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Fabián Martínez Siccardi

LAIKA

Sevilla, 2008

Un jurado presidido por Marina Mayoral, y compuesto por Ignacio Garmendia, Ariel Búmbalo y Antonio Cáceres Salazar, acordó por unanimidad otorgar el XV Premio de Narraciones Breves Alberto Lista, convocado por Cajasol Fundación y el Diario ABC de Sevilla, a la obra «Laika», de Fabián Martínez Siccardi.

Fabián Martínez Siccardi

LAIKA

XV PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA

Colección Literaria
Sevilla, 2008

L

y el Tuerto Maubert aparecieron en mi vida casi al mismo tiempo. Laika era una perra con la mirada asustada, y el Tuerto, un chico con un ojo muerto que parecía ver mejor que el sano. Las diferencias entre nosotros eran evidentes, pero cuando recuerdo nuestra historia, las imágenes de los tres se entremezclan, se confunden. Laika apareció una mañana de invierno, acurrucada debajo de la pileta de lavar. Yo había salido al patio a tirar la basura y la encontré ahí abajo, escondida, como huyendo de algo. Cuando me agaché para verla mejor, me gruñó, mostrando el marrón de sus dientes, y entonces le acerqué la mano al revés, como me había enseñado el Tuerto que sabía mucho de perros. Así no te muerden, me había dicho él, y era cierto porque Laika escondió los dientes y salió de su escondite bamboleándose como una lombriz de pelo blanco.
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De un grito llamé a Cristina para que viniera a verla y en seguida apareció en el patio, con un pulóver de lana roja sobre el camisón. —Esta perra está inmunda —me dijo—, seguro que viene del basural. Laika tenía costras de mugre seca pegadas en el lomo como si hubiera estado revolcándose en el barro. Cuando Cristina le acercó la mano para intentar quitarle una, la perra salió corriendo y se volvió a esconder debajo de la pileta, como si pensara que la mano de Cristina sólo fuera capaz de darle un escarmiento. —¡Qué perra más arisca! —dijo Cristina. —Debe estar asustada —le contradije y, al observarla mejor, vi que debajo del pelo tenía marcas de heridas viejas. Esas cicatrices me hicieron pensar en abusos repetidos, en huidas constantes, en la angustia de no poder hallar un sitio seguro donde refugiarse y decidí, sin más, que la perra se quedaría conmigo, que iba a hacer desaparecer en ese instante ese pasado siniestro de donde venía para que su vida comenzara de nuevo, esa mañana, debajo de la pileta de lavar. Laika era poco más grande que un gato y tenía un pelo duro y blanco que le nacía de una piel más oscura. La edad era difícil de adivinar —por momentos parecía un cachorro viejo— y en eso era como el Tuerto Maubert que, aunque tenía catorce años, aparentaba más. Pero ese parecido entre

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Laika y el Tuerto se eclipsaba ante una diferencia más notable que los distinguía. Aunque ambos tenían rastros de heridas sobre el cuerpo, los de Laika estaban escondidos por el pelo; la herida del Tuerto, la cicatriz enorme que tenía en la cara, flameaba como un estandarte en lo alto de un barco. La melena del Tuerto, partida con una raya al medio y recogida detrás de las orejas, hacía aun más obvio un tajo enorme que le nacía en el pómulo izquierdo y terminaba por encima de la ceja. El ojo muerto, cruzado por la cicatriz, era una bola gris que apuntaba a todos lados y a ninguna parte, que parecía observar todo sin poder ver nada; con un punto de mira omnipresente, como el ojo de Dios. Aunque era una mañana fría, Cristina y yo nos quedamos en el patio un rato largo, agachados, esperando que Laika saliera de debajo de la pileta. Cristina se estiró el pulóver rojo hasta los tobillos para protegerse del frío. Yo acerqué la mano a la pileta, frotando el pulgar contra el índice, y comencé a llamarla “perrita” varias veces, en voz baja, como si le hablara a un recién nacido. Laika se volvió a asomar con cautela y recostó la espalda contra el suelo para que pudiera pasarle la mano por el vientre. Fue entonces cuando le anuncié a Cristina que quería quedarme con la perra, y ella me advirtió que con mamá la iba a tener difícil. Desde la agonía del último gato, mamá no quería saber nada de animales domésticos, que sólo agregaban más padecimientos a los que ya tenía, con eso de las migrañas

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y el dolor en las piernas. Para convencerla necesitaba de Cristina y le pedí que me ayudara, pero su primera respuesta fue que no lo haría. Entonces le prometí que estrujaría la ropa y la colgaría en la soga, que lavaría los platos de noche, que no le contaría a mamá sobre el atado de cigarrillos que le había encontrado en el cajón de la cómoda, y eso último, supuse, hizo que terminara intercediendo. Mientras yo seguía acariciando a Laika, Cristina se metió en la habitación de mamá, que para ese entonces estaba convertida en una cueva oscura con los paneles de la ventana cubiertos de cartulina negra, y, después de casi una hora, salió con una sonrisa arrogante. Cristina siempre convencía a mamá, tenía una habilidad especial para explicar la misma cosa muchas veces sin desviarse nunca del planteamiento inicial. Su arma era la coherencia y la utilizaba con maestría, y eso me hacía sentir por ella rabia y admiración con la misma intensidad. De la alegría tiré un puñetazo al aire y con cuidado tomé a Laika en brazos y la metí dentro de la casa. Me senté con ella en el suelo y empecé a quitarle las costras de mugre de a una, como se limpia un cachorro que acaba de nacer. Como la mañana avanzaba y mamá no salía de su cuarto, al pasar las doce Cristina decidió cocinar unos tallarines con manteca. Nos sentamos a la mesa y la perra se acomodó entre las patas de mi silla. De repente se me ocurrió que Laika tendría que tener hambre y levanté con los dedos un tallarín y lo

