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Personalidad
y evolución
La individualidad y la naturaleza humana
La psicología de la personalidad está interesada en estudiar la individualidad. En el intento
de comprender las raíces de la individualidad nos podemos centrar en el individuo en con­
creto, único; podemos agrupar a las personas según sus puntuaciones en distintas dimen­
siones de la personalidad; o podemos centramos en el estudio de los grandes grupos for­
mados de manera natural, como son los varones y las mujeres. Todos estos niveles de
estudio contribuyen al conocimiento de la individualidad: nuestras personalidades son en
parte el resultado de patrones genéticos y de experiencias que son sólo nuestras, el resulta­
do de características que compartimos con otros que tienen disposiciones similares, y el
resultado de ser varón o mujer. También son, en parte, el resultado del hecho de que seamos
seres humanos. Ésta puede parecer una idea extraña. Después de todo, si todos somos
humanos, ¿cómo puede contribuir el hecho de ser humano a nuestra individualidad?
Para comprender esta propuesta, pensemos de nuevo en un marciano que esté observando
la vida en la Tierra. El marciano vería enormes variaciones en el comportamiento de los
animales; (en el caso de los marcianos sólo hay un sexo) se fijaría en que algunas especies
comen hierba, otras carne, y otras ambas cosas. Algunas se pasan la vida solas, mientras
que otras viven en grupos. Algunas luchan con otros miembros de su especie, otras son
pacíficas. Unas forman pareja sólo con otro ejemplar, otras con muchos. Para el marciano,
la individualidad de cada animal sería en primer lugar una función de la especie a la que
pertenece. El conocimiento fundamental que tendría de un camello sería que es un camello
y no un elefante, un ratón o una araña. Cada especie tiene sus patrones distintivos de com­
por/amiento. Al observar a los humanos, el marciano vería que nosotros también tenemos
ciertas formas de comportamiento que difieren de las de otros animales y de las de los mis­
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148 Psicología de la personalidad
mas marcianos. Para entender la individualidad de un humano concreto, el marciano nece­
sitaría comprender el comportamiento humano en general. El marciano preguntaría: ¿qué
quieren los humanos?, ¿cómo cubren sus necesidades?, ¿cómo resuelven los problemas
básicos que conlleva la vida: sobrevivir y transmitir sus genes a futuras generaciones? Las
respuestas a estas preguntas constituirían una descripción de la naturaleza humana.
¿Cuáles son algunas de las respuestas con las que se podría encontrar el marciano? Podría
observar la inmensa variedad de sociedades humanas y quedarse impresionado de lo dife­
rentes que son. Por ejemplo, los humanos hablan muchos idiomas, así que el marciano
podría llegar a la conclusión de que es evidente que los hwnanos tienen una enorme capa­
cidad para aprender y transmitir ese aprendizaje los unos a los otros. Incluso, el marciano
podría llegar a la conclusión de que la capacidad de aprender y transmitir ese aprendizaje
(lo que podríamos denominar «cultura») es lo distintivo de la naturaleza humana: aunque
parece que otros animales tienen tendencias conductuales almacenadas en sus genes, el
comportamiento humano es por completo resultado del aprendizaje y la cultura. La natura­
leza humana comienza y termina con esta capacidad.
Sin embargo, el marciano podría no fijarse en ninguna de estas cosas. Aunque fuera
totalmente consciente de la variedad de culturas que han creado los humanos, le podría
impresionar más lo que tienen en común. Por ejemplo,el hecho de que los humanos hablen
diferentes idiomas podría ser menos significativo que el hecho de que todos hablen algún
idioma. La capacidad para aprender un idioma podría considerarse como un aspecto Ílma­
to de la naturaleza humana. El marciano también podría encontrar otras cosas en común.
Por ejemplo, podría darse cuenta de que prácticamente en todas las sociedades humanas
hay alguna división del trabajo según el sexo, alguna forma de jerarquía social, algún con­
junto de reglas que guían el comportamiento, y muchos otros aspectos en que los humanos
podrían aparecer esencialmente iguales en todo el mundo (Brown, 1991).
Los marcianos no son los únicos que se maravillan de la naturaleza humana. La pre­
gunta de si ]a mente y el comportamiento humanos son producto del aprendizaje o de la
evolución genética, y,si lo son, hasta qué punto, sigue siendo objeto de controversia y nos
ha dejado perplejos a los mismos humanos durante mucho tiempo. Últimamente, ha surgi­
do una disciplina llamada «psicología evolucionista», que intenta averiguar cuál es la natu­
raleza humana. Este enfoque afirma que la mente humana está compuesta por un gran
número de mecanismos psicológicos específicos que se han generado a través del proceso
de selección natural durante el curso de los millones de años de evolución de la especie.
En este capítulo trataremos algunos de los conceptos que forman los cimientos de esta dis­
ciplina, y examinaremos un área de aplicación de la psicología evolucionista: el género y la
sexualidad.
lQué es la psicología evolucionista?
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Hace siete millones de años no había humanos. Tampoco había chimpancés. Había una
. criatura que era el antepasado de ambos; los descendientes de esta criatura cambiaron a lo
largo de muchas y diferentes direcciones evolutivas: una línea conducía al chimpancé
moderno, y la otra conducía a nosotros. Hoy compartimos el 98 % de nuestro ADN con los
chimpancés, nuestros «parientes» más próximos en este planeta. Hizo falta mucho tiempo
para llegar hasta nosotros: nuestra especie, el Homo sapiens, existe sólo desde hace
100.000 años, una minúscula fracción del tiempo en que ha existido vida en la Tierra (los
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Personalidad y evolución 149
grandes dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años). Todas las cosas con vida
proceden de antepasados que vivieron antes. La línea se remonta al principio de la vida en
la Tierra, una gran cadena de ADN que nos liga a cada uno de nosotros con las moléculas
más antiguas que tenían la capacidad de reproducirse por sí mismas.
Cuando observamos los organismos más próximos a nosotros, la similitud de la
estructura básica es obvia: corazones, cerebros, glándulas, ojos, etc ... Las diferencias tam­
bién son obvias. Nadie confundiría a un humano con un chimpancé, y éstos son los anima­
les más cercanos a nosotros en cuanto a estructura genética. La mayor parte de 10 que cono­
cemos sobre el funcionamiento de nuestro cuerpo proviene de la investigación con otros
animales. A causa de nuestra historia evolutiva compartida, entendemos que muchos pro­
cesos psicológicos son similares entre distintas especies animales. Por ejemplo, podemos
aprender mucho sobre el funcionamiento del sistema inmunológico de los humanos estu­
diando los sistemas inmunológicos de otros animales. Sin embargo, también hay grandes
diferencias. Por ejemplo, el virus que causa el SIDA en los humanos no lo causa en los
chimpancés. Aunque es fácil encontrar similitudes y diferencias en las características físi­
cas, es mucho más difícil juzgar las similitudes y diferencias en el comportamiento.
La psicología a menudo ha utilizado a los animales para ayudamos a comprender a las
personas. A lo largo de casi todo este siglo, la teoría del aprendizaje se ha basado funda­
mentalmente en el estudio de ratas y palomas, y suponía que los procesos básicos de apren­
dizaje eran los mismos en todas las especies. También se partía de la base de que los pro­
cesos de aprendizaje son los mismos con independencia de 10 que se aprenda; por eso
muchas de las primeras investigaciones sobre el comportamiento humano incluían listas de
sílabas sin sentido. Hoy se sabe que ambas presunciones son falsas.
Piense en el aprendizaje observacional. Una forma de aprendizaje de la que dispo­
nen los animales es observar el comportamiento de otros. Un mono que nunca haya visto
una serpiente de juguete no reaccionará con miedo. Sin embargo, si el mono observa a otro
mono comportarse con temor ante la presencia de la serpiente de juguete, el mono obser­
vador también reaccionará con miedo cuando se le muestre la serpiente. Los monos tam­
poco reaccionan, normalmente, con miedo ante las flores. Podríamos adiestrar a un mono
para que tuviera miedo a las flores administrándole una descarga eléctrica cada vez que vie­
ra una flor. Ahora, supongamos que hacemos que un segundo mono vea la reacción de mie­
do del primer mono como respuesta. En este caso, el segundo mono no tendrá miedo a la
flor. En ambos casos, el de la serpiente de juguete y el de la flor, un mono ha observado el
comportamiento de otro mono al actuar con miedo, pero sólo en el caso de la serpiente de
juguete el mono observador aprenderá a tener miedo a la serpiente (Mineka y Sutton,
1992). ¿Por qué? Durante el curso de la evolución, algunos tipos de estímulos se han con­
vertido en más peligrosos que otros y por ello son más relevantes para la supervivencia del
mono que otros, Las serpientes eran más peligrosas que las flores, Como consecuencia, los
monos están biológicamente preparados para desarrollar respuestas de temor a objetos
similares a las serpientes, pero no a las flores. No está claro que haya efectos similares en
los humanos (McNally, 1987; Seligman, 1994), aunque frecuentemente se ha apuntado que
las fobias humanas se limitan generalmente a un pequeño número de estímulos dentro de
los miles posibles, y éstos son principalmente estímulos que habrían supuesto una amena­
za durante la historia de nuestra evolución (tales como los insectos, espacios cerrados ago­
biantes, y las alturas).
Cualesquiera que pudieran ser las «leyes generales» del aprendizaje, también es cier­
to que la evolución ha programado a diferentes especies de animales para comportarse de
150 Psicología de la personalidad
formas diferentes. Si ha visto alguna vez un documental sohre el comportamiento de los
animales, sabe que incluso los animales más «simples» tienen patrones de comportamien­
to increíblemente complejos que vienen determinados por la estructura genética. Un cerva­
tillo pequeño «sabe» quedarse inmóvil cuando un depredador anda merodeando. Una tor­
tuga marina «sabe» buscar una playa cálida en la que depositar sus huevos, y los bebés de
las tortugas marinas «saben» correr hacia el mar al salir del cascarón. Los pájaros tejedores
machos «saben» cómo construir nidos complejos que atraerán a las hembras. Cuando «la
naturaleza llama», su gato «sabe» cómo cavar un agujero, y su perro «sabe» buscar una
farola. De los protozoos a los mamíferos, los animales «saben» exactamente lo que tienen
que hacer para sobrevivir y reproducirse.
