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La estructura social by Julian Marias Review by: J. M. N. de C. Revista española de la opinión pública, No. 39 (Jan. - Mar., 1975), pp.

189-192 Published by: Centro de Investigaciones Sociologicas Stable URL: http://www.jstor.org/stable/40182392 . Accessed: 26/05/2012 13:22
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esta razón, los conceptos y las tesis que se han formulado con vistas a su comprobación empírica, esperan nuevas y futuras investigaciones para su confirmación, refutación o modificación, con lo cual quedan abiertas nuevas y fascinantes perspectivas a la investigación científico-social. Muchas de las ideas que Hondrich propone en su obra nó son invención ísuya, él mismo da cumplida cuenta de cuáles han sido sus fuentes (ver la serie de notas a pie de página y la extensión bibliográfica expuesta al final 'del libro). Lo que más admira e impresiona es su riqueza conceptual que, dentro de su complejidad, es sencilla y llena de precisión. Sus conceptos están impregnados de una gran capacidad de significación que permiten explicar todo tipo de situaciones y fenómenos sociales conectados al desarrollo económico y asimismo integran las interpretaciones dadas por otros autores. Así, a este respecto, hay que destacar su enorme capacidad de síntesis, que reside, de un lado, en la conexión de un número considerable de categorías conceptuales, sin excederse en ningún momento, utilizando solamente las imprescindibles, ni más ni menos, y de otro en la enorme capacidad explicativa de esas categorías a través de las variaciones empíricas que cada una de ellas abarca y de las múltiples variaciones y articulaciones que entre ellas pueden darse. La mayor originalidad de Hondrich está en su enorme capacidad de síntesis, además de su fina inteligencia analítica. Podríamos terminar este breve estudio de la obra de Karl Otto Hondrich, con las palabras con que Enrique Martín López finaliza su presentación: «Este libro, nos dice, proporciona en suma una nueva comprensión teórica del saber empírico, y en este sentido creemos que puede significar una aportación de notable trascendencia para la comprensión, correcta interpretación de los datos empíricos de la realidad social, económica y política de España. Interpretación que al poder enfocarse de modo unitario y coherente conducirá, a buen seguro, a visiones más afinadas que aquellas de las que ahora se disponen». M.a Jesús Gomara

La estructura social
JULIÁN MARÍAS Ediciones de la Revista de Occidente. Madrid, 1973, 304 págs.

La misión principal del filósofo, como tantas veces se ha dicho, es la de interpretar el mundo - las cosas todas del mundo- . En el profesor Julián Marías tenemos uno de los más sugestivos ejemplos y, especialmente, en las páginas de este bello libro titulado La estructura social. La temática del mismo
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es amplia, interesante y actual. Las definiciones, los puntos de vista e incluso los aspectos polémicos surgen por doquier. Si se quiere comprender la razón esencial que ha movido la pluma del autor es preciso no olvidarnos de un hecho harto evidente, a saber: que difícilmente podemos enfrentarnos a un tema más espinoso, con mayor número de recovecos y, naturalmente, resbaladizo, como el de precisar qué es la sociedad y cuál es la dimensión más notable de la misma. Una sociedad - escribe Julián Marías- está definida por un sistema de vigencias comunes - usos, creencias, ideas, estimaciones, pretensiones ; no basta, pues, con agrupar a los hombres de cierta manera para obtener una sociedad; si dentro de una agrupación arbitraria rigen distintos repertorios de vigencias, hay más de una sociedad; si, por el contrario, las mismas vigencias tienen vigor más allá de la agrupación elegida, la sociedad efectiva extiende sus límites fuera de los que se habían fijado. Pero la noción de vigencia -una de las más fértiles de la sociología orteguiana- no es tan sencilla; su complejidad corresponde a un hecho manifiesto: la complicación de las unidades de convivencia... Una de las primeras cuestiones que el profesor Julián Marías aborda en las páginas de su libro es la concerniente a determinar, arrojando absoluta claridad sobre este planteamiento, quién es, en rigor, el auténtico sujeto de la historia: el hombre individual o la sociedad. Para dar cima a esta empresa, que no carece de interés, entiende el autor que es menester estar en posesión de un importante cúmulo de conocimientos sociológicos. Una de sus más agudas frases revela lo delicado de la cuestión: «La sociología y la historia son inseparables». Sociología e historia - manifiesta- son dos disciplinas inseparables, porque una y otra consideran la misma realidad, aunque en perspectivas distintas. La Historia se encuentra en el seno mismo de la sociedad, y ésta sólo históricamente es inteligible; a la inversa, no es posible entender la historia más que viendo a qué sujeto acontece, y este sujeto es una unidad de convivencia o sociedad, con una estructura propia, tema de la sociología. Sin claridad respecto a las formas y estructuras de la vida colectiva, la historia es una nebulosa; sin poner en movimiento histórico la «sociología», ésta es puro esquema o un repertorio de datos estadísticos inconexos, que no llegan a aprehender la realidad de las estructuras y, por tantd, la realidad social. Miradas las cosas desde el otro lado, la sociología sin historia cae en un formalismo que sólo considera relaciones abstractas y está lejos de convertirse en conocimiento real, o si no engendra un empirismo paralelo al histórico, en que a la acumulación de sucesos corresponde una acumulación de datos. Si en la historia se ha solido contar que han pasado muchas cosas, sin saber en rigor a quién le han pasado, la sociología al uso localiza ciertos hechos prescindiendo de que pasan, esto es, de que su realidad consiste en haber acontecido. El resultado es en ambos casos el mismo: la ininteligibilidad. Profundizamos un poco más y, evidentemente, nos encontramos con la exposición de una sugestiva problemática: la presencia de la masa. Toda sociedad es la articulación de una masa con una minoría. Pero masa y minoría, aunque sean dos términos que apunten a que la primera se compone de muchos hombres y la segunda de pocos, no significan primariamente cantidad, sino funciones recíprocas: La masa es organizada, estructurada por una mi190

