MORT ROSENBLUM Cállate y escribe Por Fernando García Mongay

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Copyright © del texto: Fernando García Mongay Edición del texto: Francisco Javier Martín del Barrio Fotografías: Fernando García Mongay Copyright © de esta edición: eCícero® ISBN (epub): 978-84-940271-5-4 Colección: #REPORTER eCícero® — España www.ecicero.es - info@ecicero.es

 

Entrevista realizada en París el día 3 de agosto de 2012

 

Al cruzar el puente de la Concorde el cielo comienza a gotear y un hombre se apresura a venderme paraguas antes de que amaine. He seguido las detalladas indicaciones que me envió Mort Rosenblum por correo electrónico. Se trata de encontrar el Port des Champs Elysees para entrevistarnos en el “Almería”, su barco-vivienda en París, a siete u ocho minutos andando desde los Campos Elíseos. Sorprende el incesante tráfico de Bateaux Mouches que recorren el Sena con los altavoces a tope explicando, en una docena de idiomas, lo que se intuye de las orillas. El veterano reportero aguarda en la cubierta, vestido de sport, sin pinta de lobo de mar ni de periodista de trinchera. Dos bolígrafos que le asoman discretamente en la camisa pueden dar una idea de su profesión, pero sus pulseritas de cuero, desconciertan. No pierde el tiempo: pregunta por la situación en España y si he leído el informe que acaba de publicar The New York Times. Advierto, mientras hablamos, que desde el barco se ve la Torre Eiffel. Al camarote se baja por una angosta escalerilla. De la mesa que sirve de comedor y oficina, Rosenblum despeja todas sus cosas para que pueda dejar las mías. Antes de sentarnos, comprueba que tiene a mano su pipa, su encendedor Zippo y un bolsón
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de plástico con medio kilo de tabaco. Carga y enciende la pipa por primera vez. Una claraboya ilumina cenitalmente al entrevistador, que piensa que habrá buena luz para las fotos. —¿Qué debo hacer para conseguir una buena entrevista? —Callarse. Un cartel de Pancho Villa está colgado encima del sofá. Aprovechadas el resto de las paredes para armarios y librerías, solo queda el suelo para la imagen de un velero luchando en el mar embravecido. —Se debe dejar hablar. La tendencia habitual es querer impresionar al entrevistado para que vea que el entrevistador conoce el tema. Si haces preguntas estúpidas y el entrevistado ve que no sabes de qué hablas, se callará o comenzará a mirar su reloj. Hay que establecer bien, pero rápido, tus credenciales y tu pericia. Después, comenzar con preguntas inteligentes. En general, si es una entrevista seria hay que hacer buenas preguntas y escuchar las respuestas sin interrumpir y sin agregar comentarios. Desde que dejó la agencia Asociated Press en 2004, Rosenblum ha dedicado buena parte de su tiempo a formar a jóvenes reporteros. Little Bunch of Madmen. Elements of Global Reporting, “un
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pequeño libro que me ha costado cuarenta años escribir”. Publicado en 2010, es un auténtico manual para quienes quieren ejercer el reporterismo en cualquier lugar del planeta. En el libro aconseja hablar menos y escuchar más. “Tienes que aprender a escuchar” le dijo Steven Erlanger, un periodista del New York Times. “El silencio contiene una gran cantidad de información. Algunas de las mejores citas provienen del silencio”, añadió Erlanger. Ed Cody, del Washington Post, recomienda: “Cierra la boca y escucha”. —¿Quiénes fueron sus maestros? —Tuve la suerte de encontrarme con dos cuando estudiaba. Una era Miss (Harriette) Martin, que me dio clase en el último año del colegio (High School, grado 12). Fui el editor del periódico quincenal de la escuela. Ella nos explicó las reglas del periodismo, la ética… Nos enseñó el camino para ser periodistas con conciencia. Después fui a la Universidad de Arizona, donde había un excelente profesor, Sherman Miller, que había sido editor del New York Times. Entró el primer día de clase con su cigarrillo y su corbata. Como me conocía, porque mi hermana había estudiado con él antes y yo tenía una pequeña beca, me dio un excelente tema. Hice un buen trabajo y saqué buena nota. Pensé que eso iba a ser fácil; pero no fue así en mi se   6  

