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“Se Busca Verdugo: La Tragicomedia De Arquímedes” – Jacqueline Petingi Labastie

(Capítulo IV - Tercera Parte)

- RETAZOS DE LA VIDA FAMILIAR Una puerta se abre de golpe, de par en par y sin ninguna delicadeza. Sin soltar el pestillo, una figura humana exhibe su inquietante presencia compuesta de elementos inconexos. Exactamente en el centro, dentro del marco de la puerta, se erige esta presencia emplazada sobre un par de zuecos blancos, vistiendo pollera recta y casaca de color celeste desteñido hasta el blanco sucio. La casaca desabotonada deja ver una blusa de tela ordinaria y grotescos estampados, muy apropiados para una cortina de cocina. De tez pálida y ojos pardos, este ser humano de género femenino no sólo mira, sino que además casi se la puede oír pensar: “Estoy mirando”. Su actitud general es implacable. La cabeza echada hacia atrás refuerza la arrogancia de su rostro anguloso, mostrando un severo rictus al mantener los labios apretados. El entrecejo fruncido y los ojos entrecerrados bajo las cejas en forma de acento circunflejo, le agregan a su expresión la certera mirada de un francotirador. Una alarmante nota de hombros cargados, como un matiz fuera de contexto, la muestra desgarbada, lo que le agrega un toque siniestro. Sin embargo, permanece rígida como un mármol por unos diez segundos. Luego de semejante aparición, y sin previo aviso, se introduce dentro de la habitación, como si estuviera programada de antemano. Dejando la puerta abierta, avanza con el porte de una matrona y la sensibilidad de un coronel. El aspecto relativamente profesional se ve desentonado por la forma de llevar el cabello, suelto y de largo desigual, con puntas florecidas y algunas matas de pelo encrespado. Un color cobrizo opaco delata una tintura vieja, a juzgar por los cuatro o cinco centímetros de crecimiento de cabello entrecano. A medida que se va acercando se nota en el tipo de piel, más bien fina, el paso de los años y cómo en verdad representa los sesenta y dos años que tiene. Al estilo del personal de guardia nocturna de cualquier hospital, además de lucir despeinada, luce como si recién hubiera despertado y se hubiera levantado expresamente para entrar a esta habitación. En tres alargados pasos recorre la habitación, hasta llegar a colocarse a un lado de la cama situada en el medio. En la cama, muy arrebujada entre las sábanas, una señora mayor bastante menudita, de rostro casi infantil y un ralo cabello blanco, duerme plácidamente. Las profundas arrugas que caben en una cara tan pequeña no interfieren para nada con su expresión angelical. Es difícil calcularle la edad en estas condiciones, pero en realidad se trata de una niña-anciana de setenta y siete años. Lulú.- Bueeenoo...! Hora de levantarse. ¡Arriba! Con el tacto de un manco, destapa a la señora mayor. Amelia (Abriendo los ojos con rápidos pestañeos. )- Yo... a esta señora... no la conozco. ¿Es nueva, usted? Lulú (Levantándole el borde del camisón.)- A ver, Amelia... (Frunce más el ceño) Ay..., pero, ¿será posible?... Oootra vez... nos hicimos encima?... ¡Qué bonito, eh!... Amelia (Extendiendo los brazos, contenta.)- Ahhh... Hoy... me levanté con unas ganas de hacer “la porqueríaaa”!... Jí, jí, jí!... Lulú.- Sí, justo! Es lo único que falta... Mirá si quedás embarazada, vos ahora..., eeeh?! Amelia...? 14
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Amelia (Contorsionándose.)- Señora... ¿Usted no me podrá conseguir unos óvulos Rendel? Porque si no..., me va a pasar como la otra vez, vio?, cuando yo tenía catorce..., a ver...? sí,.. No, porque yo no cumplí los quince..., a los catorce era... (Volviéndose a Lulú) ¡No sabe! ¡Me puse en “estado interesante”! Aaah... la vergüenza que me dio... Lulú (Indiferente.)- Sí, sí..., me imagino... A ver, date vuelta... Amelia (Se pone de espaldas a Lulú.)- Ay..., bueno, está bien... Yo quiero que me atienda la que me atendía antes... (Se vuelve a Lulú de nuevo) ¡Qué cosa! Menos mal..., menos mal..., sí. Lulú (Muy concentrada en lo suyo.)