Podría objetar el empleo que hacemos de la palabra «saber». Podría decir: esto son
sólo instintos; los animales en realidad no tienen ni idea de lo que hacen; se limitan a hacer
lo que los instintos les dicen que hagan. Sin embargo, en cierto modo los animales sí
-pero ese conocimiento está contenido en su estructura genétíca y «se aprendió»
a lo largo de la historia de la evolución de su especie, en vez de a lo largo de sus vidas indi­
viduales.
La naturaleza de la naturaleza humana
¿Hay también cosas que los humanos «saben» y que son parte de su dotación genética?
¿También tienen los humanos preferencias, tendencias, y propensiones perceptivas que se
formaron a lo largo de la evolución? Estos son los temas que la psicología evolucionista
trata de abordar. David Buss (1991) define el propósito de la psicología evolucionista del
siguiente modo: «identificar los mecanismos psicológicos y las estrategias conductuales
como soluciones desarrolladas a los problemas de adaptación que ha tenido que superar
nuestra especie durante millones de años» (pp. 459-460).
Dejemos a nuestro inquisitivo marciano indeciso entre dos posibilidades: (1) lo que
comparten los humanos es su capacidad para ser influidos por el entorno (aprendizaje y cul­
tura); (2) lo que comparten los humanos es un conjunto específico de mecanismos psicoló­
gicos. Para decirlo de otro modo utilizando una metáfora de ordenadores, ¿son los huma­
nos «para todos los propósitos» ordenadores programados por la cultura para sentir, pensar,
y comportarse casi de cualquier forma imaginable, o venimos al mundo con un gran núme­
ro de programas específicos diseñados por la evolución para resolver tareas determinadas?
La idea de que la naturaleza humana está moldeada completamente por la cultura se
puede deshechar con bastante facilidad. Piense que nuestras capacidades sensoriales nos
limitan sólo a una pequeña variedad de información sensorial: hay sonidos que no podemos
oír y cosas que no podemos ver (infrarrojos), y hay sentidos de los que carecemos (como el
sónar) que otros animales sí tienen. Así que, viendo al murciélago (en el caso del sónar) nos
damos cuenta de que no servimos en absoluto «para todos los propósitos». De hecho, real­
mente no puede haber duda de que nuestra estructura física, incluyendo el cerebro, ha sido
forjada por la evolución.
El verdadero problema es si la naturaleza humana es algo más que ciertas limitaciones
físicas combinadas con una capacidad casi infinita de aprender y pensar. Ésta es la visión
de la naturaleza humana que ha dominado la mayoría de las teorías psicológicas de este
siglo. ¿Es correcta? No, según una visión alternativa, que afirma que los humanos, al igual
que otros animales, desarrollaron mecanismos específicos para resolver retos concretos a
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Personalidad y evolución 151
los que se han tenido que enfrentar nuestros antepasados (Cosmides, Tooby y Barkow,
1992). Para Buss (1994), un mecanismo que conduce a escoger la comida más nutritiva no
nos conduce también a escoger la mejor pareja. Cada problema requiere una solución espe­
cífica. William James (1890/1950, p. 441) argumentó hace un siglo que la complejidad de
los seres humanos se debe a que tenemos más, y no menos, tendencias innatas que otros
animales.
Preguntas con «¿por qué?»
La psicología evolucionista va más allá de afirmar simplemente que ésas tendencias exis­
ten. Intenta comprender por qué existen. Al hacer esto, la teoría evolutiva proporciona un
modo de ver las cosas familiares de forma diferente. La clave consiste en tener en cuenta
las funciones que cumplen los comportamientos. A los psicólogos evolucionistas, como a
los niños pequeños, les gusta preguntar «¿por qué?». Para entender la importancia de la
función en las «respuestas» evolutivas, imagine que está con un niño pequeño preguntón,
que acaba de aprender en Barrio Sésamo que las montañas, los edificios y las jirafas son
«altos». El niño empieza a hacerle una serie de preguntas con «¿por qué?»: «¿por qué son
altas las montañas?», Vd. contesta, «las montañas son altas porque en el pasado chocaron
unas placas tectónicas entre sí y elevaron un montón de tierra, que ya que no tenía otro sitio
donde ir más que hacia arriba». El niño parece satisfecho con su respuesta y continúa:
«¿por qué son altos los edificios?». «Los edificios son altos porque la gente quería tener
espacio para que muchas personas vivieran en un pedazo pequeño de tierra. El niño parece
un poco menos satisfecho con esta respuesta. «¿Pero por qué la gente quiere meter a
muchas personas en un pequeño pedazo de tierra?» Contesta, «porque el terreno es caro en
las ciudades y es más barato construir a lo alto que a lo ancho. Ahora el niño parece satis­
fecho y sigue: «¿por qué las jirafas son altas?» Empezando a hartarse un poco, contesta «las
jirafas son altas porque crecen así --está en sus genes». Pero, definitivamente, esto no va a
convencer al niño. «¿Por qué crecen así?», pregunta el niño. ¿Qué va a contestar? Para
explicar el caso de las montañas sólo tenía que describir las fuerzas que actúan. Para expli­
car el caso de los edificios, tenía que describir las intenciones de los humanos. ¿Qué tiene
que hacer para explicar el caso de las jirafas? ¿Por qué crecen tanto las jirafas? ¿Por qué
está en sus genes?
Cómo funciona la evolución
La evolución proporciona un marco adecuado para tener en cuenta las funciones de los
fenómenos que estudia. Todas las características que evolucionan deben servir de algún
modo para reproducirse. ¿Por qué comemos? Una respuesta es que comer es placentero
porque la comida tiene buen sabor (dentro de un momento preguntaremos: ¿por qué la
comida tiene buen sabor?). Otra respuesta es que podemos eliminar la molesta sensación de
tener hambre comiendo. Aunque probablemente ninguna de éstas respuestas sería la suya.
Probablemente pensó: comemos porque necesitamos comida para vivir. ¿Cuál de éstas es
la respuesta correcta? En cierto modo todas son correctas. Evidentemente, el placer de
comer y el malestar del hambre motivan que comamos. Si no sintiéramos ni placer ni
malestar, comer sería como recordar tomar una medicina -¡y probablemente mucha gen­
-l
152 Psicología de la personalidad
te moriría de malnutrición! Pero la función del acto de comer no es conseguir placer o evi­
tar el malestar; su función es proporcionar los nutrientes necesarios a nuestros cuerpos para
que podamos sobrevivir.
Imagine que nuestro marciano llegara y viera a la gente comiendo. Suponga que en
Marte la gente no tiene que comer -ellos obtienen todos los nutrientes que necesitan res­
pirando el polvo rojo que hay en Marte. ¿Cómo entenderían los marcianos el hecho de que
los humanos coman? Sin duda elaborarían todo tipo de teorías sobre lazos sociales, rituales
religiosos, etc., y podrían no llegar nunca a dar con la idea de que se come para conseguir
la supervivencia biológica. La clave para entender la función de comer es comprender lo
que necesitan los humanos para sobrevivir o, como se dice muchas veces, qué problemas
se tienen que resolver para que los humanos (o cualquier forma de vida) sobrevivan y trans­
mitan sus genes a generaciones futuras. Ahora, volvamos a la cuestión del placer o el
malestar. ¿Por qué cree que la gente experimenta placer cuando come? ¿Por qué algunas
sustancias tienen buen sabor y otras mal sabor?
Las principales ideas sobre el funcionamiento de la evolución fueron descritas por
Charles Darwin en 1859 en El origen de las especies. Las ideas esenciales de Darwin sobre
la evolución han sido confirmadas por muchas investigaciones, aunque ha habido algunas
modificaciones de su formulación inicial a causa de nuevos conocimientos sobre los meca­
nismos genéticos de la herencia. (Es asombroso recordar que Darwin propuso su teoría sin
ningún conocimiento de genética). El proceso básico que tiene lugar para modificar las
especies se llama selección natural. La observación fundamental de Darwin fue que todo
lo que tiene vida produce más descendencia de la que el medio ambiente puede sostener y,
por ello, sólo una pequeña porción sobrevive y transmite sus genes a las siguientes g e n e r a ~
ciones.
¿Qué determina qué especímenes contribuyen con sus genes a generaciones futuras y
cuáles no? Si el proceso fuera aleatorio, no habría evolución. Darwin se dio cuenta de que
el proceso no es azaroso en absoluto. La descendencia se diferencia por su composición
hereditaria. Las reagrupaciones de cromosomas y las mutaciones producen diferencias
genéticas, algunas de las cuales mejorarán las posibilidades del individuo de sobrevivir y
reproducirse, y otras reducirán las posibilidades del individuo. Cualquier ventaja genética
que tenga una descendencia sobre otra incrementará las posibilidades de que sea la que
transmita sus genes a la próxima generación.
Es importante tener en cuenta que este proceso no requiere de ninguna intención o
deseo de transmitir los genes. La combinación de la superproducción de descendencia y la
variación genética que afecta a las posibilidades de supervivencia y reproducción es todo
lo que se necesita para que opere este proceso. ¿Cuál es el resultado de este proceso? Cual­
quier característica influida genéticamente que incremente las posibilidades de superviven­
cia y reproducción de un individuo se hará más numerosa en las siguientes generaciones.
iPor qué es dulce el azúcar?
Ahora podemos contestar a la pregunta de por qué algunas sustancias tienen buen sabor y
otras mal sabor. Piense en el mecanismo que produce la sensación de dulzor en el cerebro
humano. Los seres humanos experimentan esta sensación cuando colocan azúcar en sus
bocas, gracias a nuestros cerebros y a la combinación de nuestras papilas gustativas con la
estructura molecular del azúcar. El azúcar no es «dulce» para los animales cuyos cerebros
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Personalidad y evolución 153
no funcionan de esta forma o que carecen de estas papilas. No resulta difícil comprender
cómo se ha desarrollado la capacidad para saborear las cosas dulces. En algún punto de la
historia evolutiva no todos los individuos tenían la combinación necesaria de papilas gus­
tativas y estructura cerebral necesaria para saborear el dulzor. Los que tenían la capacidad
de saborear el dulzor tenían en cierto modo más ventaja para sobrevivir y reproducirse que
los que no tenían esa capacidad. Probablemente esta ventaja implicaba la posibilidad de
elegir entre diversos tipos de comida. Por ejemplo, ya que el dulzor se experimenta como
agradable, preferimos la fruta dulce y madura, a la que es agria y verde. La fruta madura es
más digestiva y nutritiva que la fruta que está verde. Por ello, aquellos antepasados que pre­
ferían la fruta madura (porque les sabía dulce) tenían un hábito nutricional ligeramente
mejor que el de aquellos que no podían distinguir el sabor dulce o no lo preferían (porque
no les sabía dulce). A lo largo de varias generaciones, los «genes del dulzor» siguieron
reproduciéndose a un ritmo mayor que los «genes sin dulzor» hasta que finalmente todos
los miembros de la especie tuvieron los genes para saborear el dulzor.
