El Síndrome de Saint-Domingue

Percepciones y sensibilidades de la Revolución Haitiana en el Gran Caribe (1791-1814)
Alejandro E. Gómez EHESS/CERMA Publicado en: Caravelle, No.86 (Junio 2006), pp.125-156
Resumén: El miedo a Haití es un tema recurrente en la historiografía caribeña de la Era de las Revoluciones. Este ha sido definido por el temor que sintieron los blancos de las sociedades esclavistas de esa región, ante la posibilidad de perder sus propiedades o morir a manos de negros sublevados, como sucediera a sus equivalentes durante la Revolución Haitiana. En este artículo se estudia ese fenómeno como parte integrante de un espectro de manifestaciones mucho más amplío, en el cual resaltan las expresiones de „ansiedad‟ que esa misma situación produjera. El conjunto de estas manifestaciones, siguiendo la „lógica del miedo‟, lo hemos definido como un „síndrome‟ debido al origen “traumático” común que todas mostraron tener en lo sucedido en Saint-Domingue. De igual manera, se amplia la escala de análisis al Gran Caribe (haciendo énfasis en los casos de Cuba, Jamaica, Virginia y Venezuela) afín de enriquecer el estudio con realidades etno-sociales diversas, las cuales son estudiadas comparativamente. Palabras clave: Haití, Miedo, Revolución Haitiana, Esclavitud, Caribe Résumé : La peur à Haïti est un sujet récurrent dans l'historiographie des Caraïbes dans l‟Age des Révolutions. Celui-ci a été défini par la crainte qu'ont sentie les blancs des sociétés esclavagistes de cette région, devant la possibilité de perdre ses propriétés ou de mourir à mains des noirs soulevés, comme il arriverait à ses équivalents pendant la Révolution haïtienne. Dans cet article on étudie ce phénomène comme partie intégrante d‟un spectre de manifestations plus vaste, dont on doit souligner les expressions d‟„anxiété‟ que cette même situation produisit. L‟ensemble de ces manifestations, en suivant la „logique de la peur ‟, nous l‟avons défini comme un „syndrome ‟ prenant en compte l‟origine „traumatique‟ commune que toutes montrèrent par rapport à ce qui s‟est passé en Saint-Domingue. On a aussi agrandi l‟échelle d‟analyse à la Grande Caraïbe (faisant emphase dans les cas de Cuba, la Jamaïque, la Virginie et le Vénézuéla) afin d'enrichir l‟ étude de ces manifestations avec des réalités etno-sociales diverses, lesquelles sont étudiées comparativement. Mots clés : Haïti, Peur, Révolution haïtienne, Esclavage, Caraïbes

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Más impetuosos que los torrentes, dejarán por todas partes los rastros imborrables de su justo resentimiento. Españoles, Portugueses, Ingleses, Franceses, Holandeses, todos sus tiranos se convertirán en la presa del hierro y la flama.1 Guillaume-Thomas Raynal, Histoire philosophique et politique, 1780

El temor a los levantamientos de los sectores subalternos de las sociedades no es nuevo, así como tampoco lo era para fines del siglo XVIII el miedo a las revueltas de esclavos negros.2 Estas se habían venido produciendo desde el mismo momento en que estos comienzan a ser introducidos al Nuevo Mundo en forma numerosa a principios del siglo XVI. Para esa época, ya los conquistadores hispanos empezaron a mostrarse temerosos ante manifestaciones de resistencia de ese tipo, por lo que se comienza a introducir las primeras medidas para prevenirlas o controlarlas. 3 La posibilidad de morir a manos de negros alzados hubo de mantenerse donde quiera que los negros fueron numerosos y a todo lo largo del Período Colonial, extendiéndose a territorios coloniales lusitanos y, a partir del siglo XVII, a galos, británicos y neerlandeses. Lo que cambia a fines del siglo XVIII con la Revolución Haitiana, y en particular con la gran revuelta de negros de Le Cap Français de 1791 (en la que participaron más de 100 mil negros), es que –siguiendo a E. Genovese4– por vez primera se ponía en evidencia que un grupo numeroso de negros sublevados, podía tener éxito en una sublevación e incluso acabar con una colonia tan próspera como Saint-Domingue. Las informaciones sobre los conflictos que sacudían a esa colonia francesa, llegaron por diversas vías (emigrados, relatos de marinos, reportes oficiales, publicaciones

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Guillaume-Thomas Raynal (Abate), Histoire philosophique et politique des établissemens et du commerce des Européens dans les deux Indes, Vol.3, Ginebra, J.-L. Pellet, 1780, p.204 2 H. Aptheker ha mostrado cómo otro tipo d manifestaciones asociadas con la resistencia de esclavos (unidos a los indios o uniéndose al enemigo de turno) generaron temor entre los colonos blancos norteamericanos. Por su parte, C.L.R. James ha señalado en su estudio clásico sobre la Revolución Haitiana que los esclavos, “siendo trabajadores [forzados] de la tierra , apuntaban a la destrucción de sus opresores como los campesinos de otras partes.” Herbert Aptheker, American Negro Slave Revolts, New York, International Publishers, 1993, p.18; C.L.R. James, The Black Jacobins: Toussaint L‟Ouverture and the San Domingo Revolution, New York: Random House, 1963 (1938), p.66 3 Algunas de éstas tenían un carácter meramente profiláctico para evitar que su número aumentase (como la prohibición a la importación de negros al Nuevo Mundo de 1516), mientras que otras, mucho más crueles, tenían un carácter ejemplarizante (como el cepo, el látigo, la mutilación y hasta la muerte). N. del A. 4 E. Genovese indica que la Revolución Haitiana marcó un giro en la historia de las revueltas de negros en América. Eugene D. Genovese, From Rebellion to Revolution. Afroamerican Slave Revolts in the Making of the Modern World, Baton Rouge; Londres, Louisiana State University Press, 1979, p.87

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periódicas, etc.) a oídos de los habitantes blancos –o de „calidad‟ blanca5– de las sociedades esclavistas circunvecinas. En repetidas ocasiones, las mismas describían escenas dantescas que hablaban de las atrocidades cometidas por los negros sublevados: Plantaciones arrasadas, hombres cortados en mitades, cadáveres guindando de ganchos por las quijadas, niños empalados, mujeres violadas sobre los cuerpos de sus esposos, etc. Estos relatos contribuyeron a alimentar la leyenda de una „revolución negra‟, en la que los blancos eran exterminados y sus posesiones destruidas. En ello también contribuyeron los mismos esclavos y otras personas libres de color, quienes, alentados por los logros de los negros franco-dominicanos6, con frecuencia hicieron recordar a la comunidad blanca a través de diversas formas de „resistencia‟ (a veces en forma violenta, pero más comúnmente en forma de „insolencia‟), que en los territorios que habitaban también podía darse una revolución parecida. Este riesgo generó entre los blancos el surgimiento de toda una serie de reacciones para cuya descripción los historiadores se han limitado a apreciarla en términos emotivos de „miedo‟7. En tal sentido, no han vacilando en usar además expresiones y términos como „temor‟, „psicosis‟, „paranoia‟, „peligro negro‟ y hasta „horror‟ para describirlas. Aquellos que lo han estudiado más fondo coinciden en la existencia generalizada de un fenómeno psicológico colectivo: M. Zeuske y C. Munford, le han comparado con El Gran Miedo al complot aristocrático durante el primer año de la Revolución Francesa.8 Otros, como Arturo Morales Carrión, considerando el patrón común que presentan entre sí los distintos casos que evidencian su existencia, se han referido al
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Decimos „blancos‟ para referirnos principalmente a las elites dominantes consideradas legalmente como de ese color. En los territorios anglo-sajones esto estaba establecido por la ascendencia europea de padre y madre, y en los territorios hispano-caribeños por la „estimación‟ pública que se tenía de cada quien, la cual determinaba la „calidad‟. N. del A. 6 Este efecto ha sido definido por Julius Scott como un „viento común‟. Julius Scott, The Common Wind: Currents of afro-american communication in the era of the Haitian Revolution , Tesis doctoral, Duke University, 1986, p. IV 7 Entre los niveles afectivos se encuentran, además del humor y los sentimientos, las emociones; estas se subdividen en 6 tipos culturalmente universales: el miedo, la alegría, la tristeza, la cólera, la sorpresa y la repugnancia. Todas se manifiestan en forma de reacciones afectivas, cuya intensidad será proporcional a la del estímulo que se perciba. Claude M. J. Braun, Évaluation neuropsycologique, Montréal, Décarie, 1997 pp.330-331 8 Esta comparación la hacen en alusión al trabajo clásico de Georges Lefebvre, El Gran Miedo de 1789, el cual surgiera del temor de los campesinos a un complot aristocrático alimentado por rumores. En esta ocasión, como indican estos historiadores, los “…atemorizados no eran burgueses y campesinos, sino plantadores, y a los que se temía no eran „vagabundos‟ o „aristos‟ [nobles], sino negros esclavos.”8 Clarence J. Munford; Michael Zeuske, “Black Slavery, Class Struggle, Fear and Revolution in St.Domingue and Cuba, 1785-1795”, The Journal of Negro History, Vol.73, No.1/4 (InviernoOtoño, 1988), p.24

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mismo como un „síndrome‟, el cual fue definido por este historiador como “…el temor de que, creado un sistema esclavista, llegue el día en que los esclavos se rebelen contra una condición degradante y sieguen vidas y quemen haciendas.”9 Partiendo de esta base, el presente trabajo busca aportar elementos de juicio que contribuyan a la explicación de las diversas manifestaciones de ese fenómeno. Para ello llevaremos adelante un análisis comparativo entre las distintas situaciones que develan la presencia del mismo en distintas partes del Gran Caribe, haciendo énfasis en los casos de Cuba, Jamaica, Virginia y Venezuela, aunque también abordando algunos casos aislados en Curazao y South Carolina. En este mismo sentido, reconociendo las ventajas metodológicas que ofrece, retomaré el concepto de „síndrome‟ pero extendiendo el origen de ese temor a toda la población de color (tanto de condición libre como esclava). Siendo este un término que raramente ha sido llevado al terreno del análisis histórico10, antes sería prudente hacer una breve consideración teórica sobre el mismo: El término „síndrome‟ no tiene una aplicación psicológica sino clínica, y constituye una alteración patológica caracterizada por una serie de síntomas que se repiten en todos los casos en que se presenta. Este enfoque raramente ha sido aplicado en el terreno del análisis histórico. En nuestro caso, el „trauma‟ estaría representado, obviamente, por la Revolución Haitiana, más concretamente la visión atemorizante que de la misma desarrollaron en forma dinámica los habitantes blancos de las sociedades esclavistas gran caribeñas que tenían una estructura etno-social de „tres niveles‟ (es decir, las conformadas grosso modo por blancos, mulatos y negros)11, por sus temores de experimentar en carne propia otra sangrienta y devastadora „revolución negra‟. Los „síntomas‟ los encontramos en las reacciones que manifestaron tener las elites blancas (autoridades o civiles) por lo que había pasado –o estaba pasando– en Saint-Domingue, y las repercusiones que esto tenía –o que ellos pensaban que tendría– en los territorios que habitaban. Estas tuvieron principalmente
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Arturo Morales Carrión, “Ojeada a las corrientes abolicionistas en Puerto Rico”, Anuario de Estudios Hispanoamericanos, No. XLIII (1986), pp.295-296 10 Sólo hemos encontrado una obra en la que se profundiza teóricamente sobre ese concepto: El Síndrome de Vichy de Henry Rousso. En la misma su autor define su objeto de estudio como „el conjunto heterogéneo de síntomas, y de manifestaciones ligados al traumatismo que significó para la sociedad francesa la ocupación nazi y las consecuencias que este hecho generó dentro de Francia: el régimen colaboracionista del general Vichy, la deportación de judíos a campos de exterminio, etc.‟ Henri Rousso, Le syndrome de Vichy, Col. Points, Paris, Éditions du Seuil, 1990, pp.18ss 11 David P. Geggus, “The Haitian Revolution”, H. Beckles y V. Sheperd (cords.), Caribbean Slave Society and Economy, New York, The New Press, 1993, p.402

