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Sol y Luna, Hielo y Nieve

Jessica Day George

Traducción Libre

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A mis padres: Me dieron la vida, me dieron amor, me dieron un pasaje a Noruega... Gracias

Te amare siempre, te extrañare siempre corriendo noche y día, más allá del sol y la luna, del hielo y la nieve. Sin nunca mirar hacia atrás, sin nunca olvidar.

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Índice
Resumen....................................................005 Primera parte............................................006 Capitulo 1..................................................007 Capitulo 2..................................................010 Capitulo 3..................................................015 Capitulo 4..................................................023 Capitulo 5..................................................029 Capitulo 6..................................................033 Capitulo 7..................................................039 Capitulo 8..................................................046 Segunda parte...........................................051 Capitulo 9..................................................052 Capitulo 10................................................059 Capitulo 11................................................065 Capitulo 12................................................075 Capitulo 13................................................081 Capitulo 14................................................087 Capitulo 15................................................091 Capitulo 16................................................095 Capitulo 17................................................100 Capitulo 18................................................106 Capitulo 19................................................111 Capitulo 20................................................117 Capitulo 21................................................120 Capitulo 22................................................124 Tercera parte.............................................128 Capitulo 23................................................129 Capitulo 24................................................137 Capitulo 25................................................141 Capitulo 26................................................149 Cuarta parte..............................................153 Capitulo 27................................................154 Capitulo 28................................................162 Capitulo 29................................................168 Capitulo 30................................................174 Capitulo 31................................................180 Epílogo ......................................................190 Agradecimientos......................................194

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Resumen:
Bendecida, o maldecida, con la habilidad para entender a los animales, se ha sentido siempre separada de su familia, quienes luchan para ganarse la vida en el frío norte azotado por el viento. Así que cuando un isbjørn la busca y le promete que mantendrá a su familia si lo acompaña a su palacio, no lo duda. Pero el gran oso polar no es lo que parece, y tampoco su palacio. Poco a poco la joven va desvelando el misterio del encantamiento del oso y el hechizo que lo conecta con los extraños símbolos tallados en los muros del palacio de hielo. En un viaje a un lugar al que hasta los cuatro vientos temen viajar, la verdad sobre el hechizo del oso será revelada, y el valor y su amor, serán puestos a prueba.
Basado en la leyenda nórdica “Al este del sol, al oeste de la luna”.

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Primera parte
La hija más joven del leñador

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ace mucho tiempo en un lugar lejano, en la tierra del hielo y la

nieve, llegó un momento en que el invierno parecía que no tendría fin. Los meses de verano, que deberían haber dado un respiro a la tierra, eran húmedos y fríos, y los meses de invierno se llenaban de nieve y eran más fríos aún. La gente decía que el frío había durado cien años, y temían que durara cien años más. No era un invierno natural, y nadie sabía qué bruja o duende había causado que el viento aullara tan fieramente. No había nada que hacer en las largas noches cuando el sol nunca se ponía y el día nunca llegaba, pero se apiñaban junto a la chimenea y soñaban con el calor. Como consecuencia de ello, muchos niños nacieron y crecieron, y como el alimento escaseaba, la desesperación de la gente creció aún más. Parecía que no había un lugar más sombrío que la casa del leñador Jarl Oskarson. Jarl era un hombre amable, y dedicado a su familia. Pero él y su esposa, Frida, habían sido bendecidos, o maldecidos -dependiendo del punto de vista-, con nueve hijos. Cinco de ellos eran varones, que eran a su vez una ayuda para sus padres, pero cuatro eran niñas, lo que disgustaba mucho a Frida. "No tengo ningún uso para las niñas", decía con desdén, mientras se sentaba junto al fuego. "Son unas cabeza hueca y un día costarán a la familia que los asolará la pobreza por el pago de una dote". Nadie se atrevía a señalar que las cuatro chicas se ocupaban de todas las labores de la casa, la cocina, el lavado y remendado, dejando a Frida con un amplio tiempo de ocio. Así que fue una decepción para Frida el ver que su noveno alumbramiento, dio lugar a una nueva niña sin valor, bebé que puso a que llorara en los brazos de su hija mayor, Jorunn, y se negó a darle un nombre. Debido a que el nombramiento de las hijas era una tarea de las madres, y su madre se había negado a esa tarea, la novena hija de Jarl Oskarson permaneció sin nombre. Simplemente la llamarón Pika, que significa niña en el lenguaje del Norte. El que su última hija no tuviera nombre, preocupaba a Jarl. Los Niños sin nombre no podía ser bautizados, y los trolls eran conocidos por robar a los bebés no bautizados.

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Jarl amaba a sus hijos a pesar de la pobreza de la familia, por lo que se decidió a dejar regalos para apaciguar a los trolls. Quesos, miel, dulce de leche, pasteles de almendras y otras exquisiteces que apenas podían permitirse. Frida pensaba que era un desperdicio, ya que no creía en duendes, pero Jarl pasaba la mayor parte de sus días en medio del bosque, y había visto cosas preocupantes allí. Cuando la comida desaparecía, lo vio como una evidencia de que tales criaturas eran reales, pero Frida sostenía que lo más probable era que los perros de sus vecinos estaban engordando mientras ella pasaba hambre.

Cuando Pika tuvo 9 años, el hijo mayor, Hans Peter, llegó a casa desde el mar. Era un joven alto, de ojos azules y guapo, o por lo menos había sido guapo antes de irse. Ahora, después de 5 años a bordo del buque mercante Dragón del Mar, se veía encogido y cansado, su pelo se acercaba más a la plata que al oro, y sus ojos azules, tenían una mirada embrujada. Había viajado mucho, dijo, y visto más maravillas de las que podría describir y otras cosas demasiado terribles para relatar. Había sido herido en un viaje al norte, tan lejos que el sol y la luna parecían tocar el cielo al pasar, y ahora estaba en casa para quedarse. Esto molestó mucho a Frida, porque había estado muy contenta de enviar a su hijo mayor a recorrer el mundo, era una boca menos que alimentar y además una promesa de un salario extra que aportar a la familia. Pero ahora Hans Peter se sentaba todo el día en su casa de campo, tallando figuras extrañas sobre la leña, antes de dejarlas caer en el hogar. La lesión de Hans Peter debió haber sanado antes de que regresara a la casa, o tal vez, -Jarl decía a los demásno era una lesión del cuerpo. Sea lo que fuera, no había ni rastro de enfermedad ahora, salvo por la melancolía del joven. Pero Pika lo adoraba. Pensaba que su hermano seguía siendo el hombre más guapo del distrito, a pesar de que todos los demás decían que el título había pasado al hermano que le seguía, Torst (que como todos los hijos varones del leñador era rubio). Pero a Torst le gustaba tirarle de las trenzas y burlarse de ella, mientras que Hans Peter era de voz suave y amable. Había aprendido algo de la lengua de los ingleses en sus viajes, y llamaba a la niña más pequeña "lass". Todavía seguía significando nada más que chica, pero sonaba más bonito que pika. —Sí, lass, — él decía, sosteniendo un pedazo de madera que había tallado, para mostrarle las extrañas marcas angulares sobre ella—. Es un oso. Y esto aquí, —señalando a otra—, es una ballena. — Y luego los echaba al fuego.

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Y la chica asentía solemnemente y se acurrucaba más cerca para escuchar una de sus raras historias sobre la vida de los hombres en el mar. Jorunn, quien, como la hija mayor, tenía el encargo de enseñar a los niños más pequeños las letras, se burlaba de lass, cuando insistía en que las tallas de Hans Peter eran una especie de lenguaje. —No es el lenguaje de Inglaterra, eso es seguro, — replicaba, lanzando otra de las esculturas en el fuego y usando un pedazo carbonizado de la leña para escribir el alfabeto en la mesa—. Por lo que dice el sacerdote, cada país cristiano usa las mismas letras. Y el sacerdote fue a la escuela en Christiania Sus palabras tenían un peso solemne: Christiania era la capital, y el sacerdote era la única persona en toda la zona que había estado allí. Pero Hans Peter seguía mostrando a lass las tallas, y ella continuaba estudiándolas con los ojos grandes y solemnes. De todos los niños, solo ella tenía los ojos marrones oscuros, aunque su pelo era más rojizo que dorado, que no era poco común en esa familia. Antes de que se pusiera gris, Jarl tuvo el mismo color de cabello, y cuatro de los nueve hijos lo habían heredado. Cuando lass tuvo 11 años, Jorunn se casó con el hijo de un granjero que era demasiado pobre como para necesitar mucho de la dote, y se trasladaron a una habitación extra en la casa de los padres de él. Ese mismo año, Hans Peter comerció algunas de sus esculturas más comunes en el sur, por lo que la familia recibió harina y sal que tendría que durar otro invierno. No había disfrutado particularmente haciendo cuencos y cucharas de madera, pero los patrones de peces y aves que había tallado en los bordes de los cuencos habían hecho a lass aplaudir con placer. Frida quedo ligeramente apaciguada, y un poco de la carga de Jarl estuvo aliviada.

Y lass creció, y Hans Peter siguió tallando. Y el invierno continuó, sin señales de la primavera.

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n el Norte, se dice que el tercer hijo es el hijo afortunado. Él es el

que va a ir muy lejos, y ver la magia. El tercer hijo del rey Olav Hawknose había viajado con el viento del norte en una batalla y regresó a casa victorioso, cargado con oro y se casó con una princesa extranjera. En los cuentos al tercer hijo se lo llama Ash-Lad, o Askeladden, y es a la vez inteligente y afortunado. Con la esperanza de inspirar a su tercer hijo a tales alturas, Frida lo nombró Askeladden. La esposa del leñador soñaba que un día viviría en el palacio de su propio Ash-Lad, que él construiría para ella con el oro que encontraría en un tronco hueco. Luego salvaría a una princesa encantada y la llevaría al palacio para vivir con él y su cariñosa madre . Askeladden Jarlson, sin embargo, no fue el héroe de la leyenda y los cuentos, y todo el mundo -menos su madre- lo sabía. Prefería beber la cerveza cruda de las montañas y esquivar el trabajo de vivir de la tierra o el sentido común. Y, como le dijo a la joven lass con un guiño y un codazo, él prefería las picantes hijas de los agricultores que las princesas de hielo. Esta tarde en particular, Hans Peter se había movido más en el banquillo y dio a lass el lugar más cercano al fuego. Él solía sentarse allí por la conveniencia de la luz y así poder lanzar sus virutas en el fuego con un fácil lanzamiento, pero él no necesitaba el calor. El frío no parecía morder en sus huesos como lo hacía con el resto de la familia. Él decía que era porque había estado en un lugar que era más frío que el infierno, y nada después de eso se sentía tan frío. —Aquí, lass, —dijo su hermano mayor, sosteniendo un pedazo de madera—. ¿Qué es esto entonces? — Ya con 12 años, podía reconocer muchos de los símbolos extraños. —Reno, —respondió con prontitud—. Pero no se lo muestres a Madre, va a estar muy enojada. Hans Peter le guiñó un ojo, de una manera mucho más amigable de la que Askel lo hacía.

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—No te preocupes. Antes de que puedas arrugar esa bonita nariz, esta será una cuchara redonda con flores. La puerta de su pequeña cabaña se abrió de golpe, y Einar de 15 años, entro con precipitación. Dejó la puerta abierta en su prisa, dejando entrar al viento y la nieve. Se puso de pie en medio de la sala, con las manos sobre las rodillas y jadeó por unos minutos. El resto de la familia, los que estaban en la casa, en todo caso, lo miraron fijamente. Pasaron algunos momentos antes de que Katla de 16, corriera a cerrar la puerta. Se dio la vuelta para seguir mirando a Einar tan pronto como la puerta estuvo trabada con el pasador. —En... en el pue... pueblo, —jadeó—. Jens Pederson dijo que lo vio. —¿Vio qué? — Askel levantó la vista de la esquina donde estaba limpiando sus botas desgastadas. —Que los Santos me preserven de los niños mentecatos, —murmuró para sí misma Frida, y tiró con más fuerza del andrajoso chal sobre los hombros. Cogió su labor de punto, ignorando a Einar. —E.. el... él, — tartamudeó Einar. —E.. el... él, —se burló Askel, y volvió a su pulido. —El reno blanco. — Einar escupió fuera, por lo que su familia se congeló de asombro. Las historias de los renos blancos eran tan abundantes como las historias de los afortunados tercer hijos. Todo el mundo sabía que, al que encontrará al reno blanco, este le daría un regalo. ¡Y qué regalos maravillosos los renos habían otorgado! Fabulosas dotes para las hijas de los pescadores pobres, sacos de oro, casas nuevas, teteras que estaban siempre llenas hasta el borde, con alimentos deliciosos, botas de siete leguas, barcos de oro ... y muchas cosas más maravillosas. Todo el mundo se puso de pie, las mandíbulas contenidas. Todo el mundo excepto Hans Peter, quien negó con la cabeza y volvió a tallar. Askeladden cruzó la habitación en dos zancadas y agarró por los hombros a Einar, sacudiendo al muchacho más joven. —¿Estás seguro? ¿El reno blanco fue visto? — Einar asintió, enmudeciendo de nuevo—. ¿Dónde? —Ha...hacia el este, pasando la por granja de Karl Henrykson. En las tres caídas de agua. — Askel tiró a su hermano y cogió las botas que había estando puliendo. Se calzo y se puso una de las parkas remendadas que colgaban en la puerta. Luego se llevó un par de esquís y bastones.

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—No me espere despierta, Madre, — dijo alegremente, y salió a la nieve. Los otros chicos, que hasta ahora no habían dicho una palabra, se apresuraron a seguirlo. Frida no hizo ninguna observación ya que todos los hijos que le quedaban salvo Hans Peter y lass estaban separando las ropas de abrigo y los esquís para salir al frío. Cuando el último de ellos se hubo marchado, se volvió hacia Hans Peter y lass, disgustada. —Bueno, sus hermanos y hermanas están decididos a hacer fortuna para esta familia, pero veo que ustedes no. — Les espetó. Ella se dirigió hacia la chimenea y tomó la cuchara que Katla había estado usando para revolver la sopa. —La pequeña es demasiado joven para estar fuera en el bosque persiguiendo rayos de luna, —dijo Hans Peter—. Y un niño sin nombre nunca debería errar por el bosque. —¿Y cuál es la excusa para un hombre grande como tú? Más bien permanecer sentado todo el día frente al fuego como una vieja calentando sus perezosos huesos. —Lass es muy joven, y yo soy demasiado viejo, —dijo Hans Peter suavemente—. Fui a perseguir rayos de luna a bordo del Dragón del Mar, y siempre lo he lamentado. La pequeña lass pasaba la mirada de su quejosa madre a su hermano de mirada triste y no sabía qué hacer. Podría permanecer aquí, supuso. Como Hans Peter había dicho, ella era demasiado joven para estar en el frío y la noche estaba cayendo. Pero qué cosa más gloriosa sería encontrar al reno blanco, lass pensó, y le pediría que hiciera a Hans Peter feliz de nuevo. —Yo también voy, —anunció, y se levantó de su lugar junto al fuego. Sintió un estremecimiento de miedo, pero pensó que si algún troll se enfrentaba a ella, clamaría ser su hermana Annifrid. —¿Qué? — Hans Peter la miró sorprendido. Dejó caer el pedazo de madera que tallaba y tomó una de sus manos entre las suyas—. Mi pequeña lass, esa no es una buena cosa para hacer. —Voy a estar bien, —le dijo ella, reuniendo una confianza que no sentía. —No hay más parkas, — señaló Hans Peter. —Voy a usar una manta, —dijo lass después de un momento de reflexión. Había puesto su mente en la búsqueda del reno, por amor a Hans Peter, y nada la detendría.

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—Vas a morir de frío, —dijo su madre con voz aguda—. Si hubieras querido una parka para usar, deberías haberte movido más rápido. Ven y revuelve la sopa, todavía está a medias, joder. —No. —lass levanto la barbilla—. Voy a encontrar al reno blanco. —Entonces usa la mía, — dijo Hans Peter. Subió a la buhardilla y lass lo oyó rebuscar en su baúl. Rara vez lo abría, y pudo oír chirriar las bisagras en protesta cuando la tapa se cerraba. Hans Peter bajó por la escalera y le tendió una parka y un par de botas. —Esto te mantendrá caliente. Y a salvo. —Oh, ¡yo no podría! —Subió sus manos a las mejillas, sorprendida por la belleza de los objetos que tenía ante ella. Las botas y la parka se alineaban con la más fina piel blanca que había visto nunca. En el exterior eran de lana suave blanca como la nieve recién caída, bordado con franjas de color rojo sangre y azul celeste. Los patrones de punta del bordado tenían el estilo de los grabados de Hans Peter, pero ninguno de estos símbolos le eran familiares a la joven. —Puedes y lo harás, — dijo, sosteniendo las prendas—. Las botas son demasiado grandes para ti, por supuesto. Pero si mantienes tus viejas botas debajo, funcionara lo suficientemente bien. Átalas en un par de raquetas y serás capaz de caminar como un oso. Y la parka te cubrirá de proa a popa, que es una cosa buena en este frío. —Esas cosas son demasiado finas para ella, —replicó su madre, con los ojos relucientes al mirar las costuras y verificando la calidad—. Podríamos venderlas al próximo comerciante a un ojo de la cara, no hay duda. — Ella cruzó los brazos bajo el pecho—. ¿Por qué no dijiste antes que tenías cosas para un comerciar? ¡Y aquí la familia esperando! —No voy a vender esto ni por amor o dinero, — dijo Hans Peter. Sus ojos tenían la misma mirada muerta de cuando había llegado a casa, la mirada que sólo ahora empezaba a desvanecerse. —Pero... — comenzó a decir Frida. —Yo no voy a vender estas ni por amor ni por dinero, —repitió su hijo mayor—. Las gane con sangre, y partiré con ellas cuando la muerte me lleve, pero no antes. Lass las tendrá esta noche, y después de eso, ¡de nuevo en mi pecho irán! Sin querer discutir con él con ese extraño estado de ánimo feroz, lass tomó la ropa que le ofrecía y se las puso.

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La parka le llegaba mucho más allá de las rodillas y las botas la rozaban. Con sus propias botas desgastadas por debajo, apenas estaban lo suficientemente ajustadas, y tuvo que empujar las mangas pesadas de la parte de atrás de la parka con el fin de utilizar sus manos. —Nunca he estado tan caliente, — dijo ella con asombro. Nunca había sabido lo que era sentir ese brillo cálido en todo el cuerpo como el que se sentía en las mejillas y las manos cuando se sentaba junto al fuego. Su hermano tiró de la capucha para ponérsela, metiendo su pelo adentro y tiró de las cintas que estaban alrededor de la cara. —Si Dios quiere, algún día tendrás ese calor todo el tiempo, — le dijo a ella, con la voz ronca por la emoción. Luego, le remango las mangas mientras ella se ponía sus guantes, y se fue en busca del reno blanco.

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o pasó mucho tiempo para que la joven encontrara el rastro de

los otros buscadores. La nieve había quedado tan pisoteada y embarrada que era difícil ver lo que estaban siguiendo; cualquier signo dejado por el reno blanco llevaba mucho tiempo borrado. Incluso a través de la gruesa capucha forrada de piel de la parka de Hans Peter, podía oír a los perros ladrando y a los hombres gritando y maldiciendo. Ella puso los ojos en blanco por la locura de todo ello. Cualquier animal huiría al oír tal estruendo, y el reno blanco era una criatura de la naturaleza, una bestia mágica con la inteligencia de un hombre. Seguro que ya se habría marchado. Los buscadores se había dirigido directamente por la ladera de la montaña, y lass podía verlos ahora, luchando entre los pinares densos. Así que se fue alrededor de la ladera en vez, siguiendo a un pequeño arroyo que serpenteaba entre los árboles. Los bordes estaban cubiertos de hielo, pero el centro todavía corría libre donde el flujo se movía rápido. Estaba disfrutando tanto de la sensación de estar caliente, y ya llevaba bastante tiempo caminando por la orilla, que no se dio cuenta de lo que estaba viendo cuando rodeo una roca y se encontró con el reno blanco. La roca ocultaba un pequeño bosque, denso. Y atrapado en esa espesura estaba la criatura legendaria. Era casi tan blanco como la nieve a su alrededor. Como blanco o blanca era la parka que llevaba. Como todo lo blanco que había visto en su vida. Sus grandes cuernos eran oscuros y bruñidos como la madera pulida, y sus ojos balanceados eran más negros que el hollín. —¡Oh, pobrecito! — Lass se fue hacia delante para ver si podía ayudarlo—. Estás atrapado. — Por las huellas en la nieve, el reno había estado viniendo por el lado de la montaña y se había deslizado hacia abajo en una pequeña bajada en las zarzas. El animal gruñó y trató de deslizar en ella sus cuernos enredados mientras se acercaba, pero lass simplemente chasqueó la lengua—. Yo puedo ayudarte a liberarte, sólo quédate quieto ahora, —dijo con una voz suave. Todo pensamiento de tener a la criatura allí hasta que le concediera su deseo se había ido. La joven tenía un corazón tierno y odiaba ver a un animal sufrir. Las zarzas había arañado al reno terriblemente, y oscuras gotas rojas

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manchaban la piel blanca y fina. Su respiración hacía nubes en el aire, y sus pezuñas golpeaban haciendo chispas en las piedras bajo la nieve batida. —Sh, sh, sh, —lo tranquilizó lass—. Voy a liberarte. — Moviéndose lentamente, se acercó al animal y se apoderó de un pedazo largo de la zarza que se había enrollado varias veces alrededor de la parte izquierda de la cornamenta del reno. Las cañas todavía estaban verdes en el corazón, lo cual era malo para el reno, ya que implicaba que no iba ser fácil su liberación. Tan pronto como liberó la primera caña, saltó hacia atrás, pinchándose el dorso de la mano, incluso a través de su guante de lana gruesa. La caña golpeó al reno en la cabeza, haciendo que el animal bramara y se contorsionara. —Deja de hacer eso, —ordenó lass—. ¡Estás empeorando las cosas! Al darse cuenta de que no había otra manera, abrió su parka para poder acceder al pequeño cuchillo que llevaba en el cinturón. La ráfaga de aire frío que entró congeló sus costillas hasta que pensó que el sólo respirar podría quebrarlas. Al ver el cuchillo por el rabillo de un ojo, el reno blanco pataleo y bramó, pero no pudo ir muy lejos. Estaba tan bien envuelto por las zarzas que nunca conseguiría liberarse. —Tranquilo, —dijo lass—, esto es para las zarzas, no para ti. Cortar las cañas era tedioso y con los guantes se hacía más difícil. Se los quitó, pero sus dedos rápidamente se volvieron demasiado rígidos para ser de gran ayuda, y tuvo que ponérselos nuevamente y frotar las yemas de los dedos hasta recuperar la sensibilidad. Todo el rato cantaba suavemente la canción de cuna que Jorunn le cantaba cuando era pequeña. El canto relajó al reno, y se calmó bajo sus manos, lo que hizo mucho más fácil el desenredar los cuernos de la criatura. Trató de cortar el menor número posible de zarzas, viendo que cada rama cortada significaba menos moras para encontrar en los próximos meses. Pero era más importante liberar al pobre animal. Cuando la última de las ramas estuvo suelta y el reno pudo levantar la cabeza y sacudir sus grandes cornamentas en el cielo, lass dio un grito de alegría. El reno blanco salió con cuidado desde el círculo de las zarzas destrozadas y se volvió para mirarla. —Gracias, — dijo él.

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La mandíbula de la joven cayó. Había estado tan absorta con la liberación del reno, que se había olvidado de que no era uno cualquiera. Esta era una criatura mágica ... una que podría conceder deseos. —De nada, — dijo ella, sintiéndose de repente tímida. No había atrapado al animal, ¿pero tal vez, si se lo pidiera amablemente ... ? Ella hizo un movimiento tentativo con una sola mano. ¿Tal vez debería agarrar los cuernos, mientras que todavía estaba cerca? Pero no se atrevía a hacerlo. —Voy a concederte una bendición, — dijo el reno. Su voz era ronca, pero musical, e hizo que el corazón de lass le doliera al oírla, como si estuviera escuchando una hermosa música que nunca más volvería a escuchar de nuevo. —Oh, por favor, eso sería maravilloso, — dijo lass. Ella hizo como si fuera a aplaudir con las manos enguantadas, pero recordó justo a tiempo que todavía sostenía el cuchillo, y se apresuró a dejarlo en uno de los bolsillos de la parka. —¿Qué deseas? —Deseo que mi hermano Hans Peter sea sanado. — Dijo la niña, conteniendo el aliento por la esperanza. —¿Está enfermo? —Él se fue al mar, y cuando regresó, él estaba ... diferente. Marchito. Triste. Apagado. — Era difícil describir el cambio. No había nada específico, sólo una sensación general de injusticia cuando se comparaba el de ahora con el que había sido. —Hmm, un rompecabezas, — dijo el reno blanco. Pataleó y desplazó sus pies en la oscuridad. Lass se movió también, ahora que su cabeza estaba libre, el enorme animal era más alto que ella y su cornamenta se mostró más ancha que los brazos de ella extendidos—. ¿Qué es eso? — La voz el reno se volvió aguda. Con su hocico de terciopelo, señaló a la manga de la parka de Hans Peter. Lass miró hacia abajo. La luna se levantaba, y en su luz lechosa el bordado de la parka se destacaba como las gotas de sangre seca en la piel sedosa del reno. Frunció el ceño ante el bordado. Algunos de los símbolos parecían medio familiares, y se aventuró a adivinar algunos que estaban alrededor del manguito. —¿Un viaje? ¿El hielo y la nieve? —Son marcas de los trolls, — pregonó el reno. Se apartó de ella—. ¡Has sido maldecida por los trolls! —No, no, no, —protestó lass—. Es la parka de mi hermano, y sus botas. Él los trajo de sus viajes del mar. ¡Por favor ayúdalo! — Extendió sus manos hacia el reno en señal de apelación.

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—No hay nada que yo pueda hacer, — dijo el reno, temblando y echando gotas de sangre en la nieve a su alrededor—. Si las marcas de esta prenda son verdaderas, entonces, el daño de él está más allá de mi poder. La muchacha comenzó a llorar. ¿Hans Peter, maldito? Entonces no había nada que pudiera hacer y él tendría que pasar su vida allí, debajo de los ojos amargados de su madre, obsesionado por este mal. Ella se dejó caer de rodillas. —Tch, tch, pequeña, — dijo el reno con voz amable. Hizo cosquillas en su hombro con sus labios suaves—. ¿No hay nada que quieres para ti? ¿Un bonito vestido? ¿Una dote? Es lo generalmente se solicita para las niñas humanas. ¿Te gustaría un pretendiente guapo? La joven soltó una risa temblorosa y se limpió las lágrimas de sus ojos. —No creo que vaya necesitar una dote, y dudo que cualquier pretendiente me vaya a cortejar por mucho tiempo, — le dijo al reno—. Soy una no deseada cuarta hija. Ni siquiera tengo nombre. —Entonces te voy a dar uno, —dijo el reno blanco—. Una criatura de espíritu generoso debería tener un nombre propio, o los trolls podrían llevarte lejos y utilizar ese buen espíritu para alimentar su magia oscura. Y entonces el reno se inclinó con su fino hocico de terciopelo hacia la oreja de la niña, y la llamó en el lenguaje de las grandes bestias de la selva y la montaña, el mar y la llanura y el desierto caliente, que es el verdadero lenguaje de toda la creación. La muchacha, que ahora tenía un nombre para atesorar en su corazón, levantó los ojos brillantes al reno blanco. —Gracias, gracias, mil veces gracias. — Más arriba en la ladera de la montaña, lass oyó los sonidos de gritos y el estrépito de los perros y los hombres intimidantes abriéndose paso entre la maleza—. Anda, date prisa, —le dijo al reno blanco. El enorme animal inclinó su cabeza y presionó su nariz negra en el centro de la frente de lass, y luego dio media vuelta y echó a correr hacia la noche. Lass se quedó donde estaba, de rodillas al lado del arroyo, hasta que los buscadores la encontraron. —Pika, ¿qué estás haciendo aquí? — Askeladden la agarró del brazo y tiró de ella hasta levantarla—. ¿Viste por dónde el reno se ha ido? — Ella parpadeó, pensando rápido. Los otros se agruparon en torno, sosteniendo las

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antorchas en alto. Unos pocos incluso llevan lanzas, como si pensaran que sería posiblemente mejor herir o matar al reno antes que dejarlo escapar. —¿De qué estás hablando? — Lass miró alrededor aparentando inocencia—. ¿Askel? ¿Por qué has venido por aquí? — Ella señaló las huellas en la nieve que llevaban lejos de donde se encontraban—. ¿Pensé que estabas buscando un reno blanco? —¡Lo estamos, niña tonta! —Askel gritó—. ¿Lo has visto? —Ese no era el reno blanco, era uno marrón. Se quedó atrapado en las zarzas y lo libere. — Se soltó de su agarre—. Pensé que podría ser uno de los nuestros, pero era salvaje y salió corriendo. —¿Un reno marrón? — Askel se encogió, la consternación en su cara era grande—. ¡Lo vi desde lo alto de la colina! Podría haber jurado que era blanco. —Tenía nieve atrapada en su piel, —dijo. —Ya, Askel, nos has estado llevando a una divertida persecución , y sin ningún propósito, —gritó uno de los otros hombres, disgustado. Los otros estaban quejándose también, y unos pocos habían empezado a ir en otras direcciones, en busca de huellas. —¡Gah! — Askel llevó sus manos sobre su cara con irritación—. Nunca vamos a encontrar nada en esta oscuridad, incluso con la luna, — se quejó. Él gruñó y se volvió hacia su hermana—. Será mejor que estés en casa, Pika. No es seguro para ti estar aquí, ya lo sabes. —Entonces fijó los ojos en lo que llevaba puesto. Se estrecharon, y él contuvo el aliento—. ¿De dónde sacaste esa parka? — Su propia parka era una variada colección de pieles viejas y trozos de lana, más parches que nada. —Es de Hans Peter, — dijo ella, alejándose de la mirada codiciosa de su rostro—. Y él me dijo que la podía usar prestada, sólo por hoy. —Así que eso es lo que ha estado escondido en ese cofre viejo, — musitó su hermano con una dura expresión en su rostro—. Me pregunto qué otra cosa trajo de su viaje. —Nada para ti, — replicó lass, pero Askeladden no la escuchaba. Estaba mirando a través de la corriente, había una mirada calculadora en su rostro—. Me voy a casa, — dijo, pero su hermano no respondió. No lo repitió, simplemente se volvió y se dirigió de nuevo a lo largo del río y la ladera baja de la montaña hacia la pequeña cabaña de su familia.

—¿Y bien? — Su madre estaba de pie junto a la chimenea, con la mirada enojada. —Encontré un reno marrón, —dijo lass, quitándose la hermosa parka y levantándola hacia Hans Peter.

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—Un reno marrón nos hace poco bien, — gruñó su madre—. Tenemos renos marrones en abundancia en el granero, ¿o no lo sabías? — Ella se fue de nuevo hacia la olla. Hans Peter tomó el abrigo de lass y se arrodilló para ayudarla a quitarse las botas. La chica le dio un golpecito en el hombro y, cuando levantó la mirada, sacudió la cabeza ante la escalera hasta el desván. Él asintió, comprendiendo. —Ayúdame a guardar estas cosas, ¿quieres? — Dijo para el beneficio de su madre. Ella tomó la bota derecha, él la izquierda, y lass lo siguió hacia la escalera. Él no abrió el cofre traído del mar frente a ella, sino que se sentó en el, y le hizo señas para que pusiera la bota al pie de la cama. Lo puso en el suelo junto a su compañero con reverencia y luego se sentó en el extremo de la cama para poder hablar bajo y aún ser escuchada. —Askel me vio en estas cosas, —dijo, sintiéndose avergonzada, como si hubiera traicionado un secreto—. Se preguntó qué más habías traído de tus viajes. —Él ha estado detrás de mí antes, cuando recién regrese, —dijo Hans Peter, negando con la cabeza—. Ah, bueno, parece que estoy listo para otra ronda de hostigamiento. — Vio su rostro afligido y sonrió—. No te preocupes, mi lass. Askel es persistente, pero yo soy terco. No va a encontrar nada que yo no quiera. — Él se frotó las manos con fuerza, como si se estuviera lavando del tema—. Ahora. No creo que hayas visto rastros del reno blanco, ¿verdad? Lass pensó en decirle la misma mentira que le había dado a Askel y su madre, pero su expresión la delató. No podía mentir a Hans Peter, no cuando él era siempre muy amable con ella, y le había permitido usar su parka y botas especiales. —Lo has visto, — respiró Hans Peter. Su rostro se iluminó—. ¿Fue magnífico? —Lo fue, — estuvo de acuerdo, rebotando un poco en la cama con los recuerdos. —¿Qué tan cerca has estado? —Muy cerca. — Soltó una risita ahogada. —Muy... — Se maravilló ante ella—. ¿Has cogido al reno blanco? —Algunas zarzas lo atraparon para mí, —susurró, inclinándose aún más cerca—. Y me sentí tan mal, por lo que lo libere sin preocuparme por si era blanco o marrón. Y así... — Pero luego se detuvo. Se le había concedido una bendición, no la que le había pedido, pero un regalo invaluable.

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—¿Se concederá tu deseo? — Hans Peter esperó a su movimiento de cabeza—. Supongo que no pediste una casa nueva o que la cena no se quemara nunca más, —dijo con una risa suave. Lass cerró los ojos, sintiéndose tonta. Por supuesto, ¡debería haber pedido una casa nueva O una olla de sopa que nunca se acabara. ¡O una bolsa de oro! —Me ofreció una rica dote, —murmuró. —Pero no lo tomaste, porque eres demasiado inteligente para eso, — dijo él, acariciándole la mano—. Demasiado inteligente para desear darle a este montón de ingratos un palacio de oro. —Debería... —Tú no deberías..., — le aseguró a ella—. Por favor, dime que, sólo por esta vez, querías algo para ti misma. —Lo hice, —se sonrojó y bajó la cabeza. —¿Qué fue, si se puede saber? —Un nombre. Se hizo un silencio entonces. Durante mucho tiempo, el hermano y la hermana se sentaron juntos, sin moverse. Entonces Hans Peter soltó su mano fría y puso su brazo alrededor de ella, sujetándola con fuerza contra su cálido cuerpo. —Ah, mi pequeña lass, —dijo finalmente—. ¡Qué tesoro para darte!, ¡tú que ni siquiera has tenido un nombre propio! —¿Te gustaría ... te gustaría oírlo? — Se atragantó. No había pensado en lo incómodo que iba a ser, decirles a sus padres que tenía un nombre después de todos estos años. ¿Y si le preguntaban dónde lo había conseguido? Era un nombre muy bonito, pero cualquiera que lo oyera sabría que no era de estas tierras. —No, — dijo Hans Peter en voz baja—. Mantenlo seguro, mantenlo cerca de tu corazón. Hay lugares en este mundo donde no tener un nombre es una suerte, una cosa segura. — Su mirada se dirigió más allá de las paredes de su cabaña. La chica se estremeció un poco, al ver la desolación de su expresión. —¿Pero por qué tener un nombre si nadie lo sabe? — Susurró. —Un día habrá un tiempo y lugar para tu nombre, —le dijo—. Pero hasta entonces, tal vez sea mejor ser nuestra Pika. —Tu Lass. —Mi Lass, — él estuvo de acuerdo, acomodando un mechón de su cabello. Entonces escucharon a la puerta de la cabaña abrirse con un estruendo, y la voz de Askel rugiendo abajo. Hans Peter puso los ojos en blanco, se rió con

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su hermana menor, y descendieron juntos por la escalera a enfrentarse a su hermano.

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ue poco tiempo después que lass notó que algo en ella había

cambiado. Su familia no tenía un gato, y los renos eran atendidos por su hermano Einar. Tenían unas cuantas gallinas y pollos, pero no eran grandes conversadores, y si lass notó que podía entender su cacareo, no quedó registrado en su mente. No fue sino hasta que Jorunn y su marido, Nils, vinieron de visita, trayendo con ellos su perro de caza a medio crecer, que la joven se dio cuenta. El perro era un animal de piernas largas con un temperamento dulce que le encantaba sentarse junto al fuego mientras Hans Peter tallaba. Cuando alguien se acercaba, golpeaba la cola en el suelo y daba una mirada que era casi una sonrisa. La segunda noche de la visita de Jorunn, lass estaba haciendo lefse1. Cuando levantó uno de la plancha caliente con el palillo plano, oyó una voz que decía: —Eso se ve muy sabroso. Pensando que era Hans Peter, ella sonrió hacia él. —Gracias. ¿Quieres un poco? —¿Eh? —Hans Peter miró hacia arriba de sus tallados—. ¿Qué has dicho? —Te pregunté si querías un poco de lefse. —En realidad no. — Él hizo una mueca—. No me gusta solo. —Entonces, ¿por qué dijiste que parecía sabroso? — Ella hábilmente transfirió el disco plano de pan en el plato de la mesa. —No lo hice. — Le dio una mirada de perplejidad. La joven miró a su alrededor. No había nadie más cerca. Se oyó un golpe en el suelo, y lass miró al cachorro a medio crecer. Estaba mirando hacia ella, meneando la cola. —¿Puedo tener un poco, si es que él no lo quiere? — Ella miró fijamente al cachorro. —¿Has oído eso? — Ella señaló con el palo para el lefse al animal, pero la pregunta estaba dirigida a Hans Peter. —¿El qué?
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Lefse es un pan ligero plano tradicional típico de los países escandinavos de patata, leche o crema y levadura, elaborado habitualmente en una sartén

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—El perro pidió un poco de lefse. —No, no lo hizo. —Sí, lo hice, — dijo el perro. Sus orejas colgaban—. Pero no tiene que darme si no quiere. —Hans Peter, — dijo lass, bajando la voz para que los otros no pudieran escuchar—. El perro me está hablando. —Ya veo. — Puso cuidadosamente a un lado el trozo de madera que había estando tallando y envainó su cuchillo. De pie, se dirigió a su hermana menor y le puso una mano en el hombro—. ¿Te duele la cabeza? —No. —¿Has comido hoy? —Sí. — Ella se encogió de hombros sacudiéndose la mano de él con irritación—. Él está hablándome. No estoy enferma o loca o soñando. — Señaló con el palo al perro de nuevo—. Di algo más. —¿Puedo tener una pieza antes de que se enfríe? —¡No! — Se volvió triunfante a Hans Peter—. ¿Has oído eso? —No. — Él sacudió la cabeza, pero se quedó pensativo—. Pero he oído que hacia ruido. Gruñidos y aullidos, como hacen los perros. —Pero he oído las palabras con toda claridad. Ella golpeó el palo con frustración. Luego, al ver que su madre estaba mirando, rápidamente extendió más masa en la plancha caliente y alisó otra lefse con el borde de la barra. Mientras se cocinaba, volvió su atención al perro de nuevo. —¿Sabías que mi hermano no te ha entiendo? — Preguntó en voz baja. —No puede, — dijo el perro fácilmente—. Yo hablo todo el tiempo, pero tú eres la primera persona que entiende. — Él levantó una pata trasera y se rascó una oreja—. Tu hermana es buena, pero le ruego todo el día, y nunca me da nada bien. — Sus grandes ojos marrones estaban fijos en la pila de lefse enfriándose sobre la mesa—. ¿Por favor? Sólo un poco Lass rompió una franja en el borde de una torta, lo enrolló y se lo lanzó al joven perro. Él la atrapó con un chasquido de sus dientes y bajó la cabeza para comer. Cuando terminó, volvió a mirar hacia ella con un suspiro. —Sabia tan bien como se veía, —le dijo. —Gracias, — dijo, todavía aturdida. —¿Sigues hablando con el perro? — La expresión desconcertada de Hans Peter había pasado y ahora parecía curioso. —Sí, y él está hablando de nuevo, — dijo la niña. —¿Alguna vez has oído hablar a otro animal antes?

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—No, espera... —Frunció los labios—. Esta mañana podría haber jurado que una de las gallinas dijo: ¡Aquí viene otra vez! Cuando abrí la jaula. Pero Einar y Anni se encontraban en el patio también. —Hmm. —Hans Peter se agachó junto al perro—. ¿Puedes hablar conmigo, muchacho? El perro lo miró y dijo finalmente: —Puedo intentarlo. Hans Peter miró hacia arriba. — Simplemente sonaba como un quejido. —Dijo que iba a tratar, — informó. —¿Qué están susurrando ahí? — Jorunn, alegre y con las mejillas sonrosadas, se acercó a la chimenea—. ¿Están enseñando al perro de Nils algún truco? —Apoyó la manos de largos dedos sobre su vientre de embarazada con orgullo. Hans Peter y su hermana menor se miraron. Se aclaró la garganta. —Estábamos tratando de enseñar al perro a comunicarse, pero no parece haber funcionado. —¡Ah, bueno! Nils dice que no es muy inteligente. — Lass se enfadó ante esto. El perro parecía bastante inteligente para ella. —Creo que es inteligente. Vamos a intentar el truco de nuevo. — Ella le guiñó un ojo y señaló con el dedo al perro—. ¡Habla, muchacho! — El perro se sentó y ladró—. ¡Buen chico! — Lass le echó un poco de lefse—. ¡Ahora, acuéstate! — Obediente, se tumbó en la alfombra raída. Otro poco de lefse. —¡Date la vuelta! — El perro rodó sobre su espalda—. ¡Ah! — Lass le echó un poco de lefse tostado, en medio de los aplausos de sus otras hermanas, que se habían acercado a mirar. —Por favor, deja de alimentar al animal con nuestra cena, pika, — su madre aspiró, poniendo fin a la alegría. —Sí, madre. — Lass se enderezó y se fue a trabajar. Jorunn y Hans Peter le dieron una mirada de simpatía.

—Nils, — Jorunn saludó alegremente a su marido cuando él entró con los otros chicos del establo—. Sólo mira, mi hermana más pequeña le ha enseñado al perro algunos trucos. Nils rió y se acercó, y el perro obediente realizó sus nuevas hazañas. Cuando su madre no estuvo mirando, Jorunn trozo un poco de queso amarillo de reno que estaba sobre la mesa y se lo dio al perro. —Desearía que fueras tan buena con los renos, —dijo Einar con nostalgia cuando se sentaron a cenar—. Hay algo malo con nuestra hembra más vieja.

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—¿Qué pasa? — Jarl miró desde la cabecera de la mesa—. ¿No está dando la cantidad de leche normal? —Ella no está dando nada, —se quejó Einar—. Sólo intenta morderme cuando me acerco, y después de atarla para que poder ordeñarla, nada llega. —Eso es algo preocupante, —dijo Jarl, poniendo un poco de pescado seco en una pieza de lefse y masticando pensativamente—. Esa hembra de cara blanca, ha sido siempre nuestra mejor lechera. —Si es demasiado vieja para dar leche, entonces está lista para la olla, — dijo Frida—. Carnearla mañana. Torst, tienes una buena mano con eso. Jarl sacudió la cabeza, y el marido de Jorunn, Nils, hábilmente cambio a un tema algo más agradable. Lass estaba deseosa de seguir hablando con el perro, pero había sido desterrado al granero mientras comían. No compareció en la noche, y se vio obligada a yacer despierta en la cama grande con su madre y hermanas, preguntándose si estaba volviéndose loca, o si Dios había encontrado simplemente una extraña manera de bendecir de otra manera a una chica ignorada. A la mañana siguiente lass fue al establo a ver qué estaba haciendo Einar. Había escuchado a las gallinas, pero sólo brevemente. Estaban hablando, está bien, pero no era muy interesante, y no se dieron cuenta cuando les habló. Estaba más preocupada por la cierva, porque, al igual que su padre, no quería ver a la hembra de cara blanca masacrada. Nunca se había preocupado mucho por los renos, pero esta cierva era la más bonita de su pequeño rebaño. Pensando en el reno tomó una pausa, y se detuvo justo dentro del granero. Había hablado con el reno blanco. ¿Habría hecho algo para que ella pudiera hablar con los animales ahora? Pensó en el beso que le había dado, la forma en que su suave nariz se había sentido al tocar su frente, y el calor de su aliento. Una certeza creció en su pecho: Esto no fue un regalo de Dios, sino de los extraños y antiguos espíritus de la tierra. —¿Vas a ayudarme o no? — Einar estaba en la esquina del granero. Tenía un cubo en una mano y un taburete en la otra, utilizándolas como barreras para mantener a la hembra acorralada en una esquina. Esta estaba bramando lastimosamente, y sus ojos marrones estaban rodando. —Me duele, me duele, me duele, —gimió. —¡Einar, detente! — Lass fue hacia su hermano y le dio ligeramente un puñetazo en el hombro—. Ella está herida. —Ella es terca, — gruñó Einar, agitando el taburete en la cara del reno. Dando una especie de ladrido, el animal -normalmente amable- agachó la

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cabeza y finalmente cargó hacia Einar. Lass se adelantó y agarró el cuello con la deshilachada cuerda cuando la hembra se lanzó. La hembra grande la arrastró varios metros antes de detenerse, y Einar se sumergió en un montón de musgo seco y aserrín que se utiliza como camas para los renos. —Silencio, ya, silencio, ya, — Lass calmaba al animal—. No hagas caso a ese niño tonto, y dime qué está mal. —Me duele, — la hembra jadeó, apoyándose contra ella. Estaba temblando y había manchas húmedas de sudor en su espeso pelaje marrón. —¿Qué te duele? — Susurró lass. —Mi ubre, —dijo y se estremeció. Einar estaba de pie a unos pasos de distancia, mirando boquiabierto a su hermana menor. —¿Esta realmente hablándote? —Sí, — dijo ella rápidamente, y se arrodilló junto a la hembra—. Por favor, déjame ver. Te prometo que no te haré daño. La hembra se estremeció de nuevo, pero asintió con la cabeza al mismo tiempo. Lass se agachó y miró bajo la ubre hinchada de la hembra. Era difícil ver con todo el pelo grueso y peludo, que era probablemente la razón por la cual Einar no se había dado cuenta del problema antes. Había una marca de una mordida cerca de un pezón, y estaba infectada. —Un poco zorro la mordió, —dijo la joven a su hermano—. Mira. Einar se agachó para mirar y dio un silbido. —Bueno, bien ... Ni siquiera lo había notado, —le dio una palmada a un lado del reno—. Lo siento, chica. Voy a buscar algunos paños y limpiarte. —Padre compró ese medicamento cuando Anni se cortó la mano el año pasado, —dijo lass, enderezándose y dándole una palmadita mucho más suave a la hembra—. Hay un poco en un frasco marrón en la alacena. Asintiendo, Einar echó a correr para conseguir las telas y la medicina. Lass se quedó atrás, acariciando la nariz del reno. —Siento mucho que no lo supiéramos, —dijo en voz baja—. A partir de ahora, me aseguraré de que no haya más zorros que te perturben. Y ella lo haría. Porque ¿cómo podrían los zorros no escucharla, si ella escuchaba sus problemas a cambio?

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Pronto llegó a ser conocido en la región que la hija menor de Jarl Oskarson tenía una especial habilidad con los animales. Ella podía confiar en calmar a un caballo asustadizo o hacer entrar en razón al chucho más cabeza dura, y los zorros y los lobos daban un amplio rodeo lejos de la granja de Jarl. Cuando estas cosas se susurraban al alcance del oído de Frida, ella aspiraba y se marchaba. Pero Jarl brillaba de orgullo por su hija menor, y pensaba para sí mismo que era una lástima que su esposa nunca hubiera encontrado un nombre para ella, para la chica que se estaba convirtiendo en una joven mujer bastante bonita.

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uando lass tuvo 16 años, sólo quedaban ella, Hans Peter, y Einar

en la casa. Los demás se habían casado, o en el caso Torst y Askel, ido a trabajar a Christiania. Fue una época feliz, a pesar de las condiciones meteorológicas. Pues aunque aún estaba frío y la comida era escasa, había menos bocas que alimentar. En su manera práctica de ver las cosas, lass observaba la frialdad de su madre hacia sus hijos, y su sombrío gozo al verlos fuera hacia el mundo. Era agradable tener más espacio en la cama, y más mantas para envolverse. Era agradable tener el estómago lleno después de comer, y saber que podría tener el estómago lleno en la cena del otro día también. La reputación de lass como alguien que entendía a los animales había seguido extendiéndose, y trajo a su familia alguna pequeña recompensa. La gente podía dar media docena de huevos de una gallina para que les contara lo que estaba mal con otra, y un par de patos por ayudar a entrenar a un perro nuevo. Lass disfrutaba escuchando a los animales, aunque nunca había explicado completamente a nadie, salvo Hans Peter, el cómo llegaba a la raíz de los problemas. A los 16 años, lass debía haber estado caminando con uno de los jóvenes que vivían cerca, pero los animales le interesaban mucho más que los varones. No quería acabar como su madre: amargada y solitaria, con nueve hijos bajo los pies. Lass amaba a los niños y pensaba que algún día tal vez le gustaría tener uno o dos, pero primero quería ver el mundo. Quería viajar y conocer gente nueva, y resolver el misterio de los ojos tristes de Hans Peter. Entonces tal vez ella volvería a su valle y se casaría con el hijo algún granjero.

Un día de verano, o tan veraniego como podía ser, ella pensaba en ello mientras sacaba agua de su pozo. Ya se había llevado el queso que Jarl había dejado como una ofrenda para los trolls. Puesto que el reno blanco le había dado un nombre, había estado recuperando los regalos tan pronto como su padre se iba a cortar madera. Entonces los disfrazaba: cortaba el queso en rodajas o batía la nata en mantequilla para que no se diera cuenta. Frida tomó

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esto como una señal de buen sentido común en su hija menor, y Jarl continuó creyendo que los trolls estaban apaciguados. Con el fin de sacar agua, tuvo que golpear con el cubo, duro, y romper la costra de hielo en la superficie. Pero estaba lo suficientemente templado como para necesitar sólo un par de suéteres de lana y sus guantes, no era necesaria la parka, por lo que pensó en ir a buscar moras por la tarde. Oyó un extraño ruido de llanto. La mitad del agua se derramó fuera de la cubeta y fue de vuelta al pozo. Lass dejó caer la cuerda a través de sus guantes y se dio la vuelta. —Lo siento, pika, — gruñó una voz amigable—. No sabía que estabas distraída. — Lass miró hacia arriba, y arriba, para encontrarse con los ojos sonrientes y el rostro barbado del suegro de Jorunn, Rolf Simonson. Era un hombre enorme como un oso, con el pelo extraordinariamente oscuro y pálidos, ojos alegres. En sus brazos sostenía una manta andrajosa que se retorcía y maullaba. Eso era lo que había emitido el sonido de llanto—. Tengo algo para ti, — gruñó, sosteniendo el paquete—. Lo encontré esta mañana, y le dije a Nils: A la hermana menor de Jorunn le gustaría esta pequeña cosa. Se la llevaré. — Soltó una carcajada. Lass lo miró fijamente. ¿Por qué en nombre de todos los santos le traía un bebé? La cosa que se retorcía y lloraba no podía ser otra cosa. —Ven aquí y tómalo, chica, no va a morder, bueno, podría, pero los pequeños dientes punzantes no duelen tanto. — Movió el paquete en su dirección de nuevo. —¿Qué es eso? —Es un cachorro huérfano. —Se rió Rolf Simonson—. ¡Yo hubiera jurado que saltarías ante la oportunidad de tener un perro propio! La joven lass se hundió de nuevo en contra del pozo. —Pensé que era un bebé, — dijo ella con voz débil. El suegro de Jorunn llorara y se moviera aún más. se rió a carcajadas, haciendo que el cachorro

—¿Un bebé? ¿Creías que le había robado el más reciente de tu hermana? ¡Un bebé! La risa y el chirrido habían sacado a Frida e incluso a Hans Peter fuera de la casa, y ahora se encontraban en el patio y pasaban la mirada de la joven a Rolf Simonson. Hans Peter sonreía con una tenue media sonrisa y Frida había puesto su cara tan acogedora de siempre.