gundo trabajo. Miller lo criticó mucho y todo el mundo en clase se reía. Aprendí que uno no es mejor que su último reportaje. —¿Es importante la formación del periodista? —Para mí es muy importante. Ahora mismo, en Estados Unidos, se confunde periodismo y comunicación (publicidad y relaciones públicas). No es lo mismo. La comunicación se ocupa de vender un mensaje; el periodismo, de reportarlo. Un buen periodista no vende ningún mensaje, sino que dice lo que escucha o lo que le han contado. No tiene otro objetivo que informar. Los que se dedican a las relaciones públicas eligen las palabras para transmitir el mensaje de forma adecuada y venderlo mejor. Las escuelas de periodismo deben ser de periodismo y no de comunicación. Si se imparten los dos estudios en la misma escuela, hay que separarlos y marcar las fronteras. —¿El periodismo es más oficio que estudios universitarios? —El debate de si es un oficio de artesanos o si requiere una preparación da igual, no importa. Lo que sí es importante es que debe haber una ética. Es un trabajo de estar ahí, donde se produce la noticia. Como les sucede a los médicos que tienen que estar al lado del enfermo. Pero una vez que está al lado, el médico debe saber usar el bisturí,
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porque si no sabe y no puede ayudar al paciente, qué más da dónde se encuentre. Primero hay que llegar al lado del paciente y luego saber qué hacer para curarlo. —¿Se necesitan cuatro años para ser reportero? —Se puede estudiar periodismo en uno o dos años si se tienen buenos profesores. La tecnología no es el futuro del periodismo sino el presente. Pero lo que debe importar es el mensaje y eso no ha cambiado desde que se grababa en piedra. Lo que se debe saber es lo que pasó, entender el contexto y hacer de puente cultural a la hora de contarlo. Antes un corresponsal del New York Times viajaba a España o a Siria y tenía que traducir su historia a términos que pudiera comprender cualquier lector. No es una tarea fácil porque un lector de Arizona, si hablas de España, piensa en tacos y chile. Y si hablas de Argentina y Colombia piensan que son lugares donde la gente se pasa el día sentada al lado de un cactus (risas). Antes era muy importante el “ir”. Ahora hay que informar con visión panorámica de 360 grados. No importa a dónde vas sino para qué lectores escribes. Con solo seis años Rosenblum comenzó a escribir en el periódico escolar. A los 17 dejó la Universidad de Arizona para trabajar en un periódico de México y luego en otro de Caracas. Regresó a la
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universidad para terminar sus estudios y trabajar en el Arizona Daily Star. —Empezó muy joven en los periódicos... —Un norteamericano que tenía una tienda de pianos en Caracas y un diario en inglés, Daily Journal, escribió a muchas escuelas de periodismo solicitando estudiantes que hablaran un poco de español y dispuestos a trabajar sin cobrar. Miller me dio la carta del venezolano y le escribí. Estuve poco tiempo. Regresé a Estados Unidos para terminar en la universidad y comencé a trabajar en un diario. Entré en Associated Press en el año 1965. Me ofrecieron un puesto en Phoenix, la capital de Arizona, pero luego me dijeron que ya estaba cubierto y que había uno en New Jersey. Le pedí consejo a Miller y me dijo que lo aceptara porque estaba cerca de Nueva York y en los fines de semana podría tener contacto con los jefes. Lo acepté. Trabajé bastante duro porque era muy importante para mí. En 1967 me trasladaron al servicio de extranjero en Nueva York. En aquel momento para trabajar en AP había que tener una experiencia previa de cinco años en un diario miembro de AP, porque la agencia es una cooperativa cuyos socios son medios de comunicación norteamericanos. Primero se trabajaba en una oficina en Estados Unidos y luego ya se podía acceder al servicio de
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extranjero. En mi tiempo hubo bastante movimiento y tuve suerte porque en tan solo seis meses, en agosto de 1967, cuando tenía 24 años, ya me mandaron a Congo al estallar un motín contra Mobutu. —¿En esos años los medios contaban con más corresponsales? —Al menos de Estados Unidos, sí. Había pocos españoles y algunos franceses. Las televisiones llevaban equipos de tres personas: el de sonido, el cámara y un redactor. Para enviar, metían la película en una bolsa y la mandaban por avión a través de alguien que hacía de paloma. Ahora sería impensable llegar a un aeropuerto, ver a los pasajeros que están a punto de embarcar y pedirle a alguien que lleve un paquete a París, Londres o Nueva York, y, además, que, cuando llegue, llame a un número de teléfono y que espere a un mensajero que recogerá la cinta. Entonces era el único método de enviar la película. —¿Había mucha competencia? —Llegar antes era muy importante. Si acudían 20 o 30 periodistas a la vez a enviar telegramas o télex de cientos de palabras, no podías ser el décimo porque pertenecías a AP, una agencia, y tu obligación era ser el primero. Si no era así, estabas jodido. Para lograrlo había que hacer amigos, comprarlos si era necesario. También había una
