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San Vicente

Basílica de San Vicente. Litografía de un dibujo de F. X. Parcerisa. (Del texto: Recuerdos y bellezas de España. 1865).

Una vieja tradición cuenta por qué un terreno tan desnivelado fue elegido para levantar la monumental basílica de San Vicente. Aparentemente no tiene explicación que una iglesia se edificase sobre un terreno escarpado, cuando sólo unos metros más arriba había un firme rellano que hubiese evitado complicaciones a canteros y arquitectos. Alguna teoría argumenta que se eligió el lugar para evitar el cementerio que pudo haber en el jardín que hoy bordea la muralla, pero si

así hubiese sido se hubiese podido edificarla algo más al Este del mismo rellano, como ocurre con San Pedro en el Grande. Ocupar los escarpes más inaccesibles e inmediatos, si no era necesario, solo ayudaba al enemigo. Su proximidad a la muralla, prácticamente encima del cerco defensivo, tampoco sostiene esa explicación. La razón parece más bien ser que el actual templo fue levantado sobre la primitiva iglesia, que guardaba la memoria del milagro; naturalmente no se

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Vista de Ávila. Grabado de Bernardino Rico. Tomado de «La Ilustración Española y Americana». h. 1865.

conservan visibles restos de aquella humilde ermita, seguramente arrasada una y otra vez, pero preservar los mismos enclaves era costumbre que se respetaba fidelignamente en todos los santos lugares. En ese mismo terraplén fue probablemente donde se arrojaron los cuerpos de los primeros mártires de Ávila. Cuentan que aquel desmonte era el muladar donde iban a parar los escombros e inmundicias de la entonces aldea romana, y aquí es donde comienza la leyenda. En el año 306 de nuestra era, Ávila sería efectivamente una pequeña colonia del Imperio. Daciano, el prefecto de la provincia hispana, recibió la orden de perseguir a cuantos cristianos se mantenían sin renunciar al nuevo credo. A Talavera de la Reina, conocida entonces como Ebora, llegó este gobernador desde Toledo pretendíendo iniciar otra de aquellas redadas, con el fin de desterrar a los nuevos confesos. Entre los cristianos, un joven conocido como Vicencio fue detenido. Dada su belleza llamó la atención del prefecto que le quiso captar para su servicio personal. Aunque ya estaba bautizado, Daciano deseaba que Vicencio cambiase su adoración a Yahvé por romanas divinidades como Júpiter. Como no logró disuadirlo, ordenó encarcelarlo con la esperanza de un cambio de actitud. Vicencio pidió como gracia que le concediese al menos tres días para meditar su decisión. Hasta los oscuros calabozos fueron a visitarle sus hermanas Sabina y Cristeta, que temían también por su seguridad y su honra; sin embargo, lo que verdaderamente planeó el joven fue su fuga. Tras lograr escapar en plena noche, salieron los tres hermanos campo a través hacia el norte. Al cabo de unos días por valles y montañas, en los que dejarían su nombre en la toponimia de algunos lugares

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Atrio de San Vicente. Foto: Alguacil. h. 1880.

Ábsides durante la restauración de Repullés. h. 1886. Col. I. González de la Parra.

San Vicente en obras de restauración. Tarjeta postal. Foto: h. 1885.

(Sierra de San Vicente, Puerto de San Vicente, Hortigosa de San Vicente o Real de San Vicente), llegaron a Ábula o Ábyla, donde fueron finalmente detenidos. El martirio utilizado consistió, tal como está descrito en los relieves del sepulcro, en sujetar a los muchachos por las extremidades, fijándolos a unos postes en aspa que hacían girar en sentidos opuestos hasta descoyuntarlos. En esta garrucha, piernas, brazos y

cabeza quedaban desgarrados del tronco de una forma brutal. Desmembrados sus huesos, los torturados, aún moribundos, eran sacados de la ciudad y abandonados, sin enterrar, en ese mismo terraplén que estaba a la salida de una de las puertas de la muralla romana. Allí se les aplastó la cabeza con grandes piedras y quedaron a merced de ratas y alimañas. Como es lógico, los cristianos de Ávila no se atrevían a salvar aquellos cuerpos destrozados por miedo a sufrir el mismo destino; la providencia, sin embargo, preservó su memoria por los siglos, con mejor acierto que si lo hubiese preparado un rey. Pocos días después de ser arrojados los jóvenes en aquel pedregal, un rico judío que entraba a la ciudad, quiso comprobar por sí mismo el resultado del martirio en aquellos desgraciados. Ignoraba, al parecer, que entre aquel roquedal había una oquedad llamada de la Soterraña, que servía de guarida a una astuta serpiente que se surtía de los cadáveres arrojados. Merodeaba por allí el curioso hebreo, cuando de imprevisto sintió enroscada en su cuerpo a la bestial sierpe. En vano suplicó ayuda. Apremiado por la

