Gregorio Cabello Porras LO ONÍRICO COMO SUSTRATO DEL ROMANCE FRENTE A LA REALIDAD SOBRE LA QUE SE CONSTRUYE LA NOVELA

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10. LO ONÍRICO COMO SUSTRATO DEL ROMANCE FRENTE A LA REALIDAD SOBRE LA QUE SE CONSTRUYE LA NOVELA. Ciertamente, en los romances de la prosa de ficción del Siglo de Oro confluyen una serie de factores que coadyuvan a que el universo que en ellos nos es presentado se asemeje más al plano de lo onírico que al de la realidad. Recordemos: a) LA AUSENCIA DE UNAS COORDENADAS ESPACIO-TEMPORALES QUE REMITAN A UNA REALIDAD QUE PUEDA SER COMPROBADA EMPÍRICAMENTE: así en la cronografía y en la topografía imaginarias del Amadís; en esa especie de «dimensión extraña» en la que se adentra el caballero / autor de Cárcel de amor cuando se adentra en Sierra Morena a su vuelta de la campaña militar de Granada; en ese «huerto de Melibea» que adquiere una compleja polivalencia significativa en su ordenación y definición estéticas; en esa topografía y cronografía arcádicas de La Diana a las que se suma la geografía y el tiempo interior del sentimiento y de la pasión, expresada en los acordes y combinaciones más diversos; en los espacios y tiempos que recorren los héroes del romance de aventuras, peregrinos andantes, extrañados de su patria natural para los que todo lo que se les presenta o les acaece poseerá los rasgos de una auténtica ensoñación, si no pesadilla. Y todo ello lo recogerán, en sus distintas modulaciones, Lope de Vega y Cervantes al reescribir los libros de caballerías (Lope en verso, en La hermosura de Angélica o en La Jerusalén conquistada; Cervantes en el Quijote), los romances dialogados en la línea abierta por La Celestina (Lope en La Dorotea; Cervantes en el Coloquio de los perros); los pastoriles (Lope y su Arcadia; Cervantes y su Galatea); o los de aventuras (Lope en El peregrino en su patria; Cervantes en el Persiles). b) LA PRESENCIA DE PERSONAJES QUE FORMAN PARTE DEL MUNDO DE LA FANTASÍA O DE LA ALEGORÍA, REMITIENDO A LOS ARQUETIPOS A LOS QUE YA NOS HEMOS REFERIDO: Reyes y reinas de países y épocas acrónicas (desde Perión de Gaula y la bella Elisena, hija del rey Garínter al rey Lisuarte en el Amadís; desde Leriano, hijo del Duque de Guersio, al rey Gaulo de Macedonia, padre de Laureola, en Cárcel de amor); magas, brujas y alcahuetas (Urganda la Desconocida en el Amadís; el palacio de la maga Felicia en La Diana, donde acuden los pastores, incapaces de resolver por cauces natuurales sus desamores; y la misma Celestina, en esos aspectos tenebrosos de su ser y de su quehacer que se nos dejan entrever en algunos pasajes); personajes que muestran rasgos teratológicos (medio animales medio hombres) o monstruosos: el personaje vestido de salvaje de Cárcel de amor, los licántropos evocados en el Persiles, el gigante Alastio en la Arcadia de Lope); personajes cuya belleza física parece pertenecer más al mundo de la belleza primigenia de la Idea que a la propia realidad (Persiles y Sigismunda serán los prototipos, pero no menos las parejas de amantes anteriores: Amadís y Oriana, Leriano y Laureola, Calisto y Melibea, Diana y su corte de pastores, el Abencerraje y la hermosa Jarifa, y muchos de los protagonistas de las novelas cortas, cuya belleza sobrepuja con mucho al común de los mortales (Preciosa en Cervantes). c) LA PRESENCIA DE ELEMENTOS PROCEDENTES DEL IMAGINARIO FANTÁSTICO EN TODOS LOS ÓRDENES QUE ABARCABA LA HISTORIA NATURAL: Aquí tendrá cabida la larga nómina de monstruos o de animales fantásticos cuya descripción encontramos en los bestiarios que, provenientes de la antigüedad clásica, se han transmitido a lo largo de la Edad Media: dragones, serpientes, caballos alados, catoblepas, habadas (rinocerontes), minotauros, cantauros…, además de las