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un carácter emotivo, y buscaban –siguiendo la „lógica del miedo‟12– solventar el estado de vulnerabilidad a que los había expuesto, así como prever que recurriesen o se incrementasen las causas que lo habían generado. Dado el fuerte carácter emotivo que tuvo la sintomatología del síndrome que nos ocupa, se hace necesario acudir a la teoría psicológica del miedo para su explicación, la cual ha demostrado sus bondades cuando es usada en el análisis histórico.13 La misma discierne escalonadamente y en un sentido ascendente la transición de la „ansiedad‟, al „miedo‟ y, rara vez, al „pánico‟. Este cambio tiene lugar en la medida que la amenaza que produce esas sensaciones se hace más cognoscible, hasta el punto de que quién o quiénes la padecen tienen la sensación de que el riesgo a perder la vida se ha tornado inmediato, y que las opciones de escape están por cerrarse. En tal sentido, agruparemos las manifestaciones del „Síndrome de Saint-Domingue‟ en dos grandes bloques: En primer lugar, las asociadas directamente con lo que sucedía en Saint-Domingue, y que evidencian la existencia de una „ansiedad colectiva coyuntural‟ separada del temor tradicional a las revueltas de esclavos y otros eventos violentos suscitados en el „tiempo corto‟. En este grupo incluiremos las medidas, iniciativas e ideas que buscaron: prevenir que se repitiesen en tierra propia los eventos que sacudieron aquella colonia francesa, contrarrestar lo que allí acontecía, y apoyar a los blancos que allí habitaban. En segundo lugar, en las que se pueden distinguir sensaciones de „miedo-pánico‟ como consecuencia de un evento local asociado o asociable con lo sucedido en SaintDomingue (guerras civiles, invasiones haitianas, y revueltas); y en las que evidencia un cambio de estado emotivo, a través de la aparición de referencias comparativas a lo que sucediera en esa colonia francesa o que se toman decisiones súbitas buscando evitar correr la misma suerte que los blancos franco-dominicanos.

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Según los historiadores, P. Roberts y W. Naphy, la „lógica del miedo‟ estaría dada por las formas cómo “...las personas enfrentaron (…), y tomaron precauciones, con aquello que temían, desde las más prácticas (fuego, inundación, plaga) hasta las más intangibles (muerte, brujería, el miedo mismo).” William G. Naphy y Penny Roberts, Fear in Early Modern Society, Manchester; New York, Manchester University Press, 1997, p.2 13 Véase: Jean Delumeau, La Peur en Occident (XIVe-XVIIIe siècles), Paris, Fayard, 1978

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Estructuras etno-sociales

Jamaica (1788)

Virginia (1790)

Venezuela (1800) Blancos Libres de Color Esclavos 0 100000 200000 300000 400000 500000

Cuba (1792)

Datos tomados de: Herbert S. Klein, Slavery in the Americas; A Comparative Study of Virginia and Cuba, Chicago, University of Chicago Press, 1967; Manuel Lucena Salmoral, “La sociedad en la provincia de Caracas a comienzos del siglo XIX”, Anuario de Estudios Americanos, No. 37 (1980); J. McCusker, Rum and the American Revolution: The rum trade and the balance of payments of the Thirteen Continental Colonies, Vol.2, New York, Garland Publishing, Inc., 1989

1. Una ansiedad colectiva coyuntural, 1790-1806 Antes de que los sucesos de la Revolución Haitiana pudiesen alterar la tranquilidad mental de los blancos de la región gran caribeña, primero lo hicieron las ideas universalistas de la Revolución Francesa y los conflictos que éstas generaron en el país galo y las Antillas Francesas. En España, la reacción fue de alarma inmediata por lo que se procuró ocultar lo que sucedía al otro lado de los Pirineos, e impedir la entrada de cualquier objeto o persona que pudiese “contagiar” a los locales con el virus revolucionario. Cuando esto no fue posible, se propuso un nuevo plan más formal que contemplaba el fortalecimiento militar de las fronteras14, lo que dio nacimiento a un bien hilado „cordón sanitario‟ – como le llamara el mismo Ministro Floridablanca. Se trataba de un mecanismo de protección cuya aplicación no se limitaba sólo a la España peninsular, sino que incluyó a prácticamente la totalidad del Imperio Colonial en América. En lo que respecta a los territorios españoles en el
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Gonzalo Añes, “España y la Revolución Francesa”, Varios, Revolución, Contrarrevolución e Independencia, Madrid, Turner, 1989, p.20

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Caribe (como Cuba y Venezuela), esta política se comenzó a sentir a través de una Real Orden de mayo de 1790, la cual ordenaba la expulsión de los franceses del territorio, la confiscación de sus bienes, y la prohibición de entrada a “…negros comprados o prófugos de las Colonias francesas, ni otra persona cualquiera de casta que pueda influir en los vasallos de su Majestad.”15 En Inglaterra no había una preocupación semejante, más bien se tenían opiniones encontradas sobre lo que ocurría en suelo francés. A partir de 1792, con la radicalización del proceso revolucionario galo, una serie de convulsiones internas hicieron que el gobierno británico comenzara a mostrarse hostil a lo que sucedía en Francia, hasta que al año siguiente terminó de parcializarse en contra de ella al declararse la guerra. Entre tanto, en Jamaica se mostraban más preocupados por el debate que estaba teniendo lugar en el parlamento inglés sobre la abolición del comercio de esclavos que de lo que pasaba en el país galo. Para los plantadores de esta isla, esa discusión estaba influyendo negativamente a los negros, ya que estos, según ellos, no eran capaces de diferenciar entre la suspensión de la trata y la abolición de la esclavitud. En 1788, un próspero abogado jamaiquino advertía que la noticia sobre las audiencias que se celebraban en Londres sobre ese asunto, se “regará como fuego salvaje entre nuestros negros”.16 Luego, en noviembre de 1791, en Spanish Town, se supo que algunos negros se reunían en un llamado “Club del Gato” (Cat Club) “…para beber a la salud del Rey Wilberforce [en alusión a un reconocido abolicionista inglés] en unos vasos de calaveras de gatos…”17 En Virginia, un Estado esclavista al sur de los Estados Unidos, al menos hasta 1795 se tuvo una abierta simpatía por la Revolución Francesa. Ello se debía sobre todo a que muchos veían en dicha revolución la extensión de las luchas que a favor de la libertad había desatado la Revolución Americana. En consecuencia, muchos virginianos comenzaron a llamarse a sí mismos “ciudadanos”, y celebraban fiestas republicanas en honor a ambas revoluciones, en el que ambas banderas, la americana

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“Recomendando el mayor celo y vigilancia…” [Aranjuez, 21/05/1790] Archivo General de la Nación de Venezuela [El lo sucesivo AGN], Reales Órdenes, Tomo X, f.199 16 Cf. Michael Mullin, Africa in America: Slave Acculturation and Resistance in the American South and the British Caribbean, 1736-1831, Urbana, Univ of Illinois Press, 1992, p.218n 17 Cf. David P. Geggus, “The Enigma of Jamaica in the 1790s: New Light on the Causes of Slave Rebellions”, The William and Mary Quarterly, Vol. 44, No. 2. (Abril, 1987), p.278

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y la tricolor francesa, ondeaban una al lado de la otra.18 A fines de 1792, algunos jóvenes consideraron partir hacia Francia para unirse al ejército de la República, y así “servir a la [que consideraban como la] causa más noble del mundo”.19 Esa simpatía era particularmente intensa en los seguidores del partido republicano, el cual para aquella época dominaba el favoritismo político de los virginianos. Chivos expiatorio: Saint-Domingue. Chivos expiatorios de Naphy y Roberts no eran individuos sino el mismo Haití, Ada Ferrer: era el mismo Saint-Domingue no podían ver en las rebeliones (Rumor de Haití, p.217). Desde sus inicios, en agosto de 1791, la Revolución Haitiana afectó tanto a los que simpatizaban con la causa revolucionaria francesa como a los que no lo hacían, efecto que habría de mantenerse incluso más allá de la independencia de Haití en 1804. En las colonias españolas, las medidas que se tomaron desde la metrópoli durante ese tiempo (como la Real Orden de 1796 que sólo permitía la entrada de negros „bozales‟ a esos territorios) vinieron a complementar las ya implementadas en el marco del „cordón sanitario‟, mientras que las tomadas por las autoridades coloniales estuvieron influenciadas por las vulnerabilidades particularidades de cada colonia, generadas a raíz de dicho proceso revolucionario. En Cuba, se temía una invasión por la región oriental de la isla, la cual se encontraba próxima a Saint-Domingue. Por esta razón, además de reforzar la defensa de esta zona, también se comenzó a implementar un proyecto para poblar, desarrollar y blanquear las regiones al oriente de la isla a manera de hacerlas menos vulnerables.20 La revuelta en Le Cap Français también avivó las ambiciones de los plantadores cubanos, quienes vieron en este hecho –como indicara al Rey en 1792 el Apoderado General del Cabildo de La Habana, Francisco de Arango y Parreño– una extraordinaria oportunidad para dar a la agricultura cubana “…una ventaja definitiva

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Bertrand Van Ruymbeke, “Fêtes républicaines et clubs jacobins : Vivre la Révolution à Charleston en Caroline du Sud, 1792-1797”, M. Belissa y M. Cottret (dirs.), Cosmopolitismes, patriotismes (Europe et Amériques 1773-1802), París, Les Perséides, 2005, pp.125-136 19 James Sidbury, “Saint Domingue in Virginia: Ideology, Local Meanings, and Resistance to Slavery, 1790-1800”, The Journal of Southern History, Vol.63, No.3 (Agosto, 1997), p.536 20 Ada Ferrer, “Cuba en la sombra de Haití: noticias, sociedad y esclavitud”, Ma. Do lores GonzálezRipoll et al., El Rumor de Haití en Cuba: Temor, Raza y Rebeldía, 1789-1844, Madrid, CSIC, 2004, pp.96, 211; Consuelo Naranjo Orovio, “La amenaza haitiana, un miedo interesado: Poder y fomento de la población blanca en Cuba”, Ma. Dolores González-Ripoll et al., El Rumor de Haití en Cuba: Temor, Raza y Rebeldía, 1789-1844, Madrid, CSIC, 2004, pp.108ss

