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CAPITULO III

Superyó y neurosis obsesiva
III.1. La obsesión: entre los riesgos calculados y los riesgos del superyó.
“|…| en la neurosis obsesiva |…| el superyó, que proviene del ello,
no puede sustraerse de la regresión y
de la desmezcla de pulsiones allí sobrevenida.
No cabría asombrarse si a su vez se volviera más duro,
martirizador y desamorado |…|”.


1. LA ASTUCIA DEL OBSESIVO: EL SITIO AL OTRO
Cuando la hora del deseo suena para cada uno de nosotros, el Otro agazapado desde la
falta, marca su compás en lo que Freud define como castración y Lacan ubica desde el
matema de la falta del Otro. Compás de espera, de suspenso, trepidante o calmo, pero la
partida (partida en su doble sentido, como división y como juego) comienza siempre,
invariablemente se reanuda, no puede no comenzar, no puede ser evitada.
Las vicisitudes del sujeto están atadas al carro triunfal del deseo del Otro, carro que se
remolca desde el objeto o como causa. Pero he ahí la trampa. El complejo de castración,
según Freud, condena al neurótico a encadenarse a las alas del deseo. Ni las astucias del
demonio pueden evitarlo.
El dominio y sus astucias. Astucias a las que debe recurrir –como lo hace saber Cazotte
en El diablo enamorado- cuando se trata de gustar y seducir; cuando se trata de ofrecer el
“Che Vuoi?” -¿qué me quiere- “¿Bajo qué forma deberé presentarme para lograr
agradaros?”
Pero, ¿cómo enfrenta el neurótico esa pregunta que le hace cuestión ya que como
puntual enigmático del deseo lo confronta con la falta? Sin los atributos del demonio,
¿cuál su artimaña?
En el interrogante “¿qué me quiere el Otro?” se bifurcan deseo y superyó en tanto supone
responder por la relación entre el deseo y la ley: ¿qué legalidad abriga el Otro?, ¿dónde
desfallece esa legalidad?, ¿hasta dónde hay garantías en la cuestión del desear? ¿cómo
haberlas si la ley que pende del significante Nombre del Padre deja siempre un vacío, una
falla por donde se cuelan deseo y goce? Paradoja de la ley del padre que no todo regula y
deja como saldo ese pecado (falta) en la estructura por donde se cuela,
indefectiblemente, no sólo la falta de garantías del deseo, sino también la ley insensata
del superyó que asedia al deseo.
Son embargo, en las lides del deseo, y ante las peligrosas cornisas que ostenta la falta
del Otro, el neurótico encontrará artimaña: replicará y repicará reduciendo el deseo
reduciendo el deseo a la demanda. Este ardid le permite ubicar algún punto del Otro para
ordenar las barajas en la cadena significante y organizar la partida. Partida eternamente
reiniciada, partida sin fin, interminable a menos que algo se descuelgue y caiga de la
cadena significante. Sólo así es posible la emergencia del acto ante el objeto o que
permite –travesía del fantasma mediante- la fundación de un nuevo significante, que no es
cualquiera.
Remarquemos este punto: si el neurótico desea y goza es porque se confronta a la
castración, y es la falta en el Otro lo que le hace asumir posiciones de astucia. No sólo el
demonio recurre a ellas, también el neurótico tiene su ingenio. Ante un ardid es posible
responder, a veces, con un ardid mejor. Esta es una coartada recurrente del neurótico.
Por eso dirá Lacan que la clínica de las neurosis es una clínica de las respuestas. De las
respuestas al deseo y al goce del Otro, situadas como pantomimas que hacen aparecer
su estructura de verdad tras una apariencia de ficción.
Desde esa “clínica de las respuestas” ¿cuál, entonces, la astucia del neurótico allí donde
la respuesta al deseo del Otro deviene obsesiva? Incapaz de soportar la falta que el
deseo del Otro presentifica, recurre a la picardía de ofrecerse como esa garantía
imposible al Otro, ya que del lado del otro nada es seguro, salvo que él oculta, que él
cubre al objeto, es decir al objeto o.
El obsesivo, un sujeto que no sabe por su falta–en-ser, pretende excluir el no saber y la
falta del Otro ofreciéndose a tapar esa falta tras la fortaleza de su yo. Procurando
rechazar la castración del Otro, abogará por su consistencia al precio de su propia
castración erigiéndolo como amo que tiene que saber y garantiza sus actos. Construye un
tirano que lo bastardea y al cual se ofrece como sometido esclavo. Trabaja para eso, vive
para eso. Está dispuesto a complacer a ese amo, a responderle obedientemente munido
de toda una enciclopedia de saberes.
Construye ese Otro a la medida de la perfección intentando, vanamente, responder con
excelencia, sometiéndose a la debida obediencia; lo que en lugar de redituar en eficacia lo
acorrala y desborda…como dice Freud: “se ve constreñido a un cavilar incesante” al
servicio de la despiadada crueldad superyoica.
Pero, recrear de esta manera al amo, alimentarlo a ese costo, no puede sino tener como
consecuencia la acumulación de un sórdido odio que se arrastra tras la ambivalencia.
Sostiene al amo, pero también anhela su destrucción. Y así, mientras construye ese amo,
también espera su muerte alimentando contra aquel un goce sádico que finalmente,
revierte contra sí mismo en goce masoquista.
En su afán por responder cabalmente al Otro se ofrece como su ayudante para lo cual
hace de algún saber que sólo él entiende como tal desde su vanidosa erudición. Debe
hacerse saber al Otro. Lo escuchamos con frecuencia en las sesiones: cuenta, informa,
actualiza, siempre tiene la última… Enciclopedia de saberes, hace de su relato goce.
Pero para alardear hay que sabérselas a todas y, para sabérselas a todas, hay que estar
en todas partes. Por esto Lacan dirá que el obsesivo tiene l avidez de estar en todas
partes, para no estar justamente en ninguna. Es la ubicuidad y la nuliubicuidad del
obsesivo.
El diablo saber por diablo, el obsesivo por nuliubicuo. Tendrá que llenar cualquier vacío,
cualquier falta del Otro, aún antes de su emergencia misma. Deberá constituirse en fiador
del Otro. Entonces todo riesgo se aplacará. El aislamiento (Isolieren) es para Freud
(véase Inhibición, síntoma y angustia) uno de los mecanismos de defensa del yo
frecuente sobre todo en l neurosis obsesiva, que se caracteriza por el bloqueo de toda
representación o actividad que ponga en peligro la fortaleza del yo. Se trata de un corte,
de un suspenso impuesto entre el nexo que liga las representaciones y los actos y que
fortalece la escisión del yo. Pero Freud también advierte que como no es posible
mantener con éxito tal bloqueo, las conexiones suspendidas emergen desordenadamente
en los momentos más imprevistos, provocando el descontrol; punto donde al obsesivo le
escapan pensamientos, palabras y actos aparentemente inconexos, aunque de sentido
francamente inconexos, aunque de sentido francamente opuesto a lo que pretende
controlar. Lado obsceno del aislamiento que termina, así, emparentando con la insensatez
superyoica o compulsión; el aislamiento pues, hará metástasis en toda la estructura,
logrará construirse en el ayudante-garante del Otro, un ayudante exuberante, casi Otro
del Otro.
Es preciso preguntarse, ¿Cuál más omnisciente, él mismo o el Otro para quien trabaja
denodadamente? Al constituir Otro a su medida, su astucia parecería haber encontrado la
carta de triunfo; pero, la construcción no acaba nunca y será preciso buscar siempre otra
carta de triunfo, y otra, y otra, y otra… al infinito, reforzando cada vez más la exigencia por
el recurso del sobreinvestimiento de la actividad del pensamiento y al costo subjetivo de la
voracidad del superyó. Lacan recurre, para ejemplificarlo, a las figuras del mito:
“… pago siempre renovado en un insatisfacible tonel de las Danaides”. (Lacan, 1968-69, Sem. XVI
|21|5|69| ).