- ...qué barbaridad... sssé..., “menos mal”..., qué? Amelia (De espaldas otra vez.)- Yo no tuve hijos... no sé por qué... (Voltea de nuevo) Ay, pero, mire qué peligro..., si llego a quedar otra vez en “estado”... ¿Se va a acordar? Óvulos Rendel..., que una se lo pone antes... Lulú.- ¡¡¡Mamá!!! Estáte quieta, que estoy tratando de no desparramar la mierda más de lo que está, querés?!!!... Óvulos Rendel... te voy a dar... Lulú se va hacia la puerta y sale al pasillo. Queda parada ahí con las manos levantadas al aire. Lulú.- ¡A ver, vos..., pelópidas! Vení a ayudar un poco acá, hacéme el gran favor! Vuelve a meterse dentro de la habitación, para colocarse de cara a la puerta. Enseguida aparece Arquímedes, con una zalea que Lulú manotea y abre de una sola sacudida. El muchacho se coloca del otro lado de la cama. Lulú.- Agarrála del hombro y de la nalga..., y ponéla bieeen de costado... phuff... Arquímedes así lo hace, y ella extiende la zalea debajo de Amelia, procediendo con maña y sin dilación. En cuestión de segundos, Lulú lleva una bolsa de residuos al baño y abre una canilla con chorro bastante potente. La cierra enseguida y vuelve con un frasco de alcohol en gel que ya viene vertiendo en sus manos por el camino. Deja el frasco en la mesita, y frotándose las manos con el alcohol, da la vuelta al otro lado de la cama. Amelia ya está sentada, y Arquímedes le está calzando las zapatillas. Ambos flanquean a la diminuta anciana, y la conducen a la cocina. Luego la acomodan en su lugar en la mesa, arrimándole bien la silla, como para que no se salga fácilmente. Sentado en la misma mesa, está Parménides, el hermano de Arquímedes, enfrascado en las imágenes del televisor, que tiene el volumen a todo lo que da. Otra señora se encuentra ahí, deambulando en la cocina. El hermano de Arquímedes, casi cinco años mayor que él, de aspecto muy delgado, no parece un muchacho de veintinueve años, sino que representa unos diez o doce años menos que su edad. Se ve muy absorto, mirando la televisión sin siquiera pestañear, al mismo tiempo que sigue tomando un vaso de cocoa con absoluta tranquilidad. Nada parece perturbarlo, ni las corridas de silla, ni las voces, ni el ruido de vajilla, nada lo sobresalta en lo más mínimo. Ni siquiera el traqueteo de la silla de ruedas, en la cual se desplaza la otra señora, yendo y viniendo de la mesada de la cocina a la mesa del comedor diario. A pesar de estar sentada, esta otra señora da la imagen de una mujer de estatura bastante alta, y de estructura ósea de grandes proporciones. Su aspecto pulcro, con su cabello corto, castaño y bien cuidado, y todo en ella, denota un aire de cierta dignidad y buenos modales, como si tuviera algún rasgo de nobleza o alguna distinción especial. Es admirable verla manejarse con tal destreza, acomodando frascos y botellas, 15
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disponiéndolos en la mesada y en algunos estantes de los placares bajos de la cocina. Su agilidad al manipular todo utensilio es realmente muy notable para una persona en su condición, pero más todavía, para tratarse de una mujer de ochenta y cuatro años de edad. En sus idas y venidas, dispone más ramos de perejil y más cabezas de ajo de los que ya hay sobre la mesa del comedor diario, y que evidentemente ha estado procesando, tal como se aprecia sobre la tabla de picar. Sin perturbarse entre sí, Lulú se cruza con la señora en la silla de ruedas, para servir en un tazón un poco de avena con leche. Le acerca el tazón a la madre, sentada a la mesa, y en un dos por tres, dispone todo para el desayuno de Amelia, quien ya está con la cuchara en la mano. Lulú sirve agua en un vaso, e inicia un conteo de píldoras, las de la mañana. Lulú.- Antes, tomáte esto, Amelia. (Le va dando las pastillas una a una, colocándoselas en la palma de la mano) Ésta también..., y ésta otra. La viejita hace el ademán típico de tomar un trago de agua por cada píldora que ingiere. Lulú.