Daniel Medvedov

SATSANGHA
PEÑAS en MADRID

Madrid

2009 En Madrid, si no perteneces a una peña, eres nadie. Hay grupos de todo tipo, desde los amantes del Real Madrid hasta las peñas de música folclórica argentina. Pero en la India, las “peñas” espirituales se llaman SATSANGH, o satsangha y se crean en torno a un maestro. De hecho, SANGHA es la palabra sánscrita que designa al “grupo”, en general, y satsangh. es el grupo volcado hacia la práctica espiritual, bajo el mando de un guía. Sin guía, un grupo, o una peña, se convierte en una mera reunión de arrimados, sujetos sin rumbo, sin norte, sin tema, aunque los participantes compartan el interés por un tema elegido. He observado como hablan los invitados en reuniones de todo tipo. Cada quien emite sus palabras, nadie escucha, todos gritan y, a la larga, todo acaba como siempre: el té está frío, las mesas vacías, los más vivos ya se retiraron. ¿Para qué reunirse entonces? Hay ciertas normas en el satsangh: habla quien tiene algo que decir y el maestro de ceremonia ofrece la palabra, o la quita. Mientras alguien habla, los demás escuchan. Esto debería ser norma en todos los encuentros, de peña, de familia, de grupo, o peña de extraterrestres, o de cualquier reunión. Escuchar al que habla, ¡Qué elegancia!
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Pero no, no es fácil. El respeto para con el otro es, como decía y escribía en un otro texto, con título relacionado con la consideración, es una consecuencia, no el resultado de una petición. Yo mismo, en mis reuniones con los alumnos, he tenido grandes dificultades para obligar a todo el mundo que escuche al otro, pues todos tienen su historia, aunque sea necio e ignorante el que habla. De casualidad puedo hacer eso todavía, a mi mesa, con mi hijo, mi hija y mi mujer, y mi loca sobrina, con todas las incomodidades que ello genera. Mi niña, de unos once años, ya me manda a callar, aunque sea elegantemente, cuando pretendo explicarle, al preguntarme qué quiere decir tal o cual palabra, y yo empiezo con explicaciones de griego, sánscrito, latín y qué se yo, una jerga u otra. - ¿Me puedes decir, por favor, qué quiere decir eso y ya?- espeta la niña. No quiero que me expliques nada, no quiero griego y nada, ¿O.Kei? -O. Kei.- respondo, y mejor me callo. En fin, consideración, cariño, amor – cosas que no se piden y si hay, hay, pero no abunda. Luego de las clases de la noche, íbamos todos a comer con el maestro Su. ¡Qué mesas! Nos llevaba siempre a restaurantes chinos, en Caracas, en los cuales hablaba con el cocinero y de pronto, en la mesa, aparecían los manjares más inauditos de la vieja China del imperio de los Han. Siempre invitaba
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el maestro, y cada noche nos reuníamos unos quince, muchachas y muchachos. Fueron encuentro tipo “peña” de kung fu y medicina china, pero las conversaciones de sobremesa tocaban los más insólitos temas, desde poner los cuernos hasta cuanto tipos de sabores hay y cómo nombrarlos. Comer en la misma mesa con un tipo genial y escucharle como pregunta a todos sobre sus vidas, ideas y opiniones, quedándose él mismo discretamente en la sombra y sacando de uno la verdad como en un parto, es ciertamente como estar al lado de Sócrates. Detesto la presunción y como yo, cualquiera lo siente igual, hasta la naturaleza misma rebaja lo que resalta demasiado - con excepción de la jirafa - y eleva a los discretos. Tener criterio en una conversación de grupo es como alcanzar aquél saber que permite a alguien cortar una torta en pedazos, tipo sector, para que alcance a repartir a todo el mundo que está mirando. El maestro es el gran repartidor. En crisoledad no necesitas de grupo, pero la solitud y la soledad requieren un tipo de calor humano que solo se puede encontrar en el otro, en la comunión sin motivo, peña espontánea, y natural. Hay que luchar en contra de lo artificial en los sentimientos, aunque las respuestas artificiales parecen de naturaleza automática y aparentan estar llenas de un sabor lejano. Me encantaría participar en una peña de lectura de la firma personal. Me

