Salvador Márquez Gileta - Nuesta señora del Tívoli

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Salvador Márquez Gileta

Ilustraciones: Liliana Janet Rodríguez Ochoa

Cuadernos de arrecife 2 Editado por La Casa del Archivo y la Facultad de Literatura y Comunicación

N u e s t r a p é ñ o r a del ~T'V°I' Primera edición, septiembre de 2008 ISBN: 978-968-7412-88-7 Archivo Histórico del Municipio de Colima Independencia # 79 Colima, Col., c. p. 28000 México. Tel/fax: 01 (312)3122857 Correo electrónico: casadelarchivo@yahoo.com.mx Página de Internet: www.casadelarchivo.gob.mx/ Facultad de Letras y Comunicación Avenida Universidad # 333, colonia Las Víboras Colima, Col., c. p. 28040 México Correo electrónico: falcom@ucol.mx Página de Internet: www.ucol.mx/docencia/facultades/falcom/

Fue en los tiempos en que andaba el run-run de los narcosatánicos, ¿se acuerda? Por ese tiempo empezaron a aparecer muertos por todos lados, niños de brazos con el pecho abierto, porque les habían sacado el corazón, unos novios arriba de un carro que los encontraron sin ojos y aquella pareja, ¿se acuerda?, seguro que leyó en los periódicos que los hallaron muertos en la carretera a Manzanillo junto a Periquillos, en el fondo de un pozo, todos moreteados, heridos y magullados que dizque porque los habían torturado. Ei, fue por esta época que aparecían muertos por todos lados. La gente andaba asustada y decían que dizque querían los corazones y los ojos para refacciones de niños gringos, que se los arrancaban a la gente y luego se los llevaban en cajitas de hielo seco. Sabrá cuál sería la verdad. Que tráilers con niños congelados a quienes les habían sacado todo lo de adentro y los rellenaban de marihuana como si fueran payasitos o monos rellenos de aserrín, pobrecitos de sus padres, decía la gente, y les tenían consideración. ¿Los policías? Bien, gracias; ahí estaban parados afuera del palacio de injusticia, muy hombrones ellos con la metralleta en la mano, allí sí se sienten muy chichos, porque nomás están parados, luciéndose, sintiéndose como CUÍCOS de esos que salen en la televisión.

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Decían que Carlos, pero, ¿usted no conoce a Carlos, verdad? Le voy a decir quién es: Carlos es un cabrón, qué digo cabrón, cabronsísimo. Nadie sabe de dónde vino, nomás apareció ahí de pronto; que dizque era chilango, decían unos, que no, que de Guanatos, decían otros, en fin, nunca se supo de dónde llegó el desgraciado, a lo mejor se le escapó al mismísimo diablo del infierno, porque eso es lo que era, un malparido, malnacido y, perdóneme usted, pero es que le tengo tanto coraje. Pos este tal Carlos, luego supieron que era el que se juntaba con el gringo que se hacía pasar por masajista y que dizque era el que mataba a los difuntos y el que contrataba a los que compraban los órganos. No, no de esos órganos que sirven para las iglesias, órganos como decir corazones, ojos, ríñones, todo eso que con el Tratado de Libre Comercio se va a exportar a los yunaites. Pos ya le digo de este Carlos; sí, es el mismo que agarraron en la escuela Morelos, la primaria que está junto al teatro Hidalgo, vendiendo marihuana a los muchachitos, y es que él es muy guasón, si hasta humor tiene el hijo de su puta madre, decía que porque así los niños aprenden mejor, y ellos se creían del cabrón como si de veras. Pos este güey, ya le digo, vivía en el Tívoli. Por si usted no sabe dónde queda el Tívoli, le voy a explicar,

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porque a lo mejor no ha pasado del otro lado de las vías y, por si no lo sabe, del otro lado vive gente. Claro que usted no lo ve, porque tapan los vagones esos desperdigados en las vías, y por si tampoco lo sabe, hasta en esos vagones viejos vive gente apeñuscada que sabrá Dios dónde hace sus necesidades. Pos por allá vivía este cabrón que le digo, porque allá estaba en su mero mole, y es que como la policía no entra por allá, porque allá los matan, aquello es un nido de rateros y marginados y él estaba feliz, porque le vendía marihuana a todo el mundo y sabía todo de robos y asesinatos, porque había una banda allí de muchachos, de esos rebeldes que se dedicaban a matar gente, usted no se acuerda, porque casi ni se mencionó, pero en esos tiempos aparecían muertos albañiles y mecánicos, los hallaban allá solitos entre las breñas; estos desgraciados los mataban por pura diversión, los espiaban, los esperaban hasta que salían bien turulatos y con el «vente, acá tengo una caguama» se los iban llevando y nunca más los volvía a ver vivos la gente; como eran hombres pobres, nadie los reclamaba, nomás el periódico sacaba que «cadáver de un hombre de identidad desconocida fue encontrado cerca de la zona roja...», hasta allí; si después iba la familia a reclamar al numerito, nunca se