- No. Así no. Ponételas todas en la boca. Y cuando yo te diga, te tomás el agua, y de un sorbo, eh!... La otra señora viene hacia la mesa, con una botella y un vaso acomodados en el regazo, a gran velocidad. Deja la botella y el vaso sobre la mesa, y se dispone a continuar con su tarea de picar ajo y perejil en la misma mesa en la que se está sirviendo el desayuno. Abre la botella y vierte un poco del contenido en el vaso. Frente a ella, Amelia hace caso a las indicaciones de Lulú y se toma todos los comprimidos de una vez, pero no se termina de tomar toda el agua. Con la mirada fija en la botella y los ojos muy desorbitados, queda casi atragantada y tose convulsivamente con audibles estertores. Amelia (Entre toses.)- Tá... cof-cof..., pe-cof-cof, pero miren... cóf! miren que yo (cof) voy a tener que... salir... Voy a salir con mi novio. Hoy me viene a buscar, eh... Hoy sí. (Toma otro trago de agua) Sí, sí..., me voy con él, así que me voy a tomar el troley, y voy a ir al cine..., con mi novio, jí, jí!... Ah, hoy sí. Lulú va hasta la mesada de la cocina, toma un vaso y vuelve a la mesa. Lulú (Sin mirarla.)- Ay, sí, Amelia... Vos te vas al cine con tu novio, y yo me hago carmelita descalza. La señora en silla de ruedas levanta la mirada hacia Lulú, y la mira de soslayo. Abre la boca y parece que va a decir algo, pero pronto baja la cabeza y sigue picando el perejil a gran velocidad. Amelia.- No se vaya a olvidar de los óvulos... Rendel. Tía Nora (Picando finito las hojas de perejil.)- Y, para qué? Si acá tenemos perejil de sobra!... (Se ríe socarronamente) ¿Quién precisa óvulos Rendel?... Já, já!... Arquímedes.- Tía, ¿hay agua para el mate? Tía Nora.- Ah, no sé... Yo no ando manipulando líquidos calientes. Hago todo lo que sea necesario, menos andar hirviendo agua. Ah, no señor. El que toma mate o té, que se arregle. Amelia (Mirando a Arquímedes.)- Y éste joven todavía no se fue? Aaah... Si habrá que tener cuidado... Ah, no, mire, señora, yo no sé si el perejil sirve, pero yo... creo que me voy a tener que ir aprontando... Me voy a tener que ir, porque si no...

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Arquímedes ha cambiado de idea y se está preparando un café con leche. De pronto, se da vuelta, y encara a la abuela. Arquímedes.- Abuela, ¿precisás que te acompañe al baño? Amelia (A la tía Nora.)- Dígale al señor que yo ya estoy acompañada, jí, jí!... Lulú se inclina sobre la mesa para tomar la botella, pero la tía Nora, en un rápido movimiento, sujeta la botella por el cuello. Tía Nora.- ¿Te gusta con naranja o con butiá? Lulú (Alejándose súbitamente.)- Pensé que era caña con butiá. ¿Adónde está? Tía Nora.- Ahí, mirá... (Volteándose para señalar), al lado de la torta de avena. Y para vos, Amelia... (Se ríe) vamos a preparar una especial..., con perejil!... (Mirando a Lulú) ¿Te acordás, Lulú? La tía Nora se sigue riendo al mismo tiempo que pica el perejil bien rapidito. Lulú, tomándose el tiempo para responder, se sirve una “medidita” de caña con butiá, y vuelve caminando con pasos amenazadores. Le sostiene la mirada a la tía Nora al mismo tiempo que se bebe un sorbo de caña. Lulú.- ¿De qué se supone que me tengo que acordar? Tía Nora.- De cuando te quedaste embarazada de tu hijo, el segundo..., y te dabas las tales panzadas... Cómo le dabas al perejil... ¡Las ensaladas! ¡Já! ¡Já! ¡Já!... Tortillas, buñuelitos, de todo! ¡Hasta te llegué a ver comerlo crudo, sin limpiar! Los manojos enteros... ¡Jáaa!... Já, já, já!..., parecía un rumiante comiendo pasto, ah... Lulú mira de soslayo a Arquímedes, que viene a sentarse a tomar el café con leche. Lulú (Se toma un gran trago y mira a la tía Nora.)- Eso era un antojo. ¡UN ANTOJO! Tía Nora.- Así que ahora le llaman “antojo”... Lulú (Defendiéndose.)- En primer lugar, yo no sabía que estaba embarazada. Y en segundo lugar, me estaba cuidando con anticonceptivos. Pero, claro... ustedes se lo dieron al nene (Mirando a Parménides, que sigue impertérrito viendo televisión.), ¡pobre ángel!... Tía Nora.