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sobre los franceses.”21 Para cumplir con esta aspiración antes tenían que idear una forma de evitar revueltas masivas de esclavos como la de Le Cap Français, fue por ello que en distintos momentos varios prominentes cubanos propusieron que se fomentara la colonización de la isla con gente blanca; el mismo Arango, además, propuso que se suprimieran las milicias de pardos y morenos.22 En Venezuela, donde las Antillas Menores estaban más cercanas, la preocupación giró en torno a los “desórdenes” que se estaban suscitando principalmente en Martinica. Más tarde, también inquietó la gran cantidad de personas que circulaban por la vecina isla de Curazao, y a que los corsarios franceses pudieran influenciar a las esclavitudes locales para que se rebelasen. La solución que encontraron las autoridades locales a este dilema, pasaba porque los esclavos mejorasen la imagen que tenían de los blancos, procurando tener a individuos de esta „calidad‟ como mayordomos, y manteniendo “…la esclavitud bien tratada y contenta”.23 Más tarde, en 1804, se ordenó reforzar la península de Paraguaná (frente a la isla de Curazao) para controlar a los inmigrantes, haciendo lo posible por distinguir entre ellos a los “…verdaderos Republicanos Franceses, y para contener, del todo la venida de los Negros de dicha Isla” neerlandesa.24 Pero pese a la distancia con SaintDomingue y a la poca cantidad de esclavos que comparativamente había en esta colonia hispana, a partir de 1803 la entrada de estos en territorio venezolano fue en caída libre, producto de los temores de un nuevo Capitán General quien opinaba que los esclavos “…eran una fuerza que con el tiempo se haría temible para la autoridad pública”.25

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Cf. A. Ferrer, op.cit., p.180; Dale Tomich, “La richesse de l‟Empire: Esclavage et production sucrère à Cuba après la Révolution de Saint-Domingue”, Y. Bénot y M. Dorigny (dirs.), Rétablissement de l‟esclavage dans les colonies françaises. 1802 aux origines d‟Haïti, París, Maisonneuve et Larose, 2004, p.334 22 C. Naranjo, op.cit., p.102; Ma. Dolores Gozález-Ripoll, “Desde Cuba, antes y después de Haití: Pragmatismo y dilación en el pensamiento de Francisco de Arango sobre la esclavitud”, Ma. Dolores Gozález-Ripoll et al., El Rumor de Haití en Cuba: Temor, Raza y Rebeldía, 1789-1844, Madrid, CSIC, 2004, p54 23 Fue con este objetivo que en 1800, el Capitán General de Venezuela ordenó a todos los dueños de hacienda que dieran un trato más “justo y suave”, y que se procurase que los mayordomos (es decir, quienes se encargaban de mandarles) fuesen personas blancas. “Borrador para el Teniente Justicia Mayor de Macuto” [Caracas, 20/11/1800] AGN, Gobernación y Capitanía General [En lo sucesivo: GCG], vol.XCII, f.135 24 “Comunicación de Manuel Moreno de Mendoza para el Gobernador y Capitán General” [Coro, 10/01/1804] AGN, GCG, t.CXXXVIII, ff..88-90 25 Cf. Manuel Lucena Salmoral, “La sociedad en la provincia de Caracas a comienzos del siglo XIX”, Anuario de Estudios Americanos, No. 37 (1980), p.186

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En cuanto a Jamaica, aunque el gobierno británico no hubiera establecido una política formal equiparable al cordón hispano, en esa isla sí comenzaron a temer que la ideología franco-revolucionaria se extendiera a su territorio después de la revuelta de Le Cap Français. Esta parecía ser una posibilidad peligrosamente viable, dados los niveles de „insolencia‟ que había tomado la actitud de los negros, y las referencias que estos hacían a Saint-Domingue.26 Fue por ello que en noviembre de 1791 el Comité de la Asamblea de la isla escribió al Secretario de Estado en Londres, advirtiéndole sobre que esa “gripe igualitaria” que amenazaba con “…extenderse [hacia] (…) este lado del océano Occidental.”27 El agente de los plantadores jamaiquinos en esa ciudad, Stephen Fuller, se hacía eco de estas preocupaciones las cuales asociaba con las referencias que hacían los negros jamaiquinos a las discusiones parlamentarias sobre el comercio de esclavos. Fue por ello que hizo saber a ese mismo secretario que de alargarse el debate sobre la abolición de la trata, ello podría terminar convirtiendo a Jamaica en otro SaintDomingue.28 Entre tanto, en Jamaica, para evitar males mayores, se convocó por primera vez en mucho tiempo a la milicia, se solicitaron más tropas a la metrópoli, se compraron armas, se decreto la ley marcial, se expulsó a los vagabundos españoles y a los mulatos franceses, y se intentó mejorar la condición de los esclavos aumentando sus provisiones y eliminando algunos castigos corporales.29 En los Estados Unidos, las noticias de los conflictos que sacudían Saint-Domingue30 preocupaban a los políticos republicanos sureños: En una carta que escribiera en 1797 uno de los más prominentes, el virginiano Thomas Jefferson (quien desde hacía tiempo se mostraba convencido de la inconveniencia de tener tantos esclavos en las plantaciones del sur de su país), lo que pasaba en esa colonia francesa podía terminar con la expulsión de las personas blancas por la gente de color, por lo que propuso a su amigo, James Monroe, “…prever las escenas sangrientas que seguro nuestros niños y
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En Noviembre de 1791, se oyó a algunos negros “hablando sin reservas sobre Saint -Domingue”, y otros negros decir “que los negros en La Hispaniola eran ahora libres.” Cf. M. Mullin, op.cit., p.222 27 Cf. Ibidem, p.217 28 David Brion Davies, The Problem of Slavery in the Age of Revolution 1770-1823, Ithaca; Londres, Cornell University Press, 1975, p.431 29 David P. Geggus, “Jamaica and the Saint-Domingue Slave Revolt, 1791-1793”, The Americas, Vol.38, No.2 (Oct.1981), pp.219-223 30 Véase, por ejemplo, una carta enviada desde Saint-Domingue y publicada en The Pennsylvania Gazette, de Filadelfia el 16 de mayo de 1792. En ella se describe el terrible estado en que se encontraba esa colonia, por lo que hace votos porque “…el océano que rodea [la isla de La] Hispaniola controle la expansión del espíritú de revuelta.” Parte de esta carta se encuentra disponible en Internet en: Liberty, Equality, Fraternity: Exploring the French Revolution , en línea: http://chnm.gmu.edu/revolution/d/573/

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probablemente nosotros (al sur del [río] Potomac) deben atravesar, e intentar evitarlas”.31 En ese país también preocupó la situación por la que atravesaban los blancos francodominicanos. Esto se hizo visible en manifestaciones de solidaridad en forma de ayudas en metálico, incluso a nivel del gobierno central encabezado por George Washington, el cual aportó dinero hasta llegar a un total de 726 mil dólares a la vuelta de dos años. Este monto fue amortizado de la deuda que este país mantenía con Francia desde tiempos de la guerra de independencia, y fue utilizado para vender armas a los plantadores de dicha colonia francesa para que se defendiesen contra los alzamientos de esclavos.32 Esta actitud solidaria se mantuvo con los emigrados que comenzaron a llegar desde Saint-Domingue a partir de 1793. Según los estimados de John E. Baur, para 1793 cerca de noventa mil blancos habían dejado la colonia, es decir, el 90% de la población de este grupo etno-social.33 De estos, se estima que diez mil –quizá muchos más– fueron a los Estados Unidos, alrededor de tres mil de ellos a Virginia. A estos, el Consejo Ejecutivo del Estado les hizo entrega de un avance dos mil dólares. Por su parte, el gobierno de la ciudad de Norfolk hizo un préstamo de emergencia para cubrir las necesidades de los recién llegados, y apeló a la buena voluntad de los habitantes de esta ciudad para que ayudasen a proveerles un “alivio efectivo”.34 Los plantadores de Jamaica tradicionalmente se habían opuesto a la aparición de nueva colonias de plantación que entrasen en competencia con ellos35, por lo que cuando estalla la revolución en Saint-Domingue ven ello, al igual que hicieren sus equivalentes cubanos, una oportunidad de ocupar su lugar en los mercados – aparentemente no se equivocaban, dado el incremento que experimentaron sus ventas en la década de 1790.36 Fue por esta ambición que se tardaron en ofrecer ayuda a los

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T. Jefferson a J. Monroe [Philadelphia, 14/07/1797] P.L. Ford (comp.), The Works of Thomas Jefferson, Vol.VII, New Cork; London, G. P. Putnam‟s Sons, 1904, p.450 32 Donald R. Hickey, “America‟s response to the Slave Revolt in Haiti, 1791 -1806”, Journal of the Early Republic, Vol.2, No.4 (Invierno, 1982), p.364 33 John E. Baur, “Internacional Repercutions of the Haitian Revolution”, The Americas, Vol.26, No.4 (Abril 1970), p.395 34 Idem; J. Sidbury, op.cit., p.538; 35 David P. Geggus, “The British Government and the Saint Domingue Slave Revolt, 1791 -1793”, The English Historial Review, Vol.96, No.379 (Abril.1981), pp.287ss 36 La importación de moscabado jamaiquino hacia Gran Bretaña entre 1785 y 1794 aumentó cerca de un 30%, mientras que sus precios y los del café aumentaban sustancialmente debido a la desaparición

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plantadores franco-dominicanos, y cuando lo hicieron fue en forma de un préstamo que eventualmente fue rechazado por estos, aludiendo que ya no lo necesitaban. No sucedió igual con aquéllos que emigraron a esa dependencia colonial británica: A estos se les dio trabajo, algunas personas les dieron dinero, y una colecta pública reunió en poco tiempo mil ochocientos dólares para su manutención. Se estima que en la ciudad de Kingston, para 1792, su número era igual al de la población local de esta urbe.37 En lo que respecta a las colonias hispanas en el Caribe, aunque en estos territorios se mantenía en vigor el „cordón sanitario‟ anti-francés, aún así se permitió acoger por razones humanitarias –nuevamente siguiendo órdenes de Madrid– a los inmigrantes blancos que huían de las islas francesas. A estos siempre las autoridades les acogieron de buena manera, proporcionándoles las ayudas mínimas necesarias. A Venezuela, en un principio vinieron sobre todo emigrados franceses realistas de Guadalupe y Martinica, luego que estas islas cayeran en manos republicanas a fines de 1792.38 Más tarde, a partir de 1796, a este territorio (sobre todo a la región occidental) comenzaron a llegar emigrados, esta vez españoles, desde Santo Domingo, sobre todo después de que esta colonia cayera en manos de T. Louverture, quien la ocupó en enero de 1801 – sobre esto volveremos. A Cuba, debido a la vecindad geográfica que este territorio tenía con SaintDomingue, la mayor parte de los emigrados que allí llegaron eran francodominicanos, en un número cuyo total se estima alrededor de treinta mil. Estos comenzaron a llegar a partir de 1792, y siguieron llegando desde entonces en diversas oleadas: En 1798, tras la retirada de los ingleses de Saint-Domingue; en 1799, tras el fin de la Guerra del Sur; en 1801, por la invasión de Santo Domingo por T. Louverture; y en 1803, cuando se produjo un verdadero éxodo hacia aquella dependencia colonial hispana luego de que el ejército napoleónico perdiera el control de dicha colonia francesa. No todos los emigrados vinieron directamente de Sainten los mercados de los productos provenientes de Saint-Domingue. Lowell Joseph Ragatz, The Fall of the Planter Class in the British Caribbean, New York, Octagon Books, Inc., 1963, pp.204ss 37 D. P. Geggus, “Jamaica and the Saint-Domingue…”, pp.221, 228 38 A los emigrados civiles se les permitió establecerse en la isla de Trinidad, mientras que a los militares (que pasaban de cien), se les puso bajo la „real protección‟ de la corona incorporando las naves de guerra con sus marinos a la escuadra española estacionada en Cuba, y proveyendo alojamiento en la Tierra Firme a los miembros del ejército hasta que pudieron ser enviados a España en 1795. Véase: Alejandro Gómez, Fidelidad bajo el viento: revolución y contrarrevolución en las Antillas francesas en la experiencia de algunos oficiales franceses emigrados a tierra firme (1790-1795), México, Siglo XXI, 2004

