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Déjà vu à Paris

Iván Eduardo Lópezcampos

Déjà vu à Paris

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Déjà vu à Paris

CAPITULO VI
Bienvenido a la realidad

Estaba hecho añicos, en el cuello tenía un dolor penetrante que impedía moverme.
Con seguridad había dormido en una mala posición.
Me quedé entonces recostado por un largo tiempo en el cual moví con lentitud una y
otra vez mi cabeza, lo hice así hasta que el dolor cedió y se volvió medianamente
soportable.
Controlada la molestia del cuello intenté abrir los ojos, fue infructuoso el esfuerzo,
no pude hacerlo. Estaban dominados por un dolor mayor que el físico, el del alma
que fluía de adentro hacia afuera.
Las palabras del médico tomaron su turno y comenzaron a taladrar mi mente, ellas
me habían enfrentado a la cruda realidad la cual me decía que Megan había sido
sólo producto de mi imaginación y que el mundo que yo pensaba real dejaba su
lugar al que hasta antes de ver al médico pensaba que era el imaginario.
Comencé a repasar mi vida. La de los últimos días, lo hice sin poder dilucidar qué era
verdad y qué producto de mi imaginación. La duda se apoderó de mí, de mis
pensamientos. Fue entonces que me cuestioné cuál era mi profesión.
-¿Soy escritor?- dije en voz alta, me levanté de la cama con agilidad, pasaron
entonces el dolor físico y aquél que aquejaba mi alma a un segundo plano,
desaparecieron. Intenté rehacer en la cabeza mis libros, mis historias, acordarme de
sus nombres o de sus personajes, pero mi mente estaba sumida en la obscuridad
nuevamente.
El miedo se apodera de mí penetrando por cada poro de la piel. Tenía los ojos
cerrados, imaginé cómo una densa niebla obscura, grisácea con olor fétido tomaba
mi cuerpo, penetraba mis pensamientos, me llenaba de ella, se adhería a mí de
manera tal que era imposible apartarla. El miedo se había instalado en mí.
Mis manos las coloqué en la nuca, la cual la apreté con todas mis fuerzas, luego la
hice hacia atrás para después desplazar mis manos por todo el cabello hasta llegar a
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mis ojos y continuaron sobre el rostro estirando mis mejillas hacia abajo, como
tratando de desprenderlas de mi rostro. Me paré y caminé por la habitación como lo
hacen los animales de los circos al saberse presos, de un lado a otro sin sentido.
Sentí miles de agujas penetrando en mí, fue sólo una sensación pasajera que hizo
estremecer mi cuerpo por un instante, no podía haber dolor mayor que el que me
infringía la realidad que me abrazaba.
-¿Escribo… soy escritor?- pregunté a la imagen del espejo. Por un momento no me
reconocí. Había cambiado tanto en esas semanas, estaba tan demacrado que pensé
que era alguien más a quien le preguntaba.
Aspiré y exhalé un par de veces para luego increpar:
-¡Puedo dejar de ser cualquier cosa, no me importa el dinero, la fama, no me
importa nada… sólo no me quites mi sueño!- estaba aterrado- ¡¡¡No me digas que no
soy quien creo que soy!!!
Salí corriendo como loco a la habitación de enseguida. Megan… Megan o Mía la
habían habilitado como estudio y ahí estaban mis libros. Ya frente a la pared del
fondo, la cual estaba cubierta de libros de abajo arriba y de lado a lado, comencé a
pasar mi mano por los lomos de los ejemplares. Lo hacía con lentitud para alargar así
mi esperanza.
Conforme avanzaba sin encontrar mis libros fui perdiendo el control. Estando en la
parte más alta de la escalera comencé a arrojar los libros al suelo provocando un
ruido estridente. No me importaba, ya nada importaba.
La mayoría de los libros se encontraban esparcidos por el suelo, en una pila. Bajaba
desesperado de la escalera cuando resbalé de ella, al hacerlo me golpeé en la
espalda con el filo de un silla que estaba al lado. El dolor me hizo cerrar los ojos,
esperé unos segundos conteniendo el grito de dolor. Ya cuando aminoró me arrastré
hasta el montículo de libros. Los revolví con ansiedad, lanzaba a los lados aquellos
que tenían la mala fortuna de cruzarse en mi frenética búsqueda.
Nada, no había nada, sentí de nuevo el peso de la realidad sobre mis hombros, me
derrumbé en la duela, quise incorporarme pero sólo logré quedar en cuclillas. Cubrí
mi cara con ambas manos evitando así ver la realidad.
Cubrí luego la boca y la nariz, inhalé y sentí replegarse las manos a mí hasta dificultar
mi respirar, quedé balanceándome de atrás hacia delante de una forma casi
imperceptible.
Una mano apretó mi hombro. Era Mía, había entrado sin hacer ruido y permanecido
la mayor parte del tiempo observando mi ataque de locura. Intentó decirme algo, no
pudo hilar palabras, entonces se agachó y me abrazó, sentí cómo su tibio cuerpo
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daba calor al mío. Un par de besos en la mejilla seguido de un intenso abrazo le
dieron fuerzas para hablar.
-Amor… todo estará como antes… bien- dijo en voz baja.
-¿Será?
-¡Seguro que así será, te lo prometo!
-Ojalá.
-¡Claro que así será, no lo dudes!, ¿recuerdas en Kenia nuestra promesa?
-No recuerdo nada Mía.
-¡Haz un esfuerzo y lo recordarás!- dijo como si esto fuera una cuestión de decisión.
Le sonreí condescendientemente.
-¿Qué puedo hacer?
Mis ojos se cerraron con fuerza, lo hice con tanta que tuve la sensación de que mi
nuca se estremecía, luego sentí la fuerza de su abrazo, sentí una porción de
confianza, un lugar donde apoyarme:
-Gracias amor, no sé si lo lograremos, pero lo intentaremos- me levanté, ambos lo
hicimos, me abrazó, yo correspondí en esta ocasión su muestra de solidaridad la cual
me transfirió paz- tengo mucho miedo, siento que mi mente está llena de huecos y
ellos son cada vez mayores.
-Sólo será pasajero.
-He dudado de ti- dije lleno de culpa a la vez que inclinaba mi cabeza.
-¡No importa amor, nada importa en este momento más que tú!
Comencé a recoger el tiradero que había hecho en mi arranque de locura.
-Levanto los libros y vamos a comer a la calle. Te alcanzo en la sala.
-¡Estás loquito amor, nunca acabarías solo!
-Sí, deja recoger…
-Yo arreglo más tarde, ¡anda vamos!- me hizo una seña para que la siguiera.
-Pero…
-¿Qué?- no quise decirle qué era lo que buscaba, aun tenía la esperanza de
encontrar mis libros, no quería que matara mi ilusión con su respuesta.
-Nada, sólo dame un momento y te alcanzo.

