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EL MISTERIO DE CIERTOS ESPACIOS

MARIE MADELEINE DAVY
Los lugares insólitos significantes de una alteridad pertenecen tanto a Oriente como a Occidente. Ningún país posee el monopolio de ellos. De todos modos, es evidente que en la Antigüedad la geografía sagrada privilegiaba a Egipto y Grecia. Estos lugares han sido habitados por los dioses. Al abandonarlos, han dejado huellas permanentes casi imborrables, incluso donde los fieles han abandonado el resplandor de su fe y quizás de su credulidad ingenua. Huellas de los dioses o del Dios único según el politeísmo o el monoteísmo. Huellas de pasos de los espíritus del intermundo, ángeles y demonios. Huellas de los hombres de luz. Espacios vírgenes visitados por la brisa en la cual el Eterno está. Espacios extraños que no manifiestan ni dioses ni hombres, en los que el alma del mundo se manifiesta y provoca visiones, alucinaciones revelándose así. Espacios comparables a aperturas en las que las energías vitales y divinas se mezclan. Especie de aperturas, de ventanas, de puertas dando acceso al mundo invisible. Puntos de eternidad, festines, reposos para el pasante; especie de albergues permitiendo a la montura (el cuerpo) y a su conductor (la psique) tomar un bocado. Mejor todavía, altos lugares paradisíacos estimulando la búsqueda, permitiendo rozar el paraíso y vivenciar la dulce beatitud que emana de él. Paradas del viajero donde se multiplican por diez sus sentidos interiores, simientes fecundas, esponsales celebrados en el misterio de lo invisible. La bien amada pertenece al tiempo y el bien amado es percibido en un resplandor, del cual Henri Le Saux podrá decir en su Diario: «Tu has visto el resplandor, guarda tu secreto». Es de secretos de lo que se trata. Aquel del que el profeta Isaias (24,16) murmuraba. «Secritum meum mihi»; «Mi secreto está en mi», ya que se sitúa en ese fondo abisal del hombre de donde las palabras no podrían surgir. Todo sale a la luz en el silencio y se despliega en el no-decir.

GEOGRAFÍA SAGRADA
En una época en la que la desacralización no solamente se extiende sino que se generaliza, puede parecer infantil hacer alusión a los espacios que la consciencia común no podría de ninguna manera distinguir. La Antigüedad poseía el culto de los lugares sagrados, saboreaba multitud de ellos y su herencia no podría ser discutida. Esta forma una trama sobre la cual los ornamentos se dibujan. Incluso el hombre contemporáneo conserva en sus genes vestigios de la Antigüedad. Y estos reclaman -a veces a su pesarsu alimento. Conviene no olvidar nunca que el politeísmo ha favorecido a las montañas, las islas, las rocas, los ríos, las grutas. Los claros sagrados de los bosques de los Galos, de los Germanos y de los Lituanos eran lugares secretos. Los judíos tenían el gusto de las montañas, de los lugares elevados. El Eterno aparece a Moisés en el Sinaí. (1) Puede ser, se podría decir, que los lugares sacralizados formulaban antiguamente una enseñanza oral. Toda comunicación verbal supone una boca y unos labios y ellos no los tenían. Sin embargo, las fuerzas telúricas son operantes en el silencio, ellas modifican las estructuras y los comportamientos. Un lugar sagrado se expresa. La piedra se vuelve parlante, como el bosque y sus claros. El agua murmura su mensaje. Los lugares sacralizados se emparentan con «el lenguaje de los pájaros». Todo puede volverse templo, Sancta Santorum revelando los secretos que hacen franquear el umbral de la cámara nupcial.