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imagino rúbricas e improntas, cual más curiosa que otra, descritas y analizadas por un experto. O en una peña de la Odisea, en la cual se pueda hablar de las hazañas del héroe polimecánico. O, qué se yo, una peña de juegos infantiles, o de aritmología y geometría, de etimología, o mitología, junto a un tipo parecido a Joseph Campbell. No es fácil encontrar gente interesada en materias que a ti mismo te ponen. Los amantes del tango, empezando y terminando con mi sobrina ANCA, tienen peñas fantásticas. Tal vez el I Ching y el Tao Te Ching merecerían sendas peñas en Madrid. ¡Eh!-¡Peñola mía!- como decía Cervantes en la PEN-última página del Quijote, ¿De donde vendrá esa palabra “peña”? Ya sé, ya sé que es “piedra” pero me encantaría leer las palabras de los sabios etimólogos. En Covarrubias, sorpresa, no veo nada, ¿será que no sé buscar? Joan Corominas, el Salvador de las Palabras, y peña de los etimólogos, dice así: “PEÑA- 945 –[(ese es el año en que se asomó la palabra en los documentos escritos-(nota mía)] – Del latín PINNA,- “ALMENA”: las rocas que erizan la cresta de un monte peñascoso se compararon a las almenas de una fortaleza. Las palabras derivadas de “peña” son: • PEÑASCO • PEÑÓN • PIÑÓN- “ruedecilla engranada” del francés pignon, propiamente “rueda almenada” y este
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del latín vulgar PINNIO, -ONNIS, derivado de PINNA • DESPEÑAR • DESPEÑADERO • PINÁCULO (esto pareciera “piña en el culo¨ pero no es nada de eso, con perdón de
los puristas. Nota mía, no de Corominas, pues, ese galán era un caballero serio, no como otros)

Me informa la misma sobrina antes nombrada, que el PINO PIÑONERO es el único que tiene piñas con semillas comestibles, presente en todo el litoral mediterráneo. Mi hija me insultaría al oír todas esas disquisiciones del latín. Pero vale la pena acudir a los ilustres, te abren las puertas hacia otros despeñaderos de las palabras, un encanto de la búsqueda y del entendimiento. Puedo ahora, por fin, después de tantas andanzas, puedo decir algo genial: mira que una PEÑA en Madríz, es como un mecanismo de ruedas dentadas, en el cual hay ruedas mayores y también ruedecillas, pero si le quitas una, aunque sea la mínima, el aparato se entrinca, deja de funcionar y pierde todo encanto. Así pasa con los grupos de los humanos, también. Miento y me desmiento. No puedo pasar de Covarrubias, lanzo de nuevo la mirada por entre sus hojas y he aquí que se me había escapado el comentari (lo dejo así, en catalán, no le agrego la /o/, aunque fue un lapsus litterae) de este ilustre varón, sobre la PEÑA, pues era imposible que no lo hubiera:
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“PEÑA- Piedra grande, viva (¡!) y levantada en forma aguda. y assí se dixo del nombre latino pinna,ae. Proverbio: Dádivas quebrantan peñas. Peñascos, peñas grandes, en los montes y en las riberas del mar. PEÑÍSCOLA (yo agrego aquí, de mi propia cosecha el famoso PENIS), lugar en el reino de Valencia, península, penne insula Chersonessus (esa última palabra sé que es el griego para “península”). Peña de Francia, es una sierra entre Salamanca y Ciudadrodrigo,(sic), adonde cerca de los años 1490 se halló una imagen muy devota de nuestra Señora, y en el mismo lugar se edificó una yglesia y se fundó un monasterio de frailes dominicos. (no hay que olvidar que Santiago de Covarrubias escribía eso en 1611, sin Internet, ni enciclopedias). Es muy frecuentado este santuario, del cual hay particular historia.” Gracias a la bella doctora en filología, María Teresa Pajares, “miembra” - según dice la ministra de Igualdad de la Mujer, nueva peña ministerial de la España de nuestros días- María Teresa, amiga y digo de nuevo, “miembra” de una gran peña de música argentina que yo mismo frecuento como arrimado, pues gracias a ella tengo el covarrubias prestado, en mi casa, y lo abro con fervor, para gozo de mis lectores y afinados amigos que me leen.

