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CONTEXTO HISTÓRICO

Oliver León, Antonio

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ÍNDICE Introducción……………………………………………………………..…3 Prolegómenos a la Guerra Civil (elecciones de febrero de 1936-golpe de estado de julio de 1936………………………………………………….….5 La sublevación………………………………………………………….…10 La ciudad inquieta (Málaga febrero)…………………………………..….12 Julio de 1936………………………………………………...……………14 ¿Y en el resto de España?............................................................................23 Febrero de 1937. El fin de la Málaga republicana……………………..…27 Málaga-Almería. El éxodo malagueño……………………………………39 La represión como elemento histórico conformador de la dictadura de Franco. Historia de una dictadura…………………………………………40 El éxito del anarquismo en la España republicana………………..………52 La periodización de la dictadura de Franco………………………………63 Análisis de las bases del franquismo como dictadura y elemento represor…………………………………………………………….……..74 Bibliografía…………………………………………………………….…97

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CONTEXTO HISTÓRICO DEL CEMENTERIO DE SAN RAFAEL.

Introducción Cuando en 1867 se realiza la primera inhumación en el segundo cementerio de Málaga, nadie podía imaginar que este recinto funerario se convertiría, setenta años más tarde, en un espacio donde se cometería uno de los crímenes contra la humanidad más importantes, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo, de la historia reciente de España. El cementerio de San Rafael no pasará a la historia memorística como el lugar tradicional donde se enterraban los malagueños, sino como el entorno donde miles de ciudadanos fueron ejecutados por el mero hecho de posicionarse en las coordenadas políticoculturales que sus conciencias les dictaminaban. Los trabajos arqueológicos dirigidos por Sebastián Fernández y Andrés Fernández, junto a la labor investigadora llevada a cabo por Francisco Espinosa, han permitido elaborar una síntesis sobre la memoria histórica de Málaga, difícil de imaginar tras la temerosa y sutil llegada de la democracia a nuestro país. La ley de la Memoria Histórica permitió que un animoso equipo compuesto por los hijos de la represión, entre los que podemos destacar por su dinamismo a José Dorado y al ya citado Francisco Espinosa, junto a un numeroso grupo de silenciosos, que no silenciados, familiares de las víctimas de la represión, iniciaran un lento proceso que llevara a la dignificación de la memoria material e individual de aquellos que fueron fusilados junto a las fríos muros del cementerio de San Rafael. Bien definido el objeto y el fin de este contexto histórico, que no es otro que la represión y la personificación de todos los elementos que la componen, nos vemos en la necesidad de explicar cuál ha sido la metodología a seguir a la hora de elaborar este contexto histórico tan particular. No es nuestra intención realizar una síntesis monográfica de la dinámica de la represión franquista en Málaga. Nuestros presupuestos se basan en la plasmación escrita del marco donde ésta se llevó a cabo. Sería redundante detenernos en las coordenadas espaciotemporales1, tan importantes por otro
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Málaga, 7 de febrero de 19373

lado para la labor del investigador, por lo que el encuadre que hemos realizado estará acotado por los fenómenos políticoculturales de la sociedad española del segundo tercio del siglo XX. Para ello hemos optado por la metodología de consultar todas aquellas fuentes operativas de las que dispone el historiador. En nuestro caso hemos conseguido aunar los datos que nos proporcionan los archivos con los que la arqueología nos ha mostrado. Efectivamente, nuestra satisfacción ante los datos obtenidos refleja el éxito de los trabajos que se han podido llevar a cabo gracias a la confluencia en un mismo punto de todos los componentes sociales involucrados. En cuanto a la redacción del contexto histórico de la represión llevada a cabo en Málaga, hemos creído conveniente analizar el mayor número de trabajos monográficos realizados con el objetivo de realizar un movimiento aproximativo a la realidad de los acontecimientos. La ambición del proyecto y la capacidad del equipo técnico han sido los dos contrapesos de una balanza, cuyos ejes ha sido perfectamente engrasados tanto por los familiares y la asociación a la que pertenecen como por el apoyo de todas las instituciones comprometidas con el proceso de exhumación, dignificación y recuperación de la memoria histórica. De aquí que hayamos utilizado los estudios realizados por el mejor elenco de historiadores contemporaneistas especializados en la guerra civil en general y en el conflicto bélico en Málaga en particular. Los datos obtenidos en la fase de investigación archivística junto a los informes dl equipo técnico de arqueólogos nos han proporcionado la capacidad suficiente para corroborar lo cierto, rehusar lo falso y criticar lo ambiguo.

A todos aquellos que murieron para que seamos lo que somos.

Antonio Oliver León

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Prolegómenos a la Guerra Civil (elecciones de febrero de 1936-golpe de Estado de julio de 1936).

Ante la escalada de los fascismos en Europa, y el caso español no será diferente, la política a seguir pasaría por el establecimiento de Frentes Populares, es decir, la coalición entre los partidos proletarios y los representantes políticos de las clases medias o, lo que es lo mismo, la alianza entre socialistas y comunistas con la burguesía liberal antifascista frente al enemigo común. No podemos obviar la presencia del anarcosindicalismo como elemento conformador de esta asociación que pugnaba por la institucionalización y reforzamiento de la democracia frente a un fascismo bien asentado en Europa. Es en este marco donde las fuerzas republicano-socialistas, junto a otros grupos de izquierdas y gran parte de las agrupaciones progresistas, se reagrupan en el Frente Popular, coalición vencedora de las elecciones de febrero de 1936. Estas elecciones vinieron marcadas por un alto índice de participación (72% en la primera vuelta) frente a los datos de 1933, fecha en la que el voto anarquista estuvo ausente. Los resultados de las mismas continúan en el ámbito de la controversia debido, en cierto modo, a las distintas interpretaciones que se vienen realizando de los datos porcentuales. Sirvan como ejemplo las estimaciones de Javier Tusell, el cual otorga un 47,1 por ciento de votos a la izquierda, un 45,6 a la derecha y un exiguo pero significativo 5,3 al centro, y las de J.J. Linz y A. de Miguel quienes calculan, respectivamente, un 42,9, un 30,4 y un 21,1 por ciento para las tres opciones. No obstante, el Frente Popular obtenía una amplia mayoría mientras que la CEDA se convertía en un grupo en la oposición con escasa capacidad operativa y los radicales veían como su hundimiento era inevitable. Los escaños quedaron repartidos tal y como nos indica la siguiente relación:

Socialistas……………………..99 CEDA…………………..……..88
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Izquierda Republicana.………..…………87 Unión Republicana……………..….....39 Izquierda Catalana……………………….36 Comunistas……………………17 Centristas……………………...16 Bloque Nacional………………………12 Lliga Catalana………………………12 Agrarios………………………11 Nacionalistas Vascos…………………………10 Tradicionalistas………………..10 Progresistas……………………. 6 Radicales………………………. 5 Republicanos Conservadores………………… 3 Independencia Derecha……………………….. 3 Otros…………………………..19 Total………………………… 473 El mapa resultante de las elecciones quedaría tal y como muestra la lámina número 1.

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Lámina 1: Mapa de los resultados de las elecciones de 1936 En teoría, el giro parlamentario, respecto a las anteriores elecciones, según los porcentajes proporcionados por Gil Pecharromán, era espectacular: 278 escaños para el Frente Popular (58,7 por ciento), frente a 124 de la derecha (26,2) y 51 del centro (10,7). Con estos datos y realizando un análisis de la evolución parlamentaria de la Segunda República no podemos concluir que se produjera una ruptura radical del clima de convivencia civil. Durante los primeros meses de gobierno del Frente Popular, la actividad legislativa y ejecutiva alcanzó la magnitud necesaria para hacer factibles las promesas electorales: amnistía de 30.000 presos políticos, puesta en vigor del Estatuto de Cataluña y aplicación de la Ley autonómica de Contratos de Cultivo, restauración de los proyectos reformistas alterados durante el segundo bienio, Decreto por el que se estipulaba la readmisión de los trabajadores despedidos por causas políticas… No obstante, el Frente Popular hubo de enfrentarse a las actuaciones de aquellos mismos colectivos que le habían votado. De ahí que el tema agrario fuera prioritario. A los pocos días de las elecciones, los campesinos andaluces y extremeños se lanzaron a ocupar las fincas de las que habían sido desalojados el invierno anterior, mientras que el gobierno se apresuraba a ampliar la extensión de tierras disponibles expropiando con indemnizaciones fincas declaradas de utilidad pública según quedaba estipulado en la Ley Velayos. Sirva como dato explicativo el asentamiento de 71.919 campesinos, entre los meses de marzo y junio, sobre unas 232.000 hectáreas extremeñas. Por otro lado, el ministerio de Guerra, con el general Masquelet a la cabeza, volvía a la línea reformista del primer bienio y realizaba una serie de reformas entre las que se encontraba una combinación de mandos que intentaba alejar a los generales más proclives al golpismo de los centros de poder: Goded, en Baleares; Franco, en Canarias y Mola en Pamplona. Otros, como Villegas, Orgaz, Fanjul y Saliquet quedaron disponibles y el vencedor de la revuelta asturiana, López Ochoa, ingresaba en prisión. Poco más pudo hacer el Gobierno de Azaña en los tres meses en que desarrolló su actividad. El Estatuto vasco iniciaba su recorrido legislativo y se convocaba el referéndum sobre el gallego. En cuanto a la política
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religiosa, la legislación volvía a aplicarse con todo rigor, lo que vaticinaba duros enfrentamientos con la Iglesia Católica. El 3 de abril de 1936, constituidas las Cortes, Alcalá Zamora era destituido y Martínez Barrios asumía de forma interina la Presidencia iniciando un proceso sustitutorio, el cual concluiría el 27 de abril con la proclamación de Azaña como nuevo presidente de la Segunda República formando, Casares Quiroga, el nuevo Gobierno. Las causas de la Guerra Civil adquieren tal grado de complejidad que aquí si apenas podemos realizar un somero, pero sintético, esbozo. Sería reduccionista el aplicar nombres propios como motivo único del inicio de la revuelta. En cambio, sí está claro que el proceso de destrucción de la convivencia social en España fue personificado por una serie de agentes cuya evolución durante los primeros meses de 1936 influyó de forma definitiva en la conformación de los dos bandos beligerantes. Por un lado, el Pleno Nacional de la FAI rechazaba la política obrera de alianza con la burguesía y adoptaba la proclama de insurrección para la conquista de la riqueza social. Los anarquistas se preparaban para la guerra ante el avance de los fascismos movilizando a los trabajadores y creando Comités de Preparación Revolucionaria. La CNT se organizaba y se expresaba en las mismas líneas de actuación, invitando a la UGT a que se uniera en una alianza revolucionaria con el fin de destruir completamente el régimen político y social vigente, aspecto que de haberse materializado hubiera supuesto la ruptura del Frente Popular. Por otro lado, la división en el seno del socialismo entre los seguidores centristas de Prieto y los más radicales de Caballero, que durante la primavera de 1936 llegó al enfrentamiento físico entre ambas facciones, facilitó las tácticas de aproximación del PCE con toda la carga ideológica que eso conllevaba. En el lado opuesto, la CEDA permanecía expectante y no daba muestras de iniciar un proceso desestabilizador. En cambio, la extrema derecha comenzaba a expresar sus intenciones de ruptura con el orden constitucional. Calvo Sotelo se erigía en el perro de presa parlamentario y sus enfrentamientos verbales con los diputados de izquierdas afectaron en el ánimo de la opinión pública mientras que los carlistas comenzaron a movilizarse en espera de un más que posible alzamiento armado.
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Los más beneficiados de la nueva situación fueron los falangistas a pesar de que FE fue una fuerza política marginal en las elecciones de febrero. Precisamente, el triunfo del Frente Popular propició una avalancha inesperada de afiliaciones, provenientes de miembros de los partidos conservadores que habían demostrado un alto grado de inoperancia y laxitud. Los falangistas no dudaron en sumarse a la escalada de violencia que se había iniciado tras los acontecimientos de febrero lo que llevó a que el Gobierno no dudara en separar a la FE de la vida pública y encarcelar a su máximo dirigente, Primo de Rivera. De esta forma, la violencia se convertía en el aspecto más destacado de la vida nacional entre los meses de febrero y julio de 1936, siendo ésta una de las causas que contribuyeron al desarrollo de la opción golpista de la derecha. Incidentes de todo tipo se materializaron en el miedo y el odio entre las distintas facciones, imposibilitando el proceso de una vida política normalizada. Los atentados contra Jiménez de Asúa y Largo Caballero o las muertes del jefe de policía de la Generalitat, Badía, del capitán Faraudo y del alférez Reyes, fueron atribuidos a pistoleros fascistas y provocaron represalias que alcanzaron tanto a empresarios y militantes de partidos derechistas como a locales y periódicos de las agrupaciones opositoras. Mientras, las manifestaciones violentas anticlericales volvieron a hacer acto presencia en la vida política y social de España. El incendio de más de un centenar de iglesias incrementaba la animadversión del clero hacia el régimen constituido agudizando entre los católicos el espíritu de cruzada, que tanta trascendencia tendría durante el desarrollo de la guerra civil. El mundo laboral no quedaría al margen de este proceso de ruptura social. Los enfrentamientos entre patronal y sindicatos se materializarían en forma de huelgas y graves alteraciones del orden público. En el campo, los grandes propietarios optaron por la paralización de la actividad agrícola antes de sucumbir a las estipulaciones de la reforma agraria. La respuesta de los jornaleros fue a veces violenta dando pie a incidentes sangrientos, como los de Yeste en la provincia de Albacete, donde a finales de mayo la Guardia Civil dio muerte a 17 campesinos que pretendían recoger madera en una finca particular. El Gobierno de Azaña y Casares se vio desbordado por la sucesión de acontecimientos. En un principio actuó con dureza pero decidirse por una dictadura republicana habría supuesto clausurar el proyecto democrático
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que representaba la Segunda República. Existía, además, el temor de que un refuerzo de los resortes de autoridad condujese hasta la proclamación del estado de guerra, lo que equivaldría a poner el futuro de la República en manos de unas Fuerzas Armadas de fidelidad más que dudosa.

La sublevación

En la conspiración contra el Gobierno de la República concurrieron dos procesos insurreccionales bien diferenciados. El primero consistía en una trama cívico-militar caracterizada por una base ideológica promonárquica y que había conducido la trama golpista de agosto de 1932, la cual se había mantenido de forma latente hasta julio de 1936. El segundo, con las connotaciones características de una iniciativa castrense, carecía de unos presupuestos ideológicos y tan solo respondía a la necesidad de establecer un nuevo orden social bajo el mando de una cúpula militar superpuesta a los elementos civiles progolpistas. Está fuera de todo tipo de dudas el hecho de que la trama militar fue la preponderante en el inicio de la sublevación, quedando la opción cívico-militar relegada en toda su magnitud. No obstante, y con el tiempo, los militares se avendrían a dar mayor protagonismo a organizaciones con una base ideológica estructurada, como es el caso de la Iglesia y de los partidos derechistas. Tras la victoria del Frente Popular, muchos militares indecisos optaron por la vía del golpismo como la solución apropiada al avance de la izquierda. Durante varios días, España vivió al borde de una intervención militar e, incluso, Franco pidió apoyo al inspector general de la Guardia Civil, el general Pozas, para implantar el estado de guerra. Fue a partir de entonces cuando se sucedieron los contactos entre los altos mandos, que culminaron con una reunión el 8 de marzo en Madrid, en la que se decidió derribar al Gobierno constitucional. Los convocantes tomaron la decisión de iniciar un pronunciamiento coordinado por una Junta Militar presidia por Sanjurjo desde el exilio y compuesta por los generales Mola, Franco, Goded, Saliquet, Fanjul, Ponte, Orgaz y Varela. Los conspiradores determinaron el 20 de abril como la fecha para el golpe, pero las inesperadas detenciones de Orgaz y Varela obligaron a posponerlo.

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El Gobierno frentepopulista reaccionó alejando de los centros de poder a los generales díscolos. De esta forma, Goded fue destinado a Baleares, Franco a Canarias y Mola, cerebro de la conspiración, a Pamplona. En la capital navarra, el general Mola entró en contacto con los carlistas, quienes ya habían creado su propia Junta Suprema y se armaban en espera de acontecimientos. La trama había sido urdida por Mola quien, a través de una serie de instrucciones reservadas, se atrajo el apoyo de generales como Queipo de Llano y de las guarniciones que estaban a su mando. Todos estos movimientos fueron denunciados desde el interior del ejército a través de miembros de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA). Por su parte, la prensa se hacía eco de los rumores y las organizaciones obreras preparaban la movilización de sus militantes. Toda esta avalancha de acontecimientos no fue suficiente como para hacer reaccionar a Casares Quiroga, cuya indolencia permitiría que la trama golpista llegara a materializarse. A mediados de julio, todo estaba preparado. Las milicias tradicionalistas y falangistas se encontraban operativas y a disposición de los insurrectos. La planificación del golpe contenía un levantamiento generalizado de las fuerzas militares, empezando por las de Marruecos, que implementarían el estado de guerra en todas y cada una de las demarcaciones. El general Mola, desde el norte, dirigiría sus tropas a Madrid, donde contaría con el éxito de la sublevación de Villegas -luego sustituido por Fanjul- aspecto que no llegó a la conclusión esperada. Mientras, Franco avanzaría con los ejércitos de Marruecos desde el sur, en caso de necesidad, y como apoyo a una operación diseñada según los principios de la tenaza. Luego, Sanjurjo, encabezaría un directorio militar que controlaría la situación política hasta que se encontrara el sistema gubernamental sustitutorio de la República. El 12 de julio, sicarios pertenecientes a la falange asesinaban en Madrid al teniente de la fiel Guarda de Asalto, José Castillo, mientras que sus compañeros secuestraban y ejecutaban, el día siguiente, a Calvo Sotelo. Este doble asesinato serviría como triste prólogo del inicio de la sublevación militar y, al mismo tiempo, colofón de la segunda, y última, experiencia republicana de la Historia de España.

