LA RESURRECCIÓN

Ernesto Junior Martínez Avelino

30 de abril de 2012

PONTIFICIO SEMINARIO PALAFOXIANO ANGELOPOLITANO

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Introducción En no pocas ocasiones, nos exponemos a las invectivas de los ambientes secularizados que intentan derrumbar nuestras ideas, valores, convicciones e incluso la fe. Estas podrían verse como ataques y no más, sin embargo, son una gran oportunidad para ponernos a prueba y defender lo que decimos que es nuestro, pues con ello nacimos y ya forma parte de nuestra familia cultural. En lo que respecta a Dios, no son pocas las ofertas que proponen un canje de dioses que prometen solución rápida y fácil a los problemas de cada día. Unos viven largo tiempo, ya sea por la suerte de principiante y otros, gracias al esfuerzo psicológico de la persona. Pero al final, todos caerán, pues no tienen más fundamento que su propio devenir. No hay plataforma donde aterrizar los deseos, anhelos y exigencias personales. No hay un arriba ni un abajo, como dirían los filósofos. No hay un Dios, y no lo hay porque no se le conoce. El Dios que promete la vida parece escondido y oculto ante nuestra más grande necesidad, y la angustia, frustración y decepción de Dios se afianza en nuestro corazón. La cosa no es fácil, y tiene que ver con las ideas e imágenes que tenemos del mundo y de Dios, pues no cualquier persona que está dispuesta a sacudir su propia fe, no con el ánimo de mermarla o distorsionarla, sino para purificarla y asegurarle un lugar privilegiado en el abanico de sus convicciones existenciales, confrontándola con sus propias dudas humanamente válidas y con las oposiciones con que la ciencia apuesta su preeminencia en la legitimidad del pensamiento humano. Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado, es un tema de carácter fundamental y universal, que implica a todo hombre, creyente o no, pues desde que Cristo resucitó, el hombre no puede ser entendido desde la mera finitud del ser, desde la nada a toda esperanza ulterior. Después de la muerte, habla Cristo y es quien tiene la última palabra. La Resurrección supera con mucho las condiciones espacio-temporales de esta historia y de este mundo al que nos sentimos familiarmente apegados. El acontecimiento de la Resurrección supera toda expectativa histórica que se conforme con esta vida.

LA RESURRECCIÓN

Palabras clave: muerte como descenso, historia y meta-historia, Resurrección psicosomática, Resurrección como certeza-esperanza.

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ÍNDICE

Introducción……………………………………………………….…………………..2

I.

La muerte de Jesús como punto de partida de su Resurrección………………………….…………..4

II.

El acontecimiento de la Resurrección en la discusión teológica…………………………………..…………………….7

III.

Motivos para creer en la Resurrección................................................................11

Conclusión…………………………………………………….……………………..14

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Referencia bibliográfica…………………………………………..…………………15

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I.

La muerte de Jesús como punto de partida de su Resurrección

Un primer significado de los textos del Nuevo Testamento sobre la Resurrección de Jesús es la de exaltar la realidad de su muerte, es decir, que Jesús, el Cristo, realmente murió y compartió con nosotros este destino humano (CEC 632). Pero ¿cómo puede ser esto? ¿Es posible que Jesús siendo Dios haya muerto? La experiencia de la muerte en Jesús fue del todo real, de lo contrario, estaríamos cayendo en una herejía, apostando que su sufrimiento fue simulado o que murió su humanidad y no su divinidad y nos seguiríamos con un sinfín de deslices y errores. El misterio de la Encarnación nos dice que Cristo asumió toda la realidad humana, incluso la misma muerte, el dolor, la soledad y el sufrimiento, recordando que solo quedó exento de aquello que nos mereció la muerte del pecado (BOFF, L., 200812). Toda experiencia humana que se vive en una situación límite fue compartida por Jesús desde el pesebre hasta la cruz. Él no quedó exento a la duda, la impaciencia, la vergüenza, la angustia, el estrés, pues fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Hb 4, 15). Y tanto fue el sufrimiento de la cruz que difícilmente puede ser explicado con la naturalidad de la crónica. La muerte de Cristo fue completa porque a través de su propia experiencia vio la muerte que había elegido libremente soportar, el alma de Cristo descendió al mundo inferior donde se da la visión de la muerte (Nicolás de Cusa, citado en BALTHASAR, H., 2000, 147 p.).

