El Caso Patterson: asesinato, saqueo y tráfico de tesoros

Se la conoce con la etiqueta de la colección Patterson, pero lo que hay detrás es uno de los mayores escándalos en la historia del tráfico de piezas precolombinas. Hacemos un recuento del caso y por primera vez se dan a conocer los nombres de las dos personas que estuvieron detrás de la devolución del tocado moche, que un día formó parte de esa colección y que hoy es una pieza central del Museo de la Nación. El tocado estos días se exhibe en Canadá. Lo que se sabe hasta ahora es una sucesión de eventos. Entre 1986 y 1988 en el sitio de La Mina, en el valle de Jequetepeque, en Lambayeque, se produjo uno de los más grandes saqueos arqueológicos en la historia del país: la tumba de un rey moche que se cree fue superior en valor y calidad a la del Señor de Sipán. En 1992 el Banco de Crédito publica el libro “Oro del Perú”, editado por José Antonio de Lavalle, y ahí aparecen por primera vez los tres tocados de oro que ilustran esta nota a la izquierda. Después se les pierde el rastro. Es más, nadie, salvo los traficantes, jamás llegó a verlos en presencia. En enero de 1996, como un hecho aparentemente desconectado, aparece muerto el conocido experto en arte precolombino Raúl Apesteguía. Investigaciones posteriores lo identifican como uno de los mayores traficantes de arte peruano y se responsabiliza de su asesinato a una mafia internacional. Se supo entonces que él había sido el poAP

ESQUIVO. Hasta ahora siempre ha conseguido escapar a la justicia.

ña. El presunto dueño de esa colección de más de 1.100 piezas de varios países latinoamericanos, y tasada en unos 100 millones de dólares, era Leonard Patterson, de 65 años, de origen costarricense y con nacionalidad alemana. Su historial delictivo empieza en los años 70 y lo pasea por varios países de América y Europa, donde va acumulando acusaciones de robo, estafa y tráfico de bienes. Descrito como carismático entre sus amistades, este hombre de 1,90 m y barba compacta se movía con facilidad entre los elegantes salones de dos continentes, donde se sospecha que entraba en contacto con coleccionistas y traficantes.
DOS MUJERES CLAVES

acceso al catálogo y presenta una primera denuncia. Mientras tanto, en el 2006, otro traficante de bienes culturales convertido en apoyo de los gobiernos, el holandés Michel van Rijn, se entera de que Patterson estaba dispuesto a negociar la venta de uno de los tocados de oro. La historia que se hizo oficial en ese momento señala que fue una operación de las autoridades de Cultura del Perú e Interpol-Perú la que alcanzó el éxito. La realidad, aparentemente, fue otra.
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PUNTO LEGAL
JUAN PABLO DE LA PUENTE Abogado especializado en derecho del patrimonio cultural.

“Se necesitan más tratados bilaterales”
A lo largo de nuestra historia se han aprobado diversas normas destinadas a proteger el patrimonio arqueológico. Al mismo tiempo, ha habido períodos en los que la exportación y la excavación en huacas eran libres, inclusive se reconocía la propiedad privada sobre los objetos hallados. Así que no podemos decir que la exportación siempre estuvo prohibida, ni que todo lo que está afuera ha salido de manera ilegal. Aun así, toda esta legislación no basta en el extranjero porque un juez siempre va a aplicar la ley de su país. Por eso se aprobó la Convención de la Unesco en 1970. Este fue el primer tratado internacional de lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales. Una consecuencia fue que los museos y las casas de subastas empezaron a preocuparse de que las piezas que ellos adquirían, o vendían, hubieran entrado a sus países antes de 1970. Uno de los aspectos que incentivan el tráfico ilícito de bienes culturales es la misma prohibición de exportarlos. Habría que preguntarse si vale la pena permitir una exportación limitada y controlada de ciertas piezas. También habría que preguntarse si, dada la cantidad de material precolombino que existe en depósitos, sería bueno permitir la venta de algunos objetos. A escala internacional, la opción más viable es la de seguir suscribiendo la mayor cantidad posible de tratados bilaterales, que vayan más allá de la Convención de la Unesco.

Una clave: el correo electrónico

“...He localizado el pulpo en Londres… lo que necesito urgente, porque no confío en la InterpolPerú, es la confirmación de que esta es la pieza que fue robada en el Perú. Si tengo esto también podría conseguir el resto de las pie-

zas robadas de Patterson en una operación con Scotland Yard y Europol, pero tengo la seria sospecha de que Patterson se podría enterar de lo que estoy tratando de hacer a través de sus contactos con Interpol-Lima...”.

seedor original de los tocados de oro, así como de una importante colección de piezas que terminaron en el mercado negro. Un año después de su muerte, los tocados aparecen misteriosamente en el catálogo de una exhibición de arte prehispánico en Santiago de Compostela, Espa-

“De proceder la extradición, Patterson podría declarar la ubicación de los tesoros que faltan”.

En 1998 Patterson intentó vender la colección al gobierno autónomo de Galicia por 25 millones de dólares. Los abogados encargados del proceso de compra buscaron a un experto en metales peruanos para asegurarse de que la tasación era correcta. Hasta este momento, ese experto se había mantenido en el anonimato y hoy decidió dar su nombre: Paloma Carcedo, ex directora general de Patrimonio del Perú. Ella relató a este Diario: “En ese momento prefería no dar mi nombre porque se trataba de una cuestión de seguridad para mí y mi familia”. Su respuesta a los abogados: que se trataban de piezas robadas, detuvo la venta y esta nunca se produjo. Tras la frustrada gestión, Patterson deja la mayor parte de las piezas en un depósito. En el 2003 el arqueólogo Walter Alva tiene

El nexo había sido la historiadora peruana Mariana Mould de Peace, quien había entrado en contacto con Van Rijn para que este presionara a Patterson a devolver las piezas. El Comercio publica por primera vez parte de un correo electrónico entre el holandés y un contacto en Lima hablando de la operación que días después se produjo en Londres, y que terminó con la devolución de la valiosa pieza. El tocado, también llamado el pulpo moche y valorizado en unos dos millones de dólares, volvió al Perú en setiembre del 2006. Los otros dos no se sabe dónde se encuentran. Del total de la colección, el Ministerio de Cultura identificó a 253 como peruanas y afirma que 240 ya volvieron al Perú. Algunas están en exhibición y la mayoría se halla en los depósitos del ministerio. De proceder la extradición de Patterson a Lima, este podría declarar la ubicación de los tesoros moches. El resto de la colección se presume que se encuentra dividida en varios países de Europa. Sobre el auténtico dueño de la colección, todo parece indicar que no sería Patterson sino su amigo, el alemán Anton Roeckel, otro conocido traficante de bienes culturales, y cuyo nombre apareció en la lista de agradecimientos del libro del BCP en 1992.

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