El obsesivo siempre esperará encontrar, siempre estará a punto, siempre en el “casi
pero…” siempre donde debe postergar el acto para que la partida con el Otro no cese, re-
comience constantemente. El “casi lo tengo” lo llevará de una anulación retroactiva hacia
otra y hacia otra. Aclaremos que, para Freud, la anulación retroactiva
(Ungeschehenmachen) es uno de los mecanismos de defensa del yo mediante el cual el
sujeto intenta borrar representaciones, palabras o acciones pasadas y, a tal efecto recurre
a otras que tengan un sentido opuesto. Freud llama a este mecanismo que pretende que
algo no haya acontecido: “magia negativa” que presupone dos tiempo: el segundo borra al
primero; a un pensamiento o acontecimiento le sucede otro de sentido opuesto. Así, la
anulación colabora con la compulsión de repetición. Los ceremoniales obsesivos se
alimentan de este mecanismo, y cuanto más insiste en el intento por anular aquello que
convoca a la tentación, más se potencia su opuesto de manera tal que aquello que se
intenta borrar contamina a su contrario. Punto donde se produce la emergencia de la
desmesura superyoica en la obsesión. Siempre habrá menester un cálculo más exquisito,
postergar la última partida y calcular esa carta de triunfo perfecta que, obviamente, no
llegará nunca ya que no es posible cubrir la inconsistencia del Otro y asegurarse contra el
riesgo que revela el deseo. Por eso el obsesivo, con sus respuestas, sólo busca sitiar al
Otro –para asesinar el deseo- en su intento por situarlo y garantizarlo valiéndose de una
extravagante magia. Y justo allí emerge su descontrol.
Ese sitio al Otro fracasa, deviene sitio al obsesivo cerrándole toda salida posible al acto.
El supuesto-astuto queda, así, envuelto en su propio juego, sitiado en la inhibición, sitiado
en el síntoma o desbordado por la angustia.
Decir que está sitiado por la parodia de otorgar consistencia al Otro implica afirmar que,
desde la ubicuidad-nuliubicuidad”, el obsesivo no hace discurso. No existe el discurso del
obsesivo, no puede pensárselo ni desde el discurso del amo ni desde el universitario.
Decir que el obsesivo está sitiado supone el sitio al sujeto, el aislamiento del discurso y la
anulación de los actos que complotan, finalmente, contra él en la nuliubicuidad. Grave
riesgo que se abate sobre el obsesivo cuando queda en suspenso su entrada en el campo
del significante como sujeto, en tanto es retenido más allá del Otro por un inclemente
mandato superyoico que exige cada vez más y más perfección.
2. LA PARTIDA CON EL OBSESIVO
Es difícil jugar una partida con el obsesivo. ¿Cómo hacerlo con alguien que hace
inoperante el riesgo de cualquier justa? Dice Lacan que la justicia del obsesivo, manejada
por el inconsciente, retiene al sujeto y aun le arrebata fuera de combate haciéndole estar
siempre en el Otro. Esto es lo que se conoce como instalación en el Otro o localización de
su sitio en el Otro; es decir, se retira del juego para operar desde donde supone no corre
riesgo. Paradójica operación que, intentando escabullirlo del riesgo que implica
enfrentarse con la falta del Otro, lo precipita, por el eclipsamiento del deseo, al arriesgado
asedio superyoico.
¿Cómo jugar con quien, procurado el riesgo calculado, se corre del riesgo? Recordemos
que para Lacan el obsesivo dejará en l partida sólo un sombra de sí mismo (el yo), para
anular de antemano tanto ganancia como pérdida al abdicar de su deseo en juego. Deseo
imposible-sitiado: todo aquello que pueda encender el deseo será anulado.
He ahí la estratagema del obsesivo: para procurar el riesgo calculado, jugar son jugar.
¿Su astucia? la nuliubicuidad, el deseo imposible, el asesinato del deseo, y el sitio al Otro
que termina sitiando al sujeto. Allí su baluarte, su fortificación. Una astucia tal que siempre
debe ganar espacio a la inconsistencia del Otro, esto es, asegurarse ante el riesgo de que
aquel se revele como deseante. Ninguna chispa del deseo debe tocarlo y por eso su
deseo se torna imposible.
Así, la obra del sujeto es dedicada al Otro de manera que jamás estará en la misma. No
es el obsesivo, estrictamente hablando, un proletario; no vende su fuerza de trabajo, la
cede (la regala) en la multiplicidad de sus hazañas, en el vano esfuerzo por lograr la
invulnerabilidad.
El ardid del obsesivo es recrear el mundo con la instauración exuberante de supuestas
ciencias secretas que tampoco está dispuesto a transmitir, pero que, a veces, en el
intento por colmar al Otro, puede llegar a comentar en análisis. Si el Otro falló como
oráculo, ¿Por qué no ofrecerse él a construirlo? Conocerá la combinación de la fórmula
química que hasta ahora falló como antídoto del cáncer pero…; sabe de la construcción
del último circuito electrónico para lograr mejorar el ultimo satélite pero…; logró despejar
la última ecuación de matemáticas para rectificar los errores de computación pero…;
descubrió nuevos discursos a partir de los Cuatro formulados por Lacan pero…
Inexplicablemente pasaje del campo de la ciencia al de la magia, y cuyo acceso sólo él –
ostenta- tiene la llave.
¡Cuánto atesoramiento de saber tiene el obsesivo! Un saber que no puede compartir con
nadie. Religiosos de distintas religiones… Si alguien pregunta ¿por qué no comunicarlo?
Sabrá, con una retórica implacable, la razón de su secreto.
Entre esos saberes ocultos podemos menciona el manejo de la ciencia secreta de los
números y la anulación del azar. La famosa “máquina de pensar” –a la que alude Lacan
en La carta robada- más de una vez debió contar con ingenieros obsesivos que
procuraban su construcción. El obsesivo se las ingenia para dirigirse contra sus leyes del
azar, la expresión lacaniana es clara: “riesgos calculados”.
Las matemáticas se han aproximado al azar a partir del cálculo de probabilidades que, en
su versión más simple, dirá “si juegas es probable que llegues a ganar o a perder”; y más
complicada dirá: “una probabilidad se define como la razón de todas las eventualidades
favorables respecto a todas las eventualidades”. Es decir, si tiramos al aire una moneda,
tenemos 1/2 de probabilidades de que salga cara o cruz; si tenemos 40 cartas tenemos
4/40 de probabilidades de tener un as y 1/40 la probabilidad de obtener un as de espadas.
El cálculo se va complicando si consideramos el número de jugadores y la cantidad de
cartas que recibe cada uno de ellos en cada vuelta. Además, el cálculo de probabilidades
se atiene a la ley de los promedios, esto es, a esperar que las monedas den cara
aproximadamente la mitad de veces, o que las buenas manos alteren, en una partida de
naipes, con las malas.
¿Cómo se las arregla el obsesivo con su saber de la ciencia secreta de las probabilidades
y el azar ante una partida de cartas? ¿Cómo logra escabullirse y evitar el riesgo para
procurar la invulnerabilidad? ¿Cómo hace para no ganar ni perder? ¿Dónde se instala?
Nos interesa la pregunta pues con la partida de naipes parodiamos el dispositivo analítico.
¿cómo abrir el juego del análisis ante la nuliubicuidad y el sitiamiento del sujeto y del
Otro? Quien no demanda obtener un lugar en el deseo del Otro, mal puede ser de
ninguna partida, y menos de la analítica. Pueden, así, pasar muchos años donde uno cree
que se abre el juego y el Otro hace creer. ¿Análisis interminable? No, obstáculo al
análisis. En estos casos no pasa nada: “uno se identifica al espectáculo y el otro hace
ver”, dice Lacan.
En principio, para evitar el riesgo, el obsesivo está en la partida a condición de “jugar”
para el Otro. Tal su abdicación. Así no corre el riesgo, se corre del riesgo y anula tanto
ganancia como pérdida. Se situa en el Otro, el sitio asesina al deseo pero también
acorrala superyoicamente al sujeto.
Lacan, en La carta robada, señala que el recurso de todo jugador sólo se encuentra en la
apelación a alguna ley que presida la sucesión de las jugadas propuestas. Sin embargo.
