La máquina preservadora

Philip K. Dick Reclinándose en la hamaca de lona, Doc Labyrinth cerró melancólicamente los ojos y acomodó la manta para que le cubriera bien las rodillas. —¿Y bien? —le pregunté, mientras me calentaba las manos junto a la barbacoa. Era un día de sol, claro y fresco; no se veía una nube en el cielo de Los Ángeles. Un espacio verde, suavemente ondulado, se extendía tras la modesta casa de Labyrinth y llegaba al pie de la montaña, pequeña selva confinada que daba la ilusión de un paraje salvaje dentro de los límites de la ciudad. —¿Y bien? —repetí— ¿Entonces la máquina funcionó como usted esperaba? Labyrinth no respondió. Al volverme hacia él vi que el anciano tenía la vista fija en un escarabajo pardo oscuro que trepaba lentamente por la manta. Había cierta tristeza en la expresión de Labyrinth. El escarabajo ascendía metódicamente, con movimientos llenos de dignidad e indiferencia ante lo que le rodeaba; llegó al tope y después desapareció por el otro costado. Nos habíamos quedado solos. Labyrinth me miró, el pecho agitado por un leve suspiro. — ¡Oh!, funcionó bastante bien —dijo. Busqué al escarabajo, pero había desaparecido. Bajo las últimas luces del crepúsculo una brisa leve, fría y cortante se arremolinó en torno nuestro. Me acerqué más a la barbacoa. —Explíqueme lo que pasó —le dije. Al igual que otra gente que lee demasiado y tiene mucho tiempo libre, el doctor Labyrinth estaba convencido de que nuestra civilización terminaría como Roma había terminado. Según creo, veía en nuestro mundo las mismas fallas que habían causado la ruina del antiguo, el de Grecia y Roma. Estaba convencido de que llegaría el momento en que nuestro mundo, nuestra sociedad y el modo de vida que habíamos conocido moriría como aquéllos y que un período de sombras seguiría a su desaparición. Habiendo llegado a esa conclusión, Labyrinth empezó a preocuparse por todas las cosas hermosas que se perderían irremediablemente en el trastrueque de los tiempos. Pensó en el arte, la literatura, la música, las costumbres; todo se perdería. Y entre todas esas cosas nobles y grandes, pensó que la música sería la primera en quedar olvidada. Frágil y delicada, abstracta por su misma naturaleza, la música es una de las artes más perecedera y más susceptible de destrucción. El hecho preocupaba a Labyrinth porque, siendo un amante de la música, le espantaba la idea de que algún día no quedara nada de Brahms, ni de Mozart; que se perdiera la suave música de cámara que él, románticamente, identificaba con pelucas empolvadas, cejas relucientes de resina, y velas largas consumiéndose lentamente en la penumbra. ¡Qué infortunado y estéril sería un mundo sin música! ¡Cuan insoportable la vida en él! Fue así como llegó a pensar en la máquina preservadora. Una noche, sentado en el cómodo sillón de la sala, mientras en el gramófono sonaba suavemente la música tuvo una extraña visión; imaginó la única partitura de un trío de Schubert, el último ejemplar manoseado, con las esquinas dobladas, tirado en el suelo de algún lugar olvidado, un museo, probablemente. Entre las nubes se acercaba un bombardero que arrojaba poderosas bombas que daban de pleno en el museo, destruyendo el edificio en medio del polvo y una estruendosa caída de ladrillos y mampostería. La última partitura se perdía así entre los escombros, destinada quizás a llenarse de moho y pudrirse.