piedras preciosas con poderes mágicos que propiciarán el bien o el mal, asociadas en muchos casos al motivo del anillo o al del Santo Grial; sin dejar de lado las hierbas, plantas, flores, árboles con propiedades mágicas susceptibles de ser manipuladas para obtener todo tipo de pócimas, bebedizos, venenos y demás. d) LA PRESENCIA CONTINUA DEL MISTERIO, DEL ENIGMA, DEL ENCANTAMIENTO, DE
LA PÉRDIDA DE LA CONCIENCIA REAL EN LAS MÁS DIVERSAS FORMULACIONES DE LA FÁBULA O EN SUS UNIDADES CONSTITUTIVAS. No detallo este punto porque ya

han tenido oportunidad de leer textos para sus ensayos sobre la prosa de ficción en los que seguramente habrán reconocido este componente, del que no se prescinde ni en el tipo de narración que cabría considerar como más próxima a la vertiente «realista»: recordad el misterio que rodea al arcón del segundo tratado del Lazarillo, amplificado hasta convertirse en el gran arcón vacío / gran casa vacía, lóbrega y óscura del escudero del tratado tercero. Todos estos factores, y algunos más que dejo de enumerar, componen un universo más cercano al terreno de la fantasía, de la ensoñación, de las imágenes oníricas, de las pariencias engañosas, que a los límites que podríamos definir como estrictamente «realistas» desde una óptica contemporánea, la del mundo que hoy conocemos en el umbral de un nuevo milenio. Sin embargo, como ya he repetido en varias ocasiones, para el hombre de los siglos XVI y XVII mucho de lo que aquí clasificamos en el orden de lo fantástico pertenecería casi con seguridad al mundo de su propia realidad vivencial y a su imaginario colectivo. De ahí que el lector actual de los textos de ficción del Siglo de Oro deba afinar su interpretación y no olvidar la distinción básica que pueda darse entre fantasía y realidad conforme al significado que estas nociones poseían en un mundo que asistía a los primeros grandes descubrimientos de la Modernidad. Lo que para nosotros es fantástico pudo ser absolutamente real en su momento, y lo que para ciertos críticos es señal inequívoca de “realismo”, caso de la novela picaresca, no es más que fruto de una lectura totalmente descontextualizada y errónea. Recuerden la sentencia de M.ª Rosa Lida que les adjuntaba en otro documento sobre el error en el que incurren todos aquellos que se empecinan en afirmar el carácter realista de la novela picaresca española. Es por ello que vengo insistiendo en el hecho de que la lectura de los textos del Siglo de Oro debe realizarse a la luz de precisiones como las realizadas por
LR

C. S. LEWIS, La imagen del mundo (Introducción a la literatura medieval y renacentista), Barcelona, Antoni Bosch, 1980 PAUL ZUMTHOR, La medida del mundo. Representación del espacio en la Edad Media, Madrid, Cátedra, 1994 precisiones que deben ser completadas a la luz de tres estudios clásicos y fundamentales: HOWARD ROLLIN PATCH, El otro mundo en la literatura medieval, México, Fondo de Cultura Económica, 1956, seguido de un «Apéndice» de M.ª ROSA LIDA DE MALKIEL, «La visión del trasmundo en la literatura hispánica», pp. 371-449 EDGAR WIND, Los misterios paganos en el Renacimiento, Barcelona, Barral, 1972 JURGIS BALTRUSAITIS, La Edad Media fantástica. Antigüedades y exotismos en el arte gótico, Madrid, Cátedra, 1987 Algo muy distinto, y de ahí puede surgir el equívoco, es la interpretación del «espacio onírico» que algunos autores han realizado a lo largo del siglo XX desde una óptica globalizadora y universalizante que atiende al fenómeno del sueño, de lo onírico