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dejé colgar a la altura de su boca. El tallarín tenía pedacitos de queso pegados y una gota de manteca derretida a punto de soltarse del extremo inferior. Laika salió de debajo de la silla, se sentó sobre las patas traseras y de un bocado se lo tragó. Cristina soltó una carcajada y colgó uno ella. La perra se pasó la comida entera tragando tallarines, sentada como si hubiera sido entrenada en un circo. Al final del almuerzo Cristina estaba entusiasmada y fue entonces cuando me propuso que la llamáramos Laika. En ese momento le lancé un no rotundo porque ese nombre sólo me hacía pensar en una perra con casco de astronauta dentro de una nave espacial. Yo estaba buscando un nombre sin historia que me permitiera dibujarle una existencia nueva, una biografía que comenzara ese día. Pero Cristina no entendía de esos asuntos, para ella las cosas tenían un único significado. Era tajante y andaba por caminos rectos, sin vericuetos, y con eso se ayudaba a avanzar por la vida. Terminamos el almuerzo y Cristina ordenó los cuartos y yo limpié la cocina. Me tiré en la cama y me quedé dormido un rato. El doctor me había recomendado descansar después de comer porque eso me ayudaba a mantener la fortaleza en las piernas. Cuando me desperté, la casa estaba en silencio, Cristina había salido y mamá seguía en su cuarto. Sobre la mesa del comedor estaba la bandeja con los restos del almuerzo que Cristina había llevado a mamá mientras yo dormía.

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Decidí entonces dar el primer paseo con Laika, y no me hizo falta correa ni collar porque Laika me siguió como si fuera yo su lazarillo, como si su espacio vital se circunscribiera a un par de metros alrededor mío. Caminamos algunas cuadras y nos detuvimos en el puente que cruzaba el canal de riego, que ese día no llevaba agua y que tenía el fondo lleno de hojas y ramas secas. Desde el puente, vi al Tuerto Maubert, que estaba en la otra orilla del canal con unos amigos, sentado debajo de los sauces. Cuando él me vio, hizo señas con los brazos y me gritó que me acercara. Al principio dudé en ir, porque a los otros tres no los conocía bien, pero las ganas que tenía de mostrarle la perra pudieron más y me fui hacia donde estaban. En total eran cuatro: el Tuerto, el Gringo Zanotta y los mellizos Marini. Excepto el Gringo, todos eran mayores que yo y fumaban cigarrillos negros, tragando el humo como si fueran hombres de verdad. En ese entonces, mi relación con el Tuerto era reciente y había comenzado porque él y Cristina formaban parte de un coro que se había creado en la parroquia. El Tuerto era barítono y Cristina contralto, y como cantaban algunas estrofas con las mismas notas, el director los hacía ponerse uno al lado del otro. El Tuerto vivía detrás de las vías y tenía un ojo monstruoso; Cristina estaba enamorada del hijo de un médico con apellido alemán, rubio y afecto a los deportes, por lo que fuera de ese breve momento de unísono, Cristina no le ofrecía al Tuerto más que el saludo. Pero conmigo había sido diferente.

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Una tarde en que me había quedado después del ensayo a esperar a Cristina, el Tuerto había salido antes que los demás y me vio sentado en un banco de la galería que rodeaba el patio del colegio. Yo estaba leyendo un libro sobre perros que tenía dibujos de razas que en mi vida había visto y que no lograba relacionar con ningún perro de Los Médanos. El Tuerto se puso de pie al lado del banco y se quedó un rato con los brazos cruzados mirando el libro desde lo alto. —Los perros son ciegos al color —me dijo de pronto—, son incapaces de distinguir entre mi remera verde y tu pantalón azul. Yo levanté la vista para ver quién me hablaba y, cuando le vi la bola gris del ojo malo, volví de inmediato a mirar el libro. El Tuerto se quedó quieto, esperando alguna respuesta, pero yo seguí pasando las hojas sin detenerme en ninguna. Entonces él se puso de cuclillas delante de mí y colocó las dos manos en puño frente a mi cara, entre mis ojos y el libro, haciendo que fuera imposible evitarlo. En la mano derecha sólo tenía el dedo índice extendido, como si señalara al cielo, y en la izquierda el índice y el mayor. Comenzó a golpear lentamente una mano con la otra, como si aplaudiera de costado, hasta que hizo chocar con fuerza los puños y, con la fugacidad que tienen los momentos mágicos, el dedo mayor de la mano izquierda desapareció y surgió de golpe en la derecha. Respiré hondo y contuve el aire, pero ya no dejé de mirarle a la cara.