Los santuarios, ermitas, monasterios han sido lugares privilegiados. Muy a menudo en Europa, es alrededor de las iglesias donde el agrupamiento rural se normalizó del siglo VI al IX . La parroquia amaba a los muertos con la proximidad del cementerio y de las habitaciones de los vivos, o mejor las protegía con un amor idéntico, como un ave con las alas extendidas. Durante mucho tiempo, vivos y difuntos mantuvieron relaciones afectuosas. Las sepulturas de los padres y amigos eran visitadas frecuentemente. Las montículos abandonados podían retener a los que pasaban. Ocurría a veces que una tumba hablara. El difunto quería ayudar al vivo un instante recogido. El muerto no estaba ya realmente presente en su carne y huesos y sin embargo él se expresaba en un lugar donde su cuerpo había sido enterrado. No olvidemos que las reliquias de los santos irradiaban ante los ojos asombrados de sus admiradores. Ahora bien la canonización no es siempre significativa. Cajas conteniendo osamentas atraen siempre a las multitudes. Los peregrinajes a lugares santos se perpetúan. Tales lugares no son sin duda más evocadores que otros espacios ignorados, constantemente a descubrir. En la medida en la que el hombre se vuelve capaz de transfigurar la tierra, él la percibe en su belleza luminosa que se vuelve para él una amiga, una hermana, su madre o su propio hijo. En Europa, el emplazamiento de las parroquias estuvo a menudo ligado a los ámbitos galo-romanos; algunos santos –legendarios o reales– han dado sus nombres a pueblos y aglomeraciones, desde las aldeas a las ciudades. La localización de la divinidad tiene a veces necesidad de soledad, de alejamiento de los hombres. Se presenta entonces un contraste entre regiones divinas y regiones humanas. Estudiando las Religiones de la Prehistoria, el Padre Maigage ha precisado los lugares sagrados situados en parajes inaccesibles. Para el judeo-cristianismo, Dios solo es santo. Lo sacralizado siendo reflejo, extensión proveniente del despliegue de lo que emana de la divinidad única. Con el cristianismo todo bascula: Dios se encarna. Y el cosmos se difumina en beneficio de la historia. Lo sagrado y lo profano cesan de oponerse. Sacralizar la historia sería un error de óptica. Es el hombre que, vuelto teoforo, debería irradiar el sol divino.

EL CORAZÓN VIGILANTE
Los lugares habitados por el Espíritu no podrían emitir distinciones entre los seres. Ellos ofrecen lo que ellos encierran y cada uno se sirve según su apetito. Se pueden también compararlos a las campanas, a los gongs formulando una llamada. Respondiendo a la invitación, uno acude; uno se dirige hacia... Las respuestas serán diversas. Existen espacios que se mantienen en estado de vigilia a la manera de un corazón del que una de sus funciones es la de estar vigilante. Estos lugares sobre los cuales planea el misterio, como el pájaro cubriendo con sus alas el huevo del mundo, son doblemente en estado de atención. Por una parte, parecen contener un secreto. Por otra, desean revelarlo. A la espera de dar, dichosos en su prodigalidad totalmente gratuita, ellos desean que se les visite con el fin de ejercer su amor. Su generosidad no podría empobrecerlos. La cisterna demasiado llena desborda y el vacío engendrado permite recibir un aporte nuevo.

LUGARES ESPIRITUALES
El microcosmos lleva en si al macrocosmos. La monja Hildegard von Bingen, del siglo XII, lo ha comprendido bien y todos los autores de la Edad Media sabían la estrecha relación entre los dos universos. Ya no es más necesario descubrir en la naturaleza lugares sutiles cargados de vibraciones. Las energías vitales y divinas no son extranjeras, ellas se sobreponen a la vez que se mezclan. El termino «sobrenatural» no