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—Vecino Simonson, — dijo ella—. ¿Quiere venir y tomar una jarra de cerveza? —Eso haré, señora Frida, —respondió—. Pero primero su jovencita tiene que tomar al cachorro, antes de que se caiga. — De hecho, la pequeña criatura, aunque todavía estaba oculta por los pliegues de la manta vieja, se retorcía ferozmente. Un minuto más retorciéndose encontraría la forma de liberarse de las macizas manos del granjero para caer al rocoso enlodado patio. Lass agarró el paquete justo a tiempo. Una cabeza peluda asomó mientras lo hacía, y el cachorro salió hacia ella. Sus ojos no estaban todavía abiertos, y eran de color gris oscuro con manchas negras. Salió de nuevo, y luego hundió sus dientes de leche como agujas en su dedo. —¡Ay, para! — Sacó el dedo y golpeó la nariz del cachorro con el. Con la mirada sobre la pequeña criatura, siguió a Rolf Simonson y a su madre a la casa, con Hans Peter en la retaguardia. —Sólo tiene unos pocos días, —consideró Peter Hans, cuando él y la chica se agacharon junto al fuego para tener una buena mirada del cachorro. —Menos que eso, incluso, — Rolf Simonson les dijo—. Lo encontré esta mañana cuando fui al establo. La madre debió de haberse arrastrado para estar fuera de peligro y se acurrucó en la hierba, justo detrás de mi granero para tenerlo. Se alejó para tener al resto en otro lugar y se olvidó de este. —Gracias Vecino Simonson por el perro, —espetó Frida mirando a su hija menor. Ella zambullo una jarra de cerveza del barril de la esquina y lo dejó sobre la lavada mesa lisa. Lass se puso de pie, enrojeciendo de vergüenza. —Muchas gracias, vecino Simonson. Fue muy amable de su parte pensar en mí. —De nada pika, — dijo, esquivando su agradecimiento y luego tomando la taza para un trago largo—. ¡Una niña con tu talento para los animales deben tener uno propio! — Él se rió y tomó otro trago. Lass sabía que su madre no estaba contenta de tener un perro añadido a su hogar. Pero el suegro de Jorunn sabría si daban al animal, por lo que Frida se vería obligada a dejar que su hija lo mantuviera. La joven estaba en éxtasis. —Hem, — tosió Hans Peter, llevando su atención hacia el cachorro—. ¿Lass? — Ella se fue de nuevo a la chimenea y tomó el cachorro en sus manos. Este empezó a chupar ruidosamente su pulgar—. ¿Lass? — Hans Peter le tiraba de la manga. —¿Qué pasa? —Le dio una mirada molesta.

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Había estado a punto de levantarse y tomar algo de leche de reno para el cachorro. Estaba pensando en usar un guante de cuero viejo para que pudiera succionar. Hans Peter esperó a que su madre y Rolf Simonson estuvieran ocupados con los chismes para acercarse y susurrarle en el oído. —Dale un buen vistazo a este ... cachorro. Ella miró hacia abajo a la pequeña criatura. Su pelaje suave sobresalía en todos los ángulos, y todavía estaba muy ocupado chupando el pulgar. El mechón de la cola zumbaba en un movimiento casi circular. Levantó la vista hacia Hans Peter, sus cejas se arquearon en una pregunta silenciosa. Él bajó la voz aún más. —¿No lo ves? — Ella negó con la cabeza, todavía confundida—. Tal vez su madre era un perro, aunque lo dudo, pero si es así, entonces su padre ciertamente no lo era. — El cachorro soltó el pulgar de la joven, volviendo la cabeza, con sus ojos todavía cerrados hacia Hans Peter. Le gruñó, realmente fue más un chillido agudo, y bateó su mano con una pata. —Oh. Lass lo vio ahora también. Hans Peter tenía razón: tal vez uno de los padres de la cría era un perro, pero era dudoso. Por el aspecto de la criatura, era un lobo de pura raza. La niña miró a su hermano, y luego hacia la mesa donde su madre y su vecino estaban enfrascados en una conversación. Cogió el cachorro de lobo y se levantó. Todos se volvieron a mirarla. Su madre estaba molesta por haber sido perturbada. Rolf Simonson le dio un guiño alegre. Hans Peter hizo un ruido de preocupación y se puso de pie también. Ella se aclaró la garganta. —Vecino Simonson, si no le importa, voy a llamar al cachorro Rollo, en su honor. Levantó la jarra de cerveza en señal de saludo. —¡Por el joven Rollo, mi tocayo! — Frida resopló, y Hans Peter abrió la boca como si fuera a decir algo. Lass les dio a ambos una mirada desafiante y se alejó. —Voy a cortar un guante de cuero viejo que no tiene un par, — anunció—. Él va a necesitar alimentarse de inmediato.

Así fue como la hija menor del Jarl Oskarson llegó a poseer un lobo como mascota, y las historias de su camino con animales creció tan rápidamente como lo hizo Rollo.

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anto como a la joven le encantaba hablar con los animales, había

sentido siempre, en el fondo, que un día eso le traería problemas. Que ese día no llegara hasta el profundo y duro mes del invierno de su décimo séptimo cumpleaños, fue el único consuelo. Para entonces Rollo era un animal joven y robusto: pecho hundido, piernas largas, pelo espeso y suave. En su mayoría era gris, con un bajo vientre blanco que le mostraba sólo a lass, y de vez en cuando a Hans Peter, si él estaba desesperado por un buen arañazo. En la parte superior de su cabeza y hombros tenía unas impresionantes marcas negras. —Míralo, — dijo Hans Peter, de pie junto a la guillotina viendo al lobo. Rollo estaba casualmente descansando en el borde del patio, cerca de una mata de hierbas secas que sobresalían de la nieve. Había una familia de ratones que vivían en la hierba, como Rollo lo sabía bastante bien. A pesar de los regaños de su ama, estaba decidido a atrapar al menos a uno de ellos. Después de todo, estaban en su propiedad. —Rollo, —dijo lass como advertencia. Estaba sentada en la pila de leña, leyendo una carta de su hermana Katla, que vivía junto al mar con su marido pescador. Torpemente guardo la carta con sus dedos enguantados, lass se encogió de hombros y se embolsó más profundamente en su parka de parches viejos—. Brr. Desearía que madre termine con las velas. —¿Por qué estornudas cuando ella está haciendo velas? —Son las cosas que les pone. — Su nariz se arrugó—. Las hierbas y flores secas. Me gustaría que solo las hiciera de forma sencilla. — Paso la mirada hacia Rollo y se levantó a la mitad—. !Oh, él va tras una travesura! — Señaló a Rollo, cuyo deambular había adquirido una cierta tensión. Un oreja negra y puntiaguda estaba apuntando hacia arriba. Un gordo ratón gris había salido de la madriguera de la mata de hierba y estaba probando el aire con la nariz temblorosa. Rollo mantuvo su posición. El ratón se deslizó hacia adelante una pulgada. Rollo no se inmutó. El ratón se detuvo, olfateó el aire y luego se escabulló justo en la pata delantera izquierda de Rollo. Él no se inmutó. Cuando el ratón gordo estaba a la mitad de un paso de Rollo, el lobo saltó en el aire y cayó con las dos patas delanteras en el ratón.

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Con la lengua fuera, se dejó caer y asomó sus patas con el hocico negro, olfateando su presa. Mientras Hans Peter se echó a reír y se golpeó los muslos, lass piadosamente corrió hacia su mascota. —Ya, Rollo, es suficiente, —regañó—. Estas asustando al pobre. Déjalo. —Rollo dio a su ama una mirada suplicante—. No intentes eso conmigo, lobezno, — dijo en su tono más fulminante—. Tienes mucho que comer, no necesitas añadir el ratón a tu dieta. —Pero son alimañas, — Rollo le recordó—. Si se meten en la casa, van a roer haciendo agujeros en las cosas y se van a comer nuestra comida. —Bueno, éste no está en la casa. Está fuera. Y pertenece al exterior. — Lass se puso las manos en las caderas y golpeteaba con la bota—. Rollo. Exhalando un suspiro, el lobo abrió sus patas y el ratoncito se tambaleó lejos. Su nariz se retorcía tan rápido que era un borrón, y se detenía cada pocos pasos para balancearse, como si fuera a desmayarse. Compadeciéndose, la joven se inclinó y suavemente lo recogió, y luego lo dejó justo en la boca del pequeño agujero donde vivía con su familia. Suspirando de nuevo, Rollo se levantó, sacudió su pelaje espeso, y se dirigió tranquilamente para oler la pila de leña que Hans Peter estaba apilando. —Mucha madera, — fue su comentario. —Él dice que es una gran cantidad de madera, —informó lass. Hans Peter señalo con un palo al lobo. —Tú eres el que le dijo a lass que una tormenta que se avecinaba. Rollo dio un pequeño ladrido que representaba un sí. Él y la chica había logrado elaborar algunas señales para Hans Peter, de modo que pudiera, hasta cierto punto, entender al lobo. Jarl pareció más inteligente que su hija y su mascota, y él mismo hablaba con el lobo a menudo, y trataba de interpretar sus respuestas. Frida pensó que la situación no era natural, aunque, tanto Hans Peter como la joven trataban a Rollo como lo harían con cualquier otro perro cuando Frida estaba cerca. Rollo entendiendo la situación, interpretó lo del chucho tonto para Frida. Él masticaba unas zapatillas viejas y gimoteaba en la puerta cada vez que había un ruido fuera, a pesar de que no le gustaba el sabor de la zapatilla y sabía muy bien que era sólo el viento. —Es una enorme cantidad de madera y está afuera, —dijo Rollo, y tradujo lass—. No creo que necesiten mucho de esto, pero algo debe estar adentro, para que puedan llegar a ella. —Ya veo. —Hans Peter miró el montón—. ¿Sabe qué tan alto llegara la nieve? ¿O cuánto tiempo va a durar la tormenta?

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—Profundo y largo , — lass tradujo—. Pero qué tan profundo y qué tan largo, no está seguro. Pero piensa que no va a ser tan malo como la tormenta de su primer invierno. —Bueno, eso es una bendición al menos, — dijo Hans Peter con un gruñido. Él transfirió la madera a un cabestrillo de lona grande de modo que se pudiera llevar a la casa. Seis meses después de que Rolf Simonson llevara el cachorro a lass, una tormenta de nieve había caído en su valle. Durante diez días la familia se acurrucó en su casa, orando para que la nieve parara. Cuando lo hizo, llegaba más alta que el techo de su casa, y paso una semana antes de que pudieran hacer un túnel a través del patio y chequear a los renos. Jarl se ganaba la vida cortando árboles de gran tamaño en medio del bosque, pero había pasado más de un mes antes de que fuera lo suficientemente seguro, como para regresar a su trabajo. Habían tenido que matar a tres renos para compensar la pérdida de ingresos. Nadie recordaba una tormenta tan terrible, y había hecho que incluso Frida se santiguara y murmurara acerca de los trolls mientras ellos abrían el camino hacia el granero. Ahora lass se apresuró a cargar el cabestrillo de leña. En lugar de cargarlo en su espalda como su hermano lo hacía, ella simplemente lo deslizó a lo largo de la nieve hasta a la puerta principal. Dio dos patadas con sus botas contra en el marco de la puerta cuando entró, para desprenderse la nieve, y Rollo sacudió delicadamente sus pies antes de pisar el piso recién barrido por Frida. Habían programado bien su entrada: la última de las velas se enfriaba en la mesa, y las hierbas habían sido quitadas. Lass estornudó tres veces en rápida sucesión y se apresuró a hacer la cena.

Mientras los primeros copos de nieve cayeron, estaban sentados a la mesa cuando la puerta de la casa de repente se abrió con un golpe para revelar una enorme criatura blanca y peluda. Frida chilló, y lass dio un salto hacia atrás de su banco. Rollo saltó de su posición junto a la chimenea y se quedó entre la gente y el monstruo en la puerta, el pelo se le erizó, y gruñó. Con una carcajada, la figura vestida de pieles puso a un lado el cuello alto que ocultaba su rostro. Era Askeladden, que retornaba de la ciudad. Se rió de nuevo de sus expresiones, y luego se sacudió para que la nieve se cayera de su parka y la capucha y reveló la parte de abajo de piel gris. —Estas dejando nieve por todo el suelo, — dijo lass a su hermano, recuperándose rápidamente.

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—Entonces toma la escoba y bárrela antes de que se derrita, niña, — ordenó su madre—. Ven y siéntate, hijo, ten un poco de guiso. Einar está ayudando a Nils reparando su techo, tenemos de sobra. — Ella revoloteaba alrededor de su favorito tercer hijo—. Qué agradable visita. Te he echado de menos. —Esto no es sólo una visita , —dijo Askeladden, olvidándose de sus ropas tapadas de nieve y dejándolas en el suelo para que lass se ocupara—. He venido a cazar. —¿Cazar? ¿Aquí? — Jarl sacudió la cabeza—. No hay nada digno de caza en estas zonas, salvo los lobos de nieve, y apuesto a que tienes suficientes fuera de la ciudad. —No lobos de nieve, —dijo Askeladden con su sonrisa encantadora—. Un Isbjørn. Un Gigante y blanco isbjørn. Una criatura que dicen que hace del reno blanco una pobre caza. —¿Isbjørn? No hay ningún oso de hielo en estas partes, —dijo lass mientras barría la nieve esparcida por el suelo. Ella puso los ojos en blanco hacia Hans Peter, pero él no la miraba. Sus ojos estaban fijos en Askel, y su rostro estaba gris. —Hay un oso en estas partes, —dijo Askel—. Un número de cazadores lo han visto. Una bestia enorme, y más blanca que la nieve. — Las manos Askel describieron las proporciones del oso en el aire sobre la mesa, y sus ojos brillaban—. El peletero real en Christiania ofrece 500 coronas de oro para quien le lleve la piel. — Sus ojos brillaban aún más ante la mención del dinero, al igual que Frida—. El rey quiere un abrigo de piel de oso, —agregó—. Y yo se la voy a proveer. Imagínense si yo fuera el hombre que derribara a este oso poderoso ... ¡el mismo rey querría conocerme! —Esta es tu oportunidad, hijo, — dijo Frida, poniendo su brazo alrededor de los hombros anchos de Askel y dándole un apretón—. Vas a hacer tu fortuna con esta caza. Puedo sentirlo en mis huesos. — Ella lo besó en la mejilla. —Hans Peter, ¿estás bien? — Lass se acerco a su hermano favorito y le puso una mano en el hombro. Parecía como si estuviera a punto de vomitar. Él había dejado la cuchara, con un trozo de zanahoria, esta cayó en la mesa al lado de su plato, y sus manos quedaron flojas en su regazo. —No puedes cazar a este isbjørn, — dijo Hans Peter con una voz extraña y hueca—. No es un ser natural. La voz de Askel sonó espesa con la burla. —¿Cómo puedes saber nada acerca de este animal? Por qué ninguno de ustedes había oído hablar de él hasta que les hable de él en este momento. —Los osos no vienen aquí , —dijo Hans Peter—. Blanco o marrón. Para que un isbjørn vague tan al sur ... —Se interrumpió—. No puedes cazar este oso, Askeladden. — Un escalofrío pasó por Hans Peter, y lass apretó los dedos

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en su hombro—. Sé más del isbjørn de lo que jamás debería. Nada bueno puede salir de esto. —¿Qué tontería es esta? —Chilló Frida—. ¿Qué sabes tú acerca de los osos, encerrado aquí en mi hogar día tras día, como si no fueras un hombre hecho y derecho que debe estar fuera haciendo su propio camino en el mundo? — Ella sacudió su dedo a Hans Peter—. Askeladden va a hacer su fortuna, y no va a tener tus celos arruinando las cosas para él. —Ya, esposa, —comenzó Jarl. Él se inclinó sobre la mesa para acariciar su mano, pero ella la quitó de encima, él hizo una mueca—. Hans Peter hace su parte con el trabajo en la granja y sus tallados. Y no olvidemos que una vez navegó los mares del norte en un barco comercial. Frida dio la espalda a su marido y su hijo mayor para dejar su punto claro: Eso no era suficiente para ella. Una ira comenzó a hervir lentamente en el estómago de lass. Ella había sido rechazada por su madre cuando nació, y estaba acostumbrada a ser descartada como inútil. Pero Hans Peter ... era otra cosa. Esto enfureció a la joven, el pensar que Frida podía ser tan fría como para volverse contra su hijo mayor de esta manera. Era cierto que Askeladden era el tercer hijo de la suerte, pero ¿qué había hecho en su vida? Atrapó unos pocos zorros, disparó a unos pocos ciervos salvajes, coqueteó con unas pocas granjeras tontas, y no mucho más. —Si te quieres quedar sentando aquí frente al fuego como una vieja toda tu vida, hermano, es tu decisión, — dijo Askeladden a su manera arrogante—. Pero yo he elegido un camino diferente, que me llevará a la riqueza y la fama. —¡Es el derecho de nacimiento del tercer hijo! — Dijo Frida. —Es algo bueno, fijar su mirada en torres de cristal y tronos de oro, — dijo Hans Peter en voz baja—. Pero primero es mejor ver lo que se esconde dentro de las torres, y lo que se sienta en los tronos. Cada palacio tiene cimientos, Askeladden. Asegúrate de que el tuyo no sea de huesos humanos. — Y con eso, Hans Peter se puso de pie, con cada movimiento tan lento y desigual como la de un hombre viejo, muy viejo. El resto de la familia observaban aturdidos y en silencio mientras se abría camino hasta la escalera hacia la oscuridad del desván. —Está loco, —dijo Askeladden tranquilamente después de un momento. —Él está herido, —dijo lass con fiereza—. Esta herido, y a ninguno de ustedes le importa. — Ella seguía de pie, con los puños apretados. Rollo estaba a su lado, apretado contra su muslo, sin saber qué hacer para consolar a su querida ama.

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—Pika, pika, —dijo Jarl en voz baja—. Me preocupo. Pero no hay nada que podamos hacer. — Él sonrió con tristeza a su hija menor. Entonces, volviendo la mirada hacia Askel, su sonrisa se desvaneció—. Nunca he sabido que su hermano hablara locuras... —Hasta ahora Jarl levantó una mano en un gesto brusco para silenciar a Askeladden. —Nunca he sabido que Hans Peter hablara locuras. Su consejo siempre ha sido correcto, y él sabe mucho más del mundo de lo que nunca esperaríamos. Debes escuchar sus consejos. —¡Jarl, no digas tonterías! — Frida golpeó la mesa con su puño huesudo—. Hans Peter es un bueno para nada, y mi Askeladden es un hombre fuerte y valiente. Él es un buen cazador , y si dice que va a cazar al isbjørn, ¡lo hará! —Gracias, mamá , —dijo Askeladden en un tono elevado—. Creo que voy a dormir aquí esta noche, para descansar mientras sopla la tormenta, y luego voy a estar fuera buscando al oso. —Un plan excelente, mi hijo, —dijo Frida—. Toma, un poco más de guiso y un poco de pan y queso. Lo necesitas para mantener tu fuerza. Y antes de que partas mañana, te voy a preparar una bolsa con un montón de carne seca, queso y pan, para la caza. —Te arrepentirás de esto, —dijo lass. Ella estaba hablando con Askel, pero nunca supo si él la oyó. Su mirada estaba fija en la pequeña ventana al lado de la puerta. El obturador había quedado suelto cuando Askel entró, y ella todavía no lo había cerrado. La grasa de reno ocultaba el panel filtrando la luz del sol, pero ahora pensaba que podía ver la nieve arremolinándose afuera. Parecía hacer formas: un isbjørn y la forma desgarbada de un troll. —Te arrepentirás de esto, —repitió, su voz no era más que un susurro—. Todos lo haremos.

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res días después de la partida de Askeladden, incluso Frida empezó

a preocuparse. La tormenta había sido feroz, pero después se aclaró el cielo, la nieve prístina parecía acogedora. Askel había probado sus esquís y encontró que la sensación térmica había hecho a la nieve perfecta para viajar. Él cargó su mochila con la comida, la ballesta, pernos, y cuchillos, y se despidió alegre de su madre. Hans Peter se sentó junto al fuego y no dijo una palabra a nadie, ni siquiera a lass cuando lo presionó para comer algo. Comió a regañadientes y no talló una sola pieza de madera. Rollo se sentó a su lado, con la cabeza en las rodillas de Hans Peter. Su silencio afectó a toda la familia, y se añadía que había algo extraño en el aire. Jarl salió e hizo su trabajo, como de costumbre, esquiando entre los árboles y tirando de un trineo grande de madera al final de cada día. Lass y Frida ordeñaban a los renos y hacían queso , y la joven encontró en un escondite de ardilla frutos secos y los machaco en harina. Pero todo esto se hizo en silencio. Aunque no era una mujer locuaz, Frida tenía una lengua afilada y disfrutaba dando órdenes a su marido e hijos restantes. Pero durante tres días no dijo casi nada. Lass no cantaba, Hans Peter no contaba historias, y Jarl no compartía los detalles de su día. Y luego otra tormenta descendió. El viento rugía alrededor de la casita, y ni siquiera hubo tiempo para asegurar a los animales. Jarl lo intentó, pero la nieve se había convertido en agujas de hielo, y apenas dio dos pasos fuera de la puerta antes de que se viera obligado a volver. La piel alrededor de los ojos, la única parte de él expuesta a la intemperie, se picó crudamente. —No hay manera de traer adentro a las gallinas, — jadeó cuando lass le ayudó a quitarse las ropas cubiertas de hielo del exterior—. Podemos perderlos a todos. Pero los animales más grandes deben estar bien. El granero es pequeño, y tienen agua y comida. —Me aseguré de las gallinas y los pollos, — lass le dijo, tratando de tranquilizar a su padre, cuya expresión era tan sombría como nunca le había visto—. Están lo suficientemente seguros.

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—Eres una buena chica, — dijo él, acariciándole la cabeza con aire ausente a pesar de que era sólo un palmo más baja que él. —¿Y quién se asegurara de que mi Ash-Lad este seguro? —Exigió Frida—. ¿Dónde encontrará refugio de la tormenta? —No lo sé, esposa, —dijo Jarl, hundido en una silla junto a la mesa—. Lo único que podemos hacer es orar. —¿No es el tercer hijo de la suerte? — Habló Hans Peter por primera vez desde que hiciera su pronunciamiento a Askeladden—. ¿No es, como lo llama, el Ash-Lad? Seguramente va a capear esta tormenta en un palacio fabuloso, y regresará mañana triunfante con una princesa y un cofre de oro. — Sus palabras habrían sido insultantes si su voz no hubiera estado tan vacía de emoción. —Y así está destinado, — dijo Frida, dando a su hijo mayor una mirada desafiante—. Es el mejor y el más brillante de todos mis hijos, mi tercer hijo de la suerte, y él volverá triunfante, como dices. La joven no dijo nada. Ella quería que su madre tuviera razón ... no sobre el oro y la princesa, aunque eso podría ser bueno. No, ella quería que su hermano regresara a salvo. No le gustaba ni la mitad de lo que le gustaba Hans Peter, pero seguía siendo su hermano, y lass no podía soportar la idea de perder a un miembro de su familia. Perdidos en estos lúgubres pensamientos, todo el mundo dio un salto cuando Rollo se lanzó de un salto a la puerta principal. Se puso de pie ante ella, pelo erizado, su gruñido cortó el silencio de la manera más desagradable. Hans Peter también se puso de pie, sacando su cuchillo afilado de tallar, y se movió entre la puerta y su hermana menor. —¿Rollo? ¿Qué es? — A lass no le importó que su madre la oyera hablando con el lobo. Estaba cubierta de piel de gallina y pensó que podía ver una forma moviéndose fuera de la ventana delantera. Una forma no hecha de viento y nieve. El gruñido de Rollo se elevó de tono, y dio un paso hacia adelante, rígido, justo cuando la puerta se abrió de golpe. Un gran, figura blanca, con la piel cubierta, apenas logró pasar por la puerta empujando a un lado a Rollo como si fuera un perrito. Frida empezó a reír, diciendo algo, obviamente pensando que era su querido Askeladden volviendo a casa. Pero no era Askeladden, envuelto en pieles y cubierto de nieve. No era un ser humano en absoluto. Era un isbjørn, un gran oso blanco del hielo del norte, y estaba de pie en medio de su casa y miraba hacia la chica. —Rollo, no te atrevas, — susurró ella.

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El lobo, más sorprendido que herido, se había recuperado y parecía a punto de saltar sobre el oso. No importaba que la criatura lo superaba en más de una tonelada, cuando se trataba de la seguridad de su ama, Rollo no tenía miedo. —Rollo, lo digo en serio, ven aquí, — insistió lass, dándole una palmada en el muslo. Resoplando para mostrarle al oso que no tenía miedo, Rollo retrocedió acercándose a lass y tomó posesión de su cargo junto a ella. Ninguno de los otros seres humanos se movió. Frida se congeló en su lugar, con una cuchara de colada en una mano y la olla de guisado en la otra. Jarl estaba junto a la mesa, con una mano en el cuchillo del pan y la otra apretada en un puño. Hans Peter seguía de pie protector frente a lass y su madre, su cuchillo de cortar la madera listo. Pero la mano le temblaba tanto que parecía que iba a soltarlo en cualquier momento, y su rostro estaba azul y blanco como la leche de vaca congelada. —¿Qué quieres? — La voz de lass sonó estridente—. ¡Vete! El oso se balanceaba de un lado a otro, parpadeando sus ojos negros. El viento soplaba con ráfagas de nieve a través de la puerta abierta que flotaba alrededor de sus patas enormes, y lass pudo ver que el oso era, de hecho, más blanco que la nieve. La calidad de su piel reluciente le recordaba a luz de las estrellas y la luna, y la piel del reno blanco, que le había dado un nombre. —¡Vete! — Ella hizo un gesto de disparar. —¿Me entiendes? — Fue la voz del isbjørn profunda y retumbante, y un poco contenida, como si no estuviera acostumbrado a hablar. Frida dio un pequeño chillido, y Jarl levantó el cuchillo de la mesa en lo que sonó como un gruñido amenazador. —Sí, — respondió lass rápidamente. Los ojos del oso se cerraron, y entró un poco más en la cabaña. Estaba cerca de la mesa abarrotada ahora, al alcance de ambos, de Jarl y Hans Peter y sus cuchillos, pero no parecía importarle. Los ojos negros se abrieron. —Ven conmigo, — rugió el oso. —¿Qué? — Lass sintió como su piel se estaba desplazando por encima de sus huesos. —Tú. Ven conmigo. — ¿Qué está diciendo? — La voz de Hans Peter era apenas un susurro. —¿Qué está diciendo? — La voz de Frida era mucho más nítida, pero no mucho más fuerte—. ¡Es un oso! Acaba con él!

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—Él quiere que vaya con él, — dijo lass. Le temblaba la voz, y no se molestó en susurrar. Sabía por la voz del oso que él era un macho, y en sus ojos, que él no tenía intención de hacer daño a nadie—. ¿Por qué? — Esto último se lo dirigió al oso. El isbjørn se balanceaba de lado a lado. Un gemido salió de su garganta. —No lo puedo decir. — Frunció el ceño y gimió de nuevo—. Pero....Te necesito. Ven ahora. —Dice que necesita que vaya con él, —dijo la joven con voz desconcertada. —No. — La cara de Hans Peter estaba blanca y tensa. Hizo un gesto con el cuchillo hacia el oso, amenazándolo mientras lo instaba a alejarse—. No. Déjala. El oso sacudió su cabeza. —Te necesito. Por favor. Ven conmigo. —¿Por qué me necesitas? — Presionó lass—. ¿Ir a dónde? —Vive conmigo en un palacio. Por tan sólo un año. — Parecía que cada palabra que se arrastraba fuera del hocico ancho del oso costara un esfuerzo cada vez mayor. —Él quiere que viva con él en un palacio por un año, — informó lass a su sorprendida familia. —No. — Hans Peter tiró el cuchillo al suelo con un estrépito. Girando alrededor, él asió de los hombros a la joven y la sacudió suavemente—. No hagas esto. Por favor, no hagas esto. No puedes saber lo malo que hay en el mundo. —¿Tú, vivir en un palacio? — Los ojos de Frida se movían desde el oso a su hija menor, y parecía mucho más interesada que asustada ahora. Se lamió los labios—. ¿Así que este es un oso encantado? Como el Rey Valdemon en las viejas leyendas. —No digas tonterías, mujer, — gruñó Jarl. Él no había dejado caer su cuchillo—. Vete de aquí, —dijo, blandiendo su cuchillo de una manera mucho más violenta que Hans Peter. —No van a ser ... dañados, —dijo el oso. Jarl dio otro paso adelante, oyendo sólo un gruñido. —Esposo, espera un momento, —dijo Frida—. Tal vez esta es la suerte que Askeladden ha traído. —Tener a un isbjørn queriendo llevarse a mi hija más pequeña no es suerte, — respondió Jarl—. Y dudo Askel tuviera algo que ver con eso. —Este es el oso estaba cazando, estoy seguro, — dijo Hans Peter—. Y como yo pensaba, no traerá nada bueno para ninguno de nosotros. —Quiere llevar a pika a vivir en un palacio, — las manos de Frida estaban en las caderas: Ella estaba a punto de ponerse en plan terca. —Madre, —dijo Hans Peter con esa voz tensa—, usted no puede saber lo que está diciendo. Esto no es una cosa natural, usted misma ha dicho que se

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trataba de un oso encantado. No puede querer a lass entrando en este encantamiento. La chica se movió suavemente del agarre de su hermano y se quedó para que pudiera ver a los ojos del oso de nuevo. El oso miró hacia atrás, sus ojos negros sosteniendo el mismo pesar y dolor que vio en Hans Peter. —¿No me harás daño? —¡No! — Hans Peter agarró una de sus manos entre las suyas—. ¡No! —Oh, actúa como un hombre, — le gruñó Frida—. Tu hermana tiene una oportunidad que la mayoría de la gente sólo podía soñar... —Para entrar en el horror de tal manera que no se puede imaginar, — dijo Hans Peter con angustia. —Para vivir en un palacio, —concluyó Frida. Incluso el isbjørn se congeló ante este pronunciamiento, y todos los ojos estaban ahora en la madre de la chica. Esta estaba mirando por la puerta abierta más allá del oso blanco, mirando más allá incluso de la nieve que se arremolinaba y aligeraba la oscuridad. —Un palacio, —repitió lass—. Mi señor isbjørn, — dijo rompiendo el silencio—. Todo está bien y es bueno eso de que voy a vivir en un palacio por un año, pero ¿qué pasa con mi familia? ¿Si usted tiene tal riqueza, no le puede dar un poco a ellos? —Hija. —La voz de Jarl sonaba angustiada—. No. —Hermanita, por favor, —dijo Hans Peter desesperadamente—. No lo hagas. — Se volvió hacia el oso—. ¿Por qué has venido aquí? ¿Te envió ella? El oso se sacudió de ida y vuelta, mirando a cada miembro de la familia por turno. —¿Este Askeladden? ¿Él me persigue? —Sí. —¿El tercer hermano de la suerte? — Las palabras del oso les daba una ventaja a ellos. —Supongo, —dijo lass, cautelosa—. Pero hasta ahora no ha hecho nada. — Dio una mirada a su madre para ver si esto le molesta, pero Frida siguió mirando hacia la puerta. El oso asintió. —Askel encontrará un oso. Otro oso. Traerá fama y riqueza para su familia. — Él hizo un ruido como un mugido de renos—. ¿Quieres venir? Lass vaciló, pero sólo un momento. Había un canto en su sangre, y su corazón latía como si fuera a saltar de su pecho. —Askel encontrará otro oso, —informó—. Va a ser famoso, y todos ustedes serán ricos. —No vale la pena, —dijo Hans Peter.

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—No, no lo vale, — estuvo de acuerdo Jarl. —¿Tú vienes? — Los ojos del oso estaban ansiosos—. Todo estará bien. Estas segura. Familia adinerada. ¿Tú vienes? —Déjame coger mis cosas , — dijo. Hans Peter hizo un ruido ahogado, y extendió una mano hacia ella. Lass se volvió y lo miró directamente a los ojos. —Yo voy a ir. Creo que me tengo que ir. Pero voy a estar de vuelta, y no tienes que preocuparte acerca de mí. —Se puso de puntillas y lo besó en la mejilla. Hans Peter cerró los ojos y la abrazó con fuerza. La luz del fuego hizo un halo de su cabello plateado, y las lágrimas corrían por sus mejillas. —Voy a buscar mi parka blanca y las botas, las vas a necesitar. —Esto es una locura, —medio susurró Jarl, hundiéndose en una silla—. Una locura. —No, papá, —dijo lass, acercándose y poniendo su brazo alrededor de los hombros de su padre—. No, es lo que hay que hacer. Lo siento en lo profundo de mi corazón. — Él extendió la mano y le apretó la mano que descansaba sobre su hombro. Tenía los dedos helados. —Oh, mi pobre jirón de una niña. Si alguien puede salir bien de una aventura como esta, serías tú. Rollo trotó hacia delante y se apoyó en las piernas de lass. —Yo te protegeré, —dijo, dando al oso una mirada desafiante. Lass dejó escapar una risita, nerviosa. —Y tendré Rollo para protegerme, —le dijo a su padre. —No, —dijo el oso—. Ningún lobo. Lass entrecerró los ojos hacia él, con la mano libre descendió sobre la cabeza de Rollo. —Sí, el lobo sí. Si Rollo no viene, entonces yo no voy a ir. El oso se tambaleó hacia atrás y adelante, gruñendo bajo en su garganta. No era una amenaza, más bien sonaba reflexivo. Luego dejó escapar un gran suspiro. —El lobo viene, —estuvo de acuerdo en gran medida. Y así se fue a recoger sus escasas pertenencias. Un peine. Una talla de un reno que Hans Peter había hecho. Las pocas ropas andrajosas que había heredado de sus hermanas. Y eso fue todo. Lo ató en su chal y se puso un par de pantalones que habían pertenecido a Torst y Einar, antes de convertirse en esa forma tan irregular alrededor de los dobladillos donde varios centímetros habían sido cortados. Se puso los dos jerséis de lana y sus guantes. Hans Peter

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la envolvió en su abrigo, poniendo las botas blancas una vez más sobre sus propios botas marrones desgastadas. Su padre le dio una servilleta en la que había envuelto algunos lefse y queso. Su hermano puso todo en la mochila de cuero que había llevado en su viaje por el mar, y lo ató a su espalda. Lass dio un beso a su hermano y a su padre y luego fue a su madre, quien se limitó a asentir hacia ella en señal de despedida. —Súbete a mi espalda, — encomendó el isbjørn. Hans Peter la levantó sobre la ancha espalda del oso sin necesidad de preguntar. Con Rollo pisándole los talones , el isbjørn despegó en la tormenta de nieve como si tuviera alas. Lass se agarró con fuerza a su piel blanca y suave, y rezó.

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usto cuando lass se hubo acomodado en el extraño movimiento de

balanceo de un oso a todo galope, el animal se detuvo. Estaban en la cima de un risco escarpado que daba sobre el barranco con el pequeño arroyo donde lass había liberado al reno blanco. La nieve estaba amainando y la luna se había atrevido a mostrar su rostro, lo que hizo fácil el ver la banda negra de agua. De pie junto a la roca que sobresalía en el torrente estaba Askeladden. Se había puesto a un lado el alto cuello de su abrigo y su aliento hacia vapor en el aire. Incluso desde esta altura, lass podía ver que estaba enojado, la cara roja con más que frío, y él estaba golpeando un puño enguantado en el otro. Le dio una patada a la piedra, de repente, violentamente, y disparó con una maldición. —¡Al suelo! — dijo el isbjørn. Lass se deslizó de su espalda, y Rollo llegó a su lado. Un escalofrío de miedo recorrió a lass. Tal vez todo era mentira. Tal vez ahora el oso se la iba a comer, y a Rollo, y a Askeladden. ¿O había cambiado de opinión, e iba sólo dejarla aquí? Por lo menos, con la parka de piel blanca, estaba caliente. —Espera aquí, — dijo el oso. Él trotó un poco más lejos a lo largo del borde del barranco y levantó la cabeza, olfateando el aire. Hizo un extraño sonido , una especie de ruido como un resople hueco que estremeció los oídos de lass y parecía ser llevado por el viento. Después de unos segundos fue respondido por un sonido similar que venía desde el sur de donde estaban. Entonces el oso encantado estaba sobre sus patas traseras. Era dos veces tan alto como Hans Peter, lass se dio cuenta. Él extendió sus garras negras, curvó sus labios para revelar largos dientes blancos, y gruñó. Abajo, en el barranco, Askeladden estaba demasiado ocupado maldiciendo para notarlo. El oso abrió la boca y dejó escapar un rugido que sacudió la nieve de las ramas de los árboles a su alrededor. Lass se sentó sobre un montículo en la nieve, con la mandíbula abierta. Cabalgar sobre el oso fue emocionante, y había estado soñando con el palacio en el que iba a vivir, ahora la golpeó, duro, la noción de que estaba a merced de un animal muy grande y muy salvaje, encantado o no. Sentada en el montón de nieve con Rollo presionando contra ella, ya no podía ver hacia abajo en el barranco, pero podía oír los gritos de Askeladden. Hubo un sonido vibrante, y una flecha de ballesta golpeando contra un árbol justo a la izquierda de la

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cabeza del oso. El oso cayó en sus cuatro patas y corrió, manteniéndose en el borde del barranco, pero iba en la dirección opuesta a lass. —Vamos,— le dijo a Rollo, empujándolo a un lado para poder levantarse. —Dijo que te quedaras aquí, — argumentó el lobo. —¿De verdad cree que voy a recibir órdenes de un oso? Y allá se fue, dando a su mascota ninguna otra opción más que seguirla. Ella se mantuvo más cerca de los árboles, ya que no quería que su hermano la viera. Con la parka blanca y las botas, podría pensar que era un oso muy pequeño, y tirarle como para practicar. De hecho, después de haber sentido la piel del isbjørn encantado, estaba convencida de que la parka de Hans Peter estaba hecha de la misma piel. Se preguntó de nuevo de dónde su hermano la había conseguido, y que significaba el bordado. Las huellas del oso se curvaban en el borde un poco, y lass pensó que era muy sabio. No había manera de saber si el suelo debajo de la nieve era estable o si había siquiera alguno. Era posible caminar sobre las costras gruesas derivadas que se extendían desde los acantilados, pero por lo general, sólo para un ser humano muy pequeño y cauteloso. Para algo con el tamaño del oso encantado, podría ser mortal. Los árboles a lo largo de la parte superior de la quebrada se abrieron, y ella patinó hasta detenerse a unos pasos del isbjørn. No, de dos isbjørn. El segundo no era tan grande, ni tan blanco, pero aún así era magnífico. Los osos estaban cara a cara, haciendo gruñidos profundos con sus gargantas. El oso más pequeño comenzó a retroceder, gimiendo. El oso más grande caminó hacia él, con una nota dominante en su gruñido. La joven movió un poco la capucha hacia atrás de la cara, tratando de escuchar lo que decían. —No, por favor, hermano, — declaró el isbjørn más pequeño. —Yo no soy tu hermano, —dijo el oso encantado con voz enojada—. Hazlo ahora. —No, por favor, mi señor,— gimió el otro oso. El mayor de los isbjørn el isbjørn de la chica-, se suavizo y ahora parecía compadecerse del otro. —Perdóname. No tengo otra opción. Ahora vete, por favor, y tu espíritu subirá a las estrellas como recompensa por tu sacrificio. — El otro oso soltó un grito extraño, lamentándose. Empezó a retroceder más lejos, pero no era capaz de liberarse de la mirada encantada del isbjørn.

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Entonces el oso más pequeño dio la vuelta y corrió hacia el borde del barranco. Lass gritó, sabiendo que la nieve no se adentraba a lo largo de la nada y no aguantaría su peso. El oso se detuvo justo antes de la parte más peligrosa, sin embargo, y se irguió sobre sus patas traseras. Rugió, tanto como el oso encantado había hecho antes. Y, como no había habido antes, hubo un sonido vibrante, y un golpe, como una flecha de ballesta haciendo contacto. Sólo que esta vez, no chocó contra un árbol. Encontró su profunda huella en el corazón del otro isbjørn, y el animal cayó de espaldas en la nieve. —¡No!— Lass comenzó a ir hacia adelante, pero el oso encantado le cerraba el paso. —Súbete a mi espalda, — gruñó. —Tenemos que ayudarlo. —Está muerto. Súbete ahora, — dijo el oso, manteniendo su bloqueo. Cuando ella vaciló, volvió la cabeza y le enseñó los dientes—. Querías que tu familia fuera rica. Así será. Lass se hundió. Podía oír los sonidos de su hermano Askeladden escarbando y subiendo por la ladera del barranco hacia su presa. Él lo iba a llevar de regreso a Christiania, y se convertiría en un abrigo para el rey. Y Askeladden sería rico y famoso, así como él y Frida siempre habían soñado. Así como lass lo había pedido. —Desea sabiamente, —dijo el isbjørn, adivinando sus pensamientos. Apagada, la muchacha se subió a su espalda y el isbjørn echó a correr. Se escapó de la quebrada, rápido y más rápido, y lass mantenía un ojo en el suelo a la derecha, donde Rollo corría a su lado. No podía creer que un oso, un oso torpe y grande, pudiera correr tan rápido. Tampoco que su querido lobo pudiera mantener el ritmo de ellos. El frío viento arrancó las lágrimas de sus ojos y las envió a que corrieran debajo de su capucha para empapar el pelo en las sienes. Los árboles negros se volvieron indefinidos y entonces vio a Rollo cayendo detrás. —Espera, detente, — exclamó, golpeando el hombro del oso con el puño—. Rollo. Él no puede mantener el ritmo. El oso se detuvo, resbalando un poco en la nieve. Él gruñó. —Tenemos que ir aún más rápido, — le dijo. Esperaron durante un minuto entero antes de que Rollo los alcanzará, y cuando lo hizo, se cayó hacia un lado en una derivación, respirando sibilantemente.

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—Vas a tener que llevarlo, también, —dijo a lass al oso. —No puedo. No puedo alojarlo, — argumentó el isbjørn—. Déjalo atrás. —Absolutamente no. Te lo dije, Rollo viene, o no lo voy. — Ella se cruzó de brazos en una pose rebelde, a pesar de que el oso no podía verla—. Ve más despacio. El oso suspiró. Lass casi se deslizó de espaldas en la nieve con la fuerza de él. Rollo se puso en pie, ansioso por demostrar que estaba dispuesto a correr de nuevo, pero sus cara aún subía y bajaba con la respiración entrecortada. El isbjørn giró su cabeza hasta encontrarse cara a cara con el lobo. Cada músculo en el cuerpo de lass se puso rígido. Le recordaba la forma en que había estado mirando fijamente abajo al otro oso, el que había sido sacrificado por el bien de ella, y la fortuna de su familia. Pero esta vez el isbjørn no hablaba. Los ojos negros miraban dentro, y el oso hizo un pequeño sonido como un canto profundo de su garganta. A Rollo las orejas le quedaron erguidas hacia delante y los pelos se le pusieron de punta. Cuando el oso apartó la vista de él, el lobo se sacudió, su lengua fuera y su respiración era normal. —Yo podría correr toda la noche, —dijo—. Me siento maravilloso.— Se estiró, arqueando la espalda como un gato. —Bien. Vamos. Y el isbjørn corrió otra vez, cubriendo el terreno cubierto de nieve aún más rápido de lo que había hecho antes. Lass tuvo que agacharse bajo en la espalda, aferrándose con ambas manos a su piel, sus piernas estaban bloqueadas en su caja torácica. Ella pudo darle sólo una mirada a Rollo, quien corría al lado del oso tan fácilmente como podría haber perseguido un conejo por el patio. Después, no se atrevió a mirar de nuevo, porque el viento le había arrastrado tanto la cabeza cuando se levantó, que casi arrancada había sido de la espalda del oso. Así que, hundió la cara en la piel caliente y se aferró a la preciada vida, mientras el oso corría arriba y abajo de las colinas, esquivando entre los árboles, y una vez dio un gran salto al otro lado de un río. Iban cada vez más rápido, y las colinas se convirtieron en montañas, y el oso corrió por los lados escarpados de piedra, como si fueran llanos, con Rollo pisándole los talones. El sol se puso y luego resucitó, y pasaron a un bosque tan espeso de árboles que lass no podía decir si era noche o día, y sin embargo, el ritmo del oso no decayó ni tampoco el del lobo. La joven durmió por lo que podría haber sido horas, pero era más probable que fueran días, hasta que sintió que el oso desaceleraba. Cuando él

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se freno lo suficiente para que ella pudiera levantar la cabeza para mirar a su alrededor, no tenía ni idea de dónde estaban. Los picos afilados y montañas de su casa, tupidos con los árboles, se habían ido. En su lugar, una llanura blanca se extendía ante ellos, en el fondo de la nieve. Hacia el oeste había un peñasco alto, y en lo alto de la peña vio algo brillante de color blanco verdoso que parecía una corona sentaba en la cabeza de un gigante. —Esa es tu casa ahora, —dijo el isbjørn. —Vamos, — le gritó Rollo, y se fue al otro lado de la llanura de nieve, ladrando como un perrito. El oso dio un bramido que podría haber sido una risa y fue tras él. Lass puso su rostro hacia abajo una vez más, el viento se arrastraba hacia ella. Al menos Rollo está emocionado, pensó. Y su familia tendría riqueza. Eso era lo importante. No se atrevía a admitirlo, pero la novedad de ser tomada por un oso encantado para vivir en un palacio había desaparecido. Simplemente estaba aterrorizada.

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Segunda parte
La Señora del Palacio

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T

omó más tiempo del que lass hubiera pensado llegar a la peña

donde estaba el palacio. Ellos ya habían viajado durante incontables días, y la noche estaba cayendo en el momento en que llegaron al pie de la peña. La llanura blanca era tan plana y sin rasgos distintivos que había juzgado mal su extensión. Rollo llego antes que el oso blanco a la misma, y se levantó, jadeando ansiosamente, en el fondo de un empinado sendero que serpenteaba alrededor de la colina. —Sígueme, — dijo el oso a Rollo. Su actitud era mucho más cálida hacia el lobo ahora. La larga carrera por la llanura parecía haberlos hecho amigos. Lass se sentó en la parte posterior del oso y miró a su alrededor mientras caminaba por el sendero. Era apenas lo bastante ancho para el oso, y tan suave que podía ver su reflejo en él. La peña no era de piedra en absoluto, se dio cuenta con un sobresalto, pero el suave hielo pálido, estaba cubierto con una escarcha de nieve blanca por todas partes en el camino. El pico y el camino eran tan regular en las formas, que ella supuso que habían sido creados por algunas manos que no eran de la naturaleza. Pero ¿de quién? ¿Quién era lo suficientemente poderoso como para hacer una montaña de hielo? Dijo este último pensamiento en voz alta, y el oso le respondió. —Ella lo es, —dijo mientras pasaba pesadamente por el sendero. Era una espiral alrededor de la colina, y ahora lass pudo ver que la planicie de nieve blanca que se extendía en todas direcciones hasta el horizonte—. Ella es tan poderosa. —¿Quién?— Pero el oso no le respondió.

Era noche cerrada y la luna estaba en alza en el momento en que llegaron a la cima del risco. El palacio no era mucho más estrecho que la peña: sólo había un camino delgado alrededor de su base. Con un suspiro, lass vio que el propio palacio había sido hecho de hielo pálido, aunque las enormes puertas estaban grabadas en oro con diamantes y rubíes del tamaño de huevos de gallina.

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El isbjørn se acercó a las puertas y soltó un rugido, y las puertas se abrieron. Entraron en una noble sala, adornada con banderas de seda que representaban una extraña cresta: un isbjørn blanco nacarado sobre un fondo azul, con un sol de oro a un lado y una luna de plata al otro. Bajo el oso había un símbolo inquietante que parecía una sierra o un cuchillo de sierra, bordado en negro. Lass se alegró al descubrir que, a pesar de que el palacio era de hielo, era agradablemente cálido en el interior. Se deslizó del lomo del oso y se quitó la capucha, girando lentamente para observarlo mejor. El techo de la sala estaba apoyada por esbeltos pilares de hielo, talladas por todas partes con manchas irregulares. Su mirada se agudizó en estos y se fue hacia adelante para tocar uno. El pilar de hielo era liso y duro, pero cálido y en absoluto húmedo. Estudió las esculturas en espiral que estaban alrededor. —Reconozco estas, —dijo con entusiasmo—. Esto dicen algo acerca de las ballenas, muchas ballenas, viniendo a la tierra. — Se volvió a mirar al oso—. Son como las tallas de mi hermano Hans Peter. Él me enseñó lo que algunas de ellas significan.— Pasó la mano por las tallas, sintiendo una punzada de nostalgia. No vería Hans Peter de nuevo por un largo tiempo. —¿Tu ... hermano? — El oso llegó hasta ella, entrecerrando los ojos a los símbolos grabados—. ¿Puedes leerlos? —Sí.— Dijo remangándose la manga de su parka—. Pero no puedo leer esto. Lo he intentado, pero no parece tener ningún sentido. Sin embargo parece ser del mismo tipo, ¿no te parece? Ahora el oso miró a su parka, estudiando el bordado rojo y azul que corría en bandas alrededor de las mangas y el dobladillo. De pronto, sus ojos se abrieron y él se echó hacia atrás, dando un rugido. Lass se encogió contra el pilar, y Rollo tomó una postura protectora entre ellos. —¿De dónde sacaste eso? — La voz espesa del oso contenía una emoción que lass podría pensar que era rabia, pero podría muy fácilmente haber sido miedo—. ¿De dónde? —Es de mi hermano, — dijo con un temblor en su voz—. Hans Peter. El hermano que conociste. Me lo dio. Estabas allí. — Volvió a sus cuatro patas, todavía tembloroso por la emoción. —Sí. Me acuerdo. — Se inclinó hacia delante, el oso entrecerró los ojos aún más—. ¿Dónde lo consiguió? —No lo sé, — dijo lass, casi susurrando—. Él se fue a la mar cuando era pequeña, y cuando regresó, ya lo tenía. Algo le pasó, algo que le hizo triste.

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El oso hizo un extraño ruido que causó que la chica empezara a deslizarse hacia un lado, con la esperanza de poner el pilar entre ellos. Entonces se dio cuenta de que se estaba riendo. Era una risa hueca, amarga, pero risa al fin. —¿Le hizo triste?— Su voz era burlona—. Me gustaría que fuera mi única queja. —¿Cuál es tu queja?— Dijo con timidez, todavía a medio camino alrededor del pilar. El isbjørn se detuvo y empezó a balancearse de nuevo como lo había hecho en su casa. —No lo puedo decir, — dijo finalmente. Antes sus palabras habían salido fácilmente, más fáciles que nunca antes. Pero ahora su voz era trabajosa de nuevo—. ¡No lo puedo decir! — Las palabras subieron a un rugido furioso. El oso se dio la vuelta y echó a correr y desapareció por una puerta en el lado opuesto de la sala. —Bueno, —dijo lass a Rollo, parpadeando en estado de shock por el comportamiento extraño del oso—. Supongo que sólo estamos los dos. Vamos a explorar.

Estaba muy cálido en el palacio de hielo que no necesitaba de la parka y las botas extra por lo que las cargo. Caminaron alrededor de la gran sala, admirando las esculturas y la enorme chimenea en el otro extremo. La repisa de la chimenea y el hogar, tenían toda la estructura de hielo, y sin embargo, el fuego que ardía vivazmente, no fundía nada. Había una alfombra preciosa delante de la chimenea, y una silla tapizada con una tela que lass pensó podría ser de terciopelo, aunque nunca lo había visto o sentido en la vida real. La silla era del tamaño justo para ella, se encontró sentándose en ella, e incluso había un taburete pequeño tapizado colocado exactamente en el ángulo correcto. Aparte de la tela y el relleno amortiguador, la silla y el taburete también estaban tallados de hielo. —Esto ciertamente no es para nuestro isbjørn, — Le dijo a Rollo, estirando sus pies hacia el fuego. —No, es para usted, mi señora,— dijo una voz detrás de la silla. Lass se asustó tanto que se lanzó hacia adelante y acabó en la alfombra de rodillas. Rollo cayó en cuclillas, con pelo erizado y mostrando los dientes—. Oh, Dios mío, — dijo la voz. Y entonces una pequeña persona que no era más alta que el hombro de lass se acerco a la silla y estuvo a la vista. No era humano. Tampoco animal, o por lo menos un animal que lass hubiera visto nunca. La parte superior de su

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cuerpo parecía de un hombre: él tenía un pecho desnudo, musculoso, dos brazos humanos, y un rostro de apariencia humana. Tenía el pelo y la barba rizados, ambos del mismo color marrón rojizo. Pero había dos cuernos delgados saliendo de su pelo y sus ojos eran dorados, las pupilas con ranuras, como las de una cabra. De la cintura para abajo, era en gran medida una cabra, con la piel de color marrón rojizo que hacía juego con su pelo y barba, y pequeñas pezuñas hendidas. La única ropa que llevaba era una cinta atada alrededor de su cuello, tejido de seda azul y rojo en un patrón que parecía más bien el bordado de la parka de Hans Peter. —¿Qué eres?— Exclamó lass. —Yo soy Erasmus, — él dijo—. Oh.— Frunció el ceño—. ¿Me preguntó qué soy? Soy un fauno. — Dijo esto como si fuera la cosa más natural del mundo. Para lass, sin embargo, era todavía menos natural que un isbjørn encantado. Criaturas mágicas como el reno blanco o los osos que vivían en palacios, eran la materia de cada historia junto a la chimenea que había oído. Los hombres que eran mitad cabra no lo eran—. ¿Puedo ayudarle a levantarse, mi señora?— El fauno se inclinó sobre ella, solícito. Sintiéndose aún más tonta cuando se agachó sobre la alfombra, con la mandíbula abierta, lass despidió con un gesto la oferta de Erasmus y se puso de pie sola. Dio unos golpecitos en la cabeza a Rollo, su señal para "estar abajo", y dejó de gruñir. Sin embargo, él se mantuvo de pie entre su ama y el extraño. —Estoy para servirle a usted durante el tiempo que se quede con nosotros, mi señora, —continuó el fauno cuando lass estuvo de pie frente a él. Él se acercó, y se dio cuenta por las líneas finas alrededor de los ojos que era mucho mayor que ella, aunque no había canas en el pelo o la barba—. ¿Quiere que le enseñe sus habitaciones? ¿O le gustaría algo de comer? —Er... —Lass se miró a sí misma. Estaba húmeda y sucia del viaje, y muy cansada. Pero también tenía un hambre voraz. No había tenido tiempo de comer el queso y el lefse que su padre había preparado para ella. —Porqué mejor no le enseño a sus habitaciones, —dijo amablemente Erasmus—. Se puede lavar y cambiar su ropa, y entonces puedo llevarle una bandeja algo de comer a su sala de estar. —Eso sería maravilloso, — dijo lass, pensando todo el tiempo, ¿tengo una sala de estar? Siguió al fauno por un largo pasillo que conducía fuera de la gran sala con Rollo pisándole los talones. Subieron un tramo de escaleras curvas, y a lo largo de otro pasillo se detuvo frente a una puerta de bronce bellamente tallada.