noria de individuos selectos. Sin masa, no hay minoría; la minoría es la minoría de una masa - y para una masa- ; a la inversa, la vida de una masa es imposible sin una minoría dirigente, y de un modo o de otro, toda sociedad la organiza y la forma, porque sin la interacción de ambas la vida colectiva no es posible. La distinción entre masa y minoría tiene, pues, un carácter concreto y dinámico. Es una función, repito, y el hecho de que la sociedad cristalice sus funciones, las solidifique y estabilice en magistraturas aproximadas, de exactitud sólo estadística, no debe llevar a olvidar el núcleo decisivo de la •cuestión. Esa solidificación es necesaria, pertenece a la índole misma de la sociedad; y el margen de inadecuación e «inexactitud» que siempre implica no quiere decir otra cosa que la dimensión de inautenticidad - mayor o menor, en ocasiones prácticamente desdeñable, a veces abrumadora inseparacolectiva. la vida ble de todas las formas de Independientemente de las consideraciones que el profesor Julián Marías realiza en torno de las «creencias» y de las «vigencias» es menester destacar el notable examen que verifica sobre el viejo tema de las «ideologías»: Cada sociedad tiene una ideología dominante, que produce lo que llamo «imagen intelectual» del mundo, para no recargar excesivamente de teoría la realidad a que me refiero; quiero decir que, aun tratándose de ideas y de contenidos de carácter intelectual, lo que en una sociedad tiene general vigencia no es en rigor una idea del mundo, menos aún lo que se suele denominar una «concepción» del universo, sino una imagen relativamente vaga, por supuesto no justificada científicamente, y que dista bastante de lo que piensan los hombres dotados de saber teórico en esa misma sociedad. El origen de esa «imagen intelectual» no es exclusivamente científico; de otras zonas ajenas a la ciencia vienen importantes ingredientes de esa imagen. Por ejemplo, de la religión. No hay cierto que que decir que una religión no es una ideología; pero no es menos en toda religión va, más o menos implícita, una ideología acerca de la realidad. En las páginas finales de la obra el profesor Julián Marías expone una honda meditación sobre la conceptualización socio-política referente al «poder y al Estado». Lo que caracteriza al Estado en los últimos ciento cincuenta años es el fabuloso incremento de sus potencias, relativamente independiente de lo que pase con su poder. Durante parte de este tiempo no los mismos ambas entre cosas, que años en todos los países ha existido un desnivel es uno de los factores decisivos de la historia de esa época. La confusión de los dos aspectos de la «fuerza» del Estado enturbia por completo la idea de su realidad, su función, sus posibilidades y sus riesgos. Y, sobre todo, oscurece la imagen de la estructura social, la cual está condicionada justamente por esas relaciones. El Estado posterior a la Revolución francesa -en rigor, repito - es crecientemente intervenque la tendencia se inicia unos decenios antes sus potencias y las lleva a todos los estratos cionista, es decir, desenvuelve el otro fue No sociedad. la de propósito del «despotismo ilustrado», que en tantos sentidos anticipa posibilidades políticas posteriores, sólo maduras en el sentido concreto siglo XIX, pero afectadas en él por la crisis del poder en el esa a contexto este en palabra. doy que La conclusión final a la que llega el autor, con parte de la misma estamos profundamente familiarizados, resulta obvio: el enriquecimiento y complicación de las sociedades multiplican, pues, las figuras humanas que dentro de
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ellas son posibles y a la vez los actos, conductas y experiencias que pueden darse en cada una de ellas. La libertad real viene multiplicada, por consiguiente, gracias a ese crecimiento, por una segunda potencia. La realidad humana individual admite muchas versiones, y en cada una caben más concreciones distintas; el margen de individuación se dilata y amplía; la diferencia entre situaciones extremas es de magnitud increíble; de ahí que no se pueda entender una sociedad, una situación histórica - o dentro de ella la biografía de un hombre individual- , sin intentar «cuantificar» - sit venio verbo, porque esa cuantificación, como todas las humanas, es intrínsecamente cualitativa- el ámbito de sus posibilidades y, por tanto, el margen de individuación. Pero sería un error dejar que el pensamiento siguiera su inercia y avanzara mecánicamente. Porque precisamente la intensificación de los factores que hacen posible y aumentan la libertad y la individuación, cuando llega a cierto grado, las amenaza, disminuye y acaso anula. Y ese grado, por su parte, no es fijo ni determinable abstractamente, sino sólo dentro de una constelación o sistema de elementos estructurales. Brillante aportación, pues, la del profesor Julián Marías que contribuye, con este libro - de intenso éxito intelectual y editorial- a abrir nuevos horizontes a la sociología en su etérea y sutil condición filosófica. J. M. N. de C.

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