El riesgo de todo juego es lo impensable, aquello que hace tan riesgoso el juego de la
vida, aquello que emerge a pesar de la regla y la legalidad que preside como
determinación simbólica alas vicisitudes del azar, es decir, lo real.
Ningún jugador puede escabullirse de la pregunta al azar ya que deberá jugar con él:
“¿qué eres fugra del dado que hago girar en tu encuentro (tu_q) con mi fortuna? (Lacan,
1955 p.33)
Así, deberá fiarse de la ley de los promedios, del azar, lo que hace éste u Otro-supuesto-
saber ante el cual el jugador no tiene más remedio que instituirse desde un cierto no-
saber.
Según René Tostain (1978) el jugador otorga al azar un saber. Fiarse del azar es soportar
la pregunta lanzada al Otro. Pero, se sabe que una regla, para ser tal, debe tener al
menos una excepción: existirá siempre por lo menos una jugada no completada por la
regla, existirá por lo menos una jugada que someta al jugador al error (acaso la pasión del
juego supone tal acatamiento). El obsesivo no reconoce esa excepción, burlará la
emergencia del deseo del Otro (del azar) con sus jugadas de riesgos calculados. Su
astucia es instalarse en ese punto ubicuo de la regla del juego. Sólo le interesa ser fiador
del azar. Ni ganar ni perder, sólo barajar y verificar el cumplimiento eficaz de las reglas y
de la ley de los promedios. Habrá estudiado exhaustivamente todas las posibles
excepciones y se ofrecerá para darle consistencia al azar. De este modo está fuera de
juego, y su tarea será hacer cumplir implacablemente de la ley del juego.
Lo hemos visto en alguna mesa: lápiz, papel y reglas en mano atento a que sus
supuestos compañeros cumplan con lo programado. No le interesará ganar o perder,
siempre estará más allá de esa mundaneidades y dedicándose a elucubrar de antemano
toda posible sorpresa de manera tal que lo impensable no ocurra nunca y para probar que
la máquina que dirige el azar puede existir gracias a sus forzadas hazañas. Su lugar en el
juego es el de un veedor-verificador que quieren más y más partidas para obtener cada
vez más saber. Algún día, cuando pueda maniobrar todas esas elucubraciones… ganará.
Algún día el amo morirá… mientras tanto, ofreciéndose como aval, él espera, para que el
Otro le sea incondicional. Habrán soñado todos los obsesivos del mundo –sin hacer lazo
social- obtener un mundo incondicional que los torne invulnerables, allí donde todo es
posible, sin riesgos, sin deseo…
3. LOS LIMITES DE LA PARTIDA:
ENTRE LA NULIUBICUIDAD Y EL SUPERYÓ
Entonces, ¿cómo meterlo en la partida? La respuesta es de Lacan: hacer que ocurra lo
impensable. He ahí la treta del analista. Sería imbécil hacer cumplir la regla fundamental y
asegurarle un “setting” como continente. Cualquier analista que haya encontrado esto
recibirá el sesgo de la anulación con que replicará la astucia del obsesivo.
Si la única carta bajo la manda que el obsesivo se guarda, la del cálculo estricto del juego
desde el reglamento por él avalado, para vitar lo impensable, y nunca arriesga carta
alguna que pueda despertar al Otro, entonces es preciso que éste despierte, penetre en
las fortificaciones yoicas, a la manera del caballo de Troya, y muestre su inconsistencia
para sacudir el sitio del obsesivo, para que éste pueda jugar la carta del acto.
La única manera de meterlo en la partida será la emergencia del deseo del Otro. Sólo esa
jugada desbarataría su noria que hace del significante signos. La falta de un significante
que lo represente hará trastabillar su orden, cálculo de la partida y operación del juego:
allí descubrirá que el Otro despierta. Estará jugado. El sitio ha de romperse, la
nuliubicuidad se tornará ineficaz y el sujeto desfallecerá metiéndose en la partida. Deberá
arriesgar la “carte forcée”, naipe obligado, obligación a la que nadie puede escapar.
Paradoja de esa carta que rompe con el sitio obediente para hacer transitar al sujeto en
torno a los enigmas del deseo del Otro, y para que, en lugar de pavonear al yo en el
análisis, pueda ofrecer su síntoma interrogando al deseo. Pero no hay recetas, sólo caso
por caso podrá establecerse la estrategia en la dirección de la cura.
Hay que aclarar: no es analista el sátiro que abre las puertas de la castración. El tope de
la castración no es una posibilidad que está en manos del analista, sino la estructura
misma del neurótico. Por otra parte, si el obsesivo no accede a interrogar el deseo del
Otro, corre severos riesgos en cuanto que, como sujeto sitiado, se empeña en un riesgo
calculado que puede producir un efecto contrario a aquel del cual pretende precaverse: su
desempeñamiento subjetivo al convertirse en victima de la “severidad despiadada” del
superyó.
En suma, el ardid de la nuliubicuidad tiene un límite un efecto de rebote, y es que no estar
en ningún lado –del deseo- exige el pago de una obediencia incondicional al Otro que se
torna cada vez más voraz. Maquinizarse al costo de someterse al comando insensato del
superyó.
Resulta muy clara la puntualización que al respecto hace Freud en 1925:
“Los síntomas de la neurosis obsesiva son en general de dos clases, y de contrapuesta
tendencia. O bien son prohibciones, medidas precautorias, penitencias, vale decir de
naturaleza negativa, o por el contrario son satisfacciones sustitutivas, hartas veces con
disfraz simbólico”. (Freud, 1925, p.107).
Extraña la coartada de la formación de síntomas en la neurosis obsesiva que logra ligar
“la prohibición con la satisfacción” que aproxima la prohibición del goce pulsional a la
satisfacción pulsional misma haciendo del mandato superyoico –que prohíbe usar-, el
goce mismo; punto donde la corrosiva instancia vence el límite de la defensa y donde el
obsesivo goza de más al pretender, precisamente, huir de ese goce.
Estos dos tiempos del síntoma obsesivo y su efecto pueden destacarse de la siguiente
manera:
Naturaleza negativa  naturaleza positiva  satisfacción de la prohibición
Rechaza la satisfacción pulsional Satisface (sustantivamente) (goce superyoico)
Paradójicamente, el neurótico obsesivo, queriendo hacer del yo una fortaleza viviente,
termina cediendo a la serie pulsional por la vía del reforzamiento cada vez más implacable
de la prohibición, y es allí donde el superyó toma su revancha.
“Parálisis de la voluntad del yo, quien, para cada decisión se encuentra con impulsiones de
pareja intensidad de un lado y del otro”. (Freud, 1925 p.113).
Punto donde la máquina se descontrola. Singularidad de la ambivalencia en la neurosis
obsesiva, juego en dos tiempos del síntoma cuyo resultado es que el sujeto queda a
merced de una severidad despiadada donde, finalmente, encuentra satisfacción el goce
sádico hacia el Otro que vuelca contra sí, masoquisticamente, en la vertiente superyoica.
Todo el esfuerzo realizado para preservarse de lo reprimido (incesto y parricidio), termina
incitándolo hacia formaciones reactivas que, cuanto más severas en sus imposiciones,
más lo aproxima hacia aquello de lo que anhela escapar. Queda acorralado en el cerco
del goce superyoico que exige más y más renuncias y donde, tras esa descomunal
exigencia, se cuela una insólita y solapada satisfacción pulsional.
Preguntemos ahora, nuevamente: ¿puede el obsesivo, manteniéndose como nuliubicuo,
hacer del juego de la vida una jugada correcta? ¿Cuál es el costo de esta pretensión?
Freud destajante: su intento de quedar al margen, como un mero verificador, los saca del
ruedo del deseo y lo precipita en el riesgo atroz de la impulsión superyoica. Su cruzada
para proscribir cualquier vestigio de tentación, lo lleva a reforzar, más y más, la
proscripción; lo que puede desembocar en una potenciación de la anulación que hace de
la conciencia moral del obsesivo una marmita hirviente de proscripciones. Así, a mayor
exclusión, mayor exigencia del superyó, por tanto, el sujeto se autoinculpa más y más. Un
culpable inocente, ya que no puede hacerse cargo de sus tentaciones. El pedido de
castigos retoma la posta de sus exigencias… y también de su goce.