y de la ensoñación como propiedades sustanciales del ser humano. El adoptar sin más las conclusiones a las que se llega en esos estudios, sin atender al contexto de la obra literaria, puede conducir a interpretaciones que dependen más de la apreciación subjetiva y emotiva del texto por un receptor concreto que de una lectura desde la historia literaria. Esto no quiere decir que haya que invalidar las conclusiones que esos acercamientos han aportado, como ocurre en el caso de Gaston Bachelard en sus sucesivas incursiones en el terreno en el que confluyen los elementos (fuego, aire, tierra y agua), los sueños y la poesía, desde una sólida base fenomenológica, dada la formación científica del autor. Como muestra, que puede ser tenida en cuenta a modo de acicate reflexivo en vuestros ensayos, os reproduzco la «divagación» que dicho autor dedica al «espacio onírico»: GASTON BACHELARD, «EL ESPACIO ONÍRICO» I ¿En qué espacio viven nuestros sueños? ¿Cuál es el dinamismo de nuestra vida nocturna? ¿Es en verdad el espacio de nuestro sueño un espacio de reposo? ¿No tendría más bien un movimiento incesante y confuso? Sobre todos esos problemas son escasas nuestras luces porque, al llegar el día, sólo encontramos fragmentos de nuestra vida nocturna. A esos trozos de sueño, a esos fragmentos de espacio onírico los yuxtaponemos posteriormente dentro de los marcos geométricos del espacio claro. Del sueño hacemos así una anatomía de piezas muertas. Así perdemos la posibilidad de estudiar todas las funciones de la fisiología del reposo. DE LAS TRANSFORMACIONES ONÍRICAS NO RETENEMOS SINO ESTACIONES. Y SIN EMBARGO, SON LA TRANSFORMACIÓN O
LAS TRANSFORMACIONES LAS QUE HACEN DEL ESPACIO ONÍRICO EL LUGAR MISMO DE LOS MOVIMIENTOS IMAGINADOS.

Tal vez comprenderíamos mejor esos movimientos íntimos, de marejadas y oleadas sin número, si pudiéramos designar y distinguir las dos grandes mareas que nos transportan una a una al centro de la noche y nos devuelven luego a la claridad y a la actividad del día. Pues LA NOCHE DEL SUEÑO REPARADOR TIENE UN CENTRO, UNA MEDIANOCHE PSÍQUICA DONDE BROTAN VIRTUDES ORIGINALES. HACIA ESE CENTRO SE
RETRACTA ANTES QUE NADA EL ESPACIO ONÍRICO Y A PARTIR DE ESE CENTRO GERMINADOR SE DILATA Y SE ESTRUCTURA EN SEGUIDA EL ESPACIO.

A falta de poder indicar en un breve artículo todos los movimientos de un espacio que disminuye o crece sin cesar, que sin cesar busca lo minúsculo y lo infinito, marquemos en conjunto la sístole y la diástole del espacio nocturno en torno al centro de la noche. II No bien entramos en el sueño cuando el espacio se amortigua y se duerme, se duerme poco antes que nosotros mismos PERDIENDO SUS FIBRAS Y SUS NEXOS, PERDIENDO SUS FUERZAS DE ESTRUCTURA, SUS COHERENCIAS GEOMÉTRICAS. EL ESPACIO EN QUE VAMOS A VIVIR NUESTRAS HORAS NOCTURNAS YA NO TIENE LEJANÍA. ES LA SÍNTESIS MUY CERCANA DE LAS COSAS Y DE NOSOTROS MISMOS. Si soñamos con un objeto entramos en él como se entra en una concha. NUESTRO ESPACIO ONÍRICO TIENE SIEMPRE UN COEFICIENTE CENTRAL. A veces, en nuestros sueños de vuelo creemos llegar muy alto, pero entonces no somos sino un poco de materia volante. Y los cielos que escalamos son cielos muy íntimos: son DESEOS, ESPERANZAS, ORGULLOS. Estamos demasiado asombrados del EXTRAORDINARIO VIAJE para hacer de él la ocasión de un espectáculo. Seguimos siendo el centro mismo de nuestra experiencia onírica. Si brilla un astrol,