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Decía con sorna Samuel Butler Yeats, en su diario, -recuerda, este caballero es el premio Nóbel de “Las Cuatro Estaciones”- que un escritor debería estar agradecido por ser leído por sus amigos y basta. Nosotros sí tenemos una Peña de Afijos en Madrid, de la cual, personas más serias y más ilustradas se retiraron, como fue el caso de la amiga Concha, profesora de griego, a raíz de mi comentario acerca de Heidegger. Dije una vez, en la sobremesa, que Heidegger era un idiota, en cursivas, por su etimología de la palabra “amor” y mira, eso provocó algo más que una gripe porcina. Pero los que se retiran de una peña están desterrados para siempre de las tierras de cultivo de la amistad.”Llámala, me decía la profesora, llámala. Pero yo jamás llamaría a un retirado. El retirado debe llamar y rogar de rodillas a ser aceptado de nuevo, en la citada “peña de afijos”, en el puesto y categoría de PTERNOGLYPHOS, o “cortajamónes”, “rascajamónes” (famoso nombre de rata en BATRACOMIOMAKHIA)-. Tengo un rosario entero de esos resabidos, y de resabiados, un pináculo. La última palabra de la anterior oración, se suele definir en griego clásico así: pterighion tú hieru, kiríos opu eferen o diabolos ton Iesun diá ná tón peiráxe. Quien no sepa griego ¡que venga a la Peña! El mismo Covarrubias decía, al citar cosas en latín sin traducir, que aquél que no sepa latín ¡que se las apañe con lo mejor que menos entienda!
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En griego, peña es algo así como PÉTRA, o LÍTHOS, y en hebreo, me recuerdo del propio Nuevo Testamento, que piedra es CEPHAS y por ello los cristianos pertenecen a la Peña de Cephas, Pedro, el Apóstol, pues asimismo dijo Jesús a Pedro, ¡el Peñón! ¡Así te quiero, como una peña, y sobre ella construirás mi iglesia!-(Iesus dixit). Es que si me tocan los cojones, me sale el erudito por todos los poros, para el espanto de los intelectuales. Con las excusas merecidas, retorno a mi amado y dilecto amigo, Covarrubias: “Peñafiel (no me lo nombres -diría la Casa del Rey, no me lo nombres, por intrometido), en Castilla la Vieja, villa muy noble de los duques de Osuna, de donde toman título de marqueses, los primogénitos de aquella casa. En este lugar se celebró un Concilio Toledano, el año 1302, adónde presidió el arçobispo de Toledo, don Gonçalo. Peñaflor, pueblo pequeño entre Córdoba y Sevilla, que antiguamente fue ILÍPULA, ciudad fuerte y populosa, la cual destruyeron los moros quando entraron en España. Despeñar, despeñadero.” Don Covarrubias le gana en sabor, a Don Corominas, aunque éste último, junto a otros, le tire al Sebastián, mil flechas y saggitas irónicas.