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—Aquí están las habitaciones, mi señora,— dijo Erasmus, y abrió la puerta—. Debo decir que es un alivio que me pueda comprender. Con la mandíbula abierta, lass miró a su alrededor con asombro. La habitación era más grande que toda la casa de su familia. Alfombras gruesas de color verde y azul cubrían el suelo congelado, una enorme chimenea con un buen fuego ocupaba toda una pared, y había sillas con tapizados satinados y sofás repartidos por todo el cuarto. La mayor parte de las paredes estaban cubiertas de tapices, pero al otro lado de la puerta había paneles donde el hielo era tan delgado que podía ver el cielo de la noche afuera, sólo ligeramente distorsionada con un tinte verdoso. —Oh, esta sala es demasiado buena para mí, — le dijo al fauno—. Por favor, ¿no hay algo más sencillo? —No, mi señora.— Sacudió la cabeza—. Sólo las habitaciones de los criados, y usted no es una sirvienta. Él cruzó la habitación hacia la derecha y abrió otra puerta de madera tallada que revelaba el dormitorio. Era tan grande como la sala de estar, con una chimenea que lass podría haberse puesto de pie en el interior, había un fuego que no derretía, tampoco, y una cama en la que podrían haber dormido cómodamente diez personas. La cama estaba tallada de hielo también, con postes delgados en cada esquina que se alzaban para apoyar un dosel de seda blanca. La piel de un isbjørn yacía a los pies de la cama, y otra, de un más pequeño oso marrón sirviendo como una alfombra. Erasmus entró por esa habitación también, y en otra, más pequeña habitación llena de armarios. No había chimenea aquí, en su lugar había un enorme espejo y una pequeña mesa cubierta de frascos y botellas de vidrio. —Su tocador, mi señora,— el fauno le dijo. Abrió uno de los armarios tallados de hielo y sacó un vestido de raso rígido color melocotón—. Hay algunos vestidos aquí, pero me temo que tendrán que ser modificados. —¿Puedo llevar mi propia ropa?— Dijo lass, en defensa de su jersey andrajoso y sus pantalones y botas de segunda mano. —Por supuesto, mi señora, pero va a estar aquí un tiempo, y si desea usar algo más, le invitamos a usar cualquier cosa de aquí.— Hizo un gesto en torno a los vestuarios. —Gracias, —dijo lass, apaciguada. Entonces también miró el vestido que él sostenía—. No creo que jamás haya visto a una mujer tan alta antes.

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El fauno sostenía la bata para que el dobladillo apenas rozara la alfombra, lo que significaba que tenía los brazos extendidos rectos sobre la cabeza. Desde la mirada de la bata, se veía que había sido hecha para alguien por lo menos un pie más alta que lass, y ella misma era alta para ser una mujer . Además, para quien sea que el vestido hubiera sido hecho, tenía un pecho impresionante. —Este no es el vestido de una mujer, —dijo el fauno mientras guardaba la bata de nuevo. —¿Es el vestido de otro fauno? ¿Es ... la señora ... fauno muy alta? —No, no tampoco es el vestido de una hembra de mi especie, — dijo con tristeza—. La mayoría de las mujeres eran más pequeñas que yo, pero hace muchos años ya que he visto una. —¿No estás autorizado a abandonar el palacio? —¡Oh, Dios, no! — Sacudió la cabeza el fauno erizado—. No he estado fuera de estas paredes desde que llegué. —¿Estás encantado, como el oso? —Esa puerta junto al espejo conduce a su baño, mi señora, —fue todo lo que dijo—. Le voy a dejar ahora. Cuando esté lista para comer, tire de la campanilla al lado de cualquiera de las chimeneas, y voy a traer su comida. — Y se alejó al trote, el sonido de sus cascos era amortiguado por las gruesas alfombras . —Fue extraño, — comentó ella después de que él se hubiera ido. Rollo miró a su ama. Estaba de pie al lado de la pequeña mesa, olfateando su contenido con interés. —Nosotros somos los invitados de un isbjørn gigante que vive en un palacio de hielo, —fue su comentario. —Supongo que tienes razón, —dijo lass. Entró por la puerta de al lado del espejo para ver lo que un tocador era. Era una habitación pequeña con un lavabo ornamentado, una bañera grande, y orinal, todos hechos de hielo verdoso. La bacinilla era tan alta como una silla y medio llena de agua. Rollo y lass la miraron por un momento. —Tal vez no es un orinal,— aventuró el lobo—. Quizás es el agua para beber. —Pero parece uno, —sostuvo lass. —¿Qué es lo que hace? — Con su nariz, Rollo señaló el pomo de oro con forma de piña que estaba sentado en la parte trasera del artefacto extraño. Lass trató de girarlo, pero no hizo nada. Trató de tirar de él, pero tampoco hizo nada. Cuando se lo presiona hacia abajo, sin embargo, el agua en la olla se arremolinaba alrededor y salía del agujero en la parte inferior. —Es increíble, —dijo—. ¡Mira eso! Los ... residuos ... todo saldrá fuera y lejos. —Sigo diciendo que es para que pueda beber.

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—Bueno, necesito un orinal, —lass dijo—,así que lo voy a intentar. Ve y acuéstate junto al fuego. —¿Cuál? —No importa, sólo tienes que irte. — Le dio una palmada suave en la parte trasera, y cerró la puerta del baño detrás de él. Cuando terminó con el extraño orinal , descubrió que las perillas en forma de bellotas hacían que el lavabo se llenara con agua, y la bañera también. Pequeños tarros de cristal de pociones con suave olor a flores estaban en un estante encima de la bañera, y había una barra de sujeción con suaves toallas blancas en la pared de al lado. Con un suspiro, lass se quitó la ropa y se metió en un baño gloriosamente caliente. Por primera vez en su vida, fue la primera persona en utilizar el agua. Era tan relajante, que podría haberse quedado dormida. Rollo se mantenía arañando la puerta, sin embargo, para recordarle que tampoco había comido en todo el día , y que la idea de sumergirse completamente en el agua caliente no era natural. Con otro suspiro, se levantó de la bañera después de no más de media hora, se secó, y se puso un traje largo de seda con borde de piel que arrastraba por el suelo detrás de ella y se deslizaba de sus hombros cuando movía sus brazos demasiado. Mientras ella y Rollo se sentaron a degustar la cena que Erasmus sirvió en la sala de estar, miró alrededor y sonrió. —Podría acostumbrarme a vivir en un palacio. Sobre todo porque sé que pronto mi familia va a tener riqueza. — Ella extendió una servilleta en su regazo cubierto de nieve y arrancó un trozo del pan más blanco que había visto nunca. Rollo levantó la vista del plato de carne que estaba atacando. —Vamos a vivir aquí sólo por un año,— le recordó a su ama—. Y hay algo que no está bien con esto. —Lo sé, pero quiero disfrutar de esto sólo por una noche, —dijo. —Está bien, pero ten cuidado. — Y luego volvió a hartarse a sí mismo. —Sólo una noche, —murmuró lass—. Entonces voy a llegar al fondo de este encantamiento. De todos estos encantamientos.

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ass bajó a la sala de entrada tan pronto como terminó el desayuno a

la mañana siguiente. Con Rollo a su lado, comenzó en el pilar más cercano de las puertas delanteras de oro. —Hombre. Reno. Barco. Algo. Barco. Algo. Hombre. —Eso no tiene ningún sentido, — señaló Rollo—. Ninguno lo tiene. —Soy consciente de ello, Rollo.— Lass se puso las manos en las caderas y suspiró—. El problema es que Hans Peter nunca se molestó en tallar cosas como "correr" o "vela" o "cazar". Él sólo talla cosas como "reno" "hombre" y "barco". Así que sé que hay un hombre y un reno, y tienen un barco, pero no sé lo que están haciendo. — Descansó la frente contra el hielo liso. Había estado descifrando las tallas durante horas—. ¡Es estúpido! —¿Está bien, mi señora?— Lass saltó y se dio la vuelta. Erasmus estaba de pie detrás de ella con una extraña expresión en el rostro. —Oh, sí, estoy bien, gracias. Yo solo...— Hizo un gesto hacia el pilar. —¿Usted sólo qué, mi señora? Había una mirada cautelosa en los ojos del fauno. Se le ocurrió a la joven que apenas conocía a esta extraña criatura. Él parecía triste y lastimoso, anoche, cuando habló de sus años en el interior del palacio de hielo. Pero podría ser una actuación. ¿Podía confiar en él? Decidió ser cautelosa. —Me perdí, —mintió—. Yo estaba ... buscando al isbjørn. — Erasmus parpadeó como si no estuviera seguro de que podía creerle, y lass le dio una amplia e inocente sonrisa. La mirada cautelosa desapareció de los ojos del fauno. —Mi señor me envió a buscarle para el almuerzo, —dijo—. ¿Si me sigue? Lass lo siguió fuera del hall de entrada y de un pasillo ancho. A lo largo del corredor habían nichos con pedestales en los mismos. Por cada pedestal había una cesta de paja. El siguiente tenía un par de agujas de tejer con una manopla a medio terminar en una aguja, la bola de hilo perfectamente colocada al lado de ella. —¿Erasmus? —¿Mi señora?

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—¿Por qué hay madejas de hilo, canastas y muñecas de trapo viejo en los pedestales?— La mirada cautelosa volvió a la cara del fauno. —No lo podría decir, mi señora.

El isbjørn los esperaba en una habitación larga y estrecha que estaba dominada por una mesa larga y estrecha también. Lass contó dos docenas de sillas, aunque una placa de oro y plata brillantes se fijaban en un solo lugar. El isbjørn se agachó cerca de la silla, esperando por ella. Sintiendo un frío estremecimiento que le recorrió la espalda, lass se sentó en el lugar que se había creado para ella. Se puso nerviosa al ver el enorme oso sentado allí con tanta calma. Tan amable como parecía, no podía olvidar que era todavía un animal, un depredador lo suficientemente grande como para comerla a ella y a Rollo juntos. —¿Has dormido bien? — La voz retumbante sonaba genuinamente interesada. —Er, sí, gracias. —Eso es bueno. —Sí. Erasmus tomó varios platos cubiertos con tapas de plata de un aparador y las puso en un arco alrededor del plato de lass. Uno a uno, levantó las tapas para revelar un pescado delicadamente sazonado, pollo asado, pan blanco suave, fruta con miel y hortalizas encurtidas. Nunca había visto la mayoría de las cosas antes, y las cosas que podía identificar (pescado, pollo, papas) nunca las había visto cocinadas de esa manera. Su boca se hizo agua y su estómago dio un vuelco y un gruñido. Con una risa retumbante, el isbjørn le dijo que comiera. —Pero he desayuno sólo unas pocas horas atrás. Y eso era mucho ... rollos de frutas y dulces y gachas ... — Su voz se desvaneció—. Nunca he visto tanta comida en mi vida. — El oso parpadeó hacia ella. —Pero ... ¿es tan malo? ¿Dónde vives? —El invierno ha durado mucho tiempo, — dijo lass, pues no quería dar la impresión de que Jarl era un mal proveedor—. Nadie tiene mucho. Pero mi familia no se muere de hambre. Parpadeando de nuevo, el oso dijo: —Por supuesto que no. —¿No vas a comer? — Lass tomó un pedazo de pescado suculento, luego una gran porción de pollo. —No.

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Algo en su tono le advirtió de no hacer más preguntas acerca de sus hábitos alimenticios. Deshuesó el pescado y comenzó a dárselo a Rollo, pero entonces vio a Erasmus descubrir un plato de bistec crudo y ponerlo sobre la alfombra junto al lobo. —Gracias, Erasmus,— dijo ella. Hizo una reverencia y se marchó. Después de comer hasta que pensó que podría enfermar, lass salió tambaleándose de la habitación del comedor. Se dio cuenta cuando estaba a medio camino de sus habitaciones que se había olvidado de preguntar al isbjørn sobre las exhibiciones de los artefactos extraños. Pero el oso había ido a algún lugar, posiblemente a comer su propio almuerzo en privado . Se había hablado mucho mientras comían. Él le dijo que podía recorrer el palacio, pero no para ir hacia abajo a las dependencias del servicio, ya que les molestaría. Él le preguntó acerca de su familia, donde sus otros hermanos vivían ahora y lo que les gustaba. Ella respondió lo mejor que pudo, tratando de no avergonzarse a sí misma comiendo la extraña comida con los casi tan extraños utensilios de plata. Ahora empezó a ir de nuevo a la sala de entrada para mirar los pilares nuevamente, pero la idea de volver a bajar las escaleras la hacía gemir en voz alta. En lugar de eso ella y Rollo fueron a sus aposentos y se tumbaron en la cama. Cuando despertaron, ya era hora de cenar, y Erasmus estaba allí para llevarlos al comedor una vez más. Los llevó por una ruta que tenía menos nichos con bolas de hilo y agujas de tejer. También estaba más lejos de la entrada, así que no había ningún pilar tallado para ver. Lass se cuestionó: claramente su curiosidad hizo que el fauno se pusiera nervioso. ¿Pero se lo habría dicho al isbjørn? ¿Y él estaba molesto por eso? Así que, ya que todavía estaba llena de la anterior comida, pico algo de la magnífica cena que se extendía ante ella y le hizo algunas preguntas al oso en su lugar. ¿Si había nacido aquí, en el palacio de hielo? ¿Sabía lo que las tallas en los pilares de hielo significaban? ¿Por qué había dejado herramientas de uso doméstico en exhibición en los pasillos? Y el isbjørn respondió: —¿Has probado el bistec? Huele maravilloso. ¿Probaste las zanahorias? ¿Qué pasa con las fresas? Creo que el postre será una tarta de fresa esta noche. —¿Quieres un poco?— Lass dejó de intentar obtener cualquier información del oso. Supuso que el hechizo le impedía decir nada. —Sí, yo podría probar un poco,— dijo el oso, y luego desvió la conversación al esquí, por extraño que pareciera. Daba por sentado que lass sabía cómo hacerlo, pero se preguntó si estaría interesado en saltos y similares. Su hermano Einar le había enseñado recientemente a lass a saltar sobre los esquís, ya que antes de ser nombrada había tenido miedo de aventurarse

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demasiado lejos de la casa. Ocupada en responder ésta y otras preguntas, se comió más de lo que pretendía, y trató de ir a la sala de entrada después, para bajar algo de la cena, pero se perdió. —Te dije que no que fisgonearas, —dijo Rollo. —Sí, lo hiciste. —Ella puso los ojos en blanco—. Ahora, ¿podrías ayudarme? ¿No puedes oler el comedor o la sala de entrada, o nuestras habitaciones? —No. — Rollo negó con la cabeza y luego estornudó—. El hielo no tiene un olor muy fuerte. Y el olor de la carne hace que sea aún más difícil de encontrar nada. —¿Qué olor a carne? — Lass pensó que se refería a la cena, pero no estaba segura. —Ya sabes, ese olor a carne por todas partes. —No tengo idea de qué estás hablando,— le dijo mientras abría una puerta que pensó podría dar lugar a las escaleras que conducían a la entrada. En cambio, se encontró en una cámara larga, de techo alto en la que sólo se filtraba una luz tenue de la una a través de los paneles de la ventana. Ella dio un paso hacia adelante, preguntándose por todas las altas formas que estaban en la sala y metió su pie en algo. Curioso, pero como no deseaba ningún trozo más que dedos en los pies, volvió al pasillo y llegó a una lámpara. La sostuvo por encima de su cabeza, dejando que la luz dorada brillara abajo, Rollo se dejó caer sobre sus patas traseras con sorpresa. —¿Telares? —Telares, — ella estuvo de acuerdo. La habitación era fácilmente cuatro veces el tamaño de la cabaña de su familia, y toda llena de telares. Eran de todas las formas y tamaños, y hechos de todo tipo de materiales. Había uno tallado elegantemente con una ballena de marfil, justo al lado de un telar de pino maltratado que todavía tenía un trozo de tela gris claro colgado en él. Uno de ellos, de muy tosca madera y ponderado con las rocas, tenía un tapiz brillante de una belleza impresionante. Junto, cuidadosamente vestidos en un trozos de terciopelo negro, había varios telares pequeños para hacer cinturones. —Esto es muy extraño, —dijo lass después de un minuto. —Sí. Lo es. ¿Podemos irnos ahora? — Miró a Rollo y se sorprendió al ver que sus pelos plateados estaban de punta y que estaba retrocediendo hacia la puerta. —¿Qué te pasa? —Estos huelen a muerte. Y más de esa carne.

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—Está bien. — Ella olfateó el aire, pero todo lo que olía era muebles pulidos y lana. Pero sabiendo que la nariz de Rollo era mucho más aguda, y su instinto para el peligro mejor que el de ella, se dejó conducir. Más abajo en el pasillo, se encontraron con la puerta que los condujo derecho hacia las escaleras y se dirigieron a la sala de entrada. —Ratas, —dijo lass. Todavía llevaba la lámpara que había tomado del pasillo del segundo piso, pero era la única iluminación en el vestíbulo. Todas las antorchas habían sido rociados por la noche, y en el espacio cavernoso, su lámpara arrojaba algo de luz. Sosteniéndola firmemente contra un pilar y apoyándose en el, pudo leer algunos de los símbolos, pero pronto le dio un dolor de cabeza y dejó que Rollo sujetara el borde de su suéter y la arrastrara por las escaleras hasta sus habitaciones. La vanidad se apoderó de ella al fin, y sacó uno de los cambios de seda de un armario para dormir. Era demasiado largo y se deslizaba por sus hombros, pero ya que nadie la vería, no creía que importara. Había empezado a soñar con Hans Peter sentado encima de una montaña de pieles de isbjørn y estaba llorando, cuando un ruido la sobresaltó despertándola. Era el sonido de la puerta del dormitorio abriéndose. —¿Hola? Erasmus? — Nadie le respondió. Cogió la vela junto a su cama, pero no pudo encontrarla. Buscó en el cajón de la mesilla de noche, en la que podría haber jurado había velas, pero estaba vacía. Suaves pasos se acercaron a la cama. Lass se cubrió con las mantas hasta la barbilla—. ¿Rollo? — El lobo no respondió, y recordó que se había ido a dormir frente al fuego de la sala de estar. Quien quiera que fuera esta persona, había pasado por Rollo. Esperaba que el lobo estuviera bien. El desconocido se detuvo a un lado de la ropa en el lado opuesto de la cama y se metió. Hubo un suspiro, el colchón se desplazó mientras la persona se acomodaba y luego nada. Lass quedó rígida por la sorpresa. Estaba demasiado oscuro como para siquiera sacar el perfil de la persona que ahora estaba tumbada a su lado—. ¿Hola? ¿Quién eres tú? — No hubo respuesta—. ¿Quién eres tú? — Se las arregló para decir esto en voz más alta. El intruso hizo un ruido de gruñido y luego tiró la ropa de cama por encima de su cabeza. Un minuto después oyó un leve ronquido que venía de debajo de las sábanas. Lass se preguntó si el isbjørn había traído a un nuevo ser humano al palacio. ¿Cómo compañía para ella? Cualquiera que sea la razón, no quería aguantarlo, decidió. Se levantó de la cama y se dirigió a la puerta que daba a la sala de estar. Estaba cerrada. O bien obstruida. El cierre no se abría en absoluto. Golpeó a la puerta y llamó a Rollo, pero él no respondió. Caminó hacia a la

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chimenea y tiró de la campanilla, pero no hubo respuesta. Se acercó a la puerta del baño, pensando que podía hacer un cojín en la bañera con toallas y dormir allí, pero tampoco podía abrir la puerta. Y en una habitación normalmente llena de velas y lámparas, ella no fue capaz de encontrar ni una de ellas. Al final, arrastró la sábana superior de la cama y se acurrucó en el sofá junto a la chimenea. El fuego se había apagado, y la habitación estaba oscura y fría. A pesar de los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza, se quedó dormida un rato más tarde. Cuando se despertó por la mañana, era Erasmus quien dejaba la bandeja del desayuno sobre la mesa al lado del diván. —¡Había alguien en mi habitación en la noche! Lass miró indignada a Erasmus. Se dio cuenta de que había una caja de cerillas en la mesa de noche, justo al lado de la vela que estaba segura de que no había estado allí la noche anterior. Erasmus se limitó a sonreír, una apretada y tensa sonrisa, y le dijo que el almuerzo sería al mediodía. Rollo llegó, se estiró y le pidió un pan dulce. Él era inconsciente de que algo raro hubiera ocurrido en la noche, y simplemente se quedó perplejo cuando lass le preguntó dónde diablos había estado. El intruso había desaparecido.

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ass estaba más decidida que nunca a averiguar por qué un oso

encantado y algo llamado un fauno estaban habitando un palacio de hielo, y por qué la necesitaba. Por desgracia, esas mismas dos criaturas, parecían decididas a distraerla. A pesar de que había una silla cómoda, de tamaño humano en el hall de entrada, si es que alguna vez pasaba más de un minuto ahí, Erasmus o el oso automáticamente la distraían. No les importaba si ella miraba el resto del palacio, entonces, por el momento, centraría su atención en eso. Habitaciones llevaron a otras habitaciones que dieron lugar a todavía más habitaciones. Todas las cámaras a lo largo del pasillo donde se encontraban las habitaciones de lass, eran similares a las de ella. Cada una estaba decorada en diferentes colores, pero cada una tenía una sala de estar, dormitorio, vestidor y baño. La suya era la única ocupada, sin embargo, por lo que no se encendían fuegos en las otras chimeneas, ni había extraños vestidos de gran tamaño llenando los armarios. Otros pasos la llevaron a habitaciones llenas de instrumentos musicales, o extraños artilugios científicos, e incluso más cámaras dedicadas a artículos caseros. Ella encontró la cámara de telar de nuevo, justo al lado de una llena de mantequeras. Había tablas de lavar y planchas y yunques. Martillos, agujas de tejer, y ruedas giratorias. Hubo toda una planta que contenía sólo libros, con cada sala dedicada a un idioma diferente. Lass no podía leer Norsk2, entonces, eso reducía los libros a su alcance. Por lo menos dos veces al día veía al isbjørn. Él comía el almuerzo y la cena con ella en el largo comedor. Bueno, ella comía, y él se sentaba en el suelo cerca de la mesa y hablaba con ella. Él nunca era muy elocuente, pero le preguntaba qué había hecho ese día y le pedía que le contara historias de su infancia. Al principio pensó que eran los cuentos junto al fuego que Jarl les había regalado, con los que el oso estaba tan cortésmente interesado, pero luego se enteró de que quería historias reales.
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Norsk: es una lengua nórdica hablada principalmente en Noruega, donde es lengua oficial. Junto con el sueco y el danés, el noruego forma un complejo dialectal de variantes regionales y locales mayor o menormente inteligibles mutuamente.

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Quería saber lo que había sido cosas como levantarse cada mañana en el frío y recoger los huevos. Quería saber sobre el momento en que casi habían matado a la hembra de cara blanca debido a una mordedura escondida de zorro. El isbjørn tenía hambre por las historias de la vida cotidiana en la cabaña de un leñador. Lass lo complacía, pero pensaba que su interés era muy extraño. Cualquier pregunta sobre hábitos o la historia del oso eran recibidos con un silencio sepulcral. Una o dos veces la miró como si quisiera decirle algo, pero al final negaba con la cabeza y se marchaba, dejándola comer el resto de su comida en silencio. No lo presionó para obtener información, ya que era claro para ella que él no podía decirle cual era la naturaleza de su encanto. Tendría que descubrirlo por sí misma. También tendría que descubrir por sí misma sobre el desconocido que llegaba a su habitación cada noche. Después de su segunda noche en el palacio, el desconocido era su constante compañero de cama. Las primeras dos veces que el extraño subió a la cama, ella se levantó y se acostó en el diván, pero la tercera vez que lass trató de hacer lo mismo, fue despertada por alguien que la levantaba. Sin decir palabra, el desconocido la llevó hasta la cama y la arropó, luego el visitante se dirigió hacia el otro lado, entró, y se fue a dormir, de espaldas a ella. Lass se dio por vencida. Estaba cansada y tiesa de dormir en el sofá. Su sugerencia a Erasmus que ella o su visitante de medianoche se trasladaran a otra de las habitaciones había sido recibida con una pregunta acerca de si le gustaba las natillas. Así que lass se acostaba con un hombre extraño en su cama. Sabía que era un hombre, porque en esa tercera noche, después de que la había llevado a la cama, se atrevió a llegar a más y tocarlo. Pasó los dedos por su cara: tenía los pómulos altos y una nariz bien formada. Tenía el pelo recto y muy grueso, tan largo que rozaba el cuello de su camisa de dormir (y se sintió aliviada al sentir que él tenía una). Tenía la barbilla ligeramente sin afeitar. Su respiración continuó siendo constante incluso mientras ella pasaba sus manos por la cara y los hombros como un ciego, pero se preguntó si él realmente tenía sueño o simplemente estaba fingiendo. Rollo parecía dudar de la existencia del desconocido, y Erasmus y el isbjørn eran sordos a cualquier mención de él. Estaba sola. Habría pensado que era sólo un sueño, pero cada mañana al despertar había un hueco en la almohada a su lado, y una vez se encontró con un cabello oscuro atrapado en el encaje en el borde de la funda de la almohada. El lobo no estaba en la habitación cuando el hombre aparecía, y simplemente se quedaba perplejo cuando le preguntaba por qué no trató de

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detener al intruso. Rollo nunca vio o escuchó a nadie venir. Él admitió que la cama olía a un hombre al día siguiente, pero no tenía idea de cómo esta persona pudo haber llegado más allá de él. Otra preocupación que le quitó tiempo a lass fue la ropa. No le gustaba coser, y la idea de alterar esos vestidos ridículamente adornados la había hecho estremecerse. Pero después de dos semanas de estar sentado sobre cojines de seda y comer en porcelana fina, mientras que llevaba un jersey raído y una falda remendada, empezó a sentirse cohibida. Aparte del camison de noche de su compañero de cama, ella era la única persona en el palacio que aún llevaba ropa, así que sabía que a nadie más le importaba. Pero la vanidad le pinchó por primera vez en su vida. Era una mujer joven y atractiva, y toda su vida se había puesto las tan remendadas prendas de ocho hermanos mayores. Es cierto que estos vestidos no eran nuevos, pero parecían que había sido usados sólo una vez, y eran de tela tan fina que estaba casi avergonzada de tocarlos con las manos desgastadas por el trabajo. Lass pasó una semana en costuras y eliminando el exceso de tela con unas largas y fuertes par de tijeras. Casi se puso enferma, la primera vez que lo hizo. La venta de uno de estos vestidos mantendría a su familia durante un año. Y allí estaba ella, con decenas de ellos, cortándolos a voluntad y alterando sus dobladillos con sus puntadas desiguales. A menudo, los vestidos tenían perlas o encajes preciosos que tuvieron que ser retirados antes de coserlos. Lass puso un poco de cuidado con esto, eliminaba los encajes y racimos de perlas y los ponía en una caja de madera perfumada en su dormitorio. No los volvía a poner en los vestidos, prefiriendo la ropa más lisa, pero tenía un plan para ellos. Cuando terminara el año iba a volver a casa. El oso había prometido riqueza para su familia, -ella se había sacrificado por ello- pero quería estar segura. Conocía a Askeladden: era demasiado perezoso y amante de los festejos. No se sorprendería encontrando que su fama se viera empañada y cualquiera que fuera la fortuna que había encontrado hubiese sido dilapidada en pocos años. Pero si podía pasar de contrabando las perlas y otras joyas de estos vestidos, podía venderlas para ayudar a su familia. Con la preocupación de que no se le permitiera llevar nada con ella cuando se fuera, cortó un vestido horrible de seda y se hizo un cinturón con diez bolsas que colgaban de él. En cada uno colocó perlas, bobinas de hilo de oro, e incluso algunos rubíes que sacó del escote de un magnífico vestido de fiesta. Entonces cosió las bolsas cerrándolas. Llevaba el cinturón de día y de noche, se lo quitaba únicamente para bañarse, para asegurarse de que pasara lo que pasara iba a tener un poco de riqueza. Una vez hecho esto, y los niveles

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superiores del palacio explorado, ella bajó. Nunca había visto la cocina donde se preparaba sus comidas suntuosas, o las habitaciones de los sirvientes de las que Erasmus había hablado. Se había preguntado al principio si el alimento era preparado por arte de magia, y Erasmus era el único sirviente, pero cuando el fauno empezó a moverse más fácilmente a su alrededor, llegó a referirse a otros servidores. —¿Quiénes son? ¿Son faunos, también?— Pero Erasmus no lo dijo. Lass recordó la mirada triste del fauno en su primer día en el palacio, cuando él había dicho que había pasado años desde que había visto a una señora fauno. Era evidente que los demás sirvientes no eran faunos, y estaba segura de que no eran humanos. ¿Por qué si no iban a mantenerse ocultos? La curiosidad la llenaba. ¿Qué podrían ser? ¿Isbjørns? ¿Dragones? ¿Más criaturas, como el fauno, de la que nunca había conocido la existencia? Pero Erasmus era insistente en que las dependencias del servicio no eran lugar para una dama. Lass había sostenido que, como la hija de un pobre leñador, desde luego no era una dama, pero él negó con la cabeza con cuernos. —Usted es una dama. Pudo no haber nacido en un hermoso palacio, pero usted vive en uno ahora. Las cocinas no son lugar para usted. —Yo sé cómo hacer lefse, —lo engatusó—. Y tartas de frutas. He estado en un montón de cocinas, —que no era del todo cierto. Distinta de la suya, la única cocina en la que había puesto un pie era la de su hermana Jorunn. —Lo siento, mi señora,— el fauno le había dicho con firmeza pero con suavidad—. La cocina no es el lugar para usted. Así que lass no tuvo más remedio que seguirlo. Rollo se negó a ir, diciendo que era grosero acercarse sigilosamente a una criatura que no tenía la intención de comer. Se quedó en su lugar favorito junto a la chimenea en la sala de estar. Mientras tanto, lass esperó hasta que Erasmus quitó la bandeja del desayuno, contó hasta diez, y luego se deslizó por el pasillo detrás de él. Era muy fácil de seguir a alguien por los pasillos del palacio, ya que no había nichos que contuviera martillos o ganchos de ganchillo cada pocos pasos. Si Erasmus se detenía o comenzado a dar la vuelta, lass se metía en un nicho, contaba hasta cinco, y luego seguía de nuevo. De esta manera siguió al fauno por seis tramos de escaleras en las entrañas de la montaña de hielo. Era más frío ahí, pero era sólo el frío de cualquier bodega. Los pasillos estaban iluminados por antorchas sostenidas en formaciones de hielo con forma de puños humanos. Erasmus tendría que viajar bastante lejos para llegar a ella cuando lo llamó, se dio cuenta. Resolviendo

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llamar al fauno con menos frecuencia y ahorrarle el viaje, lass dio la vuelta a una esquina y se detuvo en seco. Ante ella había un gran arco que conducía a una cocina del tamaño de la sala de entrada de tres plantas por encima de ellos, pero eso no era lo que la congeló en seco. Parecía que había otros sirvientes para ayudar a Erasmus en su obra. Y la razón por la que nunca los había visto antes, estuvo clara en cuanto sus ojos se acostumbraron a lo que estaba viendo: el pequeño hombre de patas de cabra era, con diferencia, el que se veía más humano. Lass no pudo evitarlo, gritó. La cocina estalló en caos mientras los siervos graznaron y rugieron y silbaron y gritaron. Una media docena de criaturas extrañas se precipitaron hacia la puerta de la cocina y luego se detuvieron allí, sin saber qué hacer a continuación. Fue Erasmus quien se adelantó y calmó a todos. Sacudiendo la cabeza ante lass, se volvió hacia los demás sirvientes. —Esta es nuestra nueva dama, —les dijo solemnemente. Luego se volvió hacia lass—. Mi señora, permítame que le presente el personal. — Dio una palmada y se acomodaron en una fila. Erasmus fue al final, donde tres lagartos naranjas se levantaron sobre sus colas, con sus lenguas parpadeantes y los cuatro pies remando suavemente en el aire—. Los cocineros: Zah, Szsz y Sssth, — dijo, señalando a cada uno de ellos. Al ver la pregunta en el rostro de lass, agregó—; Ellos son salamandras de fuego. —Oh, por supuesto, — dijo. Ella les sonrió, tratando de parecer como si no hubiera estado gritando a la vista de ellos retozando en la caldera minutos antes—. Sus comidas son maravillosos, — dijo con perfecta sinceridad. Las tres salamandras se sonrojaron en un color rojo oscuro. Por todos lados. —Los pinches3: Garth, Kapp y Nillip. Garth es un minotauro, Kapp es un brownie y Nillip es un pixie. — Garth y Kapp se inclinaron, y Nillip, que parecía ser una mujer, hizo una reverencia en el aire donde flotaba. Fue Garth quien realmente le había hecho gritar a lass. Él tenía fácilmente dos metros de altura, con un cuerpo como una pared de ladrillo y cubierta de piel que podría haber sido la ropa y podría haber sido... despellejada por él. Tenía la cabeza de un toro enorme, con grandes cuernos negros y un anillo de latón en la nariz. Kapp y Nillip no eran tan aterradores. El primero era de unos tres metros de altura y parecía un hombre pequeño hecho de corteza, y Nillip era de menos de un pie de altura, con alas de mariposa. —¿Cómo están? — Dijo lass. —Mi señora,— los tres juntos, murmuraron.

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Pinches (en ingles scullions): Ayudantes de cocina.

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—La doncella, Fiona, — continuó Erasmus, llegando a una mujer alta que lass no había notado antes. Era hermosa, con la piel blanca y el pelo largo de color marrón oscuro que colgaba en rizos hasta la cintura. Sus grandes ojos negros brillaron cuando hizo una reverencia a lass, y mantuvo una mano agarrada a la garganta de la capa de piel que llevaba. —Me alegro de conocerte,— dijo lass, preguntándose cómo podía haber dejado de ver que había otro humano en la habitación. —Fiona es un selkie y no puede hablar. — Erasmus continuó, volviendo al lado de una mujer fea, de cara gris con enormes alas de murciélago cruzados en la espalda, que llevaba un largo vestido negro y un delantal blanco inmaculado. Ella -o eso, más bien-, parecía como si estuviera esculpida en piedra—. Y esta es la Sra. Grey, el ama de llaves, una gárgola. —Encantada de conocerla — Lass no tenía idea de lo que era un selkie o una gárgola, pero parecían bastante agradables. Bueno, Fiona la selkie parecía bastante sombría, pero al menos no parecía peligrosa, como el minotauro. —Es un placer servirla, mi señora,— dijo la gárgola. Su voz sonaba como dos piedras que se frotaban entre sí—. Si hay algo que usted necesite, sólo díganos. —Sí, gracias, usted está haciendo un... trabajo maravilloso, —dijo lass sin convicción. Ella nunca había tenido siervos antes, y ahora que el shock inicial de ver lo que eran, había desaparecido, no sabía qué otra cosa hacer. Se recuperó de la vergüenza lo suficiente como para darse cuenta de que, como Erasmus, todos llevaban una cinta bordada en el cuello. —Tal vez debería volver a los niveles superiores, mi señora,— sugirió Erasmus. Aliviada por la sugerencia, lass sonrió y asintió con la cabeza e hizo lo que dijo. De vuelta en el hall de entrada, con su enorme chimenea y cómodo sillón, se sentó por un rato y pensó. Este era un encantamiento más allá del tipo de cuento de hadas ordinarios a los que estaba acostumbrada. En primer lugar, estaba el isbjørn que vivía en un palacio de hielo. Pero por primera vez, se preguntó por qué. ¿Por qué un isbjørn vive en un palacio de hielo? ¿Por qué vivir en un palacio en absoluto? ¿Y por qué la necesitaba, por un año? Había sospechado que él vino a ella, porque lo entendía, pero no parecía querer -o poder- decirle lo que estaba mal. Ahora estaban los siervos. Un fauno, salamandras, una gárgola, y ... las otras criaturas. ¿De dónde eran, y por qué estaban aquí? Erasmus no respondería a estas preguntas tampoco. Trataría de preguntar a los demás, pero tenía el presentimiento de que iban a ser igual de evasivos. Todo volvía al oso blanco. Los siervos estaban aquí por su culpa. Ella estaba aquí por su culpa. Tal vez incluso este palacio estaba aquí por su culpa. Pero ¿por qué? ¿Por qué era

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tan especial? ¿Y qué, para un oso, era tan terrible de vivir en un palacio y ser atendido por sirvientes? ¿Qué era tan terrible para cualquiera? —El meollo del asunto es quién o qué les encantó, —dijo en voz alta—. Si puedo averiguar eso, puedo descubrir por qué y cómo. —¿Con quién estás hablando? — El isbjørn fue pesadamente hacia la chimenea. —Conmigo misma. —Ella se ruborizó. —Oh. ¿Interrumpo? —Er. No, puedo hablar conmigo misma en cualquier momento, supongo. — Se sonrojó aún más. Él se sentó en cuclillas junto a su silla y se veía incómodo. —Erasmus me dijo que conociste a los otros sirvientes, —dijo después de un rato. —Oh, sí, son todos muy agradable.— Entonces, a falta de algo más que decir, agregó—, ¿Por qué no puede hablar la selkie? ¿Qué es un selkie? El oso dio un pequeño gruñido de risa. —Una foca que puede convertirse en una mujer. Fiona puede hablar, y lo hace con frecuencia, pero tiene órdenes de no hablar contigo —¿Por qué? —Lass se sintió ofendida. La foca-mujer era lo más parecido que había a un ser humano en el palacio, y se había estado preguntando si había alguna manera de que pudieran comunicarse para poder ser amigas. —Porque si un selkie habla con un ser humano, el ser humano quedará embrujado por su voz. Antes de que te dieras cuenta, estarás a sus pies, — explicó el oso. Lass se encogió de hombros. —Tiene tanto sentido como ella estando a los míos. Yo sólo soy la hija de un leñador. —Sí, pero te hace una ama mucho más amable de lo que la selkie sería. Créeme. —¿Ah, sí? — Lass arqueó una ceja. El isbjørn dio su retumbante risa gruñendo. —Su clase se deleita cantando a los marineros para que sus barcos encallen en las rocas. — Lass se estremeció. —Oh, ya veo. — Reconsideró su idea de cortejar la amistad de Fiona—. ¿La persona que te encantó es la misma que trajo a los criados aquí? — Soltó la pregunta rápidamente, con la esperanza de atraparlo con la guardia baja. El oso se tambaleó hacia atrás, agitando una pata enorme en el aire. —¿Qué? —¿La persona que te encantó es la misma que trajo a los criados aquí?— preguntó de un tirón.

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—¡Sí!— La palabra sonaba como si hubiera sido arrancado de él. Se sentaron en silencio durante un rato—. ¿Estás feliz aquí? — El isbjørn casi le gritó. —¿Qué? — La pregunta que soltó dirigido hacia ella tomó a lass por sorpresa. En lugar de ejecutar todas las palabras juntas, como lo había hecho ella, el oso repitió su pregunta con más claridad. —¿Estás feliz aquí? ¿Te gusta? —Bueno, sí. Es hermoso, y nunca he tenido tan buena comida. — Ella hizo un gesto hacia su vestido torpemente adaptado, que era de seda melocotón bordada en oro—. Y nunca he tenido esta ropa fina. —¿Echas de menos a tu familia? Lass se quedó inmóvil, con una mano todavía alisando su falda de seda. Los primeros días en el palacio, pensó que estaría enferma de nostalgia de Hans Peter y su padre. Se dijo una y otra vez que estaban bien, que estaban a salvo, eran ricos, el isbjørn había prometido. Y entonces la emoción de explorar el palacio de hielo y volver a ponerse los hermosos vestidos había capturado su atención. Mientras todavía extrañaba a su familia y su pequeña casa de campo, el dolor se había desvanecido a un dolor sordo al que no prestaba atención. —¿Lo haces? — El oso presionó. —Sí,— dijo con voz entrecortada. La culpa de no haber pensado en Hans Peter durante todo el día hizo que las lágrimas corrieran por sus ojos—. A mi hermano Hans Peter por encima de todo. —Lo siento, —suspiró el oso—. Voy a ver si se pueden hacer arreglos. —¿Qué tipo de arreglos? — Por un momento, un aleteo de esperanza se levantó en su seno. ¿Traería a Hans Peter para quedarse con ella durante el resto del año? —Voy a tratar de que les lleguen cartas tuyas y a ti de ellos,— el oso aclaró. —Oh.— Lass sintió que su flujo de euforia menguó, pero se consoló sabiendo que las cartas serían mejores que ningún contacto en absoluto. Y había estado en el palacio de hielo desde hace un mes. Sólo once meses quedaban para su estancia aquí. El oso se alejó pesadamente. —Te veré en la cena, —dijo sobre su hombro. Taciturna, se puso de pie y se acercó al fuego con el atizador de mango de plata que colgaba de la chimenea. Mientras ella pinchó los leños a medio quemar, apoyó la mano libre en las tallas de la chimenea. Se sentía como su vestido: liso y ligeramente frío. Algo sobre la pose agitó su memoria, y por un momento tuvo una extraña doble sensación, como si estuviera al mismo tiempo en el palacio del oso y de vuelta en su casa en la cabaña.

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Los dedos que sostenían el atizador se sentían entumecidos, y lass soltó el pesado instrumento con estrépito. Se tambaleó hacia atrás de la chimenea, no quería que su vestido se quemara por su vértigo. Medio se sentó, medio cayó en la silla, y cuando su cabeza se aclaró se frotó la cara y miró hacia la chimenea. La repisa de hielo se sentía exactamente igual que la repisa de la cabaña. Ella se puso de pie y se acercó más, entrecerrando los ojos en los patrones de color blanco verdoso de la repisa de la chimenea. Mostraba más de los mismos símbolos angulares que adornaban los pilares de apoyo de la gran sala y que corrían en bandas alrededor de la parka blanca. —Esto no sólo se ve como el tallado en nuestra repisa de la chimenea de casa, — pensó en voz alta, la respiración empañaba un poco el aire porque su nariz estaba a sólo unas pulgadas de la repisa de la chimenea—. Es una copia exacta de la chimenea en casa. O más bien, la chimenea de la cabaña era la copia. Dos años atrás, Hans Peter había dicho que quería un cambio, e hizo la repisa de la chimenea de la cabaña. Había trabajado durante días, encajando una nueva madera en la parte superior, remodelando la vieja, y finalmente talló esos extraños símbolos que había cautivado a su hermana más joven desde su regreso del mar. —¿Significan algo? — La joven lass había preguntó, trazando las nuevas marcas de con un dedo. —Es una historia, —Hans Peter le había dicho mientras mezclaba un poco de aceite para frotar en la madera. —¿Qué historia? —Una historia maravillosa, —le había dicho con voz sombría—. Una maravillosa historia sobre una princesa en un palacio que es más hermoso que el amanecer y que anhela a un hombre joven y guapo que la ama. —Suena algo tonto,— lass había dicho. Había estado en la edad en la que despreciaba cualquier cosa que fuera remotamente de niñitas. —En realidad es una historia horrible,—Hans Peter le había dicho, su voz sonó más oscura que nunca—. Debido a que es todo una mentira. Y entonces no habló más de las tallas o la extraña historia. —Apuesto a que puedo atar cabos, —dijo lass ahora, con el ceño fruncido frente a las marcas y moviéndose al extremo izquierdo de la repisa de la chimenea—. Amor. — Trazó una marca familiar con el dedo—. Mentira, hombre, tristeza, solo, torre. — Ella frunció el ceño duramente, y luego por una corazonada, se dirigió a la parte derecha de la chimenea—. Los símbolos corren hacia atrás, — dijo con satisfacción, al ver las marcas de hace mucho tiempo,

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princesa y hermosa —. Es una lengua, una lengua hacia atrás. ¡Y puedo leerla! — Golpeó sus manos en el hielo en señal de triunfo. Entonces otro pensamiento vino a ella, y sus manos cayeron a sus costados como pesas. Soy capaz de leer esto porque Hans Peter me enseñó. Él puede leer este idioma. Conoce esta historia. El ha estado aquí.

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U

na vez que interpretó la historia en la repisa de la chimenea, la

lengua extraña comenzó a abrirse para lass. Algunos de los matices se perdieron, y no conocía todas las palabras, pero podía obtener la esencia de las historias. Leyó dos de los pilares y las bandas de tallas elaboradas sobre la puerta de oro. Había un gran número de menciones a la bella princesa, y su interminable búsqueda del amor, pero los cuentos parecían ser más amenazadores que románticos. Para lass, parecía como si la princesa estuviera ordenando - a todo hombre con quien se topaba- que la amara. Era la hora de la cena, cuando se dio la vuelta para ver a Erasmus y Rollo de pie detrás de ella, mirándola raro. —Hola, — dijo, dejando caer las manos con timidez. Había estado pasando los dedos sobre uno de los postes. —¿Qué estás haciendo?— Rollo ladeó la cabeza hacia un lado—. Te perdiste el almuerzo y el té. — No había mayor pecado que saltarse una comida, en la mente del lobo. —Bueno, entonces, debiste venir a buscarme, — le dijo. —La chimenea estaba demasiado cálida, —dijo él, y luego se estiró lánguidamente—. Y cuando Erasmus vino a quitar la bandeja de té sin comer, pensé que era mejor que lo siguiera a la cocina, a ver si todavía estabas allí. Pero no estabas, así que vinimos a buscarte aquí. —Estaba preocupado que aún estuviera, er, sorprendida de lo de esta tarde, — dijo Erasmo, sonrojándose—. Pero entonces Rollo me aseguró que iba a estar bien, ya que él estaba bien, y convenció a las salamandras que le dieran torta. — Su rubor se desvaneció y él sonrió con el recuerdo. —Sí, lo siento por las molestias, — se disculpó lass—. Por todos los inconvenientes que he causado. — Ahora que Rollo había mencionado las comidas perdidas y las bandejas sin comer, su estómago gruñó en voz alta—. ¡Perdón! —Debe estar hambrienta, —dijo el fauno con una sonrisa—. La cena está lista, si usted lo está. —¡Sí, por favor! — Hizo un gesto para que Erasmus liderara el camino hacia el comedor—. ¡Tengo tanta sed que podría lamer las paredes!

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—Las paredes tienen un sabor terrible,— Rollo le dijo—. Las he probado en nuestro primer día aquí. El hielo tiene un sabor a carne rancia. — Se estremeció y sacudió su piel con una mirada de disgusto. —¿Qué? — Lass se detuvo en seco, poniendo una mano para tocar el pilar más cercano—. ¿Lo tiene? — Ella casi lamió el pilar, entonces y allí mismo, para ver si Rollo estaba en lo cierto. Hielo que no se derretía y no enfriaba, obviamente, no era hielo normal, pero ¿por qué sabia a carne rancia? —Por favor, señora, la cena se está enfriando, — dijo Erasmus, con el rostro pálido—. Y tú no deberías estar lamiendo las paredes, — le dijo al lobo con voz grave—. Son... debes darte cuenta de que esto no es... el tipo de hielo al que estás acostumbrado. —Oh, por supuesto. — Sonriendo inocentemente, lass decidió lamer la pared de su dormitorio tan pronto como estuviera sola. En el comedor el oso blanco ya estaba esperando, sentado al lado de la silla de lass. Ella lo saludó cortésmente, y tomó su asiento. Erasmus le sirvió una comida con la magnificencia habitual: caldo sazonado con hierbas extrañas, verduras asadas con miel, pescado recubierto de avellanas y bañadas en mermelada de cereza. Después hubo un pastel que había sido empapado en nata y rociado con caramelo. —Por favor, da gracias a las salamandras, — suspiró cuando terminó. Ella se echó hacia atrás en su silla y dejó la servilleta a un lado—. Son unos fantásticos cocineros. —Voy a decírselos, mi señora. Ellos estarán encantados. Por el fuego, Rollo se dio la vuelta y dejó su lengua colgando de su boca. Había tenido un buen corte de carne y un pedazo de la torta, que lass había dejado caer en el cuenco. El oso también había tenido un pedazo de pastel, pero por lo demás había mantenido únicamente una conversación ociosa, mientras que lass y Rollo comían. Él le había preguntado si había visto las pinturas en la galería larga, y si le gustaban (en realidad no, todas eran escenas de batalla bastante horribles) y si había leído alguno de los libros de la biblioteca (sí, y eran una delicia). —¿Así que te gusta este lugar? — La voz del oso sonaba melancólica. —¡Sí, por supuesto! — Ella se inclinó hacia un lado de su silla y le dio unas palmaditas en uno de sus enormes patas—. Y no te preocupes, voy a averiguar sobre este encantamiento. —¡No! — Él se tambaleó hacia atrás y sus garras y dientes brillaron hacia ella. Lass se echó hacia atrás en su silla, y el isbjørn se relajó. Un poco—. Ten cuidado,— dijo, su voz era áspera—. Sería mejor si simplemente esperas.

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—¿Esperar qué? —Para que el año llegue a su fin. —¿Y entonces me dirás de dónde este palacio vino? —Sí. — Él asintió con gravedad. —¿Quién talló la chimenea en el salón? — El oso la miró parpadeando por el cambio de tema. —No lo sé. —¿Entonces no construiste este palacio? ¿Quién lo hizo? — Silencio. El oso movió lentamente la cabeza hacia ella, como si sus interminables preguntas lo decepcionaran. Sin embargo, ella continúo—. ¿Puedes leer la talla en los pilares? —A veces. —¿Qué quieres decir? —Los ojos del oso no son buenas para la lectura, — dijo, con la clara reticencia en su voz—. Es tarde. Buenas noches. — Avanzó pesadamente y salió de la sala del comedor. —¡Un momento, por favor! ¿Quieres que te lea? — Ella lo siguió fuera de la habitación del comedor. Tal vez entre los dos serían capaces de descifrar cada símbolo—. Isbjørn, ¿te gustaría eso? Pero él sólo se alejó pesadamente, a través de una gran puerta que se cerró detrás de él. —Los seres humanos son demasiado entrometidos, — Rollo dijo mientras seguía a su ama a su propia habitación. —Oh, cállate, —dijo lass, pensando mucho—. Si supieras lo que estaba tallado en esos pilares, también estarías curioso. —Yo no quiero saber. No quiero saber por qué las paredes tiene olor a podrido. Sólo va a conducir a algo malo. —Rollo. —Lass estaba exasperada por su falta de curiosidad—. ¿No quieres saber por qué estamos aquí? —Sí, pero estoy dispuesto a esperar hasta que ya sea hora de saber. — Continuaron hacia sus habitaciones en silencio.

En silencio, Rollo observó a lass quitarse la bata y ponerse un camisón. En silencio, la vio cepillarse el pelo dorado rojizo y lavarse la cara. El lobo se sentó al lado de su silla mientras ella leía un capítulo de un libro, una historia de los primeros reyes del norte. Finalmente, cuando ella estuvo en la cama, Rollo se quejó. —¿Qué? —Con un pie en el suelo y uno en la suave cama, ella lo miró. —¿Necesitas salir? La puerta no está cerrada.

