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1.

Presentimiento

De su antigua vida de Guardián, Sastre aún conservaba dos cosas: el sueño ligero y la capacidad de alertarse al más leve ruido. Por eso, y a pesar de la lejanía, le despertó el sonido de un caballo tirando de un carro. Sin embargo no se movió de la cama. Ni siquiera intentó desperezarse. Tan solo volvió a cerrar los ojos y siguió escuchando. Poco tardó en oír el familiar crujido de la puerta de la cabaña al abrirse, seguido de unos pasos que se aproximaban. No había motivo para la alarma pues sabía a quién pertenecían. Era Kaleth. Como cada semana, el joven regresaba de su partida al pueblo más cercano donde vendía la carne y pieles de los animales que cazaban para comprar víveres y otros suministros que no podían conseguir por cuenta propia. De ese modo habían subsistido durante los dos últimos años, desde que ambos decidieran dejar atrás sus vidas llenas de ataduras para refugiarse en aquel lugar perdido en los bosques del territorio del este. Cuando Kaleth entró en el pequeño dormitorio, la pregunta, exhalada en tono ofendido, no se hizo esperar: —¡Pero, bueno! ¿Todavía estás durmiendo? El joven se acercó a las contraventanas y las abrió de par en par. La implacable luz de la mañana inundó la habitación, golpeando las retinas de los ojos entreabiertos de Sastre. —¿No decías que te quedabas a cortar leña? —siguió reprendiéndole. A través de la ventana, se podían ver los troncos apilados exactamente igual que el día anterior—. Pues ya veo lo mucho que te ha cundido. Sastre esbozó una sonrisa de disculpa. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la luz, pudo mirarle por fin. —Lo siento.

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Kaleth luchó por impedir que aquel tierno gesto le ablandase. No lo consiguió. —Ya, menudo vago te estás volviendo... —murmuró, pero el reproche ya no tenía consistencia. —Anda, ven. Descansa un poco —le pidió el otro, extendiendo los brazos hacia él. Kaleth fue a sentarse a su lado, dejando que aquellos fuertes brazos le envolvieran. Sastre se alegró de haber puesto fin a aquella conversación. No quería decirle a su compañero que en realidad se había quedado dormido de cansancio por culpa de las consecutivas noches de insomnio que estaba padeciendo. No quería preocuparle contándole que últimamente le costaba conciliar el sueño y que, aun cuando lo lograba, este estaba plagado de pesadillas. Llevaba días sintiéndose inquieto, como si todo su ser tratara de advertirle de algo. —No sé si mereces lo que te he comprado —interrumpió Kaleth el hilo de sus pensamientos. —¿Qué me has comprado? —Arqueó las cejas en un gesto de sorpresa. Kaleth no contestó. En lugar de eso salió de la habitación. Al regresar portaba un objeto alargado, poco más grueso que uno de sus brazos, envuelto en una tela. Lo desenvolvió ante los ojos de Sastre, que no disimuló su entusiasmo. —¡Una espada! —Sí —corroboró Kaleth blandiéndola con ambas manos. Era una espada grande y algo pesada para él, pero ligera comparada con la antigua arma del Guardián: la tradicional tijera-espada a la que había tenido que renunciar—. Me pareció que era de tu estilo. Sastre se sentó en el borde de la cama para alcanzar la empuñadura de aquella hoja tendida por su compañero y la examinó atentamente. Durante unos segundos, pareció abstraerse en la contemplación de aquel acero bien templado mientras Kaleth le observaba complacido. —¿Qué te parece? —le preguntó este.

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—Es buena... —respondió, y acto seguido subió la mirada hasta dar con la del joven—. Pero, Kaleth, tiene que haber costado bastante. Y aunque mi espada está algo gastada, aún sirve. No era necesario. —Vamos... ¿Crees que no me he dado cuenta de lo decaído que estás últimamente? —dijo el joven sentándose a su lado y apoyando la frente en su hombro—. He pensado que quizá esto te animaría. Sastre parpadeó. Eran detalles como ese los que, a pesar de haber sido un guerrero invencible curtido en cientos de batallas, le hacían sentirse vulnerable y transparente ante su amado. De nada le servían en esos casos su fuerza física, su destreza o su experiencia en combate... Aquel poder le golpeaba desde dentro, directamente al corazón, derrotándolo por completo. —Mira, si no te gusta, dilo y ya está. —Kaleth se impacientó ante su silencio. Se puso de pie, arrugando el ceño en un gesto de frustración. Sin embargo, al instante estaba de nuevo en la cama, tendido bajo el cuerpo desnudo de Sastre. —Claro que me gusta. Me encanta —declaró el Guardián con un brillo intenso en el azul cobalto de sus ojos. Kaleth leyó en aquella mirada lo que venía a continuación. Se olvidó de su enfado y recibió los labios de su amante entre los suyos. El beso, aquella húmeda y cálida caricia que tantas veces habían compartido, fue corto pero intenso. Despertó en ambos un anhelo que clamaba ser mitigado. —Déjame agradecértelo —dijo Sastre deslizando su mano por el torso del joven hasta rozar la entrepierna, donde la silueta de una incipiente erección comenzaba a marcarse bajo la ropa. Una sonrisa libidinosa acudió al rostro de Kaleth, incapaz de resistirse ante aquella proposición. Por culpa del extraño humor del Guardián, llevaban dos semanas de abstinencia y estaba empezando a preocuparse. Algo le sucedía a su amado. Podía apreciarlo con cada uno de sus sentidos y, sin embargo, no podía hacer nada por ayudarle. Sastre se

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mostraba esquivo y no soltaba prenda de lo que le pasaba por mucho que le preguntasen. Había construido una barrera a su alrededor, tan alta que Kaleth solo podía quedarse mirando mientras la impotencia le invadía poco a poco. Pero la pasión con la que aquellas manos y aquella boca recorrían su cuerpo estaban logrando que se olvidase de todo lo pasado, convenciéndole de que en ese preciso instante no había nada ni nadie en la cabeza del Guardián que no fuera él. Quizá todo estaba volviendo a la normalidad al fin. Aferrándose a esa esperanza, dejó que Sastre le desvistiera mientras él se dedicaba a cubrir de suaves mordiscos su fuerte cuello y aquellas graciosas orejas, entorpeciendo sus movimientos con escalofríos y excitantes cosquillas. Tras tirar los pantalones al fondo del cuarto, Sastre se tomó unos segundos para contemplar a su amado. Kaleth. En esencia, era el mismo rostro que le había conquistado hacía dos años. Aunque algo más maduro, conservaba la misma mirada limpia y bondadosa, que bien sabía hacer brillar con auténtica rebeldía. Los mismos labios sedosos, aunque sin el pequeño aro plateado que los adornaba cuando le conoció. Los mismos cabellos claros y ondulados, ahora algo más cortos, le enmarcaban los pómulos. Aparte de eso, el vivir lejos de la protección de los muros de un castillo había dejado su huella. El sol y el inclemente viento del bosque habían curtido su piel. Su cuerpo no solo había dado el estirón propio de la edad, también se había fortalecido al enfrentarse a unas tareas mucho más duras que las de un mimado sirviente de la realeza. Se enamoró de él cuando era un chiquillo y ahora tenía ante sí a un joven de casi diecinueve años; esbelto y, sobre todo, tremendamente hermoso. Sin demorarlo más, se inclinó sobre su pecho. Saboreó uno de aquellos rosados pezones hasta endurecerlo y después tironeó de él

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con suavidad, haciendo que un estremecimiento recorriera aquel cuerpo. Notó el contacto de los dedos de Kaleth entre sus cabellos cuando empezó a descender por su vientre, trazando con la boca un sendero que rodeó el ombligo y atravesó el pubis para llegar finalmente hasta su sexo ya enardecido. Duro y caliente, no dudó en recorrerlo con la lengua hasta arrancarle a su dueño un trémulo gemido. Lo tomó con firmeza y lo cubrió con la boca, presionando su contorno con los labios, como bien sabía hacer. Lo había aprendido precisamente de él. Igual que había aprendido la manera más sensual de acariciar la zona contigua, desde el escroto hasta el interior de las nalgas. Sabía cómo juguetear con el ano de su compañero, cómo hacerlo dilatar con facilidad. Kaleth había conseguido transformar al virgen torpe y tímido que una vez fue en un buen amante. Le había enseñado muchas cosas que, al haber dedicado toda su vida a la Orden, no había tenido oportunidad de experimentar. Pero, sin duda, la más importante de todas era que le había enseñado a amar. Aunque lo que Sastre no sabía era que aquella lección había sido mutua. El joven se deshacía en gemidos. Se había abandonado por completo a las descargas de placer que la boca y las caricias del Guardián le suscitaban. Solo cuando supo que se acercaba al final reunió fuerzas para detener a Sastre. Tomó su rostro entre las manos, haciendo que este le mirara. —Ya no puedo más —confesó con un susurro. Sastre sonrió. Tener delante a la persona que amaba, totalmente rendida al deseo por su culpa, hambrienta de su contacto, le llenaba de una estimulante satisfacción. Quiso torturarle un poco, sabiendo que de esa manera le haría enloquecer. Le levantó una pierna mientras con la otra mano tomaba su propio miembro y lo humedecía con saliva.

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Entonces presionó la entrada lentamente y, al comenzar a penetrarle, se detuvo. El cuerpo del joven oprimía ávido su sexo, incitándole a adentrarse más en él, pero resistió mientras cubría de intensas caricias su torso. Subió la mano por su cuello hasta introducirle los dedos índice y corazón en la boca. Le obligó a chuparlos y después volvió a pellizcar suavemente sus pezones. Kaleth, con el corazón desbocado, lanzó una súplica jadeante: —Sastre, por favor... Métemela. Aquella mirada de ojos entornados por la excitación enterneció al Guardián. No se hizo de rogar y le penetró con decisión. Su miembro entró con una facilidad solo posible gracias a la práctica. La misma que explicaba que cada uno conociera el cuerpo del otro al milímetro, que se supieran de memoria sus respectivas necesidades. La experiencia había logrado que hacer el amor fuera algo sencillo y placentero. Pero, por desgracia, al mismo tiempo también había perdido algo de emoción y se había vuelto, en cierto modo, rutinario. Una conclusión que se coló en ese momento en la mente de Sastre, haciéndole perder ímpetu en sus movimientos. Su amante lo percibió. Agarró con fuerza las nalgas del Guardián, en un intento inconsciente de estrecharle aún más contra él. —¡Ah! ¡No te pares! ¡Dame más fuerte! Sastre respondió a la orden intensificando sus arremetidas. Sus muslos chocaban con violencia contra las nalgas de Kaleth. Observó el rostro del joven, las cejas contraídas, los ojos cerrados en un gesto de concentración, la boca abierta dejando escapar la respiración sofocada... Todo indicaba que estaba a punto de llegar al clímax. Él mismo también lo estaba. Kaleth llegó primero. Escuchó sus jadeos estremecidos de puro placer y sintió parte de su cálida simiente salpicándole los tensos abdominales. No tardó en seguirlo, descargando en su interior.

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Cuando aquel arrollador deleite cesó, Sastre se tumbó al lado de su amante a recuperar el aliento. Kaleth buscó su abrazo y él se lo ofreció con un beso sobre sus labios. Ambos se permitieron cerrar los ojos un rato, derrotados por una profunda relajación.

—Ya tienes el pelo muy largo. —fue Kaleth el que se animó a romper el silencio tras varios minutos. Tumbado de lado junto al Guardián, se había quedado observando cómo sus sedosos mechones de color castaño rojizo ya le llegaban hasta los hombros—. ¿No te lo piensas cortar? Sastre negó con la cabeza. —Vamos, ¿todavía crees que alguien puede reconocerte? — preguntó—. Han pasado dos años. —¿Qué pasa? ¿Tan mal me queda? —se revolvió algo molesto. —No es eso —contestó Kaleth con la mirada más tierna que sabía poner—. Aunque echo de menos el tacto que tenía tu nuca rasurada. —Pero Yinn dijo que debía... —titubeó Sastre— que mis orejas... Al ver que no lograba terminar la frase, Kaleth no pudo evitar sonreír. —Créeme, amor, tus orejas no son tan reconocibles —le tranquilizó hablando con dulzura mientras acariciaba el lóbulo de una de ellas—. Yinn solo dijo aquello para meterse contigo. —Ese maldito Guardián… —murmuró Sastre en broma pues no guardaba ningún reproche para el hombre al cual debían su libertad; todo lo contrario. Hablando de Guardianes... En ese momento Kaleth recordó un asunto al que había estado dando vueltas durante el camino de regreso a la cabaña. —¿Sabes? Hoy, en el pueblo, todo el mundo comentaba una noticia. —Se detuvo, dudando de si debía contárselo o no. Pero ya era tarde,

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Sastre le miraba expectante—. Al parecer hay conflictos en las Islas Yermas. Dicen que sus habitantes se han vuelto locos. —Qué raro. —Sastre frunció el ceño extrañado. Era verdad que las Islas Yermas podían enloquecer a cualquiera. Unas tierras altamente inhóspitas. Como su propio nombre indicaba, eran estériles y de clima extremo. Allí apenas crecía nada comestible y los pocos animales autóctonos eran aún más terribles que el paraje en sí. Sin embargo, los pocos desgraciados que se habían aventurado a vivir en las Yermas — mineros en su mayoría y algunos pescadores— estaban de sobra acostumbrados al lugar. De manera que Sastre dudó de la veracidad de aquellas murmuraciones. Pero algo serio debía de haber ocurrido para que noticias de unas islas situadas en el confín sur del mundo hubieran llegado hasta allí. —Pero hay otra cosa... —añadió Kaleth dubitativo. —¿El qué? Kaleth subió los ojos hasta dar con los de Sastre. —También se rumorea que el Guardián del Sur ha muerto. Aquello sorprendió al que en su día había sido el Guardián del territorio opuesto y Kaleth lo notó en su expresión. —¿Estás bien? —le preguntó el joven arrepintiéndose de haberlo soltado con tan poco tacto—. No me digas que le conocías. —No, tranquilo. Es solo que si realmente eso ha sido así, parece un asunto bastante grave. —Quién sabe… A lo mejor no ha muerto, sino que se ha fugado con un joven apuesto y encantador —señaló Kaleth con una sonrisa cómplice—. Esas cosas ocurren. Sastre le correspondió con otra, optando por rechazar aquel tema que le había provocado un escalofrío. Se incorporó, sentándose al borde de la cama y comenzó a vestirse. Al ver el mutismo en el que se había sumido su amado, Kaleth se maldijo por haber abierto la boca. Al fin y al cabo, Sastre era un desertor. Lo que ocurriera con los demás Guardianes no tenía por qué

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importarle. Mientras se sentaba a su lado, sus ojos fueron a encontrarse con la visión de la espada que acababa de regalarle, apoyada contra la pared. Se le ocurrió una idea. —Oye, ¿te apetece probarla? —le propuso. —No sé, tengo que cortar esa leña —dijo el Guardián mientras se calzaba unas recias botas de piel oscura. —Oh, venga, ya lo harás luego. Hace mucho que no practicamos juntos —insistió Kaleth a la vez que le daba unos empujoncitos con el hombro. Sastre se detuvo antes de terminar de atarse la última bota. Le miró y exhaló un suspiro que acabó convirtiéndose en una sonrisa cerrada. En el fondo se moría de ganas por blandir aquella espada. Terminaron de vestirse con prendas humildes, la mayoría fabricada con las pieles de los animales que cazaban. Pantalones de ante y camisas de manga larga tejidas con grueso algodón. Salieron al exterior de la cabaña sin más abrigo. No lo iban a necesitar. Afuera, el sol del mediodía pintaba con destellos rojizos las copas de los árboles. El otoño acababa de empezar y aún no hacía demasiado frío. El cielo estaba despejado y el aire repleto de los habituales sonidos de la naturaleza. Habían construido la cabaña en un pequeño claro, donde disponían del espacio que necesitaban sin que los árboles les estorbasen; a excepción de un viejo álamo que, situado a pocos metros frente a la cabaña, les procuraba sombra en verano y les servía para amarrar el único caballo que aún conservaban. Se situaron frente a frente, poniéndose en guardia. Kaleth alzó su propia espada y, al comprobar que esta era aproximadamente la mitad de larga que la de Sastre, una sonrisa nerviosa se abrió en sus labios. —Em... Ve con cuidado, ¿vale? —le pidió el joven. Al verlo tan impresionado, Sastre no pudo refrenar una risita. Sospechó que su compañero se estaba arrepintiendo de haber propuesto aquel combate. Blandió la enorme espada con un rápido