Podemos decir, con todas sus letras, que la experiencia de la muerte de Cristo fue una muerte que lo truncó brutal e infamemente. No había más que enmudecer de la crueldad del dolor y de la impotencia (RATZINGER, J., BALTHASAR, H., RHANER, K., y otros, 2010). Entonces ¿Cristo murió realmente? Claro que sí (Ds 4006), aunque por irracional que parezca, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, murió realmente, de lo contrario su Resurrección no tendría la efectividad que tiene, o bien, se entendería como un re-vivir, un re-cobrar la conciencia o un re-greso de un largo letargo (Ds 4616). Las palabras de Jesús en la cruz Todo está cumplido (Jn 19, 30), en griego τετε,λεσται, indican que toda su obra desde la Encarnación hasta ese momento insufrible de la cruz había llegado a su fin, hasta el extremo (RATZINGER, J., 2011). Dicho de otra manera, Jesús, con su último suspiro pone un punto definitivo a toda su obra como el Mesías.

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¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos (Segunda lectura del Oficio de lectura, Sábado Santo).

Sin embargo, la historia no termina ahí. No hablamos de un Dios fracasado delatado por el lamento desesperado desde la cruz. Tampoco del Dios omnipotente que es ajeno al sufrimiento y al dolor humano. No es el Dios del suicidio que cobra su benevolencia con el sacrificio de una vida inocente. ¡No! Ese no es Dios del que hablamos. Hablamos del Dios que es presente en todas las circunstancias del hombre concreto. Hablamos del Dios que es con cada varón y cada mujer que busca un más, un para qué y un por qué, y ese Dios penetra en la historia, de tal modo, que la misma historia y el tiempo no pueden ser leídos de manera literal, como un suceder natural de los acontecimientos, la historia se ha trans-formado en un texto que no puede ser leído con los mismo ojos históricos. Porque Dios ha actuado de manera insuperablemente concreta en la persona de Jesús de Nazaret, y de ello nos ha hecho participes, sobre todo, en su Resurrección (BALTHASAR, H., 2000). Dios se ha manifestado en lo más profundo del rebajamiento, abandono y entrega de su Hijo en la cruz. Dios, movido (passio) por un amor libre cargó con el pecado de cada hombre y no solo experimentó el sufrimiento, sino la misma muerte (RATZINGER, J., BALTHASAR, H., RHANER, K., y otros, 2010). En esta perspectiva se le puede dar crédito a la fúnebre sentencia de Nietzsche: Dios ha muerto. La descripción que hacen los Evangelios sobre el descendimiento de la cruz, la preparación del cadáver y su sepultura son un claro testimonio de que Jesús aceptó el cursó natural de la vida: Jesús murió y ahora regresa a la tierra (BALTHASAR, H., 2000). Este hecho de la sepultura de Jesús marca el carácter irrevocable de que él murió, y si es que su regreso a esta tierra es tal y como dictan las profecías, su persona no estará en las mismas dimensiones espacio-temporales. Es decir, si Jesús regresa no lo hará a la manera de los dioses míticos con la bandera cósmica de las leyendas antiguas, poniendo así en tela de juicio su carácter histórico, pues puede ser entendido como alegoría, símbolo o como intento de solución a la frustración colectiva (Ds 4682).

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Como ya dijimos, Dios se ha manifestado de manera insuperablemente concreta en la persona de Jesús, por lo tanto, Dios ha entrado en la historia, sometiéndose a las leyes humanas por crueles que sean: (Cristo) siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 6-8).

Siendo así, ¿cómo puede entenderse este acontecimiento? Ciertamente el hecho de Dios en la cruz no entra en las categorías lógicas del pensamiento moderno y es considerado como irracional o blasfemia para los sectores fundamentalistas: « Este dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo » (…) Dícele Jesús: « Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo. » Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: « ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia » (Mt 26, 61.64-65).

