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Puntuación sobre “El yo y el ello” (1923) Capítulos IV, V y Apéndice

“…Si la asunción de una herencia implica trabajar para ganársela, no es tarea menor separar de ella lo inservible, lo que hace obstáculo a su despliegue pleno, sabiendo que quienes nos hicieron el legado intentaron darnos lo mejor, pero no pudieron dejar de concebir lo mejor en términos de la época que les tocó vivir y de la historia que los marcó. En la necesaria combinación entre la filiación –que siempre se establece sobre la base del amor- y la capacidad crítica –que no implica destrucción sino deconstrucción- reside el futuro de toda herencia". (Bleichmar, S. 2006)

Entre cambios y permanencias, encuentros y desencuentros, Freud nos sigue convocando a dialogar con él. Lejos de ser una mera repetición, releer a Freud nos conduce a un redescubrimiento de las nociones que se desarrollan en su obra. En este sentido, esta puntuación y este espacio de lectura y discusión de la obra freudiana, no trata simplemente de reproducir, sino de generar algo nuevo, nuevas lecturas, que nos impulsen a poder pensar el psicoanálisis en la actualidad. A partir de 1920, en “Más allá del principio del placer”, Freud hace un viraje con la elaboración de la segunda tópica con la intención de complejizar su teoría. Cabe destacar que no abandona la primera tópica, sino que la articula con el propósito de llegar a una comprensión y descripción más honda de los vínculos dinámicos. Nos propone nuevas categorías el Yo, el Ello y el Superyó, instancias que encuentran su dinamismo en la nueva teoría pulsional, pulsión de vida y pulsión de muerte. Por tanto, algunos psicoanalistas conciben el pensamiento freudiano desde el paradigma de la complejidad. Dicho paradigma lo condujo a percibir y comprender lo complejo, aquello que no puede resumirse en una palabra, aquello que no puede retrotraerse a una ley, aquello que no puede reducirse a una idea simple…aquello que es el sujeto.

Las dos clases de pulsiones
Freud comienza este capítulo enunciando que mediante la división del ser anímico en el yo, el ello y el superyó, se propone sostener y continuar la teoría de las pulsiones que inició en “Más allá del principio del placer”. Distingue dos clases de pulsiones, pulsiones sexuales o Eros y pulsión de muerte. La primera integra la pulsión sexual, las mociones pulsionales sublimadas y la pulsión de autoconservación. La pulsión de muerte tiene al sadismo como su representante. Entonces, “suponemos una pulsión de muerte, encargada de reconducir al ser vivo orgánico al estado inerte, mientras que el Eros persigue la meta de complicar la vida mediante la reunión, la síntesis, de la sustancia viva dispersa en partículas, y esto para conservarla”. 1 Freud compara a cada una de estas pulsiones con los procesos conjugados del metabolismo (anabolismo y catabolismo2). Tal como ambas pulsiones, anabolismo y catabolismo son dos procesos contrarios que funcionan coordinadamente, y constituyen una unidad difícil de separar. Siguiendo está correlación podría decirse que el anabolismo es a la pulsión de vida, como el catabolismo es a la pulsión de muerte. Aún más, Eros es a la complejidad como Tanatos es a la simplicidad. Continuando la metáfora de Freud, siendo que el catabolismo es un proceso necesario para la vida, ¿podríamos decir lo

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Freud, Sigmund: El yo y el ello (1923). Obras Completas AE Tomo XIX El anabolismo es una de las dos partes del metabolismo, encargada de la síntesis o bioformación de moléculas orgánicas más complejas a partir de otras más sencillas o de los nutrientes, con requerimiento de energía. En cambio el catabolismo es la parte del metabolismo que consiste en la transformación de moléculas orgánicas o biomoléculas complejas en moléculas sencillas.