debe ser empleado. Lo meta-natural pertenece a lo natural, constituye la excelencia de ello, la fina punta. La naturaleza es una totalidad, un todo que no ha sido fraccionado. Antes de la llegada de la ciencia aristotélica, el pensamiento de Platón anima los espíritus. El tratado de Bernardo Silvestre, De universitate mundi, proclama la homogeneidad de los fenómenos de la naturaleza, de ahí el empleo de la palabra universitas –universo. «La universitas es un cosmos y su contemplación se comprueba deleitable», dirá Honorius de Autun (2). De ahí el amor de los hombres de la Edad Media hacia las piedras, los vegetales, la flora, la fauna y el hombre que recibe de ellos los secretos. De todas maneras, al cristianismo se le acusará de desacralizar el cosmos. Numerosas polémicas se elevarán a propósito de esto contra los cristianos de la Iglesia primitiva. Sin embargo, sitios considerados como "altos lugares" llegarán a ser centros para el ejercicio del culto o incluso serán elegidos para establecer ahí no solamente iglesias o capillas, sino monasterios. De alguna manera el paganismo permanecerá presente aunque designado por otros vocablos. Aguas con virtudes benéficas conservarán sus poderes saludables cambiando de atribución, pasando así de una diosa pagana a la divina madre de Cristo. La naturaleza es un templo de una inmensa vastedad. Pero el santuario de este templo es el hombre, imagen divina llamada a reconquistar una semejanza momentáneamente suspendida.

EL LUGAR Y EL ESPÍRITU
Según el pastor sajón Valentin Weigel (1533-1588), al cual Bernard Gorceix ha consagrado su tesis, «lugar y espíritu son fundamentalmente incompatibles: el espíritu no puede estar circunscrito a ningún lugar, porque ningún círculo podría ser lo suficientemente grande para contenerlo» (3). Un semejante punto de vista es discutible aún pareciendo justo en una primera apreciación. Ciertamente, el Espíritu no está encerrado tal como un pájaro en una jaula. Libre, él no es nunca cautivo ni de los lugares ni de los hombres. Una vez más, se trata de la entera gratuidad de un amor surgido quizás de una compasión. Semejantes a los escasos refugios en las montañas, los espacios sacralizados son puertos que permiten sus pender su paso, retomar el aliento y orientar su mirada interior hacia otra dimensión. Así, una iglesia románica conserva en sus flancos la oración de los orantes, los antiguos monasterios cartujos o cistercienses devenidos centros culturales propulsan a «aquellos que tienen oídos para oír» a un silencio sonoro animado por la mirada de os contemplativos.

PRESENCIA SECRETA
Parece que ciertos lugares sean esencialmente reveladores de una presencia, de algo que se relaciona no con la existencia sino con la Esencia. Estos lugares son comparables a puentes entre lo visible y lo invisible, a llamas verticales iluminadoras. A uno le gustaría construir su morada en tales espacios, aunque solo nos sea permitido plantar momentáneamente nuestra tienda. Esos lugares están demasiado cargados de energía para poder vivir en ellos. Solo el ser alado podría soportar su densidad. Ahora bien, el ser alado vive en el elemento aire que le es suficiente. El pez no podría dejar el agua, su elemento nativo, sin correr el riesgo de morir. Los altos lugares pueden ser visitados. Querer construir allí su casa sería un error. Ciertos espacios, que pueden aparecer bienhechores gracias a las leyendas que los envuelven, están a veces cargados de ambigüedad. Lo positivo y lo negativo se mezclan. Según las viejas tradiciones monásticas, los demonios no atacan más que a los santos monjes, ¡para los mediocres no hay peligro! Ocurre lo mismo en ciertos altos lugares: fuerzas oscuras hacen su nido y proliferan en los emplazamientos privilegiados. En el

