuras en el tráfico o a la que acaba de decirle a su hijo que la deje en paz un rato, que tiene que terminar urgente una columna para el periódico. A las mamás de verdad, feliz día.

C

EL HABLA CULTA
- MARTHA HILDEBRANDT -

UN DÍA COMO HOY DE...

... y un largo etcétera. Esta expresión, que frecuentemente cierra una enumeración incompleta de cosas diversas, no aparece en la última edición del Diccionario académico (2001), pero sí en las prestigiosas obras de María Moliner (Diccionario de uso del español) y de Manuel Seco (Diccionario fraseológico documentado del español actual). Etcétera, en su forma castellana, viene de la expresión latina et cætera ‘y lo demás’, que se documenta desde el siglo XVII; está muy difundida su abreviatura etc.

El servicio telegráfico
El servicio telegráfico es importantísimo para el desarrollo económico del país. Aun cuando en los últimos tiempos se han extendido considerablemente los hilos eléctricos en las zonas más importantes del país, donde es más activo el intercambio de noticias, no cabe duda de que el servicio es todavía deficiente y moroso. Con frecuencia los despachos telegráficos son recibidos tardíamente por el interesado, con una de estas dos anotaciones: “Demorado por abundancia de servicio” o “La línea ha estado interrumpida”. Si la abundancia de servicio es constante como resultado del crecimiento gradual y sistemático de la correspondencia telegráfica, la única manera de evitar el retardo en la comunicación es construir líneas paralelas a las ya existentes.

1913

Director General: FRANCISCO MIRÓ QUESADA C. Director: FRANCISCO MIRÓ QUESADA R.

Directores fundadores: Manuel Amunátegui [1839 – 1875] y Alejandro Villota [1839 – 1861] Directores: Luis Carranza [1875 – 1898] -José Antonio Miró Quesada [1875 – 1905] -Antonio Miró Quesada de la Guerra [1905 – 1935] -Aurelio Miró Quesada de la Guerra [1935 – 1950] -Luis Miró Quesada de la Guerra [1935 – 1974] -Óscar Miró Quesada de la Guerra [1980 – 1981] -Aurelio Miró Quesada Sosa [1980 – 1998] -Alejandro Miró Quesada Garland [1980 – 2011] -Alejandro Miró Quesada Cisneros [1999 – 2008]

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