POEMITAS ENAMORADOS

SALVADOR PLIEGO

Copyright © 2013 COPYRIGHT by Salvador Pliego. All rights reserved. Houston, Tx. USA Todos los derechos reservados. Este libro no puede ser parcial o totalmente copiado o reproducido de cualquier forma sin autorización del autor.

II

Prólogo a Poemitas enamorados.
Por Beatriz Gutiérrez Mueller Hace tiempo que no vibraba con tanto amor poético. Leer cada verso de Poemitas enamorados es comenzar a caer, a fuerza de la gravedad, en un pozo que parece topar con alguna capa de la tierra pero que, de puro engaño, en realidad, no tiene sima. Ese viaje en caída libre es inevitable. Desde el principio, el poeta anticipa al lector que deberá “sentarse” porque el viaje, apenas por comenzar, referirá a una “ausencia” pero también a una “presencia”. Desde aquí, me parece, queda definido el ser de este poemario: los ausentes somos nosotros, los otros; los presentes son ellos, los “enamorados”. Pero ellos sin nosotros no tendrían fundamento: el amor encerrado, así, de uno y otro nada más, necesita de otros que los vean, los escuchen, los sientan, incluso, a riesgo de ser testigos inconvenientes. Pero todo amor privado, de uno y otro nada más, por más que diga, también busca quien de fe de esa intimidad y ese gozo. Ese es papel, en principio, del poeta Salvador Pliego que nos hace penetrar, repito, en ese recoveco donde solo caben dos y sus mudos testigos. Nosotros. Pero también la naturaleza misma: el viento, las nubes, el oleaje, la precipitación, los ruidos con los que silba la vegetación. A mirar qué principio el de este viaje al pozo sin sima: “todo comienza en tu boca” (poema XVI). La boca habla, la boca besa, la boca abre y cierra los estrechos o anchos muros de la vida. Es conducto por el cual se calla o se expresa lo indecible o lo expresable. La boca en Versos enamorados es central para comprender cómo pueden sellarse dos almas que husmean, que se comen, que se aligeran la carga de la vida. La lírica de este poemario no podría comprenderse sin ella, sobre todo, sin la boca de ella. No solo es una boca bella sino que puede, en sí misma, ser receptáculo de relámpagos (XXVI), gesticulación de sonidos y muecas, ser una boca que “me deja maravillas” (XVI). Enseguida, el poeta debe restituir a los ojos su invaluable papel en la corporeidad: son los espejos del alma pero también incansables viajeros del mundo; se asombran, se apenan, se solazan. Pero aquí, los ojos de ella son solo para su amado aunque nosotros, los testigos, interrumpamos las miradas de ellos que habrían sido pensadas para dedicárselas mutuamente, sin la interferencia a la que ya el lector se irá sintiendo habituado al continuar leyendo. Los ojos de ella son puerta a la primavera (LXXI), “una deidad del tiempo”. Hablamos de “dos lumbreras” de color negro que, hasta cerrados, son “sostenes del alba” (LXXX) y portavoces del momento en que cae la tarde. El amado, aquí, sigue rendido y nosotros, los intrusos, queremos sentir que ese gozo también puede pertenecernos. En Poemitas enamorados no hay necesidad de erotismo, si por ello entendemos la turgencia inevitable de un deseo que, válgase, requiere ser consumado para triunfar por sobre el abatimiento. No hay porque, ya de suya, la entrega de los amantes por la vía de sus ojos y de su boca es total, profunda. Para el amante, el amor es una celebración a la que, tal vez, le haga falta reecontrarse “en el limbo de tus muslos” (XXIV) o ver el oleaje de la amada en las sábanas de su cuerpo (CIX). Al final, queda la certeza de que “cuando el amor junta las manos, se inclinan los corazones para tocarse” (CXIV). En los poemas de este libro doble, pues también encontramos Versos enamorados, hay un amante que suele dibujar a su amada. Son una prosopografía pero

III

del cuerpo. Ella es el lienzo y su cuerpo, inmóvil o retozón, va haciendo que cada pintura (cada poema) esté viva. La amante se sabe correspondida y es ella la que anima la vida, el motivo para la celebración de amor. Pero sin él no habría concierto posible, tanto como si nosotros, los testigos, no tuviésemos ojos para observar el cuadro ofrecido por Pliego. De la pintura, que no pasaría de ser una representación visual de un mundo privado, se pasa a la poesía y, de allí, a la felicidad: “Nunca pensé que la felicidad se hiciera verso”. El paso de lo representado a la palabra sería casi imposible si no fuera por el verso. Porque cada sílaba es, junto con otra, la musicalización de esa pintura mental. Eso es la poesía: el triunfo de la palabra por sobre la imagen. No sé si la felicidad pueda hacerse verso siempre pero en estos poemas de Pliego que no quepa duda al mudo testigo de que es posible. Después de la poesía asequible, la que nos revela con sus versos ese cuerpo deseado, hay sin duda un velo de duda: ¿qué tan posible es que el amor de uno con otro no sea, al final, solo una quimera? ¿Es posible vivir así, uno frente al otro, sin ninguna otra vida en derredor de los amantes? Puede que el amor sea la gran utopía y que el amor eterno no sea más longevo que el instante en que duran las miradas que se encuentran. Salvador Pliego lo sabe o, cuando menos, lo intuye: “sin estar tú… te aposentas en mi corazón” (III). ¿El amante anhela unos ojos negros de una mujer específica en la inmensidad del mundo o, antes bien, los ojos negros de la mujer que no es? “Aunque no existas”, se lee en el poema IV. El amor padece esa angustia: la de pretender dominar al objeto de su amor y hacerlo eternamente, a sabiendas de que solo solo dura un instante. El amor es la suma de instantes, de pinturas, de cantos, de versos. No hay caducidad más duradera que la estipulada en el principio del amor; no hay eternidad más efímera que la del final del amor. “De mi para ti… aunque no estés ni seas” (XLIII). Las aporías de Salvador son ciertas, profundas, inequívocas. Persuaden la posibilidad de que “el vacío se muestre por delante” (VII). Sea el necesario invento del alma, sea un desahucio irreversible que va sumando orfandades a la vida del amante, el amor en Poemitas y Versos enamorados es un remanso en medio de la desesperanza. Si hay dos que canten los mismos estribillos, hay complicidad y sosiego. Y aquí, la secuencia de versos en ese sentido nunca desvía su camino. El amor poético que se anunciaba al principio no traiciona jamás al testigo, al intruso testigo, a nosotros. Se puede caer al pozo al que nos invita Salvador Pliego sin temer un golpe, una estocada. Si el viaje dura poco, será hermoso; si mucho, placentero. Hace falta al mundo un museo de estampas amorosas que reviertan los otros dolores: los de la infamia, la impiedad y la tremenda avaricia. Si uno de nosotros los lectores se anima a contagiarse de esa hermandad irrenunciable, mientras cae en ese hueco cavado con troqueles nobles, mirará su entorno de manera pulcra; a su amada o amado con gratitud, benevolencia y esperanza y al mundo entero, con ojos de amor, con ganas de besarlo. Beatriz Gutiérrez Mueller

IV

ÍNDICE

1 56 124

Poemitas Versos enamorados Biografía del autor

V

Todo comienza en tu boca… Salvador Pliego

VI

POEMITAS

1

I
Siéntate conmigo. No estaré ni estarás presente… Pero el momento será inolvidable.

II
Pórtate de espuma, de gracia, de sencillez. Para el amor: tus alas, tu sonoridad, tu azar, y el sonido estelar con su sensible idioma: mis ojos disolviendo la noche con la luz de tu mirada.

III
La única forma de reconocer el amor es cuando, sin estar tú, en silencio, como mariposa, te aposentas en mi corazón. 2

IV
Aunque no existas, platicaré contigo. Cuando te reconozca, continuaré entusiasta las pausas, las letras, las comas febriles que te esperaban con emoción.

V
La alegría y la vida se definen cuando capto el olor a risa brotando de tu piel.

VI
Hasta la tarde misma, con su rosario blanco, guarda un beso, una caricia, para que la madrugada, sobre el viento, camine en los caprichos, sabiéndose aluzada. 3

VII
Aunque el vacío se muestre por delante, para la vista es todo un cielo: abro tus ojos… y salgo a conquistarle.

VIII
La maestría de la noche no es su firmamento, no es su oscura masa, sino que la luz, al prenderse, sabe a ti encontrarte.

IX
Cuando el aire pliega tu falda, me imagino que hay un Dios soplando, travieso. Le rezo para que lo siga haciendo. 4

X
El día que tú, así, de repente, ansiosa, llovizna, aerosol, llena de ti misma, te acerques a mi lado, y en plena gracia me sueltes de imprevisto una sonrisa, escucharás de súbito un “te quiero”, y mi nombre anclado a tu flanco.

XI
Por la dorada mirada del sol destella una fragancia musical. Y como dos cometas, dos viajeros, se abren tus ojos negros, arrancándole encendidas primaveras.

XII
El hábito de verte feliz radica en la libertad de tu alegría. Mi rebeldía es la solidaridad a tu sonrisa. 5

XIII
Lo más bonito del amor es que toca una puerta, y el corazón juega y juega a que la abre… aún antes de escucharla.

XIV
Tu silencio es inquietante. Pero, cuando lo conjugas con una mirada alegre, entonces, es imborrable.

XV
La imaginación requiere de un simple chispazo para estallar su inventiva. Tú excedes ese destello. 6

XVI
Sé que estoy leyendo un buen libro porque cada página que paso me trae mil sorpresas. Al final, tu boca me deja maravillas.

XVII
Me dijo: ¡Por favor, regálame algo! Y con mi dedo, en su hombro, le dibujé este punto: “.” Ella sabía que adentro contenía un corazón infinito.

XVIII
De este color me gustan las puestas de sol. Y corrió a pintarse los labios para verse con más resplandor. 7

XIX
La lujuria no es tocarte, sino verte brillar los ojos en los míos que se arden.

XX
Aprendí que el color de la estrella viene de los sentimientos. Por eso, mi estrella retoza, se acurruca, tiene noches y días en su mundo. A veces me despierta con un simple beso.

XX1
Después de escribirle la palabra “amor”, se la dio a ella. La leyó, y dijo: “Le falta el acento”. -¿Dónde, en la “a” o en la “o”? -respondió él. -En la “r”. Ya con tilde, se la guardó en el vientre para ronronear atardeceres. 8

XXII
“Ésta es mi flor más bonita”. Y le enseñé mis manos vacías.

Ella sabía dónde yo plantaba sus ojos.

XXIII
Vuelco su cuerpo al umbral del viento para que, ya intangible, liberada, a mi alrededor se pose, y recorra en mí el soliloquio y la canción de los milagros.

XXIV
En esta terapia del habeas corpus me acoge la obsesión de la sinrazón: rechazo la abrupta liberación que me desata de su cuerpo; soy el genérico e ilegal individuo que encuentra garantías en el limbo de sus muslos. 9

XXV
¿Para ti, quién soy yo? –me preguntó. Respondí: La aquiescencia propia de la concreción en la dialéctica de los opuestos. Y ella se sonrío. Sabía que ya había agotado todas las expresiones para decirle que era lo más bonito de mi vida.

XXVI
A veces va cayendo desde su boca, en cámara lenta, un relámpago, todo el cielo, la luz de un ojo, y sobre mi boca se abre un torbellino de luz y fuego que, igual que el viento, la va prendiendo.

XXVII
La voz muda penetró el silencio. Pero, era tuya. La escuchó mi alma y la replicó a tu oído: te sonrío. 10

XXVIII
Mi libertad demanda y exige tu presencia. Tu libertad me emancipa y libera. Tus brazos me abanderan y acompañan. Y tus ojos, como dos grandes lumbreras, a mi corazón lo independizan.

XXIX
No hay más: si no existiera el cielo, tú serías mi cielo.

XXX
Cuando el cielo cae, se pierde, llora, del corazón brota un ave que con la punta de su ala al azul consuela. Y el cielo, en recompensa, pinta sus nubes para besarle. 11

XXXI
Lo que el atardecer va y esconde cuando anochece es esa luz tímida y coqueta que, tras de unos rojos labios y unos esmerilados ojos, se llama: Amanecer.