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cierta solidaridad entre los corresponsales. En la primera guerra de Irak, el jefe de AP estaba convencido de que los americanos iban a ganar en dos días y que no hacía falta contratar un servicio de conexión por satélite para mandar la información porque el conflicto terminaría rápido. Teníamos solo una máquina para las fotos y ninguna para enviar noticias. Reuters estrenaba un aparato no muy pesado, del tamaño de una caja de zapatos, que permitía enviar los textos, pero no se podía confirmar que habían llegado a la redacción. Era igual que escribir un mensaje, ponerlo en una botella y lanzarla al agua esperando que llegara a alguna parte. Fui uno de los primeros en llegar a Kuwait con un amigo de Reuters con el que acordamos que podría enviar las noticias a través de su satélite después de que ellos mandaran las fotos. Luego, siempre tenían que pasar más cosas y lo mío se quedaba para el final. Envié la primera noticia de AP de la llegada de los aliados a Kuwait desde la máquina de Reuters. —¿Qué importancia tenían las agencias entonces? —En una reunión de la Organización de Estados Africanos en Niamey, una ciudad donde solo había una oficina de télex, trascendió una historia bastante importante. El corresponsal de la AFP (Agence
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France-Presse) tenía un télex privado y no dejaba que nadie lo utilizara. Residía allí y no le habría costado nada echar una mano a los demás. Así que todos los demás empleábamos el télex público. Alguien decidió cambiarle la conexión y la enchufó a otra compañía. Él creía que estaba enviando a su redacción, pero no era así. Cuando se trata de una agencia estatal se corre el peligro de que los corresponsales realicen otras tareas que no tienen que ver con contar la historia como es. Por eso es tan importante que existan agencias como AP o Reuters. Aunque ahora tienen más intereses comerciales, habría que proteger a estas agencias de sí mismas. AP no es una “puntocom” es una “puntoorg”, una organización sin ánimo de lucro. Siempre que hablo en público bromeo diciendo que AP es uno de los últimos ejemplos de comunismo en el mundo junto a Corea del Norte (risas). —Sin Internet, enviar los textos debía de ser muy complicado. —Y caro. En Fernando Poo sólo había un telégrafo y cobraban a dólar la palabra. No lo sabía y mandé una noticia de mil palabras. En Nueva York no estaban muy contentos de que me gastara mil dólares para enviar un texto. Si uno no mandaba nada durante dos semanas era porque no tenía nada que decir. Ahora con esta idea de “el contenido” lo
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que quieren son palabras. Te pagan por las palabras a peso. Un kilo de palabras vale tanto. No les importa mucho lo que dicen las palabras. Rosenblum reanima la pipa, que ha ido decayendo con la conversación. El reportero ha cumplido los 69 y, junto con su esposa Jeannette, reparte el año entre Tucson (Arizona), donde imparte clases durante tres meses, el barco en el Sena parisiense y la Provenza. Allí tiene una casa con 200 olivos. “Apenas producen 300 kilos de olivas porque algunos árboles son muy viejos. Los 50 litros de aceite que nos dan los repartimos entre familia y amigos”. —Al final se ha quedado a vivir en París. —Me gusta París. Francia tiene sus extremos. Cuando uno es un hijo de puta, en Francia es el campeón del mundo. En el otro extremo, cuando uno es muy bueno, nadie es tan buena gente como un francés. Llegó a Francia en 1977 con la agencia AP y dos años después, y hasta 1981 fue el editor de International Herald Tribune. —¿Cómo surgió? —Venía de Argentina de la época de Isabelita, en el periodo de la Guerra. En 1979 querían cambiar al director del International Herald Tribune y me eligieron. En aquel momento tenían secciones
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especiales de publicidad. Por ejemplo, una persona viajaba a Marruecos para vender publicidad para la sección especial y entre otros visitaba a la compañía nacional de fosfatos y les decían que si querían un reportaje tenían que comprar publicidad. Intenté cambiar esta situación, lo conseguí, pero me costó el puesto. Así que solo estuve dos años. Regresé a AP en 1981 como special correspondent. Tenía la oficina en París, pero viajaba a otros sitios. Me dijeron que podía ir a París o a Madrid. Elegí la capital francesa porque Francia tenía mucha influencia en África y, como había un vuelo directo a Madrid, podía cubrir los dos sitios. Trabajé en AP hasta 2004. En 2008 comenzó a publicar la revista trimestral Dispatches con el fotógrafo Gary Knight, fundador de la agencia VII, y Simba Gill, un importante ejecutivo de la industria farmacéutica. “Pensábamos que la gente pagaría por contenidos de calidad, pero no fue así”. —¿Conoce XXI (www.revue21.fr), la revista trimestral francesa de grandes reportajes que no lleva publicidad? —Sí, es un buen proyecto que ha salido bien porque tiene mucha calidad y también mucha ‘guita’ detrás. Algunas editoriales han puesto mucho dinero y cuentan con una buena distribución. No   14  