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sabía, porque eso no dicen los periódicos. También, por esos tiempos se supo de un viejito que dizque se había quedado dormido sobre las vías del tren y que lo había despedazado; no fue así, estos desgraciados lo mataron, lo torturaron, quién sabe cuántas cosas le hicieron y luego, riéndose, lo acomodaron sobre las vías para que así la gente no supiera que habían sido ellos. Pos ya le digo que este Carlos, que hasta hipócrita era, porque nomás se venía diciembre y con él la temporada de la Virgen de Guadalupe, Nuestra Santa Madre, y él, que le intelige al dibujo, había pintado un telón donde aparece la santísima Virgen, madre de todos los mexicanos, la pintó así como la que está en la Basílica, la que se le apareció a Juan Diego, y también el hijo de la chingada puso a la Virgen morenita con los ojos entrecerrados, con sus manos juntitas y en sus pies un montón de rosas, tan bien dibujadas, que hasta parecen de verdad, porque las roció con diamantina, si hasta eso, es ocurrente el méndigo. Y allí las señoras retrataban a sus hijitos, vestidos de inditos a los pies de la Guadalupana, y allí les tomaba la medida el cabrón y veía cuál servía para cuál, que si éste tenía los ojos que le habían pedido, que si aquél se veía sanóte y de buen corazón, que si éste chapeado seguro tenía buen hígado, fíjese nomás. Para

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qué le cuento si nomás de acordarme hasta se me revuelve el estómago. Pero, pues ya esto le gusta a uno, aunque sea para desquitar el coraje. Eran los tiempos en que mataron al Cochiloco, ¿se acuerda?, que quedaron muertos en una calle de Guadalajara el Cochiloco, su hija, el chofer y hasta un perro que iba pasando. Pobres, los dejaron como cedazos entre el reguero de sangre. Decían que el Cochiloco era bueno que porque les daba cosas a la gente, que iba a las escuelas de niños pobres con camiones cargados de ropa, juguetes y comida y que allí les repartía a todos ganancias del negocio que ahora es de políticos y sus compinches, al que se dedican gobernadores y presidentes ayudados por el heroico ejército. ¿Ah, verdad que sí sabe de cuál hablo? Pues ya le digo, el gobernador decía que él no conocía al Cochiloco este y luego ¡zas!, que van sacando en el periódico la foto en la que está hasta abrazando al cabrón, los dos riéndose de la gente, como diciendo «pobres pendejos, ni saben». Pos, ya le digo, el gobernador este hasta narcosatánico era, porque me dijo el que estaba haciendo huelga en el jardín, sí, ése, el de las mantas pintarrajeadas, que ni escribir sabe el pobre, pero que dizque le está pidiendo al gobierno que lo reinstalen, ¿usted cree que lo van reinstalar? Pos cuándo, digo yo. Si

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bien que le hicieron para correr tanta gente que sólo entraron corriendo los diputados a refundirse en el sótano del Palacio Legislativo para firmar la ley esa en la que corrían a tanta gente y eso porque ya estaban aventándoles la puerta y se querían meter y hasta golpearlos. ¿Que cómo se enteraron? Quién sabe, porque ya ve que en Colima todo se sabe. Habían dicho que sólo el gobernador y este diputado que era el que presidía la legislatura eran los únicos que sabían; pero, pues no eran los únicos, porque al día siguiente que ordenaron a los diputados que se presentaran y llegaron todos muy cambiaditos sin saber ni qué, ya estaba ahí el gentío y vieron que unos diputados corrían para un lado y para otro y los que alcanzaron a meterse firmaron lo más aprisa que pudieron aquella ley que comenzaba diciendo: «En beneficio del pueblo de Colima, yo, el gobernador...». Usted ya se imaginará la que se armó. Ah, pero qué le estaba diciendo, ah, sí, del otro gobernador, que dizque es narcosatánico, porque le tomaron fotos donde está en una casa de Guadalajara vestido como gran sacerdote el jijo de siete, y yo no sé si sea cierto o sólo esté hablando de coraje, porque lo corrieron, porque también me dijo que hasta joto es y que se iba a las Islas Revillagigedo para que no lo viera