- ¡Un momentito!... ¿Qué querés insinuar, con eso? Tú sabés perfectamente bien, que el nene se ponía muy majadero cuando ustedes no estaban. Y yo siempre lo he cuidado, ¡como si fuera mi propio hijo! más que el hijo de mi hermano... ¡Como el hijo que no tuve!, mirá... Además... (Cambia el tono), digamos las cosas como son, Lulú... El nene, pobrecito..., era flor de pelmazo. No había forma de tenerlo quieto, y yo hice lo que tenía que hacer: le quise dar una fluoxetina, que a mí me deja taaan bien!... Pero, fijáte vos, que ¡terminamos todos tomando tus anticonceptivos!... Y, ¿por qué? Porque vos te confundiste las cajas, y después ni te acordabas, y tomaste antidepresivos en vez de anticonceptivos. Fue una distracción tuya, Lulú. Nadie tiene la culpa de que tú hayas guardado tus píldoras en una caja de antidepresivos, qué querés que te diga? A mí no me quieras endosar las culpas de nada, porque yo..., yo... ¡les entregué mi vida! a vos, a mi hermano, que en paz descanse..., y por supuesto, a... a toda la familia... Amelia (Mirando a Lulú de arriba abajo.)- Aaah!... Ahora me acuerdo!... Yo sé quien es usted... Usted es aquella..., la que se había confundido, con el médico que se quedó cieguito... Aaay, ¡una eminencia, ese médico! Cómo sabe... Lo que no entiendo es... cómo demoró tanto en darse cuenta de que el hijo era retardado mental...? ... qué raro, no? 17
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Lulú.- ¡Mamá! Tomáte la avena con leche y ¡calláte la boca! (Hace fondo blanco) Dále, apuráte. Entretanto, Arquímedes termina de tomarse el café con leche, y ya se está levantando de la mesa. Deja la taza en la pileta, con un poco de agua, y se prepara para irse. En eso, suena el teléfono. Arquímedes gira y va hacia el teléfono, al tiempo que la tía Nora se moviliza en esa dirección. Ella se apura, y atiende primero. Tía Nora.- Hooo-láa?... Por unos segundos, su semblante se va endureciendo, adquiriendo un gesto adusto, a la vez que va tomando más y más color, segundo a segundo, hasta que estalla. Tía Nora (Enfáticamente.)- Ésta es LA RESIDENCIA DE LA PROFESORA ELEONORA SA... (No la dejan terminar) ¡¿Cóoo-mo?!... ¡En esta casa no se pierde tiempo en distracciones viciosas! Además..., ¿a usted qué le importa, qué canal de televisión estamos viendo? Pero, ¡qué descaro!... ¿Cómo dice? (Otro silencio, y moderando el tono) Eso le habrá parecido a usted... Bueno, no, señorita. Está equivocada. Cuelga el tubo y vuelve a su caña y a sus ajos y perejiles, con aire de indignación. Tía Nora.- No hay caso. Hay gente que no tiene nada que hacer, salvo ponerse a hacer bromas al santo botón. Arquímedes.- Tía... ¿Vos te tomaste la insulina, hoy? Tía Nora (Mirándolo de costado.)- Sí. (Baja la vista al perejil) Fue lo primero que hice: la glicemia y la insulina. Como siempre. Lulú.- Pero, ¿cómo, si ya se acabó? (Mira a Arquímedes) Hay que ir a buscar más. Tía Nora.- Quedó de la que se inyectaba Orestes..., no la vamos a desperdiciar, con lo cara que está. Y como si fuera poco haber dejado de usar un zapato izquierdo, te podrás imaginar que ¡ni pienso!... quedar como quedó él, pooobre..., que Dios lo tenga... Ya bastante tuve que soportar, toooda la vida viviendo con ustedes... Y todo por una taza de té caliente. Nunca más, te digo, eh, ¡nuuunca más! Todavía me queda bastaaante, bas-tan-te... por hacer... Ah, sí. Orestes habrá sido débil, pero yo? No..., yo no soy tan fácil de vencer. No es así nomás, la cosa, ché... Amelia.- Aaay..., Orestes!... ¡Qué buen mozo que es!... ¡Qué hombre!... Bueeeno..., yo mejor me apuuuro..., que me tengo que ir a tomar el troley, y no lo quiero perder. No quiero llegar tarde al cine Censa. Lulú.- Amelia, no existen más los troleys, hay ómnibus ahora. Y el próximo te deja justo en la puerta de tu dormitorio. Arquímedes.- Ah, mamá... ¿me das plata para el ómnibus? Lulú (Mirándolo inquisitivamente.)- Para ir... ¿adónde? Arquímedes.- A... la zona del Parque Batlle..., sí. Lulú.- Me imagino que... a buscar trabajo, no? Hum! (Le hace el típico gesto moviendo dos dedos apuntando hacia abajo) ¿Al Parque Batlle? ¿Un hombre de veinticinco años? Mmm..., los dos patitos. Parménides sale repentinamente de su absorción, y todos a la vez lo miran. Parménides.- Yo quiero un helado palito durazno y kiwi. Lulú (Dando un respingo.)- Peeero..., sí, mi amor!