sotros no teníamos nada de eso. Se difundía de boca en boca. Era trimestral y sacamos cinco números. —También escribe un blog en el International Herald Tribune. —Intento poner en contexto al lector sobre lo que está ocurriendo en el mundo. La experiencia puede resultar muy útil e interesante. Por ejemplo, cuando hablan de Vietnam, yo estuve allí. Se trata de aprovechar los beneficios de la experiencia. Aunque ya se sabe que si uno tiene una virtud cuando llega a viejo se convierte en una mala virtud. Lo explico en MadMen. Hay que poner las historias en su contexto porque pensamos que gente con otra mentalidad y con otra filosofía evaluará las cosas como nosotros. Y no es así. —Y en 2010 cayó en las redes de Facebook. —Es un problema para mí porque odio Facebook, pero es como el teléfono: hay que utilizarlo. A los jóvenes les gusta. Es su vida. Contar cosas como que he comido una tortilla de patatas hoy produce 15 comentarios. Uno dice: “¿Sabes que tortilla no quiere decir lo mismo en México que en España?”. Otro responde: “Hoy he comido tortilla de patatas porque me gusta mucho”. Y así horas y horas. Sin embargo, puedo trabajar una semana sobre un tema importante y, con suerte, logro vein15  

te comentarios. Alguna gente en Internet se comporta como los pajaritos que esperan a que alguien les meta un gusano en la boca y lo olvidan después; algo espantoso, porque es muy buena herramienta. Ahora mismo el medio de comunicación es Facebook. Esta mañana, por ejemplo, en dos minutos puse un enlace y ya está. Es muy flexible, llega a mucha gente y gratis. Los reporteros deben emplear los nuevos medios y aprovechar la facilidad que hay ahora mismo para viajar. Se trata de aplicar las nuevas herramientas sobre los viejos valores. Además de Madmen ha escrito 12 libros sobre temas tan dispares como Centroamérica, Estados Unidos, las revoluciones de Europa del Este o las aceitunas (La aceituna. Vida y tradiciones de un noble fruto, publicado por Tusquets Editores en 1997). —Sí, compré un olivar, pero en ese momento era Camboya: jungla y piedras. Lo restauramos y salieron 200 olivos que estaban cubiertos por la jungla. Me enamoré de los olivos. Decidí escribir un libro sobre ‘olives’. Viajé a Baena (Córdoba) y a otros sitios donde se producía aceite. Me dieron el premio James Beard por el libro y me pidieron que escribiera otro sobre el chocolate. Hice otro sobre la comida en Francia y también escribí va   16  