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—No, yo no tengo que salir. — Parecía irritado. —¿Qué es, entonces? —Mi curiosidad me está matando, —dijo con un gruñido de disgusto. —¿Acerca de qué? —Sobre lo que dice en los pilares, — espetó, como si debería haber sido evidente—. No tientes a un lobo diciéndole que has leído algo curioso, y luego no le dices que. —Bien, ¿y quién es el entrometido ahora? — Lass puso el otro pie en la cama y le dio al lobo una mirada maliciosa. —Sólo dímelo, — declaró Rollo, avergonzado. —Bueno, lo que puedo decir es la historia de una princesa que vivía en un palacio y soñaba con encontrar un hombre guapo que la amara. Pero el hombre, o pueden haber sido hombres, la ofendieron, y ella quedó muy triste. O tal vez estaba amargada. — Lass levantó las rodillas bajo el edredón y envolvió sus brazos alrededor de ellos. —Hum, — fue el comentario de Rollo—. Eso no es tan interesante. Los seres humanos siempre están haciendo cosas por el estilo. —¿Quién dijo que eran seres humanos? — Lass alzó una ceja. —¿Qué son entonces? —No sé que era la princesa, simplemente dice que ella es una princesa. Pero todos los demás símbolos para personas tienen una marca debajo que Hans Peter me dijo que tienen un significado. Las marcas dicen que ella está buscando a un hombre guapo. Muy claramente. Pero en los pilares hay relatos de guerreros y príncipes y damas, y hay diferentes marcas por debajo, que creo que quiere decir que son diferentes criaturas. Al igual que Erasmo y el resto de los sirvientes. —¿De que tratan las otras historias? —Bueno, hay uno sobre la hermosa princesa viendo algunas doncellas en un bosque. No estoy segura, pero no creo que sean humanas. La princesa habla con ellas y ellas huyen, gritando. A excepción de una, que se burla de la princesa. La doncella cruel es golpeada hasta la muerte, y su prometido ataca a la princesa. Ella tiene misericordia de él, sin embargo, y lo lleva a vivir en su palacio para que pueda aprender lo que la bondad y la belleza realmente son. —Eso suena terrible. — ¿En serio? — Lass dio Rollo una mirada sorprendida. Rollo asintió. —En primer lugar, ¿por qué las doncellas corren cuando la princesa apareció? ¿Qué hizo que las asustó? —Yo no había pensado en eso. —A mí me parece que esta princesa no es tan hermosa, si todos sus amantes la traicionan y las otras mujeres corren gritando cuando ella aparece. —Bueno, tal vez es igual que cuando vi a los criados hoy. Son todos muy extraños, ya sabes, pero una vez que el choque pasó, son bastante sorprendentes en sus diferentes formas.

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—Tal vez , — dijo Rollo, pero sonaba dudoso—. Pero no creo que lo que la princesa hizo a continuación no fue muy agradable, tampoco. —¿Llevar al novio a vivir con ella? —Para darle una lección, has dicho. Su amante acaba de morir, y esta extraña princesa lo que sea-que-sea, lo aleja de su casa llevándolo a su palacio para ser su esclavo. —Nunca dije que fuera su esclavo, sólo... Hubo un ruido en la puerta de su dormitorio. Rollo se puso en pie y lass grito antes de ver que era Erasmus. Él la miraba en estado de shock, y en sus pezuñas había una bandeja y una taza rota. Chocolate caliente se filtraba en la alfombra. —Erasmus, ¿estás bien? — Lass saltó de la cama y corrió hacia el fauno. —¿Quién...dónde... cómo conoce esa historia? — se quedó sin aliento. Lass se ofendió temporalmente ante el conocimiento de que Erasmo había estado escuchando. —¿Por qué? —Yo ...e .. No hay una razón,— tartamudeó—. Me sonó... familiar. —Lo he leído de los pilares de la gran sala, — dijo ella, su estado de ánimo se ablandó. Erasmus se veía gris con el shock. —¿Puede leer el idioma de los tr... de los pilares? — Él la miró con una mezcla de asombro y temor. —Sí, mi hermano me enseñó, —dijo ella, sorprendida por su reacción. —¿Su hermano? — El fauno parecía abiertamente asombrado ahora. —Mi hermano mayor, Hans Peter, — aclaró, aunque parecía tonto, siendo que el fauno no conocía los nombres de sus hermanos, o de hecho no sabía si tenía alguno. —¿Hans Peter Jarlson? — La voz del fauno fue apenas un susurro. Lass agarró los hombros delgados de Erasmo. —¿Cómo lo conoces? — Erasmus se liberó de sus manos. —Se ha cometido un terrible error. Ella estará tan enojada. — Su rostro era blanco y apretado de miedo. —¿Quién? — El fauno se estremeció. —Espero que nunca lo sepa. — Su voz era sombría—. Enviaré a Fiona para limpiar.— Él se escabulló. Fiona entró unos minutos después. Lass había apilado los pedazos de la taza rota en la bandeja y la puso sobre una mesa auxiliar. La selkie utilizó toallas mojadas para secar la mancha y se llevó la bandeja de porcelana rota sin decir una palabra. Lass había comenzado a hacer algunos comentarios, pero la expresión sombría de Fiona causó que las palabras que murieran en su garganta.

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Cuando su compañero de cama se situó en la media noche, lass aún estaba despierta. Molesta, ella saltó de la cama tan pronto como él se metió. Ella tropezó con sus zapatillas, golpeó su brazo en el diván, y gritó con ira. —No estoy de humor para ti, — dijo con los dientes apretados—. Uno de nosotros va a dormir en el sofá. — Esperó, pero no hubo respuesta. Por supuesto—. Bien entonces, lo haré yo, — le espetó. Tiró de la piel de oso blanco de la cama, lo arrastró sobre sus hombros, y se acostó. Su visitante ni siquiera esperó hasta que ella se había sentido cómoda antes de levantarse de la cama, la cogió en brazos y la arropó en su lado de la cama. Trató de saltar de nuevo, pero él la sujetó. Cuando por fin se relajó, le soltó y fue a su lado de la cama. —Si esta es una parte del encantamiento, es una parte muy estúpida, — se quejó. Pero, cansada y con ganas de reflexionar sobre todo lo que había visto ese día, se quedó en la cama. Su compañero de cama exhaló un suspiro que le recordaba a Rollo y se fue a dormir. Lass quedó despierta hasta casi el amanecer, pensando en princesas que hacían que la gente corriera y gritara, y la expresión en el rostro de Erasmus habiendo oído la historia. Y el hecho de que Hans Peter, sin duda había sido un huésped en el palacio de hielo.

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A

la mañana siguiente, sintiéndose irritable y de mal humor, lass se

inclinó para golpear la almohada de su compañero de cama. Su irritación se desvaneció cuando vio un pelo oscuro en la funda de almohada. Lo tocó, pero se sentía exactamente como uno de los suyos. Finalmente lo enrolló alrededor de un dedo y lo puso en la caja de madera en su escondite de encajes y perlas. No vio Erasmus durante todo ese día. En cambio, Fiona sirvió el almuerzo y la cena, y trajo a lass en la noche una taza de chocolate. Al día siguiente, fue lo mismo: nada de Erasmus, pero si la hosca selkie en su lugar. El isbjørn ahora ignoraba sus preguntas tanto acerca de las tallas en los pilares de hielo como sobre el paradero de Erasmus. Se sentía como si estuviera siendo castigada por algo, pero no sabía qué. ¿Qué importaba cuántas preguntas hacía? Sobre todo si nadie las respondía. Pasó casi una semana antes de ver al fauno de nuevo. Caminando a través de la gran sala, se encontró con él de pie con su nariz a centímetros de uno de los pilares, las manos detrás de su espalda. Él se echó hacia atrás y adelante sobre sus pezuñas negras, y lass deliberadamente arrastró sus zapatillas de niño en la alfombra para anunciarse a sí misma. —¡Oh! — El fauno se dio la vuelta—. ¡Mi señora! —¿Dónde estabas? —E.. en ningún lado. —Bueno, me alegro de que me estás hablando, ahora que estás de vuelta,— dijo lass—. Lo siento si te he molestado antes. —No es su culpa, mi señora, — dijo el fauno, alejándose del pilar. Al darse cuenta de que no podía leer el lenguaje inscrito en ella, lass señaló a otro de los pilares. —Ese es, —dijo en voz baja. —Oh. — Erasmus le echó un vistazo, lamiéndose los labios. Miró por encima del hombro, y luego más allá de lass, pero no había nadie más a la vista. Rollo se había ido para su mañana "reconstructiva". Lass se acercó a la columna en cuestión, y después de un momento de vacilación Erasmus se unió a ella, sus cascos hacían un ruido alto de clic sobre el suelo de hielo. Leyó la historia en voz alta, señalando cada símbolo con su dedo.

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—No sé lo que esto significa, pero sé que el signo anterior significa que las mujeres eran jóvenes, —dijo. —Fauno, — él susurró—. Ese debe ser el signo de fauno en... este lenguaje. —Entonces, ¿sabes de qué se trata? — Señaló el símbolo que estaba bajo el signo de la princesa—. Sé que esto, — ella trazó el símbolo de "princesa" —, significa princesa. —Puedo adivinar. —¿Qué significa este? — El fauno se detuvo, su rostro quedó blanco. —Troll. —Sopló la palabra en el aire inmóvil, sin mirar a lass, pero mirando el símbolo que su dedo tocó como si fuera venenoso. Lass no sabía qué decir. —Yo creía que los trolls eran feos, —dijo finalmente—. Pero supongo que incluso las princesas trolls son hermosas. —El fauno sólo se estremeció. Un pensamiento golpeó a lass y ella sintió que su estómago cayó hasta sus zapatillas—. Un troll mágico construyó este palacio, ¿no? Es el encanto de un troll el que tiene al isbjørn aquí. — Otro estremecimiento. —He dicho demasiado, — dijo Erasmo, había verdadero miedo en su voz—. Tengo que irme. —Él huyó de inmediato. —¡No, espera! ¿Por favor? ¡Cuéntame más! — Pero tan pronto como lass corrió, él fue más rápido, y se limitó a sacudir la cabeza sin mirar a su alrededor. Cuando llegó a la puerta que conducía a la cocina, comenzó a bajar las escaleras, pero luego se detuvo y dio media vuelta. Lass se detuvo también, a pocos pasos de distancia, con una mano extendida a modo de disculpa o de petición, no estaba segura. —El nombre de la doncella fauno, —dijo Erasmus de repente, con voz estrangulada—. La que desafió a la princesa troll y murió a causa de su malvada lengua. — Lass tuvo que lamer sus labios para que cualquier palabra saliera. —¿Sí? —Era Narella. En nuestro idioma, significa: La que brilla. — Y luego se apresuró a bajar la escalera oscura hacia el dominio de los criados. —Narella, dijo la joven. Era un hermoso nombre. Tenía una envidia natural hacia los nombres hermosos de las mujeres, después de haber pasado tanto tiempo sin uno propio. Ella se calmó la envidia al pensar en el nombre que le fuera legado por el reno blanco, que para ella, era el nombre más bello de todos. Se quedó inmóvil, también, pensando en la doncella fauno, Narella, estaba muerta.

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—El reno blanco, —suspiró—. El reno blanco, — repitió, esta vez más fuerte. Golpeó el costado de su cabeza, sintiéndose como una tonta. Habían pasado muchos años, y mucho pasó desde entonces, tanto que había olvidado lo que le había pedido primero al reno: una cura para Hans Peter. Y el reno, al ver el bordado en la parka blanca, se había echado atrás y dijo que Hans Peter estaba maldecido por un troll. —Debería haber hecho la conexión hace mucho tiempo,— murmuró para sí misma, sintiéndose tonta y asustada ahora. Rendida, volvió a sus aposentos, donde Rollo estaba en su posición habitual frente al fuego. Su cuerpo estaba notablemente más grueso a causa de las ricas carnes y dulces que había estado comiendo y apenas se movió cuando ella entró. Se sentó en una silla junto al fuego y puso sus pies calzados con zapatillas en su caja torácica. —Narella, —dijo. —Dios te bendiga, — respondió él. Se frotó los pies en la piel del lobo irritada. —He estado hablando con Erasmus. ¿Te acuerdas de la historia de las doncellas que estaban retozando, y luego la princesa las descubrió y huyeron? La que no corrió, la desafiante, se llamaba Narella. Era un fauno. — Lass respiró profundamente—. Y su prometido se llamaba Erasmus. Nuestro Erasmus es la persona a la que se le enseña la bondad y la belleza. — Rollo se extendió por debajo de sus pies y se sentó. —¿Te dijo eso? —No. Y sí. Lo encontré mirando las columnas, y le mostré cual era, y me dijo que el símbolo no podía entender, bajo el símbolo de la doncella, significaba fauno. Entonces le pregunté cuál era el símbolo bajo el de la princesa. —¿Qué significa? — Las orejas de Rollo fueron compungidas hacia adelante, y se apoyo cerca de ella, su pecho se apretó contra sus rodillas. —Troll. — Decirlo de nuevo la hizo temblar. No fue nada en comparación con el estremecimiento que atormentó a Rollo, su pelaje se erizó y sus labios se curvaron sobre sus dientes blancos. —Y entonces ese olor a podrido es de troll, —dijo. Entró en el dormitorio. Lass, después, lo vio pasar a través de la cámara y hacia su armario. Se puso de pie en medio de la alfombra allí, mirándola. —¿Qué estás haciendo? — Se detuvo en la puerta, poniendo una mano sobre el marco. Se sentía cansada, agotada y enferma. Magia de Troll. —Ponte tus cosas viejas. — La voz del lobo era tensa—. Nos vamos. —No puedo.

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—Nadie dijo nada de tener que vivir en la guarida de un troll. —Todos los músculos en el cuerpo de Rollo estaban tensos. —Rollo, le di mi palabra de que me alojaría aquí por un año. Sólo han pasado dos meses. —Y el oso te prometió que no te perjudicaría. —Pero no lo he sido. Estamos perfectamente seguros. —No estamos seguros. ¿Cómo podríamos estarlo? ¡Trolls! ¡Trolls! — Se paseó nerviosamente—. Erasmus está atrapado aquí, el isbjørn está atrapado aquí, la mujer de Erasmo fue asesinada... ¡tenemos que salir! —No puedo. ¡He dado mi palabra! — Ella se aferró a la puerta negra. El miedo de Rollo alimentaba el suyo y sus rodillas se volvieron flácidas. Pensó que podría estar enferma. Esta era la casa de un troll. —¡Fuimos engañados! Una promesa hecha a un mentiroso no es promesa, — argumentó Rollo. —Pero él no miente. Él no dijo nada. Él no podía, ¡está atrapado también! ¡Tenemos que ayudarlo! —¿Por qué? ¿Qué es él para ti? —Nada ... ¡no! Él es mi amigo, y el tuyo, — dijo—. No voy a dejar al isbjørn aquí para sufrir bajo este encantamiento. Y si le puedo ayudar, puedo ayudar a Hans Peter. Sentía una extraña agitación en su pecho, sin embargo, y pronto supo que, incluso si no fuera por Hans Peter, ella no dejaría al isbjørn. Rollo gimió y pateó la puerta del armario donde su ama mantenía su ropa vieja. —No me gusta esto. Creo que debemos irnos. — La atención de lass se centró en el armario. Todo lo demás se desvaneció. El armario. Sus ropas viejas. Las palabras del reno blanco. La parka de Hans Peter. —El lenguaje de troll, — dijo bruscamente. Rollo detuvo sus cavilaciones. —¿Qué? —El bordado en la chaqueta de Hans Peter está en el idioma Troll,— ella dijo, corriendo hacia el armario y abrió las puertas. Sacando la parka blanca, se sentó en el suelo con ella. Las bandas de bordados, las espirales y los puntos en la última parte, tomaron significado ante sus ojos. Los símbolos aquí eran más irregulares y más amenazantes, que los que había visto tallados, y el bordado era más difícil de descifrar que el de la escultura. Miró por encima del hombro, con la certeza de que estaba siendo observada, pero sólo estaba Rollo, lloriqueando y moviéndose.

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Las cintas azules, bordadas con blanco, contaban una historia sobre el amor y la pérdida, y un lugar extraño "Más allá de la Luna." Las cintas rojas, también bordadas con blanco, contaban una historia similar de amor y pérdida, pero esta estaba llena de traición e ira. Por primera vez se dio cuenta de que las cintas azules se superponían a las rojas, ocultando algunos de los símbolos, y parecían haber sido bordadas por dos manos distintas. Las bandas azules fueron marcados con puntos pequeños y hábiles, y las rojas por unas más grandes, más gruesas, y sin embargo, más contundentes en su ejecución. —¿Qué dice?— Rollo se acercó estrechamente, empujando la parka con su nariz. —Dice que el portador vivió aquí, en el palacio de hielo, — lass dijo con voz ahogada—. No, él ... debe ... vivir aquí. Un año y un día, con una doncella como ... novia ... que nunca vería la cara de él. —Al igual que el isbjørn, —Rollo embistió—, salvo que eres la especie equivocada para ser su novia. —También le he visto la cara, — señaló ella con aire ausente, sin dejar de leer—. Eso es lo que dicen las partes rojas. Dicen que va a ser traicionado, y luego tiene que ir a la princesa y ... amarla por siempre, — terminó abruptamente. —¿La princesa troll? —Sí, —dijo lass—. Esa princesa troll horrible otra vez. Estoy de acuerdo contigo: Ella no es una buena persona. —Ella no es una persona en absoluto, es un troll, —dijo el lobo, como si eso resolviera el asunto. Para lass lo hacía. Esta pobre, princesa incomprendida que sólo estaba buscando el amor, según los relatos, era realmente una criatura horrible que atrapaba inocentes con su magia. Ella había esclavizado a Hans Peter, pero de alguna manera se había escapado. ¿O no lo había hecho? —Todavía hay una maldición de troll sobre Hans Peter, —dijo lass—. Es por eso que sigue siendo tan infeliz. Y es por eso qué el cabello se está volviendo blanco cuando es tan joven. —No quieres que nos vayamos hasta romper este encantamiento, ¿no? — Él gimió—. ¡Nunca vamos a volver a casa! —¿Qué te hace pensar que no puedo hacerlo? —Porque es un troll. No se puede luchar contra un troll. No puedo luchar contra un troll. Nadie puede, y seguir viviendo. — Él se estremeció y se sacudió—. Mira las tallas de todo este palacio. No son nada más que historias de criaturas que han sido asesinadas o esclavizadas por este troll. —Bueno, tal vez no sabían a lo que se estaban enfrentando. Pero nosotros sí, — dijo lass, sintiéndose bastante insultada. Si Rollo no creía en ella, ¿quién lo haría?

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—Gaaah, —dijo Rollo. Luego cambió de tema—. ¿Qué dice la parte azul? — Él olfateado la parka. —Oh, sí. — Lass frunció el ceño hacia él—. No es tan elocuente como la roja. Dice: "Te amare siempre, te extrañare siempre" y entonces algo acerca de correr, noche y día, dejando el lugar del sol y la luna, de hielo y nieve. "Nunca mirar hacia atrás, nunca olvidar".

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L

ass estaba tan absorta en tratar de leer la historia de la parka que no

se dio cuenta del paso del tiempo. Al igual que cuando había descifrado los pilares de la gran sala, se salteó el almuerzo y el té, estudiando detenidamente las marcas. Cuando su frustración creció por la forma en que las bandas azules se cruzaban sobre las rojas, sacó sus pequeñas tijeras de costura y delicadamente cortó los hilos que sostenían las cintas azules en su lugar. Levantando cuidadosamente las cintas azules sueltas, el mensaje urgente de las rojas creció aún más claro. —Hay algo raro aquí, — le dijo a Rollo—. Yo no entiendo muy bien que. Algo sobre atraparlo sin cadenas, haciéndole hermoso y terrible donde antes él no era más que hermoso. No puedo entenderlo. Hubo un gruñido desde la puerta. Sorprendida, lass dejó caer la parka y se puso de pie. Rollo gruñó y se le levantó la piel del cuello, luego se relajó cuando vio quién era. —¿Estás bien? — El isbjørn estaba a cuatro patas en la puerta. —Sí. Sólo, er, me sorprendiste, — chilló lass. —Llamé a la puerta, —dijo en tono de disculpa—. Pero no contestaste, y me preocupé. —Oh, sí, lo siento, estaba... ocupada. — Se puso de pie y rápidamente metió la parka de nuevo en el armario. El oso blanco siempre estaba incómodo con cualquier conversación sobre encantamientos, por lo que no vio el momento de hablarle de sus recientes descubrimientos. —Tengo algo para ti, — dijo el isbjørn, su gran voz, retumbante sonaba tímida. —¿Qué es? —Tuve que dejarlo en la sala de estar, — le dijo él, dándose la vuelta—. Por favor, ven y ve. Ella lo siguió por el dormitorio hacia la sala de estar, con Rollo a sus talones. El isbjørn se acercó a una pequeña mesa junto a la chimenea y se sentó sobre sus cuartos traseros. Con una larga garra negra señaló un delgado libro que estaba sobre la mesa. Lass se acercó y cogió el libro. Podía ver abolladuras leves en la cubierta de cuero donde los dientes del isbjørn lo habían marcado

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cuando lo llevó en la boca. Por otra parte, era muy sencillo, encuadernado en cuero marrón con nada impreso en la portada. Lo abrió, y estaba en blanco dentro. Sólo había diez páginas o menos. —¿Un diario? — Pensó que era amable de su parte, pero también extraño. Él se echó a reír. —No del todo. No debes escribir ... secretos ... en él. Tu familia tiene la pareja de este. Lo que escribas, lo verán. Lo que ellos escriban, lo verás. — Lass miró el libro, y luego al isbjørn. —¡Qué maravilla! — Dejó el libro a un lado y le echó los brazos alrededor de su grueso cuello—. ¡Gracias! ¿Pero van a saber cómo usarlo? ¿Cómo llegaste a ellos? ¿Los viste? ¿Están bien? — El isbjørn volvió a reír por su ráfaga de preguntas. —No, no los vi. Tengo un mensajero que lo entregó, con instrucciones. Ellos lo han recibido esta mañana. — Se detuvo, con el ceño fruncido—. Les advertí en la nota de no decirle a nadie sobre esto, y no debes decirle a ninguno de los sirvientes de aquí. Esto no es una cosa que debas tener, pero ... Yo no quiero que estés muy nostálgica. —Entiendo. — Luego lo abrazó de nuevo—. ¡Gracias, gracias, mil veces gracias! — Tomó el pequeño libro sobre el escritorio y sacó una pluma y la tinta—. ¡Voy a escribir a Hans Peter de inmediato! —Pensé que lo harías, — dijo el isbjørn. Su voz era melancólica—. ¿Te veré en la cena? —Por supuesto, — dijo, su mente ya estaba en el libro—. Como de costumbre. — No lo oyó irse. «Querida familia, » escribió en el librito, «Soy yo, pika. Espero que todos estén bien. » Entonces no sabía qué más escribir. ¿Vivo en un palacio de hielo? ¿Cada noche, un extraño joven duerme en mi cama? ¿Estoy atendida por sirvientes que no son humanos? ¿El palacio fue hecho por un troll? Estas frases parecían tan alarmantes e inadecuadas. Sin saber qué más hacer, cerró el libro y puso su mano derecha sobre él. Contó hasta diez, y luego lo abrió. Las palabras que había escrito se habían ido. Ella hojeó el resto de las páginas, pero nada más apareció. —Bueno,— le dijo a Rollo—. ¿Y ahora qué? —No me gusta esto, — fue su comentario—. Es probable que sea más magia troll. —Por supuesto que es magia de troll,— le espetó—, pero si se me permite hablar con Hans Peter, yo no... ¡Oh!

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La página abierta del libro delante de ella ahora contenía una palabra. «¿Lass? » «¿Hans Peter? » se apresuró a escribir. «¿Estás bien? » preguntó. «¡Sí! ¿Y tú? ¿Y padre? ¿Los otros? »Las palabras aparecieron en la página lo más rápido que podía contar. «¡Muy bien! Askel derribó un isbjørn, y lo vendió al peletero real en Christiania. El rey no tendrá ningún otro cazador ahora. Askel le lleva carne para la mesa real y pieles para la ropa. Askel y madre viven en una hermosa casa en Christiania. Einar está con ellos. » Lass soltó una risa sombría. Era lo que su madre siempre había querido. «¿Pero tú? ella escribió, ¿y padre? » «Padre y yo nos quedamos en la cabaña. No lo reconocerías, sin embargo. El techo es nuevo, un regalo de Askel. Pero hemos añadido otra habitación y nuevo mobiliario cortesía de la propia buena suerte de Padre. » Lass se detuvo y leyó lo que estaba escrito a un impaciente Rollo. Esta última parte la hizo contener el aliento. «¿Buena suerte de Padre? » «Día después de tu partida, el primer árbol que cortó tenía un tesoro en su interior. Un cofre de acero con monedas de oro que habían sido enterrados junto al árbol cuando era un árbol joven. El árbol ha crecido alrededor de él, ocultándolo hasta que padre llegó. » Lass estaba muy contenta por esto. Sabía que sería rejilla en el orgullo de su padre prosperar únicamente por Askeladden. Ahora podía presumir (no es que alguna vez lo hiciera) de su propia riqueza. «Oh, estoy tan contenta» ella escribió. Hans Peter respondió: «¿Qué hay de ti? Aventuro que sabes lo que es mi vida » «Yo vivo en un palacio de hielo » «Es lo que me temía » «Estuviste aquí, ¿verdad?» «Mi cobardía ha maldecido a todos. Lo siento, hermana» «¿Qué quieres decir? ¿Qué te ha pasado? » No hubo nada durante mucho tiempo, y lass temía que Hans Peter se hubiera ido y dejado el libro, demasiado enfermo por dentro como para

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siquiera responder. Ella se paseaba por la angustia, parando cada cinco pasos para mirar el libro de nuevo, esperando que aparecieran más palabras. Cuando finalmente lo hizo, corrió a la mesa tan rápido que se aplastó un dedo con pie de la silla. Tuvo que saltar de un lado a otro y maldecir un minuto antes de que las lágrimas pararán y poder leer. «No puedo hablar. Incluso después de todos estos años y todo esta distancia, no puedo hablar. Su poder es muy fuerte. Lo siento, hermana, pero tienes que tropezar en la oscuridad como mi Tova lo hizo» —¿Tova? — Lass parpadeó y miró a Rollo—. ¿Quién es Tova? —No lo sé, — respondió, arañando el pie con impaciencia—. Pregúntale. «Ella era hermosa» Hans Peter escribió en una mano temblorosa, y amable. «La habrías amado. Ella se ha ido. Puedo oír Rolf Simonson llamándome. Tendré a Padre escribiéndote esta tarde cuando regrese» Y su padre lo hizo con alegría pidiendo noticias de su bienestar y sobre los acontecimientos de la casa. El oro que Jarl había encontrado le había permitido enviar dotes a sus hijas casadas. «Eso es maravilloso, padre» lass escribió. «Me alegro de que todos ustedes estén tan bien» Era tarde, y ella ya estaba en su ropa de noche. Durante la cena le había contado al isbjørn sobre su conversación con Hans Peter, omitiendo a la misteriosa Tova y la charla de su maldición. El oso había tenido el placer de que su regalo le hubiera gustado, pero de nuevo le advirtió que no hablara de él frente a cualquier otra persona. Siempre que Fiona había ido a servir, el oso había cambiado de tema. Una vez más, a Erasmus no se lo veía. Lass y Jarl se escribieron de continúo durante algún tiempo esa noche, cada uno tratando desesperadamente de parecer alegre y fingir que estaban charlando en la mesa. Jarl prometió que involucraría a Jorunn en el secreto en su visita siguiente, para que le escribiera a lass también. Eufórica, pero cansada, lass cerró la libreta y se metió en la cama grande. Su mente estaba tan ocupada girando sobre los acontecimientos del día que apenas se dio cuenta cuando el extraño hombre llegó y se metió en la cama junto a ella. Cuando su ronquido alertó a su presencia, ella simplemente se acercó y le dio un codazo, tanto como lo habría hecho con una de sus hermanas. Se dio la vuelta, y los dos se fueron a dormir.

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A

hora que lass se había desbloqueado al idioma troll y había

aprendido, que era el idioma de troll, no podía dejar de buscar respuestas. Recorrió el palacio por más tallas y bordados, y luego se dirigió a la biblioteca. Encontró un libro en blanco, y comenzó a grabar lo que había aprendido sobre la princesa troll, los faunos, ella misma, y Hans Peter. Encontró un diccionario Norsk y marcó las palabras trolls en las contrapartes en los márgenes. Hacer esto le hizo darse cuenta de cuán limitado era su vocabulario troll, pero decidió que palabras como "ambidiestro" y "penúltima" le eran inútiles de todos modos. —Salvo que alguna vez me encuentre con el penúltimo troll, y él pueda usar las dos manos igualmente bien, —pensó en voz alta, con una risita. —¿Perdón, señora? — Lass saltó, cerrando el diccionario. Se dio la vuelta, culpable por haber sido sorprendida desfigurando un libro, y vio al ama de llaves, la Sra. Grey. La gárgola estaba de pie en la puerta de la biblioteca con un largo plumero en la mano. No parecía en absoluto preocupada de que lass hubiera escrito en uno de los libros, y la joven se relajó. —Hola, Sra. Grey, — dijo. Dejó el libro a la espalda de todos modos—. ¿Cómo está hoy? — Realmente deseaba que la gente dejara de acercársele sigilosamente. —Muy bien, gracias, mi señora, — dijo la Sra. Grey. Ella flotaba en la puerta, mirando de forma incierta—. ¿Quiere que vaya a otra habitación, mi señora? —No, en absoluto. — Lass hizo un gesto expansivo—. No quiero estar estorbando en sus tareas. Justo se le ocurrió que no había hablado con el resto del personal, ya que los había visto reunidos. Lass se acercó a una silla junto a la ventana y se sentó. Las ventanas de hielo eran mucho más claras que las de vidrio burbujeante amarillento a las que lass estaba acostumbrada. Por desgracia, lo único que había para ver por cualquiera de ellas, era una llanura interminable de nieve blanca. El ama de llaves se encogió de hombros tímidamente mientras caminaba por la habitación. Al principio sus esfuerzos para quitar el polvo eran sólo superficiales, pero como lass se sentó tarareando y escribiendo en el diccionario, la Sra. Grey

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pareció relajarse. Su limpieza se hizo más profunda, y sus hombros se desanudaron. Lass soltó: —¿Sra. Grey, de dónde es? —¿Perdón?— El plumero cayó sobre una mesa auxiliar. —¿De dónde viene? Usted no nació aquí, en el palacio, lo apostaría. — Lass sonrió. —No, no lo hice. — El ama de llaves cogió el plumero con mano firme, como si fuera una espada. —¿Dónde, entonces? Estoy segura de que nunca he visto ninguna ... persona ... como usted en el Norte. —Soy del sur de allí, — dijo remilgadamente la Sra. Grey. —¿Dónde? ¿Dinamarca? — No. —Prusia —No. —¿Italia? El ama de llaves suspiró y la miró. —Mi señora, si va a poner fin a este interrogatorio: Soy de Francia. —¿En serio? — Lass dejó de lado su diccionario y se inclinó hacia delante—. ¿Cómo es allí? ¿Son.. su ... tipo ... es común en Francia? — Los ojos de la Sra. Gray se empañaron. —Es tan diferente como en el Norte como los nabos y las naranjas,— dijo en voz baja—. Mi pueblo es bastante numeroso: los franceses construyeron un gran número de iglesias, y vivimos en los campanarios. — Lass echó a un lado la imagen más desconcertante de ser observada mientras se rezaba por una familia, de cosas con alas grises. —¿No quiere ir allí de nuevo? — preguntó. Enderezando su espalda, la Sra. Grey volvió a su trabajo. —Eso no importa,— dijo. Terminó de limpiar el polvo rápidamente y se fue sin decir una palabra. Lass se preguntó cómo sería ser de Frankrike 4, como había crecido llamándolo. —Frahnce, —dijo en voz alta, saboreando la palabra de la forma en que la Sra. Gray la decía. ¿Sería extraño?, pensó, ¿Ser de Francia? No tan extraño como tener la piel gris y alas de murciélago, supuso.

—Sería extraño estar bajo un hechizo de troll, supongo, — dijo Rollo después. Estaba sentada en el suelo en medio de su habitación de nuevo, cociendo cuidadosamente las cintas azules de nuevo en la parka. Se sentía
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Frankrike: Francia en Noruego

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culpable por desfigurar la propiedad de su amado hermano mayor—. Al menos nosotros todavía no lo estamos, — dijo Rollo misteriosamente. —¿Cómo lo sabes? —Lass tenía curiosidad. No se sentía maldita, pero ¿quién sabía cómo eso se sentía? Rollo había sonado completamente seguro, sin embargo. —Porque traté de abandonar el palacio, —explicó Rollo—. Llegué bastante lejos antes de pensar que sería mejor volver. — Él bostezó, mostrando sus largos dientes blancos—. Pero no sentí nada que me obligara a regresar. Así que creo que somos libres de irnos. —Tú lo eres, —dijo con recato—. Pero yo di mi palabra de que no me iba a ir. —Y yo le di mi palabra a tu hermano de que me quedaría contigo, — contestó el lobo—. Así que no voy a dejarte, incluso si estás encantada. Pero no creo que lo estés. No hueles como los demás. —Eso es porque soy la única ser humano, — dijo con un encogimiento de hombros. Ella volvió a su costura. —No, es porque no estás encantada, —argumentó Rollo—. Aquí todo el mundo huele diferente, eso es cierto. Pero también hay otro olor, sobre su olor regular. Ese olor a carne podrida. — Arrugó la nariz larga—. No hueles así, sin embargo. —¿Pero los siervos si? —Y el isbjørn. —Tal vez simplemente no se bañan, —dijo lass, pero fue sólo una broma a medias. Ella creía a Rollo, su nariz era demasiado entusiasta—. Así que no tengo que quedarme. —Sólo para honrar tu palabra, — coincidió Rollo—. Lo cual, como sabes, es una costumbre totalmente arbitraria, — agregó. —¿Costumbre completamente arbitraria?— Lass miró a Rollo con diversión—. ¿Quién te enseñó eso? —Hans Peter me lo dijo antes de irnos, —dijo Rollo—. Él dice que use eso si las cosas se ponen mal, para ayudar a convencerte de que está bien irnos. Y si todavía no lo ves, se supone que tengo que morderte. — Parecía incómodo. Ambos guardaron silencio mientras digerían esta información. Si Hans Peter le dijo a Rollo que mordiera a su ama, para lass significaba que esperaba que las cosas fueran realmente terribles. —Bueno, él ha estado aquí antes, — señaló lass. Hizo una mueca—. Esto me hace preguntarme qué tan mal fueron las cosas para él, que siquiera lo sugiere. Algo me dice que no estaba envuelto en satén y alimentado por tan buena comida. — Ante la mención de los alimentos, gruñó el estómago de Rollo.

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—Yo he salido corriendo en la llanura de nieve durante todo el día,— dijo con gran dignidad—. Y es tiempo para la cena. —Muy cierto. Así que se unieron al isbjørn para la cena. Lass había leído una obra de teatro que el isbjørn le recomendó, y discutieron largamente. Lass pensó que el personaje femenino principal era demasiado histriónico, pero el isbjørn sostuvo que cuando la obra se interpretó, fue muy conmovedor. Lass quería saber dónde un oso habría visto una obra de teatro, y el isbjørn cambió de tema a la poesía, de la que también era aficionado. Lass conocía sólo un poco los antiguos eddas5, por lo que el oso sugirió algunos poetas modernos para que ella probara. Lass se comprometió a leerle uno de ellos en voz alta en el almuerzo del día siguiente, y le dio las buenas noches.

Cuando lass se desnudó y se metió en la cama, comprobó su pequeño libro mágico por última vez, pero no había nuevos mensajes de su familia. Lo metió debajo de la almohada, junto con el diccionario y el diario que estaba haciendo, y se fue a dormir. Esa noche a su visitante de medianoche no roncó. Durante un sueño, sin embargo, lass le dio una patada, y luego se encontró a sí misma medio despierta y dándole palmaditas en el hombro a modo de disculpa. Él sólo gruñó y se dio la vuelta y se volvió a dormir.

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Los Edda son colecciones de historias relacionadas con la mitología nórdica. Con este nombre se conocen dos recopilaciones literarias islandesas medievales que juntas forman el corpus más importante para conocer la mitología nórdica.

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os días pasaron de la misma manera después de eso. Lass leía y

discutía poesía y novelas con el isbjørn, escribía en su diario y hacía notas en el diccionario y meticulosamente se movía en el palacio en busca de pistas. Comenzó a visitar la cocina y hablaba con los otros sirvientes, y continuó esperando en sus habitaciones por Fiona la selkie hosca. Se enteró de que el minotauro era de una pequeña isla cerca de Grecia, y que Erasmus era de otra isla griega. Descubrió que la Sra. Gray se veía como si hubiera sido tallada en piedra, porque realmente estaba hecha de piedra, y que a veces se sentaba en el techo del palacio por días, sin moverse o siquiera respirar, para nada afectada por el clima. Nada de esto le decía a lass el cómo los sirvientes habían llegado a estar aquí, aunque una de las salamandras dejó escapar algo sobre que la vanidad de Fiona fue su perdición. A diferencia de la historia de la amada de Erasmus, Narella, los trolls no habían sentido la necesidad de tallar las historias de los otros en las paredes del palacio. Los trolls, o Hans Peter. —Me acuerdo de tu hermano, — una de las salamandras anunció un día—. Era muy alto. — La salamandra le llegaba sólo hasta la rodilla de lass, por lo que supuso que todo el mundo era alto para él, pero en este caso estaba en lo cierto. —Sí, él es alto. —¿Es? ¿Vive todavía? — La salamandra claramente se sorprendió . —Sí, por supuesto. — Lass se sorprendió por el supuesto de que no iba a estarlo. —¡Bueno, qué interesante! — A toda prisa se fue de nuevo al gran fuego de la cocina y celebró una conferencia de siseos con los otros tres—. Qué interesante, — reiteró, saliendo de nuevo de el medio del fuego. —¿Qué más recuerdas de mi hermano? — Entonces algo se le ocurrió. Había pensado que sólo Erasmus sabía que Hans Peter era su hermano—. ¿Cómo sabes que mi hermano había estado aquí? — Las salamandras intercambiaron miradas maliciosas. —El fauno nos lo dijo,— dijo otro también saliendo del fuego. Lass tenía problemas para distinguirlos, pero eso no pareció molestarles—. Pero no le hemos dicho a nadie más.

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—No, no es seguro, — el primer acordó. Miraron a su alrededor, pero eran los únicos en la cocina—. Erasmus sabía que no lo contaríamos. —Eso es muy amable de su parte. Ahora, ¿qué es lo que recuerdas? ¿Alguna cosa... interesante? —Le gustaba leer, cuando podía, y tallar. Estudió los libros en las bibliotecas, luego, tallaba cosas en la repisa de la chimenea. No en los pilares, sin embargo. —¿Quién talló esos? —Algunos de los que siempre han estado aquí, aún más antes que nosotros, — dijo la tercer salamandra. Tenía una voz más aguda, más suave que las otros, y lass sospechó que se trataba de una mujer—. Y algunos fueron talladas por alguno de los otros pobres seres humanos. — Las otras dos salamandras la hicieron callar y todos corrieron de regreso a su fuego. No dijeron nada más, por lo que lass se fue al piso de arriba.

Cada mañana, después del desayuno escribiría a su padre y a Hans Peter, y ellos le contestaban. Esa mañana, cuando abrió el libro, ya había un mensaje en espera para ella, esta vez de Jorunn. «Querida hermana, siento tener que decirte esto, pero gravemente herido» padre ha sido

Lass se quedó sin aliento, y mantuvo el libro más cerca de sus ojos, como si eso le ayudara a leer más rápido: «Ayer el árbol que estaba cortando se desplomó sobre él. La pierna y el brazo derecho estaban muy aplastados. Él estaba cerca de la granja de Haraldson, su hijo mayor lo encontró. El médico de aquí poco pudo hacer, por lo que Hans Peter llevó a Padre a Christiania. Padre ya tenía fiebre. Yo quería ir, pero estoy demasiado cerca de tener el bebé. Tordis y su esposo llegaron en su trineo y se fueron con ellos. Sé que no puedes venir, pero quería que supieras que podrías rezar por Padre. Todo mi amor, Jorunn Numb» La joven lass se sentó en su escritorio elegante y pequeño por un tiempo. Finalmente, Rollo despertó de su siesta de la mañana y fue a preguntar qué noticias habían llegado. No fue hasta que él puso su nariz húmeda en su palma vacía que ella reaccionó y lo miró.

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—Creo padre se está muriendo, — dijo, su voz era apenas un susurro. Tragó saliva y se atragantó y tosió y empezó a sollozar. —¡Padre se está muriendo! Cogió el librito y se paseó por el palacio. Corrió a través de la biblioteca, a través de la habitación llena de ruecas, por el cuarto de la mantequera, por la gran galería llena de herramientas y pinturas e imprentas. Mientras corría, gritaba: —¡Isbjørn!, Isbjørn! — Se sentía estúpida, gritando de esa manera. Nunca le había parecido extraño que el oso blanco no tuviera un nombre, después de todo, ella no le había dicho el suyo-, pero ahora sintió una punzada porque nunca había preguntado—. ¡Isbjørn, Isbjørn! —¿Qué pasa? — Estaba corriendo hacia ella por un largo pasillo, lleno de alcobas no utilizadas. Los ojos y la nariz fluían, sin aliento, ella le mostró el pequeño libro, sin importarle lo tonta que parecía. —Mi padre se está muriendo, — dijo sollozando. El isbjørn entrecerró los ojos apretados en la letra de Jorunn y luego se sentó sobre sus patas traseras. Levantó la vista hacia el cuadro colgado en la pared por encima de ellos -unas criaturas con patas de caballo y torsos humanos retozando-, y luego hacia abajo a sus faldas arrugadas de terciopelo azul—. Tengo que ir a casa, —sollozó. —No puedes. —Por favor, — rogó. Ella extendió la mano y se agarró a la piel de su cuello, lo que le obligó a mirarla—. Por favor. Voy a volver. Sólo tengo que verlo. —Él le dio uno de esos tristes, gemidos gruñidos, que casi sonaba como una vaca berreando. —¿Vas a volver? —Sí, si todavía me quieres. —Te necesito, —dijo—. Te llevaré a tu familia hoy, pero tienes que prometer volver. Debes vivir aquí un año. —Sí, por supuesto. — Sacó un pañuelo de encaje y limpió su cara—. ¡Muchas gracias, muchas gracias! —Me tienes que prometer algo más, —dijo el oso, su voz era pesada. —¡Cualquier cosa! —Prométeme que no le dirás a nadie los secretos del palacio. —¿Qué? — Lass dejó de soplar su nariz para mirar. No había pensado que sabía acerca de sus descubrimientos—. ¿Te refieres a la tr...? —¡Silencio! No hables de nuestros secretos. A nadie. —Muy bien. — Ella se puso de pie, sintiéndose mucho mejor ahora que sabía que vería a su familia pronto—. Voy a ir a empacar. — Y se fue casi corriendo a sus habitaciones. Rollo llegó unos minutos más tarde.

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—¿Dónde has estado? — Jadeó. —Hablando con el isbjørn. ¿Dónde has estado tú? — Con un fuerte rip, se arrancó la falda de un vestido amarillo feo, liberando su corpiño. Luego tomó la sabana de la cama y comenzó a colocar los vestidos y los cambios en él. Su vieja mochila no era lo suficientemente grande como para mantener su ropa nueva, y se negaba a ir a Christiania viéndose andrajosa. —Estaba buscando al isbjørn también, — resopló Rollo—. Encontré a la Sra. Grey en su lugar. Entonces el oso rugió en la cocina que íbamos a Christiania, así que vine aquí a decírtelo. —Lo sé, estoy tratando de hacer las maletas. — Añadió unos zapatos a su pila. —He aquí, mi señora. — La Sra. Grey entró, sosteniendo una gran mochila de cuero. —Oh.— Ella miró el vestido que había arruinado—. Gracias, Sra. Grey. Lass se puso su viejo pantalón y la parka blanca, mientras que la gárgola volvía a empacar las cosas de lass y las puso en la mochila. En menos de una hora, ella y el isbjørn estaban en camino por la llanura nevada, Rollo estaba firme en sus talones. El sol era tan brillante en la nieve reluciente que lass se puso la capucha de la parka hasta los ojos y hundió el rostro en el pelaje del oso. Dormitaba mientras corrían por la llanura de nieve y en el bosque. Menos asustada y confundida en este viaje, fue capaz de ver más del paisaje por el que viajaban. Corrían por las cuestas y en los fiordos congelados. Cayó la noche mientras estaban corriendo por la ladera de una montaña, y cuando lass se despertó, el monte estaba muy por detrás de ellos. No lo recordaba de su primer viaje, y se sentó lo más que pudo en la espalda del oso. —¿Dónde estamos? — Tuvo que gritar para que el sonido le llegara a la oreja de él. —En el Norte,— respondió. —Esto no es como cuando viajamos antes,— le gritó. —Vamos al suroeste, a Christiania, —dijo él. Luego bajó la cabeza y corrió aún más rápido a través de las colinas, esquivando los árboles y las rocas. Rollo correteó a su lado, casi no jadeaba. Lass tuvo que agacharse para evitar ser golpeada por una rama de árbol. De esta manera continuaron durante otro día, parando una vez para comer la comida que las salamandras habían empacado. Al caer la noche del segundo día, habían llegado a las afueras de la gran ciudad de Christiania, donde el isbjørn tuvo que dejar a lass y a Rollo.

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—Christiania no es lugar para un oso de nieve, supongo, —dijo la joven, tratando de sonar alegre. Estaba preocupada por su padre, pero también sintió una punzada por dejar al isbjørn. —No, — dijo. Su voz se había vuelto más lenta y dificultosa cuanto más lejos estaban del palacio de hielo—. Recuerda las promesas. —Sí: Estaré con mi familia por sólo cinco días, y luego me reuniré contigo aquí para volver al castillo, — dijo ella. Era una muy corta visita, pero el isbjørn insistía en que no se quedara un día más. —¿Y? —Y no voy a hablar de ninguno de nuestros secretos, — agregó. Luego se acercó y puso una mano sobre su cabeza, con un nudo en la garganta—. Ten cuidado. No dejes que nadie te vea. —No lo haré. — Ella parpadeó con una repentina humedad en los ojos y se dio la vuelta. —Venga, Rollo. — Salieron presurosamente del pequeño bosquecillo de árboles que los ocultaban y fueron a la carretera que conducía a la ciudad—. Estaremos de vuelta en cinco días, — llamó de nuevo al oso. El oso rugió en respuesta, y lass vio un destello de blanco resplandeciente cuando él se volvió y trotó hacia el bosque profundo—. Sólo cinco días, y luego volveremos a casa, quiero decir, al palacio de hielo, — se dijo a sí misma. —¿Sabes cómo llegar a la casa de Askeladden? — Las uñas de Rollo chasqueaban en el pavimento duro de la carretera. —No, pero una vez que entramos en la ciudad, nos detendremos a preguntar, —dijo lass, sosteniendo su enorme bolsa más arriba en la espalda—. Seguramente alguien sabrá dónde vive el cazador del rey. — Rollo simplemente gruñó de forma escéptica. Con la influencia del isbjørn desvaneciéndose, jadeaba cada vez más con la cabeza gacha. —Al igual que siempre estará cerca, —dijo. —Deja de quejarte,— le dijo ella—. En una hora más o menos, vamos a estar sentados en frente de un fuego caliente con padre y Hans Peter, al igual que en los viejos tiempos. —O eso es lo que esperamos, —murmuró Rollo. Lass no le preguntó acerca de su declaración extrema. Se sentía extraña también. No sería justo como en los viejos tiempos. Su padre estaba herido, tal vez moriría. Ella conocía a algunos de los secretos de Hans Peter, y la fortuna de la familia había cambiado drásticamente. Todo por culpa de un oso.

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ra casi el amanecer cuando encontraron la casa de Askeladden.

Las calles de Christiania confundían a alguien que nunca había visto a un pueblo de más de cincuenta habitantes. Y ya que era la mitad de la noche, no había nadie a quien poder preguntar por direcciones. Finalmente se dirigieron a las puertas del mismo palacio. El palacio humano era cuadrado y hecho de cálidas piedras doradas que le daban una apariencia amable, incluso a la tenue luz de las antorchas colocadas en el exterior. Un guardia con aspecto paternal le preguntó qué asunto la traía ahí, y le contesto que estaba buscando la casa de Askeladden Jarlson. —¿Oh, el cazador del rey? ¿Es usted una de sus muchos hermanos? — El hombre se rió amablemente—. Sólo siga por el camino de allí, esa gran casa de piedra gris,— dijo. La cabeza de la joven se tambaleó un poco. ¿Askel vivía en una gran casa de piedra gris? ¿Justo en el camino de la casa del rey? Echó un vistazo a Rollo, que parecía sorprendido también. —Gracias, — le dijo al hombre cuando se recupero. Cuando llegó a la casa que estaba segura de que era un error. Era una grande, con tejado de pizarra y ricas cortinas que cubrían todas las ventanas. Un buen coche con un par de bahías emparejadas estaba detenido frente a la casa, y el criado que sostenía las riendas la miró con curiosidad. Fingiendo confianza por el bien del hombre que la miraba, lass levantó la mano y llamó con fuerza a la puerta. Casi antes de que ella aflojara el puño, la puerta se abrió de par en par. Un joven estaba allí en un baño de luz brillante. Llevaba un camisón medio metido en los pantalones verdes. —¿Es usted la enfermera? — Ella miró desorbitada hacia él. —¿Einar? —¿Pika? — Su hermano más próximo en edad corrió a abrazarla—. ¡No puedo creer que estés aquí! ¡Pensé que el isbjørn te había comido! — La apretó con fuerza y se volvió de golpe hacia las costillas de Rollo, que el lobo llevaba con dignidad.

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—No, no, — ella jadeó, sin aliento—. ¡Estoy bien! Pero, ¿cómo esta Padre? — Einar se retiró, con cara de aprieto. Parecía menos el joven de ahora y más el chico que había visto la última vez. —Está mal. El médico todavía está con él. Askel llamó al propio médico del rey. — Su voz estaba impresionada—. Y ahora se ha enviado a una enfermera privada, también. Pensé que tu lo eras. —Te oí. — Se obligó a reír—. ¿Puedo, puedo verlo? —¡Por supuesto! Tordis está aquí. Y Hans Peter. Hemos enviado un mensaje a los demás, pero no sabemos cuándo van a llegar a ellos. — Einar la condujo a través del vestíbulo de techo alto con una amplia y curvada escalera de madera pulida. Entonces se detuvo—. Oh, dijo, consternado—. Se supone que debo esperar en la puerta a la enfermera. —Está bien. Encontraré el camino. —La primera habitación en la parte superior de las escaleras, a la derecha, — dijo Einar. Luego le dio otro apretón de hombros rápido y volvió a su puesto. Con Rollo pegado junto a ella, lass subió las escaleras, con el corazón en la garganta. Había una preciosa alfombra rosa modelada para amortiguar sus pasos, y en la parte superior de la escalera había una mesa pequeña sosteniendo un jarrón de diseño oriental. Lass no estaba segura de que era más alarmante: que su hermano Askeladden vivía aquí, o que la puerta justo al lado de la pequeña mesa ocultaba a su padre herido. Reuniendo aún más valor del que había necesitado antes, llamó suavemente a la puerta del dormitorio. Su golpe abrió la puerta, ya que no había sido debidamente cerrada. La escena dentro de la habitación era todo lo que ella esperaba: su madre, su hermana Tordis, sus tres hermanos mayores, todos reunidos alrededor de una cama donde su padre, pálido y envuelto en vendas, yacía. Un hombre parecido a una cigüeña vestido de negro se inclinaba sobre él: el doctor. —¿Hola? — Lass se aferró con fuerza a Rollo a modo de apoyo. Todos los ojos se volvieron hacia ella, incluso los ojos legañosos de su padre. Por un momento, nadie reaccionó. Entonces fue como si la habitación explotara. —¡Lass! —Hermana. — Hija —¿Cómo has llegado hasta aquí? —¡Silencio, todos ustedes! — Esto último vino del médico—. ¡El amo Oskarson necesita tranquilidad! Hans Peter llegó a lass primero, abrazándola con fuerza. Entonces fue Tordis, seguida por Torst. Askel no la abrazó, se quedó con las manos en los bolsillos de sus pantalones finos.