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¡Ya sé! Voy a crear en Madríz una peña de los fantasmas, en la cual invitaré a todos los muertos etimologistas, en sendas sesiones de espiritismo con cañas de cerveza, para reírnos de sus ñiki-´ñaqis lingüísticos! Cuando Dante entró en la peña de los muertos, en el propio infierno, los sin rumbo le preguntaron molestos a Virgilio quién era el arrimado vivo que osaba pasar por allí. Virgilio dijo: “Éste, vade mecum.” – o sea, “va conmigo”. “Pues, - dijeron los muertos- si va contigo cárgalo en la espalda, porque no pueden pasar los vivos por el camino de los muertos.” Al boca-sucia de Camilo José Cela ni por pienso que lo invite a la peña de los fantasmas, pues nos dejaría a todos K.O. con su diccionario secreto de palabras malsonantes, ¡nadando en cardúmenes, en dos volúmenes! Este escrito mío sería una suerte de SÁTIRA y HUMOR, pues los americanos de SCRIBD lo catalogarían como “texto creativo”, para salir al paso de las definiciones arbitrarias. No, mejor que peña de fantasmas sería fundar una peña de astronautas frustrados, o tal vez una de comedores de mierda, pues encontraría bastante miembros y miembras, en este ancho mundo. Yo pertenezco a la Peña de los Tablalleros de la Cabra Redonda, y nos reunimos en el sol del mediodía, a la medianoche, cuando se encuentran las dos manecillas del reloj.
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Hacemos, es cierto, un círculo vicioso, pero mágico, en torno al Rey Arturo, y cada vez que ocurre el encuentro, se cuenta el cuento llamado “Lo que más quiere una mujer”. Es la gran Peña del Grial, y de EXCALIBUR, de Percival y de la Dama del Lago. La ceremonia de apertura de los encuentros comienza con las siguientes palabras: “Escucha, hombre de la peña de los necios, a lo mejor así, aprendes algo de los antiguos.”

El joven rey Arturo andaba contento por los profundos y salvajes parajes de su amado Camelot, y de repente, en un claro de bosque, es sorprendido por un inmenso caballero verde, el dueño fantasmagórico del mundo visinvisible de los montes. -“¿Quién eres” – dijo el Rey, imperturbable. -“¿Y tú, joven amigo, respóndeme primero, por la cortesía que los iletrados deben a los portadores de espada, - ¿Quién, acaso, eres?” -espetó el inmenso hombre verde,

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que andaba a caballo, sobre una montura azul-celeste. -“Soy el rey Arturo y no me escapa la ironía de tus palabras, mequetrefe marciano que invades mis propiedades, sin temor a ser decapitado.”- gritó molesto Arturo. -“¿Decapitado? ¿Con qué acaso pretendes “decapitarme”?”- dijo el gigante. En ese preciso instante, Arturo saltó hacia atrás, horrorizado: su espada, la bella EXCALIBUR, no estaba a su cinto. La había dejado “en casa”, o sea, en el palacio, pues pensó que sólo salía a dar un paseo por sus propiedades. (Aquí, voy a

hacer un inciso, con las debidas disculpas para con los apurados. Eso me recuerda la pregunta que me hicieron los ancianos doctores en un hospital, en la China, el Hospital de Veteranos de Taipei, en la década de los ochenta. Era el examen de graduación como médico: “¿Usted es médico, ya?”- me preguntó el más venerable de los profesores. “¡Sí!”- dije, “¡Soy médico!” – pues era el ritual de graduación. Pero no estaba preparado a oír otra pregunta, que me dejó frío: ”Si es médico, ¿Dónde están sus instrumentos?”.

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Había dejado en la casa mis instrumentos médicos del kit de viajero. No pude rematar respuesta alguna.

“Si no tiene instrumentos, no es médico. ¡Venga usted, para graduarse, el próximo año, pero, le imploramos, traiga consigo, sus instrumentos, doctor! Y llévelos, cárguelos siempre, a pesar de todas las incomodidades que de ello resulte, pues el cocinero ¡Carga sus cuchillos y el carpintero sus tornillos!” Desde entonces, ya han pasado casi treinta años, no me alejo de mi pequeño necessaire médico que cargo colgado en la correa, a pesar de los insultos de la mujer que me recrimina por cargar mil cosas en los bolsillos. Y ni qué hablar de los rollos y tardanzas que he tenido que resolver en la aduana de los aeropuertos. A Arturo le pasó lo mismo que a mí en ese examen final.)