empleando toda la paciencia de que era capaz. cuidadosamente embalada. ya había ocurrido la transformación. una tarjeta de la universidad. digno y severo. semejantes a ratones. Labyrinth recibió. El ave Mozart era pequeña. Era el mismo animalito que yo había visto trepar por la manta. Empezó a jugar con la idea de construir una máquina para procesar partituras musicales transformándolas en seres vivientes. sería posible hacerla sobrevivir. sin saber realmente con qué sorpresa se encontraría al abrir el último compartimiento. Pasaron algunas semanas. una partitura muy valiosa: el quinteto de Mozart. se limitó a esbozar algunos esquemas y los envió a ciertos laboratorios de investigación. absorto en sus propios asuntos. al tratar de conservar la música de los grandes genios para toda la eternidad. o un topo. lleno de curiosidad volvió hacia donde él estaba en amistosa actitud. Una pequeña universidad del oeste medio quedó encantada con los planos y empezó a trabajar en la máquina con entusiasmo. Todo sería muy distinto si la música tuviera esa vulgar cualidad. ¿Y cuál había sido el resultado? Dos animalitos. como un adolescente impetuoso. pero al fin encontró a la gente que andaba buscando. Por último la llevó hasta la máquina y la introdujo en ella. entre muchas otras. pero luego echó el vuelo. el común instinto de supervivencia que posee un gusano. Labyrinth esperaba nervioso. tendrían respuestas muy pronto. la recibió en su casa dentro de un huacal de tablas sujeto con alambres y cubierta por un buen seguro. no exenta de cierto tono trágico. Pasó un tiempo. introvertido e intenso. ¡Cuántas ideas habrían pasado por su mente mientras hacía los ajustes de control necesarios y se aprestaba a efectuar la primera transformación! Había seleccionado. esbelta y muy hermosa. Doc Labyrinth se inclinó tembloroso. Poco después. — ¡Fantástico! —murmuró él. la pieza estaba a punto de quedar terminada. de pie ante la máquina. saltaron por el suelo del laboratorio hasta que el gato se los comió. Si la música pudiera convertirse en criaturas vivas. La construcción de la máquina se estaba llevando a cabo sin inconvenientes. 2 . dientes filosos y una furiosa energía vital. Dio algunos pequeños saltos por la habitación y. absorto en sus pensamientos. para empezar. Mientras seguía distraído en esas disquisiciones. Con mucha dulzura cogió al ave Mozart y la introdujo en una caja. Pero Doc Labyrinth no poseía ningún conocimiento mecánico. poseía el plumaje ornamentado a la manera de un pequeño pavo real. Casi todos estaban muy ocupados cumpliendo con contratos de armamentos. Abrió la puertecilla de la máquina. ¿Qué formas adoptaría aquello que estaba haciendo? ¿Qué encontraría? ¿Cómo sería acogido su trabajo? Esas preguntas. por fin. Labyrinth lo acarició varias veces suavemente pero enseguida pensó: "¿Cómo serán los demás?" Le costaba imaginarlo. muy excitado. en realidad. un cordero que corría de un lugar a otro con ganas de jugar. en animales con garras y dientes. la luz roja de la máquina empezó a parpadear. se había impuesto una tarea importante. A su criterio. y extendió la mano. en un topo provisto de garras. El proceso estaba terminado. — ¡Dios mío! ¡Qué cosa extraña! —un pájaro y no la clase de animal que él esperaba salió volando de la máquina. Después de quitar las tablillas comenzó a trabajar con la máquina. Pero la máquina había sido un éxito. El ave Mozart se acercó. Suavemente trató de atraer al pájaro. La habían sometido ya a una prueba. Al fin logró que aleteara otra vez hacia él. Al día siguiente tuvo una sorpresa aún mayor cuando el escarabajo Beethoven salió de la máquina preservadora. Durante algunos minutos se limitó a volver las páginas. introduciéndole un par de canciones populares. convertido. Labyrinth se sentó y empezó a pensar seriamente en lo que estaba ocurriendo.Pero Doc Labyrinth imaginó la partitura emergiendo de entre las ruinas como un topo que sale de la cueva. Salió después el animal Schubert.

sin embargo. Todo parecía escapársele de las manos. decididas a cavar y diestras en la lucha. semejantes a bolitas. Vamos entonces. resultado de los cuarenta y ocho preludios y fugas. Labyrinth permaneció en silencio. y muchos otros. unos más grandes. a veces tenía que agacharse. a veces. Hace tiempo que no me aventuro por el bosque. carecía de control sobre los resultados de la operación.¿En qué consistía realmente el factor de supervivencia? ¿Acaso una ligera pluma era mejor que un par de fuertes garras o un juego de dientes afilados? Labyrinth estaba perplejo. chocaban entre sí. dispuestas a dar mordiscos y coces si fuera necesario. Salió después el pájaro Stravinski. — ¡Este lugar se las trae! —comenté. Cada animal que salía era una sorpresa para él. Salían los animales. Se preguntó si lo que estaba obteniendo era el resultado más adecuado a sus propósitos. Pero no podía evitar cierto sentimiento de fracaso. transformada en niebla. El insecto Brahms tenía varias patas que salían en todas direcciones. tratando de no encontrarse con el animal Wagner que había salido un rato antes. con plumas de diversos colores. Esperé un rato. se había convertido en un mar de hierbas altas. Caminamos en tomo a la casa y luego seguimos un estrecho sendero que llevaba hasta el bosque. provistas de garras. Gustaba de la soledad y salió presuroso. la máquina ya estaba construida y era demasiado tarde para volverse atrás. Lo miré largamente. la oscuridad reinaba ya en el bosque y una densa humedad. otros más pequeños. —¿No es una molestia para usted? Estaba deseando que me lo sugiriera. Era un enorme ciempiés en forma de disco achatado y cubierto de una densa pelambre. Doc Labyrinth avanzaba delante. este asunto está empezando a deprimirme —dijo. evidentemente tenía mal carácter y Doc Labyrinth sentía cierto temor por él. producto de alguna ley invisible e implacable que no dejaba de preocuparlo. De todos modos. Los dejó refugiarse en el bosque y a los brincos se fueron. El lugar tenía un aspecto salvaje y desordenado. Presiento que algo está sucediendo. pero. ¿Quién podía asegurar en última instancia. profunda e impersonal. Había muchas rarezas y ciertas creaciones lo llenaban de sorpresa y asombro. bien protegidas por la naturaleza y. que Labyrinth no alcanzaba a ver y menos aún a comprender. pero no parecía tener intención de hacerlo. y recogiendo la manta se puso de pie y se cepilló la ropa con la mano—. casi suplicante. Seguimos andando por un tiempo. caía sobre nosotros penetrando entre las hojas. poderosas. Labyrinth continuó con sus planes e introdujo en la máquina la música de diversos compositores. otras. el anciano me miraba con una expresión extraña. Ocurría lo mismo con los insectos Bach. para darle oportunidad de continuar con su relato. una tras otra. —¿Desea que lo acompañe a ver qué pasa? Sonrió aliviado. Quiero evitar problemas. de fuertes escamas. —Demasiado solitario —observó el doctor deteniéndose de súbito y mirando en tomo—.. Creo que será mejor que vaya a buscar el rifle. contorsionaba el cuerpo para seguir caminando. qué resultaba más conveniente para poder sobrevivir? Los dinosaurios habían sido criaturas enormes. Todo ello le causaba un profundo temor. no quedaban ejemplares de la especie. Había imaginado que vería un desfile de criaturas fuertes y macizas. transformados por alguna fuerza extraña. Haciendo a un lado las ramas para abrirse paso. El animal Wagner era enorme y estaba salpicado de motas de diversos colores. El sol casi se había puesto.. a los saltos o arrastrándose como mejor podían. Tengo miedo. El bosque detrás de su casa se pobló con criaturas palpitantes que gritaban y gemían de noche y. espesas y entremezcladas. de las que había un verdadero enjambre. 3 . criaturas redondeadas. —Es todo lo que sé —declaró—.