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—Está bien, Dr. Olafson. Esta es mi hermana pequeña, —dijo con voz pomposa. Su madre no la abrazó, tampoco. Se puso de pie detrás Askeladden, jugando con la franja larga de seda del mantón que llevaba. —Hija. —Jarl extendió su mano buena. Lass se movió lentamente hacia él. A medida que se acercaba, el calor de la sala hizo que un sudor rompiera en su frente, y se echó a un lado la parka blanca. El brazo derecho de Jarl estaba entablillado y envuelto en vendas. Las mantas se habían doblado lejos de su pierna derecha, que estaba entablillada y la envolvió en una sábana aún más blanca. Ambos ojos parecían hinchados, y había un enorme moretón en su mejilla izquierda. Lass se arrodilló junto a la cama y se acercó a estrechar la mano buena. —Padre, lo siento mucho,— dijo con un sollozo en la garganta. —No fue tu culpa, mi hija,— dijo con voz débil, y le dio un pequeño apretón en la mano. Ella negó con la cabeza. Tenía la horrible sensación de que esto tenía algo que ver con su situación. No por nada se llamaba a la mala suerte "suerte de troll" en el Norte. —Sí, bueno ...— El médico se aclaró la garganta, incómodo—. Cuando la enfermera llegue, le daré los medicamentos para el dolor y la fiebre. Ella sabrá qué hacer. —Gracias, Dr. Olafson, — dijo Askeladden. Dio un paso adelante y estrechó la mano del médico—. Le acompaño a la salida. — Lass no podía dejar de mirar a su hermano. Él estaba tan pulido, tan educado, era espeluznante. Al ver su expresión, Hans Peter dio un ladrido de risa. —Como puedes ver, Askel ha encontrado su lugar en el mundo, — dijo en su estilo seco. —Y es una cosa buena, —su madre dijo con severidad—. ¿Dónde estaría tu pobre padre, si Askeladden no fue capaz de hacer un llamado al propio médico del rey? — Inclinando la cabeza, Hans Peter no dijo nada. Su madre se volvió a lass. —¿Has roto tu palabra? — La cara de Frida estaba rígida, pero a lass le pareció ver un atisbo de miedo en los ojos de su madre. Momentáneamente confundida, ella parpadeó y sacudió la cabeza. —No, el isbjørn me llevó a la ciudad para que pudiera estar con Padre. Tengo que volver en unos pocos días. — Frida asintió secamente. —Veras lo que haces. — La luz resplandeció sobre su hija menor. Frida tenía miedo, si la chica rompía la palabra al oso, su riqueza recién adquirida le sería quitada. —Solo una visita corta,— murmuró Jarl.

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Luego se deslizó en el sueño. Su hija más joven miraba, con miedo, hasta que vio que su pecho subía y bajaba al ritmo de un sueño natural. Luego se aflojó la mano que aún estrechaba y tiró de las mantas sobre él. —El médico le dio un medicamento para aliviar su dolor, — Tordis le dijo, llegando a estar a su lado. Puso un brazo alrededor de los hombros de lass—. Él dijo que lo haría dormir. —¿Va a estar bien? —Por supuesto que va a estar bien, — dijo Torst, con la voz ronca. Su rostro estaba tan pálido y tenso como el de todos los demás, pero ahora él reunió una sonrisa—. Sólo tiene que descansar. Eso es lo que dijo el doctor. — Pero Hans Peter tenía el ceño fruncido. —Deberíamos dejarlo dormir, — dijo bruscamente, recogiendo su parka y saliendo por la puerta. Frida y Torst lo siguieron, pero Tordis y lass se quedaron con su padre. Unos minutos más tarde, una mujer de aspecto eficiente con trenzas grises envueltas alrededor de su cabeza y un delantal largo entró. Ella sonrió a las dos chicas al sentir la muñeca de su padre por el pulso. —¿Es usted la enfermera? — Susurró Tordis. La mujer asintió con la cabeza y se llevó un dedo a los labios. Intercambiando miradas, lass y Tordis se deslizaron fuera de la habitación. Aún en silencio al salir de la habitación del enfermo, las dos hermanas hicieron su camino por la amplia escalera. Tordis condujo hasta una sala de estar, donde estaba reunida el resto de la familia. Lass se sentó en un sofá junto a Tordis y aceptó una taza de té y una rebanada de pan y queso. Ella examinó la habitación, que estaba amueblada lujosamente, y luego a su familia. Tordis se veía igual, en la ropa que se había hecho ella misma, de colores brillantes y caprichosamente cortados. Hans Peter estaba vestido con ropa de lana pesada, simple, como de costumbre, pero no había parches y puños crispados. Askel, Torst, Frida, y Einar estaban vestidos en fina ropa de la ciudad, aunque un poco desaliñada. —¿Padre va a estar bien? — Esta vez fue Einar el que hizo la temida pregunta. —Por supuesto que lo estará, —dijo Askeladden con falsa cordialidad. Tomó un demasiado grande sorbo de café y se ahogó. Torst le golpeó en la espalda. —Será un milagro si su padre camina de nuevo, —dijo Frida—. No va a perder el brazo, pero su mano no podrá ser de ninguna utilidad. ¡Alabado sea el

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cielo que Askeladden es capaz de proveer para nosotros! Al menos uno de mis hijos no fue una pérdida, — sorbió. —Padre tiene medios más que suficientes para cuidar de sí mismo, — dijo Hans Peter. Él todavía estaba agarrando la parka blanca en sus manos. Con el pulgar frotó la cinta azul que bajaba por la manga, y lass se preguntó si se había dado cuenta de que había sido quitada y vuelta a unir—. Por supuesto, tuvimos que sacrificar a nuestra pequeña en un encantamiento para llegar a donde estamos. Pero estoy seguro de que valió la pena. — Su voz destilaba sarcasmo. —Sí, lo vale. — Lass levantó la barbilla y dijo las palabras con firmeza —. Padre va a sobrevivir al accidente. Él será tratado por los mejores médicos y cuidado por una enfermera profesional. Askel y madre tienen una cómoda casa... —Tu tendrás una, también, — Askel la interrumpió—. Cuando vuelvas para siempre, puedes venir aquí. — Ella sabía lo que costaba a Askel ser generoso, por lo que lass le sonrió a su hermano, y le dio las gracias. —Si yo no hubiera ido con el isbjørn, —continuó—, todos seguiríamos apiñados en una pequeña casa de campo con un techo con goteras. Y cuando mi padre tuviera el accidente, habríamos tenido que cuidar de él nosotros mismos frente al fuego de la cocina. — Terminó esto con una breve inclinación de cabeza, y tomó un sorbo de su té -ahora frio-. —Estás asumiendo que padre hubiera tenido este accidente si el isbjørn nunca hubiera llegado a nosotros, — dijo Hans Peter, expresando los temores de lass—. Voy a dormir un poco. Él salió de la habitación. Lass corrió tras él, capturando la manga de su hermano al llegar a la parte inferior de la escalera. —Hans Peter, — dijo ella en voz baja—, si sabes algo acerca de este encantamiento que me ayude, me gustaría mucho oírlo. —Ten cuidado. Espera a que tu año termine. Vuelve a casa, — dijo. Se encogió de hombros soltándose de su agarre y subió las escaleras de dos en dos. Ella lo siguió más despacio, lo que permitió a Tordis ponerla al día. Arriba, lass encontró una alcoba que había sido preparada por uno de los numerosos siervos de Askel. No podía dejar de notar que era mucho más pequeña que su habitación en su casa... en el palacio de hielo, más bien. No había baño privado, sólo un orinal y un lavabo con una jarra de agua caliente al lado. Ella se hizo un lavado rápido, sacó una camisa limpia, y se metió en la cama. Se dijo que tenía problemas para dormir porque la cama era más estrecha de lo que estaba acostumbrada. Las sábanas eran más gruesas, y los muebles hacían diferentes sombras. Se negó a admitirse a sí misma que estaba esperando

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un peso familiar para asentarse en la cama junto a ella. Para darle un respiro familiar para soplarle suavemente en la mejilla. Al final hizo que Rollo subiera en la cama, donde procedió a roncar y patear y mantenerla despierta hasta el amanecer, cuando por fin se dio por vencida y se vistió.

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res días pasaron en un borrón. Lass pasó la mayor parte de cada día

en la habitación de su padre, agarrada de su mano buena y hablando con él. Se inventó historias sobre criaturas llamadas faunos y salamandras y selkies que habitaban un fantástico palacio de hielo. Describió libros que había leído en la biblioteca del palacio. Le dijo que estaba tratando de enseñarse a sí misma un nuevo idioma, pero cuando le preguntó cuál era, se apresuró diciendo; "Francés." No quería que él supiera que estaba aprendiendo troll. Envió a Einar a la librería más cercana para comprar una pila de novelas populares, y con Tordis se turnaban para leerle a Jarl. Salían de su lado sólo cuando la enfermera cambiaba los vendajes o lo bañaba, y aún así era una distorsión para lass que se le separara de su padre. El día después de su llegada, Hans Peter se subió a los renos y regresó a su antigua casa de campo. Todo el mundo le había pedido que se quedara, pero él se negó. Dijo que tenía cosas que hacer ("¡Ja!" Fue la respuesta de Frida a esto), y que Jorunn estaría loca de preocupación. —Me hubiera gustado haber traído mi libro, así podría haberle escrito, —dijo lass, acariciando la nariz de la hembra de cara blanca, mientras que Hans Peter ponía su pequeño bulto de ropa y un gran cesto de comida en el carro—. Entonces podrías haberte quedado. —De todos modos no me hubiera quedado, —dijo lacónicamente. —Necesito hablar contigo, — insistió ella. Había estado insistiendo durante el último día y medio. Quería hablar con Hans Peter, a solas, y preguntarle por el palacio de hielo y el encantamiento. —No, no lo necesitas, —dijo Hans Peter. Luego suspiró y se sentó en el asiento del conductor—. Está bien, querida lass, escucha bien. Tienes razón: yo estaba allí. He visto la gran llanura de nieve y el palacio de hielo. Conozco a Erasmus el fauno, y a las salamandras que hacen esas finas comidas. Pero también conozco a la dueña de la casa, y la extensión de sus designios en los que moran en su interior. Por eso te digo: ten cuidado, espera a que el año termine, y vuelve a casa. —Pero creo que puedo... —Ten cuidado. Espera a que el año termine, y vuelve a casa, — repitió. Él recogió las riendas y liberó el freno de la rueda delantera izquierda—. Puedes mantener la parka por ahora, pero me gustaría tenerla de nuevo cuando

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regreses. — Sacudió las riendas y silbó, y lass salió corriendo por el camino mientras el reno partía. Hans Peter miró brevemente al llegar al final de la calle, y saludó. Su cabello brillaba casi completamente blanco en el sol, haciéndolo lucir como un viejo, un hombre viejo. —¡Bueno! — Frida bajó las escaleras y miró después a la carreta—. ¿Se ha ido, entonces? ¿Y ni siquiera un adiós a su madre, o al hermano de cuya hospitalidad se aprovechó? — La voz gruñona de su madre hizo que lass apretara los dientes. —Ya sabe que Hans Peter no es mucho de las despedidas. Y tampoco Askel. Eso sólo los habría avergonzado a ambos. — Su madre sólo sorbió.

Muy pronto llegó el final de su visita, y lass se encontraba preparando su mochila una mañana. Askel dijo que la llevaría fuera de la ciudad para cumplir con el isbjørn al atardecer, pero Jarl estaba tomando una siesta y no había nadie alrededor, así que comenzó a guardar sus cosas. Llevaba un bonito vestido azul ahora, pero había dejado de lado sus pantalones, un suéter y la parka para cambiarse después. Alguien llamó a la puerta. —¿Pika? Soy yo, — dijo Tordis, metiendo la cabeza en la habitación—. ¿Ansiosa por irte? — Lass tomó su cepillo de pelo y sonrió a su hermana. —No, — dijo ella—. Simplemente no quiero perder mi última hora con padre por tener que empacar. —¿No puedes quedarte más tiempo? — Lass hizo una mueca. —Prometí que volvería hoy. Cuanto más tiempo me quede, más largo será mi año. — Tordis la miró. —¿Qué quieres decir? —Me tengo que quedar con el oso por un año y un día. Desde que he estado aquí cinco días, eso significa que tengo que estar cinco días más en el palacio del isbjørn. —¿Está todo ...muy bien ... ahí? — Ahora lass se echó a reír. —Yo vivo en un palacio con un isbjørn gigante, — le recordó a su hermana—. Va tan bien como podría. — Ella sacudió la cabeza, riendo, mientras continuaba empaquetando—. Y será un alivio escapar de Madre, — murmuró, casi para sí misma. —Madre es mucho más feliz ahora, ya sabes, — dijo Tordis. —Oh, estoy segura. Pero su felicidad parece haberla hecho más entrometida, —respondió lass—. Ha estado empujando y haciendo preguntas toda la semana. ¿Qué comes? ¿Cuántos sirvientes hay? ¿El oso tiene cortesanos? — Ella lanzó su voz más alta imitando la de Frida. Fue el turno de Tordis de reír.

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—Es exactamente ella, —dijo—. Pero no es como si tuvieras algo que ocultar, —continuó. Entonces su mirada se agudizó en lass, que había bajado los ojos—. ¿O sí? —N...no. —Tordis rodeó la cama y puso su brazo alrededor de lass. —¿Qué te preocupa, hermanita? —Nada, —dijo lass, plegado y replegado un cambio. La mentira parecía obvia incluso para sus oídos. —¿Nada? —Es que... — Lass se frenó a sí misma. —¿Es que qué? — Dos voces pelearon en la cabeza de lass. Una era la voz del oso blanco, advirtiéndole que de no contara ningún secreto. La otra voz era la suya, casi llorando de soledad cuando su hermana la abrazó. Disfrutaba de la compañía del oso, pero había una gran diferencia entre estar con él y estar con otro ser humano, sobre todo una de sus hermanas. —Es que ... —Todavía vaciló, sin saber por dónde empezar—. Bueno, no se lo digas a padre o madre, pero cada noche alguien se mete en la cama conmigo, — dijo en un suspiro. —¿Alguien se mete en la cama contigo? ¿Quién? — Las cejas de Tordis se juntaron. —No lo sé. — Lass se encogió de hombros—. Nunca puedo encontrar una vela en la noche. Es una cama enorme, y ... sólo se mete en el otro lado y se duerme. Por la mañana ya se han ido. —¿Ellos? —Um, ¿él? No puedo ver .... —Tordis puso su mano libre en su garganta por la consternación. —¿Eso que está durmiendo contigo es humano? —Yo creo que sí. —¿Cómo puedes estar tan segura? — Lass se ruborizó. —Sentí su cara, —murmuró. —¿Es un hombre? — Tordis entornó los ojos. Lass no tuvo que hablar. Tenía las mejillas encendidas, lo que decía todo—. ¿Un hombre extraño está tumbado a tu lado todas las noches? ¡Pobre niña! — Tordis chasqueó la lengua—. Sólo porque pienses que es un hombre que no quiere decir que realmente lo sea, ya sabes. — Lass se apartó para obtener una mejor visión de la cara de Tordis. —No entiendo. —Es un palacio encantado, —su hermana señaló—. Este ... hombre ... que comparte la cama puede estar bajo un encantamiento también. Podría ser un troll horrible, que se siente humano sólo apara darte una sensación de seguridad. —Realmente no lo creo. — Y la joven no lo hacía. Había algo tan ... sólido y ordinario en su visitante nocturno. En comparación con el minotauro en la cocina, era casi aburrido.

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—¿Qué pasa si -lo-que-sea-que-sea- está jugando un juego contigo? ¿Tratando de convencerte de que es inocente, para que te olvides de que está ahí? —Pero, ¿de qué serviría eso? —Viviendo en el bosque como yo lo hago, he escuchado algunas historias horribles, — dijo Tordis con certeza solemne—. No sabes lo que esta criatura puede hacerte. —No me siento amenazada, —lass argumentó. Tordis se limitó a sacudir la cabeza. —Eso no importa. Debes mirar a esta criatura con buena luz, para asegurarte de que no es un monstruo horrible. —Pero yo te dije: Nunca puedo encontrar velas en la noche, y el fuego se apaga. Tordis tocó sus labios, luego se acercó a un candelabro en la cómoda. Lass no había consumido ninguna de esas velas particulares porque eran el tipo de hierbas perfumadas que la hacía estornudar. Su hermana tomó un pequeño par de tijeras del bolsillo de su delantal y le cortó la parte superior a una. Le entregó el talón a lass junto con una caja de cerillas que sacó de otro bolsillo. —Toma esto y mira a ese monstruo que comparte tu cama, —Tordis le aconsejó—. Nuestro sacerdote dice que una vela hecha en un hogar cristiano puede desterrar cualquier ilusión. Es la única manera con la que puedes estar segura de que estás a salvo. —¿Y si no lo estoy? — Lass sintió un hilillo helado correr por la espalda. —Haz lo que te parezca mejor; enciérrate lejos en la noche, o escapa del palacio y vuelve a casa. —Tordis dejó la cajita y la corta vela en las manos de lass—. Tenlo siempre contigo. Prométeme. —Está bien, lo haré, — dijo lass, más para tranquilizar a Tordis que otra cosa. Tomó los elementos ofrecidos y los metió en el corpiño de su vestido mientras Tordis observaba. Las hierbas en la vela le hicieron cosquillas en la nariz, y le picaba donde tocaba su piel. Se limpió los dedos a escondidas en uno de sus cambios mientras empacaba las últimas cosas. —Voy a ir a ver si padre está despierto todavía, — dijo, bordeando alrededor de la cama. Ahora se arrepentía de haber dicho algo. Preocupada, lass fue a pasar las últimas preciosas horas con su padre.

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No podía concentrarse en la novela que se apresuraron a terminar, y se encontró con que la vela picaba aún peor ya que su piel calentaba la cera. En el momento en que se despidió de su familia estaba de mal humor, cansada, y rompía en una erupción. —Vamos a volver al palacio para que pueda tomar un baño, — le gruñó a Rollo, mientras esperaban en el pequeño bosquecillo de árboles fuera de la ciudad. Askel y Torst habían conducido hasta allí, pero ella había hecho que se fueran, sabiendo que el isbjørn se sentiría cohibido por sus hermanos. —Viniste, — el isbjørn dijo, saliendo de los árboles como si hubiera sido convocado por sus pensamientos. A pesar de su erupción y su mal humor, su estómago se agitó cuando vio al oso, y no podía dejar de liberar una sonrisa que se plasmaba a través de su cara. —Por supuesto, —dijo—. ¡Te di mi palabra! — Y escalo sobre su espalda sin ser invitada, pateando sus costillas con sus talones, como si fuera un caballo—. Vamos. Ella se frotó el pecho, deseando que dejara de picar. El oso gruñó algo que podría haber sido una risa o una queja, y echó a correr. Rollo llegó después, con la lengua fuera en la anticipación. Iban a casa.

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e vuelta en el palacio, las cosas pronto se ajustaron a su antigua

rutina. Lass leía y trataba de aprender la lengua troll. Ella y el isbjørn comían juntos y hablaban, y a veces ella montaba en su espalda mientras corrían con Rollo por la llanura nevada. Cada vez que pensaba que el oso o uno de los criados estaban con la guardia baja, soltaba alguna pregunta y trataba de sorprenderlos para que contestaran. No hizo muchos progresos, sin embargo. Los sirvientes y el isbjørn estaban acostumbrados a sus preguntas sorpresa, y se quedaban en silencio sobre el tema de los trolls o el encantamiento. Pero no todo estaba de la forma en que solía ser. Sabía que había trastornado a Erasmus con sus preguntas, pero tenía la esperanza de que con el tiempo iba a librarse de sus temores y la atendería otra vez. Fiona era apenas una compañera alegre, y lass sabía que Rollo extrañaba a Erasmus también. —¿Sra. Grey? — El ama de llaves estaba doblando ropa en un extremo de la larga mesa de la cocina—. ¿Dónde está Erasmus? He vuelto de mi visita hace más de un mes, y sin embargo no lo he visto. ¿Está enojado conmigo? — Las fuertes, manos de piel gris del ama de llaves, se cerraron en la servilleta que estaba doblando, arrugándolo en una bola pequeña. Sus ojos de piedra se cerraron, y ella respiró pesadamente por la nariz. Esto les hizo dar una llamarada, teniendo la cara de la gárgola así era francamente horrible. Lass se echó hacia atrás—. ¿Sra. Grey? Las salamandras pararon de corretear por el fuego de la cocina. Garth dejó caer el cuchillo que había estado afilando y se tambaleó fuera de la cocina con un juramento murmurado. Las manos de la Sra. Grey se aflojaron. Sus uñas habían atravesado el lino fino de la servilleta. Ella lo alisó, examinó los agujeros, y luego lo arrojó al fuego, donde una de las salamandras lo convirtió en cenizas con una ráfaga de aire. El ama de llaves flexionó las alas grises que siempre estaban dobladas contra su espalda, algo que lass nunca la había visto hacer. Cuando se habían asentado de nuevo, la Sra. Grey miró a lass y le dijo: —Erasmus ya no está aquí. —¿Dónde está?

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—Él ya no está aquí, — dijo otra vez la Sra. Grey. Se aclaró la garganta, fue un sonido como de rocas que caen en un barril—. Tal vez no debería pasar tanto tiempo en la cocina con el personal, mi señora. No es correcto. Sabiendo que estaba siendo despedida, lass se puso de pie y salió de la cocina. Subió y encontró a Rollo situado en frente de la chimenea en el gran salón. Miró a la talla en la repisa de la chimenea, pero la había leído tantas veces que era un borrón. Pinchó en las costillas de Rollo con la punta del pie y luego se dirigió a sus habitaciones y comprobó el cuaderno en blanco para ver si había alguna noticia, pero nadie había escrito ese día. Hans Peter no había escrito nada desde que regresó. —Bueno, voy a hacerlo escribir, —se quejó. Sentada en la mesa de hielo elegante y pequeña, lass tomó su pluma. Escribió una nota en la parte superior de la página, pidiendo disculpas a Jorunn porque lo que seguía era para los ojos de Hans Peter solamente. Luego describió las palabras de la Sra. Grey, su repentina agitación, el silencio de las salamandras, y la salida abrupta del minotauro. «Sé que Erasmus estaba aquí cuando tu lo estuviste, lo mismo que los demás, ella escribió. ¿Sabes dónde Erasmus podría haberse ido? No creo que volviera a su casa. ¿Pero huir? Estoy preocupada por él » Firmó la página con el broche de oro y cerró el cuaderno. Sintiéndose mucho mejor, entró en el vestuario y sacó un vestido verde que quería volver a usar. Nunca se había preocupado mucho por la ropa antes, ya que realmente nunca tuvo algo que llamar suyo. Pero ahora que tenía un sinfín de hermosos vestidos, se estaba convirtiendo en una vanidosa. Levantó el vestido para que Rollo viera. —Quien usaba estos, era alarmantemente alta, ¿no te parece? — Cuando tuvo el vestido lo suficientemente alto como para que la falda no se arrastrara por el suelo, el corpiño estaba por encima de su cabeza—. Alarmante alta, — dijo de nuevo, congelándose—. Rica. Vanidosa. — Dejó caer la bata como si la hubiera quemado. El corpiño, pesado con bordados de oro, aterrizó en la cabeza de Rollo, y él gritó. —¿Por qué hiciste eso? — Saliendo de debajo de la túnica, el lobo se sacudió. —Es el vestido de un troll. — Ella se miró en el espejo grande, veía ahora la pálida bata azul que llevaba, con una luz completamente nueva. —Todos son vestidos de troll. — Dirigió a Rollo una mirada acusadora—. ¿Esto tiene el olor?

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—Er. Bueno. También tienen un olor a flores, por esas pequeñas bolsas de pétalos secos que cuelgan en el armario, — le dijo con dulzura. Luego agregó—: Con un poco de toque de carne podrida. —Agrrr.. — Lass rompió el cordón de su vestido azul en su prisa por salirse de él. Se desprendió de su cambio y corrió hacia el baño para llenar la bañera con agua tan caliente como pudiera soportar. Se frotó a sí misma y se puso de pie en medio de los vestuarios, envuelta en una toalla, mirando a las puertas de todos los armarios. Al final, con un suspiro, se puso uno de sus viejos suéteres desiguales y la falda muy remendada. —Hueles mejor, —dijo Rollo, empujando su mano de una manera consoladora—. Al igual que tu viejo yo. —Eso es bueno, por lo menos. Aún así, me gustaría que hubiera algo de ropa aquí que no hubiera sido usada por un troll. Tiene que haber algo que pertenecía a un selkie o un fauno ¡o lo que sea! Comenzó a sacar los vestidos de los armarios, apilándolos en el suelo en medio de la habitación. Hizo una cuidadosa pila de sus propias cosas: la parka de Hans Peter y sus botas, su otro suéter, falda y los pantalones. Uno de los trajes de troll quedó atrapado en algo cuando lo sacó del armario, y se rompió. Maldiciendo, lass metió la mano y palpó, y sintió un fuerte bloque de hielo suelto en el fondo. Levantó un lado y se encontró un paquete metido en un espacio escondido entre el armario y la pared. Era una mochila no muy diferente de la que la Sra. Grey le había dado a lass. En el interior se encontró un cambio de ropa con mangas largas y llenas de bordados con flores, una falda de lana oscura y un chaleco rojo, y un par de zapatos de cuero desgastadas. Todas las cosas eran suaves, de buena calidad, pero no caras. Lo que horrorizaba a lass, era que obviamente habían pertenecido a una chica de aproximadamente el mismo tamaño que ella. ¿Dónde se había ido la dueña de la ropa? Debajo de la ropa de diario estaba lo peor de todo. Envuelto en muselina estaba un bunad 6 de boda que nunca había sido usado. Era precioso, pero de una manera muy diferente a las faldas de terciopelo pesadas y corpiños con incrustaciones de perlas de los trajes de troll. La falda del bunad era de lana negra, con un profundo borde de bordados en franjas de color rojo y azul y verde y amarillo. El chaleco rojo tenía botones de plata en la parte delantera y la blusa blanca de la tela era tan fina como una gasa. Incluso había un par de aretes de plata, y un broche circular con

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Bunad: Traje típico Noruego

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medallones colgando. Había medias blancas y un par de zapatos de hebillas negras que estaban demasiado rígidos como para haber sido siquiera usado. Lass se sentó en el suelo, en medio del vestuario y lloró sobre esos zapatos. Alguna otra niña había venido aquí, a este frío palacio de hielo, esperando ser una novia. Pero, ¿qué había pasado con ella? ¿Había muerto? ¿Habría tratado de escapar a través de la llanura de nieve? ¿O languideció tanto por su familia que se consumió? O tal vez desapareció un día, como Erasmus. Recogiendo el chaleco de diario, lass vio que había un solo cabello largo que se aferra a la parte posterior de la lana. Era tan pálido que era casi blanco, pero cuando ella lo sostuvo a la luz, capturó destellos de oro. Enrolló el cabello cuidadosamente alrededor de uno de los botones del bunad de boda, de modo que no se perdiera. Sus sollozos se desvanecieron en un hipo, y Rollo le lamió las lágrimas de la cara. —Es sólo un poco de ropa, —dijo, confundido. —¿No lo entiendes? Alguna otra chica fue traída aquí, y se fue sin sus cosas. Eso significa que ella esta ... muerta ... o algo así. — Un flujo de lágrimas corrían por sus mejillas—. Creo que ... que debe haber sido la Tova de Hans Peter. Rollo olió la ropa. Negó con la cabeza sobre el bunad, era demasiado nuevo para oler algo que no fuera lana y tal vez el olor persistente de las manos que lo habían hecho. Él resopló sobre la ropa de diario más a fondo. —Era humana, —informó—. Y limpia, muy limpia. Le gustaban las fresas y los libros. Y Hans Peter. Y no murió en esta ropa. —¿Estás seguro? — Rollo olfateó el cambio de nuevo y luego asintió con la cabeza. —Huelen a isbjørn, pero no a nuestro isbjørn. Y también huele a Hans Peter. O al menos esto lo hace... — olfateado el cambio—, débilmente . — Lass tomó el cambio y le dio un buen olfateo, pero no podía oler nada. Bueno, ella olía a flores secas del armario, y el cuero de la mochila. Pero no las fresas, o libros, o Hans Peter—. Tu nariz no es tan buena, — Rollo le recordó, con sólo un rastro de petulancia. —Era de Tova, —dijo lass con certeza—. Cuando Hans Peter estuvo aquí había una hermosa chica llamada Tova que estaba con él, y se amaban mucho. —Ni siquiera yo podría oler todo eso, —dijo Rollo.

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—Pero puedo sentirlo, —insistió lass—. Creo que ella fue quien bordó las piezas azules en la parka de Hans Peter. Las cintas rojas son una especie de encantamiento, y Tova cambió eso. Me pregunto qué pasó con ella, y su isbjørn, —terminó, con una última lágrima que se deslizó por su mejilla. —¿Su isbjørn? —Has dicho que olía a uno, pero no al nuestro. —S..si. — Pero ahora Rollo no parecía tan seguro como antes—. En realidad, estos olores son bastante confusos. Una aspiración y es un isbjørn, al siguiente es Hans Peter. Hay un tufillo a troll, también. —¿Lo hay? — De nuevo levantó el cambio a su nariz, pero de nuevo el olor se le escapaba—. ¿Qué quieres decir? —Las manos le temblaban un poco—. ¿Qué querían los trolls con ella? ¿Qué es lo que quieren con...? — Empezó a decir conmigo, pero lo cambió en el último momento, sin poder siquiera expresar su miedo—. ¿Con mi isbjørn? —No lo sé, — declaró Rollo—, pero creo que deberíamos seguir el consejo de Hans Peter. Esperar, tener cuidado, y volver a casa. —¿Pero no quieres ayudar? —No creo que podamos ayudar, — respondió Rollo—. Creo que sólo podemos empeorar las cosas. Y cuando este año termine, quizá Hans Peter nos dirá lo que pasó con él. Y esta chica. — Tocó con el hocico el bunad—. Creo que su madre le ayudó a coserlo, —agregó. Volvió la cabeza a un lado, y estornudó—. Alguien a quien le gusta el agua de rosas y patatas recién peladas, hizo las costuras en esa falda.

Lass se quedó un largo rato en el desorden de su habitación, preguntándose por todo lo que ella y Rollo había descubierto. Cuando llegó la hora de la cena, mientras empacaba las cosas de Tova perfectamente en la mochila y las puso en el primer armario con su propia ropa. Ella dejó los vestidos de trolls donde los había arrojado. El isbjørn pareció sorprendido cuando la vio con su ropa vieja. Pareció incluso desgastado, a la luz de la lámpara sobre la mesa del comedor, pero no dijo nada. Hizo conversación lo mejor que pudo, y lass respondió con monosílabos. Las palabras de Rollo sobre que ellos sólo empeorarían las cosas se cernía sobre ella, y no intentó arrancarle ninguna información sobre el encantamiento al oso esa noche. Rendida, se fue a la cama temprano. Cuando el joven llegó con ella a la media noche, rodó cerca de él como si estuviera teniendo un sueño. Cuando pensaba que estaba dormido, lo olió. Olía a jabón. Deseó de nuevo tener la nariz sensible de Rollo, o al menos que se despertara una vez que llegara su

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visitante. Pero no tenía la nariz de un lobo, y Rollo ni siquiera estaba en el cuarto, por lo que se dio por vencida. No olía a troll, o incluso a patatas.

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l día siguiente, lass estaba sentada en la biblioteca tomando notas

cuando la Sra. Grey entró a sacar el polvo. Recordando cómo había obtenido del ama de llaves voluntariamente la información de que era de Francia, la última vez, lass se preparó para hacer otra pregunta. El único problema era decidir cuál. Su petición de información a Hans Peter el día anterior había sido recompensada sólo con el breve mensaje: «Ten cuidado. No preguntes » Ella había mencionado la ropa que había hallado del isbjørn, pero no tenía ni idea de a quién pertenecían. Entonces abrió la boca para decir algo acerca de su visitante nocturno. El extraño visitante que olía a jabón y lino, que roncaba, pero nunca hablaba, y sin duda debía ser conocido por los sirvientes. —¿Mi señora? — La boca de lass se cerró y luego volvió a abrirse con sorpresa cuando la Sra. Grey habló primero. —¿Sí? —Erasmus está muerto. —¿Qué? — Lass se puso en pie, tirando sus libros en el suelo. Su codo golpeó el tintero sobre la mesa al lado de su silla y cayó a la alfombra, derramando tinta negra como la sangre a través del estampado de flores. —Dijo demasiado y ahora está muerto, — dijo la Sra. Grey. Retorcía plumero en las manos, vertiendo plumas por toda la alfombra arruinada. Su rostro era una horrible mueca de dolor—. Yo no debería decir nada, tampoco, pero Erasmus era un buen amigo para mí. Usted no tiene la culpa: él lo sabía bien. Pero nunca hemos tenido una de ustedes que pudiera entendernos antes. —¿Cómo lo descubrió ella? — La gárgola resopló y tocó la cinta en su garganta. —Siento angustiarla, mi señora. Pero quería que lo supiera. — Sus alas de murciélagos aleteaban miserablemente—. Me gustaría tener lágrimas para llorar por él, pero los mi tipo no las tienen. — Entonces ella huyó, dejando caer su destrozado plumero en el charco de la tinta. La muchacha volvió a sentarse en su silla. Observó el charco de tinta que se filtraba en la alfombra. Su diccionario troll estaba en el borde del charco, en realidad, estaba en el charco ahora, pero no le importó. Erasmus había

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muerto. Debido a que ella le había hecho preguntas. Y él había respondido. Él tenía 600 años. Había tenido. Pero ahora estaba muerto. Ella se lo había llevado. —La princesa troll,— dijo lass. Entonces comenzó a llorar. Una vez que empezó no podía parar, y cuando la encontró Rollo unos minutos más tarde, estaba en el suelo en un charco de tinta, con los ojos hinchados y sorbiendo por la nariz, llorando y golpeando sus puños en el cojín de la silla. —¿Estás bien? — Rollo saltó todo el lío negro, empujando su nariz en los hombros y los brazos de la joven, todo lo que podía alcanzar sin meter sus patas limpias en el lío negro—. ¿Qué pasa? —¡Erasmus ha muerto! ¡Está muerto, está muerto, está muerto! Porque él me hablaba, ¡ella lo mató! — Lass gritó y golpeó el cojín con mayor ferocidad. —¿Quién lo mató? — El pelaje del lobo se erizó. —¡Ella lo hizo, ella lo hizo, esa troll, esa troll ... ahgg! Lass tomó el tintero caído, ahora casi vacío, y lo arrojó por la ventana. Se estrelló contra el hielo, dejando una telaraña de grietas antes de caer al suelo con un golpe seco. Rollo respiró profundamente en el cabello de su ama y luego se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación. Lass pensó que finalmente había ahuyentado a su último amigo, y comenzó a llorar aún más fuerte. Hans Peter no estaba hablando con ella, Erasmus había muerto; Rollo la había abandonado. ¿Quién quedaba? Las patas del gran isbjørn blanco eran tan grandes y suaves que no hicieron ningún ruido al entrar en la habitación. Dio un paso a la derecha en la mancha de tinta y puso su enorme cabeza en la parte superior de la de lass. El ruido bajo de su voz vibraba en su cráneo. —Lo siento. Voy a matarla, —hipó lass. —¿A quién? —Sabes a quién. La princesa troll, la que mató a la Narella de Erasmus. Y ahora a Erasmus. La mataré. Ella pasó las uñas por el cojín de la silla, enganchando el bordado fino de seda. Otro rumor salió de lo profundo de la garganta del oso. Él se echó hacia atrás y lass se apoyó en su cálido y peludo torso. A pesar de que había pensado que sus lágrimas se habían secado, una nueva ola se apoderó de ella, y lloró en la suave piel del oso por un largo tiempo.

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—¿Mejor? — Él esperó hasta que el último sollozo se desvaneciera y ella sacó un pañuelo de su bolsillo para limpiar su cara. —Supongo. Todavía quiero matarla.— El oso gruñó. Sacudió los huesos del lass e hizo a Rollo gemir. —Ni siquiera deberías saber que existe,— el oso advirtió a lass—. No hables de ella de nuevo. No hagas preguntas, no la amenaces. Pronto el año se acabará. —Eso es lo que Hans Peter dice, —lass rompió, apartándose del abrazo del oso—. Espera y ten cuidado, no hagas nada, sólo espera y luego vuelve a casa. Bueno, ¡no puedo! Erasmus era amable conmigo, y ahora está muerto. —Hacer más preguntas no lo traerá de vuelta. Sólo puede empeorar las cosas,— advirtió el isbjørn. —¿Cómo pueden las cosas ser peor?— Rabió lass. Dio zancadas por la biblioteca, arrancando libros de los estantes y tirándolos al suelo—. La vida de mi hermano está en ruinas. Erasmus está muerto. Todos los sirvientes, sus vidas fueron arruinadas por ella. Tu vida, mi vida. La chica cuyo Bunad encontré, ¡ella probablemente este muerta, también! Tiene que haber alguna manera de luchar contra ella. —No, no hay manera. Sólo podemos esperar y ver, y tener esperanza. — El oso había estado observando su perorata con una expresión incómoda. —¿Qué significa eso? —No lo puedo decir, — dijo. Ella se volvió hacia él. —¡Tú! — Lo señaló con un dedo tembloroso en su ancho rostro blanco—. ¡Tienes miedo de ella! —Por supuesto que sí, — gritó, poniéndose de pie—. ¿Sabes lo que ella...? — Sus palabras se cortaron abruptamente. Se quedó allí, en silencio, por un momento, y luego gruñó con frustración—. No puedo... ¡si tuvieras algún sentido, tendrías miedo de ella, también! — Se acercó hasta quedar cara a cara con lass. A cuatro patas, era tan alto como lass de pie—. Créanme: las cosas pueden ser mucho, mucho peor. Ella puede hacer que te arrepientas de haber nacido. — Y luego se fue. La joven sacó un globo terráqueo con incrustaciones de piedras preciosas de una mesa y lo arrojó por la ventana ya agrietada. El panel de hielo hizo un sonido chirriante, ya que se rompió, y el mundo se precipitó a través del aire como una estrella fugaz, para romper el hielo irregular, al pie de los muros del palacio. Al día siguiente, las salamandras le dijeron entre lágrimas a lass que la Sra. Grey había desaparecido. Ella había llegado en la noche y se la había llevado lejos. Lass no dejó sus habitaciones por dos semanas.

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espués de que la Sra. Grey fuera tomada, la joven hizo lo que su

hermano y el isbjørn había declarado. Dejó de hacer preguntas. Ella dejó de mendigar información a Hans Peter. Después de haber sido rechazada por su madre al nacer, lass no estaba tan asustada por la amenaza de que se arrepentiría de haber nacido. Pero estaba enferma al pensar que tanto Erasmus como la Sra. Grey habían sufrido por su culpa. Sin embargo, lass no podía sentarse allí, día tras día, inactiva. Preguntó a Fiona si podrían tener alguna nueva tela para coser ropa para ella. Se negó a usar los vestidos de troll, y había arruinado su mejor falda al quedarse de rodillas en el charco de tinta. La ropa de Tova (pues había decidido que eran de Tova) le quedarían con alguna pequeña modificación, pero de alguna manera parecía un sacrilegio. Fiona asintió con la cabeza, y al día siguiente la sala estaba llena de rollos de seda y terciopelo, lino fino, y carretes de hilo de seda. Con una risa autocrítica, lass se obligó a hacer la clase de ropa a la que estaba acostumbrada, y no el tipo que había estado usando. Fiona quitó los vestidos de troll, y el armario se lleno lentamente con largas faldas acampanadas, chalecos ajustados, y los cambios con las mangas recogidas, como cualquier granjera del Norte podría llevar. No es como si las granjeras del Norte hubieran usado alguna vez faldas de terciopelo azul y chalecos de pavo real verde satinado. La costura mantenía las manos del lass ocupadas, e incluso la boca. Cuando cosía, fruncía los labios, o se los mordía o sacaba la lengua. Sus hermanos siempre se habían burlado de ella por esto, pero no importaba cuanto lo trataba, no podía romper el hábito. Decidió que era una buena cosa, ahora, ya que le impedía hacer preguntas. Pero su rabia hacia la Princesa troll, hizo que sus dedos se tensaran o que se movieran demasiado rápido. Cortó la tela con un abandono imprudente y furiosa arrojó grandes trozos de tela en el fuego cuando no pudo conseguir las costuras rectas. Una vez que se hizo con el nuevo vestuario, encontró con que su resolución de no hacer preguntas menguaba. El problema era que los sirvientes la evitaban ahora, y lo mismo el isbjørn, a excepción de la hora de cenar. Incluso las salamandras, los pequeños cocineros habladores que habían amenizado sus

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primeros días en el palacio, eran monosilábicas cuando visitaba las cocinas. Lass había buscado desde la parte superior a la inferior del palacio ya. Pero ahora lo hizo de nuevo, decidida a recopilar información sin poner en peligro a nadie. Revolvió las extrañas habitaciones del derecho al revés, hurgando en los montones de peines de cardado, mantequilla, y a través de husos 7, ruecas y telares. Ella incluso se las arregló para empujar sobre cada yunque en una habitación llena de herramientas para trabajar metales, para ver si había algo escrito o tallado por debajo, pero no había nada. Preguntó al isbjørn sobre las habitaciones llenas de herramientas de uso doméstico. No creía que pudiera dañar, sólo preguntar por qué había una habitación en un palacio lleno de mantequilla vieja en bidones. Sacudió la cabeza, igualmente perplejo, y le dijo que había algo acerca de las herramientas que les atraía a ellos. No necesito decir a quien se refería con "ellos". Lass lo sabía: trolls. El silencio, la regla nunca escrita de este extraño reino de hielo estéril. —Es como una cuchara de Rolf Simonson, — dijo Rollo, levantando la vista de su cena. — Lass y el isbjørn intercambiaron miradas confusas—. Las cucharas de plata francesas de Rolf Simonson, — explicó Rollo—. ¿Te acuerdas: estaban en la repisa de la chimenea, y todo el mundo las admiraba, pero en realidad nadie comió con ellas, porque eran extranjeras. —¡Oh, por supuesto!, — Lass asintió con la cabeza—. Uno de sus hijos cambió dos renos por ellas, en Christiania. Eran muy elegantes. — Arrugó la nariz y miró la cuchara con la que estaba comiendo—. Aunque no tan buenas como esta. —Hmm, — retumbó el isbjørn—. Tal vez Rollo este en lo cierto. Tal vez estas cosas les atraen porque son extranjeras. Fiona la selkie estaba sirviendo la cena durante este debate. Ella miró fijamente desde el oso a la chica mientras hablaban y se encogió cuando el oso habló de "ellos". Lass nunca había visto a la alta, orgullosa mujer, temblar antes. Mientras lleva la bandeja de la cena, lo hizo torpemente con una sola mano; su otra mano se curvó en una extraña señal que presionó a su lado, como para alejar los malos espíritus. Tanto el oso como lass observaron esto, pero no dijeron nada al respecto. Era casi embarazoso ver a Fiona comportarse de tal manera. A la mañana siguiente, lass se despertó al amanecer para encontrar a Fiona que se cernía sobre ella. La selkie hizo una mueca y frunció el ceño en la
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Huso: es un objeto que sirve para hilar fibras textiles. En su forma más simple es un trozo de madera largo y redondeado, que se aguza en sus extremos y que en uno de ellos, normalmente el inferior, lleva una pieza redonda de contrapeso y tope, llamada malacate, nuez, tortera o volante.

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luz de la mañana pálida. Lass dio un grito y cayó al otro lado de la cama. Su compañero la noche se había ido, pero la cama estaba todavía caliente donde había yacido. —¿Qué pasa? — Más muecas y fruncimiento del ceño de la selkie—. Oh, sólo habla, — dijo lass con impaciencia, recuperándose de su sorpresa—. Yo no anhelo tu belleza ni quiero casarme contigo. ¿Qué demonios estás haciendo? — Como si estuviera convocando todas sus fuerzas, la selkie se irguió en toda su estatura, abrió la boca, y luego dejó escapar todo su aliento en una ráfaga. Aspirando y exhalando, por fin habló. —Usted niña tonta, —le espetó—. ¿Qué crees que estás jugando? ¿Quieres matarnos a todos? —Sólo estoy tratando de ayudar —¡Pero no nos está ayudando! ¡Ninguno de ustedes alguna vez ha ayudado! Ustedes atizan sus pequeñas narices en cosas que no les conciernen, o lloran y gimen alrededor, ¡pero nunca ayuda! Entonces todo explota en sus caritas sonrosadas y huyen a casa y los amos se ven obligados a irse con ella. —¿Te refieres a la princesa troll? ¿Y quiénes son los amos? ¿Los Isbjørn? —La selkie dio un grito de rabia. —¡Deja de hacer preguntas! ¿Cuántos de nosotros tenemos que morir para satisfacer tu estúpida curiosidad? Todo lo que tienes que hacer es esperar a que pase el año.... ¿Es eso mucho pedir? —¡Sí! — Gritó la muchacha—. ¡Es demasiado! — Su estallido sorprendió a Fiona dejándola en silencio una vez más—. ¿No eres una prisionera aquí? ¿No quieres que alguien te libere? —¡No me puedes ayudar! Sólo eres una tonta niña humana. —¡Pero quiero intentarlo! — Aplaudiendo con sus manos en sus oídos, Fiona negó con la cabeza y se fue de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Cuando Rollo llegó con cautela a la habitación después de la salida dramática de la selkie, se encontró con su ama golpeando una almohada ferozmente. Se fue y trajo al isbjørn de nuevo, que gruñó sobre las duras palabras de Fiona y le dio unas palmaditas a lass en la espalda. Al día siguiente, el minotauro, Garth, trajo la bandeja del desayuno a lass. Lass lo miró con curiosidad, dio los buenos días, y recibió un gruñido como respuesta. Bajó a la cocina después de vestirse y preguntó a las salamandras si había algo nuevo con el personal. Ellas no le respondieron. Tampoco el brownie y el duendecillo se encontraban en la despensa. Ninguno de ellos la miraba a los ojos. Ninguno de ellos quería hablar con ella.

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Se fue y se encontró con el isbjørn. Estaba en una habitación llena de agujas de tejer y telares pequeños para cinturones. Tenía en la mano un telar de cinta frente a una ventana y entrecerraba los ojos en el. Cuando vio a lass, lo soltó con estrépito. —Fiona se ha ido, —dijo, confirmando los temores de lass. —¿Pero por qué? — Ella apretó los puños y los agitó hacia él—. ¡Ella me gritó, pero eso fue todo! ¿Fue eso tan terrible? ¿Por qué lo hiciste ... ? — No había pensado en ello hasta que las palabras salieron de su boca, pero cuando estallaron en el aire se dio cuenta de lo que realmente le estaba molestando. Nadie aparte del isbjørn podía saber que Fiona le había gritado, a no ser que Fiona les hubiera contado a los otros sirvientes. El oso se había enfadado con Fiona por herir los sentimientos de lass, pero Fiona no le había dicho nada que la pudiera ponerla en problemas con la princesa troll, por lo que lass podía decir. Entonces ¿Fue el isbjørn quien le dijo a la princesa troll lo que la selkie había hecho? —Ella estaba bajo órdenes de no hablar contigo, —rugió el oso—. No eran mis órdenes, tampoco. Ni dije ni una palabra acerca de sus gritos. —Entonces, ¿quién? ¿Garth? —Nada sucede dentro de estos muros sin que ella lo sepa. Lo siento. En verdad lo siento. Me gustaba Fiona y sus ceños fruncidos. —Me gustaba Erasmus y la Sra. Grey, también, — sorbió lass. Para su disgusto, estaba llorando. Se sentía como si todo lo que hacía últimamente era llorar o coser. A veces ambas cosas. —A mi también. Ellos se sentaron juntos durante un rato en silencio. Entonces ambos bajaron a la cocina. Las salamandras no hablaban, pero sí les dieron torta y sidra. Garth y los otros entraron, y todos levantaron una copa en un brindis sin palabras para Fiona, la Sra. Grey y Erasmus. Esa noche Rollo salió y lloró a su manera, aullando a la luna durante horas. Lass yació en su cama y escuchó los sonidos apagados de sus aullidos que venían a través de la ventana de paneles de hielo.

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ass no le contó a Hans Peter lo que había sucedido. Sus respuestas a

las cartas en el libro blanco eran siempre lacónicas, y lass sintió que estaba enfadado con ella por ser tan curiosa y poner en peligro a los sirvientes. Se enteró de que su padre estaba bien, y ahora podía caminar con la ayuda de una muleta. El médico del rey había recomendado un ligero ejercicio de la pierna lesionada y el brazo, para fortalecerlos. Y luego había una carta enigmática de Tordis. Bueno, era desconcertante para Jorunn, por lo menos. Informó a lass a través del libro de magia que Tordis quería saber, con urgencia, si lass había hecho lo que había pedido y si utilizó ya-sabes-qué, para mirar a ya-sabesquién. «Estoy completamente perdida, Jorunn escribió. Pero Tordis dijo que entenderías. Ella quiere saberlo de inmediato. Tan pronto como me respondas, tengo que escribirle a ella» Pero lass no escribió de inmediato. Ella no había hecho lo que le pidió Tordis. Todavía tenía el pequeño cabo de vela y las cerrillas. La vela le había dado una erupción cutánea e hizo que le picara la nariz, y se había pegado la vela y los fósforos en una de las bolsas que llevaba bajo sus ropas. Suponía que podía utilizarlo en cualquier momento, pero ¿por qué? Tordis estaba convencida de que ella estaba en la cama con un monstruo, pero lass no estaba tan segura. Era cierto, que cuando había pedido a Rollo oler el cabello que había encontrado, dijo que tenía a un toque de troll. Pero también había olido a oso y hombre, así que era difícil decir que el olor era el más preciso. Ella olía un poco como el oso, últimamente. Y su visitante nocturno se sentía como un ser humano. Lo había tocado, le dio una patada, y rodó contra él por accidente mientras dormía. Pensó que se daría cuenta si fuera una horrible bestia. Después del almuerzo, tomó la decisión de mentir. Sacó el librito y le escribió a Jorunn: «Envía Tordis un sí, y que todo está bien» Entonces, lass pensó, que eso debería calmar a su hermana por un tiempo. Pero la culpa comenzó a roer en ella. Estaba mintiendo a Tordis. Y tal vez su hermana tenía razón. Sólo porque la espalda de ella en la oscuridad

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sintiera que la espalda de él pareciera ser de un hombre humano, no quería decir que realmente lo fuera. Y junto con la magia que le impedía encontrar las velas o salir de la habitación en la noche, tal vez había un encantamiento que le hacía sentirlo humano, cuando en realidad era ... —Un troll, — susurró en voz alta. Tan pronto como la idea entró en su cabeza, no se fue más. Este era un palacio troll. Todo el mundo que se criaba en el norte, sabía que los trolls tenían magia, magia terrible, y jugaban con la vida de otras criaturas como si fueran muñecos. Después de lo que le había pasado a Erasmus y a los otros, ella lo sabía tan bien como cualquiera. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Por lo que sabía, ¡ella podría estar acostada junto a la misma princesa troll! Tal vez la sensación de que estaba acostada con un hombre humano joven estaba allí para tranquilizarla, mientras que la princesa hacía ... ¿qué? ¿Aspiraba su alma lentamente en el transcurso de un año? ¿Haciéndose joven por la edad de lass? Lass tenía un nombre, pero nunca había sido bautizada, ¿cuánta protección su nombre realmente le ofrecía? Corrió a su habitación y estudió su rostro en el espejo de allí, pero no podía ver ninguna diferencia. Bueno, eso no era del todo cierto. Parecía un poco vieja, pero probablemente sólo era de haber viajado tan lejos y visto tanto. Su rostro se había redondeado, pero eso era gracias a las buenas comidas. —Bueno, no es eso, —dijo en voz alta. —¿Qué estás haciendo? — Rollo entró en el vestuario. —Sólo pensé que ... — Dejó la frase. Rollo sólo se molestaría por sus sospechas de que un troll compartía su cama. Él quería protegerla, pero no había manera de que pudiera hacerlo. A la medianoche cada noche, un sueño profundo se apoderaba de él, que duraba hasta el amanecer. Incluso cuando se quedó dormido en su cama, su visitante lo levantó y lo puso en el fuego de la sala de estar. Ella sospechaba que su visitante escondía las velas antes de subirse a la cama, pero era tan tranquilo que era difícil de decirlo—. Pensé que tenía una cana, —dijo lass—. Pero era sólo un truco de la luz. —Hmmph. Vanidad, — fue el comentario de Rollo.

