El Retrato Oval El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido

como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de Mrs. Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento -pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquellas. Mucho, mucho leí... e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda medianoche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro. El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura. Ya no podía ni quería dudar de que estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia. Como ya he dicho, el retrato representaba a una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parece mucho al estilo de las cabezas favoritas de Sulli. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de mi semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenía que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un sólo instante. Pensando intensamente en todo eso, quedéme tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que se designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen:"Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. El, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida en el arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oir hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el pintor, gloriábase de su trabajo, que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos, salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo, sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar aquella que tanto le amaba y que, sin embargo, seguía cada más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquella a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, incluso para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que aparecían en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en transe frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras gritaba: "¡Ciertamente, ésta es la vida misma!”, y volvióse de improviso para mirar a su amada... ¡Estaba muerta!" Edgar Alla n Poe

. cerraron puertas y ventanas. pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro. Tanto ella como el esposo tenían razón. El padre le reprochó su intransigencia. encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. y navegaron a placer por entre las islas de la casa. -No -dijeron a coro-. -No -dijo la madre. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse. porque los padres les preguntaron qué querían. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto. los padres se fueron al cine. Entonces cortaron la corriente. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía. Nos hace falta ahora y aquí. aletas. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota. y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera. Totó. asustada-. Ellos fueron tan razonables. dueños y señores de la casa. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón. y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad. como todos los miércoles. y se lo habían ganado. y les dieron diplomas de excelencia. y en el garaje no hay más espacio disponible. que era la más reacia a pagar deudas de juego. a solas con su mujer. sacaron el bote. Meses después. aprendiendo el manejo del sextante y la brújula. Sin embargo. Los niños. ansiosos de ir más lejos. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. De modo que el miércoles siguiente. llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas. Pero Totó y Joel. que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso. Ya no más. pidieron un equipo de pesca submarina. -De acuerdo -dijo el papá. Esa misma tarde. aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha. -Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué? -Ahora nada -dijeron los niños-. El papá. y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio. -Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-. y un refugio para dos yates grandes. de siete. En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela. Esta vez no tuvieron que pedir nada. sin que hubieran vuelto a pedirlos. -¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche. y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. -Para empezar -dijo la madre-. estaba radiante. la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras. lo compraremos cuando volvamos a Cartagena. Con todo: máscaras. de nueve años. bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas. La noche del miércoles. y Joel. -Es una prueba de madurez -dijo. -La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo. que habían sido los últimos en los dos años anteriores. Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos.La luz es como el agua En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos. porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria. y sale. y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. mientras los padres veían El último tango en París. -El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. y ya está. tanques y escopetas de aire comprimido. hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. estaban más decididos de lo que sus padres creían. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa. -Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector.

En Madrid de España. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado. Al final del corredor. la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos. y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. aferrado a los remos y con la máscara puesta. y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector. eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios. buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques. sin mar ni río. flotando entre dos aguas. los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá. en la plenitud de su poesía. entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro.-Dios te oiga -dijo la madre. y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz. se derramaba a raudales por la fachada. volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. El miércoles siguiente. todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños. y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase. Totó estaba sentado en la popa del bote. de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. los bomberos forzaron la puerta del quinto piso. Los utensilios domésticos. y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante. Salía por los balcones. . y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. Llamados de urgencia. flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá. y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado. mientras los padres veían La Batalla de Argel . El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles. una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados. que los niños usaban para bailar. los preservativos de papá. Los instrumentos de la banda de guerra.

