You are on page 1of 6

1 GENARO WONG MONTOYA CÍRCULO DE ESTUDIOS SOBRE EL RAP xtradog@hotmail.

com

LA INDUSTRIA CULTURAP
Desde hace ya bastante tiempo, mi muy apreciado lector, me he percatado de una situación que me incomoda y me hace sentir exageradamente frustrado: el rap se ha convertido –paulatinamente- en un producto comercializable, en un punto efectivo de venta. A grandes rasgos: el rap ha sido un buen producto, consumido por buenos compradores que han sido engañados por buenos estafadores. Usted podrá decir: “¿te has vuelto loco? El rap no es un producto de venta”. Pero antes de juzgar mis arriesgadas aseveraciones, permítame jugar un poco con su mente. Imagínese el siguiente escenario: usted disfruta escuchando un tipo específico de música (de hecho, es su estilo preferido). Con eso bastaría para considerarse inserto en un estilo, quizá un experto, un instruido en ese tipo musical; o al menos, se le podría considerar como un sujeto que ha disfrutado de inundar la vida con las características relativas a ese tipo de música, por ejemplo: el sentir alegría y ganas de bailar cuando se escuchan los acordes distintivos del estilo musical en cuestión. Ahora bien, imagine usted que eso no es suficiente: para poder ser considerado como seguidor del género musical X, usted necesita cumplir con la parafernalia que va más allá de la música, es decir: usted requiere comprar un tipo de ropa, un tipo de calzado, un tipo de adornos; debe adoptar una pose, un gesto, una corporalidad especifica que le permita desarrollarse como gustoso del género musical X; debe heredar gustos y disgustos, peleas y reconciliaciones; debe asumir que ciertos productos van acorde con su estilo de vida aunque nunca haya tenido necesidad de ellos. En fin: si usted desea ser miembro, es una obligación el comprarse un papel en una obra de teatro que no le va a satisfacer, usted debe –gustosamente- ser actor de un teatro absurdo donde consumirá lo que no necesita, y peor aún: donde alguien le dirá qué es lo que necesita o de lo contrario usted será descastado, estigmatizado y exterminado lentamente. El experimento mental anterior parece sacado de un test psicológico de revista de divulgación científica. Pero no, mi docto lector: lo que acabo de mencionar a modo de experimento es simple y sencillamente lo que pasa con el rap en muchas partes del

2

mundo. Aquel sujeto que me escuche decir esas cosas, podrá decirme que aquel que acepte lo anterior es un sujeto sin alma, un zombie insensato que sólo sigue ordenes y no tiene el suficiente poder para criticar su entorno. Pero eso no es lo que me parece importante. Bien uno puede ser un zombie y calzar de acuerdo como ciertos patrones sociales lo indican, pero también uno puede ser un zombie que ha dejado de creer ciegamente en lo que otros dicen. Ese es el problema: la descripción disfrazada de experimento mental que hice antes me hace revolver cosas en la cabeza, cosas que me parecen problemáticas por que están impregnadas de una fuerte carga conceptual. Con esto me refiero a que todo el problema está centrado en dos conceptos fundamentales: identidad e industria cultural.

¿Qué pasa con estos conceptos? La identidad, culturalmente hablando, es el conjunto de acciones, valores, tradiciones, creencias y símbolos que fundamentan el sentido de pertenencia a un grupo. Parece que esto no genera mayor problema: casi todos los individuos buscan generar una identidad, casi todos desean ser parte de un grupo o conjunto de personas con determinadas características. Me atrevería a decir que el sentido de pertenencia es un acto carente de malicia: es la búsqueda del seno materno simbólico, de la protección paterna, del abrazo de la masa para sentirse protegido. Es el grito del bebé que reclama alimento y protección a las pocas horas de haber nacido. El

problema surge cuando el deseo de pertenencia y la búsqueda de una identidad generan un punto de ruptura para aquellos que son mercaderes, para aquellos que ven en la industria una moneda de cambio. El problema –siguiendo la comparaciónes cuando se le unta cianuro al pezón materno y luego se amamanta al niño. El punto de ruptura es perfectamente detectable: si los sujetos A, B, C, etc., quieren cumplir con la propiedad Y (es decir, la de pertenecer a un grupo social particular), es necesario crearles un espejismo, un canon, una ficción que los reconforte y los haga sentir especiales gracias a su diferencia. En este punto, el mercader entra en escena creando una serie de productos culturales de diversa índole (que no son otra cosa que mercancía) con la finalidad de hacer que los sujetos inmersos en esta dinámica

