Número 10803 Año 35

Del 2 al 8 de junio de 2013

Monterrey, N.L.

UN NARCO SIN SUERTE
¿La chamacada de hoy está enferma de mafia?
POR ALEJANDRO ALMAZÁN

inopsis. Jota Erre es dueño de un perro de pelea que ha quedado ciego, tiene unos cuantos casetes de Chamín Correa, un Dodge Dart 70 que no arranca, un reloj de mano al que se le descompuso el segundero, un zapapico Truper y una guitarra con la que cantó en su boda. Un día, viendo una película de Pedro Infante, se da cuenta de que la pobreza ni en la tele es bonita. Entonces agarra a su esposa y a sus dos

S

hijos, y baja de la sierra. Pronto descubrirá que la mayoría de los que han emigrado de su pueblo a Culiacán viven como Dios manda: si no lo tienen, lo compran, y si no lo compran, lo arrebatan. Jota Erre terminará imantado por ese mundo de dinero y pólvora, y hará lo que esté a su alcance para poder cantar ese corrido que dice: “Ya empecé a ganar dinero, las cosas están volteadas, ahora me llaman patrón, tengo mi clave privada”. » Continúa en la página 2
LUIS SAMUEL DE LA CRUZ EL FOGONERO

La alcaldesa es de marte y su esposo de venus
ALEJANDRO ALMAZÁN

¿Qué tienen las brasileñas que no tenga yo?
MARCELA TURATI

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Del 2 al 8 de junio de 2013 Monterrey, N.L.

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ara convertirse en un capo que se respete, Jota Erre probará suerte como achichincle, motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres. Esa vida, sin embargo, lo llevará a conocer la mala suerte y a entenderlo de una vez por todas: “Eso de que todo aquel que entra al narco se hace rico, es nomás un pinchi mito”.

P

Intento número uno
Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente —me dijo—, ocupo una gente de harta confianza pa’ bajar la mota a Culiacán”. Y no sé, como que ves, en un jale de ésos, una ilusión de hacerte rico y dices chingue a su madre, de aquí soy. Yo ya estaba fastidiado de vender productos naturistas. Aquí en Culiacán a la raza no le interesa morirse de un infarto o del azúcar, y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré. Pa’qué te digo que no, si sí. Además, en esos años, te hablo de los 90, el jale estaba tranquilo. El cártel era uno solo y no había las broncas de hoy, donde tienes que definirte si trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’ los Beltrán. Como si uno no supiera que, escojas a quien escojas, de todas maneras te van a matar. Total que mi cabeza de volada se puso a hacer cuentas y la verdad resultaba una buena pachocha irme de motero. Mi amá se enojó, pero no le hice caso. Ya ves que los sinaloenses somos mitad tercos y mitad vale madres. “Nomás te voy a decir una cosa cabrón —me dijo mi amá—. Si te matan, que Dios no lo quiera, no vengas a aparecerte por aquí, que ya con el ánima de tu padre tengo suficiente”. Culiacán. Jota Erre serpentea por la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de la colonia Popular. La estética Ilusión está cerrada porque la dueña, Micaela Cabral, recibió hace pocos días la visita de un tipo que no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle “te traigo un regalo”, sacó la nueve milímetros y le disparó seis veces. Jota Erre se sabe ésta y otras historias del puñado de muertos que deambulan por estas calles. Él no quiere morir. Por eso me ha pedido que no ponga su nombre. Tampoco le gustaría que hable del trabajo por el que conoció al Hijo del Santo ni que describa su rostro. Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a la cantada, que tiene dos mujeres y que roza los 40 años. Ése fue el trato. Y, una vez aceptado, nos trepamos a un auto que le diría a cualquier valet que recibirá buena propina, y Jota Erre aceleró como si pisara una serpiente. Así llegamos hasta aquí, el cruce con la calle Río Aguanaval, la última parada de Micaela. Jota Erre dice que esa cuarentona no estaba involucrada en la mafia, que la han de haber tumbado porque, últimamente, en Culiacán se mata por capricho. Y tiene razón: en febrero, hubo más muertos que días: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Hasta podría decirse que en esta ciudad la tasa de natalidad, 1.5 por día, se controla por el mismo número de asesinatos. Pero no quiero desviarme del tema; yo he venido aquí a escuchar la verídica historia de Jota Erre. Tú sabes que no sólo de pan vive el hombre y ai te voy tendido como bandido a Tamazula. Yo me wachaba como el jefe de los moteros, con una troca bien chila y con el cuerno bien terciado. Y nada, bato. Llegué de achichincle. De pinchi gato. Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’ que no nos vieran los helicópteros de los guachos, teníamos que ir a un arroyo a empaquetar la mota en greña. Y eso sí: nada de hablar ni agarrar cura con los compas. Si dices algo o te andas riendo, el jefe te suelta un chingazo. ¿Has estado cuando empaquetan la mota? Chale, entonces no has vivido. Como nadien habla nomás se oyen los ruidos de los gatos hidráulicos y de la cinta canela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacen los cuadritos? Pos sí, con esa madre armas los paquetes, y ya luego los envuelves con hule delgadito, del que usan las doñas en la cocina, y después viene la cinta canela. Les echas grasa pa›que no se mojen cuan

Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente —me dijo—, ocupo una gente de harta confianza pa’ bajar la mota a Culiacán”
do los lleven por mar y al final les avientas otra pasada de hule y cinta. Eso hice durante tres meses, hasta que se juntaron como cinco toneladas. «Tú y tú van a bajar la mota», nos dijo mi primo y nos dio un radio de esos de banda corta y las llaves de los camiones. Y ai te fui, siguiendo a los punteros, los weyes que van en las cuatrimotos diciéndote si hay guachos o no. Todo iba bien, pero como el jale lo haces de noche, pos no miras muy bien y yo me fui a estrellar. Tuvieron que mandar otra media rodada, pasamos la mota en friega y nos quedamos en un pueblo porque nos amaneció. Total que pa› no hacértela tan larga, entregué el jale en Culiacán y me lancé a cobrarle a mi primo. «En la vida todo se paga —me dijo—. Y tú desmadraste un camión». «Pero pariente, no chingue, si no fue porque quise», le contesté. «Nada, nada pescadito, cuentas claras, amistades largas». Nomás porque mi amá es su madrina, sacó 200 pinchis dólares. Le valió madre que le haya dicho que me había rifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé por qué me aferré. Desde esa vez debí haber entendido que en el narco está duro el piojo. cordaba todo lo que en mi vida he sido”, canta el Coyote ahora que Jota Erre maneja por los Huizaches, un arrabal donde la mayoría de los jóvenes piensa que la mejor salida es la fama y el sabor de una muerte violenta. —La chamacada de hoy está enferma de mafia —me dice este Jota Erre que, vale contarlo de una vez, habla tan rápido que parece estar en una lucha constante contra un cronómetro—. Los plebes le entran al negocio nomás pa’ rozarse con el Macho Prieto o con el Chino Ántrax, los pistoleros del cártel. Entran pa’ decir que son gente del Chapo o del Mayo Zambada, y así imponer respeto y sentirse la cagada más grande. Quieren andar en una troca pa’ darse una vuelta a las prepas y subirse una morrita… —Pero al final tienen dinero, ¿no? — lo interrumpo. —¡Ni madres! —y pega en el volante para reafirmar sus palabras—. Las trocas que traen son robadas, porque los jefes se los permiten pa’ trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras en la ratonera que viven te darían más lástima. —Pintas una vida muy distinta a la que aparentan. —Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un 70 por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta

confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa’ una inversión.

Intento número dos 
“Quihubo bato —me dijo un compadre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidito porque estos tratos no debe escucharlos ni la sombra de uno”. Y que me suelta que quería mis servicios pa’ mover cocaína. Hasta bendije a los pinchis colombianos. Y no sé, como que me dieron ganas de brindar conmigo mismo, con mi alma se puede decir. Y ai me tienes yendo a su cantón pa’ que me explicara el jale. Neta que me waché en Bolivia, en Perú, en Colombia y en todos esos pinchis países drogos. Y nada. Mi compadre me mandó a Mexicali. Me dijo que rentara una casa pa’ guardar la coca, que yo la iba a recoger en el Golfo de Santa Clara y que otro bato la cruzaría por California. Pero qué coca ni qué nada, era mota. “Ni modo —me dije—. Y me eché un gallo, pero nomás pa’ que apestara”. En el primer jale no tuve problemas. La mota llegó a su destino. La bronca fue que mi compadre no me pagó. “Es que tenía deudas, pero pa’l siguiente cargamento tiene su dinero”, me prometió. Ese segundo cargamento fue en Semana Santa. Me acuerdo porque durante el día nos vestíamos de turistas. Ya sabes: bermudas, sandalias y lentes oscuros. Ya en la noche íbamos a donde estaba el faro descompuesto que se conoce como El Machorro. Ahí esperábamos a los pangueros. Una de esas noches les echamos tres veces la luz de la lámpara pa’ decirles que se acercaran, que ya estábamos listos. Pero ellos nos contestaron con dos luces. Y dos luces, por si no sabes, es que hay peligro. Echamos un zorro alrededor, pero todo estaba bien oscuro y no vimos nada. Deci-

Vida mafiosa
“Sentado en una hielera y escuchando un corrido le jalé a un cuerno de chivo, rodeado de mis amigos con los versos re-

_Historia Nacional
¿cómo ves?”. “Simón —le contesté sin pensarla—, nomás porque no he tenido chanza, pero cuando hay que chingar, chingo, y que cuando hay que pasar desapercibido…”. “Ya, ya, párale —me dijo—. ¿Tienes visa?”. “Simón”. Y ai te voy esa misma noche a Tijuana, pa’ pasarme a San Ysidro. “Cuando llegues, le hablas a tal bato; él te va a llevar con el que me debe”, me había dicho el viejón y yo seguí las instrucciones. “Compa, soy Jota Erre, ya ando aquí”, dije por teléfono. “Está bien, nos vemos en el cruce de la gásinton y la mein”, me dijo y yo sin saber dónde estaba eso porque nunca había ido al gabacho. Le pregunté a una pochita que estaba dos tres y me dijo que debía subirme al troley, que contara tres estaciones, que ai me bajara y saliendo ai estaban esas calles. Y sí, bajando del troley vi la gásinton y la mein. “Compa, ya estoy aquí”, le volví a llamar. “¿Donde está usted hay un macdonals?”, me preguntó. Waché y le dije que sí. “¿Enfrente hay un futloker?”, volvió a preguntarme. Waché y le dije que sí. “Ai voy, deme unos 15 minutos”. Y pasó una hora y nada. Entonces le hablé al viejón y le conté que el bato me traía como su pendejo. “¿Sabe?, yo creo que éste también está coludido con el que le debe”, le dije. “Pos mira —me contestó—. En cuanto lo veas dile que te dé las armas, le preguntas dónde vive aquel cabrón y tumbas a los dos”. Como a las dos horas le marqué al bato. “Oiga, hijo de su pinchi madre, aquí me tiene esperándolo como vil tacuache, no mame”. “A ver compa, ¿dónde está, que no lo miro?”.

