La Real Academia Española define examen como “indagación y estu

-
dio que se hace acerca de las cualidades y circunstancias de una
cosa o de un hecho”. Y precisa: “~ de conciencia. m. Recordación
de las palabras, obras y pensamientos con relación a las obligaciones
que se tienen”.
Me gusta porque nos orienta al significado que pretendemos abor-
dar en este folleto, a la relación del examen con nuestra vocación:
discernir para hacer lo que tenemos que hacer, hallar a Dios en to-
das las cosas y todas las cosas en Dios.
Es un modo de oración (un verdadero camino de crecimiento espi-
ritual), cuya materia es la propia existencia y cuyo objetivo es cono-
cer con lucidez y asumir con responsabilidad la propia historia. En-
contrar las huellas de Dios en lo cotidiano, darse cuenta de su
presencia y de su acción en lo que sucede durante el día, es la
meta del examen, su mejor fruto.
Iatrodacc|óa Iatrodacc|óa Iatrodacc|óa Iatrodacc|óa
El P. Francisco José Arnaiz reseña: “cuando hace 65 años inicié mi vida de Jesuita,
una de las primeras cosas que me enseñaron fue cómo hacer examen general de
conciencia. Era justo que aprendiese esa técnica, ya que a partir de ese momento
dos veces al día, al mediodía antes del almuerzo y por la noche antes de acostar-
me, a golpe de campana o de timbre, sería llamado a hacer, durante quince minu-
tos, examen de conciencia. Deduje de esa práctica lo importante que era no pactar
con los defectos y fallas propias, y mantener firme y tensa, por otro lado, la fidelidad
a Dios y la entrega generosa a los demás. Poco después conocí una frase, que San
Ignacio de Loyola solía repetir mucho, y entendí perfectamente por qué el Santo
había establecido esa práctica, que alguno pudiera juzgarla excesiva. La frase igna-
ciana es la siguiente: Muy pocos hay, y por ventura no hay ninguno en esta vida,
que perfectamente entienda lo que de su parte estorba lo que Dios, si no lo estorba-
se, obraría en él. Se trata, pues, no simplemente de conocer los propios defectos y
fallas para intentar eliminarlos en su personalidad, sino principalmente de que Dios
actúe sin traba alguna en y a través de uno”.
El examen de conciencia es patrimonio de la sabiduría humana y espiritual uni-
versal. Desde tiempos muy anteriores al cristianismo y en lugares y tradiciones muy
distintas se conoce esta práctica de un modo o de otro. La tradición cristiana no
desarrolló la práctica del examen hasta el siglo IV, lo cual se debe tal vez a la caída
del fervor de los primeros tiempos, y encuentra un espacio especial en la vida
monástica y conventual. Sin embargo, una sistematización completa de la práctica
del examen es de tiempos más recientes y se debe en gran parte a la aportación de
San Ignacio, en sus Ejercicios Espirituales y en las orientaciones que dejó por escri-
to o que de palabra dio a los jesuitas.
Ignacio Iparraguirre, S.J., afirma: “La regulación del examen (particular y cotidia-
no) se ha considerado siempre como una de las piezas características y origina-
les de San Ignacio. En forma precisa, concreta y práctica, ha sabido sintetizar este
movimiento de control y análisis, tan necesario en todo proceso, lo mismo material
que espiritual, y usado siempre en la Iglesia”.
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Introduccìón 1
1. L| examen y 5an Ignacìo 1
2. ¿µué es? 2
4. Ãmbìtos 3
Uonc|usìón: e| examen y |as
ìnstìtucìones educatìvas

