Claus Offe (2007) DEMOCRACIA DE COMPETENCIA ENTRE PARTIDOS Y EL ESTADO DE BIENESTAR KEYNESIANO.

REFLEXIONES ACERCA DE SUS LIMITACIONES HISTÓRICAS
Si comparamos las teorías liberales del siglo XIX y el marxismo clásico comprobaremos que existe un punto importante en el que ambas teorías coinciden. Tanto Marx como sus contemporáneos liberales, tales como J. S. Mill o Tocqueville, están convencidos de que, en sus respectivas sociedades, el capitalismo y la democracia total resultan incompatibles. Contemplando la experiencia de las sociedades capitalistas del siglo XX, existen pruebas fehacientes en contra de esta hipótesis decimonónica acerca de la incompatibilidad de la democracia de masas (definida como sufragio universal e igualitario más una forma parlamentaria o presidencial de gobierno) y la libertad burguesa (definida como producción basada en la propiedad privada y en un trabajo asalariado “libre”). Ante esta evidencia y con semejantes experiencias, la nuestra es en cierto modo una problemática opuesta a la que preocupaba a los escritores clásicos del liberalismo y del marxismo. Mientras que ellos pronosticaban la incompatibilidad, nosotros nos vemos obligados a explicar la coexistencia de los dos principios parciales de la organización social. Precisando más, debemos saber: 1) a qué disposiciones y mecanismos institucionales podemos responsabilizar de la coexistencia que se mostró mucho más sólida de lo que jamás hubieran esperado los teóricos del siglo XIX, y 2) cuáles, si existen, son los límites de tales mecanismos. El plantear esta cuestión es ya de por sí presuponer que existe alguna tensión real entre los dos respectivos principios organizadores del poder social y del poder político, la sociedad de mercado y la democracia política. Lenin y la tradición leninista rechazan las existencia de tal tensión. Admiten, en cambio, que existe una armonía preestablecida del domino del capital y las formas democrático-burguesas, sirviendo esta últimas fundamentalmente como medio para mantener engañadas a las masas. La distorsión recíproca es la propiciada por los ideólogos de las teorías pluralistas-elitistas democráticas. Afirman que la tensión entre los principios que gobiernan la sociedad de mercado capitalista y las formas políticas de carácter democrático habían sido por fin eliminadas en el sistema político americano. De acuerdo con esta doctrina, la lucha de clases en el marco de la sociedad burguesa ha sido reemplazada por lo que Lipset llama “la lucha de clases democrática”. Tanto la idea leninista como la pluralista-elitista de la democracia pasan por alto el factor que nos interesa. La una postula dogmáticamente una dependencia total de las formas y procedimientos democráticos del poder de clase, mientras que la otra postula, de forma igualmente dogmática, una independencia total del poder de clase y del poder político democráticamente constituido. La cuestión es la siguiente: qué instituciones y mecanismos regulan la extensión en la que ambos poderes pueden convertirse en incongruentes en una sociedad dada y cuáles son los límites de tal incongruencia potencias, esto es, límites que pudieran restringir el abanico de variación potencial del poder de clases y la autoridad política democráticamente constituida. 1) Mercantilización de la política y politización de la economía privada La continuada compatibilidad entre el capitalismo y la democracia surgió históricamente a causa de la aparición y el gradual desarrollo de dos principios mediadores: a) los partidos políticos de masas y la competencia entre partidos, y b) el Estado del Bienestar Keynesiano (EBK). Cada uno de estos principios mediadores tomó forma en gran parte en Europa durante o en las postrimerías de las dos guerras mundiales. En primer lugar, ¿de qué forma y en virtud de qué características estructurales contribuyen los partidos y el Estado del bienestar keynesiano a la compatibilidad entre el capitalismo y la política democrática de masas? En segundo lugar, ¿qué tendencias y cambios observables se producen en el seno del marco institucional, tanto de la “economía mixta” como del “sistema político mixto”, que amenacen la viabilidad de la coexistencia del capitalismo y la democracia? 2) La estabilización a través de la democracia competitiva de partidos Max Weber fue (junto con Rosa Luxemburgo y Robert Michels, que hicieron el mismo análisis con sus respectivos y específicos estilos) uno de los primeros teóricos sociales que comprendieron que la transformación de la política de clases en una política competitiva de partidos implicaba no sólo un cambio formal, sino también un cambio decisivo de contenido. A pesar de la extremada diversidad de sus perspectivas y actitudes políticas, existe un poderoso elemento común en sus análisis. Este ejemplo puede resumirse de la siguiente forma: en el momento en que se organiza la participación política de las masas en forma de democracia competitiva de partidos, la propia dinámica de esta forma organizativa pervierte y obstruye la realización de los intereses y la política de clase de diversas maneras: oportunismo (Luxemburgo), oligarquización (Michels) o inevitable sumisión plebiscitaria de las masas a los impulsos irracionales del líder carismático y utilización demagógica de la “maquinaria” burocrática del partido (Weber). En el momento en el que la voluntad popular se expresa a través de la instrumentalidad del partido competitivo que lucha por obtener el poder gubernamental, lo que se expresa deja de ser la voluntad popular, transformándose, en cambio, en un artefacto de la forma en cuestión y de la dinámica impulsada por los imperativos de la competencia política. Más específicamente, esta dinámica tiene tres efectos fundamentales: en primer lugar, la desradicalización de la ideología del partido.