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muerte cercana, ya en pleno ahogo, ofreció desesperadamente su conversión al Dios de los cristianos si lograba salvar su vida; al momento soltó su presa la serpiente. Tras lograr algunas colaboraciones, cumplió el judío su promesa, levando allí mismo una capilla votiva, donde encontraron digna sepultura los tres primeros mártires de Ávila. Más tarde, también el propio judío sería enterrado allí. La primitiva capilla fue quizá sustituida por otra algo mayor siete años más tarde, cuando el Edicto de Milán trajo la libertad religiosa a los cristianos. En época musulmana al menos la memoria de los mártires debió seguir conservándose en el mismo lugar, aunque no se conserva constancia de estos antecedentes. A comienzos del Siglo XII la importancia de estos Santos, al ser reconquistada la ciudad, hizo que se edificase sobre la antigua cripta un templo a la medida de su fama, coincidiendo con el nuevo impulso edificador de Ávila. Contemporánea de la muralla en sus inicios, surgió entonces la actual basílica. Su laboriosa construcción se concluiría en sucesivas etapas, desde el románico de la magnífica puerta oeste, que algunos atribuyen al maestro Mateo, hasta el gótico del cimborrio o la torre norte. Aquella ampliación provocó que el desnivel del terreno diese a la iglesia una elevación impropia del románico en los ábsides y la fachada norte. Hacia el 1130 se habían construido ya los primeros muros del más bello templo abulense, que aunque fue consagrado a los tres hermanos mártires, hoy se le conoce sólo por el nombre del varón San Vicente, quizá por razones de abreviatura. En el siglo XIX este santo era aún el patrono de Ávila. Lo más curioso de esta iglesia es que, aunque se construyó

Basílica de San Vicente. Foto: Thomas. h. 1930. Tarjeta postal.

Panorámica, vista del área de San Vicente. Foto: Mayoral E. Tarjeta postal. h. 1920.

Basílica de San Vicente. Foto: Mas. 1928.

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San Vicente. Portada Oeste. Tarjeta postal: Hauser y Menet. h. 1900.

Vista desde la torre de San Vicente. Foto: Loty. h. 1930.

para seguir sepultando los restos del mártir, seguramente no llegó nunca a albergarlos. En 1062, antes incluso de ser proyectada, Fernando I, aconsejado por un monje de Arlanza, hizo una rápida incursión en la Castilla musulmana, para rescatar de la antigua capilla de Ávila los cuerpos de Vicente, Sabina y Cristeta, que se trasladaron a León, Palencia y Arlanza respectivamente; se pretendía con ello que sus restos estuviesen más seguros, alejados de las fronteras sarracenas. Los episodios de este rescate, los cuenta Gonzalo de Berceo en la «Vida de Santo Domingo de Silos». Algunos aseguran que estos restos regresaron en 1175, pero no hay constancia fidedigna de ello, de modo que el bello sepulcro que hay en el crucero de San Vicente probablemente sea un cenotafio. El empeño por hacer creer que los santos estaban aquí enterrados, dio antaño lugar a otra leyenda, que relata cómo un obispo metió su mano por una abertura de la tumba, sacándola ensangrentada. Esta historia se puede encontrar repetida en la misma época en Segovia con otro beato del lugar. Ávila, tierra de santos, no ha podido dar sepultura a sus más espirituales hijos, casi todos ellos están repartidos por la geografía hispana, troceados o íntegros. Sí están, sin embargo, en San Vicente, los restos de San Pedro del Barco, traídos hasta aquí en 1193, por una curiosa historia de resultados increíbles. Dicen que al morir San Pedro del Barco, monje benedictino natural del pueblo del mismo nombre, se abrió una disputa entre aquella villa y Ávila; las dos poblaciones no se ponían de acuerdo sobre dónde debían descansar sus restos. La discusión se resolvió mediante una decisión salomónica; montaron su cadáver sobre una mula ciega y acordaron que allí donde se detuviese el animal, sería enterrado también el Santo. Aquella acémila se encaminó hacia Ávila con tanta precisión, que al llegar a San Vicente entró por la puerta, derrengándose justo en un brazo del crucero, donde dejó grabada sobre una losa de piedra su última coz. El animal fue enterrado en el llamado Cubo de la Mula de la muralla, en la esquina más próxima a la iglesia, aunque más bien ese cubo debió recibir esa denominación por la cabeza de un pequeño verraco que sobresale del muro. Según otra versión, el nombre proviene de que los clérigos esperaban aquí la llegada de los nuevos obispos, montados en sus mulas. De esta historia de la mula, sin visos de certeza, se pueden encontrar símiles en otras ciudades, referidas a varios santos, con idénticos episodios milagreros. Cianca, autor del más antiguo libro sobre San Vicente de Ávila, encuentra también paralelismos a la historia del propio Santo. «Fue en todo semejante este sagrado martirio de San Vicente de Ávila, al de otro San Vicente de Valencia». El templo de Ávila tiene sin embargo, una notable historia, en la que no han dejado de intervenir nobles y reyes: el rey San Fernando, Alfonso X el Sabio y Alfonso XI, entre otros, reconstruyeron diversas partes de su fábrica, otorgándola en ocasiones privilegios y prebendas. San Vicente de Ávila fue una de las tres iglesias juraderas de Castilla; «con la mano puesta sobre el testero del Salvador, juraban los caballeros abulenses morir antes que faltar a su palabra, y en

