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NIÑO

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COLECCIÓN ASIA

Título de la edición original SHONEN SHONEN by Takeshi Beat Copyright © Takeshi Beat, 1992 All rights reserved. Original Japanese edition published by Shinchosha Publishing Co., Ltd., Tokyo This Spanish languaje edition is published by arrangement with Shinchosha Publishing Co., Ltd., Tokyo in care of Tuttle-Mori Agency, Inc., Tokyo. Primera edición en español: 2013 d.r. © Elefanta del Sur, s.a. de c.v. d.r. © 2012, Elefanta del Sur, s.a. de c.v. Río Tigris 137 interior 8, Col. Cuauhtémoc c.p. 06500, México, d.f. info@elefantaeditorial.com www.elefantaeditorial.com @ElefantaEditor isbn: 978-607-9321-02-4
Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores. Impreso en México | Printed in Mexico

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TAKESHI KITANO

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TRADUCCIÓN: YOKO OGIHARA | FERNANDO CORDOBÉS

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EL CAMPEÓN DEL QUIMONO ENGUATADO

Han pasado dos años desde la última vez que vi a mi hermano. Él pasa la mayor parte del año fuera de Japón por negocios, pero desde que llegamos a los treinta años y formamos nuestras propias familias, empezamos a sentir la necesidad de vernos de vez en cuando. No recuerdo a quién se le ocurrió primero la idea de ir a tomar unos tragos la última vez que nos vimos. Fuimos al restaurante de un amigo en Yotsuya. Mi hermano ya había cumplido los cuarenta. Su pelo empezaba a ralear y cada día que pasaba se parecía más a nuestro padre. Su frente había ensanchado. Brillaba. No daba la impresión, sin embargo, de ser un hombre en la cúspide de su carrera. Más bien parecía un papá bonachón. Hablamos del trabajo, de la familia. Yo asentía a sus comentarios, él lo mismo. De pronto, se inclinó hacia delante. Me preguntó: “¿Juegas, Mamoru?”, e hizo un swing, como si golpeara una bola con un palo de golf. Obviamente, quería darme a entender que él lo hacía frecuentemente. —¿Así que ahora también juegas golf? —Sí, seguí el consejo de un amigo. Continuó con los golpes de su partido imaginario, aunque parecía un poco cohibido. Me sorprendió, pero daba la impresión de que algo no funcionaba, de que no los había aprendido bien del todo. De hecho, pensé que era malísimo.

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Desde muy joven mi hermano odiaba toda clase de deporte. Siempre era el último de la clase en las pruebas deportivas. A pesar de que siempre le ponían un “5”, la nota más alta, en todas las asignaturas, en educación física irremediablemente sacaba un “2”, la segunda peor. Madre siempre sostuvo que en realidad merecía el “1”, la más baja de todas, pero que el profesor se dejaba llevar por la compasión. —¿Qué handicap tienes? —Acabo de empezar. ¿Y tú? Seguramente has de andar por los cuarenta y cinco golpes en nueve hoyos. —Más o menos. Quizás algo mejor. ¿Y tú? —Bueno, no vale la pena que lo mencione. —¿Cómo que no? Vamos, dímelo. ¿Has completado nueve hoyos en menos de cincuenta? —Cincuenta golpes para nueve hoyos no es algo de que avergonzarse, ¿sabes? —¡Vaya! ¿Ya estás en ese nivel? —En realidad no. Mi media está en torno a los setenta y cinco golpes. Y apenas confesó la verdad se echó a reír. Su escaso nivel en el golf no era una broma, pero al menos su risa era muy contagiosa y no pude contenerme. —Vayamos un día a jugar juntos —me propuso—. Podrías enseñarme. En realidad no sé por qué no puedo… Acepté la invitación de mi hermano y escuché su retahíla de vagas excusas. De pronto, mis pensamientos me llevaron de vuelta a un día de otoño casi treinta años atrás. Era un día en el que los tenues rayos de sol vertían su luz a través de las ventanas de la clase para juguetear en el suelo. Afuera, en el patio del colegio, las libélulas rojas revoloteaban sobre las barras de ejercicios del campo de deportes, sobre las fuentes, por encima del tejado de la caseta donde se guardaban los instrumentos meteorológicos.

Contemplaba la escena y tenía la impresión de que alguien la había rociado con notas musicales. Apoyé la cabeza entre las manos para deleitarme en la contemplación de aquel espectáculo. —¡Mamoru! —un grito atronador resonó en alguna parte— ¡Presta atención! La voz grave del profesor Kondo retumbó en todo el salón. La sorpresa provocó que mi codo perdiera el apoyo, mi mejilla golpeó contra la mesa y todos mis compañeros estallaron en una carcajada. —¡Serás idiota! ¿Qué haces, Mamoru? Si descubro a alguien perdido en ensoñaciones y con esa cara de atontado en el desfile de mañana, va a probar el sabor de mi puño sobre su cabeza. —Sí, señor Kondo —respondió al unísono el aterrorizado coro de la clase, como si ya imaginasen al señor Kondo propinando uno de sus infaustos “manotazos de un millón de voltios” capaces de taladrar el cráneo de quien se pusiera enfrente. —¿Qué dijeron? ¡No los he oído! —Sí, señor Kondo —repetimos todos juntos en un tono más elevado. —Está bien. Basta por hoy. Quiero que descansen para mañana. No se entretengan de regreso a casa. No compren nada que pueda provocarles dolor de estómago; especialmente tú, Mamoru, que eso es precisamente lo que más te gusta. Chasqueé la lengua en silencio en señal de desaprobación a sus palabras, pero no despegué los ojos del libro de texto. Mientras tanto, todo tipo de pensamientos airados se arremolinaron en mi cabeza. “¿Cómo se atreve a meterse conmigo? Está así de engreído porque mañana es el Día de los Deportes1. Normal que se lo tome todo tan a pecho.”
Día de los Deportes: En las escuelas secundarias japonesas se organiza todos los años el Día de los Deportes en el que se celebran distintas pruebas deportivas y que constituye una verdadera fiesta para los alumnos. (Nota de los traductores.)
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—Parece que quieres decir algo, Mamoru. —No, señor. —Bien. De acuerdo entonces. Los que participen en la prueba de relevos, acuéstense temprano. Quiero estar seguro de que mañana van a aplastar a los del grupo C. ¿Entendido? Daba igual si se trataba del Día de los Deportes o del de las pruebas de natación; el señor Kondo odiaba perder contra la clase de al lado. En el campeonato de verano de natación habíamos perdido contra ellos en los relevos de cien metros. Como castigo, nos obligó a permanecer de rodillas en clase durante dos horas. Después hizo que nos sentáramos sobre los pupitres para practicar estilo libre. Nadie podía imaginar el castigo que nos esperaba en caso de que perdiéramos de nuevo. Obviamente había un motivo para que el señor Kondo actuara así, y todos lo conocíamos de sobra. La señorita Hanada, la profesora del grupo C, le había dado calabazas. Nada más llegar a la escuela, recién salida de la universidad de mujeres, se había enrrollado con ella, pero tras unos pocos meses la cosa se echó a perder. Algunas chicas de clase sentían lástima por el señor Kondo, pero la mayoría de nosotros pensábamos que un tipo tan espinoso con semejante “pelo de trapeador”, nunca debía de haber jugado en la liga de la señorita Hanada, una mujer con el pelo siempre peinado a la última. El señor Kondo salió de clase con el libro de texto atrapado entre las garras que tenía por manos. Detrás suyo salimos todos los demás. Era imposible no estar nervioso ante la inminente llegada del Día de los Deportes. Al fin y al cabo, sólo ocurría una vez al año. Yo, al menos, estaba muy excitado. Más que nadie, de hecho. —¡Mamoru, presta atención! —gritó Kenji imitando la voz del señor Kondo mientras corría por el pasillo hacia mí.

—¡Cierra el pico! —Los corredores de relevos tienen que irse directamente a la cama —me susurró Yutaka al oído. —Tú también corres la carrera de relevos —le contesté—. ¿Por qué no te vas tú antes? Yutaka y yo formábamos parte del equipo de relevos de nuestra clase. Por desgracia, mis mejores amigos, Kenji y Toru, no habían clasificado para la carrera de ese año. A pesar de todo, estábamos muy ilusionados, y no podíamos dejar de sonreír aunque discutiéramos por cualquier tontería. Entre profesores y alumnos de quinto y sexto grado, habría unas veinte personas a cargo de los preparativos finales para las competiciones del día siguiente. Habían instalado tiendas blancas a ambos lados del podio que se usaba sólo en ocasiones especiales. Habían colocado puertas en las que se leía “entrada” o “salida”, trazado con gis líneas divisorias para los distintos eventos, habían pintado en la diagonal del suelo del campo de deportes los seis carriles para las carreras de velocidad. Me encantaba el olor del gis, lo asociaba con el olor de aquel día en el que podía desplegar mis habilidades físicas y compensar así los pobres resultados de mis estudios. Desde un punto de vista estrictamente académico, siempre estuve cerca del último de la clase, pero cuando se trataba de velocidad o capacidad atlética, subía, como mínimo, hasta la segunda o tercera posición. Observé cómo repasaban las líneas blancas en el suelo. Me veía a mí mismo cruzar la meta en primera posición. Reflexioné sobre la estrategia a seguir al día siguiente: empezaría despacio, a propósito; después, veinte metros antes de la meta, aceleraría hasta ponerme a la cabeza. Eso sería mucho mejor que liderar la carrera desde el principio. Mis amigos y yo nos pusimos tras la línea de salida marcada con números. Empezamos a practicar. Había un

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grupo de alumnos que se perseguían en el recorrido de los 200 metros. ¡plas! Sentí un golpe tan fuerte en la cabeza que casi se me salen los ojos. Un instante después me llegó una voz estentórea: —¡Mamoru, no destroces las marcas! El señor Kondo, por supuesto. Estaba justo detrás de mí con una fiera expresión en la cara. “Maldita sea”, pensé. Agaché la cabeza listo para recibir el siguiente golpe, pero el capón asesino nunca llegó. Me giré despacio hacia donde estaba el señor Kondo y me di cuenta de que se había distraído con la señorita Hanada que estaba junto a la salida. En cuanto vio una vía de escape, Kenji gritó: “¡Corran!” Salimos de allí por patas. Nada más dejar atrás la puerta del colegio, Kenji y los demás empezaron a tomarme el pelo. —¡No destroces las marcas! ¡plas! Imitaban al señor Kondo, su forma de agitar y su amenazante puño. Después de echarse unas buenas risas a mi costa, Kenji trató de animarme. —Apuesto lo que quieras a que Cabeza Hueca vuelve a ganar por mucho este año. Cabeza Hueca estaba en sexto grado. Siempre quedaba como campeón absoluto del Día de los Deportes. No había una sola persona en el colegio que no supiera quién era. Corrían rumores de que en realidad ya tenía que estar en el instituto, pero yo no estaba seguro de que eso fuera cierto. Era un caso perdido en lo que se refería a los estudios. Quizás por eso circulaban todo tipo de historias sobre él. Había gente que juraba que era incapaz de escribir su propio nombre en kanji, en ideogramas, que se perdía en el camino de vuelta a casa, que le habían visto tratando de leer un libro boca abajo. Pero cuando se trataba de deportes, él competía siempre en una liga aparte.

Así que a pesar del poco halagüeño apodo que le habían colocado, en realidad era un tipo muy respetado. Además, daba la feliz coincidencia de que mi hermano Shinichi estaba en su misma clase, así que yo disponía información de primera mano sobre todo lo relacionado con él. —Cabeza Hueca estuvo enorme en la carrera de relevos del año pasado —dijo Yutaka con un tono en el que se apreciaba tanto anhelo como aturdimiento—. Quiero decir que rebasó a sus cinco contrincantes y todavía le sobró tiempo para saludar al público. —¡Es lo máximo! —exclamó Toru elevando el tono—. Te apuesto lo que quieras a que también le ganaría a los del instituto. —Mi hermano me dijo que Cabeza Hueca está resfriado —dije para abrir una pausa en el panegírico—. Parece que tiene fiebre alta. Puede que no participe en las pruebas de mañana. —¡Eh! —¿Es broma, verdad? Un tipo así nunca se enferma. —Hablo en serio. Incluso es posible que tengan que internarlo en el hospital. —Eso sería el fin de la diversión. Los tres daban la impresión de estar profundamente decepcionados. Yo sentía algo parecido. —El Día de los Deportes no tiene ninguna gracia si Cabeza Hueca no participa. Estoy seguro de que vendrá a pesar de la fiebre. —Seguro. Se trata nada más y nada menos que de Cabeza Hueca: se curará el resfriado, correrá y ganará de nuevo —dijo Yutaka con la mirada perdida en la distancia. —¿Sabes?, Cabeza Hueca es impresionante, pero tu hermano es un caracol, ¿verdad, Mamoru? Estoy convencido de que incluso Pata Coja podría ganarle. Toru se agarró una pierna y se puso a saltar por todas partes.

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—¡No seas tonto! —le grité. Mi voz quedó sofocada por las risas de los demás. El sol otoñal empezaba a ponerse. Proyectaba sobre el campo de deportes las alargadas sombras de los dos edificios que conformaban la escuela, la de la barra de ejercicios, la de las tiendas y la de los ginkgos2. Los profesores y alumnos que completaban los preparativos finales, arrastraban con ellos sus largas siluetas. —¡Óigan! Vamos a la tienda de Abuela Ojos de Sapo a comprar unas estampas de béisbol —propuso Kenji—. Nagashima y Kawakami no venían en el paquete que compré el otro día. ¿Por qué no robamos unos cuantos? —propuso como de costumbre. —No podemos. El otro día casi nos descubre la vieja, y nos advirtió que no volviéramos a poner los piés ahí — dijo Yutaka visiblemente desanimado. —¡Vamos hombre! A estas alturas ya se le ha de haber olvidado. Una día me descubrió robando en la mañana y cuando volví a mediodía me saludó como si nada. No hay problema. La suerte estaba echada. Corrimos hasta la tienda. Las mochilas rebotaban sin descanso contra nuestra espalda. —Hola, chicos —nos saludó Abuela Ojos de Sapo con su tono habitual. Kenji se giró hacia nosotros y dijo: —¿Lo ven? Ya se le olvidó. Entramos a la tienda en tropel. En aquel cuchitril había todo tipo de chucherías, tarjetas de la suerte, rifas, trompos y todo en un espacio que no ocuparía más de tres tatamis3. Abuela
Ginkgo: Árbol endémico de Japón, único en el mundo sin parientes vivos. (Nota de los traductores.)
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Tatami: Tejido grueso de paja de arroz que cubre el suelo de las casas tradicionales japonesas, y representa la medida de las mismas al ser siempre del mismo tamaño, 90 x 180 centímetros. (Nota de los traductores.)
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Ojos de Sapo estaba sentada en la parte de atrás. Llevaba un vestido color rojo oscuro con un chaleco completamente cubierto de pelotillas. Se levantaba gruñendo y se acercaba a nosotros cada vez que intentábamos abrir una de las tarjetas de la suerte o sacar los caramelos de las cajas donde estaban guardados. Trataba de engañarnos y nos daba unos distintos a los que habíamos escogido. Si ganábamos algo en las rifas, decía: “No, ésta no vale”, y la tiraba al suelo. A pesar de todo, era nuestra tienda favorita y siempre íbamos encantados. Al vernos con las estampas de los bateadores Nagashima y Kawakami, Abuela Ojos de Sapo se levantó. —Mañana es el Día de los Deportes, ¿verdad? —preguntó. Nos giramos para observar cómo extendía sus manos arrugadas, que escondían un objeto de color rojo. —Tienen que comprar esto —dijo. —¿Qué es eso? —Chocolate, pero no un chocolate cualquiera: éste es especial, si se lo comen les ayudará a ganar mañana. —¡Mentira! —exclamé. Miré a Kenji, a Yutaka, y a Toru. Quería decirles: “¡No inventen! No vamos a caer en la trampa de la vieja, ¿verdad?” Pero los tres miraban la palma de su mano como si les hubiera hechizado. Al contrario de los chocolates normales de la marca Meiji, que venían envueltos en papel marrón con una lámina plateada, el envoltorio de aquel era rojo, tenía unos ideogramas impresos, y había uno que no sabíamos leer. Abuela Ojos de Sapo lo sujetaba con suma delicadeza, parecía que se trataba de algo realmente especial. Al darse cuenta de mis reservas se dirigió a mí: —Si no me crees, no lo compres. Aunque creo que estoy obligada a decirte que acaba de venir uno de sexto grado y se ha llevado uno. Es una lástima, una lástima —nos miró de reojo antes de darnos la espalda.

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Toru, que no era buen corredor, fue el primero en decidirse. —No, espere, espere. En seguida le siguieron Kenji y Yutaka, que también querían el suyo. Al observar la velocidad con la que Abuela Ojos de Sapo se giró, me resultó difícil creer que fuera tan vieja como parecía. —Está bien, está bien. Son veinte yenes cada uno. Una a una recaudó todas las monedas. Después de contarlas hizo entrega del chocolate. —Ahora ya están todos preparados. Pueden estar seguros de que llegarán en primer lugar. Algo trastornados por lo que acababa de ocurrir, salimos de la tienda sin las estampas de los jugadores de béisbol que habíamos ido a buscar. Creo que todos teníamos la impresión de que nos habían tomado el pelo. —Bueno, supongo que tendremos que comérnoslo —dije, ansioso por probar aquel remedio milagroso. —¿No crees que hará más efecto si nos lo comemos justo antes de la carrera? —preguntó Toru, quien acariciaba su precioso chocolate como había hecho un momento antes Abuela Ojos de Sapo. —Puede que tengas razón —contesté. Y mientras me guardaba el chocolate en el bolsillo, escuché una voz conocida. —¿Qué hacen chicos? ¿Comprando chucherías antes de volver a casa? ¿Ya no se acuerdan de lo que les dijo el señor Kondo? ¡Los voy a acusar a todos ustedes! —era Etsuko, la delegada de la clase, una engreída, con el pelo siempre recogido con una cinta, que no hacía más que acusar a todo el mundo. —¡Cierra la boca, Etsuko! —le solté bruscamente—. Si se lo cuentas, te doy una bofetada. —Si me pegas, se lo diré al profe —contestó sin titubear. Toru trató de negociar con ella.