mon ami. -No -dijo Poirot-. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. Bien. Harrison amaba su jardín. Siéntese y beba algo. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No. podría evitarse.. sino que también le agradezco sus preguntas. Harrison lo miró incrédulo. -¿Esa es la razón de su visita? Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud. venga a verme.. que el aturdimiento lo invadió. nadie. ¡Si es monsieur Poirot! En efecto. sin hacer caso de la observación. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. ¡Cáspita. No es posible que lo sepa. -¿Qué? -Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. En cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo. monsieur Harrison. Necesitaré su cooperación. ¿Es un viaje de placer? -No. amigo mío. ¿Por qué no lo destruye? El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Viene esta noche expresamente a destruir el nido. eso suena a tontería. ¿lo recuerda? -¡Me siento encantado -aseguró Harrison sinceramente-. -Gracias -repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre-. si puedo preguntar. -Veamos. -¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo! Hércules Poirot. El asombro se reflejó en su semblante.? -Asesinato -completó Poirot. Al fin pudo articular: -No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí. por favor whisky no -su voz se hizo plañidera mientras le servían-. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él. -¿Quién es? -De momento.. -¿Habla usted en serio. mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor. soleado y lánguido. porque . -Claro que sí. -En absoluto. mon ami. Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. hablo en serio.. Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. mostrando entonces algo muy atractivo. sírvame un poco de soda. -Imagino que fui algo simple." Acepté su invitación. su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír. negocios. el sagaz detective. me agrada usted -y con voz más despreocupada añadió-: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. lo hará el joven Langton. -Vine. Investigo un crimen aún no ejecutado. allí estaba Hércules Poirot. con un poco de imaginación. Incluso. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico. pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba. -¡Yo en persona. No sólo me gusta. -Sí. -¿Negocios? ¿En este apartado rincón? Poirot asintió gravemente. no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas. Sí. -¿Usted y yo? -Usted y yo. No obstante. -¿Qué le trae a este tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón-. -¿Acaso un . -¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. Harrison se rió. . -¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave? -Uno de los más graves delitos.Nido de avispas Agatha Christie John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. donde había diversas botellas. cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto. ya veo que no. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire. Siguió la mirada de Poirot y dijo: -Pensaba hacerlo. dijo: -A menos que usted y yo podamos evitarlo. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia. monsieur Poirot? -Sí. Mejor dicho. Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad.

-¿A qué hora? -lo atajó. Es una joven encantadora y muy bonita. -¿Odio? -Harrison sacudió la cabeza y se rió. Su voz fue muy queda al preguntar: -¿Le gusta Langton? La pregunta cogió por sorpresa a Harrison. etcétera. Según su parecer. ¡Otro de los deportes ingleses! . No obstante. no demuestra hallarse sorprendido. Hércules Poirot permaneció serio. -Útil para desembarazarse de la suegra. a quien dejó por usted. ¿verdad? -se rió Harrison.. Poirot miró por encima de las rosas. no debería venderse para este fin. ¡Me aburre su "Langton jamás"! No lo olvide. monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. el caballero. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero.". -No lo comprendo. y. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo. ¿Y usted es de su gusto? Ante el silencio de su anfitrión. ¿no? -preguntó Poirot-. ese mismo deportista. espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol.. de que Langton destruirá el avispero con petróleo? -¡Segurísimo. -Sí. que acusó su efecto. Por ejemplo. De hecho carecen de un Hércules Poirot. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas? -Langton jamás. monsieur Harrison. -¿Está completamente seguro. me gusta ¿Por qué no ha de gustarme? -Mera divagación -repuso Poirot-. Conozco a la señorita Moly Deane. colocó una mano sobre el hombro de su amigo. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío. adquirido por Claude Langton. no con mucho. El crimen es mi negocio. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. -¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirlo Poirot. regresaré a las nueve. quizás estén justificadas. monsieur Poirot. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. monsieur Harrison. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde. Poirot asintió. -Los ingleses son muy estúpidos -dijo Poirot-. Antes estuvo prometida a Claude Langton. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. se puso en pie. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. -Le seré franco. -¿Puede decirme si usted es de su gusto? -¿Qué se propone. Harrison enarcó las cejas. Pero le repito que está equivocado. y ellas lo ignoran. Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra: -Sé lo que va a decirme: "Langton jamás. ¿Por qué? -¡Simple curiosidad. -No me quedo para no discutir con usted. -Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-.. -¡Espabílese. -¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas. Pero. Monsieur Harrison. porque nadie les advierte. no ha dejado de mostrarme aprecio. cianuro de potasio. y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.. puesto en pie a su vez. La última venta era cianuro de potasio. El deportista. amigo. Pero entérese bien: regresaré a las nueve. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca. cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas. cuyo valor le lleva al sacrificio. monsieur Poirot. es un veneno mortal -guardó silencio un minuto y repitió-: Un veneno mortal. y Harrison. Harrison asintió con la cabeza. -La vida de una mosca no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. -¿Está usted loco.. Harrison alzó la vista sorprendido. -¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder: -Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado. es un Quijote del que nadie piensa mal. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.. Poirot asintió. le repito que vine en plan de negocios. Tiene usted relaciones y piensa casarse. a veces. repitió la pregunta. pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado? -Se equivoca. Le aseguro que está equivocado. sólo me enfurecería. -¡Qué quiere que le diga! Pues sí. -Hay otro sistema. usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas. Langton jamás. y el detective. -A las nueve. Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero. Harrison no replicó. y me incumbe antes de cometerse y después. ¿Y cómo piensa hacerlo? -Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Dentro de una hora habrán sido destruidas. piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca. monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento. -Yo no pregunto cuáles fueron las razones. -¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra "sorprendente" y. deteniéndose para decir por encima del hombro. bruscamente. sin embargo. y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos.-¡Ah! -exclamó Poirot-.