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—¿Vos sos el hermano de Cristina? —me preguntó, y yo asentí con la cabeza. Nos acercamos con Laika desde el puente hasta los sauces, donde estaban el Tuerto y sus tres amigos, y cuando llegamos él me saludó, pero los demás siguieron fumando y hablando entre ellos. A mí no me importó porque con el Tuerto nos pusimos en seguida a hablar de Laika y eso era a lo que había venido. Empezamos a imaginar qué mezcla de razas podía tener y el Tuerto dijo que sin duda tenía algo de Terrier. —Los terriers son muy fieles —me dijo— y el amo de un perro fiel es como un Dios. Después me preguntó qué nombre le iba a poner, y le dije que aún no sabía, que mi hermana me había sugerido el nombre Laika, pero que a mí no me convencía. —¡Me encanta! —exclamó el Tuerto—, Cristina tiene buen gusto para los nombres. Los otros tres, que hasta ese momento habían estado sumidos en su conversación, al escuchar el nombre de mi hermana dejaron de hablar y se dieron vuelta para mirarnos. El Tuerto los ignoró, y ellos, después de un rato, retomaron lo que venían haciendo. Nosotros seguimos hablando de Laika hasta que el tema se comenzó a disipar y nos quedamos en silencio con la mirada perdida en las ramas de los sauces. Era una tarde de invierno, pero con mucho sol, y el Tuerto llevaba una camisa blanca a medio abotonar. Las mangas

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estaban arremangadas y, en el doblez del brazo izquierdo, tenía un atado de cigarrillos negros. En un momento sacó el atado y me preguntó si quería uno. Le dije que no, porque había probado los mentolados que escondía Cristina en el cajón de la cómoda y me habían dejado un gusto horrible en la boca. Él encendió uno y se puso a fumar. «Vení —dijo el Tuerto—, sentáte al lado mío que te voy a mostrar cómo puedo sacar el humo por los ojos». Aunque era una locura, yo le creí, porque después de la desaparición de los dedos hubiera creído que el Tuerto podía hacer cualquier cosa. Caminé unos pasos y me senté a su lado, con las piernas en loto, y él hizo lo mismo. «Apoyá la mano sobre mi pecho y miráme fijo a los ojos hasta que veas salir el humo —dijo el Tuerto—, pero mirá únicamente a los ojos». Yo le hice caso con lo de la mano, pero sólo le miré el ojo bueno porque el otro todavía me asustaba. Lo que estábamos haciendo sacó de la apatía a los mellizos Marini y el Gringo Zanotta, que se acercaron a contemplar el espectáculo. No decían nada, pero nos miraban con sorna, como quien sabe lo que va a ocurrir. Yo apoyé la mano con fuerza contra el pecho del Tuerto y comencé a sentirle los latidos del corazón. El Tuerto tragó humo y apretó los labios. Transcurrieron unos segundos lentos en que los latidos del Tuerto se espaciaron y se volvieron resonantes. Yo seguí tranquilo mirándole el ojo sano. «Concentráte más» —gritó Zanotta de repente, como si estuviera poniéndose impaciente.

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El pecho le comenzó a temblar y cuando me pareció que el humo comenzaba a brotar por entre las pestañas, el Tuerto saltó hacia atrás en un movimiento brusco y se puso de pie. «Con vos no puedo pibe —me dijo, apoyándome la mano en el hombro—, sos demasiado confiado». Días después, cuando se lo conté a Cristina, me explicó que a ese truco lo usaban para quemarle el envés de la mano con el cigarrillo a quienes fueran tan estúpidos de creer que puede salir humo de los ojos de una persona. Cuando nos levantamos para irnos, el Tuerto me dijo que se juntaban siempre allí, y yo lo tomé como una invitación a volver. Pasar las tardes con el Tuerto en el canal era mejor que quedarme en casa, esperando que Cristina volviera de hacer sus cosas o que mamá decidiera resucitar por un momento y sumarse al mundo de los vivos. Además, en el canal, debajo de los sauces, no había más que tirarse en el suelo y hablar de perros con el Tuerto; no tenía que correr, ni patear la pelota. Pero la orilla del canal era una zona vedada y, si Cristina se enteraba de que andaba por ahí, iba a pedirme que no lo hiciera, me iba a recordar el problema de mis piernas, la facilidad con que perdía el equilibrio. Esa tarde del primer paseo con Laika, el lecho del canal estaba seco y la orilla era un lugar seguro, pero cuando comenzaba el turno de riego, el agua aparecía de repente y avanzaba embravecida, convirtiendo la orilla en un sitio peligroso. En Médanos, todos sabían que el agua de riego, con el

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mismo descontrol con que infundía vida en el rojo de los tomates y el verde de las manzanas, podía arrebatarla ante el menor descuido. Y, si osábamos olvidarnos de esa amenaza, la familia Manquilef se encargaba de recordárnoslo en la misa de los domingos. En la misa, los Manquilef se sentaban siempre en la última fila de bancos —que había quedado tácitamente reservada para ellos—, la madre en una punta y, a su izquierda, ordenados por edad, los cuatro hijos varones que habían nacido de a uno por año. Eran gente corpulenta y ocupaban el banco entero, pero lo más visible de ellos no era su presencia sino lo que faltaba, era el salto de altura entre el segundo y el cuarto hijo. Lo más visible en ese banco era Miguel, el hijo que se había caído al canal cuando tenía nueve años y que habían encontrado un par de días después aguas abajo. Ese hueco entre los Manquilef nos hacía recordar a todos que, cuando llegaba el turno de riego, la orilla del canal era un sitio vedado, donde acechaba la muerte. Pese a eso, la tarde siguiente volví a ir al canal y allí encontré a los cuatro. Estaban como la tarde anterior, fumando tirados en el pasto, pero algo era diferente: un aire de expectación tensaba el ambiente y acortaba la longitud de las frases. Todos tenían la mirada clavada en el extremo izquierdo del canal y eso me puso nervioso y le pedí al Tuerto