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Para tener éxito en unas elecciones en su pugna por alcanzar el Gobierno, el partido debe orientar su actitud programática hacia las exigencias inmediatas del mercado político. Además, el partido competitivo totalmente desarrollado se ve obligado por los imperativos de la competencia a dotarse de una estructura organizativa altamente burocrática y centralizada. La consecuencia fundamental de este esquema burocrático profesional de la organización política es la desactivación de los miembros de la base. Cuanto más esté orientada la organización a la exploración de y a la adaptación al entorno exterior del mercado político en lo que podría llamarse una campaña electoral virtualmente ininterrumpida, tanto menos espacio queda para la determinación de la política de partido por medio de procesos internos de confrontación democrática en el seno de la organización. Una tercera característica de lo que Kirchheimer ha llamado el moderno partido “catch-all” (“atrápalo todo”) es la creciente heterogeneidad estructural y cultural de sus seguidores. Esta heterogeneidad surge del hecho de que un partido político moderno adopta el principio de “diversificación de productos”, en el sentido de que intenta abarcar toda una multitud de exigencias y preocupaciones diversas. Es fácil ver por qué y cómo las tres consecuencias de la forma organizativa del partido político competitivo -desradicalización ideológica, desactivación de miembros, erosión de la identidad colectiva- contribuyen positivamente a la compatibilidad entre el capitalismo y la democracia. Cada una de ellas ayuda a contener y a limitar el alcance de los objetivos y las luchas políticas, suministrando así una virtual garantía de que la estructura del poder político no se desviará en exceso de la estructura del poder socioeconómico, evitando de este modo que en la distribución de ambos poderes resulten incompatibles el uno con el otro. 3) Causas del declive del sistema de partidos como forma de participación de las masas Es perfectamente legítimo el argumentar hoy en día que la forma de participación de las masas en la política que se canaliza a través del sistema de partidos ha agotado gran parte de su utilidad respecto de la reconciliación del capitalismo con la política de masas. Por lo tanto, se ve desplazada cada vez más por otras prácticas y procedimientos de participación y representación política. En el transcurso de los años setenta, en muchos países capitalistas han surgido nuevos movimientos sociales que, por una serie de razones, resultan enormemente difíciles de insertar en el marco de las prácticas políticas competitivas de partido. Entre ellos están movimientos étnicos y regionalistas, diversos movimientos urbanos, ecologistas, pacifistas y movimientos juveniles. En gran medida, todos ellos comparten dos características: en primer lugar, sus proyectos y exigencias no están basados en una posición contractual colectiva en el mercado de bienes de consumo ni en el del trabajo, como era el caso de los partidos y movimientos de clase tradicionales. Por el contrario, su denominador común organizativo y de acción es cierto sentido de identidad colectiva. Íntimamente conectada con ésta existe una segunda característica: no exigen representación, sino autonomía. En pocas palabras, la lógica subyacente a estos movimientos es la lucha por la defensa de un “territorio” físico y/o moral, cuya integridad es fundamentalmente no negociable para los activistas de estos movimientos. En segundo lugar, muchos observadores, en una serie de Estados capitalistas, han analizado el proceso actual de “desparlamentarización” de la política pública y el concomitante desplazamiento de las formas territoriales de representación por las formas funcionales. Esto resulta especialmente evidente en las modalidades “corporativistas” que combinan los procesos de representación de intereses de actuantes colectivos con una organización de la política orientada a sus respectivos constituyentes. La representación política y la transformación gradual de la democracia en algún tipo de autoritarismo son una alternativa omnipresente a la competencia libre de partidos. En sentido analítico, lo que queremos decir al hablar de represión es la exclusión de la representación. Es más importante aún otro aspecto de la exclusión de la representación. Es la limitación de facto y/o formal de la competitividad en el seno del sistema de partidos, -ya sea por medio del fortalecimiento de la disciplina intrapartidaria y de las sanciones aplicadas a los disidentes, ya sea en las campañas electorales, donde a menudo se nota la ausencia de alternativas sustantivas en lo tocante a la conducción y el contenido programático de la política pública; sea finalmente en el plano parlamentario y del Gobierno, en el que la identidad de partidos individuales (y que “compiten” sólo nominalmente) desaparece con creciente frecuencia tras lo que se ha denominado la “gran coalición de los