La evolución del pensamiento y el sentido antropológico de la religión.

Hasta no hace mucho tiempo, tanto los científicos como los representantes del pensamiento religioso más progresista de principios del siglo XX, caían en el lugar común de considerar que, desde los orígenes de la humanidad, las mujeres y los hombres se han caracterizado por su condición de seres racionales, diferenciándose así del resto de los animales. Según estas explicaciones esencialistas sobre la condición humana, habría ocurrido que en África, hace aproximadamente 2,5 millones de años, de un momento para otro aparecieron grupos gregarios de primates primitivos, específicamente, grupo de homínidos bípedos que ex nihilo empezaron a construir su vida material, transformando la naturaleza que los rodeaba para sobrevivir, organizándose para ésto con otros individuos y grupos diferentes. Siguiendo un modelo de la mente humana en el cual implicaría la integración de distintos sistemas de información, donde se conjugarían tanto la reproducción biológica, por un lado, como la interacción social, por el otro, posibilitando a las especies naturales tanto comunicarse entre sí como comunicarse con el resto de la naturaleza, ¿cabe la duda sobre si la humanidad comenzó en algún momento específico o si ésta se trata simplemente de un producto dinámico, circunstancial y continuo de formas de vida diversas entretejidas en el tiempo y el espacio?

El ocaso del antropocentrismo. Esta mirada ingenua con la cual se explicaba la generación espontánea del origen de las características fundamentales del pensamiento humano, empezó a ser cambiada a partir de la importancia que cobraron ciertas disciplinas científicas, a través de las cuales se abordó un revisionismo del pensamiento darwiniano. Durante la segunda mitad del siglo XX, disciplinas tales como la genética, la sistemática, la etología y la paleoantropología, aportaron conocimientos sobre cómo se emparentaban las características mentales humanas con las de otros organismos del resto de la naturaleza, ubicando al pensamiento humano dentro de un continnum de formas evolutivas que concluía en las especies superiores de los homínidos actuales, homo sapiens. Para esta orientación de la ciencia contemporánea, al vincularse evolutivamente las distintas especies unas con otras, no existirían verdaderas diferencias en la naturaleza de los modos de pensamiento, sino que cada una de estas versiones mejoradas de

las formas anteriores de comportamiento ante el cambio expresan en los procesos mentales de todas las especies una virtud adaptativa por sobrevivir y reproducirse. El movimiento neo-evolucionista conoció un mayor sustento teórico a partir de 1953 con el descubrimiento de la molécula de ADN por Watson y Crick, dando paso al Proyecto Genoma Humano. Este emprendimiento científico se propuso clasificar la diversidad de la especie decodificando el ADN humano, demostrando así una misma unidad biológica. En otro orden de investigaciones, los estudios sobre el comportamiento animal han demostrado la existencia de las capacidades simbólicas de los grandes simios. Existen estudios que abordaron la capacidad de manipulación de la información que poseen los simios, probando una habilidad comunicativa que sólo se consideraba en los humanos. Por ejemplo, al dejar comida a los pies de, un sujeto de frente y otro de espalda, los macacos rhesus siempre roban el alimento de la persona distraída; esta conducta dio la pauta que el pensamiento animal no sólo utiliza la información disponible, además aventura una especulación sobre la posible reacción de la figura humana asociada al comestible. En este sentido, no sólo los humanos se comunican con sus congéneres e interactúan con su entorno; a su modo, todos los organismos ponen en práctica las mismas premisas pragmática por las se le daría uso a un modo fundamental de “lenguaje” entre distintos tipos de organismos. Por su parte, los antropólogos entendieron cada vez más que, dada la diversidad dentro de una misma especie, las diferencias humanas con las especies paleolíticas más próximas -como homo-neandethalensis- se relacionarían más con las adaptaciones locales de cada población que con diferencias específicas sobre sus capacidades mentales. Hoy son considerados como seres similares, hasta que podrían compartir un lenguaje en común con el hombre e incluso cruzarse genéticamente; con el descubrimiento de los restos de especímenes híbridos en Portugal, cabe la posibilidad de la existencia, en algún lugar en el paleolítico superior, de una sociedad conjunta. Este hallazgo abre el interrogante sobre si las dos especies compartían sistemas de ideas distintos, a través de los que cada especie se habría incorporado de manera opuesta a la corriente de cambio que imponía la comunicación humana. Así, la idea que reconoce al ser humano moderno con características únicas, haciéndolo un caso especial con respecto al resto de la naturaleza, se ha venido modificando a partir de la aceptación generalizada en las Ciencias Sociales de una orientación evolucionaria y ecosistémica, de la misma forma que estas teorías conquistaron a las Ciencias Naturales. Por