El Caballero Verde sonrió irónicamente y dijo: “Un rey, señor, carga su espada al cinto, no la deja en su casa. Si eres Arturo, como pretendes, ¿Dónde está EXCALIBUR? ¿Sacas a la brillante espada de la peña, para dejarla en la alcoba, como a una escoba detrás de la puerta? ¡No sé qué diría mi amigo Merlín si estuviera presente! Para hacer honor al maestro-mago, te
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perdono, por ahora y te doy un año para que me busques la respuesta a una pregunta que me tiene desastrado.” “¿Qué pregunta?”- dijo Arturo, avergonzado. “La pregunta es la siguiente, y exijo una respuesta clara y contundente, no quiero palabras baratas, ni cuentos de saltimbanquis, sino enseñanza verídica sacada de la experiencia, como sacaste tú a EXCALIBUR de la peña. He aquí la pregunta:
¿Qué es lo que más quiere una mujer?”

Ahora, puedes irte, pero recuerda, de hoy dentro de un año, a la misma hora, son las doce del mediodía, y en el mismo sitio, espero verte con la respuesta entre los dientes y además, con
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EXCALIBUR al cinto, “majestad”, no dejes más tu poder en la alcoba.” El Caballero Verde se alejo y desapareció en la niebla y Arturo, atónito y avergonzado, retornó a su castillo. Reunió enseguida a los Tablalleros de la Cabra Redonda (yo sufro de dislexia, no se extrañen) y cuando todos estaban reunidos, levantó la mano y les contó la historia. Cada uno empezó a decir sobre lo que más quiere una mujer, aquello que más les parecía: que dinero, que ropa bella, que no se qué muy grande, que eso y lo otro, pero ninguna de esas respuestas le pareció a Arturo digna de salvarle la vida, pues era la vida misma aquello por lo cual
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tenía que lidiar dentro del plazo justo de un año. Hallar la respuesta a un enigma como ese enigma, no era fácil. ¿Qué quiere realmente la mujer? – rumiaban los caballeros y el más pintado entre todos, Lancelot, dijo: “Arturo, majestad, en el bosque del norte vive una bruja que debe saber la respuesta. Manda allí a Percival, pues es apuesto y probo. Estoy seguro que hallará la respuesta. Semejante pregunta dejaría perplejo hasta al hombre más sabio de la tierra, ni que hablar de princesas, prostitutas, jueces, monjes, o cocineros. Pero la vieja sabe sus cosas y Percival resolverá el pago como mejor le convenga. Ni siquiera Merlín puede decirnos algo, pues se enredó con los hechizos de Morgana, y díme, acostarse con su propia hermana,
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no es de aquí, o de allá. Así que a Merlín no le preguntes.” De este modo habló Lancelot, el Caballero de la Armadura Brillante, que tuvo sus enredos con Guinevere o Ygrene, (YGRENE es ENERGY al revés) o Ginebra, lo sabemos todos. Acto seguido, Percival se armó de paciencia y salió hacia el bosque de la bruja. Para hacer un cuento largo, corto, diremos que llegó Percival, atravesando mares y mil senderos de bosque, a la pobre cabaña de la bruja y le contó toda la historia. La Vieja dijo que si, pero con la condición de que él, se casara con ella. Percival apretó los dientes y aceptó. Ese era un reto verdadero, pues la anciana era realmente espantosa, y además de jorobada, coja y tuerta, olía un poco mucho, a azufre, y a otros miasmas.
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El joven Percival la miró valientemente, y dijo que sí. Había cosas peores en la vida, pensó. Nunca se tropezó con un reto de esa naturaleza amorosa. Un poco reticente, se quedó en la pobre cabaña y pronto llegó la noche.. “¡Ponte cómodo, esposo mío! – dijo la vieja. “¿Cómo, ya somos marido y mujer?” – dijo algo asustado Percival. “Por supuesto. Nada de ceremonia aquí, en la espesura del bosque. Al decirme SÍ, eso es SÍ, nada más que mascar.” – dijo la vieja bruja. Percival se metió en la cama de hojas secas y de repente, sintió a su lado el cuerpo maravilloso de una bella joven. “No prenda el cirio, Percival, acostúmbrate a la penumbra, soy Viridiana, la Virgen “Verde” del Bosque de la Osa Mayor y estoy embrujada por el Caballero Verde de los bosque de
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Camelot, que me quiso de esposa y por rechazarle, me tiró ese encantamiento encima. Estoy aquí, contigo, hasta el alba, pero cuando cante el gallo, me tengo que transformar de nuevo en vieja coja, tuerta y jorobada. ¿Cómo quieres que yo sea, para ti, díme – bella y atractiva en la cama, de noche, y de día, vieja y jorobada, además de tuerta y coja, o al contrario? Percival, mudo de espanto, y un poco enredado, le dijo sin pensar: “Como te guste, Viridiana. Haz lo que te plazca, yo me conformaré, pues, ahora, que me cuentas tu historia, te amo profundamente y tu forma e imagen exterior no enturbia, ni aumenta mi amor hacia ti, pues el amor es perenne como la hierba”
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Viridiana no dijo una palabra más y, en esa noche, los dos hicieron muchas holganzas en la choza. Por la preservación de la Peña de los Tablalleros de la Cabra Redonda, Percival hubiera hecho cualquier sacrificio. Dama en el bosque, cocinera en la cocina, y salvaje en la cama vegetal, eso era Viridiana para él. Cuando cantó el gallo, la joven se levantó y Percival la contemplaba embelesado. Viridiana era la misma bella mujer que se había acostado al lado suyo, anoche. Y ahora, de día, había guardado su garbo y hermosura.