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que me diera un cigarrillo. Lo encendí y lo fumé sin tragar el humo. Al rato comenzamos a sentir un rumor que se transformó de a poco en un rugido. Era el agua, que llegaba a borbotones y llenaba el canal de bordo a bordo, arrastrando hojas y ramas con fuerza y cubriendo de espuma sucia los recovecos de la orilla. Le pedí al Tuerto otro cigarrillo. Me lo dio y se puso de pie. Después, como en una coreografía estudiada, retrocedió unos pasos largos y lentos, se detuvo como estudiando la distancia, tomó carrera hacia el agua como si fuera a zambullirse y, al llegar a la orilla, saltó el canal limpio, como un lince, y aterrizó del otro lado con los pies juntos y las palmas sobre el suelo. Laika se arrimó al borde y empezó a ladrar. A mí se me cortó la respiración, porque entre orilla y orilla había más de cuatro metros. Acto seguido hizo lo mismo uno de los Marini, después el otro. Lo que estaban haciendo era un acto sacrílego, una irreverencia al respeto religioso que el agua del canal inspiraba en el pueblo desde la muerte de Miguel Manquilef. Era también, ante los ojos más escépticos, un acto suicida porque, unos metros más adelante, el canal se estrechaba en dos paredes de cemento y daba un salto en cascada del que nadie podía salir ileso. Pero también era —comprendí después— una declaración de estirpe, era mostrar que, aunque vivían en la misma barriada pobre de los Manquilef, ellos eran diferentes porque tenían la piel más clara y eso los colocaba por encima del peligro.

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El Tuerto y los dos Marini llamaron a Zanotta desde el otro lado, y él les gritó que estaba cansado, que iba a esperar un poco para saltar. «Siempre decís lo mismo Gringo, sos un cagón» —le dijo el Tuerto, y el Gringo le contestó insultándole una hermana que el Tuerto no tenía. Como estaba empezando a oscurecer, los Marini decidieron cruzar por el puente, pero el Tuerto volvió a tomar carrera y después de planear sobre el agua aterrizó muy cerca de mí. Zanotta miraba las ramas de los sauces, como si no estuviera sucediendo nada especial. Laika volvió a ladrar. «Vamos a casa —dijo Zanotta—, que se está haciendo tarde». Tal como habíamos hecho la tarde anterior, nos pusimos a mear en fila apuntando al canal, que ahora nos mezclaba las aguas y las llevaba lejos. Zanotta tardaba en largar el chorro y aún no había comenzado a mear cuando los demás ya estábamos terminando. —Con el miedo que tiene, la pijita se le debe haber escondido entre los pelos —dijo el Tuerto, y los Marini soltaron una carcajada. La cara de Zanotta se puso tensa. —Y vos Tuerto, ¿por qué te la manoseás tanto? —le preguntó Zanotta—. A que estás pensando en la morocha que canta con vos en el coro, en ésa que te gusta tanto, en la hermana de este renguito que se quiere hacer amigo nuestro. Por un momento sólo se escuchó el ruido del agua. De pronto, el Tuerto saltó como una pantera y agarró al gringo Zanotta de la solapa de la camisa.

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—Decís otra pelotudez así y terminás en el canal —le gritó el Tuerto, fulminándolo con el ojo gris, y Zanotta se terminó de mear en los pantalones. —¡Pedíle perdón! —le gritó el Tuerto y Zanotta balbuceó algo a lo que yo respondí asintiendo con la cabeza. El Tuerto me acompañó hasta mi casa y en el camino no paró de hablar. Contaba anécdotas de perros, mezclaba historias inconexas, hacía bromas sin gracia, intentaba desviar la conversación lejos de lo que acababa de suceder y por ello le estaba agradecido. Pero, con el tiempo, comprendí que el tema que intentaba ahogar el Tuerto entre tantas palabras no era el mismo del que yo no quería hablar. Él quería ocultar su interés por Cristina, y yo intentaba preservar la integridad del espacio que el Tuerto acababa de crear. Que a él le gustara Cristina no me sorprendía porque mi hermana era una de las chicas más lindas del pueblo. Su paso a la adolescencia había sucedido de golpe, hacía unos meses, y le había sentado bien. Había ocurrido el día en que cumplía quince años, cuando se preparaba para ir a cenar a la casa de su novio de apellido alemán. Había pasado más de tres horas en el baño, arreglándose para salir, y cuando apareció en el comedor donde yo estaba leyendo me quedé atónito, como el testigo de una súbita maravilla. El pelo negro, que siempre llevaba lacio, le caía en bucles a los costados de la cara, los labios tenían un color rojo suave que reflejaba la luz de la lamparita que colgaba del techo y los ojos azules, rodeados