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mismo respecto de la pulsión de muerte?, ¿hasta donde llega el alcance de esta metáfora? Dirá que la vida es un combate entre ambas tendencias que se enlazan, mezclan y ligan entre sí consiguiendo en el mejor de los casos la derivación hacia el exterior de los impulsos destructores por medio del sistema muscular y del componente sádico de las pulsiones sexuales. Empero, Freud enuncia como supuesto que la pulsión de muerte se exteriorizaría, solo en parte, “como pulsión de destrucción dirigida al mundo exterior o a otros seres vivos.”3 Esto lo retoma en “el problema económico del masoquismo” en donde expresa que “en el ser vivo (pluricelular), la libido se enfrenta con la pulsión de destrucción o de muerte; está que empero dentro de él querría desagregarlo y llevar a cada uno de los organismos elementales a la condición de estabilidad inorgánica (aunque tal estabilidad sólo pueda ser relativa). La tarea de la libido es volver inocua esta pulsión destructora; la desempeña desviándola en buena parte (…) hacia afuera, dirigiéndola hacia los objetos del mundo exterior”. 4 No obstante, Freud avanza un paso más, propone que así como pensamos la posibilidad de una mezcla pulsional también debe haber una desmezcla. Pues, la desmezcla pulsional permite pensar distintas posibilidades teórico clínicas, donde hay un predominio de la pulsión de muerte. La neurosis obsesiva es un ejemplo de la disociación que puede producirse entre ambas, con la consecuente aparición de la pulsión de muerte. Pues, con intención de generalizar, Freud señala que la esencia de una regresión libidinal reside en una desmezcla de las pulsiones, así como, la progresión de una fase libidinal a otra se establece por una mezcla pulsional. No obstante, se pregunta sí la ambivalencia puede ser considerada cómo el resultado de una desmezcla. Pero en verdad, la misma “es tan originaria que es preciso considerarla como una mezcla pulsional no consumada”.5 Pretende entonces orientar su estudio hacia las relaciones entre el yo, el ello y el superyó, por un lado, y las dos clases de pulsiones por el otro, así como a la ubicación del principio del placer con respecto a todos ellos. Pero antes piensa que todavía no ha demostrado suficientemente la existencia de las dos clases de pulsiones porque quedan por explicar algunos hechos que parecen oponérsele, como el que dicha antítesis quizás pudiera ser sustituida por la polarización del amor y el odio, que bajo diversas condiciones dan la impresión de transformarse fácilmente uno en otro. Aquí Freud retoma la relación entre amor y odio que había tratado en 1915 en “Pulsiones y destinos de pulsión”, a la luz de su hipótesis de la pulsión de muerte. “Nos está permitido sustituir la oposición entre las dos clases de pulsiones por la polaridad entre amor y odio. Hallar un representante del Eros no puede provocarnos perplejidad alguna; en cambio, nos contenta mucho que podamos pesquisar en la pulsión de destrucción, a la que el odio marca el camino, un subrogado de la pulsión de muerte, tan difícil de asir. Ahora bien, la experiencia clínica nos enseña que el odio no sólo es, con inesperada regularidad, el acompañante del amor (ambivalencia), no sólo hartas veces su precursor en los vínculos entre los seres humanos, sino también que, en las más diversas circunstancias el odio se muda en amor y el amor en odio”.6 Sin embargo, ¿el odio siempre está ligado a la pulsión de muerte? Estudia primero qué sucede en ese aspecto tanto en la paranoia como en la homosexualidad, y descubre que el mecanismo al que se deben tales transformaciones consiste en un desplazamiento reactivo de carga psíquica desde el impulso erótico a la energía hostil en la paranoia y en sentido opuesto en la homosexualidad, por lo que no es necesario suponer en ninguno de ambos casos nada inconciliable con la diferencia cualitativa entre las dos clases de pulsiones. ¿Por qué toma estos observables clínicos como ejemplos de la transmudación? En el caso de la homosexualidad en donde hay un traspaso de energía hostil a erótica, ¿hacia quién está dirigida? ¿Hacia la madre ó hacia el padre?
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Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund: El problema económico del masoquismo (1924). Obras Completas AE Tomo XIX. 5 Freud, Sigmund (1923): Op. Cit 6 Freud, Sigmund (1923): Op. Cit.