XXXII
De repente sales corriendo, volando, en dos alas, para que yo te atrape, para que yo te mire… Y al mirarte, mi existencia corre, cobra vuelo, en dos alas, en mil plumajes, tras de tu lindeza, pretendiéndote.

XXXIII
Una noche, mil noches, misteriosa, formarás el tiempo y desembarcarán en ti las horas, los minutos, la espada a pleno fuego, y tres veces, tres veces tres, tres veces, encenderás la noche, y la estrella imitará la luz que hay en tu cuerpo. 12

XXXIX
La noche es como una ronda de efluvios y osadías, donde la luz se rinde a ociosas maravillas; como sea, guardo yo mi estrella en tu rostro en un contoneo voluptuoso de encendidas.

XL
Desde mi mundo a tu mundo hay un cielo en flores blancas, y dos hojas azules tocándonos las manos.

XLI
Eres la elipsis de un verso que aún no he escrito, y eso lo hace más bonito. 13

XLII
Está bien, démonos de tiros: tú disparas tus negros ojos lindos a la par contra los míos, y yo replico lirios, versos, dos mares en labios gustativos.

XLIII
Escribí: Gozo el perfume del día en unos labios y el rastro de una flor sobre su cuerpo. Al leerlo, desnudó su imagen y sus besos.

Escribí: Nunca pensé que la felicidad se hiciera verso.

XLIV
Cuando caes al cielo y vas subiendo, desde abajo, arriba, desde el suelo, los azules, por tu rostro, van soplando y se hacen viento.

Así los cielos van cayendo, ascendiendo, van forjándose en tu aliento. 14

XLV
Tentación: es esa palabra, ese apellido tuyo que pones en mi boca. Y me sonroja.

XLVI
Provocación: esa parte de tu piel que saca el alma y me la entrega.

XLVII
Estando frente a ella, me dijo que no entendía lo que era la belleza: Abrí mis ojos como un mundo para que en ellos se mirara. 15

XLVIII
Todos los días llego más temprano a ti. No tardará el día en que te dé la vuelta y comience desde que me enamoré. Pero, lo mío es otra cosa: iniciar cuando te vi.

XLIX
Cuando tú haces en mí esos pecados, y yo caigo y caigo y caigo, ¡Dios mío, cómo caigo!, me declaro por culpable. Entonces, me confieso a Dios en morse; a que tarde en descifrarlos.

L
En el arpegio del arpa, contenida, tocarás nota por nota, y de tu cuerpo, tocata en fuga y movimiento, la sucesión de un alba arremeterá a mis ojos cual música en corcheas que entonan poesía. 16

LI
La leí: tenía la dulzura del tinte de abril. La escribí: adormecí su mano y la puse de aliento para componer. Y la leí y releí, hasta que de su vientre brotó ese acento color alhelí: era su piel ambarina lo que escribí.

LII
Porque gritaremos que ninguno fue vencido, y nos abrazaremos como dos nuevos pajarillos, mientras el atardecer agrega un paisaje por la cópula de vientos y delirios. Y le llamaremos: Nuestro niño; para que el sol se arrope junto al calor de nuestros brazos.

LIII
¡Tan lindos tus labios! Y cortejan y rondan y galantean. Son versos y letras, que cuando no hablas, ¡qué linda es tu boca!, parece que cantas y los deletreas. 17

LIV
Esa es mi estrella favorita: tiene cinco puntas. Y se la mostré. Ella contó sus piernas, sus brazos, su rostro y su busto, y dijo: yo tengo más. Desde entonces hay una nueva cosmología y la teoría del big bang apunta a su figura.

LV
Se dice que un día, por una gota de sangre, de la mano de Venus brotó. ¡Pero eso fue mitología! Lo cierto es que ella acercó su seno a un frasco y de ahí corrió el elixir: fragancia fue su nombre.

LVI
Presumo que sí, que la felicidad tiene que ver contigo cuando me cuelgo del sol, de un pájaro, de un viento azul celeste, y de repente me doy cuenta que voy volando en tu cintura. 18

LVII
Cuando enrolló sus alas vino conmigo a recostarse. Lo demás, fue un cielo estar de noche.

LVIII
Inspírate en mí –me pidió. Y escribí: Arcurióforis. Dudando, ella fue a buscar su significado al diccionario. No había tal. Dijo: No le he hallado. Respondí: No busques en la razón lo que el corazón ha deletreado. Me besó, y dijo: tú sí me has interpretado.

LIX
Las fantasías son fontanas de alegría. Pero, hay una más bonita: sin que la tarde se dé cuenta, colorearte una sonrisa. 19

LX
De frente a tus ojos, los míos, buscando fantasías, gritando las victorias de nuestras alegrías, cerrando cada paso de sombras indecibles, tejiendo esas distancias con nombres y delicias, escalonando manos o risas infinitas, lanzándonos pupilas, quilates de ambrosías, y en un sol de miradas, los iris en caricias.

LXI
En mi tierra solamente hay una estrella. En mi país, una flor tan sólo existe. En mi corazón guardo sólo un beso, el aire fresco, aquella flor, y la centella de la estrella que me diste.

LXII
Por ser dueña del lenguaje, de mi palabra -eres hato de expresiones todas lindas-, me concedes la voz y la armonía, la revelación de entenderte y percibirte, y saber que el corazón comprende, despacito, tarareando, tu mirar que va a mi alma. 20

LXIII
¿En qué desnudez de beso nos sentamos que al abrir los ojos ni tú ni yo nos vimos, y sin embargo nos sentimos?

LXIV
Baja pues, mujer de mi alma, que tengo, no un sentimiento, sino un atardecer que quiere darte un beso.

LXV
Y qué es enamorarse, sino ese permiso de reinventarse en otros brazos y otra boca, dejarse morir y revivir en cada toque, en cada palpitación, jugar a los silencios cuando el mimo y darles nombres sutiles o de pájaros que se acurrucan en las cavidades de los labios. Entonces, y solamente entonces, nos duele como un beso. ¡Tal vez será por eso! 21

LXVI,
De repente se quitó los ojos; yo digo que nunca los tuvo. Luego se desposo del vientre; pienso que no fue suyo. También se arrebató las manos y los muslos; ¿acaso alguna vez los consideró propios? Al final, dijo: ¡Es por demás, mi pecho, igualmente, es tuyo! ¡Es lo que me faltaba para darle un beso!

LXVII
Deletréame –me dijo. Y desde mis ojos comencé a contar las nubes, hasta que sintió en la bruma el surcar del ave al pronunciar su nombre.

LXVIII
Cuando te pienso, me lleva el corazón a tu existencia. Y entre luz y pensamiento, tu cuerpo lanza azules maravillas. Así brotan las ideas de colores: son los equinoccios buscando seducir las primaveras. 22

LXIX
Cada vez que me das a morder la manzana del pecado y veo tu cuerpo desnudo y floreciente, abono más el árbol, para que broten infinitamente esos frutos.

LXX
Arranquémonos las ansias, los deseos, los verdes pensamientos. Dejémonos la nada, la transparencia, la desnudez de la tersura. Cubrámonos los cuerpos de sueños, ambiciones y un mar de fantasías. Y cuando ya sientas los míos, te vestiré de alegrías.

LXXI
Almendra por tus ojos sin que se abran. El olor a la madera recorre la vera de tu rostro. Y yo canto en tus ramas una canción de luz silvestre: cuando abras tus pupilas cantarán las primaveras. 23

LXXII
Construyo la casa del amor donde tú llegas. Mis bienes son tus manos, su puerta está en tus ojos. Dormito en su entrada que sabe a boca y sabe a vida. Y en el sortilegio y la alborada busco tu pecho para conciliar mi alma.

LXXIII
Eres una república de pájaros y flores que solamente reglamenta una palabra: Amor.

LXXIV
La realidad de mi picasso es que tú, entre más te acercas, más fantasías me haces idear. 24

LXXV
Cuando Galileo afirmó: “y sin embargo se mueve”, no pensó en la tierra, sino en mis ojos girando alrededor de los tuyos.

LXXVI
Y ascenderás, como los cielos, en una noche estrellada, para que yo te llame: mi espacio, mi sol, y te guarde en el infinito, iluminando.

LXXVII
Bajaré hasta tus brazos como un relámpago en fuego, como un aprendiz en llamas, como una mecha en brasas, y tú calmarás mi hoguera con un soplo de tus labios. 25

LXXVIII
Aunque luz o viento o espejismo, yo creo que tu corazón es un pájaro con un canto que adormece. Soñaré el cielo de la noche palpitando mientras vuele.

LXXIX
Tú allá, fugándote. Yo, esparciéndome. ¡Y nuestras bocas comiéndose a besos!

LXXX
Sostenes del alba parecen tus parpados cerrados. ¿Será que hoy abrirán su luz a los pájaros impalpables, con sus frutos de iris y de flores? 26

LXXXI
La suerte pende de tu boca: cuando se extravía en la mía, el día es una maravilla.

LXXXII
Ella tiene su lengua en mi boca, y cuando suspira, platica por mi boca.

LXXXIII
Aprendo, en estas horas, multitudes: los relatos que salen de tus manos y un placer inigualable al deletrearlas. 27

LXXXIV
El amarte es como El Fénix: morir cuando tu boca; resucitar en blanco, de mar, de otra forma, en la corona de unos brazos.

LXXXV
Era de velos y mantillas. Cuando se quitó el último de ellos, sólo quedaba el eco del sonar de su sonrisa.

LXXXVI
Cuando Don Quijote dijo: “¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!”, decidí que perdería los brazales, el escudo, la figura, y entraría a la locura por un beso de la amada mía. 28

LXXXVII
Viajo hasta el fondo: un corazón, un sensible respiro, un viaje a la espera; estás tú… y una ribera de razones. Me tiño de ti y de tu imagen al amarte.

LXXXVIII
Te regalaré el coral del cielo para que tu cuello le dé un nombre. Y yo suspiraré tres veces, tres veces cielo, para pronunciarlo si te veo.

LXXXIX
Empuña tu corazón un estandarte que mi boca lo grita cual victorias y tiembla a mi piel en sus entrañas. 29

XC
Cuando de tus labios la caja musical se abre, un astro de corazón y seda se derrama en mi boca, y un sol de luz y verso a mi lengua se le entrega.

XCI
Con un pincel de cardas finas estaré sentado mirando tus pensamientos, tu imagen de destino. Y en un lienzo pintaré tu rostro con mis ojos, donde el cuerpo sólo sienta los bosquejos de un beso sin pigmentos.

XCII
Cuando dijiste:” Yo soy la ola”; un mar de versos cayó del viento, y un buque en brasas tocó la noche para remarlas junto a tu cuerpo. 30

XCIII
No es que hoy sea un día especial, es que acumulo los más bonitos besos para entregártelos sonrientes, en forma de amistad.

XCIV
Hay cosas que no se ven ni se sienten. Quizá sea porque el corazón las guarda en su intimidad para aluzarlas cuando las palpita. Tal vez por eso sean las más bonitas, y nos tocan las puertas para sacarlas y mirarlas.

XCV
Aunque ensayes otros ojos, otra reposada boca, otra orilla de tu cuello, yo leo siempre el mismo verso y la misma hermosura; tus alas nunca cambian. 31

XCVI
El amanecer de mi boca es tan sencillo y simple: el que tu boca sepa que la mía existe; y el de mi corazón, el que tu boca, sin prisas, sin urgencia alguna, le sople y con un labio le dibuje un cisne.

XCVII
El género narrativo es aquel que, sin pausas, sin ritmo, sin necesidad de estribillos, define en una sola línea los proemios que en ti leo.

XCVIII
Eran los pájaros silbando y el atardecer de bocas, la brisa en alas, la horizontal en los crepúsculos, y las pupilas hirviendo, pegadas, trenzándose en miradas. Así nació el corazón: remando anocheceres. 32

XCIX
Colúmpiame de nuevo - me dijo. La metí a mis ojos y la balanceé sobre un sol de atardeceres. Ella abrió los suyos para colorear el horizonte. Cuando se cansó, lagrimeó una barca para dormir y navegarse.

C
Giro como un girasol en el trance de piel de tus lunares que erigen los pétalos níveos del amor cuando te miro.

CI
Me dijo: ¿Que hay entonces en el cielo? Versos -respondí.