“Tiene que ser que haya decidido guardar su bella apariencia de día, pues para las mujeres eso es muy importante, diría que es crucial.” – pensó Percival.
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“Y de noche pues, me lo tragaré con soda y vaselina. Ya estoy curado en las adversidades.” Percival estaba errando en sus consideraciones. La niña siguió siendo bella para siempre y nunca más cambió su apariencia. Días después, casi pasa el año del trato de Arturo con el Caballero Verde, Percival le pregunta a Viridiana lo siguiente:”No es por nada, ¿pero qué pasó? veo que eres la misma de aquella primera noche, no me decías que tienes que cambiar?” “No, no, Percival, amado mío. El hecho de que me hayas dado la potestad y la oportunidad de que yo misma elija lo que deseaba elegir, ha sido ese el más bello regalo. Es este el conjuro que anuló el hechizo del Caballero Verde, pues al irse, luego de encontrarnos por casualidad en el bosque, me dijo lo siguiente: “Cuando un joven
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alcance amarte así vieja y tuerta como vas a ser, gracias al hechizo del tiempo, sólo entonces te salvarás del embrujo que te he tirado.” Lo que realmente quiere la mujer es ser la soberana de sus propias decisiones. Percival respondió: “Tengo que salir, ajuro, a darle la respuesta al Rey, pues mañana lo espera el Caballero Verde en el bosque del palacio. “Ve, amigo querido, esposo mío, ve y abraza a tu rey de mi parte.”- dijo Viridiana. Percival salto en la silla y el caballo lo llevó por mares y bosques al palacio del rey. Cuando Arturo oyó la historia, una lágrima de cristal cayó en el suelo y se transformó en el diamante Koh-y-Nor, que hoy está en poder de la corona de Inglaterra. El Rey armó al cinto a Excalibur, es más, no necesitó armar nada, pues llevaba ya, para
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arriba y para abajo, su bella espada. Había aprendido la amarga lección del bosque. Era el día del encuentro. Salió Arturo hacia el bosque y a las doce en punto del mediodía, el Caballero Verde hizo su aparición, envuelto en una luz tenue. “Veo a EXCALIBUR. Algo he ganado con la prueba. Ahora bien, dime, ¿Tienes la respuesta?”- dijo el gigante. “Sí. La respuesta es: “Lo que más desea una mujer es ser dueña de sus propias decisiones”- dijo Arturo, calmadamente. “!Eso te lo dijo Viridiana, Cabrón de Peña cagada, tiene que ser esa quien te lo haya dicho, dicho, dicho, dicho, dicho, y se perdió en la espesura. . ......
dicho............