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Aquí Freud enuncia otro supuesto. “(…) Hemos interpolado un conmutador, como si en la vida anímica hubiera –ya sea en el yo o en el ello- una energía desplazable, en sí indiferente, que pudiera agregarse a una moción erótica o a una destructiva cualitativamente diferenciadas, y elevar su investidura total”.7 El problema que se plantea Freud acerca de la cualidad de las mociones pulsionales, y de su conservación de esa cualidad en los disímiles caminos de la pulsión, será resuelto, parcialmente, mediante la explicación acerca de la plasticidad o fijeza libidinal. La energía desplazable e indiferente que puede agregarse a un impulso erótico o destructor para intensificar su carga, considera que proviene de la libido narcisista, que es Eros desexualizado que trabaja al servicio del principio del placer con el fin primordial de obtener la descarga y sin importarle el camino por el que haya de conseguirlo. Ello se percibe en las transferencias que se producen durante el análisis o en los actos neuróticos de venganza contra personas inocentes que expuso en uno de sus artículos Otto Rank. Freud observa entonces que si esta energía desplazable es libido desexualizada, también es libido sublimada. Entonces, el trabajo intelectual se puede explicar por una sublimación de la fuerza pulsional erótica, y eso conduce nuevamente a la posibilidad ya indicada (en el capítulo III) de que la sublimación constituya una importante función del yo en su relación con el Eros. Dado el debate actual acerca del concepto de sublimación, me atrevo a cuestionarme: ¿La sublimación está, siempre, a favor de la pulsión de vida? ¿Es factible pensar a la sublimación enlazada a la pulsión de muerte? ¿Se puede establecer alguna relación entre la sublimación y el superyó? Por otra parte, también se le impone una modificación en la teoría del narcisismo, el narcisismo del yo es un narcisismo secundario. Pues, “Al principio, toda la libido está acumulada en el ello, en tanto el yo se encuentra todavía en proceso de formación o es endeble. El ello envía una parte de esta libido a investiduras eróticas de objeto, luego de lo cual el yo fortalecido procura apoderarse de esta libido de objeto e imponerse al ello como objeto de amor. Por lo tanto, el narcisismo del yo es un narcisismo secundario, sustraído de los objetos”.8 No obstante, siempre nos encontramos que las únicas pulsiones que podemos investigar son las del Eros, y Freud escribe: “Sin las consideraciones desarrolladas en ‘Más allá del principio del placer’ y el descubrimiento de los elementos sádicos del Eros, nos sería difícil mantener nuestra concepción dualista fundamental. Pero se nos impone la impresión de que las pulsiones de muerte son mudas y que todo el fragor de la vida parte principalmente del Eros”.9 Freud en el intento de concluir dirá que el principio de placer sirve al ello como una brújula en la disputa frente a la libido, que genera revueltas en el proceso vital. Ahora, sí es el principio de constancia -en el sentido que le da Fechner- el que rige la vida en un permanente “resbalar hacia la muerte”, paradójicamente las pulsiones sexuales al introducir nuevas tensiones, detienen la disminución del nivel. Por otra parte, el Ello orientado con el principio de placer se salvaguarda guiando estas tensiones sexuales hacia su satisfacción y, dado que la expulsión de las materias sexuales en el acto sexual viene a corresponder a la separación del soma y del plasma germinativo, Freud insiste en lo que ya nos decía en “Más allá del principio de placer”: “De ahí la semejanza entre el estado que sobreviene tras la satisfacción sexual plena y el morir”.10

Los vasallajes del yo
“El yo se forma en buena parte desde identificaciones que toman el relevo de investiduras del ello, resignadas; que las primeras de estas identificaciones se contraponen al yo como superyó, en tanto que el yo fortalecido, más tarde, acaso ofrezca
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Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. 9 Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. 10 Freud, Sigmund (1920): Op. Cit.