¿Qué está pasando aquí? Las variaciones en la estructura genética de una especie
están «rastreando» una importante variable del medioambiente. La madurez de una fruta
supone una diferencia importante a la hora de sobrevivir y reproducirse. La evolución ha
«escogido» esta diferencia y nos ha conformado para aprovechamos de ella. De alguna
manera, ahora «sabemos» que la fruta madura es mejor que la que está verde --este cono­
cimiento ha sido forjado por la evolución para que forme parte de nuestra naturaleza. Este
tipo de característica se denomina adaptación; es decir, una característica que evolucionó
para solucionar un problema que suponía una diferencia en las posibilidades de reproduc­
ción de nuestros genes en las siguientes generaciones. En este caso, el problema era esco­
ger la comida más nutritiva.
El concepto de idoneidad
Desde una perspectiva evolutiva, las formas de vida son sólo medios mediante los cuales
los genes se transmiten a las generaciones siguientes. La supervivencia del individuo supo­
ne una diferencia en la evolución sólo si sirve para aumentar el número de genes transmiti­
dos. En algunas especies, cuando los individuos se han reproducido, mueren. Pero en la
mayoría de las especies, cuanto más se vive más posibilidades se tiene de transmitir los
genes. Por ello, los organismos han evolucionado de muchas maneras para incrementar las
posibilidades de supervivencia. Éstas incluyen características tanto físicas como referidas
al comportamiento y se resumen en la conocida expresión «la supervivencia del más fuer­
te». El concepto de «idoneidad» es crucial en la teoría evolucionista. El término «idonei­
dad» hace referencia a cuántas copias de los genes de un individuo se transmiten a las gene­
raciones futuras. El individuo con los genes del «dulce» fue más idóneo que los individuos
que no tenían los genes del dulce porque se transmitieron más genes de aquél a las genera­
ciones siguientes.
En lo que atañe a los humanos, nos preocupa cuántos mecanismos psicológicos dife­
rentes potenciaron la idoneidad en el medioambiente ancestral, es decir, el medioam­
biente que existía durante la época en que se estaba desarrollando nuestra especie. Parte de
la tarea de análisis de la evolución del comportamiento humano requiere reconstruir de una
forma más o menos imaginativa cómo era aquel medioambiente. Como veremos más tar­
de, esto es también un problema que aqueja a este planteamiento.
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154 Psicología de la personalidad
Por ahora, es importante que comprendamos que cuando hablarnos de idoneidad refi­
riéndonos a los humanos, estarnos hablando principalmente de la idoneidad en el medio­
ambiente ancestral.
Idoneidad inclusiva
La idoneidad no sólo abarca a la propia descendencia. Piense en la siguiente situación e
intente decidir quién es más idóneo evolutivamente. Jaime y Juan son gemelos idénticos.
Jaime nunca se casa y no tiene hijos, pero ayuda a la familia de Juan de muchas formas. De
hecho, sin la ayuda económica de Jaime, Juan sólo habría podido permitirse mantener a un
hijo, pero con la ayuda de Jaime, Juan ha tenido cuatro hijos. Joaquina y Juana también son
gemelas idénticas. Ellas no están cerca la una de la otra y no se ayudan de ninguna forma.
Las dos tienen un hijo. Compare a Jaime con Joaquina. ¿Quién es más idóneo? Podría res­
ponder «Joaquina» porque Joaquina tuvo un hijo y Jaime ninguno. Sin embargo, si pensa­
rnos en términos de genes, van a pasar más copias de los genes de Jaime a la siguiente gene­
ración que de los de Joaquina. Corno son gemelos idénticos, toda la descendencia de Juan
tendrá copias de los genes de Jaime. Así que los genes de Jaime-Juan han dado lugar a cua­
tro descendientes, pero los genes de Joaquina-Juana sólo han dado lugar a dos.
Suponga que la tendencia a ayudar a los hermanos está en sí misma influida genética­
mente. Jaime tiene esa tendencia genética y Joaquina no. Corno esa tendencia le condujo a
Jaime a ayudar a su hermano Juan, habrá más copias de ese «gen de ayuda» en la próxima
generación. La idea de que la idoneidad no sólo incluye la propia descendencia sino tam­
bién la descendencia de los que comparten nuestros genes se llama idoneidad inclusiva, y
ayuda a explicar por qué los animales a menudo hacen cosas para ayudar a sus parientes.
También puede explicar ciertos aspectos del comportamiento humano, corno la tendencia a
estar más preocupado por el bienestar de nuestra familia que por el de la familia de los
demás (Burnstein, Crandall y Kitayama, 1994), y favorecer a los miembros de nuestro pro­
pio «endogrupo» y no a miembros del «ex agrupo» (Tajfel, 1982). En el entorno ancestral,
los individuos tenían muchas más probabilidades de compartir sus genes con su familia, tri­
bu, o clan que con los «forasteros». De aquí que, ayudar a los miembros de nuestra familia,
tribu o clan fomente la idoneidad inclusiva -y si esa tendencia estaba influida por los
genes, se habría desarrollado para formar parte de nuestra naturaleza humana.
Selección sexual
La selección natural tiene lugar cuando algún aspecto del entorno favorece la superviven­
cia y la reproducción de unos organismos, que tienen ciertas características más que las de
otros organismos. Sin embargo, Darwin reconoció que entre los animales se da otro tipo de
selección naturaL En las especies que se reproducen sexual mente, se necesitan dos ejem­
plares para la reproducción. Un individuo podría sobrevivir sin problemas, pero a no ser
que pueda formar pareja (o influir en la idoneidad de sus parientes), sus genes no se repro­
ducirán; no sería un ejemplar idóneo, no dejaría descendientes; no sería parte de la historia
evolutiva.
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Darwin advirtió que el hecho de formar pareja no es un proceso aleatorio. De hecho,
muchos animales derrochan mucha energía intentando conseguir una pareja. Hay dos razo­
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L-
Personalidad y evolución 155
nes que explican por qué formar pareja no es un hecho aleatorio. La primera, que cuantas
más parejas se tengan, más descendencia se tiene. Un macho que haya tenido como pareja
a cincuenta hembras dejará más descendencia (y más copias de sus genes) que un macho
que sólo haya tenido una. Los machos de muchas especies compiten entre ellos para con­
seguir a las hembras, y los ganadores transmiten más sus genes, incluyendo los que les
hicieron ganadores. La segunda, que dos individuos pueden tener el mismo número de des­
cendientes, pero si los descendientes de uno reciben más genes que les proporcionan más
oportunidades de sobrevivir y reproducirse que los de otro, esos genes tendrán más posibi­
lidades de continuar en futuras generaciones.
La situación no es tan diferente del caso del «dulzor» explicado antes. Suponga que
hay ciertos indicios que sugieren cuál de dos posibles parejas tiene «mejores» genes. Por
ejemplo, un individuo grande y fuerte podría tener genes que le hacen más resistente a las
infecciones o a los parásitos que un animal pequeño y débil. La preferencia de elegir como
pareja al individuo grande y fuerte aumentaría la probabilidad de que la descendencia sea
sana. Como consecuencia, cualquier tendencia a preferir individuos grandes y fuertes como
parejas tendería a reproducirse, a mantenerse en el acervo genético de la especie, al igual
que la tendencia a preferir la fruta madura. Con el paso del tiempo, esta preferencia se con­
vertiría en una parte fundamental de las características evolutivas de los sujetos.
Los animales también podrían desarrollar preferencias por características de sus pare­
jas que les puedan servir de ayuda o resultarles útiles. Por ejemplo, escoger a una pareja que
tiene más posibilidades de acceder a los alimentos o al cobijo aumentaría las posibilidades
de que la descendencia sobreviva. Siendo esto así, cualquier tendencia genética a preferir
tales parejas predominaría sobre la tendencia a no preferirlos. Darwin llamó selección
sexual al proceso evolutivo que se basa en el hecho de fomlar múltiples parejas o en la pre­
ferencia de determinadas características en las parejas. Al acuñar el término selección
sexual, Darwin intentaba hacer ver que los problemas que tienen que resolver los indivi­
duos incluyen tanto los referidos a la supervivencia como los que están directamente rela­
cionados con la elección de pareja. De hecho, en algunos casos, éstos dos procesos pueden
resultar contrapuestos: las grandes colas de los pavos reales entorpecen sus posibilidades
de supervivencia, y sin embargo son tan preferidos por las pavas reales que continúan sien­
do una característica de esta especie.
Sexualidad humana
Un individuo que tiene una larga vida pero que no se reproduce no contribuirá en nada a las
futuras generaciones (excepto, quizás, ayudar a que sobrevivan sus parientes). Un indivi­
duo que tiene una vida corta pero deja muchos descendientes contribuirá con sus genes a
las futuras generaciones. Nuestros antepasados eran los individuos que reproducían más
copias de sus genes. Cualquier característica influida genéticamente, incrementaba la pro­
babilidad de que sus genes se transmitieran. Para reproducirse, los individuos deben encon­
trar una pareja; tienen que tener relaciones sexuales. Estos hechos han llevado a los psicó­
logos evolucionistas a centrar su atención en la formación de parejas y, en especial, en las
diferencias entre las mujeres y los varones en cuanto a las estrategias para formar pare­
ja (Buss, 1994; Symons, 1979). Centrar el estudio en las diferencias sexuales se debe al
hecho evidente de que el papel de varones y mujeres en la reproducción es muy diferente.
Por eso, 10 que mejora la idoneidad en un sexo no la mejora necesariamente en el otro.
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156 Psicología de la personalidad
Aportación de los progenitores
Hay dos diferencias fundamentales entre Varones y mujeres que son importantes en nuestra
exposición. La primera, que ellas sólo pueden tener un cierto número de descendientes. En
tiempos ancestrales, seguramente las hembras tenían un máximo de ocho a doce hijos (esta
estimación se basa en estudios sobre las poblaciones contemporáneas de cazadores). Por el
contrario, los machos pueden tener un número casi ilimitado de descendientes (el récord
mundial registrado es de 899) (Daly y Wilson, 1983).