El estar muerto del Hijo de Dios solo puede entenderse a la luz de la Resurrección, con toda la certeza que promete la Cena del Jueves pues ¿de qué dio gracias si no de la seguridad de que no sería abandonado por su Padre? En efecto, todo clamor de angustia y desesperación cobra nueva identidad de confianza en el conjunto de la obra de Jesús, es decir, que la muerte de Jesús -Viernes- no es un hecho que se pueda descifrar aisladamente, sino que se funda en la certeza de poder dar su cuerpo y su sangre anticipadamente a la cruz -Jueves-, pues bien sabía que había sido escuchado por su Padre (RATZINGER, J., 2011) y no experimentaría el caos del pecado puro (BALTHASAR, H., 2000). (Cristo) habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente (Hb 5, 7). Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan, y hasta mi carne en seguro descansa; porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción (Sal 16, 9-10).

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De este modo, con la fe en el nuevo acontecimiento es como puede entenderse la evidente ausencia de Dios como ocultamente presente (KÜNG, H., 2007 7), pues si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe (1 Cor 15, 17), de tal manera que la Resurrección es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo (CEC 638). Por la Resurrección de Jesús, el Dios Bueno y Todopoderoso muestra a los fieles que es solidario y sufre con los hombres de todos los tiempos. La última palabra es la de Dios.

II.

El acontecimiento de la Resurrección en la discusión teológica

Si en verdad se está interesado en el tema de la Resurrección como acontecimiento de la historia de la humanidad en un hombre concreto de Nazaret, se verá que la cuestión no es de fácil compresión ni mucho menos de fácil resolución. Las ideas sobre este tema se abrirán paso de entre el conformismo y la indiferencia de muchos “cristianos” y en el momento de la prueba, la fe, sorprendida, será la primera en caer, agobiada por las imágenes equivocadas sobre Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre. Para este apartado hemos de aterrizar sobre un hecho que se registra en el Nuevo Testamento y me refiero a la Resurrección de Jesús. El testimonio más antiguo sobre la Resurrección data del 54-57, y lo tenemos en 1 Cor 15, 3-8: Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo.

A lo largo del de la Sagrada Escritura aparecen varios testimonios de resurrecciones. Citamos algunas de ellas:

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 1 Re 17, 17-23: Elías y la viuda de Sarepta.  2 Re 4, 32-37: Eliseo y la sunamita  2 Re 13, 21: Al sepultar unos a un hombre, vieron una banda armada y

arrojaron el cadáver en el sepulcro de Eliseo, y cuando llegó a tocar el muerto los huesos de Eliseo, revivió, y se levantó sobre sus pies.
 Lc 7, 12-15: Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín.  Lc 8, 49-55: Jesús resucita a la hija de Jairo.  Jn 11, 43,44: Jesús resucita a Lázaro.  Hech 9, 37-40: Dorcas es resucitada.  Hech 20, 9-12: Un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana,

rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto.

Es necesario aclarar que la Resurrección de Jesús no es un simple devolver un muerto a la vida de este mundo, como ocurrió en la resurrección del joven de Naím. Según el testimonio de las cartas de Pablo y de los Evangelios, la Resurrección de Jesús son de carácter escatológico, es decir, que marca el tiempo de los últimos acontecimientos y con él se inicia nueva creación (LOHFINK, G.). El acontecimiento de la Resurrección no pertenece ya a nuestras coordenadas verificables de espacio-tiempo y, por tanto, no puede ser delimitado en dichas coordenadas. Por eso, no es posible creer en una narrativa post-actum de manera literal. Quien lo crea así, piensa míticamente y no hace justicia a la intención del texto, a pesar de que la letra suene así. La Sagrada Escritura esconde algo más que un acontecimiento histórico, pues no pretende ofrecer una crónica de sucesos ni una descripción de lugares. Baste por ahora decir que la intención final de los relatos de la Resurrección es suscitar la fe y creer en él (πιστευ,ων ειvj), en aquel que ha sido enviado por el Padre y es capaz de dar vida eterna (Jn 3, 16). Por lo que podemos decir que la Resurrección no es un acontecimiento que pertenece simplemente al pasado, es actual. Supera los límites de la historia. Ahora pues, la fórmula neotestamentaria “resucitó” es expresada en los Sinópticos (Mt 28, 6; Mc 16, 6; Lc 24, 6) como ηvγε,ρθη (eguérthe) que viene del verbo εvγει,ρω (egueíro) que significa despertarse, alzarse o levantarse -y siguiendo los