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nadie y que allá se daba gusto. «Hay fotos, y se está besuqueando con los marineros, borracho y encuerado. Yo lo vi». Las vería o no, quién sabe, pero eso me dijo. ¡Ah!, pero le estaba contando de Carlos; pues sí, Dios los hace y ellos se juntan. Se halló con el Cochiloco y que dizque andaba entre los guaruras que traía bien armados con rifles y metralletas que les compran a los mismos soldados, porque ha de saber usted que ellos mismos se las venden, si no cómo es que pueden traer armas que sólo pertenecen al ejército, ¡ah!, ¿verdad? Se lo dejo de tarea. Pues ahí tiene que este cabrón entró a trabajar con el capo, que dizque cargando la droga porque en esos tiempos llegaban barcos copeteados de cocaína, luego, ya que se murió, nadie iba a recogerlos; por eso ahí en el Chimborazo se quedó tanto tiempo la droga, ¿se acuerda? Del barco aquel que dizque traía cajas con molinos de café. ¿Cuáles molinos? Venían las cajas retacadas de coca, no, no de refrescos, de esa otra que parece azúcar, usted ya sabe de cuál le hablo; pues ya le digo que traía diez mil cajas y en cada caja una bolsa de a kilo, y si el kilo está más o menos a cuatro mil... échele lápiz, usted que tiene tiempo y le intelige a las cuentas. ÍAh! Pero le estaba platicando del tal Carlos. Fbs él se fue, y luego usted ya sabe, cuando alguien se va por un

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tiempo a la gente como que se le olvida lo que hicieron y pos por fin un martes me lo hallé, ¿y a que no se imagina dónde? Pos sí, en el Rancho de Villa. Allí estaba el fulano, yo no sé si pidiendo perdón o dando gracias, traía un escapulario colgando y más abajo un montón de pencas de nopal que hasta la sangre le escurría y con tanta devoción ponía ojos de borrego ahorcado que algunas viejitas hasta se soltaron chille y chille. Yo como que sentí una cosa fea, aquí adentro, y pensé «de veras, este cabrón está hecho a la imagen y semejanza de Dios, o Dios a imagen y semejanza de este cabrón, y si es así, ya nos cargó la chingada». Y es que en Colima todo puede suceder, «Colima tierra de oportunidades», dicen las calcomanías que la gente le compra a Paco Ceballos, el viejito ese que se quedó en su tienda, detrás del mostrador, viendo pasar la historia, y así, sus cosas se r iuerorV naciendo Viejaé-rahiói&nf úev*di\& xler-dáaivy y vende sombreros viejos, zapatos que ya ni se usan... Pero, ¿qué le estaba platicando? ¡Ah!, sí, le estaba hablando de Colima, «Bella tierra de palmeras donde los hombres son putos y las mujeres chancleras». Y yo tan inocente lo oí por primera vez en la primaria Miguel Hidalgo, que es en la que estuve, porque por la tarde era la Victoriano Guzmán y era para puras niñas, turno

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despertino, decían ellas y me metían en un mar de confusiones, porque en todo caso el turno despertino debería de ser en la mañana que es cuando uno se despierta y se levanta para ir a la escuela, pero, en fin, ellas le llamaban turno despertino y ni quién las sacara de ahí; pos ahí tienen que regresé aquel mediodía corriendo para preguntarle a mi mamá, porque las mamas siempre lo saben todo, su destino es ser sabias y hacer de comer, y así la encontré, como todos los mediodías, haciendo la comida y, sin más, se la solté: «mamá, ¿qué es chanclera?», y ella sin extrañarse, así como para no hacer la cosa más difícil (y como toda madre encierra un detective, si no cómo van a saber dónde se esconden los chiquillos cuando no los hallan), preguntó: «¿dónde aprendiste esa palabra, hijo?». En la escuela, le contesté; es un verso, mira: «Colima bella tierra de palmeras donde los hombres son putos y las mujeres chancleras». Se fue corriendo para reírse dentro del baño, porque sabía que si me celebraba el chiste se lo iba a repetir a todo buen cristiano y vecino que quisiera oírme y por eso cuando se hubo apaciguado salió y me dijo, así como si no tuviera mucha importancia, como de mucho mundo: «son mujeres que les gustan las otras mujeres. Pero no repitas eso, porque son malas palabras».