La segunda diferencia radica en lo que se conoce como aportación de los progenito­
res. Piense en la poca participación que se requiere de un hombre para procrear. Si un varón
copula con una mujer y su espem1a fertiliza un óvulo, habrá empezado el camino para pro­
ducir copias de sus genes. No se requiere nada más de éL En la jerga de la biología evolu­
tiva, el esperma representa la aportación mínima que debe hacer un varón para tener des­
cendencia. La aportación mínima de una mujer es totalmente diferente. Si se queda
embarazada, está contribuyendo con mucho más que un óvulo. En primer lugar, tendrá que
llevar el feto durante nueve meses. Durante este periodo, tendrá que alimentarse ella mis­
ma y a su descendencia. Durante al menos el último trimestre sus actividades se verán limi­
tadas en cierto grado. En segundo lugar, dará a luz. En el entorno ancestral, este acto era sin
duda arriesgado, y conducía en algunas ocasiones a la muerte de la madre. En tercer lugar,
después de que nazca el bebé, todavía la madre tendrá que seguir compartiendo con él su
comida, ya que tendrá que amamantarle durante dos o tres años, y ésto limitará su activi­
dad. En cuarto lugar, durante la mayor parte de este tiempo, no será fértil. Suponga que el
bebé muere al cabo de tres años. La idoneidad de la madre disminuye porque ninguno de
sus genes ha entrado en la corriente evolutiva en esos tres años, y no ha tenido más des­
cendientes. Por todas estas razones, la aportación mínima de las mujeres a la descendencia
es mucho mayor que la de los varones.
Diferencias de género en las estrategias de formación de pareja:
calidad y cantidad
Hay algunas implicaciones obvias, y otras no tanto, en estas diferencias. Recuerde que la
evolución funciona a través de la competencia entre los miembros de la misma especie. Los
que tengan más descendencia influirán más en el desarrollo de la especie que los que ten­
gan menos descendencia (la definición de idoneidad). Las características que hacen que los
individuos tengan más descendencia serán, al final, las características de las especies en
desarrollo.
¿Cómo podría aumentar un varón el número de sus descendientes? Ya que la aporta­
ción mínima de los hombres es escasa, a los varones les cuesta muy poco copular con tan­
tas hembras como sea posible. Cuanto más diferentes sean las hembras con las que copula
más descendencia tendrá. Pensemos en dos machos: uno desea copular con muchas hem­
bras diferentes, y el otro no. El primer macho a veces tiene la oportunidad de cumplir su
deseo; supongamos que durante su vida consigue copular con 100 hembras diferentes. Si el
25 por ciento de ellas tiene hijos a consecuencia de ello, él transmitirá sus genes a 25 indi­
viduos. Al menos una parte de sus descendientes machos heredará su tendencia a desear
muchas parejas, así que en cuanto puedan, intentarán copular con muchas hembras. Así en
~
Personalidad y evolución 157
unas cuantas generaciones, el macho con deseo de muchas parejas dejará cientos dc copias
de sus gencs, incluyendo los genes que le hacían desear muchas parejas.
Ahora pensemos en la situación del hombre que no tiene este deseo. Se limita a una
pareja y se hace padre de, como mucho, doce hijos. Los descendientes varones heredan su
falta de interés por más de una pareja, así que se aparean con una sola hembra. Es fácil
comprender que en las siguientes generaciones la proporción de varones que desean de
muchas parejas será mucho mayor que la de los que prefieren una sola pareja. De este
modo, el deseo de muchas parejas será, al final, parte de las características de la especie.
¿Qué ocurre con la hembra que desea muchos varones? No importa las parejas que
tenga, ella tendrá un máximo de ocho a doce descendientes. Por ello, la hembra que desea
tener relaciones sexuales con muchos varones normalmente no tendrá más descendencia
que la que prefiere tener relaciones sexuales sólo con uno. Así, casi no hay razones para
esperar que se desarrolle en las hembras el deseo de tener múltiples parejas sexuales (aun­
que, como veremos, puede haber algunas circunstancias que llcven a las hembras a buscar
múltiples parejas).
La primera conclusión de este análisis es que el deseo de múltiples parejas sexuales se
habría desarrollado más en los machos que en las hembras. La idoneidad está más ligada a
la cantidad de parejas de los machos que de las hembras. Pero la cantidad sólo es una par­
te de la historia. La calidad de las parejas también es importante. Piense en la situación de
las hembras. Aunque no hay gran diferencia entre las hembras en cuanto al número poten­
cial de descendientes, es importante recordar que a no ser que estos descendientes sobrevi­
van y se reproduzcan, los genes de los progenitores no aportarán nada a la evolución. Dos
hembras pueden tener, cada una, ocho hijos, pero si sobreviven y se reproducen todos los
descendientes de la primera hembra, y no lo hace ninguno de los de la segunda, la primera
hembra se convertirá en antepasado de bastantes ejemplares de la especie, mientras que la
segunda hembra no.
¿Qué es lo que determina qué descendiente sobrevivirá y se reproducirá? Un factor
importante es el apoyo que la hembra obtiene de los que están a su lado. En concreto, pien­
se en la ventaja que tendría una hembra si copulara con un macho que permaneciera con
ella y aportara recursos, ofreciéndole a ella y a sus hijos alimento y protección, yendo más
allá de la aportación mínima de los progenitores a sus descendientes. En el medioambiente
ancestral, que probablemente era hostil y desafiante, la hembra que prefería una pareja
fuerte, sana y comprometida que tuviera recursos y estuviera dispuesta a invertirlos en ella
yen sus descendientes tendría una gran ventaja en cuanto a su idoneidad sobre la mujer que
copulaba indiscriminadamente. Así que la segunda conclusión de este análisis es que las
hembras habrían desarrollado una acusada preferencia por las parejas que estuvieran dis­
puestas a proporcionarles recursos a ellas y a sus descendientes: ellas habrían preferido
«padres» a «ligones» (Buss, 1994).
La calidad de las parejas también puede ser importante para los machos. En las espe­
cies en las que los machos aportan poco a su descendencia, es probable que el número de
parejas que tiene un macho sea el factor principal en su idoneidad. Sin embargo, en las
especies con una considerable aportación de los machos progenitores, la calidad de la hem­
bra es importante también para el macho. En comparación con otros mamíferos, incluso
con otros primates, los varones humanos tienden a aportar mucho a sus parejas y a mante­
ner relaciones duraderas con ellas (Kenrick, 1994).
¿Qué es lo que constituiría una pareja «de calidad» desde el punto de vista del macho?
Una característica muy importante sería la fertilidad. Un hombre que tenga relaciones con
I
L_
158 Psicología de la personalidad
una hembra infértil no dejará descendencia. Otra característica, relacionada con la anterior,
es la salud. Una hembra sana tiene más posibilidades de tener descendientes sanos y de ser
capaz de cuidarlos. La edad es un componente relevante de ambas características. Una
mujer veinteañera tiene mucho más valor reproductivo que una mujer cuarentona. Imagi­
ne dos hombres, uno que desea a las mujeres jóvenes en edad reproductiva, y el otro sin
ninguna preferencia en cuanto a la edad. El primer hombre tiene relaciones con una mujer
más joven, y el segundo con una mujer mayor. ¿Cuál de los dos tendrá más descendencia?
De nuevo, la presión de la selección natural es enorme. La preferencia por mujeres jóvenes
daría una gran ventaja selectiva sobre la no preferencia por ninguna edad.
¿Cómo podía saber un hombre en tiempos ancestrales la edad de una mujer? Los ani­
males no conocen conscientemente las razones de sus preferencias y acciones. Hacen lo
que hacen y sienten lo que sienten porque a lo largo de la evolución estos sentimientos y
acciones aumentaron la idoneidad de sus antepasados. Nuestros antepasados no eran dife­
rentes; ellos no pensaban: «si escojo una mujer joven tendré más descendencia y de este
modo influiré en el curso de la evolución». No se necesita ninguna intención consciente
para tener descendencia. Todo lo que se requiere es un rasgo detectable que varíe concor­
dantemente con una característica que marque una diferencia en la idoneidad. Un hombre
cuyos genes le han llevado a preferir rasgos que varíen concordantemente con la edad y la
salud de las mujeres tendrá ventaja en su idoneidad sobre un hombre cuyos genes no le lle­
ven a tener esta preferencia. ¿Cuáles podrían ser estos rasgos? Los rasgos de edad y salud
son esencialmente físicos. Una piel suave, unos ojos y un pelo brillantes, un modo de andar
animado y unos labios gruesos son características indicativas de una mujer joven y, por tan­
to, fértil. Como las preferencias de un hombre por estos rasgos aumentan la idoneidad, esta
preferencia ha llegado a ser parte de la psicología evolucionista de emparejamiento de los
varones.
Resumamos. La evolución funciona a través de la competencia entre individuos den­
tro de una especie. Nuestros antepasados fueron los que tuvieron más éxito en transmitir
sus genes a futuras generaciones. Cualesquiera que fueran las características que les lleva­
ron a este éxito, estas han llegado, en última instancia, a formar parte de nuestra naturaleza
evolutiva humana. En lo referente a las relaciones sexuales, nuestros antepasados y ante­
pasadas lograron el éxito de formas diferentes. Nuestras antepasadas preferían a los hom­
bres con capacidad y disposición de invertir sus recursos en sus parejas y en su descenden­
cia. Nuestros antepasados deseaban múltiples parejas, jóvenes y sanas, y competían con
otros hombres para atraer o conseguir acercarse a las mujeres.
Comprobando las hipótesis evolucionistas: diferencias
sexuales en la psicología de la formación de parejas
Todo esto tiene sentido, pero la ciencia exige algo más que una teoría que parezca sensata;
exige una prueba empírica. En los estudios sobre el comportamiento de los animales, hay
muchas pruebas que apoyan estas ideas (Barash, 1982). Podemos presumir que el medio­
ambiente en el que viven la mayoría de los animales es bastante similar al medioambiente
en el que se desarrollaron. Por ello, es posible examinar cómo el comportamiento de los
animales representa una adaptación a su medioambiente. Esta presunción no se puede hacer
en el caso de los seres humanos. En los últimos 10.000 años, la invención de la cultura ha
tenido un gran impacto en el comportamiento humano, y por eso resulta difícil utilizar las
--1
Personalidad y evolución 159
condiciones actuales para poner a prueba las ideas sobre la adaptación humana. De hecho,
la mayoría de los psicólogos evolucionistas dan por hecho que los comportamientos que
fueron adaptivos en nuestro pasado, pueden resultar dañinos actualmente. Un ejemplo es
nuestra preferencia por las comidas saladas y grasientas; una preferencia que tenía un sen­
tido adaptativo cuando esas comidas eran escasas, pero que pueden resultar letales cuando
son abundantes.
lEs una ciencia?