siglo IV, los hombres iban a vivir al desierto con el fin de afrontar a los demonios en sus madrigueras. Un lago en calma toma el color del firmamento. Los altos lugares comparables a espejos reflejan el misterio del mundo invisible. En cierta manera hacen frente a la eternidad. No se podría hablar en su caso de una visión divina, sin embargo, ellos están visitados por la luz increada, la luz de gloria, la del Thabor. El misterio de ciertos espacios se impone a todos y provoca una emoción. Sin embargo, solo los ojos iluminados y el corazón unificado son capaces de degustar su sabor. En razón de su sutilidad, los sentidos interiores pueden discernir la realidad de una presencia privada de nombre. La belleza oculta se revela y su despliega a aquellos que mantienen la capacidad de contemplar. Así, el padre Tikhon, que deseaba orientar a uno de sus auditores hacia la luz, le relató lo siguiente (4): «Las mariposas de noche, a causa de su apariencia gris, no llaman nuestra atención. Pero a los ojos de las otras mariposas que son diferentes de los nuestros, brillan, chispean con todos los colores del arco iris». Así la mirada iluminada contempla la naturaleza de una manera diferente; la belleza secreta eclosiona. De la misma manera que el hombre interiorizado no emite ningún juicio de valor concerniente a los demás, estos espacios sagrados no juzgan a nadie. Es por eso que el hombre «justo» que los visita no está forzosamente favorecido con relación al «pecador» –para emplear el lenguaje de antaño hoy prescrito. En otros términos, el puro y el impuro son enseñados. El ser se juzga a si mismo. En efecto, el lugar sacralizado se hace «balanza» al respecto. Aquí no es el ángel el que pesa las almas, el lugar, por si mismo, se hace «operante». En razón de las nuevas modas de viajes que aseguran la rapidez, el hombre moderno está privado de la posibilidad de descubrir los espacios susceptibles de aportarle no solamente energías nuevas, sino también vibraciones sutiles provocando mutaciones y metamorfosis. No se trata en absoluto de añorar los tiempos pasados sino simplemente de evocar un pasado del que corremos el riesgo de olvidar su importancia. Uno solo ejemplo será aquí evocado. A lo largo del Loira, villas como Orleans, Blois, Tours, Saumur, Angers, Nantes están separadas por cortas distancias de entre cincuenta a sesenta kilómetros, recorridos que podría efectuar un caballo durante una jornada. El reposo estaba reservado para la noche. La pequeñas carreteras, los senderos, a veces los atajos –los recaladeros, según la antigua expresión– encubrían sus tesoros. Entendemos por ello los espacios abarcando lugares reveladores de esta innegable sutilidad a la cual hemos hecho alusión anteriormente. Cabalgando una montura –caballo o mula según la fortuna personal–, el caballero no tenía prisa. Gustosamente se paraba. Y esto no solamente en los lugares que le habían sido señalados, sino que poseía a veces el privilegio de descubrirlos. Fuera de los espacios que le retenían en razón de su celebridad, el viajero iba a visitar por ejemplo la cueva de un solitario, o su cabaña situada en el seno de un frondoso bosque. En la literatura medieval, el eremita ocupa un papel tan importante como el caballero. Lo más a menudo su anonimato le situaba en un más allá de toda apelación, indicando así que él pertenecía a otro mundo. visionario, leyendo igual de bien los corazones como los lugares, recorriendo en una misma mirada los espacios de dentro y de fuera, él formulaba juiciosos consejos. Siendo su función la de orientar hacia lo esencial, distinguía los niveles que van de los lugares terrestres a los lugares espirituales.

HISTORIA Y TIEMPO
Estos espacios sutiles se sitúan en la historia y en el tiempo a la vez que escapan a esta doble empresa. Para designar el impacto, se podría apelar a un lenguaje incluido en las