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Sinópticos- de entre los muertos según Lc 24, 5 ( µετα, τω/ν νεκρω/ν). En el Credo Niceno-Constantinopolitano el verbo “resucitó” se enuncia como αvναστα,ντα (anastánta) que viene del verbo αvνι,στεµι (anístemi) y señala la acción de levantarse o alzarse. Este verbo viene a su vez de ι,στεµι (ístemi) que en este contexto puede significar iniciarse, surgir, establecerse, comenzar o mejor, tener vida en plenitud. De cualquier manera, estos verbos, tanto en los Sinópticos como en el Símbolo de Nicea indican que la Resurrección marca un nuevo inicio en la creación. Él es la nueva creación. Aun así, persiste la cuestión sobre cómo interpretar la afirmación de que Jesús resucitó. Acerca de la Resurrección, no podemos decir que fue solo un mito del Jesús de la fe y que por lo tanto nuca sucedió, pero existe en la creencia colectiva. El problema es complejo. ¿Cómo entender el acontecimiento que tanto impacto causó en los apóstoles? Las opiniones pueden ser de diversa índole y en ocasiones, unas distanciadas de otras, de tal manera que si alguien se centra en el mensaje de dicho acontecimiento, lo más probable es que otro abogue por su credibilidad histórica. En esta tarea interpretativa han participado teólogos, tanto protestantes como católicos y cada uno de ellos han aportado sus reflexiones en torno al significado de la Resurrección para los hombres contemporáneos (BOFF, L., 1994). A continuación abordaremos de manera sintética algunas posturas de la teología protestante y católica que sin duda darán alguna luz que amplíe nuestra reflexión.

Teología Protestante: Bultmann: la Resurrección no es un hecho histórico, sino expresión del significado de la cruz. Es decir, la fe en la Resurrección es la expresión de la fe en Cristo y no está al alcance del método histórico, pues solo es accesible por la fe.
a)

Marxen: la Resurrección no es un hecho histórico, sino una interpretación de las apariciones, condicionada por el horizonte apocalíptico. No se trata de constatar un hecho histórico, sino se trata de una interpretación condicionada por una cosmovisión muy particular del ambiente y de la época. La Resurrección no es tanto un hecho, sino una manera de decir lo que sucedió con ese hombre que murió crucificado. Por lo tanto, la interpretación Jesús resucitó no nos obliga a creer en ella, pues no formamos parte de esa cosmovisión.
b)

Pannenberg: la Resurrección es una interpretación de las apariciones, pero insustituible, pues alcanza el hecho histórico. Es decir, la Resurrección no es un hecho directamente histórico, sino indirectamente histórico, pues nadie vio la Resurrección, pero las apariciones y el sepulcro vacío llevaron a los apóstoles a
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concluir que Dios lo resucitó de entre los muertos (Hch 3, 15. 4, 10), y tal novedad de vida en el cuerpo pneumático de Jesús, atestiguado por los apóstoles en las apariciones hace pensar que la vida de este hombre no terminó en la cruz

Teología Católica: Gutwenger: la Resurrección es un hecho histórico basado en la realidad de las apariciones. La convicción de la Iglesia primitiva muestra que el Jesús vuelto a la vida se manifiesta como alguien vivo entre los vivos, como un hombre en la vida cotidiana. Sin embargo, tenemos que afirmar que el estado de la Resurrección no es lo mismo que estar re-vivificado, no es un volver. La Resurrección se presenta en la historia humana, pero no se le puede equiparar a un dato histórico ordinario.
a)

Schmitt: la Resurrección es un hecho de fe en la Iglesia primitiva. La Resurrección es considerada por los apóstoles como un hecho histórico tan real como la vida y muerte de Jesús. Para ellos, la Resurrección es la palabra decisiva con la que Dios se comunica con los hombres y les muestra que su fidelidad, sabiduría y poder descansan en este acontecimiento, primero como respuesta del Padre hacia el Hijo, y después como recompensa por su obediencia hasta la muerte:
b)

A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: « Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní? », - que quiere decir - « ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? » (Mc15, 34). Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre (Flp 2, 8-9).