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mayor resistencia (Resistenz) a tales influjos de identificación. El superyó debe su posición particular dentro del yo o respecto de él a un factor que se ha de apreciar desde dos lados. El primero: es la identificación inicial, ocurrida cuando el yo era todavía endeble; y el segundo: es el heredero del complejo de Edipo, y por tanto introdujo en el yo los objetos más grandioso”.11 En reuniones científicas anteriores, se ha conversado sobre las dos caras del Superyó, un superyó edípico y otro pre-edípico. ¿Cuál es la importancia de sostener estás dos caras? ¿Es factible hablar de un superyó materno arcaico y otro paterno? ¿Sería necesaria hacer una síntesis entre ambas vertientes? Ahora bien, estamos acostumbrados a oír repetir esta frase emblemática: el superyó es el heredero del Complejo de Edipo. Y me preguntó ¿Qué se interpreta por complejo de Edipo en la actualidad? ¿Qué significa que el superyó sea el heredero del complejo de Edipo? Pues, el heredero tendrá que asumir y trabajar aquello que recibe, quizá pensando en la posibilidad de generar algo nuevo. Freud agrega algo más respecto del superyó, lo pone en relación con las adquisiciones filogenéticas del ello y lo convierte en reencarnación de anteriores formaciones yoicas, que han dejado sus sedimentos en el ello. “Por eso el superyó mantiene duradera afinidad con el ello, y puede subrogarlo frente al yo. Se sumerge profundamente en el ello, en razón de lo cual está más distanciado de la conciencia que el yo”.12 Por tanto, el superyó, ¿es una estructura fija o está sujeta a procesos de cambio? ¿Qué rol juegan los factores intrasubjetivos, intersubjetivos, filogenéticos y sociales? Para investigar estas relaciones vuelve a referirse, como en “Recuerdo, repetición y elaboración” y en “Más allá del principio del placer”, a la “reacción terapéutica negativa”. Mecanismo por el que algunos analizantes reaccionan durante la cura en sentido inverso a como sería lógico esperar, “empeoran en el curso del tratamiento, en vez de mejorar”.13 Dado que la reacción terapéutica negativa está ligada a la compulsión de repetición: ¿Cuáles serían los ejemplos clínicos de la RTN? Freud encuentra detrás de está fuerte resistencia, la cual puede llegar a contribuir el mayor obstáculo contra la curación, un factor de orden moral: un sentimiento de culpabilidad inconsciente, que “permanece mudo para el enfermo, no le dice que es culpable; él no se siente culpable sino enfermo”. 14 Esta frase freudiana despertó controversias: ¿Cómo un sentimiento va a ser inconciente si los sentimientos son percibidos por la conciencia? En una nota a pie de página advierte que no se puede hacer nada directamente contra esta reacción, tan sólo de forma indirecta y de manera paulatina se podrá ir descubriendo al analizante sus fundamentos reprimidos para que el sentimiento de culpa llegue a hacerse consciente. En algunas ocasiones se deduce que este sentimiento de culpa es consecuencia de una identificación del sujeto con otra persona que fue importante en su vida, es decir, el resultado de una identificación tras una relación erótica abandonada. Es un proceso similar al que se observa en la melancolía, y en tales casos, cuando se consigue revelar esta carga de objeto previa que se ocultaba bajo el sentimiento de culpa inconsciente, se puede conseguir un completo éxito terapéutico. Pero no siempre sucede así. Por todo ello, Freud piensa que es posible incluso que sea la conducta del ideal del yo la que determine la mayor o menor gravedad de la neurosis, de modo que considera conveniente observar a continuación cómo se manifiesta el sentimiento de culpa en diversas circunstancias. Cabe destacar que, a lo largo de “el yo y el ello”, Freud se refiere indistintamente al superyó y al ideal del yo. Pero, ¿podemos pensar, desde la clínica, una diferencia entre ambos? ¿Qué ventajas conlleva entenderlos por separado? ¿Qué relación existe entre el ideal el yo y el superyó?
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Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit.