se abrió la puerta de la verja y Claude Langton. usted expuso su punto de vista sobre el . Tengo prisa. decidido. mon ami! -exclamó éste-. -Buenas noches. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales.No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza. -Es muy peligroso -murmuró. ¿Cómo se encuentra? Después de una larga pausa. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted. ¿Por qué no? -¿No siente ningún malestar? Eso es bueno. con voz extrañamente fría. parecido a la calma que antecede a la tempestad. Era un extraño presentimiento. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. de labios finos y bien parecido.llevarlos sueltos. ¡Veamos! Penetró en el jardín y siguió por el sendero.! ¡Oh. Harrison pareció encontrar su voz.! Buenas noches. ¿Ha terminado usted? El joven lo miró inquisitivo. sin ser visto. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo. pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes. vi el nombre de Claude Langton en el registro. -Ignoro a qué se refiere -dijo. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Deslizó en su interior los cristales. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico. salió a la carretera. Era un joven nervioso. El hombre. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. y no volvió la cabeza al oír a Poirot. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno.. se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. que. pues? -He charlado con mi amigo Harrison. -¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso? Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños. pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Las manecillas marcaban las ocho y diez. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. estoy bien. monsieur Langton. es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana. De pronto. -¿Malestar? ¿Por qué? -Por el carbonato sódico. signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto. Curiosamente y sin precipitarse. Harrison. -¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso? Poirot se excusó. -Me traen asuntos profesionales. -¿Ha destruido ya el nido de avispas? -No. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro. Poirot se encaminó al avispero. -Bien. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. -Unos tres cuartos de hora -murmuró-. destapó el frasco y roció con la solución el nido.. No obstante. -¡Oh! -exclamó Poirot como si sufriera un desencanto-. -Hallará a Harrison en la terraza. Permanecía inmóvil. se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. -Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. -Una muerte muy rápida -dijo. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Harrison los miraba fascinado. Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Harrison alzó la cabeza. inquirió: -¿Qué ha dicho? -Le he preguntado cómo se encuentra. agradecido. amigo mío. -¡Ah. -Siento mucho haber obrado sin su consentimiento. Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados. y logré demostrar su inocencia. Repentinamente alarmado. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa... Sus pasos se hicieron más lentos. presuroso. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot. caminó pausadamente. -Dice que encontraré a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. Minutos antes de las nueve. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba. monsieur Poirot. Compréndalo. -¿Qué sabe usted? -Como le dije. Lamento no detenerme. me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Sí. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Eso me pareció algo raro. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. Así logré sacar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. -¡Ah. y su rostro se volvió grave y preocupado. Poirot apresuró el paso. Ya en el exterior.

