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35cm

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Escrito durante su juventud, Tierra, figura solitaria, de María Estela
Serafini, es una desgarradora novela, una vívida ilustración de su conocimiento extraordinario del lenguaje y la literatura española, y un regalo a
todos los amantes de la palabra escrita.
Esta exquisita historia sigue la vida de tres generaciones de granjeros
en la campiña argentina, un escenario que es, a su vez, único y universal.
Las experiencias que viven los personajes son tan viejas como el tiempo:
la lucha de una hija por librarse de un padre dominante; la desesperación
y la soledad del destierro; el enfrentamiento a la vida sin madre ni padre;
la lucha de un patriarca por evitar los errores del pasado; la inutilidad de
desafiar el destino.
A través de toda la obra, los fuertes lazos entre la tierra y los personajes nunca se deshacen. La tierra les da el sustento y comparte sus penas.
Al final solo hay una gran verdad: el amor de la Madre Tierra engendra
vida y perdura, y nos recuerda que nuestra fuerza radica en la fragilidad de
ser simplemente humanos.

Misterios detrás de las sotanas B. B. Guzmán
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B. V. Haque

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María Estela Serafini

A. González

front flap- 6.35cm

85

Tierra, figura solitaria

De dulce, de sal y de chile

13.97cm X 21.59cm

M

aría Estela Serafini obtuvo su
título de Maestra Normal Superior en
la ciudad de Dean Funes, Provincia de
Córdoba, Argentina. También estudió
leyes, carrera que pospuso cuando se
mudó a los Estados Unidos.
A través de los años, su amor innato por la lengua ha alentado a sus
estudiantes y continúa enriqueciendo
su trabajo como editora y traductora de
Cambridge BrickHouse, donde desarrolla materiales educativos para niños y
jóvenes de EE.UU.
Serafini es también una artista
premiada, especializada en tapicería y en
pintura sobre porcelana. Actualmente
vive en Massachusetts, junto a su amado
esposo Eduardo y sus dos talentosos hijos, Eduardo y Pablo. Disfruta además
de sus nietos, con quienes comparte su
amor por las letras y el arte.

ISBN 978-1-59835-089-0

50950

$9.50

9 781598 350890

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Tierra,
figura solitaria
María Estela Serafini

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Copyright ©2008 María Estela Serafini
All rights reserved.
www.cbhbooks.com
Managing Editors: Manuel Alemán and Priscilla Colón
Designer: Ricardo Potes Correa
Published in the United States by CBH Books.
CBH Books is a division of Cambridge BrickHouse, Inc.
Cambridge BrickHouse, Inc.
60 Island Street
Lawrence, MA 01840
No part of this book may be reproduced or utilized in any form
or by any means, electronic or mechanical, including photocopying,
recording, or by any information storage and retrieval system
without permission in writing from the publisher.
ISBN 978-1-59835- 089-0
Library of Congress Control Number: 2008943086
First Edition
Printed in Canada
10 9 8 7 6 5 4 3 2 1

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A mi querido padre

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Tierra, figura solitaria

Nota al lector

El lector se sorprenderá al leer estas líneas, ya que al
contrario de lo que normalmente ocurre, no es un prólogo escrito por la autora ni por un crítico en la materia, sino por su
amante esposo.

Estelita escribió este libro en los primeros años de
nuestro matrimonio y se presentó con él a un concurso en el
cual no salió ganadora, y desde entonces se negó sistemáticamente siquiera a releer su novela, mucho menos a intentar
publicarla.

Siempre me pareció que su obra tenía un notable valor
y que podía ser cautivante para muchos que pudieran leerla.
He conservado por años la única copia existente de su novela,
mudándola de ciudad en ciudad, de país en país, a medida que
nuestras obligaciones fueron requiriendo movilizarnos hacia
otro lugar. En varias ocasiones le pedí que releyera su libro y
lo puliera con la experiencia que dan los años y el aumento del
bagaje de conocimientos y vivencias, pero siempre se negó a
hacerlo, minimizando el valor de su escrito, y más de una vez
debí tener cuidado de que este no cayera en sus manos, por
temor a que ella lo tirara al tarro de basura.

Al inicio del año 2008 se le declaró a Estelita una terrible enfermedad que comenzó a minarle su salud y los pronósticos médicos le daban una vida muy limitada. Esta prognosis
hizo que me decidiera a no respetar su deseo y a tratar de darle
la alegría de que viera en vida un libro de su autoría publicado.