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Domingue, muchos lo hicieron de los lugares donde se habían refugiado inicialmente los cuales dejaban atraídos por la gran cantidad de franceses que había en esa isla hispana, por la intención que manifestaban tener los cubanos de valerse de ellos – „emigración útil‟– para introducir el complejo de plantaciones en la isla, y por la esperanza que en ellos despertaba la posibilidad de recrear otra sociedad de plantación.39 En muchos casos, los emigrantes que llegaban de Saint-Domingue traían consigo sus pertenencias, incluyendo esclavos negros, lo que significó una causa de inquietud más para las autoridades de los territorios que los acogían. En las colonias hispanas se puso mayor empeño en hacer cumplir la Real Orden de 1790, que prohibía la entrada de esclavos provenientes de las islas francesas, incluso si venían con amos españoles como sucediera en Venezuela en 1801.40 Aún así, al menos para el caso de Cuba, en ocasiones fue posible transgredir las medidas imperantes, sobre todo cuando los esclavos eran domésticos y venían acompañando a sus amos. Estos llegaban, además, por otras vías menos formales, sobre todo a partir de 1802, abandonados en las costas por las autoridades napoleónicas o introducidos clandestinamente en el interior para ser vendidos.41 Otra mortificación para las autoridades coloniales tanto venezolanas como cubanas fue la presencia en sus jurisdicciones de mulatos franco-antillanos, quienes se valían de haber combatido junto a los españoles de Santo Domingo y del tratado de alianza militar San Ildefonso de 1796 para pasar a predios hispanos. Cuando se conocía de su presencia se intentó evitar que traspasasen los límites del puerto y, cuando no fue posible, se procuró vigilarles estrechamente hasta tanto poder expulsarlos del territorio.42 Para el caso cubano fue muy difícil aplicar esta clase de medidas sobre
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Gabriel Debien, “The Saint-Domingue Refugees in Cuba, 1793-1815”, C. A. Brasseaux y G. R. Conrad (eds.), The Road to Luisiana (The Saint-Domingue Refugees 1792-1809), Lafayette, University of Southwestern Luisiana, 1992, pp.33ss; Alan Yacou, “Esclaves et libres français à Cuba au lendemain de la Révolution de Saint-Domingue”, Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft un Gesellschaft Lateinamerikas, No.28 (1991), p.168; C. Naranjo, op.cit., p.105; A. Ferrer, op.cit., p.180; 40 “Minuta para el Comandante de La Guaira” [Caracas, 26/08/1796] AGN, GCG., vol. LIX, f.256; “Circular para los Gobernadores y Comandantes de Armas” [Caracas, 22/04/1801] AGN, GCG, vol.XCVII, f.28 41 C. Naranjo, op.cit., p.105; Alan Yacou, “Esclaves et libres français à Cuba au lendemain de la Révolution de Saint-Domingue”, Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft un Gesellschaft Lateinamerikas, No.28 (1991), pp.164ss 42 Tal fue el caso de tres “…republicanos franceses de color…” quienes se presentaron en la ciudad de Cumaná en 1797, y el de la llegada de varios jefes franco-dominicanos a La Habana en 1796, quienes habían peleado del lado español en Santo Domingo. Este último caso contaba con el agravante que uno de ellos, Jean François, era visto con admiración por las personas de color quienes pensaban celebrar su

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todo a partir de 1800, cuando muchos de los partidarios del caudillo mulato André Rigaud se vieron forzados a abandonar Saint-Domingue al salir derrotados en la Guerra del Sur. Entre los que llegaban a puertos cubanos había mujeres y niños, pero también combatientes mulatos de dicho conflicto. A muchos de estos últimos las autoridades locales les hicieron partir al aplicarle la legislación anti-extranjeros aún vigente, pero otros se las arreglaron para permanecer en ese territorio.43 Pero el territorio gran caribeño donde quizá tuvo mayor efecto esa suerte de migración secundaria de negros y mulatos franco-dominicanos fue en los Estados Unidos. Allí no había restricciones que impidiesen la entrada de personas de color, ni de esclavos negros venidos con sus amos; por lo tanto, en un principio al menos, fueron muchos los esclavos que allí pudieron ser introducidos.44 Desde el mismo momento en que los emigrados comenzaron a llegar a ese país en 1793, los sureños empezaron a preocuparse porque los „negros franceses‟ estuviesen corrompiendo “el buena carácter” de los esclavos norteamericanos. A estos se les acusó de ser responsables de la creciente „insolencia‟ que estaban manifestando los esclavos locales, de mantener “conversaciones sospechosas”, y de estar detrás de incendios, asesinatos. Ese mismo año, desde la ciudad virginiana de Portsmouth se informó que la misma estaba “desamparada” debido a los “mucho cientos [de] negros (…) [que] pertenecen a la insurrección en la Hispaniola”, por lo que se pidieron refuerzos al gobernador del Estado.45 Pero a lo que más temían los blancos locales, era que los „negros franceses‟ también estuviesen alentando a los negros esclavos locales a insurreccionarse masivamente como en de Saint-Domingue. En octubre de aquel año, un blanco del sur publicaba en un periódico norteño lo siguiente: “los negros que han venido aquí con la gente francesa, han hablado tanto de las insurrecciones en St. Domingo, que tenemos todas
llegada. Esto no fue del agrado de las autoridades hispano-cubanas, por lo que no se les dejó desembarcar hasta tanto no se les remitiese a otros destinos, lo cual sucedió a los pocos días. “Minuta para el Gob. de Cumaná” [Caracas, 03/07/1797] AGN, GCG, vol. LXIV, f.332; Matt D. Childs, “A Black General Arrived to Conquer the Island. Images of the Haitian Revolution in Cuba‟s 1812 Aponte Rebelion”, D.Geggus (coord.), The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World, Columbia, University of South Carolina Press, 2001, pp.144ss 43 Alan Yacou, “Esclaves et libres français à Cuba au lendemain de la Révolution de Saint -Domingue”, Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft un Gesellschaft Lateinamerikas, No.28 (1991), pp.165174 44 Según D. R. Egerton, para 1795 habían entrado a este país alrededor de doce mil esclavos de SaintDomingue. Douglas R. Egerton, Gabriel's Rebellion: The Virginia Slave Conspiracies of 1800 and 1802, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1993, p.47 45 Cf. J. Sidbury, op.cit., p.539

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las razones para temer una aquí.”46 En este mismo sentido, en 1797, el líder republicano T. Jefferson pensaba que era imperativo expulsar de los inmigrantes de color, si no se quería “…ser los asesinos de nuestros propios hijos.”47 La percepción de que los llamados „negros franceses‟ estuviesen alterando el orden público y planeando insurrecciones se extendió por toda la costa este de los Estados Unidos. Esto hizo que las autoridades no sólo de Virginia, sino también de North Carolina, South Carolina, Georgia, e incluso de Pennsylvania y Maryland comenzaran a considerar regulaciones para impedir que los emigrados blancos introdujeran consigo negros esclavos.48 Tal vez el único lugar donde no se manifestó de una manera tan intensa la desconfianza hacia los „negros franceses‟ fue en Jamaica. En esto probablemente incidió la gran cantidad de tropas británicas que en esa época había en la isla (tres mil soldados para 1793), aunque también la dificultades que aquellos tenían para franquear la barrera del idioma.49 No obstante, en 1800, un reducido grupo de negros y mulatos que había combatido del lado de los ingleses en Saint-Domingue, fueron expulsados luego de que se temiera que estaban organizando un complot con otros refugiados franceses.50

A partir de 1793, la forma favorable –casi idílica– como los republicanos estadounidenses habían visto hasta ese momento a la Revolución Francesa, comenzó a verse afectada negativamente. Ello se debió principalmente a las noticias que desde aquel año comenzaron a llegar sobre las desgracias que estaban teniendo lugar en Francia bajo el régimen del Terror. Por ejemplo, en un periódico de Charleston con frecuencia se comenzó a acusar a los franceses de ser “monstruos crueles, cortadores de gargantas inocentes.”51 Otras razones que incidieron sobre la pérdida de apoyo a la Francia republicana, fue la creciente necesidad de regularizar el comercio con
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Cf. Ashli White, “The Politics of „French negroes‟ in the United States”, Historical Reflections, Vol.29, No.1 (Primavera, 2003), pp.108-109 47 T. Jefferson a G. Tucker [Monticello, 28/08/1797] P.L. Ford (comp.), The Works of Thomas Jefferson, Vol.VIII, New Cork; London, G. P. Putnam‟s Sons, 1904, p.335 48 J. Sidbury, op.cit., p.539; Robert Alderson, “Charleston‟s rumored slave revolt of 1793”, D.Geggus (coord.), The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World, Columbia, University of South Carolina Press, 2001, pp.109-110 49 D. P. Geggus, “Jamaica and the Saint-Domingue…”, p.221 50 Gabriel Debien, “Les colons de Saint-Domingue passés à la Jamaïque (1792-1835)”, Notes d‟histoire Coloniale, No 168 (4to.trimestre, 1975), p.n/d 51 Cf. B. v. Ruymbeke, op. cit., p.138

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Inglaterra, la oposición que a Francia ejercían los federalistas sureños, y el apoyo que dieran los clubes patriotas a una revuelta escenificada en Pennsylvania, luego de que se pasara un impuesto al Whiskey. En esa pérdida de fe en la „revolución radical‟ a la francesa, también incidieron los eventos que sacudían Saint-Domingue. Desde el punto de vista de los estados esclavistas del sur, esto era particularmente grave dado el elevado número de esclavos que había en estados sureños como Virginia [Ver gráfico]. Es por ello que un político sureño como T. Jefferson, hiciera el siguiente comentario en 1797: “la tormenta revolucionaria, [que] ahora está barriendo el globo, pronto estará sobre nosotros.”52 Algo similar sucedió con los republicanos hispano-venezolanos. De ellos fue Francisco de Miranda, quizá el político más importante e influyente del período revolucionario venezolano, en quien primeramente se hizo patente esa reflexión. Este era un caraqueño de origen canario quien, luego de un largo periplo de un lado a otro del Atlántico, se dirigió a Francia en 1792 donde llegó a ser general de la república. Tras el derrumbamiento de la Gironda a mediados de 1793, Miranda, al igual que muchos otros seguidores de este partido, fue arrestado y procesado por traición. Los malos tratos y las persecuciones de que fuera víctima y que presenciara en aquella época en París, marcaron en forma determinante sus ideas políticas, hasta el punto de llegar a temer la incontrolable dinámica de las revoluciones.53 Su experiencia de cerca de seis años en Francia también le permitió conocer los detalles de los conflictos en Saint-Domingue (territorio para el que fue propuesto como gobernador por el líder girondino Brissot en noviembre de 1792), lo cual contribuyó aún más a hacer mella en su fe en la revolución. Estos temores se los hizo saber a un amigo en agosto de 1798, a quien manifestó su preferencia porque las colonias españolas en América permaneciesen “…un siglo más bajo la opresión bárbara e imbécil de España”, antes que tuvieren “…la suerte de Saint Domingue, teatro de sangre y de crímenes, so pretexto de establecer la libertad…”54

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Cf. Simon P. Newman, “American Political Culture and the French and Haitian Revolutions”, D. Geggus (coord.), The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World , Columbia, University of South Carolina Press, 2001, p.79n 53 Su frustración por la revolución se reflejó en un panfleto que publicara en 1795, luego de que la “feliz revolución del 9 termidor” (Reacción Termidoriana) acabara con el „Reino del Terror‟. Miranda a Efforo Lanjuinais, [Hamburgo, 8/6/1801], Archivo del General Miranda, Vol.16, La Habana: Editorial Lex, 1950, p.244 54 Miranda a Turnbull [Dover, 12/6/1798] Archivo del General Miranda, Vol.15, La Habana: Editorial Lex, 1950, p.207