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por unas pestañas que parecían más largas, brillaban como las farolas de la calle sobre el agua del canal. Cristina estaba hermosa y, en ese momento, había adquirido un arma más para ayudarse a avanzar en la vida. No me sorprendía que el Tuerto también lo hubiera notado. Pero eso no era el tema que yo quería evitar, su atracción por Cristina no me molestaba y no pensaba decírselo a ella ni a nadie más. De lo que yo no quería hablar era de esa palabra que había dicho el Gringo, ese mote que tarde o temprano siempre aparecía. Mi problema para caminar era poco notable, con algo de esfuerzo en los días buenos lograba casi hacerlo desaparecer, pero nunca dejaba de estar latente, al acecho, como una flecha tensada en un arco a punto de soltarse. Tarde o temprano, alguien soltaba un comentario amable que ocultaba lástima o bien se despachaba con un insulto flagrante, como el del Gringo, que en grupos de chicos se llegaba a propagar hasta el infinito. Llevaba ese mote escrito en la frente y todo lo que hiciera para quitarme esa inscripción terminaba fallando. Por eso, lo que había hecho el Tuerto no tenía precedentes para mí. Después del grito que le había pegado al Gringo, del zarandeo que le había dado, de la meada en los pantalones, era difícil que alguien en ese grupo volviera a repetir esa palabra. El Tuerto había impuesto una prohibición, había creado un santuario, un sitio donde refugiarme. Más aun, lo había hecho ayudado por el ojo malo, sacando al ruedo su propia deformidad. Cuando le había gritado al Gringo, le

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había acercado a la cara ese ojo gris que nunca se sabía dónde miraba. Yo me esforzaba en ocultar mi renguera y el Tuerto utilizaba su cicatriz como una espada. Ése era el tema del que yo no quería hablar, quizá porque en ese momento no hubiera sabido cómo ponerlo en palabras o, tal vez,porque su mera mención hubiera destruido ese frágil paraíso que acababa de emerger. Esa noche bañé a Laika en una palangana para sacarle las últimas costras y la dejé subirse a dormir en mi cama. Laika no se movió de los pies y pasó la noche entera en el mismo sitio sin molestar. Al día siguiente era domingo y, como Cristina durmió hasta tarde, Laika y yo fuimos los primeros en salir de la cama. Mamá llevaba día y medio sin salir de su habitación, pero, entre el ruido que hice con las tazas del desayuno y una botella de leche que se me rompió en la cocina, al final se despertó y apareció en el comedor con el camisón y el salto de cama. Tenía los pelos del lado izquierdo aplastados por la almohada y de punta, pero las mejillas estaban sonrojadas y se veía linda, como en las fotos de cuando era joven. Laika estaba acostada en la canasta que yo le había preparado con una manta vieja de tela escocesa roja y verde, y no hacía más que mirarme. Mamá la señaló con el dedo. —Esa perra te idolatra —me dijo, masticando una de las tostadas que me había quitado del plato—, en mi vida he visto un animal mirar a alguien así.

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Mamá era para mí como un profeta que pasaba todo el día en su cueva oscura, meditando, para aflorar cada tanto con alguna verdad irrefutable. Era hábil para desentrañar los sentimientos ocultos de las personas y eso me hacía temerla tanto como admirarla. Ese turno de riego duró cuatro días en los que el Tuerto y los Marini volaron sobre el canal más veces de las que podría recordar. Cuando no saltaban, jugaban con el Gringo Zanotta a hacer pulseadas o se colgaban de las ramas de los sauces. Laika se mantenía siempre a mi lado, observando todo. Después de que terminó el turno de riego, el canal se secó rápidamente y las horas en la orilla comenzaron a transcurrir con menos prisa, con la ayuda de los cigarrillos negros que había aprendido a fumar sin marearme. En esos días, uno de los Marini empezó a jugar a la payana conmigo. Decidí contarle de a poco a Cristina mis visitas al canal. Le comencé a hablar del Tuerto, le conté que había fumado cigarrillos negros, que con él y sus amigos lo pasaba bien. Le dije que a veces caminábamos cerca del canal. Otro día le dije que de vez en cuando, nos tirábamos a descansar debajo de los sauces. «Tené cuidado —dijo ella—, porque esos chicos seguro que hacen cosas que vos no podés hacer». Una mañana llegó al colegio la noticia de que el niño que llevaba la voz solista del coro había caído enfermo y que las prácticas se interrumpían hasta que encontraran un

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reemplazante. Esas horas de ensayo a Cristina le quedaron vacías y le convencí de que las usáramos para pasear a Laika juntos por la plaza, donde podía olerse con otros perros y masticar pasto. Al llegar a la plaza, nos encontramos con el Tuerto que había decidido ocupar ese tiempo de la misma forma. Cuando nos cruzamos con él, Cristina lo saludó y el Tuerto respondió el saludo, pero demoró un instante en retomar camino para dar espacio al inicio de una conversación. Como nadie hablaba, yo saqué el tema de la enfermedad del solista y el Tuerto empezó a explicar que el chico era muy débil, que no le sorprendía lo que había sucedido. —No sé por qué no le dan la parte solista a una de las chicas —dijo el Tuerto, y Cristina miró para otro lado. —Tuerto —dijo Cristina—, ¿estás cuidando bien a mi hermano? —No te preocupes —respondió el Tuerto—, lo cuido como si fuera el mío propio. A partir de entonces, cada tarde que nos cruzábamos con él en la plaza, los dos volvían a hablar un poco del coro y al final Cristina siempre le preguntaba si me estaba cuidando bien en el canal. Esos diálogos no eran mucho más que el saludo frío al que Cristina circunscribía antes su relación con el Tuerto, pero era el primer territorio común que ella le abría fuera del coro y el Tuerto lo asumía con una dignidad que me inspiraba respeto.