Hoy la prognosis ha cambiado favorablemente, lo que
hace que la publicación tenga un adicional sentido de festejo.
He deseado hacer esta publicación, además, como un tributo
a su eterno cuidado del lenguaje, tanto oral como escrito, que
desde que la conocí me impactó y que a lo largo de los años, 

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María Estela Serafini



ese impacto fue agigantándose a medida que su acumen se
manifestaba día a día y que, con los años, ella, prolija, sistemática y persistentemente, fue transmitiendo a nuestros hijos y
ahora a nuestros nietos.

Indirectamente es también una forma de rendirle un
tributo a su padre, figura central de esta novela, quien forjó una
parte importante de su carácter, de su personalidad y de su educación y quien, de estar en vida, seguramente se hubiera sentido
muy orgulloso de ver un libro publicado por su Estelita.

No puedo dejar de mencionar que llevar la idea de publicar su novela a la realidad, fue posible gracias al desinteresado apoyo de Yanitzia Canetti, Presidenta de Cambridge
BrickHouse, Inc. quien, cuando le mencioné mi idea, inmediatamente tomó la posta y puso todos sus medios a nuestra disposición. Mi agradecimiento es también extensivo a Manuel
Alemán y Priscilla Colón, quienes tuvieron la tarea de editar el
viejo original, al igual que para Ricardo Potes, quien produjo
el diseño y la excelente portada del libro. A todos, muchísimas
gracias en nombre de nuestra familia y también, sin que ella lo
sepa para no malograr la sorpresa, en nombre de Estela.
Eduardo E. Acosta
Massachusetts, 2008

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I

Caía el sol fuerte, ardiente. Dos figuras se destacaban
con precisión sobre el camino blanquecino y reseco. Era una
hora silenciosa.

El hombre llamaba la atención por su robusta contextura, todo un sistema de sólidos músculos, de apariencia dura. Su
rostro era lo que atraía la mirada. No tenía la belleza clásica, pero
sí el espíritu, el temple, el indomable orgullo y la tenacidad de los
antiguos caballeros españoles. Decían de él que hubiera sido un
caudillo resonante y ello lo retrataba a la perfección.

Detrás del repiqueteo de sus botas avanzaba, con leve
jadeo, una joven no muy alta, pero que denotaba en su cuerpo
inmaduro todavía una fuerza parecida a la del hombre y en su
boca en formación, ocultas decisiones marcaban sus líneas con
nitidez. Tenía el cabello muy tieso y recogido, el rostro congestionado y sudoroso y las ropas cubiertas de tierra fresca y aún
gimiente. Miraba las huellas del camino y ni siquiera se percataba del ritmo de sus pasos, del movimiento de sus piernas…
Hacía largo rato que habían tomado la ruta que conducía al
pueblo…

El hombre se detuvo y volvió la mirada hacia ella,
quien a su vez lo miró rectamente y en silencio, llegando a las
pupilas de él.

—¿Estás cansada?

—No, todavía —dijo ella.

El padre la observó un minuto más y se aprestó
a continuar la marcha al tiempo que repetía: —Ven, camina a
mi lado.
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María Estela Serafini


—Eso trato de hacer, pero no lo logro —jadeó la joven.

El padre se absorbió en sus pensamientos, al parecer olvidándose de ella; pensó en el tiempo que faltaba para terminar de
roturar la tierra y una secreta sonrisa le abrió el pecho. Necesitaba trabajar hasta sentir que todo su cuerpo era madera crujiente
y añosa, porque poseía hacia la tierra un misterioso amor que lo
ligaba a esta sin que él hubiera tratado de impedirlo.

Mariéster avanzaba ahora mirando el hilo de los alambrados, las barrancas que crecían junto al camino para luego
disminuir en el llano y una ternura apacible crecía en su corazón; se desparramaba con lentitud a través de sus piernas, de
sus brazos, de su garganta y terminaba llenándole la boca de
un gusto dulce, feliz.

Había heredado de su padre el amor a la tierra, pero
como mujer, en ella resonaba distinto, sin notas ásperas;
germinaba en forma constante, daba brotes que parecían
ahogarla, y ella los cuidaba con solicitud y esmero.

Conocía ese secreto poder de la Madre Tierra sobre ella,
pero no le molestaba, al contrario, intuía que toda la fuerza física
y espiritual le llegaban de esta y solo nutriéndose en la misma se mantendría como la mujer fuerte que tanto le llamaba la
atención en la Biblia.