E impregnando de tinta mi dedo en su pupila, comencé a escribir. 33

CII
La felicidad es un colibrí que recorre de tu frente a tus caderas las sílabas de un carrusel de poesías para susurrarlas en el viento.

CIII
Conjetura entre la nube y el espacio es lo que eres. A veces un poco de horizonte. Pero, al mirar tus curvaturas reconozco el preámbulo de un léxico que el sol subió del mar al cielo para darle estamento.

CIV
Haces falta tú para que se arda el fuego, para incendiar los ojos en los nidales y se alcen de luz los leños; para que la piel, tímidamente, reanude el sinfín tocando el cielo. 34

CV Si tú me besas, miles de aves vuelan en mi boca, y un pedazo de cielo hace estrellas doblemente hermosas, para ponerlas en mis labios y con tu lengua encenderlas.

CVI Le dije: Te quiero en estado natural. Ella, simplemente levantó sus ojos y se fue a volar.

CVII
Así como la noche abre sus ojos y deja que la luz reúna las sílabas del alba en la mañana, de igual forma tus párpados abiertos peregrinan la mirada en la vastedad del horizonte.

35

CVIII
Cuando al tiempo, ya con visión borrada, y a mis manos le busques la memoria, de mis arrugas quieras mirar mis manos y las rosas que un día te entregaron, te diré, colgado de tu cuello, amarrado a tu cintura, que en mi pecho y en mi alma, para ti, sigue habiendo mil claveles.

CIX
Y te quiero… donde caen esos ojos sin destino o santuario. Porque conviertes mi piel en agua y la bebes en tus ansias. Porque en las sábanas olea tu cuerpo y extraigo ese ocaso derramado de deseo. Y hay un fragor de aliento consumiéndome, alborotándome, ahogándome en el vientre de tus verbos.

CX
Tú me seduces de albas y de ríos, me llenas de soles y de mares, me encumbras en la altura hasta perderme. Abres mis ojos al sinfín cuando te acercas y llevas mi tacto al nacimiento de un nuevo siglo súbito en horarios, que se acompasa con tus labios al beberlos y dejan esta boca temblando en sus adentros. 36

CXI
Creo que tus ojos se cayeron en los míos y ahora enfoco con visión alegre.

CXII
Me dijo: Lázaro, mírame y sonríe. Respondí: Sobre tu cuerpo edificaré la dicha. Y una bienaventuranza de alegría regodeó mi vida.

CXIII
Alíñate mujer esa mirada, que viene ya aflorando la primavera de tus ojos.

37

CXIV
Cuando el amor junta las manos, se inclinan los corazones para tocarse. Creo que a eso le llaman felicidad, y se conserva en las yemas, o en las palmas, o en alguna parte…

CXV
Cuando a un corazón le tocan, dicen que ha construido un puente; el latido simplemente desvanece.

CXVI
Cuando dos cuerpos se trenzan, no se tocan, se miran como espejos y se prestan los ojos en los besos. 38

CXVII
En la dicción de una mirada se absorbe otra, la rompe, la devora. Se sabe, entonces, que son calladas, y en el gesto de un suspiro se dotan de palabras.

CXVIII
Lo que me fascina de ti es corretear tu voz, ponerle un beso, y devolverla a tu boca.

CXIX
Si yo me perdiera en la nada, en un vacío, en una espera, soterrado buque y mar bravío, de tus labios, amor, yo cantaría una vela y silbando caminaría las mareas.

39

CXX
La miré con mis ojos… y se fueron con ella. Entonces conjugué mirar con alegría: poesía. De su boca era que venía.

CXXI
Pintaba sus labios con sentires para que se vieran carmesí resplandecientes. Yo le prestaba mis ojos de silencio; ella me ofrecía algún latido: eran las mañanas de los besos. Y el corazón, como un canario, desde una rama, simplemente silbaba algún delirio.

CXXII
Te pintaré una rosa y no una rosa. Brotarás desde mi pecho: malaquita, visión, navío. Te contaré el follaje. Y en la plenaria de la luna te llamaré: ¡Bonita!, para que el sol devuelva su luz al día.

40

CXXIII
Cuando no estás, y te siento, me tocas, recargas tu respiro en mi hombro -¡qué manera de decir te quiero!-, vuelvo la vista y te busco. Y aunque no estés, reitero mi hombro, reincorporo mis deseos, y ya sabes, es cierto, caminando, alentado, decidido, yo también te quiero.

CXXIV
Me preguntas: ¿Qué es una mujer? ¡Por Dios, qué definición de cielo me has pedido!

CXXV
Como un alba de cisnes, de luces, llena de estanques, aguamarina y dulce, inaudible y linda, donde tu cabellera sopla blancos del aire y son viajeros de un iris configurando al viento, en la armonía en que te siento, clara en silencios, fresca en caricias, donde te vuelves amor y ojos que son del pecho sus manantiales, resguardo un labio, tu lindo labio, donde la noche atesora su faz de día. 41

CXXVI
Viendo una magna exposición pictórica en tu rostro, decidí firmarla con mis ojos.

CXXVII
Como un alumbramiento de miradas abriste tus ojos. Y tus iris eran dos niñas captando la luz… recién nacidas.

CXXVIII
Desde lo más abstracto hasta lo más concreto solamente reconozco una sílaba perfecta: tú. 42

CXXIX
La mejor anécdota es quererte. El mejor recuerdo es amarte. El futuro es una anécdota en presente que solo sabe adorarte.

CXXX
Poner los pies sobre la tierra equivale a que tú me amas y yo te amo. Lo demás es rotar, rotar y rotar… un sobre el otro.

CXXXI
¿La inocencia es esa cara de diablita que pones cuando un beso y otro beso se salen por la borda y gritas: hombre al agua? 43

CXXXII
Sí, qué lindo es el amor cuando te toca, que aunque no tengas plumas ni presumas ser jilguero cuando hablas, te vuelves viento, algo así, no sé, y entonces son las alas quien te buscan.

CXXXIII
En ese instante en que los dos nos llamamos sortilegio, -tú y yo, sin manos y sin cuerpo-, abrazados los ojos en un tórrido suspiro, sólo los labios se tocaron en un jadeo de latidos.

CXXXIV
Cuando me dijiste: echando a perder se aprende, jamás me imaginé que aventarse desde un ropero diera tanta suerte. 44

CXXXV
Me gusta corromper tus ojos y decirles que les amo sin cansancio.

CXXXVI
Qué suerte, yo digo, cuando, desde el pecho, muy profundo, salen dos brazos, aún rojos y pulsando, y se juntan con otros brazos encarnados, entonces, yo pienso, el corazón es un viajero enamorado.

CXXXVII
Cuando de unos labios una varita mágica se asoma, ¡qué labios, qué boca!, es magia lo que al corazón trastoca. 45

CXXXVIII
Picaré, como pájaro, tus ojos, a beberlos. Y en esos cántaros de miel haré mi nido. Y cantaré a la luz, esponjado, engreído, silbando hasta el delirio.

CXXXIX
Me consta que detrás de tus ojos hay una brisa que olea serpentinas y unas plumas en forma de guirnaldas que se aparejan con las alas, para soltarlas cual miradas.

CXL
En el atardecer, cuando cierras tú los ojos, parece que el ocaso se los lleva a su aposento, y espera a que la luz los toque con la suavidad de un beso. 46

CXLI
Yo subiré a tus hombros, mujer, para que me digas por qué los pájaros de ti se cuelgan, y descenderé a tus brazos cantando, ebrio, como un sol que en tu piel se forja.

CXLII
Cuando despiertes y tus pies, llenos de barcarolas y de lunas, toquen la tierra y la llenen de espuma y de corolas, entenderás porque aprendió a rugir el mar repintando sus olas con azules.

CXLIII
De mí para ti… aunque no estés ni seas. Con quererte basta. 47

CXLIV
Entonces, en silencio, ocurre que tu rostro se hace agua, y hay un viento que de tus ojos se resbala al filamento de las hojas. Ahí yo lo levanto y le canto y le hago mío.

CXLV
Hay veces que yo siento que tu boca al hablarme se desflora. Va cayendo suavemente en el vaivén de una sonrisa, en la voz que vas dejando, en el sonido que la entibia. Yo la toco con mis yemas, como a un beso que se escapa. Y ella vuelve a tu boca, reinventando las caricias.

CXLVI
Toco tu piel y se anida, se enrama, se deshoja, cambia de tesitura y colorido. Y con un cuidado excesivo, la podo con mis dedos antes de que el fruto sea un paisaje inalcanzable. 48

CXLVII
Sé que el día comienza cuando tus manos. Sé que la tarde cae cuando tus ojos. La noche solamente esboza una estrella cuando tu boca. La luz busca su forma y se prende desde tus labios.

CXLVIII
Cuando tu piel brinca, salta como un pájaro, desde una hoja en blanco se escritura su hermosura, y un poema se amanece.

CXLIX
El mejor argumento es cerrar la boca y que un beso se exprese como quiera. 49

CL
Tomo la copa y me imagino tu cintura al borde de la uva; la bebo, la disfruto. Cuando ya vacía, queda en mi boca tu piel y ese aroma de racimo.

CLI
En esa ordenación de tu cuerpo en mis ideas se plasma una piro plástica en la que mis ojos se arden con el tacto de tu espalda.

CLII
Mientras más platico con mi alma, más siento el corazón de una mirada. 50

CLIII
Sobre la oscuridad de un cuerpo camino, bajo el embrollo de un latido.

Sólo tú abres mis ojos para acunar el vuelo.

CLIV
No es que tenga una facción de felicidad; es que tu boca radica en mi boca y es la única forma en la que sale a pronunciarse.

CLV
Vamos a sacarnos las rosas de los ojos y los geranios de las manos; a gritarlos fuertemente en las gargantas, a sacudirnos los hombros de begonias. Y cuando las bocas se hayan saturado de viñas, racimos y calandrias, presentemos el último lirio de la tierra: rojo y palpitante, latiendo, llenando pechos con su flora. 51

CLVI
Entonces, sensibles los cuerpos, te mudarás en mí, mutaré tu piel, transformarás mi cuerpo, y un temblor de ojos recorrerá la carne, como un soplido de beso y trino.

CLVII
Tengo mi piel para tu frío y un beso libre que se entusiasma al besar tu mundo.

CLVIII
Tengo mi flor: tan sólo tres pétalos. Es incolora, no brilla, no centella. Tiene su raíz en mí. Su tallo crece cruzando por mis ojos. Sus dos hojas tienen sentido en mis manos. Se ofrece en el sentimiento de un yo te quiero en desmesura. Y no se da en racimos. ¡Es única! Mi flor de tres pétalos es atípica y diferente. Para ti… mi mejor regalo. 52

CLIX
Bastará uno solo, reconstruyendo la noche, transparentando lo invisible, para que al besarme mi boca desencadene al infinito y tus labios reinventen los azules.

CLX
Cuando el alba, cenzontle de mil voces, canta su tonada, y al preludio de la escarcha sueltas tus cabellos -campanillas sonoras de trigo y arlequines en recital frugal y de amapolas-, dos jardines saltan a tus ojos y danzan su luz como avellanas.

CLXI
Porque ya en la tarde, el cielo te trajo para mí así de linda y me dio en la boca el placer de un beso, para que la penumbra alumbrara y reinventara el cielo. 53

CLXII
¿Tocarías a diario mi corazón? –me preguntó. Por supuesto –respondí. Acto seguido, se lo sacó del pecho, le amarró un mecate y de una viga lo fue a colgar.

Cada madrugada como un péndulo lo muevo y su timbre prende al sol.

CLXIII
Hay una parte de ti en mí. Y como todas las cosas bonitas se desprenden del alma, para que mi corazón te conozca, canto y te amo. Y una luz se desprende de tus manos, y el viento vuela, la noche se azulea, y el paisaje ventea su claridad en el alma.

CLXIX
Cuando desde un beso me dices: ¡Otro… y otro… y otro… y otro!, hay una caminata espacial sobre tus labios. Ahí exploro… y proyecto el universo. 54

CLXX
Mire usted, que después de haber hundido el barco, después de naufragar los remos, después de destrozar las velas, usted me lleva aquí surfeando el oleaje, saltando las espumas, toreando los pleamares.