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movimiento, haciéndola girar en el aire antes de volver a sujetarla con firmeza. —Tranquilo, confía en mí. Sastre permitió que el joven atacara primero. Las espadas chocaron con un chasquido metálico que hizo que el caballo se revolviera intranquilo. Los ataques de Kaleth se sucedieron mientras el Guardián se limitaba a detenerlos todos con una facilidad mayor de la acostumbrada. Ya no solo por la diferencia de fuerza y técnica que había entre ellos, por mucho que Kaleth hubiese mejorado con aquellos entrenamientos. Era sobre todo gracias a aquella nueva espada. Con ella, Sastre podía sacar todo el provecho a su técnica, una disciplina especializada en armas de gran tamaño. Durante unos intensos minutos, Kaleth probó toda clase de estocadas y golpes pero lo único que conseguía era incrementar su frustración. Tanta era la ventaja del Guardián que este acabó burlándose de su rival. —Te lo pondré un poquito más fácil —le dijo tomando la empuñadura con la mano izquierda y llevando la diestra a la espalda. Aquello fue como un pequeño aguijonazo que se clavó en su orgullo. Kaleth se sintió tan inútil como en los primeros entrenamientos. Pero, a diferencia del muchacho indefenso que era entonces, ahora conocía unos cuantos trucos. Sastre apenas pudo ver la tensa sonrisa que le dedicaba el joven. Quedó cegado por el puñado de tierra que este le lanzó al rostro de una patada. Antes de que pudiese sacudirse la arena de los ojos, ya tenía a su oponente encima. Le había embestido derribándole contra el suelo. El Guardián no daba crédito. Kaleth jamás había logrado llegar tan lejos, y menos aún a costa de sucias tretas como aquella. Notó de golpe el peso de su rival sobre el pecho, el apretón fuerte de sus manos intentando inmovilizarlo. Aún le escocían los ojos y se sentía estúpido, defraudado por la persona que más quería. No se paró a pensar que

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estaba exagerando, que solo era un juego y que, de hecho, se lo merecía por haberle humillado primero. No hizo nada por detener aquella insólita furia que había prendido en la boca de su estómago y se extendía hacia todos los músculos de su cuerpo. Como una exhalación, Sastre volvió las tornas. Ahora era Kaleth el que se hallaba inmovilizado bajo su cuerpo y él, sentado a horcajadas sobre su presa, agarraba con fuerza su garganta sin darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sin saber de dónde surgía toda aquella violencia incontenible. Kaleth, asustado y sorprendido hasta la médula, intentaba aflojar aquella tenaza que le estaba dejando sin respiración. Golpeaba el brazo del Guardián sin éxito. Solo cuando, al cabo de unos segundos, Sastre volvió en sí y se encontró ante los enormes ojos bañados en pánico de su amado, le soltó por fin. El joven se llevó las manos hacia su magullado cuello y rompió a toser. Sastre se echó hacia un lado, quedando de rodillas junto a él. La expresión del Guardián revelaba su confusión. No comprendía qué le había sucedido y eso le llenaba de miedo. Temía por Kaleth, por su reacción, y sobre todo temía haberle herido. Ahora era él quien estaba aterrado. —Pero ¡¿es que te has vuelto loco o qué?! —le recriminó el joven en cuanto recuperó la voz—. ¡¿Qué demonios pasa contigo últimamente?! No esperó la respuesta, sabía que no la iba a tener. Se levantó y se metió en la cabaña sin mirar atrás. Sastre no se movió del sitio, asimilando todo lo que acababa de pasar. Al momento, Kaleth salió de la cabaña ataviado con chaqueta y morral. Se le notaba enfadado como pocas veces le había visto. —Kaleth... —le llamó. Pero no sabía qué podía decir, ni mucho menos aun explicar lo que había hecho—. Lo siento, yo... Hizo intento de detenerlo cuando pasó a su lado. Kaleth se apartó con brusquedad. Por un segundo, Sastre vio brillar el resentimiento en sus ojos.

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—Ni se te ocurra, déjame. Ahora no quiero escucharte. No cruzaron ni una palabra más. El joven se apresuró a desatar al caballo y lo montó. No le impidió marchar. No sabía cómo y, lo más importante, no tenía ningún derecho a hacerlo. Permaneció en silencio mientras el jinete y su montura tomaban el pequeño sendero que cruzaba el bosque. Al poco, las siluetas de ambos fueron engullidas por la espesura. Fue entonces cuando el Guardián terminó de perder la poca entereza que le quedaba. Solo una vez en su vida había sentido una desolación semejante, y fue cuando renunció al chico creyendo que era lo mejor para los dos. En aquella ocasión estuvo a punto de perder a Kaleth y ahora... No podía más que rogar al cielo porque eso no llegara a ocurrir. Se pasó las manos por el rostro, restregándoselo como si quisiera despertar de un mal sueño. Intentaba encontrar una explicación mientras analizaba lo que había sentido: la sangre hirviéndole en las venas, la adrenalina recorriéndole el cuerpo como un cóctel explosivo. No era solo que se hubiera dejado llevar por la euforia de la pelea. Durante unos segundos había perdido el control por completo, dando rienda suelta a sus más primitivos instintos. Y entonces recordó... Aquello no le sucedía desde que era un crío. Antes de ser nombrado Guardián del Norte, cuando se dejaba la piel en el adiestramiento y luchaba a vida o muerte contra los otros aspirantes, contra sus propios compañeros. Sin importar si estos eran amigos o no; si había compartido con ellos risas o llantos, sueños o miedos... Todos eran contrincantes a los que había que derrotar. El último año, cuando la dureza de las condiciones se había extremado y los oponentes eran cada vez menos, los días se volvieron furiosos. Sí, esa era la mejor definición. No importaba si el sol brillaba en lo alto o yacía escondido tras el horizonte, para sobrevivir había que estar permanentemente alerta, preparado para matar.

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El que uno acabara convertido en una bestia era inevitable. Pero, ¿por qué volvía a sentirse así ahora, después de tanto tiempo y en una situación que no podía ser más distinta? ¿Tendría algo que ver con la extraña inquietud que le venía acosando hacía días? De repente todo su cuerpo se puso en tensión. Algo iba mal. El bosque se había sumido en un inusual silencio y tardó unos segundos en reconocer el único y tenue sonido que llegaba a percibir. Pisadas... Pisadas lejanas que procedían de uno de los muros de árboles que rodeaban la cabaña, en el lado opuesto al sendero por donde había marchado Kaleth. No fue ese detalle el que le hizo descartar la posibilidad de que se tratara del joven; aquellas pisadas eran demasiado sigilosas y Sastre estaba seguro de que podrían serlo aún más. Fuese quien fuese aquél que se le estaba acercando, no pretendía ocultar su presencia. Recogió su nueva espada del suelo sin apartar la vista de los árboles. Poco tardó en vislumbrar entre la maleza la silueta de un hombre. Vestido con un chaleco largo de color negro que se le ajustaba al cuerpo y unos pantalones del mismo color, el desconocido se detuvo nada más pisar el claro; a unos veinte metros de distancia. Sastre le estudió. No podía distinguir su rostro porque lo llevaba medio cubierto bajo una capucha pero había algo en él que le resultaba familiar y no era solo su estatura o su complexión atlética, también sus movimientos. No fue hasta que se fijó en las dos dagas que pendían a ambos lados de sus caderas cuando creyó reconocer a aquel extraño. El corazón le dio un vuelco. —Yinn... —susurró. Como respuesta, el recién llegado echó hacia atrás su capucha, dejando ver una melena negra y brillante de mechones rebeldes. No le veía desde hacía dos años pero no podía ser otro. Sastre sonrió y no dudó en acercarse hacia él mientras su cabeza se llenaba de incógnitas: ¿A qué se debería su visita? ¿Habría venido a contarles

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lo del Guardián del Sur? ¿O quizá... venía a avisarles de algo más serio? ¿Y si corrían peligro? Frenó sus pasos al pensar en esto. Le había asaltado un mal presentimiento que se convirtió en certeza al observar, ahora más de cerca, el rostro del joven que tenía delante. A pesar del parecido, aquellos ojos de un azul tan gélido como el cielo en invierno no eran los de Yinn. En ese instante, el desconocido esbozó una sonrisa acorde con su mirada. Con un veloz movimiento desenfundó ambas dagas y, de inmediato, nacieron de sus puños los característicos tatuajes. Ascendieron por la piel de los brazos como serpientes angulosas, hasta alcanzar el rostro. Sastre ya lo sospechaba, pero al ver aquellas marcas negras tuvo la confirmación. Aquel Guardián había venido a por él.

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2. Cacería

Sin darle tiempo a ponerse en guardia, el desconocido saltó sobre él, arremetiendo con ambas dagas a la vez. Sastre logró parar con dificultad aquel brutal ataque que repercutió en sus huesos. Trastabilló hacia atrás, recuperando el equilibrio justo para detener el siguiente embate. Las chispas saltaron cuando aquellas dagas de hoja dentada arañaron el templado acero de la espada de Sastre. Eran como los afilados colmillos de un gran felino, unas armas letales que su dueño movía a una velocidad endiablada. Sastre tuvo que reconocerlo. Aquel desconocido era aún más rápido que Yinn y, por el contrario, él se había vuelto mucho más lento. Ahora se lamentaba de no haber entrenado más en serio durante los dos años que había durado su libertad. Tan solo podía retroceder, bloqueando los continuos ataques que se sucedían hasta que, de repente, su espalda dio contra el tronco del álamo. El desconocido lanzó uno de sus filos en arco, directo a la garganta de Sastre, que se apartó hacia un lado en el último instante. Los colmillos de la daga se clavaron profundamente en la madera del árbol, concediéndole un precioso segundo que no dudó en aprovechar, y asestó a su enemigo un codazo en pleno rostro. Este cayó al suelo. Sastre elevó la espada dispuesto a rematarle. Pero, antes de que pudiera bajar la hoja, su oponente ya estaba de nuevo en pie y la daga que aún conservaba le había abierto un corte en el costado. De nuevo tuvo que retroceder, y, mientras se cubría con una mano la herida sangrante, trató de pensar un plan. Por suerte, esta no era grave. Aún no estaba todo perdido. Tan solo necesitaba una buena maniobra que le permitiera alcanzar a su enemigo. Puede que este fuera más veloz y ágil que él, pero no era más fuerte. Si

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lograba alcanzarle, aunque fuera una vez, con todo el peso de su espada, aquel tipo podía darse por muerto. Su adversario también parecía estudiarle. Despacio, sin dejar de observar a Sastre, recuperó su daga del árbol y mostró los dientes en una sonrisa arrogante. —¿De veras crees que tienes alguna posibilidad, traidor? —El desconocido habló por primera vez. Sastre percibió el desprecio con el que escupía cada palabra. —No lo sé —contestó estrechando con firmeza la empuñadura de su espada—. Pero apuesto mi vida a que lo averiguaremos. —¿Tu vida? —El desdén en la sonrisa del desconocido se acentuó hasta transformarse en rabia—. Si por mí fuera, bastardo, te arrebataría tu miserable vida ahora mismo. Su enemigo hizo una pausa y, en ese momento, Sastre se dio cuenta de algo que le heló la sangre. No estaban solos. Le parecía increíble que no se hubiese percatado antes, pero así era. Ahora notaba claramente otras dos presencias en los alrededores. Podía oír sus pasos, y enseguida los vio aparecer. Se trataba de dos guerreros. Uno de ellos, más alto y delgado que el otro, era de tez tostada. El cabello, ondulado y azabache como la noche cerrada, le caía largo por la espalda. Su constitución física era envidiable, de músculos esbeltos pero bien marcados bajo sus ajustados ropajes. En su brazo derecho portaba un arma extraña: una especie de hoz a cuyo mango iba enganchada una cadena que se ocultaba tras la capa del guerrero. El otro hombre era el más mayor de los tres, y también el más corpulento. Tenía el pelo castaño y una perilla corta que, unida a sus ropas raídas, le daba un aspecto descuidado. Vestía de negro como los otros, mostrando unos poderosos músculos a través de la abertura de su abrigo. Apoyada sobre el hombro, llevaba un hacha de desproporcionadas dimensiones que él parecía cargar como si no fuera más pesada que una pluma.

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Al oír la carcajada que soltó el guerrero de las dagas, Sastre supo que su desconcierto era más que evidente. No pudo evitar que un sudor frío y una terrible sensación de desesperanza lo abordaran al comprender a quiénes se enfrentaba. Aquellos hombres no eran Guardianes como en principio había creído del primer desconocido. De haberlo sido, quizá podía haber salido victorioso de aquella situación, pero, para su desgracia, eran algo mucho peor, algo contra lo que no había escapatoria. Eran Ejecutores. Si los conocía era gracias a rumores que se habían perdido hacía tiempo en su memoria. Eran las historias de miedo que se contaban en las noches durante los primeros años de adiestramiento, cuando a los aspirantes a Guardián se les inyectaba la lealtad en las venas a base de aterrorizarles con las horribles torturas que se les reservaba a los desertores. Era entonces cuando oían por primera vez su nombre. Eran más que Guardianes. Guerreros que vencían allá donde habían sido derrotados los demás. A los que les eran encargadas las misiones más peligrosas y secretas. Y, sobre todo, los que daban caza a los traidores... Por lo demás, se hablaba tan poco de ellos que había acabado convencido de que no eran más que una leyenda. Y ahora tenía delante nada más y nada menos que a tres de ellos. Había un Ejecutor por cada territorio, al igual que los Guardianes. De modo que, si los rumores eran ciertos, faltaba un cuarto. En cualquier caso, Sastre ya tenía suficiente con aquellos tres como para preocuparse por el paradero del último. Observando a sus nuevos enemigos lo supo. No iba a salir vivo de allí. Sin embargo, no tenía miedo. Tan solo lamentaba no haber podido despedirse de Kaleth. Sentía con todo su ser que el último recuerdo que el chico iba a llevarse de él fuera el incidente que habían tenido esa mañana. Pero, gracias a eso, ahora él estaba a salvo lejos de allí. En el fondo habían tenido mucha suerte.

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Sabía que si le atrapaban le esperaba el castigo de las tres lunas sangrientas. Un tormento tan atroz que los pobres desgraciados que lo padecían empezaban suplicando la muerte y acababan perdiendo la cordura. Decidido, aferró su espada por la mitad de la hoja y colocó el puntiagudo extremo sobre su garganta. —No me cogeréis vivo —aseguró, lanzando una desafiante mirada a los Ejecutores. Los tres hombres cruzaron miradas sin moverse del sitio. —Menuda sorpresa. Además de desertor, cobarde —dijo con repulsa el Ejecutor de las dagas. —Ríndete, Guardián —habló el hombre de piel oscura. Tenía un porte solemne y la mirada digna de un general. Su tono grave no desvelaba ninguna emoción—. Acepta tu destino con honor. Si es que aún te queda algo. Sastre tragó saliva. Que apelaran a su honor era lo peor que podían hacerle. Era una cualidad que todo Guardián llevaba grabada a fuego en su interior. Vaciló y ese pequeño instante de duda fue su perdición. De pronto, asaltando el claro por el pequeño sendero, apareció galopando un jinete. En cambio, lo que paralizó a Sastre no fue el recién llegado, sino descubrir a aquel que iba cargado detrás, tumbado inerte a lomos del caballo como si de un par de alforjas se tratase. —¡Kaleth! —exclamó al verle, pero el chico no respondió. El jinete avanzó hasta detenerse entre el desertor y sus tres cazadores. Fue al escuchar como uno de estos le llamaba comandante, cuando Sastre cayó en la cuenta de quién era. La frialdad de sus ojos grises le provocaron un escalofrío. Era como mirar directamente a la muerte. No en vano se le conocía por aquel apodo... El Espectro. Era el líder. El único Ejecutor cuyas hazañas trascendían más allá del misterio que envolvía a aquellos guerreros. Se decía que era capaz de robarte la vida sin hacer el más mínimo ruido y que era lo último que veías. También se contaba que, con solo doce años, había llevado a

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cabo su misión de iniciación, asesinando a su primer desertor: un veterano del que algunos rumores decían que había sido su maestro. Sin embargo, aquel guerrero no era el ser salido de pesadilla que se había imaginado. Todo lo contrario. Sus rasgos eran finos y hermosos. Sus mechones cortos de un blanco perfecto, se mecían al compás del viento desafiando a la gravedad. No sería más alto que el propio Kaleth y por lo poco que se podía apreciar con aquella capa que le cubría hasta los muslos, debía ser de complexión delgada. Su apariencia joven tampoco se correspondía con su edad. Su leyenda era más vieja que él. En ese momento, el jinete levantó la cabeza de Kaleth, agarrándole del pelo. Sastre pudo comprobar que, aunque inconsciente, aún respiraba. Aquella visión le encogió el corazón. —Arroja tu espada, desertor —le ordenó el Espectro. Su voz, aunque autoritaria, armonizaba con su rostro—. Y le perdonaremos la vida a tu amante. Te doy mi palabra. Sastre abrió los ojos sorprendido ante aquella propuesta. No muy lejos escuchó al guerrero de las dagas intentar contener un bufido de protesta. —Pero si te quitas la vida —continuó el jinete—, será él quien asuma tu castigo. ¡No! Aquello no lo permitiría. Sastre tiró el arma. No le quedaba otra salida. Si entregándose al menos conseguía proteger a la persona que amaba no había por qué dudar. Aquel Ejecutor había dado su palabra. Kaleth quedaría al margen. El Ejecutor de las dagas se le echó encima casi sin esperar a que su espada tocase el suelo. Sastre no se movió, recibió aquel golpe asestado con saña. Lo último que sintió fue una oleada de dolor estallando en su nuca antes de perder el conocimiento. El Espectro no tuvo que dar la orden. Los otros dos guerreros se acercaron a recoger el cuerpo de Sastre en cuanto este mordió el polvo.