ßìb|ìografía y |ìnks
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5. L| examen, hoy 3
3. ¿Uómo se hace? 2
Lo más |mportante no es darme cuenta
como puedo perfecc|onarme
.|.|endo e| L.ange||o,
s|no como 0|os puede estar presente
en todas |as cosas, tamh|én en m| .|da.
Pocos térm|nos t|enen tanta |mportanc|a en
San |gnac|o. S|n emhargo, un tr|p|e desconc|erto
se puede esper|mentar a| acercarse a este .ocah|o
trad|c|ona| de |a .|da esp|r|tua|:
• |a |magen desagradah|e que se ha |nsta|ado
en e| |nconsc|ente de gran parte de |os cr|st|anos
formados antes de| 0onc|||o Vat|cano ||,
• e| |enguaje con e| que hasta hace pocos aõos
se espon|a esta práct|ca,
• , tamh|én, |a forma como |o pract|caha, con una
frecuenc|a , m|nuc|os|dad sorprendentes, e| m|smo
|gnac|o de Lo,o|a , |o aconsejaha a sus d|sc|pu|os.

Ls, pues, necesar|o s|tuar este ejerc|c|o esp|r|tua|
para captar su |mportanc|a , ||e.ar|o de modo
pro.echoso a |a .|da cr|st|ana.

Ado|fo Na. 0hérco|es, S.I.
Iosep Na. kamh|a, S.I.
l\¸|a. :
Lstos dos pr|meros puntos, por tanto,
preparan , d|sponen para acceder a |a
prop|a rea||dad, en sus dos d|mens|ones,
|a pos|t|.a (pr|mer puntoj
, |a negat|.a (segundo puntoj,
pero de forma que n| |o pos|t|.o engr|a,
n| |o negat|.o hunda.


2. ¿qaé es? 2. ¿qaé es? 2. ¿qaé es? 2. ¿qaé es?
Nos encanta ho, hacer aná||s|s de |a rea||-
dad. Lo cur|oso de ese aná||s|s es que
s|empre son otros |os responsah|es de |os
ma|es es|stentes , as| resu|ta que nad|e
t|ene |a cu|pa de |o que sucede.

No somos |os seres humanos proc||.es a
enfrentarnos a nosotros m|smos. Prefer|-
mos ceharnos en |os defectos ajenos,
tra|c|onados suhterráneamente por un
|nconsc|ente sut|| de d|scu|parnos de |os
prop|os con |os defectos ma,ores ajenos.
Iesucr|sto m|smo desenmascaro ,a esta
estratagema humana, cuando hah|o de |a
paja en e| ojo ajeno , |a .|ga en e| prop|o ,
nos p|d|o sacar pr|mero |a .|ga en e| ojo
prop|o para poder arrancar después |a
paja en e| ajeno. Ls mu, comun e| hecho:
no soportar |a m|op|a ajena , o|.|darse de
|as prop|as cataratas.

|ranc|sco Iosé Arna|t, S.I.
Aqu| ha, que tomar en ser|o e| presente.
ßa de darse un momento en e| que se
reconotca e| pasado negat|.o , se rompa
con é| de |a un|ca forma humana que ha,:
p|d|endo perdon, ¡no cu|pah|||dad!
Ls |a ruptura necesar|a para camh|ar.