Hasta el momento, muchos críticos de la psicología evolucionista han presentado una serie
de objeciones (por ejemplo, Kitcher, 1985). Hemos estado hablando de un proceso evolu­
tivo que ha tenido lugar durante millones de años, en un entorno que ya no existe. Los pa­
leoantropólogos intentan imaginar cómo era ese entorno, y en qué consistían las relaciones
sociales de nuestros antepasados, pero sólo se trata de conjeturas. No podemos basar nues­
tras explicaciones en lo que hacen otros animales, porque los comportamientos asociados
al emparejamiento difieren enormemente según las especies. Pensemos en el caso de las
poblaciones de cazadores contemporáneas, no hay ninguna garantía de que su forma de
vida sea el modelo de vida de nuestros antepasados. Como consecuencia, los autores críti­
cos con la psicología evolucionista dicen que no hay manera de probar estas ideas ni de ele­
gir un escenario evolutivo en lugar de otro; no hay forma de probar que cualquier patrón
específico de comportamiento que observamos actualmente sea el resultado de procesos
evolutivos y no de, por ejemplo, la cultura. En resumidas cuentas, la psicología evolucio­
nista no se puede probar científicamente.
Los psicólogos evolucionistas responden a las críticas señalando que la mayoría de las
teorías psicológicas son difíciles de «probar». En el mejor de los casos, intentamos conocer
si la evidencia en conjunto apoya o contradice la teoría. Seguramente, si los patrones pre­
dichos por los psicólogos evolucionistas no se pueden observar en los seres humanos de
hoy, entonces la teoría no puede ser correcta. Así que nos podemos preguntar: ¿Qué prue­
bas hay de que los varones deseen más tener múltiples relaciones sexuales que las mujeres,
de que las mujeres prefieren a los varones que estén dispuestos y sean capaces de aportar
sus recursos, y de que los varones prefieran a las mujeres jóvenes y sanas?
Diferencias de género en la sexualidad
Es curioso que, a pesar de la importancia del sexo en la vida humana y el evidente interés
que tienen los humanos en tener relaciones sexuales, hablar sobre sexo, ver sexo y el estar
obsesionados por el sexo, la psicología académica le ha prestado muy poca atención. Por
ejemplo, en los estudios sobre diferencias psicológicas entre varones y mujeres, rara vez se
ha mencionado la sexualidad (Ashmore, 1990; Eagly, 1987; Hyde, 1990; Maccoby y Jac­
klin, 1974). Al leer libros y artículos uno podría pensar que las diferencias en el modo en
que los varones y las mujeres pueden dar mentalmente vueltas a los objetos son más impor­
tantes que las diferencias en su comportamiento sexual. Uno de los resultados del reciente
interés por la psicología evolucionista ha sido centrar la atención en las diferencias sexua­
les, especialmente respecto a los deseos sexuales y las preferencias en las relaciones sexuales
(Buss ySchmitt, 1993; Kenrick, 1994). Los trabajos más reciente muestran claramente que
160 Psicología de la personalidad
las diferencias sexuales en estos temas son las más grandes que se hayan registrado jamás.
Analicemos más de cerca la evidencia de algunos de los hallazgos más importantes de los
psicólogos evolucionistas.
El deseo de sexo esporádico
¿Los varones desean sexo esporádico con múltiples parejas con más frecuencia que
las mujeres? En un reciente metaanálisis de estudios sobre la sexualidad, Oliver y Hyde
(1993) encontraron que las actitudes hacia el sexo esporádico Uunto con la frecuencia de la
masturbación) mostraban más diferencias que cualquier otra característica psicológica o
conductual que se haya estudiado. También se han encontrado diferencias sexuales relati­
vamente significativas en la permisividad sexual. Desgraciadamente, este estudio no ha
profundizado en las distinciones entre actítudes, sentimientos, y comportamientos. Así,
varones y mujeres se diferencian mucho en la frecuencia con que se masturban (los hom­
bres reconocen practicar la masturbación más a menudo), pero no en sus actitudes hacia la
masturbación.
Ehrlichman y Eichestein (1992) se han centrado directamente en los deseos. Pidieron a
varios sujetos estudiantes y no estudiantes que indicaran de forma anónima qué apartados de
una lista de «deseos íntimos» desearían llevar a cabo fervientemente si pudieran realizarlos
sin ninguna posibilidad de que hubiera consecuencias negativas. Los deseos variaban desde
«paz en la Tierra» a «tener salud», «ser rico», «poder político» o «viajar en el tiempo».
Cuando se les pidió que escogieran 10 deseos de una lista, el 48,25% de los hombres y e15%
de las mujeres escogieron «hacer el amor con las personas que me apezteca». Después se les
pidió que puntuaran los deseos en una escala de 1 = «esto es algo que realmente deseo» a
4 =«esto no lo quiero», el 24% de los hombres puntuaron este deseo con un 1 --compara­
do con el 4,5% de las mujeres. El51 % de las mujeres lo puntuaron con un 4-- comparado
con el 22% de los hombres. La diferencia sexual en este deseo representaba más del doble
que la diferencia sexual en cualquier otro deseo de la lista. También se observó esta diferen­
cia en muestras de estudiantes y muestras de no estudiantes, en tres grupos distintos de edad,
que oscilaban entre los 16 y los 90 años, y en tres niveles de religiosidad.
Los estudios sobre las fantasías sexuales son coherentes con estos resultados. Las
mujeres fantasean más a menudo sobre hacer el amor con alguien con el que tienen una
relación romántica que hacer el amor con alguien con el que sólo pretenden tener relacio­
nes sexuales. Los varones tienen estos dos tipos de fantasías por igual (Ellis y Simons,
1990). Puede que la prueba más drástica de esta diferencia entre varones y mujeres sea un
estudio experimental realizado por Clark y Hatfield (1989). Unos estudiantes universitarios
eran abordados por un extraño del sexo opuesto (un cómplice del investigador) mientras pa­
seaban por el campus. El cómplice decía al sujeto: «me he estado fijando en ti mientras pasea­
ba por el campus. Pienso que eres muy atractivo», y después hacía alguna de estas tres pre­
guntas, elegidas al azar: «¿te apetece salir conmigo esta noche?», «¿quieres venir a mi
apartamento esta noche?» o «¿te gustaría acostarte conmigo esta noche?». ¿Cómo reaccio­
naría ante estas preguntas? La Tabla 7.1 muestra los porcentajes de mujeres y varones que
contestaron «sÍ» a cada pregunta.
Estos resultados y muchos otros similares (Buss y Schmitt, 1993) indican claramente
que los varones se sienten mucho más atraídos por el sexo esporádico e impersonal que las
mujeres. Esto no quiere decir que las mujeres no disfruten del sexo tanto o más que los
L
L
--1
Personalidad y evolución 161
Tabla 7.1 Porcentajes de sujetos que contestaron «sí» a cada una de las preguntas
(Basado en Ciar k y Harfield, 1989)
MUJERES HOMBRES
"Dar una vuelta»
<<Ir a su apartamento»
«Acostarse juntos»
50%
6%
0%
50%
69%
75%
varones sino que hay una diferencia fundamental en el contexto de la actividad sexuaL Los va­
rones normalmente están dispuestos y preparados para tener relaciones sexuales con una
desconocida atractiva, en cambio, las mujeres quieren saber quién y cómo es la persona,
y quieren tener algún tipo de sentimientos personales hacia esa persona. Estos resultados no
quieren decir que los varones no estén nunca interesados en una sexualidad comprometida
ya largo plazo. En el estudio sobre deseos íntimos, el 33% de los varones puntuaron con un
1 el deseo de «tener una relación sexual completamente satisfactoria con una única perso­
na en toda mi vida». Aunque las mujeres puntuaron más alto este deseo (El 53% lo puntuó
con un 1), en realidad los varones dieron una puntuación más alta a este deseo que en el
deseo de «tener relaciones sexuales con quien yo quiera». Recuerde también que, del mis­
mo modo, los varones tenían tendencia a fantasear tanto sobre relaciones impersonales
como románticas (BIlis y Symons, 1990).
Estos patrones encajan con el pensamiento evolucionista. Para los hombres, tanto el
sexo esporádico con múltiples parejas como el sexo comprometido con una pareja estable
son estrategias que mejorarían la idoneidad. De esta forma parece que estos dos deseos for­
man parte de la sexualidad masculina. Por el contrario, el deseo de tener relaciones que
supongan un sexo comprometido es mucho más acusado en las mujeres que el deseo de
sexo esporádico. Los psicólogos evolucionistas creen que estas diferencias aparecen en la
vida cotidiana de muchas formas como, por ejemplo, en el hecho de que la gran mayoría de
los acosadores sexuales y violadores son varones; en el enorme mercado de la pornografía
dirigida a los varones; y en la ubicuidad de la prostitución como institución al servicio de
clientes masculinos (Buss, 1994; Symons, 1979; Thornhill y Thornhíll, 1992).
Signos de juventud y la salud
¿Prefieren los varones a las mujeres que muestran signos de juventud y salud? Los psicólogos
evolucionistas creen que la belleza está en los ojos o, mejor dicho, en el cerebro del observador.
Según nuestra exposición anterior, los varones se deberían sentir atraídos por las
mujeres que son jóvenes y sanas. Los signos de juventud y salud son parte de lo que podrí­
amos llamar belleza. Nuestros cerebros procesan ciertos patrones de características físicas
que nos dan la sensación de belleza, al igual que nuestros cerebros procesan unas determi­
nadas señales químicas para el dulzor. Ambos procesos están diseñados para hacer los obje­
tos más deseables a nuestra percepción. La belleza es un mecanismo desarrollado en el
observador, para causar una preferencia por determinadas características del observado,
que aumentarían la idoneidad evolutiva del observador.