Reiteremos la afirmación de Lacan:
“La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido a su deseo” (Lacan,
1959-60, Sem. VII, p. 382).
Si la culpa está tan emparentada al goce, hacer que ocurra lo impensable, meter al
obsesivo en la partida del deseo del Otro, que pueda soportar su partición como sujeto
inconsciente, es el recurso para su entrada en análisis vía la histerización, y la alternativa
para que el superyó pueda negociar con los Nombres del Padre, lo que implica embarcar
al sujeto en los interrogantes de incertidumbre subjetiva por los caminos de las
formaciones del inconsciente.
¿Cómo hacer entrar al obsesivo en la partida de la cura y producir el florecimiento del
síntoma como demanda al Otro? Aquí la astucia del analista. El diablo sabe por diablo, el
analista por deseante.
III.2. Escenarios en la obsesión: Proeza y Acting-out
1 PROPUESTAS
Es mi propósito hacer algunas observaciones acerca del deseo en la neurosis, y
específicamente, en el dialectico obsesivo en lo que se conoce en la clínica freudo-
lacaniana como la práctica de las escenas, que no gira sólo en torno a lo imaginario y
simbólico, sino que compete, también, a lo real: un más acá y un más allá de los límites
del espejo donde se involucra el goce superyoico.
Poniendo énfasis en la clínica procederé a confrontar la escena de la proeza obsesiva con
la escena del acting-out, mostrando su orientación disímil respecto al deseo del Otro y,
por tanto, planteando en la clínica bajo transferencia un posicionamiento distinto del
analista en ambos casos.
2 RECORRIDO
Para arribar al meollo de mis propuestas realizaré un breve recorrido a través de dos ejes
fundamentales: 1) El deseo en las estructuras freudianas y 2) El deseo imposible en la
obsesión.
2.a. El deseo en las estructuras freudianas
Es necesario insistir en la especificación del deseo en las estructuras freudianas por
cuanto, en Freud, histeria y obsesión no pueden reducirse sólo a un sistema clasificatorio
de orden sintomatológico pues, en 1895 –Psicoterapia de la histeria-, procuraba “un
mecanismo psíquico” para establecer la cura. Así, cuando Freud reposiciona a histeria y
obsesión en el campo de las neurosis, jerarquiza –más allá de los hecho y los fenómenos-
una clínica del sujeto escindido que soporta el golpe de la castración.
Lacan, lector de Freud, recupera para el psicoanálisis una clínica del sujeto desde las
estructuras freudianas, las que quedan, claramente delimitadas en Inhibición, síntoma y
angustia donde tienen, como articulador central, a la castración. En Lacan, estructura y
castración se anudan y nombran desde S (A): significante de la falta del en el Otro.
De este modo, la ubicación del sujeto en relación a la castración, permite rescatar una
clínica cuya eficacia se había perdido en las meras sinuosidades del síntoma, en las
defensas del yo, en las regresiones y en las clasificaciones psiquiátricas; en la última
instancia, permite reposicionarnos en la clínica freudiana para recuperar sus
descubrimientos.
Plantear una clínica del sujeto escindido ante el deseo del Otro tiene un alcance que
trasciende una mera formulación teórica, impone también efectos en la práctica del
psicoanálisis: no es posible atenerse a estandarizaciones.
Hay pues, serias consecuencias que derivan de una clínica que jerarquiza la posición del
sujeto ante el deseo del Otro o el Goce del Otro. Una de ellas marca una dirección que
invita a no confundir los comportamientos, incluso típicos, con las posiciones subjetivas, lo
que evitará recrear una mera clínica del comportamiento standard o del síntoma que sólo
operaría como un sistema clasificatorio vacío.
Lacan insistió en que “la estructura no es la forma” y que aquella se define como un
conjunto co-variante donde el significante cobra preeminencia, pero, al reiterar la
suplementareidad de la estructura, no olvidó otorgar preeminencia al objeto o como resto.
Las operaciones de alienación y separación que dan cuenta de la relación del sujeto con
el Otro no podían dejar de lado al ser del sujeto.
Si el significante representa al sujeto para otro significante, en esa alienación se establece
su alcance en la estructura, que no es sino estructura de discurso, y que, en tanto tal, no
puede jerarquizarse sólo por el significante, también cabe hacerlo por el lado del ser.
Recordemos que Lacan advertirá: si nos inclinamos por el lado del ser, el sujeto se nos
escapa; pero, si escogemos el significante corremos el riesgo de apresar al sujeto y
automatizarlo; el sujeto
“aparece por un lado como sentido, producido por el significante, por el otro aparece como
afanisis” (Lacan, 1964, Sem. XI, p. 216).
Será menester, entonces, procurar posicionar al sujeto desde ambos lados.
Es así que, insistir que el sujeto desentona con el cuadro clínico, es desechar su
automatización por la mera captura desde la dialéctica del significante; desde algún lado
resulta posible vislumbrar lo que remite a su causación, lo real –el objeto o-. Sin embargo
–y he ahí una paradoja de nuestra clínica-, es aprehensible si está representado por lo
que dice, ya que ello permite situarlo en la estructura.
Lo de situarlo en la estructura remite al deseo.
“En el análisis existe el Otro y nos damos cuenta del modo en el cual por la relación al Otro
se plantea el problema del deseo” (Lacan, 1964-65, Sem. XII |16-6-65|).
El deseo es tal en tanto capturado por el significante, y en esta premisa se asienta el
axioma lacaniano “el deseo es el deseo del Otro”, punto de Arquímedes de la castración
freudiana que tiene su expresión en la matema lacaniano S (A). Allí emerge el Che Vuoi?
-¿qué me quiere?- del neurótico, que más que una pregunta es una respuesta anticipada:
el sujeto se ve confrontado a su deseo y el “me” le otorga un lugar dentro de la estructura.
Distinta la respuesta del psicótico que en su forma: “¿Qué complota el Otro?” no hace
sino lugar al Goce-Otro, y si hay algo donde el “me” posiciona al sujeto, es en el “¡¡ me
goza!!” en cuanto complota contra mí:
“él mismo (Schreber) se ofrece como soporte para que Dios o el Otro goce de su ser
pasivizado, mientras se abandona al pensar-nada”. (Lacan, 1966b, p. 29).
En la neurosis esa pregunta-respuesta del sujeto al Otro no es sin angustia. La
confrontación al deseo del Otro precisa de maniobras para soportarla, estrategias que han
llevado a Lacan a plantear la neurosis como la clínica de las respuestas, de las
respuestas al deseo del Otro. Tales operaciones mantienen el factor común de reducir el
deseo a la demanda; el neurótico es un demandante por excelencia, procura borrar l falta
en el Otro –punto de su angustia– para sostener Otro completo. Sin embargo, la
especificidad del deseo en histeria y obsesión toma posiciones distintas en esa
construcción del Otro: el deseo insatisfecho en la primera –la neurosis fundamental–, y
deseo imposible en la segunda –dialecto de la histeria–.
El neurótico soporta el golpe de la castración pero a condición de ofrecerse como artífice
respecto a la falta del Otro –se trata de hacer que el Otro aparezca como completo–. El
obsesivo procura erigir Otro consistente, se ofrece como esa garantía imposible al Otro. El
histérico, en cambio, opera en forma distinta con esa falta, su estratagema llevará a
cambiar el acento en el orden de eficacia de la demanda, que al Otro le falte algo: punto
de la identificación histérica, porque de esa forma conseguirá que el Otro surja como
completo, aunque sólo a condición de ser quien oficie artífice en esa enseñanza; y allí el
impacto de su seducción.
2.b. El deseo imposible de la obsesión: los escenarios
Jerarquizaré el deseo imposible en la obsesión para centrarme luego en un punto muy
peculiar del mismo: la práctica de las escenas.
El deseo imposible en la neurosis obsesiva nos aleja de una mera clínica del síntoma, de
los estadios de la libido que recrean la analidad como estación terminal de todo obsesivo,
para permitirnos referir al modo de estructuración del sujeto, esto es, su posición ante la
castración. En suma, sujeto dividido que inscribe a la obsesión como dialectico de la
histeria.