En el momento en que salieron al encuentro del oso para la cena esa noche, lass había tomado una decisión. No podía seguir durmiendo al lado de alguien -o algo- que nunca había visto. Sabía que sería arriesgado, por lo que debía estar preparada. Después de la cena, llenó sus bolsillos secretos a reventar con perlas y rubíes y bobinas de hilo de alambre de oro. Empacó su diccionario troll y ropa en la mochila que la Sra. Grey le habían dado. Le rogó comida a las salamandras y le dieron pan, carne seca, queso y manzanas. En el último

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momento, se adjuntó la mochila de Tova a su propia mochila con pañuelos de seda. Dejó el paquete incómodo en la alfombra donde Rollo dormía y le dijo que mantuviera un ojo en él. —¿Por qué? —Nada de tu interés, lobo. — Ella puso la vela y las cerillas debajo de la almohada, y luego se limpió los dientes y se metió en la cama. Se había preocupado de quedarse dormida y no despertar hasta después de que su visitante hubiera desaparecido, pero eso no fue un problema. Ella yacía, rígida como una tabla, mientras que sus pensamientos le gritaban: ¡corre, escóndete, corre, escóndete! Se dijo una y otra vez que lo había hecho durante meses, que podía hacerlo una noche más. El recuerdo de todas aquellas noches pasadas cuajaba su estómago. No podía seguir así. Lo miraría, y luego por la mañana, tan pronto como ¿él? ... ¿ella? ... ¿eso? ... se fuera, tomaría la mochila y a Rollo y correría de vuelta a casa. Era posible que fuera a morir en el bosque o en alguna parte de la llanura de nieve, pero sería mejor que tener su vida minada por un troll. En el momento en que la criatura se metió en la cama, ella estaba vibrando como una cuerda de violín. Cuando el peso de su huésped durante la noche golpeó el colchón, casi saltó. En cambio, se agarró al borde de la manta y se concentró en respirar profundamente. Esto la tranquilizó un poco, y fue capaz de mantener la pretensión de sueño hasta que oyó un suave ronquido de su compañero. Contó hasta cincuenta, sólo para asegurarse de que no estuviera también fingiendo dormir, y entonces sacó la vela y los fósforos de debajo de la almohada y se deslizó fuera de la cama. Había cortinas de seda gruesa alrededor de la cama, y se quedó fuera de estas, contó hasta veinte para asegurarse de que no había despertado a lo que fuera. Sus dedos temblaban tanto que le tomó tres intentos, antes de poder llegar a encender la mecha. Entonces, ahuecando la mano libre con cuidado alrededor de la llama, se deslizó por la cama. Mordiéndose los labios, lass abrió las cortinas y se apoyó en la cama para ver lo que se había acostado a su lado todos estos meses. Un hombre. Un hombre joven y guapo. El pelo oscuro, una fina nariz recta, pestañas largas se abanicaban en una mejilla suave. Parecía más viejo que lass por unos pocos años, tal vez tenía 20, 21. Llevaba un camisón de lino, y el cuello estaba abierto revelando la visión de un pecho liso, musculoso. Lass se inclinó sobre él, estudiando los rasgos de su cara, pero no pudo ver ningún defecto, ni rastro de naturaleza monstruosa. Y entonces. Y entonces la mecha encendida alcanzó una

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de las hierbas aromáticas que Frida ponía en sus velas. La hierba crepitaba, por lo que la llama la pulverizó. Un poco de humo se acurrucó en la nariz de lass. Ella estornudó. Cera caliente goteaba de la vela cuando el estornudo sacudió todo su cuerpo. Cayó sobre el hombro de la camiseta blanca del joven, y se despertó. Sus grandes ojos se fijaron en lass. Eran violeta. —Oh, no, — susurró, con una expresión de horror, arrastrándose sobre su hermoso rostro—. ¿Qué has hecho? —Yo sólo quería ve ..er lo que er.. eras, — tartamudeó, alejándose de la expresión de su cara—. Pensé que tal vez... —Un año y un día. Tenías sólo que soportar un año y un día de mi compañía. Oso en el día, hombre en la noche, al igual que tu hermano. Tova fracasó también. Ellas siempre fallan. Y luego tenemos que irnos. — Él se estremeció y sus ojos se cerraron. —¿Ir a dónde? — Ella apenas podía hablar; una terrible frialdad venía encima. —Con ella. Debo casarme con ella y vivir en su palacio al este del sol y al oeste de la luna. —Pero ¿no hay otra manera? ¿No puedo ... hacer ... algo? — El frío hacía que su rostro y sus manos se entumecieran. Ella dejó caer la vela, la llama se apagó al caer, sumergiendo la habitación en la oscuridad una vez más. —Si hubieras esperado tres meses más, sólo tres, habría sido libre ,— dijo el joven—. Los dos seríamos libres. — Entonces—: ¡Ella viene! —¡Isbjørn! — Lass lo llamó mientras el frío se levantaba y se la tragaba. El viento soplaba en sus oídos. Se desmayó.

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Tercera parte
La chica que debería haber tenido al Príncipe

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ass se despertó con Rollo husmeando su cara y quejándose. Tenía la

cabeza apoyada en su abultada mochila y estaba fría y acalambrada. Parpadeando el sueño de sus ojos, se sentó y miró a su alrededor. —¿Rollo? ¿Dónde estamos? —No lo sé, y yo no podía despertarte durante horas, y no me atreví a dejarte, — se lamentaba. Se dejó caer hacia abajo hasta que su mitad superior quedó en el regazo de ella, algo que no había hecho desde que era un cachorro—. ¿Qué pasó? Lo que sucedió fue que el palacio ha desaparecido, pensó lass, mirando a su alrededor. Ella y su lobo estaban en lo profundo de un bosque en algún lugar. A juzgar por el espesor de los árboles, estaban lejos de la llanura de hielo. O tal vez estaban en el medio de la llanura de hielo, pero los trolls se habían llevado el palacio y lo reemplazaron con el bosque como parte de su castigo. —Yo lo vi, —lass dijo a Rollo—. Encendí una vela, y lo miré. —¿A quién? — Él levantó la cabeza y la miró. Ella desvió la mirada a través de los árboles, pero en realidad no los veía. —Creo que él era un príncipe. Era tan guapo. Nuestro isbjørn. Cada día era un isbjørn, y cada noche era un ser humano y se acostaba a mi lado. Si hubiera estado un año y un día sin mirarlo, sin ser curiosa y hacer demasiadas preguntas, se habría roto el encantamiento. Pero miré, y ahora se ha ido. Rollo gimió. —¿A dónde? —A un castillo al este del sol y al oeste de la luna, — dijo, recordando las palabras con tanta claridad como si hubieran sido escritas en el interior de los párpados—. Para casarse con ella.

—Hans Peter lo hizo así, —continuó después de un largo silencio—. Era un isbjørn y Tova era la chica que tuvo que dormir con él y no mirar. Pero miró también. Supongo que siempre miramos. —Pero Hans Peter no se casó con el troll, ¿no? —No lo sé. — Ella se acercó a su parka, la parka de Hans Peter, que estaba a un lado de la mochila—. Pero creo que Tova hizo esto, este bordado,

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para cambiar el hechizo. Ella debe haber encontrado este lugar y lo hizo, para ayudarle a escapar. Otro largo silencio. Lass tenía mucho frío, sentada en la nieve en sólo su ropa de cama, pero no quería moverse. Por último, un escalofrío le tomó por sorpresa, y estornudó. Le recordó la última noche, cuando estornudo, el estornudo que había derramado la cera y despertado al príncipe. Se puso de pie y se quitó de encima el cambio mojado. Rollo se puso en pie y la miró fijamente. —¿Qué estás haciendo? — Ella abrió su mochila y sacó una camisa limpia, una pesada falda de terciopelo y un chaleco de brocado rígido. —Nos vamos a encontrarlo, — declaró, vistiéndose lo más rápido que pudo—. Lo hice, — lass siguió mientras sujetaba los lazos de la parka de Hans Peter—. Yo causé la muerte de Erasmus, de la Sra. Grey, y Fiona. He causado que al pobre isbjørn —un sollozo la sacudió—, mi isbjørn, se lo llevaran, y ahora se verá obligado a casarse con un troll. Lo hice, y voy a arreglarlo. — Se limpió la nariz con la manga—. Ni siquiera sabía su nombre, —dijo en un susurro—. Debería haber preguntado su nombre. —Muy bien, —dijo Rollo finalmente—. ¿Hacia dónde vamos? —¿Qué está al este del sol y al oeste de la luna? —No hay nada. —Si es el este del este y al oeste de oeste, debe ser norte, — razonó. Estaba pensando en el mundo de la biblioteca, que ella había lanzado recientemente a través de una ventana. La parte superior del globo era un disco blanco del ópalo brillante donde su lectura le había dicho que ningún hombre vivía—. No habrá ningún hombre, tal vez, pero puede ser que los trolls sí. —O al sur, —intervino Rollo. —Pero a los trolls no les gusta estar calientes, —lass le recordó—. Por lo tanto, debe ser el norte. Las tierras al sur son los desiertos, como el del que las salamandras vinieron. — Ese pensamiento trajo otro—. Las salamandras. —¿Qué? ¿Dónde? — Rollo miró a su alrededor con confusión. —No están aquí, — ella suspiró—. ¿Qué pasaría si todos los que estaban en el palacio de hielo están muertos por mi culpa? — Rollo dio un gemido inarticulado—. Tenemos que parar esto, —dijo lass—. No habrá más muertes. — El corazón le dio un vuelco—. Y yo no quiero que tenga su cometido. Comenzó a marchar. Un poco más tarde se le ocurrió la idea de que los sirvientes no serían condenados a muerte sólo porque ella miró al príncipe. Tova había mirado, y los sirvientes no habían sufrido daño. Esto la animó, y fue capaz de caminar en un ritmo más rápido. Cuando sus piernas gritaron por la fatiga y estuvo sudando debajo de su parka, se detuvieron. Rollo se fue detrás de un conejo cuyas huellas habían visto, mientras que lass se comió un poco de

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pan y queso. Ella tomó un puñado de nieve limpia para saciar su sed. Cuando Rollo volvió, viéndose complacido y relamiéndose, se fueron.

Durante un día y una noche y un día de camino, sin ver a nadie. Se encontraron con un zorro y un lobo que podría haber sido el gemelo del Rollo. Lass los llamó, pero la olieron y luego salieron corriendo. —Nosotros olemos a troll, — dijo Rollo, sombrío. —No importa, —dijo lass, y siguió caminando. Viajaron otro día, otra noche, y otro día. Lass se comió el último de los alimentos que las salamandras le habían dado, y se vio obligada a parar y hacer un fuego para cocinar los conejos que Rollo atrapaba. Cada momento que ella se sentaba junto a sus pequeñas fogatas, cada vez que se acostaba a dormir porque su cuerpo no podía más, su mente y su corazón se aceleraban, pensando en su compañero perdido y en los horrores que podría estar enfrentando. Se ponía de pie tan pronto como podía, y marchaba adelante. Después de dos semanas de esto, lo más cerca que podía contar, lass esperaba que de un momento a otro al pasar a través de un grupo de árboles se encontrarían con un fabuloso palacio. Tal vez de hielo, tal vez de oro o marfil o de plata, pero brillante y grande y peligroso, sea de lo sea que fuera construido. Estaba segura de que debían estar acercándose la cima del mundo, donde el palacio de los trolls, simplemente tenían que estar. No esperaba que, en medio del bosque congelado, encontraría una pequeña extraña cabaña hecha de ladrillos de césped con una anciana sentada frente a él, pelando manzanas. —Morn'a 8, — dijo la anciana alegre. —Morn'a, moster9, —dijo lass educada. —¿Moster? — La vieja se rió con regocijo—. ¡Me gusta eso! Moster Nadie me ha llamado moster en años. — Ella dejó caer su cuchillo en su regazo y se golpeó el muslo—. Y soy lo suficientemente mayor como para ser la moster de la moster de su moster de su moster de su moster, además. — Se secó las lágrimas de sus ojos, sin dejar de reír. —Está loca, — dijo Rollo, encorvándose contra las piernas de lass—. Vámonos. —No estoy loca, cachorro, — dijo la anciana, cogiendo el cuchillo y agitandolo hacia él—. ¡Estoy hambrienta de compañía fresca! — Ella se rió un

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Morn'a: Saludo, Buenos días Moster: Literalmente "hermana de la madre" pero se usa también para referirse con cortesía a una mujer muy mayor.

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poco más—. Deja tu mochila y toma algunas manzanas, — invitó con voz más tranquila, aunque todavía agrietada y delgada por la edad. Lass estaba hambrienta, y había pasado horas desde el desayuno. Pensando que nadie que pudiera hablar Lobo podría ser del todo mala, dejó las mochilas en el espacio despejado en frente de la cabaña y se sentó en un tronco frente a la anciana. Rollo, más prudente, fue y se detuvo a su lado, sin apartar los ojos de la anciana. —¿Puedo ayudarle? — Lass se quitó los guantes y aflojó los lazos de su parka. —Sin duda, hija. — La vieja tomó otro cuchillo del bolsillo de su delantal y se lo entregó a lass. Tomó una manzana y empezó a pelarla, la joven robó miradas a la mujer frente a ella. Era la persona más vieja en la que lass había puesto los ojos. Sus arrugas tenían arrugas. Su cabello era blanco como la nieve, pero muy delgado y peinado hacia atrás en un pequeño moño que estaba cubierto en su mayoría por un pequeño sombrero rojo. Llevaba un bunad, o mejor dicho, varios bunad. Lass pudo ver al menos cuatro faldas en varios estados de degradación asomando por el borde de la más superior. Llevaba tres chalecos, también, que explicaba cómo podía sentarse al aire libre en la nieve sin un abrigo. Por supuesto, eso no explicaba el por qué la respiración no se nublaba en el aire de la manera en el que la de lass y de Rollo lo hacía. Pero lass no pensaba que fuera educado señalar algo al respecto. Después de que hubo pelado y sacado el corazón de tres manzanas, ayudó a la anciana a llevar la canasta de fruta pelada a un gran pozo negro que colgaba sobre un fuego detrás de la cabaña. El bote estaba medio lleno de agua hirviendo, y se desbordaba de manzanas. La anciana sacó bolsas de especias de su delantal y las vació dentro del bote, reemplazando la tapa con un suspiro. —Mañana por la mañana, será la más dulce jalea de manzana que alguna vez hubieras probado, — dijo la anciana, relamiéndose los labios. Ella tenía todos sus dientes, lo que parecía extraño en alguien tan decrépito. —Es amable de su parte, moster, — dijo lass—. Pero tenemos que irnos. Tenemos un largo camino por delante de nosotros. —¿Y dónde está eso a donde se dirigen? — Ojos azules brillantes miraron a lass debajo de la tela de las arrugas—. No hay nada más que nieve y los árboles y los trolls de aquí hasta el día del juicio final, en la dirección a la que te diriges.

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—Ese es justo el punto, —dijo lass, retorciendo los dedos en el pelo ribeteado de la parka blanca—. Estoy buscando el castillo que se encuentra al este del sol y al oeste de la luna, ya ve. ¿Sabe usted dónde está? — Respirando, la anciana se quedó mirando a la muchacha. —Una vez más ella, ¿verdad? ¿Así que tú eres la chica que debería haber tenido el príncipe que ella ha robado? —¿Es un príncipe? —Oh, sí. Siempre tienen que ser de familia real, así lo hace. Oí una vez que hizo una excepción, con un chico de belleza especial, pero él se alejó de ella. —Creo que fue mi hermano, Hans Peter,— dijo lass, sintiendo su piel apretarse con la piel de gallina. —Aye, ese era el nombre que la última niña mencionó, — dijo la anciana, asintiendo con la cabeza. —¿Tova? ¿Tova vino por este camino? —Ese fue el otro nombre que ella dijo, sí, —la anciana estuvo de acuerdo. —Entonces, ¿dónde se fue? ¿Voy en la dirección correcta? ¿Sabe dónde está el palacio? ¿Tova sigue allí? — La anciana negó con la cabeza para detener las preguntas de lass. —Vas a llegar al castillo, tarde o nunca, supongo. Si estás decidida a verlo. En cuanto a mí, nunca me atreví a mirarlo. Ni siquiera cuando tomó a mi Lars. — Las lágrimas empañaron los ojos viejos—. Los trolls viven mucho tiempo, pero los maridos humanos no lo hacen. —Oh, lo siento mucho, moster. — Lass puso sus brazos alrededor de la vieja y la abrazó. La vieja se sentía luminosa y descarnada como una muñeca de paja. —No tiene sentido llorar, no lo tiene ahora, — dijo la anciana, limpiándose la cara con una manga irregular. —¿Quién está aquí lloriqueando, cuando hay necesidades de lana cardada? — Fuera de la cabaña apareció otra anciana con una cara como una nuez y brillantes ojos azules. Si la joven se había pensado que la primera moster era la mujer más vieja en vida, se había equivocado. La anciana de pie en la puerta de la cabaña, sonriendo con los dientes muy blancos, era aún más marchita de forma y de cabello que su amiga. Su pelo blanco era tan fino que su cuero cabelludo rosado se mostraba a través, y estaba envuelta en aún más capas de ropa usada. En sus manos nudosas sostenía una canasta de lana enredada y un par de peines de cardado. —Buen día, moster, — dijo lass. —Esta es la chica que debería haber tenido el más nuevo príncipe, — dijo la primera moster en voz alta y clara que usaban para los faltos de oído. La segunda mujer más vieja tenía una risa como una puerta chirriante. —No me extraña que ella estuviera en una toma como cuando voló el otro día, — dijo—. Es otra chica, y otro marido y otro buen lío, lo es.

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—Sí, — lass estuvo de acuerdo en voz alta—. ¿Conoce el camino? —¡Oh, los santos sean alabados no, niña! Yo sólo he llegado hasta aquí después de que mi dulce príncipe finlandés fue llevado lejos. Encantadores ojos oscuros él tenía, — suspiró. —Ahora está muerto, anunció la primer moster—. Pásame la lana. —Sí, sí, — dijo la segunda, irritada. Le dio la lana a su amiga, y le dio a lass el peine de cardado—. Es demasiado tarde para estar pensando. El sol se pondrá pronto. Pero ya veremos lo que podemos hacer por ti en la mañana. —Muy bien, — lass estuvo de acuerdo. Se acomodó en su tronco, con Rollo tendido a sus pies y comenzó a cardar la lana. Las moster produjeron dos juegos más de los panales, y juntas hicieron el trabajo por debajo de la canasta de lana, aunque el cielo se había vuelto bastante oscuro para entonces. —Muy bien, — la primera moster dijo cuando terminaron—. ¡Hora de la cena! — Apuntó a Rollo con un dedo huesudo—. Tenemos suficiente para cuatro personas, pero no para cinco. Ve por tu propio conejo gordo. —¿Cuatro? — Lass y Rollo se miraron perplejos. —No has conocido a la Mayor, todavía,— la segunda moster le dijo—. Lleva la cesta de la lana a la choza, querida, y yo voy a presentarlas. — Lass sintió una oleada de miedo. La cabaña era pequeña y oscura, sin ventanas. ¿Y si se trataba de un truco? ¿Cómo podía alguien ser mayor que estas dos ancianas, a menos que fuera un troll o algún otro monstruo? —Voy a buscar mis conejos en un momento, — dijo Rollo casualmente, mirando a la primera moster—. Permítanme presentar mis respetos a la Mayor en primer lugar. —Sí, Rollo. Esa sería lo educado, — dijo la joven, sintiéndose un poco aliviada. Las moster, como si percibieran su miedo, cacareaban y entraron en la cabaña, dejando la puerta abierta de madera en bruto. Lass y Rollo siguieron lentamente, y la chica sostuvo la canasta de lana en frente de ella como un escudo. El interior estaba oscuro y lleno de humo, con un solo fuego en el centro de la sala redonda. Los únicos muebles eran una cama de madera cubierta con pieles de reno, y una mesa con tres sillas. Sentada en una de las sillas estaba la tercera moster. Ella era sólo identificable como una mujer porque llevaba los restos de lo que alguna vez podría haber sido un vestido. No era como las faldas y chalecos a los que lass estaba acostumbrada, sin embargo. En cambio, la tela remendada formaba una túnica larga y recta que no tenía cintura definida o corpiño. Esta anciana tenía más pelo que las otras dos, más pelo que

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la misma lass, incluso. Sus dos largas trenzas, amarillentas y blancas como el marfil antiguo, eran tan gordas como las muñecas de lass y colgaban hasta el suelo. Los extremos estaban unidos con bandas de oro deslustrado. Con un rostro tan marchito y arrugado que era imposible ver su expresión, ella levantó la cabeza a lass. En sus manos como garras sostenía un huso de gota de madera desgastada. Ella lo dejó caer con un gesto practicado. Giraba en un pequeño hueco en el suelo de tierra apisonada, suavizada por los años, y tiró de un hilo fino de color blanco sin ningún esfuerzo. —¿Quién es entonces? — Su voz era como ramitas rozando entre sí en el viento. Sintiendo sólo consuelo y bondad emanando de las tres moster, lass dejó la cesta de la lana en la mesa. —Yo soy la que debería haber tenido el príncipe que vivía en el palacio de hielo,—explicó—. Estoy buscando el castillo que se encuentra al este del sol y al oeste de la luna. ¿Sabe usted cómo llegar? —Mi Eirik era su príncipe, — dijo la anciana mientras seguía girando—. Hace más años de los que puedo contar. Casi me muero de la curiosidad, yaciendo allí noche tras noche, y tuve que mirar. —Sí, moster, al igual que yo, — dijo lass. —Al igual que todas nosotras, — la primer moster comentó en voz alta a la segunda. —¿Moster? — La mayor levantó la cabeza y olfateó el aire, y por primera vez lass se dio cuenta de que era ciega—. Sí, supongo que eso es lo que soy ahora. Una vez fui una princesa, y en los barcos de mi padre navegué por todo el mundo. Mis hermanos lucharon con los skrœlings 10 en las tierras al oeste, los dragones del este, los trolls al norte, y los hombres negros en el sur. Pero nunca llegaron al castillo que se encuentra al este del sol y al oeste de la luna. Ni yo, porque no era lo suficientemente fuerte como para agitar más allá de este lugar. —Lo siento ... Su Alteza, — balbuceó lass. —¡Moster! niña, porque eso es todo lo que soy ahora. Una anciana ciega, refutando los años. — Ella sacudió la cabeza y el anillo de oro en su trenza izquierda golpeó la pierna de la silla con un sonido de tintineo suave—. La última chica joven que pasó por aquí me llamó moster también. — La anciana suspiró—. Ahora, si me ayudas a girar la lana recién cardada, mientras

Skrœlings: Skræling (Nórdico antiguo e islandés) es el calificativo que los pueblos nórdicos de Europa y sus asentamientos usaban para identificar a los pueblos indígenas americanos que encontraron en América del Norte y Groenlandia. En algunas fuentes literarias que han sobrevivido se identifica principalmente al pueblo Thule, un grupo esquimal con quienes los colonos escandinavos convivieron en Groenlandia alrededor del siglo XIII. En las sagas también se utilizaba para calificar a los pueblos de Vinland (probablemente Newfoundland) que los expedicionarios encontraron durante sus incursiones americanas a principios del siglo XI.

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que las otros preparan la cena, vamos a ver si podemos ayudarte en tu camino de mañana. La muchacha envío a Rollo a atrapar su propia comida, y tomó el eje que le ofrecía.

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inguna de nosotros se han aventurado más allá de este pequeño

claro, — la primera moster dijo a lass a la mañana siguiente. Las tres se pusieran delante de su cabaña, la Mayor se apoyaba en un bastón alto tallado con flores. A la luz gris del amanecer se veían aún más antigua y menos humana, pero lass sabía que eran amables y buenas. —Pero nuestros caballos son regalos de nuestro vecino, y conocen bien el camino a su casa, — dijo la segunda moster. Ella se acercó al borde del claro y silbó una larga nota aguda. —¿Su casa? — Lass se sorprendió—. Yo pensaba que iba a seguir y seguir a través de un largo camino por el que las mujeres se perdieron buscando el palacio troll. La mayor sacudió la cabeza. —Muchas han pasado a través de los años, pero donde terminaron, no tenemos ni idea. Ayudamos a las que son educadas y les cerramos la puerta a los que no lo son. —Oh. — Lass se sentía muy agradecida de que sus padres le habían enseñado buenos modales. Las dos comidas calientes que había comido en su hogar y la cama caliente suave habían hecho maravillas en ella. —Aquí está tu equipaje, — dijo la primer moster, sosteniéndolo—. Lo hemos llenado de manzanas y pan y un poco de queso. —Oh, gracias. — Lass se sentía culpable: eran tan viejas, y ella tenía a Rollo para cazar por ella—. ¿Están seguras de que pueden prescindir de esto? —Por supuesto, hija, — dijo la Mayor—.Y más. — Señaló imperiosamente en el paquete—. Muéstraselo, — le ordenó a la primer moster. —Un frasco de mi jalea de manzana, — dijo la primer moster, de un tirón abrió la mochila y le mostró a lass lo que se encontraba dentro. El frasco tenía la forma de una manzana, y la gelatina en el interior hacía que brillara como oro puro—. El frasco está tallado en cristal, — dijo la anciana con orgullo. Entonces levantó un conjunto de peines de cardado , y estos realmente parecía estar hechos de oro, finamente trabajados y decorados con pequeñas joyas—. Peines de cardar, y un ovillo de lana, de parte de ella. — Asintió con la cabeza señalando a la segunda moster, todavía de pie a unos metros de distancia y ahora emitía un segundo silbido.

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—Y esto de mí, — dijo la Mayor. Palpó en el interior del paquete y sacó un huso de oro, tan elegante como el peine de cardado—. Una mujer ciega no tiene necesidad de tales baratijas. Pero si lo deseas para encantar a la Princesa troll... Lass pensó en el palacio de hielo, con sus habitaciones llenas de yunques y agujas de tejer, y sonrió. —Maravilloso, — dijo—. Tova fue educada, ¿no es cierto? ¿La ayudaron? — Ella tenía muchas ganas de saber sobre la amada de Hans Peter. No sólo si habría sobrevivido, sino también qué clase de persona era. —Tova era una buena chica, — dijo la primer moster con brillo, re empacando el equipaje del lass. —Le dimos regalos útiles también. — La mayor sonrió a lass, su antiguo rostro se transformó por la expresión—. Te enviamos tan bien armada como enviamos a la última doncella perdida, si puedes encontrar una manera de utilizar estas armas, —dijo. La duda revoloteó en el pecho de lass, sin embargo. —¿De verdad cree que voy a llegar al palacio? — Preguntó. La anciana se detuvo. Sus nudosos dedos antiguos se estiraron y tocó la mejilla de lass. En voz baja así como los copos de nieve, acarició el rostro de la chica. —Sí, — dijo ella, con las manos todavía descansando suavemente en las mejillas de lass—. Encontrarás el palacio al este del sol y al oeste de la luna. — Ella sacudió la cabeza, el movimiento fue ondulante por sus largas trenzas—. Pobrecita. —¿Pero voy a ser capaz de liberar a mi príncipe? —Eso no lo puedo decir. — Lass suspiró profundamente. —Vamos, — dijo la Mayor, sacando sus rígidas viejas manos de la cara de lass—. Eres demasiado joven para esos suspiros de desesperación. Vamos a prestarte nuestros caballos, y te llevaremos a la casa del Viento del Este. —¿El Viento del Este? — Lass se quedó boquiabierta ante la moster Mayor. —De hecho, —dijo—. ¿Quién más iba a vivir tan lejos de la vida humana? — Con un tercer silbido de la moster en el borde del claro, tres caballos llegaron al trote de la selva. Uno era negro como el ébano, el segundo gris como una nube de tormenta, y el tercero blanco como la nieve con una melena y cola de color rojo sangre . —Este es Hjärtan, — dijo la primer moster, acariciando la nariz del caballo negro. El nombre del caballo tomó a lass por sorpresa. Al principio sonaba como un cariño, pero luego la vieja canturreó al caballo en la lengua antigua del Norte por un momento, y lass se dio cuenta de lo que significaba el nombre. En la antigua lengua, significaba "Sin corazón." La moster vio la expresión de lass y se rió—. Estaba un poquito amargada sobre mi destino

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cuando se me lo otorgó, —dijo—. Cabalga en él todo lo que pueda, luego toca su oreja izquierda y envíalo a casa. —Entonces monta a mi Falskur, — dijo la segunda moster, golpeando al caballo gris en el hombro. —¿Falskur? — Otro nombre extraño. —Aye. — Sonrió la anciana—. No es que el caballo sea incrédulo, sino que fue la falta de fe la que me trajo aquí. Cabalgara hasta que se canse, porque es más fuerte y más rápido que su hermano Hjärtan. Cuando comience a amainar, toca ligeramente su oreja derecha y envíalo a casa. —Y luego monta a mi querido Vongódur, — dijo la Mayor. —¿Esperanza? — El nombre la sorprendió, teniendo en cuenta como las otras viejas habían llamado a sus caballos. —Siempre debemos tener esperanza, hija,— dijo la antigua princesa—. Incluso cuando parece que no hay nada a la vista. Luchando contra otro suspiro desesperado, lass subió a un tronco y luego montó a Hjärtan. Nunca había montado a caballo, pero Hjärtan se quedó muy quieto a pesar de sus movimientos confusos. Él no era tan amplio como su isbjørn, su pelaje era suave, pero su melena era gruesa y pensó que sería capaz de mantenerse hasta que estuviera lo suficientemente bien instalada. Se acomodó la mochila en la espalda lo mejor que pudo, se aseguró de que Rollo estuviera a sus pies y listo para seguirla, y luego sonrió a las tres viejas. —Gracias, queridas moster, — dijo. Ellas le devolvieron la sonrisa, y por un momento, un fantasma de bellezas perdidas pasó sobre sus rostros. —Que los viejos dioses te protejan, niña, — dijo la Mayor—. Una vez que hayas llegado donde nuestro vecino, has cosquillas a Vongódur debajo de la barbilla y él encontrará su camino de regreso. — La primera moster palmeó la rodilla de lass y luego se llevó la mano hacia abajo con una grieta en la grupa del caballo. —¡Ve! — Chilló, Hjärtan salió disparado del claro, hacia el norte y el este. Rollo y los otros dos caballos siguieron firmes detrás. Lass se aferró a la melena de Hjärtan y rezó para que las ramas no la azotaran en la cara. Podría ser cegada, con un estremecimiento de terror, se preguntó si así fue como la antigua princesa había perdido la vista. Se agachó sobre el cuello del caballo, ocultando su rostro en la capucha blanca de nuevo. Sus músculos pronto se apretaron y bloquearon en el lugar. Después de algunas horas, trató de detener a Hjärtan para poder reunirse con los demás, pero él no sería detenido. Pensó en saltar, pero la nieve se veía dura y helada, así que se resignó a mantenerse a flote. Para pasar el tiempo, pensó en su oso, que también era un príncipe, y en el tiempo que pasaron juntos discutiendo

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teatro y poesía y relatos sobre la infancia de lass. Se acordó de haberle contado sobre la búsqueda del reno blanco, que sólo Hans Peter sabía, y cómo el isbjørn no había quedado del todo sorprendido por la historia. Pensar en el reno blanco le hizo pensar en su nombre. Lass, que tenía en su corazón el nombre más bello jamás oído, reafirmó su decisión. Encontraría el castillo al este del sol y al oeste de la luna. Expiaría su falta de fe y haría las cosas bien con el príncipe. Encontraría a Tova, y la llevaría a Hans Peter para que pudieran ser felices. Seguramente alguien favorecida por el reno blanco, que había hecho amistad con faunos y el isbjørn y que había viajado hasta ahora, tendría éxito. Seguramente lo haría. Ella susurró su nombre en el viento. Hjärtan surgió a través de los árboles, sus hermanos justo detrás. Con un yip, Rollo aceleró para coincidir con el ritmo del caballo. Lass colgaba de él, y las millas volaron.

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E

l Viento no necesitaba traducción. Hablaba el lenguaje de los

hombres, los animales y los pájaros, de las rocas y los árboles y la tierra y el cielo y el agua. No comía o dormía, ni se refugiaba de la intemperie. Era el clima. Y vivía. El viento del este vive en un oscuro bosque con árboles. Los árboles no crecen rectos o altos, porque el viento es demasiado fuerte como para permitirlo. Pero ellos crecen fuertes, con profundas raíces y troncos como la piedra. Las ramas se han torcido y torcido entre ellas, formando ángulos imposibles de troncos que se curvaban como el humo.

El caballo de la princesa más vieja disminuyó al llegar a este extraño bosque. Lass fue capaz de sentarse con la espalda recta y miró alrededor de las extrañas esculturas vivientes que los rodeaban. Rollo, jadeando con fuerza, se arrastró, ramas y hojas estaban atrapadas en su piel y pequeñas bolas de nieve se enredaron en el pelo como plumas largas en la parte posterior de las piernas y la cola. No había nieve en el suelo aquí, aunque algo fue empujado en contra de los árboles. El suelo parecía pulido: no había ramas o agujas de abeto ensuciándolo. Llegaron a una gran roca que se había suavizado en una forma como un trono del doble de la altura de un hombre. Vongódur se detuvo, y lass se deslizó fuera de su espalda ancha y pálida. Se quedaron allí por un tiempo, los tres. El caballo llanamente pensó que había cumplido con su deber, y se negó a ir más lejos. Lass se mostró reacia a enviar al semental a su camino, sin embargo, y Rollo estaba contento de que se habían detenido. Se dejó caer sobre el duro suelo y se quedó dormido al instante. —¿Hola? — Lass se atrevió a decir en voz alta al final—. ¿Viento del Este? Las tres viejas... moster ... que son sus vecinas me enviaron. En verdad lass no esperaba ver nada más extraordinario que un hombre. Un hombre fuerte, tal vez, un hombre extraño, lo más probable. Pero sólo un hombre como los demás. Las moster habían dicho que su vecino era el

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Viento del Este, pero lass no se lo había tomado literalmente. Jarl solía agasajar a sus hijos con cuentos de los grandes héroes y dioses ancestrales que se metían en batallas montados en los vientos, pero lass siempre había sospechado que los héroes, si existían, tenían caballos que eran simplemente como todos los demás. Y ahora, de pie en este paisaje extraño y llamando al viento del este, agotada de cuerpo y mente, esperaba que quien contestara tuviera un trineo en el que pudiera ir mientras continuaban su camino. Es decir, si él la ayudaba a continuar con su viaje. El aire se arremolinó a su alrededor. Se subió a un frenesí que le arrancó el pelo de la trenza y lo azotó alrededor de su cara. Vongódur bajó la cabeza y aplanó sus orejas, pero no con timidez. Rollo miró, suspiró y se puso de pie de forma protectora al lado de su ama. Lass se aferró a las crines del caballo, cerrando los ojos contra las pequeñas partículas de hielo o suciedad y nieve que soplaban en la cara. Cuando se calmó el viento, abrió los ojos, y el Viento del Este estaba sentado en su trono. El viento del este no parecía humano, porque no era humano. Era una gran mezcla de remolino de hojas y ramas y niebla y humo y lluvia y polvo, que cuando por fin se juntaron, tomaron la forma de un lobo, sentado en posición vertical en el asiento de piedra del trono. —¿Por qué estás aquí — su voz aulló y susurró y silbó en sus oídos, y un zarcillo de viento serpenteó arriba y abajo por su cuerpo de la cabeza a los pies y otra vez..— moza humana? —Tú eres real , — suspiró ella, y no pudo decir nada más por un instante. Cuando encontró su voz otra vez, dijo—: Estoy buscando el castillo al este del sol y al oeste de la luna. — Un gran estremecimiento acumuló al Viento del Este. Voló en pedazos, y luego se junto a sí mismo en forma de lobo, una vez más. —¿Por qué quieres ir allí? —Yo vivía en el palacio de hielo con el príncipe que era un isbjørn. Por mí, se ve obligado a casarse con un troll, y quiero ayudarlo —Las criaturas mortales son tan extrañas, —reflexionó el viento—. He aquí otra en busca de un varón humano que apenas conoce. —¿Ayudó a Tova? —Supongo que era su nombre. La llevé a la planicie donde habita el Viento del Oeste. — Esta noticia hizo que los hombros de lass se hundieran. —Así que usted no conoce el camino al palacio troll. —Nunca he volado tan lejos, ni nunca lo he querido. La magia de los trolls es tan maligna que aun los Vientos no pueden defenderse. Te aconsejo que imites a mis vecinas: Construye una choza, y permanece donde el destino te tome.

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—No puedo, —dijo la joven, sacudiendo la cabeza con vehemencia—. Tengo que encontrar el palacio. Debo liberar al príncipe. Debo hacerlo. —Entonces toda la ayuda que puedo ofrecerte es llevarte con el Viento del Oeste. —Gracias. — Un resoplido de aire estallo empujando el pelo de lass hacia atrás. —¿Más tarde, me seguirás agradeciendo? — La forma en el trono de piedra se estremeció—. No importa. Vamos a volar a la casa de mi hermano. Lass envió por fin a Vongódur a casa. Rollo se fundió en los árboles retorcidos y regresó con plumas alrededor de su hocico unos minutos más tarde. —Tiene algunas finas aves en el bosque, — elogió al Viento del Este. —Las tengo, — el viento del este contestó. —Lo siento, — dijo lass, encogiéndose de hombros, avergonzada. Le dio una mirada dura a Rollo—. No todos podemos vivir de pan y amor, —dijo. —¿Amor? ¿Qué sabes sobre el amor? —Es en el corazón de cada historia, — dijo Rollo con autoridad—. Si los seres humanos pudieran evitar caer en el amor, nunca se meterían a sí mismos en problemas. Lass cerró los ojos durante un largo minuto. ¿Estaba enamorada del príncipe? Tal vez. Había amado al isbjørn, en cierto modo. Y de un modo diferente al que amaba a su hermano Hans Peter y quería ayudarle. Así que era por amor que ella estaba haciendo todo esto. ¿Pero sería más feliz si se fuera a su casa? ¿Podría vivir consigo misma si lo hacía? Abrió los ojos. —¿Podemos irnos ahora? Ser llevado en la espalda del Viento del Este fue una experiencia muy extraña. La masa retorcida de ramas y hojas y viento y plumas y hielo se precipitaron hacia abajo de su trono y la levantaron del piso. Aún no había tomado su mochila, pero cuando volvió a mirar vio que la misma y Rollo estaban también. Su lobo alternaba entre aullar de miedo y gruñir para demostrar lo valiente que era mientras subían. Arriba en el cielo el Viento del Este se junto tomando forma, un lobo del tamaño de un barco corriendo sobre las copas de los árboles. Lass se cernía, suspendida, en la cima del Viento lobo del Este. Extendió los brazos y se inclinó hacia atrás, sintiéndose acunada. Era como montar en la espalda del isbjørn, sólo que mejor. Ahora realmente estaba volando, libre sobre la tierra. Se echó a reír. El viento del este se lanzó hacia delante, y la risa fue arrancada de su

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garganta. Debajo los árboles azotados por el cielo y los cultivos yacían en la tierra. Pasaron sobre las montañas y colinas, silbaban por los fiordos y sobre el mar. En un momento se levantó el viento, hasta que fue absorbido por las nubes, produciendo y conduciendo como si fueran claras de huevo mezcladas con una cuchara de madera. El océano estaba debajo de ellos cuando las nubes se disiparon, y las playas y los bosques y campos de trigo. Y luego nada. Desierto. Arena. Grietas, tierra seca en la que las únicas cosas que crecían eran pequeños arbustos achaparrados que parecían medio muertos. La tierra era de color rojo y las rocas crudas y dentadas. Y luego se fueron sin más. Tan fantástico como el bosque del Viento del Este era, el palacio del Viento del Oeste de roca viva era impresionante. Rojas, púrpuras y doradas piedras se torcían como arcilla. Grades arcos pasaban por encima, pilares, cuevas, huecos suaves como un cuenco de madera gastada, llenos de sombras púrpuras que parecían agua a la caída del sol. Había montones de rocas como almohadas, como hongos y colmenas. El Viento del Este se detuvo ahí, y lass fue capaz de abrir la boca ante las formaciones de piedra al pasar sobre y alrededor de ellos. Pronto llegaron a un espacio abierto como un gran recipiente poco profundo. Decenas de pequeños remolinos de arena giraban alegremente sobre la parte inferior del hueco. El viento lobo dejó a lass abajo y se redujo hasta quedar sólo un poco más grande que un isbjørn. El cuenco de piedra era increíblemente caliente, era como estar dentro de un horno. Lass se quitó de encima la parka y las botas y aún así el sudor corría por su rostro, endureciendo el pelo desordenado en el cuello. Rollo estaba jadeando, y se puso a bailar en su lugar para evitar que se quemaran sus patas. Los pequeños embudos de grano bailaban juntos y se convirtieron en una gigantesca columna hilada de viento y arena. Una voz seca y ronca surgió de ella. —¿Hermano mío del Este, qué me has traído? —Una humana que busca el palacio al este del sol y al oeste de la luna, — respondió el Viento del Este—. ¿Alguna vez has volado tan lejos? —¡Nunca! — La columna giratoria vaciló y luego se estabilizó—. No tengo trato con los trolls. —No sugerí eso, — dijo el Viento del Este—. Pero ella está decidida a seguir. ¿Puedes ayudarla? Has volado más lejos de lo que yo nunca lo he hecho. — El Viento del Oeste se balanceaba atrás y adelante en su hueco. —¿Por qué debería llevar a esta humana a cualquier lado? Yo no me meto en los asuntos de los trolls. Tal vez la Reina troll oiga lo que he hecho, y

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tome su venganza sobre mí. — La columna de viento se estremeció. Lass miró de un conjunto de viento al otro. —¿La Reina troll? —Su hija es la Princesa que convierte a los humanos en osos del norte, juega con ellos antes de casarse, — dijo el Viento del Oeste—. Pero la Reina es mucho más terrible, más vieja, más fea y malvada que sus huesos de piedra. Ninguna persona en este mundo se atreve a cruzarse con la Reina de los trolls. — Lass arqueó las cejas. —Yo sí. —Eso es porque no eres nada más que un niña humana estúpida, — replicó el Viento del Oeste—. Y no eres nada más que un poco de brisa tosca , un soplo de arena en mis ojos,— la chica le respondió. No había llegado tan lejos sólo para ser rechazada por el viento. —La Princesa y la Reina, deben ser detenidas. —Entonces, busca a alguien que te ayude, si quieres matarte a ti misma, —dijo el Viento del Oeste. —Cobarde, — dijo lass, sin brillo. Ella negó con la cabeza de una manera compasiva—. Ni siquiera me llevara a la casa del viento del norte. Estoy segura de que un fuerte viento, como él sabría el camino, incluso si usted no. Y no tengo ninguna duda de que él me llevaría todo el camino hasta el palacio al este del sol y al oeste de la luna. — Una pequeña ráfaga provino del Viento del Oeste, como si hubiera bufado ante su estratagema—. Bueno, eso está bien entonces, — lass continuó, con las manos en las caderas—. He llegado hasta aquí sin su ayuda. Me han ayudado tres amables mujeres humanas viejas, con poco más que la ropa que llevaban puesta y más para perder ante la Reina troll que usted. He recibido ayuda de este buen Viento del Este, vuestro hermano. Su hermano viento estaba convencido de que me ayudaría. Él dijo que había volado a lo largo y ancho, y, sin duda, conocería el camino. Pero estaba equivocado. — Extendió una mano y le acarició la parte posterior del Viento del Este, como si lo reconfortara—. Qué pena.— Negó con la cabeza—. Querido Viento del Este,— dijo en un tono cariñoso—. Usted ha sido muy amable y ha viajado tanto para ayudarme, que no podría pedirle que me llevara más lejos. Pero, ¿podría al menos dirigirme hacia el dominio de los Vientos del Norte? Rollo y vamos a caminar hasta allí. A sus pies, Rollo gimió. Con un silbido y un rasguño, el Viento del Oeste se disparó en un árbol imponente de remolinos de arena. Entonces se derrumbó, rabiando abarcó al Viento del Este, a lass, y a Rollo, junto con el desierto de piedra alrededor de ellos. El viento aullaba a través de las rocas, recogiendo más arena y raspando la superficie de las formaciones rocosas de la misma. La fuerza golpeó a lass en sus pies, y ella se acurrucó junto a Rollo, enterrando la cara en su piel para proteger sus ojos. Sonrió de costado, donde nadie pudiera verla.

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—Si quieren probar con el Viento del Norte que no voy a detenerlos, — dijo el Viento del Oeste—. Pero ni siquiera sé donde reside. El Norte es el mayor de todos nosotros. —Oh. — Lass había tenido la certeza de que el Viento del Oeste la ayudaría. Pero si no conocía el camino .... —Pero el Viento del Sur sabe dónde habita nuestro hermano, — el Viento del Oeste continuó—. Ellos siempre están persiguiéndose por encima y alrededor del mundo. Incluso puede ser que el Viento del Sur haya soplado sobre el palacio de los trolls. Pero si no, entonces el Sur sabrá cómo llegar a Norte. —Gracias. —Vamos a ver si todavía me lo agradecerás en una semana o un mes o incluso un día, — gruñó el Viento del Oeste, haciéndose eco de los sentimientos del Viento del Este.

Cabalgar en el Viento del Este había sido emocionante, pero viajar en el Viento del Oeste fue agotador. Atrapada en una columna de arena turbulenta, lass se sentía como si estuviera cayendo, entonces se levantó, sólo para desplomarse de nuevo. Se preguntó si el Viento del Oeste lo estaba haciendo por despecho, y luchó contra el impulso de vomitar. Una eternidad más tarde, el Viento del Oeste la dejó. No cayó lejos, aterrizando en cuatro patas en un piso de piedra. Cuando se recuperó de la conmoción, se sentó y miró a su alrededor. Estaba en las ruinas de un gran palacio. Las ricas esculturas de piedra se desmoronaban, y las vides habían infiltrado su camino entre las grietas de las piedras del pavimento y por los lados de los pilares cuadrados. Caras de animales y extrañas figuras humanas en cuclillas miraban de reojo desde entre las hojas del tamaño de platos. Un remolino de tierra negra, polen verde y rocío cálido se filtró través de las ruinas y lánguidamente tomó la forma de una enorme ave de presa. —¿Qué sucede? — Su tono estaba sazonado con disgusto—. ¿Qué está haciendo aquí, Hermano Oeste? —Esta humana insensata busca el palacio al este del sol y al oeste de la luna, —respondió el Viento del Oeste. Su colección de arena y el calor se colaban a través de las baldosas rotas, estaba exhausto. El pájaro verde y negro disparaba en y alrededor de los pilares de las ruinas con agitación, emitiendo un canto, un silbido. —¡Nunca me he atrevido a volar allí! — Una vez más, la paciencia de lass se rompió.

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—¡Lo sé, lo sé! ¡Porque tiene miedo de los trolls! Pero yo no, y tal vez eso me hace una tonta, pero no me importa. Si no puede soplar al palacio, por lo menos sople hasta llevarme a la casa del Viento del Norte, y tal vez él sí será capaz de ayudarme. —Es una pequeña cosa temperamental, ¿no es así? — El Viento del Sur se movió y acarició el rostro de lass con una brisa de plumas húmeda—. Los seres humanos son tan extraños. Lass agitó sus manos delante de su cara, tratando de ahuyentar al Viento del Sur con irritación. —¿Me ayudarás o no? —No veo por qué deba hacerlo. —Porque alguien, en algún lugar, tiene que luchar contra los trolls, — dijo la joven con vehemencia. —No creo que haya alguna necesidad de ponerse tan histérica al respecto, —dijo el Viento del Sur—. De hecho, creo que estás exagerando. Es común entre los seres humanos. La última humana que lleve era propensa a estallar en sollozos y rezaba en voz alta por la seguridad de su amante. —¿Tova? — Lass se había olvidado de preguntar al Viento del Oeste si había llevado a Tova. —No le pregunté, — sorbió el Viento del Sur—. La recogí de camino a visitar a mi hermano Norte. Estaba sentada en una llanura cubierta de hierba, sollozando y rasgaba su pelo. —Dejé a la última humana que lleve sentada en una llanura cubierta de hierba, sollozando, — el Viento del Oeste jadeó. —¿Ella olía a fresas y nieve? —¡De hecho sí! —¿Tú abandonaste a Tova en el medio de la nada? — Lass pateo al Viento del Oeste, pero no pudo hacerle ningún daño. —No podía ir más lejos, — chasqueo nervioso—. Ella no era tan resistente como tú. Ella temía que iba a morir. —La llevé a nuestro hermano del Norte, — suspiró el Viento del Sur—. Aunque no sé lo que le pasó después de eso. —Si no te importó llevarla, entonces no te importará llevarme a mí, — razonó lass. —Nuestro hermano puede no aprobar que le deje tantos humanos en su casa, — dijo el Viento del Sur. —Realmente no me importa, —respondió lass—. Creo que es despreciable que los cuatro vientos; los grandes y poderosos cuatro vientos ¡sean tan cobardes! Los trolls están causando un gran mal, y no hacen nada para detenerlos. —Pero, ¿cómo el mal de las criaturas mortales afectaría a los Vientos? — El tono del Viento del Sur era agudo.

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—Si los trolls no pueden hacerle daño, ¿por qué les tiene miedo? — Respondió lass. Entonces algo sobre las palabras del Viento al Sur atraparon su atención—. ¿Mortales? Yo creía que los trolls eran inmortales. —Los años caminan más despacio en ellos que en los seres humanos, y todavía tengo que escuchar sobre la era de matar a un troll, pero hay otras cosas que pueden destruirlos, — dijo el Viento del Oeste. El Viento del Sur se arremolinaba a través de los pilares rotos de nuevo, al parecer, reflexionando sobre las palabras de lass. —¿Cómo qué? —Magia poderosa. Las armas de acero encantado. Dragones. —Oh. — Lass no tenía ninguna de esas cosas. —Descansa y come, — dijo el Viento del Sur, serpenteando a través de las ruinas haciendo sombra en las faldas de lass—. Mañana voy a llevarte a mi hermano. —Gracias. — Aunque más fuerte que el Oeste, el Viento del Sur era mucho más agradable. El aire caliente y el húmedo aroma de flores exóticas la despertaron mientras luz dorada del amanecer se posaba sobre las ruinas del antiguo templo. Sintiendo como si estuviera en una cama de musgo suave, lass cerró los ojos mientras la forma de pájaro del Viento del Sur corría sobre las montañas y los valles, cruzando los océanos, y tejiendo entre copas de los árboles. Rollo fue recogido como lo había sido en sus otros viajes de viento, pero esta vez de vez en cuando levantaba la cabeza y revolvía el aire húmedo con la lengua. Cuando ella abrió los ojos, disfrutó viendo un par de gotas de rocío en sus manos, al verlas las apretó y luego levanto los brazos cuando el Viento del Sur aceleró hacia adelante. Finalmente, aunque aumentaba el agobio, sin embargo, cerró los ojos y se durmió. El Viento del Sur la despertó una y otra vez, más allá de un día y una noche, hasta que fue poco más que una húmeda y fuerte brisa que apenas podía mantener su forma. Con una última bocanada de esfuerzo, descansó en la cima de un montón de nieve dura como una piedra. —Hermano, — el Viento del Sur llamó débilmente. El rugido del Viento del Norte atacó el montón de nieve en un millón de afilados, diamantes fríos, y lass cayó al suelo y hacia abajo, en una grieta de hielo azul y blanca nieve. Rollo aterrizó pesadamente sobre ella, golpeando el aire de sus dos cuerpos. El Viento del Norte aullaba por la grieta, aplastando a lass contra una pared irregular de hielo. Golpeó su cabeza, y todo quedó a oscuras.