Labyrinth miró hacia abajo. con la voz enronquecida— pero está cambiado. sin decir palabra. Apenas puedo creerlo. ocupados en su lúgubre trabajo. apenas perceptible y medio hundido. Si uno arroja al bosque un gato doméstico se convierte en salvaje. un perro se convierte en lobo para poder sobrevivir. Labyrinth miró alrededor mientras aplastaba con el pie algunos matorrales. Me pareció semejante a un coyote. Recordé que el animal Schubert era el que había salido corriendo y retozando como un cachorro que sólo deseaba jugar. Pasaron algunos segundos sin que lográramos ver nada. larga y huesuda y sus ojos brillaban con intensidad. Miremos un poco a ver que encontramos. Ya los gusanos se movían dentro de la carcaza. Era una bestia grande.—Teme que las cosas estén fuera de control —le dije poniéndome a la par—. empezó a revisar y palpar cuidadosamente el suelo en torno suyo. Lo mismo ocurre con un perro. Empezaba a heder. Tal vez no sea tan terrible como usted supone. hinchando el lomo. —Están por todas partes. aparté algunas hojas y ramitas. —¿Pero qué pudo haber sucedido? —preguntó Labyrinth desesperado. debió estar allí observándonos desde hacía un rato. —¿Qué es esto? —pregunté. Estaba muerto. sin saber lo que hacía. sólo que más corpulento. Permanecimos quietos algunos minutos. pero no quise decir nada. nos rodean. —En nombre del cielo —le dije— ¿Qué es? ¿Sabe qué es? Lentamente Labyrinth levantó la mirada hacia mí. Labyrinth se puso de rodillas y apoyándose en las manos. ¿Qué puede haber provocado esto? Hubo un ruido. meneando la cabeza —. a revisar los troncos de los árboles. —Es el animal Wagner —dijo Labyrinth. un minuto después había desaparecido. —El animal Schubert —susurró—. Después se volvió hacia las sombras. Tendría que haberlo previsto. Tenía la boca abierta y el cuerpo abierto de parte a parte. con el rostro contraído en una expresión miserable. Dio puntapiés al montículo. —De manera que de eso se trataba —dijo lentamente—. Su grueso pelaje estaba apelmazado. las hierbas. —Sí —asintió—. — ¿Qué es eso? —repetí. para ver qué ha ocurrido con los demás. —Hasta los niños se convierten en bestias —dije—. en el lugar donde cayó se formó un montículo informe. Adaptación. apenas puedo reconocerlo. Pero ¿por qué? Qué… —Es la ley de la adaptación —le dije—. es inevitable. como sorprendido de vernos en ese lugar. Me sentí muy incómodo. Estuvo de acuerdo conmigo. Una idea acababa de ocurrírseme. el hocico entreabierto colgaba babeante mientras nos miraba en silencio. Me puse en cuclillas para observar más de cerca el montículo. El animal olfateó el aire. Miré primero el cadáver que yacía en el suelo y luego alrededor. —Quisiera ver algunos otros ejemplares —dije—. 4 . La arrojé al costado del camino. o lo que queda de él—no es mucho. o algo peor. Empezamos a hurgar entre la maleza. hacia los arbustos y la maleza amenazadora. Nos volvimos rápidamente. Asentí distraído. ¿Recuerda los niños lobos de la India? Nadie hubiera creído que eran chicos civilizados. al menos por el momento. levantando una rama pesada y semipodrida de la que se desprendieron algunos hongos. De súbito un arbusto se movió y pudimos distinguir su forma. mirando como un miope hacia abajo. pensé. Labyrinth fue el primero en reaccionar. ¿o acaso no los siente?—preguntó. Es la ley de la selva.