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VERSOS ENAMORADOS

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Toda la noche
Te contemplo, espora y vino, mujer, como si de tus piernas brotara el infinito y la vastedad se abreviara hasta tus manos.

Toda la noche desde tus ojos ya partiera, y la nada contemplara el parpadear antes y después que te mirasen.

Mujer, te contemplo desde la más íntima de las creaciones, donde bebo el cáliz de un buqué yermo y delicioso.

Prendido de nube a tu bruna cabellera
En esa cabellera de corceles negros soplan los cielos su marcha prisionera, galopan, al óleo, las sortijas cautivadas, y al fondo, se estrellan los cascos en lucha por su tierra.

Dame, desde tu melena bruna, el oeste del aire y sus cascadas de centellas, su torre de viento negro, su cuartel de madrugada.

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Enciende mis dedos galopados a la altura del fuego de la aurora, donde la suavidad traspasa yemas y el estruendo se lleva mi mirada.

Cabálgame en corceles arrayanes que danzan a vuelo de estampida. Mis dedos les asignan mil trofeos; mis ojos redoblan su elegancia.

En la voz de hierro de su baile marcha, embelesado, un varón cansino, cual jinete en brega, enamorado.

Café
Desde ese cafetalero donde el sol le traza, hoya, poda o limpia, para darle su selectivo corte, su color rojo cerezo, y presentarlo en una taza… ¡Ah!, mujer, yo saboreo tus ojos negros, tu tostada piel que recolecta aroma y tropical delicia. A grano de cafeto me sabe tu sonrisa, a la drupa espolvoreada me saben tus mejillas, a ese tegumento que es elixir y bebida.

Te escondes en la taza y del grano te apareces, y ahí es donde mis manos entran al despalillado: descascarillando labios, besos, cintura y forma.

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Entonces, con un poco de tu azúcar, en tu espalda o tu vientre, mis labios te beben y disfrutan.

Viento
Cadera imposible de pájaros, escondida o retraída en la metálica ráfaga, cada porción de tu piel es una corriente de viento en el vendaval de los instantes, es una marea de soplos estallada en tormenta: figura concisa que atiza la tromba para curvear los tifones con las voces del viento.

Cada silbido es el designio espumoso de ojos, el peral arrasado o la quejumbres de la uva. Y baila, tu cintura de hembra baila su ruta hechicera, en un sube y baja de presagio y espuma, para estremecerse, para contagiar a la niebla.

En el vuelo del viento, unas gaviotas aletean sus gemidos rimeros, y una cadera danza, en un jardín de silbidos, la imaginación de la flor en la brisa.

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Maternidad
¿Qué pecho le diste, mujer, al ansia o al lienzo o a la viveza, para regalarles tu abdomen de hojas verdes y altos encinares?

Mírate en racimos, madre de la infancia decretada, a leguas hecha de inventarios y de profecías compartidas.

¿Y tu vientre, iba en galope o amarrado al aire, al crepúsculo, al olor del vino? Pero, fuiste madre orgánica del beso. Y tu niño, aún tiene ese lunar de labio en su sueño de cariño.

Cuerpo infinito
Mujer, cuerpo infinito, te particularizas en mis ojos con la celestialidad de un beso, y haces que la noche sea un camino de greda transparente.

Y después, sobre tu cuerpo tibio… Y después, el muslo abierto y la luna hecha sendero: mis manos, abruptas, sobreviven.

60

Mi mundo restalla tu hermosura. Y solamente la tempestad de un sueño encalla como el crepúsculo al albedrío.

¡Eres preciosa! Y un pájaro de nubes se dispara al infinito.

Oración de amor

Tierno, muy tierno, dulce y tierno, ¡qué lecho de espadas para mi escudo inerte!, el corazón sobre tu cuerpo: caza, embate, y sólo el rincón invicto de tu sombra a mi espalda arde.

Mi oración de amor escribe una señal de arquero, y la espada florece su guirnalda en la retina musical donde va tu nombre.

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Jardinera de alto vuelo
Alta, como el cielo, vuelas en mí. ¡Oh! jardinera con alas de ciruelo, con pupilas de cálamo y semillas. Toda tu alegría es un relámpago en mis manos. Toda tu sonrisa llueve pérgolas para diseminar tus ojos e ilustrarlos. Sólo tú vienes de mi puerto. Sólo tú revives a mi muerte. ¡Nada escapa de ti! Ni siquiera mi amoroso beso, ni la miel que tu boca repartiera. Mientras tu pecho al bosque le rocíe, aquí estará tu canto, aquí tu espacio en el huerto, y el légamo sedoso para acariciar tu talle.

Me gusta tu piel
Me gusta tu piel para escribir un verso. Cuando el mar, para animarse, busca su sal y brisa en el movimiento, y le roba la sensación de vuelo al ave que entibia su melodía en la profundidad de la ola, sopla el hálito de un sentir, de un roce inaplazable, de una caricia extrema, que aploma el pleamar y endulza la resaca; tu piel zarpa, entonces, como un buque, y el verso brota en su timonel y casco, para navegar azules.

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Mujer
Mujer, volví desesperado a tus labios. Cada beso tuyo me faltaba. Hurgué tu aliento sin piedad, como un adicto. Vacié tu boca hasta secar las tempestades. Así volví al corazón de cada noche y toda estrella. Aprendí del fruto que me dabas y guardé sus gajos en las manos.

Nadie más canta a mi alma. Entonces navegué en ti como un crucero, y el timón eran tus ojos. Por ti supe que el mar era más ancho y más profundo. Y sólo tú, ávida de voz y de caricias, me convocaste.

En el manantial de un beso derramé el corazón para brindártelo. Nadie más canta a mi alma.

Tengo la impresión de ti
Tengo esa sensación de ti hasta en la boca y es como tocarte con una sílaba en la lengua.

Tengo esa impresión de ti hasta en las manos y no las cierro por temor a que se escape.

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Cuando tú entras a mi pecho hay un castigo que me aguarda, y es ese dulce efecto que me causa imaginarte en mi alma.

Tengo el impacto de tus ojos en la cara, y ellos son quienes delinean el quehacer de mis tareas y las prioridades que transcurren.

En la cadena más firme de mi corazón hay fantasías que solamente a ti te amarran.

Tengo esa impresión de que eres tú la que sacude a mi alma.

Precisión de tu mirada
Oh extraña, te reconocen mis ojos, y a veces vuela el hambre de mi boca a tu boca. Yo me reúno con tus manos por las tardes, mientras cantan décimas los ciruelos junto al agua y sus hojas reflectan tu corazón de siesta. Pero, la cebada, el trigal, el cañaveral puesto en tus labios, son ese otoño rojizo en la campiña que enciende nuestras tardes.

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Aunque tus ojos no me vean, el atardecer ya te ilumina, y los míos se abren y postran en el carrusel de tus miradas. Vienes de la palabra, de la fresca gota, del derecho de la gracia. Te busco en el amor y estás presente. Tu inimitable identidad de lluvia humedece la voluble sensación que me precisa. Caes como el sol, entras en mí como la tierra, y te quedas en el atardecer de mi mirada. Sólo tú sabes del placer del ángelus cuando se apaga. ¡Oh púrpura sensación que lagrimea!

Cantera de sonrisas
Discípula de los cristales, cuando sacudes el mundo y tu cuerpo, dos pechos, dos pájaros, dos vuelos, desnudan las formas al cantarte, se enlaza el rojo a los azules, y un color de rostro y de almendra provoca al mar bajo tus ojos, para que se peine de rubio el viento y se entinte de amarillo la belleza, en un banquete de arcángeles risueños.

Lívida mirada del río y del viento, cautiva luz de las pendientes, silbo minero del aliento: me enciendes de ángeles,

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y en tu cantera de nubes planto las ortigas infinitas. Pareces el trigal del albedrío y la voz de los jardines. En tus hojas me aposento, y una flor a tu siempre le dedico.

Corazón de rosa
Sólo tu corazón de rosa. Nada de pétalo, nada de tallo. Vientre de pájaro conquistador de pájaros. Nada de aromas ni pistilos. Sólo tu corazón de rosa. Extinto el cuerpo en flameante cuesta. Nada de cáliz ni filamentos. Piel del estambre y del estigma. Sólo tu corazón de rosa. Chispa de granos fluyendo en polen. Nada de ovario ni de corolas. Pulpa en tu nombre hecha de alubias. Nada de cielo ni de espesura. Sólo tu corazón de rosa.

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Como dos alas
Vendrás como los pájaros: hecha de canto y fantasías. Me prestarás el trino. Yo te soplaré el viento. Y en el blanco segmento de un encuentro juramentaremos los pechos, como dos alas, para conquistar la sobriedad del vuelo y dejar en la boca la palabra: amor, en una espiral de luces y acrobacia.

Definición de un verbo
Imagínate mi cielo. Imagínate tu nombre. Eres mi verbo: Tú cielas… Re-conjugo en azul el infinitivo de te quiero. ¡Imagínate el pronombre que antepongo a ese verbo! Asocio: Yo felicidad, tú hilaridad, nosotros alegría… Activo en pluscuamperfecto lo que por ti yo siento y lo defino en un condicional perfecto con futuro muy preciso: te amo. ¡Imagínate mi verbo, si lleva tu nombre y se conjuga con mi cielo!

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Tejes los colores del atardecer
Eres la puesta del sol en equinoccio: ese atardecer rojizo jalando valles, montañas, vicuñas, guacamayas rojas o azules. A tus manos se tejen las nubes en estampidas de colores. Te sabes como el atardecer que se florea atrevidamente en los rostros. Incrustas madreselvas en los pájaros para que las regalen con sus plumas a la lejanía y luego espolvoreas tu lindura para darle matiz al horizonte.

Eres la puesta del color junto a mis ojos. Y los abro, para desbordar la tarde en la exacta curvatura de tus iris.

Me saben tus caricias
Me saben tus caricias a una hoja que cae lentamente, a una sombra en el pan de la mirada que está hecha de la harina de un beso o del tacto junto al viento.

Aunque tú estés a mi lado tus manos retroceden, y solamente avanzan, sigilosas, en la oquedad del sueño. Tienes la humedad que brota del amasijo matutino, que va y me recorre como a un confín incierto, y luego lo incorporas a la palpitación silente de un murmullo fresco, de un roce en juramento.

Cuando de tiempo en tiempo tu boca me incrimina,

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tu mano es un silbido perdido en la distancia, donde las copas son esas miradas libres, esas gotas que se desprenden y ya jamás germinan.

Mas, vuelven tus caricias como las hojas verdes, como las limaduras nuevas que trastocan los brotes: tu beso pinta crepúsculos y auroras que encienden a mi boca, y tu caricia calma a un niño en mi alma.

Conviertes mi corazón
Platico en ti, desde lo profundo, desde el aire al aire y la nacida luz, desgranando al todo y al maíz con las palabras, a sus copas secretas de espuma y de sombras que se enredan en tu cuerpo, que se anidan en tus senos interrogando a las quebradas, o construyéndose en reinos de arena, vino y posada, para cultivar lo que tus manos tocan, lo que tu rostro envuelve.

Desde ti, profundo ser y de dulzura, entre las puertas de granito y lo invisible, en las fibras de tu pecho y de la arcilla, dotando a mi nombre con la ruta del marfil y de tu nombre, queriendo deletrear tus ojos en la madrugada en que haces de ti el azul y el verso y al aire le transformas en instante de poesía, conviertes corazón y letras en un Nobel de alegría.

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Perdiz de mi alma
Cuando el amor su boca expande y muestra su linaje de copete azul, su fotografiado plumaje gris y campo, saltas tú a mis ojos, picoteándolos y ventilándolos, llenándolos de mesetas, de vegetación densa y colorida, de tintes oliváceos y rojizos.

Dulce y pequeña reina de mis brazos, tú introduces los ribetes y los mayos en mi pecho para que el sol siembre la semilla.

¡Anda, ven, baja, vuela, revolotea y canta! Coloca tu sonido en los ecos de mis labios, para que una cátedra de amor y vuelo se cultive en mi boca. Solo de violín

Quién, entre los violines, destinado al silencio y a sus largas vibraciones sustanciales, para ser madera y arco, o una cuerda destensada que curva la mitad de uno, que se adhiere al puente con las manos en la frente, con el grito ahogado de la resonancia triste, mientras la sonoridad escapa a la última butaca y se postra en ella para escuchar algún solista, alguna cuerda que rasgase el cuerpo, porque evoca el instrumento el dolor de un sentimiento.