La ciudad inquieta. (Málaga, febrero -julio de 1936).
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Las elecciones de febrero de 1936 en Málaga fueron un fiel reflejo de lo que ocurría a nivel nacional. Ante la desunión de los partidos de derechas, la izquierda se agrupaba sin dificultad en esa coalición fenomenológica llamada Frente Popular. Esta agrupación política, durante el periodo de campaña electoral, defendió a ultranza el régimen republicano y la legislación de él emanada. El Frente Popular se mostraba como el garante de las reformas del primer bienio y legitimador de la República del 14 de abril. Esta política electoral estaba encaminada al minimalismo o a la adquisición de la confianza popular por medio de la moderación. Los tres grandes presupuestos del Manifiesto electoral estaban constituidos por: a) la importancia de evitar cualquier tipo de confrontación electoral entre los partidos conformantes; b) la necesidad de evitar un reforzamiento de las derechas y, por lo tanto, de aquellas agrupaciones contrarias a la Constitución de la República; c) la prioridad constituyente de un frente común con el objetivo de reinstalar la auténtica República. Por su lado, y siguiendo a Lacomba Avellán, las derechas elaboraron un programa electoral encaminado a realizar duros ataques a las izquierdas, trasmitiendo, al mismo tiempo, un mensaje tradicionalista que apelaba a la mujer malagueña, a los colegios católicos o a los arrendatarios, propietarios y agricultores, entre otros. Para ello no dudaban en utilizar la consabida demagogia conservadora de acusar a los rivales de marxistasleninistas, quienes eran mostrados como enemigos acérrimos de los valores seculares. La campaña de la derecha estaba basada en el miedo que el imaginario popular tenía sobre el advenimiento de la Revolución. Las elecciones de febrero de 1936 en Málaga dieron el triunfo local al Frente Popular. Los escaños quedaron distribuidos tal y como nos muestra la siguiente tabla elaborada por Lacomba Avellán a partir de los datos proporcionados por la IEA: PSOE……………………….….4 Izquierda republicana………………...….3 Unión republicana……………...…..…2
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Comunista………………..……1 CEDA……………..……………1 Progresistas……………………1 Es decir, la izquierda republicana obtenía diez escaños frente a los dos del centro y la derecha. La derrota de la CEDA era evidente al tiempo que la ruptura de la anterior alianza entre la izquierda y el centro se manifestaba de forma insalvable. A estos datos hay que añadir que el índice de abstención no fue significativo ya que ejercieron su derecho al voto 215.488 electores malagueños de un censo de 330.035, lo que supone un 34,71 por ciento de votos no emitidos frente al 37, 77 por ciento del total andaluz. Si a este percentil especificamos que en las elecciones de 1933 se registró un 49,1 por ciento de abstenciones cabe señalar que el éxito, en cuanto a ratio participativo, fue indiscutible. Respecto a los datos porcentuales por demarcaciones, los electores de la capital supusieron un 79,5 por ciento frente al 62,2 por ciento de la provincia. Esta cuantificación quedó reflejada, de forma nominativa, en las siguientes personas: PSOE………………………..Luis Dorado Luque, A. Fernández Bolaños, Vicente Sarmientos Ruiz y Antonio Acuña Carballar. Izquierda Republicana………...………Luis Velasco Damas, Emilio Baena Medina y Federico Casamayor Toscano. Unión Republicana…………………..E. Frapolli Ruiz de la Herrán y Federico Alva Varela. PCE………………...….Cayetano Bolívar. Progresista…………………José María Roldán Lafuente. CEDA…………………Bernardo Laude Álvarez. En datos porcentuales, el Frente Popular en Málaga arrasó, literalmente, en las elecciones de febrero de 1936 si los comparamos con los informes proporcionados por Javier Tusell respecto a los resultados a nivel nacional. Si en España el Frente Popular obtenía el 47,1 por ciento, en Málaga conseguía un más que significativo 83,3 por ciento. En cambio, la derecha fue la gran derrotada en Málaga ya que del 45,6 % obtenido en las elecciones nacionales conseguía un exiguo 8,3 por ciento para la provincia
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de Málaga, mismo porcentaje que el centro político. Si comparamos los resultados de 1936 con los de 1933, y estos con los de 1931, los votantes malagueños volvían a legitimar las propuestas del primer bienio, si bien el repartimiento de escaños en el segundo bienio vino proporcionado por el alto índice de abstención. Los datos elaborados por Javier Tusell, los cuales sirven para la realización de las tablas estadísticas del IAE, indican un claro aletargamiento en el ánimo político de los malagueños en el periodo en que la izquierda española fue derrotada por la coalición de derechas. La experiencia político-laboral y social del segundo bienio hará que la abstención en febrero de 1936 sea un elemento meramente testimonial. Mientras que en el conjunto de la nación los resultados electorales no mostraban una ruptura de las relaciones cívicas y de convivencia entre los distintos grupos sociales, los datos de Málaga seguían una dirección contraria. Esta ruptura sociopolítica, marcada por claras divergencias ideológicas, será una de las causas primigenias de los terribles brotes de violencia represiva en la capital andaluza. Julio de 1936 La sublevación auspiciada por parte de la cúpula militar española, donde intervendrán tanto oficiales como jefes y generales (la tropa parece quedar excluida a una mera intervención obligada por cuestiones de mando), producirá un sesgo en Andalucía, materializado en dos territorios bien diferenciados. De un lado, la parte occidental (Córdoba, Sevilla, Cádiz y Huelva más tarde), en donde el levantamiento será triunfante, quedará bajo el gobierno cívico-militar de Queipo de Llano; de otro lado, la Andalucía oriental, que al fracasar el alzamiento militar, excepto en Granada, permanecerá del lado republicano, y gobernado por el Frente Popular, siendo Málaga la punta de lanza geográfica de las provincias andaluzas fieles al orden constitucional. De esta forma, Jaén y Almería quedarán protegidas del avance nacional, en un principio, gracias a la situación espacial de la provincia de Málaga, la cual actuaba como elemento territorial divisor de las comunicaciones entre la Andalucía occidental y Granada. Las tierras de Málaga quedarán envueltas por todos los flancos, excepto el oriental, quedando solamente la carretera Málaga-Almería como única vía de comunicación terrestre que proporcionaba cierto tipo de garantías.
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Antes del golpe de Estado de 1936, Andalucía se inscribía en la Segunda Región Orgánica, cuya sede se encontraba en Sevilla, y comandada por el general Villa Abrille. La marcha triunfal sobre Madrid, ideada por Mola, vendría antecedida por el rápido control de Andalucía. La resistencia malagueña supuso un severo contratiempo para los planes de los golpistas quienes vieron como uno de los pilares del éxito de la sublevación, la rapidez, se venía abajo. Durante los primeros días de este mes, el general Queipo de Llano visitó la capital con el objetivo de asegurar el alineamiento del general Patxot. El almuerzo en el restaurante “La Alegría” serviría de marco sedicionista donde participaron comensales comprometidos como el Capitán Huelin, el Capitán Hernando, el Teniente Coronel Bello Larrube, los Tenientes Segalerva, Ramos Díaz de Vila, González Adame, el Capitán de Asalto Navarro y los Tenientes del mismo Cuerpo, Triviño y Espejo, además del civil Amador García Moyano, representante de Acción Popular. La reunión se repetiría en el Cuarto de Banderas del Campamento Benítez añadiéndose a los anteriores oficiales del Regimiento Vitoria y el Teniente Vega, de la Guardia Civil. Tras el asesinato de Calvo Sotelo, habrá lugar a una nueva convocatoria en el mismo lugar, quedando acuartelada toda la tropa en las instalaciones del campamento. El 18 de julio, la radio comunicaba la sublevación del ejército en Marruecos lo cual provocó la movilización de todos los malagueños. Inmediatamente oficiales como Huelin, Hernando y Segalerva, comprometidos con el golpe, se dirigirán al Gobierno Militar con la intención de instaurar de forma legítima el Estado de Guerra y, de esta forma, aplicar la legislación militar en la vida cotidiana malagueña. La indecisión, y temor a la reacción obrera, del General Patxot fue esencial en el trascurrir de los hechos. Por otro lado, Queipo de Llano ordenaba, vía telefónica, la inmediata proclamación del Estado Marcial de Guerra lo que provocó que el remiso General convocase a los jefes de los acuartelamientos de la ciudad, siendo puestos al día el Coronel Ferrer, el Coronel Gómez Carrión, el Teniente Coronel Carlos Forlán y el Capitán Navarro. El poder civil quedaría, de esta forma, tutelado por los mandos militares, recayendo la titularidad de Gobernador Civil en la persona del Comandante Reviso Pérez y la de Alcalde de Málaga en la del Comandante Méndez García.
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Mientras, a primeras horas de la tarde, el Capitán Huelin junto al Teniente Segalerva y el Alférez Fajardo, partía desde el cuartel de Capuchinos al frente de la 3ª compañía del 1º en dirección a la Comandancia Militar situada en la calle Casa de Capos. Desde allí, y tras incorporarse el Comandante Delgado, se dirigieron al Gobierno Civil con la orden de aplicación del Estado de Guerra bajo el brazo. En cuanto a la reacción de los mandos civiles, estos se reunían en las instalaciones del Gobierno Civil donde acudieron miembros del Frente Popular, dirigentes sindicalistas y los diputados a Cortes. La decisión fue la de controlar los puntos neurálgicos de la ciudad por medio de las tropas y mandos fieles de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil y convertir la sede del Gobierno Civil en un bastión defendido por los militares. El escenario bélico estaba constituido, pues, por las tropas de Huelin con la intención de tomar los edificios gubernamentales y los elementos fieles a la República. El espacio donde se desarrollaron los acontecimientos se enmarcaba en las inmediaciones de la Acera de la Marina y los vecinos fueron testigos de los primeros intercambios de balas entre los contendientes. Los soldados del ejército sublevado fueron rechazados por el fuego de las ametralladoras instaladas en las ventanas de la Aduana mientras que el pueblo hostigaba a las tropas provocando en estas un repliegue inesperado. La Telefónica será otro de los espacios que padecieron el ataque y, en este caso, toma por parte la Guardia Civil sublevada quienes redujeron a los de Asalto que allí se ubicaban por un breve espacio de tiempo ya que la intervención de las tropas gubernamentales facilitó una pronta y efectiva recuperación del estratégico edificio. Tres horas más tarde del inicio de la intervención de las tropas de Huelin, una sección del cuartel de Capuchinos partía con la intención de apoyar a los atrincherados en la calle Larios (14 de Abril) quienes controlaban las inmediaciones por medio de ametralladoras Por un lado, los sublevados padecían el acoso de los vecinos fieles a la República mientras que por otro recibían la ayuda y aportación de víveres por parte de los civiles partidarios de la sublevación. Desde esta posición, el objetivo era el asalto último a la Aduana desde las calles Cortina del Muelle y Císter. La acción de los Guardias de Asalto y de parte de la población hizo que los
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asaltantes hubieran de refugiarse en los jardines colindantes con la Iglesia del Sagrario, desde donde se replegaron a la plaza de Suárez de Figueroa. Los enfrentamientos callejeros provocaron graves incendios en los escenarios donde trascurrieron los enfrentamientos, siendo visible y palpable la huida de los paisanos ante la propagación de las llamas. Al tiempo que el centro urbano de Málaga padecía los efectos destructivos del conflicto bélico-civil, las tropas sublevadas instalaban una pieza de artillería y armamento pesado de la infantería (morteros y ametralladoras) frente al Gobierno Civil. Los objetivos del ejército sublevado era el de garantizar la posesión del estratégico puerto de Málaga como lugar de desembarco de las tropas de Marruecos y, de esta forma, tener asegurado el control de la Andalucía oriental, movimiento que permitiría obtener la “pinza” de levante en el avance hacia Madrid. El fracaso del alzamiento en Málaga vendría determinado por la actitud de tres elementos esenciales. Por un lado, el pueblo malagueño, en su mayoría, que mostró y demostró su fidelidad al orden constitucional establecido; por otro lado, la mayor parte del ejército acuartelado en Málaga, así como la Guardia Civil, a pesar de ser pocos en número, no dudaron en defender la legitimidad de la República y, por último, el poder civil supo mantener la tranquilidad suficiente para, de esta forma, garantizar la continuidad y operatividad del mismo. Prueba de ello será el enfrentamiento entre el Capitán Molino, defensor a ultranza de la legalidad, frente a las amenazas y peticiones de entrega por parte del Capitán Navarro. Mientras, Fernández Vega, Gobernador Civil y miembro de Izquierda Republicana, recibía la llamada del General Patxot quien solicitaba la rendición, petición denegada por el representante del Gobierno en la provincia de Málaga. La tensa situación, alimentada por la determinación de los contendientes, seguros los dos de ser poseedores de la razón, derivó en la solución de la vía parlamentaria. El Teniente Mora será el interlocutor del Gobierno Civil mientras que el Capitán Huelin lo será de parte de las tropas sublevadas. Éste exigirá una entrevista, no exenta de amenazas, con el Gobernador Civil, aspecto que aprovecharía para solicitar la rendición incondicional. La respuesta desde la sede representativa del Gobierno será contundente y contraria a cualquier tipo de rendición. Huelin se retira y da la orden de bombardeo a lo que el Teniente Nespral responderá solicitando
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la orden por escrito de dicha actuación. Al tiempo, el General Pozas destituía al coronel de la Guardia civil, Gómez Carrión, colocando en su puesto al Teniente Coronel Aquilino Porras, evitando que de esta forma dicho cuerpo apoyase a la sublevación. Huelin, al no recibir la orden de bombardeo opta por la única solución posible que no es otra que la retirada a los cuarteles de origen, auspiciada, eso sí, por el mandato del General Patxot. Cuando los soldados vuelven a entrar en las instalaciones del cuartel de Capuchinos, la ciudadanía malagueña clamará el fracaso del alzamiento militar de julio de 1936 en la capital de la provincia andaluza. Al día siguiente, el 19 de julio, el Teniente Mora partía, al mando de una sección de la Guardia de Asalto, la cual había demostrado una lealtad al Gobierno legítimo fuera de toda duda, en dirección al cuartel de Capuchinos donde se encontraban los promotores y participantes de la sublevación en Málaga. Los oficiales rebeldes se entregaron sin oponer resistencia, excepto el Capitán Huelin que en esos momentos se encontraba en su casa. Días más tarde fue detenido para ser fusilado tras haber renegado, no sin antes arrancarse las tres estrellas de seis puntas, a su condición de oficial del ejército. Tras la detención del resto de responsables del alzamiento en Málaga, la Comandancia Militar quedó bajo las órdenes de un suboficial apoyado por Guardias de Asalto y milicias obreras. Controlada, de forma aparente, la situación gran parte del pueblo malagueño saltó a las calles para vitorear el nombre de la República y descargar sus iras sobre edificios emblemáticos y representativos de aquellos sectores que apoyaron el golpe. De esta forma fueron pasto de las llamas los locales de Acción Popular, el “Casinillo”, la “Cosmopolita” y la casa de los Marqueses de Larios, objetivo perpetuo y materialización violenta del odio obrero hacia quien representaba las esencias del Antiguo Régimen y ostentaba el título de principal escollo de la reforma agraria. Misma suerte corrieron la farmacia de Pérez Bryan, los almacenes de Temboury, de Estrada y Romero Raggio. No solo los inmovilizados materiales de titularidad privada fueron objeto de destrucción. Registros como el de la Propiedad de la Plaza de San Francisco, actuación muy significativa por la carga sociopolítica que ello significaba, padecieron igual suerte. Los periódicos afines a la derecha también hubieron de sufrir los saqueos de las masas populares

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enfervorizadas y alentadas por una aparente y temporal victoria sobre los militares sublevados. El conflicto social derivado de los distintos intereses políticos y económicos de los distintos grupos estructurales de Málaga se plasmaron en una intensa actividad callejera. Mientras los fascistas instigaban por medio de acciones violentas encubiertas, los grupos izquierdistas con base popular respondían atacando los intereses materiales de aquellos. El poder gubernamental actuó por medio de detenciones de aquellos elementos provocadores intentando evitar, de esta forma, que la iniciativa popular alcanzase el control de la ciudad. Si bien la intención era la propia que debía ejercer el poder establecido, pronto el control de la situación se le escapó de las manos, entre otras causas por una permisividad derivada de la falta de apoyo de los poderes fácticos. No es de extrañar, pues, que instituciones no gubernamentales, como pudieran ser las agrupaciones sindicales más significativas (UGT, FAI, CNT,…) requisaran vehículos en nombre de la defensa de la República sin que el ejecutivo hiciera nada por impedirlo. En realidad, la descomposición política y el miedo producidos por el Alzamiento atenazaron la capacidad decisoria de un Gobierno sustentado, desde el punto de vista electoral, por grupos de difícil control. Bien es cierto que las organizaciones sindicales representaban a obreros y jornaleros, una masa mayoritaria desde el punto de vista cuantitativo, dispuesta a defender los derechos recién adquiridos ante la posibilidad de perderlos en manos de un gobierno fascista. Las reformas que durante el primer bienio no pudieron implementarse y que ha causa del conservador segundo bienio corrían el peligro de desaparecer, fueron el arma utilizada por el Frente Popular para ganar las elecciones de febrero de 1936. La coyuntura socioeconómica de la provincia se vería favorecida por estos resultados electorales, sobre todo desde el punto de vista de la aplicación de la reforma agraria. Una derrota militar, ya que la política se presentaba como imposible a medio plazo, favorecería una vuelta a la situación anterior al 14 de abril, aspecto innegociable por las necesidades obreras y agrarias además de la consolidación del nuevo concepto de propiedadproducción tan arraigado, a pesar del poco tiempo trascurrido, entre el ideario del pueblo malagueño. Prueba de ello fue la avalancha de grupos de campesinos que, montados en camionetas, “desembarcaron” en la capital con la intención de defender
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hasta el final la integridad republicana. El fervor popular pudo alcanzar el éxtasis ante la imagen de la llegada del crucero “Sánchez Barcaiztegui” con una carga muy significativa: la marinería y los oficiales sublevados en condición de presos. Poco a poco, el protagonismo de las fuerzas institucionales fue perdiendo protagonismo a favor de las organizaciones obreras. La autoridad civil era incapaz de controlar centros tutelados, como la Prisión Provincial, donde los presos se amotinaban y conseguían escapar de forma impune. El orden se fue estableciendo, poco a poco, gracias al incremento de la autoridad gubernamental y a la racionalización de las acciones sindicales. El esfuerzo común por alcanzar cierto grado de normalidad permitió que el abastecimiento de la ciudad no se viera interrumpido. El 22 de julio, Málaga recuperaba la calma gracias al éxito obtenido frente al Alzamiento militar. El Alzamiento militar provocará cambios sustanciales en los órganos de gobierno de las zonas que habían permanecido fieles a la República. No se trata de que éstos desaparecieran sino del solapamiento de nuevas estructuras organizativas y de control formadas por los partidos obreros y los sindicatos. Se trataba de los comités representativos de las fuerzas populares que en Málaga actuarán adquiriendo un protagonismo de primer orden. De esta forma se creará, un día después del Alzamiento, el Comité de Enlace, equiparable y actuando de forma paralela, al Gobierno Civil. De este Comité surgirían una serie de subcomisiones con competencias de asesoramiento y ejecutivas, como es el caso de transportes, subsistencia, guerra, marina y aviación, sanidad, etc. Junto a éste, el Comité de Salud Pública llegará a adquirir una importancia preponderante durante los primeros meses posteriores al levantamiento militar. Estos Comités se encontraron con una problemática inesperada: los grupos descontrolados de ciudadanos que ejercían por cuenta propia las labores de policía y todas aquellas atribuciones relacionadas con el orden público. Por otro lado, los anarquistas no eran reacios a reconocer el poder gubernamental y actuaban de una forma completamente autónoma. Otro de los problemas a los que habrá de hacer frente tanto el Gobierno Civil como el Comité de Enlace será el de los registros domiciliarios
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efectuados por grupos incontrolados. Para ello hubieron de emitirse sendos bandos por los que se prohibían estas actividades ilícitas. No obstante, las milicias armadas estarán permitidas pero supervisadas por los poderes públicos. Con la llegada de Largo Caballero al poder, el Gobierno Civil pasará a manos de los socialistas, siendo el primer Gobernador de esta agrupación Francisco Rodríguez Rodríguez quien intentará basar su política en el control de los grupos arriba mencionados. El fracaso será la nota dominante ya que durante los meses de agosto y septiembre se producirán las famosas “sacas” de la Prisión sin que las autoridades gubernamentales pudieran hacer nada para evitarlo. Los escritos de los funcionarios de prisiones son muy elocuentes al respecto cuando anotan minuciosamente en los expedientes de los presos como las masas populares enardecidas entran en las dependencias carcelarias y extraen de las mismas a aquellos que estiman partidarios del Alzamiento. Los Comités no solo estarán enfocados a la vida política. Sus competencias abarcarán aspectos sociales y económicos como es el caso del Comité de Abastecimiento que organizará la distribución de los productos de primera necesidad entre la población de Málaga. La carestía producida por la marcha del conflicto provocó una preocupante subida de los precios de aquellos productos deficitarios en la provincia. El hambre no tardó en hacer acto de presencia entre los habitantes de la ciudad y la escasez de trigo provocó que el pan blanco fuese un artículo de lujo. Las enfermedades derivadas de la falta de nutrición comenzaron a causar estragos entre la población infantil, siendo este sector demográfico el primero en sufrir los efectos de la guerra. El Comité de Abastecimiento mantenía comedores populares y canalizaba la redistribución de las materias de primera necesidad además de prestar auxilio y asilo a aquellos que huían de las zonas limítrofes con el frente. Para ello, el Comité de Abastecimiento en colaboración con el Comité de Alojamiento demandará, apelando a la condición de hermanos, a los malagueños una actitud solidaria que difícilmente podían cumplir. Estos comités, junto al Comité Permanente de Trabajo serán estructurados según las necesidades. Todos ellos eran dependientes del Comité de Enlace, exceptuando el Comité de Salud Pública que actuaba de
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forma autónoma. Está claro que la degradación, que no vacío, de poder favoreció, debido a causas urgentes y perentorias, la emergencia de estos comités organizativos. A pesar de la permanencia de los poderes gubernamentales ejecutivos los comités, auténticos poderes fácticos, fueron quienes llevaron a cabo la ejecución organizativa de la vida pública. Mientras que el legislativo permanecía inalterado, el poder judicial sufrió una drástica reestructuración, producto de la situación de guerra. Dos órganos, uno emanado de la legalidad institucional y otro derivado de los poderes fácticos ya descritos, fueron los encargados de la administración de justicia. Se trataba de los Tribunales Populares y del Comité de Salud Pública. El Comité de Salud Pública nace como una comisión ejecutiva del Comité de Enlace, siendo un trasunto de los organismos encargados de la política de interior. Conforme avanzaba la guerra, este Comité comenzará a alcanzar tal grado de poder que hasta cierto punto llegará a ensombrecer a su homólogo de Gobierno. Como brazo ejecutor disponía de patrullas armadas con la misión de efectuar las detenciones determinadas por sus miembros. El Comité era quien juzgaba mientras que los patrulleros ejecutaban las decisiones de sus superiores. La historiografía le ha concedido, de forma acientífica, un protagonismo que jamás ostentó. En cambio, los Tribunales Populares fueron una solución emanada desde el Gobierno del país. La idea de Largo Caballero era la de controlar, desde la legalidad, la impartición de justicia desde una óptica imparcial y atenida a derecho. ¿Y en el resto de España? La Guerra Civil española tuvo el dudoso privilegio de poner de moda un país que hasta el momento, en el imaginario europeo, se relacionaba más con lo afroarábigo que con una nación perteneciente a la tradición euroccidental. La prensa y la intelectualidad mundial volvían a poner su mirada en una España que desde la derrota en Cuba no volvía a aparecer en los titulares de la prensa internacional. El motivo de esta vuelta de atención vendría determinado por la participación activa en la misma de potencias como Alemania, Italia o la URSS, dividiendo la opinión internacional en dos
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bandos bien definidos. Voluntarios socialistas, comunistas, liberales, progresistas, anarquistas y fascistas de todo el mundo pisarían suelo patrio para ayudar a sus bandos afines. Del mismo modo, el conflicto civil serviría para que tanto Hitler como Mussolini pusieran en alto las cartas que expresaban sus deseos expansionistas y para que las antiguas potencias hegemónicas, representadas por Inglaterra y Francia, mostraran una clara ineficacia diplomática, al tiempo que una más que evidente incapacidad operativa como gendarmes del mundo occidental. Una amplia nómina de intelectuales de todo el mundo se volcará a favor de la República (Thomas Mann, Faulkner, Gide, Sartre, Einstein), mientras que los poetas más universales lloraban, y poetizaban, la muerte de Federico García Lorca. Los gobiernos europeos miraban para otro lado, temerosos de provocar cualquier tipo de molestia en el ánimo del temido III Reich. Pensaban, equivocadamente, que se trataba de un torpe alzamiento militar, similar a los que acontecían a lo largo del siglo XIX en España. Si comparamos la Guerra Civil de 1936 con el resto de conflictos habidos en territorio español podemos comprobar que ésta supuso un salto cualitativo en cuanto a recursos movilizados y capacidad destructiva, conforme al material bélico utilizado. Fue la primera vez que se hacía empleo del terrorismo sistemático aplicado sobre la población civil, en forma de bombardeos, tanto aéreos como marítimos y terrestres, y represalias aniquiladoras. En cuanto a los daños sufridos en la industria, las infraestructuras y las edificaciones civiles, los efectos de la guerra produjeron un daño difícil de reparar y que costaría varias décadas de esfuerzo para volver a convertir el país en un lugar habitable. La sangría demográfica producida por los efectos del conflicto no tenía antecedentes en ninguna de las guerras civiles occidentales y la recesión económica conllevó a una desestructuración social solo comparable a los peores momentos de la Historia de Europa. En la primera semana del levantamiento estaba claro que los militares habían fracasado en su empresa de apoderarse de España sin una resistencia seria. Como el alzamiento ni triunfa por completo ni se malogra del todo, el país se divide. Esta división político-militar se tradujo en una ruptura social donde los distintos grupos se verán inmersos en una lucha desestructurante. Mientras que los rebeldes se adueñaban de gran parte de la España rural (Castilla la Vieja, Galicia, Aragón y parte de Andalucía), el gobierno
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organizaba y armaba a las asociaciones de trabajadores para que defendieran el resto del país.