Escrituras sacras y también en las leyendas y cuentos con las expresiones: «Erase una vez» o también «En aquel tiempo» (in illo tempore). Se trata de un tiempo especial, original y originario, perteneciendo a la historia y sobrepasándola. Tiempo rasgando el continuo histórico, religando lo relativo a lo absoluto, lo perecedero a lo imperecedero, la duración momentánea a la eternidad. Tiempo accesible al hombre cuyas raíces han cambiado de lugar, no encontrándose más en la movilidad del movimiento sino emergiendo en la estabilidad de su más allá. Josué detiene el sol, lo que significa que bloquea el tiempo, él suspende de alguna manera el ritmo de lo creado. Según Mircea Eliade, «el judeo-cristianismo presenta la hierofanía suprema: la transfiguración del acontecimiento histórico en hierofanía. Se trata –precisa el historiador de las religiones– de algo más que la hierofanización del Tiempo, ya que el Tiempo sagrado es familiar a todas las religiones» (5). El judeo-cristianismo sitúa el acontecimiento histórico en un «máximum de trans-historicidad» (6). De todas maneras, los «altos lugares» sobrepasan el acontecimiento histórico y el tiempo. Ya, los textos del Antiguo Testamento se refieren a lugares sacralizados los cuales se construyen, destruyen, santifican o mancillan. Los Libros 1 y 2 de los Reyes se refieren a ellos particularmente así como los Profetas. Los lugares santos se distinguen de los altos lugares al mismo tiempo que presentan una semejanza con ellos. El profeta Ezequiel (43,8 sg.) hace alusión a los lugares santos a propósito de la vuelta de YHVH a su templo: «Tal es la ley de la casa: en la cumbre de la montaña, su territorio todo alrededor es santo de los santos» «Este lugar es una tierra santa» (3,5), dirá el autor del Exodo. En el Antiguo Testamento, por su santidad el Eterno sacraliza los espacios. La sacralidad del Tiempo revela su presencia. Cuando Jacob parte de Bersabe para ir a Haran, llega a un lugar donde pasa la noche ya que el sol se ha puesto. Tomando una piedra, hace de ella su cabecera. Visitado por un ensueño, él ve una escala uniendo tierra y cielo. En la escala, los ángeles suben y bajan. El Eterno se mantiene en la cumbre y él escucha su voz. A su despertar, Jacob exclama: «El Eterno está en este lugar y yo no lo sabía» (Gen. 28, 10 sg.) Así, el espacio insólito y sutil no es obligatoriamente conocido de antemano. Descubrirlo empuja a un estado nuevo. Lo más a menudo la enseñanza recibida no proviene de fuera. Se puede creer que es percibida del exterior, pero de hecho, emana lo más a menudo de adentro. La fuente oculta en el misterio mana, fluye y se desliza en un murmullo o en el silencio. En ciertos casos, lleva el ruido de las grandes aguas con el fin de ser escuchada operando así una ruptura. Por que es de una ruptura de lo que se trata. Hay un antes y un después. Entre ambos, el tiempo se detiene: una enseñanza que proviene del mundo invisible, es recibida. Lo que es «escuchado» es visto. «Escucha hija mía y ve» (Sal. 45, 10). El oído y la vista se juntan. Voz divina, voz del Si mismo, voz de la profundidad rompiendo los obstáculos, las envolturas protectoras; revelación del misterio, del secreto. Como no acordarse aquí de un texto del Eclesiates (16,22): Escúchame, hijo mío, y aprende la sabiduría Y vuelve tu corazón atento... Yo te descubriré una doctrina pesada en la balanza Y yo te haré conocer una ciencia exacta. Así, el secreto oculto se descubre en parte a todo hombre atento en capacidad de recibirle.

EL MISTERIO DEL ESPACIO INTERIOR

La voz divina llega dando brincos por encima de los montes y las colinas, según el lenguaje bíblico. Y habitualmente se atribuye su origen al exterior. En ciertos casos, convendría mencionar la alianza secreta, la connivencia entre los espacios insólitos del universo, y el espacio secreto del interior. Este espacio interior puede recibir un eco del lugar que él visita. O al revés, es la profundidad del interior la que permite descubrir los espacios insólitos que le llegan como ecos. Lo que está oculto accede a la luz y muestra su rostro. Lo oculto se revela. Anteriormente, la realidad se disimulaba con el fin de provocar la búsqueda, de estimularla. Encontrado el punto esencial, se trata entonces de un ahondamiento. El secreto retrocede ya que posee siempre un contenido que es importante de investigar aun más. «Digo mis misterios a aquellos que son dignos de mis misterios», leemos en el Evangelio según Tomas. Y además: ... yo soy el Todo: el Todo ha salido de mí, y el Todo a llegado a mi. Partir la madera: yo estoy ahí; elevar la piedra, y ahí me encontrareis. Así, todo es portador de la realidad luminosa. Sin embargo, ciertos espacios privilegiados la condensan. Esos espacios son faros durante el claro-oscuro de la existencia. A veces, ellos desvelan la claridad o todavía el crepúsculo. El amante de la claridad sabe que la sombra acompaña a la luz. En lugar de pararse en la sombra, en lo negativo, a aquel que divisa y da la vuelta totalmente, como lo susurra el himno de Completas retomando un texto de Pedro (5,8), él es seducido por la enseñanza dada por la aurora o por el pleno mediodía. El misterio de ciertos espacios aparece insólito para aquellos que ignoran la presencia de lo invisible que de vez en cuando nos interpela invitándonos a proseguir nuestra ruta yendo siempre más lejos.