La esfera rodaba velozmente. Mejor volvamos a casa.Labyrinth asintió. de todas maneras. Ninguno de los dos dijimos una palabra. Volví la mano que me tendiera para mirar el dorso. Se apretó con fuerza la muñeca. Es posible que Dios. sin perder más tiempo. un animal rudo y temperamental? ¿No tenía cierta inclinación a la violencia…? Callé: Doc Labyrinth había dado un salto hacia atrás. había logrado la sobrevivencia de sus criaturas. En el caso del animal Wagner el cambio no fue tan radical. yo. Lo tenía ante sus propios ojos. al principio no tenía espinillas venenosas. — ¡Cójala! —exclamó Labyrinth— ¡Rápido! Empecé a perseguirla. eso empieza a adquirir vida propia y. pero él apartó la mirada. —¿Y bien? —me atreví a preguntar por último. Doc Labyrinth me miró intensamente. —No puedo creerlo —dijo—. abriéndonos paso en la oscuridad. Se sentía profundamente desdichado y no era difícil adivinar la causa. corriendo hacia él. la bolita dorada siguió rodando tenazmente mientras yo ajustaba la tapa. Traté de sonreír débilmente. y Labyrinth me seguía en silencio y de mal humor frotándose la mano de vez en cuando. con el pañuelo listo para evitar las espinas. retirando rápidamente la mano de entre los arbustos. haya sentido la misma tristeza y la misma humillación que embargaba a Labyrinth al ver los cambios que habían sufrido sus criaturas para poder satisfacer su necesidad de supervivencia. Estaba incómodo. puesto que el mismo fenómeno que había deseado prevenir al crearlas se estaba produciendo en ellas: el envilecimiento de las cosas hermosas. me tendió su pequeña mano. fue hacia el lavabo a enjugarse la mano. —¿Qué es? ¿Qué ha sucedido? —repetí. ¿No era. como una ortiga. ¿Sabe una cosa? Tuve suerte en ser precavido al cumplir mi papel de Noé. pero había olvidado la lección del Paraíso: después que se ha creado algo. Sacudido por un temblor irresistible. Hubo un movimiento. Mirando hacia abajo di algunos puntapiés entre las matas de hierbas. mientras temblaba de dolor. nunca se había sentido tan desgraciado. ha sufrido cierta metamorfosis. pero al hacerlo les había quitado todo sentido. deja de pertenecer a su creador que ya no es capaz de seguir moldeándolo y dirigiéndolo de acuerdo a sus deseos. seguía mirando la bola dorada que trataba de escapar del frasco. Una bolita dorada salió rodando a toda velocidad y se escondió entre los pastos. las consecuencias de su error se estaban concretando ante él. ante la mesa. tratando de escabullirse. Por cierto. Era posible conservar la música encarnándola en criaturas vivientes. Me senté a la mesa. No le importaba ya que sus criaturas musicales pudieran sobrevivir. Encendió la luz y. por lo tanto. —No se preocupe demasiado —le dije—. Saqué del armario un frasco vacío y dejé caer en él el insecto Bach. Llegamos al patio y subimos los escalones posteriores de la casa. al ver el desarrollo del hombre. — ¿Pero qué es? —Es uno de los insectos Bach. —No cabe la menor duda —dijo Labyrinth sentándose frente a mí—. haciendo correr agua fría sobre la picadura de la mano. empujando las ramas hacia un costado. Yo iba delante. su obra carecía de valor. Labyrinth abrió la puerta y entramos en la cocina. Labyrinth observaba el pañuelo que se agitaba. justo en ese momento. Labyrinth continuaba junto al lavabo. pero al fin logré atraparla. Estaba surcado de marcas y tajos cárdenos que se hinchaban rápidamente. Algo que había entre el pasto le había picado o mordido. pero ha cambiado… Volvimos a la casa por el mismo sendero. Es cierto. Mientras me ponía de pie. 5 . Se había equivocado al concebir su idea original y. —¿Qué sucede? —le pregunté. Ya dentro. estaba cubierta de espinas.

La oscuridad era total. bien organizada. Me la dio a mí. 6 . cerca de los tubos del lavadero. Después empezó a tocar. es ésta —contestó Labyrinth. Su rostro no tenía expresión alguna. —Sin embargo. Vamos arriba y así podremos tocarla. pero no tenga muchas esperanzas. será el fin de todo. sus dedos sostenían una delgada hoja de papel. había caído la noche. entonces veríamos. dentro de la máquina. algún otro puede triunfar. ¿Acaso no le interesa? —Lo que usted diga. La noche caía sofocando la luz. Lo saludé y subí al coche. La puso ante sí para estudiarla por unos minutos. tomó la partitura entre ambas manos y la hizo pedazos. era una partitura musical. por una sensación extraña y desconcertante. Por último se encendió un indicador rojo en el frente de la máquina. nuestras costumbres y nuestra moral parecen harto débiles. no habrá una segunda generación. —El tiempo tendrá la última palabra —dije—. —Pienso que quizá la lucha por la supervivencia sea una fuerza más poderosa que ninguna ética humana. por lo tanto. así lo quise. Mientras íbamos por el sendero hasta donde estaba mi coche. su diabólica estructura carecía de sentido o tema alguno a no ser. Ninguno se atrevía a abrir la máquina. —Le confieso de que estoy aliviado de que haya pensado en eso. Queda librado a su criterio. —Esto nos da la solución —dijo Labyrinth y. poniéndose de pie. Si bien es cierto que este método fracasó. llena de distorsiones. Hizo deslizar la chapa que tapaba la ranura y metió la mano dentro de la máquina. Cuando éstos mueran. Al sacarla. —¿Bien? —dijo al fin— ¿Quién de los dos se encargará de abrirla? Labyrinth apenas se movió. Hizo girar los botones de control y estuvo manejándolos por un rato. Labyrinth cerró la tolva. Esa sería la verdadera prueba. —Este es el resultado —dijo—. de manera que no pueden reproducirse y. —Ahora empieza —anunció. Doc —le dije—.—¿Qué quiere decir? —Todos son neutros. Doc hizo girar el control que indicaba "cerrado" y permanecimos en silencio. contra su voluntad. le dije. completamente fuera de lugar. Por fin tomó el frasco y lo sostuvo sobre la tolva. Por más esfuerzos que hacía no podía creer que eso había sido alguna vez una Fuga de Bach. en esta forma. Corrió el botón de control y la máquina empezó a funcionar. Es posible que algún día surja algo que ahora no estamos en condiciones de prever. Labyrinth esperaba. —Debemos llegar a la conclusión de que nada puede hacerse para salvar esas costumbres y esa moral —concluyó. —Sí. Labyrinth se sentó ante el piano de cola y yo le entregué la partitura. Comparándola con ella. Cruzado de brazos. Tomó con cuidado el frasco y bajamos los inclinados peldaños que conducían al sótano. ahogándola lentamente hasta hacerla morir. —De modo que ésta es la máquina —dije. Era la música más espantosa que jamás había escuchado. ¿no lo cree? Volverla a pasar por la máquina. era la máquina preservadora. tengo una curiosidad —murmuró Labyrinth—. Subimos al cuarto de música. con mucho cuidado quitó la tapa y el insecto Bach cayó. tal vez. Labyrinth estuvo de acuerdo. Tuve una extraña sensación. el insecto Bach. Pude distinguir una gran columna de metal opaco que se levantaba en un rincón. parte de una obra ordenada. —¿Qué dice? —La bolita. Quisiera saber cómo sonaría ahora. que el mundo había admirado.