Lámina 2. Situación de España tras el alzamiento. Mientras que catorce millones de habitantes poblaban el territorio republicano, once millones lo hacían en solar sublevado. Del lado de la República quedaba la siderometalurgia vasca, asturiana y de Sagunto, las industrias catalanas, la rica agricultura de exportación levantina, el plomo de Linares y el mercurio de Almadén. En cambio, los rebeldes se hacían con los trigales castellanos, el carbón leonés, el ganado gallego, las piritas de Riotinto y los vinos de mesa. Desde el punto de vista económico, la balanza se inclinaba a favor del poder gubernamental y proporcionaba cierta ventaja sobre los militares sublevados. Mientras estuviera inmovilizado el ejército de África, la superioridad militar correspondería al gobierno, que disponía de mayores efectivos en la península y de un claro dominio tanto en el mar como en el aire. Pero, tras el alzamiento, la República recibiría el primer golpe de sus mismos partidarios, lanzados a organizar su propia revolución. Víctima de un cantonalismo generalizado, las fuerzas militares republicanas perdieron un tiempo precioso a la hora de detener el avance rebelde, el cual lo hace al dar un gran golpe de efecto en el momento en que Franco consigue cruzar el estrecho con la ayuda de la aviación alemana y la torpeza de la marina gubernamental. Los ejércitos africanistas consiguieron atravesar

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Extremadura y llegar a las puertas de Madrid, al tiempo que el general Mola tomaba Guipúzcoa. Para que el golpe de Estado triunfara, necesitaba de fuertes apoyos sociales. El alzamiento no se presentó, por parte de los golpistas, como una defensa de la religión sino como la salvación de un país que se encontraba en manos de separatistas y comunistas. No obstante, los militares rebeldes pertenecían a esa cultura española asociada con el catolicismo por lo que la Iglesia no dudó en manifestarse a favor de los sublevados. El anticlericalismo asociado a los movimientos liberales y republicanos hizo que el sector eclesiástico, en su mayoría, optase por la alternativa derechista. La lucha política se disfrazó convenientemente de cruzada religiosa, convirtiendo el movimiento nacional en una empresa cargada de tintes confesionales. Las manifestaciones violentas anticlericales sirvieron de escusa legitimadora a las acciones “salvadoras” de los rebeldes. En los primeros meses de la guerra, eclesiásticos o militantes católicos fueron ejecutados, tras sufrir enormes atrocidades, por parte de bandas descontroladas y siempre al margen de lo dictaminado por el gobierno del Frente Popular. La propaganda golpista utilizó estos actos desproporcionados como argumento legitimador de la toma del poder por parte de los insurrectos, quienes se mostraban como paladines de la fe católica y salvaguardas de las antiguas tradiciones. Ante estos brotes anticlericales emanados del pueblo, el gobierno de la República actuó con excesiva laxitud. En la jefatura del gobierno, Largo Caballero se encontró con el dilema de optar entre milicias armadas proclives a un movimiento revolucionario o por los ejércitos regulares fieles al sistema democrático constituido. En un principio, serán las milicias proletarias quienes rechazarán el ataque de los autoproclamados nacionales sobre Madrid. Dos oficiales, José Miaja y Vicente Rojo serán los artífices de la heroica defensa de la excapital de la República, ya que el gobierno se había trasladado a Valencia con la inevitable intención de ponerse a salvo. Madrid, de esta forma, pasaba a convertirse en el símbolo internacional de la resistencia al fascismo. La elocuencia plasmada por el grito de Dolores Ibarruri, ¡no pasarán!, se convertirá en la consigna propagandística de la Segunda República. La intervención internacional será esencial en el desarrollo del conflicto. Mientras que los nacionales recurrían a la Europa fascista de Hitler y
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Mussolini, los republicanos comprarán armas en París complementando, de esta manera, los suministros de Stalin. A la larga, la ayuda extranjera y la determinación por aunar los grupos insurrectos bajo una misma bandera serán uno de los aspectos más influyentes en la victoria de Franco. No olvidemos que el colectivo derechista estaba integrado por grupos bien diferenciados que solo poseían en común intereses socioeconómicos pero nunca políticos. Recordemos que el frente rebelde estaba apoyado y conformado por tradicionalistas, falangistas, monárquicos y militantes de la CEDA. Perspectivas políticas tan divergentes conseguirán alcanzar un alto grado de cohesión gracias a los triunfos militares y al corporativismo castrense. Para ello, la retórica franquista creó el lema de España, una, grande y libre, expresión elocuente que explicaba uno de los elementos propagandísticos más esenciales en la dinámica golpista: la idea de que el éxito del alzamiento garantizaría la unidad nacional. Este planteamiento ideológico satisfará al imaginario tradicionalista. La conservación y continuidad de la religión católica como confesión institucional, de las costumbres, de las tradiciones y del modo de vida rural, precario desde el punto de vista económico pero acomodaticio desde el espíritu de la resignación, solo podía ser garantizado a partir de una victoria de las fuerzas nacionalistas españolas capaces de agrupar en su interior a los nacionalismos periféricos y eliminar los proyectos federalistas. Octubre de 1936 será una fecha esencial para el desarrollo del franquismo. Ramón Serrano Suñer, cuñado del generalísimo, se convertiría en el encargado de aunar las fuerzas militares con las civiles, encontrando en la falange y en la comunidad tradicionalista los bastiones no castrenses donde asentar las bases de un futuro apoyo social y popular al alzamiento de julio de 1936. El futuro del nuevo Estado español, gobernado y dirigido por un militar, debía de contar con un apoyo político e ideológico bien estructurado. De esta forma, en la primavera de 1937 nacía Falange Española Tradicionalista y de la JONS, ideada como partido único y cauce integrador de un régimen que aborrecía la pluralidad política y sindical. Febrero de 1937. El fin de la Málaga republicana. El éxito del alzamiento en las principales capitales del interior de Andalucía facilitó la estrategia de tenaza de las tropas sublevadas sobre la capital malagueña. La caída de Ronda y Antequera en manos de los nacionales provocó que Málaga solo contara con una vía de comunicación
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con el resto de España. Se trataba de la carretera que unía el litoral de la Costa del Sol con el levante peninsular a través de la provincia de Almería. Al comenzar 1937, la población padecía el acoso casi diario de los bombardeos, añadiendo a las penurias subsistenciales el desgaste moral y anímico que conllevaba un ataque aéreo. Los bombarderos rebeldes arrojaban su carga mortal y destructiva con toda impunidad. La línea defensiva antiaérea instalada en el puerto y Gibralfaro se veía impotente ante el acoso de los aviones y, los milicianos, en un gesto más de rabia que de sentido común, malgastaban sus escasas municiones en disparos al cielo con sus fusiles. Era la materialización de la impotencia instalada en el ánimo de un pueblo dispuesto a vender cara su derrota, que de producirse llevaría a la aniquilación de todos aquellos que aún seguían defendiendo la República. La ciudad no paraba de recibir exiliados de los pueblos que iban cayendo en manos de los sublevados. Sus testimonios eran aterradores y vaticinaban lo que estaba por llegar, es decir, la ejecución sistemática y arbitraria de miles de malagueños. Para estas fechas, el optimismo que generó la heroica defensa de la Aduana se tornaba, paulatinamente, en un temor y desánimo producto de la desorganización y la improvisación. A principios de enero de 1937, la ciudadanía malagueña veía como el avance del ejército rebelde, con todo su potencial armamentístico, era irresistible y los ya mencionados rugidos de los bombarderos causaban un impacto desmoralizador entre la población. En cierto modo, todos sabían que el episodio de la desarticulación y captura de los golpistas en Málaga era algo que ya no volvería a repetirse. El pesimismo se antojaba como una reacción legítima. No obstante, las milicias populares actuaban seguras de su capacidad de detener a las tropas que ejercían el cerco sobre Málaga, inconscientes del grave error que suponía estar bajo una dirección acéfala y el no seguimiento de las directrices gubernamentales. Ahora bien, es cierto que el gobierno de la República no supo reforzar, desde el punto de vista militar, una plaza tan estratégica como Málaga y abandonó a su suerte a los destacamentos allí establecidos. A partir de esta fecha, las milicias populares y el escaso ejército gubernamental allí establecido eran el único escollo pendiente de superar por parte del disciplinado y reforzado, por las fuerzas fascistas europeas, ejército golpista.

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En cierto modo, la creación de estas milicias populares controladas por los sindicatos y las agrupaciones políticas era la única alternativa posible ante la desidia del gobierno de la República. A falta de fuerzas militares suficientes, la clase obrera y rural hubo de reorganizarse de cara a preparar la defensa de la ciudad. En este caso, la iniciativa de la CNT fue esencial y se erigió en la organizadora más activa en el enfrentamiento armado con el enemigo. Este protagonismo de los dirigentes anarquistas propició la eclosión en el entramado económico de la ciudad de una serie de colectividades llevando la teoría bakuniana a una efímera praxis política y económica. Trabajadores del sector secundario y terciario adquirieron la titularidad de empresas en las que otrora figuraban como asalariados por cuenta ajena. No obstante, esta colectivización no pudo librarse de conflictos laborales internos producidos por divergencias de tipo salarial. Lógicamente, aquellos que percibían emolumentos más elevados eran reticentes a admitir una disminución de los mismos a favor del incremento de los más desfavorecidos. De nuevo nos encontramos con un ejemplo de la dificultad que supone compaginar igualdad social con equilibrio económico dentro del marco de las relaciones laborales. No obstante, el intento de igualitarismo económico fue una realidad, pero siempre hubo quien supo aprovecharse de los planteamientos políticos emanados de las organizaciones obreras. Las empresas colectivizadas hubieron de padecer la llegada de elementos no deseados que tenían por objetivo el aprovecharse de la situación ante la falta de un poder civil que dirimiese en las iniciativas y conflictos derivados de la dinámica colectivizadora. Ante la impasividad e inoperatividad de los agentes sociales institucionalizados, los grupos que no estaban bajo ningún tipo de control vieron como sus desmanes y actos violentos podían ser realizados bajo el amparo de la impunidad. De aquí se explica la facilidad con la que estos grupos violentos llevaran a cabo actuaciones ilícitas como las “sacas” de la Prisión Provincial. A cada ataque aéreo, los milicianos respondían con una irrupción en las dependencias carcelarias donde, sin ningún tipo de oposición, excarcelaban a todo aquel que fuera susceptible de merecer la pena capital. Decenas de ejecuciones servirían como pretexto de cara a legitimar y justificar la represión franquista ejercida sobre la ciudadanía malagueña. Cabe destacar que estos actos deleznables jamás fueron equiparables a las ejecuciones que vinieron con posterioridad a la toma de Málaga por parte de los contingentes nacionales. Si bien las ejecuciones
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llevadas a cabo por parte de las milicias republicanas nunca estuvieron refrendadas por los poderes cívico-militares del Gobierno en cambio, los juicios sumarísimos y el resto de praxis golpista tenían el completo apoyo de las instituciones del Gobierno de Burgos. El gobierno de la República no volvió la cara ante los desmanes de los sectores incontrolados, simplemente se vio atenazada ante la consecución de acontecimientos. En cambio, los mandos de los ejércitos vencedores fueron quienes se apoderaron del poder judicial y ejecutivo, abstracción que conllevó a una sistematización represiva. En cuanto a la defensa del territorio por parte de las compañías milicianas, el empuje inicial comenzó a deteriorarse debido a causas estructurales. Al insuficiente equipamiento militar se sumaba una preocupante falta de organización y una más que precaria formación militar, compensadas, toda esta serie de carencias, con un desinteresado arrojo y la valentía característica de aquellos a los que solo les vale la victoria. La falta de disciplina pudo influir de forma negativa en la operatividad de estas compañías de milicianos. El desprecio por la jerarquización del poder conllevó a una ausencia total de disciplina lo que produjo continuos enfrentamientos de competitividades entre los mandos republicanos y las tropas populares. Desde el punto de vista militar, los errores continuos de los contingentes republicanos solo servían para facilitar el avance de las tropas rebeldes. Sirva como ejemplo ilustrativo la dinámica organizativa del batallón Fermín Salvoechea, situada en el frente de Estepona, y compuesta por un gran número de milicianos anarquistas que rechazaban cualquier tipo de jerarquización militar, el cual seguía los dictámenes emanados de sus delegados elegidos por la tropa y las decisiones más importantes se dirimían de forma asamblearia. La suboficialía de este batallón era asignada por puro azar, según relata uno de los miembros de estas milicias, Manuel Sánchez Fuertes, siendo elegido el método de lanzar los galones al aire y asignando el grado a aquel que los recogiera. Continuaba el mes de enero y los ejércitos nacionales proseguían en su avance desde Ronda en dirección a la costa mientras que en los límites colindantes de Cádiz con Málaga, los sublevados se pertrechaban para un ataque inminente. El despliegue militar comenzó a ser impresionante en el momento en que el ejército italiano se disponía a formar parte de la
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ofensiva. El 22 de diciembre de 1937 desembarcaban en Cádiz un contingente de 3.000 soldados procedentes de la Italia de Mussolini, fruto del acuerdo sellado el 6 de diciembre del mismo año en Roma entre el Duce y miembros del Estado Mayor de los rebeldes. El acuerdo no concluía con esta primera aportación de “camisas negras” ya que para enero, el total de soldados italianos con los que contaban los mandos franquistas era de 10.000. Los batallones procedentes del país transalpino estaban perfectamente equipados y contaban con armamento moderno lo que decantaba la balanza a favor de los sublevados. Al otro lado de la línea defensiva, las peticiones de pertrechos militares eran denegadas. La llegada de refuerzos se antojaba imposible y solo el valor del precario ejército popular era el único escollo a salvar por los ejércitos de Franco, quienes supieron aprovechar el decaimiento progresivo de la moral de los milicianos. Hay constancia de numerosas deserciones por parte de mandos republicanos que veían como la indisciplina miliciana era incompatible con los principios de la guerra moderna. Días más tarde, el 11 de enero, los cruceros Canarias y Baleares hicieron su entrada en la bahía de Málaga y se sumaron al bombardeo de la aviación nacionalista. La población civil, aterrada, buscó refugio en los lugares más recónditos y protegidos como pudieran ser los cauces de los arroyos. Mientras, los obuses de los buques de guerra se cebaban con los edificios de la capital ante la ausencia de resistencia por parte del ejército popular y republicano. La desmoralización del pueblo presagiaba un colapso total de la ciudad y una desbandada incontrolada. Al tiempo, las calles de Málaga se vieron inundadas de refugiados provenientes de las poblaciones limítrofes con el frente. El temor a las represalias que ya se venían efectuando ejercía como elemento impulsor de este movimiento migratorio. Los testimonios de los supervivientes son terroríficos y lo que consiguieron huir y ponerse a salvo relatan cómo los fascistas ejecutaban a todo aquel que caía en sus manos tras la toma correspondiente de las poblaciones rendidas. Estas oleadas de refugiados no tuvieron otra opción que improvisar lugares donde subsistir, Jardines, plazas, viviendas abandonadas o derruidas e incluso, la catedral, se convertirán en improvisados espacios residenciales. Durante la noche, los disparos de la “quinta columna” rompían el silencio de la decrépita ciudad. Esta fuerza paramilitar, apostada en los edificios de la Alameda, actuaba como antesala
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de lo que estaba por llegar. Sabotajes y ejecuciones arbitrarias añadían un grado más de desmoralización al deteriorado estado anímico de la población civil. El 14 de enero, las tropas de infantería comandadas por el duque de Sevilla, coronel Borbón, se adentraban en las calles de Estepona mientras una flota de nueve buques prestaba su apoyo desde la costa. Al tiempo, los nacionales iniciaban su avance desde Ronda en dirección al Burgo produciéndose fuertes enfrentamientos entre ambos bandos a la altura del Puerto del Viento. El despliegue de tropas y la exhibición de fuerza parecían ser desproporcionadas teniendo en cuenta lo exiguo de la resistencia ofrecida. Se trataba de una guerra de desgaste en toda su dimensión. Ante el poderío militar de los golpistas, los milicianos solo podían ofrecer su coraje y su valor, armamento insuficiente ante un ejército disciplinado y convenientemente armado. La estrategia a seguir por parte de los insurrectos fue diseñada por el máximo responsable de los ejércitos del sur, el general Gonzalo Queipo de Llano, personaje, cuya competencia como militar y controvertida personalidad, han sido magníficamente descritas por el contemporaneista Antonio Nadal en su obra “La Guerra civil en Málaga”. La carrera de este general, plagada de acontecimientos contradictorios pero tremendamente efectistas, hizo que llegara a ostentar el cargo de Capitán General de Madrid durante la República. De ser un apasionado defensor de la misma pasó a convertirse en uno de los arquitectos y ejecutores del Alzamiento de julio de 1936. Tras el golpe de Estado, Queipo de Llano instaló su cuarte general en Sevilla desde donde, tras una durísima represión, dirigiría las operaciones militares en el sur peninsular. Aparte de por sus actuaciones represivas el general pasará, tristemente, a la historia por sus indescriptibles y famosas charlas radiofónicas, actividad en la que expresaba de forma explícita sus más viles interioridades. A pesar de lo “apasionado y efectista” de sus discursos en Radio Sevilla, el objetivo principal de los mensajes emitidos no era otro que generar el estado de pánico entre la población malagueña. Sus palabras vaticinaban la atroz represión que vendría tras la toma de Málaga el 8 de febrero de 1937. El crucero Canarias, además de servir de apoyo a las tropas de infantería que avanzaban por la costa occidental, fue el lugar elegido por Queipo de Llano desde donde acompañar y dirigir las operaciones de la
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Batalla de Málaga. Su presencia, a bordo del buque, delataba su deseo de convertirse en el conquistador de la Málaga marxista. La vanidad del general no conocía límites y cada uno de sus movimientos estaban enmarcados en una más que estudiada escenografía teatral. De no haber sido por los dictámenes emitidos desde el Cuartel General de los nacionales, que daba prioridad a la toma de Madrid, Málaga hubiera caído con toda seguridad antes de la fecha arriba indicada. No obstante, es necesario reseñar la audacia de los que, a pesar de sus exiguos equipamientos, continuaban ofreciendo una pertinaz resistencia al avance de las tropas insurrectas. Desde las sierras colindantes al litoral, los milicianos hostigaban con continuas incursiones a la infantería del duque de Sevilla, quien se limitaba a ocupar las poblaciones carentes de defensas. Siguiendo la misma estrategia, el coronel Borbón no encontró apenas oposición a la hora de tomar Marbella. Los pinares de Guadalpín y el Pecho de las Cuevas fueron tomados, quedando el suroeste de Marbella controlado por el ejército del duque de Sevilla. Ahora bien, parte de la población marbellí, antes de la ocupación, tuvo tiempo de encontrar refugio en el ámbito rural circundante y, de esta forma, engrosar los conjuntos de milicianos que continuaban impidiendo el avance triunfal de los nacionales. El resto de la población, al igual que todos aquellos que huían de las localidades conquistadas, se dirigía hacia la capital con la idea de que era el lugar donde podían obtener cierto grado de seguridad. Málaga se había convertido en un punto donde confluían las esperanzas de los derrotados. En el imaginario de los habitantes de la costa occidental, la capital costasoleña seguía siendo el símbolo de la resistencia ante el fascismo. En cuanto al frente septentrional, los focos de resistencia milicianos hacían todo lo posible por contener el avance de las tropas insurrectas. El potencial militar de los nacionales se veía contrarrestado por una fuerte resistencia popular. El exiguo equipamiento de los contingentes milicianos se había convertido en un símbolo de la resistencia a ultranza. Conocedores de una derrota segura, el ánimo derivado de la convicción y del miedo hizo que la proclama entre los defensores del orden gubernamental adquiriera una dimensión no esperada por los ejércitos comandados por el duque de Sevilla y el general Queipo de Llano.