—Oye, Etsuko. ¿Qué ha pasado con esos pantalones bombachos que llevabas el año pasado? Parecías una calabaza gorda. Haz el favor de no volver a ponértelos este año. Extendió los brazos para imitar una calabaza colocada alrededor de su cintura. La cara de Etsuko se puso roja de ira. Daba la impresión de que iba a romper a llorar en cualquier momento. —¡Se lo voy a decir al profesor! —soltó con voz de enfado. Se dio media vuelta y empezó a correr en dirección al colegio. —¡Oh, no! —Vámonos a casa antes de que aparezca Kondo. —Eso, vámonos, vámonos. Los cuatro salimos de allí disparados. De regreso a casa repasamos la lista de cosas que necesitábamos para el día siguiente: obento4, ropa de gimnasia, un termo (siempre llevaba conmigo el té que me hacía mi madre para el Día de los Deportes). A la par que avanzábamos con la lista, caminábamos cada vez más deprisa hasta que terminamos por echarnos a correr. En un determinado momento, nos acercamos a una figura que yo había visto desde lejos. —¿No es ese tu hermano, Mamoru? Kenji se había dado cuenta de que era Shinichi, mi hermano mayor, aunque la verdad no era difícil reconocerle. Llevaba anteojos, era chaparro para su edad, y parecía de cuarto grado en lugar de sexto. Caminaba y leía al mismo tiempo, lo que le daba un cierto parecido a la famosa estatua en bronce de Ninomiya Kinjiro5.
Obento: Comida variada para llevar, acompañada siempre de arroz que se guarda en una caja generalmente de madera. (Nota de los traductores.)
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El filósofo Ninomiya Kinjiro nació en una familia pobre del siglo xviii en Japón. Tuvo que trabajar y nunca tuvo tiempo de estudiar, así que leía sus libros mientras trabajaba, y se volvió un gran hombre. En su honor, se construyeron estatuas de bronce en todo el país en las que aparece leyendo y cargando leña. Estas esculturas están principalmente en las escuelas, pero se han ido extinguiendo. Por alguna razón, las autoridades japonesas creen que es peligroso leer y caminar al mismo tiempo. (Nota de los traductores.)
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—Tu hermano es muy buen estudiante. —Eso. —Serás su hermano, pero tú eres un zoquete. —¿Y qué? Voy a jugar béisbol en los Gigantes, como Nagashima. ¿A quién le importan los estudios? —¡Ah! Mírenlo, éste va a triunfar. Shinichi caminaba a la mitad de la calle completamente absorto en la lectura de su libro. Estuvo a punto de chocar con un hombre en bicicleta. Cerré los ojos instintivamente. “¡Menudo zángano”, pensé. “¿Es que no puede dejar de estudiar ni un momento, aunque sólo sea antes del Día de los Deportes? ¿Por qué tiene que ponerme siempre en evidencia?” Estaba listo para escabullirme. Abrí los ojos despacio. —Se ha quitado de en medio justo en el último momento. —Ha esquivado la bici antes de chocar. A lo mejor resulta que es un tipo atlético —observó Kenji con aire sorprendido. —No, no: sólo hace como si leyera el libro —aclaró Toru—, en realidad mira a su alrededor, no a las páginas, ¿verdad, Mamoru? Estuve a punto de darle la razón, pero en lugar de eso salí en defensa de mi hermano. —¡Eres un idiota! Mi hermano puede correr más rápido que tú. —Eso es imposible —dijo Toru como si aceptase el desafío—. Mañana lo veremos. ¿Qué opinan, chicos? ¿No creen que mañana descubriremos quién es el más rápido? Yutaka, que confiaba mucho en sus dotes de corredor, asintió, pero Kenji, al contrario, no pareció muy entusiasmado. En cuanto a Toru, no dijo nada más, probablemente porque en mi mirada sólo había amenaza. —¡Miren! —dijo Kenji—, una libélula… ¡No, dos!, y están cachondas. ¡Miren cómo copulan! Con la obvia intención de cambiar de tema, Kenji se dedicó a perseguir a la pareja de libélulas. Los demás lo

seguimos, gritando: “¡Uaaaa!” Y retomamos nuestra carrera de regreso a casa. —Mamá, ¿me compraste la camiseta y los pantalones nuevos? Ya habíamos terminado de cenar y quería probarme mi nuevo equipo. —Están en el último cajón, junto al de tu hermano, pero no lo saques ahora. La voz de mi madre llegaba desde la cocina superpuesta al ruido de la vajilla que lavaba en ese momento. Parecía conocer a la perfección mis intenciones. —De acuerdo. Allí estaban. La mayor parte de mi ropa era herencia de mi hermano mayor, pero todos los años, con ocasión del Día de los Deportes, mi madre me compraba un equipo completamente nuevo: unos pantalones cortos blancos, camiseta también blanca de manga corta, unos tabis6 y en lo más alto del montón de ropa, una cinta roja y blanca para la cabeza doblada en forma de pentágono. No quería sacar mi equipo del cajón. Olfateé el aroma a nuevo como un cachorro en busca de su plato de comida. “¡Qué olor tan agradable!”, pensé mientras dejaba que penetrase en mí la esencia del algodón, de los cajones barnizados, de las bolitas de alcanfor. —¿Qué haces, idiota? —preguntó mi padre de improviso—. Ni se te ocurra ponerte eso y empezar a correr por toda la casa. Date prisa y vete a la cama. Era la habitual llamada de atención de mi padre, especialmente cuando había bebido. —¡Shinichi! —le grité a mi hermano que estaba en un rincón de la habitación enfrascado en sus estudios—. Tus
Tabis: Calcetines tradicionales de color blanco que se usan con la geta. Su particularidad es que tienen el dedo gordo del pie separado del resto. (Nota de los traductores.)
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cosas también están aquí —no hubo respuesta, me di la vuelta y me topé con su espalda. Obviamente, se comportaba como un testarudo. Volví a insistir: —¡Ya, Shinichi! Vamos a probarnos la ropa para practicar la salida. Si practicas un poco a lo mejor no llegas en último lugar. —¡Mamoru! No te burles de tu hermano —interrumpió nuestra madre mientras se secaba las manos con el delantal—. ¡Déjalo estudiar!, tu hermano saca muy buenas notas, no importa si llega en el último lugar el Día de los Deportes. Es una actitud muy inteligente la de esforzarse tanto en los estudios. Por muy rápido que corras, no significa que vayas a ganar dinero el día de mañana. Mi hermano había llegado en último lugar desde primer grado hasta quinto. Y no sólo eso, sino que lo había hecho con un considerable retraso respecto al penúltimo participante. De hecho, iba tan despacio que había cruzado la línea de meta tan sólo unos momentos antes de que lo hiciera el ganador de la siguiente prueba. Nuestro padre, borracho como de costumbre, siempre solía burlarse de él: “Oye, Shinichi, parecía que eras tú el que iba a llegar en primera posición.” En lo más profundo de mi ser sabía que era estupendo que le fuese tan bien en los estudios. En realidad, daba igual lo que pasara en las competiciones deportivas, pero yo no podía evitar avergonzarme por sus magros resultados, claro, aunque seguro que no tanto como él. La mañana del Día de los Deportes del año anterior, cuando yo aún estaba en segundo grado y Shinichi en quinto, dijo que le dolía el estómago y que tenía que quedarse en casa en lugar de ir a la escuela. Ya lo había humillado el año anterior al mostrarle el cuaderno que yo había obtenido por llegar en primera posición. Él fue el último. “Mamá, creo que Shinichi quiere escabullirse”, dije, y ella respondió dándome un golpe en la cabeza. “Tu hermano tiene las mejores notas de su clase. No importa si llega en

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último lugar en las carreras”, le excusó. “No te preocupes tanto de los demás y vete de una vez al colegio”, agregó. —Shinichi, seguro que mañana vuelves a decir que te duele el estómago. —De eso nada —contestó él. Su respuesta coincidió en el tiempo con un nuevo golpe de mi madre. Y era justamente en ese punto donde nuestro padre solía sumarse a la entrañable escena familiar con uno de sus típicos comentarios: —Eres un idiota. Un chico tiene que ser el número uno en algo, da igual si es en una carrera o en los estudios. Yo, por ejemplo, soy el número uno de los carpinteros. —Eso es chicos —intervino mi madre—, tiene razón. No tienen más que fijarse en la estupenda casa que construyó su padre, la cual está a punto de derrumbarse. —¿Cómo te atreves? ¿Qué te da el derecho a hablarme de esa manera? —dijo mi padre recuperado del ataque sorpresa. A partir de ese punto, la pelea solía implicar a toda la familia, pero eso no sucedió aquel día porque era la noche anterior al Día de los Deportes. Renuncié a mi idea de salir a la calle para entrenar, pero me puse mi ropa deportiva nueva, la cinta en la cabeza y los tabis. Utilicé el espacio que quedaba alrededor de la mesa a modo de pista. —¡En sus marcas, listos, fuera! —repetía una y otra vez— ¡En sus marcas, listos, fuera! —Si no dejas de hacer tal alboroto y te vas a la cama inmediatamente, no te preparo la comida de mañana — me amenazó mi madre. Puestas así las cosas, pensé que lo mejor sería retirarme a descansar. Aunque no tenía la costumbre de doblar la ropa después de quitármela, aquella noche lo hice con sumo cuidado y dejé todo dispuesto junto a la almohada. No me olvidé de colocar a un lado la barrita de chocolate. Me tumbé en el futón. Pensé en el día siguiente. Era incapaz de conciliar el sueño. De hecho, cuanto más trataba

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de dormir menos sueño tenía. No sabía qué hacer. Shinichi hizo ruido al tumbarse a mi lado. Me sentí unido a un antiguo aliado. Estaba feliz. —Shinichi, lo siento por lo de antes —le dije a modo de excusa. —No te preocupes, no me ha molestado —respondió él con una expresión lastimera. —¿Crees que mañana correrá Cabeza Hueca? Me pregunto si aún sigue enfermo. —Mmm… Yo creo que sí. Seguro correrá tan rápido como siempre y volverá a llegar en primer lugar. Las palabras de mi hermano me aliviaron y caí en un profundo sueño. Por la mañana me despertó el olor de las algas que madre tostaba en la cocina. —¿Hace buen día? —grité desde mi cuarto. Me preocupaba el tiempo. Me vestí a toda prisa con mi ropa deportiva nueva. Un Día de los Deportes sin sol no era lo mismo. —No te preocupes. Hace buen tiempo. Lávate la cara y ven a desayunar. Ya va todo el mundo al colegio. —¿Qué? Según los planes que había trazado la noche anterior mientras estaba en la cama, iría a la escuela un poco antes de lo normal para entrenar antes de que llegasen los profesores. —¡Mamá! ¿Por qué no me despertaste antes? Hechaste a perder todos mis planes. Te dije que me despertaras temprano. ¿Cómo pudiste olvidarlo? —¡No seas bocón! —bramó mi padre. Se dio la vuelta en el futón y se calló al suelo de tatami. Me puse en marcha. Engullí el desayuno sin dejar de murmurar ni un instante. —Shinichi, ¡date prisa tú también! Tienes que ir con Mamoru. —No importa. Yo iré después —contestó con un tono apesadumbrado.

Vi una barrita de chocolate junto a las rodillas de mi hermano. Era exactamente igual a la que le había comprado a Abuela Ojos de Sapo, pero yo tenía la mía guardada en el bolsillo, así que aquello sólo podía significar que él también había comprado una. “Shinichi quiere ganar”, pensé para mis adentros. Pero no quería que nadie lo supiera. —¿Qué dices? —preguntó mi madre a mi hermano—. Voy a prepararles un delicioso obento, y salgo después de ustedes. Márchense ya e intenten hacerlo lo mejor que puedan. Presionado, Shinichi se preparó de mala gana. Salimos juntos de casa. Durante todo el camino no despegó sus desalentados ojos del suelo. Yo no dejaba de saltar a su alrededor. Parecía un hombre mayor que paseaba al perro. Cuando entramos al campo de deporte de la escuela, vimos montones de niños ataviados con sus uniformes deportivos recién estrenados. Todo el mundo se perseguía y gritaba de alegría. Algunos se colgaban de las barras de ejercicios; otros practicaban el salto de longitud. Daba la impresión de que nadie era capaz de disimular su entusiasmo. Ésa era la razón por la que todos los años alguien se hace daño antes de que empiecen las competiciones. Entré en clase. Mis compañeros parloteaban con las caras rojas de emoción. El nerviosismo de Yutaka resultaba evidente por la forma en que se colocaba la cinta en la cabeza, y por cómo se metía la camiseta por dentro del pantalón. —¿No están tus pantalones un poco amarillentos por la parte delantera? —preguntó Kenji a Yutaka, quien miró hacia abajo avergonzado. No perdí un segundo en comprobar que los míos estaban inmaculados. Aliviado, miré después los de Yutaka; y en efecto: tenían una mancha amarilla alrededor de la cremallera, y no sólo eso, sino que en general estaban muy amarillos. —Seguro que son los pantalones de tu hermano —le dijo Kenji. Yutaka agachó aún más la cabeza.

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—No te metas con él —le advirtió Toru—. Yutaka está en el equipo de relevos de nuestra clase. Si se distrae y perdemos contra los de C será culpa tuya. Nos castigarán otra vez y nos sentaremos de rodillas. Me di cuenta de que la camiseta de Toru tenía un remiendo en la zona de la axila. Era de un color beige claramente visible contra el blanco de su camiseta. —Hoy nada de peleas —interrumpí para cambiar de tema—. Por cierto, ¿saben si va a venir Cabeza Hueca? Mi hermano dice que sí. Sólo con mencionar a Cabeza Hueca, todo el mundo se puso de buen humor. Un instante después, escuchamos las carcajadas de unas compañeras que miraban por la ventana. —¿Qué clase de uniforme es ese? ¡Parece idiota! —¡Es un idiota, un auténtico Cabeza Hueca! ¡Cabeza Hueca había llegado! Corrimos hacia la ventana. Empujamos a las chicas para hacernos hueco y poder ver lo que pasaba. No había duda. Era Cabeza Hueca. Se balanceaba al caminar como un luchador de sumo. Para estar en sexto grado era un tipo enorme. Iba envuelto en uno de esos quimonos enguatados que te dan cuando vas al onsen7. Se detuvo. Agachó la cabeza hasta el suelo, como si de pronto estuviera sumamente interesado en el estudio del comportamiento de las hormigas que correteaban entre sus pies. Sus hombros no dejaron de subir y bajar al compás de la respiración. —¡Cabeza Hueca lleva un quimono enguatado! — gritó Kenji perplejo. —Parece enfermo de verdad. ¡Miren! ¡Se cayó! ¿Estará bien? —¡Eh! Ya se levantó. —Parece que le cuesta mucho trabajo mantenerse parado. Es como si estuviera en las últimas —observó Toru.
Onsen: Balnearios de aguas termales muy extendidos en Japón al ser una tierra de origen volcánico. (Nota de los traductores.)
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—Yo me alegro —dije—, al menos no se ha quedado en casa. No sería un verdadero Día de los Deportes sin la participación de Cabeza Hueca. Mejor vamos a darle ánimos. Sacamos la cabeza por la ventana y gritamos juntos: “Vamos Cabeza Hueca. ¡Adelante!” Nos miró. Avanzaba a duras penas. Levantó la mano como pudo, se inclinó y ese simple movimiento bastó para que se derrumbase nuevamente. Después del desfile en el campo de deporte, las pruebas del día comenzaron con la carrera de velocidad de los de segundo grado. La tienda situada a la izquierda del podio estaba ocupada por las encantadoras presencias del director, el subdirector y el presidente de la pta8. La de la derecha, por los alumnos y profesores a cargo de la organización y asistencia médica. Después de cada prueba, los tres primeros lugares se colocaban en fila frente al podio para recibir sus correspondientes premios de manos del director. El espacio que quedaba detrás estaba repleto de madres y otros familiares que rompían en aplausos cada vez que un estudiante recibía un premio. Durante las pruebas de otros grados, nosotros debíamos ocupar nuestros asientos y limitarnos a observar. Sin embargo, no teníamos ninguna intención de quedarnos allí plantados mirando cómo la pandilla de enanos de primer grado corría por todos lados empujando unas enormes pelotas. Queríamos practicar nuestra salida. Al final nos escabullimos a la parte trasera del edificio del colegio. —Mamoru, ¿qué pasa con Cabeza Hueca? —preguntó Kenji preocupado—. Me pregunto si estará en disposición de correr.
pta: Parent-Teacher Association. Asociación de padres y profesores creada en Japón después de la Segunda Guerra Mundial, encargada de la mejora de la educación de los hijos y que participa activamente en actividades extraescolares. (Nota de los traductores.)
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—Lo fui a ver hace rato —le respondí—, y estaba dormido en el rincón de los de sexto grado, completamente tapado con su quimono enguatado. A pesar de todo temblaba. No creo que hoy se encuentre en su mejor forma. —Vamos a verlo. —No, Kondo nos descubrirá —advirtió Toru—. Por cierto, ¿vieron los pantalones de Etsuko? Este año lleva otra vez esos enormes bombachos con forma de calabaza. —Toru, te apuesto lo que quieras a que en realidad te gusta Etsuko —interrumpí—. Siempre estás Etsuko esto, Etsuko lo otro. En una fracción de segundo Toru respondió con un sonoro “¡Tú!” y saltó hacia mí. Yutaka y Kenji se partían de risa y no hicieron nada por evitar el asalto. Me di cuenta de que mi comentario había tocado un nervio a flor de piel.
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La voz atronadora del señor Kondo nos tomó a todos por sorpresa. —¡Reunión de los de tercer grado frente a la entrada principal! —¡Nos toca a nosotros! —exclamó Yutaka en un tono vehemente. —¡Mamoru! —vociferó el señor Kondo, que obviamente llevaba rato mirando—. ¡Ustedes! ¿Qué están haciendo ahí? Si no se dan prisa los descalifico a todos. —¡Vamos, vamos! Un segundo después estábamos listos y preparados en la línea de salida de la carrera de sesenta metros. Gané con facilidad por tercer año consecutivo. Antes de empezar a correr, agité la mano para saludar a mi madre que estaba en la parte de la grada reservada a los padres. Ella movió los labios. Me decía que dejase de hacer tonterías y me concentrase en la carrera. Cuando rebasé el punto donde estaba situado el podio, apreté al máximo y corrí al límite de mi capacidad. Tuve tiempo de ver que un miembro