rios reportajes para algunas revistas sobre estos temas. —¿Qué escribe ahora? -Trabajo en un libro para salvar el mundo porque es una tarea más urgente que la comida. Escribo sobre cómo se está agotando la pesca en el planeta. Los océanos están vaciándose. Los españoles tienen buena parte de culpa junto con los holandeses. Hay que tener fascinación por la comida, pero se debe pensar en otras cosas. Mucha gente no tiene nada para sobrevivir mientras otros pagan a cocineros como Ferrán Adriá mil dólares por probar una espuma. —¿Continúa ejerciendo de reportero en sus libros? —Lo que yo hago es contar una historia con personajes principales. Mi dedicación es ser reportero. Todos los periodistas por los que tengo respeto son reporteros. En español, la palabra periodista viene de periódico, pero en inglés journalist también es quien escribe un diario íntimo. Ahora todo el mundo puede ser periodista, pero el problema lo tiene el lector, que no sabe en quién confiar. No es la mejor forma de ejercer el periodismo la de escribir para ver publicado tu nombre. Ha escrito de más de 200 países —“algunos ya no existen”— y de los temas más variopintos,
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“desde la guerra a bailar el tango en el Sena”. Ha cubierto la secesión de Biafra en Nigeria, la de Vietnam, el nacimiento de Bangladesh, el caos de Centroamérica, las guerras israelís, la caída del Telón de Acero, los nacimientos de Bosnia y Kosovo o las dos guerras del Golfo.... Reporting Unlimited es su último proyecto. Un intento, según explica en su página web (www.mortrosenblum.net), de inspirar a la próxima generación de periodistas para trabajar en otros países e informar bien. Por el momento, el punto de encuentro es en Facebook, aunque también realiza talleres e imparte conferencias para formar a jóvenes reporteros que quieren viajar para buscar historias y, sobre todo, para que regresen “sanos y salvos”. Tres meses al año la familia se desplaza a Arizona, donde Rosenblum forma futuros periodistas. —Como soy reportero, no quiero pasar todo el año dando clase. Los chicos trabajan muy fuerte. La clase se llama International Reporting. Les enseño cómo ver la historia más grande, cómo concentrar, pero sobre todo les abro los ojos. Es raro que un joven norteamericano sepa que el mundo es redondo. Mucha gente que piensa que es plano. Conviene recordarles que Estados Unidos sólo tie   18  