3

consuman sin más. El método tampoco es difícil: se genera un mercado que bombardea con necesidades ficcionales para que los sujetos deposite su trabajo, su energía, su voluntad y su empeño en satisfacer las necesidades ficticias construidas con base en un canon ficcional. Lo mismo da si esa ficción es absurda, si reclama peripecias inalcanzables o si lo que demanda es simple y al alcance de la mano; lo relevante es que sea eficiente y pueda sujetar a un número considerable de personas. Pero, ¿qué es una construcción ficcional eficiente? Es una serie de parámetros que los individuos están obligados a cumplir siempre y cuando tengan el deseo de pertenecer a un determinado grupo. Estas ficciones son una manifestación cultural que ha quedado enraizada en la mente de muchos, por ejemplo: querido lector, ¿cuántas veces usted no se ha encontrado consumiendo cosas que no necesita, cosas que no quiere, cosas que podrían ser útiles en contextos que usted no vive, sin embargo, algo en la cultura le hace saber (es más: le hace sentir) que ese producto debe estar entre sus manos? Esto es conocido como industria cultural. Esa industria cultural se aprovecha del deseo de pertenencia que hay tras la búsqueda de una identidad y se apropia de la ideología de las personas para apoderarse del espacio en el cual desarrollan sus actividades. Y de esta forma, tenemos por delante una industria que posiciona políticamente a sus consumidores para poder tenerlos en un estado de control total. Mi suspicaz lector, permítame insistir en este punto: Esto es una descripción de lo que sucede dentro y en la periferia del estilo musical conocido como rap.

Desmenuzando el problema En internet circula una imagen muy graciosa: es una caricatura dividida en cuatro cuadros que simulan una sucesión temporal. En el primer cuadro se encuentra un dibujo del arquetipo de rapero que existía en los años ochenta: un sujeto con una grabadora en el hombro, negro, con ropa deportiva, con cadenas de oro muy grandes y un estilo relajado pero seguro. En el segundo cuadro se encuentra el arquetipo de los noventa: un sujeto con actitud agresiva, con alcohol y armas en las manos, con una vestimenta más holgada que comparte ciertos aspectos con su antepasado ochentero

4

(por ejemplo, la ropa deportiva), es un sujeto temible con el gesto endurecido y cumpliendo con la caracterización de gángster. En el tercer cuadro, aparece el rapero del 2000: un sujeto con actitud fiestera y pose pretenciosa, con ropa más holgada que los anteriores y joyas lujosas; éste es el hedonista por excelencia. En el cuarto cuadro yace el rapero del 2010: un sujeto que bien podría entrar en diferentes descripciones de otras tribus (hipster, skate), pero que es un rapero; a pesar de que el pantalón se convirtió en un skinny-jeans y los lentes oscuros se transformaron en lentes gruesos de pasta, a pesar de que la actitud mal encarada se transformó en un gesto serio lleno de hartazgo.

La imagen parece ser una caricaturización burlona de un conjunto de sujetos. Parece una broma pesada de internet, pero va más allá: la imagen constituye una crítica a la industria cultural del rap, la cual ha vendido modas, arquetipos, clichés, cánones. La imagen parece reclamar voz en cuello: “¿qué pasó con el rap?”, “¿qué le hicieron?”. Al ver las cuatro imágenes, la diferencia es significativa: pasar de la comodidad de lo cotidiano y el pequeño lujo, a la pretensión y el vacío cultural, parece ser un asunto que da mucho para pensar. Además: hay que tomar en consideración que entre la comodidad y la pretensión se encuentra la emoción y efervescencia que genera la aparente violencia y el exaltado orgullo que genera el lujo. Si esto no es el reflejo de