de la pta me señalaba. Con tan sólo diez metros por delante hasta la línea de meta, iba destacado respecto a los demás. Crucé la meta en primera posición. Todo, absolutamente todo había salido según mi plan. A pesar de ya había previsto que llegaría en primer lugar, no pude contener mi emoción y traté de correr junto a mi madre. —De eso nada. Te quedas en la línea de meta hasta que todo el mundo la haya cruzado —me dijo uno de los de sexto grado que estaba de juez. A la distancia, pude ver cómo mi madre bajaba la cabeza avergonzada por mi actitud. Yutaka también ganó su carrera. Kenji y Toru cruzaron la meta en tercera posición. —No lo hemos hecho tan mal después de todo, estuvo bien —dijeron para consolarse. A Yutaka y a mí nos entregaron unos cuadernos y unos certificados de ganadores. A los otros dos sólo les dieron un diploma por el tercer lugar. Al menos habían recibido algo. Cuando terminó la ceremonia de entrega de premios, los cuatro estábamos de muy buen humor. Nos sentamos en la fila de adelante para animar a los demás; les gritábamos, nos burlábamos de ellos: “¡Vamos, corre, pequeñín!” o “¡Vamos, gordo. Irás más rápido si ruedas!” El objeto preferido de nuestras burlas eran las chicas. Confiados en que el griterío del público ahogaría nuestras voces, no dejábamos de soltar un sinsentido tras otro: “¡Te pusiste los pantalones de tu abuela” o “¡Eh, nalgona! ¡Corre para atrás, para atrás! ¡Los huevos de tu madre!” Todos estuvimos de acuerdo en que el mejor comentario de todos fue precisamente ése, de Toru: “¡Los huevos de tu madre!” Por desgracia, Etsuko también lo escuchó. Ella, sin embargo, no pareció apreciar el humor que encerraban aquellas palabras de la misma manera que nosotros. —¡Los escuché! —nos advirtió—. Si no tienen cuidado con lo que dicen, iré a hablar con el señor Kondo.

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Como habíamos descubierto recientemente los sentimientos de Toru hacia Etsuko, no nos sorprendió que se callara tan obediente. De pronto, el cielo se nubló y arreció el viento. —No sé si aguantará, ojala que no llueva —dijo Kenji sin quitar la vista del cielo. —Me pregunto qué habrá sido de Cabeza Hueca. Quizás se fue a su casa —dijo Toru. Fui a ver qué pasaba con él. No estaba en ninguno de los asientos reservados para los de sexto grado. Al parecer se había marchado, pensé con fastidio. En ese mismo momento escuché la voz de mi hermano Shinichi: —¡Mamoru! ¿Qué haces aquí? —Hola Shinichi. ¿Cabeza Hueca se fue? —No, estaba por ahí tumbado medio muerto hasta hace un momento, pero empezó a echar espumarajos por la boca y lo llevamos a la enfermería. —¿Espumarajos por la boca? Entonces seguro que ya no compite. Una parte de mí quería reírse por lo absurdo de la situación, pero otra se preocupaba por cómo transmitir la noticia a los demás. —La enfermera le pidió que se fuera a su casa; pero él se negó. Le dijo entre gemidos que iba a correr de todos modos. Eso sí que es fuerza de voluntad —dijo Shinichi—. Si yo fuera él, me habría ido sin dudarlo un momento. Supongo que es comprensible en su caso. Al fin y al cabo esa carrera es su única alegría. No me cabe duda de que es un valiente. Sus palabras me aliviaron. Aún había una posibilidad de que participara. —Shinichi, he ganado mi carrera. Espero que te vaya bien en la tuya. —Seguro que no.

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Cuando se trataba de él, Shinichi no decía gran cosa a su favor. —Es hora del descanso para el almuerzo —le dije antes de regresar a toda prisa a la zona de los de tercer grado con noticias frescas sobre Cabeza Hueca. La última prueba de la mañana era la carrera de relevos de los de segundo y tercer grado. Yutaka y yo hicimos una espectacular demostración de nuestro valor como relevistas. El intercambio de la estafeta, algo de lo que sin duda había que preocuparse, sucedió sin mayores contratiempos. Cuando terminó la carrera, fui a donde estaba sentada mi madre con una gran sonrisa dibujada en la cara. —Mamá, ¿has visto? ¿Has visto? ¿Por qué corro tan rápido? —¡Deja de decir bobadas y cómete de una vez el oni9 giri. Debes estar hambriento —soltó ella. Me hizo muy feliz ver cómo mi madre se giraba hacia las demás y les decía: —Es un auténtico dolor de cabeza. Está muy en forma, pero se niega a madurar. No pudo ocultar una gran sonrisa de satisfacción. Shinichi se unió a nosotros. —Shinichi, éste es el cuaderno y el certificado que te dan cuando ganas. Deberías esforzarte tú también por conseguir uno. —¡Deja de incordiar, niño! —Mamoru, ¡cállate ya y come! Tu hermano no se encuentra bien. ¿Te sientes algo mejor, Shinichi? —No, no me siento bien. Me pregunté: “¿Qué pasa aquí? ¿Por qué dicen excusas los dos juntos? Por muy bien que sea con los estudios, no sirve de nada si no corre rápido. ¿No se da cuenta?” Madre se giró de nuevo hacia las demás.
Onigiri: Bola de arroz normalmente de forma triangular, que lleva distintos ingredientes en su interior y suele ir recubierta con algas. (Nota de los traductores.)
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—Éste es muy buen estudiante, pero de salud sólo anda regular. Todo aquello era muy injusto conmigo, así que decidí consolarme llenándome la boca con onigiris. —Shinichi, ya sé que tu carrera es la siguiente, pero no tienes por qué esforzarte tanto. Come hijo, come todo lo que quieras —dijo mi madre. Shinichi asintió. Empezó a llenarse la boca a la misma velocidad que yo. Justo antes de que dieran comienzo las competiciones de mediodía, empezó a llover con fuerza. Parecía uno de esos chaparrones de verano, aunque ya estábamos en octubre. Me quedé allí sentado muerto de angustia ante la posibilidad de que se cancelasen las pruebas que aún faltaban por celebrarse. Miré a Shinichi y vi la alegría que inundaba todo su ser al contemplar los charcos. —¿De qué te ríes? —le pregunté. —De nada. No es más que un agradable chaparrón. Mamoru, ¿conoces la expresión que describe este tipo de lluvia? —¿Cómo voy a saber yo semejante tontería? —Te lo diré. En los monólogos de rakugo10 dicen que caen “chuzos de punta”, en las novelas se describe como que “llueve a mares” y en poesía se habla de “lluvia contenida”. Shinichi ponía mucho énfasis en lo que decía. En él había una expresión de jovialidad completamente distinta a la mía. —Shinichi, ¿“Lluvia contenida” significa que ya no puedes participar en las carreras? —No, idiota. “Lluvia contenida” quiere decir… Justo en el momento en el que se disponía a explicármelo, la lluvia aflojó y en pocos minutos el cielo se despejo
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Rakugo: Monólogos de tono satírico-humorístico cuyo origen se remonta al siglo xvii. (Nota de los traductores.)

por completo. Un dulce rayo de sol iluminó el campo de deporte. A pesar de mi profunda preocupación por Cabeza Hueca, me alegré de que el Día de los Deportes no se hubiera malogrado. Sonreí. —Shinichi, parece que seguimos adelante —le dije a mi hermano. —¡Cierra la boca! Finalmente, llegó el turno de la carrera de 80 metros en la que participaban Shinichi y Cabeza Hueca. Yo no tenía más carreras, así que me senté junto a mi madre para disfrutar del espectáculo. Aunque había algunos charcos distribuidos por el campo de deporte, no representaban un verdadero problema, y en cuanto sonó el himno de Sousa12 por los altavoces, todo pareció reverdecer. “En este momento…”, dijo la voz del locutor por el megafono, “dan comienzo las pruebas de mediodía. En primer lugar, la carrera 80 metros de los alumnos de sexto grado. Recibamos a los participantes con un cálido aplauso”. Todo el mundo dirigió la vista hacia la puerta de entrada. —¡Mira mamá, es Shinichi, Shinichi! ¡Vamos Shinichi! —Ya veo. No armes este espectáculo. Dedícate a mirar y quédate calladito —me ordenó, aunque tampoco pudo evitar echarse hacia delante ni dejar de aplaudir con entusiasmo. Shinichi corría la primera serie de los 80 metros. Cabeza Hueca salía tres series más tarde. Los cinco competidores directos de mi hermano daban saltos para calentar, sacudían brazos y piernas. Shinichi, al contrario, miraba absorto hacia el cielo.
Himno de Sousa: Marcha compuesta por John Philip Sousa (1854-1932), compositor estadounidense autor, entre otros, del himno de las Barras y Estrellas. (Nota de los traductores.)
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Debería calentar —dije—, seguro que está pensando en la lluvia. —¡Cállate y mira! —contestó mi madre sin olvidarse de propinarme un buen porrazo en la cabeza. —¡En sus marcas! Cinco corredores se apresuraron a colocarse en la línea de salida. Shinichi fue el último en hacerlo. Y justo en el momento en el que ocupó su puesto, Cabeza Hueca, aún enfundado en su quimono enguatado, se acercó a la salida dando tumbos. Shinichi retrocedió. Se levantó con cara de sorpresa. Yo también estaba muy sorprendido, pero más que nada preocupado por Cabeza Hueca. ¿Deliraba a causa de la fiebre? ¿Cómo iba a correr en ese estado? Se colocó en posición de salida. Entre unos cuantos alumnos lo sacaron de allí. —¡En sus marcas! —volvió a gritar el juez de pista. A Shinichi no le quedó más remedio que encomendarse al destino. Regresó sin prisas a su posición. —¡Listos, fuera! Los cinco chicos echaron a correr en estampida. Shinichi arrancó unos segundos después. —¡Vamos Shinichi, vamos! —le gritaba yo con todas mis fuerzas, pero era un pato fuera del agua. Movía despacio brazos y piernas, arriba y abajo, como si quisiera decir: “Mírenme, no compito. Simplemente participo.” Salió en última posición y cuando los otros cinco habían cubierto la mitad de la distancia, él les seguía diez metros por detrás. —No hay nada que hacer. Si se empeña en correr así, la gente se va a reír de mí. No había terminado con mi amarga observación, cuando los cinco corredores resbalaron en un charco y cayeron unos sobre otros en un amasijo de piernas y brazos; y no sólo eso: parecían tener verdaderas dificultades para deshacer el nudo humano y volver a ponerse en pie. Mi madre y yo nos quedamos de una pieza, pero no tanto como el propio Shinichi: no daba crédito a lo que

acababa de ocurrir. Incluso desde mi lejana posición de espectador, pude ver sus ojos como platos. —¡Es tu oportunidad, Shinichi —le grité con todas mis fuerzas. En ese momento, se transformó en otra persona. El chico que arrastraba su cuerpo se desvaneció, y en su lugar apareció uno lleno de determinación que corría con todas sus fuerzas, con la vista fija delante suyo, con un mohín de concentración en la boca, las mejillas acompasadas al ritmo de sus zancadas. Shinichi parecía haberse transformado en Cabeza Hueca: ¡corría para ganar! —¡Vamos Shinichi, vamos! —gritó mi madre con un entusiasmo que casi rozaba la histeria. Se puso en pie, se agarró las manos como si rogara para que su hijo no desfalleciera, empezó a aplaudir. Ante tan inesperado giro de los acontecimientos, yo también me eché hacia adelante en la grada, me puse a gritar con todas mis fuerzas para infundir ánimos a mi hermano. Había rebasado a los cinco corredores caídos logrando una considerable ventaja. Cincuenta metros. Finalmente, sus competidores lograron ponerse en pie, pero para entonces Shinichi ya les sacaba diez metros. Sesenta metros. Shinichi agitaba piernas y brazos. Daba la impresión de estar a punto de ahogarse. Seguía a la cabeza de la carrera. Setenta metros. Los otros se desesperaban por alcanzarle. Shinichi estiraba hasta el mentón. Tenía la cara completamente roja. —¡Shinichi, Shinichi, Shinichi! —¡Vamos, Shinichi! ¡Ocho metros para la meta! ¡Cinco metros! Nunca en toda su vida había corrido así. Jamás había hecho semejante demostración de fuerza. Sus piernas

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empezaban a flaquear, daba la impresión de que se le enredaban; pero las lanzaba con determinación hacia adelante una y otra vez. Justo antes de la línea de meta, impulsó todo su cuerpo en un último y extraordinario esfuerzo. ¡Final! Madre soltó un grito estruendoso; un grito de sorpresa. Shinichi se había caído de bruces al suelo y en lugar de hacerlo por detrás de la línea de meta, lo hizo treinta centímetros antes. ¡Treinta centímetros! Los otros cinco corredores rebasaron el cuerpo derrumbado de Shinichi. Cubierto de barro, con la cara enterrada en el suelo, se quedó allí parado unos instantes. Al final se puso en pie. Cruzó cabizbajo la meta. —Ha estado tan cerca de ganar… —le dije a mi madre con un suspiro. Ella no contestó, se limitó a lanzar un profundo suspiro. ¿Qué sentido había tenido su esfuerzo? ¿Para qué había corrido con todas sus ganas? Había tenido la victoria al alcance de la mano… ¿Cómo era posible entonces que hubiera llegado en último lugar? Las preguntas bullían en mi interior, pero no pude dedicar tiempo a buscar respuestas porque había llegado el turno de Cabeza Hueca. Se plantó en la línea de meta sin quitarse el quimono enguatado, lo que le daba un aspecto similar al del gran luchador Rikidozan13. Sólo se deshizo de él después de que una anunciara por los altavoces: “¡En sus marcas!” Desde la distancia se apreciaba cómo le temblaban las piernas. Me preguntaba si sería capaz de correr los ochenta metros. Resultó que mis tribulaciones estaban bien fundadas. A pesar de que un desmejorado Cabeza Hueca realizó una salida igual de espectacular que la del año anterior, las piernas le empezaron a fallar antes de cubrir los primeros veinte metros. (Su forma de correr me recordaba a mi padre cuando estaba borracho.) A partir de ahí, Cabeza Hueca
Rikidozan: Mitsuhiro Momoda (1924-1963), luchador de sumo y lucha libre de origen coreano. (Nota de los traductores.)
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provocó un giro inesperado en la carrera: enfiló hacia la tienda del pta, se derrumbó justo enfrente todo lo largo que era con tan tremendo golpe, que incluso pude escuchar el ruido desde mi posición. Se produjo un silencio total. Cabeza Hueca estaba inmóvil. Un segundo después, el aterrorizado público irrumpió en un grito consternado que fue acompañado por la instantánea reacción del equipo médico. Corrieron hacia él con una camilla. No lo había escuchado acercarse, pero Kenji estaba justo a mi lado. —Quizás esté muerto —dijo incapaz de disimular la emoción en su voz. —Tiene huevos ese Cabeza Hueca —contesté yo. Las lágrimas casi se me saltaban de los ojos ante semejante demostración de fuerza, admirado por el espíritu invencible de Cabeza Hueca que había tenido la determinación de impulsar su cuerpo febril y tembloroso hasta que no pudo más y terminó por derrumbarse. Me juré a mí mismo que haría como él si me resfriaba, si me atacaba una diarrea. Así era como había que actuar para ganar una carrera. Ese pensamiento produjo en mí atribulado corazón una suerte de convulsión. —¡Oye, Mamoru! ¿Estás llorando? —preguntó Kenji con sus ojos también enrojecidos. —Vamos, Mamoru, Shinichi —dijo mi madre—, siéntense, es hora de cenar. Hoy han hecho un buen trabajo. Mi única preocupación era elegir el sitio dónde colgar el título que me acreditaba como ganador de mi carrera. Incapaz de decidirme, me senté a la mesa con el papel entre las manos. Mi padre bebía desde hacía rato. —Papá, gané, éste es mi título. —Ya lo he visto muchas veces. De todos modos, enhora­ buena. Ahora come y vete a la cama. —Tampoco te va a hacer daño si le pones un poco más de entusiasmo.