iluminados”, inspirada por alguna vigorosa “solidaridad de todas las fuerzas democráticas”. Si estoy en lo cierto cuando pienso que el desplazamiento del papel y la función política del sistema competitivo de partidos como viene indicado por la aparición de nuevos movimientos sociales, el creciente respaldo a las disposiciones corporativistas y la autolimitación de la competitividad de los sistemas de partido- constituye un proceso real que podría ilustrarse mediante infinidad de ejemplos en numerosos Estados, y sí también estoy en lo cierto al pensar que la forma organizativa del partido político competitivo desempeña un papel crucial en hacer que la participación demográfica de las masas sea compatible con el capitalismo, entonces el declive del sistema de partidos llevará con toda probabilidad al surgimiento de prácticas de participación y conflictividad política menos limitadas y reguladas, que podrían amenazar y rebasar de hecho las premisas institucionales de la forma capitalista de organización social y económica. 4) El Estado de bienestar keynesiano y su agotamiento

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Hasta el decisivo cambio de circunstancias de mediados de los años setenta, que vino marcado por la política de precios de la OPEP, el ocaso de la détente y el ascenso al poder de Reagan y Thatcher el EBK se había adoptado como concepto básico del Estado y de la práctica estatal en casi todos los países occidentales, al margen de los partidos en el Gobierno y con sólo modificaciones y retrasos de menor cuantía. Subyacente a este fenómeno existe un compromiso de clase políticamente instituido, o “acuerdo”, que Bowles ha descrito así: El acuerdo “representaba por parte de los trabajadores la aceptación de la lógica de la rentabilidad y del mercado como principios rectores de la asignación de recursos, del intercambio de los productos y de la localización industrial, a cambio de la garantía de que se protegieran los niveles mínimos de vida, los derechos sindicales y los derechos democráticos liberales, de que se evitaría el desempleo masivo y de que los ingresos reales aumentarían de manera más o menos lineal con respecto a la productividad del trabajo; todo ello por medio de la intervención del Estado, en caso de resultar necesario”. Resulta fácil observar por qué y cómo la existencia de este acuerdo ha contribuido a la compatibilidad del capitalismo con la democracia. Al aceptar los términos del acuerdo, las organizaciones de la clase obrera redujeron sus exigencias y proyectos a un programa marcadamente diferente a cualquiera que pudiera haber figurado en la agenda tanto de la Tercera como de la Segunda Internacional. Lo que estaba sobre la mesa en los conflictos de clase no era ya el modo de producción, sino el volumen de la distribución. Por encima de este tipo limitado de conflicto existía un acuerdo sobre las prioridades básicas, deseos y valor de la economía política, a saber, el crecimiento económico y la seguridad social. No existe ninguna respuesta inmediata y sencilla a la pregunta de suma cero de quién sale ganando y quién perdiendo, porque, si bien la función primordial del Estado del bienestar es cubrir aquellos riesgos e incertidumbres a los que están expuestos el trabajador asalariado y su familia en la sociedad capitalista, también existen algunos efectos indirectos que sirven a la clase capitalista. Habría, en primer lugar, un nivel mucho mayor de conflictividad industrial y una mayor tendencia entre el proletariado a evitar convertirse en trabajadores asalariados. En segundo lugar, tal conflictividad resultaría mucho más costosa en términos económicos porque quebrantaría el proceso cada vez más complejo e intenso de la producción industrial. Al igual que en el caso de los partidos políticos competitivos, estas innovaciones y sus efectos vitalizadores parecen haber alcanzado ya su límite. Mientras que las funciones integradoras del sistema de partidos han sido desplazadas en parte por formas alternativas de participación política, el Estado del bienestar keynesiano se ha visto atacado en virtud de algunos de sus efectos colaterales menos deseables y de su fracaso en la corrección de algunos de los males de un entorno económico que ha cambiado radicalmente, si lo comparamos con las condiciones que prevalecían antes de mediados de los setenta. aunque el EBK es un mecanismo excelente y excepcionalmente efectivo para dirigir y controlar algunos problemas socioeconómicos y políticos de las sociedades capitalistas avanzadas, sin embargo, no resuelve todos esos problemas. Y los problemas que pueden resolverse con éxito de los medios institucionales del Estado del bienestar no constituyen ya los más dominantes y urgentes de resolver. Más aun, este desplazamiento de la problemática socioeconómica es una consecuencia no deseada del propio funcionamiento del EBK. El EBK, de hecho, ha sido capaz de resolver, en una medida notable, el problema de la estabilización de la demanda macroeconómica. Pero, al