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E

l enfrentamiento con su hijo le había dejado más agotado de lo que había

pretendido, pero no había tenido más remedio. Ahora que parecía que todo marchaba a la perfección, por poco lo estropea todo esa chica. Por supuesto que estaba al tanto de los encuentros secretos que tenía con Amarael y desde que lo sabía, estaba de mejor humor. Incluso había pensado en pasarse a echar un vistazo a una de esas clases, pero los planes de Astaroth le inquietaban, por eso había decidido ponerle en sobre aviso. Se preguntaba si los demás príncipes infernales habían pensado de la misma forma que él y de ser así, si lo de la venganza era una excusa por parte del duque para arrebatarle esa posibilidad. No, a estas alturas eso ya no importaba. Él había cumplido su parte del trato y había trabajado para ellos eficazmente, incluso se había ganado el puesto en la realeza. La maldición ya no le importaba a nadie más que al afectado. Al entrar en su dormitorio se encontró con una menuda y delgada mujer hundiéndose en las sábanas de seda púrpura, con las rodillas flexionadas y escondiendo su rostro en su regazo. La reptiliana cola la movía bruscamente, como una pantera nerviosa. Las garras de sus pies se clavaban en la seda. Samael, “el veneno de Dios”, aquel que un día fue el líder de los arcángeles, aquel al que le fue otorgado un par de alas de más para que cubriese su rostro ya que tanta belleza sólo podía ser admirada por Dios, y uno de los primeros en pasarse al bando oscuro. En ocasiones se le confunde con el mismísimo Lucifer. Había sido el ángel encargado de cuidar el Edén, pero cayó sucumbido a la tentación de la manzana y se enamoró locamente de la mujer humana de rubios tirabuzones y ojos grises, siempre melancólicos. Brella era buscada por Metatrón y desesperados huyeron al único lugar en el creían poder estar a salvo. Lucifer les aceptó, amputándole cuatro de sus ocho alas, para que estuviese por debajo de él, e imponiéndoles una maldición. Milenios después la maldición perduraba, pero Samael podía ver la luz. Tan sólo Caín y ese ángel tenían que enamorarse. Algo tan sencillo como eso y Brella y él por fin… —Sal de la oscuridad, querida. La demonesa reaccionó muy lentamente y levantó mínimamente la cabeza, lo justo para que dos felinos iris asomaran de entre sus rodillas.