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Se tira de cabeza a la heladera. Abre el freezer, y metiendo las dos manos dentro, despeja unas cuantas bolsas plásticas con cierre conteniendo vegetales y alimentos diversos, hasta que finalmente da con el stock de helados. Extrae uno y, luego de cerrar el refrigerador, abre el envoltorio de helado. Se acerca a Parménides, se inclina un poco y se lo da. Lulú (En tono maternal.)- Aquí tiene: durazno y kiwi. (Lo mira, y todas las líneas de expresión aparecen en su rostro de golpe. Está sonriente) ¿Y? ¿Tá rico?... Arquímedes.- Bueno..., eeh..., chau, me voy. Arquímedes hace un saludo general, no registrado por nadie, y se va. Mientras se sigue viendo a sí mismo salir de la cocina y enfilar hacia el cuarto de baño, Arquímedes ha dejado de escuchar su voz. Podría contar, por ejemplo, que luego llenó el lavatorio y metió la cabeza en el agua fría, pero ha quedado con la mirada fija en el calendario del año 1992 de madera labrada del Dr. Jaracosoli, sin saber muy bien por qué siente ese escalofrío. .............................. Dr. Jaracosoli.- Ahá... Sí, sí... Entiendo. (Revisa sus anotaciones recientes) Ahora... Usted dice que antes eran seis, y ahora son cinco. ¿Verdad? Arquímedes.- Ee..., estee... y, sí. Dr. Jaracosoli.- Bien. ¿Qué pasó en el medio? Arquímedes.- Ee..., el medio... ¿Cómo? ¿Qué... ¿Cuál medio? Dr. Jaracosoli.- Entre que eran seis y ahora son cinco. Quiero decir, entre una cosa y la otra. ¿Qué pasó? Arquímedes.- Ah..., eso? Ah! No, nada..., sí, estee... emm..., bueno, tá, no..., resulta que... una noche yo llegué tarde a mi casa, no? Y esa vez, entré por la puerta, y... Dr. Jaracosoli.- Ah, porque ¿se puede entrar por algún otro lado? Arquímedes.- Y..., normalmente entro por la ventana..., la ventana de mi cuarto, no?... para evitar problemas..., estee, sí... Pero a esa hora, mi hermano ya estaba acostado. Y la ventana estaba cerrada por dentro... Así que tuve que usar las llaves... Dr. Jaracosoli.- Ahá..., sí. ¿Y...? Arquímedes.- Y..., entré despacito. Y, bueno, tá..., mi madre todavía estaba en el consultorio, y a mi tía y a mi abuela las escuché..., más o menos, digo..., como que estaban en la cocina, no? o sea..., digooo..., tá! no hay moros en la costa..., un orto así, tuve... Tá. Y yo sentí unos ruidos..., eh?, unos ruidos raros..., en el cuarto de mis padres... Dr. Jaracosoli.- A ver, a ver... ¿Cómo es eso...? No le entendí bien. Usted dice que llegó tarde a su casa, no es cierto? Bien. Empiece por ahí. Usted llegó, y... El anterior relato bien podía haber sido el botón de la muestra acerca de la vida cotidiana que había pedido el Dr. Jaracosoli, y como tal, debiera haber resultado suficiente. Pero el doctor tiene ganas de más. Bueno, puede que el Dr. Jaracosoli sea un psiquiatra vocacional, después de todo. Arquímedes hace un esfuercito más, y sigue hablando. A esta altura, puede escuchar su propia voz, pero no se reconoce a sí mismo mientras habla. En esta ocasión su boca se mueve sola, y por un instante teme no poder 19
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controlarla. Menos mal que la anécdota se puede contar en menos de cinco minutos. Incluso, hasta es posible acortarla un poco más. .............................. Es una tardía hora de una noche primaveral, aunque bastante fresca, de las que suele haber a principios de Noviembre. El cielo nocturno estrellado puede verse a través de las ramas de un plátano cercano a la puerta de la casa de Arquímedes. Sin embargo el sonido que acompaña tal evocación no es cónsone con ninguna brisa nocturna, ni ruidos de ramas, sino más bien con un extraño sonido subacuático. Una cara hinchada y enrojecida aparece como una versión distorsionada de sí mismo, apoyándose bruscamente contra el marco de la puerta de calle. Como un fantasma salido de la nada, Arquímedes busca las llaves en su bolsillo, con los ojos hechos dos globos rojos en medio de los cuales parecen haber desaparecido sus largas pestañas renegridas. Rezumando alcohol, un desmoralizado Arquímedes se esfuerza por introducir la llave en la cerradura, para luego empujar la puerta con el hombro. A pesar de haber llegado hecho una piltrafa, algún misterioso mecanismo lo hace enderezarse y abrir los ojos inmediatamente luego de haber entrado y cerrado la puerta. En medio de su notoria extenuación, hace aún el esfuerzo de medir el impacto de sus pasos en el corredor, aunque no lo pueda escuchar con claridad. El foco de su atención se dirige hacia la puerta del consultorio de su madre, la cual está cerrada, mostrando