Ado|fo Na. 0hérco|es, S.I.
Iosep Na. kamh|a, S.I.
3. ¿0ómo se hace? 3. ¿0ómo se hace? 3. ¿0ómo se hace? 3. ¿0ómo se hace?
Es una práctica de discernimiento espiritual, que me hace consciente de qué y quién está
dirigiendo mi vida, qué busco con lo que hago, hacia dónde me llevan mis pensamientos, cómo
y por qué me afecta lo que vivo y siento … y en todo eso, si Dios va ganando espacio en mí.
Consiste básicamente en recordar los acontecimientos del día y adentrarse en uno mismo
para reconocer la presencia de Dios y su acción en la vida diaria y “llegar a contemplarse como
Dios me contempla”.
Queda claro, pues, que no es:
• una mirada narcisista que se centra en uno mismo con agrado y satisfacción;
• una mirada autocrítica, severa y perfeccionista;
• un juicio moral, para centrarse sólo en el mal realizado o en el bien que no hice;
• un ejercicio de psicología, que busca entrar en uno mismo para conocerse mejor;
• una lista de vivencias interiores…
Herbert Alphonso, S.J., asegura que muchos cristianos hemos abandonado el examen de
conciencia porque “lo hemos convertido en un ejercicio de pura moralidad, cuando de hecho es
el ejercicio diario de discernimiento”. Y comenta: “La moralidad como tal pertenece al Antiguo
Testamento; lo típico del Nuevo no es la pura moralidad sino el discernimiento. Como cris-
tianos, discípulos de Jesús, nuestro criterio de conducta y acción no es puramente lo justo en
cuanto se opone a lo injusto, lo bueno en cuanto se opone a lo malo. La ley del Nuevo Testa-
mento es la ley del amor, escrita no en placas de piedra fuera de nosotros mismos, sino en
nuestro interior, en nuestros corazones. El cristiano, persona del Nuevo Testamento, pregunta
dónde está el mayor amor, no es moralmente libre para escoger una de dos alternativas cuando
las dos son buenas. Por medio del discernimiento, trata de encontrar dónde le llama el mayor
amor, y según eso decide. En este sentido, como ejercicio de discernimiento, el Examen de
Conciencia es el ejercicio típico del Nuevo Testamento”.
San Ignacio de Loyola, genio de la eficacia, jamás se contentó con exponer la necesidad de
hacer algo. Siempre se detuvo a enseñarnos cómo hacerlo. En el número 43 de sus Ejercicios
Espirituales nos dice “modo de hacer el examen general y contiene en sí cinco puntos”.
1. “Dar gracias a Dios nuestro Señor por los beneficios recibidos”: es el punto de partida
obligado; uno se reconoce agraciado antes que juzgado, querido antes que exigido. Yo mis-
mo soy puro don de Dios y porque me siento puro don, lleno de sorpresa y agradecimiento,
puedo amar y servir en todo. Nada hay que hacer para ganarse a Dios, a lo sumo todo habría
que hacer para no perdérselo.
2. “Pedir gracia para conocer los pecados y sacárselos”: esta parte no es lo que común-
mente llamamos “examen de conciencia”. Este momento no es para hacer una lista de los
pecados, sino más bien, “pedir la gracia” de reconocerlos y de tener la suficiente fortaleza
para “lanzarlos fuera de la propia vida”.
3. “Demandar cuenta al ánima, desde la hora que se levantó hasta el examen presente”:
repasar lo vivido en el día es lograr ver toda la jornada viéndome como Dios me ve; descubrir
la acción de su amor en mi vida, cosa que agradezco, y su ausencia y los por qué de sus
ausencias, cosa que lamento. Escuchar a Dios y dejar que me diga dónde me salió al en-
cuentro o dónde me estaba esperando y yo pasé de largo.
4. “Pedir perdón a Dios nuestro Señor de las faltas”: al mirar mi propia vida como Dios la
mira, es mucho más fácil descubrir las situaciones en las que falté a su amor y sentir la nece-
sidad de reconciliarme con Él. Sólo mirando como Él mira, puedo descubrir la verdad y no lo
que, muchas veces, yo mismo creo que es la realidad. Este momento es para ejercitar la
“humildad”; no se trata de tirarse abajo o sentir culpas; se trata de reconocerme pecador,
siempre necesitado del perdón y la gracia del Señor. “Donde Dios no está, está por venir;
donde reina el pecado, sobreabundará la gracia”.
5. “Proponer enmienda con su gracia”: es el momento de decirle a Dios que nuestro deseo es
dejarnos conducir por Él. No es por tanto un esfuerzo desde mis posibilidades, sino lo que
Dios quiere hacer en mí por su gracia.
Este es el examen que San Ignacio propone. Ahora se puede entender que sea el único ins-
trumento que deja en manos del que acaba los Ejercicios. A través de los cinco puntos sintetiza
todo el proceso. Por otro lado hay que reconocer que un examen de conciencia así planteado es
pura oración, con la ventaja de que nunca podrá ser ilusa, pues para acceder a Dios no se esca-
pa de la realidad. Esto explica que dé mayor importancia al Examen que a la oración.
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4. Amh|tos 4. Amh|tos 4. Amh|tos 4. Amh|tos
El examen se abre a tres grandes ámbitos: del pensamiento, de la palabra y de la obra, que
corresponden al mundo de las intenciones, de las relaciones y de la acción. Cada uno está
llamado a responsabilizarse de su conciencia desde lo propio suyo que es su “mera liber-
tad y querer” (pensamiento); de la manifestación de su conciencia (la palabra) cuya verdad
y dignidad y misterio es tal que reclama a Dios como aval (jurar); que está llamada a aprove-
char, no a frustrarse como palabra ociosa; y a expresarse públicamente no para infamar o mur-
murar, sino para desenmascarar lo que “inficiona las ánimas” o ayudar a recuperar; y de todo lo
que tiene repercusión en la realidad, la obra (en sentido amplio, no sólo personal sino social).
S| en e| esamen de| pensam|ento
San |gnac|o ahorda e| proh|ema de|
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Iosep Na. kamh|a, S.I.
0on e| esamen se trata de esper|mentar,
por med|o de |a fe, una crec|ente
sens|h|||dad hac|a esas formas un|cas,
espec|a|es , persona|es, que t|ene e|
Lsp|r|tu de 0r|sto de apros|marse
a nosotros , ||amarnos.