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El sentimiento de culpa consciente y neurótico, la conciencia moral, se debe a la tensión habitual entre el yo y el ideal del yo, y no opone dificultades a la interpretación. Pero hay dos afecciones en las que adquiere una intensidad patológica: en la neurosis obsesiva y en la melancolía. En ambos casos “el sentimiento de culpa es conciente (notorio) de manera hiperintensa; el ideal del yo muestra en ellas una particular severidad, y se abate sobre el yo con una furia cruel”.15 Freud formula que en ciertas formas de la neurosis obsesiva, el sentimiento de culpa es hiperexpreso pero el yo no encuentra ninguna justificación y por tal motivo, se inquieta contra la atribución de culpabilidad. Por tanto, el superyó “sabe más” del Ello inconsciente que el yo. En la melancolía por el contrario, el yo del sujeto ni siquiera se atreve a protestar porque, debido a su identificación con el objeto de sus reproches, se cree culpable y merecedor del castigo. El superyó, pues, lo que hace es dirigir sus iras contra el objeto acogido en el yo. Entonces, “comprendemos esta diferencia que en la neurosis obsesiva se trataba de mociones repelentes que permanecían fuera del yo; en la melancolía, en cambio, el objeto, a quien se dirige la cólera del superyó, ha sido acogido en el yo por identificación”.16 Pero para el problema aquí planteado le parece preferible a Freud examinar otros casos en los que el sentimiento de culpa permanece inconsciente, como sucede, sobre todo, en la histeria. Si bien usualmente el yo lleva a cabo las represiones al servicio del superyó, lo que se observa en estos casos es que el yo utiliza la represión para mantener a distancia del superyó el material al que se refiere el sentimiento de culpa. “Uno prefiere dar un paso más y aventurar esta premisa: gran parte del sentimiento de culpa tiene que ser normalmente inconciente, porque la génesis de la conciencia moral se enlaza de manera íntima con el complejo de Edipo, que pertenece al inconciente”.17 Tras una rápida alusión a que el sentimiento inconsciente de culpa puede llegar a convertir al individuo incluso en un criminal, prosigue señalando que en estos últimos casos estudiados el superyó demuestra su independencia del yo conciente y su íntima relación con el ello inconsciente. Freud plantea “(…) el superyó no puede desmentir que proviene también de lo oído, es sin duda un parte del yo y permanece accesible a la conciencia desde esas representaciones-palabra (conceptos, abstracciones), pero la energía de investidura no les es aportada a estos contenidos del superyó por la percepción auditiva, la instrucción, la lectura sino que la aportan las fuentes del ello”.18 Para investigar ahora cómo puede el superyó manifestarse esencialmente en forma de sentimiento de culpa, de crítica contra el yo, revisa de nuevo la melancolía, donde dice que el sadismo que desata el superyó se explica porque el componente destructor se instala en él, reina en el superyó vuelto contra el yo. “Lo que ahora gobierna en el superyó es como un cultivo puro de la pulsión de muerte, que a menudo logra efectivamente empujar al yo a la muerte”.19 Al contrario que el melancólico, el neurótico obsesivo no busca nunca su propia muerte y está mejor protegido contra ella que el histérico. Debido a la regresión a la organización pregenital que la neurosis obsesiva implica, la pulsión de destrucción libera el impulso de destruir al objeto. Ante dicha situación, ¿qué hace el yo? si bien al principio el yo del neurótico obsesivo se rebela tanto contra las exigencias criminales del ello como contra los reproches de su conciencia moral, esto no le evita sufrir un perpetuo autotormento. Luego agrega Freud que se dedicará a martirizar sistemáticamente al objeto. Respecto a este último planteo, me cuestiono en qué situaciones clínicas estaba pensando Freud, debido a que el observable más directo en la neurosis obsesiva es el automartirio.
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Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit.