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—De acuerdo. Bien hecho, Mamoru. Mi padre estaba cariñoso aquel día. —Shinichi, deja el libro de una vez y ven aquí. Mi hermano no le había dirigido la palabra a nadie desde que regresamos a casa. Se acercó de mala gana y ocupó su sitio. Empezó a mover despacio los palillos. —Shinichi, ¿cómo te fue en la carrera? —preguntó padre, pero mi hermano no contestó—. ¿Qué tal ha ido, Shinichi? —Ha estado a punto de llegar en primer lugar —irrumpí. —Cierra el pico, Mamoru —dijo sin despegar los ojos de la mesa. —Ya veo, casi llegas en primer lugar. ¡Mira nada más! —Los demás corredores se cayeron al suelo y estuvo a punto de llegar en primer lugar… —He dicho que te calles —interrumpió mi hermano con la vista clavada exactamente en el mismo lugar. —Sé que en realidad querías ganar —recordé el chocolate milagroso de Abuela Ojos de Sapo. —Mamoru, cállate y dedícate a tu comida —dijo nuestra madre tratando de parecer enfadada, pero con una chispa de alegría en los ojos. Padre disimuló también una sonrisa tras la copa de sake que se llevó a la boca. —Pero Shinichi, estuviste realmente cerca de lograrlo —dijo madre con un tono de voz amable. —Tan, tan cerca… —apunté yo. Shinichi se rascó la cabeza. Sonrió tímidamente. —Aún te queda una oportunidad al año que viene. El próximo año, Shinichi —dijo padre alentador. Shichichi volvió a rascarse la cabeza. Hasta sus orejas estaban rojas por la vergüenza. Supuse que lamentaba lo ocurrido, que se avergonzaba por haberse esforzado tanto para nada, que no dejaba

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de preguntarse por qué habían tenido que caerse los demás corredores si al final iban a rebasarlo de nuevo. Imaginé que pensaba en lo terriblemente mal que había terminando todo para él. —Shinichi, estuviste a punto de ganar —le dije una vez más. Él asintió. —Sí, a punto. —Shinichi, ¿recuerdas la última vez que participaste en la carrera de 80 metros del Día de los Deportes, cuando aún estabas en la escuela elemental? ¿De aquella vez que estuviste a punto de ganar? —¡Mira que eres mezquino! Sacar precisamente ese tema. Olvídate de eso, idiota —dijo con la cara enrojecida por los efluvios del alcohol. Obviamente, lo recordaba mejor que yo. —Me pregunto qué habrá sido de Cabeza Hueca. ¿Sabes algo de él, Shinichi? —le pregunté con cierta nostalgia por los tiempos pasados. Aún recordaba su impresionante aspecto aquel día. De hecho, la primera cosa que se me venía a la cabeza al pensar en aquel inolvidable Día de los Deportes, era la imagen de Cabeza Hueca con su quimono enguatado. —¿Acaso no lo sabes? —preguntó Shinichi—. Cabeza Hueca es presidente de una constructora. Tienen las oficinas en un edificio de cuatro plantas justo frente a la estación de Kitasenju. No le va nada mal. —¿En serio? Yo pensaba que era incapaz de escribir su propio nombre. Me sorprendió mucho lo que mi hermano acababa de decirme. Cabeza Hueca, el tipo más fuerte y con más agallas de la escuela, el peor en los estudios, convertido en presidente de una flamante empresa. Mi hermano se rió a carcajadas.

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—La vida no está determinada por las notas en la escuela. Deberías saberlo mejor que nadie, Mamoru. —Tienes razón —le dije yo. Sonreí amargamente y cerré los ojos. A pesar de todo, no podía dejar de sentir en mi interior cierta felicidad al recordar la imagen de Cabeza Hueca aquel lejano día: sus piernas temblorosas como la gelatina, sin nada en el mundo frente a él capaz de detenerlo. Corría, no dejaba de correr; siempre corriendo. Pensé que quizás había bebido demasiado.

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NIDO DE ESTRELLAS

Corría junto a mi hermano que iba montado en su bicicleta. En realidad él estaba jalándome mientras yo me agarraba con fuerza del asiento de atrás. Escuchaba el traqueteo del telescopio. Siempre llegábamos a lo alto de la colina en el preciso momento en el que pensaba que ya no sería capaz de dar un paso más. Sin embargo, ese día llegué con suma facilidad: mis hombros se movían al compás de la respiración, notaba cómo mi cuerpo se acostumbraba sin problemas a la carrera que tantas veces antes había hecho. —Mira allí —dijo mi hermano Hideo, señalando al horizonte. —Es el Carro —grité yo. —Exacto —confirmó él con evidente satisfacción. Aquel lugar era nuestro observatorio astronómico particular. Mi hermano estaba a cargo de todo, yo era su segundo. Desde que nos mudamos a Osaka subíamos allí prácticamente todas las noches de cielo despejado. Mi madre, mi hermano mayor y yo nos mudamos a Osaka a finales de agosto, poco después de la muerte de nuestro padre. El cielo que se veía desde nuestro nuevo apartamento, era muy parecido al que veíamos desde Tokio. Las luces de la ciudad apagaban el resplandor de las estrellas. —La noche de Osaka es refulgente —dijo mi madre la misma noche de nuestra llegada. Por alguna razón, relacioné el cielo nocturno de Osaka con el pintalabios que un día llevaba una amiga de mamá.

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El cielo que se veía desde lo alto de la colina era espléndido, un auténtico cielo nocturno. Mi hermano me mostró el Carro la primera noche que subimos allí: se veía tan nítidamente, que parecía estampado en el cielo del norte. Mi hermano desató el telescopio de cinco centímetros que llevábamos sujeto al asiento de atrás de la bici. Se lo había regalado nuestro padre por su cumpleaños, pero él siempre repetía: “Es de los dos.” La primera vez que vi las estrellas a través del telescopio, fue en el verano de mi primer año del jardín de niños. Mi padre y mi hermano lo instalaron en una vecindad vacía cerca de casa. Yo no tenía nada que hacer, así que me limité a seguirlos. —Echa un vistazo, Toshio —dijo mi padre. Me levantó hasta la altura del visor. Me sentía algo incómodo allí, suspendido en el aire. Recuerdo bien su olor a tabaco. Pude ver una luna resplandeciente que de pronto ocupó todo mi campo visual. De hecho, era tan grande que casi no cabía dentro. Observé pequeños agujeros en su superficie, parecidos a los de las galletas de arroz. —¡No puede ser! —grité excitado. No podía creer que se pudiera ver la luna con tal nitidez. Quiero decir, estaba tan lejos… Pensé que se trataba de algún truco, que habían pegado un papel al otro lado del telescopio, algo así. Incrédulo, me giré hacia mi hermano. —Es como la foto de mi libro —dijo él con aire satisfecho. Le creí. Señalé una estrella al azar. —Quiero ver ésa —dije. Se rió y ajustó el telescopio. —¿Ésa? —me preguntó. Coloqué de nuevo el ojo en el visor, pero no vi una bola ardiente de fuego, ni una estrella cubierta de arena como en el desierto del Sahara. En lugar de eso, había un punto luminoso muy parecido a lo que se ve a simple vista. Extrañado, voltee a ver a mi padre. Mi hermano se sujetaba la tripa con las manos muerto de risa.

Esa noche mi padre nos habló de lo lejos que estaban las estrellas de la tierra, de lo grandes que eran. Por lo visto, algunas de ellas estaban incluso a millones de años luz de distancia. Nos explicó que un año luz era la distancia que recorría la luz a lo largo de un año. Imaginar el viaje de la luz durante miles de años, me hizo pensar en el infinito, un concepto que había aprendido recientemente. Pero era distinto al que se usaba en frases como, por ejemplo: “Puedes comer infinitas papas fritas.” Pensar en ese otro infinito me causaba cierto dolor, me daba miedo. Lancé los brazos alrededor del cuello de mi padre y apreté fuerte. Aquel fue mi primer encuentro con las estrellas. Me pregunto qué estaría haciendo mamá aquella noche. Ahora las cosas son bien distintas. Gracias a mi padre y a mi hermano he aprendido los nombres de muchas constelaciones, y también lo grande que puede llegar a ser una galaxia. De hecho, estoy casi seguro de que podría usar el telescopio aunque no estuviera mi hermano. Habíamos subido a lo alto de la colina para contemplar la lluvia de estrellas provocada por el paso del meteorito Tauro. Tras diez minutos de subida, las hojas de la covacha, todavía humedecidas por la lluvia del día anterior, se me empezaron a pegar a las piernas. El rocío se filtraba por los calcetines y formaba pequeños charcos entre los dedos de mis pies. En cuanto alcanzamos la cumbre, mi hermano montó el telescopio. Lo enfocó en dirección a Astérope. Abrí mi libro titulado Las constelaciones según las estaciones, encendí la linterna y leí: “Astérope hacía las veces de hombro en la constelación de Tauro.” En esa época del año se veía en aquella dirección. Empecé a buscar a Tauro: la encontré, pero me tuve que esforzar para descubrir la estrella que parecía un cuerno superpuesto a la Vía Láctea. Dibujé una línea imaginaria en el cielo. Me preguntaba cómo era posible que los antiguos pudieran ver por allí vacas y serpientes.

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A mí el cielo no me sugería nada de eso. Por mucho que trazara líneas, no conseguía dibujar formas reconocibles. Si no era capaz de encontrar el otro cuerno de Tauro, me conformaría al menos con una vaca. —¡Lo encontré! —exclamó mi hermano, y se echó a un lado para dejarme mirar. —¿Cuántas ves? —Una, dos, tres… aproximadamente quince. A simple vista había llegado a contar seis de las estrellas que conforman Tauro, así que con el telescopio sería capaz de encontrar veinte como mínimo. —¡Oh! —grité sin despegar el ojo del visor. Había visto una estrella fugaz. Mi hermano estaba de cuclillas. Observaba el cielo en silencio. En lo más alto estaba Casiopea. La miré detenidamente hasta que la “W” que formaba se transformó en una “M”. Poco a poco mi cuerpo se libraba de su peso vencido por la impresión de que sólo existíamos nosotros dos en todo el universo. Por algún motivo me acordé de mi nuevo colegio. Yo era de Tokio, hablaba de forma distinta a los demás, no conocía el dialecto de Osaka ni tenía su fuerte acento. Todos se reían de mí: me llamaban “Tokio”. Tenía la impresión de que todo lo relacionado conmigo molestaba a mis nuevos compañeros. —Toshio, ¿tienes amigos nuevos en el colegio? —me preguntó mi hermano como si me hubiera leído el pensamiento. Quise mentirle, decirle que sí, pero su pregunta me había tomado por sorpresa. La respuesta se me atascó en la garganta y en lugar de contestarle, me brotaron unas lágrimas. —¿Se meten contigo? Me soné la nariz. —No, no —respondí como pude. Aparecieron más lágrimas.

—Pronto tendrás nuevos amigos. Sólo tienes que intentar adaptarte. ¿No has congeniado con nadie? Alguien, a quien le guste mirar las estrellas, por ejemplo. Si quieres puedes llevar el telescopio a la escuela. Enséñaselo a tus nuevos compañeros. Cuéntales todo lo que sabes sobre el universo —propuso—. A mi ya me han preguntado si me gustaría presidir el club de astronomía cuando llegue a tercero —añadió con una sonrisa. —¡Presidir el club de astronomía! ¡Qué bien, es una idea estupenda! —le contesté lleno de admiración. Las lágrimas dejaron de brotar. —¿Sabes?, ya estamos casi en la estación en la que se ve Sirio. —Sirio, claro. Lo sabía todo de Sirio. Aparecía por el este. Los árabes la llamaban “La estrella de los mil colores” por los cambios de tonalidad que podían observar a simple vista en ella. Del azul cambiaba al blanco, de ahí al verde, luego al púrpura… Era como un caleidoscopio. —Sirio es la estrella más brillante, ¿verdad? —Exacto —contestó mi hermano—. Su diámetro es dos veces el del sol y su distancia a la tierra es de 8.6 años luz; por eso es la más visible de entre todas las estrellas fijas que se ven desde Japón. Ésa es la razón por la que es la más brillante. La forma de hablar persuasiva y convincente de mi hermano era exactamente igual a la de mi padre. —¿8.6 años luz? Ocho años antes nuestro padre seguía vivo. El destello emitido por Sirio en aquel momento estaba a punto de alcanzar la Tierra. Al contemplar la luz del pasado, sentía como si el espacio entero se transformara en un álbum de fotos. La idea me ayudó a darme cuenta de que no nos habían olvidado en el límite del espacio y gracias a eso recuperé el coraje.
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Estábamos en la época del año en la que Sirio desprendía un fulgor frío y radiante. En Osaka también hacía frío. A la salida de la escuela esperé a mi hermano en una tienda de la cadena Lawson, de esas que abren las veinticuatro horas. Ya habían pasado quince minutos de la hora acordada, pero él seguía sin aparecer. Los días que mamá tenía que quedarse a trabajar hasta tarde, lo esperaba siempre en el mismo sitio. Comprábamos algo para cenar y nos lo comíamos en casa con la ensalada que ella nos había dejado preparada. Esa rutina empezó poco después de mudarnos a Osaka. Mamá trabajaba como diseñadora. A menudo regresaba a casa cuando ya llevábamos mucho tiempo acostados. A veces lloraba en plena noche, otras se colgaba al teléfono durante horas. Yo sabía que a veces también lloraba cuando nuestro padre estaba vivo, así que la causa no debía ser su muerte. Me preguntaba cuál sería la razón. Quizás le sucedía lo mismo que a mí: quizás la estuvieran molestando en el trabajo. De todos modos, no me gustaban esas llamadas nocturnas. Tenía la impresión de que había un hombre al otro lado del teléfono. Mi hermano se retrasaba. Decidí comprar oden1 para la cena. A lo mejor me daba tiempo de comprar el último número de Jump2. Me dirigí hacia la estantería donde estaban los mangas3 y vi algo que no quería ver: Ken el Gordo. Siempre llevaba encima un megáfono del equipo de béisbol de los Tigres de Hanshin y vestía el uniforme a rayas con un nombre estampado en la espalda que parecía de chica: “Mayumi.” (De hecho, era el apellido de uno de los jugadores, pero escrito en caracteres latinos sonaba como
Oden: Plato típico de invierno de la comida japonesa en el que se cuecen distintos ingredientes como huevo, pasta de pescado, etcétera. Se come en sopa servido muy caliente. (Nota de los traductores.)
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Revista Jump: Revista semanal de manga destinada al público juvenil. En esta revista comenzó a publicarse la serie de Dragon Ball. (Nota de los traductores.)
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Manga: Novela ilustrada generalmente juvenil. (Nota de los traductores.)

un nombre de pila femenino.) Y cuando no traía puesto el uniforme, llevaba unos pantalones de mezclilla que también parecían de chica. Había estado todo el día fastidiándome en el colegio. Me escondí detrás de las estanterías. Ken el Gordo tenía un grupo de amigotes entre los que había un tal Hitoshi. Esa banda de paleros le hacían el coro. Si Ken el Gordo se jactaba de alguno de los siete pachinkos4 que su padre había construido en la ciudad, cacareaban extasiados: “¡No me digas, es impresionante!” Y Ken el Gordo respondía jactancioso: “Así es.” Ése era el día en el que debía haberme convertido en uno de los chicos más populares de la clase. Me había decidido a seguir el consejo de mi hermano y había mostrado a todos mis amplios conocimientos sobre estrellas y constelaciones. La oportunidad llegó en el descanso para el almuerzo. Ken el Gordo sacó el tema de las estrellas por pura casualidad. —¡Eh, Tokio! —bramó— me dijeron que te dedicas a mirar estrellas en tu tiempo libre. Alguien debía haberle soplado que subíamos a lo alto de la colina casi todas las noches; lo que, sin embargo, ayudó a poner las cosas más fáciles, ya que era la oportunidad que yo había estado esperando. Sin pararme siquiera un instante a tomar aliento, solté la retahíla completa de lo que mi hermano me había explicado sobre Sirio, y nada más terminar clavé la mirada en él. Satisfecho, me dije para mis adentros: “¿Qué te parece eso, gordo?” —Bueno, eso lo sabe todo el mundo —replicó en tono petulante—. ¿Pero sabías que Sirio es una estrella doble? —¿Una estrella doble? —repetí como un loro. En mi vida había escuchado semejante cosa. —¿Ni siquiera has oído hablar de las estrellas dobles? ¡Estúpido Tokio! Pensaba que tenías un telescopio.
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Pachinko: Salones de juego. (Nota de los traductores.)