—Se te ve cansado. —Lo necesario para nuestra relación. Brella parecía irritada. —¿Todavía sigues con eso? ¿Cuántos fracasos más harán falta para que te des por vencido? Samael se sentó junto a ella en el borde del colchón. Su esposa hacía tiempo que había sucumbido a la oscuridad, pero él cuidaría de ella hasta el final, como se lo había ordenado Dios. <<Estoy cuidando de ella, nunca dejé de servirte. Es sólo que… me enamoré. ¿Tan grave es eso?>> No servía de nada pensar en esas cosas a esas alturas. —Esta vez sí que saldrá bien. Nuestro hijo va a ser útil al fin y al cabo. —Ese bastardo no es un demonio. Las palabras de Lucifer fueron claras. —“Un vástago de la luz y otro de las tinieblas”, Brella. Lo importante es que se enamore siendo un diablo. Por eso antes no funcionó, él era un ángel cuando se enamoró de esa entrometida, pero ahora es un diablo, ¡el sustituto de Lucifer, nada menos! Conociéndole caerá rendido ante la sonrisa inocente de la chica, y ella ve en él un hombre fascinante y misterioso y terriblemente seductor, ¡es perfecto! El chico malo que en realidad es bueno y que ella es la única capaz de sacar esa parte de él. —No sé quién es más estúpido de vosotros tres. —No te veo muy entusiasmada… ¿Qué te ocurre? ¿Has vuelto a soñar con él? —No puedo evitarlo. Cada vez que veo un humano… —Ensáñate con ellos si así te sientes mejor, pero eso no solucionará nada. —Tú dices quererme, pero luego pasas las horas metido en el laboratorio. Reviviste a esa zorra de Lilith y no me dejas que mate al culpable de nuestra desgracia… ¡Y todavía te atreves a ir gritando por ahí que me quieres! A Samael le hubiese gustado ver lágrimas en sus ojos de rubí para poder consolarla, pero estaban completamente secos. Sólo el rencor y la desesperación brillaban en ellos. —Sé que trabajo demasiado. Todo es por nosotros, sólo hace falta un poco de paciencia. Y Lilith está muerta. Su cuerpo me era útil, nada más, pero ella no volverá a molestarte nunca más. —Como si no supiera lo que haces con su cuerpo… —¿Y tú con Nosferatus y los demás? Brella,… Retiró un mechón que tapaba su rostro ocultándolo de la luz, y se lo colocó suavemente tras una picuda oreja. Tomó con suavidad sus manos y transformó el aire en una rosa de cristal. Brella la sostuvo entre sus garras y la acercó a su nariz para poder oler la fragancia imaginaria. El cristal estalló y los fragmentos cortantes se incrustaron en sus manos y rostro, resquebrajando la cenicienta piel. La demonesa se quedó petrificada al verse salpicada por su propia sangre. —Si no fuese por mí a saber qué clase de tortura retorcida te habría hecho sufrir Metatrón. Caín sufre y seguirá padeciendo el dolor que iba destinado a ti, así que deja de enredarte más en la telaraña de oscuridad que te ha atrapado y ayúdame a cortar los hilos. Volarás, volaremos. Te lo prometo. La ayudó a limpiarse de la sangre, no quería que la seda se manchase, pero no hizo nada por extraerle los cristales de la piel. Sabía que el dolor era necesario para hacerla reaccionar. Brella no le amaba, lo sabía. Siempre lo supo. Mientras pudiese estar con ella era suficiente. Prefería que lo utilizara como consuelo a que aquella mágica noche nunca hubiese existido. Porque sólo había habido una única noche en la que sus cuerpos se pudieron fundir en uno. Sólo una noche, la maldición les impedía hacerlo más, pero ese único momento nunca lo olvidaría. Y Caín era la prueba de que fue real, así que no iba a

permitir que el idota de su hijo desapareciese y la única forma de que a Caín se le permitiese vivir era haciéndole sufrir. Así que sufriría. Los diablos no dormían, o por lo menos lo evitaban. Las pesadillas a las que Morfeo les sometía eran más temibles que el propio Infierno, por lo que usaban drogas y otros métodos para recuperar fuerzas. El mundo de los sueños era tan inaccesible para ellos como lo era el reino de la luz. Sin embargo, aquella noche Caín durmió. Tal vez pensó que en sueños podría verla aún viva o quizás que todo hubiese sido una alucinación. No soñó, sino que visitó unas salvajes tierras donde desde el horizonte se dibujaba, para él y su raza cerrada, la puerta del paraíso. Un Samael milenios más joven le condenaba a la oscuridad y repetía infinitamente las palabras que le habían sentenciado.

Todo se debe a tu existencia.

Todo. Todo.

Todo. A

tu existencia.
Por tu culpa tu madre será castigada y si no existieras tu hermano seguiría vivo.

Vivo.

Vivo. Vivo.
El único
Entrégate.
. Todo .

Sí, has matado al único ser que te quería.

Entrégate a Dios y paga por el daño que has infringido.

Dios
por tu

Paga por el

daño

es

culpa.

<<Si mi pecado es existir, ¿mi muerte no lo solucionaría?>> Ya es demasiado tarde para eso. Tu muerte no sería suficiente para pagar por todo el daño que has causado. Sufrirás, bastardo. Sufrirás por mi Abel y por mí. Los latigazos de Brella flagelaban su maltratada alma, arrancándole vísceras de miedo y soledad. Un cuervo graznaba para silenciar sus gritos.