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dimos aguantar. Y no sé, pero en una de ésas waché hacia el faro y que alcanzó a ver a un bato prendiendo un cigarro. “¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!”, les dije a mis compas y en friega nos abrimos. Yo venía en una troca que traía la gasolina pa’ los pangueros y, ¡madres!, que se atasca en la arena. No, pos patas pa’ qué las quiero. La bronca es que nunca he sido delgado y me fui cayendo entre los balazos. Me fui tocando el cuerpo, pero no tenía nada, sólo miedo. “¡Policía judicial, párate cabrón!”, alcanzaba a oír, y yo nomás pidiéndole a Dios que me ayudara, aunque ya sé que no debo meterlo en estas pendejadas. Total que alcancé a llegar al pueblo y le pedí ayuda a un viejo pescador. “Compa —le dije—. Me vienen siguiendo, hazme el paro; mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo 200 litros de gasolina, son tuyos si me ayudas”. Y como la gasolina en esos lugares vale oro, el bato me escondió en una troje donde guardaba cagadero y medio. Los judiciales empezaron a buscarme casa por casa. “¿Dónde andas cabrón?”, alcanzaba a escuchar que gritaba un bato, que luego supe era el comandante Jorge Magaña, el papá del chavalo ese que mató a una familia en el Defe, ese que se llama Orlando. “Orita que te encuentre me vas a ver a la cara pa’ que sepas a quién buscar en el infierno”, gritaba el comandante y yo me oriné. Total que no me hallaron y hasta las horas salí de la troje pa’ darle los 200 litros de gasolina al viejo y me jalé a Mexicali. Cuando llegué, vi la casa toda desordenada, como si la hubieran cateado. No, pos mejor me fui, pero afuerita ya estaba el comandante Magaña con mis compas. “¿Así que tú eras al hijo de la chingada que andaba buscando ayer? —me dijo—. Pos te salvaste porque ya arreglamos el asunto”. Y el “arreglo” era que la policía se quedaría con la mitad de la mota. Me acuerdo que hasta nos ayudaron a descargarla de las pangas. Mi compadre me pagó 500 dólares. Me dijo que le había perdido al jale, que entendiera la situación y yo lo mandé a la chingada. Casi cuatro meses arriesgando el pellejo pa’ 500 dólares. La mitad se lo mandé a mi esposa y con el

resto compré productos naturistas que quise vender en Mexicali. Digo quise, porque el día que salí a venderlos, iba caminando cuando un bato me aventó la troca. Era el comandante Magaña. “¿Quihubo pinchi sinaloense, traficando y no me avisan?”, me dijo de entrada y sacó la pistola. “No jefe, ya no ando en ese jale, ya trabajo limpiamente”, y le enseñé mis productos. Me creyó después de darme unos zapes y cortar cartucho en mi cabeza. «Es tu día de suerte —me dijo—. Necesito a alguien con contactos pa› cruzar polvo». Pensé que la vida me estaba dando otra oportunidad y le dije que sí. Tiré mis productos en la carretera y me subí con él. En el camino fue más específico y me desanimé: en realidad quería que fuera madrina, que anduviera madriando a los puchadores y me pagaría con autos robados pa› que yo los vendiera. Vas a pensar que soy un idiota, pero nunca me ha gustado robar. Me pueden acusar de todo, pero no de ratero. Y pos ai te vengo a Culiacán sin un pinchi peso.

Autógrafo 
En la marisquería donde comemos, una preparatoriana se acerca e interrumpe a Jota Erre. —¿Usted es Jota Erre, el cantante? —No —le contesta Jota Erre—. Me parezco, pero no. —Sí es, a mí no me va a engañar. —Oquéi, si tú lo dices —y Jota Erre sonríe como diablo en pastorela, encogiéndose de hombros. —Deme su autógrafo —dice la preparatoriana, entregándole una liberta y el bolígrafo. Firmó Jota Erre: “Con todo mi cariño. El que se parece a Jota Erre”.

Intento número tres
La fuerza de la costumbre es cabrona y yo extrañaba andar en el ajo. Te estoy hablando ya del 2003, 2004. Y así, cuando más lo pedí, que me busca un viejón de mi pueblo. “Quiero que me hagas un paro —me dijo—. Ve a matar a un cabrón que me debe dinero,

Las trocas que traen son robadas, porque los jefes se los permiten pa’ trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras la ratonera en la que viven te darían más lástima. —Pintas una vida muy distinta a la que aparentan. —Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un 70 por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa’ una inversión

“Pos aquí, frente a macdonals”. “Pos no lo miro y eso que la calle está vacía”. Y yo diciéndole: “Pos si ya son las tres de la mañana, a esta hora ya hasta los perros se fueron a dormir”. “A ver, compa, pregúntele a alguien cómo se llama dónde está”. “Pero si no hay nadien”. Y caminé hasta la parada del camión y un bato que hablaba español me dijo: “En nacional ciry”. Le volví a marcar al bato y le dije: “¡Estoy en nacional ciry, cabrón!”. “No, compa, está usted muy pendejo —me dijo—. Yo estoy en Fontana, como a tres horas de donde me está hablando”. Chale. ¿Yo qué iba a saber que en el gabacho hay miles de calles guásinton y mein? Ya en Fontana, el bato me llevó hasta donde según vivía el wey que tenía que matar. Me dijo qué troca manejaba, que estaba gordo como cochito y me dio su apodo. Me la pasé wachándolo una semana hasta que se apareció el cabrón. En friega saqué el pistola y entré a su casa rompiendo la puerta. “¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!”, le dije apenas lo vi. El bato era puerco pero no trompudo, y le di una madriza a la Charles Bronson. Luego corté cartucho y le dije: “Me manda el viejón, ¿cuáles son tus últimas palabras?”. Sé que se oyó bien mamón, pero fue lo único que se me ocurrió. “¡No me mates, compa!, ¡no me mates!”. Y yo diciéndole que no fuera puto, que los de Durango nos dejábamos ir con calma y dignidad, porque me habían dicho que era de por ahí. Él empezó a decirme que conocía a fulano y zutano, que ellos le podían ayudar a conseguir el dinero. Yo me saqué de onda porque yo conocía a esa gente. “¿Pos cómo se llama, compa?”, le pregunté. ¿Y qué crees? El bato era uno de los de la clica de mi carnal. Valiendo madre. Si no lo reconocí fue porque estaba bien gordo y ya se le había deformado la cara. “¿Entonces tú eres Jota Erre?”, me preguntó y terminamos dándonos un pinchi abrazo. Le conté cómo estaba el jale y él me pidió 20 días pa’ juntar el dinero. Yo le dije al viejón que el bato se estaba escondiendo, pero que me diera tiempo pa› encontrarlo. “¿Oiga? —le pregunté—. ¿Y si el bato quiere pagar?”. “Pos se la perdonas porque es de la familia”. Total que todos los días salí de fiesta con el gordo. Pero lo bueno se acaba pronto y yo me regresé a Culiacán, porque pagó. Nomás bajé del avión y fui derechito a la casa del viejón. De los tres mil dólares que me había dado de viáticos, ya nomás me habían quedado como 50 dólares, y él me había dicho que al regresar fuera a verlo pa› pagarme el trabajito. Me recibió de volada, me abrazó, me dijo que le había gustado mi dedicación, o algo así, y que en la mañanita fuera a su rancho, que ahí iba a estar Miguelón, su hombre de confianza, pa’ decirme qué seguía. Ir al rancho del viejón no cualquiera, y por eso pensé que, mínimo me iba a regalar una de sus trocas o me pagaría con droga. Y que voy llegando a la hora que me dijo, que pregunto por el Miguelón y que me ponen a podar el pinchi pasto y darles de tragar a los caballos. Neta. Te lo juro por mis hijos. No, pos no aguanté. Le di las gracias al viejón y volví a la calle a vender mis productos naturistas.

El pistolero
Komander: “Qué sorpresa encontrarlo en mi rancho”. Erick Estrada: “Hace un rato lo estoy esperando”. Komander: “¿Por qué trae bastantes pistoleros?” Erick Estrada: “Yo prefiero bastante dinero”. Komander: “No comprendo de qué estás hablando”. Erick Estrada: “Me pagaron por asesinarlo”. —La chamacada escucha corridos como éstos y ya andan diciendo que traen callos en los dedos de tanto jalar el gatillo —filosofa Jota Erre cuando pasamos por el estadio de béisbol. Luego baja la ventanilla entintada para ver los guindas exactos, y les mienta la madre a los Tomateros—. Te decía: a los sicarios de hoy les pagan dos mil pesos a la semana, cuando mucho. O sea, esos batos nomás saben una cosa: que van a morir y que no será una muerte fácil.

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me agüitó que háigamos dejado media tonelada en la playa. Lo que yo quería era perder a la policía. Y sí. Le dimos tan recio mar adentro que nos perdimos hasta nosotros. Como habíamos salido en fuga, al panguero no le dio tiempo de poner la brújula. Y ai fue cuando le juré a Dios que si me ayudaba a librarla sería el último jale. Sería bien largo contarte cada uno de los siete días que estuvimos perdidos. A lo mejor hasta escribo una novela de eso. Lo que sí te digo es que como al cuarto día empecé a alucinar: veía tráilers en el mar, y eso que no le metí al perico como los dos batos con los que iba. Ellos, en algún momento, se quisieron matar a cuernazos; se reclamaban mutuamente por lo de la brújula. Yo me quemé todo, parecía cáscara de mango podrido, y bajé kilos como nunca. En el quinto día vimos un barco, pero era de la Marina y otra vez a altamar. La gasolina se nos empezó a acabar y, cuando creímos que nos íbamos a morir en una panga llena de mota, apareció un barco. Nos ayudaron a subir, mis compas les apuntaron con los cuernos, y yo nomás les pedí de comer y agua. La neta nos alivianaron. Hasta nos orientaron con la brújula. Estábamos a 20 horas de las Islas Marías. Y así, a puro motor muerto, pudimos llegar a Mazatlán. Ahí nos rescató mi socio. Yo quería descansar, pero en chinga tuve que irme a Mexicali pa’ vender la mota porque ya se estaba poniendo café, y así ya no sirve. La vendí, cierto, pero bien barata y ni siquiera recuperamos la inversión. O sea: no gané ni madres. mamá vendió un carrito que tenía. Chale, quién sabe por qué, pero como que todo se echa a perder en esta vida, ¿no?