Exégesis hermenéutica: la Resurrección no es directamente un hecho histórico, sino un hecho que aconteció en la persona de Jesús basado en las apariciones y que se configura como signo de fe para la comunidad creyente. Su anuncio solo puede ser revelado mediante las categorías propias del tiempo: fue elevado, está a la diestra de Dios, fue hecho Señor y Juez. Es el uso del esquema apocalíptico del que Marxen echó mano.
c)

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Lo único cierto en la exposición de estas posturas es que la formulación “Jesús resucitó” no es sencilla. La tensión de la interpretación bíblica suele sacrificar la historicidad del suceso, la intención del texto o la vivencia del mensaje por la comunidad. Como se vio, no se trata de afirmar o negar la Resurrección, sino de saber qué se entiende por Resurrección, y saber cómo la interpretan las fuentes evangélicas y cómo era entendida por la primera comunidad. Si bien, las narraciones sobre la Resurrección escapan al historiador y a cualquier intento descriptivo con toda certeza, entonces ¿estas narraciones sobre la Resurrección de Jesús pueden fundamentar de una manera cierta y suficiente nuestra fe en ella? La exposición de estas posturas también deja entrever que las narraciones de la Resurrección no pretenden ser un reportaje histórico en sentido moderno, sino más bien narraciones kerigmáticas al servicio de la predicación de que Jesús resucitó realmente y creer en él. No pretenden ofrecer material para un archivo científico, sino dar testimonio a los hombres de la época de la Resurrección de Jesús. Para ello se incluyen reflexiones teológicas que son muy posteriores a los acontecimientos y que fungen como prevenciones contra ataques y falsas interpretaciones, que sin duda las hubo, con los medios narrativos que se tenían a la mano (LOHFINK, G.). A primera vista parece que el asunto es complejo, pero basta con evitar dos posiciones extremas ante estas narraciones: ni querer mantener a la letra cada rasgo particular de la narración, como si se tratase de un documental histórico, ni rechazar fragmentos enteros considerándolos como leyendas sin ningún sentido para nosotros. Debemos entender las narraciones de la Resurrección como un desarrollo teológico de lo que experimentaron los discípulos de una manera pre-conceptual en los acontecimientos pascuales a raíz de la verdad de la Resurrección y glorificación de Cristo (LOHFINK, G.). Ahora bien, quedan aún dos aspectos que la discusión teológica ha tenido muy presente y son el sepulcro vacío y las apariciones (CEC 639-644; 656-657), y que vendrán a configurar nuestro siguiente apartado.

III.