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Desde la oscuridad que se arde y las cenizas que caen como dardos, sólo las bocas y las manos pintan la desgranada luz del cielo, y el firmamento se vuelve esa mirada acariciándose los iris, en el semblante del aleteo y la brillantez de un preciso beso.

Validez de la delicia
Me explico lo que duele: es esa banderita, tú, callada, izándose en mi costado, haciendo patria del silencio, de puntitas en la geografía de mi sien por sus querellas, arqueándose en mi pecho, crepitando en el dolor de mis dolores; es decir: transparentándose de cuerpo y nimiedades, porque la mañana se desgarra y no puede levantarse.

Juro que la desnudez no es sentimiento sino un signo vital de la delicia: lo que duele es mirarte recostada y un racimo de finura se convierta en uva sin tocarla.

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Compañera es mi bandera
En tus ojos conjugo libertad y patria, y conjugo el diario arbitrio que me da bandera. Diremos, compañera, que soy un subversivo y de algún modo me descubre apuntando mis fusiles, me descubre con las manos enfilando los cañones, dirigiendo bayonetas que al trueno le revientan; le dijera que disparan, por amor, cosas tan lindas, le contara que retiemblan cuando usted sola se acerca, porque sé que una rosa se conjuga entre guirnaldas, porque usted sabe que es linda y por lo linda no se agota, porque tengo aquí en mi boca ese fusil diciendo que la adora.

Alegría azul silvestre
Te quiero, no más ni menos poderosa, ni alegrada de olvidares, ni gozante de imposibles, ni perdida en lo silvestre; simplemente fuego, así quisiera, clavelina, ojos de corolas grises, reina y viña o mensajera cultivante de aguas dulces, aguamarina constelada y de arrozales predilecta, vocación de mi impaciencia, navegante entronizada,

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que hoy, en esta hora, en este adentro, en este instante, desde mil colores y por todas partes, se desborda en mar de vientos mi alegría a tus amores.

Tus ojos vuelan
Tus ojos vuelan silvestres y encantados, caen del rocío a mis manos, se extienden a la cúpula del habla, a la fermentación que impronta algún deseo, a la dádiva del vino en la mesa y al beso de la copa cuando se clava la mirada.

Razón de la alegría
Rostros que atestiguan, ciegan, sobre mis ojos y manos encendidas, buscándose en el día que palpita, en las horas en que un cuerpo su máscara de hierro rompe y lo vuelve todo triunfo y alegría.

Misión del hombre que busca una razón, un sentimiento, una tarde alejada de agonías.

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Y el corazón se abre y grita donde el sueño es cofradía: un canto, un beso, la dulzura tibia de los aires, para enredarse en el silencio, en un labio, en el cuerpo frágil que sonríe.

Me presto a la sinrazón, en el enmudecido y torrencial latido donde mi corazón, su traje, es alegría

Desde el atardecer, sus ojos, la tibieza de los vientos, me encarna el placer de una mirada y el refugio de un labio rojo, palpitante, nacido de la tarde, donde el horizonte pierde el corazón y sobre el azul lejano lo recuesta, a besarle.

Tu desnuda luz a mí me embriaga
Te pareces tanto al sol, a mi ventana, a un rayito que se asoma, a esa luz sin permiso que alborota a mi cama y a sus sábanas las vuelve cómplices, y luego las socava con la tentación desnuda de tus formas.

Eres un pecado deglutiéndolo a besos que profana la apacibilidad y la cordura,

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que acrecienta el ansia en mis manías, que fabrica el deseo en mi cabeza, como el toro que embiste a la estocada, como la lluvia que golpea duramente a las cenizas.

Creas el racimo y me embriagas. Atomizas mi cuerpo y lo anudas a tus manos, o lo amasas acoplándolo a la libídine que me enajena.

Te pareces tanto al vino que me pierdo en ti en un instante, y me aturdo en ese jugo al beberle.

¡Te pareces tanto a ti si te acaricio!

Te sigo amando
Bajas a redoble, sobre las colinas, en mi pensamiento. Aquí estoy sembrado para ti. Aquí mis ojos corren río abajo. No me voy. Te sigo amando. Lo que vive en la piel es un camino repartido. Lo que la flor a la lágrima retorna son largas avenidas del rocío. Llevas ese corazón verde de soles que arroba las manos como niños. Traes ese indicio de cruz que se ahínca en un rostro ya dolido. Aquí estoy anclado, haciendo flama y fuego, levantando pertenencias que perdimos,

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repintando un corazón de tiempo antiguo: el sueño de un beso que sentimos. Te sigo amando como un blanco libro escrito, como un beso besando el cariño. Tu rostro dice que palpito.

Tu cuerpo es mi sentido
¡Ah! pétalos sin quehacer, amartillándose en tus ojos, en tu piel de fuego y de combate, en el bálsamo asombrado recorriendo tus gráciles mejillas -fértiles avenidas del placer y la alegría.

Perdido en ti estoy, perdido: sobre tu corazón y tus castigos, sobre la maldad de un labio que me ha encendido.

Y luego cantas, y lloras, y tus dedos me abren un camino: en la reconciliación de un beso la tempestad de un labio hace giros, y el corazón levanta su rosa y dela espina brota su latido.

Eres más bella entonces. Sólo mi corazón desvive, te platica, se enternece; y en el equipaje de tu vista: se acurruca, retoza, se amanece… cohabita en la sonrisa.

Nadie soy, nadie: un simple pájaro.

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Pero a tu casa vuelvo y picoteo. Y en la danza de tus ojos oscuros, negros, aterciopelados, te abordo como un ciego que fija en ti su rostro y pone en sus dos labios la razón de la mirada.

Me crece el cielo contigo
Irrumpe tu corazón en el alma mía. La tarde bosqueja sus márgenes de aroma y copa cuando sus vientos rizan y entonan la lejanía. Te vuelves violeta y caricia, esa avenida de lluvia, esa dorada ventisca, ese acudir del ocaso devorando los ojos.

Me pasa el alba contigo. Me crece el cielo en tu cuerpo. Me alerta el beso en tu mundo.

La noche guarda sus mudos testigos hasta el amor donde excedo el intenso sentido que cosecha el paladar y al corazón lo hace niño. Solamente el murmullo asevera el amanecer. Y de mi boca a tu boca, un desnudo te quiero regresa la tarde reconstruyendo los brazos en una aurora de luz y agonía.

Me crece el cielo contigo, como los labios que en tu boca rencuentran al sol caído.

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Dulce corazón, hermosa dama…
¡Cómo me ardes, descubridora de espuma! En ti giro como un girasol que se levanta. Hacia ti hundo mis manos en relámpagos de sórdida agonía. Soy ese azufre encendido buscando tu fémina belleza: rosa preciosa, blanca y marina. Enterrándote en mis ojos, a tu piel respiro, y en bocanadas de aire sorprendo a la luna en tu cabello oscuro.

Te peinas con las sábanas de mis suspiros, y en mi pecho fermentas un crisol con tus caricias. Pero de tu boca, no entiendo la palabra: tu beso escritura el dulce corazón de hermosa dama. Y el silencio te escucha, como yo te escucho aquí, en mi boca.

Te digo mía
En el sentido de tu espera vivo; en la forja de tus iris, soy. Brotas de mis ojos, de mis manos atardeces, en mis hombros te alzas, y trenzas tus cabellos como alces del crepúsculo y la nieve.

Te digo: mía… Y las horas cantan, y los lirios se abren, y las hojas reconstruyen su camino verde.

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Pero en ti crece la noche y el azul se hace infinito: la tierra vuelve, el corazón se tiñe, el sentimiento vuela.

En el aire, tu boca sopla el éxtasis del viento. Y un solo beso abre sus alas sin tocar el cielo.

Sonrisa
Anda de luz, ya sin rencor, que te quiero a pura flor. Sonrisa de luna, sonrisa de miel. Puesta de mueca corriendo en las venas, girando a babor. Sonrisa amarilla, rotundo color, que te quiero puesta, bombeando el amor.

Cuando un beso tuyo
Cuando en cada guirnalda está tu nombre, y el pétalo levanta su amapola en un giro espontaneo y trepidante, acaeces en el óleo de un satín que en el tinte derrama su boceto. 79

Parece que brotas palpitante. Tu rostro escapa su forma de mirada. Tus ojos nutren el éter y lo callan.

Cuando vuelves de ti, soy otro: el viento habla, el mar libera su corcel en brama, la noche arguye con su luna enamorada.

Tu boca insiste. Sólo tu lengua alumbra y apacigua. Y un beso tuyo conjuga la tarde con un lis de la solana.

Te quiero cuerpo a cuerpo
Me pides mucho… y lo tengo, porque te llevo a brazo abierto, porque hiere el sol en cada encuentro, porque al decirlo, ¡y lo sostengo!, tres veces el día hace amuleto, y al decirlo a pecho abierto la vida es un reencuentro, un sentir de labios, sin quererlo. Te quiero, entonces, y lo asiento: a tacto puro, a triple aliento, en un inmenso latir que va naciendo, en un torrente a pleno movimiento.

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Te digo: sí… Es lo que siento. Y al decirlo, brotan doquier estos aciertos: tú y yo juntos, en un levantamiento, cuerpo a cuerpo, a todo sentimiento, rindiendo al firmamento.

Desnuda
Ave desnuda, mi corazón te arrulla. Sobre tu piel una marina espolvorea mis manos para tocar tu costa de agua, y… ¡ah!... la tarde cae en tu vientre como una cruz que su madero oferta. Con un guante de ojos recorro la larga noche: tus senos florean su doncellez de estrella, y un misterio besa el mar de tus rodillas.

Quiero tocarte mi canción de amor: la fiesta dulce, la libertad del río, el léxico de la pureza, la espera de la tarde. Y… ¡ah!... Apenas tus ojos son de nadie. Cuando tu espalda moja y se vuelve la suprema delicia de la vida, palpitando como un cisne, mi corazón se anida.

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Rosa blanca
Rosa blanca, mujer, desde tus manos se cosecha la delicada copa del encino, y la arcilla se mezcla con la plata de las hojas, como una flor araucaria y sempiterna. Llevas la almendra en las mejillas y un olor voraz de arcas y aleluyas, colgando en el perfil que te palpita. A tus ojos huyo y trueno las arteriales voces de mi canto. Desde la blancura de la rosa, a ti te observo y beso, y contemplo en su pétalo de aire.

Te quiero y lo reitero
De tres formas son amores, de tres formas los quereres: el tenerte ya es un credo, y el besarte, su evangelio.

Por mi ideario es que eres dogma de enseñanza que postula: la albricia de mi causa, el saber de la caricia.

Te amo en la doctrina

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que provoca tu sonrisa, en esa fe de besos que transforma a la delicia.

Y digo que eres convicción que luego se eterniza, de lo que se asienta cuando los ojos miran.

Te quiero así, en anuencia, y amo tu presencia, de lo que es permitido en tu boca, con tu venia.

Te digo, en reverencia, me inclino a tu alborozo, de ser feliz un día, de ser feliz en vida.

Y te amo, en regocijo, de ser tú la creencia, que baja de mi pecho, que sube de mi alma.

Te quiero y se revela el placer que me ilumina: tu rostro, de enseñanza; tus manos, por docencia.

Te amo en la cultura de ser tú mi doctrina,

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aquella que fabrica el sí de mi alegría.

Flor celeste
Tú, flor de estambre y errante beso que dormitas en el reposo o en acecho del amor y la ternura, a ti profeso la intensidad, la osadía, la tentación más humana del cariño, la doble adoración que me palpita.

De mundo en mundo: flor. Y luego pétalo, y luego multitud, escarcha, jazmín en alegría, peral de nube y levante. Hasta ti el mundo sopla. En ti se desenreda el viento, y vuela, y se precipita a los párpados, y luego devora la dulzura corrompiendo al celeste, a la belleza misma.

Adivíname, entonces, en tus ojos: flor de aleteo, flor de la magnolia oceánica, flor de la crisálida de espuma, flor del enjambre en suspiros, flor del río de miradas, Y deja mi tentación hilándose en los labios de un pistilo.