mismo tiempo, ha mermado la habilidad de la economía capitalista para adaptarse al problema producción/explotación que se desarrolla con creciente virulencia a partir de mediados de los setenta. Lejos de estimular la producción, la práctica gubernamental de incurrir en déficit fiscal para combatir el desempleo, fomenta unas tasas mayores del mismo, dado que hace dispararse las tasas de interés y convierte el capital monetario en escaso y costoso. Además el Estado del bienestar se transforma parcialmente en un elemento de desánimo para el trabajo. Sus sistemas de seguros obligatorios y de derechos y subvenciones legales proporcionan de hecho una protección institucional tan fuerte para los intereses materiales de los trabajadores asalariados que la mano de obra se manifiesta menos dispuesta a dejarse coaccionar para que se ajuste a las contingencias de los cambios estructurales, tecnológicos, situacionales, vocacionales y otros de la economía. El Estado del bienestar keynesiano produce dificultades análogas (junto con la política reformista que ha generado) con respecto a la tercera categoría de oferta, o “factor de producción”, a saber, la naturaleza. Existen dos aspectos de los que yo considero una interpretación potencialmente útil (si bien parcial) de este cambio. Uno es la idea de que el Estado del bienestar keynesiano es una “víctima de su propio éxito”: los efectos colaterales de su fructífera práctica de resolver un tipo de problemas macroeconómicos ha llevado a la aparición de una problemática totalmente diferente que está más allá de la capacidad de arbitraje de EBK. El otro grupo de argumentos mantiene que, incluso en ausencia de estos efectos económicos colaterales, el paradigma político del EBK se acerca a su agotamiento definitivo por causas intrínsecas. Los argumentos relevantes, en pocas palabras, son dos: en primer lugar, la intervención del Estado funciona tan sólo mientras no se espera que sea aplicada como una cuestión rutinaria y por lo tanto, no entra dentro de los cálculos racionales de los agentes económicos. En cuanto esto ocurra, los inversores pospondrán sus inversiones, dado que pueden estar razonablemente seguros de que el Estado, tan sólo con que esperen el tiempo suficiente, intervendrá por medio de exenciones impositivas especiales, compensaciones por la depreciación o medidas de demanda. Una segunda debilidad intrínseca del EBK reside en los límites del modo legal-burocrático, monetarizado y profesional de intervención. La explicación de esta paradoja es bien conocida: la capacidad de los clientes para ayudarse a sí mismos se ven subvertidos por el modo de intervención, y los que suministran tales servicios, especialmente profesionales y burócratas de alto nivel desarrollan un interés material en la persistencia (más que en la solución) y en la continua expansión y redefinición de los problemas que supuestamente deberían erradicar. Así, por razones que tienen relación tanto con su efecto económico exterior como con las paradojas de su modo interno de funcionamiento, el EBK parece haber agotado en gran medida su potencial y su viabilidad.

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5) Conclusión El mecanismo de democracia competitiva de participación y el paradigma del Estado del bienestar keynesiano, se han visto sometidos a grandes tensiones de magnitud sin precedentes en la era posbélica. Las variantes políticas y económicas del acuerdo interclasista que han surgido gradualmente en todos los Estados capitalistas avanzados desde la primera guerra mundial y que han ayudado a compatibilizar democracia y capitalismo, están claramente en pleno proceso de desintegración bajo impacto de los acontecimientos y las paradojas ya discutidas. ¿Quiere esto decir que hemos regresado a una situación que justifica las opiniones convergentes de Marx y Mill con respecto al antagonismo entre la participación política masiva y la libertad económica? Sí y no. sí, porque tenemos bastantes razones para esperar un incremento de los conflictos sociales y políticos que carecen de mediación institucional, cuya expresión no se canalizará a través de los partidos u otros mecanismos de representación y cuyas fuentes no se verán ya desecadas por una política social y económica efectiva por parte del Estado. Pero también no, porque existen límites estrictos para una analogía entre dinámicas del capitalismo “tardío” y “nacimiento”. Uno de éstos deriva del hecho de que las fuerzas implicadas en tales conflictos son extremadamente heterogéneas, tanto en lo referente a sus causas como en cuanto a su composición socioeconómica.

[Claus Offe, “Democracia de competencia entre partidos y el Estado de Bienestar keynesiano”, en Lecturas sobre el Estado y las políticas públicas: Retomando el debate de ayer para fortalecer el actual, Proyecto de Modernización del Estado Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación, Buenos Aires, 2007, pp. 101-114.]

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