Intento número cuatro 
Un día entendí que el narco es el negocio más individualista de todos, que es onda de uno y nomás. Que aquí dos cabezas sirven pa’ que te den en la madre más pronto y por eso no está de más ser desconfiado. Por eso nunca pude trabajar bien allá en Michoacán. Ai te va pa’ que me entiendas: Un narco segundón me propuso que fuera su socio en el cruce de mota. ¿Wachas? Ya no iba a ser un pinchi gato. Esto era más grande, era un jale donde no faltaría quien quisiera arañarnos las manos de tanto billete que tendríamos. “No, compa, siempre salgo jodido”, le dije porque el bato sabía que yo era de los que no se dejaban ir de hocico a la primera. Y me estuvo rogando hasta que le dije arre pues. Él puso millón y medio de pesos, y lo que debía hacer era comprar la mota, transportarla, cruzarla y cobrar. Llevaba las de ganar y sin tanto riesgo porque en ese entonces, como el 2006, todavía te dejaban trabajar por tu cuenta, siempre y cuando pagaras piso. La bronca fue que los de Juárez y los pinchis Zetas se pusieron ambiciosos y violentos, y pos ahora es una locura llevártela tú solo. Pero te decía: ai te voy tendido como bandido a mi pueblo pa’comprar mota. Y nada. Todos tenían apalabrada la mota con el Chapo y no pudieron venderme. Fui a Badiraguato y nada, quesque la siembra había estado jodida por el calentamiento de no sé qué, que nomás había salido pa’ 300 avionetas, y que iban pa’ los Beltrán. Fui a Atascaderos, en Chihuahua, y tampoco; ya estaba vendida a los Carrillo. No, pos bajé bien agüitado. “¿Sabe qué compa? —le dije a mi socio—, este negocio parece estar hecho con la mano del diablo, no hay mota”. “¿Cómo no va a haber, compa, si es lo que sobra?”. “Se lo juro por la tumba de mi padre”. Mi socio hizo unas llamadas. “Ya está compa —dijo—. Váyase a Michoacán, allá por Lázaro Cárdenas, allá sí hay”. Y me fui en fuga, pensando en el billete que me iba a embauchar si salía el jale. Allá llegué con un bato bien pinchi enfadoso, con dientes de plata y que se la tiraba de galán. Dos días me estuvo castre y castre con que los sinaloenses éramos güevones, borrachos, feos y maricones. Tuve que ponerle unas pinchis ganatadas en la cara y decirle que nos fuéramos respetando, que yo había ido a comprar mota y él a conseguirla. Donde estábamos era una playa, y pa’ subir por la mota era en chinga; máximo tres horas. El mundo ideal. Desde el primer día nos pusimos a bajar unos kilos y entre más bajábamos, más insoportable se ponía el bato enfadoso. ¿Cómo te diré? Era presumido. Sacaba mi troca y se paseaba por el pueblo con el estéreo a todo volumen. “Compa, ya déjese de payasadas, nos van a atorar”, le reclamé. “¿Cómo cree?, aquí todo está controlado”. De andar con la troca pasó a aventar balazos y luego a emborracharse y decir que trabajaba pa’ unos sinaloenses pesados. Ya no dijo más porque, una mañana, llegó la judicial a mi hotel. Quise salirme por la ventana, pero por todos lados había policías. Cuando salí, waché que tenían todo madriado al bato enfadoso. “¡No he dicho nada, no he dicho nada!”, decía el cabrón. Le dije al comandante que sí, que era de Sinaloa y que estaba ahí porque un socio y yo queríamos poner una empacadora de camarón que traeríamos de Mazatlán. “Pos fíjese que no le creo, pero tampoco le hemos encontrado a este fulano la mota; lo voy a vigilar, ya está advertido” y se fue. La mota estaba en la casa de la amante del bato enfadoso, por eso no la encontraron los federales. Y luego luego le hablé a mi socio: “Este pinchi bato enfadoso jodió todo, mañana me voy”. “¿Cuánta mota ha juntado?”. “Tonelada y media”. “Está bueno, mañana le mando las pangas y véngase ya”. Al otro día mi socio cumplió con la palabra y llevamos la mota a las pangas. Y yo creo que eran la una de la mañana cuando nos cayó la judicial. “¡Trépese, compa, trépese!”, me dijo el panguero, y ai te voy. En ese momento, la verdad, no

Reflexión sierreña 
— ¿Te arrepientes de algo? —le pregunto a Jota Erre cuando vamos camino a la fiesta de un locutor de radio en Culiacán. —Sí y no —dice y los dientes le relucen como el acero—. Sí, porque pude aprovechar el tiempo en algo más de bien. No, porque le puedo decir a mis hijos que el narco no es el mundo que pintan. No, porque nunca robé ni maté a nadien. Yo creo que la vida debe ser la que está arrepentida de que siga yo aquí, porque este jale es como la lotería, y el premio gordo es vivir.

El último intento 
Mi dizque carrera de narco estaba de picada. Ya no quería saber nada. Ora sí le iba a cumplir a Dios. Pero pa’ ese entonces me buscó la mano derecha de uno de los más chacas. “Lo ocupamos pa’ que sea el prestanombres, le vamos a pagar bien”. Como nomás se trataba de hacerle el paro a una gente, pos no entré en conflicto con Dios. Lo que tenía que hacer era acompañarlos a Oaxaca, decir que era empresario, hospedarme en el hotel Victoria y esperar a que llegara una avioneta llena de coca. Y ai te fui vestido bien acá, bien placoso. Llegué y me presentaron al viejón, al dueño de la droga. “He oído de ti, dicen que eres honrado, pendejo, pero honrado”, me dijo y yo nomás me reí. Ni modo que qué. Me hospedé en el Victoria, ya te dije, y me puse a esperar. Había días que nomás dormía y otros jugaba ajedrez con el viejón. Una tarde, el brazo derecho me dijo que la avioneta iba a llegar esa noche, que si todo salía bien, yo me devolvía a Culiacán con un buen billete. Bajé al restorán y me puse a tragar como cochito de pura alegría. Me acuerdo que en la tele estaba una

película de narcos, y yo pensé que qué sentido tenía verla si yo estaba con el viejón. En eso, vi a dos batos que en los diez días que llevaba hospedado nunca había visto. Y luego otros tres. Y luego otro. Salí, fui con los pistoleros del viejón y les dije lo que había visto. Ellos me mandaron a avisarle al viejón y, cuando subí, el viejón ya sabía cómo estaba el rollo: “¡Son militares, ya nos chingaron!”. Desde morro, casa a la que iba, casa a la que veía por dónde saltarme. Y pos en el hotel había encontrado una escalerita que te llevaba a otro predio. “No se agüite, patrón, yo lo voy a sacar”, le dije y me lo llevé. Cruzamos la calle y él se subió a un carro y se fue. Su brazo derecho me dijo que yo también aplicara la fuga, que el cargamento había sido decomisado, que no iba a haber billete. Me regresé a Culiacán como pude, pero no perdí la esperanza de una buena recompensa. Al tiempo lo vi en Guadalajara. ¿Y sabes qué pasó? Nada, nomás me abrazó, me dijo que nunca iba a olvidar lo que hice por él y me regaló un bucanas dieciocho. Valiendo madre.

El señor de la montaña.
Un tipo sostenía el Nextel. Al otro lado del auricular alguien escuchaba el cover que cantaba Jota Erre: “Joaquín Loera lo es y será prófugo de la justicia, el señor de la montaña, también jefe en la ciudad; amigo del buen amigo, enemigo de enemigos, alegre y enamorado así es Loera, lo es y será”. Cuando terminó de cantar, el tipo del Nextel se acercó a Jota Erre y le entregó el radio. Escuchó: “Canta usted muy bien, compa, lo felicito; ai cuando se le ofrezca algo en todo México nomás búsqueme”. — ¿A poco era el Chapo? —le pregunto a Jota Erre cuando llegamos a su casa. —El mismo que viste y calza. Jota Erre se desparrama en el sillón y empieza a platicarme su vida como músico. Pero ésa es otra historia.

Plebitas chacalosas
 “Lucen las mejores marcas y ropa de pedrería, los más caros celulares, uno para cada día, las uñas bien decoradas, les gusta verse bonitas”. —Esta música del Movimiento Alterado es pura enfermedad —dice Jota Erre, ahora que suena en el estéreo una tal Jazmín—. Esa música y que aquí anden paseando las hijas de los pesados hacen que las morras se sientan narcas. Unas se ven débiles, pero consiguen cuernos y se vuelven poderosas. Y las otras sueñan con andar con uno de su calaña. Pero volvemos a lo mismo: en el narco la mayoría de los batos no tiene ni dónde caerse muerto. —Si alguien de ellos te escuchara pensaría que les tienes envidia. Jota Erre me mira con cierto desprecio y da vuelta en la primera calle. Toca el claxon frente a una casa que el tiempo le ha dado un poco de consistencia. Un tipo, que no pasará de los 30 años, sale y saluda a Jota Erre. —Compa: ¿cuánto llevas en el jale? — ¿Por qué? —pregunta el tipo desconfiado y me mira como si fuese policía. — ¡Contesta, cabrón!, ¿cuánto? —interviene Jota Erre. —Ya voy pa’ los ocho años —le contesta. — ¿Y tienes dinero? —Pos no tanto así, pero traigo esa troca que levanta morras de a madre. Jota Erre acelera y me dice: — ¿Wachaste cómo está el pedo?

Intento número cinco
 Mis días como narcomenudista fueron fugaces. Tardé más en aprender cómo lavar la coca que en darme cuenta que el traficante termina trabajando pa’ pagarle al cártel o termina muerto. Yo empecé a vender grapas y cuando iba a cobrarle a la gente me salía con la pistola, diciéndome que no me iban a pagar. Y que a ver cómo le hacía. Por eso te digo que ahí no duré mucho. Luego, un capo me buscó pa’que le lavara un kilo de la buena. Y ai me tienes comprando el éter, la acetona, el ácido clorhídico, el amoniaco, el papel y las vasijas. Yo había lavado por pedacitos y esa vez, por güeva se puede decir, lavé toda de un jalón. ¡Y madres!, que se me echa a perder. Le dije al narco y él me salió con que tenía dos días pa’ pagarle. El bato era cabrón, nomás de oírlo mentar se le pegaba a uno la diabetes. Y ai me tienes consiguiendo 15 mil dólares. Pedí prestado aquí y allá, le vendí el alma a unos cuantos, y hasta mi

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LA ALCALDESA ES DE MARTE Y SU ESPOSO DE VENUS
[ROBERTO GARZA GONZÁLEZ]

¿Qué tan auténtica puede ser la cortesía de los japoneses y la de un constructor que dirige el DIF de Monterrey?
POR MELVA FRUTOS

uando Margarita Arellanes tomó posesión como alcaldesa de Monterrey, pidió a la Marina Armada de México que patrullara las calles de una ciudad cuya costa más cercana es la Playa Bagdad de Matamoros, Tamaulipas, a 300 kilómetros de distancia. Desde entonces, a su esposo, Roberto Garza González, lo cuidan dos guardias
an reacios y eficaces como este equipo de guardaespaldas pueden serlo también los que forman parte del equipo de Comunicación Social del gobierno local. Con la determinación de un ampáyer, Héctor Bencomo, antiguo cronista deportivo, advierte que está prohibido que el marido de su jefa haga declaraciones sobre el tema de seguridad. En cambio, el esposo de la alcaldesa es un hombre tranquilo y muy formal. Su formalidad se percibe a través de una apariencia escrupulosa que a algunos de los que están cerca de él puede hacerlos pensar que se trata de un tipo quisquilloso. Sus zapatos resultan modernos y su cutis es tan perfecto que en una sociedad como la regiomontana, que se jacta de tener la moda de la ca-

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que portan con discreción armas cortas mientras viajan con él en una camioneta Yukon color blanca, con blindaje nivel cinco. En un discreto Tsuru, también blanco, los siguen otros dos hombres armados que completan la escolta personal del -siendo equitativos con el calificativo que se utiliza popularmente, aunque usándolo a la inversa- “primer caballero” de la ciudad.
Licenciada en Literatura. Ahora ambos están jubilados. En su despacho del Desarrollo Integral de la Familia (DIF) Monterrey, espacio sobrio en la colonia Loma Larga, la bienvenida es dada por una sala de piel estilo modernista color chocolate, en conjunto con pequeñas mesas de madera. Una foto en la que Roberto y la alcaldesa sonríen reposa sobre la mesita esquinera y, al lado de ella, un pequeño casco de su equipo de futbol americano favorito: los Delfines de Miami. En las paredes cuelga la imagen de un violín, la de un piano y una pintura al óleo de Vivaldi. Roberto está tan influenciado por la música clásica como por la National Football League (NFL). Fue miembro de un equipo de futbol americano de la liga local Asociación de Futbol Americano Infantil (AFAIM). “Siempre jugué con el Club Halcones, hasta que comencé mi carrera en el Tec de Monterrey, en donde podía seguir jugando en Borregos, pero preferí irme por la música”. Empezó tocando el piano a la edad de diez años. “Ya con cierta preparación en este arte, aprendí guitarra, después violín y batería”. Su paso por la música ha tenido no pocas metamorfosis. En el inicio fue conservador y clásico, pero al llegar a la adolescencia pasó al rock y al hard rock. Formó el grupo llamado Simple Juju, que dejó cuando decidió que llevaría al cien por ciento su vida profesional. Dice que eso es algo común en él: puede sacrificar sus gustos para lograr sus metas.“Esta es una costumbre que aprendí cuando viví en Japón”.