El deseo imposible hace al obsesivo intentar abdicar su deseo en juego para construir
Otro del Otro, otro consistente. No queriendo saber su división ni de s alienación al Otro,
está enfrentado a un problema de existencia: ¿Estoy muerto o estoy vivo? Es la pregunta
del gran obsesivo del teatro universal, el ser o no ser de Hamlet a quien las cavilaciones
sobre la muerte atormentan.
Será preciso, desde la posición del sujeto dividió, marcar alguna direccionalidad en la
cínica sobre el síntoma el que no es sino efecto de estructura y una respuesta al Otro tal
como Lacan lo representa en el Grafo del Deseo. Así, el síntoma en la neurosis, y,
específicamente, en la obsesión, es el conjunto del dispositivo que permite mantener para
el sujeto el deseo como imposible. Peculiar encrucijada al síntoma en psicoanálisis ya
que, su valor, pende del deseo y el goce y, así ubicado, dejará de ser paradójico plantear
el síntoma de la duda en la histeria o el síntoma de la conversión en la obsesión. Ruptura
del cerco al síntoma en función de la estructura deseante.
En la obsesión, las pantomimas para construir otro completo –un Otro como lugar de
código y fiador de la verdad– aparecen como esclavo por excelencia. Pero un trabajador
singular, ya que cede su fuerza de trabajo, la regala al Otro en su afán por sitiarlo en el
múltiple juego de sus hazañas que no procuran sino la invulnerabilidad.
En relación a estas pantomimas, interesa plantear un punto ligado a las proezas en lo que
atañe a la dirección de la cura del obsesivo. El ardid apunta a una posición subjetiva, el
obsesivo monta su teatro para hacer del Otro un Otro totalmente calculable.
Se ha insistido mucho en psicoanálisis acerca del teatro o de la escenografía histérica
descuidando el gran teatro del obsesivo quien otorga al Otro sólo un lugar: ser espectador
de su propio debate intersubjetivo. Es por ello que, enigmáticamente, el teatro obsesivo es
menos seductor que el histérico, pero no menos ingenioso. Desde la escena el obsesivo
provoca la demanda del Otro a condición de que no emerja su deseo. Construye Otro a
medida, se hace interlocutor del Otro, pero un Otro lleno de pensamiento, que no aporta
para nada. Ahí es donde toma relevancia el monologo en la obsesión, y el tedio y
aburrimiento del analista cuando ocupa un lugar de código.
Mostrándose como un trabajador obediente el obsesivo debe trabajar para el Otro no
dejándole nada que desear. Y es así que nada tiene que ver con la descripción que hacen
de él la psicología y la psiquiatría. Ni abúlico, ni tranquilo, ni pausado, por el contrario,
despliega una gran actividad –de ahí su agotamiento, basta recordar a Hamlet–, trabaja
todo el tiempo para ofrecerse como garante al punto que, procurando evitar el riesgo,
procastina; pero paradójicamente, vive de riesgo en riesgo, de hazaña en hazaña: debe
sostener el lugar del héroe. Un héroe que evita exponer el único punto que lo precipita en
la angustia: su deseo. De allí las proezas que no siempre concluyen en un riesgo
calculado, sino en un sometimiento al puro riesgo por la incidencia del goce superyoico –
tal como lo explicitamos en el capítulo anterior–.
Esas proezas, más allá del síntoma, configuran un debate subjetivo. Según Lacan, la
proeza en la neurosis obsesiva implica una escena y una identificación con alguien que la
contempla desde el palco y a quien va dedicada. Ese alguien mantiene un compromiso
narcisístico con el yo del obsesivo, lo que permite a éste sostener la consistencia del Otro.
La eficacia de esa proeza, para sostener el deseo imposible, reside en que encubre
cualquier posición del acto, pues el espectáculo que da a ver lo mantiene alejado de la
escena en que se libra el combate, dejando en su lugar una sombra de sí mismo y
abdicando su deseo. Esto nos remite a lo que Lacan designa como ubicuidad-
nuliubicuidad del obsesivo. El esbozo de la fórmula del fantasma del obsesivo en el
Seminario VIII da cuenta de ello: A + ¢ (a’ a’’ a’’’). La pantomima intentará lograr, ante la
angustia suscitada por el Otro inconsistente, un Otro completo, procurando tapar la
angustia con el falo imaginario o con el desdoblamiento narcisístico. De una u otra
manera, se probará siempre como falo salvaguardado.
Ya en el Seminario II Lacan advierte sobre esta posición:
“la suerte del yo, por su propia naturaleza, es hallar siempre su reflejo frente a sí, reflejo
que lo desposee de todo lo que desea alcanzar. Esa especie de sombra que es a la vez rival,
amo, o esclavo llegado el caso, lo separa esencialmente de aquello que está en juego, a
saber, el reconocimiento del deseo”. (Lacan, 1954-55, Sem. II |8-6-55|, p. 396).
Pero no se trata sólo de las fantasías de proezas del obsesivo, sino de las proezas
efectivamente realizadas y llevadas como tales al análisis en calidad de mostraciones que
hacen-ver al analista allí donde no está en juego el deseo del sujeto y, si el analista
entrampa en esto con su demanda, el “hacer ver” puede conducir a un infinito, un infinito
de no análisis, porque el analizante nunca estará allí: nunca en el acto, sí en los senderos
del goce.
Las proezas son llamativas, extravagantes… juegan la fantasía del héroe. Tomo algunos
ejemplos de las supervisiones clínicas; “Ser el ginecólogo que atiende más de 5 partos
diarios”; “ser el más cogedor de la barra”; “ser el que obtiene la mayor cantidad de horas
cátedra”; “ser el que obtiene el mayor número de trofeos en las competencias
deportivas…” Estas “máximas” están, además dedicadas siempre a alguien que está en el
palco, porque la ubicación de su identificación narcisista no está situada en un lugar que
es el del semejante, sino exactamente en el lugar donde el Otro tiene una falla y,
entonces, colocando la imagen ahí, completa al Otro. Son marcas máximas dedicadas al
Otro y para cubrir su falta, pero son también “marcas máximas” las que, al pretender huir
del riesgo, lo precipitan en la vertiente del goce superyoico que siempre exige más y más
proezas… hasta el punto de desbarrancarlo hacia lo real. Momento en el cual la proeza
corre el riesgo de pasar del registro simbólico-imaginario al real.
“El obsesivo, he dicho en alguna parte, está en algo del orden de la rana que quiere
hacerse tan poderosa como el buey. Se saben los efectos…”. (Lacan, 1975-76, Sem. XXIII
|18-11-75|).
Estas máximas también son traídas a sesión. Máximas de sueños, de lapsus, de chistes,
de novelas familiares, etc. a veces descolocan por la supuesta fama del neurótico
obsesivo como improductivo, y se tiende a tomar la proeza como una histerización cuando
en realidad es todo lo contrario. Lo que aquí interesa es cuál es la posición del analista
ante este teatro o escena del obsesivo que no procura sino la procastinación del acto.
El dispositivo analítico esta armado a las maravillas para que el analista represente al
Otro completo, el paciente obsesivo coloca ahí la imagen que tiene en su palco y
desarrolla las infinitas historias de estas escenas; si el analista interpreta las escenas
nunca pone en juego el punto clave del paciente: su deseo. Y una interpretación que no
involucre al deseo es nada.
Si el analista se aferra al dispositivo analítico tradicional: sesiones fijas, tiempo standard,
honorarios fijos, interpretaciones prêt-à-porter etc., efectivamente ocupa un lugar de
código donde el obsesivo paseará su yo, sacara brillo al significante, pero no dejara
asomar su deseo.
El analista no puede prestarse de espectador de estas proezas, deberá recurrir a cuanta
astucia sea posible para que suene la hora del Otro, para romper el sitio al Otro.
La estrategia de Lacan es meter al obsesivo en la partida de la cura, “hacer que ocurra lo
impensable”. El analista para desalojar el lugar de Otro a medida, deberá ingeniarse para
confrontar al sujeto obsesivo con el deseo del Otro; lo cual entraña riesgos, porque si el
Otro no está muerto y desea, se produce un temblor de tierra que a veces aterra, algo se
mueve en la zona del objeto: golpe en el orden del fantasma que no es sin
consecuencias.