rodeado de densa penumbra. Seguí mi camino. formando una estructura extraña. un escarabajo oscuro trataba de construir algo. cerrando tras sí la puerta con un golpe seco y rotundo. para cambiar la velocidad. Por un rato quedé contemplando al escarabajo. Se volvió bruscamente y buscó refugio en el extraño edificio. vi algo que se movía en la calle. 7 . estaba sólo y sentía un intenso frío. De súbito.Encendí los faros y arranqué. hasta que al fin notó mi presencia y cesó de trabajar. cerca del tronco de un plátano gigantesco. colocaba trozos de barro uno encima de otro. No había ningún coche a la vista. internándome en el camino. Miré hacia afuera. Al llegar a la esquina aminoré. En la base del plátano. tratando de distinguir lo que era.

sí. querían ir a vivir a 1492. Es el antitodo. ya sabe usted.. sino safaris. y el aura ya anaranjada. Todo regresará volando a la semilla. Eckels enrojeció. —Se volvió—. Ahora su única preocupación es. —¡Infierno y condenación! —murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado —. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas. De todos modos. Si usted desobedece sus instrucciones. —Sacudió la cabeza—. rosas endulzarán el aire. huirá de la muerte. del polvo y los carbones. y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio. bromeando. saltarán los viejos años. —Sí —dijo el hombre detrás del escritorio—. Si Deutscher hubiese ganado. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa. sobre sí mismo. la muerte en la semilla. ya azul. los conejos entrarán en los sombreros. El roce de una mano. su guía safari en el pasado. y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad: SAFARI EN EL TIEMPO S. y este fuego se volvería maravillosamente. y en un instante. el presidente es Keith. mientras alzaba lentamente la mano. Por supuesto. —¿Trata de asustarme? —Francamente. todo volverá a la fresca muerte. hay una multa de otros diez mil dólares. —¿Este safari garantiza que yo regrese vivo? —No garantizamos nada —dijo el oficial—. antihumano. Decían que si Deutscher era presidente. Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta.A. Lo hace pensar a uno. Estos dinosaurios son voraces. Lo enviaremos sesenta millones de años 8 . las arrugas desaparecerán. no somos responsables. todas las horas apiladas en llamas.El ruido de un trueno Ray Bradbury El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. Eckels terminó la frase: —Matar mi dinosaurio. tendríamos la peor de las dictaduras. antintelectual. Este es el señor Travis. la muerte verde. no nos ocupamos de organizar evasiones. Gracias a Dios ganó Keith. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Tenemos suerte. Una verdadera máquina del tiempo. yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Firme este permiso. al tiempo anterior al comienzo. las canas se volverán negro ébano. militarista. Bastará el roce de una mano. El lagarto del Trueno. —Un Tyrannosaurus rex. De las brasas y cenizas. los verdes años. como doradas salamandras. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo. Si le pasa algo. retornará a sus principios. el más terrible monstruo de la historia. enojado. todos los años y todos los calendarios de pergamino. Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Eckels sintió que parpadeaba. además de una posible acción del gobierno. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. USTED LO MATA. excepto los dinosaurios.. La gente nos llamó. pero no enteramente. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. a la vuelta. el más leve roce de una mano. Será un buen presidente. las lunas se devorarán al revés a sí mismas. Si la elección hubiera ido mal ayer. anticristo. ya plateada. los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos.

