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Mi labor docente

Viridiana GARCÍA CHOY

1. Efecto Minerva de los recuerdos

Si hablo de los cientos de maestros que tuve a lo largo de mi vida académica,


me es inevitable pensar en la mujer que en mis tiempos de bachiller, me dio la
clase de literatura. La recuerdo mucho, porque era muy joven, algo descuidada
en su aspecto, pero ese curso, fue la etapa en la que más leí y en la que me
interesé más por el estudio de la historia de México.
Hoy, yo también soy maestra de literatura de nivel bachillerato. Minerva, mi
maestra, nunca nos dio una clase sobre historia de los clásicos. En esa época
leí más de lo que me hubiera esperado, pero desconocía muchas cosas
históricas que aprendí por necesidad y también por gusto más adelante. Con
ella no utilizamos libro de texto pero fue absolutamente obligatorio leer los
cuatro libros asignados, uno para cada mes, lecturas que me marcaron en esa
época.
Actualmente me esmero en explicar a mis alumnos la historia de la literatura,
hablar desde las culturas más antiguas como Egipto, China, Babilonia, India.
Detenerme a relacionar las películas hollywoodenses, con el libro de los
muertos, porque he descubierto que si me la paso hablando sin tomar los
referentes que ellos tienen, estarían absolutamente dormidos a los diez
minutos. Los poemas de las principales figuras heroicas y religiosas, de las
culturas y su aporte histórico al arte, incluso hasta abordar un poquito de
historia de la Biblia.
Después de toparme con muchas trabas porque cada vez, me ingenio nuevos
métodos para que la lectura sea una práctica habitual de mis alumnos, me he
inventado crear cartas especiales con una recomendación de acuerdo a sus
gustos, de alguna obra literaria. Los resultados a veces son satisfactorios, otras
no, pero ha funcionado mucho mejor que estandarizar el mismo libro para
todos.
Recuerdo a Minerva porque, aún sin ser buena explicando, sin tener la gran
experiencia en teatro, tuvo la capacidad de encender esa chispa que detonó
en dudas e inquietudes futuras. Ayer justamente, platicaba con otras amigas
contemporáneas, que ellas también la recordaban como un golpe de aire que
nos hizo oxigenar la cabeza.
Sin duda los maestros que nos marcan por algo trágico o satisfactorio, nos
hacen decir de nosotros: ‘eso era antes y esto fui después’.
Entré a la universidad, y hubo personajes a los que recuerdo más que otros, en
este caso mencionaré a los primeros que se me vengan a la mente, porque
seguro me dejaron cosas importantes.
Curiosa casualidad, dos de las maestras que recuerdo mucho, tiene el nombre
de Minerva, que en su versión griega se relacionan con Atena, la Diosa de la
sabiduría y la guerra, probablemente sus actitudes eran una especie de tributo
a una de las pocas diosas, que se les tiene respeto en la historia y en los mitos.
Mi primera maestra de Teoría política, también se llamaba Minerva, la mayoría
de mis compañeros y yo sufrimos con ella, por las lecturas que rayaban en lo
filosófico y político, desde Aristóteles, Platón, Engels, Marx, hasta la lectura de
los principales periódicos y la escritura de ensayos y más ensayos.
Alguna vez me pregunté ¿por qué me estresaba, por qué me esforzaba tanto, y
nunca pude sacar un diez con ella? Tal parecía que nunca satisfacíamos sus
exigencias, como dejando en claro que no éramos buenos estudiantes, y que
debíamos rayar en la genialidad.
Debimos hacerle caso, debimos aspirar a eso, la medianía en el conocimiento
no es placentera cuando te das cuenta de tus muchas carencias, de tu
perpetuo principio socrático, ‘yo sólo sé que no sé nada’.
El segundo fue el maestro de periodismo. Un tipo bien plantado en su
experiencia, en su puntualidad, en su pragmatismo, siempre repitiendo a más
de la mitad del grupo que éramos casos perdidos, que debíamos dedicarnos a
otra cosa.
En verdad que era terrorífico verlo, soportar sus críticas ácidas, su indolencia,
su inquebrantable franqueza. Hasta recuerdo que me hizo llorar, sí, llorar (debo
admitir que soy una sentimentalona barata), pero si algo detestaba en ese
entonces era ir mal en una materia, no me importaba número, pero lo que me
importaba era haber herido mi orgullo, mi capacidad escribana.
Todavía recuerdo su ejercicio de nota informativa… ‘traumatismo cráneo
encefálico, con fractura de tibia y peroné, de fulanito de tal…’, después del
terrorismo en su clase, dije que nunca sería periodista, que nunca, nunca,
escribiría notas.
Hoy publico en revistas, en periódicos, suplementos, tengo un blog en Internet,
y no he podido evitar mi vena periodística, mi acérrima crítica a transcribir
voces y juicios de otro que tiene ‘autoridad o legitimidad’ de opinar.
Ismael Ríos, actualmente trabaja para el ‘Gober precioso’, nos dijo que éramos
el peor grupo en nivel académico, que tuvo en sus veinte años de dar clases
en la Ibero.
Al concluir el semestre sólo invitó a unos cuantos para realizar nuestras
prácticas en TV Azteca Oaxaca, yo y Miriam, la niña genio, a la que
paradójicamente invitó a trabajar con él en Puebla.