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Así aprendí que hay palabras buenas y palabras malas, que las palabras buenas son para la gente buena y las palabras malas son todas para este cabrón del que les estoy contando. Ah, y qué les decía de Colima, pues sí, que el dichito tiene razón, porque, si no lo saben, Colima, y Colima quiere decir usted, yo, nosotros y ellos y ellas también, ya le digo, Colima tiene el primer lugar en el consumo de cerveza, ¿que cómo se lo quitamos a Sinaloa y a los otros estados del norte?, muy fácil, tomando. Tenemos, también, el primer lugar en enfermedades venéreas, ¿que por qué?, ah, pos porque los colimensos somos muy promiscuos, ¿y qué quiere decir promiscuos?, eso que dice el famoso dichito. Tenemos también el primer lugar en madres solteras, en enfermos mentales y vamos por el de suicidios en jovencitos y jovencitas, y es natural, porque, ¿cómo se puede vivir en una ciudad así? También, tenemos muchos bisexuales; si tenemos el primer lugar o no, eso no se sabe y es que a la gente casi no le gusta hablar de eso y por si usted no lo sabe, un bisexual o una bisexual es aquél o aquélla que lo mismo se mete con un hombre o una mujer con tal de salir del apuro. Ni amenazas de infiernos, ni de sida, ni de «te vas a volver joto» han servido para que la gente se asuste; todos, cuando los hallan, ponen su carota como

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diciendo «qué quieres, aquí me tocó nacer», y como si eso no fuera una razón suficiente, o a io mejor lo es, se van detrás del que sigue. Pos ahí estaba el tal Carlos con los brazos abiertos en cruz y como si estuviera en éxtasis; si hasta parecía san Ignacio de Loyola y la gente se apartaba para dejarle paso; quién sabe qué rezaría, qué le estaba pidiendo al Señor del Rancho de Villa, que de todos modos creo que ni se lo iba a conceder, porque este cabrón puras cosas malas pide y aunque los alacranes le pidan alas, Dios no se las da. Si hasta parecía la pura verdad, así tan humildito, yo les contestaría: «no se atengan, porque este cabrón es de cuidado». Fue por estos tiempos que lo conocí. ¿Que cómo me fui a volver a encontrar con él?, pues por las suertes africanas, porque hay suertes negras y son las africanas y suertes blancas y son americanas. Yo ya lo conocía de vista. Para mi mala suerte, me lo tuve que encontrar porque regresó el inocente angelito, devoto del Señor del Rancho de Villa, para enviciar jovencitas y, usted ya sabe, vivimos tiempos tan malos que muchas de estas muchachitas son fáciles de corromper. ¿Que cómo? Pues con dinero. Los pobres están tan deseosos de todo, ropa, diversiones, que nomás les suenan la morralla y solitos se bajan los chones. Pos sí, ya le digo, se dedicaba a enviciar

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muchachitas, pero esto yo no lo sabía, lo supe después para mi mal, porque el hijo de la chingada le daba a un grupo de niñas de ésas que andan en los centros familiares, porque, si usted no lo sabe, en Colima a todos los bules se les llama centro familiar, y es que ya borrachos todos somos como una familia; pos ya le digo estos botaneros están llenos de jovencitas que la pobreza ha echado a la calle a buscarle a la vida y en uno de estos centros familiares la hallé, ¿a quién?, pos a quién ha de ser, a ella, a la Thalía, el amor de mi vida. No se llamaba Thalía, se llamaba Josefina, pero se cambió el nombre porque «hacer la vida» es como entrarle al teatro, se necesita un nombre de artista; de veras que era bonita esta mujer. Cómo viene a encontrarse uno de viejo lo que no halló de joven; de joven nunca conocí a una mujer así de bonita, aunque le pedía a Dios, la deseaba; pero no, nunca apareció; apareció ahora ya de viejo, por una razón muy sencilla, porque de viejo uno tiene dinero, de joven no, y uno de nuevo es como muy romántico, y romántico quiere decir que uno quiere que se las den sin pagar; válgame, cómo se le ocurre a uno, si eso es lo único para vender que tenemos todos, las nachas; ya mero que las vamos a dar gratis. Pero de joven uno es así, romántico, por no decirle de otro modo. Fbs a Thalía la