El tiempo era una película que corría hacia atrás. Una máquina del tiempo es un asunto delicado.. otro en la columna espinal. —¿Por qué? —preguntó Eckels. una flor o un árbol. Travis. Podemos matar inadvertidamente un animal importante. La máquina aulló. Recuerde que Alejandro. África al lado de esto parece Illinois. ¡una década! 2055. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. —No queremos cambiar el futuro. Billings y Kramer. El sol se detuvo en el cielo. Flota a diez centímetros del suelo. con el rostro pálido y duro. Rómpalo. No se salga de él. Es de un metal antigravitatorio. —Dios santo —dijo Eckels—. Se encontraban en los viejos tiempos. Hitler. Los hombres asintieron con movimientos de cabeza. destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies. Pasaron soles. Cruzaron el salón silenciosamente. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje. —Eso —señaló el señor Travis— es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith. hacia la Máquina. cegándolo. Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche.atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. hacia el metal plateado y la luz rugiente. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. y luego diez millones de lunas. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor. —Cristo no ha nacido aún —dijo Travis—. un coleóptero. No les tiraremos a éstos. No se salga del Sendero. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos. Estaban en la antigua selva. su asistente. no han existido. y luego día—noche—día —noche—día. —Si da usted en el sitio preciso —dijo Travis por la radio del casco—. y dos otros cazadores. un pajarito. Su cheque está todavía aquí. El señor Travis está a su disposición. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. No toca ni siquiera una brizna. sobre pantanos humeantes. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado. y había un olor de alquitrán y viejo mar salado. —No me parece muy claro —dijo Eckels. llevando los fusiles. Se le retorcían los dedos. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento. uno en la cabeza. aun una flor. El señor Eckels miró el cheque largo rato. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Julio César. —Y eso —dijo— es el Sendero. esperando. —¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? —se oyó decir a Eckels. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas. Lesperance. hierbas húmedas y flores de color de sangre. tiempos muy viejos en verdad. entre palmeras y helechos gigantescos. —Buena suerte —dijo el hombre detrás del mostrador—. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos. Una semana. 2019. instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Este mundo del pasado no es el nuestro. si puede. y tendremos más probabilidades. 9 . el jefe del safari. Napoleón. Repito. un mes. y luego dispare al cerebro.. Las pirámides están todavía en la tierra. un año.

De ellos nacerán cien hijos. no es un hombre que pueda desperdiciarse. un león muere de hambre. enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo. sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. quizá nuestra teoría esté equivocada. No podemos equivocarnos. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. un pueblo. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Con la muerte de ese hombre de las cavernas. como usted sabe. —¿Eso qué? —gruñó suavemente Travis—. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera. ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. —¿Cómo sabemos qué animales podemos matar? —Están marcados con pintura roja —dijo Travis—. Washington no cruzará el Delaware. un cabello. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales. No se salga del Sendero. buitres. un murmullo. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. ¿y eso qué? —inquirió Eckels. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles.—Muy bien —continuó Travis—. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes 10 . Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. una depresión. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido. un hombre de las cavernas. hambres colectivas. el minuto y el segundo. nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. Por falta de un león. y destruye usted una raza. y. como un abismo en la eternidad. Cuántas veces se acoplaban. Y el hombre de las cavernas. De él nacerán diez hijos. especies enteras de insectos. nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados. Hoy. hasta sus raíces. y sólo crezca Asia saludable y prolífica. finalmente. no lo olvide. un cambio tan. toda una historia viviente. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto. Pocas. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. una desproporción en la población más tarde. Muy pocos. antes de nuestro viaje. —¿Para estudiarlos? —Exactamente —dijo Travis—. Pise un ratón y dejará su huella. amigo. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. este sendero. y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo. La vida es breve. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. luego una docena. infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro. y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. un millón. un cambio en la conducta social de alejados países. ¡Nunca pise afuera! —Ya veo —dijo Eckels—. ¡no! Es toda una futura nación. Los rastreó a lo largo de toda su existencia. luego mil. —¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno. Ni siquiera debemos pisar la hierba. tenemos que tener mucho cuidado. ¡un billón de posibles ratones! —Bueno. anotaba la hora exacta. ¿entiende? —Entiendo. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá. O aun algo mucho más sutil. una mala cosecha luego. un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. uno de la única docena que hay en todo el mundo. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán. tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. Por falta de diez zorros. Esta máquina. y así hasta llegar a nuestros días. Por supuesto. antes del viaje. polen en el aire. Destruya usted a este hombre. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Quizá sólo un suave aliento. observando cuáles vivían mucho tiempo. La reina Isabel no nacerá nunca. —Correcto. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. Pero usted. digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde.