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Freud prosigue preguntándose por la severidad del superyó en la melancolía, superyó que parece abarcar y utilizar todas las ramificaciones de las pulsiones de muerte contra el yo. Y señala que, desde el punto de vista de la moralidad: “El ello es totalmente amoral, el yo se empeña por ser moral, y el superyó puede ser “hipermoral” y, entonces, volverse tan cruel como únicamente puede serlo el ello. Es asombroso que el ser humano, mientras más limita su agresión hacia afuera, tanto más severo - y por ende más agresivo- se torna en su ideal del yo. (…) Mientras más el ser humano sujete su agresión, tanto más aumentará la inclinación de su ideal a agredir a su yo”.20 Llegado a este punto establece una nueva hipótesis, dirá que el superyó se genera por una identificación con el prototipo paterno. El ideal extrae su imperativo riguroso y cruel de la pulsión de muerte segregada tras la desmezcla de las pulsiones. Así considera que comienza a aclararse la representación del yo. El Yo tiene importantes funciones, por su vínculo con el sistema percepción establece la clasificación temporal de los procesos anímicos y los subyuga al examen de realidad. Logra aplazar las descargas motrices y administra los accesos a la motilidad mediante la combinación de los procesos de pensamiento. “El yo se enriquece a raíz de todas las experiencias de vida que le vienen de afuera; pero el ello es su otro mundo exterior, que él procura someter. Sustrae libido del ello, transforma las investiduras de objeto del ello en conformación del yo. Con ayuda del superyó, se nutre, de una manera todavía oscura para nosotros, de las experiencias de la prehistoria almacenadas en el ello. (…) Pero por otra parte vemos a este mismo yo como una pobre cosa sometida a tres servidumbres y que, en consecuencia, sufre las amenazas de tres clases de peligros: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyó. Tres variedades de angustia corresponden a estos tres peligros, pues la angustia es expresión de una retirada frente al peligro. Como ser fronterizo, el yo quiere mediar entre el mundo y el ello, hacer que el ello obedezca al mundo, y –a través de sus propias acciones musculares- hacer que el mundo haga justicia al deseo del ello”.21 Por otra parte, el yo no se comporta de igual forma respecto a las dos clases de pulsiones sino que, mediante la identificación y la sublimación, en realidad ayuda a las pulsiones de muerte a sojuzgar la libido, exponiéndose así al peligro de convertirse en víctima de tales pulsiones. La más interesante de las servidumbres del yo es la que le liga al superyó. Y, al llegar a este punto, hace Freud la única mención a las fobias que encontramos en esta obra: “El yo es el genuino almacigo de la angustia. Amenazado por las tres clases de peligro, el yo desarrolla el reflejo de huida retirando su propia investidura de la percepción amenazadora, o del proceso del ello estimado amenazador, y emitiendo aquella como angustia. Esta reacción primitiva es revelada más tarde por la ejecución de investiduras protectoras (mecanismo de las fobias). No se puede indicar qué es lo que da miedo al yo a raíz del peligro exterior o del peligro libidinal en el ello; sabemos que es su avasallamiento o aniquilación, pero analíticamente no podemos aprehenderlo. El yo obedece simplemente, a la puesta en guardia del principio de placer”.22 En cambio, Freud asevera qué es lo que se oculta detrás de la angustia del yo ante el superyó, o sea ante la conciencia moral. Aquel ser superior que luego llegó a ser el ideal del yo amenazó un día al sujeto con la castración, y esta angustia a la castración es probablemente el nódulo en torno del cual cristaliza luego a la angustia de la conciencia moral. En “Inhibición, síntoma y angustia”, vuelve a retomar esta cuestión y señala que así como el superyó es el padre que sobrevino apersonal, el miedo frente a la castración con que este amenaza se ha mudado en una angustia de conciencia moral. Discute consecutivamente la idea de que toda angustia se pueda reducir a la angustia de muerte, ya que ésta es un concepto abstracto para el que no se halla nada correlativo en lo inconsciente, y sostiene que la angustia ante la muerte se desarrolla entre el yo y el
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Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit.

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superyó. ¿En qué pensaría Freud al referirse a la angustia de muerte? ¿El yo se defiende de la desligadura? Para argumentarlo, nos remite a las dos circunstancias en las que se observa la génesis de la angustia ante la muerte: en la melancolía y como reacción ante un peligro exterior. En la primera, el yo se desestima a sí mismo porque, en vez de sentirse amado por el superyó, que debería ejercer la misma función protectora que el padre, se aprecia perseguido y odiado por él. Asimismo, cuando el yo se siente amenazado por un grave peligro, también se siente abandonado por todos los poderes protectores, en la misma situación que constituyó el trauma del nacimiento y que genera la angustia infantil. La pregunta es, cómo puede recordar esta angustia y repetir esta situación que le permite identificar una situación de peligro. Por ende, Freud deduce que tanto la angustia ante la muerte como la angustia de la conciencia moral, son un desarrollo de la angustia de castración. Finaliza el escrito mencionando que el ello no tiene forma de expresar amor u odio al yo. Y agrega “Eros y pulsión de muerte luchan en el ello; ya dijimos con qué medios cada una de estas pulsiones se defiende de la otra. Podríamos figurarlo como si el ello estuviera bajo el imperio de las mudas pero poderosas pulsiones de muerte, que tienen reposo y querrían llamar a reposo a Eros, el perturbador de la paz, siguiendo las señas del principio de placer; no obstante, nos preocupa que subestimemos el papel del Eros”.23