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C

uando se despertó, lass se encontró en una cueva en la nieve

sentada y apoyada en un trozo de hielo. Una piscina de agua tan gris como el acero refleja poca luz sobre el techo de la cueva, y una morsa estaba tendida al lado de la piscina, a pocos pasos de distancia. Era grande y marrón, y tenía largos colmillos amarillos. —Si espantaste a mis peces, te voy a comer a ti y al lobo, — dijo la morsa. Luego lanzó su cuerpo torpe en la piscina sin causar ningún chapoteo. Lass supuso que nadó hasta salir de la cueva, porque no volvió a emerger. —Mal genio,— dijo Rollo desde su puesto a su lado—. Nada más que amenazas e insultos desde que el viento nos trajo aquí. —¿Cuál viento? —El Norte. El Sur era demasiado débil. —¿El Viento del Norte nos ayudó, qué te parece? —No quiso hablar conmigo, — resopló Rollo—. Pero al menos nos trajo aquí y a nuestras pertenencias. Lass se dio cuenta de que estaba cubierta con la parka blanca, y otros artículos de ropa que estaban extendidos sobre ella. No estaba segura de si Rollo o el Viento del Norte era el responsable, pero que estaba agradecida de todos modos. Había mucho, mucho frío. Viajar en el Viento del Sur había humedecido su ropa, y ahora se había congelado. Se puso de pie y se desvistió rápidamente, luego tiró de las primeras cosas que podría tener en sus manos. Al final, tenía un camisón largo de un cambio externo, pero no le importaba. Había más capas de faldas y chalecos, y luego la parka blanca. Además, no había nadie aquí para verla, salvo Rollo y la morsa y está todavía no había vuelto. El viento del norte llegó antes de que la morsa lo hiciera. Un gran torbellino de partículas de hielo azotó a la cueva y revolvió la ropa del lass y su pelo. Antes de que pudiera protestar, él la levantó en vilo y la llevó fuera de la cueva, con Rollo y su mochila también. El viento dejó caer a las afueras, cerca del agua, y luego se retiró. Mirando a su alrededor, lass sintió que su mandíbula quedaba abierta. No estaba en tierra firme. Estaba en una gran capa de hielo y nieve compacta, flotando en un mar de otras capas de hielo, montañas de hielo, pilares de hielo. No era un pequeño estanque en el interior de la cueva de nieve lo que vio antes, era el mar a través de un agujero en el suelo. La repentina comprensión, hizo

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que lass perdiera el equilibrio y se tambaleó sin caerse. ¿Y si la capa de hielo estaba en punta? ¿Qué espesor tenía? Había oído que los grandes icebergs e islas de hielo en el extremo norte flotaban libremente, embistiendo a barcos y marineros que atrapaban. Su padre pensaba que eso era lo que había sucedido a la nave de Hans Peter. —¿Te encuentras mal? — La voz del Viento del Norte era fuerte y fría. Esta golpeó la capucha de lass sacándola de su cabeza, y quemó sus oídos con partículas de hielo. —¡No! — Ella retiró la capucha hacia atrás, enderezándola luego—. Sólo... no era consiente... ¿el hielo es lo suficientemente sólido como para sostenerme? — Entonces vio a Rollo, a un paso de distancia con las cuatro piernas abiertas a lo ancho y sus ojos estaban desorbitados por el pánico—. ¿Es lo suficientemente sólida para mantenernos? — La risa del Viento del Norte sonaba como carámbanos rompiendo aleros y destrozando a la tierra. Lass tomo su capucha apretándola a los lados de la cabeza, cuidando sus oídos, tanto del sonido como de la ráfaga de aire frío. —Lo siento. — El viento sonaba arrepentido. Y tranquilo—. Me había olvidado de la delicadeza de los seres humanos. El hielo los mantendrá a ti y a tu compañero. —Gracias. — Con cautela lass sacó las manos de sus orejas—. ¿Supongo que sabe por qué estoy aquí? —Sí. — Y entonces el Viento del Norte se consolidó en frente de ella. Las partículas arremolinadas de hielo tomaron la forma de un pálido hombre de nieve en una túnica larga, con el pelo azul y blanco y una barba hasta la cintura. Juntando sus manos, él la miró—. Deseas ir a palacio al este del sol y al oeste de la luna, — respondió el viento del norte—. Y quieres saber si puedo llevarte allí. —¿Puede? —Por cierto, si puedo. — Una vez más la joven sintió que su mandíbula caía. Un aleteo de esperanza se levantó en su seno. —¿De verdad puede? —He volado allí una vez antes, a pesar de que casi me hizo quedarme, — el Viento del Norte le dijo—. Y voy a volar allí de nuevo, si estás decidida a ir. —Lo estoy. — Se mordió el labio. A pesar del tono amable, y el bajo tono reflexivo de la gran voz del viento, seguía siendo el Viento del Norte al que se enfrentaba. Pero tenía que preguntar—. ¿Por qué? ¿Por qué voló hasta allí una vez antes, y por qué está tan dispuesto a llevarme? —Ya una vez vino una chica, y me pidió que la llevara. La llevé porque pretendía causar daño a la Reina troll, y me complacía ayudarla en eso. —¿Tova? — Levantó una ceja helada. —¿La conoces?

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—Ella estaba enamorada de mi hermano, cuando él era el isbjørn de la Princesa troll.— Lass frunció el ceño mientras pensaba—. ¿Por qué quiere hacerle daño a la Reina troll? Tus hermanos vientos parecen tenerle miedo. —Esa criatura me ha causado un sinfín de problemas, — gruñó el Viento del Norte—. ¡Ella se atreve a darme órdenes, a tratar de controlarme! Ella cambia el clima, por lo que el invierno ha durado demasiado tiempo y se ha extendido demasiado al sur. Yo sé por qué el creador me hizo, y no es para servir a sus propósitos —¿La Reina troll es la que está haciendo el clima tan frío? —Por supuesto. Puedo ver por tu forma de hablar que eres de las tierras del norte. El frío no se ha roto en décadas .... ¿Cómo tu gente no se ha dado cuenta? —Nos dimos cuenta, pero ¿qué podemos hacer al respecto? —Cierto, cierto, son muy débiles. — Otro suspiro—. No hay duda de que era demasiado esperar que Tova pudiera tener éxito en hacerle daño a ella. O que tú puedas. Sin embargo, si deseas ir ... —¡Tengo que ir! ¿Cuánto tiempo me puede tomar? —Podemos ir ahora, si quieres. Pero sé que ustedes los humanos necesitan comer, y es un largo viaje. Lass se colocó cuidadosamente sobre el hielo junto a Rollo. Tenían manzanas, pan y queso, y un poco de carne seca. Después de haber absorbido algo de nieve para enjuagar la boca, la joven recogió sus cosas y golpeó el suelo con los pies para establecerse en sus botas. —Estoy lista. — Con una sonrisa, el Viento del Norte recogió a la joven, al lobo y a las mochilas en sus brazos. Estaba creciendo más por los segundos, sus rasgos humanos se volvieron borrosos cuando se expandió. —Lo dudo, pero no hay necesidad de esperar más tiempo. Y con eso, se precipitó hacia el cielo, una gran masa de ebullición de viento, hielo y furia, cuyo objetivo era la Reina troll y su palacio lejano. Si había pensado que los otros vientos tenían poder, no eran nada en comparación con su hermano mayor del Norte. Lass se sentía como una diosa, una de las valquirias, en un carro mágico en la cresta de la ola del mundo . Se elevaron sobre el océano, las montañas y las llanuras, constantemente en dirección tanto hacia el sol como a la luna, que colgaba al lado muy al norte. Mientras viajaban el sol y la luna se sumergieron en el cielo y luego se levantaron de nuevo, moviéndose alrededor de ellos en un baile majestuoso. En los meses de verano, en la cima del mundo, ninguno se hundió bajo el horizonte.

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El cielo era a la vez oscuro y luminoso, el sol era una pequeña bola pálida y la luna una larga media luna delgada, acostada sobre su espalda como un tazón. Luego, durante un tiempo, el sol estaba directamente debajo de la luna, mirando insignificante y débil. Y luego vinieron más cerca, más cerca, el Viento del Norte, el lobo y la joven. El sol y la luna se separaron, como una cortina que es retirada. El sol se movió a la izquierda, la luna hacia la derecha. El Viento del Norte rugió mientras cargaba hacia una mancha que había entre ellos. La misma fue creciendo, volviéndose más alta y ancha mientras se acercaban. Era un palacio, hecho de oro, sentado en una isla de nieve de plata en la parte más alta del mundo. Al este del sol y al oeste de la luna.

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Cuarta Parte
Mendiga en el Palacio de Oro

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L

a gran fuerza del Viento del Norte fue menguando, ya que se

acercaban a la isla, y más y más de él decreció a medida que llegaban. Por fin, en el borde de la isla, que era nada más que una brisa helada. Lass cayó del cielo a la tierra en la orilla de la nieve apisonada al lado del agua verde-gris. El pequeño remolino de partículas de hielo que quedaba vaciló a sus pies. —Este es el límite de mis fuerzas. Tengo que descansar aquí un día más o menos, antes de volver. — Su voz era apenas un susurro. —Gracias, mil agracias,— dijo lass, tendiéndole una mano enguantada—. Haré todo lo que pueda hacer daño a la reina troll, y su hija. Para tu bien. —Por el bien del mundo, — dijo el Viento del Norte. Entonces, incluso el pequeño grupo de hielo se disipó—. Adiós, — suspiró en el aire. Lass se puso al hombro la mochila, tambaleándose un poco bajo el peso. Rollo se sacudió y olfateó el aire. —¿A qué huele? — Le preguntó su ama. —A trolls, — fue la respuesta solemne. —Bueno, supongo que hemos llegado al lugar correcto, entonces, —dijo lass. Y empezaron a caminar.

La isla no era tan grande como la llanura de nieve en frente del palacio de hielo había sido, ni era tan plana. Caminaron una larga subida, y luego miraron hacia abajo a un hueco que tenía dos grandes rocas grises situadas en el mismo. Las piedras tenían musgo creciendo en ellas, y una tenía un pequeño pino brotando a un lado. —Curioso, —dijo lass—. ¿Cómo puede algo crecer aquí? — Al pasar entre las rocas, Rollo se tensó y se apretó contra la pierna de la joven. —Camina más rápido, —susurró. —¿Qué? —Camina. Más rápido. Se relajó ligeramente una vez que las rocas estuvieron detrás de ellos y fueron llegando a la parte superior de otra pequeña elevación. Se detuvo y miró

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hacia atrás, y lo mismo hizo lass. Una de las rocas había cambiado de forma. Era más alta, y había un par brillante de... —Ojos, —dijo lass débilmente. Sus rodillas comenzaron a doblarse, y Rollo la empujó provocando que cayera al otro lado de la subida. Lejos de los trolls. Ella estaba en el pequeño hueco en el lado opuesto de la subida y conmocionada. Rollo se apoyó en ella, todavía alerta, pero los trolls no los encontraron. —¿Qué estoy haciendo aquí? — Los dientes del lass comenzaron a castañear—. No puedo hacer frente a la Reina de los trolls. ¡Sólo soy una niña tonta! Los Temores de padre se han hecho realidad: He sido tomada por los trolls. — Dejó escapar una risa histérica. —Calla, calla ya, — dijo Rollo, más preocupado de lo que lass nunca le había oído—. Los trolls no te han tomado. Has venido aquí para luchar. Tienes un nombre, lo usaste para susurrarme cuando era un cachorro, — él se inclinó y dijo el nombre de lass en voz baja al oído.. Se levantó, enderezó los hombros a pesar del escozor por la espalda al pensar en los trolls detrás de ella, y siguió caminando. Su corazón aún latía con fuerza, pero no se detuvo hasta que llegaron a las puertas del palacio. No había patio, y no había muro que rodeara el palacio de oro, pero claro, no había necesidad de ninguno. Las puertas del palacio se elevaban cuatro veces la altura de un hombre y estaban adornadas con piedras preciosas en un diseño que mostraba el sol y la luna eclipsada. Sobre las puertas, apenas se veía la luz de las antorchas que ardían a cada lado, y lass pudo ver el emblema de la Reina troll: un isbjørn sobre un fondo azul, con una corona encima de ella y una espada dentada por debajo. Justo cuando levantó la mano para llamar, una sombra se mostró a si misma a un lado de las puertas. Lass había pensado que la estrecha área rebajada, celebraba una estatua de algún tipo, pero está estaba muy viva. Otro troll, alto y delgado, con cuerdas en los músculos de sus brazos desnudos. Llevaba una espada negra con un borde dentado, como la del estandarte de los trolls, y vestía una especie de librea: un chaleco de cuero azul y pantalones. Sus botas estaban tachonadas de hierro, y había puños de hierro alrededor de sus muñecas. Tenía enormes orejas con aros de grasa, y una fuerte prominente nariz . No había pelo en su cabeza, pero su cráneo estaba pintado de azul. ¿Eh? La muchacha se quedó helada. El pelaje del cuello de Rollo se erizó, pero él gemía más que gruñir.

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—Yo, um, la Reina ... Estoy buscando trabajo, —balbuceó lass. El troll la miró consternado. —¿Por qué has venido hasta aquí a trabajar? ¡Eres humana! —Er. Bueno. — Lass se recuperó, recordando las tallas favorecedoras del palacio de hielo—. ¿Pero ser la sirviente de la joven Princesa no es lo más justo que cualquier humana jamás podría aspirar a ser? He venido a servir a su amabilidad. —Ella es un troll, —gruñó el guardia—. Una mirada a ella podría pelar la piel de una cabra. — Lass no pudo evitarlo, se rió. Luego se cubrió la boca y miró a su alrededor. —¿Debería estar diciendo eso? —No, pero ¿quién me va a escuchar a parte de ti? Están todos ahí celebrando. Todo ese vino y el baile y las hazañas de magia, y yo estoy en el frío hablando con una loca humana. Estoy maldito. — Parecía estar diciendo esto para sí mismo, pero hizo temblar a lass. —¿Celebrando? ¿Celebrando qué? —El último matrimonio de la Princesa Indaell con algún pobre tonto humano, por supuesto. —¡Oh, no! — Lass sintió que las lágrimas pinchaban sus ojos—. ¿Ya se han casado? —No. — El troll le frunció el ceño—. No van a estar casados hasta dentro de cuatro días. — Se inclinó y estudió su rostro—. ¿Eres la chica? La chica que tuvo que vivir en el palacio de hielo? —Sí. — Su voz era apenas un susurro. —¿E hiciste todo el camino hasta aquí? ¿Tan rápido? —Tuve un poco de ayuda. — El troll miró a su alrededor con nerviosismo. —Si eres sabia, te irás de aquí. Vete, ve de nuevo con tu familia. —No puedo. — El troll soltó un suspiro. Aliento con olor a roca y hielo, no del todo desagradable, había censura en su cara. —No creo que sigas mi consejo. Nunca lo hacen. —¿Esta Tova aquí? —Es mejor no preguntar. Es mejor no estar aquí. —¿Puedes por lo menos dejarme entrar? ¿Podría hablar con ... el ama de llaves, o alguien, para conseguir el trabajo? — El troll negó con la cabeza. —Sería más que mi piel, lo siento, no vale la pena dejarte pasar por estas puertas. — Se humedeció los labios con la lengua azul—. Lo hice una vez, — le confió en voz baja—, y si lo hago de nuevo ... bien, pocos han sobrevivido a la ira de la Reina una vez. —Se estremeció—. Por eso me ha ordenado ser un centinela, como si a alguien se le ocurriría atacar la guarida de la Reina troll. La humillación casi mató a mi familia. —Pero, — lass vaciló, y luego pensó en algo—. ¡Te puedo pagar! — Dejó caer la mochila en la nieve apisonada con un ruido sordo, y hurgó en su

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interior. Un peine de cardar de oro llegó a entregar primero—. ¡Mira! ¡Es oro sólido! — Él negó con la cabeza. —Muy bonito, pero todo este palacio es de oro. Si quisiera un trozo tan sólo tendría que sacar un trozo de la ventana. —Oh. — Los hombros de lass cayeron. —¿Qué es eso, de todas formas? — Sacó otro peine y lo levantó para que él pudiera ver mejor. —Es un peine para cardar. Ya sabes, para la lana. —¿En serio? — Eso parecía interesar al troll. —¿Puedes cardar lana con ellos? —Bien, sí. Quiero decir, nunca he usado este sistema en particular, pero estoy segura de que funcionarían muy bien. —No, quiero decir, tu personalmente sabes cómo cardar lana? —Por supuesto. — Lass se quedó perpleja..: idiotas y niños podían cardar la lana. —Bueno, entonces, es posible que tengas algo. No son para mí, er, las artes de las mujeres. Pero hay otros aquí para los que sí. Algunas damas de alta cuna, si sabes lo que quiero decir. — Él puso un dedo a un lado de su nariz afilada y le hizo un giño. El corazón de lass se aceleró. —¿La Princesa? ¿A ella le gustan? —Definitivamente. Sobre todo si estas para hacer una demostración. —¿Puedes llevarme a verla, entonces? —Oh, no, no puedo dejar que ningún humano más entre. Pero si tuviera que pasar por el palacio, y tal vez hacer un poco de cardado .... Sus habitaciones están en el lado oeste. — El troll se acercó más al decir esto. —Muchas gracias, — dijo lass. Sin pensarlo, ella extendió una mano enguantada y lo puso sobre la del troll. Él se sobresaltó y se sonrojó en un tono de color púrpura. —Tengo una debilidad por las chicas humanas. No sé por qué, — dijo, sacudiendo la cabeza—. Mi abuelo me sacaría la piel para un tambor, si estuviera vivo para ver lo suave que soy. —¡Skarp-Hedin! ¿Qué tienes ahí? — Lass se volvió y vio a un troll macizo, como un trozo de granito cubierto de musgo, renqueando hacia ellos. Ella hizo un sonido de asfixia, y se echó hacia atrás contra la puerta tachonada de piedras preciosas. Rollo tomó una postura defensiva, pero una vez más no se atrevió a gruñir. —Otra humana, capitán Banahogg, — dijo el centinela con inquietud. Él se veía muy pequeño y sus rasgos casi humanos en comparación con el capitán. —¡Deshazte de ella! — El rostro Gris y curtido de Banahogg arrugó el ceño, una vista realmente aterradora—. No ibas a dejar que otra entre, ¿verdad? —¡No, señor, capitán! — Skarp-Hedin levantó su espada, con la que apuntó a pocos centímetros de pecho de lass—. ¡Fuera, chica! ¡Vuelve a las tierras del sur! — Un párpado se contrajo ligeramente en lo que casi podría

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haber sido un guiño. Lass captó la pista y corrió, Rollo a su lado. Pero en el momento en que hubieron dado la vuelta a un montón de nieve que los ocultó de la vista de la puerta principal, se volvieron y dirigieron hacia el lado oeste del palacio.

El palacio de los trolls era un lugar magnífico. Había ventanas con paneles de cristal en las paredes a cada pocos pasos, y lass se puso de puntillas para mirar por ellas. Se suponía que para un troll serían bajas, pero aún de puntillas apenas podía descansar su barbilla en el alféizar. Se hacía más y más oscuro, y en el interior las luces se encendieron. Por lo que lass pudo ver, no había mucho que hacer. Oyó la música y vio criados de librea azul corriendo de un lado a otro con bandejas de plata. Los siervos eran gárgolas, pixies, brownies y otras criaturas como los que la habían atendido en el palacio de hielo. Ninguno de los criados era troll. Pero había un montón de trolls siendo asistidos. Trolls hombres y mujeres, vestidos con trajes elaborados y vestidos de satén de colores brillantes y de terciopelo. Joyas resplandecían y brillaban a la luz de las cientos de velas. Las damas troll tenían el pelo amontonado en fabulosas torres de rizos sobre sus horribles rostros de color gris verdoso, y los señores trolls tenían sombreros de cuero o de plata o de oro que cubriendo sus cabezas. Entonces se dio cuenta de que había algunos trolls que rechazaban esta gala que emulaba a una humana. Estos llevaban capas de pieles a partir de una variedad de animales. Su cabello sobresalía en todos los ángulos de sus caras anchas, y lass vio musgo y otras plantas creciendo desaliñadamente en ellos. Uno parecía tener un nido de pájaro real en la barba. En la ventana en la que la joven encontró la mejor vista, se veía el mismo salón de baile. Había un montón de nieve dura y congelada justo debajo de una de las ventanas, y si se ponía en la parte más alta, podía mirar dentro sin esfuerzo. El salón de baile era un espectáculo para la vista: enorme más allá de lo creíble, con columnas de cristal amatista y tallados. Candelabros con colgantes que eran sin duda de diamantes llenaban la sala con luz y se reflejaban en el suelo negro brillante. En un extremo del salón había una tarima con dos tronos. Una era de oro, engastado de piedras preciosas, y la otra de plata, engastado con zafiros. Junto al trono de plata y zafiro había un taburete, también de plata y con incrustaciones de perlas. El corazón de lass dejó de latir por un momento y luego comenzó de nuevo con un golpe doloroso cuando vio quien estaba sentado en el taburete. Era su príncipe.

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A medida que los trolls se movían sobre el salón de baile, bebiendo, comiendo y hablando, el príncipe estaba sentado en su taburete, mirando al frente. La joven tenía un deseo infantil de gesticular hacía el, sólo para ver si miraba, si la reconocía, pero se reprimió. En cambio, se lo señaló a Rollo, quien coincidió con ella en que no se veía bien, y siguió observando. Después de unos minutos, cuando los pies del lass empezaban a entumecerse por estar de pie en la nieve durante mucho tiempo, las puertas dobles en el otro extremo de la sala se abrieron de golpe. Una docena de agentes entraron en la habitación en perfecta formación. Tenían los cuerpos superiores de hombres y las partes inferiores de caballos, cuatro piernas y todo. Se quedaron firmes a cada lado de las puertas grandes y se llevaron trompetas de plata a sus labios. Cuando su fanfarria hubo terminado, el cuarto lleno de trolls se sumergió en profundas reverencias. Las puertas se abrieron y una mujer troll especialmente horrible con un vestido escarlata irrumpió en la habitación. Tenía el pelo en una alta columna, extrañamente amarilla, coronado por una corona que tenía más diamantes que oro. Sus ojos estaban desorbitados y su nariz caía hasta casi más allá de sus labios. Había tantos aros de oro en sus orejas que los lóbulos tocaban sus hombros. Su piel era del color y textura igual al del granito sin pulir. Las historias sobre los trolls decían que las mujeres tenían narices de más de tres metros de largo y pechos que les llegaba hasta las rodillas. Lass pensó que esto no era una exageración: la nariz de la Reina era alarmantemente larga, y su pecho arrugado amenazaba con estallar libre de su vestido en cualquier momento. La Reina examinó la habitación con sus deslumbrantes ojos verde escoria y pasó junto a sus súbditos que se inclinaban mientras tomaba su asiento en el trono de oro. Los centauros -eso eran los sirvientes, lass recordaba haber leído de tales criaturas vez- soplaron otra fanfarria más corta para anunciar la entrada de una segunda dama troll. Esta, lass pensó con un suspiro, era sin duda la Princesa troll. Su nariz era aún más larga que la de su madre y tenía una gran verruga en ella, además. Llevaba un vestido de terciopelo azul zafiro, que coincidía con su trono, y su cabellera rojo fuego, tenía un arreglo reluciente y horquillas de diamante. Se tambaleó por la habitación con el aire de una mujer que sabe que todos los ojos están puestos en ella, y se detuvo para plantar un beso en la mejilla del príncipe humano antes de sentarse en el trono de plata. La Reina troll palmeó con las manos (con dedos llenos de anillos con incrustaciones que hacían parecer como si tuviera otro conjunto de articulaciones) y la música comenzó a tocar. Las no podía ver a los músicos desde su punto de mira y se preguntó qué tipo de instrumentos extraños estaban tocando. Hubo una gran cantidad de golpes, haciéndose eco de un grito

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profundo que hacía que los huesos detrás de los oídos vibraran, y se levantaran sobre todo un sonido estridente que la hizo temblar. —Suena como un conejo muriéndose, — dijo Rollo, disgustado. —Ugh, tienes razón, — estuvo de acuerdo—. Oh, van a bailar. La joven y el lobo presionaron la nariz cerca de la ventana para mirar. Los trolls se dividieron en parejas y ocuparon posiciones en la pista de baile. Lass notó que los trolls de musgo que vestían pieles, no se unieron al baile, sino que se hicieron a un lado con expresiones de desaprobación en sus caras y grandes copas de vino en sus puños. Pero los trolls finamente vestidos empezaron a bailar al ritmo de la música con gran deleite. Ni siquiera Rollo podría pensar en un comentario que hacer sobre el baile de los trolls. Era horrible y fascinante al mismo tiempo. Con el tiempo, al ritmo de los latidos, gimiendo música, se encogieron de hombros y patearon el suelo, se sacudieron de lado a lado, y golpearon las manos fuertes en sus vientres para hacer un contrapunto a la percusión de los músicos. Era como una macabra parodia de la danza humana. Algo de ello envió un rizo de terror en el estómago del chica y en su garganta, y pensó que podría gritar. Tenía tres días, tres días para liberar al príncipe y conseguir huir lejos de este horrible lugar y estas criaturas de pesadilla. — ¡Escóndete! — Rollo saltó desde el alféizar de la ventana y empezó a tirar de la parka de lass con los dientes. —¿Qué? ¿Por qué? — Sorprendida se deslizó en la nieve helada y una de sus botas atravesó en la nieve más blanda. —¡Un troll nos vio! — Lass tiró de su pie liberándolo del agujero en la nieve y se aplastó contra la pared del palacio a un lado de la ventana. —¿Está seguro? — Susurró. —¡Sí! Rollo se agachó justo debajo de la ventana, tratando de hacerse lo más pequeño posible. Hubo un sonido chirriante, y la ventana se abrió hacia el exterior. Estuvo a punto de golpear a lass en la cara, y se las arregló para poner una mano justo a tiempo para evitar que le rompiera la nariz. Los paneles fríos, con plomo en oro, chasqueaban contra su mano en un vaivén. Contuvo la respiración, cerró los ojos y rezó. —¿Qué estás haciendo? — La voz de un troll femenino sonó. —Vi algo, — gruñó una voz gruesa, de macho—. Hay alguien aquí. —No hay nadie por ahí, viejo tonto, —insistió la mujer—. ¡Cierra esa ventana, hace frío! — Esto fue recibido por un rugido de risa de una serie de trolls. Incluso lass tuvo que admitir que la hembra estaba siendo muy estúpida

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o muy ingeniosa: aquí en la cima del mundo, ¿cómo no va a hacer frío? La ventana se cerró, y lass oyó el pestillo haciendo clic. Aún así, contuvo la respiración y rezó. Cuando pudo abrir los ojos, no se atrevió a mover la cabeza. Cuando hubo contado cincuenta, miró a Rollo. Todavía estaba acurrucado cerca del lado del palacio justo debajo de la ventana. Sus ojos dorados estaban abiertos y fijos, mostrando el blanco por todas partes. Lass se deslizó hacia abajo hasta quedar de rodillas en la nieve, y extendió una mano para acariciarle la cabeza. Saltó con el contacto, luego se relajó. —Ya hemos hablado con un troll, —le recordó en voz baja—, que no era del todo desagradable. —Hay un mundo de diferencia entre ese centinela aburrido de allá y los cortesanos ojos de pez de ahí, — dijo Rollo . Estaba en lo cierto. Los rostros de los trolls en el palacio eran muy diferentes a Skarp-Hedin. Lass asintió. Tirando la mochila por una correa, se arrastró a lo largo de la base del palacio. Rollo llegó detrás, escuchando con el oído superior, al pasar cada ventana. Él silbó para que se detuviera solo una vez, y pasaron un momento de terror agazapados debajo de una de las otras ventanas del salón de baile mientras que una mujer troll, que chillaba de risa, se asomó por la ventana para "tomar un poco de aire." Después de una cantidad interminable de tiempo, llegaron a la esquina trasera del palacio y se apiñaron en una sombra azul. Rollo podía escuchar que ningún sonido venía a través de la pared, y no había ventanas a varios pasos, por lo que se creían a salvo. Juntos excavaron una cueva de nieve, y lass hizo un nido con su ropa. Se acurrucó para dormir, bloqueó la entrada con las mochilas. A pesar de su extraño entorno, y el peligro que estaba sobre ellos, ambos pronto estuvieron roncando. Había sido un largo día, tras una serie de largos días, y el mañana prometía ser aún más largo.

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A

la mañana siguiente el sol los despertó, convirtiendo el techo de la

cueva de color amarillo pálido. Estaba muy lejos y extraño aquí, pero aún así era el sol, y trajo un poco de calor. Tomó un poco de esfuerzo para que lass pudiera arrastrarse fuera de su nido y estirar sus extremidades. Se sentía vieja, fría y desgastada. Rollo gruñó pero no se despertó, incluso cuando ella tiró de las faldas y las desplazo a la derecha por debajo de él y las volvió a empacar. Se quitó la más fina de las faldas que llevaba, ya que estaba sucia, y se puso una un poco más limpia. Tenía cuatro faldas más abajo, y todavía tenía frío. La parka blanca brillaba, sin embargo, no tenía ni una mancha que echara a perder su belleza. Empujando hacia atrás la capucha y quitándose sus guantes, lass se frotó la cara y las manos con la nieve. Se peinó y trenzó su pelo. Le hizo sentirse un poco mejor, y comer el desayuno aún más. Por supuesto, era sólo pan, incluso Rollo se levantó para comer alguno, y eso levantó su espíritus también. —¿Y ahora qué? — Rollo rodo brevemente en la nieve, y luego se sacudió con intención de estar listo. Esto hizo maravillas en su piel, que estaba llena de arena y agujas de pino de su viaje. —Ahora tenemos que atraer la atención de la Princesa troll, — respondió lass. Se abrieron paso a lo largo del lado oeste del palacio. Era temprano, y las ventanas estaban todavía protegidas por cortinas. Ellos no podían estar seguros de cuáles eran las habitaciones de la Princesa, así que se quedaron hasta el final a lo largo de ese lado. —No hay señales de en qué piso están, tampoco,— lass se inquietó. Contó ocho niveles, y pensó que había visto uno o dos más allá de esos, pero de pie tan cerca del enorme edificio se hacía difícil de juzgar. —No es demasiado tarde para volver a casa, — dijo Rollo, caminando alrededor de las derivaciones de la nieve endurecida. —En realidad, es demasiado tarde, — le dijo suavemente. Era algo que sólo se había percatado mientras caminaban a lo largo de las paredes del palacio.

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El viento del norte se había evaporado después de dejarlos allí. Y entonces ... ¿qué? Suponía que cuando descansara, volvería a sus propias tierras. Ella y Rollo quedarían varados. Tal vez, si fuera capaz de liberar al príncipe, él conocería el camino de regreso. Tal vez podría transformarse en un oso de nuevo y llevarla. Tal vez. Tal vez no. Era demasiado tarde para preocuparse por ello. Tendría que seguir adelante, se dijo. Pero, al mismo tiempo estaba atormentada por un profundo anhelo de montar en su isbjørn por la llanura nevada, en dirección hacia el palacio de hielo y conseguir una rica cena. —Bueno, ¿puedo al menos tener algo más para comer? — Rollo se sentó en un banco de nieve y miró a su alrededor con una expresión contrariada. —Sí, supongo, —dijo lass. Se dejó caer a su lado y rebuscó en su mochila—. ¿Una manzana? — Él estornudó con disgusto. —¿No hay algo de carne? —Puede ser. — Rebuscó un poco más. Sus uñas hicieron clic con algo duro, y ella sacó el frasco de jalea de manzana—. ¡Oh, mira! — Ella lo sostuvo a la luz débil. La jalea de oro resplandecía y la luz refractada de la jarra de cristal fundido, mostraba trozos de arco iris en la nieve a su alrededor. —Yo todavía prefiero tener carne, — dijo Rollo. —Bueno, puede que un poco de jalea de manzana en un pedazo de pan, — dijo lass—. No siempre tu estómago es lo que me preocupa. Tomó un poco de pan y destapó la gelatina con broche de oro. —¿Qué es eso? — La voz ronca de troll metió miedo en la sangre de lass evidenciándola en su cara. Las manos se entumecieron, y el pequeño frasco de jalea de manzana cayó al suelo y rodó. Unos glóbulos dorados se esparcieron por la nieve, se congelaron casi al instante—. He dicho; ¿qué es eso? ¿Eres sorda? — Poco a poco lass se dio la vuelta. La ventana detrás de la joven se abrió a lo ancho, y la Princesa Indaell se asomó por ella. Hoy llevaba seda color melocotón, y recordó a lass un vestido similar que se había puesto en el palacio de hielo. La hizo temblar. Por supuesto, ella no había tenido un enorme pecho gris, verdoso para verter en el corpiño. —Es jalea de manzana, Su Alteza, — lass dijo cuando pudo respirar. Se agachó y cogió el pequeño frasco antes de que pudiera derramarse todo. Teniendo mucho cuidado, cada movimiento parecía ponderado con importancia, sustituyo el tapón de oro y levantó el envase para que la Princesa troll pudiera verlo. La punta de una lengua morada salió corriendo la boca ancha de la princesa, y lamió sus muy maquillada labios. —¿Puedes... hacer... eso? —Ayudé a la mujer mayor que lo hizo, — respondió lass—. Pelé manzanas, y las puse en la olla con las especias. —¡Ah! — Otra relamida—. ¡Y el frasco? —No sé de dónde viene. — Una sombra pasó sobre el rostro del troll.

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—Es una lástima. Pero aún así. — Ella extendió una mano. Sus dedos eran dos veces más grandes que los de lass y sus uñas puntiagudas eran doradas—. Dámelo. —Muy bien, Su Alteza, — dijo lass, pero no hizo ningún movimiento para entregar el frasco de nuevo. Acababa de tener una visión repentina sobre las criaturas trolls: ¡eran celosas! Eran celos de los humanos, que podían hacer cosas, cuando al parecer ellos no podían. La ropa, el baile de la noche anterior ... lass los vio por pobres intentos de copiar la sociedad humana. Indaell se impacientó. —¡Dámelo ahora! — Lass fingió sorpresa. —Pero, Alteza, yo estaba esperando por su oferta. —¿Mi oferta? —¡En el mundo humano, nadie da a otra persona algo de forma gratuita! Pagamos unos a otros, con oro o bienes o ... otras cosas. —Hmm. — La Princesa estaba claramente intrigada. Al mismo tiempo, sin embargo, sus largos dedos se flexionaban sobre el alféizar de la ventana, por lo abolladuras en la superficie de oro, como si ella anhelara alcanzar simplemente la mano y agarrar la jarra—. Muy bien. ¿Qué quieres? —Quiero visitar al Príncipe humano, — dijo lass con prontitud. Los ojos de Indaell se estrecharon. Su boca ancha y de labios gruesos descendió. —¡Tú! — Ella no se molestó en hablar Norsk más: parecía que sabía del don del lass—. ¡Tú eres esa chica humana! ¡La que trató de llevarse a mi querido amor lejos! —Esto le hizo a lass hacer una pausa, pero decidió que era absurdo recordar a la Princesa que era ella quien decretó que lass viviera en el palacio de hielo durante un año. Y Tova antes de eso, y las moster y muchas otras antes. —Er, sí, era yo. — Una sonrisa repentina estiró los labios de la Princesa Indaell. —Por supuesto que es posible pasar la noche en las habitaciones de mi querido Príncipe, — ronroneó—. Ven a las puertas de entrada al atardecer. — Y le tendió una mano para el tarro de mermelada. Con el corazón en la garganta, lass tenía el frasco fuera de su alcance. —¿Cómo sé que va a mantener su parte del trato? — Los ojos de la Princesa brillaban rojos. —Los Trolls siempre mantenemos nuestra palabra, — dijo ella con voz tensa. Algo en el rostro gris verdoso de la Princesa y los ojos saltones le dijo a la chica que era la verdad. Lass puso la jarra brillante en manos de la Princesa troll. —Voy a estar en las puertas de entrada a la puesta del sol, — dijo. La Princesa Indaell no dijo nada. Con el frasco en una mano, usó la otra para cerrar las ventanas. Con el corazón acelerado, lass regresó a su cueva en la nieve con Rollo. No tenía sentido mantenerse bajo las ventanas de la Princesa ahora, con eso sólo

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se arriesgarían a enfurecerla. Unos minutos antes de la puesta del sol lass ya no podía esperar más. —Comerciaste con tus peines de cardado, ¿verdad? —Con un frasco de jalea de manzana, — dijo—. Ahora la Princesa dice que me puedes dejar entrar ¿por favor? —No voy a de dejarte entrar hasta que ella venga, —dijo—. ¿Estás segura de que quieres esto? Todavía hay tiempo para correr. —¿Por qué iba yo a querer correr? — Lass estaba casi mareada ante la perspectiva de ver al Príncipe de nuevo, y la pregunta del troll no tenía sentido para ella—. ¡Estoy tan cerca! —No tan cerca como piensas, — fue la respuesta. Skarp-Hedin se inclinó, como para confiarle otro secreto. Abrió la boca justo cuando las puertas de oro se abrieron también. Se enderezó y volvió a inclinarse. Vestida ricamente de púrpura con un cordón de plata y perlas trabajadas, la Princesa troll se quedó allí sonriendo. —Hola, pequeña humana, —dijo—. Te voy a llevar a la habitación de mi novio ahora. Por supuesto, él no va a estar allí por algunas horas. Vamos a tener una baile para celebrar nuestro matrimonio. —Pero... —Él retornara a las habitaciones en algún momento entre la medianoche y el amanecer, te lo aseguro. Por supuesto, en la madrugada tienes que salir. —Muy bien. — Lass pensó en el husillo y en los peines de cardado en la mochila en su espalda, y en las tres noches que quedaban. Iba a encontrar una manera de conseguir liberarlo. De alguna manera lo iba a hacer. Lass siguió a la Princesa a través de largos pasillos de oro, ricamente alfombrados y adornados con seda. Había vasos de fino trabajo Oriental, estatuas de mármol y hermosas pinturas. También había pequeños pedestales mostrando mantequeras y ralladores de queso. Un juego completo de ollas colgaba del techo de una antesala que atravesaron. Una puerta se abrió a su paso por la misma y un fauno con librea salió. Detrás de él, lass pudo ver un gran telar con una tapicería a medio terminar colgado. El fauno se apoyó contra la pared y se inclinó profundamente hasta que pasaron. Al verlo le dio a lass una oleada de esperanza, pero no era Erasmus. —Ven, ven, —dijo Indaell, y chasqueó sus largas uñas en lass, haciendo que la chica se estremeciera.

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Se detuvieron frente a una puerta hecha de plata y con perlas. La Princesa se la abrió y le indicó a lass que entrara. Con timidez, ella y Rollo entraron en la habitación. La puerta se cerró detrás de ellos. —Permanecerás en esta sala hasta el amanecer, y luego voy a buscarte, — La Princesa Indaell dijo a través de la puerta. —No me gusta,— Rollo dijo cuando los pasos de la Princesa se hubieron desvanecido. Lass resopló, quitándose la parka y las botas exteriores. Su Alteza, la Princesa Indaell, era fea, con demasiada ropa y cruel. —Ella es un troll. Juntos exploraron los aposentos del Príncipe. Estaban en una gran sala de estar, ricamente decorada. Además, encontraron un dormitorio y un baño. Era muy similar a sus aposentos en el palacio de hielo, aunque en este caso todo estaba hecho de oro y con incrustaciones de piedras preciosas. Había libros sobre un taburete junto a la chimenea, en Norsk y Tysk 11, y una partida de ajedrez estaba en marcha en una pequeña mesa junto a la ventana. En el dormitorio, lass encontró un pelo oscuro en una de las almohadas. Enrolló el pelo alrededor del botón de la parte superior de su chaleco, pensando en cómo había guardado el pelo de Tova de la misma manera. Esto la calmó aún más que la situación lograda. Se acomodó en un sillón en la sala de estar con Rollo a sus pies. Trató de leer uno de los libros del estrado, y se quedó dormida ligeramente. Se dio cuenta de que era sólo ligeramente, debido a que sus oídos estaban alertas siguiendo el sonido de los pasos en el corredor, no importa cuán débiles eran. El reloj de oro en la repisa de la chimenea repicó las dos, cuando la puerta de plata se abrió. Lass cabeceaba sobre su libro a pesar de sus nervios, y ahora el sonido la sobresaltó despertándola. Ella y Rollo estuvieron de pie en un instante, el libro se deslizaba por sus faldas hasta el suelo. Un centauro entró en la habitación. Acostado a través de la parte del caballo de su cuerpo, estaba el Príncipe. Estaba boca abajo, con los brazos colgando hacia un lado y las piernas hacia el otro. —¿Está muerto? — Lass se aferró a la parte delantera de su chaleco. Sus rodillas temblaban y sentía que su labio inferior se sacudía. El centauro le dirigió una mirada extraña, pena y preocupación en partes iguales. —No, esta sólo ... dormido. — Se paseó por la sala de estar y por el dormitorio. La joven y el Rollo lo siguieron. Como si fuera una pequeña pelota
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Tysk: Alemán

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y enrollado, el centauro volcó al Príncipe de la espalda hacia la cama—. Mi señora, — murmuró, inclinándose. Y se fue. Lass se acercó a la cama con los pies silenciosos. Rollo se quedó junto a la puerta para darle privacidad. Con una mano temblorosa y extendida, agarró al Príncipe por los hombros. —Despierta ... Su Alteza, —dijo en voz baja. Él no se movió. Ella sacudió su hombro, y dijo, esta vez más fuerte—: ¡Despierta, mi isbjørn — No hubo reacción.

Durante las siguientes horas hasta el amanecer, lass y Rollo intentaron todo para despertar al Príncipe. La joven gritó y lo sacudió, Rollo le lamió la cara e incluso le mordió el hombro suavemente. Golpeó en la puerta exterior, pidiendo ayuda, pero nadie vino. Le volcó la jarra de agua del lavabo en la cabeza, pero el Príncipe no se movió. Cuando la Princesa Indaell vino a recogerlos, lass estaba acurrucada en la cama a su lado, agarrando su mano y llorando. La Princesa sonrió con aire de suficiencia mientras lass recogía su parka, las botas y la mochila. —Tengo algo más, —dijo lass vestíbulo. en voz baja mientras cruzaban el

Dejó caer su mochila y sacó el peine de cardado de oro. Sacó el ovillo de lana sin cardar que la moster le había dado, le demostró la técnica con las manos temblorosas. La Princesa troll estaba fascinada. Otros miembros de la corte se reunieron en torno para ver también, el aliento rancio y los ojos brillantes le hacían sentir débil. —Vuelve al atardecer, — la Princesa Indaell ordenó después de unos minutos—. Deberás cardar la lana para mí, y luego me quedare con los peines. A cambio, puedes pasar otra noche en la habitación del Príncipe. — Entumecida, lass asintió y guardó los peines y la lana.

El frío del exterior del palacio era como una bofetada en la cara. Sintió que sus cejas y pestañas se congelaron al instante, la piel de su frente se endureció. Se encogió de hombros dentro de su parka, lass salió del palacio rumbo a su pequeña cueva de nuevo. Se metió dentro y se quedó dormida con la cabeza sobre el lomo de Rollo.

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L

a noche siguiente fue muy similar. Después que la Princesa Indaell

y varias decenas de su corte hubieron visto el cardado de lass en un giro estupendo, la Princesa la dejó en los aposentos del Príncipe. Lass aún estaba conmocionada por ver a la Reina mirándola desde la puerta de la sala de baile: era más aterradora que su hija. Lass ni siquiera podía fingir leer mientras esperaba que el Príncipe apareciera, y cuando lo hizo, estaba inconsciente otra vez en la parte posterior del centauro. El centauro le dio la vuelta en la cama, se inclinó ante lass, y se fue otra vez. Ella trató de detener al centauro, para preguntarle qué estaba pasando, e incluso se atrevió a tocarle el brazo y luego a su mitad caballo, pero él no la miró. Con la vista al frente, caminó fuera de la habitación, cerrando la puerta a pesar de sus súplicas. —¡Bueno! No hay ayuda disponible, — le dijo a Rollo. Recordó la compasión en los ojos del centauro de la noche anterior, sin embargo—. Probablemente, este bajo amenaza de muerte si me llegara a hablar, — razonó.

Ella y Rollo pasaron otra noche tratando de despertar al Príncipe. Le tiraron del pelo, y la joven le dio una palmada tan fuerte como pudo, a pesar de que le trajo lágrimas a los ojos al hacerlo. Él no respondió, y en su última hora juntos, lass simplemente yació junto a él y se deleitó con el sonido familiar de su aliento. La Princesa troll fue a buscarlos al amanecer, su sonrisa era aún más amplia. Lass estaba demasiado cansada y de mal humor para recordar el huso hasta que fueron expulsados del palacio. Ella y Rollo fueron a su nido, pero no podían dormir. Tenían sólo una noche más. Después de una hora, inquieta lass se levantó, se limpió y se frotó a sí misma con la nieve. Sus manos y pies estaban azules y sus articulaciones le dolían por el frío mientras lo hacía, pero siguió de todos modos. Se puso el más limpio de sus cambios y medias, la falda azul favorita y el chaleco escarlata, y luego se puso la parka sobre todo. Se cepilló el pelo hasta que brilló y lo trenzo en una trenza de 4 hebras que Tordis le había enseñado.

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Dejando su mochila con Rollo, que pensaba que estaba loca, tomó el huso de oro y la madeja de lana que había cardado el día anterior y fue a sentarse bajo la ventana de Indaell. Raspó la nieve plana y dura para darle un lugar para dejar el eje. Luego hizo rodar una gran bola de nieve para hacer un asiento. Lo acomodó en sus faldas perfectamente, tomó la lana y empezó a dar vueltas. La ventana detrás de ella se abrió a los pocos minutos, pero lass no se dio vuelta. Se obligó a mantenerse centrada en el hilado, e incluso tarareó un poco. —¿En el nombre de Dios qué estás haciendo? — La voz era femenina y hablaba Norsk, pero no era la Princesa Indaell. Sonaba humana, y joven. Sorprendida, lass dejó de girar y se volvió. Vestida con colores azul con una cinta escarlata bordada en el cuello, una joven se asomó por la ventana de los aposentos de la Princesa. El pelo era tan rubio que se veía casi blanco, estaba trenzado en una corona alrededor de su cabeza, y tenía la piel lechosa y las mejillas sonrosadas del Norte. Sus grandes ojos azules mostraban un toque de humor, y su boca estaba atrapada entre la sorpresa y sonrisa. —¡Oh, no! ¿Tú también? — Dijo cuando consiguió un buen vistazo de lass. —¿Tova? — Jadeó lass—. ¿De verdad eres tú? — Los ojos azules se abrieron aún más. —¿Cómo sabes mi nombre? — Entonces fijo los ojos en la parka blanca que llevaba lass y lo rosado de sus mejillas desapareció—. ¿De dónde sacaste esa parka? —Es de mi hermano, Hans Peter. —Tú eres... espera, debes ser la más joven, ¡la pequeña pika! — Tova se paro arriba sobre el alféizar de la ventana y se tiro cayendo en medio de los brazos de lass. Se abrazaron y besaron las mejillas y lloraron. —Me siento como si te conociera, — dijeron las dos al mismo tiempo. Esto les hizo reír y llorar de nuevo. Tova exigió saber dónde Hans Peter estaba y cómo le iba, lass quería saber por qué Tova trabajaba en el palacio. Se puso seria por la pregunta, y por saber que Hans Peter estaba a salvo en casa, pero todavía obsesionado por el encantamiento, Tova se dejó caer en la nieve al lado de lass. Alargó la mano y tocó el bordado en la parka blanca. —Cambié el bordado, de modo que Hans Peter pudiera escapar de ella, — dijo Tova—. Pero nunca había hecho magia antes y creía que no había funcionado. Vine aquí en busca de él, y fui capturada. — Se encogió de

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hombros—. Pensé, también, que podía ser capaz de romper el dominio de tu hermano por completo. — Señaló algunos de los bordados que corría a lo largo de una manga—. Es una maldición, ni siquiera en la muerte puede ser libre. Ella quiere que la amen, que sólo piensen en ella, para siempre. —¡Eres tan buena! — Lass apretó las manos de Tova, una nueva oleada de lágrimas corrieron por sus mejillas—. Me gustaría hacer lo mismo, pero si has estado aquí durante años y no has hecho ningún progreso.... — Lass suspiró, sintiéndose aún más desesperada de lo que había estado antes—. Yo ni siquiera adivine que el oso y el hombre en mi cama eran la misma persona. — Tova rió ante esto. —Hans Peter habla en sueños. Yo le decía cosas y él contestaba, pensando que era parte de su sueño. —Oh. — Lass pensó en eso—. Eso explicaba por qué Torst y Askel siempre se quejaron de tener que compartir la cama con él. —Tova se rió de nuevo. Tenía un espíritu alegre, a pesar de la sombra en sus ojos. Lass estimó que había estado al servicio de los trolls durante casi diez años. Debía de haber estado a punto de su trigésimo cumpleaños, pese a todo, su aspecto era juvenil. —Y entonces también nos escribimos notas, — dijo Tova, bajando la voz—. Cuando era humano, justo antes de que entrara en mi dormitorio, dejaba una carta en la sala de estar. Y yo dejaba una para él allí también. Los sirvientes no lo sabían, o la Princesa se habría enterado. — Hizo una pausa, sonriendo en la reminiscencia—. ¿Nunca encontraste la parka de tu Príncipe? —¿Su parka? — Tova apuntó en el puño blanco de la piel. —Esta es de Hans Peter, tu príncipe tiene uno también. Si pudiéramos cambiarla de la forma en que yo cambié ésta, podría liberarse. Pero no hay mucho tiempo,. Están por casarse mañana al mediodía. —Espera, ¿quiere decir... — Lass se sintió aún más tonta que antes—. ¿Esto es lo que lo hace transformarse? —¿No lo sabías? — La joven sólo se sonrojó como respuesta y, a continuación se le ocurrió una idea. —¿Cómo es que ella puede hacer estas parkas tan finas, si no puede ni siquiera cardar la lana? —Los trolls no puede hacer nada, — dijo Tova, sacudiendo la cabeza—. No son criaturas naturales: sólo pueden destruir. —Erasmus dijo algo al respecto, que no pueden hacer las cosas, y por eso están tan fascinados con las herramientas humanas, — Lass tragó saliva—. He oído las leyendas sobre su ... palacio. Rollo, mi mascota lobo , dijo que el palacio de hielo olía a carne rancia. —Es cierto, — dijo Tova, su nariz se arrugó con disgusto—. Ellos toman miles de vidas, llenas de las fuerzas creativas que no tienen, para construir un palacio como este. Es probable que esté oliendo a la ... maldad de ella. »Ella no cose las parkas ni las botas, tampoco, — continuó Tova—. Los sirvientes lo hacen y de la piel de su último marido, nada menos.— Ambas se

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estremecieron—. Entonces ella encanta la cinta y se la cosen. — Tova acercó un dedo a una de las bandas bordadas. Lass negó con la cabeza; los trolls estaban más allá de su comprensión. —¿Pero la piel de Hans Peter ... ? Hans Peter todavía está vivo. —Ella utilizó los restos del anterior, la misma de la que esta parka está hecha, —explicó Tova, su expresión era sombría—. Tuve que ayudar a la gárgola que lo hizo. Fue terrible. —¿Por qué no te vas? — Esto había estado molestando a lass desde que reconoció a Tova—. Hans Peter no está aquí, ¿por qué no te vas? —Tova señaló la cinta alrededor de su cuello. —Esto. Todos sus servidores lo usan. Es la forma en que saben dónde estamos y lo que estamos haciendo. Está muy cerca de la piel para ser modificado. Algunos de los otros siervos se ofrecieron como voluntarios para que experimentara con ellos, pero no ha funcionado. — Ella abrió la boca para decir algo más, la cerró, sacudió la cabeza, y luego lo dijo de todos modos—: Una náyade, un fauno y un centauro todos me pidieron que intentara con sus cuellos. Ellos murieron. —Oh, no, — lass se quedó sin aliento, y puso su brazo alrededor de Tova—. Por lo menos trataste de liberarlos, — la consoló. Vaciló y luego siguió adelante—. ¿Crees que podrías alterar la parka de mi príncipe? —Vamos a tener que darnos prisa. ¿No tienes permitido estar durante el día? —No, pero he estado haciendo trueques con diferentes cosas, para tener la oportunidad de estar con él por la noche. ¡No se despertó, sin embargo! —Ella le pone algo en el vino por la noche así que él va a dormir, —dijo Tova—. Está tomando más precauciones ya que Hans Peter escapó. —¿Por qué juega con ellos de esta manera? ¿Por qué hacerlos un isbjørn por un año, y por qué no estaba allí con ellos? —Una buena pregunta, —dijo Tova—. Me tomó dos años para encontrar a alguien que pudiera responder. Parece que el primer Príncipe humano con el que alguna vez se casó arrancó la promesa de ella, que le daría a él y a cualquiera que viniera después una salida. Si el Príncipe pudiera encontrar alguien que se quedara con él como una bestia de día y un hombre silencioso, sin ser visto por la noche, para vivir de esa manera durante todo un año, entonces podría liberarse. —Parece demasiado cruel que apenas los roba alejándolos de todo y quiera casarse con ellos de inmediato, — dijo lass. —Esa es su naturaleza, —dijo Tova simplemente—. Yo no estoy autorizada a hablar con tu Príncipe. Pero preparo sus bandejas de comida. Puedo ocultar una nota en una y advertirle que no beba el vino esta noche. Y voy a ver si puedo encontrar su parka. Fue más suerte que inteligencia lo que hizo que encontrara la de tu hermano. Él me mantuvo despierta, hablando en sueños, y mientras paseaba una noche tropecé con ella.