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La preocupación conjunta a al Terror francés y a la Revolución Haitiana fue compartido por otros revolucionarios caraqueños, como Manuel Gual, Francisco Isnardi y Simón Bolívar.55 Este último, a pesar de haber sido ayudado por Alexandre Pétion en Haití en 1816 y de haber tomado su modelo constitucional para la constitución de Bolivia, seguía viendo con desconfianza al proceso revolucionario haitiano. S. Bolívar asociaba la anarquía que el mismo había desatado con la situación en la que se encontraba Venezuela para 1826 (en ese entonces provincia de la Gran Colombia), controlada, según él, por lo que denominaba como „pardocracia‟ o el gobierno de los pardos. En una ocasión, molesto por las pretensiones separatistas de los políticos venezolanos, les tachó de “robespierres” y prácticamente les achacó hacer renacer “…el bello ideal de Haití”.56 El ascenso de T. Louverture en 1799, luego de que los ingleses dejasen territorio franco-dominicano, pareció simbolizar para los republicanos estadounidenses la más nefasta consecuencia de los ideales revolucionarios que otrora apoyaran. A éste caudillo de color y a quienes le acompañaban en el gobierno colonial de SaintDomingue, se refirió T. Jefferson como los “…caníbales de la terrible república.”57 Ese desprecio que manifestaron tener los republicanos hacia los líderes negros de esta colonia francesa, se tradujo posteriormente en iniciativas concretas en contra del régimen de T. Louverture. Ello lo hicieron primeramente oponiéndose a la denominada Toussaint‟s Clause (la Claúsula Toussaint)58, una medida propuesta por el gobierno de John Adams, la cual respondía a los intereses de los comerciantes de New England. Pese a las objeciones de los republicanos, esta iniciativa fue votada por la mayoría federalista cuyos miembros aprovecharon para aprobarla las tensiones que para la época se tenían con Francia producto de la Quasi-War (Casi Guerra).59

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Gual a Miranda [4/2/1800], Archivo del General Miranda, Vol.16, La Habana: Editorial Lex, 1950, pp.7, 46; Artículo aparecido en "El Mercurio Venezolano" No.3, cf. Francisco Isnardi, Proceso Político, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1960, p.171 56 Bolívar a Santander [Magdalena, 8/7/1826], Simón Bolívar, Obras Completas de Bolívar, Vol.II, La Habana, Editorial Lex, 1950, pp.428-429. 57 Roger G. Kennedy, Burr, Hamilton, and Jefferson: A Study in Character, Oxford, Oxford University Press, 2000, p.175 58 Véase: Gordon S. Brown, Toussaint's Clause: The Founding Fathers and the Haitian Revolution , University Press of Mississippi, 2005, 321p. 59 Paul Finkelman, “The Problem of Slavery in the Age of Federalism”, D. Ben-Atar y B. B. Oberg (eds.), Federalists Reconsidered, Charlottesville, University Press of Virginia, 1999, p.150

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Esta medida no solamente permitió mantener el muy lucrativo comercio de los Estados Unidos con Saint-Domingue60, sino también dar apoyo militar a T. Louverture lo que en buena medida le permitió salir victorioso en la Guerra del Sur. Esta política habría de revertirse luego de que los republicanos ganasen las elecciones de 1800. A partir de entonces, el nuevo presidente, T. Jefferson y muchos diputados sureños, hicieron todo lo posible por acabar paulatinamente con esa política comercial favorable a Saint-Domingue. Esta fue finalmente derogada en 1806, cuando se declara ilegal el comercio con la República Haitiana -recuérdese que esa colonia francesa deviene independiente en enero de 1804.61

Otra situación que evidencia el rechazo que sentía la administración Jefferson hacia el régimen de Saint-Domingue, fue el apoyo decidido que diera a la fuerza expedicionaria que enviara en 1802 Napoleón Bonaparte a reinstaurar el Antiguo Régimen colonial en las Antillas Francesas. Este plan se lo hizo conocer previamente un delegado francés quien le visitara en julio de 1801. Para su sorpresa, el máximo mandatario estadounidense no sólo se mostró de acuerdo con el mismo, sino que además ofreció ayuda militar en caso de que fuere requerida, con la única condición de que Francia hiciera la paz con los ingleses. Luego, le indico el mismo, “…nada será más fácil que proveer a su ejército y flota con todo, y reducir a Toussaint a la hambruna.”62 0142249655 Mme Adelé Este plan se hizo viable cuando en diciembre de 1802 se firmó el Tratado de Amiens, el cual puso fin al conflicto bélico que mantenía enfrentados a Francia e Inglaterra. Seguidamente, el gobierno inglés encabezado por el Primer Ministro Henry Addington, también dio su visto bueno aludiendo ante el representante de Francia en su país que “el interés de los dos gobiernos es absolutamente el mismo, es decir, la destrucción del jacobinismo [en general] y de los negros en particular.”63 Pero fue España la que más ayudas brindó a la fuerza expedicionaria napoleónica,

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Las exportaciones de Estados Unidos hacia las Antillas Francesas alcanzaban los tres millones doscientos mil dólares para 1790; en 1793 aumentaron a cinco millones de dólares; y en 1797 alcanzaron los ocho millones cuatrocientos mil dólares. D. R. Hickey, op.cit., p.365 61 Ibidem, p.362; Tim Matthewson, “Jefferson and Haiti”, The Journal of Southern History, Vol.61, No.2 (Mayo, 1995), p.236 62 Cf. Carl Ludwig Lokke, “Jefferson and the Leclerc Expedition”, The American Historical Review, Vol.33, No.2 (Enero, 1928), p.324 63 Cf. Johanna von Grafenstein, Nueva España en el Circuncaribe, México, UNAM, 1997, pp.262-263

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contribuyendo con varias embarcaciones64 y ordenando a los distintos gobiernos coloniales que le prestasen toda la colaboración que pudieran.65 Esto lo hicieron prestándole dinero y, aparentemente, de muy buena gana, ya que, como manifestara el Capitán General de Venezuela, aquélla operación era del “…común interés que todos debemos tomar en ver destruir el monstruo de Tusent, que preparaba a las Américas [para] su infalible ruina.”66 2. Miedo-Pánico en tiempos de violencia, 1795-1836 A partir del año de 1795, comenzaron a tener lugar en el Caribe un número extraordinario de revueltas de esclavos67, muchas de ellas vinculadas a los ideales revolucionarios franceses. En el sur de los Estados Unidos, hubo principalmente dos eventos de carácter insurreccional que fueron asociados con Saint-Domingue, y en los que en los que se vieron envueltas personas de color: El primero fue un supuesto complot en el cual supuestamente estuvieron inmiscuidos negros venidos de esa colonia francesa. El mismo debía estallar en Charleston (South Carolina) en agosto de 1793. Si bien es cierto que las informaciones al respecto tenían algún basamento en la realidad, lo interesante de este hecho fue la forma cómo el mismo fue manipulado por los inmigrantes blancos franco-dominicanos. Estos eran plantadores que compartían una simpatía por la causa realista, y su intención – siguiendo a R. Alderson– era la de poner a las autoridades locales en contra de las políticas igualitarias implementadas por la Convención Nacional francesa, representada en dicha ciudad por el cónsul francés. Para ello se valieron del temor que sentían los habitantes locales a los muchos „negros franceses‟ que había llegado a ese

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Esas naves estuvieron bajo el mando del almirante Gravina, y salieron de Cádiz al mismo tiempo que las de Leclerc lo hacían desde puertos galos. Cf. José Luciano Franco, Revoluciones y Conflictos Internacionales en el Caribe, 1789-1854: II. La Batalla por el Dominio del Caribe y el Golfo de México, La Habana: Academia de Ciencias, 1965, p.57 65 Por concepto de pagos parciales de los préstamos que hicieren los gobiernos coloniales de Cuba, Nueva España y Nueva Granada, para 1804 las Arcas Reales en Madrid habían recibido más de 728 mil pesos. Johanna von Grafenstein, Los puertos circuncaribeños y sus vínculos durante las guerras de independencia hispanoamericana. México: Universidad Nacional Autónoma de México (Latinoamérica AEL, no 33), 1997, p.261 66 Borrador para el Gobernador de Maracaibo. [Caracas, 31/05/1802] AGN, GCG, t.CXII, f.99 67 Según los cálculos hechos por David Geggus, sólo en 1795 se habrían producido nueve movimientos insurreccionales, muchos de ellos atribuibles a la influencia franco-antillana. Lo que contrasta con uno solo en 1794 y dos en 1796. David P. Geggus, “Slavery, War, and Revolution in the Greater Caribbean, 1789-1815”, D.V. Gaspar; D. P. Geggus (eds.), A Turbulent Time, Bloomington e Indianapolis, Indiana University Press, 1997, p.47

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territorio, aludiendo que dicho cónsul fomentaba una revuelta de esclavos como la de Saint-Domingue.68 El segundo evento, desde el punto de vista de los blancos locales, fue mucho más preocupante: El 30 de agosto de 1800, alrededor de mil esclavos (aunque también mulatos y algunos blancos) se rebelaron y se dirigieron a la ciudad de Richmond. Al llegar, luego de muchos inconvenientes debido a la torrencial lluvia que había estado cayendo, encontraron a esta ciudad fuertemente defendida debido a que dos días antes se había dado la voz de alarma, por lo que el gobernador tuvo tiempo para convocar la milicia. Seguidamente el principal cabecilla, un negro libre que respondía al nombre de Gabriel, fue arrestado y posteriormente ejecutado con veinticuatro de sus compañeros. Esta insurrección fue vista por los federalistas sureños como el resultado de las prédicas igualitarias de los republicanos y de la propaganda abolicionista del Norte. Un nativo de Norfolk partidario federalista se lo diría claramente al gobernador: “Son los amigos de los negros (…) quienes desde Pennsylvania y Baltimore están alentando a los negros para que corten nuestras gargantas.”69 Dos años más tarde, ante los rumores de otra revuelta de esclavos, la mirada se tornó nuevamente hacia Saint-Domingue: Desde el periódico Richmond Recorder, se acusó a los editores de otros diarios norteamericanos de estar fomentando la “inquietud” entre los esclavos de Virginia, al publicar la nueva constitución de aquella isla.70 El mismo J. Monroe se mostraba preocupado, como se lo manifestó a uno de los jefes de la milicia local advirtiéndole sobre esta situación:
Las escenas que tienen lugar en Sto. Domingo debe producir un efecto sobre toda la gente de color en ésta [Virginia] y en los Estados al Sur de nosotros,

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Robert Alderson, “Charleston‟s rumored slave revolt of 1793”, D. Geggus (coord.), The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World, Columbia, University of South Carolina Press, 2001, pp.109-110; Douglas R. Egerton, Gabriel's Rebellion: The Virginia Slave Conspiracies of 1800 and 1802, Chapel Hill, NC: University of North Carolina Press, 1993, p.49 69 Carta de un ciudadano a James Monroe publicada en el Herald [Norfolk, 18/12/1800] cf. Douglas R. Egerton, “Gabriel‟s Conspiracy and the Election of 1800”, The Journal of Southern History, Vol.56, No.2 (Mayo 1990), p.212 70 Winthrop D. Jordan, White Over Black- American Attitudes Toward the Negro, 1550-1812, Chapel Hill, University of North Carolina press, 1968, p.384. En julio de 1801, T. Louverture promulgó una constitución para la colonia de Saint-Domingue. N. del A.

