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Caminos prospectivos, debates universitaria

y frustraciones de la reforma

Claudio Rama Economista (UDELAR), Doctor en Educación (UNESR), Doctor en Derecho (UBA) La redemocratización en 1985, planteo la restauración de autoridades, capacidades y autonomías de la Udelar y también repensar su futuro. El diagnóstico (Udelar, 1986) mostraba carencia de núcleos académicos; rigidez institucional,

funcionamiento burocrático; masificación sin contrapartida docente y locativa e insuficiencia de recursos económicos estatales y de fuentes complementarias. Y detectaba inexistencia de definiciones convergentes sobre la necesidad de cambios y escasa percepción del riesgo asociado al mantener el marco institucional al ver que la sintonía contra la dictadura no era la misma a la hora de la construcción del futuro. Visualizaba un escenario nacional favorable con múltiples apoyos de la sociedad, un marco político menos polarizado y con más capacidad de respuesta a las demandas y un auspicioso contexto económico y social. Veía ventanas de oportunidades con la restauración democrática a partir del primer enfoque prospectivo sobre los futuros posibles universitarios. La pérdida del monopolio universitario con la creación de la Universidad Católica introducía necesariamente una ruptura con las tendencias anteriores y planteaba el inicio “la reforma de la diferenciación universitaria” que superase la dinámica monopólica de una universidad-sistema e impulsase un sistema universitario diferenciado con pluralidad de instituciones con sus propios roles y características. El futuro desde la universidad se pensó bajo un escenario prospectivo con cuatro escenarios: universidad profesionalizante – modernizada , que mejoraba la formación docente pero mantenía una institución no generadora de conocimiento; universidad bloqueada, sin consensos estratégicos internos, encerraba en conflictos y en creciente burocratización que dificultaba más la toma de decisiones; universidad sustituida, derivada de la irrupción de nuevas instituciones derivadas de la lentitud e incapacidad de la Udelar de realizar reformas; y universidad integrada internamente y externa entre los diversos grupos de poder y académicos con una sintética acción dinámica y una articulación colaborativa con los diversos estamentos de la sociedad.

Ese debate sin embargo quedo acotado primero en la compleja restauración que marcó el periodo de Lichtenstejn (1985 – 1989), con apenas una huella en 1988 en las Jornadas de Solís, y luego congelado con su renuncia y la ascensión del Rector Brovetto que expresó una hegemonía burocratizada y conservadora al interior de la Udelar e impuso el bloqueo a las reformas. El debate y el impulso reformista quedó soterrado y apenas en 1993, probablemente hartos ya de estar hartos luego de cuatro años de múltiples intentos frustrados de discutir internamente, cuatro decanos (Wschebor, Touyá, Diaz y Scarsi) hicieron pública un documento como carta al Rector Brovetto. La política de evitar la discusión interna, llevó a quienes procuraban construir una corriente de transformación universitaria, a formular un documento público con miras a potenciar la discusión desde afuera y poner en la mesa una agenda de reformas para mejorar la calidad. Fue una pelea por espacios de poder e ideas, entre conservadores y reformistas, entre poder central y descentralización, entre reformas y status quo. El equipo decanal quería más poder para sus Facultades y resistían el centralismo, pero sostenían también que estaba agotado el impulso renovador de la Ley de la Universidad de 1958 y formulaban una renovación interna. Un poco utopista, pero también directamente planteaban discutir la selección de la matrícula, el cambio en los mecanismos de financiamiento, las estructuras organizativas y la fundación de una nueva institución. De hecho expresaban la incapacidad de continuar siendo una universidad sistema que crecía internamente perdiendo calidad y la necesidad de construir un sistema universitario diferenciado para mejorar la calidad. Este intento fracaso y las fuerzas conservadoras impusieron su proyecto de rechazo a cualquier diferenciación institucional o cambio del “arquetipo” tradicional de institución. Un retraso de una reforma inevitable que finalmente no vino desde el mundo universitario, sino desde el sistema político 20 años después. Un largo tiempo perdido.