un haz de luz que pasa al ras del piso hasta la vacía sala de espera. Le parece que la cabeza le va a estallar, y siente como si la hubiera metido dentro de un tanque de agua. Al salir de la penumbra del corredor, su fotofóbica mirada va en dirección al fondo, donde la cocina es el origen de algunos sonidos de la vida ordinaria, surgiendo a través del embotado sonido de agua en su cabeza. Las tales estridencias procedentes de la cocina parecen resultarle intrascendentes a la vez que tranquilizadoras, ya que afortunadamente nadie ha reparado en su llegada en tal estado. Su tía y su abuela siguen en sus charlas, y eso es una buena cosa para él. Disimulando las “eses”, conciente de su estado etílico, continúa hacia el otro pasillo, en la línea más recta posible hacia su cuarto. Pero antes de que haya completado ese recorrido, algo inusitado lo hace detenerse. Un ruido fuera de lo común, procedente de una zona cercana a la habitación de sus padres hace que quede parado en medio del corredor. En un esfuerzo de atención por detectar la naturaleza de ese ruido totalmente ajeno a la rutina familiar, voltea y espera un poco. Pero no ocurre ninguna reiteración. Se esfuerza un poco más por enfocar bien la vista en la puerta del dormitorio de sus padres. Conciente al menos de lo inusual del ruido que ha llamado su atención, frunce el entrecejo al escuchar otro sonido más habitual en la vida cotidiana: las toses de su padre. Está despierto aún. Arquímedes cambia la dirección de sus pasos, sin mediar decisión alguna, al menos no aparentemente. Simplemente, se acerca a la puerta del dormitorio donde su padre está evidentemente muy despierto. Se apoya en el marco de la puerta y acerca el oído. Lentamente, apoya la mano en el picaporte y finalmente abre. Se asoma dentro del dormitorio y ve al padre acostado, solo en la habitación, con la luz todavía prendida. El muchacho entra y cierra la puerta. Parece como si le hiciera una pregunta corriente, o tal vez alguna pregunta idiota del tipo “¿Estás despierto?” o algo a modo de saludo. El padre, que está todavía con los lentes puestos, a pesar de estar acostado boca arriba y tapado hasta la mitad, le contesta algo muy parco, a juzgar por su expresión

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irascible, una respuesta afirmativa dicha de modo bastante gruñón. Hace algunas muecas de desagrado y ladea despectivamente la cara. Arquímedes no lo mira, y va a sentarse al sillón que está ubicado hacia el lado izquierdo de la cama y del viejo, quien a su vez ocupa el mismo lado en la cama. Se deja caer en el viejo sillón estilo bergère, sin considerar la ropa tendida sobre él. Intuyéndolo el padre, sus expresiones faciales de desagrado van ahora acompañadas de bruscos movimientos de antebrazo derecho, poniéndole gran énfasis a lo que sea que le esté diciendo al muchacho. Al parecer, el motivo de esta gran hostilidad se debe a que el viejo se ha enterado de modo indirecto acerca de la pérdida del empleo. Arquímedes pone los ojos en blanco, y no le responde. El viejo detiene por un momento su exasperación y levanta apenas la cabeza, en alerta a los movimientos del hijo, que todavía está ahí. En otro momento cualquiera, Arquímedes ya se habría retirado. Pero esta vez, sigue ahí, sentado, muy quieto, mirando a un punto fijo en la pared por encima de los muebles, como si nada pasara. No bien se hace un silencio, Arquímedes echa una exhalación, como un suspiro de cansancio. Después de esto, el muchacho empieza a hablar, sin expresión, sin intencionalidad y sin parar hasta culminar su breve discurso. Simplemente, Arquímedes ha movido los labios dejando escapar algunas frases. En lo que puede tardar don Orestes en reaccionar, cosa de unos segundos, el aire se va llenando de reproches de uso diario, a juzgar por las amplias gesticulaciones de su mano derecha y sus espasmódicos movimientos faciales, mascullando las palabras, en actitud francamente increpadora. Arquímedes sigue, pues tiene algo más para decir, y esto último lo dice al mismo tiempo que inconcientemente levanta la mano derecha en señal de “alto”. Una nueva oleada de respuestas recriminatorias de parte del viejo sobreviene abruptamente, esta vez acompañadas con marcadas toses. El muchacho ni pestañea, sólo se limita a esperar a que su padre se detenga para respirar. Entonces reanuda su discurso vocalizando bien la frase: “- Dejé los estudios..., TODOS los estudios.”, lo cual da lugar a un nuevo brote de gestos y violentas sacudidas, y accesos de tos mezclados con una elocuente aspereza al pronunciar lo que