Eckels. De pronto todo cesó. Cuando va a ocurrir algo parecido. Travis alzó una mano. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina. maldita sea! Si se le dispara el arma. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre.de aquella muerte. —Eso hubiese sido una paradoja —habló Lesperance—. o si todos nosotros.. En la niebla. Busque la pintura roja. Y aquí.. si cazamos nuestro monstruo. murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels. ¿Comprende qué cuidadosos somos? —Pero si ustedes vinieron esta mañana —dijo Eckels ansiosamente—. encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera. como la cota de malla de un guerrero terrible. Luego. Jesús. —Qué raro —murmuró Eckels—. —Jesucristo —murmuró Eckels. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito. guardando el equilibrio en el estrecho sendero. No dispare hasta que se lo digamos. no nacieron ni fueron pensadas aún. —Ahí adelante —susurró—. El tiempo no permite esas confusiones. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos.. Eckels sonrió débilmente. No vimos nada. Las cosas que nos preocuparon durante meses. todos! —ordenó Travis—. —¡Levanten el seguro. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles. que nunca volverán a acoplarse. bromeando. a cien metros de distancia. —¡Chist! Venía a grandes trancos. brazos con 11 . — Ah —dijo Travis. y usted. crujidos. Cada muslo era una tonelada de carne. Luego.. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados... debían haberse encontrado con nosotros. Billings. señor Eckels. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos. búfalos. El ruido de un trueno. Cada pata inferior era un pistón. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises. salió el Tyrannosaurus rex. —Adelante. Silencio. Ahí está Su Alteza Real. elefantes. jabalíes. un hombre que se encuentra consigo mismo. Tiemblo como un niño. ellos no existen aún. vivos? Travis y Lesperance se miraron. murmullos y suspiros. —Dejemos esto —dijo Travis con brusquedad—. Todos celebran. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. apuntó con su rifle. Usted dispare primero. a sesenta millones de años. ¡Quédese en el Sendero! Se adelantaron en el viento de la mañana. ha pasado el día de elección. De la niebla. Quédese en el Sendero. toda una vida. nuestro safari. Kramer. un gran dios del mal. salimos con vida. como si alguien hubiese cerrado una puerta. — ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus? — Lesperance miró su reloj de pulsera. sobre patas aceitadas y elásticas. por Cristo. Eckels enrojeció. Como un avión que cae en un pozo de aire. apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. De este modo. Todos se detuvieron. —He cazado tigres. pero esto. La jungla era ancha y llena de gorjeos. esto es caza —comentó Eckels —. quinientos kilos de huesos blancos. Keith es presidente. hundidos en gruesas cuerdas de músculos. el tiempo se hace a un lado. marfil y acero. —¡No haga eso! —dijo Travis. sólo matamos animales sin futuro..— ¡No apunte ni siquiera en broma. poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. Allá delante.

de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular. el Tyrannosaurus cayó. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile. para partirlos en dos. como el desprendimiento de una montaña. mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. El monstruo resopló. una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol. y caminó. —¡Chist! —Travis sacudió bruscamente la cabeza—. y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás. Esto es imposible. —¡Dios mío! —Eckels torció la boca—. aun cuando el monstruo mismo no se moviera. En el barro se movían diminutos insectos. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. aplastarlos como cerezas. Entró fatigadamente en el área de sol. y caminó por la jungla. Los rifles dispararon otra vez. Le devolveremos la mitad del dinero. Lanzó un gruñido de desesperanza. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. los arrastró en su caída. Esto es demasiado para mí. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla. sin mirar atrás. —Sáquenme de aquí —pidió Eckels—. —Una pesadilla. Los rifles se alzaron y llamearon. que nada expresaban. Y ahora quiero irme. se abrazó a unos árboles. excepto hambre. —¡Por ahí no! El monstruo. —Dé media vuelta —ordenó Travis—. Hemos sido unos locos. como si fuese indiscutible. embarradas. al advertir un movimiento. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. Calculé mal. —No imaginé que sería tan grande —dijo Eckels—. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres. arrastrando los pies. El ruido se perdió en chillidos y truenos. —¡Cállese! —siseó Travis. Como un ídolo de piedra. con el rifle que le colgaba de los brazos. caminó ciegamente hasta el borde del Sendero. Y la cabeza. Lo llevaban las piernas. Las monedas. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire. que vieron sus propias imágenes. y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos.manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros. Su armadura brilló como mil monedas verdes. buenos safaris. Nunca fue como esta vez. y protección. Tuve buenos guías. —No es posible matarlo. Eso es todo. —¡Eckels! Eckels dio unos pocos pasos. Los ojos giraban en las órbitas. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres. parpadeando. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido—. Me he encontrado con la horma de mi zapato. —Sí. demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Siempre supe que saldría vivo. Esta vez me he equivocado. —¡Nos vio! —¡Ahí está la pintura roja en el pecho! El Lagarto del Trueno se incorporó. Con un trueno. Eckels. Puede incorporarse y alcanzar la luna. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Corría. y lo admito. —Eckels emitió con serenidad este veredicto. ojos vacíos. Todavía no nos vio. Salió del Sendero. se lanzó hacia adelante con un grito terrible. humeaban. —No corra —dijo Lesperance—. Cerraba la boca en una mueca de muerte. En cuatro segundos cubrió cien metros. Eckels parecía aturdido. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. Torció y quebró el Sendero de 12 .

sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros. y ya no se movió. Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. a una glándula. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Allá arriba. estremeciéndose. cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos. de pie. Este hijo de perra casi nos mata. la mañana. Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. juraban continuamente. Los hombres se quedaron mirándolo. Sólo pisó un poco de barro. rojos y resplandecientes. la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Travis se acercó. y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo. Golpeó a la bestia muerta como algo final. El trueno se apagó. La jungla estaba en silencio. donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras. solo! —agregó Travis. Justo a tiempo. a la Historia! —Cálmate. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente. Los dos hombres trataron de pensar. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. no. ¡Lo dejaremos aquí! Lesperance tomó a Travis por el brazo. —¡Levántese! —gritó Travis. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Limpiaron la sangre de los cascos. Los hombres retrocedieron alejándose. Pueden hasta quitarnos la licencia. Eckels se levantó. adentro. apuntando con el rifle—. el monte paralizado. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Luego de la tormenta. Otro crujido. condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. de modo que los insectos. —¡Vaya por ese sendero. como estaba previsto. —Ahí está— Lesperance miró su reloj—. Pero eso no es bastante. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. estalló un saco de fluidos. pero al fin sacudieron la cabeza. Luego de la pesadilla. Diablo. una gran paz. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal. Los huesos crujían. Los rifles dispararon.. sosteniendo aún los rifles humeantes. ¡Dios mío. Dejamos el cuerpo. Miraron otra vez el monstruo caído. Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo? —¿Qué? —No podemos llevar un trofeo al futuro. lanzó una ojeada a Eckels. y todo se cerraba para siempre. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. quebrándolos. —Espera. los pájaros y las bacterias puedan vivir de él. retorció sus mandíbulas de serpiente. perdido el equilibrio. Eckels estaba allí. cara abajo. —Lo siento —dijo al fin. yacía Eckels. ¡Oh. Usted no volverá a la Máquina. temblando. y los órganos dejaban de funcionar.. Y él lo dejó. Todo debe mantener su equilibrio. Travis y Lesperance. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. En la Máquina del Tiempo. sentados en el Sendero. diez toneladas de carne fría y piedra. La propia carne. estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. —Límpiense. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada. En alguna parte. —¡No te metas en esto! —Travis se sacudió apartando la mano—. 13 .Metal. El cuerpo golpeó el suelo.