Los signos de juventud y salud son los componentes principales de la belleza física en
las mujeres. Muchos estudios han encontrado que una complexión joven, un tono muscular

162 Psicología de la personalidad
firme, un cabello lustroso, y unos labios gruesos son rasgos deseados por los varones. No
debería ser sorprendente que los varones valoren la juventud de las parejas en potencia más
de lo que lo hacen las mujeres. Esta actitud se considera, a menudo, parte de un «doble
rasero» en la sociedad occidental (Kenrick, 1994). Sin embargo, este patrón no se limita a
esta sociedad. Buss (1989) observó que los varones prefieren mujeres más jóvenes en todas
y cada una de las 37 culturas examinadas, y que cuanto mayor es el varón mayor es la dife­
rencia de edad. De hecho, la preferencia de los varones por mujeres más jóvenes puede ser
incluso mayor en otras culturas que en la occidental (Kenrick, 1994; Kenrick y Keefe,
1992). La apariencia física de la pareja deseada es más importante para los varones que
para las mujeres. Prácticamente en todos los estudios que han examinado este asunto, utili­
zando tanto autoinformes de preferencias como el análisis de contenido de anuncios perso­
nales en revistas, los varones dan más importancia al atractivo físico como característica
deseada en la pareja que las mujeres (Feingold, 1992). En las culturas estudiadas por Buss
(1989), esta diferencia sexual se encontró en todos los continentes y grupos raciales.
Recursos
¿Las mujeres prefieren a los varones que están dispuestos y que son capaces de proporcio­
narles recursos? En las 37 culturas estudiadas por Buss (1989), las mujeres valoraban la
riqueza y el status de los varones más de lo que los varones lo valoraban en las mujeres (ver
Tabla 7.2). Kenrick, Sadalla, Groth y Trost (1990) pidieron a una muestra de estudiantes
universitarios que indicaran el porcentaje mínimo de una serie de características distintas
que debía tener una posible pareja para aceptarla como tal. Las mujeres universitarias indi­
caron que para casarse con un varón, éste debería tener por lo menos el 67% de «capacidad
de ganar dinero». Por el contrario, los varones universitarios sólo pedirían a una mujer el
42%. (Tenga en cuenta que la «media» de capacidad de ganar dinero sería del 50%). En los
anuncios personales, las mujeres mencionan como requisito los recursos económicos
mucho más que los varones (Wiederman, 1993). La preferencia por varones con éxito no se
limita a las mujeres que carecen de sus propios recursos. En realidad, las mujeres ricas pre­
fieren a los varones ricos más que las mujeres más pobres (Wiederman y Allgeier, 1992).
Por el contrario, la relativa falta de interés de los varones por la situación financiera de las
mujeres es la misma con independencia de la situación económica del varón (Buss, 1989).
Esto es un ejemplo de cómo las preferencias pueden a veces superar las consideraciones
«realistas» de lo que nos parece deseable.
Signos de los recursos: dominación y status
En el entorno ancestral, las mujeres no podían determinar los recursos de un varón viendo
su cuenta bancaria. La preferencia por los varones con recursos sólo puede haberse desa­
rrollado si hay signos que indiquen de forma fiable la presencia o la ausencia de recursos.
Un signo importante, que se encuentra en muchas especies de mamíferos, es el status en
una jerarquía. En el estudio realizado por Kenrick, Sadalla et al. (1990) sobre los requisi­
tos mínimos para casarse con alguien, las mujeres exigían a los varones que alcanzaran por
lo menos el 44% de «poder», mientras que los varones sólo exigían a las mujeres el 28%.
Se encontraron las mismas diferencias sexuales en el «status de clase media» yel «sta­
tus de clase alta». Sadalla, Kenrick y Vershure (1987) observaron que las mujeres conside­
I
,
L
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Personalidad y evolución 163
Tabla 7.2 Puntuaciones de varones y mujeres sobre la importancia de una «buena
expectativa económica» y un «buen aspecto» al elegir una pareja:
y diferencias en la edad preferida entre uno mismo y la pareja
BUENA
PERSPECTIVA
ECONÓMICA
BUEN
ASPECTO
DIFERENCIAS
DE EDAD
PREFERIDAS
Muestra Número Farones Mujeres Farones Mujeres Farones Mujeres
Africanos
Nigeria 172 1,37 2,30 2,24 1,82 -6,45 +4,90
Sudafr. (blancos) 128 0,94 1,73 1,58 1,22 -2,30 +3,50
Sudafr. (Zulú s) 100 0,70 1,14 1,17 0,88 -3,33 +3,76
Zambia 119 1,46 2,33 2,23 1,65 -7,38 +4,14
Asiáticos
China 500 J,10 1,56 2,06 1,59 -2,05 +3,45
India 247 1,60 2,00 2,03 1,97" -3,06 +3,29
Indonesia 143 1,42 2,55 1,81 1J6 -2,72 +4,69
Irán 55 1,25 2,04 2,07 1,69 -4,02 +5,10
Israel (ju díos) 473 1,31 1,82 1,77 1,56 -2,88 +3,95
Israel (palestinos) 109 1,28 1,67 2,38 1,47 +3,71
Japón 259 0,92 2,29 l,50 1,09 +3,05
Taiwan 566 1,25 2,21 1,76 1,28 -3,13 +3,78
Europeos (Este)
Bulgaría 269 1,16 1,64 2,39 1,95 -3,13 +4,18
Estonia 303 1,31 1,51 2,27 1,63 -2,19 +2,85
Polonia 240 1,09 1.74 1,93 1,77
a
-2;85 +3,38
Yugoslavia 140 1,27 1,66 2,20 1,74 -2,47 +3,61
Europeos (Oeste)
Bélgica 145 0,95 1,36 1,78 1,28 -2,53 +2,46
Finlandia 204 0,65 1,18 1,56 0,99 -0.38 +2,83
Francia 191 1,22 1,68 2,08 1,76 -1,94 +4,00
Alemania Oce. 1083 1,14 1,81 1,92 1,32 -2,52 +3,70
Gran Bretaña 130 0,67 1,16 1,96 1,36 -1.92 +2,26
Grecia 132 1,16 1,92 2,22 1,94 -3,36 +4,54
Irlanda 122 0,82 1,67 1,87 1,22 -2,07 +2,78
Italia 101 0,87 1,33 2,00 1,64 -2,76 +3.24
Países Bajos 417 0,69 0,94 1,76 1.21 -1,01 +2,72
Noruega 134 1,10 1,42 1,87 1,32 -1,91 +3,12
España 124 1,25 1,39
a
1,91 1,24 -1,46 +2,60
Suecia 172 1,18 1,75 1.65 1,46" -2,34 +2,91
Norteamericanos
Canadá (angloparlantes) 101 1.02 1,91 1,96 1,64 -1,53 +2,72
Canadá( francoparlantes) 105 1,47 1,94 1,68 1,41 -1,22 +1,82
USA (Mainland) 1491 1,08 1,96 2,11 1,67 -1,65 +2,54
USA (Hawai) 179 1,50 2,10 2,06 1,49 -1,92 +3,30
Oceánia
Australia 280 0,69 1,54 1.65 1,24 -1,77 +2,86
Nueva Zelanda 151 1,35 1,63 1,99 1,29 -1.59 +2,91
Sudamericanos
Brasil 630 1,24 1.91 1,89 1,68 ·:2,94 +3,94
Colombia 139 1.72 2,21 1,56 1,22 -4,45 +4,51
Venezuela 193 1,66 2,26 1,76 1,27 -2,99 +3,62
Las puntuaciones se hicieron en una escala de O a 3 puntos. O =Irrelevante o trivial 3 =indispensable
a =no signifieativo siendo p < 0,05.
164 Psicología de la personalidad
raban más atractivos sexualmente a los varones descritos como socialmente dominantes
que a los varones descritos como dóciles y sumisos. Kenrick, Neubcrg, Zierk y Krones
(1994) presentaron a unos estudiantes universitarios una serie de perfiles de personalidad y
fotografías de otros estudiantes que eran descritos como «sin ataduras sentimentales» e
interesados en conocer a otras personas. Todos los sujetos tenían en ese momento relacio­
nes sentimentales con otras personas. Después de ver las fotografías y los perfiles, se pidió
a los sujetos que indicaran su nivel de compromiso con su pareja sentimental en ese
momento. Las investigaciones precedentes han demostrado que el grado de compromiso
que los varones decían que tenían con sus parejas disminuía después de mostrarles el pós­
ter central de Playboy, y este mismo efecto se producía en este estudio: los varones que veían
las fotografías de mujeres atractivas físicamente indicaban un nivel reducido de compro­
miso con sus parejas actuales. Sin embargo, en el caso de las mujeres el caso es muy dife­
rente. El atractivo físico de los varones no tenía ningún efecto en el compromiso con sus
parejas. Sin embargo, después de haberles mostrado los perfiles de varones socialmente
dominantes (varones con cualidades de liderazgo y capacidad para influir en los demás), el
nivel de compromiso de las mujeres con sus parejas disminuía, causando el mismo efecto
que el atractivo físico en los varones.
Efectos de las preferencias de pareja de un sexo sobre
el comportamiento del otro sexo
Según la teoría de la selección sexual, las preferencias de un sexo pueden tener un gran
impacto en las características del otro sexo. Si las mujeres prefieren a los varones con
recursos y status social, éstos competirán entre sí para controlar los recursos y alcanzar un
status. En realidad, la crónica histórica indica que una de las «prebendas» de reyes, empe­
radores, y señores de la guerra ha sido el acceso sexual a un gran número de mujeres (Bet­
zig, 1986). La lógica evolutiva de esto es bastante simple. Los varones que logran alcanzar
poder y status tienen más acceso a las mujeres (ya sea por las preferencias de las mujeres o
por la capacidad del varón de controlar a las mujeres). Como consecuencia, tendrán mucha
más descendencia que los varones que no alcanzan poder o status. Cualesquiera que fueran
las características genéticas que les llevaron a querer un status y les proporcionaron la capa­
cidad de conseguirlo, pasarán a formar parte de la psicología del macho en la especie. Los
psicólogos evolucionistas ven el efecto de este tipo de adaptación en la importancia que los
varones dan al status, incluyendo la agresividad física que muchas veces acompaña a los
altercados entre varones.