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—Yo me ocupo de que no le pase nada —repetía siempre el Tuerto, y Cristina le sonreía. A mí me gustaba imaginar que los dos se ponían de novios, se casaban y me llevaban a vivir con ellos en una casa muy grande con unas ventanas enormes. Los paseos por la plaza duraron poco porque, a las dos semanas, llegó la noticia de que los ensayos se reanudaban. Había aparecido un solista nuevo. Me alegré mucho por el Tuerto, porque volvería a compartir una hora entera en el coro con Cristina. El ensayo con el nuevo solista se fijó para el día miércoles a las cuatro de la tarde y ese mediodía, al regresar del colegio, mamá nos recibió con el almuerzo preparado, algo que sucedía muy de vez en cuando. Después de lavar los platos me fui a dormir un rato de siesta y, cuando me desperté, Cristina ya había salido para el ensayo. Apuré la merienda y salí con prisa para el canal, quería llegar antes de que el Tuerto regresara de la práctica con el coro. Quería verle la cara con la que venía del ensayo antes de que el gordo Marini o algunos de los otros le hicieran cambiar la expresión con esas bromas burdas que solían lanzar contra el coro, la iglesia o el indio Morán. Caminé al paso más rápido del que era capaz, Laika corría detrás de mí. La calle Liniers estaba vacía y la cruzamos sin detener la marcha. Al llegar a Villegas, escuché que se acercaba un vehículo y me detuve de golpe, pero Laika siguió. La vi quedar inmóvil bajo la sombra de la camioneta y hacerse

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un ovillo entre las ruedas, la escuché golpear contra el caño de escape, y alcancé a oler la orina que desparramó del susto. La camioneta continuó la marcha, como si nada hubiera sucedido, dejando a Laika sumida en un quejido hondo en la mitad del asfalto. Me arrodillé y la alcé con los dos brazos, como a un niño pequeño. Busqué por todos los rincones sin poder hallar una gota de sangre. La respiración era lenta y entrecortada. La arropé y desanduve el camino a casa, deteniéndome cada tanto para comprobar que aún seguía con vida. Al llegar me encontré con Cristina, que acababa de regresar del ensayo. —¡Que mamá no se entere de nada! —dijo, nerviosa, cuando vio lo que había sucedido y, sin entrar en la casa, partimos para lo del veterinario. La última vez que habíamos estado allí, había sido para que sacrificaran el gato, que daba pena cómo sufría. Habíamos traído un ser agonizante y nos habían devuelto un cuerpo muerto, ése era el recuerdo que tenía de ese sitio, impregnado del olor al miedo de otros animales domésticos. El veterinario era un hombre de manos grandes y cara ancha, al que le gustaba explicar con detalles macabros cada cosa que hacía. «Vamos a ver si se le ha reventado algo dentro», fue lo primero que dijo. Pasó un rato largo tocando, auscultando y explicando las posibles mutilaciones que Laika podría haber sufrido, pero terminó con una nota optimista.

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—La perra no tiene nada roto —explicó, hablándole a Cristina como si ella fuera la dueña—, pero el golpe la ha traumatizado. Por unos días, tal vez no quiera comer ni tomar agua y, si no hacés nada, se te va a deshidratar como una margarita en un florero sin agua. Después se dio vuelta y sacó de un cajón la jeringa hipodérmica más grande que había visto en mi vida. —La vas a tener que alimentar con esto —explicó, con la jeringa en una mano y una bolsa de suero en la otra. —¿Sabés poner inyecciones? —le preguntó a Cristina. —La perra es de él —respondió ella y me señaló con el dedo. —Vení vos entonces —dijo el veterinario tomando una bola de algodón con los dedos—. Empapás el algodón en alcohol primero y después frotás sobre la piel a la altura de la paleta. Con el índice y el pulgar tomó la piel para formar un pliegue separado del músculo y clavó la aguja. —Entre la piel y la carne —explicó—, nunca dentro del músculo. El suero dejó una bola de líquido debajo del cuero que, con el mismo algodón, el veterinario frotó durante un buen rato hasta que la hizo desaparecer. Laika miraba con los ojos entreabiertos y reaccionaba al dolor mostrando los dientes. Yo grababa cada detalle con la compostura de quien está a punto de convertirse en un salvador, con la responsabilidad que debía tener el amo de un perro fiel.

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Tal como había dicho el veterinario, al llegar a casa, Laika se negó a beber y comer. Esa misma noche, antes de ir a la cama, puse en ejercicio lo que había aprendido. Empapé el algodón en alcohol, humedecí la piel y clavé la aguja. Laika volteó la cabeza y me mostró los dientes. Consciente de mis razones, descargué el contenido de la jeringa y desparramé lentamente la bola de líquido frotando con el algodón mojado hasta que desapareció. Las inyecciones se debían aplicar tres veces al día y la reiteración no hizo más que empeorar la experiencia. La mirada de Laika se tornaba cada vez más dura y mi pulso cada vez más titubeante. La reacción de Laika viraba del miedo al resentimiento, pero el tratamiento daba resultados y en unos días Laika dio los primeros pasos. El canal permanecía seco y el próximo turno de riego estaba anunciado para el viernes siguiente. En el canal, los juegos de la payana se suspendieron porque los Marini se habían fabricado unas gomeras para cazar palomas y se pasaban todo el tiempo con eso. Sin Laika, la orilla del canal se comenzó a volver solitaria. El Tuerto era el único que, a veces, me hablaba para ofrecerme un cigarrillo o preguntarme por la perra. Para el resto, poco a poco, me estaba volviendo invisible. Cuando Laika comenzó a beber agua, decidí reducir las inyecciones a dos por día y después a una sola. Ella seguía pasando la mayor parte del tiempo en la canasta, excepto cuando se arrastraba para esconderse debajo del mueble de