Sentido descriptivo y dinámico de lo inconciente
Dicho agregado surge a partir de un cuestionamiento que Ferenczi le realiza a Freud acerca del sentido descriptivo y dinámico de lo inconsciente. Él marca una contradicción en lo enunciado por Freud en el capítulo I del yo y ello, donde Freud expresa que “…en el sentido descriptivo hay dos clases de inconciente, pero en el dinámico sólo una (…) lo inconciente latente es inconciente sólo descriptivamente, no en el sentido dinámico”.24 Consecuentemente, Ferenczi entendía que descriptivamente había un solo inconciente, mientras que desde la perspectiva dinámica podía suponer dos tipos de inconciente. No obstante, Strachey intenta aclarar el asunto argumentando que según Freud, en sentido descriptivo hay dos clases de representaciones que son inconcientes, lo inconciente latente y lo inconciente reprimido. Y en lo que respecta al sentido dinámico va a decir que lo inconciente vale sólo para lo reprimido. Posteriormente Freud en las “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” va a terminar esclareciendo la confusión. Manifiesta que en el sentido descriptivo, tanto lo reprimido como lo preconciente son inconcientes en sí mismos. En cambio, en el sentido dinámico la denominación de inconciente se limita a lo reprimido.

El gran reservorio de la libido
Freud en “Tres ensayos de una teoría sexual” concibe al yo como un gran reservorio de libido. Al respecto expresa: “(…) La libido narcisista o libido yoica se nos aparece como gran reservorio desde el cual son emitidas las investiduras de objeto y al cual vuelven a replegarse; y la investidura libidinal narcisista del yo, como el estado originario realizado en la primera infancia, que sólo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se conserva en el fondo tras ellos”.25 Además, esta idea es reiterada por Freud en “Una dificultad del psicoanálisis” (1916), en la “26º de las conferencias de introducción al psicoanálisis” (1916-1917) y en “Más allá del principio de placer” (1920). Sin embargo en uno de los “Dos artículos de enciclopedia” (1922), Freud postula que el ello es el gran depósito de libido. “Ahora, luego de la separación entre el yo y el ello, debemos reconocer al ello, como gran reservorio de libido”.26
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Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund: Introducción del Narcisismo (1914). Obras Completas AE Tomo XIV. Freud, Sigmund: Dos artículos de enciclopedia (1922). Obras Completas AE Tomo XVIII.

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En este sentido en “Esquema del psicoanálisis” expresa “Nos representamos un estado inicial de la siguiente manera: la íntegra energía disponible del Eros, que desde ahora llamaremos libido, está presente en el yo-ello todavía indiferenciado.”27 Strachey contrasta estos dos puntos de vista que, aparentemente, parecen conflictivos, e intenta alcanzar a una solución. “Este <yo-ello> era originariamente el <gran reservorio de libido>, en el sentido de un tanque de almacenamiento. Una vez sobrevenida la diferenciación, el ello seguiría siendo un tanque de almacenamiento, pero al comenzar a enviar investiduras (ya sea hacia los objetos o hacia el yo ahora diferenciado) se convertiría, además, en una fuente aprovisionadora. Pues bien, esto mismo es válido para el yo, ya que este tanto sería tanque de almacenamiento de libido narcisista como, desde otra perspectiva, fuente aprovisionadora de investidura de objeto”.28 Esto último nos conduce, sin embargo, a otro punto. Strachey subraya que a lo largo de la obra de Freud pueden consignarse dos procesos disímiles. Pues, a la luz de “El yo y el ello”, se concibe que las investiduras de objeto provienen directamente del ello, y sólo de forma indirecta accederían al yo. En cambio, en “Esquema del psicoanálisis”, se deja traslucir que la libido pasaría totalmente del ello al yo e investirían indirectamente a los objetos. Por tanto, Strachey deja abierto un planteo que es posible leerlo como interrogante: ¿estos dos procesos son incompatibles ó es factible que los dos tengan causa?. El atolladero queda trazado, “sobre esto Freud guarda silencio” 29 y nos invita a tomar posición. En intento de concluir, se me presenta una dificultad debido a que este punteo no es un punto de llegada sino un lugar de partida para empezar a conversar. Siempre es bueno volver a la fuente, no con la intención de quedarnos pegados al pasado repitiendo perpetuamente lo mismo, sino para servirnos de él, y desde el presente seguir pensando y avanzando hacia el futuro, creando así un orden instituyente frente a lo ya instituido.

Lic. María Belén Sivori.

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Freud, Sigmund: Esquema del psicoanálisis (1938). Obras Completas AE Tomo XXIII. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit. Freud, Sigmund (1923): Op. Cit.

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