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misa arremangada y las botas vaqueras, fácilmente podría pasar como un metrosexual, aunque esto es algo que él niega de forma rotunda: “¿Metrosexual yo? No, ¡para nada! Todo lo contrario, de hecho me desvelo mucho, no me cuido. La verdad es que soy el antagónico de ser algo así”. Roberto es alto, de complexión ligera, cara alargada y tez clara. Una ceja casi inexistente bordea sus ojos pequeños color marrón. La nariz es prolongada y fina. Cuando sonríe muestra dientes casi parejos. Tiene cabello castaño con incipientes canas, entre un ondulado natural que parece serpentina. Hace 41 años nació en Monterrey, en el seno de una familia interesada genuinamente en el arte y la ciencia. Su padre ejerció la medicina y su madre es

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Aunque ahora ya casi no practica ningún instrumento, le gusta la música neoclásica, corriente que surgió en Europa entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. No es difícil imaginar que cuando viaja en esa Yukon blanca por las calles sin mar de Monterrey, el esposo de la alcaldesa escucha sonidos raros que algunos eruditos llaman también “música académica”.

JAPÓN
La cita para comer era a las 12 en punto y Roberto Garza González sabía que no podía llegar tarde. Los japoneses son particularmente cuidadosos de las formas y aunque la impuntualidad nunca había sido un problema suyo, no pretendía que esa ocasión fuera la primera vez. El encuentro fue acordado en una casa localizada en la Prefectura de Shizuoka Ken, un área en la bahía de Suruga al suroeste de Tokio, rodeada de valles y plantaciones de té. Roberto aceptó de inmediato la invitación para conocer la casa de su compañero japonés. Sabía lo que significaba recibir una invitación tan sencilla pero al mismo tiempo tan inusual en aquellas tierras orientales. En 1999, Roberto obtuvo una beca para estudiar un año en Japón, en un curso ejecutivo intracultural. Antes estudió becado en el Tecnológico de Monterrey, donde se graduó en la carrera de Ingeniería en Electrónica y Comunicaciones, así como en la maestría en Administración de la EGADE, en donde obtuvo mención de excelencia. Su afán por conocer otras culturas lo llevó a dominar cuatro lenguas: inglés, alemán, portugués y hasta el difícil japonés. Aquella mañana Roberto tomó el tren que lo llevaría a Shizuoka Ken. Su anfitrión era un compañero de trabajo. Durante el año que pasó en oriente, el

“¿Metrosexual yo? No, ¡para nada! Todo lo contrario, de hecho me desvelo mucho, no me cuido. La verdad es que soy el antagónico de ser algo así”
esposo de la alcaldesa también fue contratado por una firma japonesa como vendedor en el área de manufactura de componentes electrónicos. Sabía los ritos del país nipón y estaba nervioso por su cita. Los japoneses dan una importancia especial a los modales de las personas y a su comportamiento. Para ellos, una actitud adecuada es tan importante como una buena propuesta de negocios. Cuidan de manera extrema las formas, tanto en las reuniones de trabajo como en cualquier otra situación. Al llegar a la puerta de la casa, Roberto tocó el timbre. Una vez recibido por su amigo, ambos hicieron una reverencia y Roberto se retiró los zapatos en el Genkan –antesala de las casas japonesas que en México conocemos como recibidor o zaguán- y se colocó los uwabaki o zapatillas que le dieron. Los zapatos de Roberto quedaron ordenados junto a los del resto de la familia, como lo dictan las costumbres japonesas, apuntando hacia la puerta de la casa. Pisando sobre una impecable duela de madera, llegaron a una sala de decoración sobria, donde su amigo llamó a su esposa y sus dos hijos: una muchacha y un joven, formales y simpáticos. Las presentaciones se hicieron con la prudente reverencia y después de una breve conversación, todos pasaron al comedor.

La comida transcurrió de forma normal y amena. El arroz blanco y el teppanyaki eran distintos a lo que él había comido durante su estadía. Por primera vez tenían ese sabor casero, tan peculiar y reconocible en Monterrey lo mismo que en Japón. “Fue una comida muy placentera y al finalizar la misma, me invitaron a que los acompañara el siguiente domingo otra vez”. Sin pensarlo demasiado, Roberto accedió a la invitación. En México no existe protocolo rígido para asuntos como éste. Los mexicanos hacen una invitación y la única interpretación que se le puede dar es que uno es bienvenido nuevamente en casa ajena. Para sorpresa de Roberto, el recibimiento de sus anfitriones en su siguiente visita no fue tan agradable como en la primera comida. “En esta ocasión los observé muy serios y quizá hasta molestos”. Así que días después indagó al respecto: “Cuando ellos por educación me habían invitado una segunda ocasión a compartir sus alimentos, yo debí haberme negado a esta invitación, ya que eso es lo que se esperaba que yo hiciera”. En la cultura nipona resaltan valores como la disciplina, el orden y el respeto. Es de mal gusto aceptar una de esas invitaciones que por mera cortesía se hacen durante un encuentro agradable. Lo más cortés que hubiera podido hacer Roberto en aquella ocasión en Shizuoka Ken era rechazar a sus amables anfitriones.

EL DIF
Dos años antes de irse a Japón, en febrero de 1997, un amigo de Roberto le pidió que lo acompañara a una cita, ya que su novia llevaría a una amiga llamada Margarita Arellanes. Roberto y Margarita se casaron tres años después, el 11 de marzo de 2000. Ella tiene ahora 36 años y aunque gobierna una de las 50 ciudades más peligrosas del mundo, la revista de sociales del Grupo Milenio la definió como

la alcaldesa más “Chic” de México, atribuyéndole una “personalidad moderna”. Él en cambio, como director del DIF ha desempeñado hasta el momento una trayectoria pública de muy bajo perfil. La pareja tiene tres hijas pequeñas: Roberta, Loreta e Isabella. En los anuncios de campaña, aparecían retratados como la familia regiomontana perfecta. Roberto y su esposa son jóvenes, ricos y poderosos, como en una película hollywoodense, salvo que los papeles habituales están invertidos. Tradicionalmente, las esposas de los políticos son la parte decorativa de los organismos o entes que presiden sus esposos. Asisten a reuniones, ceremonias y actos oficiales, mientras que a su cargo queda la dirección del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), sin que tengan, en el común de las ocasiones, la preparación necesaria para ello. Históricamente, este papel de las esposas de los gobernantes como gestoras sociales ha respondido al lugar machista que se otorgó durante décadas a las mujeres en la política y en la vida cotidiana en general. La Epístola de Melchor Ocampo, que todavía se usa en algunas partes del país para celebrar uniones civiles, define así el rol de la mujer: “La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura, debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo, propia de su carácter”. Ante la participación cada vez más animada de mujeres en la vida política local, los papeles han llegado a invertirse, provocando la entrada de hombres como dirigentes del DIF y de mujeres en alcaldía. En 1997 y con 51 años de edad, la panista Teresa García de Madero, una licenciada en letras españolas, llegó a ocupar el cargo de Alcaldesa de San Pedro. Su esposo Manuel Madero

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se convirtió en el primer hombre en dirigir un DIF. A pesar de que el municipio ya había sido gobernado antes por una mujer, Norma Villarreal, de 1967 a 1969. Sin embargo, a su marido, el empresario Roberto Zambrano ni siquiera le pasó por la mente encargarse del DIF en una época todavía más machista en la que tal cosa podía verse con sorna. La ex conductora de programas gruperos, Ivonne Álvarez García, quien fue alcaldesa de Guadalupe durante casi todo el periodo comprendido entre 2009 y 2012, puso a su marido Mario Martínez a cargo de la presidencia del DIF. También en el 2009, otra priista, Clara Luz Flores llegó a la Alcaldía de Escobedo. Un año después se casó con el también ex alcalde priista, Abel Guerra. Aunque en el ambiente político local circulaban las apuestas de que éste administraría las oficinas del DIF, no fue así. En su lugar estuvo un hombre de bajo perfil público. Quedó claro entonces que los tipos duros como Abel Guerra no van al DIF. Pero Roberto, amante del violín, asume sin complejos que le digan que es el esposo de una alcaldesa chic. la. Dentro del aula esperan hombres y mujeres de diversas edades que recibirían el papel que respaldará su participación en el Curso de Fortalecimiento Humano. El lugar luce de fiesta, con globos de colores, mesas con manteles largos color azul intenso, colocadas en los extremos. Al centro hay 40 sillas formadas en hileras. En las paredes cuelgan carteles con frases de agradecimiento y felicitaciones. Como si se tratara de una especie de sesión de Alcohólicos Anónimos, cada alumno pasa al frente y comparte su testimonio con los demás: “Cuando yo llegué aquí era una persona diferente, tenía temores y no sabía qué iba a hacer de mi vida. Hoy, después de estos días de trabajo y estudio, sólo pienso en aportar lo que he aprendido para apoyar a quienes nos necesitan. Además ya me decidí a seguir estudiando, no quedarme en donde estoy y seguir para delante”, relató uno de los graduados, hombre maduro, alto y robusto. Roberto no oculta su alegría. En ese momento, más que un funcionario a cargo de una de las dependencias que manejan recursos para el desarrollo social de la capital del estado, el esposo de la alcaldesa parece un motivador profesional. Roberto me cuenta animado que ha decidido no ser un objeto decorativo del gobierno de su esposa. Quiere traer la empresa privada al DIF, tanto la filosofía corporativa como las inversiones. Los recursos económicos de la dependencia son limitados, pero su experiencia en las actividades empresariales le ha enseñado que se puede obtener ingresos extras a través de compañías, como en las que él ha trabajado por más de 17 años. Así como existen algunos empresarios que sospechan que aprovechará el cargo de su mujer para realizar negocios por debajo de la mesa en otras ciudades del país, donde también gobierna el Partido Acción Nacional (PAN), hay otros empresarios que creen en su altruismo y apoyan sus proyectos en el DIF. Roberto reconoce que sigue dando asesorías de forma independiente a firmas privadas que se dedican a la manufactura de partes automotrices en Nuevo León. Sin embargo, no quiere dar los nombres de estas compañías, ya que considera que eso es algo privado y no sería ético de su parte.

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NEGOCIO
El centro DIF al que acompaño a Roberto Garza González esta mañana, está localizado en la colonia Obrera y, según él, tiene un significado especial. Es el que escogió para capacitar a 500 de sus trabajadores en un “Curso de Fortalecimiento Humano”, que promovió personalmente. “En el servicio público necesitamos estar bien nosotros, para dar bienestar a la ciudadanía”. Además de la escuela japonesa, Roberto estudió modelos americanos de trabajo. Ama el tema de la superación personal. Para la graduación del primer grupo de estudiantes del DIF en este curso, Roberto acudió a la ceremonia que tenía marcada en amarillo en su agenda de Excel, dividida por colores de acuerdo con la importancia de los eventos. El 3 de Mayo estaba arriba de esa lista. El local de este sector de la ciudad es un espacio amplio, muy parecido a una escue-

Estudió becado en el Tecnológico de Monterrey, donde se graduó en la cerrera de Ingeniería en Electrónica y Comunicaciones, así como en la maestría en Administración de la EGADE, en donde obtuvo mención de excelencia. Su afán por conocer otras culturas lo llevó a dominar cuatro lenguas: inglés, alemán, portugués y hasta el difícil japonés
El primer caballero de la ciudad formó una empresa de proyectos de construcción residencial llamada Grupo Brigader. Cuando su esposa dio a conocer su declaración patrimonial, fue cuestionada por el periódico El Norte porque en ésta no se mostraban todos los inmuebles que poseían ella y su marido. Dice Roberto que en la nota periodística hubo una confusión: el Grupo Brigadier al que se referían, pertenecía a una constructora localizada en Cancún, en la cual él no tiene nada que ver. En esas mismas fechas, Margarita Arellanes argumentó que algunas de las propiedades que se le achacaban a ella, en realidad habían sido adquiridas por la empresa de su esposo, de la

cual no es socia. Cuando toco este tema con Roberto, el aficionado de la música neoclásica cambia su habitual amabilidad por cierta reserva. Prefiere no contar demasiado acerca de su negocio, lo que es complejo cuando se lleva una vida de servidor público. “La empresa que tengo hace construcción residencial. Es una gerencia de proyectos: compramos un terreno, hacemos una casa y la vendemos y también hacemos casas para el público en general, es decir, les hacemos su casa y les gerenciamos el proyecto de construcción de hacer la casa. Se trata de un negocio pequeño”.