quien se estrella es el durmiente: un pequeño destello sobre la retina dormida dibuja una constelación efímera, evoca el recuerdo confuso de una noche estrellada. Precisamente, NUESTRO ESPACIO DORMIDO DEVIENE CON GRAN RAPIDEZ LA AUTONOMÍA DE NUESTRA RETINA EN QUE UNA QUÍMICA MINÚSCULA DESPIERTA MUNDOS. Así, el espacioonírico tiene como fondo un velo, un velo que se ilumina de suyo, por raros instantes, en instantes que devienen más raros y más fugitivos a medida que la noche penetra más profundamente en nuestro ser. Velo de Maia no arrojado en absoluto sobre el mundo, sino arrojado sobre nosotros mismos por la noche bienhechora, velo de Maia apenas del tamaño de un párpado. ¡Y qué densidad de paradojas cuando imaginamos que ese párpado, que ese velo límite pertenece a la noche tanto como a nosotros mismos! PARECERÍA QUE EL DURMIENTE PARTICIPARA DE UNA VOLUNTAD DE OCULTAMIENTO, DE LA VOLUNTAD DE LA NOCHE. DE ALLÍ HAY QUE PARTIR PARA COMPRENDER EL ESPACIO ONÍRICO, EL ESPACIO HECHO DE ESENCIALES ENVOLTURAS, EL ESPACIO SOMETIDO A LA GEOMETRÍA Y A LA DINÁMICA DE LO ENVOLVENTE. Entonces los ojos tienen por sí mismos una voluntad de dormir, una voluntad pesada, irracional y schopenhaueriana. Si los ojos no participan en esa voluntad universal de sueño, si los ojos recuerdan las claridades del sol y los colores minuciosos de las flores, el espacio onírico no ha conquistado su centro. Conserva demasiadas lejanías, es el espacio roto y turbulento del insomnio. Permanece en él la geometría del día, una geometría que sin duda detenta sus nexos y en consecuencia deviene burlona, falsa y absurda. Y los sueños y las pesadillas están entonces tan lejos de las verdades de la luz como de la gran sinceridad nocturna. Para dormir bien hay que seguir la voluntad de envolvimiento, la voluntad de crisálida, seguir hasta su centro, en la suavidad de las espirales bien enroscadas, el movimiento envolvente; en pocas palabras el esencial devenir curvo, circular, huyendo de los ángulos y las aristas. Los símbolos de la noche son regidos por las formas ovoides. Todas esas formas oblongas o redondas son frutos adonde vienen a madurar embriones. Si dispusiéramos de espacio, tras el relajamiento de los ojos describiríamos aquí el relajamiento de lasmanos que también se niegan a los objetos. Y cuando hubiéramos recordado que toda la dinámica específica del ser humano es digital, habría que convenir en que el espacio onírico se desata cuando el nudo de los dedos se deshace. Pero en un rápido esbozo ya hemos dicho demasiado para indicar la primera de las dos direcciones nocturnas. UN ESPACIO QUE PIERDE SUS HORIZONTES, QUE SE ENCOGE, QUE SE HACE REDONDO Y QUE SE ENVUELVE, ES UN ESPACIO QUE CONFÍA EN LA FUERZA DE SU SER CENTRAL. ENCIERRA NORMALMENTE LOS SUEÑOS DE LA SEGURIDAD Y EL REPOSO. LAS IMÁGENES Y LOS SÍMBOLOS QUE MARCAN ESA CONCETRACIÓN SE DEBEN INTERPRETAR EN FUNCIÓN MISMA DE SU CENTRALIZACIÓN PROGRESIVA. SE OLVIDA UN ELEMENTO DE INTERPRETACIÓN CUANDO SE LES AÍSLA, CUANDO NO SE LES CONSIDERA COMO UN INSTANTE DEL PROCESO DEL SUEÑO CENTRALIZADOR. Veamos ahora el instante mismo de la medianoche psíquica y sigamos, en la segunda dirección de la noche, el reflujo que nos lleva a la aurora. III DESEMBARAZADO