De igual forma, si los varones prefieren a las mujeres jóvenes y atractivas, las muje­
res competirán entre sí por conseguir estas cualidades. Esta perspectiva es radicalmente
diferente de otra que presupone que la preocupación en «nuestra sociedad» por la edad y el
aspecto físico de las mujeres es producto de los medios de comunicación, con su increíble
número de imágenes de mujeres jóvenes de belleza imposible (Wolf, 1991). Desde este
último punto de vista, los niveles de belleza, incluso el propio concepto de belleza, son un
producto arbitrario de la sociedad. Sin embargo, los psicólogos evolucionistas discrepan;
ven la preocupación de varones y mujeres por el aspecto físico femenino como una conse­
cuencia de las estrategias psicológicas que hemos desarrollado evolutivamente: los varones
prefieren a las mujeres que muestran signos de juventud y belleza, y por eso las mujeres
compiten entre sí para conseguir y mostrar estas cualidades. Estos signos pueden variar
L
---¡
Personalidad y evolución 165
algo según las condiciones ecológicas (por ejemplo, qué peso se considera atractivo puede
variar según la comida sea escasa o abundante).
Buss (1994) resalta que el efecto del aluvión constante de modelos en los medios de
comunicación tiene un impacto negativo en varones y en mujeres. Explotando estas ten­
dencias evolutivas, las imágenes de los medios de comunicación pueden provocar que los
varones estén insatisfechos con el aspecto real de las mujeres, y que las mujeres no estén
satisfechas con su propio aspecto. Pero si los medios de comunicación tienen esta fuerza
tan tremenda es debido a tendencias profundamente alTaigadas en nuestra psicología evo­
lutiva. La eterna búsqueda de la juventud y la belleza, que parece tan crucial para muchas
mujeres, no es una creación de los medios de comunicación, sino la representación de una
antigua estrategia de éxito reproductivo. Las imágenes de los medios de comunicación de
varones fuertes y dominantes también pueden llevar a los varones a preocuparse por su
poderío físico y por la dominación social. La perspectiva evolucionista nos invita a obser­
var muchos de nuestros comportamientos más comunes y a preguntamos qué puede haber
detrás de ellos en términos de patrones antiguos que aumentaban o disminuían la idoneidad
reproductiva de nuestros antepasados.
¿Esto es convincente?
¿Le convencen estos estudios de que la psicología evolucionista va por el buen camino o,
como muchos de sus críticos, ha pensado en posibles objeciones a estos estudios? Puede
que no encuentre convincentes estos estudios porque «ya sabía» que los varones intentan
tener relaciones sexuales en cuanto pueden, que a los varones les gustan las mujeres atrac­
tivas, y que las mujeres quieren varones con status. Nosotros también veríamos esto como
un problema. La prueba más convincente de una teoría es su capacidad de hacer prediccio­
nes sobre cosas que todavía no sabemos y que no se podrían predecir fácilmente por medio
de otros hechos. De hecho, esto es lo que hacen normalmente los biólogos evolutivos al
poner a prueba las teorías sobre el comportamiento de los animales. ¿Alguno de los estu­
dios que hemos descrito sobre los humanos es de este tipo?
Quizás el caso más claro se puede ver utilizando estudios como el de Buss (1989), que
revelan patrones similares entre culturas diferentes. Merece la pena destacar que los infor­
mes antropológicos clásicos sobre las diferencias entre culturas (por ejemplo, Benedict,
1934; Mead, 1928), se utilizaban para apoyar la idea de que el comportamiento humano se
basa principalmente en la cultura. Por tanto parece justo que los patrones de similitudes
entre las culturas se utilicen para apoyar la idea de que, al menos, algunos comportamien­
tos humanos reflejan nuestra naturaleza común. Esto es especialmente cierto cuando el
patrón contradice lo que predice una teoría basada en la relatividad cultural. Por ejemplo, .
¿los humanos de las diferentes culturas están de acuerdo en las características que hacen a
las personas atractivas? Si le mostráramos fotografías de dos individuos de una cultura con
la que no ha tenido ningún contacto, y le dijéramos que las personas de esa cultura consi­
deran a uno de ellos atractivo y al otro feo, sería capaz de distinguirlos? El relativismo cul­
tural predeciría que los niveles de belleza son arbitrarios y varían según las culturas, mien­
tras que la psicología evolucionista predeciría que las culturas coincidirían en lo que es
atractivo o no, de la misma forma en que coinciden en qué expresiones indican miedo qué
otras felicidad (Ekman, 1994). Hay pruebas recientes que apoyan el punto de vista evolu­
cionista (Cunningham, Roberts, Barbee, Druen y Wu, 1995).
166 Psicología de la personalidad
Análisis evolucionista de los celos
Buss, Larsen, Westen y Semmelroth (1992) utilizaron la teoría evolucionista para hacer
predicciones sobre las diferencias sexuales en los celos. Sabemos que tanto los varones
como las mujeres se ponen celosos. Pero ¿hay alguna base para predecir lo que les pone
celosos? Buss et al. consideraron que, además de las diferencias sexuales de las que hemos
hablado 1;tasta ahora, hay otra diferencia crucial entre varones y mujeres que tiene profun­
das implicaciones en la psicología en general y, en concreto, en los celos. Puede que haya
oído el refrán «madre no hay más que una, pero no se puede decir lo mismo del padre».
Antes del advenimiento de la prueba del ADN, un varón nunca podía estar absolutamente
seguro de que los hijos de su pareja eran de él. Como consecuencia, la prueba de paterni­
dad se convierte en un tema importante en términos evolutivos. Sobre la base de lo que
hemos estudiado hasta ahora, ha de ser capaz de ver por qué esto reduciría la idoneidad de
un varón. El hijo podría vivir mucho tiempo y prosperar con la ayuda del varón, pero los
genes del varón no se transmitirían a nadie. Así que imagine otra vez a dos varones. Uno ha
nacido, como diría John Lennon «con una mente celosa». Está constantemente investigan­
do a su pareja para estar seguro de que no le engaña. Al otro varón no le importa lo que haga
con otros varones. ¿Cuál de estos varones es más probable que invierta sus recursos en su
hijo con sus propios genes? ¿Cuál de estas dos tendencias emocionales -latendencia a ser
celoso y la tendencia a la despreocupación- es más probable que sea transmitida a futuras
generaciones?
Los psicólogos evolucionsitas sostienen que los celos son un mecanismo que se ha
desalTollado en parte para mantener a los varones en actitud vigilante hacia las actividades
sexuales de sus parejas. ¿Quiere decir esta idea que las mujeres no tienen una razón evolu­
tiva para experimentar los celos? En absoluto, pero lo que sí quiere decir es que las muje­
res se ponen celosas por motivos diferentes a los de los varones. Según la psicología evo­
lutiva, los celos son un mecanismo diseñado para evitar que nuestra pareja tenga actitudes
que amenazarían nuestra idoneidad reproductiva. Para un varón, la amenaza proviene prin­
cipalmente de que su pareja se quede embarazada de otro varón. Para una mujer, la amena­
za más importante es que su pareja le retire sus recursos a ella y a sus hijos y se los ofrez­
ca a otra mujer o, incluso, que la abandone.
Las emociones están diseñadas para que mantengamos la atención en las cosas impor­
tantes. Nos alegramos de las cosas que aumentan nuestro bienestar, y nos enfadamos por
las cosas que lo amenazan. Para los psicólogos evolucionistas, "lo importante» es en gran
medida resultado de nuestra historia evolutiva como especie. Una manera de determinar
,do importante» es encontrar las situaciones que más enfadan a la gente. Esta estrategia fue
utilizada por Buss et al. Para investigar las ideas evolutivas sobre los celos: se pidió a los
sujetos que pensaran en una relación romántica seria que hubieran tenido en el pasado, que
tuvieran en el presente o que desearan tener, y que imaginaran que la otra persona se inte­
resaba por una tercera. Entonces se les preguntó qué les enfadaría más: (l) «imaginar que
su pareja tiene una dependencia emocional seria con esa otra persona», o (2) «imaginar que
su pareja está teniendo unas apasionadas relaciones sexuales con la otra persona». El 60%
de los varones respondieron que lo que más les enfadaría sería la infidelidad sexual frente
al 40%, cuya respuesta fue que lo que peor les sentaría sería la infidelidad emocional. De
forma muy diferente, sólo el 17% de las mujeres dijo que les sentaría peor la infidelidad
sexual, mientras que la repuesta del 83% fue la primera opción. Se encontraron resultados
similares en las reacciones psicológicas cuando los sujetos imaginaban averiguar que (1) su
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Personalidad y evolución 167
pareja tenía relaciones sexuales con otra persona o (2) que su pareja se enamoraba de otra
persona. Los varones mostraron más actividad electrodérmica al imaginar la infidelidad
sexual que cuando imaginaban la infidelidad emocionaL Las mujeres mostraron exacta­
mente el patrón opuesto.
Los celos de los varones y el homicidio
Desde una perspectiva evolutiva, las posibilidades de que un varón ofrezca sus recursos
a su progenie son muy altas. Como consecuencia, ha habido una gran presión sobre los
varones para que no inviertan en la descendencia de otros varones. En muchas especies,
esto se hace literalmente, matando el macho a los hijos que no son suyos cuando consi­
gue una nueva pareja. En el caso de los humanos, los varones han desarrollado muchos
mecanismos para asegurar la paternidad. Cuando estos mecanismos fallan, los varones
pueden tener actitudes aparentemente irracionales. Los celos son la primera causa de
homicidio entre los cometidos por varones contra mujeres. Daly y Wilson (1988) argu­
mentaron que el coste evolutivo de invertir en una descendencia que genéticamente no
nos pertenece podría llevar a los hijos de los padres adoptivos a estar en una situación
especial de riesgo. Utilizando datos demográficos de EE.UU y Canadá, Daly y Wilson
consideraron que los hijos que viven en familias en las que o el padre o la madre eran
adoptivos tienen un 40% más de posibilidades de ser objeto de abusos que los niños que
viven con su padre y madre biológicos. La investigación de Daly y Wilson puede incluir­
se entre los mejores ejemplos de los estudios de psicología evolucionista que nos dicen
algo que «no sabíamos».