ne el 4% de la población del mundo, no es el país más rico y no es el número uno en muchas cosas. —¿Encontrarán trabajo sus alumnos? —En Estados Unidos es difícil. Alguno entra en pequeños periódicos. Todas las compañías han aprendido que pueden tener a periodistas recién licenciados durante dos años prácticamente gratis como reporteros en prácticas. —¿Gratis? —Así están las cosas. Una revista importante está muy interesada en que escriba un reportaje. Me han pedido una estimación y se van a morir cuando lean el mensaje que les acabo de mandar. Estoy dispuesto a viajar en turista, a quedarme en casa de alguien en una isla del Pacífico, pero no puedo pagar los gastos yo mismo. La gente que está lista para trabajar ahora tienen otras razones como, por ejemplo, un enorme ego o es muy joven y quieren establecerse o es muy vieja como yo y no quiere perder el contacto con la profesión. También, que es lo peor, puede tener una idea muy clara de la historia y quiere vender su versión. Nadie trabaja para nada. Por eso hay que saber el motivo y conocer el peligro que entraña alguien que piensa de una forma y quiere convencer a otros. —¿Cómo se consigue que te encarguen un reportaje?
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—Si puedes decir a los editores lo que vas a encontrar, ya no es noticia. Un reportaje empieza cuando uno que tiene nariz detecta que algo está pasando y que es muy importante. A partir de ahí, el reportero viajará para buscar las noticias. Esa es mi profesión. Sé que encontraré algo, aunque cuando salgo no tengo todavía la historia. Cuando comienzas a trabajar lo primero que haces es buscar en Internet. Pero si encuentras la historia en Internet no es nueva, ya ha salido y, por tanto, no es noticia. ¿Se puede encontrar el Watergate en Internet? ¿Te imaginas que Woodward le dijera a Bernstein que el Watergate se termina en media hora si emplean Internet? Hay que tener la plata y el tiempo para contar la historia. Con corresponsales de AP o Reuters en Bagdad haciendo contactos y trabajando en el sitio, hubiéramos sabido antes que no había armas de destrucción masiva y tal vez el final no habría sido una guerra. Con las noticias sucede lo mismo que con un volcán. Los terremotos se pueden predecir aunque es difícil, pero siempre se sabe antes que un volcán va a iniciar la actividad. El momento para estar ahí, para investigar, para escuchar es cuando la lava está hirviendo. Si uno espera a que salga es demasiado tarde porque entonces lo único que se puede hacer es informar sobre los daños. Una joven periodista me de   20  

cía que por qué pagar al New York Times para leer que Gadafi había muerto si es una noticia que aparecía gratis en cualquier sitio de Internet. Hay que profundizar más. En su mentalidad la noticia es el titular. Si quieres que el indicador de la gasolina de tu coche muestre que está lleno, échale agua y llena el tanque. Estará lleno, pero no irás a ningún sitio. —¿Qué consejo le da a un joven periodista que quiere ser reportero de internacional? —Que elija un lugar que le interese. Desde España, pensaría en Rabat o Casablanca, Estambul, Estados Unidos, Nigeria… Hay que pensar en un sitio que no esté demasiado cubierto. Irak o Afganistán cuestan mucho dinero y hay mucha gente. En El Cairo cuando comenzó la primavera algunos periodistas habían establecido sus contactos, hablaban árabe, tenían sus fixers, sus amigos… Richard Engel de la NBC, es un buen ejemplo. Habla árabe y cuando empezó lo de Irak hizo reportajes bastante buenos para la NBC. En Egipto fue la estrella. Tenía coraje y sabiduría. Además trabaja para un medio con mucho presupuesto. —¿Viajar sin contrato o con un acuerdo? —Antes de salir, un periodista español debe ir a ver al jefe de extranjero del medio... Tener un contacto personal con ellos, que guarden tu tarjeta
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electrónica y cuando pase algo en la zona donde vas, recordarán tu visita y es posible que te llamen. Conviene, en esas entrevistas, llevar siempre algunas referencias de periodistas que te conocen y mostrar algunos artículos para que vean tu trabajo. Lo importante no es esperar a que te manden sino ir. —¿Vivimos en la era del periodismo low cost? —Trabajas bastante barato y no te quejas. Global Post paga 250 dólares por un reportaje de 700 palabras, que no está mal si uno puede sentarse y hacerlo rápido en dos horas. Pero no está bien pagado si hay que hacer trabajo de reportero y dedicarle varios días. No se puede sobrevivir con eso. Hay que hacer varias cosas si quieres ganarte la vida. Ahora no basta con tener un empleo. —¿Alguna recomendación para aprender el oficio? -Hay que observar a los que lo hacen bien, seguir su modelo. Siempre digo a mis estudiantes: elige dos o tres reporteros que cuando leas su trabajo te diga algo. Mira cómo lo hacen, cómo estructuran sus notas, cómo formulan las preguntas, los detalles… Alguien que lo hace bien puede pintar con sus dedos en el teclado. —¿A qué colegas recuerda?
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—A Peter Arnett, que sufrió mucho por la mecánica de la televisión. Decían que era el único corresponsal en Bagdad. Parecía que los demás éramos invisibles. Era una persona con mucho coraje, muy buen periodista. Un día estaba en la redacción a las cuatro de la mañana cuando llegó la noticia de que un militar norteamericano muy importante había muerto. Sabía que Peter lo conocía bien y le llamé por teléfono para pedirle un testimonio. Me dictó un texto de 1.200 palabras que era auténtica poesía. Sin preparar nada, me dio información bien estructurada en muy poco tiempo. No era algo como describir una escena, sino que contaba cosas de interés de una persona. También a Horst Faas, el célebre fotógrafo de AP que murió hace unos meses, y a Hugh A. Mulligan, un reportero de AP que era un maestro por el que yo tenía mucho respeto. Había camaradería y mucha competencia. En situaciones peligrosas o muy difíciles, unos ayudaban a los otros, pero si alguno tenía una exclusiva se la guardaba para él. —¿Quiénes son tus maestros ahora? -Uno es Jon Lee Anderson. Otro era Anthony Shadid, del New York Times. También Edward Cody, del Washington Post. Depende del tema, pero en general Cody y Jon Lee, no importa la his23  

