Pierre Bourdieu (2003) EL OFICIO DE CIENTÍFICO. CIENCIA DE LA CIENCIA Y REFLEXIVIDAD.

Curso del Collège de France 2000-2001
3. POR QUÉ LAS CIENCIAS SOCIALES DEBEN SER TOMADAS COMO OBJETO Contra la resistencia multiforme a las ciencias sociales El oficio de sociólogo (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 1968) afirmaba que las ciencias sociales son como las demás, pero que tienen una dificultad esencial para ser ciencias como las demás. Sin duda, esta dificultad es aún más visible en la actualidad, y para realizar el proyecto científico en ciencias sociales, es preciso dar un paso más, del que las ciencias de la naturaleza pueden prescindir. Es preciso historizar al sujeto de la historización, objetivar al sujeto de la objetivación, es decir, lo trascendental histórico, cuya objetivación es la condición del acceso de la ciencia a la conciencia de sí misma, o sea, al conocimiento de sus presupuestos históricos. Hay que preguntar al instrumento de objetivación que constituyen las ciencias sociales la manera de arrancar a esas ciencias de la relativización a la que han estado expuestas tanto tiempo que sus producciones se hallan determinadas por las determinaciones inconscientes que están inscritas en el cerebro del científico o en las condiciones sociales en cuyo interior trabaja éste. Cabria preguntarse por qué a las ciencias sociales les resulta tan difícil hacer reconocer su autonomía, por qué a un descubrimiento le cuesta tanto esfuerzo imponerse en el exterior del campo e incluso dentro de él. Las ciencias sociales y, sobre todo, la sociología, tienen un objeto demasiado importante, demasiado acuciante, para dejarlo moverse a sus anchas, abandonarlo a su propia ley, demasiado importante para que se les conceda el mismo grado de autonomía de las restantes ciencias y para que les sea otorgado el monopolio de la producción de la verdad. La ciencia social está especialmente expuesta a la heteronomía porque la presión exterior es especialmente fuerte y las condiciones internas de la autonomía son muy difíciles de instaurar. Otra razón de la débil autonomía de los campos de las ciencias sociales es que, en el propio interior de esos campos, se enfrentan unos agentes desigualmente autónomos y que, en los campos menos autónomos, los investigadores menos heterónomos tienen mayores posibilidades de imponerse socialmente en perjuicio de los investigadores autónomos: los dominados científicamente son los más propensos a someterse a las exigencias externas, y los más predispuestos a satisfacerlas. La ciencia social tiene una tercera particularidad que hace muy difícil la ruptura social que es la condición de la construcción científica. La lucha científica está arbitrada por la referencia a lo “real” construido. En el caso de las ciencias sociales, lo “real” es absolutamente exterior e independiente del conocimiento, pero es a su vez una construcción social, un producto de las luchas anteriores que sigue siendo un objetivo de luchas actuales. Por consiguiente, la ciencia social es una construcción social de una construcción social. Hay en el propio objeto, o sea, tanto en el conjunto de la realidad social como en el microcosmos social en cuyo interior se construye la representación científica de esa realidad, el campo científico, una lucha por la construcción del objeto, de la que la ciencia social participa doblemente: atrapada en el juego, sufre sus presiones y produce allí unos efectos, sin duda, limitados. El analista forma parte del mundo que intenta objetivar y la ciencia que produce no es más que una de las fuerzas que se enfrentan en este mundo. La sociología no puede confiar en el reconocimiento unánime que alcanzan las ciencias de la naturaleza y está condenada a ser contestada, controvertida. 1. OBJETIVAR EL SUJETO DE LA OBJETIVACIÓN La reflexividad no sólo es la única manera de salir de la contradicción que consiste en reivindicar la crítica relativizante y el relativismo en el caso de las restantes ciencias, sin dejar de permanecer vinculado a una epistemología realista. Entendida como el trabajo mediante el cual la ciencia social, tomándose a sí misma como objeto, se sirve de sus propias armas para entenderse y controlarse, es un medio eficaz de reforzar las posibilidades de acceder a la verdad reforzando las censuras mutuas y ofreciendo los principios de una crítica técnica, que permite controlar con mayor efectividad los factores adecuados para facilitar la investigación. Los sociólogos deben convertir la reflexividad en una disposición constitutiva de su habitus científico, es decir, en una reflexividad refleja, capaz de actuar no ex post, sino a priori, sobre el modus operandi. Pero tienen que escapar previamente a la tentación de plegarse a la reflexividad que cabría llamar narcisista, no sólo porque se limita muchas veces a un regreso complaciente del investigador a sus propias experiencias, sino también porque es en sí misma su final y no desemboca en ningún efecto práctico. La reflexividad práctica sólo adquiere toda su fuerza si el análisis de las implicaciones y de los presupuestos de las operaciones se prolonga en una auténtica crítica de las condiciones sociales de posibilidad y de los límites de las formas de pensamiento que el científico ignorante de esas condiciones pone en juego sin saberlo en su investigación y que realizan sin saberlo, en su lugar, las operaciones más específicamente científicas, como la construcción del objeto de la ciencia.

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La reflexividad reformista no es una historia individual y sólo puede ejercerse plenamente si afecta al conjunto de los agentes comprometidos en el campo. Esta concepción reformista de la reflexividad puede ser para cada investigador y, a fortiori, la escala de un colectivo, el principio de una especie de prudencia epistemológica que permita adelantar las probables oportunidades de error o, en un sentido más amplio, las tendencias y las tentaciones inherentes a un sistema de disposiciones, a una posición o a la relación entre ambos. Una tarea de objetivación sólo está científicamente controlada en proporción a la objetivación a que ha sido sometido previamente el sujeto de la objetivación. En otras palabras, mis posibilidades de ser objetivo son directamente proporcionales al grado de objetivación de mi propia posición y de los intereses relacionados con esa posición. Convertir la objetivación del sujeto de la objetivación en la condición previa de la objetivación científica no sólo significa, por consiguiente, intentar aplicar a la práctica científica los métodos científicos de objetivación, sino que también es poner al día científicamente las condiciones sociales de posibilidad de la construcción, o sea, las condiciones sociales de la construcción sociológica y del sujeto de esa construcción. Recapitulando: lo que se pretende objetivar no es la especificidad vivida del sujeto conocedor, sino sus condiciones sociales de posibilidad y, por tanto, los efectos y los limites de esa experiencia y del acto de la objetivación. Lo que se pretende dominar es la relación subjetiva con el objeto que, cuando no está controlada y es él quien orienta las elecciones de objeto, de método, etc., es uno de los factores de error más poderosos, y las condiciones sociales de producción de esa relación, el mundo social que ha construido no sólo la especialidad y el especialista, sino también la antropología inconsciente que él introduce en su práctica científica. Esta tarea de objetivación del sujeto de la objetivación debe ser realizada en tres niveles: en primer lugar, es preciso objetivar la posición en el especio social global del sujeto de la objetivación; su posición de origen y su trayectoria, su pertenencia y sus adhesiones sociales y religiosas; es preciso objetivar a continuación la posición ocupada en el campo de los especialistas, ya que cada disciplina tiene sus tradiciones y sus particularismos nacionales, sus problemáticas obligadas, sus hábitos de pensamiento, sus creencias, etc.; en tercer lugar, es preciso objetivar todo lo que está vinculado a la pertenencia al universo escolástico, prestando especial atención a la ilusión de la ausencia de ilusión, del punto de vista puro, absoluto, “desinteresado”.

[Pierre Bourdieu, El oficio del científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad. Curso del Collège de France 2000-2001, Anagrama, Barcelona, 2003, pp. 149-163]

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