FACEBOOK
Quizá cuando Roberto Garza González me dijo al final de la visita al Centro DIF que nos volveríamos a ver, debí recordar su historia con los japoneses aquellos que sólo por cortesía lo habían invitado a comer de nuevo con la idea de que no aceptaría la propuesta. De esa forma no me habría sorprendido que su férreo equipo de prensa pasara por alto mis intentos por acompañarlo a un nuevo evento. Por fortuna utilicé una herramienta que no existía en los 90, cuando Roberto tuvo aquella desventura en Shizuoka Ken. El esposo de la alcaldesa de Monterrey es un asiduo de Facebook. Cuando lo hallé ahí, en su foto de perfil aparecía tocando su guitarra eléctrica, pero con el rostro serio, como si alguien le hubiera preguntado acerca de sus negocios en el mundo de la construcción. Le solicité ser mi amigo y al cabo de unos días aceptó. La tarde en que intercambiamos mensajes privados aproveché para preguntarle más sobre Japón. Quería que resaltara algo de lo que vivió en el país del sol naciente en comparación con México. El esposo de la alcaldesa que trajo al Monterrey industrial un batallón de marinos para hacer labores de policía, me respondió con una frase zen: “La convivencia con la naturaleza en la vida diaria”.

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¿QUÉ TIENEN LAS BRASILEÑAS QUE NO TENGA YO?
Una cronista mexicana recorre la sensualidad del país donde sólo sobreviven las cazadoras más bellas
POR MARCELA TURATI

¿De qué está compuesta la reputada belleza brasileña? ¿Fue la sangre africana mezclada con la europea y la india? ¿Por qué entonces hay tantos gimnasios y centros de belleza en Brasil? ¿No se habrá confundido la belleza con la sensualidad? Si la belleza de los brasileños descansa sobre todo en la manera de portar sus cuerpos, Jorge Amado, el escritor que posicionó la sensualidad brasileña en el mundo, explicó el desenfadado de sus compatriotas: “El negro temperó nuestro carácter con la alegría de vivir y el amor a la vida […]. Nos salvó de la melancolía de los portugueses […], de los valo-

1.-La belleza es inexplicable

res éticos que en la península ibérica hacían de la alegría un pecado capital, y de los enredos de amor un motivo para la condena del fuego del infierno”. Amado sea amado. Lo escribió él, una autoridad en estética. La heroína de su novela Gabriela Clavo y Canela es el paradigma de la mujer brasileña en el extranjero: piel canela, pelo largo y ondulado, pies descalzos, curvas protuberantes. Salvaje, deseosa de sexo, dispuesta a entregarse a cualquier hombre. Una mujer que nace, muere y resucita en la cama. Enferma de alegría, carente de celos, independiente y libertina, sin vocación de matrimonio.

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2-La mezquindad del arcoíris
Brasil tiene derecho a festejar una genética pintoresca: tras siglos de amor en la selva y en la playa, de una incansable celebración de lo horizontal en lo oscuro, de mezcla de fluidos internacionales, los brasileños acabaron convirtiéndose en tantos tonos de piel dignos de una coleccionista de lo impuro. Alguien muy aburrido del cielo azul – de las puestas de sol o del arcoíris- pudo haber descendido de la tierra y revuelto en una paleta de todos colores del mundo, pintado con ellos millones de cuerpos y elegido a Brasil para soltarlos. Eso parecen haber confirmado los encuestadores del censo Pesquisa Nacional por Amostra de Domicilios, quienes, en 1976, registraron más de 130 colores hallados en la piel de los brasileños. Si los esquimales pueden distinguir más de 50 tipos de blanco, he aquí una caprichosa antología del color brasileño: amarilla, amarillada, amarilla quemada, amarillenta, amarillosa, alba, alba oscura, alba rosada, albina, azul, azul marino, amorenada, acanelada, acastañada, rubia, rosa, oro, bien blanca, blanca sarnosa, blanca sucia, blancucha, emblanquecida, tira para blanca, poco clara, encerada, bronce, mestiza, mixta, café con leche, blanca morena, bien morena, casi negra, tostada, retinta, marrón morena-morena cerrada, morena rubia, morenita, morena jumbo, negrota, chocolate, quemada de sol, quemada de playa, enrojecida, casi color vino, cuia (un árbol que da fruto verde, que cuando madura oscurece), naranja, trigo, sapecada (cuando se pasa algo rápidamente por el fuego), jambo, fruto purpura, verde, cabo verde, bahiana, sarara, cabocla, calor firme, burro en fuga.

extraerse la leche, con una hilera de viriles apaches con chupones en la boca, con un diablito de alas móviles, con hombres en mallas blancas y manos terminadas como espigas de trigo, con hombres en pañal pero con corona y cetro. Todos cantan y bailan, a pie feliz, tan cómodos en sus cuerpos, abrazando y besando a diestra y siniestra y no parecen borrachos. “É carnaval”, explican. El cuerpo del carnaval es un cuerpo sin cerraduras, de playa infinita, de danza libertina, que se desnuda y se deja abrazar y aplazar por todos. Lo certifico en el apretujadero del bloco callejero, ese desfile sambado de barrio donde, si más te aprietas a los demás cuerpos, mayor es la diversión y el placer. “Te toco, me entrego / Con samba / Del modo que usted quiera / Me abraza, me besa / É carnaval / É simpatía é quase amor”, repiten una, cien veces, mientras avanzamos y retrocedemos algunos milímetros en el apretujadero. Muchos carnavaleros traen en la cabeza un pañuelo en el que se lee: “Vístase, use camisinha”. Es la campaña del gobierno para usar preservativos cuando estalla el carnaval. Los condones vienen incluidos con tu boleto para el Sambódromo.

de la cirugía estética, como presumen sus cirujanos plásticos. Ahora está por disputar el primer lugar.

6-Todos tienen su telenovela brasileña
Un turista del Perú había traído en sus maletas dos cajas con 14 condones cada una. Había imaginado que en Rio encontraría a mulatas golosas de sexo. Fogosas, bestiales, salvajes. Después de unos días regreso a su país, andino y cabizbajo y con los paquetes casi intactos, sólo con un condón menos (el que debió ocultar en el bolsillo de su bermuda desde el primer día). Al menos este macho romántico admitió su fracaso: “me dan miedo las brasileñas, no puedo declararme. Además, yo necesito fidelidad”. Era su último día en Rio. A su lado estábamos un guatemalteco y una mexicana. Los tres asentimos, mudos, solidarios. Días después, una tarde en Campinas, una ciudad a una hora de Sao Paulo, pregunté en un restaurante: -¿Cuál es la diferencia entre la belleza mexicana y la brasileña? - La misma que entre Televisa y O’Globo –respondió un hombre frente a mí. Era un ingeniero. Bajo su mansedumbre escondía al guerrillero que un día fue. -Las novelas mexicanas no son divertidas ni sensuales. Tienen mucho drama, y por eso decimos: “deja de hacer dramas mexicanos”.

5-Ser bella no es lo mismo que creerte bella
Tres enfermeras me explicaron su teoría del origen de tanta belleza en días de carnaval. La clave está en pensar “Voce é uma merda e eu sou maravilhosa”. Me dijo Thais, una enfermera de casi 25 años, bajita, cara redonda de niña, ojos verdes, rubia. Aunque no es despampanante, le basta para ser una arrasa-hombres. A Thais le enseñaron desde niña a sacar la nalga, a meter la panza, a enderezar la columna. Dice que cuando entró a la escuela, ya meneaba la cadera, y que sus pies ya intentaban bailar samba. Con los años aprendió a mover las nalgas, una destreza que ella admite no dominar. Esta enfermera no sabe cuándo empezó a sonreír con expresión de pícara e inocente ni de quién demonios aprendió la contraseña para recibir un beso. Una noche de carnaval en el bohemio barrio de Lapa –bares descuidados, ritmo de batucada y callejones olor a marihuanala vi besar a tres desconocidos mientras caminaba de un bar a otro en medio del amontonamiento carnal. “Eso es actitud”, pensé. En esa fiesta de los instintos que dura hasta la madrugada del miércoles de ceniza, lo emocionante es conseguir con quien (o quienes) pasar la noche, con quienes ficar. La belleza brasileña, dice la enfermera besalotodo, no es un producto de la naturaleza. Es sobre todo cuestión de actitud: si no se tiene, se actúa. “Piensa que todos los hombres son una mierda y que tú eres una princesa maravillosa”. ¿Ésa es la clave de la belleza en Brasil? Tres enfermeras me dijeron que sí. Y me sentí enfermera.

4-Un subcampeonato en artes plásticas
Ni todas las brasileñas son bellas ni su exuberante belleza crece en los árboles. A decir verdad, se cultiva sobre todo en gimnasios, se compone de actitud y también se construye en los quirófanos. Miss Brasil 2001, Juliana Borges, es apenas un ejemplar de la belleza brasileña artificial. A sus 22 años, se sometió a 19 cirugías plásticas antes de convertirse en la más bella entre las bellas chica-bisturí. Se corrigió las orejas, se puso implantes de silicona en los senos, se aplicó colágeno en barbilla y mejilla, se succiono la grasa almacenada en barriga y costillas, se afino las fracciones en cara y labios, se operó el cuello. No por gusto Brasil es subcampeón de la copa mundial

7-La vida es una nalga
Desde que llegué a Brasil no he podido dejar ese vicio de albañil mexicano de comparar traseros, de registrar sus ondulaciones, de calcular cuánto rellenan el pantalón o la minifalda, de descifrar con la gravedad de un físico que quiere cada nalga. En una de las avenidas principales de Rio, frente al semáforo, ya no veo hombres y mujeres por la calle: veo cinturas, bustos, caderas, músculos, cabelleras rostros, piernas, nalgas. Sospecho que la mayoría de

3-La orgía es legal

Veo pasar a unos hombresmonja. Atraviesan la avenida costanera Ipanema, con sus tocados de monja y sus panzas cerveceras al aire. Tropiezo con hombres con ubres de vaca que juegan a

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estas mujeres estuvieron en la mesa de operaciones del cirujano Ivo Pitanguy y su famoso bisturí, o en la de alguno de sus colegas brasileños. Veo nalgas de mujeres, nalgas con hombres, nalgas y nalgas. De tanto mirarlas, me siento como esos primeros expedicionarios portugueses que en sus crónicas dibujaban su sorpresa de ver a los nativos con sus vergüenzas descubiertas. “La nalga es su personalidad”, dijo en un baile callejero Hans, un alemán que trabaja con niños de la calle, cuando me descubrió mirando traseros. Sí, una personalidad redonda, alegre, apetecible. Pero más allá del mito del culo, las brasileñas se agringan y se europeizan. No sólo quieren ser un trasero exótico. El nuevo boom son las tetas. Ahora se mueren también por abundancia en los senos y se lanzan gustosas al mercado de las siliconas de gel. A tal grado que Silimed Ltda., el mayor proveedor de implantes de silicona en Brasil, no consigue satisfacer la demanda. El célebre cirujano Ivo Pitanguy tiene una lista de espera de más de un año para hacer operaciones gratuitas y algunos de sus colegas ofrecen planes de pago a plazo fijo, como si comprarse una nueva figura fuese igual a comprar un auto. ¿Quiere saber si necesita una operación de glúteos? Hágase la prueba del glúteo caído. Paso 1: póngase de pie. Paso 2: colóquese un lápiz al final de las nalgas. Si el lápiz se quedó sostenido, necesita operación. Ahora libere el lápiz y tome nota.