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En una pequeña isla en un lugar remoto del Atlántico, el océano tenebroso, todo parecía transcurrir como siempre. Los jóvenes ángeles se dejaban el aliento en su entrenamiento y los poderosos arcángeles seguían reuniéndose en las sombras que sus alas producían. Todo parecía marchar bien, demasiado bien para lo que a ellos les hubiese gustado. —Si siguen así pronto alguno comenzará a liberar su verdadera esencia y todavía queda bastante para el examen final. A este paso muy pocos suspenderán —les comunicaba Serafiel. —¿No decíais que Gabriel iba a ser un fracaso? —les reprochó Jofiel. —No sé como se las apaña siempre… —rechinaba los dientes Raphael. —Quizás así sea mejor —se hizo escuchar el arcángel Chamuel— unos buenos guerreros nos vendrán mejor que un poco de akhasa. El líder seraphín negó con la cabeza —Necesitamos ese akhasa. Todo está planeado de forma exacta, nada puede fallar. —Las investigaciones con el akhasa artificial ya están muy avanzadas —les informó orgulloso Raphael—. Ya pueden ser probadas en un combate real. —Bien—asintió Serafiel—. Informaré a los profesores para que cuando lleven a sus alumnos a enfrentarse con diablos reales, las prueben. —Me encargaré personalmente de que el examen sea más difícil —dijo la Suma Inquisidora que también había acudido a la reunión—. Estoy pensando que sería un buen momento para hacer caer a los cazadores. Son demasiado molestos. Ningún ángel se atrevía a mirarla a los ojos directamente. El fino velo blanco que caía como una cascada sobre ellos les inquietaba. También sabían que el cuerpo que el uniforme tapaba era mucho más inquietante. La Suma Inquisidora Lucía de Torquemada era ciega de nacimiento, pero el sentido de la vista no era lo único de lo que carecía. También era sorda y en lugar de cuerdas vocales en su garganta reposaba un pequeño aparato que se encargaba de hacer vibrar sus palabras. Había nacido ciega, sordomuda y paralítica del cuerpo entero. Una medicina especial le era inyectada cuando dormía mediante numerosos tubos por todo su cuerpo. A cambio de ese sufrimiento, Dios le había dotado poderes extrasensoriales especiales. Ningún humano tenía el tercer ojo tan despierto como ella y muchos éxitos de la Inquisición se los debían a sus predicciones. Era a la única que se le permitía ver directamente a los ángeles porque al fin y al cabo su visión no podía quedar más trastocada. Había sufrido mucho a lo largo de su corta vida pues todavía era una mujer joven, recientemente había alcanzado la treintena, aunque los níveos mechones de su cabellera parecían indicar lo contrario, y eso la hacía estricta a la hora de tomar decisiones. Su fe era firme al igual que su brazo a la hora de ejecutar. Cualquier mínimo atisbo de herejía sería purificado por el fuego castigador. Involuntariamente había vivido un infierno durante toda su vida ella que era la más fiel, un infierno haría vivir a los siervos de la oscuridad. —Necesitamos encontrar a Selene. Gabriel tiene que darse prisa. —Le presionaremos —proclamó Serafiel clavando su mirada en el Gran Médico—. ¿Dudas de él? Selene es su hermana. La buscará. —¿Y si no quiere encontrarla? ¿Y si lo hace pero en lugar de entregarla la mata? —No hará algo así —aseguró tajante el seraphín.