PUENTES ENTRE LO VISIBLE Y LO INVISIBLE
Este comentario en torno al tema del «misterio de ciertos espacios» no ha sido abordado de manera exhaustiva. Algunos ejemplos han sido simplemente presentados con el fin de provocar una reflexión. Es importante despertar en la memoria recuerdos más o menos escondidos. Cada uno posee su propia experiencia con referencia a los lugares insólitos, espacios sutiles, del exterior y del interior, cargados de vibraciones a veces antinómicas. Quizás conviene interpretar estos espacios como otros tantos signos, mensajes que nos son dirigidos. Signos de ternura para recordar al hombre a la vez su origen y la doble posibilidad de su destino del cual él hace una elección en la medida de la plenitud de su libertad y de su propia capacidad con vistas al mundo invisible. «Asómbrate y comprenderás», aconsejaba Hesiquius de Jerusalén. El poder de asombro coincide con un estado de espontaneidad, de frescura pertenecientes a la juventud del corazón. Esta está privada de relación con la edad, y por tanto con la temporalidad. Cuando durante su vieja terrestre el hombre encuentra lugares insólitos por el hecho de su sutilidad, su fuego interior está animado por briznas o brasas de paja. Así la llama se mantiene. Ciertamente, llega un momento en el que su horno interior no se encuentra ya en la necesidad de ser alimentado. Se ha vuelto comparable a la zarza ardiente que «arde sin consumirse». Todo se vuelve camino de luz, puente entre lo visible y lo invisible. Que el hombre intente la maravillosa aventura del viaje interior, él irá de descubrimiento en descubrimiento. Son las huellas de la dimensión divina las que él descubre en su profundidad. Y ya no padecerá en adelante ninguna necesidad de investigarlas fuera. Sin embargo, en la medida de sus encuentros con los espacios

sutiles, él podrá sonreírles para agradecerles su presencia, considerándolas como los arcos de paz y de luz emergiendo del mar sombrío y caótico del mundo.
NOTAS –––––––––––––––––––––– 1.- Sobre este tema ver Pierre Deffontaines, Geographie et Religions, Paris, Gallimard, 1948 2.- Sobre la naturaleza, ver M. D. Chenu, La Théologie du XIIe siècle, Vrin, p. 23. 3.- B. Gorceix, La Mystique de Valentin Weigel et les origines de la théosophie allemande, Université de Lille III, 1972. 4.- Serge Bolshakoff, Rencontre avec la prière du coeur, éd. Martingay, Genève, 1981, p.35. 5.- Mircea Eliade, Images et symboles, Paris, Gallimard, 1952, pp. 223-224. 6.- Ibidem.

************ Extraído de: Questión de... nº116: Marie-Madeleine Davy, Les Chemins de la profondeur. Revue trimestrielle - Albin Michel, B.P. 21 - 84220 Gordes (Francia). ************
Sobre la "Metafísica de la Naturaleza" puede consultarse GEOSOFIA Sobre las influencias oscuras adheridas a ciertos espacios puede consultarse: "RESIDUOS PSIQUICOS" de René Guénon