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—A lo mejor utiliza una lupa —soltó uno de los de su banda. —Por supuesto que tengo un telescopio —le grité en un tono de voz excitado. —¿De qué diámetro? —preguntó Ken el Gordo. —Cinco centímetros. —¿Cinco centímetros? ¡Eso es un juguete! —dijo triunfal. —¡Cinco centímetros, cinco centímetros! —repitió su coro de cacatúas. Sentía como si se burlasen de mi padre y de mi hermano al mismo tiempo. —Dile a tu padre que te compre uno más grande — dijo uno de ellos. En ese momento intervino Satomi Suzuki. —Eres un imbécil. Su padre está muerto. Su minifalda azul osciló mientras hablaba. Se quedaron mudos durante unos instantes. Fue Ken el Gordo quien rompió el silencio; se puso las manos en la boca a modo de altavoz y prosiguió con sus bra­ vuco­ nadas: —¡Cinco centímetros, cinco centímetros! “Ojalá estuvieras muerto”, lo maldije para mis adentros. Me moría de ganas de partirle la cara, pero fui incapaz de moverme. Lo único que pude hacer fue apretar los puños. A partir de ese momento y hasta la hora de la salida, cada vez que me cruzaba con la cuadrilla de Ken el Gordo volvían con lo mismo: “¡Cinco centímetros, cinco centímetros!” Yo me esforzaba por no despegar los ojos del suelo. Ken el Gordo se compró un par de mangas y salió de la tienda. Pensé que lo mejor sería no volver a entrar allí. Cuando llegó mi hermano me dieron ganas de llorar, pero me aguanté. En lugar de eso clavé los ojos en la revista Jump. De regreso a casa, el camino se me hizo más largo de lo normal. Íbamos a cenar los dos solos, como de costumbre. Ninguno dijo gran cosa. En condiciones normales, él

me habría preguntado qué me ocurría al comprobar lo callado que estaba, pero extrañamente él también estaba sumido en un profundo silencio. Probablemente había tenido un mal día. Terminamos de cenar, metí los platos en el fregadero y eché detergente por encima. Tiré la ensalada a una bolsa de plástico que había en una esquina del fregadero. Uno de los trozos de apio no llegó a entrar. Lo contemplé y me di cuenta de lo cuidadosamente cortado que estaba. Saqué enseguida la ensalada de la bolsa y me la comí. No lo hice sólo por mi madre, que nos la había preparado con todo su cariño, sino más bien por mi padre. Nada más terminar de recoger me dirigí al “nido de estrellas”, el nombre que le había puesto a nuestra habitación. Mi hermano estaba tumbado en la litera de abajo y contemplaba las constelaciones que habíamos pintado en el techo con pintura fluorescente. Cuando apagábamos la luz brillaban y transformaban la habitación en un pequeño microcosmos con Casiopea en lo alto acompañada por la Osa Mayor y la Osa Menor. Mi hermano se levantó. —¿Qué tal te fue con tu charla sobre las estrellas? ¿Le contaste algo a tus compañeros? Le dije toda la verdad. —Hay un chico que tiene un telescopio de ocho centímetros. —Ya, ocho centímetros. Mira tú. Mi hermano jaló el cordón del interruptor para encender la lámpara. El día regresó a nuestra habitación. Volvió a jalarlo. Se hizo la noche. Continuó así un rato: encendía, apagaba; encendía, apagaba; día y noche, día y noche. Jaló el cordón una última vez y la luz lo inundó todo. —¿Y si yo tuviera uno de diez centímetros? —me preguntó—. En ese caso podríamos ver incluso a la estrella acompañante de Sirio. Eso es mucho mejor que uno de

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ocho centímetros. Sí, eso es lo que haremos. Compraremos uno de diez, haremos una foto a la estrella y ya veremos qué dicen. —Dices que vamos a comprar uno, pero… —empecé a decir, y al ver la expresión en la cara de mi hermano me apresuré a añadir—, yo tengo cinco mil yenes que me dio el abuelo de Nara y otros cuatro mil en el bolsillo. —Y yo trescientos mil. Con eso será suficiente. —¿Trescientos mil yenes? ¿Por qué tenía semejante cantidad de dinero? ¿Cuándo y cómo había conseguido ahorrar tanto? Lo miré, pero él evitó devolverme la mirada. En lugar de eso dirigió la vista hacia el regalo de nuestro padre, el telescopio que estaba colgado en la pared. Yo también lo miré. Me sentí culpable, como si lo traicionáramos por querer comprar uno nuevo.
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—¡Ya estoy en casa! Era mamá que anunciaba su regreso desde la puerta de entrada. Poco después escuchamos el ruido de unas zapatillas que se deslizaban en dirección a nuestra habitación. —¿Se comieron la ensalada? Era lo primero que nos preguntaba apenas volvía a casa. Invariablemente, sus siguientes palabras eran: “Estoy muerta. Ya duérmanse, chicos.” Lo repetíamos mentalmente a modo de letanía, antes incluso de que ella lo dijera. —El próximo domingo vamos a ir juntos a un sitio, ¿de acuerdo? —dijo como si fuera una profesora que hablaba con sus alumnos. Eran noticias inesperadas. Había dulzura en su expresión, en su aliento. Uno de sus labios estaba mal pintado. Contuve la respiración. Mi hermano tampoco dijo nada, se quedó tumbado en la cama con los ojos cerrados. Normalmente me dormía antes de que las estrellas fosforescentes del techo perdieran su fulgor, pero aquella noche no era capaz de conciliar el sueño. Mi hermano tampoco:

lo escuchaba dar vueltas en la cama. Agarré un libro del librero: Viaje por las constelaciones. Volví a tumbarme con él entre las manos. No podía dejar de pensar en la estrella doble que había mencionado Ken el Gordo. Según el libro, las estrellas dobles también eran conocidas como estrellas binarias. En el capítulo dedicado a Sirio, leí que su compañera era una enana blanca muy poco corriente. ¿Enana blanca? Vaya nombre más siniestro. Seguí leyendo: la compañera de Sirio era sólo tres veces más grande que la Tierra, pero, en cambio, su masa la superaba en doscientas cincuenta mil. El resultado era que allí una simple caja de cerillos pesaría dos toneladas y un ser humano alcanzaría el increíble peso de dos mil seiscientas toneladas. ¿Dos mil seiscientas toneladas? No podía imaginar semejante peso. Levanté la mano para sentir su peso. Las criaturas que vivieran en aquella estrella se la pasarían muy mal con un simple gesto como ése. ¿Qué harían cuando tuvieran ganas de saltar? Ken el Gordo pesaría allí no menos de tres mil toneladas. Al final, el sueño logró abrirse camino entre mis elucubraciones y me quedé dormido. Apenas hube entrado a clase al día siguiente, vi a un grupo de acólitos que rodeaban a Ken el Gordo, como de costumbre. Me senté y traté de evitarlos, pero escuché su voz claramente: “Éste tiene ocho centímetros. ¡Ocho centímetros! Con cualquier cosa más pequeña no se ve nada.” No pude evitar la curiosidad y miré al lugar de donde venía su voz. A través de una abertura en el muro de fans que lo agasajaba, vi un tubo blanco resplandeciente. Era un telescopio de ocho centímetros. Ken el Gordo lo había traído de casa para alardear. —¡Es increíble! A su lado uno de cinco centímetros parece un lapicero. No, más bien un cepillo de dientes — aventuró uno de sus compinches. Todos asintieron. Se giraron para mirarme. Salí de clase sin decir nada. Sus risotadas me persiguieron por el pasillo hasta la entrada del

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colegio. Cuando dejé atrás la puerta, corrí tan rápido como pude, cada vez más rápido, hasta que alcancé lo alto de la colina, nuestro observatorio celestial secreto. Mis piernas no dejaron de subir y bajar como pistones; no se detuvieron un sólo momento hasta alcanzar la cumbre. El cielo giraba sobre mi cabeza. Tenía la impresión de que se me iba a salir el corazón del pecho. Me tumbé en el suelo, cerré los ojos, pero daba la impresión de que no había dejado de correr. Aquella noche mamá cocinó por primera vez desde hacía mucho tiempo. Preparó sopa y langostinos fritos. La comida estaba rica, pero yo me preocupaba más por el moretón y la mejilla hinchada de mi hermano. Antes siquiera de tener la oportunidad de preguntarle, me explicó que se había caído. Mamá no pareció darse cuenta de nada. Últimamente siempre estaba muy ensimismada. —Me gustaría presentarles a alguien este domingo — dijo cuando terminamos de cenar—. Es alguien que me gusta. Seguro que a ustedes también les va a gustar. Le pregunté si era un hombre. Mi hermano me lanzó una mirada asesina. —¡Por supuesto que sí! Regresé a nuestro “nido de estrellas”. Intenté hablar con mi hermano, pero estaba sumido en un profundo silencio y no despegaba la vista techo. No encontré el momento oportuno de hacerlo. —El hombre al que vamos a conocer es nuestro próximo padre —arranqué finalmente—, ¿por qué no le decimos que nos compre un telescopio de diez centímetros? Como intercambio por mamá, quiero decir. Miré a mi hermano. —No seas imbécil. ¿Cómo vamos a dejar que alguien que no es nuestro padre nos compre semejante cosa? Yo me haré cargo.

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Me arrepentí de mi imprudente propuesta. ¡Pero qué estúpido era yo! De todos modos, ¿cómo podía haber olvidado mamá tan pronto a papá? Fue él quien nos lo enseñó todo sobre las constelaciones, quien nos mostró cómo hacer fuego sin cerillos. ¿Acaso no le había hablado nunca a mamá de las estrellas? ¿Tan rápido se olvidaban los adultos de las cosas? Ese domingo, mi hermano y yo tuvimos que ponernos una chamarra del mismo color y zapatos de piel. Seguimos a mamá como si fuéramos una familia de patos salvajes. En la ciudad se escuchaba música de Navidad por todas partes. —¿Dónde crees que vamos? —le pregunté a mi hermano. —A comer con ese hombre —dijo con aspecto de estar muy aburrido. —¿Por qué no nos escapamos? —le propuse en voz baja para que mamá no me oyera. No respondió. Caminábamos tan despacio que al final mamá se volvió hacia nosotros. —¡Vamos chicos! Caminen más deprisa. A pesar de ser una orden, sonó sorprendentemente amable. Mamá llevaba siempre el pelo recogido, pero ese día se lo había soltado como hacen las chicas jóvenes. Antes de salir de casa, se miró al espejo y se retocó el maquillaje. Íbamos a almorzar en un restaurante que estaba en la azotea del edificio Marunouchi. Tenía una bonita vista. Un hombre con pajarita se acercó a mamá. Intercambiaron unas cuantas palabras y finalmente señaló hacia la ventana con su mano derecha. Miramos en esa dirección. Vimos a un hombre con traje gris, bigote fino y lentes metálicos que se puso en pie para saludarnos con una leve inclinación de cabeza. ¿Así que ése era el tipo de hombres que le gustaban a mamá? Parecía muy distinto a nuestro padre, quien los

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fines de semana tenía la costumbre de ponerse siempre sus viejos pantalones de mezclilla. —Déjenme presentarles al señor Fujita. Es diseñador en la misma empresa donde trabajo yo. Éste es Hideo, ya está en segundo de secundaria. Y éste es Toshio, está en cuarto de primaria. —Es un placer conocerlos —dijo el hombre con una tímida sonrisa. Tuve la impresión de que era una buena persona. De ser así iba a sentir mucha lástima por mi padre muerto. Quiero decir, eso significaba que… Miré a mi hermano que todavía no había levantado la vista del suelo. —Vamos —dijo mi madre después de un incómodo silencio. —Hola —dijo mi hermano sin levantar la mirada del suelo. —Hola —repetí yo con una leve inclinación. —¿Dónde quedaron sus modales? ¿Ni siquiera son capaces de saludar como es debido? —nos reprendió mamá. —Está bien, está bien. Aún están un poco cohibidos. Es la primera vez que nos vemos y a mí me pasa lo mismo. ¿Por qué no nos sentamos y pedimos algo rico para comer? No me pareció que tuviera un acento de Osaka especialmente marcado. En realidad dependía mucho de quién hablara. En cualquier caso, sonaba mucho mejor que el de Ken el Gordo, sin duda. —Bueno, ¿qué pedimos? El hombre nos acercó la carta. —Yo pido por ustedes —se adelantó mamá arrebatándonos el menú de las manos. Se decidió por una sopa de crema, hamburguesa, arroz y una ensalada. No se tomó la molestia de preguntar nuestra opinión. —Eso está bien para ellos —afirmó categórica. Para mí, desde luego, estaba bien. Mi hermano tampoco pareció muy preocupado por su elección.

—Yo tomaré sopa de cebolla gratinada, ensalada de champiñones y lenguado al vino —continuó mamá. Parecía estar de muy buen humor. El hombre dijo que le dolía el estómago. Únicamente pidió un poco de vino y algo de queso. Durante la comida tuve la impresión de que mamá llevaba todo el peso de la conversación, mientras que el hombre se limitaba a escucharla y sonreír. Cuando papá estaba vivo, era siempre él quien hablaba y ella quien escuchaba y asentía. Ahora sucedía justo lo contrario. El hombre trataba de hacernos partícipes de la conversación de vez en cuando. Nos preguntaba cosas como por ejemplo qué materias nos gustaban más en la escuela o en qué deporte nos iba mejor. En algún momento traté de decir algo, pero mamá se adelantó y respondió por mí. Después de terminar lo que nos pareció a todos un almuerzo muy largo, salimos del edificio Marunouchi. —Tengo que ir a un sitio con el señor Fujita, así que vuelvan directamente a casa. ¿De acuerdo? —dijo mamá. Fuimos obedientes, y cruzamos la calle, a través de las cebras, para dirigirnos a la estación más cercana. El hombre y mamá nos dijeron adiós. De pronto dejó de caerme bien. Me di cuenta de que eran cosas completamente distintas: mamá y papá, uno al lado del otro; mamá y ese hombre… Bajamos del tren y esperamos en la parada de autobús que estaba frente a la estación. Era domingo y sólo había servicio cada treinta minutos. Vivíamos en un lugar muy apartado. Mi hermano estaba enfrascado en la lectura de la Enciclopedia de bolsillo de las constelaciones, yo me dedicaba a matar el tiempo revoloteando alrededor del poste que señalizaba la parada del autobús. La única persona que esperaba era un hombre de mediana edad. —¡Eh, mira! Ahí está el único miembro del club de las cons­­tela­ciones.

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Me di la vuelta. Un grupo de estudiantes de tercero de secundaria rodeó a mi hermano. No dijo nada. Uno de ellos dio un paso adelante. —¿Estrellas? ¿Otra vez? ¿Cómo que un club de las constelaciones? ¿Cómo te atreves a formar un club nuevo sin preguntarnos antes? De todos modos nadie quiere tu club. No sirve para nada. A nadie le importan un bledo las estrellas. ¿Por qué no te dedicas a estudiar otra cosa, imbécil? Así y a lo mejor sacas una mejor calificación en matemáticas, en ciencias sociales y en todo lo demás. ¿Aparte de estrellas, no sabes nada, verdad? ¡No eres más que un ñoño de las estrellas! Yo estaba atónito. Pensaba que le habían aceptado sin problemas en su clase. —Mi hermano es muy popular en su clase. Van a nombrarlo presidente del club de las constelaciones —intervine. —¿Eres el hermano menor de este idiota? —preguntó uno de ellos. —¡Déjanos en paz! —gritó mi hermano. —¡¿Qué…?! El más alto del grupo le dio un golpe a mi hermano. Lo siguieron todos los demás, pero él no se defendió. Lo tiraron al suelo. Rompió a llorar. Las piernas me temblaban. Yo también me puse a llorar. —¡Eh, ustedes! ¡Ya basta! —gritó el hombre que estaba en la parada del autobús. El grupo entero se escabulló hacia la estación. —¡Vaya bola de cobardes! ¿Están bien? —preguntó el hombre mientras ayudaba a mi hermano a ponerse en pie—. Mira, tu ropa nueva está manchada. Sacudió su chamarra. Yo le ayudé. Mi hermano se puso a caminar sin dejar de llorar. No le dio las gracias al hombre por su ayuda. Tampoco a mí. Parecía que quería volver a casa caminando. Me esforcé por seguir su paso, no quería perderme. Cuando llegamos

ya había oscurecido. Mi hermano no dijo una sola palabra en todo el trayecto. Al menos había dejado de llorar. Después de entrar a casa se encerró inmediatamente en el “nido de estrellas” con un portazo, como si con ello dijera: “Déjame en paz, no quiero hablar contigo.” No sabía qué hacer. No sólo lo acosaban en el colegio, sino que su caso era mucho peor que el mío. Se la estaba pasando muy mal y aún así siempre trataba de animarme. Reuní todo el valor que fui capaz y entré en la habitación, y vi a mi hermano leyendo la Enciclopedia de las constelaciones. Tenía los ojos hinchados. Me sentí aliviado. —¿Por qué no vamos a comprar un telescopio de diez centímetros y buscamos a la acompañante de Sirio? —le pregunté. Pensé que quizás así se animaría. Las estrellas eran la única cosa en la que podíamos confiar en ese momento. Estaba convencido que nuestro padre estaría de acuerdo. Mi hermano me dio una respuesta seca. —No tenemos dinero. —Tenemos más de trescientos mil yenes. —Era mentira. Sólo tengo como cincuenta mil. ¿También eso era mentira? Primero lo de convertirse en presidente del club de las constelaciones, y ahora el dinero. ¿Qué se suponía debía hacer yo? —¡Vámonos! —dijo mi hermano mirándome a los ojos. Su proposición me animó, aunque en realidad no sabía por qué. —De acuerdo —le respondí. —Hay un telescopio de diez centímetros en el laboratorio de ciencias de secundaria. Vamos a tomarlo prestado para observar a Sirio. Volvía a ser el hermano mayor de siempre, el hermano digno de mi confianza. —¿Nos lo van a prestar? —Nadie se dará cuenta de nada si lo devolvemos antes de mañana por la mañana. Sabes, ahora se puede ver a Sirio justo debajo de Orión.