Sabía que ya no iba a admitir ninguna palabra más. Algo inquietaba a Raphael y sus pensamientos estaban dirigidos a la joven Amarael. Estaba poniendo especial cuidado en ocultarlos, temía que Serafiel los descubriese. Significaría su final y el de la muchacha. ¿Qué pensaría Mikael si eso llegase a pasar? Porque estaba vivo, tenía que estarlo. Vería a Amarael brillando en todo su esplendor. La vería. Eso le recordaba que tenía que hablar seriamente con ella. —Jovencita, ¿se puede saber qué pasa contigo? Le transmitía su enfado y preocupación a través de sus pensamientos, le resultaba mucho más efectivo hacerlo de esa forma que mediante la voz, ya que teñir sus palabras con ese tono todavía le costaba a pesar de su longeva existencia. Amarael intentaba evadirlos centrando su atención en un cuadro que adornaba la habitación del arcángel. “La adoración del nombre de Dios”, de Francisco de Goya. El cuadro representaba dos grupos de ángeles dispuestos a los lados que enmarcaban la figura central de un triángulo equilátero con el nombre de Dios padre inscrito. No la gustó mucho pues ella prefería los cuadros de bellos paisajes que la ayudasen a evadirse de la monotonía del Cielo. —¿Me estás prestando atención? —La chica asentía vagamente, distante, con la cabeza—. Maldita sea. ¿Qué se supone que te pasa? ¿No te habrá hipnotizado ese bastardo unialado? ¿O ha sido Gabriel el que te ha contaminado la mente con sandeces? —Deja de echarle la culpa a los demás. ¿Por qué le hicisteis eso a Caín? —¿Cómo que por qué? ¡Mató a su hermano! ¡Es un mestizo! Iba camino de convertirse en un caído y violó a su compañera, ¿te parece poco? Metatrón insiste en dejarlo con vida, pero si por mí fuera ya estaría en el Infierno sufriendo su castigo. De entre todas esas excusas se quedó tan sólo con una: “porque es un mestizo”. Porque era diferente de los demás. Porque nadie le había dado cariño, reclamaba atención a gritos. ¿Es que nadie se había dado cuenta de aquello? Y mientras siguiesen así las cosas habría muchos más como él. —¿Qué ocurrió con mis padres, Raphael? —Siguen vivos —afirmó totalmente convencido de aquello—. Es sólo que… no podían arriesgarse a que fueses descubierta antes de lo previsto. Os hubiesen matado a los tres. —Raphael… no me gusta lo que estoy viendo. No me siento orgullosa de ser un ángel. Voy a seguir adelante, pero para poder cambiar esto y me gustaría contar con tu apoyo cuando lo necesite. —Con mi apoyo ya deberías saber que puedes contar siempre. Pero ahora estás confusa. Gabriel va a ser juzgado y seguramente ejecutado. —¡No! —Y en cuanto ese diablo… no vuelvas a verle. Si te lo encuentras pide ayuda. Te lo digo en serio, Amara. Él es el nuevo satanás y tú todavía no eres más que una niña que no ha pasado el entrenamiento. ¿No querrás que abuse de tu cuerpo y que te robe el alma? Un demonio siempre quiere algo a cambio. —Como si Metatrón fuese diferente… —Ven. La joven había salido tan terca como su madre. Las palabras no iban a ser suficientes así que ella misma tendría que comprobar como era realmente aquel monstruo. Ante ellos se extendía una vasta extensión de destrucción y desolación. El viento agitaba sus cabellos con una melodía macabra arrastrando los gritos extinguidos de sus