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Le ataron las manos a la espalda mientras su líder hacía sitio en el caballo, echando abajo al inconsciente Kaleth. Tras esto, cargaron al prisionero a lomos del animal. —¡Vamos! —El Espectro espoleó a su caballo y salió galopando hasta perderse en el bosque. Los otros Ejecutores se pusieron en marcha inmediatamente, todos menos el joven de las dagas. Este se acercó a Kaleth, se acuclilló sobre él y despacio trazó, con el filo de una daga, una fina línea sobre la mejilla del chico. —Adiós, zorrita —murmuró a la vez que alzaba el brazo preparándose para asestar una puñalada mortal. De repente, algo impactó contra su mano, obligándole a soltar la daga. La sombra fugaz del objeto que le había golpeado cruzó por su lado, regresando a su origen. El joven alzó la vista y se topó con la figura del Ejecutor de piel morena vuelto hacia él, recogiendo la bola de metal —no más grande que uno de sus puños— que pendía de la cadena de su arma. —¿Te atreves a contrariar la decisión de Nieve? —inquirió el hombre moreno mirándole con expresión severa. El joven frunció el ceño en un gesto de resentimiento. Sin embargo, no dijo nada. Se puso en pie, enfundó sus dagas y se encaminó hacia el bosque ante la atenta mirada de su compañero.

Caía la noche cuando volvió en sí y, aparte del frío húmedo que entumecía su cuerpo, le recibió un descomunal dolor de cabeza. Kaleth se incorporó con lentitud pues el más leve movimiento le hacía sentir como si tuviera una estampida de reses entre las sienes. Aturdido, se quedó sentado un momento mientras intentaba rememorar lo sucedido. Le habían asaltado pero le extrañó no

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encontrarse en medio del sendero donde había ocurrido, sino en el claro, frente a la cabaña. ¿Le habría traído Sastre hasta allí? ¿Pero entonces por qué no le había metido en casa en lugar de dejarle a la intemperie? Y lo más importante... ¿dónde estaba? No le veía por ninguna parte, ni tampoco distinguía luz alguna en la cabaña. —Auh... —Se llevó una mano a la frente. Estaba demasiado dolorido para pensar con claridad. Fue al tratar de levantarse cuando la descubrió, tirada en el suelo cerca de él, la espada nueva que le había regalado esa misma mañana. Se acercó para recogerla y lo que vio le golpeó como una bofetada que logró despejarle por completo. ¡Sangre! En la hoja, en la empuñadura... Había manchas de sangre por toda la espada y, fijándose bien, encontró también restos de ella en el suelo. ¿Estaría herido Sastre? Fue la primera pregunta que se le pasó por el pensamiento. Un temor que hizo que sus pálpitos se disparasen. Entonces recordó al jinete que le abordó en el camino y, analizándolo, cayó en la cuenta. No se trataba de un bandolero, sino de un guerrero. Una aterradora sospecha se apoderó de su corazón. Ignoró su jaqueca y corrió hacia el interior de la cabaña, allí confirmó lo que ya temía, Sastre no estaba. Rápidamente cogió un candil, prendió la mecha y volvió a salir. En aquellos dos años, Sastre le había enseñado a encontrar y descifrar rastros, algo que le había sido de gran utilidad en sus numerosas cacerías. De modo que, pese a la escasa luz, no le costó hallar varias pistas que le ayudaron a componer la escena. Allí se había librado una pelea. Sastre había sido herido y, finalmente, apresado. Sus enemigos eran cuatro, tres iban a pie y uno a caballo... El mismo guerrero que le había atacado.

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Kaleth sintió cómo el peso de la culpabilidad caía de pronto sobre sus hombros. Habían atrapado a Sastre. Y lo habían logrado gracias a él, pues seguramente le habían usado para chantajear al Guardián. Una vez más, Sastre lo había sacrificado todo por él. Las piernas le flaquearon. Vencido por la impotencia, tuvo que dejarse caer hasta quedar arrodillado. La aflicción lo embistió de inmediato. Al igual que una bestia despiadada, se abrió paso en su interior, desgarrándole a medida que asimilaba lo sucedido. La Orden se lo había llevado. Eso significaba que jamás volvería a verle. No volvería a contemplar el profundo azul de sus ojos, ni escucharía su voz. Ya jamás sentiría el calor de su cuerpo o la ternura de sus caricias, ni sus cálidos labios regalándole un beso al amanecer. Y nunca más volvería a decirle lo mucho que lo amaba. Aquellos hombres le habían arrebatado todo eso y mucho más. Le habían arrebatado lo único que le importaba. Y entonces, observando entre lágrimas el ensangrentado filo de la espada que tenía ante él, decidió que eso no quedaría así.

— Sastre... Un apagado susurro fue, poco a poco, colándose en su cabeza. — Eh, Sastre... Repetía su nombre. La voz le recordaba a alguien que no supo concretar. Entreabrió los ojos y solo pudo distinguir una mancha oscura y borrosa. — ¿Es que no te vas a despertar nunca? Aquel tono impertinente, estaba seguro de que ya lo había oído antes... En alguna parte. La mancha borrosa fue tomando forma, dando paso a un rostro vagamente iluminado por la luz de la luna. Unos ojos negros, del

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mismo tono que el cabello alborotado que caía sobre ellos, le observaban con gesto cansado. Los reconoció. Sin embargo, ya se había confundido una vez y quiso asegurarse. —¿Yinn? —La pregunta le arañó la garganta seca haciéndole toser. —Veo que te han dejado más tonto de lo que ya eras —oyó que le decía sin dejar de susurrar—. No hagas tanto ruido. Ahora logró verle mejor. Pese al lamentable estado en el que se encontraba, era él: Yinn, el Guardián del Este. Sentado a su lado, con las manos atadas a la espalda y el cuerpo cubierto de moratones y cortes. Las señales de la paliza que había recibido eran más que evidentes. Su ropa estaba casi destrozada. Sobre todo la parte superior, la cual había sido reducida a jirones, a través de los cuales se distinguían las heridas que había bajo ellos. El motivo de que se encontrara en esa situación era obvia. Yinn había sido cómplice de su traición y, por lo tanto, también debía pagar por ello. Pero, a pesar de que los dos asumieron en su día el riesgo al que se estaban exponiendo, ahora no resultaba tan fácil. Al ver a su antiguo compañero así, Sastre sintió rabia y rencor contra aquellos que le habían golpeado, contra la Orden por tener esas estúpidas leyes y, sobre todo, contra sí mismo, por haberle permitido involucrarse al aceptar su ayuda. —Yinn… Lo siento —dijo en un leve murmullo lleno de pesar. —No te disculpes. —El Guardián del Este negó con la cabeza—. Yo sabía lo que me hacía… Los dos lo sabíamos. Sastre desvió la mirada avergonzado. Aunque su amigo tuviera razón, no podía evitar sentirse culpable. Echó un vistazo a su alrededor. Era de noche y se encontraban en un bosque, al pie de un enorme roble. Les habían atado con las manos a la espalda. Notaba el peso de los grilletes en las muñecas, y en el cuello, desde donde surgía una larga cadena que se alzaba hasta el árbol.

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Lo que no encontró fue rastro de los Ejecutores. Estaba a punto de preguntar por ellos cuando vio que Yinn alzaba la vista hacia la copa del árbol indicándole esa dirección. Sastre se fijó en el punto donde la oscura fronda devoraba las cadenas. No llegó a atisbar nada pero concentrándose fue capaz de percibirlo: allí arriba había alguien vigilándolos. —Lo que yo lamento —escuchó murmurar al joven—, es que nos hayamos vuelto a encontrar de esta manera. Al mirarle, pudo apreciar en sus labios una triste sonrisa. —Yo también —admitió con sinceridad. En efecto, se había acordado de él muchas veces. ¿Cómo olvidar aquel carácter descarado que había llegado a exasperarle en más de una ocasión? Y, sobre todo, ¿cómo olvidar que, de no ser por él, no habría conocido la felicidad aquellos dos últimos años? Se sentía tremendamente en deuda con él. —¿Y Kaleth? ¿Está...? —Yinn dejó la pregunta en el aire. Sastre sintió una punzada de dolor al recordar al chico. —Está bien. Le han perdonado la vida. —Entiendo. Por eso estás tú tan entero —sonrió Yinn al deducir que su amigo se había entregado a cambio de esa indulgencia—. Por cierto, ¿alguna idea de cómo te han encontrado? Antes de que pudiera contestar, una figura cayó del roble y aterrizó frente a ellos. Al mismo tiempo, el cuerpo de Yinn se alzó con violencia hasta quedar colgado de la cadena de su cuello. El Ejecutor de las dagas tiraba con fuerza del otro extremo de esta, usando una rama como polea para ahorcar a su prisionero. Parecía disfrutar viéndolo revolverse inútilmente en el aire. Sastre intentó levantarse para intervenir, pero el Ejecutor le volvió a tumbar de una patada. —Tú quieto —le ordenó colocándole una daga en la garganta mientras que, con el otro brazo, se bastaba para sujetar el peso del

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Guardián del Este—. ¿Qué demonios os creéis? ¿Qué podéis estar de cháchara tan tranquilos? —Cálmate, Shen. —La orden sonó justo a la espalda del joven de las dagas. Nadie lo había visto, ni siquiera presentido, pero ahí estaba frente a ellos: Nieve, el Espectro. Así era su manera de moverse, aparecía de la nada haciendo honor a su sobrenombre. El joven de las dagas soltó la cadena y se puso firme como una estatua. Yinn cayó de nuevo al suelo quedando de rodillas. Nieve se acercó a él y, tomándole de la barbilla, le hizo alzar la cabeza. —Bebe —dijo colocándole la boquilla de un pequeño odre en los labios. Del recipiente brotó un líquido que el joven bebió sin rechistar. Después, el Espectro se acuclilló frente a Sastre y le levantó la camisa. Fue entonces cuando el Guardián se dio cuenta de que la herida de su costado había sido vendada. El líder de los Ejecutores observó el vendaje comprobando que la herida había dejado de sangrar y después subió la mirada hasta detenerla en la de su prisionero. Al hacerlo, sus ojos grises centellearon bajo la luz de la luna como los de un depredador. —Tú también, bebe. —Como había hecho con Yinn, le acercó el odre a la boca. Sastre se negó girando el rostro. Sabía que el deber de los Ejecutores era entregarle vivo a la Orden, donde le torturarían hasta convertirle en un pedazo de carne agonizante. Si se molestaban en curarle las heridas era solo porque debía llegar a su castigo, un destino que no le inspiraba demasiadas ganas de colaborar. El Ejecutor de las dagas se abalanzó sobre él. Agarrándole con fuerza la mandíbula y la nariz, le abrió la boca. Nieve vertió parte del contenido del odre directamente sobre su gaznate y, acto seguido, le obligaron a tragar. Sastre rompió a toser y para cuando recuperó la respiración, los dos Ejecutores se habían apartado de ellos a una distancia donde no

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alcanzaba a oírles. Observó como Nieve parecía darle instrucciones al otro guerrero, pues este se limitaba a asentir. Fijándose bien en el joven al cual el Espectro había llamado Shen, no pudo resistir la tentación de preguntar: —Yinn, ese Ejecutor, el del pelo negro... —Sí —contestó este sin dejarle terminar. Su expresión se ensombreció—. Es mi hermano. Sastre tuvo la impresión de que su amigo no quería que ahondaran en ese asunto y guardó silencio. Ahora entendía por qué aquel Ejecutor se mostraba tan resentido con ellos. A diferencia de sus otros captores, era el único que parecía tomárselo como un asunto personal. Supuso que el ver a su hermano convertido en un traidor debía ser un duro golpe para su honor. En ese instante, advirtió que Yinn caía hacia un lado, hasta quedar tendido en el suelo, profundamente dormido. No tardó en notar un sopor intenso provocado por aquel brebaje y su olor dulzón. Las siluetas de los dos Ejecutores comenzaron a difuminarse y, antes de caer rendido al sueño, le pareció volver a ver ese extraño destello en la mirada del Espectro. No podía explicarlo pero tenía la sensación de que aquellos ojos no eran del todo humanos.

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3. Shilo

Llevaba días siguiendo aquella dirección: noreste, siempre noreste, sin más compañía que la de su fiel caballo. Había cruzado valles, montañas y bosques deteniéndose solo para lo necesario. Debía apresurarse, el Supremo reclamaba su presencia urgentemente. Así se lo habían comunicado en la nota que, días atrás, le habían hecho llegar por paloma mensajera. Como Guardián del Oeste, Shilo debía obedecer y ponerse en camino de inmediato, aunque eso significase abandonar la misión que estuviese llevando a cabo. Hacía tiempo que había dejado atrás las lindes de su territorio. Ya no conocía las tierras por las que cabalgaba y no podía aventurarse a perderse. Por ese motivo abandonó el cobijo de la arboleda y se aproximó a un pequeño sendero donde no tardó en cruzarse con un par de labradores. —Disculpen... —dijo deteniendo su montura al llegar hasta ellos—. ¿Podrían decirme por dónde se va a Rhodesa? Los dos hombres necesitaron unos segundos para superar la extrañeza de toparse con una joven viajando sola, sobre un imponente caballo negro y vestida con ropas de cazador. No podían imaginar que se encontraban ante una asesina, una de las más letales sobre la faz de la tierra pese a sus veintiún años. Porque esa era la especialidad del Guardián del Oeste: rastrear, perseguir y dar caza a aquellos que le habían encargado. Su vista era de águila, su puntería infalible y su ballesta rápida como el pensamiento. Así era Shilo. Después de que le indicaran el camino, le bastó dar una palmada en el lomo del animal para que este saliera al galope dejando a aquellos labradores con una enorme curiosidad y una buena ristra de preguntas en la boca. Si no se equivocaba en los cálculos, llegaría al

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pueblo de Rhodesa antes del atardecer y, una vez allí, apenas un día de viaje le separaría de su destino: la sede de la Orden.

La marcha estaba siendo tan agotadora que le ardía el pecho y las piernas le pesaban como si fueran de piedra. Aun así, tanto Yinn como él seguían corriendo. No tenían más remedio, era eso o ser arrastrados por el suelo. Sus captores les imponían el intenso ritmo del viaje desde sus respectivos caballos. Sastre no sabía de dónde habían sacado a aquellos animales. A excepción del ejemplar blanco que montaba el Espectro, no recordaba haber visto a ninguno de los otros tres. Sin embargo, ya los tenían cuando les despertaron antes del amanecer, y desde entonces habían cabalgado a través del bosque llevándoles cogidos de la cadena del cuello como a perros. Además del cansancio, la herida de su costado había empezado a sangrar de nuevo y se sentía cada vez más débil, pero pese a todo se encontraba en mejor situación que Yinn. Al Guardián del Este le estaban pasando factura sus múltiples contusiones, cojeaba debido a una herida en el muslo y resistía a duras penas los bruscos tirones que sin ninguna piedad le daba aquel que se suponía era su hermano. Sastre caminaba en último lugar, bajo la custodia del Ejecutor del hacha, y observaba aquel trato humillante mientras la impotencia le invadía. Hasta que, presa del agotamiento, Yinn cedió ante uno de esos tirones y acabó cayendo al suelo. Shen lo llevó a rastras varios metros antes de detener el caballo y volverse contrariado hacia su prisionero. —Vamos, levántate, escoria. No nos hagas perder más tiempo. — Tiró de la cadena obligándole a ponerse de rodillas y se burló al verle tambalearse—. Oh, pobrecito, ¿estás mareado?