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del padre con sus dos esposas, y la cadencia de los movimientos genitales que ha visto desde niño. Esta psicoanalista que por años ha escuchado las angustias de brasileños recostados en su diván, tiene otra explicación para el boom de la cirugía en mujeres post-adolescentes. Las chicas embellecen y se hacen cirugías porque necesitan competir en un torneo de caza: en Brasil hay más mujeres que hombres y los hombres jóvenes son el mayor blanco de la violencia. Las estadísticas no mienten: en las últimas dos décadas, unos 600 mil brasileños murieron como consecuencia de ella. Hombres jóvenes, en su mayoría. Eso ha aumentado la competencia entre las mujeres cazadoras. “Si no lo hacen, sienten que no tienen armas para competir”, explica la psicoanalista. Y recuerdo a las mujeres que he visto bailando en círculos al ritmo de un tambor, moviendo sus lugares más entrañables para captar la atención de su presa. En Brasil, sólo sobreviven las cazadoras más bellas.

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Desde que llegué a Brasil no he podido dejar ese vicio de albañil mexicano de comparar traseros, de registrar sus ondulaciones, de calcular cuánto rellenan el pantalón o la minifalda, de descifrar con la gravedad de un físico que quiere cada nalga.
nes europeos. A veces mezclada con indio y africano, pero una belleza en la que casi siempre dominan los rasgos europeos. La psicoanalista niega que haya una belleza marca Brasil, pero admite que hay algo distintivo, al menos entre la mujer brasileña y el resto de los mortales: la escasez de ropa, la desinhibición y naturalidad para mostrar el cuerpo, muy propia de la mujer del trópico. Bonas se da cuenta del tropiezo: lo mismo describe a una cubana que a una bahiana. Tal vez no exista una belleza brasileña natural y todo sea un espejismo provocado por la sensualidad y la desinhibición. Bonas llega así a una teoría freudianobrasileña de este fenómeno: el bebé mama la cultura de la madre, se libidiniza con la sensualidad del ambiente y la normalidad del sexo, pero también con la historia

9-Seducir es casi una forma de saludar
No es caricatura sentenciar que los brasileños son alegres. Tampoco es un mito decir que son coquetos, desinhibidos y siempre listos para el intercambio cultural. Los brasileños suelen convertirse en embajadores y presentar su país en carne propia: -El único riesgo que corres es que quede prisionero de tu amor. Ven, te voy a enseñar la ciudad. No tengas miedo –me dijo un policía en Porto Alegre. En Bahía fueron unos artesanos: -Ven vamos a compartir la hamaca, ven. En Amazonia, un fiscal de botas puntiagudas me dijo: -Un beso no se le niega a nadie. Dámelo antes de que el barco toque puerto En Sao Paulo, fue un taxista: - ¿Ya probaste algún brasileño? Si no conociste a alguno en la intimidad, no puedes

decir que conoces a un hombre. Días después, un tal Lucas me llevó a ver un atardecer desde el Morro de Sao Paulo. Era un improvisado guía que se ofreció a conducirme a las ruinas del fuerte abandonado en esa isla para ver la puesta de sol, que se disolvía como una pastilla roja en el mar. Piel negra brillante, torso desnudo y un short zurcido estratégicamente para dejar a la vista el nacimiento de sus nalgas. El día cedía (y el guía también). Entrecerraba los ojos, miraba el cielo, sacaba la lengua y ensalivaba sus labios. -Dios mío, la noche se acerca y no sé dónde voy a terminar-me dijo una, tres, siete veces ante mi indiferencia. -Me gustas –añadió este adolescente con quien no había cruzado más de 20 palabras -Ya me estoy excitando –me dio la noticia. Nunca se me habían declarado de esa manera. Su short crecía como si hubiese despertado la raíz de una mandioca juguetona.

10-A veces las brasileñas se sienten feas
Frase para desvestirse: “para las mujeres más bellas del mundo, las brasileiras”, dice Ricky Martin en una publicidad de ropa. Quizá tenga razón, pero en la revista ISTOÉ se leen los resultados de una encuesta encomendada por Dove y realizada por las prestigiosas psicólogas Nancy Etcoff, de la Universidad de Harvard, junto con Susie Orbach, de la London School of Economics. Esta investigación dice que en el mundo, las brasileñas están entre las mujeres más insatisfechas por su apariencia personal: ocupan el segundo lugar, sólo superadas por unas acomplejadas japonesas. Realizada en diez países con mujeres de 18 a 64 años, la encuesta sorprende: cuatro de cada diez brasileñas no se gustan a sí mismas. Les ganan a las inglesas, estadounidenses, holandesas, canadienses, italianas y francesas.

8-Una clase de belleza no es una belleza de clase
¿Existe una única belleza brasileña? “Hablar de belleza brasileña es hablar de la belleza de la clase media y alta del sursudoeste de Brasil. No la confundamos”, dice en su consultorio de Campinas, la psicoanalista Abigail Bonas, una beldad de pelo negro encendido que contrasta con una piel láctea y unos ojos verdes. La belleza conocida en el mundo como brasileña, aquella que gana concursos internacionales –insiste la psicoanalista- es de ge-

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¿Modestia? No, hay que traducirlas: el 13 por ciento de las brasileñas cree que sólo las top models son bonitas. Casi la mitad piensa hacerse una cirugía estética.

_Historia Internacional

11-Las abuelas también usan escote
El médico de un centro de salud de Campinas, una ciudad del estado de Sao Paulo, estaba preocupado por una anciana. Envió a unos enfermeros a buscarla a la favela Vila Brandina y la encontraron en su casa construida por partes, con un patio colmado de desperdicios que desemboca en una calle de tierra. La abuela apenas podía moverse. Gorda y de cabellos despeinados, dijo que padecía intensos dolores estomacales. Recitó un rosario de dolencias y se palpó la zona más adolorida. Fue imposible dejar de notar un escote profundo por donde se veía el inicio de sus senos bajo un camisón transparente de flores. La abuela no lleva ropa interior. A todos les causó gracia aquella anciana sexy que no era bella ni parecía haberlo sido. Apoyada en un árbol afuera de su casa –y mientras decía que para el dolor estomacal se había recetado aguacate y una cazuela de frijoles con carne de cerdo-, la abuela se mostró toda. Nice, una agente sanitaria que da clases de baile y estiramiento para ancianos y enfermos mentales, se ríe ahora al recordar el episodio de aquella abuela moribunda. Suelta su teoría de lo bello en Brasil: es la genitalización del ambiente. La casi nula inhibición. En el Sambódromo del último carnaval de Rio, por ejemplo, unos ancianos se robaron los aplausos. Había hombres y mujeres uniformados de gala, que desfilaban llorando, solitos, sin música, cantando a palmos, improvisando pasos de baile. Lloraban porque su camión se había descompuesto y no pudieron llegar a tiempo.

12- Hay ciudades que te hacen más bella
Bahía es una espesa cucharada de ese jarabe de sensualidad que es Brasil. Y si Rio tiene un carnaval de los instintos, Bahía es el erotismo desatado a die stra y siniestra en el aire. Brasilia, la capital diseñada por Oscar Nienmeyer, es el Brasil más correcto e insípido. Quizá la belleza sea algo geográfico. Conforme se viaja hacia el norte, el mito comienza a extinguirse: todos parecen más normalitos, más latinoamericanos. Bahía es la zona negra de Brasil, donde se concentra la mayor cantidad de descendientes de esclavos. Es una tierra liberada de religiones y ritos opuestos, donde los dioses africanos fueron ocultándonos bajo disfraces católicos, donde los negros fueron torturados hasta la muerte y donde ahora abunda la fiesta. Quizá todo esto se nota más en un barrio, Pelourinho, en el centro de Salvador de Bahia, el vecindario de las curiosidades turísticas y de la prostitución. Aquí murió de un infarto Vadinho, el esposo de Doña Flor, disfrazado de húngara: el más malandro, gigolo y apostador de todos los personajes de las novelas de Jorge Armando. En Peló -así llaman a este barrio los turistas- no se silencian los tambores ni la música: uno camina por las calles empedradas, tratando de buscar de dónde viene el sonido, y sin darte cuenta ya estás en una exhibición de capoeira, esa danza mezcla de artes marciales y acrobacias. Es como si el carnaval de hubiera detenido aquí como una nube cargada de lluvia. Y en cada calle encuentras lo de siempre: una mirada lasciva, un ven-ven de lujuria, la invitación a ficar. Incluso en el Museo de Arte, último piso, en el umbral de las escaleras, una figura de Changó, el dios africano de la virilidad, espera a los visitantes para mostrarles su falo dorado de medio metro y del grosor de un tubo de lavabo. Los turistas se arremolinan a su lado y lo espían desde todos sus ángulos. Cuando los vigilantes del museo se distraen, lo tocan como si quisieran llevarse una prueba del mito bahiano. Tocar para creer.

13-Brasil vs Argentina
Si son rivales en futbol, ¿por qué no en belleza? -Quizá las argentinas disputen una copa con las brasileñas, pero nunca nosotras con ellas. No miramos a las argentinas ni a las colombianas como rivales - descarta Miriam de Paoli. Es una brasileña que vive en Buenos Aires. Es alta rubia-ojiverde-bonita, lo que se espera de una brasileña pero en rubio. Desde una habitación de su casa, se escucha a su esposo, también brasileño, gritar: -Se creen las más lindas del mundo. De entrada, De Paoli elimina de la final del campeonato de belleza a las argentinas, que con las colombianas y venezolanas son consideradas las otras bonitas de la región. -¿Mujeres lindas? Las norteamericanas, italianas o francesas. Las brasileñas no tenemos ni fijadas a las argentinas –dice De Paoli.

-Quizá los hombres brasileños sí ven a los argentinos como rivales –añade-, porque las brasileñas enloquecen con ellos. Los argentinos dicen que nosotras somos más cálidas, más simpáticas y menos histéricas que las mujeres de su país. Luego sentencia: -Y las brasileñas decimos que ellos son más bonitos y más cultos que los hombres de Brasil.

14-Cuerpo trabajado o cuerpo de trabajador
-En Bahía, los hombres actúan como semidioses: les encanta lucir sus pectorales de acero y cinturas estrechas en unos pantalones cortos que parece que siempre se les van a resbalar. La fama de los hombres de Bahía es tal que llegan mujeres de todo el mundo para probarlos en la cama. Vi a una turista gringa, delgada, bonita y

de unos 20 años, abrazada a un vendedor de chicles que con una mano la restregaba y con la otra ofrecía sus cajas de dulces. Sé de una noruega que se mudó a vivir con un pescador. Sé también de una alemana que se quedó a vivir en Brasil con el cuidador de unas cabañas que parecía el leñador de los cuentos infantiles. A mi lado, una escandinava se deja besar y tocar por un bahiano que, con dedos juguetones, no la deja escribir en su correo electrónico. Hasta el más desgraciado de los bahianos puede cotizar alto en los mercados internacionales. Lo mismo parece ocurrir con las bahianas: Tikrit, un indio que se hospeda en mi hospital, es un feo con rango de gigolo. Cada noche duerme con una mujer distinta: la pesca con red y no con caña de pescar. Dice que prefiere a las brasileñas porque son las que aceptan que les hagas de todo. Para Trikit, en esa soltura reside su belleza.