. Luego de un rato. —¡Eso no tiene sentido! —El monstruo está muerto. 1776. ¡Cien mil dólares! Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió. cobarde bastardo. Y había una sensación. Eckels no se movió. Se estremeció. Muy bien. —No me mire —gritó Eckels—. —¿No me ha oído? —dijo Travis—. Le temblaron las manos. eran. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio. Se cambiaron las camisas y pantalones.. —Muy bien. 2055. una sustancia química tan sutil. Los colores blanco. Luego cayó. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. del cielo más allá de la ventana. Enciende. 2000. arrastrando los pies. Tengo listo el fusil. Extendió las manos. la montaña de pesadillas y terror. Todavía puedo matarlo. como un sonámbulo. se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte 14 . gris. Regresó temblando cinco minutos más tarde. Volvamos a casa. En cada una había un montón de balas.—¿Cómo podemos saberlo? —gritó Travis—. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio. Se lo advierto. —Vivirá. —¿No? Es demasiado pronto para saberlo. eran. y había algo en el aire. anaranjado. con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. puede salir. El monstruo está junto al Sendero. pueden cambiar algo. con los brazos empapados y rojos hasta los codos. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Tome mi cuchillo. Se quedó allí. No vuelva nunca... Eckels! Eckels buscó en su chaqueta. azul. Travis miró alrededor con rapidez. —¿Todo bien aquí? —estalló. de las paredes. Parecía estudiar hasta los átomos del aire. 1492.. sin moverse. Métale los brazos hasta los codos en la boca. más allá de esta pared. —Soy inocente. La máquina se detuvo. en el suelo. ¿Qué mira? Eckels olía el aire. 1812. —Muy bien. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos. ¡Bienvenidos! Travis no se sintió tranquilo. Más allá de este cuarto. el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta... y vuelva. eso es todo. —Afuera —dijo Travis. —Vaya allí. —¿Quién puede decirlo? —Salí del sendero. —No había por qué obligarlo a eso — dijo Lesperance. —Pagaré cualquier cosa. —Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil. No pertenecen al pasado. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece? —Quizá lo necesitemos. tan leve. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura. Eckels. —Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance—. La próxima vez no buscará cazas como ésta. se fue. del mobiliario. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. Pero no de modo tan preciso. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí. Se limpiaron las caras y manos. que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. traje un poco de barro en los zapatos. ¡No he hecho nada! 1999. No hice nada. ¡Extráigalas! La jungla estaba viva otra vez. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. El cuarto estaba como lo habían dejado. Eckels.

derribando primero la línea de un pequeño dominó. a la Máquina. SEFARI EN EL TIEMPO. S. y luego de un gran dominó. Eckels sintió que caía en una silla. —No. brillante. quién ganó la elección presidencial ayer? — El hombre detrás del mostrador se rió.. y dorada. muy hermosa y muy muerta. Podía sentirlos cómo se movían. Oyó que Travis gritaba. A. a través del tiempo. señor! —El oficial calló—. y negra. por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. temblando. más allá de los muros. —¿No podríamos —se preguntó a sí mismo. Algo tan pequeño. El anuncio pintado en la pared de la oficina. El ruido de un trueno. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. verde. y apuntaba. Tenemos un hombre fuerte ahora.. casi. esperó estremeciéndose. —¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien.— no podríamos llevarla allá. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. Pero había algo más inmediato. le preguntó al mundo.? No se movió. temblándole la boca: — ¿Quién. 15 . alzaba el seguro. a los oficiales. La mariposa no podía cambiar las cosas. USTE LO MATA. y luego de un gigantesco dominó. La mente de Eckels giró sobre si misma. Sacó un trozo. ¡No! Hundida en el barro. a lo largo de los años. Preguntó. el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera. una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios.. ¿Podía? Tenía el rostro helado. ¿Qué pasa? Eckels gimió.. había una mariposa.. Cayó al suelo una cosa exquisita.de mundo era ahora. no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos. No puede ser. Cayó de rodillas. ¡Deutscher. ¡Sí. De algún modo el anuncio había cambiado. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos. —¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! —gritó Eckels.. no puede ser. Con los ojos cerrados. no se podía saber. oyó que Travis preparaba el rifle. como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco. un hombre de agallas. Matar una mariposa no podía ser tan importante.

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