mutilados habitantes. La podredumbre de sus cadáveres se filtraba en sus pulmones produciéndoles náuseas. Los violines del Infierno chirriaban sin cesar. En un pequeño resquicio, paraíso aislado, donde los rayos de sol más delgados conseguían filtrarse, una pequeña flor blanca luchaba por sobrevivir. Sus pétalos y hojas buscaban desesperadamente emborracharse del sol. Un riachuelo de gotas de sangre y putrefacción se filtraba entre las rocas, ensanchando los surcos. Las tiernas raíces estaban sedientas y bebieron. La blancura de los pétalos se marchitó. —Demos un paseo —le ordenó a la apesadumbrada muchacha. Echó a correr perdiéndose entre las ruinas, buscando desesperadamente algún superviviente, alguien al que pudiera salvar… Sólo encontró cráneos de niños estampados contra los muros. Los buitres y otros animales carroñeros disfrutaban de su festín. Una mosca zumbaba taladrándole el oído. Amara gritó. No sabía muy bien qué estaba haciendo, pero quería que su voz resonase por encima de esa infernal melodía. Sólo la escuchó la mosca que respondió alejándose de ella. Se dejó caer al lado de uno de los cadáveres y se preguntó qué sentiría si un buitre le arrancase la carne. Alzó una temblorosa mano y acarició el desfigurado rostro de lo que había sido un niño lleno de sueños. Volvió a abrir la boca, pero esta vez entonó una dulce melodía, una canción de cuna para que el alma de esa pobre criatura y la de todos los demás pudiesen descansar en un hermoso sueño. A ella nunca le habían cantado, pero la hubiese gustado que lo hicieran. Por eso conocía varias canciones, para poder cantárselas a ella misma. Raphael la escuchaba ensimismado desde la distancia. Nunca había escuchado algo semejante. Si había un tono al que los ángeles les costaba imitar con la voz, era el de la tristeza. Los ángeles no eran felices y ni siquiera podían plantearse aquello, pero sus estrellas interiores lloraban. Conseguían desahogarse derramando lágrimas silenciosas y su voz se quebraba, pero sus palabras seguían sonando frías e impersonales porque un ángel tenía que ser perfecto por fuera. Y los seres perfectos no podían desfigurar su rostro sintiendo algo tan humano. ¿Alguna vez habéis visto un ángel llorar? Algunos demonios sí, pero sólo cuando les someten a las peores torturas inimaginables. Pero no es agradable. Nunca disfrutan viendo un ángel llorar. Les hacen retorcerse de dolor y les cubren de desesperación para vengarse y su orgullo les impide demostrar debilidad, pero algunos lloran. Entonces simplemente se les deja morir. Evanth lloraba bajo su almohada de blanco algodón. Sus lágrimas congeladas cortaban sus lacrimales. Rezaba a Dios para que todo fuese una pesadilla, sin embargo, el rastro sanguinolento en la almohada y la sangre reseca pegada en sus párpados impidiéndola abrirlos cada mañana le aseguraban que no era un sueño.

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Aquella noche Caín le había comunicado telepáticamente un lugar diferente donde encontrarse. Ella no quería verlo, no se atrevía. Pero sabía que no tenía más remedio.

Se detuvo ante la enorme verja de color negro. Parecía ser que el lugar donde la había citado era un cementerio. Sus ojos se inundaron de lágrimas, todavía recordaba las ruinas de aquella ciudad. Se tragó su llanto y se adentró sin ninguna dificultad a pesar de que a esas horas de la noche estuviese cerrado. El silencio gobernaba en aquel mausoleo de paz y un fresco y agradable olor a jazmín la envolvió. Aquel lugar le recordaba demasiado a Shejakim. No sabía el lugar exacto, para variar, así que se adentró entre los jardines y las tumbas pensando qué haría cuando le viese. Si alguien estuviese allí en esos momentos, habría tenido la visión de una dama blanca de inmaculada belleza y que emitía un suave resplandor sobrenatural deambulando entre las tumbas. El arco comenzó a moverse sobre las cuerdas del violín liberando las primeras notas en clave de sol. La tesitura de la melodía la envolvió y siguió hipnotizada a aquel viento musical hasta encontrarse con él. Allí estaba, más hermoso que nunca, su negra figura fundiéndose en la noche, resaltando un pequeño violín de tonos rojizos. Su brazo se movía de una forma que no parecía real tocando una sonata que tampoco parecía de este mundo. Estaba furiosa, pero aquella melodía suavizaba sus pensamientos hacia él, sintiéndose incapaz de interrumpir aquel concierto. Finalmente la música cesó y él se volvió de espaldas, agachando la cabeza. Había algo raro en él, no estaba como siempre. Aún así Amara volvió a recuperar el control sobre sí misma y la sensatez. —¿Por qué ordenaste algo así? ¿Por qué la Inquisición no los protegió? —le había preguntado a Raphael estando todavía en aquellas ruinas. Los que habían pagado las consecuencias habían resultado ser los que menos culpa tenían en esta guerra. —Sí, yo lo ordené. —le respondió Caín a la verdadera pegunta. Amara sabía que los demonios solían hacer estas cosas, pero Caín estaba ahora al frente de ellos, y Caín se encontraba en frente de ella en esos momentos. No era lo mismo observar las barbaridades de un desconocido, que saber que lo había hecho el hombre al que le iba a entregar su virginidad. El que lo confesase con esa calma la hizo estremecerse. <<¿Qué estoy haciendo?>>, se preguntó en su interior. —¿Te das cuenta ahora de lo que soy? —le dijo todavía sin volverse. Ella siempre lo había sabido, pero esta vez lo había visto con sus propios ojos, no podía seguir haciéndose la ignorante—. En este mundo sólo existe una persona que realmente me importa su felicidad y resulta que no eres tú, Amara. —Cuando todo esto se acabe y ya no te necesite más, te mataré —le amenazó, reuniendo todo el valor del que fue capaz de conseguir. El diablo estalló en una carcajada enferma de locura que Amara sólo había visto en una ocasión, cuando Nathan le atacó con fuego. ¿Sería ese ángel capaz de matarlo? Caín supo que sí y descubrió que era eso lo que siempre había buscado realmente en ella. La venganza ya no era tan importante, la humanidad tampoco. Lo único que quería era que se le otorgase el descanso que Dios no estaba dispuesto a concederle. —¡Qué graciosas resultan las vidas de esas personas!, ¿verdad? —replicó, irónica—. No sé qué te ha pasado, pero aquella gente no tenía la culpa. —En la guerra siempre hay víctimas inocentes, por eso son malas. Es lo que tiene ser inferior y débil. —Si no poseer poderes sobrenaturales es ser inferior…