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muy especialmente en nuestros esclavos, y es nuestro deber estar alertas para prevenir cualquier fechoría de ello.71

En relación a Cuba, si bien allí no tuvo lugar una revuelta de esclavos de la magnitud de la de Richmond, desde 1795 esta isla estuvo plagada de manifestaciones de „resistencia‟ por parte de los esclavos (rumores de revueltas, manifestaciones de „insolencia‟ sublevaciones de esclavos) algunas de ellas asociadas con las colonias francesas, en particular con la más cercana, Saint-Domingue. En 1795, la sublevación de algunos esclavos generó el pánico entre los pobladores de Santa Cruz del Sur, los cuales, según indicara el gobernador, temían “…ver representar las trágicas escenas y espantosas desolaciones que han arruinado la más deliciosa y rica colonia de América.”72 Posteriormente, a principios de 1812, tuvieron lugar varias revueltas de esclavos y libres de color que dejaron algunos blancos muertos.73 A pesar de que estas rebeliones fueron sofocadas y sus cabecillas ejecutados, los temores de ver revivir en suelo cubano otra Revolución Haitiana no desaparecieron: Meses más tarde, los miembros del cabildo de Puerto Príncipe, manifestaron su inquietud porque esa sublevación no fuese más que el inicio de un proceso revolucionario similar al de Saint-Domingue, en el que, según los miembros de ese cuerpo, cinco años debieron desde la primera gran revuelta antes de que sobreviniera la catástrofe.74 En Venezuela también hubo manifestaciones de resistencia que alarmaron a los sectores blancos: En 1795 tuvo lugar en las inmediaciones de la ciudad oriental de Coro una revuelta masiva de negros libres y esclavos con vínculos hacia las Antillas Francesas. La misma hizo entrar en razón a las autoridades locales en cuanto a lo vulnerable que era su territorio a los embates de los ideales revolucionarios francoantillanos. De acuerdo a la opinión del Comandante de la Milicia de Veteranos, esto se debía a que “…las personas de color que tanto abundan [en] esta Capitanía General…” estaban “…más dispuestas de lo que debieran de los acontecimientos de las islas francesas...”75 De acuerdo a los informes de la época, los negros de Coro se
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J. Monroe to Brigadier General Mathews, [17/03/1802] cf. Douglas R. Egerton, Gabriel's Rebellion: The Virginia Slave Conspiracies of 1800 and 1802 , Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1993, p.47 72 Cf. Gloria García, “Vertebrando la resistencia: La lucha de los negros contra el sistema esclavista, 1790-1845”, Ma. Dolores Gozález-Ripoll et al., El Rumor de Haití en Cuba: Temor, Raza y Rebeldía, 1789-1844, Madrid, CSIC, 2004, p.278 73 M. D. Child, op.cit., p.135 74 Cf. Ibidem, p.150 75 “Voto del Coronel Don Joaquín de Zubillaga, Teniente del Rey y Comandante del Batallón Veterano de esa Capital...” [Caracas, 11/09/1795] AGN, GCG, t.LVII, f.71

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habían alzado invocando la “ley de los franceses” y aplaudiendo “…los estragos que sus semejantes habían ejercido y ejercían en las colonias francesas”.76 En lo sucesivo no se enviaron más auxilios militares a Santo Domingo como se había venido haciendo, más bien se optó por reforzar las defensas del territorio.77 Siguiendo en Venezuela, tal vez el único evento a través del cual podemos apreciar lo que sentían y pensaban los blancos criollos a propósito de la Revolución Haitiana, tuvo lugar en 1808 cuando luego de recibida la noticia de la abdicación del monarca español en Bayona, algunos blancos criollos caraqueños pretendieron crear una junta de gobierno autónoma. Esta iniciativa produjo un gran desorden entre las personas de “todas las clases”78, y una airada reacción realista por parte de los milicianos pardos. Ello dio pie a que algunos de los blancos implicados fuesen acusados de haber actuado irresponsablemente, ignorando que sus acciones podrían haber convertido a Venezuela en otro Saint-Domingue.79 A los implicados también se les acusaba de haber dicho que el proyecto contaría con el apoyo de diez mil esclavos, lo que refutaron alegando que ellos estaban conscientes de lo contraproducente que sería tomar una acción semejante, ya que, posteriormente “…serían los mismos dueños [de los esclavos] las víctimas de la empresa, como se sabe experimentalmente con lo ocurrido en la Isla de Santo Domingo...”80 En Jamaica, a pesar de los cientos de franceses que, entre prisioneros y refugiados (muchos de estos con sus esclavos), se hicieron presentes en esta isla en tiempos de la Revolución Haitiana, nada parece indicar que este proceso haya producido algún tumulto entre la población de color local. Ni siquiera pareciera haber influenciado a los cimarrones de la comunidad de Trelawny Town cuando masivamente se rebelaron

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“Sobre insurrección de los negros bandidos de la jurisdicción de Coro” [Valle de Curimagua, 02/06/1795] AGN, Diversos, t.LXIX, f.130 77 “Acta de sesión celebrada por el Gobernador y Capitán General y Generales Jefes y Ministros de S. M…” [Caracas, 11/9/1795] AGN, GCG, t.LVII, f.77vto; “Borrador para el intendente del E jército y Real Hacienda” [Caracas, 29/10/1795] AGN, GCG, t.LVII, f.238; “Del Intendente para el Gobernador y Capitán General” [Caracas, 11/11/1795] AGN, GCG, t.LVII, f.277 78 Véanse respuestas a la pregunta número ocho en la mayoría de los autos correspondientes a este caso en: Conjuración de 1808 en Caracas para la Formación de una Junta Suprema Gubernativa, Caracas, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Publicación No. 3., 1979 79 Esta acusación corresponde a una declaración del abogado valenciano, José Vicente Escorihuela: …en el Guarico francés [Saint-Domingue] comenzaron los primeros movimientos a instancia de los pudientes y principales, y últimamente se ha visto aquel país dominado de los negros y todos los promoventes (sic) no sólo perdieron sus comodidades, sino sus vidas. “Declaración de Don José Vicente Escorihuela” [Caracas, 01/12/1808], ibidem, p.27 80 “Confesión de Don Mariano Montilla” [Caracas, 01/03/1809], ibidem, pp.205-206

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contra el orden establecido en julio de 1795, comenzando así la Guerra de Cimarrones (Marroon War) que por nueve meses habría de sacudir la isla.81 De acuerdo a esto, los ideales revolucionarios franco-antillanos no parecieron haber sido suficiente como para alentar una revuelta por parte de los esclavos jamaiquinos, lo cual pudo deberse a la gran cantidad de tropas que estuvieron acantonadas en la isla en aquella época, y a la poca comunicación que estos tenían con los cimarrones.82 Esta situación se reflejó en las escasas manifestaciones de temor asociadas con SaintDomingue que se dieron por parte de las autoridades coloniales, las cuales siempre reportaron “tranquilidad” entre esclavitudes. Tampoco los civiles blancos se mostraron preocupados, aunque no faltó quien imaginara “…que algunos de los bribones franceses se hubiesen mezclado entre…” los cimarrones.83

El temor a Saint-Domingue no fue siempre provocado por razones internas, a veces la presencia –real o imaginada– de combatientes de color franco-dominicanos también podían provocarlo. En julio 1798, a Virginia llegaron rumores de que un gran número de embarcaciones de bandera Francesa se dirigía a la bahía de Chesapeake proveniente del Caribe. Las mismas venían cargadas supuestamente de “emigrantes de Sto. Domingo compuestos de franceses y negros armados”. Temiendo una invasión de negros haitianos, el gobernador del Estado ordenó a sus oficiales “no permitir que ninguno de ellos atraque en ningún puerto”.84 En Venezuela, en mayo de 1799, se produjo un intento por parte de las tripulaciones (en su mayoría de color) de dos corsarios franceses, la cuales intentaron infructuosamente sublevar a los pardos de la ciudad de Maracaibo. La misma fue rápidamente sofocada por las autoridades locales, gracias al apoyo masivo que les diera la población local. De hecho, sólo tres lugareños participaron en la sublevación: un pardo, un negro y un español. El apoyo que diera la población a las autoridades coloniales pudo deberse, al menos en parte, al temor que había generado en ésta el

81 82

D. P. Geggus, “The Jamaican Enigma…”, pp.279ss Ibidem, pp.275ss 83 Este testimonio corresponde al plantador de Jamaica, Thomas Barrit. Cf. Olwyn M. Blouet, “Bryan Edwards and the Haitian Revolution”, D. Geggus (coord.), The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World, Columbia, University of South Carolina Press, 2001, p.49 84 J. Sidbury, op.cit., pp.547-548

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hecho que entre la tripulación de dichos corsarios se encontraban mulatos francodominicanos del partido de Rigaud.85 Una situación vinculada a la anterior se presentó dos años más tarde en la ciudad de Willemstadt, en la isla de Curazao, sólo que en esta ocasión no se trató de un par de corsarios sino de una verdadera flotilla de estos formada en Guadalupe. A bordo de estas naves venía un numeroso contingente armado bajo el mando de algunos agentes franceses, y el mismo estaba conformado en su mayoría por negros y mulatos muchos de ellos oriundos de Saint-Domingue. Esta situación no fue del agrado del gobernador de la isla, el suizo Johann Rudolf Lauffer, por lo que decidió impedir que los francoantillanos desembarcaran, pese a la alianza militar que aún se mantenía vigente entre la República Bátava (Holanda) y la República Francesa. Ante esta negativa, los agentes franceses decidieron desembarcar en otra parte de la isla, lo que fue de inmediato causa de alarma para las autoridades locales. Tras su desembarco, las tropas franco-antillanas fueron apoyadas por muchos esclavos y negros libres. Cuando los enfrentamientos llegaron a la ciudad de Willemstadt, el gobernador reunió el Consejo Combinado de la isla en el cual se decidió entregarla a los ingleses, a pesar de que se estaba en guerra con ellos. Para ello se envió una comunicación al capitán de una fragata inglesa que andaba por las inmediaciones, ante quien caitularon el 13 de septiembre de 1800. Entre los argumentos que usara el gobernador de Curazao para justificar esta decisión, resalta como razón principal los temores a que se repitiese otro Saint-Domingue:
Todos los horrores de una hambruna cruel, tanto por la falta de víveres como de agua; y de caer finalmente en manos de una cruel banda de ladrones y asesinos: de ver renovarse en esta colonia, las horribles destrucciones de St. Domingue. Qué podíamos esperar de menos, visto que no solamente la tropa de Rigaud estaban con ellos, y que el famoso Zambo/Mulato Birot; quien había masacrado una infinidad de blancos inocentes en St. Domingue; e hizo ejecutar (…) otros más inauditos [sic] a las mujeres y niños, tenía el grado de jefe de brigada entre ellos, así como un mulato, llamado Bonnet, aparentemente de la tropa de Rigaud, quien ocupaba el mismo grado.86

Al año siguiente, otro evento parecido habría de producir una respuesta distinta, cuando a fines de 1800 T. Louverture ocupó Santo Domingo. Este hecho generó una
85

“Carta del Gobernador Miyares al Gobernador y Capitán General” [Maracaibo, 15/07/1799] AGN, GCG, t. LXXIX, f.118; “Noticia de lo que resulta del proceso seguido por el Gobierno de Maracaibo…” [Maracaibo, 13/07/1799] AGN, GCG, t. LXXIX, f.112ss 86 “Exposición en francés del Gobernador y miembros del Consejo de la isla de Curazao, dirigida al Comité de Colonias de América y posesiones de la República Batava” [10 de Octubre 1810] AGN, GCG, vol.XC, f.309