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la vajilla, pero se veía mejor y su pelo había recuperado algo de brillo. El viernes por la mañana, el día en que largaban el turno de riego, al despertar encontré la canasta de Laika vacía. Cristina no había escuchado nada durante la noche, ni yo tampoco. Las puertas y ventanas estaban cerradas. La buscamos debajo de todos los muebles pero no la hallamos, y como se nos hacía tarde salimos para el colegio sin desayunar. Cuando regresamos del colegio, mamá nos había vuelto a sorprender con el almuerzo listo. Laika estaba sentada en un rincón de la cocina con la vista clavada en cómo ella sacaba la asadera del horno. «Se metió en mi habitación en la mitad de la noche —dijo mamá— cuando fui al baño a vaciar el orinal». No pude probar bocado y cuando me tiré en la cama no pude dormir la siesta. ¿Cómo podía explicarle a Laika lo que había sucedido? ¿Cómo podía hacerle ver el motivo real de los pinchazos? Se me ocurrió que, quizá, su ceguera no se limitaba a los colores, a no poder distinguir el verde del azul como decía el Tuerto. Laika no había comprendido lo que yo estaba haciendo y había cambiado la claridad de nuestras tardes en el canal por la oscuridad de la habitación de mamá, donde sin duda se sentía completamente segura. Salí temprano para el canal y cuando llegué el agua ya estaba de bordo a bordo. Los primeros en aparecer fueron los Marini, después vino el Gringo Zanotta y por último el Tuerto. El Gringo anunció que esta vez iba a saltar y quería

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ser el primero. Repitió los movimientos preparatorios de los demás pero el salto terminó con una pierna entera en el agua. Lo volvió a intentar y esa vez lo logró. De repente, sin comprender bien por qué, me levanté y dije que yo iba a saltar también. «Estás loco —dijo el Tuerto— vos no podés saltar». «Yo quiero saltar —dije—, si tomo suficiente carrera puedo llegar al otro lado». «¡Te dije no podés saltar y punto!», gritó el Tuerto. «Voy a saltar, mierda, y vos no sos quién para decirme que no». «Te dije que no», gritó el Tuerto y me agarró de los brazos. «Soltá, mierda, ¿por qué no puedo saltar?», y forcejeé para soltarme. «Te digo que estás loco, que no vas a saltar», dijo el Tuerto con la cara roja de ira. «¿Por qué, por qué no puedo saltar?», le grité, escupiéndole gotas de saliva en la cara que lo enfurecieron. «¡Porque sos un rengo, porque sos un rengo de mierda!», y me soltó. Los dos terminamos en el suelo, yo me llevé las manos a la cara. Salí para casa, pero di muchas vueltas antes de decidir regresar. Llegué ya entrada la noche y Cristina estaba preocupada. «El Tuerto vino preguntando por vos» me dijo. Me fui directamente a la cama, y Cristina me siguió y se sentó a mi lado. Me pasó la mano por el pelo. —¿Por qué estás llorando? —preguntó, y yo agaché la cabeza y no dije nada. En ese momento, Mamá salió de su habitación y se asomó desde la puerta a ver qué ocurría. —¿Qué le pasa a este chico? —le preguntó a Cristina—, llora como si le hubiera caído un castigo divino.

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—Nada grave, mamá —le respondió Cristina—, se tropezó volviendo a casa, pero ya está mejor. Mamá me miró una vez más y se volvió a meter en su cuarto. Cristina volvió a acariciarme la frente y, con esa habilidad que tenía para explicar la misma cosa de cien maneras diferentes, me dijo que el canal no era un sitio para mí, que esos chicos hacían cosas que yo no podía hacer, que no eran pibes de nuestra clase, que lo que me había pasado era, en realidad, una bendición porque me había hecho ver mis limitaciones a un costo muy bajo. Mientras ella hablaba comprendí que, aunque le hubiera contado toda la verdad sobre lo que había sucedido, Cristina me hubiera dado la misma explicación y con esa idea me comencé a calmar hasta que quedé dormido con la ropa puesta. Los días que siguieron los recuerdo idénticos: las mañanas en el colegio, los almuerzos con Cristina, las salidas de mi madre al baño para vaciar el orinal, la mirada asustada de Laika al encontrarse conmigo. Por las tardes, Cristina pasaba poco tiempo en casa, ocupada en la preparación de la misa para el Indio Morán, que avanzaba a paso vertiginoso ahora que el obispo había confirmado su presencia. El domingo siguiente nos levantamos tarde y, mientras tomábamos el café con leche y comíamos tostadas, los dos solos como antes, pensé en Laika, en cómo se había perdido en la oscuridad de la pieza de mamá. Recuerdo que pensé mucho en eso y esa misma tarde, después de la siesta, salí a caminar, despacio, rumbo al canal.