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—Si devolvemos el telescopio no será un robo, ¿verdad? —Exacto. Ahora vámonos antes de que vuelva mamá. Hoy es domingo y no hay nadie en el colegio, como mucho estará el conserje. —¿Qué le vamos a decir a mamá? —Podemos decirle que hemos subido a la colina para ver las estrellas, pero a partir de ahora, ya, vamos a dejar de decir mamá esto y mamá lo otro. Ella tiene su propia vida. Nosotros la nuestra —dijo mi hermano con firmeza. Se puso su suéter azul marino favorito y una bufanda amarilla por encima. Yo también agarré mi ropa favorita además de un chaleco rojo. No importaba el frío que pudiera hacer: íbamos preparados. Fui a buscar el telescopio de cinco centímetros. —Podemos dejarlo aquí. Vamos a usar uno de diez centímetros —sugirió mi hermano. Yo lo quería llevar de todos modos. Estaba convencido de que papá también quería venir con nosotros. Mi hermano no puso ninguna objeción. Atamos el telescopio al asiento trasero de la bici, como de costumbre. Corrí a su lado sin soltarlo durante todo el trayecto. Las orejas me dolían por el frío, pero tras correr un buen trecho entré en calor. —¿Quieres que cambiemos? —me preguntó mi hermano. Se bajó de la bicicleta. Era mi turno de pedalear y el suyo de correr. Por culpa del telescopio y de la mano de mi hermano que lo sujetaba, tenía verdaderos problemas para mantener el equilibrio y seguir una línea recta. Su muslo golpeaba un lado de la bici. Miré al cielo. Sirio brillaba intensamente hacia el sureste. Parecía hacernos señales para que nos acercáramos. Apenas llegamos a la puerta del colegio, mi hermano me ordenó que lo esperara allí. No me gustaba la idea de quedarme allí sólo, pero menos aún la de entrar furtivamente en el colegio.

Mi hermano escrutó el terreno para encontrar la forma más sencilla de entrar, y de pronto saltó al interior. Las puertas eran de hierro. No le resultó difícil trepar por ellas y saltar. En un instante su cara apareció del otro lado. Las abrió sin hacer ruido, se dio media vuelta y se esfumó en el interior del edificio. No dijo una sola palabra. Tenía la impresión de que ya había pasado mucho tiempo. Imaginé el solitario laboratorio de ciencias, el que en realidad era el hogar de cosas como esqueletos, moldes de cuerpos humanos, serpientes conservadas en formol… ¿No le daba pánico a mi hermano entrar a oscuras en un sitio así? Yo, por mi parte, estaba contento de esperarlo allí fuera. De pronto, se encendió una luz en el segundo piso. Instantes después se escuchó el sonido de la alarma. ¡Lo habían descubierto! ¿Qué debía hacer? ¿Subirme a la bici y escapar? Un segundo después vi una sombra que corría en dirección a mí con un tubo grueso entre las manos. Era mi hermano. Había logrado escapar. Tenía los ojos abiertos como platos, respiraba excitado. Estaba tan emocionado de verlo aparecer que le grité con todas mis fuerzas para animarlo. —¡Rápido, súbete a la bici, muévete! Vamos al lugar de siempre en la colina —me ordenó mientras corría a toda velocidad con las piernas temblorosas por el esfuerzo. Obedecí, y pedaleé tan rápido como pude; pero con el telescopio de cinco centímetros atado en la parte de atrás, me resultaba difícil mantener estable el manubrio. Pedaleé con todas mis fuerzas a pesar de todo. Recuerdo que nos fuimos por la parte de atrás de la escuela, pero no me acuerdo del camino que tomamos después. Lo más importante era llegar lo antes posible al lugar de costumbre en lo alto de la colina: no importaba el esfuerzo, ni lo empapado que estuviera en sudor. Inmediatamente después de llegar, me di vuelta para mirar atrás por primera vez desde que iniciamos la

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escapada. En un principio mi hermano me seguía de cerca, pero ya no lo veía por ninguna parte. Probablemente no había podido correr lo suficientemente rápido y habían terminado por atraparlo. Estaba muy preocupado, completamente solo. ¿Qué debía hacer? —¡¿Qué hago yo ahora, hermano?! —grité desesperado. Me puse a llorar. Si al menos papá estuviera allí conmigo, si al menos estuviera vivo. Me agaché y de pronto escuché un grito, aunque en realidad parecía más bien un gemido. —¡Toshio! —la voz llegaba acompañada de un fuerte jadeo. Era mi hermano. ¡Mi hermano! No lo habían alcanzado. Venía cargando un gran telescopio en sus brazos. Respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba el ritmo de la respiración. —Justo después de que abrí la puerta de la vitrina donde estaba el telescopio, sonó la alarma —dijo casi sin resuello—. Logré escapar, pero el conserje me vio. Ya estuvo, no puedo volver a casa. Es sólo cuestión de tiempo para que nos encuentren. Tenemos que huir a alguna parte. —Pero… ¿Escapar? Quiero decir… —balbuceé a modo de súplica. —Iremos a un lugar desde donde se vean bien las estrellas. Iremos allí para contemplar Sirio. Tenemos sesenta mil yenes, así que podemos tomar un taxi. ¡Ah no! No podemos llamar a un taxi. Seguro que la policía ha enviado una orden de búsqueda y captura por radio. Tenemos que ir a Rokko. Se planteaba todas las opciones para buscar la solución más adecuada. Me pregunté si acaso no se sentía solo. —Rokko está muy lejos —observé—. Me pregunto qué distancia habrá desde aquí. —Está lejos, pero podemos llegar en bici. A medianoche ya estaremos allí. Hice todo lo que me pedía. Solté el telescopio de cinco centímetros del asiento trasero, y en su lugar coloqué el de diez centímetros. La rueda delantera se levantó por el peso.

—Toshio, tu llevarás la bici. Yo sujetaré el telescopio y correré a tu lado. Me subí a la bici. A pesar de mi peso, me dio la impresión de que la rueda delantera se iba a despegar del suelo arrastrada por la del telescopio. Me incliné hacia adelante, pedaleé con todas mis fuerzas. Mi hermano corría junto a mí con el telescopio de cinco centímetros en una mano mientras sujetaba el grande con la otra; era divertido: parecía una de esas “carreras de compras del Día de los Deportes”.5 Sin embargo, veía el gesto serio en su cara y me esforzaba por pedalear con todas mis fuerzas. Tuve la impresión de que papá corría con nosotros. Poco después de emprender la huída, tomamos prestada otra bici sin preguntarle a su legítimo dueño. Nos habíamos dado cuenta de que no podría seguir así hasta Rokko. Elegimos la más vieja que había en el estacionamiento de un bloque de viviendas, sujetamos el telescopio pequeño a la parte de atrás y nos dispusimos a continuar. —¿A dónde van chicos? —nos preguntó alguien por sorpresa. Pensamos que nos habían descubierto. Nos giramos muy despacio. Un taxista nos observaba con cara de sospecha. —Vamos a ver las estrellas —dijo mi hermano con voz temblorosa. Yo asentí. —¿En serio? Qué buen chico eres. ¿Y a dónde van? —A Rokko —contesté yo. —¿A Rokko? Eso está muy lejos, mínimo son veinte kilómetros. Supongo que algún día serás un buen astrónomo, ¿no, hermano mayor? Ten cuidado —dijo el hombre sin quitarle ojo al telescopio de diez centímetros. Mi hermano inclinó la cabeza. Parecía feliz.
Carreras de compras del Día de los Deportes: Carrera que consiste en recoger unas papeletas guardadas en unas cajas que indican algo que el participante debe buscar entre el público y llevarlo hasta la meta. (Nota de los traductores.)
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En cuanto el taxi desapareció de la vista, suspiré aliviado. —Por poco nos descubre, ¿verdad? —No pasa nada —me tranquilizó mi hermano—. Es verdad que vamos a ver las estrellas. Bueno, ya, vámonos de aquí de una vez —me dio unas palmaditas de ánimo en la espalda. Debimos pedalear al menos una hora, hasta que empezamos a ver señales que indicaban “Rokko”. Estaba sediento. Paramos junto a una de esas máquinas expendedoras que suele haber en la calle y compramos dos latas de café y otras dos de jugo de naranja. Las vaciamos de un trago. Empezaba a estar preocupado. —¿Vamos a mirar a Sirio, verdad? —Por supuesto —contestó mi hermano sin titubear. —¿Y después de Sirio qué vamos a hacer? ¿Volveremos a casa o vamos a ir a alguna otra parte? No hubo respuesta. Mi hermano estaba agachado. Su mirada se perdía en la distancia. —¿Qué vamos a hacer? Dime algo, hermano —le supliqué. Estaba al borde de las lágrimas. —Toshio. —Sí. —A partir de ahora cada uno de nosotros tiene que vivir su propia vida, depender de sí mismo. ¿Lo entiendes? Mamá hace lo que quiere y yo también. Aunque todavía estés en cuarto de primaria y seas pequeño, tienes que vivir tu propia vida. Por eso vamos a contemplar primero a Sirio. Tenemos que verla. Es la estrella que papá debería haber visto. ¿Lo entiendes? No entendía nada, pero si lo decía mi hermano estaba seguro de que sería lo mejor. Estaba cansado, quería encontrar un sitio caliente para echarme a dormir. Sin embargo, íbamos a contemplar a Sirio. El sueño podía esperar.

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—Ya casi llegamos. Vamos, un poco más, no nos queda nada. Si quieres podemos tomar otro café antes de llegar —propuso mi hermano, y agarró su bicicleta por el manubrio. Después de pedalear otros veinte minutos, llegamos a una pesada subida. Nos habíamos esforzado mucho en el llano, así que subir ahora iba a ser realmente duro. Paramos muchas veces para descansar. Cada vez que lo hacíamos me daban ganas de decirle: “Hermano, vámonos a casa. Mamá debe estar preocupada”, pero al ver su gesto adusto no me atrevía a decir nada. A la mitad de la subida decidimos bajar de las bicis y seguir a pie. Empujé la mía con todas mis fuerzas para no quedarme atrás. —Ya casi llegamos —gritó mi hermano—. Sólo falta un poco más para estar en la plataforma de observación. Puede que sólo fuera un poco más, pero ya me daba todo igual. Entonces, en el momento en el que ya no sentía ni las manos ni los pies de tan entumidos como estaban, se abrió ante nosotros un resplandeciente cielo nocturno. Quería gritar: “¡Lo conseguimos!” pero no me salía la voz del cuerpo. A mi hermano le pasaba lo mismo. Sólo me dedicó una fugaz sonrisa burlona. Lo más importante era que habíamos llegado; ya no teníamos que empujar las bicicletas. Quería sentarme, pero intuía que si lo hacía no podría levantarme de nuevo. Me quedé de pie sin dejar de mirar al cielo. Estaba inundado de estrellas. Estrellas de invierno que brillaban tan intensamente que me daban miedo. Era como si sus destellos me atravesaran los ojos. Por qué, me preguntaba. Y allí entre las incontables estrellas estaba Sirio, más grande y luminosa que todas las demás. La reina del universo. Mi hermano desató el telescopio de diez centímetros. Empezó a montarlo lentamente. Quería ayudarle, pero tenía las manos entumidas y adoloridas a causa del frío. No era capaz de ponerlas en contacto con nada. Él se las

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arreglaba como podía para montar el tripié y no dejaba de mover los pies para entrar en calor. A pesar de todos sus esfuerzos, le sucedía como a mí y las piezas se le caían constantemente al suelo. Al final, logró montar el telescopio de diez centímetros sobre un endeble tripié pensado para uno de tan sólo cinco. —Listo —dijo. Se giró hacia mí. Su cara tenía un aspecto fantasmal bajo la luz de mi linterna. Un fantasma a punto de congelarse. Estaba seguro de que yo tenía el mismo aspecto. Nos pusimos a golpear el suelo con los pies para entrar en calor. Al cabo de un rato enfocamos a Sirio con las manos aún entumecidas. Fijamos el eje sobre la estrella Polar y el eje de declinación sobre Sirio: menos dieciséis grados, cuarenta y dos minutos, cincuenta y ocho segundos. —¡Mira! —gritó mi hermano. Se volvió hacia mí, me hizo un gesto para que ocupara su lugar. Coloqué mi ojo en el visor. —¡Lo veo! —grité, y mi preocupación por el frío, por la fatiga, y por todo los demás se volatilizó en un instante. Azul, blanco, verde, púrpura, rojo. ¡Los árabes tenían razón! Era la estrella de los mil colores. Estaba feliz por haber logrado ver lo que tanto ansiaba. Todo había salido bien. —La estrella acompañante —dijo mi hermano con un hilo de voz. Agucé la vista. Para mi sorpresa descubrí un punto muy próximo a Sirio. Era una estrella mucho más pequeña que parecía esconderse. Era la Enana Blanca, con una masa doscientas cincuenta mil veces superior a la de la tierra. —¡Ahí está, ahí está! Le hice gestos a mi hermano para que se acercara a mirar, pero se agachó a mi lado. —No te preocupes por mí. Si tú la ves me doy por satisfecho. No se movió. Al cabo de un rato empezó a nevar. La primera nieve

del invierno. Finos copos cubrieron la cabeza y los hombros de mi hermano. Se formó una fina capa sobre su bufanda amarilla. Ya no me dolían las manos ni los pies; mi cuerpo no respondía a los movimientos que le exigía. Recordé una cosa que aún quería hacer: mostrar la estrella acompañante al telescopio de papá. Aunque sólo fuera de cinco centímetros, no dejaba de ser un telescopio, el telescopio de papá. Estaba convencido de que sería capaz de captar su luz. Limpié la fina capa de nieve que se había amontonado sobre el lente y lo orienté hacia Sirio. Para lograrlo no me quedó más remedio que arrastrar mi pesado cuerpo, mis brazos, las piernas. Las nubes empezaban a cubrir todo el cielo. Era sólo cuestión de tiempo para que las estrellas se ocultaran por completo. Tenía que darme prisa, pero el cuerpo respondía muy lentamente a mis órdenes. Finalmente lo logré. Localicé a Sirio en lo alto del cielo. Había cambiado de posición y ahora estaba sobre el filo de una montaña. ¿Tanto tiempo llevábamos allí? Miré por el visor. ¡La encontré! Pero… ¿Por qué estaba tan borrosa? Quizás la nieve se interponía, quizás las lágrimas de mis ojos. Sirio aparecía como un punto blanco difuminado. Creo que también llegué a ver también a su acompañante. Eso era suficiente. Estaba satisfecho. Había hecho lo que debía hacer, lo que mi hermano me había pedido. Ahora ya podía vivir por mi cuenta. Me dirigí hacia él. Seguía agachado. La nieve le cubría la cabeza y la ropa. —¿Me agacho yo también, hermano? ¿Tengo que agacharme, verdad? Miré una vez más al cielo del sureste. Sirio se había ocultado tras las nubes.

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OKAMESAN

Calle Takoyakushi, en el barrio de Chukyo. Girar hacia el este por el callejón de Tomino. Ryokan1 Minamoto. El hombre de la oficina de turismo de la estación de Kioto, le había anotado las direcciones, e Ichiro, un tanto excitado, se plantó frente a la entrada del ryokan con el pedazo de papel firmemente sujeto entre sus manos. La palabra “Minamoto” estaba impresa a grandes trazos en la lámpara cuadrada de papel que colgaba sobre la celosía. Se la veía envejecida por el paso del tiempo, pero a Ichiro le pareció un tono añejo de lo más auténtico para Kioto y tuvo el efecto de provocarle una sonrisa. Era la primera vez que viajaba solo, la primera vez que se alojaba en un ryokan. No estaba muy seguro, por tanto, de lo que tenía que decir al entrar. Quizás no le tomasen en serio si se limitaba a decir un simple “hola” como haría cualquier estudiante, pero “disculpe” le sonaba demasiado pretencioso. ¿Debía quizás arriesgarse a chapurrear algo en el dialecto local? Todas esas opciones se le pasaron por la cabeza mientras estaba allí plantado junto a la recepción. —¿Qué puedo hacer por usted, joven? Una mujer de mediana edad apareció tras unas cortinas. Llevaba un vestido ajado, su melena gris recogida en una coleta. Ichiro se sorprendió: esperaba encontrar a una mujer vestida con quimono.
Ryokan: Hotel tradicional japonés con habitaciones de tatami, futones para dormir y, generalmente, baños compartidos. (Nota de los traductores.)
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—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —volvió a preguntar con su ligero acento de Kioto en el que se apreciaba un tono de amabilidad que no escondía la firmeza de sus palabras. —Bueno, verá... Vengo de Tokio y quería hospedarme aquí dos noches. Soy estudiante —balbuceó un Ichiro normalmente expresivo. —Sí, aún eres un niño. ¿Te has escapado de casa? Esas tres palabras, escapado-de-casa, le atravesaron el pecho. —Creo que lo mejor es que vuelvas lo antes posible. No hagas tonterías. Después de lanzar su advertencia, la mujer hizo ademán de esconderse de nuevo tras la cortina, pero Ichiro echó mano al papel que llevaba consigo. —¡Espere, por favor! Eche un vistazo a esto. No podía darse por vencido, volver sobre sus pasos y renunciar. ¿Cómo iba a conocer la ciudad si ni siquiera era capaz de encontrar un lugar donde alojarse? —¿Qué es eso? La mujer alargó sus manos encurtidas para agarrar la nota. Probablemente estaban endurecidas tras muchos años de trabajo en la cocina. —¡Oh, vaya! Es la letra del señor Okada, el de la estación —exlcamó—. Así que eres un cliente de verdad. —Sí, lo soy —asintió él con el suficiente vigor como para que su cabeza se inclinara hacia adelante—. Vengo a hacer un trabajo de investigación en Kioto. Estudio en una escuela secundaria en Tokio y me interesa mucho la historia. —¿Investigación? —preguntó la mujer incrédula. Miró a Ichiro como si fuera un bicho raro. “Ahí va otra vez…”, pensó Ichiro. En la oficina de información turística le había pasado lo mismo. Creyeron que era un chico que se había fugado de casa, no dieron crédito a sus explicaciones sobre el trabajo que iba a realizar en Kioto. Media hora de explicaciones no sirvieron de nada.

