A G O N Í A D E L P R O Y E C T O C O M O R E P R E S E N T A C I Ó N R O B E R T O F E R N Á N D E Z

Una larga tradición emblematizada en E. Panofsky ( La perspectiva como forma simbólica, cuya edición alemana original es de 1927 y que ahora acaba de ser publicada como paper-book de bolsillo en Barcelona) identifica el concepto moderno de proyecto (ver antes, en su etimología latina) con un soporte de representación: sólo se puede ver antes lo representable, o más precisamente aún, recusando el equívoco prefijo retrospectivo re, lo ante-presentable. Benévolo, en uno de los ensayos de su antología La ciudad y la historia, al hablar de las prácticas de la gestión patrimonial, quizá sin proponérselo, formulaba un posible antagonismo entre pro-yecto y retro-yecto (nos hacemos cargo de este segundo neologismo), al referirse al campo de las operaciones dominadas por el re: restauración, refuncionalización, rehabilitación y dos docenas más de palabras-prácticas, a caballo entre la teología —resucitación— y la biología —revitalización—. De modo que por el flanco del acoso omnipresente de lo histórico inmutable dado en la expansión, incluso justificada económicamente alrededor del enaltecimiento del capital fijo, de la noción antes selectiva de corpus patrimonial, el proyecto a la manera renacentistapanofskyana parece retroceder. Claro que la cuestión se complica si oponemos a la noción de proyecto=representación la de la representación no como la esencia sino como un atributo o instrumento del proyecto. La primera definición es casi intrínseca a la arquitectura; la segunda tiene que ver con la exitosa exportación de esta idea originariamente específica de la arquitectura renacentista, al campo de las teorías sociales, políticas y económicas: hoy obviamente hay —aunque no suelen ser demasiado evidentes, caído el paradigma de la planificación — proyectos sociales, políticos y económicos, a menudo visualizables como las unidades mínimas de gestión de procesos de modelización futurible más abarcativos como las políticas, los planes y los programas. En la primera acepción, hoy atravesamos una etapa de crisis, dada en la tendencia a complejizar el efecto de espejo anticipatorio de la vieja noción cuattrocentista: el no-proyecto o la textualidad pura en Hedjuk (Víctimas) y en el scaling de Eisenman y sus Castillos de Verona son un par de ejemplos contemporáneos de la clausura del efecto de representación. La proliferación de la variabilidad infinita que permite el manejo de los medios digitales es otro de los cánceres de la antigua seguridad: en algún reportaje, Kurokawa señalaba que esa disponibilidad infinita de exploración era más que una ventaja, un problema, porque anulaba el momento de arbitrariedad del acto convencional del proyectista, en definitiva caracterizado por la propiedad exclusiva o personal de un modo de ver antes (que los demás). Viene aquí de perillas aludir a la boutade proferida por el poeta colombiano A. Mutis: «un optimista es alguien al que le faltan datos». O sea, un proyectista a la antigua. El japonés venía a decir lo mismo que U. Eco, cuando apuntaba que la infinita información disponible vía Internet era un problema más que un recurso, debido a la complejización del momento del cierre que implicaba la definición o totalización de un producto intelectual (una investigación o un ensayo), en definitiva, posible según se dispusiera de un quántum finito de información. Los psicoanalistas suelen decir que el análisis interminable se acaba cuando empiezan las redundancias. Por desgracia o suerte, esta agonía del concepto tradicional de proyecto ocurre en una época atravesada por una especia de saturación de las necesidades de objetos (proyectados) de parte de la sociedad, no tanto por una decisión de los sujetos sociales, sino por una cualidad de la omnipresente globalización que, antes que nada, es una homogeneización del campo del consumo material y simbólico, del cual escapan, por ahora, los pocos artefactos distintivos que requieren todavía diferenciación, o sea el proyecto de un ver antes competitivo, como las torres de las corporaciones, por ejemplo, colonizadoras del nuevo espacio económico (Shanghái, Hong Kong, Kuala Lumpur, etcétera). De modo que el concepto ampliado de proyecto —unidad de gestión— se presta tanto para el diseño de la conquista absoluta del mundo por el supercapitalismo globalizado, cuanto para el desarrollo de operaciones ya no anticipatorias de realidades objetivas y objetuales, sino críticoanaliticas (y por tanto, no exigidas de representabilidad). El proyecto todavía dura así, en el trabajo crítico cultural o en el multiplicado y aún caótico esfuerzo de los movimientos sociales: o sea, proyectos de resistencia a las tendencias de extinción de las socialidades urbanas.
Roberto Fernández (Buenos Aires, 1946), Doctor en Arquitectura, es autor de La ilusión proyectual… (1996), La naturaleza de la metrópolis (1999), El proyecto final (2000), Formas Leves (2005), entre otros, y ha publicado más de trescientos artículos en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Italia, México, Perú, Portugal, Reino Unido y Venezuela.