DE LOS MUNDOS LEJANOS, DE LAS EXPERIENCIAS TELESCÓPICAS, DEVUELTO POR LA NOCHE ÍNTIMA Y CONCENTRADA A UNA EXISTENCIA PRIMITIVA, EL HOMBRE, EN SU SUEÑO PROFUNDO, ENCUENTRA EL ESPACIO CARNAL FORMADOR. Tiene

los sueños mismos de sus órganos: su cuerpo vive en la simplicidad de los gérmenes espaciales reparadores, con una VOLUNTAD DE RESTITUIR LAS FORMAS FUNDAMENTALES. Entonces renacerá todo: la cabeza y la fibra, la glándula y el músculo, todo lo que se hincha, todo lo que se estira. LOS SUEÑOS SERÁN AUMENTADORES. SI SE SUEÑA

CON UNA DIMENSIÓN, LA DIMENSIÓN CRECE; LAS DIMENSIONES ENROSCADAS SE ENDEREZAN. En lugar de espirales, he aquí unas flechas con punta de agresividad. El ser

despierta hipócritamente, manteniendo aún los ojos cerrados y las palmas perezosas. Pero EL CENTRO TIENE NUEVAS FUERZA. EL SER ERA PLÁSTICO, HELO AQUÍ PLASMADO. EN LUGAR DE UN ESPACIO REDONDEADO, HE AQUÍ UN ESPACIO CON DIRECCIONES PREFERIDAS, CON DIRECCIONES QUERIDAS, CON EJES DE AGRESIÓN. ¡Qué jóvenes son las manos cuando a sí mismas se hacen promesas de acción, promesas de antes del amanecer! El pulgar toca en el teclado de los otro cuatro dedos. Una arcilla de sueño responde a ese tacto delicado. Al acercarse el despertar, el espacio onírico tiene haces de finas rectas; la mano que espera el despertar es una mata, una mata en vida, de músculos, de deseos y proyectos. ENTONCES LAS IMÁGENES POSEEN OTRO SENTIDO. SON YA SUEÑOS DE LA VOLUNTAD, ESQUEMAS DE LA VOLUNTAD. EL ESPACIO SE LLENA DE OBJETOS QUE PROVOCAN MÁS DE LO QUE INVITAN. Ésa es al menos la función de la noche completa que conoció la doble y ancha marea, de la noche sana que rehace al hombre, que lo pone enteramente nuevo en el umbral de un nuevo día. EL ESPACIO ES ENTONCES DEHISCENTE, SE ABRE POR TODAS PARTES; HAY QUE APREHENDERLO EN ESA «APERTURA» QUE ES AHORA LA PURA POSIBILIDAD DE TODAS LAS FORMAS POR CREAR. A decir verdad, el espacio onírico del alba es transformado por una súbita luz íntima. El ser que ha cumplido con su deber del sueño reparador tiene de pronto una mirada que ama la línea recta y una mano que fortalece todo lo que es recto. Es el día que despunta a partir mismo del ser que se despierta. A LA IMAGINACIÓN DE LA CONCENTRACIÓN HA SUCEDIDO UNA VOLUNTAD DE IRRADIACIÓN. Tal es, en su simplicidad extrema, la doble geometría donde se desplliegan los dos devenires opuestos del hombre nocturno1.

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G. BACHELARD, «Divagaciones. XXII. El espacio onírico», El derecho de soñar, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, pp. 197-202.