Étienne de la Boétie. Discurso de la servidumbre voluntaria.

(1552-53) “Lo que resulta claro y evidente para todos y que nadie se atrevería a negar, es que la naturaleza, primer agente de Dios, benefactora de los hombres, nos ha creado a todos con el mismo molde, de la misma forma, para mostrarnos que somos iguales, o más bien que somos hermanos (…) Más bien, es preciso creer que, concediendo a unos partes mayores y a otros más pequeñas, quiso nacer en ellos la afección fraternal y que la pusieran en práctica; unos para tener el poder de brindar ayuda y los otros la necesidad de recibirla. Por consiguiente, esta buena madre nos ha concedido a todos la totalidad de la Tierra para habitarla, nos ha alojado a todos bajo el mismo techo, y nos ha forjado a todos con la misma materia con el objeto de que, como en un espejo, cada uno pueda reconocerse en su semejante. Si nos ha hecho a todos el hermoso regalo de la voz y la palabra para unirnos y confraternizar, y por la comunicación y el intercambio de nuestros pensamientos conducirnos a la comunidad de las ideas y las voluntades; si ha procurado por toda clase de medios formar y estrechar el nudo de nuestra alianza, los lazos de la sociedad; (…) no podemos poner en duda que todos somos naturalmente libres en la medida en que somos naturalmente iguales, y a nadie más podrá ocurrírsele que, habiéndonos puesto a todos en mutua compañía, quiso que algunos fuesen esclavos. (…) Sin embargo, la costumbre, que en todas las cosas ejerce un poder tan grande sobre nuestras acciones, tiene en particular el poder de enseñarnos a servir; es ese poder el que a la larga nos hace consentir sin repugnancia la amarga ponzoña de la servidumbre. (…) Las semillas buenas que al naturaleza pone en nosotros son tan delicadas y tan frágiles que no pueden resistir el menor choque de pasiones ni la influencia de una educación que se les opone. En todas partes la esclavitud es odiosa para los hombres y la libertad amada; pero me parece que debemos compadecer a quienes desde le momento del nacimiento se hallan bajo el yugo; y debemos excusarlos y perdonarlos si, no habiendo visto aún ni la sombra de la libertad ni habiendo nunca sentido hablar de ella, no advierten al desgracia de ser esclavos (…) La primer causa de la servidumbre voluntaria es la costumbre. Pero siempre habrá algunos que, más audaces e inspirados que los demás, sienten el peso del yugo y no pueden dejar de sacudírselo; algunos que no se habitúan nunca al sometimiento y siempre sin cesar (al igual que Ulises buscando por tierra y por mar volver a ver el humo de su hogar) recuerdan sus derechos naturales y están prestos a reivindicarlos en todas ocasiones. Ellos tienen puro el entendimiento y clarividente el espíritu; no se conforman, como los ignorantes embrutecidos, con ver lo que se halla bajo sus pies, sin mirar hacia atrás ni adelante; al contrario recuerdan cosas pasadas para mejor juzgar el presente y prever el porvenir. Son ellos los que, teniendo ya el espíritu bien formado, lo cultivaron también con el estudio y el saber. Cuando la libertad esté completamente perdida y excluida de este mundo, serán ellos quienes la invocarán nuevamente, pues al sentirla con intensidad, al haberla probado y al haber conservado su germen en el espíritu, jamás podrían ser seducidos por la servidumbre, por más que se la disfrace. Ciertamente, el tirano nunca ama y nunca es amado. La amistad es un nombre sagrado, algo santo: sólo puede existir entre gentes de bien, nace de la estima mutua, y se mantiene no tanto por los beneficios que procura como por la vida buena y los buenos hábitos. Lo que hace que un amigo esté seguro del otro es el conocimiento de su integridad. Tiene como garantes su buena naturaleza, su fe, su constancia. No puede haber amistad donde hay crueldad, deslealtad, injusticia. Cuando se reúnen los malvados se trata de una conspiración y no de una compañía; no confían unos en otros, se temen mutuamente. No son amigos sino cómplices.”

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