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—Pero, ¿cómo sabías lo que esto significaba? —Lass tocó el bordado—. No habría significado nada para mí, si no fuera porque Hans Peter me enseño los símbolos trolls. —Mi padre era el capitán del Dragón del Mar, — explicó Tova—. Él había entrado en conflicto con los trolls antes y me había enseñado las runas, como él las llamaba. —¿Le enseñó a Hans Peter? —Lo más probable. Ellos se quedaron atrapados en el hielo durante muchos días antes de que la Princesa troll lo encontró. La mayor parte de la tripulación estaban muertos. — La cara de Tova se entristeció—. Visité a mis padres unos meses antes de irme a vivir al palacio de hielo. Mi padre pensaba que Hans Peter había muerto también. — Lass puso una mano sobre la de Tova consolarla—. Por supuesto,—Tova continuó—, mi padre es ahora un rico comerciante que posee muchos barcos.— Su voz era amarga. Antes de que la joven pudiera responder, ambas jóvenes se sorprendieron al escuchar a un troll llamando desde el interior del palacio. —¡Hey, tú! Estúpida. —Esa soy yo, — dijo Tova con una sonrisa forzada. Se abrazaron de nuevo. Tova trepó por el banco de nieve por debajo de la ventana y lass le dio un empujón para ayudarla a volver a entrar —Lo siento, — le dijo, cuando Tova cayó patas arriba sobre el piso de la sala de estar de la Princesa Indaell. Con una risa, Tova se puso de pie y se sacudió sus faldas. —Estoy bien. — Miró rápidamente a su alrededor—. Voy a dejar esta ventana abierta. Sigue girando para que puedas hacer tu oferta para esta noche. Si ella no viene en los próximos minutos, voy a encontrar una manera de atraerla. Y pondré una nota al Príncipe. — Ella saltó a responder a la convocatoria cada vez más estridente. Lass se sentó y empezó a dar vueltas. Después de un rato, Rollo llegó vagando por ahí. —¿Todavía estás aquí sentada? ¿No ha sucedido nada? ¡Han pasado horas! —Rollo. — Lass bajó la hilatura y extendió la mano para tomar con fuerza de su collar. Estaba tan emocionada que le dio un beso en la nariz, lo que lo hizo estornudar—. No puedo esperar para contarte... —Puedes y va a esperar para contarle, —graznó una voz detrás de ella—. Por ahora, mantente girando. — Lass se volvió, pero la ventana detrás de ella seguía vacía. Oyó una tos como rocas frotándose en una lima de acero por encima de su cabeza. Mirando hacia arriba, todo su cuerpo se entumeció.

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Las ventanas del segundo piso estaban llenas de trolls. Parecía que toda la corte, salvo la misma Princesa , se habían reunido para ver a lass. La orden y la tos, habían venido de la propia Reina. Ella señaló con un dedo imperioso a lass. —Continua. Y míranos, esta vez. — Temblando, lass hizo lo que le ordeno. Cuando el cabezal se enrolló con un hilo más o menos parejo, lass lo levantó para que el tribunal lo admirara. Ellos aplaudieron y comenzaron a alejarse de las ventanas. Cuando parecía que la Reina también se iría, lass hizo una profunda reverencia. —Su Majestad, ¿ me hace un favor? —¿Cuál?— La Reina frunció el ceño. —Su Majestad es tan sabia,— dijo lass con cuidado—, que sin duda sabe que he intercambiado mi fortuna y habilidad para pasar las dos últimas noches con el prometido de la Princesa Indaell. —Yo había oído hablar de ello.— Las uñas lacadas de rojo de la Reina daban toquecitos en el alféizar. —Pensé que, como Su Majestad ha tenido tanto placer en ver mi trabajo, me ... ¿podría haber ... ganado ... otra noche? Voy a dar a Su Majestad el huso de oro, y el fino hilo que he hecho. —Muy bien.— La Reina troll agitó una mano. El husillo salió de las manos de lass y voló a la reina—. Preséntese en las puertas delanteras a la puesta del sol. — Entonces ella levantó un dedo en señal de advertencia—. Esta será la última vez que te permito algo así, entiendes. Mañana mi hija y el Príncipe se casarán, y no habrá más flirteos con doncellas humanas. —Por supuesto. Su Majestad es muy amable. — Lass hizo una reverencia otra vez, y la ventana se cerró con un portazo—. Rápido, volvamos a nuestra cueva, — dijo lass a Rollo. —¿Qué? ¿Por qué? — Lass se subió la falda y empezó a correr sin ver si la seguía. —No quiero que la Princesa me vea allí de pie. Ella podría exigir que le diera algo más, y no me queda nada más que ropa sucia y medias enganchadas. Lo último que necesitamos es que ella esté enojada con nosotros esta noche. —Está bien, ¿pero luego vas a decirme lo que pasó mientras yo dormía? —Oh, sí, te voy a contar todo. Y luego tengo que tratar de dormir. Va a ser otra noche larga.

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estida con lo mejor que se había dejado, lass siguió a la Reina y su

hija a través de las salas del palacio de oro. Ambas le sonrieron cuando la dejaron en la habitación, a solas con excepción de Rollo, pero ella les devolvió la sonrisa. Esto va a funcionar se dijo. Otra vez estaba demasiado nerviosa para leer, y Rollo paseaba con ella. Después de no más de una hora, Tova asomó la cabeza en la sala de estar, sonrió a lass, y le dijo que le había dado la nota. —Y si no la leyó, — susurró—, puede haber encontrado el antídoto para la poción para dormir. —¡Gracias! —Me tengo que ir. — Tova guiñó un ojo y se salió de nuevo de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella sin hacer ruido. El corazón de lass se hundió cuando el siervo centauro trajo al príncipe cojeando en la habitación, como lo había hecho las dos últimas noches. Pero cuando puso al Príncipe en la cama, el centauro le guiñó un ojo a lass como Tova lo hizo. Incluso se agachó y acarició la cabeza de Rollo al salir. —¿Su Alteza? — Lass sacudió el hombro del Príncipe suavemente. Sus ojos se abrieron de golpe, haciendo gritar a lass. Él le sonrió. —Hola, mi muchacha. Sin pensarlo, lass se arrojó en sus brazos. Él la atrapó con facilidad y se abrazaron. La besó en las mejillas y luego en su boca, y ella se aferró a él, riendo y llorando como lo había hecho antes con Tova. Pero esto era muy diferente. —No puedo creer que seas mi isbjørn, —dijo al fin. —No puedo creer que hayas venido hasta aquí, —dijo—. ¿Cómo has llegado? —Monté en caballos prestados por tres ancianas que también había amado y perdido a un Isbjørn por la Princesa. Entonces monté en las espaldas de los Vientos, del Este, del Oeste, del Sur, luego el Norte, para llegar a este lugar. — Jadeó, sin aliento cuando terminó de recitar.

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Él la apretó con fuerza. —Gracias mil veces por venir tan lejos. Es más de lo que esperaba, ser capaz de verte y hablarte como un hombre. — Entonces sus cejas se juntaron, nublando su expresión—. Pero mañana tengo que casarme con Indaell. —Tiene que haber una salida. — Sacudió la cabeza, su boca era una delgada línea. La cambió de posición para que ella se sentara más cómodamente en su regazo, y ella puso su brazo alrededor de sus hombros. —Nunca llegaremos a los guardias, incluso si logramos salir del palacio. No hay manera de salir de la isla. —Tenemos que pensar en algo. Tiene que haber una salida para nosotros. Y para Tova. —¿Tova, la moza humana? —Sí. Cuando mi hermano Hans Peter fue el isbjørn que vivió en el palacio de hielo, Tova era la chica que vivía con él. Ella lo siguió hasta aquí, pero se había escapado.— Las cejas del Príncipe se levantaron. —¿Cómo? —Tova alteró el bordado de su parka. Te voy a mostrar. — Ella saltó de su regazo y se apresuró a entrar en la otra habitación, agarrando su parka de la silla donde lo había dejado. El Príncipe encendió más velas en el dormitorio, y estudió las bandas bordadas cerca. —Ah, muy inteligente. Como isbjørn no podía ver detalles como este muy claramente. —¿Por qué no te fijaste en la noche? —El encantamiento. Había muy poco que yo podía hacer como hombre, por la noche. El sueño caía sobre mí rápidamente. Todo lo que podía hacer era ocultar las velas antes de dormir. — Le sonrió, y el estómago de ella dio volteretas. —Me gustaría ser lo suficientemente fuerte como para derrotar a los trolls y verte a salvo. — Recordó y chasqueó los dedos—. ¿Tienes tu parka? Tova puede alterarlo.— Pero él ya estaba sacudiendo la cabeza. —Fue tomado de mí tan pronto como llegué. —Tiene que haber una manera, — ella insistió—. Los Vientos que me trajeron aquí, las viejas moster me dieron regalos para que yo pudiera entrar, todos ellos esperan que pueda derrotarla. Y mi hermano y Tova. Ellos merecen ser felices. —¿Y qué hay de ti? ¿No te mereces ser feliz? Tal vez sería mejor que te vayas mientras puedas, para que, al menos, seas libre. —No podría vivir conmigo misma, sabiendo que me di por vencida, — dijo ella. Él asintió con la cabeza. —Y es por eso que te amo. — Ella se quedó sin aliento. —¿En serio?

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—Después de todos esos días hablando contigo acerca de tu familia, y todas esas noches acostado a tu lado, escuchándote respirar ... ¿cómo no hacerlo? — Se besaron de nuevo. Un golpe y una tos en la puerta abierta de la sala de estar los separó. Tova se quedó allí, sonriendo con una luz melancólica en sus ojos azules. —¿Hola? —¡Hola! — Avergonzada, lass se puso de pie. —¿Tova? — El príncipe se puso de pie con mucha más gracia, pero lass se alegró de ver que se sonrojaba—. Como puedes ver, tomé tu consejo sobre el vino. —Excelente, Su Alteza. Sólo espero que Indaell no se diera cuenta de que no la bebió. —No lo hizo. — Negó con la cabeza—. Vacié mi copa en un gran jarrón en el fondo de la tarima. Y también lo derramé, fingiendo que ya estaba haciendo efecto. —¡Bravo! — Aplaudió Tova. Ella tomó una aguja e hilo del bolsillo de su delantal y lo mantuvo bien alto—. Veré lo que puedo hacer para ayudar. — Pero la joven y el Príncipe sacudieron la cabeza al unísono. —Lo único que tengo de mi tiempo como isbjørn es esto, —dijo. Se fue a un cofre y lo abrió. Con un ademán, sacó el camisón de lino suave. En uno de sus hombros estaba una mancha amarilla de sebo—. ¿Hay algo que podamos hacer con esto? — La boca de Tova rechazó. —No sé cómo lanzar un hechizo, sólo altera uno que ya funciona. Lass no podía apartar los ojos de esa mancha. Se alzaba en su mirada, recordándole aquella noche: el olor de las hierbas en la vela, el calor de la alcoba, el brillo dorado que caía sobre el rostro del Príncipe. Pensó en el palacio de hielo y las tallas de allí que había escudriñado en busca de una respuesta. —¡Oh. Oh, oh, oh! — Ella chasqueó los dedos para interrumpir al Príncipe y a Tova, que estaban hablando ahora de la posibilidad de que la muchacha escapara sola. —¿Qué? — El Príncipe se volvió—. ¿Qué pasa? —¡Bodas Troll! — Eso fue todo lo que a lass se le ocurrió decir por un momento. En su mente corrió todo lo que recordaba de una determinada columna en el gran salón del palacio de hielo—. ¡Los Trolls no pueden crear con sus manos! —Eso es correcto, —dijo el Príncipe, desconcertado. —¿Pueden limpiar las cosas? — Lass miró a Tova esperándo la respuesta—. Había tablas de lavar en el palacio de hielo. Y me pareció ver una tina de cobre aquí. —Tienes razón, —Tova acordó—. Pero no entiendo qué tiene que ver con las bodas...

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—Descifré una descripción de una boda en un pilar en el palacio de hielo, —explicó lass—. Como parte de la ceremonia, los novios se piden cosas unos a otros para demostrar su idoneidad. La novia le preguntó al novio si puede "proveer para ella", por lo que él mató a un toro. Y él le pidió que fuera siempre bella, o algo así, y ella hizo un hechizo que la hacía hermosa, o más bella. Creo que fue la Reina troll, y su consorte.— El príncipe había alcanzado su línea de pensamiento. —¿Qué debo pedirle? ¿Debo pedirle que me suelte? —Ella no va a hacer eso, —terció Tova—. Estoy segura de que cada uno de sus maridos ha pedido eso. —Pídele que haga algo que no puede hacer, —dijo lass—. Si ella no puede hacer lo que le pides, el matrimonio no es válido. — Señaló el camisón, todavía agarrado en las manos del Príncipe—. Pídele que lave esto. —A la Princesa no le gusta perder, —advirtió Tova—. Tampoco a la Reina. —Pero los trolls se ven obligados cuando se les hace una oferta, — respondió lass. Se volvió hacia el Príncipe—. Tienes que hacerla prometer que ella va a hacer lo que le pides, o dejarte ir. Luego pídele que lave. — Poco a poco el Príncipe asintió. —Esto podría funcionar. —Tova dio a lass una mirada apreciativa—. Es lo más que se me ocurre. Pero es mejor que estar lista para correr. No hay garantía de que La Alteza no vuelque su ira sobre ti. —Eso es verdad. — Suspiró lass—. Me gustaría estar allí para ver, pero probablemente debería estar esperando fuera del lugar. — Ella apretó los puños—. Y vamos a tener que encontrar una manera de liberarte a ti también. — Tova se limitó a sacudir la cabeza y le dio a lass una sonrisa triste. —Va a valer la pena, sólo el verla perder a otro. —Sí, lass, tienes que esperar en la orilla,— dijo el Príncipe. Lanzó la camisa de dormir de lado y fue a tomar sus manos—. Ponte en la orilla y mirar hacia el sur. Si sientes la brisa más leve, llámalo. — Tova vio el reloj de la repisa de la chimenea e hizo una mueca. —Será mejor que vuelva. La princesa podría enviar por mí. Abrazó a ambos y a Rollo. Entonces Rollo, también, se excusó y se fue junto a la chimenea en el salón. Con una pata trasera, pateó la puerta del dormitorio cerrándola detrás de él. —Siempre le gustó el fuego de la sala, —dijo el Príncipe. —Sí, él es muy flojo, —lass estuvo de acuerdo, mirándose las manos torpemente. Estaban solos, en un dormitorio, y no había sueño encantado para separarlos ahora.

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—Eres muy... —Me acabo de dar cuenta... — los dos se rieron. —Tú primero, —dijo el Príncipe. Se sentó en el borde de la cama y se rascó los pies sobre la alfombra con nerviosismo. —Me acabo de dar cuenta, — lass repitió—, que ni siquiera sé tu nombre. —Oh. — Él arrugó la cara y se rió—. Lo siento. Es un poco vergonzoso, en realidad. Mi madre es más bien como la tuya, era aficionada a las historias antiguas. Soy un príncipe, pero no soy el primer hijo. Soy el tercero. — Lass gimió. —¡No me digas que tu nombre es Askeladden, por favor! —Bastante cerca: es Asher. Mi padre pensaba que Askeladden era demasiado tonto y romántico. Y siempre existía la posibilidad de que algo pudiera suceder a mis hermanos y yo sería rey. Rey Askeladden era demasiado para él. Incluso para mi madre, la verdad. Por supuesto, los dos deberíamos estar agradecidos por sus historias tontas, o nunca nos habríamos conocido. —¿Qué? — Sintiéndose más cómoda, lass se sentó a su lado en la cama—. ¿Por qué? —Habíamos escuchado cuentos, incluso en Christiania, de una niña en el bosque que podía hablar con los animales. Madre estaba emocionada sobre ello. Por eso te busqué. Pensé que si podía hablar contigo como un oso, sería capaz de decirte lo que estaba pasando. No podía, pero de todos modos me alegro de haberte encontrado. —Yo también. — Lass puso una mano sobre la suya—. Tal vez ahora que mi hermano y madre viven en Christiania, seremos capaces de vernos de nuevo, una vez que llegue a casa. —¿Qué quieres decir? —Él se echó hacia atrás, con el ceño fruncido—. Por supuesto que vamos a vernos, nosotros... — Ella sacudió la cabeza, adivinando lo que iba a decir. —Eres un Príncipe. ¡Un Príncipe de mi país! Yo sé lo que eso significa. Vas a casarte con una dama. Y si tengo suerte, voy a casarme con un agricultor o un leñador como mi padre. Askel tiene planes de casarme con uno de sus amigos ricos de la ciudad, pero no estoy segura de que vaya a funcionar. — Ahora fue el turno del Príncipe de negar con la cabeza. —¡No, no! Yo nunca podría dejarte ir, ¡después de que me has salvado! Y además ... Yo no quiero. — Puso sus brazos alrededor de ella y la besó tiernamente. Las lágrimas se filtraron por las comisuras de los ojos de la joven. Esto iba más allá de su imaginación. Ni los trolls, ni el Isbjørn, porque todas esas cosas que era parte de los cuentos de hadas que se hicieron realidad. Pero que alguien -¡un príncipe!- Pudiera amar a la hija de un leñador cuya madre ni siquiera la había amado lo suficiente como para darle un nombre...

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—¿Quieres... quieres saber mi nombre? — Él se apartó y la miró con asombro. —Pensé que no tenías uno. — Luego se sonrojó—. Por supuesto, debes tener uno. —Puedo hablar con los animales, ya que encontré al reno blanco. Me dio un nombre, pero nunca le he dicho a nadie cual es. — Asher levantó ambas manos y se las besó. —Sería un honor, —dijo, con la voz que era un poco más que un susurro. Apoyada en él, le susurro su nombre al oído—. Ese es el nombre más hermoso que he escuchado, — le dijo, abrazándola con fuerza contra su pecho—. Gracias, Bellalyse.

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or supuesto, lass pensó a la mañana siguiente, ya que los trolls sólo

podían destruir, que deberían haber sabido que la Princesa podría arruinar sus planes. Tenía un sabor amargo en la boca, y quería escupir. No sería justo que los pobres, siervos cautivos limpiaran después, así que sólo hizo una mueca en su lugar. —Vamos, vamos, — La Princesa Indaell chasqueó hacia ella, agitando una mano ensortijada—, no hay necesidad de verse tan amargada. ¡Vas a estropear el efecto! — Dio un paso atrás para examinar su obra. Lass y Tova estaban lado a lado en el tocador de la Princesa. Cuando había llegado a los aposentos de Asher a la mañana, la Princesa troll no había permitido que lass se fuera. En lugar Indaell había insistido, con una sonrisa helada, que lass asistiera a la boda. Ahora lass estaba vestida con un vestido de raso verde y Tova en un vestido de color azul. Rollo además se había visto obligado, bajo protesta, a entrar en una tina. Su pelo gris estaba peinado hacia fuera y había una cinta verde alrededor de su cuello, atada en un arco enorme detrás de la cabeza. —Nunca he tenido damas de honor humanas antes, —dijo la Princesa troll—. ¡Voy a ser la envidia de todas las damas de la corte! —Estoy segura de que su alteza ya es la envidia de todos los que la ven, — dijo Tova, balanceándose en una reverencia. Lass le dirigió una mirada—. Hábito, —susurró Tova por la comisura de los labios. Ahora, la Princesa miró a lass, que apretando los dientes, hizo una reverencia y murmuró algo que ella esperaba sonara como un cumplido. Esto pareció satisfacer a Indaell, y ella volvió a admirarse en el enorme espejo que cubría la pared del fondo. Para su boda, la Princesa troll estaba ataviada con un vestido de satén blanco. El raso por debajo de ella era de tela de oro, y el corpiño del vestido estaba lleno de piedras preciosas y perlas. Su pelo rojo estaba engominado y estaba dispuesto para mostrar el rubí incrustado en la pesada corona que llevaba. Había rubor en las mejillas, enfrentándose extrañamente con su piel de color gris verdoso, y su lengua morada se mantuvo asomándose lamiendo el color rosa untado en sus labios. —Creo que podría enfermar, lass le susurró a Tova.

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—Escuche eso, — la Princesa soltó, dando vueltas—. Si alguna de ustedes hace algo para arruinar mi boda, ¡voy a colgarlas a las dos de los pulgares de la torre más alta! —Sí, Su Alteza. — Tova hizo una reverencia. —Sí, Su Alteza. — Lass hizo lo mismo. —Bien. — Hubo un suave golpe en la puerta. —Si Su Alteza está lista, el tribunal está esperando abajo, — dijo un lacayo fauno. —¿Esta mi Príncipe listo? —Lo está, mi Princesa. — Indaell sonrió a lass. —Oh, bueno. Tova se acercó más a lass. Con sus faldas encubriendo, tomó la mano de la joven entre las suyas. Lass apretó la mano de Tova. Era lo único que podía hacer para mantenerse a sí misma sin arremeter contra la Princesa troll y estrangularla con uno de los collares de perlas que la vana criatura llevaba. La sonrisa de la Princesa Indaell se amplió, como si adivinara los pensamientos de lass. Se puso de pie y chasqueó los dedos. Las pixies que la habían vestido volaron hacia adelante, llevando una pesada capa. Era un raso escarlata, lleno de piel de isbjørn. Lass apretó la mandíbula ante la vista, preguntándose si el manto estaba hecho de uno de los ex maridos de la Princesa. Al ver su mirada, la Princesa acarició la piel antes de que hacer un gesto a las pixies de que cubrieran el otro lado de sus anchos hombros. Indaell salió de la habitación con las pixies detrás de ella sosteniendo los bordes de la capa. Lass y Tova la siguieron, y después de ellas venían criaturas femeninas con librea. En el pasillo se les unieron una docena de horribles doncellas trolls vestidas de sedas extravagantes y terciopelo, cubiertas de joyas y todas excitadas por la boda. Desfilaron por el palacio hasta la sala de baile de la boda de la Princesa troll con su príncipe humano. El salón de baile estaba adornado con banderas largas que mostraban al isbjørn y el símbolo de la espada dentada de los trolls. Los músicos tocaron su música extraña en una galería alta frente a la tarima. En el estrado estaba la Reina troll, sus rizos eran amarillos brillantes, vestida con un vestido azul con adornos de piel de isbjørn y adornado con diamantes y bordados de plata. Extendió sus brazos a su hija, que se dirigió a través de la multitud y abrazó a su madre. Lass y Tova tomaron posiciones en un lado de la tarima, y todos se volvieron a esperar al Príncipe. Él marchó con una docena de jóvenes trolls masculinos. No estaba claro si eran sus padrinos o sus guardias, probablemente ambos.

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Vestía una túnica blanca y un manto escarlata, y había en su cabeza un círculo de oro. El Príncipe Asher tomó su lugar al lado de la Princesa troll en el estrado, sin mirar a lass o a Tova. El corazón de lass se apretó por la cercanía de él, y su aparente indiferencia, pero se dijo que era sólo una actuación. La pareja de novios juntó las manos y se volvieron hacia la Reina. Hacían una ridícula pareja: la troll con su nariz larga y ojos saltones, de pie muy por encima de su joven, novio guapo. La Reina troll levantó los brazos. —¡Pueblo nuestro, regocijaos! Después de languidecer sola, por una docena de años, nuestra amada Princesa, la hermosa Indaell, ¡por fin ha encontrado un Príncipe digno de ella! Aullidos monstruosos se levantaron de la corte troll. Bramaron y golpearon sus enormes manos, en horrible cacofonía. O por lo menos, la mayoría de ellos lo hizo. Lass notó que los trolls que estaban vestidos con pieles y musgo sólo fruncían el ceño. —Y ahora, a la vista de los presentes, la más magnífica de nuestra magnífica raza, uniré a estos dos. — La Reina troll puso sus manos sobre las manos entrelazadas del Príncipe y la Princesa—. A la manera de nuestra gente, se unirán hasta que uno de ustedes pase a la oscuridad, —entonó—. Hasta ese día oscuro, Príncipe Asher de los seres humanos, ¿qué es lo que ofrecéis a la Princesa Indaell? —Le ofrezco todo lo que puedo ofrecer: a mí mismo, hasta el día que pase a la oscuridad, —dijo el Príncipe con voz monótona—. Voy a proteger su honor en el que se impugna. La amare y adorare, y me someteré a ella hasta el fin de mis días. — Era evidente que estaba recitando un discurso aprendido de memoria. Hubo más gritos de los trolls, aunque lass se dio cuenta de que no eran tan abundantes. Algunos parecían aburridos, y los sombríos trolls, pasados de moda fruncían el ceño aún peor. Tal vez este era el discurso requerido para todos los maridos de la Princesa en los últimos años. —Y ahora, Princesa Indaell de las tierras del hielo y la nieve, ¿qué es lo que ofrecéis al Príncipe Asher? —Voy a ser una buena esposa, y amaré y le apreciare todos sus días, — ella dijo tontamente. Lass se estremeció, al oír el acento en "sus días." La Princesa y todo el mundo aquí, sabía que iba a sobrevivir largo a Asher, pero ninguno de ellos se molestó. Bueno, ninguno de los trolls, por lo menos. La mandíbula del Príncipe se apretó y Tova estrechó la mano de lass de nuevo.

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—Pero como una garantía de sus habilidades como esposa, —dijo Asher—: Yo deseo que mi novia realice una tarea para mí. Toda la habitación se congeló. Lass sintió que un sudor frío corría por la espalda debajo de su vestido de satén. A continuación, los trolls comenzaron a balbucear en voz baja. Parecía que esto nunca había sucedido antes. El Príncipe levantó la mano y un centauro se abrió paso entre la multitud de atónitos trolls. Era el mismo centauro que había llevado a la cama a Asher. Tenía una tina de cobre llena de agua, y había una pequeña cesta que colgaba de un codo. Con broche de oro y un arco, puso sus cargas hacia abajo en el estrado. —Incluso cuando hay sirvientes que hacen este tipo de trabajo, una buena esposa debe ser capaz de lavar las camisas de su marido como un gesto de fidelidad, —anunció el Príncipe—. O al menos eso se dice en mi pueblo. — Tova resopló suavemente, y lass le dio en la mano un pequeño apretón en respuesta. Si este "dicho" hubiera sido cierto, había muchas mujeres que hubieran sido juzgados mal por sus vecinos. —Está arruinando la ceremonia, — una gran troll en un chaleco de raso rosa gritó. Hubo murmullos de acuerdo. —Es una tradición, ¿o han olvidado eso? — Uno de los trolls de piel de musgo gritó—. ¡Vamos, hombre! — Asher continuó: —Tengo aquí una fina camisa de dormir de la que estoy muy aficionado. El sebo se ha derramado en el hombro. Si Su Alteza sería tan amable de fregar hasta dejarla limpia para mí, sin magia, resultará para mí que ella es una buena mujer. —Pero nunca he hecho una tarea tan común, — protestó la Princesa Indaell—. ¿Seguramente hay alguna otra bendición que pudieras pedir? Yo estaría encantada de hacer magia para ti. — Ella hizo un gesto y un anillo de diamantes apareció en sus manos. Con orgullo se lo ofreció al Príncipe. Él lo tomó y se lo puso un dedo como si no tuviera gran importancia. Se volvió hacia el troll de la piel con musgo que había gritado para que "siguiera adelante"—. ¿No es su costumbre conceder la primera solicitud? —Sí, — el troll acordó. Sólo tenía un ojo bueno , y el otro estaba cubierto de un parche que parecía una piel de conejo—. Cada uno deberá solicitar algo y conceder una bendición. Debe lavar la camisa. Sin usar magia. —¿Y si no lo hace, el matrimonio es nulo? — La voz del Príncipe era neutra, como si no le importaba si fuera de una manera u otra. —Aye. —Gracias, Señor Chamberlain. —Creo que podría desmayarse, —Tova susurró sin mover los labios. —¿Tú crees? — Fue la respuesta tensa de lass.

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Sacudiendo la cabeza, la Princesa Indaell se acercó a la tina. Un chasquido de sus dedos, y una silla fue llevada hacía la tina para su comodidad. Fue a la canasta que tenía la prenda y tomó una pastilla de jabón y las sumergió en la tina con manos torpes. Al ver la expresión temerosa en la cara de la Princesa troll, lass casi sintió simpatía por ella. Casi, pero no del todo. Pensó en Hans Peter y en Asher, y en todos los demás que habían estado antes. Pensó en Erasmus, Fiona, y la Sra. Grey, arrasados en la noche. Recordó a las tres moster y el frío sin fin que los trolls habían llevado a su tierra natal. Agarrándose de la mano de Tova... Tova que debía permanecer ahí mientras que Asher escapaba, lass se inclinó hacia delante para mirar. La mancha en la camisa blanca no se iba. Por el contrario, se ponía negra y comenzaba a extenderse por el lino. Más se esforzaba la Princesa en borrarla, más oscura y más grande crecía la mancha. El rostro de la Princesa se volvió de un feo color oscuro que rivalizaba con su rubor. Algunos de sus rizos se soltaron de su peinado y ella los arrojó furiosamente sobre un hombro. Los anillos en sus dedos se engancharon en el tejido blando, así que se los sacó y echó a un lado. Rollo se agachó y recogió dos en la boca, los metió en la mano libre de lass. La joven miró y vio al centauro poner varios en el bolsillo de su túnica. Le dio el fantasma de una sonrisa cuando la vio mirar. La Princesa Indaell echó hacia atrás la cabeza y aulló. Mientras lo hacía, su corona cayó de su cabeza, tomando el pelo con ella. Los rizos rojos no eran más que una peluca, y debajo, el cuero cabelludo estaba escasamente afeitado con pelos grises gruesos. Lass no pudo reprimir una exclamación de sorpresa, lo suficientemente alto como para que la Princesa la mirara. —¡Tú! — La señaló con un largo dedo chorreando, a lass—. ¡Esto es tu culpa, lo sé! Tu cosa horrible, ¿por qué tuviste que venir aquí? ¡Lo has estropeado todo! — Ella se abalanzó sobre lass. Rollo saltó en frente de su ama, con el pelo erizado y mostrando los dientes. Tova sacó un pequeño cuchillo de su propio cinturón y dio un paso hacia adelante. Lass, por su parte, se mantuvo firme, apretando los puños y levantando la barbilla. —¿Cómo es mi culpa que no pueda realizar una simple tarea femenina? — Con un grito, la Princesa llegó a sus manos agarró a lass. Rollo gruñó y chasqueó a Indaell, capturando un pliegue de su falda en sus colmillos y rompiéndolo. —¡Hija, contrólate! — La voz de la Reina fue un latigazo—. No hay necesidad de toda esta desagradable escena. — Puso un brazo calmante sobre los hombros de su hija—. Los seres humanos serán tratados a su debido tiempo, cada uno a su manera. — Ella concedió una sonrisa aceitosa a Asher, y luego una más amenazante, tanto a lass y a Tova—. Pero por ahora, vamos a tratar de nuevo.

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Tanto la madre como la hija hundieron sus manos en el agua jabonosa. Cada una agarró la mitad de la camisa ennegrecida y fregaron tan fuerte como pudieron en contra de la tabla de lavar. En cuestión de segundos la prenda estaba negra como boca de lobo por todas partes. La Reina frotó con tanta fuerza que golpeó a su propia peluca dejándola torcida, revelando un cabello blanco erizado. Su nariz corrió por el esfuerzo, gotea en el agua de lavado y ensuciaba aún más. —¡Alto! — El Príncipe levantó las manos—. Es tan claro como la nariz en tu cara que no puedes hacer incluso esta tarea sencilla, — dijo a Indaell—. Por las leyes de tu propio pueblo, este matrimonio no es válido. No tendré ninguna mujer, más que aquella que pueda limpiar esta camisa para mí. — Sobre los rugidos y aullidos de la corte troll, se volvió y le hizo señas a lass—. ¿Por qué no lo intentas? — Lass tragó. Esto no había sido parte de su arreglo. La camisa se veía arruinada a sus ojos, y se preguntó si éste era el camino del Príncipe para deshacerse de cualquier obligación con ella también. Tova la empujó, y ella se tambaleó hacia delante. La Princesa Indaell estaba amenazando con hacer un par de botas del Príncipe, y una correa de lo que quedara de lass cuando llegó a la tina. La Reina miró a la joven y gruñó, pero luego su sonrisa se volvió repugnante. Asintió con la cabeza, claramente convencida de que lass no sería capaz de deshacer el daño que las trolls habían hecho a la camisa. —Por favor, tráeme agua dulce y más jabón, —lass pidió al centauro. Él se alejó al trote y regresó un momento después, con una amplia sonrisa. Otra silla fue traída, e instalada junto a la tina. Lass a pidió a Tova el cuchillo del cinturón, y luego sacó el camisón manchado de de donde estaba y lo puso con cuidado en el agua limpia. Localizando el punto original de sebo endurecido en el hombro, usó el cuchillo para raspar cuidadosamente, como Jorunn le había enseñado. Le devolvió el cuchillo, frotó el jabón en la camisa, y luego la sumergió en el agua. Frotándola contra la tabla, con una presión suave pero firme, como lo había aprendido cuando era niña, y luego la sumergió de nuevo enjuagándola. A través del agua espumosa sucia, lass pudo ver que el camisón estaba cada vez más blanco. Y así también la Princesa Indaell.

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—Él es mío, — la Princesa troll gritó y apuntó con un dedo nudoso a la prenda. Hubo un trueno cuando el poder de Indaell se dirigió al camisón, al desafiar su promesa, le salió por la culata y le golpeó en la cara. La Princesa troll cayó al suelo, muerta. —¡No! — La Reina gritó y se abalanzó sobre lass, quien levantó la camisa, ahora blanca como la nieve como un escudo. Cuando las manos de la reina desgarraron la camisa, ella gritó aún más fuerte—. ¡Quema! — Ella cayó al suelo, agarrándose al cuerpo retorcido de su hija con las manos quemadas y aullando, completamente loca—. Hija mía, mi hermosa hija, —se quejó la Reina troll. Su cara estaba tan pálida que lass pudo ver la sangre pulsando en ella—. Mi hija, mi hija. — Una larga cadena de baba verde se arrastró desde la barbilla. Todavía llena de horror, lass tuvo que taparse los oídos. Los trolls aullaron y patearon el suelo, y se lanzaron a la tarima. Alguien se agachó junto a lass y envolvió sus brazos alrededor de ella: Asher. Entonces sintió a Rollo presionando contra ella, y otro par de brazos se unieron al abrazo. —¿Qué vamos a hacer? — Susurró Tova. —Quedarnos quietos, — dijo Asher en respuesta—. Vamos a tratar de escapar tan pronto como... —¡Matar a los seres humanos! —Gritó un troll, y los otros comenzaron a corear el grito—. ¡Matarlos, matar a los seres humanos! — Todos ellos dejaron de estar uno al lado del otro y se prepararon. Rollo enseñó los dientes, y ambos Tova y el Príncipe sacaron sus cuchillos ahora. Lass no tenía nada más que sus puños, y se puso los anillos de la Princesa en los dedos para hacer su golpe más doloroso, un truco aprendido de Askel. —¡No! — El chambelán de un solo ojo se abrió paso hacia el estrado—. No es a causa de los seres humanos que nos hemos acostumbrado a esto, ¡es nuestra propia vanidad! — Miró alrededor de la habitación con su único ojo—. ¡La ropa fina! ¡Las joyas! ¡Mantener siervos y que vivan en palacios! Y peor aún: ¡tomar consortes humanos! ¡Durante tres mil años nuestra Reina ha reinado en el extremo norte, y ahora, debido a los gustos pervertidos de su hija ha perdido la razón! Los trolls más jóvenes tomaron esto como una excepción, y atacaron al chambelán. Sus seguidores, vestidos de musgo y pieles, lo defendieron. No es que fuera necesario que lo defendieran: lass lo vio llegar y rasgar la cabeza a un bravo joven troll vestido en seda color lavanda, sin ningún signo de tensión. Algunos de los trolls en ropa humana rasgaron en sus abrigos y vestidos, y se unieron al chambelán, hasta que todo el salón de baile era una masa de aullidos, mordidas, gruñidos, y trolls luchando.

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—¡Vamos! Asher tuvo que gritar para hacerse oír por encima del estruendo. Agachándose, tomó a lass por un brazo y a Tova por el otro, corrieron a uno de los ventanales. El centauro ya estaba allí. Se volvió y echó sus cuartos traseros e hizo añicos los cristales, ya que el pestillo estaba a la altura troll y ninguno de ellos podría haberlo alcanzado. Subieron a través, el centauro esperó hasta que Rollo hubo saltado después de los tres humanos para saltar él mismo. Otros sirvientes estaban huyendo también: un flujo constante de faunos vestidos de azul, centauros, pixies y otras criaturas estaban haciendo su salida del palacio de oro y hacia la costa sur de la isla helada. —¿Qué vamos a hacer con las cintas? — La voz de lass salió en un jadeo mientras corrían a través de los agudos montículos de nieve compacta. —El poder se está debilitando, —explicó el centauro—. Lo sentí que cuando la Reina se volvió loca. — Con un grito, Tova se derrumbó. Ella salió disparada sobre un espolón que sobresalía del hielo. Lass se arrodilló a su lado y levantó la falda de Tova. Había un largo corte en la media, y la espinilla estaba expuesta y había sangre debajo. —Yo creo que mi tobillo está torcido, — dijo Tova. Entonces dio un grito y su rostro se ensombreció con la sangre. Arañó la cinta alrededor de su cuello. —¡Sácalo! — lass le gritó a Asher, horrorizada. Alrededor de ellos, los sirvientes estaban cayendo al suelo, ahogándose. El centauro se puso de rodillas, tosiendo. —Será mejor que morir, — dijo con voz entrecortada. Asher sacó el cuchillo del cinturón y con cautela cortó la cinta alrededor del cuello de Tova. Al instante, ella se sentó, respirando libremente. Arrojó la cosa a un lado y gritó de alegría. Lass le arrebató el cuchillo de Tova y liberó al centauro y al fauno que yacía cerca. Él a su vez libero a otros, hasta que todos los sirvientes estuvieron una vez más corriendo por la orilla, exultantes. Detrás de ellos, el caos del palacio troll aumentó. Tova negó con la cabeza. —Solo déjenme, —dijo—. Puedo hacer mi camino después. —Puedo llevarte, —dijo el centauro. Se agachó y la agarró, girándola para que tomara asiento en la ancha espalda del caballo—. Tenemos que estar lejos antes de que el resto de la magia de la Reina se desvanezca. —¿Por qué, qué va a pasar? — Preguntó lass. Fue Asher quien le respondió. —El palacio se hizo por arte de magia. Así también esta isla. Como la magia de la Reina se desvanece ...

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No tenía que terminar. De la mano, lass y su Príncipe pasaron por encima de la superficie resbalosa, por las colinas y depresiones agudas. Rollo estaba justo al lado de ellos, con el centauro y Tova manteniendo el ritmo. —¡Ouch! Ahora fue el turno de lass de parar y gritar de dolor. Pero no eran sus piernas, eran sus dedos. Los anillos de la Princesa estaban al rojo vivo. Antes de que pudiera quitárselos el oro se fundió y goteó entre sus dedos y las gemas se convirtieron en polvo. Había quemaduras de color rojo con la forma de los anillos en los dedos, pero no eran graves. Asher raspó un poco de nieve para calmar las quemaduras. Lass apretó sus dedos en los puños mientras seguían corriendo. No miran hacia atrás hasta llegar a la orilla. En ese momento, los gritos de los trolls se habían convertido en gritos de dolor y miedo. El palacio de oro se derretía como los anillos de lass. Volviéndose rojo y blanco con el calor, a la luz pálida del sol del norte, el magnífico palacio cayó y se derritió como sebo. En la orilla, de pie con un grupo de sirvientes de librea azul, con el verdadero amor de su hermano mayor y su verdadero amor a cada lado, lass vio la caída del gran reino troll. Cuando todo terminó, lo único en que podía pensar era que tenía frío, y no había forma de volver a casa. Ya se veían largas grietas apareciendo en la isla: no iba a durar un día más. Un joven fauno macho se acercó a lass con una sonrisa tímida. Giró su mochila difícil de manejar desde su propia espalda, y se lo ofreció a ella. Atado a la cima estaba la parka de Hans Peter. —Encontré esto cuando limpiaba los aposentos del Príncipe esta mañana, mi señora, — dijo en voz baja. —¡Oh, gracias! — Lass empezó a ponérselo, pero se detuvo—. Pero en realidad, es más tuyo que de nadie, — le dijo a Tova, ofreciéndole la parka. —Y tu puedes usar la mía, — dijo Asher. Otra fauno se había acercado a ellos, sosteniendo una parka de un blanco brillante con bandas rojas con el bordado troll—. Dudo que te vaya a convertir en un oso. —Tal vez, sin embargo, si no te importa... —la chica dijo, vacilante. —¿Sí? — Él tomó su mano. —Tal vez deberías ponértela y llevarnos lejos de aquí. — La mandíbula del Príncipe se apretó ante la idea, pero finalmente asintió. Se puso la parka, y luego las botas que otro criado - un brownie- le trajo. No ocurrió nada.

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—El hechizo se ha roto, — dijo. Se quitó la parka y la envolvió tiernamente alrededor de lass—. Vamos a tener que encontrar otra manera. Si nos metemos en el témpano de hielo más cercano, luego nos calentamos entre nosotros tanto como sea posible... —Se congelarían todos hasta la muerte, — dijo una voz que venía girando alrededor de ellos. —Viento del Norte. — Lass levantó las manos y luego hizo una mueca cuando los aplausos lastimaron sus quemaduras—. ¡Ha vuelto! — Él tomó su forma humana, de pie delante de ellos, de blanco y plata y orgulloso. —Sentí que el agarre de la Reina troll se aflojaba y tuve que venir a ver lo que había pasado. — Sonrió—. La verdad sea dicha: no estaba muy lejos. Tenía la esperanza de que tuvieras éxito en derrotarla. — Y lo hizo, — dijo Asher, sonriendo a lass con orgullo. —Puedo llevarte al sur, — dijo el Viento del Norte—. No a todos, sin embargo. — Las frunció el ceño, miró a las criaturas reunidas a su alrededor. Todos se miraron, se enfrentó con variadas emociones que iban desde la esperanza, la consternación y resignación sombría. Ella negó con la cabeza. —¿Cuántos de nosotros podría tomar a la vez? No voy a irme si alguna de estas pobres criaturas tiene que quedarse. —Estoy de acuerdo, — dijo Asher. —Y yo, — dijo Tova. El Viento del Norte silbó pensativamente. Zarcillos de aire se cerraron alrededor de los criados, levantando algunos de ellos fuera de la tierra, como para comprobar su peso. Luego inspeccionó los témpanos de hielo flotando en el agua helada de la orilla. —Voy a levantar a todos en los témpanos de hielo y volar al sur. No sé cuánto tiempo va a tomar, pero estoy seguro de que puedo conseguir llegar a las tierras civilizadas. Estarán por su cuenta a partir de ahí, a menos que uno de mis hermanos los llevará más lejos. —¡Gracias! Una gran ráfaga de aire helado tomó a lass, su Príncipe, Tova, Rollo, y al centauro. Algunas otras cinco personas que estaban cerca de ellos chillaron mientras también se reunían arriba. Sin decir una palabra, el Viento del Norte comenzó a dejarlos sobre balsas de hielo para el largo viaje lejos de la isla de hielo que se extendía al este del sol y al oeste de la luna.

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Epílogo
La Princesa del Palacio de Piedra Dorada

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E

n el momento en que lass llegó a su antiguo hogar en los bosques y

los valles del norte, el invierno de la Reina troll se había roto. Por todas partes había verde, las flores florecían bajo los abetos y los pájaros cantaban en sus ramas. Sus compañeros se habían reducido, yéndose a sus casas hasta que sólo lass, Rollo, Tova, y Asher se mantuvieron. Cuando llegaron por el lado de la montaña donde una vez Askel y los aldeanos habían cazado el reno blanco, Tova se detuvo. —No puedo, — dijo ella. Su rostro estaba pálido y silencioso. Se llevó las manos a las mejillas—. No puedo. — Lass se dirigió a ella y puso sus brazos alrededor de la otra mujer. —¡Por supuesto que sí! —Ha pasado demasiado tiempo. Durante los últimos diez años, he vivido entre trolls y osos parlantes y centauros y... —Y qué maravillosas historias tendrás para contarles a tus hijos, —dijo lass, interrumpiendo su cada vez más histérica diatriba. —Él no me va a querer, —se lamentó Tova—. ¡Mírame! La miraron. Incluso Rollo dejó de perseguir mariposas para estudiarla. Tenía las mejillas sonrosadas como siempre, aunque un poco agrietada por los vientos. Su cabello estaba bien fijo en la trenza, y la librea azul que llevaba estaba tristemente hecha jirones y manchada. Asher se echó a reír. Extendió sus brazos, mostrando los desgarros y las manchas que empañaban sus galas blancas de novio. Hizo un gesto hacia lass, que se veía igual de mal. Rollo se sacudió, y el polvo y las agujas de abeto salieron volando de su piel. —Todos damos un espectáculo lamentable, —dijo Asher—. No hay nada que podamos hacer al respecto. —Eso no es cierto, —dijo lass. Estaba mirando por el costado de la montaña, donde se podía ver una gran piedra negra y un arroyo de corriente rápida. —¿Qué sucede? —Quédate aquí y no te atrevas a mirar, — le dijo a Asher. Luego, tomando a Tova de la mano, la condujo a la corriente—. En mi mochila tengo jabón y un peine. Y en un paquete, hay dos hermosos Bunad. Mientras Asher y Rollo se arreglaban a sí mismos lo mejor que pudieron, las dos jóvenes se rieron y salpicaron y se lavaron la suciedad de los

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viajes en la corriente fría. Se peinaron y trenzaron de cabello una a la otra, y luego lass se puso la ropa antigua de diario de Tova, mientras que Tova se vestía con el bunad de boda. —¿Estás segura? — La voz de Tova era apenas un susurro mientras se abrían camino de regreso por el sendero hacia el Príncipe. —¿Si estoy segura? — Lass volvió a abrazarla—. Oh, sí. Él ha estado esperando. — Se reunieron con Asher y Rollo. Más abajo en el camino se veía un remolino lento de humo que salía de la casa de Jarl Oskarson. —Pero no tengo una dote, —dijo Tova—. Todos esos años viviendo en un palacio de oro y no tengo una moneda a mi nombre. —¿De verdad crees que le va a importar a Hans Peter? — Lass chasqueó la lengua—. Pero si va a tranquilizarte... — Desde su corpiño se sacó la cadena atada a los bolsillos de satén. Estaba tan gastado que el cinturón se había rasgado más allá de cualquier arreglo cuando se lo quitó para lavarse—. No todas las joyas de los trolls eran ilusiones. — Tomó una de las manos de Tova, ella derramó el rescate de un rey en rubíes—. ¿Lo oyes silbar? Ese es Hans Peter, en el tejado arreglando las tejas—. Tomó la otra mano de Tova y la llenó de perlas—. Toma tu dote, y listo. — Tova se detuvo sólo un momento. Luego le dio un beso a lass en la mejilla y corrió por el camino. Los otros observaban desde lo alto de una pequeña subida mientras corría hacia el claro en frente de la casa. Arriba en el techo, Hans Peter se había detenido a mirar a la mujer que acababa de llegar disparaba al patio. Su pelo blanco brillaba en el sol, y su rostro estaba colorado por el trabajo. —Isbjørn, mi isbjørn, ¿eres tú? Un hilo de rubíes corrió por entre los dedos de Tova y llovieron sobre la tierra apisonada junto al pozo. Un golpeteo de perlas se unió a los rubíes mientras extendía sus manos hacia él. Con un fuerte grito Hans Peter se deslizó del techo. Estaba corriendo tan pronto como sus pies tocaron el suelo, y en el segundo había tomado a Tova en sus brazos. —Oh, estoy tan contenta, —dijo lass, las lágrimas corrían por su rostro—. Él finalmente va a ser feliz. —¿Y qué hay de ti? — Asher la tomó en sus brazos—. ¿Finalmente vas a ser feliz? —No lo sé. — Ella lo miró por debajo de sus pestañas húmedas—. ¿Lo seré?

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—Bueno, yo soy el tercer hijo afortunado. Así que pensé que iba a llevarte a casa, mi princesa Bellalyse que puede hablar con los animales, y cuidar de ti como corresponde en el palacio de mi familia. No está hecho de oro, pero está hecho de piedra dorada, y cuando el sol brilla en él, creo que es hermoso. —En cualquier lugar donde pueda estar con mi propio isbjørn será lo suficientemente bueno para mí, —respondió lass. Y el Príncipe que había sido una vez un oso abrazó a la chica que una vez había no había tenido ningún nombre, y la besó. Luego, cogidos del brazo, se pasearon por el camino para celebrar con su hermano, que había sido encantado, y su amiga, que había servido durante diez años en el palacio real de los trolls. Apoyado en un bastón, el leñador Jarl Oskarson salió de su casa para ver de que trataba tanto alboroto. Su rostro se iluminó de alegría al ver a su hijo mayor abrazando a su amor perdido y a su joven hija de la mano de la mano con su príncipe valiente. Lass dejó a un lado el bastón de su padre y tomó su brazo mientras tomaba a Asher con la otra mano. Tova y Hans Peter completaron el círculo y bailaron alrededor del patio, mientras que Rollo aullaba y saltaba en el aire con alegría.

Y así vivieron durante largos años, tan felices y alegres como los pájaros en los árboles y las flores en la colina en primavera.

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Agradecimientos
Este libro ha sido posible gracias a la letra "0". También la letra "ae". La primera vez que las vi, me enamoré y sólo tenía que aprender el idioma al que pertenecían. Ese lenguaje resultó ser noruego, con su rica historia de cuentos populares acerca de trolls y osos polares y muchachos jóvenes e inteligentes y muchachas buscando fortuna. Sólo espero no haber ofendido a mi antepasado herrero danés al optar por estudiar noruego en lugar de Danes en la universidad. En ese sentido, me gustaría dar las gracias a mis maestros de noruego: La Profesora Sandra Straubhaar Henrietta Christofferson (una compañera danesa que habla noruego) y a Justin Galloway. También quiero dar las gracias al profesor George Tate, que me enseñó el nórdico antiguo y me presentó esas figuras tan sorprendentes como Egil, Njal y el Skarp-Hedin real. Mi fascinación con esas letras exóticas, y con las increíbles historias del Norte, no sólo me han llevado a algunos lugares extraños, sino también me entretuvieron sin cesar, y no tengo nada más que el más profundo amor y respeto por todos los que me guiaron por el camino . Un gran saludo también va a mi agente estelar, Amy, y mi maravillosa editora, Melanie, por golpear al manuscrito hasta tomar forma y frenar a mi tendencia a incluir descripciones largas y sin sentido de personas cardando lana o pelando manzanas. Esta historia también pasó bajo el control del grupo de mis escritores, SLAG, a quienes, por cierto, les digo muchas gracias. Mi hermana se vio un poco desilusionada de que Dragon Slippers, no fuera dedicado a ella. Este libro tampoco se lo dedico, porque es un libro muy especial con su nombre en él a la espera de ser publicado y me niego a mitigar el impacto al dedicar otros libros a ella, a pesar de que es a la vez mi mejor amiga y asesora de moda . Mi marido, mi hijo y el resto de mi loca familia también fueron influyentes en la redacción de este libro, que lamentablemente tampoco está dedicado a ellos. Sin embargo, se los dedico, con mucho amor, a mis queridos padres. Es posible que hayan rodado sus ojos cuando cambié mi especialización de Teatro a Estudios escandinavos, pero continuaron dándome su apoyo (¡y pagando mis estudios!). Y, qué les parece: Los estudios escandinavos realmente llegaron a ser más útiles a largo plazo. Durante muchos años se pusieron al día con mi pasión por todo lo noruego, y espero que de alguna manera este libro ayude a pagar la deuda que tengo con ellos.

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Esta ha sido una traducción libre realizada por DarkWolf, un grupo de lectores sin ánimo de lucro que hicieron este trabajo impulsados por el único fin de compartir la lectura de este libro que no se encuentra disponible en español. Nosotros queremos incentivar la lectura, así como también la compra de libros, esperando que las editoriales no solo publiquen los libros en nuestro idioma sino que también lo hagan a precios accesibles para que todos podamos disfrutar y acceder a la lectura. Finalmente les aclaramos que no somos ni traductores ni correctores profesionales, somos simplemente un grupo de aficionados y aficionadas, así que sepan disculpar los errores que puedan llegar a encontrar en nuestra interpretación de la novela. Que disfruten la lectura y ya nos estaremos encontrando con alguna nueva historia...

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