Se limitaron a darle el nombre y la dirección del ryokan sólo después de que él les diera los datos de su escuela. No pudo evitar cierto orgullo al comprobar que la escuela K donde estudiaba también era conocida en Kioto, aunque por otra parte le molestó. Tenía la impresión de que con aquella mujer no le quedaba más remedio que usar la misma estrategia. —Sí, pertenezco al Club de Historia de la escuela K y vengo a visitar los templos más antiguos de la ciudad —dijo en un tono ligeramente más alto, como si al enfatizar el nombre de su escuela pudiera convencerla. La mujer no pareció lo más remotamente impresionada. Se dio cuenta de que esa táctica no iba a dar resultado con ella. —¿De verdad vas a la escuela? —le preguntó con suspicacia. La pregunta lo tomó desprevenido. No fue capaz de responder de manera inmediata. —Bueno, supongo que no pasa nada. Al fin y al cabo vienes de parte del señor Okada. Quizás se debiera al acento de Kioto, pero Ichiro no era capaz de interpretar si le había caído bien a la mujer o no. Aliviado, se inclinó con una reverencia. —Muchas gracias —dijo, pero ella ya le había dado la espalda. La habitación a la que lo llevó era atroz. Cierto, sólo costaba tres mil quinientos yenes la noche, pero el precio no incluía ninguna comida. Incluso para un simple estudiante como él, era obvio que aquel cuartucho de ventana diminuta, televisión vieja y mesa desvencijada, estaba sumamente destartalado. A su izquierda había algo que asemejaba un tokonoma2 de donde colgaba una pintura en rollo que representaba a
Tokonoma: Espacio sagrado en la sala principal de las casas japonesas. (Nota de los traductores.)
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un dharma3 con pinta de borracho y los ojos a punto de salírsele de las órbitas. El conjunto le daba a la habitación un aspecto inquietante, viejo, fallido a la hora de transmitir una atmósfera tradicional. Sin duda, era un lugar sombrío donde pasar su primera noche en Kioto. —No tenía que haber venido aquí —dijo en voz alta cuando se quedó solo. Trató de recomponerse, pensar qué hacer. Había un montón de templos por visitar y, además, los viajes consistían en superar dificultades. No era momento de perder la fe en sí mismo. Tenía que esforzarse, seguir adelante con determinación, salir al encuentro de las maravillas que le esperaban. Estaba sediento. Ni siquiera había un triste vaso en aquel cubículo. Pensó llamar a la mujer para pedirle un refresco, pero decidió no hacerlo. No quería que fuese por allí a husmear. Prefirió salir a dar una vuelta por la zona de Higashiyama. Para un estudiante como él, al fin y al cabo, una habitación no era más que un lugar para dormir. Alcanzó su pequeña bolsa de viaje y se dispuso a marcharse. Inesperadamente, sus ojos se toparon con lo que parecía una guía de viaje que estaba encima de la televisión. Pensó que le vendría bien. Empezó a hojearla, y descubrió que no se trataba de ninguna guía de viaje. No, en lo absoluto. En realidad era la programación de un canal porno ilustrado con la fotografía de una mujer sonriente que se estrujaba las tetas con las manos. Aquella inesperada imagen lo dejó atolondrado. Su primera reacción fue la de mirar para otro lado, pero sólo por un momento. No pudo evitar responder a la mujer con otra sonrisa. La televisión era gratuita, pero había que introducir trescientos yenes en una caja metálica para poder ver a la señorita. No lo dudó. Después de todo, una peli porno era una experiencia bastante adecuada para un viaje. Los viajes consistían en encuentros. Metió las monedas en la caja y se
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Dharma: Figura de rasgos humanos que representa a un dios. (Nota de los traductores.)

encendió una lucecita roja en la parte superior de ésta. Ajustó el botón al canal dos. En ese momento empezaba una película: Házmelo, por favor. Las series de la mujer del vecino. Profundamente impresionado, Ichiro apagó de inmediato la tele. Sin dirigirse a nadie en particular argumentó en voz alta que no quería desperdiciar el dinero. La encendió de nuevo. En la pantalla apareció una mujer. Caminaba de espaladas. Se abría paso a través de un bosque de bambú. Parecía un tren de Sagano. Llevaba un quimono. “¡Mira nada más!”, se dijo Ichiro, “es la peli perfecta para mí”. Incapaz de controlar su excitación, se sentó a cincuenta centímetros de la pantalla y estiró el cuello para acercarse aún más. No podía dejar de tragar saliva. Murmuraba: “¡Esta mujer se va a poner a hacer porquerías!” —Te traigo el té —se escuchó al otro lado de la puerta corrediza. No. No. No. Ichiro apagó la televisión con la rapidez del relámpago y se sentó sobre las piernas en posición erguida. La mujer dispuso el servicio de té sobre la mesa con la misma expresión desinteresada que tenía unos momentos antes. —Supongo que vas a comer fuera —le preguntó mirándole la cara. —Sss… sí —carraspeó. Durante un segundo pareció desconcertada por la extraña respuesta del chico. Miró hacia la televisión. —¡Oh! —exclamó en un tono de voz que la hizo parecer más joven. Sus ojos se clavaron en la lucecita roja que brillaba en la caja de las monedas. Contempló la cara de Ichiro y sonrió burlona—. No es bueno que un chico joven como tú vea esa clase de cosas. La cara de Ichiro se encendió hasta el mismísimo extremo de los lóbulos de las orejas. Agachó la cabeza. —Sí —contestó resignado con una voz que parecía el zumbido de un mosquito.

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—Me voy a Chion-in —anunció mientras salía del ryokan como si le persiguieran los demonios. Al salir precipitadamente por la puerta chocó con alguien, le dio un empujón involuntario y del impacto tiró su bolso y llavero al suelo. —Lo siento —exclamó consternado. Alzó la vista para dirigirse a la persona con la que había chocado. Era una chica de pelo largo. Tendría diecisiete o dieciocho años, la piel muy blanca y unos ojos perfilados que la hacían parecer mayor. —¡Eh, tú! ¿Por qué tanta prisa? —preguntó en un tono amenazante poco habitual en una chica. —Lo siento mucho, tengo un poco de prisa —se disculpó Ichiro con una inclinación de la cabeza. Se agachó para recoger las cosas del suelo, comprobó que no estaban sucias y se las devolvió a su propietaria. Al hacerlo, se fijó en sus uñas pintadas de color púrpura. Se dio media vuelta y empezó a caminar en dirección a la calle Kawaramachi. —Espera un momento —una voz extrañamente calmada le llegó desde atrás. Sorprendido, detuvo sus pasos y se giró. La chica le hacía gestos para que se acercara. Tenía el llavero entre las manos. Durante un segundo consideró la posibilidad de escapar, pero al darse cuenta de que tan sólo se enfrentaba a una chica, respondió, seguro de sí mismo: —¿Qué ocurre? Hubiera mentido si dijera que ése era el encuentro especial que esperaba tener con una mujer de Kioto. Su esperanza quedó inmediatamente frustrada. —¿Qué clase de respuesta es ésa? Ichiro temió que ella perteneciera a una banda de moteros4 o algo peor. —Te pido disculpas —dijo.
Moteros: Constituyen una auténtica tribu urbana en Japón. Con sus motos adaptadas se dedican a las carreras ilegales y a aterrorizar a los viandantes con su conducta temeraria. (Nota de los traductores.)
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—¿Acaso crees que te vas esfumar sólo con pedir disculpas? Se preguntaba cuál sería la verdadera razón de su enojo. No le quedó más remedio que asumir que era culpa suya. Volvió a disculparse. —Lo siento de veras. La chica se rió en voz alta. —¿Por qué no me dices al menos cómo te llamas? Ichiro no supo qué responder. La cosa que más odiaba en el mundo era su nombre. Cada vez que pronunciaba esa caricatura de nombre, la gente fruncía el ceño como si en realidad se tratase de una broma. Cuando se daban cuenta de que no era así, se apresuraban a decir: “Bonito nombre.” No era capaz de recordar la cantidad de veces que había maldecido a su padre por haberle puesto un nombre que lo convertía en el hazmerreír de todos, y su padre, para empeorar las cosas, no perdía la ocasión de pregonar a los cuatro vientos que se sentía muy orgulloso de haber elegido algo “extravagante” para su primogénito. —Me llamo Aoki —dijo Ichiro refugiándose en su apellido. —¿Aoki qué? Se preguntó si no había dejado al descubierto su punto débil. Si se quedaba callado, ella lo acecharía como un gato a un ratón. —Vamos, ¿Aoki qué? —Aoki, Ichiro —murmuró. Una ristra de gotas de sudor recorrió su espalda. La única reacción de la chica fue soltar una carcajada y enarcar la ceja. —Entonces adiós. Ichiro se quedó pasmado ante su reacción, o por la ausencia de ella para ser más exactos. Decidió reemprender la huída como si fuera su único objetivo. —¡Oye! Espera un momento, Ichiro. “Ha escuchado mi nombre”, pensó. La voz de la chica había sonado dulce en esa ocasión. Se quedó paralizado.

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—Ichiro, ¿a dónde vas con tanta prisa? Estaba convencido de que le tomaba el pelo, pero un impulso de su corazón lo llevó hacia ella. —Pensaba ir a ver la campana del templo de Chion-in. —¿Campana? ¿Qué quieres decir? —preguntó extra­ ñada. —Es una de las tres campanas más famosas de Japón. Pesa setenta y cinco toneladas. —¿Tres campanas famosas? No hay duda de que sabes unas cosas muy raras —dijo ella sin cambiar el gesto de sorpresa. —No eres de Kioto, ¿verdad? Los chicos de por aquí no saben ese tipo de cosas. A Ichiro le pareció que la conversación se animaba. Pensó que podía ser uno de esos encuentros especiales que ocurren en los viajes. Una perspectiva alentadora. —Estudio la secundaria en Tokio, en la escuela K. Vine a Kioto para realizar un trabajo de investigación y había pensado empezar por Chion-in, el templo principal de la secta budista de la Tierra Pura. De hecho justamente acabo de salir del ryokan… —¿Estás en la escuela? —repitió en un tono amenazador. A pesar de todo, hizo acopio del valor que aún le quedaba. —¡Claro que soy estudiante! Me imagino que tú cursas el último año de escuela, ¿no es así? —Deja de hablar de esa manera tan repelente. Estoy en el instituto, pero no me llames vieja. Ichiro tuvo la impresión de que era demasiado joven como para estar en el instituto, pero lo que le seducía de verdad era la idea de visitar templos con una chica tan espabilada como aquella. Parecía una compañía divertida, pensó que quizás ocurriría algo interesante entre ellos. Sin embargo, las palabras que salieron por su boca desmintieron sus pensamientos. —Lo siento, pero creo ahora voy a continuar con mi recorrido.

Como si hubiera sido capaz de leer su mente, la chica acercó su cara a la de Ichiro. —Estabas pensado en porquerías, ¿verdad? —No, no, no. Por supuesto que no —se apresuró a explicar atemorizado por su aguda perspicacia. En ese momento, un extraño entró en escena. —¡Eh, Jun! ¿Cómo? ¿Tú por aquí? No has venido últimamente a nuestras reuniones. ¿Estás aflojando, verdad? Vestía un tokkofuku5 azul marino con los ideogramas yamato damashi, “espíritu japonés”, bordados con color plata en la espalda. Sus mangas arremangadas apenas dejaban ver otra inscripción que decía algo relacionado con la vida. Sin duda pertenecía a una banda de moteros; y aún peor, no estaba solo: lo acompañaban tres individuos con la misma pinta que él. —Déjame en paz —dijo Jun. —Entonces hasta luego —aprovecho a decir Ichiro para tratar de escabullirse. Era la primera vez en su vida que veía a un auténtico motero. Le temblaban las piernas por la atmósfera amenazante que se había creado. —¿Quién es este chamaco? ¿Qué hace aquí? Ichiro agachó la cabeza instintivamente. —Dice que va a ver la campana de Chion-in —respondió Jun bruscamente. —¿Qué quieres decir con ver una campana? ¿Eres imbécil o qué? El tipo escrutó a Ichiro de arriba a abajo. Consciente de que se había metido en un buen lío, él empezó a murmurar algo para sí parecido a un mantra budista, aunque en realidad no era sino una lista de hechos históricos aprendidos de memoria: —Chion-in fue el templo familiar del Sogún. Su estructura actual data del siglo xvii…
Tokkofuku: Se trata de una prenda específica utilizada por los moteros para distinguirse. Consta de pantalones y una larga levita que suele llevar eslóganes impresos en la espalda. (Nota de los traductores.)
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De pronto, el tipo le echó el brazo por los hombros como si fuera amigo suyo de toda la vida. —¿Qué murmuras, idiota? En lugar de ir a ver una campana que no vale para nada, por qué no vamos nosotros por ahí a dar un verdadero campanazo. Ichiro se dio cuenta de que todos aquellos tipejos olían espantosamente mal. Un sudor frío le recorrió el cuerpo entero. Hizo acopio de valor y respondió: —Estoy bien, gracias. —¡Mira nada más! ¿Estás bien? Entonces larguémonos. ¡Dejemos de perder el tiempo y vayamos a Kiyamachi. —Me refiero a qué estoy bien con mi plan. —¿Pero de qué demonios hablas? Jun, tú también vienes. Tengo que hablar contigo de algo. No había forma de zafarse del abrazo de oso de aquel energúmeno. “No he hecho más que llegar a Kioto”, pensó Ichiro desconsolado, “y ya me he metido en un problema. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?” Aunque sus deseos iban en una dirección bien distinta, a su cuerpo no le quedó más remedio que seguir al tipo que iba junto a él. Miró a Jun; le suplicó ayuda con la mirada. Ella estaba en lo suyo, lo ignoraba. —Gracias por lo de hoy, Ichiro. —Sí, gracias. —Nos vemos, Ichiro. —Sí, nos vemos pedazo de mierda. —Olvídate de tus estúpidas campanas y vuelve a Tokio. La pandilla de delincuentes se despidió de él con un humor adecuado a sus peculiares modales. Ichiro se quedó plantado en mitad de la calle Kimachi. No dejaba de pasar un borracho tras otro. En resumen, lo habían secuestrado unos moteros que lo habían arrastrado de bar en bar. Él había esperado el momento oportuno para escabullirse: “Bueno, creo que yo me voy”, había dicho en varias

ocasiones, pero la única respuesta que obtuvo fue: “¡¿Cómo crees, hombre?! Si acabamos de empezar. Esto es sólo cuestión de práctica. ¡La noche de Kioto acaba de empezar!” Lo peor, sin duda, fue que tuvo que hacerse cargo de la cuenta en los tres bares en los que estuvieron. Le habían sacado cincuenta mil yenes y lo único que había recibido a cambio fueron dos tristes brochetas de pollo y tres vasos pequeños de jugo. Al terminar, su cartera no tenía más que cuatro billetes de mil yenes y una moneda de cien. —¿Y ahora qué hago yo? Ni siquiera puedo volver al ryokan. Estaba desesperado, sin un céntimo. No podía seguir con su solitaria aventura en Kioto, ni llevar a buen término su trabajo de investigación. Peor aún, los cuatro mil yenes ni siquiera le alcanzaban para comprar el billete de regreso a Tokio. Sin un destino en concreto al cual dirigirse, caminó desde la calle Kiyamachi hasta la zona de Shinkyogoku. Entró en el primer café que encontró abierto hasta la madrugada y pidió un refresco. De eso trataban los viajes, eran una aventura. Se lo repetía para tratar de consolarse, aunque sin ningún éxito. “Soy un caso perdido, mis padres tienen razón.” Ese pensamiento llenó sus ojos de lágrimas. La noche anterior, su padre le había regañado por sus mediocres notas del primer semestre. Ichiro estaba en su habitación enfrascado en la lectura de un libro de historia, cuando su padre irrumpió sin previo aviso. —La verdad es que eres un caso perdido —fueron las primeras palabras que salieron por su boca—. Me han dicho que sólo hablas de historia, que no haces nada más en la escuela. Si sigues así, vas a desaprovechar todas las oportunidades que ofrece un lugar tan prestigioso como ése, y así no podrás entrar en una universidad decente. Era muy inusual que su padre volviera a casa sin haber salido antes a beber con sus clientes para hacerles la barba. A Ichiro le sorprendió la seriedad de su gesto.