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—Sí, debe ser este olor a mierda inmunda —replicó Yinn alzando arrogante la cabeza—, y no lo digo por el culo del caballo. Llegado ese punto, Sastre ya estaba lo bastante cerca de ellos como para ver los ojos del Ejecutor abriéndose de par en par y llenarse de indignación al instante. Hizo girar a su caballo en redondo, encaminándose hacia Yinn para, a continuación tumbarle de una patada en pleno rostro. Y, no contento con esto, desmontó dispuesto a seguir golpeándole. Aunque poco podía hacer atado con las manos a la espalda, Sastre aprovechó que Shen estaba lo suficientemente obcecado con su hermano para cargar de hombros contra él, propinándole un inesperado y fuerte empujón. No llegó a caer al suelo, pero aquel ataque le enfureció aún más y desenfundó sus dagas. Sastre se preparó para lo que había desencadenado y entonces alguien le golpeó en la espalda con una fuerza tan descomunal que creyó que le había caído un árbol encima. Cayó de bruces y sin respiración ante los pies del Ejecutor del Este. Su agresor, el Ejecutor del hacha, ni siquiera había necesitado su arma para mandarle al suelo. —Debemos continuar —dijo este dirigiéndose a su compañero. —¿Qué sucede? ¿Por qué os habéis detenido? —preguntó Nieve. Había retrocedido, junto con el otro Ejecutor, hasta llegar a ellos. —Los prisioneros están demasiado cansados, Comandante —le contestó el Ejecutor del hacha. El Espectro les estudió durante unos segundos antes de hablar. —No podemos dejar que esto nos retrase. Yo llevaré al desertor. Jarre, súbelo a mi caballo —ordenó al Ejecutor del hacha, y después se dirigió al hombre de piel oscura—. Kamil, tú lleva al otro —dijo sin siquiera mirar a Shen. Los dos hombres obedecieron. Sastre se sintió ridículo cuando aquel gigante que le sacaba una cabeza de estatura le alzó cogiéndole de la cintura con la misma facilidad que si fuera un niño pequeño y le

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subió a lomos del caballo de Nieve. Del impulso, su pecho dio contra la espalda del líder de los Ejecutores. Este le miró de reojo. —Procura no rozarme. Sus iris habían perdido el insólito brillo de la noche anterior, pero aquella mirada le heló la sangre. Sastre se echó hacia atrás evitando aquel contacto, y así, rígido como una estatua, se mantuvo durante el resto del largo camino. Era absurdo. Sabía que aunque se revelara no podían matarle, pero algo emanaba de aquella persona que le hacía temerla más que a la tortura que le esperaba.

Aquella no era la primera taberna en la que ponía los pies, aunque sí la más concurrida. Comenzaba a anochecer y el lugar ya estaba abarrotado de borrachos, vividores y mercaderes ambulantes que acudían allí a descansar. Rhodesa era un pueblo situado en la confluencia de varias rutas comerciales, lo que propiciaba la intensa actividad que recorría sus calles, donde tabernas que ofrecían hospedaje, como aquella, no faltaban. Un sitio así era justo lo que Kaleth estaba buscando. Por desgracia, y tras pasar toda la noche siguiendo el rastro de los hombres que se habían llevado a Sastre, había acabado perdiéndoles la pista por la mañana. Desde entonces, se había limitado a vagar de pueblo en pueblo en busca de información sobre el paradero de la sede de la Orden, pero las pequeñas aldeas de labradores que había encontrado hasta ahora poco podían contarle acerca de los Guardianes. Sin embargo, Rhodesa era diferente. Por aquel pueblo pasaban viajeros que habían cruzado el país de punta a punta y quizá alguno pudiera ayudarle. Pidió una jarra de cerveza y mientras le servían, estudió el lugar. Era amplio, una gran y única sala llena de mesas donde sentarse y con

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una larga barra al fondo. A un lado, unas escaleras conducían al piso de arriba donde se encontraban las habitaciones para los huéspedes. La clientela se hallaba repartida entre las mesas y la barra, en grupos o en solitario. Algunos comían, otros se limitaban a beber y charlar mientras las camareras iban y venían cargadas con bandejas llenas de viandas y bebidas. En una de las mesas, divisó a un par de achispados mercaderes que le parecieron los más indicados para empezar sus pesquisas. Tomando su jarra, se disponía a acercarse a ellos cuando la vio entrar. Una mujer joven cruzó la entrada llamando la atención de muchos de los presentes. No porque fuera una mujer, pues ya había otras allí, sino porque iba sola y vestida de hombre, lo cual no era muy habitual. Sin embargo, la viajera no pareció sentirse intimidada ante las decenas de miradas indiscretas que se clavaron en ella y caminó hasta la barra con paso decidido. Separados tan solo por un borracho que dormitaba con la cabeza apoyada sobre la barra, Kaleth pudo observar con disimulo a la recién llegada. No era muy alta y su complexión menuda le hacía parecer inofensiva, pero en su mirada de ojos verdes brillaba una entereza que rozaba la osadía. Su cabello castaño oscuro era corto hacia la nuca, aunque de flequillo generoso, sobre todo en el lado derecho, en el que caía hasta la mitad del rostro sobre una cicatriz que le cruzaba la mejilla. Sus ropas, oscuras y con una gruesa capa a la espalda, estaban lejos de parecerse a los vestidos que llevaban las mujeres de su edad, aunque se ajustaban a sus formas femeninas de una manera que no daba pie a confusiones. En general, su aspecto no inspiraba demasiada confianza. De ahí que el tabernero no la recibiera con muy buenos modos. —¿Qué es lo que quieres? —inquirió el hombre alzando la barbilla. Su tamaño doblaba tanto en ancho como en alto al de la joven. —Algo de cena para mí, y agua y comida para mi caballo, ¿es posible? —quiso saber ella.

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—Lárgate. Aquí no servimos a chusma como tú —espetó el tabernero dándose media vuelta. Kaleth distinguió una media sonrisa en el rostro de la mujer cuando esta preguntó: —¿Chusma como yo...? ¿Le importaría ser más concreto, señor? El hombre volvió a mirarla con desdén. —Que no queremos vagabundas, prostitutas baratas o lo que quiera que seas. El movimiento fue demasiado rápido para los que seguían curiosos la escena, que solo acertaron a ver cómo la capa que cubría a la joven se agitaba a sus espaldas y, de repente, descubrieron en la mano derecha de esta una ballesta con la que apuntaba directamente a la frente del tabernero. —¿Y si lo que soy es un Guardián capaz de atravesarle el cráneo ahora mismo, sería bienvenida en esta casa? La pregunta se escuchó en toda la taberna. El bullicio que antes reinaba había ido apagándose hasta convertirse en un silencio sepulcral cuando en el cuello y rostro de la mujer se dibujaron los tatuajes que legitimaban sus palabras. De sobra eran conocidas aquellas marcas negras y lo que significaban. Quien no las había visto alguna vez, había oído hablar de ellas, y en todos causaban el mismo temeroso respeto. Pero en Kaleth aquellos tatuajes despertaban una emoción totalmente distinta; sus esperanzas se renovaron al verlos, pues ¿quién mejor que un Guardián podría decirle dónde encontrar a Sastre? —¿Va a contestarme, tabernero? —insistió la mujer al hombretón cuyo rostro estaba lívido como el de un muerto. —S... sí, señorita —balbuceó este—. Claro que es usted bienvenida. Satisfecha, la mujer volvió a guardar su arma. Los tatuajes se desvanecieron. —Guardián... Llámeme Guardián, no señorita.

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—Por supuesto, mi buen Guardián —asintió el hombre nervioso—. Espere un momento, le prepararé una mesa donde pueda acomodarse. El tabernero salió raudo de la barra. Pese a que todas las mesas estaban ocupadas, no tuvo reparos en ahuyentar, a base de coscorrones, a un par de jóvenes lugareños que bebían cerveza en una de ellas. A toda prisa, limpió la mesa y una de las sillas y después, con un gesto del brazo, invitó a la Guardiana a sentarse. Kaleth observó como ella tomaba asiento. Parecía complacida con el efecto causado. —¿Qué desea tomar? —preguntó el tabernero—. No se preocupe, invita la casa. La joven se quitó la ballesta y la bolsa de piel que llevaba ocultas bajo la capa para colocarlas sobre la mesa ante la atemorizada mirada del hombre. —No quiero su generosidad, tabernero. Yo pagaré mi cuenta — declaró—. Tráigame pan, agua y un poco de carne. Y no se olvide de mi caballo, es el corcel negro que está sin amarrar —añadió señalando con el pulgar en dirección a la entrada. El hombre se marchó a hacer lo que le habían ordenado y, poco a poco, la taberna fue recuperando parte del ambiente distendido de antes. Nadie se atrevió a molestar a la Guardiana y Kaleth se alegró de ello. Eso le brindaba la oportunidad de acercarse a hablar con ella sin que hubiera estorbos de por medio. Claro que antes debía planear bien lo que iba a decirle. Lo que necesitaba saber era información secreta, así que no iba ser tan fácil como saludar y preguntar dónde se hallaba la sede de los Guardianes. Tenía que pensar en una manera de sonsacárselo sin que ella se diera cuenta. Pero, ¿cómo? Si era demasiado descarado, visto como se las gastaba aquella joven, corría el riesgo de llevarse un escarmiento. En ese instante, su mirada fue a posarse sobre la blanca espuma que asomaba por el borde de su jarra de cerveza, y se le ocurrió una idea. Recordó lo mal

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que le sentaba el alcohol a Sastre. Bastaban unos cuantos tragos para emborracharle y convertirle en una persona mucho más extrovertida de lo que era en su estado normal. Mira que te lo dije, Kaleth. Los Guardianes no estamos acostumbrados a beber alcohol. Siempre se quejaba en plena resaca al día siguiente, cuando le reprochaba que le hubiera convencido para beber. Kaleth sonrió para sus adentros. Si era verdad, aquello podía funcionar. Aprovechó una de las cabezadas que se estaba echando el borracho de al lado para robarle su cerveza y, tomando la suya propia, se acercó a la Guardiana. Al percatarse de su presencia, esta clavó los ojos en él, recibiéndole con una expresión ceñuda, y no pudo evitar sentirse cohibido. Aquella mirada emanaba una seguridad abrumadora. Por un momento, Kaleth tuvo el presentimiento de que lo que iba a conseguir de aquella mujer era, con mucha suerte, un puñetazo. Pero se contuvo de dar media vuelta pues no podía perder la mejor oportunidad que se le había presentado hasta ahora de encontrar a Sastre. —¿Me permite invitarle a una cerveza? —le preguntó forzando la mejor de sus sonrisas. —Ahórrate la molestia, chico —le respondió ella—. No importa el lío en el que estés metido. Solo estoy de paso, no podría ayudarte ni aunque estuvieses amenazado de muerte. Kaleth se quedó bloqueado por un instante, hasta que cayó en la cuenta de lo que ella había supuesto. —Oh, no. Me temo que se confunde. No quiero solicitar su ayuda — explicó con tono amable—. Es que, verá... Siempre he querido conocer a un Guardián. Aquello pareció agradar a la joven, pues suavizó su expresión. —¿Qué eres...? ¿Una especie de admirador? —Bueno... Algo así. —Kaleth se hizo el tímido, bajando la mirada al suelo.

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—Está bien, puedes sentarte. La Guardiana le arrimó una silla empujándola con el pie. Kaleth, a su vez, le tendió una de las jarras de cerveza y tomó asiento frente a ella. —Me llamo Kaleth. —Shilo, Guardián del Oeste. —Es todo un honor conocerte, Shilo —dijo, y alzó su jarra para brindar—. ¡Por la Orden! —Por la Orden. —Ella aceptó el brindis y chocó su jarra contra la de él antes de beber un buen trago. ¡Esto va bien! Pensó Kaleth mientras rogaba por que no le traicionaran los nervios. —La verdad es que estoy impresionado. No sabía que había mujeres Guardianes. —No es muy común. Creo que soy la segunda o la tercera en la historia. —explicó Shilo mientras sus labios se estiraron en una ligera sonrisa que dejaba entrever el orgullo que sentía. Ahora que la veía de cerca y de frente, pudo observarla mejor. Incluso con aquella cicatriz rompiendo la armonía de sus rasgos, tuvo que admitir que era mucho más atractiva de lo que le había parecido en principio. Por eso no le costó demasiado decir lo que creía que ayudaría a romper el hielo. —Y seguro que la más guapa. A la Guardiana casi se le atragantó la cerveza que estaba bebiendo en ese momento. Tosió tapándose la boca un par de veces y después le miró. —Me halagas, chico. Pero debo advertirte de que pierdes el tiempo si quieres algo conmigo —le dijo arqueando una ceja—. A los Guardianes no nos interesan ese tipo de cosas. No, para nada... Kaleth se guardó para sí el irónico comentario y la sonrisa que le provocó el recuerdo de los muchos y ardientes momentos en los que Sastre le había demostrado lo equivocado de aquellas palabras.

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—Te aseguro que no es esa mi intención —aclaró fingiéndose avergonzado—. Me causas demasiado respeto. En ese momento, el tabernero apareció con una bandeja llena de comida. —Su cena, honorable Guardián. Espero que sea de su agrado — deseó el hombre mientras iba dejando los platos sobre la mesa—. Y por su caballo no se preocupe, un mozo se está ocupando de él. Kaleth contempló cómo la mesa se iba llenando con carnes a la brasa, quesos de distintos tipos, pan y frutas sin poder evitar que su estómago reaccionara ante tal estímulo. En todo el día solo había tomado una manzana y un trozo de pan por la mañana, lo último que le quedaba de las escasas provisiones que había cogido con las prisas. Había pensado que siempre podía cazar algo si lo necesitaba, pero al final no había querido perder tiempo con eso. —Esto es demasiado para mí sola. —Oyó resoplar a la Guardiana—. Chico, si te apetece algo, sírvete. Abrió más los ojos ante aquella invitación que le pilló por sorpresa. Tratando de no parecer un vagabundo muerto de hambre, sonrió agradecido. —Es muy amable pero no creo que... —Anda, come y calla —insistió acercándole el plato con la carne y después se volvió hacia el tabernero—. Tráiganos otro par de cervezas. El hombre obedeció y al minuto regresó con las bebidas. Mientras se servía un trozo de carne, Kaleth observó discretamente cómo ella apuraba su primera cerveza para pasar a la segunda. Ya se podía apreciar algo de rubor en sus mejillas y se sintió optimista. Si aquella joven seguía bebiendo así, no tardaría mucho en soltársele la lengua y él solo tendría que ir conduciendo la conversación hacia donde quería llegar. —Antes has dicho que estabas de paso, ¿estás cumpliendo alguna misión? —le preguntó poniendo cara de sumo interés.

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—No exactamente, me dirijo a reunirme con el Supremo —contestó Shilo después de morder un pedazo de queso. Aquella revelación le recorrió la columna vertebral. ¿Podía haber una suerte mayor que el haber topado con alguien que iba precisamente al lugar que estaba buscando? Haciendo un esfuerzo por ocultar su impaciencia, Kaleth fingió no saber de quién se trataba. —¿El Supremo? —Sí, es la máxima autoridad dentro de la Orden —le explicó ella. —Ah... Tuvo que contener no solo las ganas de preguntar lo que quería saber, sino la excitación que había despertado en él tan afortunada coincidencia. Incluso sus latidos se habían acelerado. Calma, Kaleth. Debía seguir con aquella farsa y congeniar con aquella mujer antes de abordar tan delicada cuestión. Y así lo hizo. Al cabo de dos horas, los platos vacíos yacían amontonados sobre la mesa al igual que las jarras de cerveza. —Venga, Shilo, no seash ashi. Dime dónde está eshe Super...Supermo... —trataba de pronunciar Kaleth, pero la lengua parecía habérsele dormido—. ¡Supremo! —Ya te lo he dicho, amigo mío. Es secreto —contestó la Guardiana negando con la cabeza. —Pero yo shoy de confianza —insistió—. Y eshtoy muerto de curioshidad. —Lo que estás es muy borracho —aseguró Shilo riéndose. Al ver que ella le retiraba la jarra de cerveza, Kaleth se dio cuenta de que la situación se le había escapado de las manos. Con que los Guardianes no saben beber, ¿eh? Aquella mujer no podía estar más lejos de aquella afirmación, iba por la quinta jarra y seguía tan serena como al principio, mientras que él ni siquiera había podido terminarse la cuarta. Sentía la cabeza

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embotada y no podía pensar con claridad. Los párpados le pesaban por culpa del alcohol y el cansancio acumulado. —Sastre, maldito idiota —murmuró a la vez que, sin darse cuenta, apoyaba la cabeza sobre la mesa. Y entonces se quedó dormido ante la mirada en absoluto sorprendida de la Guardiana. —Bueno, chico, ha sido muy entretenido. No creo que volvamos a vernos, así que adiós —se despidió Shilo, aunque sabía que no estaba siendo escuchada. Después recogió sus cosas y, tras pagar al tabernero, se marchó.