5

una industria donde grandes mercaderes amasaron sus fortunas, entonces yo no sé lo que es el rap. Los lectores más puristas me dirán: “estás arriesgando demasiado con tu interpretación”, y yo les responderé: “oh, grandes ciegos: siento lástima por ustedes que nunca pudieron darse cuenta que sus cuerpos estaban insertos en la mercancía”. Y más allá de lo poético: el rap fue un punto de venta muy grande (casi desde sus inicios), sin embargo, ese no es el problema más grande. Todo lo dicho anteriormente es la antesala del verdadero problema: el embrollo radica en que los sujetos que decidieron inmiscuirse en el rap, compraron sin poner restricciones el canon impuesto por la industria. Primero fue la idea de que el rapero era el muchacho cool que jugaba basquetbol en las canchas del barrio, luego fue el estilo agresivo del pandillero que reclama el respeto por la negritud, después fue el canon que muestra que la negritud se hizo multimillonaria, y después el cruel pero revelador vacío cultural en donde el rapero lo es todo (como ya lo dije antes: o bien es skate, o bien es hipster, o bien es rastafari, o bien todas al mismo tiempo). Lo mismo da qué es, qué parece ser, qué aparenta ser; parece que lo relevante es que es rapero y es rapero porque –aparentemente- se ha ceñido fuerte al canon marcado por la industria cultural. Aquel que compró el canon sin siquiera enterarse, no tuvo otra opción: tuvo que justificar su estúpido movimiento irreflexivo en una suerte de inteligencia simulada (que no es más que el intelecto dando vueltas para construir salvaciones efímeras): el rapero se repite constantemente que no es un títere de la industria, se repite constantemente que es real, que la falsedad no cabe en sus zapatos, que es rapero de la cuna hasta la tumba, que lo original es sinónimo de rapero. ¿Qué mayor insensatez que esa? ¡Qué falta de respeto más grande! ¡Qué engañifa se han construido para evitar mirar su decadencia cultural! Allá donde el gusto y el goce se transforman en stand de venta, hay algo que salió mal, algo se convirtió en una broma bizarra. Algo se ha convertido en un gran mal cuando hay necesidad de inventar relatos que lo legitimen, para así, evitar mirar el inmundo lodazal en el que se encuentran recostados.

6

Tal marejada no puede mantener tranquilo a cualquiera: después de semejantes embates por parte de la industria cultural, los consumidores quedan devastados y débiles ante el control. Ese control los adoctrina, los adormila, les amarra la voluntad y les encadena el deseo. Acaso usted, mi sensato lector, no considera controversial el que un rapero tenga que comprar pantalones de cierto tipo y cierta marca (le gusten o no, le queden o no, le parezcan una buena inversión o no, le alcance el dinero para acceder a ellos o no), porque de no hacerlo, será marcado por la comunidad de raperos, será excluido y –en muchos casos- exterminado (literal o simbólicamente). Qué gran controversia es aquella en donde un sujeto ha perdido su casta, ha quedado separado de su estirpe y se encuentra vagando por el mundo como uno que ha perdido el rebaño por culpa de sus malas acciones. Pero, ojo: aquí no está sucediendo eso. Lo que en realidad sucede es que algunos sujetos decidieron inmiscuirse en lugares que creyeron inofensivos, y al considerarlos así, evitaron hacer una reflexión sobre las implicaciones del consumo que ahora llevan a cabo; lo cual los llevó a ser segregados por una comunidad que tampoco cuestionó, pero se da cuenta fácilmente cuando existe alguien que es diferente. El problema, como ya mencioné antes, nace en donde un sujeto acepta ser consumidor de una industria cultural con tal de encajar en una simulación. Porque el individuo no entra en una comunidad con intereses musicales similares, con intereses por manifestaciones artísticas concretas; el sujeto se inserta en un nudo de clichés y estereotipos que simulan ser un movimiento cultural fuertemente constituido. La industria cultural vende, pero la comunidad que no cuestionó a la industria puede revertir el mecanismo (aunque para muchos no sea claro cómo). Parte de la solución es desarrollar una conciencia crítica en los sujetos que se interesan por el rap. Esa conciencia les ayudará a que no lleguen a los cuarenta años y se den cuenta que no tienen idea de lo que les ha pasado, que hasta esa edad se den cuenta que los años de gloria fueron unos gloriosos años de engaño.