0. Aschenhrenner
5. £| etamea, ho, 5. £| etamea, ho, 5. £| etamea, ho, 5. £| etamea, ho,
En contra de lo que podría suponer una persona poco avisada, el examen es una de las prácti-
cas espirituales que, al menos en la espiritualidad ignaciana, ha sido actualmente más revalori-
zada y actualizada. Para una persona que trata de descubrir los signos de Dios en medio
de la vida y acción en el mundo, el ejercicio del examen, en conexión con una actitud habitual
de vigilancia, aparece como algo absolutamente necesario. Porque, al prestar atención a la
obra íntima del Espíritu en medio de las circunstancias interpelantes de un mundo en continuo
cambio, y dejándose llevar por Él, se progresa en la senda del encuentro con Dios en la vida,
encuentro que no es simplemente una actitud contemplativa, sino una sinergia con Él. Carlos R.
Cabarrús, S.J., confiesa: “no imagino posible un verdadero discernimiento, tanto personal
como comunitario, sin la práctica cotidiana del examen de conciencia”.

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8.A.0. 86 (Nadr|d, Lspaõa, 1963j.
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0o|. Iacarandas, Iapopan, Ia|. 0P. 45160
Ie|éfono: 3836 4334, estens|on 4304
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Aõo 1, n° 7, Narto de 2009.
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El examen de conciencia no se debe vincular, sin más, con la evaluación que debe realizarse en todas las insti-
tuciones educativas de los jesuitas (cfr. PEC IV, 10; PPI...). Este último concepto alude a la revisión de la totali-
dad del proceso (examina los resultados, busca las causas y reabre caminos); el examen de conciencia, por su
parte, está más relacionado con el término “vocación” y de entrada nos invita a analizar por qué trabajamos.
Para profundizar en el tema, quisiera aprovechar fragmentos de la lección magistral, La vocación docente,
que pronunció Diego Gracia en la apertura de cursos de formación para el profesorado de enseñanza secunda-
ria, dentro del marco de los cursos de verano 2006, de la Universidad Complutense de Madrid:
• Ortega dedicó a este tema páginas muy bellas. Distingue entre lo que uno es, lo que debe ser y lo que tiene
que ser. La vocación es esto último. Ortega lo identifica también con el término alemán bestimmung, que
significa destino. Pero no el destino externo e impuesto por la propia naturaleza, que a eso lo llama el alemán
schicksal, sino el destino íntimo, eso que tenemos que llegar a ser si es que de veras queremos ser sin-
ceros con nosotros mismos. El ejemplo paradigmático lo constituye Don Quijote. Alfonso Quijano tuvo un
ser y un deber ser. Era un hidalgo manchego, y, según cuentan las crónicas, una buena persona, éticamente
intachable. Sin embargo, al rondar los cincuenta años, siente la imperiosa necesidad de salir por el Campo de
Montiel a reformar el mundo. No es que quiera hacerlo, es que tiene que hacerlo. Por eso hizo locuras. Todo
el que sigue un ideal hace locuras [pensemos en San Ignacio]. Pero hacer locuras es cualquier cosa menos
estar loco. Para hacer locuras hay que estar muy cuerdo. Y Don Quijote se nos convierte así en el paradigma
del hombre con vocación, del ser humano que se cree con una misión que cumplir.
• No hay duda que para ser profesor se requiere de una alta dosis de vocación. La enseñanza ha sido