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La caída de Alhama de Granada supuso un serio revés para los objetivos republicanos en cuanto a la defensa de Málaga. La victoria obtenida por el coronel Antonio Muñoz en la población que daba acceso a la axarquía, suponía que el frente oriental pasaba a estar controlado por los nacionales, al tiempo que cualquier tipo de operación encaminada a recuperar Granada quedaba totalmente descartada. Las noticias llegaban a la capital por tres vías bien diferenciadas. En primer lugar, los discursos radiofónicos de Queipo de Llano informaban de una realidad no deseada: el avance nacional se presentaba como imparable ante la inoperatividad de las tropas republicanas. Por otro lado, el diario El Popular ofrecía relatos sobre victorias parciales, pero decisivas, con la clara intención de mantener alta la moral de los combatientes, aspecto no conseguido ya que las emisoras internacionales emitían mensajes corroborantes de lo que el general Queipo de Llano iba exponiendo en sus grandilocuentes, pero no por ello menos ciertos, aterradores mensajes. La presencia en Málaga del general del Ejército Sur republicano, Martínez Monje, no hizo sino provocar aún más confusión y apresurar el proceso de retirada de las tropas de los diferentes frentes. Ante la debilidad de la línea defensiva, el general optó por desaparecer del escenario de operaciones, retirándose a la plaza segura de Motril desde donde coordinar las actividades del frente, no sin antes nombrar al coronel Villalba como máximo responsable militar de la defensa de Málaga. La improvisación a la hora de nombrar mandos era un síntoma evidente del desconocimiento que se tenía en Valencia de la situación. Los conflictos de competencias se sucedían y mientras el comisario político organizaba las tropas populares, los mandos gubernamentales intentaban hacer lo mismo con los contingentes regulares. El resultado no podía ser otro que el de una dramática desorganización y la falta de coherencia a la hora de organizar la defensa de la ciudad. Mientras que el gobierno socialista de Largo Caballero, con el general Asensio como subsecretario de Guerra, ejercía las funciones logísticas, el comisariado de Málaga, dirigido por el diputado comunista Cayetano Bolívar, tomaba sus propias decisiones al margen de lo estipulado desde la sede valenciana. Las complicadas relaciones entre comunistas y socialistas se plasmaban en una serie de continuos conflictos que no hacían otra cosa sino debilitar el frente. Las peticiones de refuerzos solicitadas desde Málaga obtenían una respuesta negativa, fruto del
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enfrentamiento entre ambas partes. Con el tiempo, la sensación de abandono se agudizaba y ya nadie creía en la llegada de un ejército bien organizado que salvara a Málaga de la catástrofe que estaba por llegar. El general Mario Roatta y su homólogo Queipo de Llano veían como la vía hacia Málaga quedaba expedita y libre de cualquier resistencia de consideración. Había llegado el momento de la tan esperada demostración final de fuerza. El prestigio de obtener Málaga era una realidad palpable y los ejércitos nacionales se aprestaron a ello. Las tropas italianas iniciaron su avance desde el norte y el noreste de la provincia ocupando las principales vías de acceso a la ciudad, en concreto las que unían Antequera con Almogía, Loja con Colmenar y Alhama de Granada con Vélez Málaga. La presión ejercida por la rapidez de movimientos de los italianos provocaría el desmoronamiento de la resistencia republicana. Los víveres comenzaban a escasear de forma alarmante en la ciudad. El intento de proveer de trigo, bacalao, azúcar y arroz a través del vapor Delfín se vino abajo cuando, tras embarrancar entre Nerja y Torrox fue torpedeado por un submarino de la armada rebelde. A este cúmulo de contrariedades se sumaba el mal estado de la única vía de comunicación con la España republicana. La carretera que unía Málaga con Motril se volvió intransitable debido a una lluvia torrencial, quedando el único acceso a la capital totalmente inutilizada. La capital andaluza volvía, cuatro siglos y medio después, a sufrir el segundo asedio de su historia, y las atrocidades de la postconquista volverían a repetirse. Franco y Fernando V pasarán a los anales de la historia local como los artífices de las dos grandes represiones ejercidas sobre la población malagueña a lo largo de su peregrinar por la Historia. En el otro lado del frente, Queipo de Llano veía como el general Roatta se encontraba en una situación de ventaja para hacer la entrada triunfal en las calles de Málaga. Tras haber tomado los puertos de Zafarraya y Alazores en las sierras orientales, y Boca de Asno cerca del Torcal, la imagen de la ciudad portuaria se aproximaba a pasos agigantados. Por su lado, las tropas nacionales encontraron una inusitada resistencia a la altura de Ojén y Monda, contratiempo que acrecentaría la presión que Queipo de Llano efectuaba sobre el duque de Sevilla. La demanda de premura mostraba el deseo, no exento de vanidad, del general de los ejércitos meridionales por hacerse con la gloria de tan significativa victoria. De ahí
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la orden de tomar con la mayor rapidez posible la estratégica plaza de Fuengirola, aprovechando, para ello, el apoyo de la marina. El 6 de febrero, las tropas nacionales ya eran dueñas de Colmenar, Fuengirola, Almogía y se apostaban a escasos 12 kilómetros de VélezMálaga. El cerco se reducía y solo un estrecho corredor, que partiendo de la ciudad y siguiendo la ruta costera de levante, quedaba como única vía de escape. Mientras, los buques Canarias y Baleares, señoreaban sin oposición por las aguas de la bahía de Málaga. Al día siguiente, toda la capacidad artillera de los ejércitos rebeldes entró en escena. El bombardeo al que se vio sometida la ciudad provenía de tierra, mar y aire mientras las tropas italianas iniciaban su descenso hacia la capital desde Colmenar. El pánico no tardaría en adueñarse del ánimo de una población que ya de por sí vivía atemorizada desde el inicio de la contienda. El temor a la represalia era patente en el espíritu de toda la ciudadanía malagueña y la idea de la huida hacia Almería comenzaba a materializarse en un dramático éxodo. Los primeros en iniciar la retirada fueron los miembros de la plana mayor que comandaba las operaciones militares desde la capital. Tras una intensa reunión, José Villalba (comandante en jefe del ejército del sur), Cayetano Bolívar (comisario comunista delegado de guerra), José Margalef (delegado de la C.N.T.) y Rodrigo Lara (Secretario Provincial del Partido Comunista) tomaban la decisión de instalar el cuartel general lejos del centro del conflicto y señalaban a Nerja como lugar idóneo para ello. La ciudad quedaba abandonada a su suerte y solo el alcalde socialista, Eugenio Entrambasaguas, permanecía fiel a su puesto y a su deber. Desde el Cerro Coronado, los milicianos allí apostados veían como grupos de reconocimiento italianos se aproximaban a la ciudad. El precario sistema defensivo sobre Málaga se derrumbaba, al tiempo que la población se aprestaba a una huida desesperada por la carretera que conducía a Almería. Soldados, milicianos, mujeres, niños, obreros, refugiados, ancianos… es decir, el conjunto de la ciudadanía se aglutinaba en las vías que conducían a ese angosto corredor no controlado por la infantería nacional. Gran parte de la población malagueña inició el éxodo hacia tierras controladas aún por la República mientras otro tanto decidía mantenerse en la ciudad. La angustiosa marcha de los derrotados fue descrita por aquellos que podían contemplarla desde la seguridad de sus mansiones en el Limonar, como era el caso del antiguo cónsul
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norteamericano reconvertido en empresario, Edward Norton, o por el atrevido ojo periodístico de Arthur Koestler. Durante la madrugada del 7 al 8 de febrero, Málaga era una ciudad sin gobierno; las tropas nacionales aún no habían tomado sus calles y, por lo tanto, los edificios institucionales abandonados por las autoridades civiles y militares del gobierno constitucional, se encontraban a la espera de ser ocupados por sus nuevos inquilinos. Fue la primera noche en que las instituciones democráticas malagueñas quedarían sumidas en un profundo sueño que duraría cerca de cuarenta años. La desbandada hacia Almería se inició de forma improvisada. No se trataba de una evacuación organizada por el ejército republicano ni por los contingentes milicianos. Cada individuo y cada familia decidían sobre qué hacer; se trataba, a fin de cuentas, de una cuestión de supervivencia y no de una retirada organizada. El 8 de febrero de 1937, a las 7:30 h. de la mañana, las tropas de infantería italiana y una avanzadilla del general Borbón, con el civil golpista Luis Bolín entre sus filas, hacían su entrada en una Málaga derrotada, abandonada y casi sin resistencia ya que algunos focos de milicianos se negaron a abandonar sus puestos y continuaron con el deber autoimpuesto de defender Málaga hasta el final. El parte de guerra emitido desde el Cuartel General de Salamanca así lo expresaba: …Ejército del Sur: Continuando la brillante operación sobre Málaga, a las 7 horas y 30 minutos del día de hoy atravesaron nuestras tropas el Guadalmedina, entrando en el corazón de Málaga y derrotando al enemigo, que intentaba defender la entrada de la población. Se le cogieron más de doscientos muertos…Por el norte, en arrollador empuje, las columnas procedentes de Antequera y de Loja dominaban el barrio alto de la capital, venciendo la resistencia que el enemigo todavía ofrecía en algunos sectores…A las dos de la tarde, extinguidos todos los focos de resistencia, desfilaron las fuerzas por el centro de la ciudad entre delirantes ovaciones y frenéticos aplausos…El enemigo, derrotado, huía a la desbandada en dirección a Motril, perseguido de cerca por nuestros soldados. En realidad, la caída de Málaga no proporcionaba a los ejércitos nacionales una victoria decisiva sobre la República. Si bien Málaga era uno de los principales enclaves portuarios del sur peninsular, el Gobierno continuaba controlando todo el litoral de levante con los puertos de
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Valencia, Almería, Cartagena y Barcelona. En cuanto a la estructura gubernamental, la pérdida de Málaga supuso el cese del Subsecretario de Guerra, Asensio Torrado, quien fue señalado por los comunistas como máximo responsable de la derrota. Por otro lado, el jefe del Estado Mayor, el general Martínez Cabrera, fue encausado pero finalmente quedó absuelto de los cargos, y al coronel Villalba se le procesó y fue condenado por negligencia. En cuanto a las primeras gestiones administrativas del gobierno franquista, el 9 de febrero el juez Enrique Gómez Rodríguez fue nombrado alcalde de Málaga por parte del Gobernador Civil, García Alted. El nuevo edil estaría acompañado por un equipo gestor compuesto por diez miembros, entre los que se encontraba Pedro Luis Alonso, Juan Temboury y Luis Werner Bolín.

Málaga-Almería. El éxodo malagueño.

Miles de personas, entre las que se encontraban niños, ancianos, mujeres, milicianos, obreros y campesinos no tuvieron otra opción que quedarse en Málaga, y sufrir la represión subsiguiente, o abandonar la ciudad por la única vía posible. El objetivo era adentrarse lo más posible en territorio aún controlado por la República y, de esta forma, ponerse a salvo. El horror de la trágica epopeya vivida por los derrotados aún sigue perviviendo en el consciente e imaginario de los malagueños, no siendo así en el resto de los españoles. Es cierto que este episodio, dramático por sus dimensiones y por la autoría de los ejecutores, sigue siendo desconocido fuera de los límites de la provincia. No obstante, para comprender hasta qué extremo alcanzó la barbarie de los vencedores, es necesario escuchar los testimonios, cada vez menos, de los protagonistas del éxodo y abordar los acontecimientos con las herramientas de la que disponen los historiadores. Una vez efectuada esta labor, al investigador no le que más remedio que frotarse los ojos y preguntarse cómo es posible que un fenómeno de tal magnitud no haya sobrepasado los límites de la historia local. Pero el desconocimiento de la realidad no significa que ésta no haya ocurrido y la huida por la carretera de Almería de miles de personas, la mayor parte civiles, se convertiría en uno de los episodios más triste de la historia de Europa. No vamos a detenernos en relatar los pormenores del
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éxodo, extraordinariamente recopilados y descritos por Majada y Bueno. Solo señalaremos que coincidimos con aquellos, como Lacomba y Nadal, que añaden el número de caídos en la carretera de Almería al total de víctimas de la represión y no como víctimas colaterales del enfrentamiento Bélico. Al fuego de fusilería, artillería y aviación a la que fue sometida la columna de exiliados hay que añadir los proyectiles provenientes de la armada que caboteaba siguiendo el ritmo de la marcha. Fue una masacre en toda regla donde la población apenas si pudo defenderse del ataque proveniente por tierra, mar y aire. Hoy en día aún se desconoce con exactitud el número de personas que murieron en esta trágica huida, dato pendiente de concretar a falta de investigaciones de envergadura al respecto. Lo único cierto es que aquellos que consiguieron llegar a su objetivo lo hicieron tras padecer una de las persecuciones más atroces cometida sobre la población civil española.

La represión como elemento histórico conformador de la dictadura de Franco. Historia de una dictadura.

Uno de los aspectos más desconocidos sobre la represión franquista en Málaga es el número de personas que sucumbieron ante el castigo impuesto por el ejército, autoridades civiles y las fuerzas paramilitares fascistas. En realidad, deberíamos hablar de dos represiones bien diferenciadas. Una, la llevada a cabo por grupos de milicianos sobre miembros de los estratos sociales reaccionarios y progolpistas entre el 18 de julio de 1936, fecha de inicio del alzamiento, y el 8 de febrero de 1937, día en que Málaga es tomada por los ejércitos nacionales. La otra, la realizada por fuerzas mayoritariamente institucionales, como el ejército y representantes políticos radicales que derrocaron la República, sobre la población malagueña. La historiografía revisionista ha intentado demostrar, sin éxito, la existencia de una convergencia entre ambas represiones, equiparando y justificando la segunda como un producto directo de la primera. Para ello apelan a un sentido positivista y naturalista del derecho, justificando de esta manera la represión franquista como un acto de aplicación de los principios generales del derecho de carácter instintivo, no democrático y
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cuasi tribal, propio del mundo rural que prevalecía sobre el urbano en la España de la primera mitad del decenio de los 30. Se trataría de la aplicación bíblica del ojo por ojo, diente por diente pero con modificaciones provenientes de una sociedad tan estancada como la española, es decir: muchos ojos por ojo y muchos dientes por diente. El análisis de la represión franquista sobre la población de Málaga ha sido magníficamente elaborado por el investigador Francisco Espinosa y por el arqueólogo Andrés Fernández. De ahí que este apartado se limite a matizar aspectos conceptuales, ya que los por menores, datos y conclusiones de los investigadores arriba señalados serán expuestos en otra sección de este informe así como en publicaciones posteriores. ¿Franquismo o fascismo? Historia de un calificativo. El término represión franquista se presenta como el más adecuado a la realidad histórica del objeto de nuestro estudio. No obstante, la tendencia a incluir al régimen de Franco dentro de los movimientos fascistas europeos posteriores a la crisis de 1929, provocó denominaciones historiográficas gratuitas como las que comparaban las ejecuciones y política represiva del caudillo con los affaires nacionalsocialistas alemanes y fascistas italianos. Payne y Linz, a pesar de sus divergencias infraestructurales han demostrado la heterogeneidad de los movimientos fascistas en Europa, llegando a la conclusión de que cada espacio territorial generó su propio corpus de principios. Stanley G. Payne, de la Universidad de Wisconsin, ha elaborado una ilustrativa tabla donde se expone, a la hora de definir el significante fascismo, los términos excluyentes del mismo y los aspectos comunes a tener en cuenta a la hora de definir un régimen fascista: A. Las negaciones fascistas: Antiliberalismo Anticomunismo Anticonservadurismo (aunque en el entendimiento de que los grupos fascistas estaban dispuestos a concertar alianzas temporales con grupos de cualquier otro sector, por lo general con la derecha). B. Ideología y objetivos :

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Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario, no basado únicamente en principios y modelos tradicionales. Organización de algún tipo nuevo de estructura económica nacional integrada, regulada y pluriclasista, se llamara nacional corporativa, nacionalsocialista o nacionalsindicalista. El objetivo del imperio o de un cambio radical en la relación de la nación con otras potencias. Defensa específica de un credo idealista y voluntarista, que normalmente implicaba una tentativa de realizar una nueva forma de cultura secular, moderna y autodeterminada C. Estilo y organización. Importancia de la estructura estética de los mítines, los símbolos y la coreografía política, con insistencia en los aspectos románticos y místicos. Tentativa de movilización de las masas, con militarización de las relaciones y el estilo políticos y con el objetivo de una milicia de masas de partido. Evaluación positiva y uso de la violencia, o disposición al uso de ésta. Extrema insistencia en el principio masculino y la dominación masculina, al mismo tiempo que se defendía la visión orgánica de la sociedad. Exaltación de la juventud sobre las otras fases de la vida, con hincapié en el conflicto de generaciones, por lo menos al efectuar la transformación política inicial. Tendencia específica a un estilo de mando personal, autoritario y carismático, tanto si al principio el mando es en cierta medida electivo como si no lo es. ¿Podríamos, con las premisas paynerianas, encuadrar al franquismo dentro de los movimientos fascistas europeos? Un análisis exhaustivo de este planteamiento nos llevaría a una respuesta en sentido negativo pero nunca excluyente. La respuesta a este enigma conceptual vendría dada por la dinámica de los aliados ideológicos del nuevo régimen el cual,
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ante la negación de la existencia de partidos políticos como elementos estructurales del poder, hubo de buscar en el acervo falangista algún tipo de base ideológica que legitimase la permanencia de Franco en el poder. Al menos esto fue lo que ocurrió durante los primeros años de la dictadura, donde la Europa fascista y nacionalsocialista continuaba ejerciendo una inusitada presión sobre las frágiles potencias democráticas. Para comprender la dinámica histórica del fascismo en España es necesario realizar un movimiento retroactivo direccionado hacia las convulsiones políticas de los años veinte, coincidente con lo que estaba ocurriendo en una Europa determinada por las nuevas corrientes culturales y ,a la vez, críticas con la dictadura bursátil. La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) fue una tentativa de autoritarismo moderado pero sin una base ideológica en la que sustentarse. La carencia de una teoría política definida hizo que su gobierno intentara asemejarse más a las soluciones de emergencia decimonónicas que a un modelo innovador en la política española. No se trataba de erradicar el liberalismo económico y social sino de introducir reajustes temporales que lo encauzaran en la dirección conveniente. Como modelo a seguir, Primo de Rivera se sentía atraído por la estética y propuestas populistas del régimen de Mussolini, pero interiorizando un rechazo hacia las soluciones políticas de su partenaire italiano. No obstante, no hubo ninguna tentativa seria de establecer un corporativismo español y solo se estableció un aumento de poder del Consejo de Estado y la integración en el Parlamento de miembros elegidos a partir de sistemas indirectos. Sin embargo, Mussolini considera al régimen de Primo de Rivera como parte del nuevo orden nacionalista y corporativista y, por lo tanto fascista, establecido en la cuenca meridional del Mediterráneo. La debacle de 1930 supuso un serio revés para las aspiraciones supranacionales del líder italiano. La caída del dictador español supuso una radicalización de la democracia popular y de la praxis política, remitiendo a la derecha española a un compás de espera del cual no saldría hasta el triunfo de la CEDA en 1933. La Confederación Española de Derechas Autónomas representaba las líneas corporativistas moderadas con base católica y la legalización
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técnica del autoritarismo. En cuanto a la estética exterior, el partido vencedor de estas elecciones fue capaz de generar su propio movimiento juvenil uniformado, los conocidos como JAP, quienes portaban ciertos talantes de fascistización. El saludo a medias con el brazo derecho y su doblez hacia el pecho simbolizaba las dudas y carencias ideológicas de este grupo de neocamisados. Mientras, la derecha radical en España estaba representada por los carlistas revitalizados gracias a las explosiones de anticlericalismo y los monárquicos alfonsinos que aún creían en el restablecimiento de una monarquía que reimplantase los valores tradicionales. El principal portavoz de la derecha radical española era José Calvo Sotelo, quien obtuvo un escaño parlamentario en las elecciones de 1933, convirtiéndose en el dirigente del partido monárquico Renovación Española. En las semanas anteriores al inicio de la Guerra Civil se convirtió en el principal portavoz de la oposición derechista en el Parlamento, y su asesinato por un grupo de policías izquierdistas probablemente supuso el pistoletazo de salida para el Alzamiento. Por lo tanto, en España la doctrina y las bases del autoritarismo no emergieron del fascismo sino de la derecha radical y moderada. Para Calvo Sotelo, la instauración de una monarquía autoritaria debería estar precedida por un periodo de dictadura militar con una clara función de reajuste social. Para conseguir este objetivo no bastaría una movilización política sino que sería obligatoria la intervención del ejército. El Parlamento sería sustituido por una cámara corporativa indirecta que representase los intereses económicos y sociales para, de esta forma, crear un gobierno fuerte capaz de marcar las directrices de control. Calvo Sotelo sentía devoción por el fascismo de Mussolini e intentó ingresar en la Falange de Madrid en 1934. No obstante, sus objetivos estaban más cercanos a la derecha radical que a los postulados fascistas de Mussolini, Panunzio o los falangistas españoles. Pragmático como pocos, detestaba la idea de la promoción de un partido revolucionario con bases nacionalsindicalistas y toda la demagogia que ello conllevaba. En cambio, prefería recurrir a las élites tradicionales en lugar del populismo miliciano que el fascismo promovía. La ideología defendida por Calvo Sotelo se acercaba más a la estructura y a la política ulterior
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llevada a cabo por Franco que a los postulados revolucionarios que proponían los falangistas fascistizantes. Para entender la introducción del fascismo en España, la figura de Ernesto Giménez Caballero se erige como esencial. Fue catalogado como “el D´Anunzio español” y anunció públicamente su fascismo en 1929, quedando relegado, a pesar de tratarse de un intelectual vanguardista y esteta, del mundillo cultural, mayoritariamente liberal, de la España de los años 30. El Robinson Crusoe literario, como él mismo se denominaba, predicaba un fascismo basado en la cultura católica latina, y lo consideraba como única alternativa a la renovación cultural de Europa. Con esta base programática, Giménez Caballero se oponía al mundo protestante septentrional y, por lo tanto, al nazismo. No obstante, quien creó la primera organización fascista en España, la JONS ( Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista) fue Ramiro Ledesma Ramos, estudiante universitario de matemáticas y filosofía en paro, quien estaba influido por las corrientes fascistas transalpinas. Su proyecto apenas si tuvo relevancia política en el tiempo en que fueron independientes. En 1933, la derecha simpatizante con el ideario fascista movió pieza y supo buscar la financiación suficiente como para permitir un mayor grado de movilización. El triunfo de Hitler en Alemania no pasó desapercibido en España y parece que causó más efecto en la derecha radical que en los camisas españoles. De hecho, cierto sector financiero vasco, posiblemente de tradición carlista, se propuso apoyar de forma económica al corpúsculo de Ledesma, idea que finalmente no fructificó por considerar a la JONS extremadamente radical a pesar de las convergencias ideológicas. Habrá que esperar hasta el otoño de 1933 para que el fascismo español tuviera un dirigente de entidad. José Antonio Primo de Rivera era el hijo mayor del dictador que había regido los destinos de España tras la abdicación alfonsina. Desde el punto de vista ideológico, convergente con el programatismo de Calvo Sotelo, Primo de Rivera evolucionó desde el autoritarismo monárquico hasta una forma más radical del nacionalismo autoritario. José Antonio, a pesar de sus simpatías por el fascismo italiano, no tuvo reparos a la hora de nacionalizar el ideario de Mussolini creando una agrupación política denominada Falange Española, evitando cualquier tipo de referencia a
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nomenclaturas no castellanas. La derecha radical no dudó en desviar parte de sus recursos financieros al nuevo partido provocando la fusión entre las dos entidades fascistas españolas. De esta forma, la JONS quedaba integrada en el organigrama de la FE, surgiendo la agrupación FE de las JONS a principios de 1934. En los dos años siguientes, y de hecho hasta la Guerra Civil, la Falange se distinguió por su insignificancia política y al igual que otras agrupaciones europeas, como la Guardia de Hierro rumana, se basó inicialmente en una clientela estudiantil, pero al contrario de ésta sin ningún sustento social y económico proveniente de las clases medias y bajas. Con el tiempo y las bases bien asentadas, Primo de Rivera llegará a criticar la benevolencia del fascismo italiano, tachándolo de capitalista a causa del exceso de corporativismo. No tardarán los falangistas españoles en hacerse eco de las proclamas de su líder y realizar un giro que les llevaría a ser más fascistas que los pragmáticos de Italia. Frente al universalismo del fascismo italiano, José Antonio propugnaba la inevitabilidad del localismo. A pesar de los puntos en común -autoridad, jerarquía, orden y misticismo- la Falange Española se distanciaba, desde el punto de vista ideológico, del corporativismo de Mussolini. No obstante, en los momentos de mayor dificultad, como cuando la derecha radical dejó de prestar apoyo financiero a la falange, éstos llegaron a entrar en nómina del fascio italiano durante los nueve meses anteriores a la Guerra Civil. Al contrario de otros partidos fascistas, la falange tuvo la suficiente capacidad intelectual como para elaborar un programa político. Se trata de los “Veintisiete Puntos “de 1934 en los que se reflejaba la síntesis del fascismo nacional. Destaca la petición de un Estado sustentado, desde el punto de vista económico, en el nacionalsindicalismo y en el reforzamiento de los mecanismos que garantizasen la propiedad privada. Del mismo modo, el proceso de nacionalización de la banca pasaba por ser un aspecto esencial dentro de estos puntos al igual que cualquier otra actividad crediticia. Sorprende que uno de los apartados haga referencia a la expropiación y al reparto de los latifundios, contradiciendo de esta forma la legitimación propuesta de la propiedad privada. Los Veintisiete Puntos reflejan la ambivalencia del líder falangista. Primo de Rivera era, sin lugar a dudas, el jefe fascista más ambiguo de todos los partidos corporativistas. Su aparente negación de las acciones
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violentas, su escrupulosidad moral derivada de una clara convicción católica le han otorgado cierta aura de humanismo a la hora de ser analizado por parte de sus admiradores postfascista. Después de que Ledesma rompiera con José Antonio, la interrogación que puso al título de sus memorias ¿ Fascismo en España?, parecía sintetizar lo que estaba ocurriendo en la España prefranquista. En las elecciones de 1936, la Falange Española solo obtuvo 44.000 votos, lo que suponía un exiguo 0,7% del escrutinio, porcentaje que otorgaba al partido fascista español el deshonroso último lugar entre sus homólogos europeos. La debilidad del fascismo en España antes de la Guerra Civil vendría explicada por varios factores. La falta de un fuerte sentido de nacionalismo español privaba al fascismo de ese punto clave de atracción. El nacionalismo en España estaba invertido y los movimientos regionales, como el catalán o el vasco, tenían más fuerza que el global del país, estando dirigidos aquellos hacía la desunificación del Estado. Por otro lado, la alternativa multiclasista a la política liberal o izquierdista más evidente y atractiva era el catolicismo político. El fascismo en España contaba con mucho menos apoyo cultural que el centro de Europa donde algunos de los ismos fueron auténticas revoluciones desde el punto de vista estético e intelectual. El vitalismo de finales del siglo XIX no obtuvo acogida dentro de los círculos más intelectuales católicos y de derechas de España, pasando las teorías darwinistas sobre la sociedad de soslayo. Po último, el fascismo en España se encontró con el éxito político de las izquierdas. Ningún país del mundo podía presumir de tener en su Parlamentos tantos diputados progresistas y de izquierdas como las Cortes del decenio de 1930. El socialismo y el anarquismo en España tenían la capacidad de emitir soluciones a los problemas sociales, ante los que el fascismo no podía realizar oferta alguna. El fascismo en España no pudo aprovecharse del colapso político anterior a la Guerra Civil debido a que el Gobierno constitucional supo proscribirlo en la primavera de 1936.A diferencia de Alemania e Italia, la falange española jamás obtuvo una opción práctica de gobierno. El conflicto bélico hizo que los militares fueran los portadores de la capacidad política de la derecha y la decapitación de la élite falangista,
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sumada a la subordinación de ésta a la cúpula militar, provocó que el papel de los fascistas en España pasara a un segundo plano. Franco tomó la lógica decisión, en abril de 1937, de de crear un partido estatal basado en el falangismo. No se trataba de un partido exclusivamente falangista sino en una agrupación sincrética que englobaba a todos los movimientos radicales del país. De esta forma, a los falangistas se les añadían los contingentes carlistas y los miembros de la derecha menos moderada. Los falangistas puros, los camisas viejas, no desempeñaron sino un pequeño papel en el nuevo estado, y sólo ocuparon una minoría de los cargos en el sistema político implantado tras la victoria de los nacionales. Ni siquiera tenían la capacidad de controlar la mayor parte de la administración del nuevo partido estatal, la Falange Española Tradicionalista. Es innegable que el franquismo inicial contenía un importante componente fascista; pero estaba tan limitado en el marco de una estructura derechista, católica y semipluralista que sería más exacto aplicarle la categoría de semifascista. No obstante, los parecidos entre el régimen de Mussolini y el de Franco son más que las diferencias. Ambos hicieron uso de sendos partidos fascistas supeditados al poder unipersonal y en ninguno de los dos casos hicieron uso de ideólogos externos. Si acaso, las aportaciones vinieron de la derecha radical tradicionalista junto a fascistizantes de corte moderado. Entre las diferencias destaca la naturaleza del poder; mientras Franco instauraba un sistema parecido al monárquico, Mussolini hizo lo propio con un republicanismo elitista. Del mismo modo, la forma de entender la política exterior divergía en ambos. La estructura del régimen franquista dependía en cierto modo del contexto internacional. Mientras que Mussolini intentaba un alto grado de autonomía, al menos a partir de 1933 respecto a otras potencias, Franco no tenía ilusiones y sabía que dependía de los acontecimientos. De haber ganado la guerra Hitler, el franquismo se habría radicalizado aún más y no se hubieran llevado a cabo los cambios del segundo franquismo. Debido a la marcha de la Segunda Guerra Mundial a partir de 1942 el régimen comenzó a desplazarse del sentido inicial hacia un régimen autoritario burocrático, corporativista y no movilizado. Este proceso de desfascistización nominal fue llevado a cabo en dos fases. Tras una primera fase, marcada por el desarrollo de la Guerra Civil y el conflicto mundial, se inició otra intermedia que abarcó el periodo
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comprendido entre 1942 y 1957. Lo que quedaba de oposición a Franco dentro de la FET fue despareciendo en 1941-1943. A partir de este trienio, la FET había quedado reducida a un instrumento burocrático que funcionaba como un elemento servil del franquismo, mucho más que el PNF italiano. A pesar de los deseos de Franco de eliminar cualquier tipo de organización política prefirió mantener la FET en activo, pero con un papel secundario, antes de no contar con ningún partido político de carácter estatal. En el decenio de 1950 era más frecuente escuchar hablar del Movimiento Nacional que de la FET, ya que esta designación más abstracta parecía menos ofensiva y agresiva en una Europa occidental donde avanzaba a pasos agigantados la socialdemocracia. A pesar de los 900.000 afiliados, el partido institucional apenas se movilizó y sus integrantes eran más miembros de una lista que activistas políticos. A finales del decenio de 1950 se inició la segunda fase de desfascistización. En 1956, los dirigentes falangistas de la vieja guardia presentaron a Franco una propuesta que constitucionalizaría el control del Movimiento como partido único sobre gran parte de los procedimientos políticos del régimen. Esto tropezó con el veto de los militares y la oposición de la Iglesia española. Franco reaccionó con una mayor despolitización y un aumento del autoritarismo burocrático. Los nuevos ministros vinieron con la vitola de tecnócratas y desmantelaron los restos que aún quedaban de la autarquía nacionalsindicalista. De esta forma España se abría al neoliberalismo económico -que no político- , a las inversiones extranjeras masivas y al turismo. La industrialización, el auge del sector terciario y la decadencia de la España rural del decenio de 1960 se explica, al menos desde el punto de vista político, por el fracaso del nacionalsindicalismo como formato ideológico y pragmático. La oclusión, en 1958, de los Veintisiete Puntos de la Falange y su sustitución por los Diez Principios del Movimiento supuso una vía de progreso impensable una década anterior. Cada cierto tiempo surgían estallidos de movimientos falangistas con la pretensión de readquirir el protagonismo perdido e, incluso, hubo tentativas de generar una “revolución” falangista desde dentro. La nueva situación política y económica en el mundo occidental sirvió de
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retención a las pretensiones tradicionalistas y el nuevo materialismo económico, es decir, el liberalismo democrático imperante en el viejo continente impidió que el régimen quedara estancado en los inicios de su implementación. La era cultural fascista había desaparecido y los intentos de mantener este sistema sociopolítico en España eran del todo anacrónicos y faltos de una base lo suficientemente fuerte como para que fueran tenidos en cuenta. Bien es cierto que el manifiesto antiliberalismo de Franco chocaba de lleno con las nuevas tendencias pero la nueva generación de tecnócratas facilitó la exclusión del falangismo como alternativa al nuevo orden. En abril de 1977, el Movimiento quedó extinguido por completo y, a pesar de incómodos residuos, dejó de ser operativo para siempre. En las elecciones democráticas de ese mismo año, los grupos falangistas no consiguieron superar el 1 % del escrutinio, poco más que en 1936 suponiendo este fracaso electoral el fin de las pretensiones políticas de uno de los partidos fascistas menos congruentes de la Historia Contemporánea de Europa.