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conocí una noche que andaba de parranda con unos compás. Allí estaba junto con las otras, todas niñas que parecía que acababan de salir del colegio, y es que como estos lugares son siempre de diputados y senadores, pos nadie les dice nada de que por qué tienen a estas pobres trabajando allí, si unos dicen que hasta cárcel tienen para los que no pueden pagar la cuenta. Pos sí, ahí estaba con aquéllos que ni me acuerdo quiénes eran, pero pues han de ser los mismos con los que me junto a diario, no conozco otros, cuando se me arrima y me dice: ¿bailamos? Y que empiezan todos a darme carrilla: ípapacito!, y ¿de cuál te untaste? Pos yo creo que los de a cien, de esos que les dicen venaditos, los billetes de juguete que hacen ahora. Pos total que bailamos y platicamos y quedamos en que nos íbamos y nos fuimos al Villa Vera, que está a la salida a Pihuamo. Yo tenía seis años cuando llegamos por esta misma carretera de allá de Pihuamo; veníamos todos en el camión de mi tío con las pocas cosas que teníamos, unas camas, todas cayéndose, un ropero descuadrado, cobijas rotas, y yo traía un perro abrazado al oso, que fue lo único que nos heredó mi abuelo, la casa no, porque ya la habían embargado, los muebles ya todos se los habían llevado cuando empeñó la yunta; dice mi padre que se murió de

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tristeza, pero pos qué hacían los demás, seguirle, no hay de otra; mi abuela estaba sola y había que mantenerla; pero bendito sea Dios que no nos ha ido tan mal, decía mi padre. Veníamos todos muy contentos y entramos a la ciudad y me sentí como si entráramos al cine, a una película, y allí estaba el rey Coliman, para recibirnos con su minifalda, así como que va a bailar un zapateado, y yo pensando qué chicho, aquí los hombres usan naguas y hasta nos paramos para ver de cerquita al rey y por más que me arrimaba para ver si traía calzones, me daba vergüenza voltear para arriba, porque mi mamá me estaba viendo y como que adivinaba que yo quería verle las nalgas al rey; al fin pudo más mi curiosidad que mi mamá y levanté la vista y nada, no tenía ni paloma, ni pompis, como le dicen ahora; ahí nomás se ve un molote como pañal cagado. Ah, qué desilusión; el primero fue uno, el que puse ya casado, por la Veinte de Noviembre, y luego los otros, y de ahí pal real, porque no es por presumirles, pero de ahí salió para comprar casa, camioneta, y ya ven que hasta parabólica tengo. ¡Ah!, pero les decía que ahí conocí a Thalía. Después del antro, fuimos al Villa Vera y qué gusto nos dimos, pobre de mí que ignoraba en lo que me estaba metiendo, ya sé que les dije que Thalía era bonita, pero me quedé corto, me

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gustaba mucho, era güera, porque se pintaba el pelo y usaba unos vestidos muy a la moda, siempre elegante, nunca se quitaba las zapatillas y hasta cuando estábamos solos en el hotel caminaba de puntitas, sus talones nunca pisaban el suelo, como si fuera de esas bailarinas de ballet. «Quisiera tener mucho dinero, pacas de billetes». ¿Para qué?, le contesté: «No sé, para nada, para echármelos encima, o quemarlos», y me hacía sentir mal, porque yo nunca iba a poder darle aquello, sólo lo que podía. Desde la ventana del hotel, desde las calles, o si usted se sube a la azotea, puede ver los volcanes, siempre juntos, ¿cómo pueden estar juntos si uno es de fuego y el otro de nieve?, tan contrarios, tan distintos... muy fácil, porque en Colima todo lo que es contrario tiene que estar junto: una prieta con un güero, un caliente con una que no siente nada, una pobre con un rico aunque estén en pleito, así como Thalía y yo, si no, dígame usted cómo es que puede estar un viejo feo como yo con la más hermosa de las jovencitas, nomás porque ella es pobre y yo tengo dinero. Por estos tiempos tocan mucho esa canción que dice «quiero salir a beber, un cigarrillo fumar...». No te apasiones, Pablo, me digo yo solo, ya no eres un muchacho para que no te des cuenta que ella está contigo nomás porque le pagas. Si no tuvieras dinero, ya

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mero que se iba a fijar en ti. ¿Que no te ves en el espejo? Viejo, panzón, pelón y con los hijos ya añejos. Pon los pies en la tierra. Pero ese otro que es más listo que yo, aunque soy yo mismo, nunca está cuando ella aparece, con sus vestidos claros, vaporosos, con sus uñas largas, su cara pintada: «dame para el salón de belleza», «ocupo unas zapatillas», dame para esto, dame para lo otro, siempre pide y pide, y yo que no puedo decirle que no a nada por puro miedo de que se me vaya a ir con otro, con alguno de esos narcos jóvenes que andan todos los días estrenando camioneta nueva.Con ella estaba todas las noches en el Capricornio. Sí, el salón ese que está en la salida a Manzanillo, nomás para bailar y tomar; ahí fue donde veía que a veces se salía: «espérame aquí, no tardo», y yo pensaba que se iba al baño a pintarse o algo, y una vez la seguí. Fue entonces cuando vi que le entregaba el rollo de billetes que le acababa de dar yo, que dizque porque tenía que pagar los abonos del refrigerador y la televisión. Se los dio al güey en lo oscurito y él la besó y le dio una nalgada. Regresé lo más rápido que pude, ya me había dado cuenta de todo, así que este cabrón la padroteaba, el gigoló, chulo, cinturita, hijo de siete chingadas. Qué coraje sentí, pero me aguanté. Cállate,