mayor mérito de la gasolina para estas cosas. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. -Siga. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos. Él compra el veneno. Odio. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado. ¿Tengo razón o no? -Sí. El asesinato es asunto de mi incumbencia. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. amigo mío. mon ami. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor. y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario. Quiero decir asesinato. hay otro motivo. Vi a Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. y de la cual le hablé antes. amigo mío. Lo demás ya lo sabe. ¡Ojalá no hubiera venido! -Se lo dije. -Usted no me vio. Es una expresión muy peculiar. -¿Por qué vino? -gritó Harrison-. amigo mío. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese? Tras una larga pausa. advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar. Mi visita no le fue particularmente grata al principio. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Escuche. Su muerte seria rápida y fácil. FIN . pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Pero advertí algo más en su rostro. e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Usted que a las nueve. Harrison gimió al repetir: -¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido! -Ya se lo he dicho. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. No obstante. -Siga -apremió Harrison. -Sé algo más. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. -Nada más. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo: -Fue una suerte que viniera usted. pues tenía otras cosas en qué pensar. usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Harrison se animó. pero inconfundible. -Siga. pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor. -¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir! -No -la voz de Poirot sonó claramente aguda-. pero no es un asesino. -No hay mucho más que decir. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro. Eso me dijo. Lo aprecio monsieur Harrison. poniendo a Molly en los brazos de usted. viene a verlo y los dos permanecen solos. No se moleste en negarlo. Sólo dos meses de vida. que sólo he observado un par de veces en mi vida.

Lo importante es descubrir cómo sucedió realmente. . David —dijo el abuelo— daremos los últimos toques a este artefacto antes de que despierten los demás. Más tarde todos se retiraron de la mesa. —Ni pensarlo. ya que los vientos polares tardarían unos dos o tres días en desplegarse y después alejarse poco a poco. Nos enjuiciarían por tener en casa un invento. hijo. he conseguido inquietar tu joven espíritu sin ninguna necesidad. porque Marte es el único mundo que conozco y no debería experimentar ese sentimiento. Únicamente los más poderosos lograron salvarse abandonando la tierra sin dar aviso al mundo. ¿Podríamos probarla? —Desafortunadamente no. Quizá no debí hacerlo porque en mi loca ansiedad por conocer ese otro mundo. y viajar a escondidas en una nave normal. —Claro. Tú sabes que eso no nos está permitido. —Vamos. se sentaron en compañía del padre. Si nos lleva con éxito y con éxito nos trae. tomaban el desayuno en armoniosa convivencia. el cielo se cubrió de amenazantes nubes encarnadas. Debemos darnos prisa. la madre. David y el abuelo se dirigieron al aposento de este último. pero en fin. prácticamente desde que tu bisabuelo murió.. estamos a punto de realizar nuestro mayor deseo. Él siempre tuvo el deseo de conocer la tierra. cuya única imagen era un espiral blanquiazul rodeado de diminutos puntos multicolores que comenzaron a titilar para sumergirlos finalmente en un sueño profundo. Sería muy peligroso que a la hora menos pensada se volviese a atascar. excepto la madre y la hija que se dieron a la tarea de recoger los utensilios para asear y guardar. pero también sabes cuánto he trabajado en él. las verdaderas causas de su destrucción. Ya estamos en esto y no me arrepiento. No hay otra forma de saberlo. se arrastraron a lo largo de unos metros hasta quedar frente a una pequeña puerta que el abuelo abrió con una llave que escondía bajo sus ropas. —No hay problema. hijo mío. Las calles quedaron solitarias y en las cien colonias se tomaron las debidas precauciones. empujaron la cama hacia un costado y debajo apareció una placa con una hendidura en la parte inferior. en el caso de que funcione la máquina. De pronto. y tal vez yo tenga mucho que ver por las ideas que te he metido en la cabeza. Después barrieron una y otra vez el piso de roca porosa hasta sus últimos recovecos. se dejó oir el potente rugido de una alarma lejana proveniente de la base meteorológica. Todos sabemos. significará que funciona. lo cual significaba tormenta. o mejor dicho. una familia formada por el padre. Ayer revisé el cronómetro y se atoraba en los números pares. sus hijos Mara y David. —Te creo. —¿Quiere decir que estás decidido a hacer este viaje? Yo podría ir solo. la abrieron y penetraron por un pasadizo oscuro de regular tamaño. David. He visto maravillas en el gran libro de la historia y todo era tan diferente. Mientras tanto. aunque esto último de nada hubiera servido. La única prueba que estamos en posibilidad de efectuar es la de viajar en el tiempo-espacio.. ¡ni soñarlo! —Vale la pena correr el riesgo. —¿Qué pasará si nos descubren al regreso de este viaje. aunque te parezca absurdo. como tampoco hay modo de verificar si aún existe la tierra porque no tenemos acceso a los telescopios. abuelo. siento tristeza. ése no es el caso. una más de esas tormentas marcianas que traían consigo el rumor de los océanos muertos. abuelo? Digo. —En una de tantas casas de piedra de la colonia doce. frente a una enorme pantalla. Cuando camino por las calles polvorientas de nuestras colonias marcianas y veo que a mi alrededor solo existen copias grotescas de lo que fue la tierra. pero más que eso.EL GIGANTE DE HIELO THIARA MONTESINOS Despuntaba el año 2764 y las primeras horas del día anunciaban tempestad. además del abuelo. Una vez terminadas esas labores. Aparentemente lo sabían los científicos y estaban preparados para desalojar el planeta antes del desastre. se nos ha hecho creer que estalló al chocar con Venus.