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4. Destino

Habían llegado. Tras atravesar kilómetros de espeso bosque, se encontraban ante aquella imponente visión: la sede principal de la Orden. Una atalaya amurallada que se alzaba estratégicamente sobre un escarpado pico. Desde aquella altura, los muros de piedra negra que formaban su estructura parecían vigilar con severidad el mundo que se extendía a su alrededor. Y, aquella mañana de nubes grises, se mostraban más sombríos que nunca. Aunque los Guardianes eran entrenados en la delegación que correspondía a su respectivo territorio, todos habían estado en aquel lugar al menos una vez. Allí era donde acudían a recibir los tatuajes que les convertían en Guardianes. Una ceremonia que se prolongaba durante una semana y, pese a lo doloroso del proceso, el Guardián debía demostrar su resistencia y soportarlo en estricto silencio. Pero aparte de esto la misión más importante de aquella fortaleza era la de proteger a la persona que controlaba toda la Orden: el más alto cargo, el Supremo. El último tramo del camino resultó el más lento y difícil. El terreno era especialmente abrupto, por lo que los Ejecutores decidieron desmontar y ahorrarles a sus agotados caballos un esfuerzo final que podría llevarlos a la extenuación. Cuando alcanzaron la entrada de la muralla, los guardas recibieron a los Ejecutores con una reverencia. En la Orden había un sistema de clases fuertemente arraigado. Los aspirantes que, aun sin alcanzar el título de Guardianes, sobrevivían, acababan designados a otras funciones dependiendo de su valía. Algunos se convertían en maestros, otros en soldados al cuidado de las distintas delegaciones, y otros en simples sirvientes que se encargaban de las tareas más mundanas. De manera que alguna vez todos habían

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ambicionado el título de Guardián y, por esa razón, aquellos que lo conseguían eran muy respetados. En el caso de los Ejecutores, dicho respeto era tan extremo que se había transformado en un sentimiento entre el miedo y la veneración. Un par de soldados les acompañaron a través del patio hacia el interior de la majestuosa torre. Accedieron a una sala amplia y sin ventanas, iluminada por la tenue luz de unos candiles que pendían de las paredes. Su monótono gris oscuro solo era roto por el color rojo del estandarte que colgaba de la pared del fondo y el par de portones que había a cada lado. Nieve ordenó a sus hombres que llevaran a los prisioneros a las mazmorras y se separó del grupo, cruzando el portón de la derecha mientras los demás tomaban el de la izquierda. Descendieron por unas escaleras de piedra, sumiéndose en un ambiente cada vez más opresivo. Las mazmorras eran un conjunto de grutas que habían sido excavadas directamente en el interior de aquella montaña. Allí dentro no llegaba la luz del sol, y el frío y la humedad se calaban en los huesos. Sastre y Yinn fueron conducidos hasta la mazmorra más grande, una cueva de unos tres metros cuadrados. Los guardas encendieron un par de candiles que había en su interior y, ante la atenta mirada de los Ejecutores, les quitaron los grilletes que llevaban para encadenarles a los que había sujetos a las paredes. Quedaron de pie, uno al lado del otro, con la espalda contra la piedra y los brazos en alto colgando de sus nuevas cadenas. Después, los guardas salieron de la celda, cerrando la gruesa puerta de acero tras ellos. El eco de los pasos de sus captores fue perdiéndose poco a poco en la lejanía. Sastre echó un vistazo a aquella tenebrosa caverna. Desde que había entrado, una desagradable sensación se había apoderado de él. Era como si en aquel aire enrarecido flotara la reminiscencia de la agonía allí sufrida por los que osaban desafiar a la Orden.

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Aquellas mudas paredes de roca habían sido testigos de los más brutales tormentos, y muy pronto, ellos iban a ser víctimas del mismo destino. Iba a morir por haber intentado ser libre, pero no se arrepentía. Cada uno de los momentos que había vivido junto a Kaleth hacía que valiese la pena haber tomado aquella decisión. Lo único que le atormentaba era haber involucrado a Yinn. No era justo. Su amigo había seguido sirviendo a la Orden durante aquellos dos años. Al contrario que él, no había probado la libertad, no se había llevado nada a cambio. Su único pecado había sido mentir una vez y solo por eso iba a sufrir el mismo castigo. Aquellos pensamientos le martilleaban con fuerza la conciencia. —No debí aceptar tu ayuda. —Las palabras le salieron en un susurro contenido—. Debí haber tenido el valor de hacerlo solo... Es culpa mía. —No digas tonterías, Sastre —le cortó su compañero—. La culpa la tiene la Orden por no dejarnos vivir como personas. Nos tratan como si fuésemos esclavos. —Pero era mi problema. Tú no tenías por qué intervenir. —¡Hice lo que me parecía justo, maldita sea! —exclamó Yinn—. Y volvería a hacerlo. Ante la mirada firme que le dirigió el joven, Sastre se quedó sin argumentos. Fueran cuales fueran las convicciones de su amigo para ayudarle, solo había una verdad, y era que ya estaba hecho. Ambos estaban condenados y no había marcha atrás. Poco importaba lo que sintieran al respecto. Acompañada de un chirrido metálico, la puerta de la celda se abrió de nuevo y Shen apareció tras ella portando aquella perversa sonrisa suya que no presagiaba nada bueno.

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—Sabía que hacía bien quedándome a vigilaros —comentó con sorna el Ejecutor y fue a colocarse frente a su hermano—. Así que el sucio traidor ni siquiera se arrepiente. Yinn le miró desafiante. —¿Acaso te importa? —Para nada. Siempre supe que acabarías traicionando a la Orden. —Shen le sostuvo la mirada acercándose aún más a su rostro—. Lo que me sorprendió fue que fueras tan imbécil de hacerlo por el bien de otro. —Ah, sí... Se llama "altruismo" o "principios" —dijo devolviéndole la sonrisa de desprecio—. Palabras que en tu idioma no existen. Apenas había acabado la frase, Shen le clavó el puño en el estómago. Las cadenas tintinearon mientras impedían a Yinn doblarse de dolor. —Vaya con el temido "Demonio"... Resulta que es un alma caritativa —se burló el Ejecutor al tiempo que le alzaba el rostro sujetándole con firmeza por la mandíbula—. Tengo que confesarlo, cada vez que oía ese apodo me entraban ganas de reír. Los labios de Yinn volvieron a curvarse en una maliciosa sonrisa. —Envidia, ¿eh? Pura rabia fue lo que cruzó por el rostro de Shen al escuchar aquello y, aunque quiso recobrar su actitud impasible, no lo consiguió del todo. El odio bullía en sus ojos azules cuando la amenaza surgió de su boca. —Eso de torturar no es tarea de los Ejecutores, pero en tu caso, hermano, haré una excepción.

La sala donde el Supremo concedía audiencia se encontraba en el penúltimo piso de la torre, justo debajo de sus aposentos. Nieve se

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detuvo al llegar al recio portón, dos grandes hojas de madera con refuerzos de acero cuya belleza había sido sacrificada en pos de la solidez. Tomó la aldaba y llamó con ella un par de veces. Sabía que el Supremo había sido informado de su llegada y, en efecto, su orden no se hizo esperar. —Adelante. Nieve obedeció. La sala era idéntica a la del primer piso, a excepción de los grandes ventanales que se abrían en sus muros y el trono situado al fondo bajo el estandarte de la Orden. Una tela de color rojo con cuatro puntas negras pintadas sobre ella, representando los cuatro territorios integrantes. Sentado allí se hallaba el Supremo, casi un anciano, demacrado por su confinamiento en aquella fortaleza. Su constitución débil delataba una vida alejada de duros entrenamientos y batallas. Al título de Supremo solo podían acceder los más sabios. Conocidos como los Sanadores, estos eruditos se encargaban no solo de curar, sino también de investigar y crear toda clase de pociones capaces de obrar auténticos milagros en los cuerpos de los Guardianes. La sustancia que usaban para los tatuajes era un buen ejemplo de ello, y uno de los mayores secretos de la Orden. —Mi señor —se presentó Nieve apoyando una rodilla en el suelo a modo de reverencia. —Nieve. —El Supremo le indicó que se levantara con un gesto de la mano—. Me han comentado que habéis conseguido traer vivos a los dos traidores. —Así es, mi Señor. —¿Aún se encuentran en condiciones de luchar? La pregunta se le antojó extraña pero aún así contestó: —Tienen algunas heridas leves, pero nada que no puedan tratar los Sanadores. El Supremo se llevó una mano a la barbilla en actitud pensativa.

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—Con todos mis respetos, mi Señor —volvió a hablar el Espectro—. ¿Qué importancia tiene eso? —Nieve, nos encontramos en una situación muy delicada —le explicó tras un suspiro de resignación—. Por fin hemos averiguado la causa de las revueltas que están teniendo lugar en el sur y, para hacer frente a este conflicto, vamos a necesitar toda la ayuda posible. Ya hemos perdido al Guardián del Sur, no podemos permitirnos sacrificar a esos hombres. Aquella revelación fue tan inesperada que por un segundo Nieve se olvidó de las formas. —Pero son traidores —recalcó con un tinte de rencor en su tono. —Precisamente por eso. Esos dos han sido condenados a muerte, no tienen nada que perder y mucho que ganar. —Señor... ¿Me está diciendo que...? —quiso saber, aunque ya sospechaba la respuesta y la sola idea le producía repugnancia—. ¿Va a perdonarles? —Digamos que lo que voy a ofrecerles hará que luchen con más determinación que nadie —declaró el Supremo. Nieve guardó silencio. Intentaba imaginar qué situación era aquella que obligaba a su dirigente a saltarse las sagradas normas de la Orden. Al cabo de unos segundos, la curiosidad se hizo incontenible. —Mi Señor, quisiera saber a qué nos enfrentamos. El Supremo miró fijamente a su más capaz y leal Ejecutor antes de contestar: —Se trata de un viejo enemigo, tan viejo como la propia Orden. Aquel cuyos crímenes se narran en las escrituras, un ser capaz de someter a toda la humanidad. El rostro de Nieve se llenó de confusión. La referencia le había bastado para reconocerle pero, al mismo tiempo, le pareció imposible de creer. Sobre todo porque aquel enemigo llevaba siglos muerto. No era más que un nombre escrito en los pergaminos que narraban la historia de la Orden...

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Un nombre que surgió de sus labios en forma de susurro: —Azor...

Sastre intentaba detener la furia que Shen estaba descargando contra su indefenso hermano, pero sus órdenes y amenazas eran ignoradas. Si quería llamar la atención del Ejecutor debía recurrir a algo más inteligente que los gritos o insultos vulgares. —Ensañarse con un hombre encadenado... —dijo con desprecio—. No sabía que los Ejecutores podíais llegar a ser tan cobardes. Aquella provocación logró que el torturador cesara sus golpes por fin. Desenfundó una de sus dagas y se acercó a Sastre al tiempo que sus tatuajes se hacían visibles solo en la mitad derecha de su cuerpo. —Tiene gracia que me llame cobarde un maldito desertor. —Que yo desertara no tuvo nada que ver con el miedo. —No, si ya sé por qué desertaste —sonrió burlón Shen. Con un suave movimiento, deslizó el filo de su daga entre las piernas del prisionero hasta acabar pinchándole ligeramente con la punta—. Más bien tuvo que ver con esto. A través de los pantalones, Sastre pudo sentir el afilado metal contra sus partes. Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza al temerse lo que vendría a continuación. —Déjale en paz, Shen —intervino con voz ronca Yinn—. Es conmigo con quien tienes el problema. Aquello hizo reír al Ejecutor. —Menuda parejita... —comentó—. ¿Pensáis seguir así el tiempo que dure vuestra tortura? Ninguno contestó, pero la mirada inquisitiva de Shen fue pasando de uno a otro varias veces hasta que de repente la sonrisa de su rostro se abrió aún más.

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—¡Así que era eso! —exclamó—. Vaya, esto sí que no me lo esperaba, hermano. Hablaba con Yinn y, en cambio, a quien miraba era a Sastre. Se acercó a este hasta que no quedó apenas separación entre sus cuerpos. Sastre se pegó a la pared tratando de apartarse, pero el Ejecutor siguió observándole a escasa distancia de su rostro. El que le aventajara en estatura no parecía importarle. —Supongo que no me pareció tu tipo —continuó Shen—. Pero, bien pensado, eso lo explica todo. —¿De qué demonios hablas? —preguntó Yinn entre dientes. El Ejecutor ignoró la pregunta y guardó la daga. Mientras veía como los tatuajes que surcaban la mitad de aquel rostro se desvanecían, Sastre notó de improviso el contacto de unas manos sobre su trasero. Se quedó perplejo, sin poder creerse que aquel hombre, su captor, su verdugo, el tipo que se había quedado allí dispuesto a saciar su ira con ellos, estuviera ahora introduciendo despacio las manos bajo la tela de sus pantalones, tocando su piel desnuda. ¿Pero qué pretende? Y encima se estaba regocijando ante su confusión. —La verdad es que no está tan mal. Tiene un buen culo. Le oyó decir con aquella sonrisa pérfida, y pronto su desconcierto pasó al bochorno al sentir cómo le apretaba con fuerza las nalgas. —Quizá me lo folle ahora que aún está entero —declaró Shen. Aunque Sastre intentó resistirse, las cadenas que sujetaban sus brazos le limitaban los movimientos y las que llevaba en los tobillos le impedían cerrar las piernas. Su rostro se hallaba cubierto de rubor. —Ni se te ocurra, bastardo —advirtió tratando de parecer amenazador. —Hablas como si pudieras impedírmelo o algo —se rió Shen mientras le desabrochaba los pantalones y alcanzaba su miembro. Lo acarició con firmeza en un sensual movimiento de arriba a abajo.

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Sastre se mordió el labio, rogando porque su cuerpo no respondiera a aquellas caricias. No tuvo que luchar demasiado. Enseguida le sobrevino el dolor al sentir los dedos del Ejecutor penetrándole con brusquedad. Fue entonces cuando supo que aquello iba en serio. Y de todas las posibles torturas que se le habían pasado por la cabeza durante el largo camino hasta allí, ninguna de ellas llegaba a alcanzar semejante grado de humillación. Pero si eso era lo que aquel demente tramaba, lo soportaría con la mayor dignidad posible. —¿Qué me dices? ¿Quieres ver como le hago mío? —Shen se detuvo un instante para dirigirse a Yinn. Este miraba al frente, parecía que ni siquiera les prestaba atención y eso le enfureció—. ¡Contesta! El aludido meneó la cabeza con resignación. —Haz lo que quieras —le dijo—. Nosotros moriremos pronto, pero tú nunca encontrarás la paz, ni serás feliz... Solo eres un bastardo incapaz de sentir nada bueno. Me das mucha lástima. Ambos esperaron una reacción violenta, como había sucedido hasta ahora cada vez que se le replicaba, pero no fue así. Shen había comprendido que por mucho que golpeara a su hermano no lograría sentirse satisfecho. El daño físico no servía, buscaba herirle de una manera mucho más profunda, de una manera que Yinn no le pudiera devolver. Y, por suerte para él, conocía su punto débil. —Tú sí que das pena, hermano —murmuró con una sonrisa cerrada y se apartó de Sastre—. No fuiste capaz de proteger a tu querido Leah. Ante la mención de ese nombre, los ojos del Guardián del Este se abrieron de par en par y brillaron como dos ascuas en aquella penumbra. Complacido al ver que sus palabras obtenían el efecto deseado, Shen añadió: —De hecho, ni siquiera pudiste follártelo antes de que la palmara. Yinn se lanzó sobre su hermano como si fuera una fiera dispuesta a devorarle, pero las cadenas le dejaron clavado en el sitio antes de que

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llegara a tocarle. Estas protestaron ante el fuerte tirón con un chasquido metálico mientras algo de gravilla se desprendía de la pared donde estaban ancladas. —Atrás —le ordenó Shen colocándole una daga al cuello. Había vuelto a desenfundar a la velocidad del rayo. Yinn no se movió un milímetro. No parecía advertir aquel filo que poco a poco iba abriendo un corte en su garganta. Sastre jamás le había visto tan fuera de sí. Resoplaba entrecortadamente el aire entre sus dientes apretados y parecía temblar de furia. No abrió la boca para contraatacar al Ejecutor, pero en el interior de aquella mirada enajenada, le estaba despedazando. Y, en ese momento, el chirrido de la puerta anunció una intromisión. Un guarda se asomó tímidamente tras ella. —Disculpe, señor Ejecutor —dijo el hombre—. Su comandante quiere verle. Shen resopló delatando su frustración. No le hacía ninguna gracia tener que irse ahora que las cosas empezaban a ponerse interesantes. —De acuerdo, ya voy. El guarda retrocedió dejando paso libre al Ejecutor. Shen guardó sus dagas y se dispuso a salir, pero tras dar el primer paso, giró sobre sí mismo y asestó una fuerte patada sobre el estómago de Yinn lanzándole contra la pared. Sin respiración y casi sin sentido por el encontronazo, este quedó colgado de las cadenas observando la sonrisa de victoria que lucía su hermano al marchar. La celda quedó sumida en un absoluto silencio. Sastre no se atrevía a romperlo. Aún estaba asimilando lo que había visto; la forma en la que había reaccionado Yinn, aquel dato de su pasado al que Shen se había referido... De modo que su amigo también había amado. En el fondo, ya lo suponía. El propio Yinn se lo había dado a entender cuando se despidieron dos años atrás, pero nunca había imaginado hasta qué punto. En ese momento, oyó la voz del Guardián

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del Este. Sonó apagada, contagiada de la amargura en la que se había sumido su dueño. —¿Lo entiendes ahora, Sastre? —preguntó con la vista fija en el suelo de la caverna—. Perdí lo que daba sentido a mi vida y, desde entonces, he vivido lleno de odio... He matado sin piedad, incluso a inocentes, solo porque quería a toda costa desprestigiar el nombre de la Orden. Sabía que algún día recibiría mi castigo y no me importaba. Yo... —se interrumpió. El recuerdo de lo que estaba confesando le atormentaba—. Realmente me convertí en un demonio. Sastre quedó conmovido por la dureza con la que se juzgaba. Jamás habría adivinado que aquella actitud fría y sarcástica suya no fuera más que una máscara tras la cual su amigo escondía celosamente su dolor. —Yinn... Este alzó la cabeza por fin y le miró con sus ojos oscuros llenos de sinceridad. —De lo único que estoy orgulloso es de haberte ayudado — declaró—. Así que no vuelvas a decir que te arrepientes de eso. Una sonrisa afable y algo triste se dibujó en los labios de Sastre. —Dalo por hecho.