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Pablo, me volvió a decir el otro que no era yo, el que aún no está tan loco, ¿nos vamos hija? Y ella dijo que sí. Porque a lo que había ido ya lo había cumplido. Ya en el hotel, le dije con palabras muy cariñosas: «mira, hija, esta vida no te lleva a ningún lado, yo te puedo poner casa, darte dinero, ya ves, ¿cuándo te he fallado? Si puedes, te quedas ahí y me esperas, yo iré lo más pronto que pueda. Ya ves, nunca te he engañado, desde un principio te dije que soy casado; pero eso qué, si tú quieres, no te va a faltar nada». Se quedó como pensando, mirando por la ventana; pero era como una prueba, porque yo dije entre mí: A ver quién puede más, si este cabrón o yo. «No, así estamos bien», me respondió; y yo ya no le insistí. «Quién te crees, una diosa tan hermosa que con el tiempo se marchitará...». ¡Ah!, cómo cantaba esa canción; todo el día, la oía y la oía, para ponerme más borracho. Thalía traía una amiga, la Wendolyn le decía, porque también ella misma se cambió el nombre, porque creo que se llama Rosa. Vivían juntas y es que en esa vida se necesita tener siempre a alguien para más seguridad. A la Wendolyn me la encontraba a veces en la calle, se vestía diferente de Thalía, medio punk, con botas de hombre y pelos parados, quién sabe qué le platicaba Thalía, yo creo que cosas buenas, porque sentía como que me

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echaba los perros, siempre que la veía le pasaba algo de lana y ella me agarraba la mano, así como no queriendo. Pero yo decía no, si le contaba a Thalía, me iba a llevar la chingada. Fue por entonces que me encontré a este güey, en el botanero; ahí estaba sentado con otro cabrón que no conozco, pero me imagino igual de desalmado que él. Yo me le quedé viendo, así, feo, y él como que sintió la vibra, porque me gritó «¿soy o me parezco?», y yo le contesté: «la vista es muy natural». Se me dejó venir como cuete y yo me di el parón. Todavía está macizo el desgraciado, la mera verdad es que sí me entró miedillo, está más nuevo que yo y luego yo con mi compadre, que ya estaba ahí borracho, bebiendo y con la panza de fuera, de mucha ayuda iba a ser. Yo creo que se acordó de lo que me decía mi mamá de chiquillo, que hay que respetar a los mayores, porque no sé si se acuerden que en esos días habían cerrado el botanero Las Cazuelas, porque habían matado a uno ahí, ¿se acuerdan? Que era joven, de veintitantos años, y que le empezó a gritar cosas a un viejo, señor ya grande, chofer de los amarillos, para más razón. Total que este muchacho se paró ahí, delante de todos cacheteó al pobre viejo y luego, riéndose, se fue a sentar. El chofer se salió y al poco tiempo regresó nomás para vaciarle la pistola; ahí sentado lo dejó para pelarse y

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nunca lo volvieron a ver, porque no ha vuelto de allá donde se anda escondiendo. A lo mejor éste se acordó y en eso llegó la ley, que por primera vez parece que sirvió para algo y le dijeron «siéntese, señor, o lo vamos a tener que sacar». Su amigo como que le dijo «vamonos», porque yo me quedé ahí todavía un buen rato maliciando que a lo mejor me estaban esperando afuera, pero no, cuando salimos ya todo estaba solo. «No te apures, ya aparecerá, se ha de haber ido de parranda, a la playa con sus amigos». «No creo», me dijo, como que maliciaba algo. Pasaron unos días y hasta se enfermó; entonces sí, yo me empecé a preocupar por la Wendolyn. «Me dijeron que anda en Tijuana y voy a ir a buscarla». «Déjala, pos, total, si se quiso ir, pues qué le vas a buscar». «No, tú sabes», me respondió, tan triste y decidida. Pos yo qué podía hacer, ustedes saben, soy casado y con obligaciones y no iba a dejar todo para irme detrás de ella. La quería, sí, era cierto, todavía la quiero y mucho, pero de ahí a decir que me iría con ella, pues... eso ya no. «Lo que quieras, hija, dinero no te va a faltar, llámame diario a las seis al negocio, para mandarte lo que te haga falta, tú no te preocupes por nada, ya sabes que te voy a esperar». La llevé al aeropuerto, le di dinero para lo que se le ofreciera, la abracé y la besé y no me importó que ahí estuvieran unos vecinos que saben todo de mí; pero esto no lo sabían y yo hice como que ni los vi. Luego me