abuelo! La tierra es nuestro origen. y tras de los ladridos. por nada me perdería esta aventura fantástica. Hemos venido del. Se deshizo del cinturón y del casco y levantó la puerta de la máquina. sobre todo por su extraña vestimenta. no le permitió desvestirse temiendo que aquella atmósfera tan pesada provocara algún descontrol en sus cuerpos acostumbrados al ambiente enrarecido de Marte. Y allá. Ahora programaré la fecha y el lugar. pulsó algunos botones y la máquina. salieron de ahí presurosos. Ubicaremos perfectamente el lugar donde ha aterrizado la máquina y la cubriremos con palmas y ramas secas. Después de hacerle algunas preguntas al pescador. Caminaron durante unos minutos hasta llegar a la casa de unos pescadores. El abuelo abrió los ojos torpemente y enseguida tocó el hombro de David para despertarlo. pero el abuelo que era más precavido. Quería conocer esa sensación que con seguridad debía ser muy agradable. mediante los noticieros matutinos en la radio. viajaremos a mediados de ese mismo año. no muy lejos. somos investigadores del clima. de ojos negros y mirada cautelosa. se cubrió de un gas rojizo y denso. Los examinó de arriba a abajo y después fue a su encuentro. Escucharon ladrar a los perros en el corral anunciando la presencia de extraños visitantes. preparados para lo que pronto habrá de desencadenarse. pues manos a la obra. Ajusta tu cinturón y colócate el casco. ambos asomaron la cabeza sin atreverse aún a salir. obviamente con la ayuda del pescador. el pescador se apresuró a amarrar a sus perros al tronco de una palmera. no le haremos ningún daño. se verían en aprietos.—No.. —No te ilusiones demasiado porque aún no sabemos con exactitud qué fue lo que sucedió. ya que sus incesantes ladridos apenas le dejaban escuchar a los recién llegados. Una vez resuelto el problema de la ropa. debemos permanecer alertas. señor —respondió David colocándose la mano en la frente en señal de saludo. ¿Cómo decirle que venían de Marte? Ni pensarlo. Eh. las gaviotas revoloteando en el horizonte azul. Pero olvidaban algo importante: sus ropas metálicas. —Bien. lo cual indicaba que el final estaba cerca y muy pronto sabrían lo que el gran libro de la historia no les había revelado. respecto de los conflictos que existían en ese momento entre las tres potencias mundiales y del grave peligro que corría el planeta ante la amenaza de una guerra nuclear. si mi padre pudiera ver esto. Al segundo día decidieron trasladarse al observatorio para hacer algunas . Si el desastre ocurrió en el año 2040. y enterarse. —No tema. ¿verdad. de forma que nadie pueda descubrirla. Ah. —Esto es de lo que tanto te hablé. David sentía deseos de despojarse de sus ropas para meterse al agua.. Se miraron unos instantes con expresión de sorpresa ante lo que apareció frente a sus ojos: ahí estaba el mar. las palmeras se mecían al compás del viento suave y fresco del medio día. Sintió como el aire perfumado humedecía su piel y abrió los brazos y cerró los ojos disfrutando de la brisa. Indudablemente era una visión espectacular. nuestra madre. —¿Qué desean? —les preguntó intrigado. De acuerdo a su programación. la finísima arena. y a ella deberían volver sus hijos ausentes. con techo de palmas y paredes de varas muy bien reforzadas. El abuelo activó los motores. antes de desaparecer en fracciones de segundo. Habían recabado importantes datos. ¿Crees que valió la pena? —¡Por supuesto. que de continuar con ellas transitando por las calles del puerto. Más tranquilo. pues lo más seguro era que se riera de ellos o los juzgara locos. compañero? —Sí. Entremos. no. David y el abuelo abandonaron la cabaña. Como por ejemplo: las mascarillas con las que se protegían los lugareños y los signos de preocupación reflejados en sus rostros. asomó por la puerta entreabierta un rostro moreno. Quedaron mudos admirando los colores del follaje y fueron al encuentro de las olas y juguetearon con ellas como dos alegres chiquillos. Ya entrada la noche regresaron a casa del pescador. Ante todo. la imponente máquina apareció envuelta en espesa niebla en un lugar semi despoblado. muchacho. Yo iré contigo.