El triunfo del anarquismo en la España republicana.

El contexto histórico de la Guerra Civil española, el cual nos sirve para entender la represión franquista en Málaga, no puede ser entendido sin tener en cuenta la dinámica del otro grupo político que no llegó a trascender, desde el punto de vista del protagonismo, en la política posterior a la Guerra. Si algo tienen en común los falangistas y anarquistas españoles es que tuvieron su momento de gloria coincidiendo con el transcurso del conflicto. A la conclusión del mismo, los primeros se convirtieron en meras comparsas del franquismo, y mano ejecutora del mismo en muchos casos, y los segundos dejaron de representar a los grupos opositores, función realizada con inusitado vigor por los militantes del PCE. Para comprender el vitalismo y el amplio seguimiento de los grupos anarquistas en España es necesario realizar un repaso histórico a la evolución de las doctrinas de Bakunin en el territorio español.

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Antes de 1868, las doctrinas revolucionarias socialistas, apenas si tenían seguidores en España. Algunos sectores minoritarios de pequeños intelectuales y artesanos habían sido influenciados por el federalismo y el comunalismo de Proudhon y Fourier. En ese mismo año llegaba a Madrid el diputado y excompañero de Garibaldi, Fanelli, diputado italiano muy influenciado por las doctrinas de Bakunin y que realizó su más intenso activismo en los ferrocarriles italianos. Quizás de aquí venga la tradicional fuerza de los anarquistas en este sector de los transportes. Hoy en día, aún podemos comprobar este fenómeno en la vitalidad que ejerce la C.G.T. en los comités de empresa del entramado ferroviario español. La transmisión del ideario anarquista por parte de Fanelli causó gran impacto entre quienes iba dirigido y para fecha tan temprana como 1873, los seguidores de Bakunin en España superaban los 50.000. En un principio se les conocía por el nombre de “internacionalistas”, para derivar con posterioridad en el de anarquistas tras las rupturas emanadas de la Internacional. Según Hugh Thomas, la nostalgia bakuniana, a semejanza de la de Tolstoi por un mundo campesino anterior a la existencia del Estado moderno, influyó en el imaginario del colectivo rural más básico de la sociedad española. Por lo tanto, no fue de extrañar que entre los campesinos españoles anidara el deseo por la vuelta al mundo rural anterior a la inflexibilidad del Estado moderno. En 1871, el enfrentamiento entre Marx y Bakunin se trasladó a los movimientos revolucionarios españoles provocando igual división. A diferencia de lo que ocurría en Europa, los anarquistas en España prevalecieron sobre los socialistas, quienes por separado fundaron su propio partido. Los primeros prosélitos anarquistas -que eran, sobre todo, tipógrafos, maestros de escuela y estudiantes- iniciaron un deliberada política de educación, orientada en gran parte a los campesinos andaluces, entre los que se encontraba el ruralismo malagueño donde las ideas trasmitidas por las nuevas voces llegaron a calar de tal forma que perduraron durante más de siete décadas. Los militantes anarquistas recorrían los campos andaluces ejerciendo una auténtica labor de misioneros de Bakunin. Organizaron escuelas nocturnas donde enseñaban a los campesinos a leer y a escribir y a llevar una vida lo más naturalista posible. En 1881, cuando los
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sindicatos consiguieron la legalidad, el anarquismo comenzó a establecerse en Barcelona, ciudad en la que habitaban muchos campesinos andaluces que habían emigrado en busca de trabajo. Éstos pensaban que las huelgas radicales y violentas eran el camino hacia la instalación de un régimen basado en las doctrinas bakunianas. Incluso, tras la formación de la C.N.T. en 1911, no existieron fondos como para mantener un estado de huelga continuo ya que se pensaba que la dinámica radical era suficiente como para conseguir sus objetivos revolucionarios. Los trabajadores andaluces, entre los que se encontraban los malagueños, eran demasiado pobres como para contribuir con cotizaciones regulares. Como nota anecdótica, en 1936 la C.N.T. solo disponía de un empleado asalariado. La C.N.T. estaba dividida en dos grupos, aunque esta división nunca fue advertida ni por ellos mismos. Por un lado se encontraban los trabajadores de las ciudades, todos adscritos al sindicalismo, que actuaban delegando en un grupo de obreros para que llevaran a cabo las gestiones necesarias en cuanto a las relaciones con otras agrupaciones obreras de otras fábricas o empresas. Por otro lado estaban los anarquistas rurales, sobre todo de Andalucía, cuya teoría y praxis era la idealización del lugar de residencia, es decir del pueblo, cuyos habitantes colaborarían en la creación de un gobierno autosuficiente. La acepción del término pueblo era excluyente y dejaba fuera de este microuniverso autoconsistente a las clases medias y altas de la sociedad andaluza, quedando catalogadas como forasteras en su propia ciudad. En Andalucía las huelgas conseguían a menudo aumentos salariales, reducciones del horario laboral y mejoras sociales gracias al miedo que tenían los empresarios a perder una mano de obra que escaseaba. En Barcelona, espacio geográfico en el que los acontecimientos confluían con los de tierras andaluzas, los terratenientes sentían los efectos de las largas y sangrientas huelgas. El resultado de estas convulsiones socioeconómicas fue el auge de los movimientos de carácter violento, inclinándose ciertos sectores individualistas del anarquismo hacia nuevas formas de terrorismo, contestado con igual brutalidad, por el bandolerismo empresarial. A principios del siglo XX las organizaciones anarquistas comenzaron a admitir entre sus filas a todo aquel que mostrara animadversión hacia
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las clases burguesas. De esta forma, a los contingentes provenientes del mundo rural y obrero se le añadieron elementos antisociales como lo eran los delincuentes comunes. Este fenómeno se prolongará en el tiempo y veremos, tal y como hemos explicado con anterioridad, como grupos de delincuentes engrosarán algunas de las partidas de milicianos que deambulaban por las calles ejerciendo su particular represión al margen de las instituciones republicanas. En 1927 la F.A.I. en España estaba organizada como un auténtico ejército de choque ideado para provocar la ruptura social y política. Uno de sus presupuestos era que la pistola podía llegar a tener la misma fuerza que la enciclopedia a la hora de conseguir la libertad. Llegaban a tomar al pide la letra todo lo que Bakunin había escrito, incluso la famosa proclama en la que el líder anarquista decía que el nuevo mundo se alcanzaría cuando el último rey fuera ahogado en el interior del último cura. De aquí podemos comprender como los movimientos anticlericales del decenio de 1930 contenían un importante componente anarquista, sustituyendo de esta manera al decimonónico anticlericalismo de los liberales. La justificación de los ataques al estamento eclesiástico había pasado de contener una base económica y política a otra de carácter social. Mientras los liberales del siglo XIX veían a la Iglesia como una rémora a la hora de implementar el liberalismo económico y político en España, los anarquistas consideraban a los clérigos y sus instituciones como uno de los elementos a eliminar antes de alcanzar la nueva estructura social que perseguían. Durante la década de 1930, el movimiento había encontrado un buen dirigente táctico en la persona de Juan García Oliver, el cual había pasado varios años en la cárcel, acusado de actos terroristas, y llegó a ser ministro de Justicia durante la Guerra Civil. Otros dirigentes anarquistas eran la intelectual Federica Montseny, el vidriero Juan Piró y los inseparables Durruti y Ascano. El leonés había llegado a Barcelona durante su infancia donde llegó a trabajar como metalúrgico y conoció a Ascano, camarero y panadero entre otros oficios. El binomio Durruti-Ascano pasará a la historia como una de las expresiones más ilustrativas del uso de la violencia con objetivos políticos. No obstante, los actos terroristas de ambos anarquistas no eran
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indiscriminados y buscaban, entre otras cosas, la eliminación de los elementos más representativos de la sociedad más reaccionaria. No se trata de justificar las acciones de estos peculiares revolucionarios pero es necesario señalar el contexto histórico-intelectual del momento en que llevaron a cabo sus asesinatos para no confundirlos con las acciones arbitrarias de los grupos de delincuentes que más tarde llegarían a engrosar las filas de milicianos. Entre sus atentados más significativos destaca el asesinato del arzobispo de Zaragoza, el atentado contra Alfonso XIII en 1921, el asesinato de una bordadora de Madrid, y el célebre asalto al Banco de España en Gijón. Estos hombres no eran, como ya hemos indicado, delincuentes de derecho común, sino soñadores impulsados por una misión salvadora justificada desde el punto de vista de la ideología en que creían de una forma ciega y apasionada. No es de extrañar que ante esta fuerza arrolladora proveniente de reflexiones intelectuales de personajes de la talla de Bakunin, la burguesía española temblase de miedo. Una masa de casi dos millones de trabajadores estaba dirigida por personajes como los arriba descritos y el temor a la vitalidad del movimiento anarquista hizo que las clases medias iniciaran su propio proceso de autodefensa. En enero de 1937, la República contemplaba con orgullo los éxitos de invierno tras el arrollador inicio del Alzamiento. Málaga, a pesar de su precaria situación, seguía perteneciendo a la geografía republicana y lo que, en ciertos momentos, parecía el fin del Estado constitucional se había transformado en una lucha heroica. Para esta coordenada espaciotemporal los anarquistas iniciaban su lento declive y los comunistas comenzaban a mostrar una mayor capacidad de praxis política y operatividad socioeconómica. El dinamismo y seguridad que exponían los comunistas sirvió para que todo aquel que tuviera ambición de soluciones reales se adscribiera a sus filas en detrimento del sueño violento de los anarquistas. De tal forma, a finales de 1936, el Partido Comunista contaba con 300.000 afiliados, éxito obtenido, en parte, por la defensa, y promesa, de la existencia de la pequeña propiedad privada y, lo que es más importante, su negación de la Revolución y la defensa de la legitimidad. Este fenómeno pudo comprobarse, en su máxima expresión, en la dinámica catalana donde la Generalitat supo contrarrestar el poder de la C.N.T. pero a costa de pagar un alto precio: la disolución del “comité del pan” y del
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racionamiento del mismo supuso una subida de los precios y, por lo tanto, un periodo preocupante de carestía subsistencial. El enfrentamiento entre comunistas y anarquistas era patente en otras ciudades republicanas como es el caso de Valencia, donde la instauración de la capital levantina como sede del gobierno institucional supuso el retroceso de los anarquistas en cuanto al control y gestión de la economía y de la política. Mientras, la U.G.T. supo aprovecharse de la situación para, de esta forma, colocar sus peones en la trama gubernamental. La falta de control, o mejor expresado, el exceso de control de los sindicatos en el sector primario de Valencia llegó a provocar situaciones tan contradictorias como la revuelta de Cullera, donde los campesinos de esta localidad llegaron a pedir ayuda a los nacionales frente a la política económica y de gestión de los sindicatos. No podemos dejar de hacer referencia a lo que mientras estaba ocurriendo en Madrid. En la anterior capital de la República se plasmaba lo que sucedía en el resto del país. El enfrentamiento entre comunistas, anarquistas y los seguidores de Largo Caballero era el fiel reflejo del vacío de poder que había provocado el golpe de Estado. En cambio, los acontecimientos de Málaga rompieron esa dinámica y la emergencia del estado de guerra impidió que las luchas intestinas dentro de la izquierda se materializaran tal y como ocurrió en el resto de las grandes capitales fieles a la República. Para comprender de forma ilustrativa los sucesos, el historiador Hugh Thomas nos realiza una síntesis difícil de superar:

Después de la batalla de la carretera de la Coruña, Kléber opinó que la República debía lanzar un nuevo ataque con las Brigadas Internacionales en vanguardia. Pero en esta cuestión Kléber se enfrentó con la suspicacia que había despertado en Miaja y en otros jefes españoles. Largo Caballero, que ya estaba celoso del prestigio internacional de Pasionaria y de otros comunistas que habían permanecido en Madrid durante el asedio, dedujo que Kléber quería utilizar las Brigadas Internacionales para dar un golpe de Estado Comunista. Los anarquistas de Madrid apoyaban a Miaja y, por tanto, indirectamente, por primera vez a Largo Caballero. Aún así, es posible
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que las ideas de Kléber hubieran triunfado de no haber incurrido en las sospechas de André Marty. Mientras que los comunistas mantenían su campaña contra la colectivización de la tierra, los anarquistas continuaban defendiendo su entera aplicación. No obstante, ninguno de los dos partidos tenía el poder suficiente como para imponer sus propias soluciones. La disputa sobre las ventajas del sistema de milicias o del sistema del ejército seguía siendo el principal motivo de discusión entre los comunistas y los anarquistas. Los oficiales regulares de la República sugerían la creación de brigadas mixtas: una unidad independiente, con su propia artillería, morteros, servicios auxiliares y sanitarios. Este modelo fue apoyado por el Partido Comunista y su aplicación no se hizo esperar. A finales de diciembre de 1937 se publicó un decreto por el que se abolían las milicias y el ejército quedaba reorganizado en este tipo de brigadas. El inspirador de estas medidas fue el general Asensio, apoyado por miembros del antiguo ejército regular como Martín Blázquez. Como era de suponer, los anarquistas no aceptaron estas reformas estructurales dentro del seno del ejército. Equiparaban la formación militar republicana a la nacional sin llegar a entender que cualquier posibilidad de éxito frente al ejército golpista pasaba por una sistemática reestructuración de las fuerzas con el objetivo de regularizar el potencial del ejército gubernamental. Frente al pragmatismo comunista, los anarquistas continuaban exponiendo su idealismo como único armamento legitimo a la hora de ofrecer resistencia al enemigo común. El comité peninsular de la F.A.I. llegó a solicitar la supresión del saludo militar y la institucionalización de consejos de soldados a la hora de tomar decisiones. En esta situación, las milicias anarquistas y de la U.G.T. se negaron a abandonar el tradicional sistema de combate y tuvieron que presenciar actuaciones como la disolución del Quinto Regimiento y el posterior nombramiento de su jefe, Líster, como comandante de la primera brigada mixta. No obstante, estas soluciones llegaban demasiado tarde y el intento de implantar cualquier tipo de disciplina desembocó en un rotundo fracaso. Quizás, la única plaza donde el nuevo sistema llegó a tener cierto grado de operatividad fue Madrid, donde las brigadas mixtas supieron organizarse de tal forma, además de contar con excelente material bélico, que supusieron uno de los grandes escollos del avance de los nacionales. El mítico no pasarán
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se fundamentaría en la conjunción de estrategia, logística, equipamiento y determinación por parte del ejército popular y regular. A Largo Caballero no le quedó más opción que sentir celos de los que se habían quedado en Madrid, en especial de una mujer que por su empuje recibiría el eterno apelativo de Pasionaria, y que tanto éxito popular había conseguido. Mientras, desde la cúpula estalinista, el gobierno de la República recibía mensajes que solicitaban una dinámica moderada y respeto hacia Azaña, la pequeña burguesía, la propiedad privada de los pequeños campesinos y los intereses de los inversores extranjeros. De hecho, la moderación política del Partido Comunista español le llevó a establecer una alianza de trabajo con los republicanos liberales. La política de los republicanos, en la medida que se podía hablar de una política fuera del deseo de ganar la guerra, coincidía bastante con la del Partido Comunista, tanto en las cuestiones estratégicas como en las económicas. De esta forma, Azaña solicitaba, en una de sus escasas apariciones públicas, “una política de guerra…con una sola expresión: disciplina y obediencia al gobierno responsable de la República”. Azaña y los comunistas podían estar de acuerdo al menos en que las reformas sociales y de otro tipo debían esperar a que se consiguiera la victoria. Precisamente, la adopción de esta política dio al Partido Comunista gran parte de su poder. La moderación de los comunistas españoles les proporcionó el apoyo de todas las bases sociales republicanas y de los mandos del ejército regular gubernamental, quienes consideraban a los comunistas como “cuerdos y bien organizados”. Por otro lado, los anarquistas se asombraban ante lo que consideraban un acercamiento premeditado por parte de los comunistas a la burguesía liberal y, por lo tanto, a la democracia burguesa. Santiago Carrillo, en un Congreso Nacional de la Juventud celebrado en Valencia durante el mes de enero, llegó a manifestar que: No somos una juventud marxista. Luchamos por una República parlamentaria y democrática. Esta proclama de Carrillo fue duramente criticada por los sectores más revolucionarios, quienes tildaban al dirigente de las juventudes comunistas de ser un mero charlatán reformista.