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Amapola de agua
Amapola sentada de noche copiando el alegre rocío, morena de escarcha, trajinera que brega por los arroyos del mirlo, tienes el trigal por mejilla y el cereal canteando tu frente, en un colorido de barro y arcilla.

Asemejas un costero horizonte que apuntala la asunción del delirio. Y en los canales de tule y de flores, flotan jardines, cual fuera una novia, para que alumbren tus chapas los coloridos jumbillos.

Todo comienza en tu boca
Será que me excedo de ti sin motivos. Será que hay razones que se encuentran en ti. Todo comienza en tu boca. La realidad es inicio, de alguna manera. Persisto en quererte en mis consistencias. Será que un efluvio viene y un rostro trastoca. Pero tu boca retiene, conlleva, tolera. Será por eso que muerdo mi boca. Quizá un regazo que viaja en la lengua.

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Todo comienza en tu boca. Una página, un libro, es como se saborea; un corazón cambiando su forma, un paradigma del verbo esencia. Todo comienza en tu boca: cada sencilla manera, cada instante que vuela; aún las manos viajeras, aún los ojos violáceos. Todo comienza en tu boca. Parece que nunca se acaba o termina. Perdura mutándose en carnosos esteros. Transforma su cuerpo en dos mitades de vida. Recrea la vista donde el firmamento alea.

Todo, todo comienza en tu boca. Hasta los silencios y las caricias. El beso en súbita espera. Buques que fueron tormenta y arrastraron consigo la brisa. Célibes velas ancladas y los ojos de las mareas. Todo comienza en tu boca. Mi pecho y el alma que tiembla. Un pedazo de mí y el resto cuando en ti se estrena.

Todo comienza en tu boca. Y nunca, nunca termina.

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Tu torso antes del alba
Disfrutándolo, como un braille en las yemas, toco tu cuerpo… y lo entiendo, lo descifro, leo sus sentidos, pinto sus detalles, coloreo una agonía.

Mudas tu piel a mar abierto. Y entre campanadas y sondeos te conviertes en sonido.

Toco tu cuerpo, tu torso antes del alba, tu piel cedida al agua, tu imagen que se esparce sin luna ni ventana. Tus poros se inmiscuyen dejando un follaje de verdes sentimientos, de dulces sembradíos.

Toco tu vientre, fecundo vientre y torre que escala y amuralla, precioso mar de cúpulas donde crepitan soles y a oscuras deja suelta la luz de tu cadera.

Toco tu orilla, encinto cuerpo y vivo, avenida de estaciones. Toco tus nubes, que bajan como ofrendas donde un andén se pierde, donde una puerta entrega las llaves de la tierra.

Disfrutándolo, perdido, hablándole, recogiéndome, recolectándome, toco, toco tu cuerpo,

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y el cielo prende su luz que se arde.

Tienes el corazón de la marina
Háblame desde mi boca, mujer, para escucharme. Qué sencillez la tuya que emerge como súplica, como mirada poblándose al vacío. Tócame los ojos con tus ojos. Por donde tu boca castaña el sol reparte mi voz busca tu voz para sentirte. Límpiame las manos con tus lágrimas calladas que la noche en ti ilumina.

También tienes el verde cuando tu boca me habla. Y una canción de alondra brota como un soplo silencioso que a las cuerdas de mi alma rasgan y luego castañean. Tienes el corazón del agua en la marina y la gota que humedece su encano y movimiento. Tócame de nuevo con tu beso dulce, con el azular de la montaña, y dime que extravías tu boca de paloma; dime que es venero y el silencio es quien la oye. En el arrullo del sonido, mi corazón también te escucha.

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Luz de sentimiento
Te amo y lo digo. ¡Qué lindo es decirlo! Te amo en el latido bombeando su retorno. Te quiero por cariño, mi corazón benigno, suspiro que desdobla al aire como a un niño.

Te quiero, luz de luna, mi haz de sentimiento, guirnalda prometida, cristal de mis caminos. Te quiero, beso lindo, ternura imaginada, arrojo que estremece al nido entre los trinos.

Te amo, mi caricia, mi bella serpentina, mi fuente de existencia, mi única avenida. Te quiero, hermosa mía, por gracia y gloria viva, por ser la consentida del beso y las delicias.

Te amo, linda mía. ¡Qué lindo así decirlo! ¡Qué bello a ti quererte, rosario del delirio, mi juramento firme, mi voz tocando abriles, mi estrella recorriendo los cielos porque ríes!

Te amo, encanto mío, mi tarde de oro y río. Te quiero, dulce mía. ¡Qué lindo a ti decirlo!

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Tímida de ojos dulces
Nectarina, ojos dulces: en tu cabellera alegre se riza el viento y se deshojan las otoñales alas de la aurora. Después cantan tus ojos las sonrisas. Y eres mágica y espuma o solamente el verde en la llanura; también esa frescura en el aire repartida. Junto a la pescadora brisa tu presencia son redes que palpitan. ¡Oh callada y dulce y melancólica! ¡Oh permisos de tu gracia que socavan! En el golpe de una cruz tu lágrima campea y son órdenes de un beso que fragua humedecido. ¡Ah, desde las hojas en tu vestidura clara! ¡Ah, desde el cristal en que te acecho y tu cintura brota en cobre y mina, o del barbecho, vigilante! ¡Oh! pequeña, bella y tierna: simplemente, al mirarte, tu timidez esboza, en la infinita cercanía, la castidad de una sonrisa.

Si un día
Si yo, alguien, un día, me acercara a tu oído, pensando, quizá, tú y yo - tú sabes lo lindo de pensarte-,

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y de nuevo a ti, en tu oído, un soplo, un viento, un murmullo que subiendo recorra hasta tu cuello, redescubra tus senderos -conoces mis manos nadando en tu cabello-, te dijera que rompes mis ojos con tus ojos, que estallas mi pecho con tu pecho -¡qué hermosa sensación sufre mi tórax!-, te diré, entonces, ahora, que no es imaginación ni utopía la que suena: un murmullo, tú y yo, los dos, y el soplo alocándome la idea de ser el viento que en tu oído se acuartela.

Con un beso
Íntima, apenas tú: terrón y valle. Mi puerta hacia ti es de mañana y beso. La cruz de mi alma aún persigue tus brazos por calvario, y un madero alza su lábaro de clavo y sentimiento.

Pero tú, arena fresca, de flor en flor bajo tus manos. Los lirios coronan diucas en tu vientre y cantan en la orilla el amanecer. Después, tu falda achispa ocas, y en las espirales de mis ojos turbias mis contornos con tus labios afilados.

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Con un solo beso estás aquí. Huyes… Y te amo. Y un himno de calandrias se aposta en el lecho donde tu voz abre al ruiseñor los cielos.

La oración de tu mirada
Rotos de mirar la nada, y ardiéndose en blanco, buscan mis ojos tus ojos para construirse, para redefinir el cielo donde los pájaros y nubes, para darle dimensión al vuelo.

Desde mi corazón busco tu delgada boca, el sitio donde ibas, mi canción desatinada. Así comenzó mi alma. Así tus labios voladores. Peregrina del amor y de la noche: cada vez tus brazos nacen, toda vez tus hombros siguen.

En cada viento hay una hora, y tú estás como la tarde misma: salida en mi ventana, nacida del idioma de mi alma.

Retoza el corazón. ¡Te siento! Sólo las bocas cantan. Y el cielo con sus aves; pareciera que derraman la oración de tu mirada.

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Resucita
Yo, Lázaro, muerto de lámparas, nulo de azahares, escaso de decoros, desnudo de insignias, mírote el rostro. Y desde tus poderosos ojos de vida, me dices: “Levántate y anda”.

Y yo, enamorado de ti, lleno de vientos, aleccionado por aguas, inducido a tu pecho, me incorporo… y te amo.

Desnuda de hombros
Desnuda de hombros, es que la tarde gira sobre la luz y a tu cuerpo su original crepúsculo vierte y luego hechiza. Más que su claro, lo que ilumina es tu cintura de innumerables viñas. Y luego, expele la flor su tallo donde devuelves gota o rocío para que abran tus brazos la sombras y fluyan los coloridos ríos.

He vuelto yo de tus hombros: silbando, bebiendo el sueño, bordando tu rostro al mío. Tú me has besado… La noche, el cielo sube, la estrella abre su corazón de albumen, los muros silban del viento un guiño. Y en el rubor de mi entraña vibra tu beso como una niña.

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Hija del cielo
Ahí estás, hija del cielo, y del norte, y de las imperiales aguas, torre de Alejandría y liturgia sin palabras. Eres el rigor de toda forma y el asombro y la batalla. ¡Me has vencido y te he vencido! Y juntos, aun antes y en la víspera, ¡y todavía!, al amarnos dimos vida a la vida, y nuestro triunfo fue llorar diez mil caricias.

Desde las albas tristes
Reposan tus ojos como dos grandes faros y luego, prisionera del agua y las veletas, se abren como dos grandes mareas en los cielos. ¡Oh! obstinado y tembloroso, así fui de tiempo en tiempo y beso en beso, en la más terrestre de las noches. Entraste tú a mi vida como un taller celeste, como un suspiro libre de turbio viento, como una onda en pique y al asta escurriendo. Otras veces multitudes fuiste: desde el relámpago al carbón, desde la orilla hasta las alas. ¡Yo no sé si nieve fuiste o el beso puro de la muerte! Mis manos se retuercen mirando esos faros. En el mar pareces aún la ola… y un beso que no vuelve. De ahí tu corazón de pájaro. De ahí las plumas tan silvestres.

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Y el mar: aún palpitante, aún lleno de albas. Todas mis miradas son tibias como tu alma. Y de golpe, todo se termina: el mar, las islas mismas. Sólo los pájaros de tumba en tumba vuelan. Hasta la última estrella ha de morir sin noche. Desde el pabellón de las sentencias la oración de las preguntas a tus faros arden. Sombrío y perdido, sólo mi canto triste. Sólo los vuelos tristes. Sólo las alas tristes. Todas mis miradas se esfuman como tu alma. Desde mi corazón, sólo las albas tristes.

La delicia de tu boca
Cuando yo alcé la copa y dije: ¡otra!, no me refería al vino, sino a tu boca, porque el llenar mi copa con tu boca se vuelve otra indulgencia, otra maravilla.

¡Otra!... Digamos con tu boca: ¡Otra! ¡Qué dulce y exquisita es tu boca! Absolución plenaria que me abarca. Insisto: ¡Qué rica es tu boca, y qué fragancia en esta copa!

Por eso alzo y conjuro, por eso bebo y la derramo: ¡Qué delicia hay en tu boca!

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Si te toco
Lúdica y luego lluvia si te toco. Te vuelves un cristal, un pez de arena que nada en el salado goteo de las manos. Después, eres idioma en reposo y movimiento, y así tejes en madera tu atavío.

Lechosa y lírica, como los ríos, como el azúcar que siempre vigoriza; esa gema prendida a los racimos y al tesoro del viento brotando entre suspiros.

Azul, granadina y al final sonrisa, un jeroglífico del agua enardeciendo. Eres la que vino del sonido: un latido lúdico y de sueños.

Cuando tú propones
Cuando desde tus cálidos senos me remueves los siglos y la frescura de un centímetro se convierte en hijo de tus manos, en sangre de tus ojos, tú me transformas en luz, en un haz indetectable, en otra forma de materia, casi un espejismo en transparencia. Y sé que floto en la indecencia -tu cuerpo me conduce a la expresión más alta de alegría-, donde al besarme transfiguras lo que soy: me mudas a ser ave,

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a las imaginarias olas consteladas, a ser torre de zafiros, un río humano indomable, el más suave recipiente de las flores. Y qué alegría, ¡sí!, me voy flotando sobre el orbe. Sólo sé que tú me quieres y eres esa sed que a mí me mueve.

Si el cielo cae
Si el cielo cae, amada, y ya caído mi muerte sobre sus alas lleve, abre tus brazos de cerámica y vasija donde mis ojos, ya en tinieblas y errantes, la dulzura encontraron. Deja tus brazos abiertos a la luna y llévala a los míos, a que toquen las corolas, tus ojos cubiertos de sollozos. Llévame a tu sueño triste, al río de plata que amé junto a tus manos, y que toquen, no un lamento, sino la cárdena ribera y las estrellas del rocío, la noche en tus hombros y el racimo blanco brotando en tus mejillas. Ponme a tu lado, como si fuera otro canto, otro niño, aquella noche observándote, y en el pan diario de la tarde ponerte en tu boca la silvestre rosa que los dos besamos al amarnos.