_Entrevista

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LA TERCERA CAÍDA DE LA LUCHA LIBRE
POR DIEGO LEGRAND
uillermo Gómez es un hombre terco. Después de siete años promoviendo la lucha libre en Monterrey, sigue tratando de llenar, cada domingo, su pequeña arena situada en el corazón del Barrio Antiguo de la ciudad. Con más esfuerzo que éxito. “La tremenda caída de la lucha libre en Monterrey es un fenómeno cíclico”, trata de convencerse a sí mismo, mientras maneja rápidamente por las calles del centro para llegar a tiempo a una conferencia sobre lucha femenil organizada en el Museo del Noreste. Y eso es precisamente lo que parece, a primera vista, la Lucha en Monterrey: una pieza de museo cuyas ponencias se vacían lentamente, a medida que avanza el evento. Pero la sensación es efímera. En esta ciudad que en algún momento tuvo más arenas activas que el propio Distrito Federal, el pancracio continúa siendo un componente social sólido. En este mundo oculto, los pequeños promotores son personajes muy poco reconocidos, hombres que se quedan en la sombra de la lucha libre, pero cuya existencia es esencial para que pueda sobrevivir el deporte más mexicano que existe. Memo Gómez es un hombre fuerte, de rasgos gruesos pero amenos. Sus pequeños ojos en movimiento constante, se pierden en medio de una cara bordeada por dos enormes mejillas y una frente arrugada, mientras que su voz clara y ligera contrasta con el volumen de su cuerpo. Aunque desborda de afabilidad y gentileza, ensombrece su rostro cuando habla de los problemas de la lucha libre en Monterrey.

G

Álvaro Perales, un lienzo charro en una cancha de futbol rápido en el poniente de la ciudad, antes de movernos a la arena femenil del centro. Pasamos por gimnasios y espacios reducidos de San Nicolás de los Garza antes de llegar a la Kids Arena, donde llevamos más de un año y medio ininterrumpido. Lo que sucede es que muchas veces te encuentras con que el propietario no puede seguir financiando una arena que pierde dinero o de plano con algún otro promotor que te mete una zancadilla.

P- ¿Eso pasa seguido?
GG- Sí, nos ha pasado. En ciertos puntos logras atraer a un público fijo, que sabe que allí hay siempre lucha libre y entonces llega otro promotor con más dinero, que busca convencer al dueño local de que le ceda el espacio por más dinero o más estrellas. Eso pasa en arenas pequeñas y grandes, recuerdo una vez que sucedió en la Halcón. En esta ciudad de negocios hay promotores que hacen alianzas con cerveceras o televisoras y eso hace que sea imposible competir para nosotros. En alguna ocasión incluso llegaron a vender el boleto de entrada en diez pesos con una chela regalada. A ese precio ni la chela… Aunque cinco años después, ese mismo negocio se fue a pique, era insostenible.

yados se enfrentara en partido oficial a un grupo de locutores de televisión! Nunca verás eso, porque allí sí cuidan la credibilidad de su deporte. Crearon todo un show al estilo gringo en el que los luchadores se peleaban en los pasillos antes de entrar al estadio, pero si ni quiera había pantallas en la arena para que la gente pudiera ver lo que sucedía afuera al mismo tiempo. Lo intentaron transformar en un show televisivo, cuando la arena es una cuestión mucho más personal y directa, un asunto de catarsis. Siempre ha habido relaciones entre los luchadores y el mundo de la farándula, el propio Santo de repente hacía sketches con Capulina, pero ahora se abusó de eso y se le perdió el respeto.

P- ¿Qué papel tuvo la televisión en todo esto? , ¿y el fútbol?
GG- Bueno, las dos cosas van juntas, cuando falleció el patriarca del grupo Multimedios, don Jesús Dionisio González, cambiaron dos cosas fundamentales: corrieron a la promotora más importante de lucha libre en Monterrey, Lilia Cavazos, quien falleció unas pocas semanas después, y le invirtieron mucho más dinero al futbol que a cualquier otro deporte. Pero no sólo la lucha libre sufrió del auge y de los primeros triunfos de los clubes locales, sino que otros deportes como el beisbol también están pasando a segundo plano. Ahora las arenas grandes sirven sobre todo para hacer conciertos. En algún momento, en los 90 como te comentaba, funcionaron tres grandes arenas al mismo tiempo, las cubrían por tele y por radio, había programas sabatinos dedicados a la lucha libre. Era la época del Vampiro Canadiense, de Pierrot, de Latin Lover y de Héctor Garza que acaba de fallecer. Pero hoy sólo importa el futbol para las grandes televisoras y los periódicos de mayor circulación. Aunque creo que eso puede cambiar.

tamos, pasamos de hacer funciones que empezaran a las siete de la noche, a otras que concluyen a las cinco e incluso a las cuatro de la tarde para que la gente salga más temprano. La lucha libre tiene una función de catarsis como te decía, la gente va y se sacude la violencia que trae consigo viendo lo que sucede en el cuadrilátero. Hay una serie de valores que se propagan, es una representación teatral de la lucha del bien contra el mal, para simplificarlo mucho. Cuando el rudo se ensaña con el técnico y el réferi se hace de la vista gorda, luego luego le reclama el público que se identifica. Es lo que desearíamos en nuestra sociedad, van a desquitar su coraje. Sobre todo en las pequeñas arenas que son catalizadoras de la problemática social. Una arena de barrio es más accesible para un público de clase popular que así no tiene que invertir en pasajes, regresa temprano a su casa, convive e interactúa de mucho más cerca con los luchadores.

P-¿En Cadereyta y Santiago hay lucha libre?
GG- Sí, cómo no. En Cadereyta tenemos registros de que quizá desde los 70 ha habido promotores y arenas de lucha libre. Ahorita está la Plaza de Toros de Cadereyta donde hay una buena oferta luchística. Ha venido el propio Blue Demon a esta plaza. En Santiago hay zonas cerca como Montemorelos o la Congregación Calles que tienen un fuerte movimiento de arenitas dedicadas al pancracio. En todo Monterrey hay lucha libre, sólo que está escondida y ha disminuido mucho su actividad en estos últimos años, pero confío en que sólo sea una etapa, si se hace bien, la lucha libre puede ser un negocio muy lucrativo para las empresas, sin perder su credibilidad o su espíritu mexicano que la hacen tan particular. Lo que hay que ver es cómo va a poder competir en un mundo globalizado donde todos los niños quieren ser Messi o Cristiano Ronaldo. Encontraremos una solución.
CON INFORMACIÓN DE KEILA BADILLO

P- ¿O sea que es un problema de arenas pequeñas o es la lucha libre la que sufre en general?
GG- La lucha libre ha tenido problemas en toda la última década. Se desgastó mucho su credibilidad. La influencia de lucha americana ha jugado mucho en esta caída pero la sobreexposición que obtuvo en los medios en la década de los 90, contrariamente a lo que se podría pensar, tampoco ha tenido un efecto positivo. La intentaron levantar durante unos cuantos años, sin invertirle el dinero necesario ni guardar el respeto que exige este deporte. Trajeron a estrellas de televisión para que sean réferis o incluso que lucharan contra los propios gladiadores, ¡es como si el equipo de Ra-

PR - ¿De qué vive una pequeña arena en Monterrey?
GG - La verdad es que tenemos facilidades; pero más que nada, sobrevivimos. Nos condonan algunos impuestos porque saben que hacemos un trabajo social y que difícilmente juntamos dinero para sostener el espectáculo, mucho menos para sacar utilidades. De hecho, yo no gano nada en la arena, tengo que poner casi 3 mil pesos de mi bolsillo a cada función, para poder continuar con el espectáculo. Tengo dos socios que me apoyan y nos dividimos los gastos entre todos pero las ganancias son casi siempre nulas. De hecho, la principal mana de dinero proviene de las fiestas para niños que organizamos en el mismo salón de la Kids Arena. Con eso y mi trabajo como ingeniero costeamos las pérdidas de la arena. También tienes que encontrar un grupo de luchadores que te quiera apoyar. Siempre hay gente dispuesta a echarte la mano si ve que la afluencia ha sido muy escasa. Yo laboro con puro talento regio o del noreste, no puedo traer pagar pasajes de avión, pero ya sabes con quién trabajar, no son mercenarios, la mayoría son hombres y mujeres que aman a su deporte. En ocasiones hay incluso luchadores que vienen a la arena los domingos con su mochila lista por si sucede algo, para ver si pueden entrar como remplazo de último minuto.

P- ¿Y la violencia?
GG- Yo no sé si la violencia haya realmente afectado a la lucha libre. Digo, obviamente hubo menos afluencia en las arenas que en otras épocas pero también nos adap-

P - ¿Cuánto tiempo llevas en esto?
GG- Mira, empezamos en el 2006, así que llevo casi siete años de promotor y de alguna manera me conocen las autoridades. Ven que eres un promotor que año tras año sigue batallando para salir a flote y te vas ganando cierto respeto. Aunque en nuestro caso no tenemos ni si quiera una arena fija, nos hemos estado moviendo de lugar. Empezamos en el Deportivo

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_Opinión

Cadereyta, todavía muy lejos del área metropolitana
l municipio de Cadereyta ya fue nombrado parte del área metropolitana gracias a las gestiones realizadas durante más de seis años. Fue el ahora ex alcalde Jesús Francisco Lozano Fernández quien inició el trámite, Eduardo Javier de la Garza Leal le dio continuidad y casi logró cerrarlo, pero el que lo culminó esta labor fue el actual alcalde José Emeterio Arizpe Telles, quien logró la firma final. El estatus alcanzado por Cadereyta como parte del área metropolitana tiene pros y contras. Aquí están algunos de ellos: NO ESTAMOS PREPARADOS La reducción de la tarifa eléctrica, la rebaja en la tarifa del trasporte y la eliminación de la lada en telefonía son algunos de los beneficios económicos que se pueden dar, aunque el crecimiento de la infraestructura urbana y los servicios básicos en el municipio están en tela de duda: ¿puede Cadereyta abastecer a sus ciudadanos? VIALIDAD QUE ASFIXIA Desde el año 2011, la Secretaría de Tránsito y Vialidad que está a cargo de Jesús Rodríguez Botello se vio afectada por problemas internos, quedándose sin elementos que realicen las labores requeridas para tener una vialidad fluida. A pesar de esto, se le sigue pagando un sueldo al titular sin tomar en cuenta los problemas económicos por lo que pasa la actual administración. Sin resultados y sin elementos que desahoguen la vialidad, la ciudad es un caos. NO DA SOLUCIONES El alcalde José Emeterio Arizpe Telles ha realizado un plan de austeridad en el municipio, el cual incluyó el despido de más de 20 elementos de

E

diferentes departamentos pero sin la contratación de nuevos elementos capaces. El alcalde se apoya en elementos contratados por la administración pasada para resguarda la vialidad en las escuelas. Estos elementos no están capacitados para realizar las labores de vialidad y no conocen los reglamentos oficiales por los cuales se rige el municipio. MULTAS EXAGERADAS Debido a lo anterior, las multas de casi mil pesos están a la orden del día; los elementos de Seguridad Pública las aplican a personas que se estacionan por minuto en el centro de la ciudad. También retiran los vehículos y los trasladan al corralón municipal sin dejar ninguna explicación. Eso sí, a los vehículos comerciales que se estacionan en las esquinas principales y perturban la visibilidad de los demás automovilistas, no les dicen nada y les garantizan impunidad. INSEGURIDAD La inseguridad, sobre todo en las colonias populares, es uno de los principales problemas, ya que son insuficientes los elementos de seguridad debido a que sólo se cuenta con cien policías. Además, los rondines de los militares son muy esporádicos y la Fuerza Civil sólo se aparece los fines de semana. EDUCACIÓN SIN SENTIDO En la actualidad existen más de siete escuelas de nivel medio superior, una facultad y una Universidad Tecnológica, la cual sólo funciona al diez por ciento de su capacidad y ahora se pretende traer un CONALEP. Es una verdadera lástima que no se buscara gestionar lo que más de cuatro alcaldes han buscado: un área para traer más de diez extensiones de carrera de la UANL, lo cual facilitaría un mejor acomodo estudiantil en el municipio, ya que son más de 5 mil alumnos que viajan a la ciudad de Monterrey a diferentes carreras.