su parte, la reducción a la matriz informacional de la realidad, ya sean fenómenos biológicos como simbólicos, demuestran que los cambios que sufre la información son reproducidos en la medida en que estas modificaciones se adaptan a la medio que los contiene. Este proceso de selección sucede tanto en los genes, a través de los organismos a lo largo de las generaciones, como así de los símbolos, mediante las maneras que éstos transforman su entorno. De esta manera, los procesos de cambio y adaptación de los sistemas simbólicos desarrollados por la producción humana pueden ser entendidos de acuerdo a las mismas leyes que describen la vida. Así, la comunicación intra-especie representa, desde sus versiones más primitivas hasta la forma actual del homo sapiens, sólo un grado específico de la complejidad de un grupo adaptándose a su entorno social. La existencia de un orden de comunicación entre los organismos de una misma especie y su relación con la utilización de otro distinto para interactuar con otras (como es el caso de las relaciones simbióticas entre individuos de especies distintas) es la regla que guiará nuestro razonamiento no sólo para entender el lugar evolutivo del ser humano dentro de la naturaleza, sino también para evidenciar la unidad entre los miembros de una misma especie. Tanto genes como símbolos comparten una característica esencial de su funcionamiento. Ambos son portadores de información. Ésta es trasmitida dentro de un circuito compuesto en la interacción de los organismos. No sólo el soporte que transmite la información es biológico, sino que a través del comportamiento la información se transmite a través de los símbolos, constituyendo una realidad virtual en la que se encontraría el pensamiento que guía su acción. En este sentido, los organismos vivos son los portadores tanto de los genes como de los símbolos, conformando un sistema por el cual se transforma el contenido de la información durante el proceso. Si tanto la vida como el pensamiento pueden ser definidos como sistemas de comunicación de distinta complejidad, no es difícil deducir la reductibilidad de las supuestas diferencias entre la naturaleza y la cultura a un orden que las vincule.

¿Por qué evolucionó el pensamiento religioso? En vista que todas las formas de vida se comunican entre sí, o sea, los organismos vivos reconocen la información en su interacción con su medio, a la vez que la emiten siendo reconocida por otros, podemos afirmar que las facultades mentales superiores de los seres

humanos (como por ejemplo, las capacidades simbólicas mediante las que desarrollamos nuestras identidades religiosas) son combinaciones específicas generadas a partir de disposiciones mentales de diferente complejidad, originadas durante procesos de intercambio que la ciencia actualmente identifica como especies diferentes y distantes. De la misma manera que este proceso de selección se desarrolla a lo largo de la interacción social mediante la comunicación simbólica, a nivel biológico, el perfeccionamiento del sistema nervioso central parecería indicar que las capacidades simbólicas humanas habrían evolucionado de esta preponderancia de la comunicación de información entre los individuos de cada una de las especies mediante los genes y de la interacción entre organismos de especies diferentes mediante símbolos. De esta manera, los sistemas de ideas humanas, como aquellos que llamamos religiones (es decir, procedimientos por los cuales los seres humanos articulamos nuestros propios sentimientos de desconcierto sobre la trascendencia, la noción de incertidumbre sobre la realidad vivida o la unidad mental del individuo y la transmitimos a los demás), muestran ser comprensibles al ser relacionadas a capacidades socio-psico-biológicas que se han venido desarrollando mediante el proceso de comunicación a través de todo el género homo. Sin embargo, no por ésto las formas anteriores deben ser consideradas como formas más simples que las posteriores, sino que de la misma manera que los organismos, cada una de las formas que adopta el pensamiento religioso responde a un orden de complejidad particular, relativo a la manera en que la adaptación permite la reproducción de nuevas versiones. A la vez que confirmamos que las formas mentales superiores son transformaciones de formaciones más simples, constatamos que este proceso de evolución biológica del sistema nervioso central se vincula con la evolución de los sistemas de comunicación utilizados por cada una de las especies, principalmente, la humana. La complejidad de la comunicación inter-especie e intra-especie es una expresión de la continuidad evolutiva de los sistemas neuronales de cada especie y de la transformación de su orden de complejidad, creando sistemas nuevos que caracterizarían a nuevas especies.

Conclusión.

En síntesis, la diversidad religiosa demuestra que cada forma de pensamiento es igualmente valorable, ya que ninguna variante es mejor, más simple o preferible que otra, sino que cada una de éstas han sido producto de transformaciones del orden de complejidad por la que se desarrolla la capacidad de supervivencia de las especies, sean estas naturales o ideales (como las formas culturales por las cuales conocemos al pensamiento religioso típicamente humano). De esta manera, ya que tanto el cambio y la adaptación de los organismos como las modificaciones constituidas socialmente que éstos hacen de su entorno (eso que los antropólogos llaman cultura y que sólo lo relacionan a la conducta del homo sapiens) se encuentra vinculados en un mismo proceso de evolución, deberíamos pensar que la selección natural actúa no solamente en relación a las especies animales, sino que es expresión de cada proceso de transformación que suceda en la realidad, ya sea natural o como virtualmente incide el pensamiento. No sólo los organismos son los que luchan por reproducirse, ni siquiera las transformaciones de las ideas concluyen la lista de fenómenos que se esfuerzan por trascender su realidad contingente en nuevas formas mejor adaptadas a los cambios. En última instancia, al entender al intercambio social y biológico como intercambio de información (es decir, como data o variable compuestas por rasgos que conmutan una diferencia), confirmamos que el comportamiento adaptativo y evolutivo sobre el cambio en las formas de pensar están imbricadas en todos los planos de los seres que las desarrollan.

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