Volvió a mirar al suelo, sintiendo el sudor con su acre
olor ofendiendo su olfato, mas no prestó atención, ya que sus
sentidos estaban adormecidos en el pensamiento, distante de su
cuerpo, de su propia realidad, creciendo y madurando como los
ombúes, como el trigo, como la tierra…

Contempladas desde la altura del sol, las dos figuras empequeñecieron, siempre dirigiéndose hacia adelante. Los pobres
troncos de los churquis, tan esmirriados, no contribuían a enriquecer el paisaje, pero le daban un sabor especial y nativo, y bien
lejos, las sierras, secas y ardorosas por el sol, simulaban figuritas
de cartón recortadas en vibrantes colores marrones contra el
cielo inmutable… ¡y tan limpio!
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Tierra, figura solitaria

II

Desde allí comenzaba el origen de la historia de
Mariéster y su padre, siendo este último, la figura más
poderosa y atrayente.

La rara savia de amor al campo, que nutría a ambos,
los constituía en seres distintos, brillando como exótico tropel
en forma constante, de modo tal que los aislaba y señalaba del
resto del pueblo, de su gente, del lento pero turbulento existir
de su gente…

¿Quién, sino Mariéster, se extendía voluptuosa sobre el
surco fresco y doloroso, cara a la tierra, y se abrazaba a ella para
mitigar su dolor generoso y tibio?

¿Quién, sino ella, lloraba silenciosa ante cada herida
inferida con el rutilante arado aun sabiendo que era necesario
para que esa tierra amada se volcara en madura semilla?

¿Quién, sino Mariéster, galopaba solitaria y seria, para
recorrer la agreste extensión de los caminos —sus caminos—
componiendo en su alma una gloriosa sinfonía del repiqueteo
de los cascos contra el suelo?

¿Y quién, acaso, soñaba con los hilos de agua míseros
que conformaban un poco aquellos paisajes y rogaba para que
continuaran existiendo con su rumor añejo y oloroso?

¿Quién se frotaba alegre los húmedos terrones sobre el
rostro y las manos para sentir el palpitar terrestre y, a la vez, la
fuerza viva y cálida que le era transmitida a su sangre por un
poder desconocido y cierto?

…Y el padre amaba a aquella hija que era para él una
creación pura y exclusiva y con su amor absorbente la dominaba con la misma inflexibilidad que lo hacía con sus dominios.
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María Estela Serafini
Solo que cometía un error, un insalvable error al no descubrir
que en ella anidaban sentimientos y pensamientos opuestos a
los suyos, sentimientos que por su intensidad y brío eran verdaderas pasiones. No descubría que la joven no era solo una
materia moldeable en su albedrío sino que, a pesar de su callada obstinación, era otro empuje, otro ideal, otra opinión muy
distintos a los suyos… tan solo unidos por aquel lazo del amor
a la tierra.

Mariéster poseía mayor lucidez para analizar con objetividad la verdadera relación con su padre y crecía en su interior, como una amarga cizaña, la rebeldía juvenil de quien debe
doblegar la frente y callar. Sin embargo modelaba el fruto de la
espera, anhelando la hora que la desligara de la fuerte y egoísta
personalidad paterna.

Por ello existía entre ambos una secreta y no confesada lucha, una tensión por momentos terrible y jadeante, por
momentos violenta y dura.

Cuando aún proseguía ahondándose aquel abismo entre ambos, llegó Manuel desde la ciudad, enamorándose de la
frescura y sabia inocencia de Mariéster, de su extraña forma
de hablar y de su mirada encendida de fuegos interiores que
deseaban traducirse en palabras y morían aún sin florecer.

Mariéster quiso explicarle a Manuel el contenido de
su alma, para que comprendiera de dónde provenía su vida y
aquella fortaleza que asombraba al hombre.

Quería que se uniera a ella en aquel lugar y en aquella
tierra porque era una flor que, trasplantada, estaba condenada
a muerte, y ni siquiera tendría la tibia calma de la hora vespertina cuando esta llegaba sobre las sierras, que a ella le gustaba
creer que eran de cartón.

Quería vivir allí porque de otra manera, su fuerza se
disolvería como los capullos que viera caer rodando entre las
piedras y sería entonces peor que la nada.

Quería que Manuel recorriera diariamente, tomado de su mano, sus caminos, sus campos, mirando con igual
estremecimiento los animales, los alambrados, los árboles y
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Tierra, figura solitaria
las represas, y se uniera cada vez más en el canto triunfal de
la vida…

Por entonces, el padre estaba ya más distante, aunque dominante y aún manejando en cierto modo las riendas
de aquellas dos almas. El fuerte temple paterno ya español,
ya tirano, rugió poderoso y restallante para triturar entre sus
ruedas aquella semilla por él no deseada, que comenzaba
lentamente a adquirir una estructura definida.

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Tierra, figura solitaria
By María Estela Serafini
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