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honor a la verdad que la cumplían siendo esta la razón porque se llamaba a San Vicente la más famosa iglesia juradera del Reino de Castilla; los Reyes Católicos prohibieron tan sano juramento». Este edificio de bellas perspectivas desde cualquier lugar que se lo contemple, tiene detalles verdaderamente interesantes, como la cornisa que corre bajo el alero de la nave central; ahora este alero podrá verse de cerca desde la torre sur, cuando sea abierto el nuevo museo; entre sus 207 relieves hay alegorías de los vicios y virtudes humanas entre una y otra flor, para que sólo pasen advertidos a los más observadores. Los capiteles de los ventanales del triforio, cada uno diferente, con caprichosas floraciones y bestiarios, quedarán también a la altura de los ojos del visitante. Hay que fijarse en la bóveda de crucería de la nave mayor, una de las más antiguas del gótico español. Una vista longitudinal de esta nave se ve al pasar de una torre a otra por la galería superior del pórtico; hay allí un balcón con tres bellas ventanas, que dejan ver a través de un elevado ventanal justo en la otra punta de la iglesia, un crucificado sobre el altar. Los pormenores del pórtico principal, como toda la iglesia, merecen una explicación guiada. Deténganse en las filigranas de las seis archivoltas y sobre todo en las figuras del pórtico, que mantienen desde hace siglos una animada conversación. En la puerta sur hay

cinco figuras bien talladas; en las tres de la derecha, algunos creen ver al rey Alfonso VI, que mandó levantar esta ciudad, junto a su hija Urraca y su esposo Don Raimundo de Borgoña. En San Vicente está un poco la historia de Ávila y también algunos de sus enigmas. En la cripta se guarda la Virgen de la Soterraña, una de las imágenes más veneradas desde la antigüedad. Allí abajo quedan restos arqueológicos, tumbas y algunas tablas de interés. El sarcófago levantado en el crucero para guardar los restos de los mártires, es la pieza más meritoria del interior; sus relieves relatan la historia y martirio de los santos. El edificio, construido con piedra arenisca de La Colilla, fue restaurado profusamente hace un siglo por el arquitecto Enrique María Repullés, que dejó escrito un libro sobre sus trabajos. Este texto ha sido reeditado por el Consejo de Fábrica de San Vicente siendo ampliamente documentado por José Luis Gutiérrez. Quienes todavía tenemos ocasión de contemplar esta basílica, podremos verla pronto enteramente, entrando por pasadizos, torres y galerías que serán dedicados al museo románico de la ciudad. La vocación con que los canteros se emplearon en cada piedra de este edificio, se ve en pequeños detalles como las figurillas esculpidas en las bases de las columnas exteriores de la torre sur. En realidad, toda esta iglesia es una pura escultura legada por el medievo al siglo veintiuno.

San Vicente. Cenotafio de los Santos. Escena del descoyuntamiento.

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