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oleada migratoria de blancos hispanos hacia las costas de Venezuela, la cual se extendió por más de tres meses. La escena de emigrados dominicanos buscando refugio en este territorio se repitió en ciudades como Coro, Puerto Cabello, Pueblo Nuevo de Paraguaná y, sobre todo, en Maracaibo a donde se informó que llegaron más de “dos mil almas”.87 Inicialmente fue una emigración organizada, en la que mujeres, ancianos y niños venían acompañados por sus esclavos y algunas pertenencias, mientras los hombres permanecían en la capital de Santo Domingo para defenderla. Posteriormente, tras la entrada a esa plaza de las tropas de T. Louverture, el 26 de enero de 1801, la situación cambió para tornarse caótica:
...cada cual se embarcó donde pudo, y como pudo, suerte que nuestra salida más ha parecido una fuga precipitada que una emigración arreglada (…) los desgraciados que no han podido efectuarla, ya tienen cerrado el Puerto, y están sufriendo las vejaciones y oprobios que son consecuentes al Gobierno de un negro déspota, lleno de ambición y codicias.88

Entre los que “...iban huyendo de la invasión de Tusén y sus negros”89, venía el exgobernador de aquella entidad colonial, Don Joaquín García y Moreno, y muchos –si no todos– los miembros del gobierno; todos ellos, a su vez, cargando con sus respectivas familias.90

El único lugar del Gran Caribe donde estalló una „guerra etno-civil‟ con rasgos similares a la de Saint-Domingue, fue en Venezuela a partir de 1812.91 Ese año

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“Del Cabildo de Maracaibo al Gobernador y Capitán General” [Maracaibo, 04/07/1801] AGN, GCG, t.XCV, f.321 88 “Comunicación de Andrés Boggiero para el Gobernador y Capitán General” [Coro, 09/03/1801] AGN, GCG, t.XCVI, ff.67ss 89 “De Miguel Marmión para el Gobernador y Capitán General” [Puerto Cabello, 22/01/1801] AGN, GCG, t.XCIV, f.263 90 “Comunicación del Gobernador de Maracaibo para el Gobernador y Capitán General” [Maracaibo, 24/02/1801] AGN, GCG, t.XCV, f.221; “Comunicación del Gobernador de Maracaibo para el Gobernador y Capitán General” [Maracaibo, 03/03/1801] AGN, GCG, t.XCV, ff.304 -309 91 Hablamos de „guerra etno -civil‟ basados en el uso que diéramos a esta expresión para el caso del conflicto que sacudiera Martinica entre 1790 y 1792, el cual vio enfrentadas a las facciones de los plantadores y mulatos contra la de los pequeños blancos y comerciantes. Algo similar se dio en SaintDomingue, y no sólo entre blancos y personas de color, sino también entre éstas mismas, como se viera en el caso de la Guerra del Sur (1799-1800), el cual, grosso modo, vio enfrentados a negros contra mulatos. En el caso de la „guerra etno-civil‟ venezolana, este conflicto vio enfrentados a individuos de distintos grupos étnico-sociales (blancos criollos, blancos peninsulares, negros, pardos e incluso canario), los cuales no siempre estuvieron con la misma parcialidad, como tampoco pasó en las antillas francesas referidas. Para el caso de Venezuela también se ha hablado de „guerra popular‟ para compararla con los conflictos en Saint-Domingue. A. Gómez, op.cit.; Juan Uslar Pietri, Historia de la rebelión popular de 1814, Madrid, Edime, 1972, pp.7ss; Clément Thibaud, Repúblicas en Armas (Los ejércitos bolivarianos en la guerra de independencia en Colombia y Venezuela). Bogotá: Planeta/IFEA, 2003, pp.108ss

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comenzó un conflicto etno-civil, que a veces estuvo marcado por enfrentamientos „raciales‟, lo que con frecuencia hizo recordar lo acontecido en esa colonia francesa. Esta referencia no surgía por la cantidad de negros que hubiere en la colonia, sino por el número elevado de afromestizos y negros libres quienes en conjunto conformaban alrededor del 44% de la población [Ver tabla].92 Las hostilidades se abrieron a mediados de aquel año, con el alzamiento de la ciudad de Valencia después de que el Congreso Federal de Venezuela declarara la independencia el 5 de julio. Esta iniciativa independentista fue posible gracias a la presión que ejercieran los partidarios de la república, entre los cuales había muchos pardos, todos ellos liderados por Francisco de Miranda. Fue por ello que la nueva constitución otorgaba derechos ciudadanos a las personas libres de color, lo que permitió a la naciente república contar con el apoyo de la vasta mayoría de pardos que poblaba la colonia. Pero este apoyo se limitó a Caracas y a sus alrededores inmediatos, ya que más allá los realistas no sólo estaban haciendo lo mismo, amparados en la nueva constitución liberal de Cádiz, sino que también estaban ofreciendo la libertad a los esclavos siempre que tomasen las armas en defensa de la monarquía.93 Seguidamente, los patriotas se vieron obligados a emularles, muy a pesar de Miranda (a la sazón General en Jefe de las fuerzas patriotas) en cuyo ideario para esta época no estaba la abolición de la esclavitud. Todo esto, siguiendo a C. Thibaud, produjo una competencia entre dos liberalismos, uno republicano y otro realista, los cuales pugnaban entre sí por ganarse a pardos y esclavos para sus respectivas causas, ofreciéndoles halagüeñas promesas de igualdad.94 Esta pugna primeramente se decantó a favor de los realistas, por lo que en julio de 1812, Miranda, al ser informado que un número considerable de esclavos emancipados venían marchando sobre Caracas cometiendo todo tipo de

92

Esta realidad etno-social, en la que los pardos eran mayoría, era apreciable en el paisaje humano de ciudades como Caracas, el cual describió un observador francés a fines del siglo XVIII de la siguiente forma: “En proporción a las otras clases sociales, probablemente no hay en todas las Indias Occidentales, ciudad con más manumisos o descendientes de manumisos.” François Depons, Viaje a la Parte Oriental de Tierra Firme en la AméricaMeridional, t.II, Caracas: Banco Central de Venezuela, 1960 (1806), p.233 93 J. King ha señalado cómo la constitución española de 1812, mandada a publicar por Monteverde y jurada en Caracas en noviembre de ese mismo año, fue recibida con entusiasmo por las castas en Venezuela. James F. King, “A royalist view of the colored castes in the Venezuelan war of independence”, The Hispanic American Historical Review, Vol.23, No.4 (Nov.,1953), p. 529 94 Clément Thibaud, “Coupé têtes, brûlé cazes”, Annales HSS, Vol. 58, No.2 (Marzo-Abril, 2003), p.317

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atrocidades, decidió capitular, quizá temiendo –como lo advirtiera 15 años antes– otro Saint-Domingue.95 Este fue sólo la primera faceta de una guerra civil que habría de durar todavía nueve años, a lo largo de la cual las referencias a la otrora rica colonia francesa fueron frecuentes en ambos bandos. En 1814, se produjo el avance de un ejército realista sobre Caracas, que para ese año había vuelto a caer en manos patriotas. El mismo era comandado por el caudillo canario José Tomás Boves, y estaba conformado principalmente por personas de color y esclavos liberados. Según los rumores que corrían en Caracas, estos estaban masacrando blancos, lo cual hizo que los pobladores de esta ciudad entraran en pánico. Los que pudieron embarcarse se dirigieron a las Antillas, los que no (alrededor de veinte mil) emprendieron una penosa migración hacia el oriente del territorio. Todo ello hizo recordar a algunos las penurias que sufrieran sus equivalentes franco-antillanos alrededor de dos décadas atrás. Tal es el caso de un observador inglés quien escribiera en junio de ese año desde SaintThomas, después de que él mismo había emigrado:
…el feroz estilo de guerra adoptado por este Jefe en liberar a los esclavos y permitir a ellos y a la gente de color que siguiera sus Banderas en algunas circunstancias asesinar a la población blanca, y en algunas instancias incluso a Mujeres y Niños (…) soy de la opinión que sólo la intervención del gobierno de S. M. podrán salvar a los habitantes blancos de un destino similar al de Sto. Domingo.96

Los estragos cometidos por Boves y sus seguidores fueron usados por S. Bolívar, en carta anónima dirigida al editor de la Real Gaceta de Jamaica en 1815, para intentar congraciar la causa patriota con los ingleses, achacando que quienes habían seguido “…el ejemplo de Santo Domingo…” habían sido los caudillos realistas.97 En este mismo sentido, el general realista Monteverde, en carta dirigida al gobernador inglés de Curazao, trataba de impedir que se apoyara a los patriotas recordándole “…las desgracias ocurridas a los franceses en el Cabo Francés…”, y acusándolos de haber

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Francisco de Miranda, “Memorial dirigido (…) a la Audiencia de Caracas”, Archivo del General Miranda, XXIV, p.537 96 W. Watson a T. Perceval [St. Thomas, 26/06/1814] cf. J. Uslar Pietri, op.cit., p.209 97 S. Bolívar (bajo el seudónimo de Un Americano) al Editor de la Real Gaceta de Jamaica [Kingston, después de 28/11/1815], Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en línea: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/hist/79150596101682496754491/p0000002.htm#I _22_

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sido ellos los primeros en haber llamado a la gente de color “a aparecer en su estado, ingrato y rebelde de los blancos…”98 La llegada de un numeroso contingente armado desde España en 1817 bajo el mando del veterano general de las guerras napoleónicas, Pablo Morillo, aseguró por un tiempo que el territorio venezolano se mantuviera bajo el control de las autoridades peninsulares. A su llegada, este general se sorprendió al ver que la población blanca había prácticamente desaparecido a causa de la guerra, por lo que no vaciló en aplicar las disposición que traía desde España que ordenaba la desmovilización de los combatientes de color. Esto causó alarma entre algunos militares realistas veteranos, quienes escribieron directamente al Rey alertándole sobre las terribles implicaciones que tendría la aplicación de una medida semejante, ya que la misma podría “…ver representada aquí la escena dolorosa de Sto. Domingo…”99 Aún así se deportaron más de cuatro mil combatientes a distintos destinos en América y España, algunos de ellos como prisioneros. Por los datos que ha mostrado J. Uslar Pietri, esa política de depuración „racial‟ de los ejércitos realistas –que recuerda la que aplicara el general Leclerc en Saint-Domingue en 1802– pudo haber sido la principal responsable, junto a la muerte de Boves y al surgimiento de un caudillo popular patriota como J. A. Páez, de la derrota definitiva de la causa realista en Venezuela.100 Conclusión El temor suscitado en las poblaciones blancas de muchas áreas del Gran Caribe por lo acontecido en Saint-Domingue, en algunos espacios culturales estuvo inicialmente marcado por otras fuentes de inquietud, como lo fueron el debate abolicionista metropolitano para el caso de Jamaica y el temor al „mal francés‟ para el hispanocaribeño. Las noticias que por diversas vías comenzaron a circular sobre lo que acontecía en dicha colonia francesa, luego de la revuelta de Le Cap Français en agosto de 1791, y también las manifestaciones de resistencia de los negros y otras personas de color (libres y esclavas), fueron moldeando una amenaza lo suficientemente alarmante como para disociarla de cualquier otra previa relacionada con expresiones de violencia por parte de los esclavos o de otros sectores libres de color.