Como envés de lo dicho, quiero plantear ahora otro punto que, a veces, es descuidado en
la clínica de la neurosis obsesiva lo cual puede producir funestos resultados. Se trata de
la confusión del teatro o escenificación obsesiva en pos de sus proezas, con otro
escenario que es la contrapartida de aquel y que por lo general, se produce en los puntos
de la histerización del obsesivo como vía a la instalación de la transferencia. Me refiero al
escenario del acting-out que es, en oposición al anterior, un llamado, una apelación al
Otro. Con el acting-out el analizante procura un lugar en el deseo del Otro, procura la
instalación del Otro en el punto en que la pantomima obsesiva desfallece, no puede
sostener ni instaurar un Otro completo. El acting-out es uno de los caminos más
frecuentes de entrada en el análisis del obsesivo, y el no registrarlo así puede depararnos
sorpresas. El caso clínico que presentamos a continuación da cuenta de estas vicisitudes.
Con fundir el escenario de la proeza con el escenario del acting lleva al análisis por
caminos peligrosos. Las escenas en cada uno de ellos son diferentes: el primero evita la
emergencia del deseo; en el segundo, en cambio, grita el deseo. En todo caso, como
plantea Lacan en los Seminarios X y XIV, el acting-out está más emparentado con el
síntoma con el síntoma como manifestación de verdad y con el acto. Para Lacan el acting-
out tiene u acento demostrativo, es de una publicidad un tanto escandalosa y de clara
orientación hacia el Otro. Pero lo que se muestra en el acting es
“Esa otra cosa de lo que es”. (Lacan, 1962-63, |25-1-63|).
ese algo vinculado al objeto o, por eso todo acting expone algo de la causa del deseo,
expone el resto, el objeto o que puede arrastrar al sujeto en su caída si el Otro no le da
una mano y lo sostiene otorgándole un lugar en su deseo; en suma, si no se constituye el
Otro el acting-out puede arrojar al sujeto más allá del Otro, hacia los bordes de lo real tras
el goces del superyó.
Plantear el escenario de la proeza obsesiva como acting a la cura a caminos inciertos
puesto que puede presumir una procura en el deseo del Otro ahí donde esa procura está
cancelada. Por ejemplo, tal como se planteaba la proeza en el médico de los 5 partos
diarios, no había dimensión de actign sino más bien fortaleza del yo. Es preciso indagar
siempre la posición subjetiva antes que dejarse llevar por secuencias típicas.
E inversamente, ubicar un acting como proeza obsesiva, también nos arrastra a
peligrosas incertidumbres, ya que si el acting es una apelación al Otro, la no intervención
efectiva ante la apelación tal puede derivar en un “caer fuera de escena”, es decir, es un
pasaje al acto.
Entendemos que esto es importante y digno de tenerse en cuenta en lo atinente al deseo
en la clínica de la neurosis obsesiva. La “experiencia psicoanalítica” debe llevarnos a
debatir sobre sus consecuencias en el orden de la posición del sujeto, más allá de la
tipificación del síntoma.
III.3. Un caso de neurosis obsesiva: del imperativo al acto
1 INTRODUCCIÓN
Entre las múltiples líneas posibles a seguir para trabajar la cuestión del superyó en la
neurosis obsesiva hemos destacado, por un lado, los riesgos a los que conduce el deseo
imposible –desde los “riesgos calculados”, y su envés: los riesgos del superyó–; y por otro,
los escenarios de la proeza y el acting en aquella neurosis –ambos amenazados por la
irrupción superyoica– lo que nos permite abordar, ahora, las vicisitudes del análisis de un
paciente ubicado justamente, ante la falta del Otro, como obsesivo.
El pedido de análisis se hizo pasando por la extravagante puerta del acting-out y con la
ostentosa petición de castigos y sanciones que revelan el desfallecimiento e su deseo por
el acoso superyoico.
Vamos a desarrollar las dificultades que deparó hacer posible la entrada en análisis, la
emergencia del síntoma y los caminos seguidos en la dirección de la cura.
Primero expondremos algunos datos importantes del paciente, luego jerarquizaremos las
maniobras de la transferencia en tres secuencias que precisamos fundamentales por sus
efectos.
2 DEL ANALIZANTE
Al momento del pedido del análisis Carlos tiene más de 20 años. Padres y hermanos
están radicados en Buenos Aires. Las familias de origen de sus progenitores –
caracterizadas por emblemas oligárquicos en decadencia– residen en Tucumán donde
Carlos es enviado a vivir hacia el declinar de su adolescencia.
La madre desea que resida con su abuela materna, luego de l muerte del abuelo. El joven
debía responder a ese mandato ubicándose como “cadete de la abuela” y cumplir,
además, la extravagante misión de repararla de su vejez i viudez. Debe pagar la
desconocida deuda, tiene que ver con el fantasma de su madre. Se demuestra, una vez
más, el acierto de la aseveración freudiana de la Conf. 31: “El superyó del niño no se
edifica según el modelo de los padres, sino según el superyó de aquellos”. La madre
ofrenda a su hijo mayor. Muerto el abuelo, el joven debe cubrir ese lugar vacante.
El padre, a su vez, no sólo interfiere con el funesto destino de que la madre depara para
su hijo, sino que replica desde su propio fantasma y refuerza el mandato “debe estudiar
medicina en Tucumán”, “debe ser médico” como el abuelo paterno erigido en ideal.
El padre de Carlos es un ex-marino –retirado por un acto de desobediencia– que se
dedica a defender militares sancionados, para lo cual monta una empresa que tiene la
misión de restaurar el semblante perdido por aquellos. La empresa funciona bien
económicamente, pero no tiene el éxito social que el padre ansía.
Carlos dice que su padre siempre esperó demasiado de él. No soporta su abulia y
desinterés por el éxito social y económico. Abulia que se intensifica e proporción directa a
las exigencias paternas. Hizo escuchar su mandato al enviar al hijo a Tucumán: “serás
médico cirujano o cadete limpia pisos”, “volverás a caa como médico o como cadete”.
Ubicado, por ese mandato, entre la espada y la pared del padre, se refuerza el lugar de
objeto cedible del joven: debe salvar el honor, la degradación y la orfandad del padre,
“debe” ser médico cirujano como el abuelo paterno; debe saldar las deudas y pecados de
sus padres a cualquier precio.
La expectativa paterna lo erige salvador sacrifical que, para borrar los pecados del padre,
ha de cargar con el peso aplastante de los ideales paternos convirtiéndose en héroe, pero
también, con culpa de no poder serlo, a riesgo de convertirse en un tapón “cedible”, objeto
del goce paterno.
Ser héroe o “tapón cedible” no es una elección halagüeña. Generalmente un “médico
cirujano”, desea un “cirujano plástico”. Si la cirugía plástica puede proporcionar prestigio y
dinero, un hijo rico y famoso paga cualquier deuda y borra cualquier mácula. Puede
restaurar los ideales oligárquicos destituidos de su familia, las máculas de la degradación
militar del padre y reparar a la misma abuela.
Demasiado peso el de este arsenal de expectativas que se acumulan sobre un incipiente
joven. Insignias simbólicas y mandatos superyoicos se enlazan a la deuda de filiación y
genealogía y abonan siempre la hipoteca del hijo. Se adeuda la ida y el don simbólico
ofrecido por ella –dirá Freud–, pero, en este caso, el peso de la deuda resulta
insoportable. El análisis permitirá a Carlos –una vez atenuada la presión superyoica–
interrogarse por su propio deseo y preguntarse por qué debía pagar tan caro.
El mandato paterno: “¡Volverás como médico o cadete limpia pisos!” tenía el antecedente
de las vacaciones previas al envío a Tucumán, cuando ante la respuesta de Carlos de
que “lo que quería ser en la vida era nada” lo empleó como “cadete” en las oficinas de un
militar retirado. Una de sus tareas era la limpieza de pisos.