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hablaba a diario para que le mandara dinero al hotel donde se estaba quedando y pasó un mes y dos y nada, que no la hallaba, que le habían dicho que por aquí, que por allá. Yo dije: «ésta ya me está haciendo de chivo los tamales». En eso que agarran al tal Carlos y que lo refunden al bote, porque no sé si se acuerda de algo muy sonado que pasó en la Comercial, de que a una señora le habían robado una niña, chiquita, de brazos, ¿se acuerda? Dijeron que la traía en el carrito y que mientras se volteó para agarrar no sé qué, que se llevan a la niña y la señora vuelta loca que empieza a gritar: ¡Me robaron a mi niña! Que les dan el cerrón a las puertas y a revisar a toda la gente, los policías listos, sin dejan salir a nadie y en eso que le dice una empleada: ¿Sabe qué, señora? Que un tipo se metió al baño con una niña chiquita y no ha salido. Que se dejan ir los policías, despacito, con la pistola afuera, porque así los han enseñado que se debe hacer, y que lo sacan con todo y niña. Ya le había cortado el pelo y la había dejado pelona y le había cambiado la ropa, para que la mamá no la reconociera; pero sí la reconoció y si no se lo quitan yo creo que ella hubiera matado a este cabrón. Y pos ahí está todavía, en el botellón. A ver para cuándo sale.

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Luego, ya le digo, Thalía dejó de escribir y me fui pa'bajo. Tomé y tomé. Pasé una semana borracho hasta que paré en el seguro con suero y todo; de veras que me puse malo y es que, como no sabía nada de ella, pues ya me andaba: «ahora sí que la chingamos, qué voy a hacer solo», dije. Entonces, cuando apenas estaba saliendo, que me dice mi compadre: «Compadre, ¿cómo se siente?». Bien, compadre, le dije. «¿Aguanta que le diga algo, compadre?». Pos sí, dígame; al cabo, de todos modos tengo que saberlo. «Pos ahí tiene que una vecina, María Elena Saldívar, y pues, ella me dijo que Thalía ya se nos fue». ¿Ya se nos fue? ¿Qué quiere decir? ¿Que ella se fue para algún lado, como decir a los yunaites? «No, quiere decir que se murió». Sentí que un dolor se me clavaba en la boca del estómago. «Fíjese que esta muchacha que se juntaba con ella, una tal Wendolyn, está internada en el manicomio de Ixtlahuacán y que ella le dijo, que pos, Thalía, la pobrecita, la habían matado en Tijuana, ¿cómo ve?». Más tardó en decirme que yo en arrancarme con la camioneta. No, no puede ser, decía, se han de haber equivocado, mi Thalía no puede ser; pero sí era. Arriba del cerro, está el Hospital Imss-Coplamar, dice en la entrada, de un solo piso, y ahí pregunté por ella, por la

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Wendolyn. Rosa, les dije. Me respondieron que si yo era pariente o por qué quería verla y que a esas horas ya no se admitían visitas. Entonces que pregunto por María Elena Saldívar, la enfermera que le platicó todo, que yo era compadre de su vecino y pos que quería ver a la muchacha. «Mire, ella está muy mal, apenas y se le entiende. Por tratarse de usted, y como un favor muy especial, lo voy a dejar que la vea; pero por muy breve tiempo. Acuérdese que ella está enferma y que no puede salir de aquí hasta que no esté completamente desintoxicada, hasta entonces la van a dar de alta». La seguí por un pasillo largo. «Espérame aquí», dijo, y se fue para regresar con la Wendolyn. Cuando ella me vio, se rio y le dio gusto, la enfermera nos dejó solos, ahí en las sillas del pasillo. «Me quieren matar», me dijo la Wendolyn, temblorosa y con la vista como perdida, «estos cabrones, me quieren matar, sácame de aquí». Apenas y le pude entender lo que me decía; parece ser que este cabrón del Carlos se la había vendido a la mafia, a ella, la Wendolyn, con el pretexto de dizque trabajar de artista, haciendo películas, y al final lo que hizo sí fueron películas, pero porno. «Me tenían encerrada, me golpeaban, me inyectaban droga y luego me obligaban a hacer aquello con perros, ¿tú crees?». Y se soltó llorando, así quedito