—Da igual, Amara. No tengo ganas de discutir sobre esto. De hecho, no tenía ganas ni de venir… Claro que no poseer poderes era ser inferior. Él sólo tenía un ala y por ello siempre había sido despreciado. Aunque encontrase la forma de seguir adelante, siempre sería torturado por ser diferente e inferior. —Yo tampoco, pero aquí estamos. Caín fijó su atención en una de las lápidas. Amara leyó la inscripción: Soy la obra inconclusa Con infinitas posibilidades para un final. Me entrego fácil a tus brazos Con el misterioso canto de un ritual1 —La conocía —añadió, aunque Amara ya se lo imaginaba. —Agustina Otero —leyó en voz alta la borrosa inscripción—. Pero su felicidad no te importó tanto. Ni la de ella ni la de ninguna salvo esa misteriosa mujer… —No quiero hablar de eso —replicó fríamente. Amara ya había intuido que en el corazón del diablo ya había alguien especial. Se preguntaba qué clase de mujer sería aquella que había logrado algo tan imposible. Se sintió defraudada ya que cada vez recibía señales más grandes y luminosas que le indicaban que sólo la estaba utilizando. Hace un momento había deseado matarle y ahora sentía eso. Definitivamente no estaba bien de la cabeza. No tenía ganas de seguir hablando de eso así que intentó cambiar de tema. —¿Y se puede saber, si es que tienes alguno, con qué plan planeas derrotar a Metatrón? —Ahora mismo hay alguien al que odio más que Metatrón. —Sí que cambias rápidamente de opinión… —Se me está ocurriendo algo —finalmente se giró, dándole la cara y adoptó una expresión reflexiva—. Si… ¡Eso es! —Amara le observaba con la interrogación pintada en sus ojos—. Yo no puedo derrotarle, pero Metatrón le está buscando. Si yo se lo ofreciese… —Oye, espera un momento. No entiendo de qué estás hablando ahora, pero me ha parecido entender que quieres hacer un trato con él. ¿Seguro que eres Caín? —Ya, es lo que no me gusta de esto, pero por tal de verle sufriendo… —¿A quién? —A Samael. Metatrón le busca desde que sedujo a Eva en el Paraíso. —¿Eva? ¿La primera mujer? Ahora que lo pienso, tú eras hijo de un ángel, ¿no? —las ideas se iban aclarando en su confusa mente. Él no la corrigió por lo que se lo tomó como que estaba en lo correcto—. De todas formas me alegro. Ya pensaba que Samael se trataba de otra mujer… —No soy un ninfómano. —Permíteme dudarlo. —Lo digo en serio. He sufrido entrenamientos muy duros, y pasado largos periodos en condiciones extremas. Que me guste mucho no significa que no pueda pensar en otra cosa. —Te otorgaré el beneficio de la duda, entonces. Aún así sigo pensando que le dais demasiada importancia al sexo. —Eso lo dices porque no lo has probado. Mejor dicho, porque no me has probado aún —entonó con picardía, acercándose peligrosamente a ella. El corazón de la muchacha
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Fragmento final de “Ritual Secreto”, de Orietta Lozano