Si el padre le avergonzaba que su hijo dijera que quería ser “nada”, pretendiendo
enmendarlo apelado al rigor –amenazándolo con ser “menos que nada”: “limpia-pisos”,
“cadete”– incrementaba la abulia de Carlos. El mandato paterno lo acorralaba; para no ser
cadete debía ser “cirujano plástico”, lo cual, pese a las insignias ideales, también lo
ubicaba al servicio del padre impidiéndole que allí se jugara su deseo. Para volver a vivir
con su familia en Bs. As. debía enfrentarse permanentemente a la amenaza del
imperativo superyoico de sus padres, lo que lo acorralaban en un entrampamiento sin
salida, potenciando la irrupción de la angustia y, en el mejor de los casos, del acting-out.
Con el antecedente de las presiones mencionadas, la instalación de Carlos en casa de su
abuela materna se hace complicada; y es que allí, la dimensión simbólica de la ley del
Nombre del Padre, desfallece. Debe responder a un mandato que lo precipita más allá del
Otro y… no atina respuestas. Su estado oscila entre la abulia, la inhibición, la impotencia
y la angustia. Casi no tiene amigos, la relación con las mujeres es pésima. Estudia
medicina –que no lo interesa– como un autómata y poco a poco su abuela de 80 años
empieza a convertirse en su pasión. Vive encerrado en la casa y pendiente de ella, la
espía cuando se baña, e “intenta” tocarla cuando la observa mientras duerme, aunque
verdaderamente nunca lo hizo. Inició varios tratamientos “psi” con profesionales sugeridos
por la abuela con los que fracasó. Durante varios años se trató con un psiquiatra que
sostuvo el lugar del Otro simbólico que el joven precisaba, pero que, con el tiempo se
asustó de la certidumbre de Carlos en su pasión por la abuela. Poco a poco el joven lo fue
convenciendo de su “espantosa perversión”, el profesional hizo una intervención
arriesgada y sugirió que el muchacho se alojara en una pensión por su “enfermizo
comportamiento con ella”. Aunque sorprendida por el diagnóstico la abuela propició este
traslado, indicando, sin embargo que podía ir a comer con ella los fines de semana. Esto
abonó las elucubraciones de Carlos: la anciana se había dado cuenta de “su perversión”.
Mantuvo desde entonces visitas dominicales a la abuela, cuya proximidad lo angustiaba
en demasía.
Todas estas circunstancias lo hacen vivir bajo un régimen de amenazas y castigos, a lo
que se suma la respuesta de sus padres al enterarse de “sus” novedades: no dan señales
de preocupación, viajan a Tucumán para encontrar un lugar para Carlos y en absoluta
contradicción con su modo de vida burgués en un excelente barrio porteño, eligen una
precaria pensión de un barrio marginal.
Carlos no se opuso, por el contrario, lo registró como un castigo a su “abominable
comportamiento”. Es en estas circunstancias cuando decide consultar por primera vez,
con alguien no sugerido por la familia. Pasando al azar furente a mi consultorio y
descubriendo una placa que anunciaba mi actividad, pide una entrevista. A partir de ese
momento se producen las tres secuencias del análisis que desarrollo a continuación.
4,SECUENCIAS CLÍNICAS
1ª secuencia: Angustia–Fantasía–Acting.
La ubicación en el significante
Carlos irrumpe en las entrevistas preliminares con una fantasía: “coger con la abuel”, la
que se hace insistente y monótona: “soy un degenerado porque me éxito y masturbo con
la imagen de mi abuela de 80 años, ¡castígueme!” Pide castigos, sanciones y ser
denunciado a la policía. Junto a ello presenta un largo circuito de inhibiciones: impotencia
e impulsividad de trabajar, de estudiar, de divertirse, de salir.
En el momento inicial de las entrevistas, el despliegue de sus estrafalarios ardides para
producir un espectáculo que horrorice al Otro –de quien demanda castigos y
penalizaciones–, logra paralizarme. Cuando el desconcierto pasa, puedo interrogar sobre
esa extravagante demanda con miras a plantear una estrategia para la dirección de la
cura.
¿Cómo vencer este escollo al análisis? ¿Para qué estas pantomimas? ¿Cuál es la
cuestión que se juega en ellas? La angustia de Carlos era insoportable y la fantasía, dejar
de entre-tenerse en ella y atender a “lo otro” que había en la demanda por el lado del
castigo la solicitud de sanciones corroboraba la posición neurótica del paciente, un
perverso sólo hubiera disfrutado de la fantasía.
Podría decirse que al languidecer los emblemas paternos de Carlos en Tucumán, y ante
la ferocidad del mandato superyoico (“¡serás médico o cadete!”), la turbación lo
desestabiliza. Lacan ubica la turbación (Emoi) en la coordenada del movimiento (Lacan,
1962-63, Sem. X) como una pérdida de potencia, un significante en menos que se
instaura al instalarse en Tucumán para ser también “cadete de la abuela”. El escenario
desde el cual hacia ver su abulia carece ahora de referentes simbólicos para recrear sus
deslizamientos imaginarios.
De la turbación al acting, y con la direccionalidad de la angustia, el orden de lo decidido se
precipita. Ahora su puesta en escena procura la instalación del Otro, aquel que ya no
puede sostener, ni instaurar, ni irritar, sólo hace estrafalarias mostraciones y pide
sanciones.
Dado que el castigo –o su amenaza– no entran en la cura analítica –lo cual hubiera
implicado, como lo hacían el psiquiatra, su abuela y padres, alimentar el goce superyoico–
, era preciso escuchar el otro lado de la demanda: ser colocado bajo el significante. Este
corrimiento resultaba fundamental para estatuirlo en la dimensión de la ley del significante
Nombre del Padre. Aunque hay en Carlos inscripción erótica, no deja de insinuar al objeto
o, momentos en los que el paciente es invadido por una angustia ingobernable. Sólo el
vacilante fantasma “coger con la abuela” taponaba angustia tan tremenda, pero este
intento de lograr -¢ fracasaba, no siempre era posible imaginarizar o.
Cuando el clima del acting-out vino a agregarse a la pantomima, fue imprescindible
efectuar una maniobra para la “entrada en análisis”. La misma no apuntó a desprenderlo
del significante, como suele ser por lo general el ingreso un análisis en un obsesivo, sino
a situarlo en el significante para posibilitar el pasaje de o hacia -¢. Su fantasía, con la que
lograba sostener -¢, vacilaba, el objeto o se desenmascaraba cada vez más y no habría
recursos suficientes para la metonimia.
En Carlos la maniobra imponía la reinstalación en la dimensión del Otro simbólico. El
circuito “angustia-fantasía-angustia-fantasía-acting” así lo determinaba. La fantasía con la
abuela tapaba su angustia radical (surgimiento del o), era el recurso con el que respondía
a la vacilación de la referencia al Otro simbólico y desfallecido en Tucumán, porque en
este caso no se trataba de la falta del Otro, sino que, efectivamente el Otro faltaba. Era
preciso reinstalar la función vinculada con el significante que permitiera una mayor ligazón
al -¢, esto es, una relación con el falo que otorgará un sustento más sólido a la fantasía.
Por ello, la fantasía “coger con la abuela” iba insistentemente acompañada de pedidos de
sanciones, castigos, denuncias a la policía y los jueces. Al no obtenerlas, las demandaba
por medio del acting-out: habla paseándose frenéticamente por el consultorio, en sus
enojos arremete contra las paredes y amenaza hacerlo con los mueble, a veces rompe
algún vidrio, trae, además libros de Psiquiatría para leer y conformar que “es un perverso”.
El acting-out, situado en la emergencia del o siempre indica la necesidad de encontrar un
lugar en el Otro. Carlos mostraba esa fantasía, la única que tenía, en un show excesivo, lo
rodeaba de un carácter mostrativo y pedidos de sanciones. En esta cuestión Lacan marca
una dirección precisa: dada la relación del acting con el objeto o, esa relación
“puede ser para el sujeto el superyó más incómodo”. (Lacan, 1962-63, Sem. X |23-1-63|).
¿Cómo vencer los escollos de esta desbordante, en lo que se esperaba fuera un
comienzo de análisis? ¿Qué hacer con este “amago de la transferencia”? ¿Cómo dirigir
una cura allí donde el Otro falta y el sujeto corre el riesgo de ser expulsado de la cadena
significante? ¿No sería, acaso, todo este escenario del acting-out un angustiante llamado
a punto de desfallecer?