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Te quiero así
Tu rostro ancla el mar sobre mi sangre y lleva cuentas de ámbar a mi boca.

Te leo en azul sobre la escarcha, en un viento de jinete y agua.

Así te quiero, así, como las noches, en manos de mi alma enamorada.

Cuando tú
Cuando tú me enseñas que dos y dos son algo, yo aprendo y los cuadro, los miro en tus labios, en tus manos, muchas veces en tus ojos reflejados. Aprendo que el quererte es sumatoria: tú y yo, los dos, nosotros de la mano, los ojos correteándonos los labios. Aprendo de ti, y somos algo: más que unas bocas, más que miradas; dos y dos… somos batalla, y un corazón despierto que nunca calla.

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Si tú volando
Si tú volando y amarrar mi alma a tu alma puedes, candor de luna, mi abrazo quieres, bajo el ropaje del cielo suave mi cuerpo suelto al azul del viento.

Y tú volando derramas flores, subes las nubes, bajas los cielos, reposo de alas a mi alma llueves.

Humo de estrellas mi pecho mudas y en luz de noche luego lo enredas. Amarras mi alma a tu alma y surcas. Así en los aires mi sangre elevas. Y ya en la altura, junto a la luna, de centinela mi alma vela, mientras se enlazan las dos en una.

Azul de luna y plata
Báilame, coreógrafa de estrellas. Tu pierna azul y rosa dobla y contonea. Inclíname a tu cintura necesaria. Dánzame, pregón de copa y hermosura, que la noche está de agua, que la luna avanza y no acobarda.

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Tiéndeme en tu boca… y baila, ¡baila azul y rosa!, perfil de dicha en velo y danza cuando el alma es soplo y mariposa.

Acuéstame en tu brazo al primer paso, en el brillar de un cuello, en tu hombro abierto y silenciado. Y baila, ¡baila en luna azul y rosa!, que se entona el balanceo en tu silueta y extrae bamboleos de los dedos al sentir que la música te toca.

Luna en coro, luna en tintes por preciosa: baila, ¡baila azul y rosa! Clamor de greda y de violines el rotar de tu cadera, o el paso de tus piernas donde va sembrando serafines.

Baila, ¡baila, primorosa!, que la luna danza azul y rosa y tus muslos en la plata se acompasan.

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Amarro tu cintura al cielo
Encallas blancas velas de horizontes negros. Hablo de la noche y de tus ojos: un rostro de iris puros, una tierra aún lejana. ¡Oh travesía de azules pájaros! Como herida entre mis brazos dejas el corazón en multitud de mares.

Todo lo mueves hacia mí como un espejo. Y no hay límites de gestos. Lívido de besos, por tu cuello inmovilizado, gira el mar rebelde a tu costa fresca. ¡Y es un mundo de agua, una infinitud de mimos, una ciega alegría!

¡Y yo deliro! ¡Oh festín de lecho y alas! Dócil medianoche de las bocas aniquilándose trenzadas. Tregua de la nada desposada con los cuerpos. ¡Y yo deliro!

¡Ah de los diamantes que amarran tu cintura al fondo y a los remos! ¡Ah de tu tronco en mi hambre embrutecida! ¡Ah de tu pecho complaciente y joven! Y yo deliro enamorado a tu imperio, a esa perla indescifrable y bella, a esas sábanas de seno y vientre que son vitales y esenciales.

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Y yo deliro blancas olas… todo el cielo… el reposo en sentimientos. A veces, un latido se me escapa.

Cuando tú descubras
Un día, cuando tú descubras que mis manos no soltaron el olor ni la ternura de tus manos; cuando veas que mis ojos no dejaron pasar noches en tus ojos, y una luz de otoño, ya vieja y rugosa, hiló en ti un cariño nuevo, una bufanda de caricias a tu cuello, y así, viejo, cual ciprés vetusto y ajado, sientas correr mis manos por tu rostro, una mirada cayendo hacia tu lado, y una sonrisa devele lo que en el tiempo jamás pudo perderse, entenderás que siempre ha sido un cielo el mirarte como un beso.

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Toda tu piel es un motivo
Eres la piel que me atraviesa y me arrastra los sentidos. Cada poro es un canto que se escucha en las entrañas.

Toda tu piel es un motivo, una orientación indivisible, un punto en referencia.

Cascadas de otros puertos navegan en tu dermis para volverse signos, símbolos de ornato cuando caen en mis manos.

Tu piel tiene ese aroma perdido de arrecifes, colgado de las cuerdas de un violín jamás tocado, donde sus notas bregan la exactitud de un tono, para verterlo al aire en forma de caminos.

Tu piel toca el silencio, los lemas esenciales, palabras que retumban en bocas primordiales, porque se vuelve fuente

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empuñada de mis manos, porque gravita siempre en el mirar sensible.

Tu piel es un motivo de identidad y sintonía, que esposa a mis ojos y a mi cuerpo lo precisa.

Bajo este corazón
Tú, hija de templo y odiseas, troyana como Elena y reina de ágoras marítimas, tu rostro es un palacio de clásicas culturas, la soberana sucesión de dinastías. ¿Qué Grecia no apostó en ti su macedónica agonía? ¿Qué culto no nació en tu académica mirada?

Si te contara… Bajo este corazón, por ti, a Troya construiría. Me basta tenerte así, a tu manera, con esa forma única y preciada. Me exceden las miradas de tu cara y me faltan las horas al contarlas -qué tiempo es tiempo si no estoy en tu mirada. Robo el placer al día cuando hablas y le cuento luego el tono en que absorto te he escuchado -no es mi culpa, así forjé en ti la luz de las mañanas.

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Construyo en mi cabeza los templos y columnas, -partes tuyas cuando siento que me abrazas-, y levanto muros que son idénticas maneras a tus pasos repitiendo las gloriosas epopeyas.

Construyo, entonces, a Troya con tu boca. Bajo este corazón, ¿qué quieres?, miro la gloria de tu plástica figura, y de nuevo: eres, estoy, me presento, existes, lucho como un nervio de Aquiles; ¡te quiero! Y en el campo de batalla, lleno de escombros y alegrías, absorto de iris y caricias, abro la puerta a un caballo para que me lleve a la entraña de tu pecho.

De beso en beso en beso
Ibas tú en mis labios caminando. Nació en mi pecho el golpe más ajeno y tu mano hundió en mis adentros el baile y la materia. De beso en beso, tú. De beso en beso mi alma levantaba. Por tu vientre el deseo y el oficio más sereno de la tierra se agitaba. De beso en beso, tú. ¡Ya toda el alma! Y así tus labios al sol desvencijaban: el corazón blanco era la patria y la brazada, y en las manos cálidas los bronces de campanas se sudaban. De beso en beso todas las gargantas… ¡De beso en beso! Y las ráfagas soplaban a las flechas,

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y los arcos de muslos se doblaban, de beso en beso; las ondas del relámpago ululaban y las lágrimas caían crepitando. De beso en beso el escarlata y la sangre, como un niño, del labio se escurría. La noche al odio silenciaba, y puso a un tren que en las palmas embestía. De beso en beso en beso iba yo en tus labios caminando.

Morir a besos
Voy a morir de labios. Todo beso es un limbo hacia tu cuerpo, el deceso del cielo ante lo bello, el elixir del fuego ante la copa.

¡Bebe, arcángel de los senos, la noche que te embriaga el deseo, la púrpura mirada, el soplo ante un espejo!

¡Arráncale la piel de los suspiros, la boca sangrada por caprichos, la encinta ilusión de los antojos!

Eres un soplo para morir a besos, tesoro que escurre por las manos cuando alumbra la noche por tu talle. Voy a morir de labios…

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Nada te salva, mujer…
Ni la crisálida del alba te salva, mujer, ni el mar sobre tus labios, ni la declinación del sol sobre tus hombros, ni Odín o el goce del despertar en migraciones.

Sobre el púrpura temor que lleva un beso y el andar de polvo que carga este hombre, un prado profundo de batalla marfila la delicada sombra de tu nombre y esculpe el naipe de tácitas violetas que crepitan.

(Soy el aire de tu boca, la gustativa glándula de cáñamo que guarda tu puerta y la rodea, un pincel de olor y tibia greda en la tentación de piel y de disturbio.)

Te salva tu boca poblándose de tinta, que aprende de memoria la invención de todo giro, el invento gozante donde entona la distancia a otros labios musicales.

Te salva tu lengua intimidada, carnívora de ritos y retoques, daga que acumula ceremonias y transita al vuelo a hurtadillas.

Te salvan tus labios roturados de un hilo de luces prisioneras,

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que dan el poder a la palabra y se escuchan en el canto de gargantas.

Claridad sobre tu cuerpo
Cuando ya de pie, y en marcha, me dices que has dejado vientre, senos y cadera recostados -¡es un mundo salirme de tus poros!-, vuelvo a ti a caer de ojos, impensado, fluvial, intransitado, moribundo, en el éxtasis del sueño y la existencia, y me doy cuenta que eres nueva, otra, una flor que ya comienza, la insólita velada que amanece, entonces mi mente se construye en un cuerpo de azules que avizoro, y dejo que mis manos se diluyan en las líneas inmortales de tu espuma.

Ante ti
Me inclino ante ti -un girasol mirando la elevación de su astro-, lo que de ti se apaga y prende, lo que la luz a la sombra entrega, la vigilia cuando el pan hornea su aroma sutil de carne.

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Dos manos tocan tu rostro y las palabras de amor de un pecho. Un girasol se dobla y amordaza su voz al cielo, y luego torna su pensamiento, lo rota hacia el perfil de un labio.

Gira la noche su corazón de vuelo. Prenden las bocas sus dos pupilas blancas. Viran mis dedos sobre tu cuello. Y un girasol de viento levanta el pecho para palpar tu humedecido hombro.

Inclinado, hacia ti, como una vaina, un girasol de eclipse y viaje, suspiro en ti, conjuro un cielo.

Rosa y bonita
Te voy a contar que un día mi corazón te escribía: rosa y hermosa, era lo que decía, y luego en la luz se escondía.

Te voy a decir que una tarde, al verte, mi corazón como que se salía. Y a esa hora el sol era una flama porque era a mil que mi corazón latía.

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Luego mis ojos reían sabiendo que te verían, y se bajaban al pecho, donde el corazón se perdía. Sube a mirarle y sonríe –mis ojos al corazón repetían. Y éste, ya sonrojado, más bermellón se cubría.

Rosa bonita y hermosa, te voy a besar al alba -el corazón rubricaba y los ojos se lo decían. Y aquella flor respondía con unos iris alegres, y en su boca había colores porque un corazón le escribía.

Mujer y hermosa
Parasol que sombreas mi refugio y te digo: mujer, y hermosa, y copo zarandeándose en mi alma, o recinto del oro y de la arena, o manutención de los acordes y violines en la gala suntuosa de la música.

¿Qué parte de ti es un navío y qué segmento es el peral o el duraznero? Por mis ojos viajas y retozas. Por mis manos te sacudes y te armas. Y cerca del fulgor me arrastras al deseo.

Tentativa de aquelarre y desenfreno -¡oh ángel de un beso desprendida!-, me castigo en ti y mi ansia se escala hasta la vida. Hay un dulce placer que en ti se fragua.

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Avidez y deseo
Pasas, vestigio de aguacero, la carne brotada de la pampa, y me tocas, !me tocas!, mi piel se vuelve la noche del labriego, arde como un tejido embravecido, muestra sus surcos, su cuerpo y poderío, y me tocas, !me tocas!, escapo de mi piel, me embarco en la aventura cual Tritón por mares poseído -mito marítimo de un reino encarnecido-, y me tocas, !me tocas!, me das idioma y frenesí, me haces el viento en vendavales o las ráfagas sin intervalos, un varón cíclope que tu mano amolda y circunscribe, me haces viento… el que sopla y por tus manos te recorre.

Del mar eres
De costa en costa, tu mar, tu boca. Abro mis brazos a tu intemperie, a cada oleaje. Eres más marítima despierta y más extensa que la ola. Sólo tu cuerpo cubre las distancias y en las tardes, las mareas picotean los poros níveos de tu espalda.