toria, no importa si saben de la materia o no, son periodistas que me hablan cuando los leo. —Periodismo de cocción lenta. —Jon Lee puede trabajar rápido por su experiencia, pero tiene la suerte, merecida en su caso, de trabajar para el New Yorker. Cuando hizo su crónica sobre Haití sufrió la presión de los editores para que la entregara cuanto antes. Él les dijo que no estaba listo porque no había encontrado el personaje importante, hasta que apareció una señora que fue la clave de la redacción de esa pieza. Eso es un lujo, una excepción, pero la forma de trabajar no cambia. —¿Escasean los referentes en el periodismo actual? -Cuando me preguntan qué país produce los mejores periodistas en relación a su tamaño, respondo que España porque hay muchos buenos en El País y en El Mundo. En Francia hay buenos periodistas, pero se abusa mucho del yo: “Yo pienso esto”. Los norteamericanos tienen la tradición de que la noticia es lo primero y de sacar al periodista de la escena. El New York Times es un periódico muy serio y tiene muy buenos periodistas. En Los Angeles Times quedan algunos buenos periodistas de los viejos tiempos.
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—¿Qué me dice de la tendencia a jubilar a periodistas veteranos y contratar gente joven barata? —Los veteranos son caros y dicen lo que piensan. Cuando estaba en AP en París, me llamó mi editor de Nueva York y me dijo: “Queremos una historia diciendo que todos los líderes europeos odian a Chirac”. Les mandé mi texto donde se decía que a los líderes europeos no les gustaba Chirac, pero que a quien odiaban era a Bush. “Eso no es lo que te pedimos”, me dijeron. “Sí, pero es lo que yo encontré y si quieres otra cosa, vienes y lo escribes tú”, respondí. Ahora son los editores quienes mandan y los reporteros de la vieja escuela los rechazan. Lo más importante que poseo es mi reputación. Para seguir ejerciendo este oficio es fundamental que al final del día puedas mirarte al espejo. He cometido muchos errores, pero nunca a propósito. No he mentido. Todo mi desafío profesional es reflejar lo mejor que puedo lo que veo, no solo lo que escucho. Esto es común a todos los buenos periodistas y a alguno malo, porque no digo que yo sea bueno. La pipa necesita ser reanimada. Parece tan inseparable como los dos bolígrafos que asoman en el bolsillo de su camisa, el ordenador Apple y una libreta colocados en un rincón. —¿Alguna manía para escribir?
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—No puedo hacerlo sin pipa. Es un gran problema porque no hay lugares donde dejen escribir fumando. Queda mi barco, pero mi señora me riñe. En la cubierta, al aire libre, no se puede leer en la pantalla por el sol. Cuando comencé todos los periodistas fumaban y bebían whisky. Hubo un momento bastante divertido para el oficio de periodista porque éramos gente real. Ahora no es así. Ya no es mi mundo, pero puedo aceptar fácilmente que las cosas cambian. Lo que no puede cambiar y debe continuar generación tras generación, son los principios básicos: no se miente, no se adivinan las cosas porque se deben averiguar, tratar a las fuentes como se merecen… No es muy complicado: hay que ser honesto. —¿Grabadora o no? —Ahora grabo si puedo. La grabadora es una muleta muy útil cuando el entrevistado habla rápido, resulta complicado de entender o dice tonterías. Tiene el inconveniente de que estás muy pendiente de si se acaba la batería o si se termina la cinta. Otro problema es que luego hay que escuchar la grabación. —¿Trabaja rápido? —Hubo un momento en que sí; en AP había 10.000 medios que estaban esperando. Ahora voy más lento, pero puedo trabajar rápido.
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—¿Entrevista por correo electrónico? —Entiendo una entrevista como una conversación. No me gustan las entrevistas por mail porque el entrevistado es el caballo y no el jinete; pero también hay entrevistas en persona que son terribles. Una chica vino a entrevistarme y me pidió que le resumiera las cosas importantes de Madmen. No había leído el libro en el que yo había invertido casi dos años en escribirlo y toda una vida para poder hacerlo. Lo podía comprar por sólo ocho dólares. Tengo sesenta y pico años, muy poco tiempo y muchas cosas que hacer. No puedo sentarme aquí a perder el tiempo escuchando preguntas inútiles. No se puede decir eso, aunque se pueda pensar. —¿Cómo ve el futuro del reportero? —Más vivo de lo que piensa mucha gente, pero más muerto de lo que yo querría creer. Me esfuerzo en ser optimista. Mi optimismo se basa en algo sólido: veo a muchos jóvenes con mucho talento y entusiasmo. Hoy es mucho más difícil sobrevivir en el periodismo porque no hay los empleos que había antes. Pero es más fácil comenzar si uno está listo para pasar un poco de hambre y algunos años difíciles. Jon Lee Anderson no comenzó como staff del New Yorker. Si uno quiere ser Anderson es mucho más fácil hacerlo hoy que cuando él em27  