—Sí. claro. una diminuta y apenas visible manchita verde. y lo digo porque esto no es precisamente un eclipse solar. Posteriormente regresó a la habitación donde el abuelo observaba por la ventana con la mirada puesta en un punto lejano. —¿Por qué en la oscuridad. ha sido gravemente dañada por los contaminantes. por las constantes pruebas nucleares de los últimos años. Enseguida. la gente lleva. engañados por la oscuridad. Habían transcurrido solo quince minutos entre el acceso al sótano y su marcha al pasado. justo en el momento de la colisión. invariablemente. ¿Pero qué es entonces? —Lo averiguaremos camino a la máquina. Ahora. Caminó de puntitas hasta el salón y observó con alivio que el resto de la familia aún dormía. —Tienes razón. debe tratarse de un meteorito que se dirige a la tierra. abuelo? —Mucho me temo que el final llegó antes de lo que esperábamos. David. ¿pero cómo sabremos lo que en realidad va a suceder? No podemos permanecer aquí para presenciarlo. al penetrar los meteoritos en la superficie se incendiaban a causa del roce y la parte no desintegrada que caía sobre la tierra provocaba solamente grandes cráteres. cuando el globo terrestre se encontraba cubierto de una inmensa capa de hielo. quizá meses. es más aceptable. —¿Qué está pasando. algo insólito cambió sus planes. ¡Corramos! Llegaron jadeantes hasta el equipo de tiempo-espacio y una vez pasada la agitación. porque a eso de las once de la mañana una gigantesca sombra cubrió el cielo y se hizo de noche. El cálculo del abuelo falló. pero estaba por acabarse.indagaciones. o bien. yéndome a los extremos. los perros comenzaron a ladrar y los pájaros buscaron sus refugios. dejarla en una total oscuridad durante muchos días. y la máquina no apareció cuatro meses después. La pregunta es: ¿en qué superficie descenderíamos? No hubo tiempo de contestar esa pregunta. un protector solar y una mascarilla. sino 400 años más tarde. entre el extenso llano de cristal. —Si no me equivoco. pero eso sucedía cuando aún conservaba su capa de ozono. y aún así se planeaba una guerra nuclear. Después de vestir nuevamente sus ropas térmicas y despedirse del pescador. El aire que respiramos en este lugar donde todavía hay vegetación. entraron en él y se prepararon para la partida. porque sus dedos temblorosos accionaron automáticamente el sistema de arranque. y sobre todo. no había nadie en el pasillo. Le dejaré en cuatro. —Bueno. el silencio de un gran coloso vencido por el hombre mismo. Sus sospechas se habían confirmado y pronto no habría más que oscuridad y silencio total. sin duda el impacto contra la superficie terrestre podría sacarla de su órbita. Como pudiste observar en el puerto. Lo que haremos será programar el cronómetro para tres o cuatro meses después. si es que logramos llegar antes. mas de pronto. al parecer. y si esto ocurre. una fuerte sacudida los envío al vacío. ¿La ves? —apuntó con el dedo. abuelo? —Porque al caer ese cuerpo sólido levantaría una impresionante capa de polvo que se mantendría suspendida en la atmósfera. La rubia cabeza de David asomó por la puerta de la habitación. tan brillante como la estrella de la oración. —Tal vez —dijo el abuelo sin dejar de mirar hacia el infinito — en unos años más pueda ser habitada nuevamente por los humanos. . la veo. lo que evitaría el paso de los rayos solares. Normalmente. los ojos de David se abrieron desmesuradamente al notar a lo lejos. Desde el interior observaron cuidadosamente la superficie. ya que la luna está allá. con el consecuente congelamiento del planeta.

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