Consideraciones y advertencias
Es importante resaltar varios aspectos fundamentales relacionados con la psicología evolu­
cionista. El primero, que el hecho de que haya una variación entre las culturas o entre los
individuos no significa que no existan mecanismos evolucionistas en los humanos. Un
aspecto clave de la biología evolucionista es que el comportamiento cambia a menudo con
el entorno. Muchos animales, incluso los más «simples», cambian su comportamiento
según las circunstancias. Piense en los patrones de las relaciones de pareja: algunas espe­
cies de pájaros cambian de poligamia a monogamia según el tipo de comida disponible;
algunas especies de peces cambian su sexo según la distribución de machos y hembras en
su entorno. Un mecanismo evolutivo que no fuera sensible a los cambios que se puede
encontrar el organismo no sería muy efectivo. La increíble variedad del comportamiento
humano no es por sí misma razón suficiente para dar una explicación más cultural que evo­
lucionista.
Un aspecto importante de la teoría de las estrategias sexuales de Buss y Schmitt
(1993) es la concreción de las condiciones bajo las cuales mujeres y varones prefieren rela­
ciones duraderas a las efímeras. Hay una razón evolucionista fundamental por la que los
varones buscan tanto parejas estables como pasajeras: con las parejas estables pueden estar
más seguros sobre la paternidad de los descendientes y pueden ofrecerles recursos. Con las
parejas pasajeras pueden tener un mayor número de descendencia. Parece que las mujeres
obtienen mayor idoneidad con las relaciones estables, ya que las múltiples relaciones pasa­
L
168 Psicología de la personalidad
jeras no aumentarán su número de descendientes. Sin embargo, hay condiciones bajo las
cuales este tipo de relaciones puede intensificar la idoneidad. Los varones están dispuestos
a intercambiar sus recursos por sexo y, a veces, supone una ventaja para las mujeres formar
parte de esos intercambios (Burley y Symanski, 1981). Otra razón para la preferencia por
las relaciones efímeras es evaluar a los varones antes de comprometerse en una relación
más seria y duradera. Pero puede que la situación más importante que lleva a las mujeres a
tener relaciones efímeras sea la ausencia de varones que estén dispuestos a tener relaciones
estables. En términos evolutivos, una mujer que tenga relaciones efímeras tendrá más ido­
neidad que otra que no tenga ninguna relación.
Draper y Belsky (1990) han propuesto que las condiciones del entorno en las que cre­
cen los niños pueden jugar un gran papel en su estrategia para conseguir pareja. Los niños
y niñas que se crían en familias con un padre ausente pueden desarrollar muy temprano un
«modelo del mundo» (Bowlby, 1969) que incluya el supuesto de que los varones no invier­
ten en sus descendientes. Como consecuencia, los varones y las mujeres que se han criado
sin uno de los padres, cuando sean adultos tenderán a tener relaciones a corto plazo y caren­
tes de compromiso.
El segundo aspecto importante a considerar en relación con la psicología evolucionis­
ta es que el comportamiento que una vez fue adaptativo puede no serlo más tarde. No pode­
mos utilizar el criterio actual de idoneidad reproductiva para evaluar estas ideas.
Los mecanismos que condujeron a la supervivencia ya la reproducción en el entorno
ancestral persisten todavía, tanto si conducen a los mismos resultados como si no. El mejor
ejemplo es la relación sexual en sí misma. En el medioambiente natural, el deseo de tener
una relación sexual llevaba a tener descendientes. Sin embargo, hoyes posible romper
conscientemente el vínculo entre el sexo y la descendencia utilizando controles de natali­
dad. El que la gente continúe teniendo relaciones sexuales utilizando controles de natalidad
subraya la premisa de que la gente ahora no busca aumentar su idoneidad reproductiva,
sino experimentar sensaciones y realizar conductas placenteras, esas conductas aumenta­
ron la idoneidad en el medio ambiente ancestral (Symons, 1992).
En tercer lugar, podríamos argumentar que los mecanismos evolutivos que son
importantes para la personalidad existen más como preferencias y sentimientos que como
comportamientos. De hecho, hay un paralelismo entre los mecanismos evolutivos y las
disposiciones de la personalidad. Ambos son fuentes, más que determinantes, del com­
portamiento. Ellos relativizan nuestras percepciones, hacen que reaccionemos de fomla
positiva o negativa a diferentes estímulos, y motivan que busquemos o evitemos ciertas
situaciones. El papel central de las emociones en la psicología evolucionista ha sido men­
cionado en muchas ocasiones (Buss, 1991; Symons, 1979; Tooby y Cosmides, 1992). A
menudo se dice que los humanos son los animales más emocionales. Las emociones pue­
den ser necesarias para los humanos porque sirven de «sistemas de guía» (Tooby y Cos­
mides, 1992). Nuestra capacidad para imaginar casi cualquier cosa en combinación con
nuestra capacidad de lograr casi todo podría ser bastante letal. Si estuviéramos realmente
libres de los mecanismos evolutivos, ¿qué habría evitado que nuestros antepasados hicie­
ran todo tipo de cosas que disminuyeran en realidad su idoneidad? Para citar un ejemplo
archisabido, las personas saben racionalmente que tienen que tomar su medicación, y sin
embargo hay millones de personas que no lo hacen. Y sin embargo, nadie nos recuerda
que comamos; los mecanismos desarrollados para el hambre nos hacen sentir mal cuando
no comemos, y nos hacen sentir bien al comer, así que los mecanismos desarrollados evo­
lutivamente nos resuelven ese problema.
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Personalidad y evolución 169
Diferencias y similitudes de género
En este capítulo hemos remarcado los informes psicológico-evolutivos sobre diferencias
sexuales. La individualidad es en parte resultado del género, hasta el punto de que las muje­
res y los varones se diferencian en sus deseos y percepciones. Sin embargo, la psicología
evolucionista no da por sentado que los varones y las mujeres sean fundamentalmente dife­
rentes en muchos aspectos. La evolución sólo produce diferencias entre los sexos que son
relevantes para los aspectos que conducen a la idoneidad. Incluso en el tema de la forma­
ción de parejas, mujeres y varones comparten importantes similitudes. Por ejemplo, en el
estudio de Buss sobre las preferencias de pareja, tanto los varones como las mujeres valo­
raron las características de «comprensión» e «inteligencia» como más importantes para ele­
gir pareja que las de «buen aspecto» o «buena perspectiva económica». Ambos sexos quie­
ren parejas que sean comprensivas e inteligentes. Esta preferencia tiene mucho sentido
desde una perspectiva evolucionista, ya que la idoneidad se intensifica en ambos sexos al
formar pareja con individuos que tienen estas características (Buss, 1989). En otros temas
que tienen poco que ver con las relaciones de pareja, hay muy pocas razones para esperar
que los dos sexos tengan diferencias psicológicas.
Ciencia y política
El estudio de la psicología evolucionista sobre las diferencias de género es un tanto con­
trovertido. Algunas críticas a las teorías evolucionistas son similares a las críticas que se
dirigen a cualquier teoría científica: ¿los argumentos de la teoría son convincentes?, ¿La
teoría es lógica y coherente?, ¿las pruebas confirman la teoría?, ¿hay mejores teorías sobre
ese mismo tema? Hay, sin embargo, críticas adicionales que se hacen a las teorías evolu­
cionistas cuando éstas se aplican a los humanos. Estas críticas tienen su origen en preocu­
paciones políticas e ideológicas. Si varones y mujeres se diferencian en parte por razones
biológicas, ¿este hecho justifica algunas prácticas sociales que algunas personas podrían
encontrar aberrantes? ¿Una teoría evolucionista sobre las diferencias sexuales justifica el
«status quo»? Para decirlo claramente, ¿esas teorías son sexistas?
Las cuestiones suscitadas por estas críticas van más allá de la crítica científica usual y
entran en el reino de la controversia política e ideológica, en el que muchos científicos pre­
fieren no entrar. No nos proponemos ahondar en este tema, pero sí nos gustaría abordar este
tipo de críticas brevemente. En primer lugar, muchos científicos argumentan que su tarea
consiste en descubrir 10 que es verdadero -:-el conocimiento es valioso por sí mismo, nos
diga lo que nos diga sobre el mundo. Esta postura no nos parece incorrecta. En cualquier
caso, ya se apruebe o no, resulta difícil, si no imposible, poner fin a la investigación cientÍ­
fica -las personas seguirían trabajando en temas que les interesan.
En segundo lugar, muchos teóricos evolucionistas creen que lo que sepamos sobre los
mecanismos evolutivos no indica necesariamente que un conjunto específico de acuerdos
sociales o comportamientos esté preordenado por nuestras caracerísticas biológicas. Sólo
tenemos que mirar a la increíble variedad de acuerdos sociales que han regido las vidas de
los humanos para darnos cuenta de que no hay ninguno en concreto que esté preordenado
por nuestra herencia evolutiva. Es más, aunque los análisis evolucionistas pueden ayudar­
nos a explicar ciertos comportamientos, no los justifican moral, filosófica, o políticamente.
170 Psicología de la personalídad
Como hemos afirmado antes, igualar la «capacidad de adaptación» con «lo correcto» no
tiene sentido en el mundo contemporáneo.
En tercer lugar, el conocimiento sobre el funcionamiento del mundo puede proporcio­
nar una base útil para cambiar el mundo. La buena ciencia puede no proporcionarnos nin­
guna política social, pero es improbable que la mala ciencia nos proporcione mejores polí­
ticas sociales. Considere, por ejemplo, la suposición de que los celos de los varones
respecto a la infidelidad sexual es un mecanismo evolutivo. Si la teoría es cierta, nos podría
proporcionar modos de pensar en cambiar esta tendencia --quizás enseñando a los varones
a superar sus celos. Actualmente no sabemos cómo hacer esto, pero un estudio adecuado de
las razones para llevar a cabo una forma concreta de comportamiento puede resultar útil, si
uno desea cambiar ese comportamiento. El conocimiento de las influencias evolutivas pue­
de proporcionar la base para cambiar la sociedad.
Resumamos nuestra postura. No pensamos que lo que hemos aprendido sobre las
influencias evolucionistas justifique un acuerdo social concreto. Las recomendaciones de
políticas sociales derivadas del conocimiento evolutivo tienen poco o nada que ver con el
conocimiento en sí mismo. Las ideas de la psicología evolucionista pueden ser correctas o
incorrectas. Pensamos que se deberían juzgar como ideas científicas. Si damos con un
conocimiento cierto, tendremos una oportunidad para hacer algo útil con el conocimiento
que hemos adquirido. Si el conocimiento es incorrecto, probablemente tampoco encontra­
remos las recomendaciones correctas sobre política social.