pezó. Pero hay un problema: hay que comenzar por ser Jon Lee y no hay muchos. Si tienes el talento, la curiosidad, el olfato profesional que te diga lo que es bueno y lo que es malo, lo que debes hacer y lo que no debes hacer, si uno tiene todo eso bien anclado e, incluso, un poco de dinero, no puede fallar. Pero si no lo tiene, no llegará. En la puerta de salida, un gran cartel, que no había visto al llegar, advierte: “Shut up and Write”. Cállate y escribe.

 

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SOBRE FERNANDO GARCÍA MONGAY

Colaborador de El País y del Diario del AltoAragón, entre otros medios. Escribe el blog Sin Tinta en El País.com e imparte cursos sobre la edición de libros electrónicos. Es el creador de la editorial ecicero.es de ebooks de periodismo. Ganó el Premio del Club Internacional de Prensa en 2004 y el Premio Vodafone de Periodismo online en 2012. Ha dirigido las trece ediciones del Congreso de Periodismo Digital, que se celebra en Huesca, España, desde el año 2000.

 

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SOBRE LA EDITORIAL eCícero es una editorial de ebooks de periodismo de largo formato. El cícero es una unidad de medida tipográfica por la que se rige tradicionalmente todo el material de imprenta en España y en otros países de Europa. Se divide en 12 puntos, equivalente a 4,5126 milímetros en el sistema Didot. Equivale aproximadamente a la pica anglosajona. El logotipo de eCícero está compuesto con el tipo de letra Didot. www.ecicero.es

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