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Mi mente se vuelca a tu orilla, a tu movimiento, a tu navegación de azules, a esa precipitación de vuelo y de arena, a la más acrobática escarcha que generas.

Desde el mar vienes. A la mar descubres. Tus brazos abarcan sus costeras. Y desde mi barca, labios de agua y de mirada, desciendo del sueño hacia tu muelle con las redes que atrapan tu coraza. Del mar eres. Tus olas encallan en mis iris.

Te vuelves mis visiones
Tus ojos se agrandan, se transforman en abrazos. No sé si esté atrapado en ellos; se han vuelo un extraordinario instante, alguna deidad de tiempo, un segundo de reposo.

Vuelves mis visiones algo fascinante, donde el hábito es fantasearte en dos sonrisas, alegrarse en tres asombros.

¿Qué haré hoy con tus sonrisas?

Solamente, y nada más, querer morir la noche y darle ese toque de pretexto y adorable.

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El sabor de esos labios
Cuando dos mariposas se posan en tus labios y bullen y cantan, voy humedeciendo tu boca, la voy pintando de luz y de follaje, la hago mi casa, hospedo en ella mis ojos, el granito de mis manos, el terciopelo que brota de una sombra, y su carnosa y dulce figura me arrebata ahí donde remontan los galopes y los vuelos, allá donde el amor es una fragua de ámbar, uvas y jardines.

Andan de cielo tus labios
En todo y con todo a tu boca recorro, fabrico una estancia, excuso el gusto que sabe a mil horas, a ese platillo voraz de tu lengua, a esa saliva que ensarta mis venas y las junta en dos cruces para que las bebas.

Como los caminos en que se oyen carrozas y pasan en blanco como dos farolas, andan de cielo tus labios, pintando lugares de color provinciano, cual dos caballos marrones que trotan en trance en la deglución de dos bocas.

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Desnudez de tu mirada
Como las nubes se pasean tus manos por mis manos, sin otro oficio más que el de repartir su extensa maleza de frescura, su acariciada página de olorosa greda y matutina eficacia.

Como la tierra desgranada recorres mis brazos y llegas a mí en forma de llanura, para quitarme furia y frío, y decirme que sólo lloraban las corolas.

Eres la cosecha que dormita en el canto de la tarde y del agua, avispada de oraciones y crepúsculos, o tan sólo en el rubor de una alegría. Pero mi corazón te escucha y tú le escuchas, mientras tú paseas tu mirada como una golondrina.

Quererte es no besarte
Proyectas lo bello de un rostro que ya es lindo y lo vuelves más hermoso al exhibirlo. Quererte es no amarte para amarte, una sombra prestada de tu imagen, la tibieza de la luz dando la noche.

Besarte es no besarte sino amarte. Tus párpados prendidos de la ceiba buscándole a las hojas su melaza.

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Quererte a ti es quererte el doble: llenarme de la pizca que brota en tu dulzura, trasegar aromas en un rostro que es delicia.

Te amo y no te amo para amarte, y en ello tú proyectas lo lindo que es besarte.

Aguadulce
Ciegos, embriagados, mis ojos te contemplan y como la uva en racimos te paladean. Vestida de ese nácar que taracea la madera y muestra su pulpa de cintura, le regalas a mis ojos un elixir, una copa, un viñedo en tanino conservado, y tu frescura de roble y aguadulce se esparce en la quemadura ansiosa de mi boca.

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Lenguaje del amor
Caleidoscopio entre palabras o el vientre de la suerte al que yo amo. ¡Oh!, risueña multitud de verbos, conjugación de las tardes, nacimiento de aquelarres: bajo el cielo y la rima un trino en doble imagen, en doble canto, restituye su lenguaje.

¡Oh amor de cantaros y versos, predilección de las guitarras, baile de pájaros y soles! Cada graznido arraiga su aleteo al lapislázuli del labio, a los contornos de la danza.

Flor del beso nacida de los ojos. Flor del sueño cauteloso y silente. Y los turpiales en los nidos en un pianísimo acorde de palabras.

Ven amor al deleite de las gaitas, al lenguaje carpintero en la caoba, fuelle del jazmín y las sonatas.

Ven amor al tejado y a las gradas, baile todo que irrumpe en el habla, mano en la cintura, lenguaje de gladiolas.

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Amo esa tarde de besos
Miro desde el pasado lo que un camino, lo que un sollozo y un rostro fue, el labio tierno que fue pintando su piel en mí: trazos de espuma y de boca que el tiempo vino y dejó.

Sobre las pérgolas de los ojos, los iris que me miraron y el fruto que derramó. Amo esa tarde de besos y el cuerpo cristalizado que el viento espolvoreó.

Y hacia el lejano horizonte, devuelvo el sonido del agua, de una tibia lengua que vino y voló.

Hazme temblar
¿Cómo es que tu boca, desde tu vertiente de labio, como un enjambre de lunas, de enredaderas de pardelas o de colimbos azulados, hace temblar mis manos y las anida en los estanques que escalan a tu cuello?

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Hazme temblar nuevamente, ¡y otra vez!, fuego del aire y del aroma, irresistible disfraz del rojo y los ramajes, ¡y más fuerte todavía!, en tu cima, en tu corona o en tu cáliz derramado.

Hazme temblar como a la llave ante el cerrojo y la letra ante el papiro, y pintarme en ti, dibujarme ebrio y loco y moribundo, o trenzado de revés en tu cintura, a las puertas de tus senos, donde vuela el navío del terrón y de mis ojos.

Mujer de luz y de marea
En tu juventud de agua, en tu boca, mi boca se revuelca, y sigue en pie, sedienta, cubriéndote de arena tu figura.

Mujer de luz y de marea, atravesaré el recinto del sueño que te guarda, y desde tu nieve, desde la botánica aérea y de claveles, sonaré las campanas de tu alma con el incendio de un jazmín sobre tu boca, y nuevamente sentirás la mía, la mía, como una chispa que en tus labios se revuelca.

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Duermo en tus ojos
Me abrigan tus ojos. Para soñar, me llevo tus sueños. Canto en tus manos. Para dormir, recorro tus yemas a través de tus poros, y les hago un espacio en el andar de mis brazos; con ellos te embarco a mi pecho y ventanas, y duermo tranquilo cobijando riberas, que son acueductos a tus lindos ojos.

No te salvas de mí
No te salvas de mí, mujer, ni de mis besos, ni de mis labios sondeando tu morada, ni de mis ojos revistiendo tus meneos.

Yo te encubro, mujer, con estas manos. Y en un rincón de besos, donde nos digan que el cielo sobrevive a nuestros brazos, vestiré tu sombra de azul para mi boca.

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Por tu boca
Cuando te tengo en mi boca -y mira que te tengo como la garganta que requiere esa gota al beberla-, siempre cuadras mi boca con tu boca, en forma tal, que me incita y me apremia a sorberla hasta saciarme, y la haces grande e impecable estando cerca; por lo mismo, cuando te tengo en mi boca, y hay esa constancia de carne a carne, de un labio que a otro lo conmueve y le reporta el movimiento en forma grácil y espontánea, que parece un resuello acurrucándose, un trino en la suavidad de algún paraje, una tarde mirándola clarearse, vuelvo entonces a mí, a mi impaciencia, y me pregunto: ¿cómo fue que le robaste a Dios tanta hermosura y fuiste a repartirla en tu boca?; porque, cuando la tengo en mi boca no hay otro placer más que adorarla.

Rosablanca
Fértil mujer de acacias, ¿cómo mis ojos te ven sin serlo y cómo mis manos te sienten sin palparte? Pero yo dejo que mis labios te toquen sin mi boca

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y mis besos escapen a tu flora.

Dirán que sonreíste y me abrazaste. Sonreiré desde tus ojos y tus hombros. Y en el blanco tapiz de un secreto, buscaré mi sueño en tus sueños con algún estremecido labio.

Cuando contigo
Cuando contigo recorro el amor -porque contigo se empieza de abajo, y se comienza de forma que siempre hay atajos a lo más bonito-, y no sé si es un beso, una caricia, algún susurro que me trajiste al oído, y me percato de ti –como siempre, tú eres la página en blanco donde rubrican mis manos verdaderas estrofas-, y digo te quiero, respondo: te amo; porque tu boca recrea a mi boca y la hace testigo, la vuelve tonada, la arrima a una oda llamada ternura; y luego conjuras mil y un maravillas donde se regodean mis ojos a pleno; por eso, contigo, siempre contigo, hay multitud de revuelo, y una especie de ensueño que en tus besos descifro.

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Doble cielo
Un día, mujer, al ser contigo, y de un suspiro ya te enamores, porque en tus manos sopla un jadeo, alguna tarde de doble cielo, y en tus cabellos reposa el alma de un avecilla hecha de pecho, de un corazón rojo y platino que se encarcela a soñar tu sino, y ese suspiro suba y te silbe, moje tu rostro, pinte tus ojos, sobre unos vientos lluevan delirios: iré contigo vuela que vuela, vuela que vuela hilando trinos, soltando hebras de mil sonrisas, dándote besos color de lirios, desparramándome de luz contigo.

A modo de serlo, amor…
A modo de alcanzarte, a modo de quererte, si te escapas de ti misma, si tu forma ya no existe, si repites tu apariencia en el pincel que ya no escribe, y te asomas nuevamente tan discreta en tu sonrisa,

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tan sencilla y aluzada, que en el cauce de mis manos es tu imagen que se pinta, es tu boca la que toca; y ese toque de ternura redescubre que te siento, reinventa algún te quiero, lo repinta entre silencios, le excluye atavismos; y ya divina, amor, te atardeces siendo espiga, me enmudeces en tu viña: amor, a modo de existencia, a modo ya de serlo, me invento al ser contigo.

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SALVADOR PLIEGO: Nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inicia su carrera a finales de 2005 y desde entonces ha publicado los siguientes libros: Poemarios: Flores y espinas Claro de la luna Encuentro con el mar Bonita… Poemas de amor Libertad México Los niños El libro de los besos Poemas de amor y de bolsillo Arterias de la tierra Crepitaciones Letras del buen humor Poemas de desamor y olvido Evocación de pájaros 2006 2007 2007 – 2008 2008 2009 2010 2010 2010 2011 2011 2011 2011 2012 2012

Libro I y II

Cuentos: Los trinos de la alegría Aquellas cartas de amor 2006 2008

Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como finalista por el II Certamen Internacional de Poesía “San Jordi” en España, 2006. Participó como jurado en el Primer concurso literario “Atina Chile” en 2007. Su poema “Espadas y papiros” fue entregado como parte de los premios otorgados al ganador del 124

Segundo concurso de cuentos cortos HdH Medieval. De sus viajes ha recibido múltiples reconocimientos, entre otros, el de ser “visitante ilustre del Municipio de Urrao”, Colombia. Durante 2007 y 2008 participa activamente en el foro MundoPoesia, considerado uno de las más grandes de la red de Internet en cuanto a escritores, publicaciones y lecturas. En ese periodo es premiado en 19 ocasiones, entre ellas, otorgándosele el premio de Poeta del mes. En 2011 gana los siguientes premios: Ganador del premio de poesía Rubén Darío Rumbaut con el poema “Dulzura”, y “Primera mención de honor” en el concurso internacional de poesía “Trofeo Memorioso” organizado en Chiloé, Chile, con los siguientes poemas: Corcel de alas blancas, ¿Dónde los olivos? y Templanza. En enero del 2012 se le otorga el premio al primer lugar del Primer Concurso Literario Andrés D. Puello a su libro Crepitaciones, y en el mes de mayo se incorpora su poema “Oda a la risa” a libros de texto para el aprendizaje del español en Puerto Rico. La radio satelitevisión/Americavisión de Chile le otorga un reconocimiento “por su participación en la Poesía destacada, mes de septiembre 2012, de los programas radiales ‘Música y declamación de poesías’”. En abril de 2013 Radio Satelitevisión/Americavisión le otorga un nuevo reconocimiento como poesía destacada por su poema: Arde la poesía. En el mes de mayo, otro más por su poema “Desnudez de tu mirada”. Y en junio, un nuevo reconocimiento por el poema: Canción de viento y brisa. A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile, Argentina, Colombia y España.

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