latía demasiado deprisa, si seguía así le haría un boquete en el pecho. Afortunadamente para su salud y condición de ángel, el diablo se retiró para seguir hablando—. Sois unos reprimidos. Os esforzáis demasiado en aparentar ser lo que no sois para luego ser lo contrario de lo que queréis aparentar. —Le concedemos más importancia a cuidar del mundo que a nosotros mismos. Tampoco lo necesitamos porque somos seres superiores, ¡eso es! Caín emitió una mueca de asco. —Sois tan arrogantes como estúpidos. ¿Para qué crees tú que acuden la mayoría de sus clientas a Raphael? Para aliviarlas de sus deseos sexuales mediante masajes en sus genitales. La muchacha no sabía cómo asimilar eso. Se negaba a admitir algo así. —¿Y tú que sabrás de lo que hace él con sus pacientes? Soltó una risotada seca —¡Ja! Porque no es el único. Una vez me dio por hacerme pasar por un respetable médico en Inglaterra. Fue muy divertido—. Se detuvo secamente tras decir aquello y tras un silencio sepulcral de reflexión se llevó la mano a la frente, reprochándose su propia actitud—. No sé qué estoy haciendo aquí. Ireth me espera… —Así que se llama Ireth. —Le pareció verle maldiciéndose en secreto por lo que tradujo como que no quería que ella lo supiese—. ¿Qué le ha pasado? Quizás pueda ayudar —se ofreció. —Conociéndola preferiría quedarse en ese estado a ser ayudada por ti. —¡Oh! —buscó urgentemente el suelo con la mirada. No sabía cómo reaccionar—. Bueno, ¿y qué piensas hacer con Samael? —temía que él se fuese en cualquier momento. No quería desperdiciar aquella noche. —No lo sé. O quizás sí… —¿Y bien? —¡Claro! Es perfecto. ¿Sabes? Al final ha servido de algo verte. —Ya, bueno… —no sabía si tomárselo como un halago o si se estaba riendo de ella. Cada vez lo tenía menos claro, pero él parecía muy serio. Sólo la estaba utilizando a fin de cuentas. —Es muy sencillo: haces una actuación estelar durante el examen y te nombran sustituta de Metatrón. Tú como Diosa y yo como Satanás hacemos un trato de paz. Como prueba de mi buena fe te entrego a Samael y si quieres a los demás príncipes infernales, y tú haces lo mismo con los arcángeles y Serafiel. Y a Gabriel, ya puestos, aunque él de momento sólo me interesa como prisionero. La cara de la joven pasó en un momento de la incredulidad a la incomprensión absoluta a mirar al diablo como si hubiese perdido el juicio. No podía estar yendo en serio. —¡Espera un momento! ¿Qué yo voy a hacer qué? Además, ya te dije que no pensaba permitir que le hicieras nada malo a Gabriel. ¡Te salvó la vida! Que ahora que lo pienso, ¿tú no tenías una maldición? —Ya te dije que se está debilitando. Y yo también te tengo dicho que mis motivos no son de tu incumbencia. —De todas formas tu lógica es absurda. ¿Para qué quieres matar a los arcángeles pero hacer prisionero a Gabriel? Estoy empezando a pensar cosas raras… —Tú que estás pervertida y yo no he tenido nada que ver —exclamó levantando las manos en señal de que era inocente—. Además, a los ángeles también os conviene encerrarle. —Da igual, tampoco pienso entregarte a Raphael, ¡ni a Chamuel tampoco! Si es de los más buenos…