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TÍTULOS PUBLICADOS

N.º 1: VIAJE A PUERTO ESPAÑA

(I Premio de Narraciones Breves Alberto Lista), de Jorge Juan Eiroa.
N.º 2: UNA LECTURA DE JOSÉ HIERRO,

antología poética de José Hierro.
N.º 3: PHILOMENA,

de Pilar Paz Pasamar.
N.º 4: RAÍCES DE LA ESPERANZA,

de Matilde Donaire.
N.º 5: LA LEYENDA DE PEDRO VÁZQUEZ

(II Premio de Narraciones Breves Alberto Lista), de Fernando Barón Esquivias.
N.º 6: EL ESTADO ACTUAL DEL DERECHO INTERNACIONAL,

de René Jean Dupuy.
N.º 7: PLAZA PARTIDA,

de Aquilino Duque.
N.º 8: III PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de José Antonio Illanes Fernández y Marina Domecq.
N.º 9: EL CORPUS CHRISTI: FIESTA BARROCA EN CUZCO,

de Jorge Bernales.
N.º 10: COMO LLAMA EN EL DIAMANTE,

de Manuel Mantero.
N.º 11: IV PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Vicente Gallego y Jaime Alejandre.
N.º 12: LAS BUENAS COMPAÑÍAS,

de Roberto Mesa.

N.º 13: DE LA EVANGELIZACIÓN COLONIAL A LA RELIGIOSIDAD POPULAR PERUANA: EL CULTO A LAS IMÁGENES SAGRADAS,

de Luis Millones
N.º 14: CIUDAD TRASOÑADA (Relatos),

de Enrique Esquivias Franco.
N.º 15: V PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Hipólito G. Navarro, Félix J. Palma y Care Santos.
N.º 16: LOS DEMONIOS DANZANTES DE LA VIRGEN DE TÚCUME,

de Luis Millones
N.º 17: RECEBIMIENTO QUE HIZO LA MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD DE SEVILLA A LA C.R.M. DEL REY D. PHILIPE N.S.,

de Juan de Mal Lara
N.º 18: LA OTRA ABISINIA,

de Juan Lamillar
N.º 19: VI PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de José Reyes Fernández y Mario Gómez López
N.º 20: VIAJE POR LAS VELETAS DE SEVILLA,

de Francisco Hidalgo Aznar
N.º 21: VENUS MARINA GADITANA,

de Ramón Corzo Sánchez
N.º 22: VII PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Félix J. Palma y Antonio Gallo
N.º 23: MANUEL BLASCO GARZÓN. UN SEVILLANO DEL EXILIO,

«Evocaciones Andaluzas...» de Manuel Blasco Garzón (ed. facsímil). Estudio previo de Francisco Morales Padrón
N.º 24: VIII PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de José Gabriel Ceballos, César Romero y José J. Parra Bañón
N.º 25: IX PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Vicente Marco Aguilar y Francisco Corrales Fernández
N.º 26: ¡A LOS TÍTERES TOCAN!

de Alejandro Collantes y Fernando Labrador. Prólogo de Aquilino Duque

N.º 27: JESÚS AGUIRRE: ANTOLOGÍA LITERARIA,

Selección y prólogo de Aquilino Duque
N.º 28: EL DORADO ZUMO DE LA PENA,

de Antonio Zoido
N.º 29: LUIS CERNUDA. RECUERDO CINEMATOGRÁFICO,

de Rafael Utrera Macías
N.º 30: LUIS CERNUDA ANTE SÍ MISMO. UN ACERCAMIENTO PSICOLÓGICO AL POETA,

de Jaime Rodríguez Sacristán
N.º 31: EL UMBRAL,

de Oliverio Coelho
N.º 32: HECHIZOS DEL PERÚ: AMOR Y MAGIA EN LA COSTA DEL PACÍFICO,

de Luis Millones y Laura León
N.º 33: SIN RETORNO (XI Premio de Narraciones Breves Alberto Lista),

de José Manuel Cano Pavón.
N.º 34: EL OLOR DE LA SEBA,

de Francisco Pleguezuelo.
N.º 35: XII PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Miguel Sánchez Robles y José María de Montells
N.º 36: XIII PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Alberto Acosta-Pérez y Carlos Busqued
N.º 37: XIV PREMIO DE NARRACIONES BREVES ALBERTO LISTA,

de Ariel Búmbalo David y Rodolfo Piovera
N.º 38: MANOSDURAS,

de Luis Lara
N.º 39: LA TRISTEZA DE VOLVER (Antología poética),

de Joaquín Caro Romero
N.º 40: LAIKA (XV Premio de Narraciones Breves Alberto Lista),

de Fabián Martínez Siccardi.

CAJASOL FUNDACIÓN Presidente de Cajasol Antonio Pulido Gutiérrez Vicepresidente de Cajasol Luis P. Navarrete Mora Director General de Cajasol Rafael R. López-Tarruella Martín Director General Adjunto-Secretario General de Cajasol Lázaro Cepas Martínez Director General Adjunto Institucional y de Obra Social Francisco Javier Romero Álvarez Jefe del Gabinete del Presidente Fernando Vega Holm Director del Centro Cultural Cajasol Antonio Cáceres Salazar

COLECCIÓN LITERARIA, nº 40 Edita: Cajasol Fundación Diseño y cuidado de la edición: Pedro Bazán Ilustraciones: Kris Iden © de la edición, Cajasol Fundación © del texto, Fabián Martínez Siccardi I.S.B.N.: 978-84-8455-281-9 Depósito Legal: Impresión: PINELO. Talleres Gráficos

Los 500 ejemplares de que consta esta edición se terminaron de imprimir el día 16 de junio de 2008 en los Talleres Gráficos de Antonio Pinelo. Camas - Sevilla

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