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-Ok, como digas, voy a cambiarme y te espero abajo… ¿qué te parece si vamos a
tomar una copa de vino antes?
-Claro, lo que tú digas.
Apenas salió me senté en la duela, en medio de todos los libros que formaban
nuestra biblioteca. Los tomaba en mis manos e iba leyendo sus títulos. Conforme los
iba descartando los apilaba a mi lado derecho. Así estuve por un momento hasta que
comprendí que si hubiera estado lo hubiera reconocido, como lo hace un padre a un
hijo en medio de una multitud.
Me levanté y dejé mi mirada clavada en el librero vacío, moví mi cabeza en negación,
de una forma apenas perceptible, pensé en cómo había logrado vaciar todo ese
inmenso espacio, pensé en cómo la vida había jugado conmigo por segunda ocasión,
primero con Megan y ahora con mi razón de ser, mi profesión.
-¡Amor!- era Mía quien de nuevo había estado observándome y yo ensimismado en
mi búsqueda no me había percatado de ello.
-Sí- contesté apenado.
-¡Vamos amor… deja así por favor!
-Ok…
-Por cierto tus libros los pasé al privado de abajo. Ahí los acomodé por si los
necesitas.
Mi corazón latió fuerte, se aceleró al escuchar sus palabras.
-¿Mis qué?
-Tus libros amor. ¡Apúrate para que no se haga tarde!
-Gracias, voy en un minuto- le dije sin voltear a verla, en mi cara había una sonrisa,
después de tantos cosas adversas había una porque dibujarla nuevamente.

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