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5. Redención

Poco después de que Shen les dejara a solas, un grupo de cuatro guardias acudió a la celda a buscarles. Los grilletes que les sujetaban a la pared volvieron a ser sustituidos por otros como los que habían llevado durante el trayecto hacia allí. Un par de guardas les inmovilizó las manos a la espalda mientras los otros dos les amenazaban con la punta de sus lanzas. En el pasillo les esperaba el Ejecutor de piel morena: Kamil. A esas alturas, ya sabían el nombre de todos ellos. —El Supremo os reclama. —Fue todo lo que dijo el hombre antes de dar media vuelta y abrir la marcha. A ninguno de los dos les pasó por alto las medidas que estaba tomando la Orden para evitar un intento de fuga, pero fue Yinn quien lo expresó con palabras. —¿Y hacen falta cuatro guardias y un Ejecutor para llevarnos ante él? —comentó mirando a Sastre con complicidad—. Casi me siento honrado. La mirada censuradora del Ejecutor se clavó en él al instante. Sus ojos color miel destacaban sobre su tez oscura. —¿Te atreves a bromear, traidor? —le criticó—. Eres tan insolente como tu hermano. —Te equivocas —replicó Yinn con media sonrisa—, yo lo soy mucho más. Kamil no quiso entrar en aquel juego y siguió andando. Cuanto antes los llevara ante el Supremo para que dictara la sentencia, antes recibirían aquellos indeseables su castigo. Cuando alcanzaron el penúltimo piso de la torre, se sorprendieron de encontrar tanta expectación. Las puertas de la sala de audiencias

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estaban abiertas de par en par y, dentro de ella, además del Supremo y sus escoltas, les aguardaba el resto de Ejecutores. Supusieron que todo aquello formaba parte de la tradición y no le dieron más importancia. Los guardias les condujeron hasta a un par de metros del trono y después les obligaron a arrodillarse frente al Supremo. —Sastre, antiguo Guardián del Norte. Yinn, Guardián del Este... — les nombró. Ambos le miraron a los ojos, irguiendo la cabeza pese a seguir de rodillas—. Habéis faltado a vuestro juramento de Guardianes. Habéis traicionado a la Orden y, por lo tanto, seréis condenados al castigo de las Tres Lunas Sangrientas. La sentencia fue tajante, tal y como esperaban, pero no pudieron evitar sentir un gran peso cayendo sobre sus almas. Sastre miró por el rabillo del ojo a Yinn, el cual sonreía resignado, seguramente pensando lo mismo que él. Ya no tenían ninguna posibilidad. —Sin embargo —añadió el mandatario—, estoy dispuesto a daros la oportunidad de redimiros. Salvo Nieve, a todos los presentes les causó un gran impacto aquella inesperada declaración, pero solo uno se atrevió a romper el silencio en el que se había sumido la sala. Un bufido de indignación escapó de entre los dientes de Shen, y aunque fue lo bastante leve como para que el Supremo no se percatara, su comandante sí lo hizo. —Esto es lo que os ofrezco —el Supremo continuó con su propuesta ante la atenta mirada de sus prisioneros—: os necesitamos para una misión. Si salís victoriosos, seréis perdonados. Es más, la Orden se olvidará de vuestra existencia. Sastre parpadeó pasmado. Aquello sonaba tan increíble que casi temía que fuera una broma de aquel hombre. Aunque esa cara pálida y arrugada no tenía pinta de haberse reído en la vida. —¿Está diciendo que seremos libres? —oyó en ese instante preguntar a Yinn. Su amigo había superado su perplejidad antes que él.

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—Eso es —respondió el Supremo. —Pero solo si vencemos —intervino Sastre. —Si perdéis, rogad porque os maten en combate. Yinn sonrió con ironía. —Ni huir, ni retirarse. La primera ley de los Guardianes... Muy propio. —Una cosa más. Puesto que vosotros mismos decidisteis unir vuestro destino al convertiros en cómplices, deberéis aceptar los dos. Si no, no hay trato —especificó el hombre—. Bien, esas son las condiciones. ¿Qué decís? —Yo acepto —contestó Sastre sin pensárselo dos veces. En cambio, Yinn se tomó su tiempo en responder. Estaba harto de la Orden, de sus normas y de sus misiones, harto de tanto sacrificio... Pero aquel trato le brindaba la oportunidad de librarse para siempre de todo aquello y, a la vez, seguir con vida. Sería tonto si lo rechazase. Sin embargo, algo le decía que semejante muestra de benevolencia debía tener gato encerrado. —¿Y tú, Guardián del Este? —le instó en ese momento el Supremo. Se percató de los ojos de Sastre fijos en él, mirándole casi asustados. Para el pelirrojo esa propuesta cobraba una dimensión aún mayor. Significaba que podría regresar junto a Kaleth y seguir tranquilamente con sus vidas, sin miedos. Por fin libres... Pero que eso llegara a cumplirse dependía ahora de su respuesta. Sonrió maliciosamente en su interior. Era divertido hacerle sufrir un poco pero no iba a fallar a su amigo de esa manera. —Acepto. —De acuerdo. Quitadles las cadenas —le ordenó el Supremo a los guardas. Mientras estos obedecían, se dirigió al líder de los Ejecutores—: Nieve, ahora quedan bajo tu mando y responsabilidad. Explícales en qué consiste la misión y no os demoréis en partir. —Sí, mi señor. —Podéis retiraros —se despidió el Supremo.

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Los Ejecutores dieron media vuelta y salieron ordenadamente. Yinn y Sastre lo hicieron flanqueados por los guardas y, en último lugar, salió Nieve. El grupo se detuvo en el corredor a la espera de instrucciones mientras su líder cerraba las puertas. Shen no quería ni mirar a su hermano. En su rostro podía leerse la enorme incredulidad y frustración de la que era presa. Cuando se percató de que Nieve caminaba hasta él, no pudo callar más. —¿Esto va en ser...? —No llegó a terminar la frase. Le cortó la soberbia bofetada que le propinó su líder. Tan fuerte fue el impulso que acabó dando con la espalda en el suelo. —Solo te lo advertiré una vez —le dijo Nieve con esa forma de hablar suya, firme pero sin perder la calma—. Otra falta de respeto hacia el Supremo como la de ahí dentro y serás tú el que pruebe las celdas de castigo. ¿Me has entendido, Shen? El joven bajó la cabeza al tiempo que de sus labios resbalaba un hilillo de sangre. —No volverá a ocurrir, Comandante. Dando por zanjado el asunto, el líder de los Ejecutores se volvió hacia Sastre y Yinn. —Vosotros... —les miró de arriba abajo y al hacerlo su nariz se arrugó un poco—. Aseaos y cambiaos de ropa. Pediré que se ocupen de vuestras heridas. —Después hizo un gesto con la cabeza a los guardas—. Acompañadles. Y para terminar se volvió hacia el resto de Ejecutores. —Los demás podéis descansar. Nos veremos en dos horas en la sala de mapas. Tras esto, se marchó alejándose por el corredor mientras el resto del grupo tomaba las escaleras en dirección a los pisos de abajo. De camino a ellas, Yinn cruzó la mirada con Shen, que se levantaba del suelo intentando recomponer su orgullo sin que se notara demasiado. No pudo evitar dedicarle una media sonrisa que arrancó un destello de odio de sus ojos azules.

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Como les habían ordenado, los guardas les condujeron al primer piso, donde se encontraban los baños comunes. Se trataba de una sala oscura y austera —como la mayoría de las estancias de aquella torre—, en cuyo fondo se podía vislumbrar un pequeño pozo; y en el centro se abría un gran estanque de piedra, vacío y con desagües para el agua. Alrededor de este, trozos de jabón, cubos y taburetes de madera yacían desperdigados. En aquella habitación era donde los soldados rasos y otros trabajadores cuidaban su higiene, a diferencia de los Sanadores y guardas de mayor rango, que gozaban del privilegio de disponer de bañera propia en los aposentos. La sala estaba vacía. Sastre y Yinn se adentraron en ella mientras tres de sus vigilantes se quedaban en la puerta y el cuarto marchaba a por ropas para ellos. Se miraron el uno al otro, todavía sin poder creerse el repentino giro que su destino acababa de sufrir. Y, poco a poco, una sonrisa de júbilo fue abriéndose paso en sus rostros. —Bueno... Pues demos gusto a ese Espectro y pongámonos limpitos, ¿no? —dijo Yinn encogiéndose de hombros. Sastre se rió por primera vez ante el joven, llamando su atención. —Parece que estar con Kaleth ha mejorado tu sentido del humor — observó este. El pelirrojo no dijo nada. Ladeó un poco la cabeza como toda respuesta y prefirió no hablar de temas con los que no se sentía muy cómodo, aunque lo cierto era que Kaleth le había cambiado en muchos aspectos. Ya no era el disciplinado Guardián que Yinn había conocido. Caminó hacia el pozo y tomó un par de cubos. Allí la costumbre era lavarse con agua helada procedente de la montaña; una rudimentaria forma de estimular el cuerpo y espantar la pereza. Yinn llenó a su vez

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otros dos cubos y los dejó al borde del estanque donde Sastre ya se había sentado para quitarse la ropa. Al imitarlo descubrió que la tela se le había adherido a algunas heridas y trató de quitársela entre gestos de dolor y maldiciones. Sastre le observó con compasión. —Los Sanadores te darán algo para esas heridas. —Sí, seguro que me dejan como nuevo para poder perder la vida en esa maldita misión — comentó mordaz y, al instante, se arrepintió de haber hablado demasiado. No quería aplastar las ilusiones recién recuperadas de su amigo, pero no había podido evitarlo. Aquel asunto no le inspiraba buenos augurios—. Lo siento... —No te preocupes —le tranquilizó Sastre—. Yo también creo que si están tan desesperados como para perdonarnos a cambio de una última misión, es que esta debe ser un completo suicidio. Pero no me importa... Pienso luchar con todas mis fuerzas para recuperar mi libertad. —Y si no, siempre será mejor morir en batalla que torturado en una celda —señaló Yinn. Entonces, para su sorpresa, Sastre apoyó despacio una mano en su hombro desnudo. —Por cierto... Gracias por aceptar. Vuelvo a estar en deuda contigo. —No te des tanta importancia. Lo he hecho porque no quería ser despellejado vivo —respondió con un particular deje nervioso en su habitual sonrisa. Después se levantó, apartándose con disimulo de ese cálido contacto. Sastre le dio a aquel gesto una explicación no tenía nada que ver con el rechazo. Sabía que, en el fondo, por mucho que quisiera camuflarlo con esa actitud socarrona, su amigo no dejaba de ser un Guardián y no estaba acostumbrado a ese tipo de trato. Lo leía en el leve rubor de sus mejillas y en su expresión de apuro. Una expresión que, viniendo de alguien como él, le pareció doblemente adorable. Observó distraído cómo se echaba encima el primer cubo de agua y comenzaba a enjabonarse. Y de repente se sorprendió a sí mismo

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comparando el físico de Yinn con el de Kaleth. Quitando las inevitables cicatrices que surcaban la piel del Guardián del Este, los dos eran esbeltos y de músculos fibrosos, piernas largas y un trasero pequeño y prieto. Sin lugar a dudas tenían un cuerpo muy similar. Un cuerpo que ahora mismo añoraba con locura. Consciente del rumbo que estaban tomando sus pensamientos, sacudió la cabeza y trató de concentrarse en el baño. Solo le faltaba llegar a excitarse en una situación como esa, y encima por fijarse en Yinn. Antes prefería que le ocurriese con cualquier otro, incluso con los mismos Ejecutores, que soportar las burlas que seguro haría su amigo de enterarse. Con cautela, le echó un fugaz vistazo y suspiró aliviado al comprobar que seguía a lo suyo sin haberse percatado de nada. Terminaron de lavarse en silencio, y después se secaron con unas viejas toallas que había dispuestas sobre unos estantes. El guarda que había ido a por las ropas regresó justo a tiempo y se vistieron antes de empezar a acusar el frío. Las prendas que les dieron eran sobrias y oscuras pero robustas y flexibles, aptas para la lucha. Por encima de ellas, se colocaron una gruesa capa negra semejante a las que llevaban los Ejecutores. Cuando estuvieron listos, los guardas les condujeron de nuevo escaleras arriba hasta una habitación tan abarrotada que parecía la mitad de pequeña de lo que en realidad era. Las paredes estaban repletas de estanterías, y estas, a su vez, de todo tipo de recipientes, libros y extraños utensilios. La mesa de piedra que había en el centro no sufría mejor suerte. Al verles entrar, un anciano ataviado con la túnica de los Sanadores le ordenó a un joven que había a su lado que despejara la mesa. —¿Quién de los dos va a ser el primero? —les preguntó el Sanador mientras su aprendiz recogía aquellos trastos. —Él —indicó Sastre señalando a Yinn, y antes de que este pudiera protestar, levantó la mano—. Tú estás peor. Esperaré fuera.

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Salió de la habitación sin más. Antes de cerrar la puerta pudo oír cómo el anciano le pedía a Yinn que se desnudase y se tumbara sobre aquella losa de piedra. Se imaginó el tacto frío y rugoso de los dedos del anciano y sintió un escalofrío al pensar que luego sería su turno. Era inevitable que los Sanadores causaran cierta aversión en los Guardianes. Al fin y al cabo, bajo su mano habían sufrido una de las experiencias más dolorosas de su vida. Miró a los dos guardas que se habían quedado con él. Estos seguían vigilándoles a pesar de que era obvio que no huirían a esas alturas. Pensando en que al menos podían servirle de guía, se dirigió a uno de ellos. —¿Podría comer algo mientras espero? —preguntó—. Quisiera estar en buenas condiciones para esa misión. Los guardas intercambiaron miradas y Sastre casi pudo adivinar lo que les pasaba por la cabeza. En realidad no habían recibido ninguna instrucción al respecto y no querían cargar con la responsabilidad de dejar a un Guardián hambriento que luego no rindiera en batalla, pero a ver quién era el valiente que se atrevía a ir a preguntar al Espectro algo tan trivial. Les escuchó murmurar entre ellos. —Ve tú. —Ni hablar. Al final uno de ellos exhaló un suspiro y contestó: —Está bien, síguenos. En lugar de volver a las escaleras, esta vez siguieron por el corredor hasta doblar la esquina donde les esperaba un pasillo idéntico al anterior. Los guardas se detuvieron ante una pequeña puerta. Uno de ellos sacó un manojo de gruesas llaves de hierro, escogió una y trató de abrir sin resultado. De manera que siguió buscando la llave correcta. Su compañero no tardó en meterse en medio, entorpeciendo la tarea más que ayudar, mientras Sastre les contemplaba aburrido.

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De improviso, un brusco impacto en la parte posterior de la rodilla le dobló la pierna y le hizo perder el equilibrio. Alguien, aprovechando la confusión, le había atacado por la espalda y se echó encima de él, pasándole ambos brazos alrededor del cuello con intención de estrangularle. —¡Mereces morir, bastardo! —espetó su agresor y su voz confirmó lo que por su tamaño Sastre había sospechado. Se trataba de un muchacho. Los guardas se volvieron hacia ellos enarbolando sus lanzas. Sin embargo, por alguna razón que Sastre no comprendió en ese momento, no intentaron tomar parte en la pelea. —¡Vasilys, detente! — se escuchó un grito procedente de la otra punta del pasillo. El aludido ignoró la orden. Resoplaba furioso y seguía ciñendo su abrazo sobre el cuello de Sastre. Pero, superado el desconcierto inicial, este se lo quitó de encima propinándole un codazo en el costado. El chico cayó al suelo sin respiración, cubriéndose la zona donde había recibido el golpe. Tras incorporarse, Sastre le estudió. No tendría más de quince o dieciséis años. Aun así era bastante fuerte para su edad, como había podido comprobar. El cabello corto y dorado como el trigo le caía sobre unos ojos verdes que le miraban llenos de ira. —¿Sastre? En ese instante escuchó a alguien llamarle a sus espaldas y se volvió. Era el mismo hombre que antes había gritado el nombre del muchacho y cuya voz le había resultado familiar. Fue al verle cuando le reconoció. —Maestro Dan —dijo boquiabierto. Desde su investidura no se habían vuelto a encontrar, pero ahí estaba: su maestro. El hombre del que había aprendido todo lo que se necesitaba para ser Guardián. El mismo rostro ancho de facciones duras, que igual sabía hacerse temer como felicitar por el trabajo bien

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hecho. Los mismos músculos fuertes a los que tantas veces había tenido que enfrentarse. Habría jurado que no había pasado el tiempo por él, de no ser por las canas que ahora poblaban su cabello negro y aquellas arrugas que surcaban la piel alrededor de sus ojos. —No has cambiado nada —le sonrió el hombre y, de inmediato, se puso serio—. Quitando el pequeño detalle de que te hayas convertido en un desertor chupapollas. —¡Maestro! —exclamó Sastre más avergonzado que indignado. El otro se acercó al muchacho que había comenzado la pelea y le agarró del cogote levantándole. —Vasilys, como vuelvas a desobedecer recibirás tantos latigazos que no podrás sentarte en un año entero —le amenazó mientras le zarandeaba. —¡Me da igual! —bramó el chico—. ¡Tiene que pagar! Al ver que no se calmaba, el maestro se dirigió a los guardas. —Llevadle fuera. A ver si con un poco de aire vuelve a entrar en razón. —Estos miraron dubitativos a Sastre y tuvo que tranquilizarles—. Yo me encargo de vigilarle, no os preocupéis. —Sí, Maestro Dan. Los guardas sujetaron a Vasilys por los brazos y se lo llevaron casi a rastras. Cuando se quedaron a solas, Dan se giró hacia Sastre. —Tienes suerte de que el Supremo te haya perdonado porque, si no, ahora mismo te daba una paliza. Pese a la agresividad del tono, Sastre no percibió en la mirada de aquel hombre el desprecio que había en la de los Ejecutores, ni tampoco rencor como en la del chico que le había agredido. Tan solo halló enfado y una decepción que se le clavó por dentro. Aunque no se arrepentía de haber desertado, había ciertas cosas que le pesaban en la conciencia —al igual que lo de Yinn—, y una de ellas era haber fallado a aquel hombre.