durante la mayor parte de nuestra historia adoctrinamiento (por supuesto que no se trataba de razonar ni de
discutir). La antítesis de ese modelo dogmático lo constituye el modelo liberal moderno, en el que la libertad
ha pasado a ser el valor máximo (que además actúa como protector de todos los demás). Estos dos modelos
funcionan como tesis y antítesis. Y a nadie se le oculta que es necesaria una síntesis. Y esa síntesis no pue-
de venir más que de un modelo que no busque el adoctrinamiento ni la mera información, sino la formación.
Ese modelo no puede ser más que socrático [e ignaciano]. Se trata de sacar del interior de cada uno lo mejor
que lleve dentro, eso que cada uno tiene que ser y que constituye lo mejor de nosotros mismos [observemos
la similitud que existe entre nuestra vocación docente y el examen de conciencia]. Esto no se puede hacer
imponiendo, ni tampoco simplemente informando de hechos. Esto no puede hacerse más que razonando,
dialogando, deliberando. Éstos son términos que habría que analizar despacio. Pero al menos cabe decir una
cosa, y es que este método exige que el profesor haga carne de su carne eso que quiere enseñar. No hay
otro modo de enseñar, enseñar de veras, que éste. Lo demás, decía Zubiri, es pura erudición.
• Ésta sí es una gran misión, un destino que merece la pena. Esto sí es una vocación que tira de nosotros. Esto
ilusiona, enamora, suscita en nosotros lo que se ha llamado el “eros pedagógico”. El “eros pedagógico” es la
otra cara de la vocación. Sólo quien hace las cosas con verdadera y profunda vocación tendrá profundo amor
a eso que hace. Sólo él irá al trabajo henchido de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor.
La docencia no puede hacerse sin amor, sin dar amor y sin recibir amor. Cuando yo era joven, allá por
los años sesenta, y más en concreto, en las riberas del mayo del 68, circulaba por Europa una obrita de uno
de los mentores del movimiento libertario de Berkeley. Se llamaba Herbert Marcuse, y su libro, Eros y civiliza-
ción. Una de sus tesis es que había que conseguir lo que él llamaba el «trabajo erotizado». Hay que amar el
trabajo. Hay que erotizarlo. Cada clase tiene que ser una obra de arte, más aún, una obra de amor, de seduc-
ción.
No hay más espacio; sin embargo, esperamos que haya quedado claro que el examen de conciencia es un
medio ignaciano que hace posible unificar la vida y estar atentos a lo que nos sucede. Es un instrumento in-
sustituible para asumir el sentido que le da cada uno a su vida y a la intensidad o profundidad con que
vive. Termino citando al P. Herbert Alphonso, S.J.: “La práctica del examen particular abarca toda la vida espiri-
tual. ¿Sería una exageración decir que el examen particular es de verdad el pulso de la vida espiritual? Porque
no se puede decir que uno está espiritualmente vivo si no vive el significado que Dios le ha conferido en la vida;
pues en tal caso, puede decirse que está muerto”. ¡Ánimo, hay que practicarlo!
www.ahandono.com/Naestros/Vocac|on00.htm
www.ahandono.com/Naestros/Vocac|on06.htm
www.fe,.|da.com/asamh|eas/art|cu|os/sdec.htm|
www.rcumar|acr|st|na.com/f|cheros/|V°200|L00°200kA0|A.pdf
www..osf|de|.com/|ecturas/8010.asp
l|aks
Se trata de sacar
de| |nter|or de cada uno
|o mejor que ||e.e dentro.

\ esto .a|e para
e| esamen de conc|enc|a ,
para |a .ocac|on docente.

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