2. La buena imagen y la ruletería docente

La política es un área que me ha gustado. El curso de comunicación política,


fue crucial para el grupo de irresponsables universitarios que éramos. Nos tocó
hacer un cuarto de guerra, donde simularíamos ser equipo encargado de la
comunicación institucional del gobernador del estado, en ese entonces, José
Murat.
Hasta el séptimo semestre, nuestra organización fue absolutamente
individualista, fue en esa práctica donde nos dimos cuenta de la importancia de
la unión y el apoyo mutuo. Aprendimos a decir en quien no confiábamos, en
quien si, y qué debíamos hacer para que todos los compañeros trabajaran de
igual forma. Si bien los modelos escolares, los trabajos individuales, son
efectivos, pero cuando tenemos que depender de otros, siempre habrá
conflictos en el plano personal que serán inevitables. Mi experiencia me ha
dicho que los trabajos donde el grado de responsabilidad es alto, siempre
existen más posibilidades de conflicto entre los alumnos.
Por ejemplo, en los proyectos de video, donde las jornadas de trabajo son
mortales, si no se planifica hasta el control del café y los recesos, la realización
del proyecto audiovisual, en lugar de ser una experiencia enriquecedora será
toda una tortura.
Monserrat, la catedrática de la materia, desde el inicio planteó su forma de
trabajo: lecturas, ensayos y exposiciones (¡vaya, qué original!). La diferencia de
esto es que, todo lo aprendido teóricamente, fue llevado a la práctica en un
ejercicio donde todos tuvimos que involucrarnos, todos estábamos en riesgo,
nos sentíamos en riesgo, aunque la maestra era adorable, no se iba a tentar el
corazón para mandarnos a extraordinario, fue intolerante con las inasistencias
y retardos, y aprendimos a ser menos impuntuales.
Los maestros que más recordamos, no son solamente por los conocimientos
que nos dejaron, sino por las dudas que nunca pudimos resolver. No los
olvidamos porque parte de su legado fue en la construcción de actitudes
diferentes u opuestas a la nuestras.
Recuerdo a Ismael Ríos y a la segunda Minerva, por su puntualidad y su
rigidez. Las actitudes morales y éticas de un docente, son altamente valoradas
por un alumno, porque el estigma de la ‘buena imagen institucional’, sigue
siendo un aspecto muy importante en la academia, deberíamos de no casarnos
con esta postura, porque otro personaje que rompe con estas dos imágenes de
maestros que vengo comentando, es la de Pinotzin, apodo moderno-náhuatl
de otro catedrático de Ciencia política.
Me da risa recordarlo, porque su tinte izquierdoso y punk, lo hizo llegar un día a
clases con un extrañísimo look, se rapó el cabello de los lados y su melena
superior con un poco de gel hubiera quedado perfecto para picos rockeros.
Se llamaba Emmanuel, era egresado de la UNAM, y según su currículum nos
daba la perspectiva de un perfil totalmente revolucionario.
Al ver la resistencia de nuestro grupo a las lecturas y el problema por la falta de
un método autodidacta, su preocupación fue tal, que hizo un paréntesis para
incluir en su programa lecturas sobre Paulo Freire y el constructivismo en la
educación, donde era necesario apropiarnos de nuestra palabra.
El ejemplo donde Freire va Guinea Bissau, a alfabetizar a la gente por medio
de la apropiación de su palabra, fue algo que me pareció fascinante.
‘La pedagogía dominante es la pedagogía de las clases dominantes. Los
métodos de opresión no pueden, contradictoriamente, servir a la liberación del
oprimido. En esas sociedades, gobernadas por intereses de grupos, clases
nacionales dominantes, “la educación como práctica de la libertad” postula
necesariamente una pedagogía del oprimido. No pedagogía para él, sino de él.’
(Freire, 1970).
La universidad de la que soy hija, y en la que ahora trabajo (UNIVAS),
ciertamente me abrió un panorama muy básico de un mundo laboral, cada vez
más competitivo.
Probablemente, ninguna de las escuelas regionales en Oaxaca y en el resto del
país, sean los mejores centros de enseñanza y ni siquiera podemos
equipararnos con las escuelas públicas como la UNAM en un 1%, y no quiero
hacer comparación en materia de infraestructura, sino que todas las escuelas