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—Encima, por tu culpa Vasilys no ha podido convertirse en Guardián del Norte —continuó Dan. —Ese... ¿Ese chico es mi sucesor? —preguntó sorprendido. —Y uno de los mejores aspirantes que he tenido el honor de entrenar —apuntó el maestro al tiempo que sus labios se curvaban en una sonrisa de orgullo—. Después de ti —añadió tras unos segundos. —Maestro, yo... —La verdad es que también tenía muchas esperanzas puestas en ti, y mírate ahora... —declaró el hombre cruzándose de brazos y apoyando su gran espalda sobre el muro del corredor. —Quisiera poder decirle que me arrepiento, pero no es así —le confesó sin vacilar—. Deserté para poder estar con la persona que amaba y he sido muy feliz con él. Dan frunció las cejas receloso. —A ver si lo he entendido —dijo—. ¿Me estás diciendo que desertaste para ir a revolcarte con un hombre? Ahora el confundido fue Sastre. —Pensé que lo sabía. —¿Y cómo demonios iba a saber eso? —Antes me ha llamado chupa...Chupapo... —¡Por Dios! Solo era un insulto, muchacho. Podía haberte llamado cualquier otra cosa —aclaró el maestro contrariado. Sastre enmudeció. Su rostro se había vuelto tan rojo como su cabello. Acababa de soltarle a su maestro, el tipo más rudo y varonil que había conocido, que estaba enamorado de otro hombre. —Aunque ahora que lo pienso —le miró inquisitivo este—, siempre fuiste algo rarito. Tú y ese rubio estabais juntos todo el tiempo. Aquello volvió a dejarle descolocado. —¿Se refiere a Riot? —Sí, ese. Riot. ¿Fue tu primer noviete? —¡En absoluto! —negó abochornado—. Yo no tenía nada con Riot. Era él el que me seguía a todas partes

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El maestro se encogió de hombros. —Si tú lo dices... Pensando que lo mejor era cambiar de tema, Sastre se refirió a un comentario que le había intrigado. —Maestro, ¿qué ha querido decir con eso de que ese chico no ha podido convertirse en Guardián por mi culpa? —No puede convertirse en Guardián estando el anterior vivo, así de simple. —¿Por qué? Si yo he desertado... —quiso saber—. Es más, me sorprende que aún no hayan nombrado otro Guardián del Norte. —No es tan fácil alcanzar el nivel necesario para llegar a ser Guardián, tú deberías saberlo. Vasilys ha sido el único aspirante que lo ha conseguido en estos dos años, y eso que en mi opinión todavía es algo joven —le explicó Dan—. Hace tres semanas llegamos aquí para la ceremonia de su investidura. El chico soportó los cinco primeros días, pero, cuando tocó el tatuaje del vínculo... Aquel que une al aspirante con el arma tradicional —dijo moviendo la cabeza—, la tijera-espada rechazó a Vasilys. La expresión de extrañeza de Sastre era tan evidente que no necesitó preguntar. —Ya, yo también pensaba que era algo simbólico — siguió contándole el hombre—, pero parece que es verdad que mediante ese tatuaje el arma de un Guardián queda vinculada a su dueño de por vida y no puede otorgarse a un segundo. Además, en el caso del Guardián del Norte dicho vínculo es aún más complejo pues, como ya sabes, son los únicos Guardianes cuyos tatuajes no aparecen simplemente con tocar el arma. Así es como supieron que estaba vivo, cayó en la cuenta Sastre. ¿Cómo iba a sospechar semejante cosa? De haberlo sabido, se habría quedado con la tijera-espada o la habría destruido. Y pensar que podía haber evitado todo lo que les estaba sucediendo. Pero aquel

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dato era solo uno de tantos otros que los Sanadores les ocultaban para tenerles controlados. —En fin... —suspiró el maestro—. El pobre Vasilys se llevó un buen chasco. Ha necesitado casi una semana para recuperarse de las fiebres. Sastre conocía bien a qué fiebres se refería. La sustancia con la que estaban hechos aquellos tatuajes era puro veneno. Te abrasaba por dentro en el instante en que entraba en contacto con tu piel, y durante días te mantenía postrado en una cama debatiéndote entre la vida y la muerte. Más de un aspirante había perdido la vida porque los Sanadores habían cometido un pequeño error en el cálculo de la dosis. Por esa razón, los tatuajes se hacían en varias sesiones y con suma cautela. Los Sanadores clasificaban este proceso en dos grados distintos. Había un primer grado en el caso de los Guardianes, mientras que los Ejecutores recibían un segundo grado que consistía en un mayor número de sesiones y altas probabilidades de fallecer en el intento. Se decía que el sobrevivir a semejante infierno era en parte lo que les volvía tan poderosos. No le fue difícil ponerse en el lugar de aquel muchacho, e imaginarse la frustración que había sentido al descubrir que todos sus sacrificios no habían servido para nada, y que encima fuese culpa de un traidor. Casi le daban ganas de liarse a golpes consigo mismo. Miró a su maestro. Estuvo a punto de decirle que lamentaba lo de su discípulo pero sabía que sonaría hipócrita. Pues aunque de verdad lo sentía por el chico, la realidad era que ni siquiera el conocer los problemas que traería a la Orden o a sus sucesores por seguir vivo habría influido en su decisión de desertar. El silencio que se había formado de repente volvía aún más incómoda la situación. Y entonces el maestro dijo algo totalmente inesperado:

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—No te culpo, Sastre. Todos en algún momento hemos deseado hacer lo que tú hiciste... Me refiero a lo de irnos a vivir la vida, no a chupar… ya sabes... ¡Diablos, eso no! —aclaró con una risotada y le dio una fuerte palmada en el hombro—. Pero, hijo, la próxima vez haz el favor de fundir esa maldita espada. Antes de que Sastre pudiera reaccionar, uno de los guardas que acompañaban a Yinn apareció por la esquina del corredor. —¿Y los otros guardas que estaban contigo? — preguntó al verles a solas a la vez que tomaba con más fuerza su lanza. —Han ido a hacerme un favor, y mientras tanto, yo me he quedado a cargo de él —le tranquilizó Dan—. ¿Algún problema? El guarda negó con la cabeza y se dirigió a Sastre. —Vamos, es tu turno con el Sanador. Antes de seguir al hombre, Sastre se volvió hacia Dan. —Me ha alegrado volver a verle, Maestro. —Pues a mí no, muchacho —replicó este con una sonrisa que pretendía ser cruel pero contenía cierta tristeza—. Anda, lárgate.

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6. Ocho

Si la mañana había amanecido gris, la tarde no mejoró. Con la escasa luz de aquel nublado día, a Kaleth le había sido imposible seguir las huellas de la montura de la mujer a través del bosque. Probablemente, sus insistentes preguntas acerca de la sede de la Orden habían conseguido suscitar la desconfianza de la Guardiana, pues había tenido buen cuidado de borrar su rastro. Y ahora se encontraba perdido en medio de la espesura, sin saber qué dirección seguir. Con una terrible desazón en el pecho que le recordaba a cada minuto que había fracasado... Que jamás encontraría a Sastre. Había tenido la perfecta oportunidad entre sus manos y la había dejado escapar con su falta de prudencia. Pero, ¿de veras esperabas que saliera bien?, se preguntó. Él no había sido entrenado para todo aquello. Solo era un simple criado... Y un iluso. Las piernas se le doblaban por el cansancio. Llevaba desde la noche anterior, después de que el tabernero le sacara a empujones de la posada, tras la pista de la Guardiana, caminando sin descanso. Ya no podía más. Sentía como si de repente le hubiera caído todo el peso de aquel cielo plomizo sobre su alma, aplastando las escasas esperanzas que le quedaban. Tuvo que sentarse. Se encogió sobre sí mismo, abrazándose las rodillas y ocultando el rostro entre sus brazos. El llanto no tardó en aparecer. Por mucho que quisiera negarlo, aún era un niño. Un niño que jamás se había encontrado tan desamparado como en ese momento.

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Como su nombre indicaba, en la sala de mapas se podían encontrar planos, cartas de navegación y otros documentos que describían con detalle la geografía y características de hasta el último rincón de la tierra conocida. Era un lugar perfecto para trazar estrategias y rutas de viaje. Por ello, el líder de los Ejecutores lo había elegido para aquella reunión. Tras conducirles hasta allí, los guardas se retiraron por fin. Sastre y Yinn se quedaron de nuevo a solas con los que hasta hacía muy poco habían sido sus captores y ahora, por un caprichoso giro del destino, iban a ser sus compañeros de batalla. Un hecho que, a juzgar por la mirada con la que les recibieron los Ejecutores, les hacía tan poca gracia como a ellos. Nieve les indicó que se acercaran a la mesa que ocupaba el centro de la sala, y alrededor de la cual estaba dispuesto el grupo. Aunque había sillas para sentarse, todos estaban de pie, mirando con atención los mapas que había desplegados sobre la mesa. Parecía que la reunión había empezado sin ellos. —Antes de nada, vamos a dejar las cosas claras —dijo Nieve alzando la barbilla—. Ahora todos estamos en el mismo bando. Dependemos los unos de los otros para conseguir la victoria y no toleraré que nadie, Guardián o Ejecutor —recalcó mirando a Shen—, anteponga sus desavenencias o problemas personales a la misión. Todos asintieron y volvió a dirigirse a los recién llegados. —Vosotros acataréis mis órdenes o las de mis hombres en caso de que yo no esté —dictó—. Os pediría vuestra palabra si no fuera porque esta ya no vale nada. Así que simplemente os aviso: os estaré vigilando y a la primera señal de desobediencia, cobardía o intento de fuga que vea, no dudaré en eliminaros.

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En ese instante, escucharon unos golpes en la puerta. Nieve frunció las cejas ante la interrupción, aunque dio permiso para pasar. La puerta fue abierta por un nuevo guarda que, acto seguido, se hizo a un lado para dejar paso a una joven de cabellos cortos. Shilo tomó aire antes de entrar en la habitación y enfrentarse a las miradas inquisitivas del grupo. Ya no se encontraba entre gente corriente a la que podía impresionar con tan solo enseñar los tatuajes; ante sí tenía a luchadores tan aguerridos y diestros como ella, o incluso más. Los estudió durante un segundo y después caminó hacia la mesa, parando antes de llegar a ella para arrodillarse. —Se presenta Shilo, Guardián del Oeste. El Supremo me ha enviado para unirme a la misión —dijo con todo el aplomo del que fue capaz—. Será un honor servir bajo sus órdenes, Comandante Nieve. Hubiera sido una entrada perfecta si no hubiera rematado la frase final posando la mirada en Jarre. El hombretón arqueó las cejas sorprendido por el equívoco de la joven y trató de advertírselo moviendo levemente la cabeza en dirección a su verdadero líder. Pero el gesto fue demasiado sutil para Shilo. —Conozco sus hazañas desde que era solo una aspirante —continuó bajando el rostro para ocultar la emoción que había prendido en sus ojos—. Usted es... —No solo llegas la última —le cortó el Espectro—, sino que encima eres tan simple como para dar por hecho que el mando lo lleva la persona más grande de la sala. Curioso, teniendo en cuenta que, siendo tú mujer, deben subestimarte constantemente. Shilo dio un respingo. Alzó la cabeza de nuevo para averiguar quién había hecho aquella desdeñosa afirmación que le había dolido como dos repentinas bofetadas, y se topó con la mirada severa de la persona que se hallaba presidiendo la mesa. Albos cabellos cortos, rostro de delicados rasgos y un cuerpo delgado que iba cubierto hasta los muslos por una capa negra. —Yo soy Nieve.

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Fue como si aquellos ojos grises tuvieran el poder de congelarla. Tragó saliva y deseó que se la tragara la tierra. Pero ¿cómo iba a imaginar que el Espectro tenía un aspecto tan inofensivo? Aunque lo más desconcertante, sin lugar a dudas, era su juventud. Había escuchado hablar de su leyenda desde que era una cría y sin embargo parecía tener la misma edad que ella, o incluso menos, a juzgar por lo joven que sonaba su voz. —Puedes levantarte, Guardián del Oeste —le ordenó Nieve. Shilo reaccionó por fin y, tras levantarse, inclinó la cabeza en reverencia. —Le pido disculpas por la confusión, señor. —¡Pero ¿tú que te has creído?! —bramó de repente Kamil. —Kamil, déjalo —le ordenó su líder mostrándole la palma de la mano—. Tenemos asuntos más importantes que tratar que las formas —Después miró de nuevo a Shilo—. Si no te importa, dirígete a mí como comandante. Menudos humos..., pensó algo atónita por aquella inesperada intervención y se limitó a asentir. —Sí, comandante. —Bien, pues contigo, y dado que el Guardián del Sur está desaparecido, ya estamos todos —anunció Nieve—. Él es Kamil, Ejecutor del Oeste —señaló a este, que se encontraba a su derecha, y después siguió las presentaciones por ese lado—. Shen, Ejecutor del Este —se saltó a Sastre y a Yinn para nombrar al último Ejecutor colocado a su mano izquierda—. Y Jarre, Ejecutor del Sur. La mirada de Shilo se posó en los dos no mencionados. —Ellos son Sastre y Yinn, ex-Guardianes. —¿Ex-Guardianes? —repitió extrañada. El título de Guardián era algo que se llevaba hasta la muerte. De modo que, a no ser que hubieran cambiado las normas, aquel calificativo no tenía ningún sentido. —Eso es todo lo que necesitas saber —contestó su comandante.

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Asintió de nuevo. Puede que no llegara a saber a qué venía eso de "ex", pero de un solo vistazo ya había podido deducir que aquellos dos tipos no se encontraban muy cómodos allí. En realidad, los Ejecutores y ellos no parecían gustarse demasiado. Por otro lado, el evidente parecido que había entre el Ejecutor del Este y el ex-Guardián de cabellos negros delataba que eran parientes, probablemente hermanos. Todo apuntaba a que entre esos seis había ocurrido algo más que ser llamados a colaborar en aquella misión. —Como podéis imaginar, una misión que requiere a Ejecutores y Guardianes trabajando juntos está muy lejos de lo que hayáis podido conocer. La amenaza no solo puede quebrar el orden de toda la tierra conocida, sino que nos atañe directamente —explicó Nieve, y después señaló unas pequeñas islas dibujadas sobre uno de los mapas—. Los conflictos empezaron aquí, en las Islas Yermas. Al principio no les dimos importancia. Sin embargo, hace poco esos conflictos se extendieron al sur del continente. Cada vez avanzan más y cada vez son peores... Saqueos, asesinatos, gente que desaparece sin dejar rastro y gente que abandona su casa y su familia para unirse a los causantes de todo esto: un movimiento que se hace llamar los Azoritas. —Los seguidores de Azor...—comentó impresionada Shilo. Jarre y Kamil también reconocieron aquel nombre, uniéndose a la incredulidad de su nueva compañera. —¿De qué me suena eso? —preguntó Yinn. —Azor, el enemigo de la humanidad —le explicó la Guardiana. Todo lo relacionado con leyendas e historia de la Orden le apasionaba—. Está en las escrituras. De hecho, fue para derrotarle que surgió la Orden. Los Guardianes somos los únicos humanos capaces de resistirnos a su influjo y...