¿Y Romero Deschamps?
 

GRAVE Lo más temerario es que Izaguirre, al ver la pobre actuación del Alcalde y sus colaboradores –que no hacen, ni han hecho absolutamente nada hasta ahora--, ya está preparando su equipo para lanzarse en busca de la Presidencia Municipal. ¿Qué opinan ustedes? REPARTO Las pruebas abundan: cuando la Refinería solicita al sindicato 30 o 40 plazas de nueva creación, Pepe Izaguirre lleva la solicitud en bandeja de plata al líder nacional y este escoge la mayoría de ellas para venderlas, por lo que la venta de plazas nunca ha dejado de existir. Romero Deschamps tiene en Cadereyta no menos de 150 trabajadores con plantas vendidas por él y sus allegados.

VOLUNTAD Por lo visto, no existe voluntad política de parte del gobierno de Enrique Peña Nieto para ir por los bienes mal habidos del líder petrolero Carlos Romero Deschamps. Las denuncias públicas aparecidas en rotativos capitalinos de circulación nacional son una prueba contundente de la existencia del delito, pero la Procuraduría General de la República, en este caso, no mueve un dedo en contra de líder sindical. FIESTA Con la sorpresa de que el pasado día 10 de mayo, “Día de las Madres” la fiesta tradicional que celebraba el sindicato petrolero a todas las madres de ese gremio se suspendió aduciendo que el salón Serapio Venegas está en plena remodelación. Nunca en la historia sindical de la Sección 49 se les pasó a los líderes festejar a las compañeras trabajadoras. Si no había salón, el líder en turno contrataba los servicios de otro salón de fiestas para celebrar ese evento. LÍDER Pero es sabido por 5 mil trabajadores petroleros (entre los de planta, transitorios y jubilados), que José Pepe Izaguirre Rodríguez es una figura decorativa sometida a los deseos de Carlos Romero Deschamps y no a la voluntad de la clase trabajadora, la cual desde hace tiempo está muy mal representada.

PROMESAS Han pasado ya ocho largos años en que los trabajadores esperan más campos deportivos, más zonas de recreación y más viviendas decorosas prometidas durante una visita a Cadereyta. Ese sería otro testimonio de cómo se las gasta el líder nacional que se ha sostenido en el cargo a base de corrupción y promesas no cumplidas.  

*redes@grupolarazon.com

No dejes de leer

El periódico de crónicas de Monterrey

_Obituario

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HÉCTOR SOLANO SEGURA
12/06/69 - 26/05/13
POR CARACOL LÓPEZ

EL PERRO MÁS QUERIDO DE LA INDEPE
oy el fruto de aquel árbol, que elevó sus ramas, muy cerca del cielo, para darme vida y todos mis anhelos; me acarició con sus ramas y bajo su sombra, poco a poco fui creciendo. – Me refiero a ti, Invasores de Nuevo León El estacionamiento principal de las Capillas del Carmen luce lleno. En la entrada del edificio está un grupo de jóvenes vestidos de negro. El color de sus atuendos corresponde con lo que establece el protocolo de los funerales, no así el tipo de prendas. En vez de pantalones formales o camisas de vestir, llevan playeras sin mangas y pants deportivos con raya blanca a los costados. En los brazos musculosos tienen tatuajes tribales, animales fantásticos, nombres de personas. También hay algo extraño en su cabello: quizá sea el mohawk de uno o el pelo largo y lustroso de otro. -Son luchadores, dice Arnulfo Vigil, escritor regio aficionado a la lucha libre. -¿Cuáles son sus nombres? -No te puedo decir sus identidades. Aquí vienen sin máscara, pero no quieren ser reconocidos de todas maneras. Aun así, Arnulfo comenta que al funeral vinieron Mongol, Casanova y hasta el referi Chabelo. Adentro están muchísimas personas más. Algunas tienen el mismo aire que el grupo de jóvenes de afuera. Son la mayoría. También hay gente de traje, mujeres de riguroso luto y hasta se puede reconocer a uno de esos luchadores que en el medio se conocen como “exóticos”. Viste con ropa ligeramente afeminada. El funeral de un luchador es una pasarela de modas contenida. A los lados de la capilla se apiñan las coronas florales. Vienen de todos lados: desde Tv Azteca Noreste hasta la Escuela Secundaria General Ignacio de Maya. En la entrada está un banner: en él se mira a un hombre joven con pectorales enormes, en posición retadora. Tiene cabello oscuro y largo, ligera barba. Es musculoso. Viste sólo un calzón negro, rodilleras y botines. En su cintura se destaca el enorme cinturón del Consejo Mundial de Lucha Libre. El hombre joven, el hombre del funeral es Héctor Solana Segura. Héctor Solana Segura nació en Monterrey el 12 de junio de 1969. Creció en La Independencia, una de las colonias más antiguas de la zona metropolitana. Ahí, junto con su hermano menor empezó su entrenamiento en la tradición familiar que le dio fama y fortuna: la lucha libre. Su padre fue Humberto Garza, un luchador que construyó su prestigio con una carrera de 45 años sobre el ring. Se retiró para sanar sus lesiones y las de los demás, pues aprendió rehabilitación física de manera empirica. De él, Héctor tomó su

S

*** Soy un hombre muy honrado, que me gusta lo mejor, las mujeres no me faltan, ni al dinero, ni el amor... – Morena de mi corazón, Los Lobos La canción de Los Lobos suena a todo volumen. Héctor Garza, con mallas blancas y pecho desnudo avanza por el pasillo. Saluda a los niños que le tienden las manos desde la valla. Sonríe. Repentinamente corre, brinca y se trepa a la última cuerda del ring. Desde arriba levanta las manos y encara a toda la arena. “El gladiador, prototipo de la rudeza que constituye la flor y nata aquilatada en su acrobacia. El bien torneado seductor del ring: Héctooor Garza” grita el presentador. Un segundo de silencio pasa. Héctor salta al ring. Carlos Monsiváis, al escribir acerca de la figura del luchador, sostuvo que: “es algo distinto al boxeador, no encarna la realidad, ni el salto a la riqueza, ni el descenso a los abismos, ni el desmoronamiento por el alcohol y la fragilidad psíquica de la raza… No, el luchador  es la entidad más concreta y elusiva: el encuentro de la furia cronometrada y el impulso dancístico, de la dialéctica entre campanadas y descomposiciones faciales, entere la violencia y su falta de consecuencias trágicas”. Sin embargo, Arnulfo Vigil disiente. Asegura que sí hay consecuencias trágicas en la lucha libre. Al igual que en el ring, hay cierta realidad en las heridas que el luchador se hace en el pancracio: muchos han quedado ciegos o paralíticos. En sus últimas entrevistas, Héctor Garza invitaba a sus compañeros a no descuidar sus lesiones. Pedía, casi encarecidamente, que al menor síntoma o molestia fueran al médico. *** El luchador es, al mismo tiempo, héroe y villano, paladín de las clases desposeídas y figura aspiracional. Con máscara o sin máscara, su brillo y lentejuela es símbolo de victoria y lucha. Si se le derrota, la derrota es real, la sangre es real. No sólo los niños, todos los que asisten a una lucha entran en la convención: saben que la realidad se suspende como se suspenden y vuelan los luchadores en el ring. Un luchador siempre muere peleando. En el funeral de Héctor Garza, un niño y una niña pasan frente al banner que adorna la entrada de la capilla. El niño es muy pequeño, de apenas siete años. Es evidente que va con alguien de su familia y no conoció al luchador en persona, porque al ver la figura del banner dice a la niña: “Mira, yo creo que ése es el que mató a Héctor”.
Una publicación de: Grupo Editorial La Razón José María Rojo 440 Sur Barrio Antiguo Monterrey, Nuevo León. Tel. (0052)(81)83429697/98

vocación y aprendió los primeros movimientos que lo llevarían a tener su propia trayectoria de 21 años. Héctor Solana se casó con Liliana Padilla Martínez y tuvo dos hijos, Héctor y Leslie. El 26 de mayo de 2013, Héctor Solana, mejor conocido en el mundo del ring como Héctor Garza, falleció a causa de un cáncer de pulmón que le fue detectado el otoño pasado. Humberto Garza Jr., hermano de Héctor y también luchador, cuenta, con la boca oliendo a alcohol y pena, que Garza era serio pero alegre, juguetón y “aventado”. Al preguntarle acerca de la música favorita de su hermano, explica que el bolero Me refiero a ti, de Los invasores de Nuevo León, lo hacía llorar. Eso sí, cuidaba mucho que su padre no lo viera. *** ¿Dónde están, perros? (quiero verlos saltando). Denme más, perros (quiero verlos gritando). Quiero más, perros, ya los oigo ladrando, que el cartel trae el mando y venimos acabando. – Perros, Cartel de Santa Héctor Garza inició su carrera como luchador en septiembre de 1992. Primero fue un muchachito enclenque. Su tío, Mario Segura, conocido en el pancracio como Ninja, lo preparó para su debut. Cerca de la casa de Héctor no había lugar para practicar, así que entrenaba en la Arena Solidaridad junto a su hermano Humberto Garza Jr., Latin Lover, Rubén Juárez y Tarzan Boy. El estilo que desarrollo fue aéreo; lo adquirió en la alberca, donde echaba clavados desde el trampolín de tres metros. Así conformó sus mejores mo_Editor Adjunto Diego Legrand @legranddiego _Arte y Diseño Oscar Hernández @Ouscher

vimientos, el tornillo y el moonsault. Supo adaptarse al cambio que hubo en la lucha libre mexicana cuando se abrió a la lucha norteamericana. Humberto Garza Jr. dice que la mayor virtud de Héctor fue saber hacer combinaciones. Fue técnico y rudo, dependiendo del momento y lugar donde se encontró. Alma Delia Zamorano, estudiosa del fenomeno del Santo, dice que la figura de los luchadores tiene varios niveles: persona, deportista, mito. Las personas cercanas a Héctor Garza sostienen que fue la faceta de deportista la que más cultivó: además de natación practicó futbol, frontón y basquetbol. El entrenamiento le consiguió un lugar en el Consejo Mundial de Lucha Libre, para luego pasarse a la AAA, lo que le abrió las puertas de la World Wrestling Federation y hasta la Royal Rumble. Ese fue su escalón para trabajar en el World Championship Wrestling. En un punto tuvo problemas con las autoridades estadounidenses debido al uso de sustancias de prescripción. Por ello regresó a México, donde ingresó de nuevo a la AAA: de ese tiempo son sus legendarias y sangrientas peleas contra el Hijo del Perro Aguayo. El teatral mundo de la lucha libre permite muchos giros dramáticos: Héctor Garza volvió al CMLL dentro del grupo conocido como Los Perros del Mal: luchadores rudos que al ritmo del Cartel de Santa golpearon a los técnicos, especialmente a Místico. Como miembro de los Perros del Mal, Héctor adquirió el apodo de Querubín. El principal compañero de Héctor Garza fue, justamente, el Hijo del Perro Aguayo.
_Cronistas Alma Vigil @almillavigil Daniela García @d_garcia91 Melva Frutos @fruttzy Leo González @yLeodice _Asistente Keila Badillo _Columnistas Luis Samuel de la Cruz El Fogonero _Distribución Sergio Ramos _Consejeros Andrés Ramírez Celso José Garza Guillermo Osorno Julio V. Chang

Diego Enrique Osorno @diegoeosorno

_Dirección

_Administración
Alejandro Regalado

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_Comercial

_Web Denise Alamillo @denisealamillo

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