Motivos para creer en la Resurrección

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En la narración de la tumba vacía podemos presuponer que en ella han influido las diferentes preocupaciones teológicas de los autores sagrados y de la comunidad, entre ellas, apologéticas. Pero esto no permite considerarla como una leyenda, puesto que la predicación de la Resurrección presupone necesariamente el hecho de la tumba vacía. Si tenemos presente que para los judíos de aquel tiempo resucitar de entre los muertos significaba necesariamente la resurrección corpórea, tenemos que concluir que la comunidad primitiva no podía predicar que Jesús había resucitado si en verdad no hubiese sabido que la tumba objetivamente estaba vacía (LOHFINK, G.; KÜNG, H., 20077). Aun así, ¿era necesaria la ausencia del cuerpo en la tumba para decir que Jesús había resucitado? Aunque por el momento tenemos que decir que el hecho del sepulcro vacío no demuestra por sí la Resurrección, lo cierto es que al hablar de la Resurrección de Jesús, hablamos del despertar de una persona, de un todo, de un σοµα πνευµατικο,ν (soma neumatikón), y por lo tanto, es un presupuesto, que en conjunto, es necesario para la fe en la Resurrección (RATZINGER, J., 2011). Por ejemplo, en Hch 2, 29 encontramos que Pedro constata que, por ahora, en David no se ha cumplido la esperanza de la vida: David murió y lo enterraron y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. El sepulcro con el cadáver es la prueba de que no ha habido resurrección. Con esto podemos decir que en la Resurrección de Jesús se cumple la promesa de Dios de salvar al fiel de la corrupción (RATZINGER, J., 2011). Los relatos sobre la tumba vacía no deben ser entendidos como reconocimiento de un hecho, sino como la reconstrucción narrativa, surgida ya bastante después (KÜNG, H., 20077). Con ello, podemos confirmar que el argumento del sepulcro vacío no es relevante para la fe, pero sí necesario para su comprensión, en el sentido de que el acontecimiento pascual está ilustrado o explicado por el sepulcro vacío (BOFF, L., 1994). Este argumento tomado aisladamente no posibilita conclusión alguna en la Resurrección de Jesús, es decir, en un principio se dijo que los seguidores de Jesús habían robado el cadáver, que un jardinero lo había cambiado de sitio, incluso se recurrió a terremotos que habrían provocado la desaparición del cuerpo en una grieta. Con todo, debe entenderse bien que el hecho de la tumba vacía no es todavía la Resurrección. En Lucas los discípulos no llegan a la fe por la noticia de la tumba vacía y en los Evangelios el significado de la tumba vacía debe ser explicado por los ángeles: “No está aquí, ha resucitado”. Esto nos indica que en sí, el fenómeno de la tumba vacía es ambivalente y abierto a distintas interpretaciones (LOHFINK, G.; KÜNG, H., 20077). Con respecto a las apariciones nos servirá de punto de partida el testimonio más antiguo de la Resurrección en 1 Cor 15, 3-8. La primera carta a los Corintios fue escrita por Pablo en el año 55 ó 56 en Éfeso, pero las fórmulas de fe citadas son mucho más antiguas y

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el mismo Pablo lo advierte: “Yo os he transmitido lo que yo mismo he recibido”. Con este testimonio nos acercamos mucho a los acontecimientos. Pero el punto valioso de este testimonio, que podemos llamar valor de la Tradición en la Revelación, es la afirmación, en conexión directa con la fórmula de fe citada, de que a él mismo se le apareció el Resucitado de la misma manera que se apareció a los otros apóstoles (RATZINGER, J., 2011). Nos encontramos ante un testigo de primera mano. Se ha dicho que los discípulos creyeron ver a Jesús, pues así introducimos la cuestión histórica más difícil ¿Cómo interpretar esta cuestión? ¿No se tratará de una simple proyección del subconsciente? Los discípulos apenas podían creer que su Maestro muriera de manera atroz y entonces surgió de su interior una imagen de su maestro que no estaba muerto, sino que seguía con vida (KÜNG, H., 20077). Se podría argüir, como los teólogos antes vistos que el deseo y su dependencia hacia Jesús sería la causa de las apariciones. Tal tesis carecería de valor, pues la diversidad de personas y grupos de personas que ven al Resucitado es un argumento mucho más serio en contra de unas visiones meramente subjetivas. Recordemos la aparición a 500 hermanos a la vez según 1 Cor 15, 5-6. Y ¿cabría la posibilidad de una psicosis colectiva? No nos es posible, por más que queramos, hallar la causa de estas apariciones bajo una perspectiva meramente psicológica. Pareciera que se nos han acabado los pretextos. Es prácticamente imposible considerar como meras visiones subjetivas las apariciones a personas tan distintas como Pedro, Santiago y Pablo, considerando también la multitud de 500. Nos encontramos con personas de diferentes intereses, metas, orígenes y posiciones personales ante el acontecimiento de Jesús de Nazaret. La verdadera confesión original, y siguiendo el hilo de la Tradición, está en 1 Cor 15, 5-8 cuando dice: Se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce , y siguiendo con el recuento a más de 500… a Santiago, después a todos los apóstoles… por último, a mí (Pablo). Este pasaje denota el carácter vinculante de esta confesión sobre las apariciones del Resucitado a muchos. Esta revelación del Resucitado entra a formar parte de la fe de la Iglesia, como elemento esencial, destinada a todos (RATZINGER, J., 2011). Partamos de la idea que tenía el pensamiento judío de entonces sobre la resurrección de los muertos. La resurrección pertenecía a la doctrina de los últimos acontecimientos. La mayoría de los judíos del tiempo de Jesús estaban convencidos de que Dios resucitaría a los muertos al final de la historia. La resurrección pertenecía pues al fin del mundo (LOHFINK, G.). ¿Cómo era posible que este hombre, ya resucitado, fuera visible y palpable en nuestras coordenadas? ¿Había adelantado el futuro al presente? Esto significa que cuando los discípulos predican que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos, predican el fin del mundo, y empieza el mundo nuevo. Por ello, Cristo es la nueva creación.