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—Disculpa —le cortó el Espectro y, aunque su tono era controlado, su expresión era fría como un glaciar—. Si no te importa, me gustaría continuar. Por primera vez, Shilo hizo algo que no solía hacer... jamás. Bajó la mirada. —Perdón, Comandante. —No es posible que se trate del mismo Azor de antaño, sino de alguien que intenta seguir sus pasos —aclaró su líder—. Estos nuevos Azoritas tienen muchas similitudes con los que aparecen descritos en las escrituras. Son como una enfermedad, contagian a otras personas su locura consiguiendo cada vez más adeptos. Cada día que pasa se vuelven más numerosos —hizo una pausa antes de concluir—. Buscan hacerse con el control absoluto de todo. —Pero, ¿qué son? ¿Rebeldes...? — Sastre se cruzó de brazos. No llegaba a entender por qué algo que sonaba a culto religioso le causaba tanto miedo al Supremo. —No son un ejército de soldados o mercenarios, si es lo que te preguntas —contestó Nieve—. Sin embargo, eso es lo que les hace aún más peligrosos. —En otras palabras, que nuestros enemigos son aldeanos ignorantes a los que les han comido la sesera —le resumió Yinn torciendo la sonrisa. —Eres libre de tomártelo a la ligera, Guardián. Pero te aconsejo que no lo hagas si quieres sobrevivir —dijo su comandante con seriedad para después mirarles a todos—. Nuestra misión es averiguar quién lidera el movimiento y darle caza. Nuestros espías han avistado una avanzadilla en el reino de Perse —señaló un punto en la zona central del continente—. Será nuestro primer objetivo. —Eso está a un par de días de camino —comentó Jarre. —Así es. Saldremos ahora mismo —anunció Nieve—. ¿Alguna duda?

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Shilo entreabrió los labios a punto de decir algo, pero lo pensó mejor y permaneció en silencio. Había esperado poder descansar, aunque fuera unas horas, después de su largo viaje. Había cabalgado sin parar desde su corta estancia en Rhodesa, pero no eran sus magulladas posaderas lo que le preocupaba, sino su caballo. No hubo preguntas y Nieve dio por finalizada la reunión. —En ese caso, que cada uno se prepare las provisiones necesarias para el viaje —dijo al tiempo que enrollaba el mapa que había estado consultando y lo guardaba en una funda de piel que enganchó a su cinturón—. Nos vemos en las cuadras en unos minutos. Todos asintieron y salieron de la sala. Nieve llamó a Sastre y a Yinn cuando estos ya avanzaban por el corredor. —Vosotros, seguidme. Ambos se miraron sin comprender, aunque obedecieron y marcharon tras el Espectro. Tomaron la dirección opuesta al resto del grupo bajo la recelosa mirada de Kamil, el único que se detuvo a observarles hasta que doblaron la esquina. Nieve se detuvo ante una puerta de doble hoja custodiada por dos guardas. Sastre y Yinn comprobaron que se trataba de la armería en cuanto los guardas abrieron las puertas permitiéndoles pasar. Era una sala enorme donde, colocadas en orden minucioso, podían verse armas de todo tipo. Su comandante se acercó a uno de los estantes, sobre el cual había tres objetos que reconocieron de inmediato. —Mi arma —murmuró Sastre al volver a ver aquella curiosa tijeraespada. Se notaba que la habían pulido y afilado por cómo destellaba en sus hojas la luz de los candiles. —Adelante, cogedlas —les instó Nieve. Yinn tomó sus dagas sin más. Para él, que solo había estado sin ellas un par de días, aquel reencuentro carecía de emoción. En cambio, Sastre se acercó con paso vacilante. Fue como si de pronto fuera consciente del vínculo del que le había hablado su maestro. No solo se

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daba cuenta de lo mucho que había echado en falta aquella espada, sino que el simple hecho de tenerla cerca le llenaba de una entereza que hacía mucho no sentía. Cuando por fin asió su empuñadura, comprendió de verdad cuán estrecho era aquel lazo. —¿Listo? —le preguntó su comandante al ver que se demoraba. Sastre asintió sin poder evitar que la energía que repentinamente le había embargado hiciera aflorar una sonrisa en sus labios. —Sí. Aquel gesto provocó una curiosa reacción en Nieve que Sastre, distraído con su arma, no llegó a percibir. Sus ojos grises se abrieron como si hubieran visto una aparición para, de inmediato, volver a adoptar su habitual expresión indiferente. Tras esto, dio media vuelta y salió de la sala sin decirles más que una última y escueta indicación. —Id con los demás. No puede ser..., pensaba Nieve mientras caminaba con apremio hacia el penúltimo piso de la torre. ¿Cómo es que no me di cuenta antes? ¡Maldita sea! Cuando llegó a la sala de audiencias entró sin llamar. Sin embargo, el Supremo no se encontraba allí. De modo que decidió ir a buscarle a sus aposentos. Subió el último tramo de escaleras y se presentó ante los guardas que vigilaban su puerta, la única puerta de toda la fortaleza que se saltaba aquella sobriedad ostentando unos delicados relieves decorativos. —Solicito audiencia con el Supremo —pidió Nieve. —Espere aquí —contestó uno de los guardas y dio un par de golpes con los nudillos en la puerta antes de pasar y cerrar tras de sí. Transcurrió más de un minuto antes de que volviera a salir —. Ya puede pasar, Comandante. Así lo hizo Nieve. Se adentró en aquella enorme estancia despacio. Siempre que visitaba aquella habitación tenía la sensación de estar invadiendo la intimidad de su dirigente. Quizá era por aquellas

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cortinas translúcidas que, en lugar de puertas, servían para separar los distintos espacios de la sala y apenas dejaban apreciar lo que había más adentro. Eso, unido a la cantidad exagerada de muebles y libros, creaban una atmósfera demasiado reservada. —¿Mi Señor? —preguntó en voz alta cuando distinguió su silueta dos juegos de cortinas más adelante. —Un momento —contestó el Supremo y después dijo casi en un susurro—, Torio, puedes retirarte. Antes de que pudiera preguntarse a quién iba dirigida esa orden, Nieve vio que por detrás del Supremo aparecía la figura de una persona que se encaminaba presurosa en su dirección. Cuando traspasó la última cortina que les separaba, pudo comprobar que se trataba de uno de los jóvenes criados de su señor. El muchacho llevaba el pelo alborotado y los botones de su camisa mal abrochados. Ni siquiera se atrevió a cruzar la mirada con Nieve cuando pasó por su lado andando a toda prisa hacia la salida. No era la primera vez que oía o veía algo que le hacía sospechar de las actividades lujuriosas de su señor, pero no por ello le causó menos repulsión. Sin embargo, no era algo contra lo que pudiera luchar, ni siquiera sentía el deseo de hacerlo. Así que optó por borrar aquella imagen de su mente y centrarse en lo que de verdad le importaba. —Supongo que vienes a decirme que estáis listos para partir —le dijo el Supremo tras acercarse—. ¿Ha ido todo bien con los traidores? —Sí, Señor —contestó mientras veía como se ajustaba los puños de la túnica. El hombre asintió. —En ese caso, marchad ya —ordenó—. Ah, Nieve... Si resulta que tienen la suerte de sobrevivir, encárgate de eliminarlos. No contestó de inmediato y eso provocó cierta extrañeza en su dirigente. Pero, en lugar de lo que esperaba oír el Supremo, Nieve lanzó una pregunta.

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—Señor, solo dígame una cosa. Ese hombre, el Guardián del Norte... ¿Es posible que ese hombre sea...? —Vaya, veo que al final lo has reconocido. La verdad es que el joven se parece bastante a su padre... —interrumpió con una sonrisa—. Qué irónico. Pensar que ha acabado siguiendo sus pasos, es como si llevara la traición en la sangre. Nieve no contestó. Con la vista perdida en un punto al azar del suelo de la estancia, parecía estar asimilando aquella revelación. Permaneció así, inmóvil, mientras su señor se situaba a su espalda. —Aunque más irónico todavía es que ahora tengas que matar al bebé que tanto te empeñaste en salvar. El Supremo se detuvo un instante para contemplar aquellos cabellos del blanco más puro. El sutil aroma que emanaba de ellos le evocaba bucólicos paisajes que estaban vedados para él y fantasías que lo estaban aún más. Inspiró despacio, prendándose de aquel olor y conteniendo los deseos de besar la piel de aquella nuca que tenía a tan solo un palmo de sus labios. —Estoy seguro de que podrás hacerlo —dijo separándose al fin. —Por supuesto. —El Espectro le miró de reojo con fiera decisión. Al Supremo le satisfizo aquel gesto. —Vete pues. —Mi Señor. —Nieve se despidió no sin antes hacer una reverencia, y salió de la estancia con tanta rapidez como lo había hecho antes aquel criado. Esperó hasta estar fuera de la vista de los guardas para llevarse una mano al lugar donde sentía una molesta presión y crispó sus dedos, arrugando un trozo de la tela de su capa entre ellos, justo a la altura de su corazón.

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Después de prepararse un pequeño petate con provisiones, bajaron a las cuadras, donde les proporcionaron un caballo a cada uno. Los Ejecutores tomaron los mismos en los que habían venido, mientras que a Sastre y a Yinn les dieron un par de robustos percherones. Shilo, en cambio, rechazó el que le ofrecían para acercarse al suyo. —Discúlpeme, Guardián —la siguió el mozo de cuadra—, pero su caballo parece cansado, debería llevarse otro. —No te preocupes, este caballo es muy resistente —dijo Shilo—. Le habréis dado de comer, ¿no? —¡Claro que sí! —aseguró el chico nervioso. —Suficiente. El mozo se marchó sin insistir más ni ofrecerse para ensillar al animal, ya que la Guardiana parecía muy dispuesta a hacerlo sola. El caballo resopló cuando notó de nuevo el peso de la montura. Shilo le tranquilizó acariciando su musculoso lomo color azabache. —Lo sé, Ionos, lo sé... Solo será un esfuerzo más, ¿de acuerdo? No importaba lo racional que sonara la propuesta del muchacho. Ionos había sido su único compañero desde que era Guardián, no podía abandonarlo allí y menos aún viendo que, en su ausencia, podían dárselo a cualquiera. En ese instante, oyó unas pisadas a su espalda. Se giró para descubrir a Nieve aproximándose a una yegua blanca ya ensillada que otro de los mozos había preparado. Y debía de haber escuchado el comentario sobre su caballo, pues al montar le dirigió una mirada severa. —Más vale que no nos retrases —dijo, y espoleando a su yegua, salió al trote hacia la entrada de la fortaleza. Desde luego, es de lo más simpático, musitó para sus adentros mientras se mordía la lengua para evitar cometer un desacato. En realidad, no le pillaba de sorpresa aquel trato. Lo había recibido desde una infancia que, por desgracia, nunca llegó a ser tierna. Estaba más que acostumbrada a que, al ser una mujer en un mundo de

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hombres, la gente cometiera el error de menospreciarla casi siempre. Que lo hicieran también sus nuevos compañeros o su comandante no era tan inesperado. Pero, en el fondo, había albergado la esperanza de que por una vez no fuera así. Inspiró hondo, decidiendo ignorar a aquellos necios. Muy pronto les haría darse cuenta de lo equivocados que estaban. Montó sobre Ionos y fue a reunirse con ellos.

Horas después, el grupo cabalgaba en dirección sur, hacia los territorios del reino de Perse. El manto de la noche empezaba a caer sobre ellos complicando la tarea de avanzar por aquel bosque. Sin embargo, aunque no lo habían comentado, todos se habían dado cuenta desde hacía rato de que no eran los únicos en tener problemas para esquivar los árboles y matojos que se cruzaban en el camino. —¿Cuánto tiempo más crees que piensa seguirnos? —Fue Kamil el que por fin rompió el silencio. La pregunta, por supuesto, iba dirigida a Nieve quien cabalgaba a su lado, encabezando la procesión. —No lo sé. Tenía la esperanza de que abandonara hace más de media hora. —Sus pasos cada vez se vuelven más torpes y ruidosos por intentar mantener nuestro ritmo —dijo Jarre—. Opino que deberíamos espantarlo o dejar que se una a nosotros. —Sí, hombre, ¿unirse a nosotros? —criticó Shen—. ¿Y qué más? Nieve miró de reojo al hombretón. —Me temo que por una vez Shen tiene razón—dijo y dio media vuelta para dirigirse a los demás—. Alto.

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Sastre, Yinn y Shilo detuvieron sus monturas al llegar a la altura de los Ejecutores. Al verlos detenerse y mirar en su dirección, el perseguidor furtivo comprendió que le habían descubierto. Y sabiendo lo estúpido que sería intentar esconderse, no le quedó más remedio que dar la cara. Cabalgó despacio hasta quedar a pocos metros de ellos. —Vasilys— dijo Sastre, el único del grupo que conocía su nombre. —Vaya, cuando se trata de conocer nuevos jovencitos no pierdes el tiempo, ¿eh? —bromeó Yinn en un susurro. —Calla —le chistó Sastre—. Es el aspirante a Guardián del Norte. Aunque hablaban en voz baja, todos pudieron escucharles perfectamente, e ignorarles del mismo modo. —¿Qué es lo que quieres, muchacho? —le preguntó Nieve. Vasilys se acercó un poco más y exclamó: —¡Solicito permiso para unirme a la misión, Comandante! Nieve alzó la mano. —Controla tu pasión, em... ¿Vasilys? ¿Es ese tu nombre? —Así es, Comandante —dijo el chico en un tono más moderado. —Bien, Vasilys, vuelve a la fortaleza. No puedes venir con nosotros —le ordenó. Pero Vasilys no pensaba rendirse tan fácilmente. No después de haber desobedecido al Maestro Dan, robado un caballo de las cuadras y llegado tan lejos. —Disculpe, Comandante, pero ¿por qué razón? Nieve, que frenó a su caballo antes de dar de nuevo la vuelta, le miró frunciendo el ceño por el atrevimiento. —Para empezar ni siquiera eres un Guardián. —Sí que lo soy. He superado el entrenamiento, he recibido todos los tatuajes. ¡Ese arma debería pertenecerme a mí! —señaló en un gesto lleno de odio a Sastre, el cual llevaba a su espalda la famosa tijera-espada. —Chico, no te lo diré más veces. Regresa —le avisó el Espectro.

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—¿¡Cómo podéis aceptar a un par de traidores entre vosotros y no a mí!? —Eso quisiera saber yo —murmuró Shen mirando con desprecio a Sastre y a Yinn. La mirada de Shilo también se posó en ellos. Sospechaba que lo de esos dos debía ser algo turbio, pero... ¿Hasta el punto de la traición? No, desde luego, eso no se lo imaginaba. Antes de que Nieve pudiera darle una nueva advertencia, Vasilys declaró: —Adelante. Máteme si quiere, Comandante. Prefiero morir mil veces antes que volver para convertirme en el hazmerreír de la Orden, en aquel que no llegó a Guardián por culpa de un traidor. Nieve vaciló. Podía leer en la mirada llena de rabia del muchacho que sus palabras iban en serio. De nada iba a servir amenazarle y tampoco encontraba sentido a matarle. —Comandante, deje que venga con nosotros —intervino Jarre—. Al fin y al cabo, deberíamos haber sido ocho para esta misión. El Espectro miró al Ejecutor del Sur como si le costara creer lo que este estaba proponiendo. Aunque, poco a poco, se fue transformando en una expresión más reflexiva. —De acuerdo, pero tú te harás cargo de él —sentenció y, antes de volverse, se dirigió a Vasilys por última vez—. Y tú, chico, no vuelvas a discutir mis órdenes o ya lo creo que morirás mil veces. —¡S...sí, Comandante! —contestó Vasilys sintiendo cómo los nervios, el miedo y la ira contenida eran arrollados por un repentino entusiasmo que le recorrió el cuerpo como una descarga. El grupo retomó la marcha. Jarre se colocó en último lugar junto al chico para mantenerle vigilado. Yinn y Sastre cabalgaban justo por delante de ellos. —Menuda mula —le dijo Yinn a Sastre tras echar una fugaz mirada al recién incorporado—. Norteño tenía que ser.

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Sastre no hizo caso de la burla. Bastante tenía con soportar la mirada de profundo rencor de aquel chico clavada en su nuca a partir de ahora. Pero poco le importaba. Ni los desprecios, ni los resentimientos, ni que le tildaran de traidor una y otra vez... Porque pronto iba a poder volver con la persona que hacía que su traición fuera la única decisión de la que no se arrepentiría en la vida. Kaleth. ¿Qué estaría haciendo en estos momentos...? Era muy listo, seguro que se había dado cuenta de que la Orden le había capturado. ¿Estaría buscándole? Deseó, con todas sus fuerzas, que no perdiera la esperanza. Por favor, espera un poco, solo unos pocos días más y estaré contigo de nuevo. Poco podía imaginar Sastre que su amado se encontraba en ese instante a pocos kilómetros de allí, en dirección contraria, acurrucado bajo un árbol donde había llorado hasta caer rendido, pues ya no le quedaba ninguna esperanza que seguir perdiendo.

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