—¿Chamuel? —el semblante del satán cambió por completo—. Es un lobo disfrazado de cordero. “¿Cómo vamos a arrancarle su única ala? Pobrecito. Mejor que el fuego sagrado le purifique” —imitó burlona y exageradamente la voz apacible del arcángel—. Le voy a decir qué puede hacer con sus flechas. ¡Y Jofiel!—siguió con su monólogo— Si de verdad posee esa sabiduría de la que tanto hace gala debería saber su destino desde que me hizo eso… Verle así, desahogándose de aquella forma y contemplando las caras que ponía, le resultaba a la joven demasiado gracioso. Se hubiese reído si no fuese por las barbaridades que estaba diciendo. Seguía sin creer que los arcángeles fueran tan malos, y menos teniendo en cuenta los supuestos actos por los que fue condenado. Les había cogido manía por lo que le habían hecho, nada más. —Hubiese sido peor si te hubiesen arrancado el ala. —No, porque con la maldición y mi mitad humana habría logrado sobrevivir. —De todas formas estás loco y tu plan es absurdo desde la parte en que me hago diosa. —Para eso están estas clases. Además, ¿no te gusta lo de la paz? —Eso es lo único interesante que has dicho. —Vamos a hacer algo de provecho esta noche, no podemos perder más tiempo. Se preguntó si el humor del demonio había mejorado. Era difícil saber si hablaba en serio o si estaba tramando algo maquiavélico. La condujo hasta una zona más aislada, sin tumbas a su alrededor, y le señaló un agujero que había estado cavando previamente en la blanda tierra. —¿Qué hay ahí? —preguntó extrañada. —Qué ingenua eres a veces. ¿No ves que no hay nada? —Ella se le quedó mirando esperando alguna explicación coherente ya que no entendía nada—. Va a ser tu cama esta noche. —¿Cómo? Eso sí que no. ¡Me quieres enterrar viva! —Cuando amanezca podrás salir. —¿Te crees que soy idiota? Además, es de noche y ha llovido recientemente. ¡Ni hablar! ¡Tiene que estar plagado de insectos! —Pero si te gusta la naturaleza —sabía que estaba haciendo referencia a su primer encuentro—. Si es el vestido lo que no quieres manchar te puedes enterrar desnuda. Yo te guardo la ropa, si quieres. —Caín… —Deja de protestar. Lo suyo sería que por lo menos estuvieras así una semana, pero como no puedes desaparecer por tanto tiempo tendrás que aprovechar esta noche para desarrollar tus habilidades. Los ojos del ángel iban del agujero al diablo sin terminar de encontrar agradable la idea. —¿Pero permanecerás a mi lado aquí fuera hasta que salga el sol? —¿Y qué quieres que haga toda la noche aquí de pie? —Podrías tocarme el violín —le pidió, realzando sus pestañas a la vez que se fijaba en el violín que portaba él. Le pareció ver que una de las cuerdas era de oro—. Además, ¿cómo voy a saber cuando amanece? —Eso es cosa tuya, yo no puedo ayudarte en esto. Ya te he dicho que tengo otras cosas que hacer. Amara se introdujo temblando en su lecho de tierra, pasando su larga melena por el hombro. Inmóvil esperó a que Caín la sepultase. No lo había pasado tan mal en toda su existencia. Cuando ya sólo quedaba su cara por ocultar de la luz, el diablo le dedicó una última frase: —“Cuidado con el titiritero embustero pues sólo sabe de trucos e ilusiones, mas si le quieres ganar a su juego has de jugar.”

Y el mundo de la luz desapareció. Sin embargo, la música de un violín la acompañó durante las siguientes dos horas, ayudándola a tranquilizarse. <<Idiota>>, sonrió mentalmente cuando reconoció la sonata de antes. El resto de la noche fue larga, fría y muy oscura.