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Si los últimos acontecimientos, según la mentalidad judía, pertenecen al fin de los tiempos, podemos concluir que lo que sabían los discípulos con respecto al tema, no podía crear una proyección psicológica, por más inconsciente que fuera, de una resurrección como la que ellos predicaban y que era profesada por la Iglesia primitiva. Por consiguiente, surge la fe en la experiencia real, metahistórica y escatológica en Cristo resucitado. Se podrían aducir muchas otras objeciones de carácter histórico e incluso clínico, pero todas ellas caerían por tierra, debido a que el acontecimiento de la Resurrección está más allá de la frontera infranqueable que toda ciencia nunca podrá superar (CEC 647). Tal vez se escudarán en la falta de material necesario y en que las investigaciones están en vías de desarrollo, que algunas de ellas dependen del avance tecnológico. Sin embargo, la Iglesia, desde el tiempo de los sucesos y a lo largo de los siglos confirma su fe en que Jesús no está en el sepulcro, pues ha resucitado, pues, por más que el hombre participe del avance científico y se alegre de los alentadores pasos, alcanzables solo por su medio inestable y falible, jamás se igualará con lo que Dios nos prometió con la Resurrección de Jesús, el Nuevo Hombre (CEC 651-655).

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Conclusión

Dios actúa de manera real en nuestra historia concreta. La acción de Dios no es un consuelo psicológico, ni un ideario del conjunto de los siglos. Cuando los contenidos esenciales del cristianismo se difuminan en una mera idea cuando no se mantiene en el fondo la Resurrección como acción de Dios en Cristo, como acción real y verdadera en la historia. De ahí vienen los dramatismos, la angustia como la experiencia de la nada, la ausencia de la cruz, etc. Por ello, creo que cabe una última pregunta: Concretamente ¿en qué repercute en nosotros la Resurrección de Jesús? La Iglesia cree firmemente que el hombre ya ha alcanzado su plenitud, llevando su propia historia hasta su meta. Esto solo se ha logrado a través de Jesús de Nazaret, el Cristo resucitado. En Él todo anhelo del ser halla su plenitud en la comunión con Dios, con los otros y con la realidad que me circunda. En Jesús, el Dios escondido se hace más que presente. Ya no hay velo que opaque el futuro del hombre. Ello debe suscitar en nosotros una confianza perfectamente razonable que se fía del Dios que es principio, pero que también es final de todo. La fe en la Resurrección puede y debe cambiar nuestras vidas en el aquí y en el ahora. No es solamente un crecimiento en sentido existencial o social. Se trata de radicalizar nuestra posición con respecto a Dios, que en último término sería conmigo mismo. La fe en un después no es un aditamento, es la certeza de que todo, incluso la muerte, halla la real superación en la gracia de Dios. Finalmente, parafraseando a von Balthasar, la certeza-esperanza que nos otorga la fe en la Resurrección de Jesús es que la historia del drama humano (de mi propio drama) no termina ahí, sino que continua ad infinitum en el contexto del nuevo drama protagonizado ahora por Dios en mi propia historia.

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REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

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Madrid: Ediciones Encuentro.

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