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Aún así, los comunistas continuaron en su labor de unificar a todas las izquierdas de la España republicana. Muestra de ello es la cantidad de afiliados comunistas al sindicato U.G.T. buscando, de esta forma, la congregación de ideologías no demasiado dispares. En la primavera de 1937, Largo Caballero continuaba con su intento de suavizar en todas partes el intento revolucionario. Los comités políticos comenzaron a ser sustituidos por consejos municipales y el proyecto de nacionalización de las empresas, tanto extranjeras como nacionales, fue interrumpido desde el ejecutivo. Del mismo modo, el Gobierno hizo todo lo posible para acabar con la dirección colectiva de las fábricas en un intento de normalizar la situación y restablecer el ordenamiento constitucional. La guerra consumía gran parte de los presupuestos generales. Aún así, el gobierno de Largo Caballero fue capaz de invertir en educación la cantidad nada desestimable de ciento cuarenta y tres millones de pesetas frente a los exiguos tres millones invertidos en 1936. Mil nuevas escuelas fueron creadas y 60.000 maestros conformaban el contingente educacional, 23.000 más de los que había en 1931. Los centros creados no solo estaban ideados para el común de la ciudadanía; más de 20.000 milicianos consiguieron salir, gracias a estas medidas, del analfabetismo y de la incultura. Por otro lado, el decreto de octubre de 1936, que legalizaba la expropiación de fincas, y a pesar de las disputas derivadas de la colectivización y la propiedad privada, revolucionó la vida española. Para mayo de 1937, el Instituto de Reforma Agraria se había hecho cargo del 15 % del área total de las tierras españolas (cuatro millones de hectáreas). Para la rentabilización de las mismas se invirtieron ochenta millones de pesetas y se proporcionaron aperos y fertilizantes. Está claro que el dominio de los nacionales sobre los graneros de España provocó que la República invirtiera en el campo, además de llevar a cabo las peticiones de la masa campesina desocupada o temporera. De esta forma, la extensión de tierra cultivada se incrementó en un 6% entre julio de 1936 y octubre de 1937. Para principios de 1937, casi todos los campesinos de la zona republicana eran pequeños propietarios o estaban inscritos en granjas colectivas. Los arrendatarios y los jornaleros dependientes de terratenientes habían desaparecido mientras que la industria incrementaba su producción en un 30%, llegando al 50% aquellas empresas relacionadas con la actividad bélica. En cuanto la sanidad, el número de camas disponibles
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en 1937 se había incrementado en un total de 100.000 respecto a las existentes un año atrás. El sistema sanitario español conocía uno de los momentos de mayor progreso social de toda su historia. La vacunación contra la diftería, la viruela y el tifus fue obligatoria y los centros asistenciales infantiles conocieron un auge sin precedentes. En el campo de la justicia ordinaria, la cual hay que distinguirla de la justicia política, se observó un amplio incremento de la velocidad en que los encausamientos eran resueltos. La figura del anarquista García Oliver, Ministro de Justicia, se encontraba detrás de estos avances jurídicos. El 3 de enero de 1937 pronunció uno de los discursos más sorprendentes que jamás un ministro de justicia haya emitido. Berryer en su obra Red Justice (Londres 1937) cita textualmente las palabras de García Oliver: La justicia -proclamó- ha de ser ardiente, la justicia ha de ser viva, la justicia no puede quedar atada dentro de los estrechos límites de una profesión. No es que despreciemos absolutamente a los libros y a los abogados. Pero la realidad es que había demasiados abogados. Cuando las relaciones entre los hombres lleguen a ser lo que deben, no habrá necesidad de robar ni de matar. Por vez primera, admitimos en España que el criminal común no es un enemigo de la sociedad. Es mucho más exacto decir que es una víctima de la sociedad. ¿Quién puede asegurar que no sería capaz de robar si se viera forzado a ello por la necesidad de comer y de dar de comer a sus hijos? No creáis que estoy haciendo una defensa del robo. Pero el hombre, después de todo, no procede de Dios, sino de su situación, de la bestia. Creo firmemente que la justicia es una cosa tan sutil que para interpretarla hace falta solamente tener corazón. Todo lo que ocurría en el sur tenía su reflejo en el norte. La escena de ejecuciones de presos nacionales tras los bombardeos sobre la ciudad de Málaga tenía su parangón en ciudades como Bilbao. El 4 de enero Bilbao fue bombardeado por nueve Junkers 52, escoltados por Heinkels. Dos de éstos fueron derribados por cazas rusos y dos alemanes se lanzaron en paracaidas. Uno de ellos fue apresado por la multitud y ejecutado en el momento; el otro pudo salvar la vida gracias a un aviador ruso. Mientras, Bilbao enfurecía de rabia, una cólera avivada por el hambre y por la imposibilidad de que los buques mercantes
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pudieran romper el cerco nacional. La ira del pueblo se encauzó hacia las dependencias de las prisiones y los funcionarios de las mismas apenas si podían evitar que las masas populares, apoyadas en este caso por un batallón de la U.G.T. ejecutaran a casi dos centenares de presos. El gobierno vasco actuó con eficacia, consiguiendo detener a estos grupos incontrolados y arrestando a parte de los cabecillas de los mismos. En un intento de reparar el daño causado, el gobierno vasco permitió que los familiares de las víctimas otorgasen un entierro digno a sus caídos. Este acto de justicia y benevolencia por parte de las autoridades no tuvo su contraprestación cuando los ejércitos y los poderes fácticos de los nacionales llevaron a cabo la represión posterior a la toma de los enclaves vencidos. Tal es el caso de Málaga, donde la represión no permitió la honra de los muertos y hasta nuestros días su honor aún no ha sido restituido de forma clara y completa.

La periodización de la dictadura de Franco.

El elemento más peculiar de la dictadura de Franco fue su perduración en el tiempo, al margen de otros elementos diferenciadores respecto a otros regímenes dictatoriales. No es frecuente encontrar en la historia contemporánea de la humanidad un régimen autoritario que se prolongue durante casi cuarenta años. Pero más infrecuente es que este tipo de dictadura sea de índole personal y, por lo tanto, al margen de cualquier tipo de ideología política y económica. Sin embargo, aún hay más, ya que el franquismo pareció adaptarse con el transcurso del tiempo a modelos de dictadura distintos desde un prisma objetivo. Podemos llegar a tener la sensación de que el franquismo fue el único sistema político que, partiendo de unas supuestas bases fascistas, o semifascistas, derivó en un modelo semiliberal. Ahí reside la tradicional dificultad a la hora de definir un régimen como el franquista. Los historiadores del fascismo, como es el caso del ya citado Payne, encuentran como problema esencial que a pesar de que dar una imagen adecuada y válida para un momento determinado de la dictadura, no es válido para toda ella.

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Por ello es imprescindible realizar una periodización del franquismo, aunque los criterios a seguir puedan estar fundamentados en aspectos tan diferentes como la dinámica política interna, las relaciones exteriores, la evolución de la economía o la reestructuración sociocultural. Hoy en día, nadie duda de señalar 1959 como fecha equinoccial a la hora de hacer una primera periodización de la dictadura de Franco. Ester año fue testigo de un cambio fundamental en la política económica gracias al Plan de Estabilización, el cual hizo posible el desarrollo económico posterior. Se estaba produciendo el mayor acontecimiento estructural en la España de la dictadura, que no era otro que el paso de una sociedad rural a otra basada en la industrialización. No obstante, 1959 no fue solo importante por los cambios basados en la política económica sino que fue la fecha en que los movimientos falangistas dejaban de pertenecer al ámbito político de la nación, a pesar de su pertinaz persistencia. Este fenómeno serviría de antecedente a la liviana tolerancia social que se iniciaba en estos momentos. La oposición al régimen había perdido sus premisas actuacionales de las dos décadas anteriores y la actividad guerrillera había quedado ahogada bajo las aguas de la represión y del incipiente aperturismo. Posiblemente, esta fuera una de las causas de la disminución de la represión violenta pero no olvidemos que esta explicación podría ser catalogada de reduccionista por aquellos que la padecieron. Por lo tanto, el análisis y el estudio de la disminución del número de represaliados conforme pasaban los años es un tema aún por estudiar desde una perspectiva científica. No olvidemos que autores del prestigio de Javier Tusell defienden la tesis del inmovilismo por parte de los grupos más radicales de ambos bandos como una de las causas posibles, aunque no la única, de la disminución cuantitativa de la represión. Por otro lado el ejército, sede de grupos opositores a Franco, había quedado completamente supeditado al régimen y los sectores católicos conformaban una oposición inventada. La política exterior había abandonado cualquier tipo de pretensiones imperialistas, si es que alguna vez las tuvo, y se amoldaba con moderación al proceso descolonizador. A pesar de que tradicionalmente 1959 sea considerado el año transitorio del antiguo régimen franquista al nuevo régimen franquista,
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no podemos obviar otras periodizaciones, donde podemos observar cambios fundamentales en la dinámica del modelo dictatorial de Franco. A pesar de que numerosos autores consideran, de forma tradicional, la Guerra Civil española como la primera etapa del franquismo, éste sería un error conceptual; es como si incluyésemos la revolución rusa como una de las etapas del estalinismo, aspecto del todo incorrecto. Franco, durante el conflicto, actuó llevando a cabo una política de guerra, desconocedor de si obtendría la victoria. De ahí que apenas si llevara a cabo tareas institucionalizadoras y que dedicase todo su esfuerzo a la victoria. Quizás ésta fuera una de las causas que facilitaron la consecución de este objetivo, es decir, la inexistencia de instituciones facilitaría la agilidad de un gobierno pensado por y para el derrocamiento de la República a través del alzamiento armado. Por ello sería más adecuado, al menos desde el punto de vista cualitativo y conceptual, establecer 1939 como inicio de la dictadura de Franco y mantener 1975, año de su muerte, como coordenada temporal concluyente. Tras esta introducción pasemos a realizar una sistematización de los diferentes franquismos:

1939-1945:

Este periodo se caracteriza por estar inscrito en la dinámica de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de todo, los acontecimientos internacionales no pueden ser considerados como elemento vertebrador sustancial de la política de Franco. De hecho, a partir de 1941 ya estaba claro que España no formaría parte del conflicto y el falangismo y las luchas internas se establecían como una de las alternativas ideológicas y pragmáticas en cuanto a la dinámica del régimen. El intento de proceso de fascistización ya se había iniciado antes del estallido del Gran Guerra y los supuestos deseos imperialistas pasaban por la simpatía que se sentía hacia los regímenes de Alemania e Italia. La preferencia de Hitler sobre Francia en detrimento de España con la intención de dominar el Mediterráneo occidental supuso que Franco solo hubiera debido de entrar en guerra en caso de que el III Reich se hubiera decantado por la Península Ibérica. Por su parte, los aliados siempre optaron por
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mantener la neutralidad de España evitando cualquier tipo de agresión. Solo la miopía de Franco explica que confiara en la victoria alemana hasta 1944. No obstante, la dinámica bélica influyó en determinados aspectos de la vida nacional, como es el caso del comercio exterior y la economía. Si alguna vez hubo riesgo de falangistización del Nuevo Estado fue en el bienio comprendido entre 1939 y 1941; quizás sea este el momento en el que verdaderamente podríamos hablar de lo que los autores especialistas en la materia denominan como semifascismo (Payne, Linz y Tusell). Fue en este periodo donde se produjo por primera, y única vez, una coyuntura de discrepancia gubernamental que pudo llevar al traste las aspiraciones políticas de Franco (mayo de 1941). La antinomia fundamental se establecía entre los militares, en su mayoría promonárquicos, y las élites falangistas. La reacción del régimen fue la de establecer sus propias prerrogativas sin tener en cuenta los intereses de los grupos de poder adscritos al Régimen. De esta forma, en 1943, fueron creadas las Cortes y se pactó la Ley de Ordenación Universitaria, demostrando que, por estas fechas, Franco y el régimen creado por él mismo se adecuaban mejor a una dictadura tradicional y militar que al totalitarismo. La ucronía de cómo hubiera evolucionado el franquismo si Hitler hubiera ganado la guerra se presenta como un planteamiento difícil de resolver, pero todo parece indicar que Franco hubiera necesitado de todas sus habilidades para sobrevivir, al margen de tener que haber cambiado todos sus conceptos esenciales sobre la vida socioeconómica y política del país.

1945-1951:

Si la situación internacional durante el primer franquismo pudo influir de forma decisiva en la dinámica del mismo, no podemos olvidar que algo similar ocurrió durante la siguiente fase. El historiador Javier Tusell nombra a este periodo con el ilustrativo título de La supervivencia exterior e interior.

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Durante este periodo hubo intentos de justificar la dictadura argumentando una base generada a partir del corporativismo católico. La entrada de Martín Artajo en el equipo de gobierno fue, ante todo, una solución política de cara al exterior. No obstante, no podemos equiparar su irrupción en el entorno del régimen a la de un Serrano Suñer, Carrero o Arresse. Las luchas internas, para esta fase, no pueden equipararse con las acaecidas con anterioridad al triunfo de Franco. Si hubiera que enumerar los poderes fácticos protagonistas del conflicto interno prefranquista, no tendríamos dudas en señalar a las esferas católicas – aunque más clericales, eran proclives a cierto evolucionismo liberizador pero sin alcanzar cotas democráticas- y a los monárquicos, binomio que se situaba frente al rígido posicionamiento de los falangistas y de los presupuestos de Carrero Blanco. La nueva situación, tanto interna como externa, anuló por completo este enfrentamiento, pasando a un plano testimonial las controversias entre los militantes falangistas y los militares pseudomonárquicos. Podemos decir, sin lugar a dudas, que el concepto de nacionalcatolicismo, como elemento aglutinador, fue engendrado a partir de estas desavenencias y no como producto de una ideología preexistente. Lo más inquietante de este movimiento es que tuviera su máxima expresión antes y después de este periodo, a pesar de la carga de artífico y novedad que lo caracterizaban. Por lo tanto, el nacionalcatolicismo pasaba por verdaderos momentos de crisis debido, entre otras causas, a la agobiante presión ejercida desde el exterior. Para el caso malagueño supuso una disminución cuantitativa de las ejecuciones y de los efectos de la represión. Las investigaciones realizadas por el historiador Francisco Espinosa junto a los datos empíricos aportados por el arqueólogo Andrés Fernández demuestran esa ralentización para la provincia de Málaga. Efectivamente, la praxis de fusilamientos masivos llevados a cabo en el cementerio de San Rafael durante la Guerra Civil y el primer franquismo, evolucionará hacia un modelo de ejecuciones que se caracterizará por la disminución del número de represaliados por día pero sin solución de continuidad. Es decir, de los cientos de fusilamientos llevados a cabo en un solo día durante la Guerra Civil se pasará a una disminución cuantitativa, que no cualitativa, a inicios de este segundo franquismo.

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Si hubiera que destacar un fenómeno que caracterizase este periodo sería la agobiante presión sobre la voluntad de permanencia de la dictadura. Esta amenaza procedía de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la amenaza no llegó a ser efectiva tal y como se demuestra en el hecho de que en 1951, Franco recibía el primer crédito de EE.UU y los organismos de la O.N.U. comenzaban a reconocer al régimen. Para esta fecha, la resistencia efectiva al gobierno de Franco ya había sido desmantelada o apenas podía tomarse como una auténtica amenaza. Por un lado, los intentos desesperados de la guerrilla ya se habían agotado y los esfuerzos de Don Juan de Borbón por aglutinar a los sectores conservadores y liberales de España en contra del régimen habían concluido en un fracaso más que manifiesto.

1951-1959:

Este periodo se caracteriza por el consenso de los historiadores a la hora de atribuir una unidad precisa. Quizás se trate del momento más ambiguo de la historia del franquismo y por eso es necesario que nos detengamos en análisis más profundos. Muchos historiadores han visto que la etapa debiera prolongarse hasta un momento posterior, donde el Gobierno fue reestructurado en su totalidad. No obstante, y tras realizar un estudio sistemático de este periodo, veremos cómo los ocho años transcurridos desde 1951 a 1959 serán los del apogeo del régimen franquista. Este intervalo temporal vendrá determinado por el reconocimiento internacional de la dictadura de Franco, auspiciada por su declaración anticomunista y de guardián espiritual de los valores cristianos y, por lo tanto, occidentales. En cuanto a los pactos con los Estados Unidos y la entrada en la ONU, venían a ser una ratificación de la admisión de la España de Franco en los medios internacionales en condición aparente de igualdad. Además, la década de los cincuenta fue el peor momento de la historia de la oposición interna, reducida a su máxima expresión. Para 1956, la solución monárquica había alcanzado su mayor nivel de impotencia y no tuvo otra opción que entrar en la dinámica del colaboracionismo, mientras que los socialistas veían como

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disminuía el número de efectivos a la vez que los republicanos habían dejado de representar una fuerza efectiva. En cuanto a la política interna, nunca el franquismo estuvo tan libre de procesos institucionalizadores. El sentido de unidad se materializaba de tal forma que no podemos encontrar parangón en ninguna otra fase del franquismo. El fracaso de los proyectos constitucionales de Arresse demostró que ya era imposible cualquier victoria de la Falange, mientras que la Ley de Principios fundamentales del Movimiento fue aceptada por todos los sectores afines al régimen de Franco. Respecto a la economía, el Régimen también supo mantener una coherencia interna. Ciertos observadores externos llegaron a la conclusión de que España, bajo Franco, se sumiría en una miseria extrema. Estos analistas basaron sus hipótesis en una supuesta continuidad del mundo rural, por lo que sus planteamientos no eran descabellados. Pero erraron en cuanto a la evolución económica del país ya que el proceso industrializador, iniciado a principios del decenio de 1950, supuso un cambio cualitativo en cuanto al desarrollo económico de la España gobernada por Franco. No obstante, los especialistas en historia económica señalan el bienio comprendido entre 1957 y 1959 como el del inicio de la preestabilización económica y que la estabilización de la misma sería el fenómeno causístico que llevaría al desarrollo, aspecto que se materializaría durante la década de los sesenta. Por lo tanto, el Plan de Estabilización de 1959 puede ser considerado como el evento causante del siguiente periodo.

1959-1964:

Cuando estudiamos los ratios de esta fase, desde la perspectiva occidental del siglo XXI, no podemos dejar de asombrarnos. Este quinquenio conoció un incremento económico de nada menos que del 8,7% anual. Estos datos espectaculares sirvieron de escusa para iniciar un proceso propagandístico que llevó a que la sociedad española llegara a creer en el milagro económico del régimen franquista sin tener en cuenta los aspectos superestructurales que favorecieron el artificioso
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despegue económico. No obstante, a la par de la coherencia económica, el régimen conoció un periodo de paz política relativa, gracias a la ausencia de alternativas dignas de consideración. Fue una fase en que los cambios de gobierno eran insustanciales y el perpetuismo se mostraba como la única variable factible. Esta situación provocó cierto optimismo entre los mantenedores del régimen cuya razón pudo derivar de que en estos años no se había desarrollado una oposición verdaderamente peligrosa al régimen. Una de las características de estos años, en cuanto a la represión, es el paso de los últimos testimonios de la represión (ejecución de Grimau en 1963) a una situación en que el régimen fue aceptado, al menos, de una forma pasiva. Prueba de ello sería la disminución del número de presos políticos en relación con los periodos anteriores, lo que favorecería el reconocimiento del régimen por parte de los organismos supranacionales. Por lo tanto, no podemos atribuir un papel relevante a sucesos como los de Munich que, si descubrían la dificultad de asimilación de la España democrática en Europa, no significaba por el momento un peligro grave para el franquismo.