es a las claras un manojo de insultos. Arquímedes replica brevemente, esta vez haciendo un gesto de saturación, para decir lo que parece ser una obviedad. Lo que sería para no responder se convierte en objeto de una nueva reprimenda por parte del viejo, quien se está desgañitando ampulosamente, como si tuviera un gran auditorio. Algunos movimientos de negación con la cabeza, se alternan con palabras aisladas que parecen ser insultos. Su dedo índice sacudiéndose en el aire, y algunas contorsiones más, retratan definitivamente a este viejo como un ser intolerante, totalmente fuera de quicio. Su lenguaje facial habla claramente de un desprecio visceral rayano con la repugnancia. Arquímedes va hacia su quinta afirmación, la cual es determinante, breve, despojada, y no deja lugar a más intercambios. Esta vez, el viejo levanta los brazos al cielo en señal de desesperación, y luego los deja caer de golpe. Queda callado, con el ceño y la boca fruncidos, intentando armar alguna respuesta adecuada para asestarle a su hijo. Pero en vano, ya que está desconcertado y además ha agotado todas las posibilidades del diccionario lunfardo. De haber encontrado algo más para decirle, Arquímedes no podría recordarlo, pues pese a toda esta gran tirantez, el muchacho cabecea, y se queda profundamente dormido. Se duerme en esa bergère por un breve lapso, que él no sabría cuantificar. Pudieron haber sido un par de minutos, o media hora, o tal vez más. Él no sabe cuánto tiempo durmió, pero ese poco de sueño le sirvió para descargar parte del enorme letargo que se había venido apoderando de él. Unas persistentes toses del viejo lo despiertan de repente. Es evidente que tiene que irse a su cama urgentemente.

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Entonces ve al padre incorporado a medias para tomar agua. A pesar del semejante tamaño pedal que tiene encima, algo de conciencia le queda a Arquímedes, y teme haber disgustado seriamente a su padre, por lo cual se incorpora lentamente en el sillón. En medio de todo, aún razona, y teniendo en cuenta la condición diabética del viejo, decide tomar algunas providencias antes de irse a dormir a su cuarto. Afirmándose en los reposabrazos de la bergère, Arquímedes toma impulso para ponerse de pie. Se levanta de un brusco movimiento, por lo cual tiene que hacer un poco de equilibrio, hasta que logra estabilizarse. Está bastante en el eje, bien en pie, a pesar de que sigue con la cabeza embotada por esa persistente resonancia que lo aturde, como si estuviera debajo del agua. Pero nada de esto le impide observar el estado de su padre. Mientras tanto, algo se desliza, cayendo desde su bolsillo hasta la pequeña alfombra, pero él no puede recordar esto pues no lo ve ni lo escucha caer, ni siquiera recuerda tener un celular, y continúa sin perder de vista a su padre. Arquímedes atraviesa el espacio entre la alfombra y la mesita de luz. Afirmándose lo mejor posible, va dando pasos cautelosos, pisando medias, cordones de zapatos, y una lasca de loza de taza rota que está tirada en el piso. La hace añicos de una pisada, pero él no escucha el ruido de loza rota bajo la suela, y sigue hasta llegar adonde está el padre. Acaba de comunicarle a su padre que ha abandonado la Facultad, y que no desea continuar estudiando ni ésa, ni ninguna otra carrera universitaria. Pero en este momento se comporta como siempre, de modo servicial y compasivo. Pronto queda junto al viejo, y procede a tomar algunos recaudos de rutina. Lo ayuda a volver a acostarse, y claramente le ofrece sacarle los lentes, pero el viejo lo aleja de sí, rechazando su ayuda. Refunfuñando, el viejo termina sacándose los lentes él mismo. Tantea el lugar de la mesita de luz donde los deja. Arquímedes los acomoda a mayor resguardo en la superficie de la mesita, y ordena el resto de las cosas que están sobre la misma. Cuidadosamente, corre más hacia atrás el plato con la cucharita y desplaza hacia adelante el vaso de agua. Luego abre el cajón y saca el alfajor de chocolate que todo diabético insulínico debe tener siempre lo más cerca posible para un caso de emergencia, dejándoselo bien al alcance de la mano. Acostumbrado a convivir con diabéticos, Arquímedes sabe bien que ante un súbito déficit de glicemia, lo más indicado es una dosis de polisacáridos, y en tal sentido, no hay nada más rápido y efectivo que los azúcares complejos que contiene un alfajor. En un caso de fuerza mayor, esto podría evitar un coma diabético, por su efecto paradojal. De modo que Arquímedes se asegura de cubrir todas las precauciones, dejando al padre