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A salvo, el Rey Arturo retornó a su palacio para agradecerle a Percival, pero, ¡qué va!- el caballero, raudo y veloz, emprendió el camino de vuelta a su palomita del bosque, despidiéndose a la francesa, a la inglesa, o a la española, como haré yo ahora, para estar a tono y acorde con esos amigos míos de la peña. Así fue, así es, así será. En la peña de los comilones, hay sujetos que engullen la comida directamente del plato, sin usar cubiertos, ni servilletas, inventadas hace medio milenio por Leonardo da Vinci, mientras era maestro cocinero del Duque de Milan. Otros emiten ruidos y olores escabrosos y hablan a lengua suelta con la boca llena de manjares. Están perdonados: ¡Es la Peña de las Comilonas!
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No te quedes sorprendido ni estupefacto: cada quien coma como quiera, pues nadie tiene derecho de velar el bocado del otro! - ¡Vaya contrariedad! ¡Ese cuento de la Viridiana nos deja a todos pasmados y atónitos!. ¿Vosotros, bandidos holgazanes, qué hubieran preferido y qué alternativa, pues no habían allí varias opciones, sino una sola elección, pues, qué hubieran elegido? La elección que hizo un amigo mío de la Peña de Mujeres Emancipadas, la dejo para después, pero antes de oírla tomen su decisión, es un juego de mayores. El noble amigo mío, que usaba mucho la palabra “mismo”, me contó que en una ocasión, le ocurrió lo mismo que a Percival y
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él mismo respondió a la mujer que la dejaría elegir por si misma. Al oír esto, ella no dijo nada, se quitó la ropa y - como en los cuentos de los esquimales, que invitan a sus huéspedes a dormir con la esposa, pero sólo para que ella les de un poco de calor humano mas no para hacer no se qué cosas debajo de la piel de oso polar - se metió en la cama. En la mañana, la bella mujer siguió siendo bella y mi amigo pensó: “. . . es seguro que decidió ser bella de día y anciana bruja, de noche. . .” Pero no, no fue así: la niña siguió siendo ella, con la misma hermosura, de día, de noche, de medianoche y de mediodía, en el alba, en el crepúsculo, en el sol de los venados, entre dos luces, como quieran y como más rabia les dé. . .
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Debido a la elegancia de ese astuto caballero amigo mío, pues no sé cómo llamar su insondable bondad y sabiduría, la mujer estaba contenta: el hombre le había respetado su parecer y le había permitido así romper el hechizo que le había tirado algún Ogro Verde, tiene que ser alguno como SHRECK, molesto por haberlo rechazado en sus pretensiones de ser su compañero. Ser dueña de sus propias decisiones es lo que más quiere una mujer. ¿Y cuál sería la moraleja de esa grata historia ejemplar? Pues, créanme, no hay moraleja, en las palabras mismas está el sentido profundo de su misterio.
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¿Con qué ilustrar este decente escrito? Busco en los archivos, pero no encuentro algo que me guste. Busco en los Archivos Akáshicos y tampoco encuentro nada. Entonces dibujaré yo la imagen, y haré la TETRAKTYS, pues hablo de la tetrada de la peña de los pitagóricos, que me salva y me cuida de los cabrones:

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