regionales no se han sentado a ofrecer un proyecto educativo sustentable, se
han establecido como empresas que aceptan alumnos de todos los colores,
olores y sabores, lo que representa una gran ventaja a la diversidad y a ofrecer
posibilidades de estudiar una carrera; pero por otra parte pertenecer a una
escuela que genera sus propios ingresos cuya fuente primaria, son las cuotas
de los alumnos, resulta un problema que les ha conferido poder para
permanecer en la institución, donde se opta por la condescendencia y
benevolencia en las calificaciones aprobatorias, el peor de los males en las
escuelas.
El segundo factor que constituye una traba para ofrecer un nivel académico es
justamente lo que menciona Cabero (1998), se debe mejorar la contratación, la
formación, la situación social, las condiciones de trabajo personal, para hacer
del catedrático un ser competente en el conocimiento de sus materias y en las
formas para comunicárselas a sus alumnos, donde se fomenten las habilidades
investigadoras, gestión y administración.
Pino, fue uno de los maestros que relacionó los modelos marxistas con los
roles de trabajo en los docentes, opinaba que los maestros deberían de ser de
tiempo completo como en la UNAM, pues ello permite, hacer de la labor
docente un ejercicio minucioso y detallado. Se nos paga por hora clase, pero
no se nos paga el tiempo que ocupamos en la planeación de los programas, la
revisión de trabajos, o la elaboración de herramientas didácticas que ayuden a
hacer del aprendizaje un acto holístico, arduo, e inolvidable. Los roles de
trabajo de los que somos participes, nos hacen maestros ‘ruleteros’ pues
muchos trabajamos en más de dos escuelas; sin quererlo nuestro rendimiento
se ve mermado y se queda en una horrenda medianía, por una rutina de la
necesidad y tiempos.
Pino, tenía un posgrado, vestía con ropa de tinte hippie, usaba gafas oscuras y
nunca negó su vena punk. Había ayudado a la construcción de escuelas en
comunidades del estado, e invitó a Heinz Dietrich a la escuela para presentar
el libro ‘El socialismo del siglo XXI’. Un politólogo alemán, docente de la UAM y
coautor de un libro con Noam Chomsky.
La obra propone un nuevo proyecto histórico, donde se crítica que el
capitalismo y el socialismo, no han sido las alternativas viables para el mundo
en materia, política, social, económica y ecológica.
Nunca me aburrí en las materias políticas, porque siempre el enfoque fue
radicalmente distinto con cada maestro. Recordarlos, me hizo pensar que sus
actitudes, sus errores, su esmero, su rigor, me formaron y también formaron mi
ejercicio docente.

3. Entre lo público y lo privado

Casi al final de la carrera, me replantee cursar una carrera relacionada con la


educación. Así que ingresé al Instituto de Ciencias de la Educación de la
UABJO.
En el 2001 concursé con unos cuantos miles para ingresar a la facultad de
Filosofía y letras en la UNAM, de 120 reactivos alcancé 53, no fui seleccionada.
En 2005 al salir de la UNIVAS, de 5000 aspirantes fuimos seleccionados120.
Nunca me he sentido más orgullosa, porque temía seriamente haber olvidado
mis conocimientos básicos de preparatoria.
Mi corta estancia en el instituto, me abrió otras posibilidades, ver como
funcionaba una escuela de forma más plural, un ambiente en donde los
estudiantes fueron elegidos por su preparación académica y además ser
actores decisivos en la toma de decisiones de la escuela, cosa que nunca he
visto en una escuela privada.
La diversidad me pareció fascinante, la mayoría de mis compañeros eran
mujeres, provenientes de otras comunidades del estado con una radical
diversidad cultural y económica.
El ambiente en los primeros años de la carrera, siempre es positivo y
competitivo. Muchas de mis compañeras de esa generación, estudian sus
últimos semestres en la UNAM, algunos tuvieron la oportunidad de irse un año
a España. Comprendí que las ventajas de estudiar en una escuela pública, son
mucho mejores si se saben aprovechar. Desafortunadamente los canceres
terminales, han hecho de la UABJO un enjambre de conflictos burocráticos.
Pero su comunidad universitaria no tiene la culpa, porque es nuestra única
posibilidad de educación superior gratuita.