de la mejor manera posible. Hace un ademán de taparlo, pero el padre lo ahuyenta, en un elocuente gesto de espantar insectos. Le pregunta si quiere que le apague la luz, amagando a tocar el interruptor, pero claramente el padre no quiere, y le pide que se vaya de una buena vez. Arquímedes se aleja, y da unos pasos hacia atrás sin dejar de mirarlo. Luego, dando un cuarto de vuelta va buscando apoyos, en el brazo del sillón y agarrándose de la baranda del pie de la cama, hasta que al fin se va del dormitorio. Al salir de la habitación, cierra bien la puerta y va por el corredor hasta el cuarto de baño. Las viejas siguen todavía con sus charangas sin sentido, muy animadas en la cocina. Así es que él, para no delatar su presencia, no prende la luz. Deja la puerta del baño entornada, y haciendo lo que tiene que hacer, tampoco tira de la cadena. Simplemente abre la canilla del lavatorio y se moja un poco las manos y la cara. Lo que Arquímedes no puede recordar es que en ese preciso instante, en el cuarto de su padre estaba sonando el celular que se le había caído del bolsillo. Por más que lo ha intentado, no logra recordar en qué momento perdió el celular que su madre le había prestado en condiciones de especialísima excepción, exclusivamente para el propósito de búsqueda 22
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de empleo. Al mismo tiempo que se está mojando la cara, en la habitación del viejo, sobre la pequeña alfombra y junto a los pedazos de taza rota, un celular está vibrando con luces rítmicas. La canilla del lavatorio se cierra, y Arquímedes toma una toalla de mano para secarse. El celular ha quedado con la luz encendida, e inexplicablemente, sin que nadie le digite la tecla “Menú”, está mostrando en su pantalla un mensaje de texto, en el que puede leerse claramente: Yo no trato con cobardes ya sabes lo q tenes q hacer O me traes 1 solución definitiva o no vuelvas a contactarme Claro, que Arquímedes no llegó a leer este mensaje. Por lo que respecta a su relato al doctor, él simplemente se fue a dormir, y por una vez consiguió dormir unas cuántas horas, ya que durmió hasta la mañana siguiente. .............................. Arquímedes.- ... y a la mañana siguiente, me desperté con mi madre en mi cuarto, llorando como loca... Dr. Jaracosoli.- ¿Su padre falleció esa noche? Arquímedes.- Sí. Dr. Jaracosoli.- Bueno, mis condolencias... Arquímedes.- Gracias. Dr. Jaracosoli.- Dos meses, hace, no es cierto? Arquímedes.- Y... casi, sí... Dos meses van a hacer el martes... 13, sssí..., el... martes... que viene, sí. El Dr. Jaracosoli asiente con la cabeza y termina de escribir algo en la historia clínica. Luego, toma el block de recetas verdes, lo sella y lo firma. De repente, levanta la cabeza, y mira muy fijo a Arquímedes, antes de hacerle una pregunta. Dr. Jaracosoli.- Usted... se había emborrachado, con...? ¿Cuánto? ¿Cuántos whiskies se tomó? ¿Seis? ¿Más? Arquímedes.- Ee..., eeeh..., no, estee..., yo... había tomado dos. Bueno, en realidad, menos, porqueee... el segundo no me lo terminé de tomar..., esteee, sí... El galeno lo queda mirando con cara expectante, como si estuviera esperando a que el muchacho diga algo más. Luego baja la mirada y anota la prescripción en la receta verde. La arranca y se la extiende a Arquímedes. Dr. Jaracosoli.- Esto lo va a ayudar a dormir. Arquímedes.- Pero, doctor... ¿y las pesadillas? Dr. Jaracosoli.- Dígame una cosa, a usted... ¿le pegaban, de chico? Arquímedes.- Eeh?!... Y... sí, no sé... Sí, puede ser... Por...? Dr. Jaracosoli.- Ahá... ¿Y...? Arquímedes.- Y..., qué? 23
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Dr. Jaracosoli.- A usted..., lo aplacaba ? ¿Lo hacía sentir mejor? ¿Cómo se sentía? Arquímedes (Desconcertado.)- Pero... ¡¿cómo?! que si me aplacaba...? ¿Qué me quiere decir con eso? Dr. Jaracosoli.- Podría decirse que usted se odia a sí mismo. Arquímedes.- Eh? Dr. Jaracosoli.- Sí, es como que usted se considera a sí mismo como indigno. Y..., aparte de tenerles tanto miedo a las mujeres... ¿a qué más le tiene miedo? La cara de Arquímedes es la viva expresión de una noche de tormenta eléctrica en una mansión embrujada. Este psicoterapeuta es el “bonus” de todas sus tétricas ligas. Es el “cartón lleno” de los más relevantes hallazgos en respuesta a sus búsquedas infructuosas. Es, a la verdad, la más concluyente respuesta del Universo respecto a la ignota pista de una salida que parece no existir para él. º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º

Retrato de Arquímedes

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