A propósito de Representaciones del intelectual, de Edward Said (2007, Debate, Barcelona

)
Por ALVARO SILVA REBOLLEDO rolaire@hotmail.com Una tesis que -por lo visto- es central en la retórica de Edward W. Said, es que el intelectual es un francotirador, amateur y perturbador del statu quo (Said, 2007: 12). Aparentemente, esta definición debería pesar sobre los hombros de quienes se dedican a la producción intelectual, pero él mismo Said, se encarga de mostrarnos en sus conferencias que hay variadas visiones sobre el intelectual y sobre la labor que éste debería llevar a cabo en la sociedad. Hay autores que ven al intelectual como un clérigo, encerrado en un templo humeante de incienso, preocupado de asuntos divinos, como raras criaturas, como representaciones simbólicas capaces de morir en la cruz. Uno de los precursores de esta posición, es Julien Benda. Este autor enfatiza que los genuinos intelectuales no ven su actividad ligada a perseguir fines prácticos. Esto no quiere decir que Benda vea al intelectual como un pájaro sin vivienda terrena. Es más, señala que el intelectual es con más propiedad un intelectual cuando denuncia la corrupción, defiende al débil, evidentemente movido por ideales de justicia y verdad. Por otra parte, Gramsci divide al intelectual en dos vertientes, una habla del intelectual tradicional –profesores, sacerdotes, filósofos, etc.- y la otra del intelectual orgánico. Este último está en constante movimiento, emprendiendo tareas y en contacto con el cambio de mentalidades. Para Gramsci, el tipo orgánico es visible, mientras que tradicional, se queda en la universidad, en su templo. Foucault es más crítico de los tiempos y ve en el intelectual un signo que marcó definitivamente el mundo actual. El francés posa su mirada en que el intelectual que podía ser considerado universal, fue atrapado por las fauces de la especialización y por ende, es reemplazado por un intelectual específico. Un intelectual especializado. Mucho se puede elucubrar sobre la militancia del intelectual, pero lo cierto es que nos queda como conclusión que el intelectual debe trascender la gala división de izquierdas y derechas, puesto que el intelectual debe estar encauzado en un fin más grande que algo meramente partidista. Con respecto a esto, Edward W. Said sostiene que “las verdades básicas acerca de la miseria y la opresión humana debían defenderse, independiente del partido en el que milite el intelectual” (Said, 2007: 14) El intelectual es presentado en este texto como la representación simbólica de una serie de ideas, que vive en constante relación con su público, por lo mismo, el intelectual no debe causar consenso, no esta para eso, sino que para dividir, para separar, para lo demás está la política, las instituciones. Lo que no

podemos dejar de mencionar, es que el intelectual está ligado a una actividad que parece simbiótica a su condición, la Crítica. Se plantea reiteradamente que el intelectual debe ser crítico inherentemente. Para adentrarnos en esta materia, podríamos tomar como eje fundamental las teorías de Marcuse, y establecer que el sujeto está condicionado por sus relaciones materiales y estructurales. Por tanto el intelectual es crítico, en un determinado lugar y en una determinada estructura social. Acerca de esto, Edward W. Said, señala que el intelectual pertenece a un país, habla un determinado idioma, se expresa en ciertas claves. Por eso debe poner en entredichos a las instituciones, a lo oficial, a los conceptos y a los productos que ofrece la industria del simbolismo. En la sociedad de masas, el hombre es consumido por la industria de la conciencia que el capitalismo implanta en la sociedad. Se crean mentalidades reticentes a conceptos fuera de lo que es aceptado como orgánico del sistema, se aprende un nuevo orden social. En palabras de Marcuse, se sustituye el placer por el principio de la realidad, por eso en este tipo de sociedad, la crítica se da por disidencia a la industria cultural (Adorno y Horkheimer). ¿El intelectual jugaría entonces en esta sociedad un papel de doble disidencia? Lo cierto es que, según Adorno, al crítico también se le mide por su éxito en el mercado. Hilando un poco más fino, deberemos establecer que la crítica propiamente tal, no es posible si no está reconocida por el stablishment. Se habla entonces de una especie de dinámica en cuanto a la cultura. Hay un aparato institucional que se encarga de nublarla y la crítica que trata de diafanizarla. En cuanto a la producción de la crítica, en cuanto al trabajo intelectual, como ya se adelantó, el creador es hijo de una lengua, de una cultura. “Habla hoy de los intelectuales significa hablar específicamente de las variaciones nacionales, religiosas e incluso continentales del tema”. (Said, 2007: 46). Este tema no es por razones más que obvias, sino porque el intelectual pretende imprimir en el lenguaje y en su creación, esa particularidad, ese sonido terreno de su lugar de nacimiento, el sabor a tierra. Además, quién más que él conoce las problemáticas de su territorio, de su nación, las minorías. El intelectual está llamado a alzar la crítica como su herramienta para denunciar ciertos hechos, para combatir todo tipo de arbitrariedad racial, sexual, etc. En el caso chileno, tenemos a Neruda, que no sólo le dio sustancia poética a la historia de nuestra nación, sino que, su Canto General, es un grito de la América profunda, la América indígena, revolucionaria y perseguida. Es por esto, que el intelectual se siente desacomodado, por decirlo de cierto modo, cuando en determinadas circunstancias, se le extrae de su útero terreno. Said consigan el hecho del exilio desde lo más remoto de la filosofía, como lo es la antigua Grecia, donde se castigaba con el ostracismo. No se puede producir alejado de la propia tierra, se vive con un pie en la realidad y con otro en el lugar de origen, pero Adorno explica que para quien no tiene patria, el

escribir se convierte en su nueva casa. Se provoca entonces aquí una paradoja que podríamos llamar Adorniana, puesto que como ya consignamos, el intelectual es parte viva de su país, pero se puede vivir y producir si ella. Finalmente, tenemos otro dilema, que el intelectual debe enfrentar a la hora de plantearse frente a la sociedad. Este se trata de la profesionalidad, del ser profesional en le intelectual, el hacerse asiduo a los medios, al sistema, que lo faculta para hacer crítica. Said habla de cuatro presiones que debe enfrentar el intelectual en su labor. La primera tiene que ver con la especialización, principalmente porque es como un prisma que sólo permite ver a través de la propia disciplina. En segundo lugar, tenemos el ser un experto, un perito en determinadas materias, que puede ser consultado como una especie de gurú en le tema, lisonjeado y requerido por autoridades. La tercera presión tiene que ver con el tender hacia el poder y a las autoridades. Estas financian estudios, regalan becas, pero después cobran como los comerciantes que son, siempre se tenderá a trabajar para el poder, para los grupos económicos. Finalmente, tenemos que el problemas supremo es el de enfrentarse con las secuelas de la profesionalización, no negándolas ni fingiendo que éstas no existen. Said promueve el amateurismo, el aficionado. Hay otro problema que debiéramos consignar para dejar completas las presiones a las que son sometidos los intelectuales. Esta se trata de la era del vacío, donde el consumo es la gran ideología –o la ausencia de esta-, por ende no existe crítica, la Crítica no tiene nada que hacer.