La terrible inundación de París en 1532

Según los sorbonistas, la inundación más tremenda que sufrió París en su larga historia fue la de 1910: el famoso zuavo del puente del Alma sirve de referencia para medir hasta donde crecieron las aguas del Sena.

La realidad es otra: en 1532, París, que contaba entonces 294 000 almas1 (palabra que excluye a las mujeres y a los niños no bautizados), fue engullida a mares por una repentina y catastrófica inundación de ácido úrico que dejó la ciudad sin habitantes: murieron en ese maremoto 260 418 personas.
Solo quedaron en vida ocho testigos oculares: François Rabelais, su traductor al español Carlos Vidales, los grabadores Gustave Doré, Albert Robida, Louis Morin, Marcel Jeanjean, el dibujante Albert Dubout y un acuarelista anónimo. Es a partir de estas escasas fuentes primarias, que Yves Moñino pudo reconstituir la tragedia y sacarla del olvido.
Estimación de Jean Jacquart, Histoire de l’Île-de-France et de Paris, Toulouse, 1971.
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El zuavo del puente del Alma

Debemos al testigo más famoso, François Rabelais, el relato exacto que explica la causa de la catástrofe. Ofrecemos a continuación la excelente traducción al castellano que hizo otro testigo, el conquistador chibcha Carlos Vidales, que viajaba por París en aquel entonces.

En la época del Renacimiento, una cruz en la Place de Grève (hoy Place de l’Hôtel de Ville), bien visible en el centro del grabado, servía de referencia para medir el nivel de las aguas del Sena.

De cómo Gargantúa pagó la bienvenida de los parisienses y de cómo robó las grandes campanas de la Iglesia de Nuestra Señora
« Algunos días después de haber repuesto sus fuerzas, [Gargantúa] visitó la ciudad, siendo admirado por toda la gente en gran manera, porque el pueblo de París es tan bobo, papanatas e inútil por naturaleza, que un titiritero, un vendedor de reliquias, una mula con campanitas, un organillero plantado en mitad de una encrucijada, son capaces de reunir más gente que un buen predicador de los Evangelios. Tanto lo importunaban y lo seguían, que se vio obligado a descansar sentándose sobre las torres de Nuestra Señora, desde donde dijo claramente, ante la muchedumbre reunida a su alrededor: –Creo que estos bribones quieren que les pague la bienvenida y mi derecho de entrada. Tienen razón. Voy a darles vino, pero será solo para mi risa y diversión. Entonces, sonriendo, se desabrochó la bragueta y, con su méntula al aire, se meó sobre los curiosos con tanta fuerza que ahogó a doscientos sesenta mil cuatrocientos dieciocho, sin contar las mujeres ni los niños. »
Traducción de Carlos Vidales, quien agrega: « Por alguna razón que se me escapa, el buen Rabelais no quiso contar cuántos sorbonistas murieron en esa inundación. » Nota de Yves Moñino: me encanta la méntula, el texto en francés dice la mentule. Rabelais menciona en su obra unos cincuenta términos diferentes para el órgano masculino y más de ochenta para el feminino.

La entrada en París de Gargantúa, fielmente reproducida por Gustave Doré

Debemos al gran Albert Dubout, en mi opinión el más rabelaisiano de los ilustradores presentados aquí, esta cósmica visión de las andanzas de Gargantúa por la capital francesa. Observen la cantidad de papanatas en las calles, unos hasta agarrados en la suela del zapato del gigante).
(Fuente: sitio oficial consagrado a Dubout: www.dubout.fr)
Desgraciadamente, Dubout no está todavía en el dominio público, por lo que es imposible reproducir sus dibujos sin pagar derechos de autor exorbitantes, y los pocos que circulan tienen mala resolución. Pero es indispensable tener en su biblioteca el Gargantúa y el Pantagruel ilustrados por Dubout (1931 y varias ediciones posteriores). Para darles una idea del genio del artista a quienes no lo conocen, reproduzco aquí un dibujo de él que no tiene nada que ver con la inundación, pero que me encanta. Se llama Souvenirs, o sea “Recuerdos”. Tiene más gracia aún al recordar que Dubout, de niño, soñaba con ser torero.

La muchedumbre molestando a Gargantúa en la capital, razón por la cual el buen gigante decidió castigar a los parisienses.
(Reportaje de Gustave Doré)

Dirigiéndose a los papanatas parisisienses, quienes no sospechan lo que les va a ocurrir. (Reportaje de Gustave Doré)

Meando desde las torres de Nuestra Señora

Otros testimonios: donde vemos lo contradictorios que son los testigos oculares. Es más confiable la versión de Doré, corroborada por el texto de Rabelais

Marcel Jeanjean vió a Gargantúa meando de pie. Para este acuarelista anónimo, el gigante estaba a caballo sobre N.S.
Según Louis Morin, Gargantúa meó de lado y no entre las torres.

Reportaje de Robida

Es bien sabido que luego de robar las campanas de Nuestra Señora de París, Gargantúa las colgó al cuello de su yegua. Ante esta blasfema incalificable, el papa Clemente VII –apenas reinstalado al mando de Florencia por Carlos V después del largo asedio de la ciudad que acabó con la república florentina–, mandó a su fiel embajador sorbónico Janotus de Bragmardo (lo que en francés evoca tanto la bragueta como su contenido braquemart) para recuperar dichas campanas, cuyo sonido tenía la virtud de fertilizar las vides de los alrededores. El genial Gustave Doré, que acompañaba la delegación como periodista, inmortalizó la escena: Gargantúa no dejó disertar a Janotus, pero le devolvió dichas campanas.
Clemente VII saludando a su pueblo florentino (Fotografía de la época)

Investigaciones históricas y verídicas de Yves Moñino, París, 14 de febrero 2013

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