98 99

D. d. Monteverde a J. Hodgson [Caracas, 26/02/1813] cf. J. Uslar Pietri, op.cit., p.207 J. F. King, op.cit., p.535 100 J. Uslar Pietri, op.cit., p.209 100 Ibidem, pp.194-196

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Las manifestaciones de „ansiedad‟ que comienzan a darse a partir de entonces, fueron fruto del cambiante grado de vulnerabilidad al que se creían expuestas dichas poblaciones ante lo que ocurría en Saint-Domingue y también ante sus secuelas locales. Las mismas, siguiendo el de la „lógica del miedo‟, se evidenciaron en las medidas e iniciativas que éstas o sus autoridades tomaron para enfrentar las causantes de esa vulnerabilidad, y también para evitar que en el futuro las mismas reincidiesen. Entre tales manifestaciones, a través de lo que se ha podido apreciar en este trabajo, cabe destacar las siguientes: La ausencia de tropas: Esta fue una causa constante de alarma en distintos lugares, como se viera en el llamado para reforzar la ciudad virginiana de Portsmouth en 1793, en el plan de protección integral del oriente cubano planteado desde 1792, y la orden dada en Venezuela en 1795 por llevar las guarniciones al mismo nivel que se tenía anteriormente –aunque en este caso la causa estuviere más asociada a temores a los ideales franco-revolucionarios luego de la revuelta de Coro. Todas estas reacciones contrastan con la “tranquilidad” que se reportaba desde Jamaica, la cual se pudo deber, como ha mostrado D. Geggus101, a la presencia masiva de tropas británicas la cual no solamente calmó los ánimos de los blancos, sino que también habría desmotivado cualquier intento de insurrección por parte de los esclavos. Ello, sin embargo, no impidió que se convocara por primera vez en mucho tiempo la milicia local. La presencia de „negros franceses‟: La llegada de estos individuos fue causa de alarma en las sociedades esclavistas estudiadas, por considerárseles como una mala influencia para los esclavos locales. A estos en casi todas partes se les achacó estar alborotando las esclavitudes y de incitar rebeliones, sobre todo en el sur de Estados Unidos donde cientos pudieron entrar acompañando a sus amos emigrados. Para los casos de Cuba y Venezuela, donde la entrada de esos „esclavos extranjeros‟ estaba prohibida, las preocupaciones giraron principalmente en torno a los libres de color que vinieron como refugiados o agentes. A estos se les impidió que desembarcaran y, cuando lo hicieron, se les procuró vigilar de cerca, lo que en Cuba debió resultar muy difícil debido a la gran cantidad que allí se dirigió luego de concluida la Guerra del sur en 1799. El caso jamaiquino se muestra nuevamente como una excepción, lo cual se explica, además de la presencia de tropas, en que esos „negros franceses‟ no
101

D. P. Geggus, “The Jamaican Enigma…”, p.275

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hablaban inglés. Sin embargo, en 1800 sí se llegó a expulsar a algunos luego de que se les pensara implicados en una conspiración. El encumbramiento de T. Louverture en 1799: Este fue un hecho que fue evaluado por todos los gobiernos centrales (Estados Unidos, Inglaterra y España), cuyos representantes apreciaron su ascenso como un terrible precedente para sus intereses, por lo que inicialmente apoyaron entusiastamente la expedición de Leclerc. Pero en esta decisión había además una fuerte carga afectiva, como se puede apreciar en la forma despectiva como describiera T. Jefferson a los haitianos como “caníbales”, y a la forma cómo algunos hispanos se refieren a T. Louverture como un “monstruo”. No obstante, en los Estados Unidos esta apreciación no era compartida por los senadores federalistas encabezados por el presidente norteño J. Adams. Estos más interesados en el comercio, en 1799 apoyaron una medida para continuar el lucrativo comercio con Saint-Domingue (la llamada Cláusula Toussaint), la cual fue revertida poco después por el gobierno republicano del sureño T. Jefferson. La contraproducencia de los ideales de las „revoluciones radicales‟: Desde la perspectiva de los republicanos estadounidenses e hispano-venezolanos, este tipo de procesos de cambio era vistos con buenos ojos debido a las similitudes que los primeros veían con la Revolución Norteamericana, y a las aspiraciones de revolución e independencia de España que tenían los segundos. Los cruentos acontecimientos que sacudieron Francia durante el Terror y los conflictos que la aplicación de los ideales franco-revolucionarios desataron en Saint-Domingue, afectaron esa

apreciación favorable. Como ha indicado S. P. Newman para el caso norteamericano, estos sucesos fueron generando entre ellos la convicción de que eran los ideales revolucionarios franceses los que estaban produciendo la destrucción de esta colonia.102 En cuanto a los hispano-venezolanos, al no haber consumado todavía su proceso de ruptura con el nexo colonial de la metrópoli española, esto les llevó a seguir manteniendo la esperanza en las revoluciones, pero que, como dijera Francisco Isnardi en 1811, en forma moderada para evitar seguir el camino que trazó el “…Jacobinismo Francés, la guillotina de Robespierre (…) [y] los negros horrores del Guarico [Saint-Domingue].”103

102 103

S. P. Newman, op.cit., pp.76ss F. Isnardi, op.cit., p.171

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Un paisaje humano predominantemente de color: La magnitud de los conflictos en Saint-Domingue hicieron que muchos asociaran lo allí acontecido con la gran cantidad de negros que había en esa colonia francesa. En Cuba, a pesar de que se tomaron medidas para convertir a la isla en una colonia d plantación, el temor a la llamada „africanización‟ que daba pie a la necesidad de poblar la isla con blancos se mantuvo durante buena parte del siglo XIX.104 En Venezuela, un temor similar hizo que la entrada de esclavos fuese suspendida en forma legal por las autoridades locales en 1803. En Estados Unidos, el mismo T. Jefferson, a quien desde mucho antes preocupaba la imposibilidad de vivir juntos a negros y blancos, propuso como alternativa colonizar otras regiones con negros libres para lo cual se pensó en algún lugar de África, lo cual sucedería posteriormente –aunque por una iniciativa distinta– con la creación en 1816 de la Sociedad Americana de Colonización.105 Esta clase de temor se repetía incluso en otros lugares donde los negros no dominaban el paisaje humano: En Venezuela, esto sucedía con los libres de color quienes eran mayoría [Ver gráfico], como se viera en el testimonio de un comandante de milicia en 1795 luego de la insurrección de Coro, y sobre todo en las acusaciones que se hiciera a los conjurados blancos en la intentona juntista 1808, en la que el temor a SaintDomingue se asoció con los libres d color locales. Este tipo de amenaza adaptada a las realidades etno-sociales de una región, se dio incluso en Nueva España. Allí la revuelta de indios y castas liderada por el padre Hidalgo en 1810 hizo temer al obispo de Michoacán, Abad y Queipó, “…una anarquía como la de Saint-Domingue.”106 En el marco de esta „ansiedad coyuntural‟ que generó la Revolución Haitiana, apareció también otro tipo de reacciones de naturaleza –si se quiere– menos emotiva, como las manipulaciones que en ocasiones se quisieron hacer aprovechando lo afectadas que se encontraban las personas blancas por lo que sucedía en SaintDomingue. Esto se hizo tanto con fines políticos (como hicieran los franceses realistas emigrados con la supuesta revuelta de Charleston en 1793) como militares (como se

104

Un buen ejemplo de la formación de la política de blanqueamiento lo tenemos en el caso de Cienfuegos. Consuelo Naranjo Orovio, “El temor a la africanización: Coloni zación blanca y nuevas poblaciones en Cuba (El caso de Cienfuegos)”, J. A. Piqueras, Las Antillas en la era de las Luces y la Revolución, Madrid, Siglo XXI, 2005, pp.67ss. Véase también: 105 Vincent P. Franklin, “Education for Colonization: Attempts to Educ ate Free Blacks in the United States for Emigration to Africa, 1823-1833”, The Journal of Negro History, Vol.43, No.1 (Invierno, 1974), pp.91-92 106 Cf. J. v. Grafenstein, op.cit., pp.274-475

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viera en la forma cómo patriotas y realistas hispano-venezolanos se dirigieron a las autoridades inglesas durante la „guerra etno-civil‟ iniciada en 1812). En este tipo de reacciones también debemos incluir las iniciativas tomadas, buscando sacar provecho económico de lo acontecido en aquélla colonia francesa, por los plantadores jamaiquinos y, sobre todo, por los cubanos. En cuanto a estos últimos, estos optaron por introducir más africanos para así convertir su isla en una próspera colonia de plantación. Esto no implica que dichos plantadores no tuvieran resquemores por lo que sucediera en Saint-Domingue, todo lo contrario, sí los tenían; por lo que esa actitud más bien indica, como ha indicado A. Ferrer, que decidieron no ceder ante sus temores optando por “vivir peligrosamente.”107 Cuando la causal de amenaza no podía ser superada, se pasaba a una faceta crítica en la que la posibilidad experimentar otro Saint-Domingue se tornaba más inminente. En este tipo de situaciones aparecían emociones más intensas, las cuales, a su vez, daban pie a decisiones más radicales. Tales fueron los casos de la revuelta que se diera en Cuba en Santa Cruz del Sur en 1795, de la presencia de combatientes francodominicanos de color en las inmediaciones (la supuesta flotilla con negros franceses que se dirigía a Chesapeake en 1798, y la intervención guadalupeña en Curazao en 1800), de la migración masiva de españoles desde Santo Domingo en 1801, y de la „guerra etno-civil‟ en Venezuela iniciada en 1812. Las dramáticas referencias que se hacen a Saint-Domingue en el calor de los acontecimientos o posteriormente, permiten apreciar qué tan profundo había calado en la sensibilidad de los blancos los relatos, noticias y rumores que se habían venido colando en las sociedades que habitaban de los conflictos que habían sacudido aquella colonia francesa desde 1791. En todos estas situaciones el factor común fue la inminencia no sólo de perder la vida a manos de un negro alzado (o un pardo realista como en el caso de Venezuela), sino de cientos de negros alzados como pasara en Le Cap Français. De esos casos, aparentemente sólo en los de Santo Domingo y Venezuela se pasó a la faceta de pánico, como se reflejó en los testimonios de los emigrantes que abandonaron súbitamente esos territorios a fin de no morir a manos de los invasores de color. Realmente es muy difícil determinar hasta qué punto esa decisión de emigrar intempestivamente estuvo motivada a otra cosa que no fuese salvar la vida ante la

107

A. Ferrer, op.cit., p.180

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invasión de un ejército enemigo. Sin embargo, siguiendo la „teoría del valor agregado‟108, es muy probable que entre las motivaciones que dominicanos y caraqueños tuvieron para abandonar los lugares que habitaban, hayan estado presentes las imágenes de blancos siendo asesinados por negros en Saint-Domingue. El presente trabajo constituye una primera aproximación al estudio del impacto afectivo de la Revolución Haitiana en el Mundo Atlántico, tema que constituye el objeto de estudio de un proyecto de tesis doctoral que estoy desarrollando en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales.

108

Según la teoría del „valor agregado‟ o „de la tensión‟ (Strain theory), una colectividad puede pasar de una etapa a otra de comportamiento colectivo (como de la „ansiedad‟ al „miedo-pánico‟) en forma acumulada, es decir, siguiendo la lógica de la producción industrial, agregando a cada paso un factor de „tensión‟ que conduzca a la siguiente, la cual por medios propios no hubiere podido sobrevenir. Véase: Neil J. Smelser, Teoría del Comportamiento Colectivo, México, Fondo de Cultura Económica, 1996 (1963), 456p. Para una descripción sintetizada de dicha teoría, ver: Diana Kendall, Sociology In Our Times, Thomson Wadsworth, 2005, pp.530-531

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