4. El legado de un maestro

Mi forma de trabajo docente, ha sido moldeada por mi experiencia influida por


mis antiguos maestros, pero también a mi capacidad para adaptarme a las
necesidades de mis alumnos. Cumplir con los requerimientos de las
instituciones educativas, recintos en los que está devaluada nuestra labor.
Por otro lado, compartir mis experiencias con otros maestros me ha servido, y
es en éste aspecto donde he crecido más.
Doy clases a nivel bachillerato desde hacer tres años. En la preparatoria donde
actualmente laboro, he conocido también a uno de mis grandes maestros.
Sergio Calleja, con un semblante del sabio con una edad incalculable. Durante
los 20 años de existencia de la escuela, es a él a quien más recuerdan los
alumnos. El 24 de abril, un día después del día internacional del libro, llegué a
la escuela, y la recepcionista con un poco de indiferencia me dijo: ‘Ah, hoy
falleció el maestro Calleja’, me desplomé en dos segundos.
A veces duele más la muerte de una persona, porque se ha llevado un gran
legado que dejará de compartir con los vivos. El Maestro Calleja era uno de
esos seres sabios.
Hubo una ocasión en que sin conocer su estado de salud, le pregunté como
estaba, y él respondió que sobreponiéndose del susto de haber perdido la
vista, porque hacía pocos días no había podido leer.
El maestro fue un hombre amable, siempre bromista, una cualidad que se
aprecia en los genios y en las mentes lúcidas; a parte de ser un docente con
una vocación firme, se detenía a hablar y crear lazos con algunos de sus
alumnos.
Todas las generaciones que tuvieron clase con él, todo el tiempo se quejaron
de que debían correrlo, nadie aguantó su disciplina. Cualidad por la que fue
intocable. Hubo muchos casos, que pasados los años, fueron esos mismos
alumnos los que reconocieron su labor, los que dijeron que fue él su mejor
maestro en su bachillerato.
Me tocó heredar algo de su legado, algo que me pareció invaluable. Una de
mis alumnas me prestó el material que el maestro les había proporcionado.
Estos eran scritos que él mismo había hecho a máquina, fotocopias con
escritos reflexivos sobre la actitud que debe tener el alumno que realmente
quiere aprender, sobre cómo facilitar la habilidad lectora, la forma de hacer
mapas conceptuales…
Todas esas herramientas, él las había ideado con el fin de cambiar la actitud
apática y deficiente de los adolescentes a esa edad. El maestro ya era jubilado,
sólo impartía la clase de Historia de México a un solo grupo, y por el tiempo
que disponía dedicaba gran parte de su tiempo a revisar las fichas de trabajo,
la ortografía, los trabajos individuales de sus alumnos.
Cuando revisé todo este material, me di cuenta de cuan chiquita y minúscula
era mi vocación, pero me sentí afortunada de ser una de las personas más
allegadas a este maestro. Él nunca me dio clases, pero sus ojos de viejo lobo
de mar, fueron clarividentes para notar incluso mis estados de ánimo, porque
siempre fue asertivo con los consejos me que daba.
Este tipo de maestros son los que te marcan, los que no sólo nos enseñan
ciertos datos, fechas, teorías, leyes, para ser competentes en el trabajo, sino
con los que aprendes que la plenitud de la vida y el conocimiento, deben ser
aspiraciones constantes en el ser humano.

‘La ignorancia no es sinónimo de no saber, sino de no querer saber’.


Juan José Arreola.

Bibliografía

CABERO Julio. Usos de las tecnologías de la información y la comunicación en


el perfeccionamiento del profesor universitario. Agenda Académica 1998,
volumen I, 5, 143-158.

FREIRE Paulo. Pedagogía del oprimido. Editorial siglo XXI, México 2000