Mis intervenciones para instaurar el lugar del otro de la ley –aquello que Carlos
demandaba desesperadamente a todos– operaron estableciendo una serie de
condiciones para poder escuchar lo que pasaba: sentarse, hablar sin dar alaridos,
abstenerse de traer libros, etc. Si él accedía sería posible escucharlo para hacer algo con
su sufrimiento, al que se daba crédito. Aquellas intentaban funcionar como “condiciones
simbólicas” aun vacilando ante la posición de Lacan respecto a las mismas en el acting.
En efecto, el 23/1/63, y en torno al acting-out, Lacan se pregunta, ¿cómo actuar con el
Acting? Y responde: No es posible interpretarlo, ya que hay que ocuparse del resto; no es
posible prohibirlo, ya que el acting es el signo que al sujeto en acting se le impide
demasiado y, por último, no es posible dar una explicación sobre el mismo al sujeto
porque eso sería operar por la vía del reforzamiento de yo. En suma, ante el acting sólo
es posible aguzar el ingenio y ocuparse del resto. Si lo que el acting muestra es “otra cosa
de lo que es”, muestra algo en su caída si no obtiene un lugar en el deseo del Otro.
Finalmente no se registraron como imposiciones del amo, sino como condiciones
simbólicas que le otorgaron un lugar ante el deseo del Otro y le permitieron su articulación
a la cadena significante, lo cual hizo posibles su entrada en análisis con la posibilidad de
sostener la asociación libre en clínica bajo transferencia. No era por el lado del saber que
debía instaurarse un significante de dominio, sino que, al darle un lugar en el deseo del
Otro, permitirá una ordenación del sujeto respecto a los significantes amos.
Estaba muy claro que con lo que no se podía responder era con descalificaciones y
penalidades. El acorralamiento del deseo de este joven acosado por los mandatos
superyoicos indicaban que, para lograr la instalación del Otro, era preciso, al menos,
hacerle un lugar en el deseo, abonando una creencia en su sufrimiento que lo desalojara
de su “certidumbre perversa”.
Es común que el obsesivo despliegue un escenario perverso y resulta más que peligroso
entramparse en él. Dice: “Entro y salgo ofuscado de aquí. Uno viene cuando tiene un
dolor que ya no aguanta y no ve más. Ando quejándome, temo hacerme un pequeño tajo
o hacerme uno muy grande. Debo reconocer que a veces busco que me castiguen, que
mi falla no pase desapercibida, quizás tenga la manía de hacerlo notar. Yo rompí la
vidriera, y ahí soy culpable y el soplón, el que se manda la cagada el que denuncia… eso
empezó desde que estoy en Tucumán, desde allí se fue agudizando y estoy peor que
nunca. De chico no hacía es, me ponían una nota baja y escondía el boletín, ahora lo
exhibo…” ¿Cómo no registrar la ostentación culposa de su pecado? ¿Cómo no registrar el
pedido de instalación del Otro?
Carlos acataba obedientemente al mando superyoico de ser “cadete de la abuela”, lo que
exponía al riesgo de ser arrastrado por el objeto o como objeto cedible. Era preciso, allí,
una intervención que lo alejara del riesgo. Lacan puntualiza:
“¿Qué es la angustia |…| sino |…| tentación, no pérdida de objeto sino justamente
presencia por el hecho que el objeto no falta? Y para pasar a la etapa siguiente, la del
amor superyó, del que se entiende que ha de poner en el camino llamado del fracaso, ¿qué
quiere decir esto sino que lo temido es el éxito, que lo temido es siempre el <eso no
falta>?” (Lacan, 1962-63, Sem. X |5-12-62|).
Entonces si la angustia emerge en la tentación del encuentro con el objeto, como “éxito
del superyó”, la ubicación de Carlos ante el significante, al posibilitarle su instalación en el
deseo del Otro, permitía un enmascaramiento más efectivo del objeto o, una relación más
estable con -¢. el deseo metonímico puesto en funcionamiento hacía que, en la fantasía,
la abuela fuera poco a poco deslazada por otras mujeres.
Efectivamente, mientras se ubica más cómodamente con la abuela recuperando un lazo
pacífico con ella, el interés por las otras mujeres aumentaba. Estatuir la promoción del
Otro simbólico lo ubica en relación al significante y al sostenimiento del pasaje hacia -¢
por el cauce del deseo metonímico, que lo llevará de la abuela hacia otras minas.
La maniobra produjo un efecto. Ubicado en el lugar de la falta simbólica, el -¢, que antes
sólo se insinuaba, borra el vestigio del objeto o y esto permite un trabajo analítico que se
situará, luego, en la inhibición (la impotencia) y el síntoma (la duda). El circuito: angustia –
fantasía – acting, cesa.
2ª secuencia: La dimensión del síntoma: la duda y la pregunta al Otro
La intervención analítica posibilitó a Carlos ubicarse en la cadena significante en relación
al Otro, lo que apaciguó su angustia y permitió que la transferencia se instalara.
En su fantasía desplaza a la abuela por otras mujeres, aunque esto está presidido por la
impotencia (cf. Freud, Inhibición, síntoma y angustia Cap. I). Intenta cierta aproximación a
las “minas”, pero falla; busca el contacto con las prostitutas, pero fracasa, no tiene
erección; tampoco hay éxito con las “minitas”, las chicas serias, potenciales novias, no
puede abordarlas, no puede hablarles. La imposibilidad se hace extensiva a todas las
mujeres y no puede apelar a la disociación que marca Freud en La degradación de la vida
erótica, no logra armar el cuadro: “con unas sí” con “otras no”. A la vez, comienza a hacer
un lazo social con algunos compañeros de Facultad que “sí pueden coger con minas”, y a
quienes odia sordamente.
Es en estas vicisitudes cuando surge otra fantasía, la que por momentos se hace tan
insistente como la anterior. Se trata de la fantasía “matan a la mujer” con la que desplaza
a la de la abuela. Entiendo que lo que importan es el pasaje de una fantasía a otra y no la
temática de la misma. En todo caso hay que señalar que, con esta última, enmascara con
más recursos al objeto o.
El goce autoerótico se concentra en un dibujo. Se masturba tres o cuatro veces al día
cada vez que termina el trazado compulsivo de una mujer. “Dibujo una mujer en posición
erótica, en el mismo dibujo es mujer resulta violada y perforada en los pechos o el
estómago con un objeto largo, cuchillo o estaca”.
Corresponde apuntar que, esta fantasía, está también situada en el orden de -¢ pero, a
diferencia de la anterior, tiene un carácter más lujurioso que, a pesar de los pedidos de
condena con el que, a veces, acompaña el relato, no deja de ser apaciguadora, ya que lo
protege de la angustia.
Cada vez que termina el trazado del dibujo –siempre con lápiz–, se masturba y eyacula
“por la calentura que le provoca la mina del dibujo”, aunque aclara que no sobre el dibujo.
“Si bien es una porquería lo que hago y debería mandarme en cana por eso, no soy tan
perverso como para andar eyaculando sobre papelitos”.
Atraviesa un periodo en el que, nuevamente, se instala la certidumbre de que sea ese el
único recurso para encontrar potencia con su sexo, a lo que se agrega la insistencia de
que debe ser castigado por perverso.
Sin embargo, su fantasía, como la de cualquier neurótico obsesivo, está planteada desde
la lógica fálica. “Mujer en posición erótica” supone para el paciente “abierta de piernas y
como haciendo un coito contra natura. La mujer está de frente, pero semi-sentada. El pelo
es largo, negro y lacio, no tiene rostro.”
Vista así esa fantasía no ubica al paciente en una posición perversa-fetichista, sino en
una posición neurótica que exige del objeto de elección una condición fetiche; condición,
por otra parte, presente en toda elección de objeto según la propuesta freudiana. Es obvio
que con esta fantasía se imagina como un perverso para defenderse de la emergencia del
deseo del Otro, pero, en tanto instaurado el Otro, no logra constituir el goce perverso.