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como si tuviera miedo de que pudieran oírla. «Entonces llegó ella, Thalía, quién sabe cómo me halló, iba con otro que la ayudaba, como que ella le había pagado y ahí como pudieron me sacaron; pero entonces se armó la balacera, mataron al muchacho que iba con nosotros. Thalía traía pistola y mató a uno de los cabrones y salimos corriendo». Afuera, abajo, se ve el pueblo con sus calles desteñidas y yo oyendo el sonsonete de su voz, imaginándome todo. «Ella y yo nos queríamos, nos amábamos, éramos como marido y mujer desde los quince años, casi desde que le entramos al talón, mira...», me enseñó un montón de cartas que Thalía le había escrito, cartas de amor, «pedazo de mi corazón, cielito, reina de mi vida». Quién sabe cuántas cosas le decía y que se suelta llorando. «Toma los boletos», me dijo, «y este dinero, por si te hace falta, y nos salimos del hotel donde le habían dicho que el vuelo a Colima salía ya casi. Se veía muy bonita, con el vestido aquél, verde, el del cuello blanco de encaje, el que le compraste en Guadalajara y traía zapatillas blancas...». Se veía tan sola la Wendolyn, tan desamparada, que la tuve que abrazar, o a la mejor yo estaba igual; permanecimos abrazados, llorando, porque nos había dejado solos, solos sin su amor. «Sácame de aquí, me quieren matar». Saqué un

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fajo de billetes y le dije a la enfermera tenga pa' lo que se le ofrezca. «No aceptamos donativos en efectivo, señor, si quiere donar algo, diríjase al patronato». Ahí están los volcanes siempre juntos, tan contrarios, y siempre uno junto al otro, y yo aquí. ¿Qué quieren? Ni modo, ya estamos aquí y hay que seguirle.

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Nuestra p é ñ o r a del ~|~ívoli

La publicación postuma de Nuestra Señora del Tívoli, de Salvador Márquez Gileta, es un homenaje al escritor colímense cuya prosa se caracteriza por su juventud, agudeza y espontaneidad. Chava Márquez nació en Colima el 24 de Diciembre de 1947, y colaboró a lo largo de su vida en £/ Independiente, Cómo hacer mejor, PalapayÁgora, suplemento cultural del Diario de Colima. Publicó Lo pasión de la señorita Clara Rivas en 1987, y España, la calle en 1995. Murió el 19 de junio de 1998. En el 2000 se publicó La más exquisita agonía.

Colima, 2008

Cuaderno de narrativa con tiraje de 250 ejemplares. Diseño: Liliana Janet Rodriguez Ochoa. Cuidado de edición: Carlos López y Gabriel Govea. Editado en Colima, Col., México. Septiembre 2008.

Salvador Márquez Gileta, ¿ra/^í
¿4 muerto hace diez años, vuelve a la escena literaria con «Nuestra e./ ^ ) Señora del Tívoli», un relato trepidante. Autor de una obra breve ' ( I * '* -La pasión de la señorita Clara Rivas (1985, 2001), España, la calle > £j 4 (1995) y La más exquisita agonía (2000)-, este escritor supo ' / ^ compenetrarse en el modo de ser colímense, con una mirada incisiva * '/" sobre la sociedad y su reflejo, el poder. La pluma de Chava Márquez ffs *2T* delinea, con oficio, personajes en el límite, en un contexto en el que i S ^ , se £ t privilegia el oído sobre la imaginación, la intuición sobre la ?u<fLr" fantasía. £«, m**1* El autor de esta historia logra un retrato local que trasciende a c* * ^,0 <^' lo nacional. La terrible situación, latente, de las muertas de Ciudad " 5 v ' * fa Juárez, duro golpe a la conciencia de este país, se denuncia con toda §£^ su crueldad desde sus entrañas, la corrupción, la miseria. *>. ~ ^' Inédita hasta hoy, se pone en las manos de los lectores, para '*> ¿^ A " n * i ° recordar a un narrador fundamental de Colima, alguien que sigue ^^ viendo los problemas de este país como si estuviera vivo, lo que ¿o^Z*"* 9 '-<£ comprueba la vigencia de su escritura, su condición de demiurgo.

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Carlos López

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Caf* Universidad de Colima

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Archivo Histórico del Municipio de Colima

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