1965-1969:

Esta fase se caracterizará por la primacía de la política interior sobre la exterior. El desarrollo económico continuó ofreciendo las alternativas suficientes como para que España se situara entre los países más desarrollados del mundo antes de la crisis del petróleo de principios de los setenta. Según Tusell, lo que dio coherencia a esta fase fue un intento de institucionalización relativa de la tolerancia con un añadido extra de titubeos y dudas. Es un momento en que se inicia el debate sobre los inconvenientes o conveniencias del aperturismo mezclado con la cuestión de la sucesión monárquica. Con estas premisas podemos entender, hasta cierto punto, la declinación de la voluntad de Franco tras la crisis de octubre de 1969. Fue un periodo en el que las leyes emanadas del ejecutivo se vestían con ropajes constitucionalistas. De ahí la emisión de leyes aperturistas
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como la Ley de Libertad Religiosa, la cual no supuso un conflicto político pero si un enfrentamiento entre la clase dirigente del régimen, la Ley Orgánica o la Ley de Prensa. No obstante, la intención primigenia de esta labor legislativa, propiciada por la presión exterior y por la cimentación definitiva de la democracia en el resto de occidente como modelo político, se vio rápidamente contrarrestada por los sectores más reaccionarios del régimen. Prueba de ello sería la plasmación y posibilidad de emitir sanciones de forma casi arbitraria a aquellos que interpretasen estas leyes de forma subjetiva. Es decir, la nueva legislación poseía los mecanismos operativos como para impedir un exceso de aperturismo. Si se produjo este paso adelante, con el subsiguiente titubeo, fue porque al mismo tiempo que se ensayaba desde el régimen la apertura se apreciaba que llevaba aparejada el inmediato desarrollo de la oposición. Este será el momento en que la oposición no emanará desde el interior sino desde grupos sociales bien estructurados. Lo que hasta ahora había sido patrimonio de grupos cerrados, como pudiera ser la élite intelectual, ahora comprendía capas sociales mucho más amplias como la Universidad o la clase obrera.

1969-1975:

El tardofranquismo se caracteriza por ser la etapa más esperpéntica del régimen. El deterioro físico de Franco provocó una serie de actuaciones que rallaban el patetismo y el ridículo. Por primera vez, el dictador se dejó llevar por una camarilla familiar o de adictos a su persona. Por otro lado, Franco se sumió en un estado introspectivo causado por una asfixiante sensación de soledad y traición. Inevitablemente, se trataba de un momento caracterizado por la parálisis decisoria y la sensación de incertidumbre dentro del propio régimen. La actitud de Franco respecto de sus círculos más cercanos y la inercia de la clase política, alejada de por sí de la sociedad española, que no la respetaba, contribuyeron a acrecentar el panorama descrito.

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La situación se convirtió en crítica para el régimen en el momento en que se añadieron una serie de dificultades objetivas crecientes. Frente a lo que pudiera parecer, debido a la naturaleza dictatorial del sistema político, la realidad parece indicar que el franquismo, como modelo político, era extremadamente débil, al menos en su última fase. Algunas decisiones se tomaban teniendo en cuenta el grado protestatario de los grupos sociales más activos lo que, en un principio, se muestra algo más que sorprendente. La razón de este fenómeno estriba en el alejamiento que se había producido entre la sociedad española y la clase dirigente. La oposición, generada gracias a la dinámica de los movimientos culturales de occidente, era cada vez más fuerte. No obstante, no podemos dejar de obviar la coyuntura económica internacional. La crisis social y de valores estuvo acompañada por los desajustes provocados por la crisis del petróleo o, mejor expresado, por el encarecimiento de la producción a causa de los nuevos valores monetarios de las fuentes energéticas. Por otro lado, el fenómeno del terrorismo nunca estuvo en condiciones de ofrecer una alternativa al régimen, a pesar de lo espectaculares de sus acciones. El asesinato de Carrero Blanco fue un auténtico fracaso en cuanto al propósito primigenio de los terroristas: provocar un giro a la derecha del régimen. No obstante, la eventualidad de esta acción provocó una aceleración de los movimientos ya iniciados y, además, consiguió el beneplácito de la oposición social más activa. El resultado final sería que la represión con la que concluyó la dictadura franquista la situó próxima al ambiente internacional de 1947. Todo parecía volver al principio y mientras Franco demostraba que seguía siendo el mismo, la sociedad española enseñaba a la comunidad internacional que había progresado y que estaba en plenas condiciones de adaptarse a la realidad social, económica, cultural y política del resto de occidente.

Análisis de las bases del franquismo como dictadura y elemento represor.

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Definir el franquismo como obra y producto de Franco supondría caer en dos graves errores metodológicos. En primer lugar, significaría que el dictador sería un engranaje esencial en el devenir histórico, es decir, protagonista directo de los cambios de la Historia de España del siglo XX y, por lo tanto, caeríamos en la simplificación. En segundo lugar, si intentáramos definir la dictadura franquista con la única alusión a la persona que la ejerció caeríamos en otro error metodológico, el cual consistiría en considerar que el caso español sería, en base, diferente y peculiar en la evolución de la derecha europea del siglo XX cuando, por el contrario, posee más paralelismo con ésta que divergencias. A la hora de analizar el fenómeno del franquismo hay que tener en cuenta la naturaleza del mismo. Está claro que el sistema político “inventado” por Franco no fue un producto ideológico sino una consecuencia de un fenómeno histórico como la Guerra Civil española. La inesperada, e inimaginable, victoria de los nacionales en este conflicto bélico supuso un cambio en la mentalidad de los vencedores, quienes apenas si se creían la consecución de un triunfo basado en la ilegitimidad. Los vencederos partían con una base elemental, que a lo largo de la dictadura fue evolucionando hacia un adoctrinamiento no exento de contradicciones. De ahí que el franquismo sea más fácilmente definible desde una perspectiva pragmática que totalitaria. No obstante, estuvo tan vinculado a la persona que la ejercía que es difícil realizar una separación entre actuante y acto. Este fenómeno puede ser explicado desde la perspectiva de una victoria militar animada por la beligerancia del catolicismo español. Cuando Franco alcanza el poder, ninguno de los componentes en los que se sustentó para alcanzar la victoria (ejército e Iglesia) poseían la energía suficiente como para mantenerse en el tiempo encuadrados dentro del organigrama de los poderes fácticos verdaderamente operativos. Producto de una guerra civil, el franquismo se caracterizó por una durísima represión inicial, tal y como han demostrado Espinosa y Fernández Martín. Al carecer, el sistema político de Franco, de un totalitarismo claro, la represión fue disminuyendo con el tiempo. Podemos asegurar que los represaliados de la “prefase” franquista fueron víctimas de la improvisación y que el continuismo asintótico vino provocado por la inercia de las consecuencias del conflicto bélico.
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La cadencia de la represión conocería su punto final en la década de los sesenta donde el necesario espíritu tolerante disfrazaba la carencia de libertades. Sin duda, esta fue una de las materializaciones de la ruptura entre la sociedad y la clase política facilitando, de esta manera, un estado de desidia generalizada. La oposición, prácticamente liquidada en los años cuarenta mediante el ejercicio de la represión, no desempeñó un papel verdaderamente decisivo en la vida española con posterioridad más que en ocasiones muy concretas. No obstante, no podemos dejar de señalar las actuaciones desesperadas de quienes continuaron el conflicto desde sus refugios serranos y que pasarían a la historia con el denominativo de maquis. Tampoco podemos olvidar, a pesar de los pocos éxitos obtenidos, el trabajo de los exiliados quienes continuaron combatiendo en Europa al régimen nacionalsocialista del III Reich y que no olvidaban la deuda pendiente con su pueblo. La falta de una oposición efectiva al régimen puede ser explicada por la incapacidad de los partidos políticos a la hora de movilizar a la sociedad. Las divisiones internas entre los grupos de izquierdas no provocaron sino un estado de desidia y escepticismo entre la población española. Si a este fenómeno le añadimos la brutalidad de la represión podemos entender sin dificultad el éxito del franquismo y la nula oposición al mismo. Pero volvamos a la cuestión ideológica. Hablar de ideología franquista resulta un ejercicio metodológico difícil de defender. De ahí que hayan surgido una serie de término definitorios para este fenómeno histórico y que se alejan, sin solución de continuidad, de la posible aplicación de un corpus conformante de una nueva corriente ideológica. Armando de Miguel fue uno de los que intentaría dar sentido a este rompecabezas, aseverando que el franquismo era una mentalidad susceptible de ser convertida en ideología, mientras que Beneyto aseguraba que el franquismo colocó en primer término un puñado de ideas consideradas casi dogmáticas y adaptó los conceptos adheridos a las mismas según el cambiante contexto de la época. Armando de Miguel intentó encontrar y enumerar ese corpus dogmático. De esta forma hizo alusión al autoritarismo básico, al regeneracionismo corporativista, al conservadurismo, al triunfalismo imperial, al nacionalcatolicismo, al catastrofismo antropológico…, etc.
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Desde nuestro punto de vista, y partiendo de la base que la lista de Armando de Miguel es cierta, podríamos decir que el sustrato ideológico del franquismo fue el resultado de la interpretación que hicieron los vencedores de la experiencia democrática de la Segunda República. Por lo tanto, el sustrato ideológico al que Armando de Miguel hace referencia emanaría del programa político de la derecha durante el periodo republicano pero con el matiz de que se negaba la legitimidad de la misma. Los valores emanados de la República – laicismo, libre expresión de ideas, politización, parlamentarismo, polarización y pluralismo político- tuvieron una dura contrarréplica en el conjunto de creencias fundamentales del franquismo. La dictadura de Franco fue, ante todo y sobre todo, la más genuina plasmación de la Antirrepública. Para entender este planteamiento es necesario realizar una relectura de lo que en su momento dijo Raúl Morodo, quien especificó que el papel de partidos conservadores, como el de Acción Española, sería la base ideológica del franquismo. No es desechable esta idea ya que las propuestas programáticas de Acción Española estaban más cerca de la derecha radical que del fascismo en su estado puro. Aún así, hemos de tener en cuenta que uno de los presupuestos de este partido era el restablecimiento de la monarquía en contra de lo realizado por Franco. De aquí podemos extraer que las fuentes del franquismo provenían de un consorcio de realidades políticas emanadas de la derecha republicana y del conservadurismo tradicional. Esta especie de pluralismo ha sido demostrada por Manuel Ramírez y su equipo de investigadores quienes han estudiado las publicaciones de la revista Escorial y el Boletín de la Asociación católica Nacional de Propagandistas. Ambas revistas presentaban programas ideológicos diferentes pero dentro del sustrato que estamos analizando. La primera correspondía al ideario falangista mientras que la segunda lo hacía al corpus católico del régimen, la cual incluía al catolicismo como el principal elemento conformante del nacionalismo español. No obstante, ambos idearios serán la base intelectual del franquismo y la procedencia plural de ese sustrato hacía que la coincidencia debiera tener lugar en ese componente negativo de todas las ideologías de derechas. Pero si debiéramos destacar algunos de los elementos homogéneos, tanto en la estructura como en el tiempo del franquismo, serían sin duda el sentimiento antiliberal de la política, que no de la economía como
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puede comprobarse con la praxis del decenio de 1960, por un lado, y el nacionalcatolicismo por otro. Aún así, la adaptabilidad de estos elementos a los cambios en cuanto a la política internacional y a lo que acontecía en occidente muestran el grado de imprecisión del sistema ideológico franquista. Dos ejemplos de estos procesos adaptativos fueron las obras de Arresse, representante del falangismo ortodoxo durante los años cuarenta, y las actuaciones de Fernández de la Mora y López Rodó en los sesenta. Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Arresse señaló la compatibilidad existente entre los postulados de José Antonio Primo de Rivera y los del catolicismo, instrumento esencial para que el concierto internacional aceptase el mantenimiento del franquismo como el régimen político de un país tan “europeo” y democrático como lo había sido España durante el decenio de 1930. Un mayor grado de aceptación mostró todavía el régimen en los años sesenta cuando Fernández de la Mora esbozó su tesis del Estado de obras o López rueda escribió Política y desarrollo. Según se desprende de la obra de estos ideólogos del pragmatismo, el franquismo partió con una cierta tendencia a la tecnocracia que enlazaba con el capitalismo a través de Ramiro de Maeztu. Para el primero, el Estado de Franco era, en lo político, una labor concluida y perfecta mientras que para el segundo el franquismo debía evolucionar en busca del adaptacionismo necesario para evitar un posible colapso económico y político. De todo lo expuesto con anterioridad podemos deducir que el sistema franquista era tan simple que, en realidad, no necesita de un análisis más pormenorizado. A pesar de que el sustrato ideológico se mantuvo inamovible durante la dictadura, la evolución y los cambios producidos muestran que este sistema padecía la debilidad propia de aquellos modelos impuestos de forma traumática tras una guerra civil. Sin duda, más interesante, al menos desde el punto de vista del historiador, es el funcionamiento de la dictadura por encima del frágil sustrato ideológico ya descrito. Para ello debemos realizar un análisis conceptual del significante objeto de nuestro estudio. Partimos de la base de que el franquismo sustentaba su existencia en un sustrato personalista y no colectivo, cimentado, a su vez, en la coalición conservadora anterior al Golpe de Estado y poseedor de una línea más
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pragmática que institucionalizadora. Está claro –siempre desde la perspectiva de los idearios- que cuando hacemos mención a Hitler o Mussolini no nos queda otra opción que efectuar una relación directa con el nazismo y el fascismo, pero a la hora de hablar de Franco no está claro el corpus ideológico con el que materializar el enlace pertinente. De aquí deducimos que el franquismo, más que una teoría política, se trataba de un programa en que el ejercicio personal del poder prevalecía sobre otras cuestiones. Prueba material de ello serían los títulos con los que Franco se catalogaba a sí mismo. El nuevo apelativo de Generalísimo hacía referencia a la supremacía del antiguo general sobre el resto de mandos militares, mientras que la categoría de Caudillo, siguiendo el modelo de los antiguos jefes visigodos recluidos en la franja cantábrica, lo relacionaba con la misión mítica de campeón de la cristiandad. La intervención de la Providencia Divina en el triunfo de Franco queda claramente reflejada en la correspondencia que el dictador mantuvo con Don Juan, receptor de mensajes tan prosaicos como el de que la inevitabilidad histórica y divina conducía a que, en ocasiones, a Dios no le quedara otra opción que intervenir, tal y como había sido el caso del advenimiento e instalación del régimen franquista. Por lo tanto, concluye Franco, existen momentos donde la Historia y la voluntad divina, de forma irremediable, concedían a una sola persona, a pesar de su advenimiento, la legitimación suficiente como para situarse en un plano superior al dinástico. Franco dejaba claro al legítimo heredero de la Corona que sus pretensiones eran vanas ya que los designios divinos habían otorgado el caudillaje de España a su persona y ante ello nadie, ni siquiera el hijo de Alfonso XIII, ni nada, ni siquiera el modelo elegido democráticamente por los españoles, podían interponerse entre la voluntad divina y el devenir histórico. El estudio sobre la personalidad de Franco realizado por Javier Tusell, parece demostrar que Franco estaba plenamente convencido de ser el receptor inevitable de este caudillaje y de la carga que suponía salvar a España de un enemigo que nunca supo definir. De hecho, durante su gobierno, hubo quien le aconsejó que se autoproclamase regente, aspecto al que renunció por considerar que esa titulación poseía una carga de provisionalidad contraria a sus propósitos. Aparte de las acciones legitimadoras de su llegada al poder, Franco necesitaba de justificaciones en cuanto a la perpetuidad del cargo. De ahí su
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meticulosa elección, y proclamación, de Generalísimo y Caudillo de España dando a entender que ambos títulos se situaban en un estrato categórico superior al de Monarquía y República. Ambos modelos políticos, los únicos conocidos por la Historia de España durante la Modernidad y la Contemporaneidad, supondrían para Franco dos formas de gobierno no exentas de legitimidad pero que, a causa de los errores cometidos por sus gestores, es decir, los propietarios del poder anterior, debían ser marginados por voluntad divina durante el tiempo que él fuera el Jefe Supremo del Estado. Ésta sería, sin duda, la base legitimadora del concierto conseguido por Franco entre los grupos conservadores. No obstante, identificar conservadurismo con la otra corriente preponderante en el mundo occidental, es decir, el capitalismo, sería un error en el caso de los presupuestos de Franco quien estaba plenamente convencido de que el liberalismo económico era uno de los planteamientos con mayor capacidad, incluso que el izquierdismo al que había combatido con todas sus energías represivas, capaz de poner en duda la perpetuación de su dictadura personal. Mientras que con el objetivo de debilitar la oposición de izquierdas Franco recurrió a la violencia represiva, optará por un cambio de estrategia a la hora de contrarrestar los elementos tecnocráticos con capacidad implementadora del liberalismo económico, al menos durante los dos primeros decenios de su mandato. En cambio, la década de los sesenta supondrá una readaptación, basada en el pragmatismo económico, del misticismo franquista del periodo anterior, lo cual supondrá una nueva catalogación del liberalismo occidental en España. Efectivamente, la represión ejercida desde el derecho sobre el incipiente movimiento obrero de los sesenta será un elemento a tener en cuenta a la hora de analizar el proceso evolutivo del franquismo desde una dictadura personal hasta un modelo totalitarista, desde el punto de vista económico y social, donde solo tendría cabida un sistema capitalista dirigido que fuera capaz de adaptarse a la moralidad del dictador y de los grupos tradicionalistas. De hecho, en 1946 un representativo sector de la burguesía capitalista española expresó, aprovechando la presencia de Don Juan de Borbón en Estoril, sus deseos de un mantenimiento del sistema liberal como garante de los intereses financieros de la nación. Franco respondería con una política sociolaboral contraria a las esencias del modelo capitalista, como fue un incremento salarial deflacionista,
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con la idea de dejar claro que el modelo económico, del mismo modo que el político y el social, emanaba directamente de él. Al mismo tiempo Franco, con estas medidas, se aseguraba el apoyo de los sectores de la población, pasivos desde un principio, con los que había contado desde inicios del Alzamiento y, además, parte de aquellos a los que no les había quedado más remedio que adaptarse a la nueva situación socioeconómica. La dictadura era de Franco y no de los capitalistas y, según Hermet, lo verdaderamente característico del franquismo sería la huida en el cambio y no la preservación de un conservadurismo liberal que no satisfacía los presupuestos personales del dictador. Por otro lado, cabría especificar otro de los caracteres definitorios de la dictadura franquista. Se trata del término dictadura militar, aspecto que entraña no pocas dificultades. Si nos atenemos al origen, está claro que los medios por los que Franco llegó al poder estaban sustentados por un poderío militar ante el cual los elementos opositores apenas si podían limitarse a ofrecer una defensa heroica y, hasta cierto punto, romántica. La autoproclamación de Generalísimo no fue patrimonio único de Franco ya que, por ejemplo, Stalin lo haría durante la Segunda Guerra Mundial. La diferencia entre ambos casos es que Franco utilizó el término con pretensiones perpetuistas mientras que el dirigente soviético hizo uso del mismo durante el tiempo que duró el conflicto bélico. A diferencia del régimen soviético, dirigido desde la cúpula del partido institucional, el modelo franquista emitía la impresión de estar controlado desde la óptica militar, aspecto firmemente asentado en la sociedad española tal y como demuestra una encuesta realizada en 1985 donde el 70% de los españoles encuestados percibían la dictadura de Franco como una dictadura militar, denominativo no asimilable al resto de regímenes totalitarios europeos. Pero nada más lejano a la realidad es pensar que el poder, durante el franquismo, se ejercía desde el Ejército. No era esta institución la que mandaba, al igual que ninguna otra, y en este momento debemos volver a insistir en el poder personalizado en la figura de Franco quien pudo ejercerlo gracias, no a la victoria de los militares, sino al triunfo de una parte minoritaria, desde el punto de vista cuantitativo, de la sociedad española respecto a una susceptible mayoría antagónica. Se trataba, pues, de la sublevación de una parte de la sociedad, apoyada por los
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sectores más reaccionarios de los militares, contra otra parte de la sociedad, igualmente apoyada, pero en este caso, por los ejércitos fieles a la República. De hecho, solo 4 de los 18 generales con mando existentes en España formaron parte de los sublevados, lo cual significa que la mayoría de la cúpula militar no secundaba la rebelión. De esta manera se entiende la depuración posterior, llevada a cabo por Varela, que padecería la oficialía así como la eliminación de aquellos elementos contrarios al régimen. Una vez domesticado el mismo, no sin dificultades por parte del generalato, la dictadura pasaría a perder toda la carga militar de inicios del conflicto para adquirir el grado personalista al que ya hemos hecho referencia. Por otro lado existía la dicotomía falange-ejército donde los segundos consideraban a los primeros como “jóvenes pretenciosos revolucionarios” y adscritos al eje en el momento en que estalló la Segunda Guerra Mundial, mientras que los militares se decantaban más por un conservadurismo similar al modelo británico. Además, los militares monárquicos que habían apoyado el golpe con la esperanza de una nueva Restauración permanecían a la expectativa, sobre todo a partir de la caída del admirado, por los falangistas, régimen de Mussolini. Una carta recibida por Franco en la que se solicitaba la restauración del régimen monárquico hizo que el dictador reaccionara de forma astuta manteniendo en nuevos destinos a los autores de la misma, algunos próximos a la persona del Jefe de Estado, con la intención de desmontar cualquier tentativa de suplantación de la dictadura por una monarquía. De esta manera se entiende, a modo de ejemplo ilustrativo, que Muñoz Grandes ocupara uno de los cargos de confianza del Generalísimo. Las argucias utilizadas por Franco para controlar al ejército pasaron por atraerse a la nueva oficialidad realizando un más que efectivo contrapeso respecto a las vacas sagradas monárquicas. Todas estas actuaciones evitaron que en España se institucionalizara un poder fáctico compuesto por elementos corporativistas provenientes del mundo castrense. No obstante, con el paso del tiempo, el ejército no solo sería el brazo armado del poder sino que, constitucionalmente, formaría parte del sistema político, al menos de forma teórica. Pero en la práctica, el servilismo militar impidió que los altos mandos pudieran intervenir en aspectos trascendentales de la política interior como podía ser la confección de los presupuestos generales. De esta forma, el
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ejército recibiría una de las partidas presupuestarias más bajas de toda Europa, un 1,5% del total lo que suponía la mitad de lo que percibiría otra partida presupuestaria como podía ser la educación. Según Javier Tusell, la reducción del gasto militar se redujo en un tercio en comparación al periodo anterior, llegando a equiparse, desde el punto de vista presupuestario, a potencias insignificantes como pudiera ser Luxemburgo. Aunque resulte paradójico, los militares provenientes del franquismo solo verían mejoradas sus condiciones de vida tras la muerte del dictador y la llegada posterior de la democracia, sistema político que permitió el incremento presupuestario y la profesionalización exhaustiva de este, hasta ahora endogámico, sector de la sociedad. A pesar de todo, el ejército sirvió, además de garante del orden establecido, como cantera de la clase política. A diferencia del régimen nazi o fascista, el franquismo no poseía una policía de partido que llevara a cabo la represión -a pesar de que la falange actuara en esa línea pero más como colaboradora o “voluntariado” que como órgano estatal - . El brazo armado de la represión franquista fue el propio ejército, tal y como había expresado Franco en su tristemente famosa alocución en la que otorgaba al ejército la misión de dejar limpio el solar para construir nuestro nuevo edificio. Efectivamente, tras una primera fase de represión no regularizada y descontrolada, ésta paso a manos de los tribunales militares quienes utilizaron un nuevo engendro jurídico llamado “rebelión militar” para condenar a decenas de miles de ciudadanos defensores del legítimo sistema político elegido de forma democrática. De hecho, la cartera del primer Ministerio de Orden Público estaba en manos de un militar (Martínez Anido) del mismo modo que la totalidad de sus delegados. Estos tribunales represores ejercían su jurisdicción coincidiendo con las distintas regiones militares y estaban, a su vez, presididos por elementos extraídos del sustrato militar. En 1939 una de las controversias más duras entre la Falange y el ejército fue sobre la posibilidad de que los primeros pudieran portar armas de fuego. En cuanto a este asunto, según las memorias de FrancoSalgado, los militares no estaban dispuestos a transigir y Ballbé nos indica que hasta 1948 aún se mantenía la ley marcial pero que hasta 1963 los militares tenían a su cargo todo aquello relacionado con la subversión 2 . No obstante, con el trascurrir del tiempo, el número de
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En 1958, cuando se nombró un juez especial para la persecución de los delitos subversivos, fue un 76

civiles condenados por tribunales militares fue disminuyendo, aunque perdurarían hasta el final del régimen. Además, el Ministerio de la Gobernación, si exceptuamos el periodo de Serrano Suñer, siempre estuvo en manos de militares, aunque ejercieran otra profesión, como serían los casos de Blas Pérez y Arias Navarro. Otros altos cargos fueron ocupados por militares pero con el paso del tiempo esta situación tendió a disminuir. De los 114 ministros que tuvo Franco, 40 fueron militares y los vicepresidentes (Jordana, Muñoz, Grandes y Carrero) siempre surgieron de este sector. Habrá que esperar al decenio de 1960 para que los ministros civiles adquirieran una clara preponderancia respecto a sus homólogos militares acabando, de esta forma, con lo que se ha denominado el periodo de “autarquía cuartelera”. De lo arriba expuesto se desprende que el origen militar de Franco hizo que sintiera cierta inclinación, por no decir confianza, por los militares a la hora de conceder mandos civiles. Este fenómeno puede ser comprobado cuantitativamente en cuanto a los nombramientos para cargos tan significativos como el de gobernador civil o funcionariado adscrito al Ministerio de la Gobernación. Carlos Viver da unas cifras más que significativas: antes de 1945, alrededor del 38% de los gobernadores civiles, el 57% de los altos cargos de la Dirección General de Seguridad y el 45% de los cargos del Ministerio de Gobernación eran militares. A pesar de todos estos datos tan significativos, el peso de los militares en la vida política española nunca adquirió el grado de preponderante siendo superados, en la mayoría de las ocasiones, por miembros de la Falange. De hecho, los militares que alcanzaron algún cargo civil provenían, en su mayor parte, del cuerpo jurídico, lo que les colocaba a caballo entre la vida civil y la militar, mientras que los mandos pertenecientes a las armas, es decir a la genuina vida castrense, apenas si tuvieron influencia en el entramado político de Franco. Junto a los caracteres militaristas del régimen, es necesario realizar un análisis del otro factor conformante de la dictadura. Se trata del catolicismo como religión de estado. En el imaginario colectivo actual aún permanece la existencia del binomio catolicismo-fascismo, relación
militar, el coronel Eymar; la ley de Orden Público de 1959 consideró en vigor las legislaciones especiales sobre la subversión, y decreto sobre bandidaje y terrorismo de 1960 mantuvo la competencia militar al respecto. Tan solo con la creación del Tribunal de Orden Público desapareció la persecución de los delitos de índole política por tribunales militares, pero en 1968 se reintrodujo con un nuevo decreto sobre bandidaje y terrorismo. (Javier Tusell, pag. 179) 77

no gratuita y ganada a pulso por quienes la vivieron desde la promoción. No obstante, la realidad pudiera ser bien otra, matizada desde el punto de vista conceptual por aspectos claramente diferenciadores. Efectivamente, los demás regímenes autoritarios europeos, como el nazismo y el fascismo, no dudaron en marginar o en conceder un alto grado de autonomía al catolicismo ya que, en los casos de Alemania e Italia, se presentaba como una fuerza disminuyente de la esencia totalitaria. En cambio, en España el catolicismo actuaba como un elemento inscrito en la propia naturaleza del ideario franquista. Es decir, si el Caudillo era católico el resto del Estado debía de serlo. Por lo tanto el catolicismo, junto al ejército, serán las dos bases sustentadoras del régimen. En cambio, el nacionalcatolicismo no puede ser considerado una doctrina religiosa a pesar de haber basado su sustento en aspectos de claro carácter teológico. Se trataba más de un estado de ánimo, de un sistema de creencias tradicionales y de un momento histórico que de un corpus dogmático. El nacionalcatolicismo será un factor característico de gran parte de la sociedad española que la reestructuraría hasta conseguir, por su propia inercia, la desaparición pragmática del anticlericalismo y la conversión al catolicismo de una importante masa social proveniente del bando vencido. De hecho, el catolicismo español se erigiría en el catolicismo nacional más puro y ortodoxo de toda la cristiandad. Para 1968, el número de sacerdotes en España era el mayor de todos los tiempos pero con un matiz bien claro: la mayor parte del componente social que lo componía provenía de las clases campesinas disminuyendo, de esta forma, la capacidad intelectual necesaria para optar a ese puesto de primacía católica mundial 3 . Si a lo expuesto añadimos la falta de libertad de expresión no resulta difícil de entender el desconocimiento, por parte del pueblo español, en cuanto a las tensiones reales entre el Vaticano y el gobierno de Franco. Por otro lado, el escepticismo de las nuevas generaciones respecto a los valores religiosos promovidos por el Estado se fundamentó en la complacencia económica más que en lo recibido por el sistema educativo dirigido. No obstante, la permanencia en el ideario colectivo de la relación directa entre Estado y catolicismo, impidió que Franco
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En el Concilio Vaticano solo el 5% de los asistentes era de origen español. 78

tendiera hacia un aumento de su totalitarismo. Cuando hablamos de sistema totalitario entendemos que el Estado posee plena autonomía y sus decisiones son independientes de los poderes fácticos. Este no es el caso ya que el régimen de Franco se vio supeditado en numerosas ocasiones a la presión de la Iglesia en cuanto a la gestión de la censura, de la educación y del asociacionismo de carácter religioso 4 . Será, respecto a la educación, donde la Iglesia disfrutará de una mayor autonomía y poder ejecutivo, aunque encontrará en la tendencia estatalista de la falange un terrible adversario potencial con capacidad acaparadora de competencias. En cuanto a la delicada parcela del asociacionismo, dos de las familias políticas del régimen surgieron a partir de asociaciones religiosas: el catolicismo colaboracionista, representado por Martín Artajo y Herrera, y los tecnócratas provenientes de los círculos afectos al Opus Dei. Por otro lado, uno de las características de la dictadura de Franco fue, según Linz, la ausencia de movilización política y su catalogación como sistema autoritario en lugar de totalitario. Este status vendría favorecido por la falta de movimientos populares internos y por el inmovilismo de la clase política española. Según Linz, los regímenes autoritarios se asientan en una pasividad real, inducida o espontánea, del conjunto de la sociedad. Esta actitud “no política” de los españoles fue criticada, en los años sesenta, por pensadores tan dispares como la izquierdista italiana Rossana Rossanda o el poeta, antiguo colaboracionista, Dionisio Ridruejo. Esta situación es plenamente atribuible a la España de este decenio, pero si analizamos las dos décadas anteriores el panorama muestra una semblanza bien diferente. De hecho, durante la primera etapa del régimen, las masas populares se apiñaban en numerosas concentraciones en apoyo de la fascistización, donde ensalzaban la figura política de Franco, y promovidas por “monstruos” políticos como Serrano Suñer. Pero estos movimientos venían promovidos desde arriba y sólo eran utilizados cuando el régimen se sentía amenazado desde el exterior. Está claro que la falta de libertades y la durísima represión, unido a la existencia de un partido de base burocrática y la desorganización de otros grupos políticos existentes, favorecieron la
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Tusell, Javier. “La dictadura de Franco”. Altaya, Madrid, 1996. Pag. 185. 79

ausencia de una conciencia política y promovió el proceso de desmovilización social. En los años cincuenta y parte de los sesenta los grupos políticos de oposición habían dejado de ser operativos y la Falange y los tradicionalistas veían como perdían su influencia política. Según Armando de Miguel la sociedad española, para los años sesenta, se había constituido en mera espectadora de la evolución franquista. Para autores como López Pina y Aranguren cabría hablar más de una “ausente mayoría” que de una “mayoría silenciosa” en el momento en que hablamos de la totalidad del pueblo español. De aquí podemos extraer que el apoyo popular al régimen de Franco era un apoyo carente de ideología y perteneciente a lo que se ha llamado “la cultura del alineamiento”. El franquismo había pasado de ser un sistema político a una forma de vida para los españoles, situación que no comenzaría a desvanecerse hasta principios de los años setenta donde la población comenzó a adquirir cierto grado de conciencia política tendente a la democratización del país. No obstante, estos cambios no supusieron la movilización entera de una ciudadanía más preocupada por los cambios sociales que por los políticos. De esta forma es entendible el modo, ni violento ni pacífico, en que se llevó a cabo la transición política en España. Continuando con las características esenciales, a la hora de realizar una estructuralización del franquismo, podríamos hacer referencia a lo que algunos autores (Javier Tusell) han denominado pluralismo. No siendo éste un objeto primario de nuestro estudio, al igual que el concepto de tolerancia, ha llegado el momento de analizar la represión como el elemento, desde el punto de vista cualitativo y cuantitativo, más relevante de nuestra aproximación histórica. El uso de la represión por parte de los regímenes dictatoriales se presenta como una característica inalienable de estos sistemas políticos. Es difícil, por no decir imposible, encontrar en la Historia contemporánea y actual de la humanidad un sistema totalitarista donde la recurrencia a la violencia, como método impositivo, esté excluida. La versatilidad de la represión franquista da lugar a tantas periodizaciones como el investigador desee pero es innegable que el ritmo, desde el punto de vista cuantitativo, vino decayendo conforme las coordenadas temporales avanzaban. No obstante, la ampliación de los límites de la
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tolerancia durante los años sesenta nos marcaría la cota superior, en cuanto a ejecuciones relacionadas con la oposición al régimen, mientras que el punto de partida habría que situarlo en el inicio mismo de la Guerra Civil. Las dimensiones de la represión en España no pueden ser cotejadas, desde el punto de vista comparativo, con las efectuadas en otros escenarios europeos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Es necesario tener en cuenta, a la hora de sopesar la magnitud de la represión franquista, el número de muertes durante la Guerra Civil y el volumen de la emigración, elementos colaterales de difícil cuantificación. Del mismo modo, es necesario realizar los enlaces pertinentes entre la represión franquista y la “del otro bando”, a la hora de comprender las actuaciones violentas llevadas a cabo durante el periodo bélico. Definir el término represión se presenta como una tarea que no entraña excesiva dificultad. Ahora bien, la catalogación de las distintas represiones conocidas en la historia contemporánea y actual se antoja como una labor de difícil resolución. Para la sabiduría popular, por lo normal tan acertada, las distintas modalidades represivas se presentan como un “fruto del mismo saco”, aspecto muy alejado de la realidad. Desde el punto de vista científico no podemos realizar comparaciones fáciles entre los distintos regímenes dictatoriales del siglo XX, aproximación muy extendida entre la mayoría de los foros confluyentes en este tipo de fenómenos. Colocar al mismo nivel los genocidios llevados a cabo por los dictadores más significativos del siglo XX equivaldría a cometer un grave error metodológico. La solución a esta pregunta histórica vendría dada por un análisis exhaustivo de todos y cada uno de los acontecimientos represivos acontecidos a lo largo de la centuria pasada, ejercicio intelectual que se escapa de los objetivos del presente contexto histórico. No obstante, es indudable que la definición del concepto represión franquista ha de ser necesariamente muy diferente a los modelos dictatoriales llevados a cabo durante la contemporaneidad europea. La conceptualización arbitraria de estos principios suele conducir a errores metodológicos como el de magnificar un modelo represivo respecto a otro. Partiendo de esta premisa es fácil concebir los rasgos
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cualitativos de un represor teniendo en cuenta la magnitud cuantitativa de la represión llevada a cabo por el mismo. Esta será la escusa utilizada por aquellos que, en su afán por disminuir los efectos históricos producidos por los genocidios hitlerianos o franquistas, muestren, a modo de contrapeso magnificable, la exponencialidad de los crímenes stalinistas o la supuesta alevosía de las ejecuciones llevadas a cabo por los cuadros milicianos. El planteamiento arriba expuesto es el que se ha venido utilizando de forma habitual lejos de los foros científicos. Aún dentro de éstos, los datos manejados se alejan de la realidad al mismo tiempo que son utilizados de forma partidista. Inevitablemente, el ciudadano occidental se mueve guiado por cifras, por lo que tanto Stalin como Hitler serán catalogados como “más” asesinos que Franco por el hecho de que el número de muertos bajo sus regímenes fue sustancialmente mayor que los derivados de la represión franquista. Es cierto que la relación nominal impresiona (millones de personas frente a centenares de miles) pero también lo es que el tiempo histórico, “pendulado” por la sociedad occidental, solo ha juzgado y sentenciado a los “terasesinos” mientras que ha pasado de soslayo en cuanto a los genocidios cometidos por los dictadores de segunda fila. Desde el punto de vista de la metodología histórica, la explicación de una represión llevada a cabo durante el conflicto civil parece concordar con otras actuaciones similares. Lo que es más difícil de fundamentar y, por lo tanto entender, es una represión sistemática llevada a cabo por los vencedores sobre una población vencida, exhausta y sin capacidad de reacción. Si comparamos las distintas represiones llevadas a cabo durante el siglo XX veremos que el caso del franquismo posee unas características propias que la diferencian de las demás. Efectivamente, la represión de los nacionales parte de una coyuntura única que no es otra que la consecución de un Golpe de Estado, el cual fracasó en un principio y que llevó a una cruenta Guerra Civil durante tres años. A lo largo de este periodo todo lo acontecido se enmarca dentro de los paradigmas represivos pero lo que la hace distinguible del resto de agresiones estatales sobre la población es su perduración postbélica. Por ello, sin obviar la dureza represiva del periodo beligerante, nos interesa

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analizar la fase represiva posterior al fin de la guerra como elemento definitorio del régimen franquista. Todos los estudios realizados hasta el momento sobre la represión tienen verdaderas dificultades a la hora de desprenderse de la secular carga cultural que subyace tras el fenómeno de la represión. Aspectos como la venganza, tanto privada como política, el anticlericalismo, el sentimiento ultracatólico, el espíritu de cruzada, el miedo o la envidia se presentan ante el investigador, desde el punto de vista de la antropología cultural, como compontes intrínsecos y esclarecedores de los odios desatados. Llegar a estas conclusiones, tan lógicas como faltas de fundamento, conlleva a caer en las trampas que tiende el pensamiento reduccionista. Una mira más amplia y objetiva del fenómeno, sobre todo en las primeras fases del franquismo posbélico, basada en el análisis de los componentes sociopolíticos y económicos, sin olvidar la carga cultural, se presenta como una alternativa viable a la hora de explicar un acontecimiento histórico tan complejo como el de la represión franquista tras el fin de la guerra. Tal y como hemos señalado con anterioridad, la necesidad de eliminar de forma física al enemigo es una estrategia militar nada novedosa. Además, este modus operandi va acompañado de una estrategia subyacente muy efectiva: el miedo. Durante la Guerra Civil, los ejércitos de Franco utilizaron esta metodología en aras de obtener una amplia y rápida victoria justificando, para alcanzar este objetivo, todas las argumentaciones posibles. Entre ellas, el anticlericalismo pragmático, latente dentro de las esferas más progresistas y liberales, sirvió como escusa para legitimar la ejecución y encarcelamiento de miles de ciudadanos. De esta forma se explica la facilidad con la que fue vendido al pueblo el espíritu de cruzada nacional, mientras que el verdadero objetivo de las autoridades militares nacionales era tan “prosaico” como el de alcanzar el poder y no el de salvar la patria del laicismo republicano y del ateísmo comunista. De nuevo, los elementos propagandísticos se erigieron en un arma formidable para ambos bandos. En cuanto las cifras manejadas hasta el momento, la controversia viene dada por la disparidad de datos, fruto tanto de investigaciones incompletas como de la no emisión de documentos o pérdida de los
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mismos. Prueba de ello es el caso de Málaga donde la cifra de 2000 ejecuciones, según Nadal, se nos muestra como insuficiente ante las investigaciones de Espinosa quien ha documentado la cantidad de 4500 ejecutados en Málaga tras la consulta de fuentes archivísticas no estudiadas con anterioridad. El caso de Málaga, donde el esfuerzo de la asociación con su presidente a la cabeza ha conseguido desvelar gran parte, de la memoria perdida. El día en que los estudios se sistematicen en toda la geografía española comprobaremos como la cifra dada por Salas de 23.000 ejecuciones en toda la geografía nacional realizadas durante el franquismo aumentará de forma significativa y más acorde con la realidad. Los datos obtenidos por Francisco Espinosa y Andrés Fernández aún siguen siendo pequeños si los comparamos con la información aportada por el cónsul británico en Málaga quien, en 1944, envió un informe a su país donde señalaba que el número de ejecutados entre febrero de 1937 y agosto de 1944 era de 20.452. Lacomba Avellán hace sus cálculos y da una cifra estimada de 4500 muertos entre fusilados y caídos en la carretera de Almería, cantidad muy inferior a la aportada por Espinosa quien proporciona un dato similar pero solo correspondiente a las ejecuciones, a las que si sumamos los muertos en el éxodo malagueño, la cantidad se duplicaría. Según los datos provenientes de los estudios monográficos, el 80% de las ejecuciones se producirían en las fases posteriores al fin de la guerra (1939-1941) 5 , lo que significaría un recrudecimiento de la represión. El objeto de este informe es el de intentar comprender el porqué de ese incremento represivo y la facilidad con la que las fuerzas represoras llevaron a cabo su función. En primer lugar hay que tener en cuenta el tipo de personas que se vieron afectadas (por ejemplo simples afiliados sindicales) que no tenían motivos para pensar en una pena tan severa como la capital y que, precisamente por eso, no habían huido6. En segundo lugar, es necesario añadir a esas ejecuciones de sentencia el volumen de la población presa, cantidad enorme hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En 1933, la población reclusa ascendía a un total de 12.000, mientras que en 1939, según Tusell, la cantidad era de 270.000 más los que se encontraban bajo el régimen de libertad
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Ibidem, pag. 226. Ibidem, pag. 226. 84

condicional. No se descendió a 200.000 hasta 1941 y para 1950, el número de encarcelados triplicaba las cifras de un año tan convulso, desde el punto de vista social, como el del ascenso al poder de la derecha durante la República. En tercer lugar, hay que tener en cuenta la cantidad de guerrilleros muertos durante la posguerra (2.500) y la detención de 17 comités ejecutivos de la CNT y otros 7 de la UGT en el periodo comprendido entre 1939 y 1945. La ejecución de dirigentes políticos detenidos en Francia (Companys y Zugazagoitia) en 1940 entra dentro de lo previsible, al contrario que las ejecuciones llevadas a cabo tras la Segunda Guerra Mundial durante la segunda mitad del decenio de 1940 y todo el decenio de 1950, y menos aún la ejecución del último represaliado (Julián Grimau) en 1962. Como dato significativo, en cuanto a la duración de la represión, en 1969 aún existían expedientes abiertos sobre maestros nacionales originados en la guerra civil. La represión posterior a la guerra civil fue de una dureza extrema aspecto demostrado desde la perspectiva racional y científica gracias a los trabajos arqueológicos realizados y a la documentación archivísticay, bien mirado, no podía ser de otra manera en un régimen dictatorial como el de Franco, el cual se fundamentaba en el recuerdo de la Guerra Civil y la voluntad consciente de no borrarlo jamás. Sin embargo, a finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, el régimen cambió de praxis. Para 1963 el número de reclusos descendió a 11.400, disminuyendo a 11.000 en 1967; de ellos el número de condenados por cuestiones políticas no superaba el 10% del total. Como es lógico, esta reducción es atribuible a la liquidación de la oposición preexistente y a la ineficacia de la que quedaba para estos momentos. Incluso, el número de componentes de las fuerzas represivas había disminuido de forma significativa, siendo éste inferior a 15.000 policías armados. Cabe pensar que la ausencia de miedo ante una activación de la oposición clandestina provocara el inicio de una taimada tolerancia, aspecto plasmado en una minimalización represiva. Esto no significa que las detenciones arbitrarias y las torturas subsiguientes dejaran de llevarse a cabo, pero el cambio en la dinámica represiva respecto a periodos anteriores era más que ostensible. El grado y el modo de la represión franquista sería impensable sin la existencia de una oposición que hiciera preocupar de modo alarmante a
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los nuevos dueños de la vida política y socioeconómica de España. La dictadura de Franco no puede ser entendida sin hacer mención a esa oposición política que trabajaba desde la clandestinidad. Franco, y su gobierno, eran conscientes del dinamismo opositor latente en las agrupaciones exiliadas y en los reductos que habían permanecido en el país. El PCE se erigiría en la cabeza más beligerante de ese movimiento alternativo al régimen, sin olvidar la actividad de los monárquicos juanistas y la socialdemocracia de carácter europeísta. De ahí que el régimen utilizara todas sus herramientas represoras y no represoras, donde incluimos el boom económico de la década de los sesenta, a la hora de anular cualquier intento opositor que pusiera en peligro el continuismo de su persona como Caudillo de la España invertebrada.

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