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—La vida no consiste únicamente en aprobar exámenes. Hay muchas cosas importantes por hacer y a mí me gusta investigar. —Tenía un amigo como tú cuando iba a la escuela. Ahora enseña en una universidad cualquiera de no sé qué provincia. Siempre ha sido pobre necesitado. ¿Qué gana uno con eso? Sabes de sobra que tus investigaciones no dan dinero. En realidad lo que su padre, un exitoso y entregado director de departamento en una empresa, quería decir era: “Mira el poder que tengo.” —La vida no es sólo cuestión de dinero o poder. —No seas insolente. Aún eres un niño y harás lo que te digan tus padres. Puede que pienses que ya has crecido, que ya puedes tomar tus propias decisiones, pero no eres más que un niño. Estás en tercer año de secundaria y no tienes ni la más mínima idea de lo dura que es la vida, así que no me digas a mí cómo son las cosas o cómo dejan de ser. —¡Es mi vida, no la tuya! —¡Repite eso, vamos! ¡Te he dicho que lo repitas! — gritó su padre. Estaba a punto de pegarle, cuando su madre le detuvo. —Vuelve a tu habitación, Ichiro. Sus ojos se enrojecieron por la inmensa frustración que se había apoderado de él. —¡Voy a vivir la vida a mi manera! Me da igual todo lo demás —gritó antes de encerrarse. En ese momento decidió que aprovecharía las vacaciones de después de los exámenes para ir a Kioto. Hizo caso omiso de lo que le decía su madre y se marchó de Tokio a la mañana siguiente. En realidad parecía más bien una huida de casa. El vívido recuerdo de la discusión con su padre tenía el efecto de anegar sus ojos de lágrimas. Necesitaba encontrar urgentemente cualquier trabajillo que le permitiera juntar dinero suficiente para regresar a

Tokio. Mientras tanto, ¿dónde se iba a alojar? Si llamaba a su madre, ella iría a buscarlo de inmediato, pero no podía hacer eso, de ninguna manera… Asistió impotente al espectáculo de sus lágrimas derramadas sobre la mesa. —¡Estás llorando! Alguien le dio una palmada en el hombro. Se giró con un rápido movimiento y se sorprendió al encontrar a Jun a su lado. Trató de escapar. Después de todo, ella era la culpable de que ya no se pudiese alojar en el ryokan Minamoto, de que no pudiese continuar con el trabajo de investigación. Su sola presencia era un infortunio. —Espera un momento, Ichiro. Volvió a sentarse. —Ya no me queda dinero —dijo como si hubiera perdido toda esperanza en el mundo. —¿Lloras porque no tienes dinero? —Pues sí. —¿No tienes dónde quedarte? —Pues no —susurró débilmente. —Siento lo que ha pasado —dijo Jun a modo de consuelo. Ichiro estaba confundido. Se preguntaba si no sería otra de sus estratagemas para sacarle el poco dinero que aún le quedaba, pero al mismo tiempo se daba cuenta de que era la primera vez en su vida que estaba cara a cara con una chica en un café, aunque se tratara de una especie de delincuente como Jun. Además, ella le trataba con suma amabilidad. —Lo siento. —Está bien. Ya lo he olvidado todo. —Entonces, ¿por qué lloras? Durante unos instantes no supo qué responder. En cuanto se tranquilizó le contó a Jun la pelea que había tenido con su padre y se sintió mejor. —Tus padres son buena gente —afirmó Jun im­­­ pre­ ­­­­siona­da.

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—¿Buena gente, Jun-san6? Creo que no me has entendido bien. —No me llames Jun-san. Jun a secas está bien. Lo haya entendido o no, no me cabe ninguna duda de que son unos buenos padres. —Eso no es cierto —refutó Ichiro un tanto molesto. —Eres testarudo, ¿verdad? —dijo Jun antes de soltar una carcajada. —Eso tampoco es cierto. Tengo un sueño en la vida. —Un sueño, vaya. ¿Y dónde te vas a quedar esta noche? Incapaz de responder a su pregunta, guardó silencio. Jun le atusó la cabeza con el dedo índice. —¿Por qué no te quedas en mi casa? —No lo sé… —Vamos, quédate en mi casa. —Bueno, pero ¿estás segura? Muchas gracias. Agachó la cabeza agradecido. Se llevó la mano al mismo sitio que Jun había acariciado un momento antes. —Tampoco es tan raro —dijo ella mientras se dirigía a la salida. —Oye Jun, ¿qué pasa con la cuenta? —Paga tú, Ichiro. —Vamos, date prisa. Ya levántate y lávate. Nos vamos enseguida. Jun le dio una patadita cariñosa en el muslo para despertarle de su sueño. —Buenos días —balbuceó él—. ¿Qué hora es? —Vamos, ya levántate. Aquí te dejo un cepillo de dientes —dijo ella. Le puso encima de la cara un cepillo que tenía impreso el nombre de un hotel.

Jun-san: San es un sufijo de cortesía que se añade a los nombres. (Nota de los traductores.)
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La noche anterior después de salir del café, Ichiro había seguido a Jun hasta su casa. Estaba en la calle RokujoHigashino-Toin, cerca del templo de Higashi Honganji. No se veía a nadie por ninguna parte. Había pequeñas confiterías empotradas entre las casas. Cuando vio donde vivía, Ichiro no pudo evitar preguntarle: —El templo de Higashi Honganji está cerca de aquí, ¿verdad? —¡Cierra el pico! —fue lo único que recibió por respuesta. Se dio cuenta de que su humor se había agriado de repente—. Ya estamos. Era una casa antigua con el símbolo de unos tabis colocado en el exterior. En realidad, había una larga hilera de tabis que cubrían el interior de la oscura tienda. Parecían allí olvidados desde tiempos remotos. Lo condujo hasta una habitación en la planta de arriba. Ichiro se sintió de regreso en el ryokan Minamoto. —No es gran cosa, pero… —dijo Jun un tanto avergonzada. A Ichiro le pareció que lo más correcto sería decir algo. —Tiene un gusto muy tradicional. —No hace falta que seas tan educado —respondió ella con una sonrisa. Abrieron unas latas de cerveza que Jun había ido a buscar a la cocina. Ichiro se fumó su primer cigarro. Poco antes de empezar a sentir el mareo provocado por el humo, dijo que se iba a acostar. Se olvidó de la discusión con su padre, de la estafa, de su dinero perdido; cayó en un profundo y reparador sueño. —Date prisa. Levántate. ¿Querías ir a ver templos, verdad? Desayunaremos algo por ahí. —¿Desayunar por ahí? ¿Eso quiere decir que vienes conmigo, Jun-san? —preguntó Ichiro completamente despejado. La alegría brotaba a borbotones de sus palabras.

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—Te lo prometí ayer, ¿ya no te acuerdas? Te dije que te llevaría en moto para compensarte por lo que habías hecho por nosotros. ¡Y ya deja de llamarme Jun-san! —Es una idea fantástica. —¿Una idea fantástica? Se nota que aún estás en secundaria. Deja de hablar así y date prisa. Ichiro enrolló el futón tan rápido como pudo. Las puertas corredizas de papel se abrieron de repente: —Yoko, no vayas a faltar hoy a clase. Ayer vino tu profesor y me dijo que de seguir así no ibas a poder graduarte. Debía ser la madre de Jun. Parecía mucho mayor y más cansada que la de Ichiro. —No es asunto tuyo, madre —dijo Jun—. Ichiro, vámonos —le sorprendió la severidad de su respuesta. —Buenos días, señora. Muchas gracias por su amabilidad —dijo Ichiro a la mujer cuando terminó de recoger. Ella lo ignoró por completo. —Ichiro, deja de hablar como un carcamal y vámonos de una vez —Jun le dio un codazo, salió de la habitación y él se precipitó tras ella escaleras abajo. A sus espaldas se escuchó de nuevo la voz de la mujer: —Yoko, ve hoy a la escuela. ¿Me has oído? ¡Yoko! Frente a la tienda había una flamante motocicleta de doscientos cincuenta centímetros cúbicos, completamente fuera de lugar al lado de un trasnochado cartel con el nombre de la tienda de tabis. Ichiro estaba intrigado por aquel lugar; echó un vistazo a la zona de los talleres. Incluso a plena luz del día, tenía el mismo aspecto lúgubre que el letrero. El motor se puso en marcha con un rugido a sus espaldas. Se dio media vuelta. —Vamos, súbete —ordenó Jun, que ya se había puesto el casco. Le dio otro a Ichiro. Era la primera vez que se subía de pasajero en una moto y se sentía un tanto cohibido. Tan

sólo se atrevió a apoyar ligeramente las manos en las caderas de Jun. Se echó hacia atrás para que su pecho no se apoyara contra su espalda. Jun soltó el embrague. El arrancón liberó una fuerza que catapultó a Ichiro hacia atrás y estuvo a punto de hacerlo caer de la moto. —¡Ja, ja, ja! La risa de Jun le llegó mezclada con el rugido del motor. Se olvidó de su timidez, la abrazó por la cintura y se apretó contra ella. Desde su primer encuentro, tuvo la impresión de que era una chica muy delgada. Ahora, al fin, podía rodearla con sus brazos. Era más robusta de lo que había imaginado. “No puedo creer que tenga a una chica entre mis brazos”, pensó Ichiro. “¡Así que esto es el cuerpo de una mujer!” Le invadió una peculiar satisfacción. Por primera vez desde que emprendió el viaje, se alegró de haber ido. —Jun, ¿no tienes que ir al instituto? —preguntó Ichiro mientras desayunaban en el kfc. —No es asunto tuyo. —Supongo que no. ¿Así que en realidad te llamas Yoko? —Déjame en paz. Deja de hablar y come. —Pero ya no sé si tengo que llamarte Jun o Yoko. —Jun, por supuesto. No seas idiota. Cómo podría gustarme ese estúpido nombre que me impusieron mis padres sin contar conmigo. —Entiendo lo que dices, pero… Ichiro pensaba en su propio nombre. Tampoco le gustaba, aunque sus razones parecían muy diferentes a las de ella. Él aún lo utilizaba. Quiso explicárselo, pero decidió callar para no ofenderla. —¿En qué piensas? Tienes que decidir qué es lo primero que quieres ver. —Ya lo he decidido. Senbon Shakado. —¿Shakado? ¿Qué es eso? ¿Dónde demonios está?

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—Está cerca del templo de Kitano-Tenmangu. Tienes que ir por la calle Senbon. —¿Cómo es posible que conozcas así una ciudad que no es la tuya? Debes estar loco. A Ichiro le complació su comentario. —La razón por la que quiero visitar Senbon Shakado antes de nada —le explicó—, es que se trata de la estructura más antigua de Kioto. Se construyó en el primer año de la Era Antei; es decir: en 1227, y sobrevivió a las guerras Onin7. —¿Se puede saber de qué demonios estás parloteando? —interrumpió ella. Ichiro pensó que lo mejor sería continuar con la explicación cuando llegasen.
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—Es la primera vez en mi vida que vengo aquí — admitió Jun. No se veía un alma por aquellos parajes. Bajaron de la moto. Jun miró a su alrededor con curiosidad—. ¡Ichiro, Ichiro! ¿Qué es esa enorme figura? —gritó excitada. —Es Okamesan. —¿Okamesan? Parece interesante. Jun se acercó para observar sus facciones más de cerca. —No es eso lo que hemos venido a ver —murmuró Ichiro, quien de todos modos se acercó a la enorme estatua con cara de pera. Había un cartel explicativo sobre el origen de Okame-zuka8: Okame fue la mujer del maestro arquitecto Takatsugu, responsable de la construcción del templo principal de Senbon Shakado. Durante la construcción, su marido ordenó que cortasen uno de los pilares y no calculó que lo había dejado demasiado corto. Ella le
Era Antei, guerras Onin: La era Antei comprende el breve periodo que se extiende de 1227 a 1229. Las guerras Onin (1467-1477) fueron enfrentamientos civiles en Japón que dieron paso a un siglo de luchas internas por el poder, periodo conocido como La era de los Estados combatientes. (Nota de los traductores.)
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Okame-zuka: Se refiere a la tumba de Okamesan. (Nota de los traductores.)

previno de su error; le dijo que cortase los siguientes a la misma altura, pero avergonzada por haber interferido en el trabajo de su marido, se suicidó al poco tiempo. Al tener la oportunidad de contemplarlo con sus propios ojos, Ichiro se dio cuenta de que, efectivamente, el templo principal parecía un poco más bajo que el resto. Jun también se dio cuenta. Se acercó para confirmarlo. Ichiro pensó que Okame y Jun tenían una cierta semejanza, no en su aspecto físico, evidentemente. Si le hubiera dicho semejante cosa, no habría dudado un segundo en darle un guantazo. Ichiro tenía la impresión de que de haber vivido en el mundo actual, Okamesan habría tenido un carácter muy similar al de Jun. Se alejó unos metros de ella. Se situó frente al templo principal y se inclinó con una profunda reverencia. Estaba frente a setecientos sesenta años de historia, había llegado a su destino en aquel viaje que había emprendido para limpiar y purificar su corazón. —¡Eh! —le dijo Jun acompañando su grito con un golpe en la espalda—. ¿En qué piensas con esa cara tan seria? —Disfrutaba de mi encuentro con la historia. —No seas idiota —dijo ella, aunque en realidad quería que continuase con sus explicaciones. —Me siento en paz cuando estoy frente a algo tan antiguo y grandioso como esto. Ha estado en este mismo lugar durante ocho siglos. ¡Ochocientos años respirando este mismo aire! Me conmueve profundamente. También me impresiona, por supuesto, el enorme poder de los antiguos líderes, de su religión, pero enfrentarme cara a cara con un pedazo de historia como esto, me estremece. Me gustaría ser historiador, la verdad… Ichiro se conmovió tanto con sus propias palabras que estuvo a punto de echarse a temblar. Jun no se mofó de él en esa ocasión.

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—Entiendo, pero por culpa de tantas cosas viejas repartidas por todas partes, nuestras calles son estrechas y apesta a incienso por todos lados. ¿Qué tienen de grandioso los templos y santuarios? Odio Kioto. Todo esto que ves en la superficie es completamente distinto de lo que hay por debajo. La gente siempre hace comentarios a tu espalda, conspira para que todo te salga mal. Lo odio. Los únicos que salen de fiesta y saben divertirse son los chicos de los templos. Sólo los monjes tienen dinero para gastar. Se dan mucha importancia, pero no son más que unos pervertidos. No me creerías si te contase la cantidad de veces que… —Jun se detuvo antes de seguir—. Lo siento, Ichiro. Entiendo lo que sientes y no hay nada malo en ello, pero yo soy yo y por mucho que lo intente, no consigo que me guste esta ciudad. Mi casa, mis padres, mis hermanos… Bueno, ya basta con eso. ¿Dónde quieres ir ahora? Ichiro estaba sobrecogido por la seriedad de sus palabras. Tenía la impresión de que conocía un mundo de adultos del que él no sabía nada. Cierto, aún no era más que un niño… —¿Qué quieres ver ahora? Podemos ir en moto a donde quieras. Es una ciudad pequeña. —Ryoanji9 —respondió sin pensarlo dos veces. Jun se rió. —Eso lo conozco hasta yo. Es ese sitio con todas esas rocas. Su risa sincera contagió a Ichiro. La alegría que compartían invadió como un soplo de aire fresco el oscuro espacio del templo principal, recorrió las marcas de las flechas que llevaban allí impresas desde los tiempos de la guerra de Onin, y finalmente se desvanecieron en la distancia.

Ryoanji: Templo Zen de Kioto famoso por su jardín seco salpicado con diversos conjuntos de piedra y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994. (Nota de los traductores.)
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En Ryoanji tuvieron un pequeño incidente. En el jardín de tierra blanca diseñado para la contemplación, había quince rocas dispersas en tres grupos de siete, cinco y tres. Ichiro le explicó a Jun que en función del lugar donde uno se sentara, podían contarse sólo catorce rocas. —Eso es imposible. Quince son quince, ni una más ni una menos —porfió ella, y empezó a contarlas desde todos los ángulos posibles. Parecía tan resuelta que Ichiro se puso a señalarlas con su portaminas, pero al hacerlo se le resbaló de las manos y fue a parar a la arena del jardín. Estiró el brazo cuanto pudo para tratar de alcanzarlo, pero no lo logró. Lo intentó con la pierna y cuando ya lo tenía al alcance, Jun le llamó desde el otro lado de la sala. —Ichiro, ¿qué haces? Sorprendido, perdió el equilibrio y pisó la arena. Lo levantó con un rápido movimiento, pero ya era demasiado tarde. Había dejado una huella claramente visible. Apareció un monje que cumplía con su turno de limpieza y lo primero que vio fue aquella ominosa marca en la arena. —¿Quién ha cometido este atentado contra nuestro patrimonio cultural? —preguntó mientras clavaba sus ojos furiosos en Ichiro—. ¿Se puede saber qué te pasa? Ichiro no sabía qué hacer ni dónde meterse. —¡Vámonos, Ichiro! Salgamos de aquí. Jun le jaló la mano para sacarlo de allí. Parecía como si se hubiera quedado congelado. Corrieron hacia la salida. —¡Eh, ustedes! ¡Esperen! —el monje les llamaba, pero lo ignoraron y, en cuanto dejaron atrás la puerta, se miraron y estallaron en una carcajada. Era el último fin de semana de octubre, precisamente la época de las excursiones de los colegios. Sin embargo, no se veía mucha gente por Sagano. Era perfecto para pasear en moto por los senderos que recorrían los bosques de bambú. Era el mismo lugar por donde paseaba la mujer que Ichiro había visto en la película porno el día anterior.

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Aquello no era más que una película, pero la mujer que tenía justo delante era completamente real. “Estoy tan contento de haber venido”, musitó. Casi sin darse cuenta, apretó suavemente su cintura y apoyó la cabeza en su espalda. Ella conducía. Pudo oler su dulce y agrio perfume. De pronto, sintió un movimiento en la entrepierna y un súbito e inesperado frenón lo acercó aún más a ella. —¡Tú! ¡Maldito pervertido! ¿Qué estás haciendo? Jun echó la cabeza hacia atrás y le dio un fuerte golpe en el casco; pero en realidad se reía de él. Estacionó la moto y fueron a almorzar soba10 a un restaurante cercano. —Ichiro, ¿tienes novia? —le preguntó mientras comían. Ichiro se atragantó. Estuvo a punto de vomitar la comida. —Sí…, bueno, antes, pero ahora estoy solo —dijo con una involuntaria gallardía. Sabía que nunca podría ser tan sincero como Jun. —¿De verdad? Ichiro quiso preguntarle, pero la respuesta resultaba tan obvia que no pudo hacerlo. —Vamos a dejar el asunto de los templos de una vez y en lugar de eso vamos a dar una vuelta por ahí —propuso Jun con un tono encantador. —Buena idea. ¿Puedo sugerir Kurama? —Ichiro, ya basta. ¿Por qué no dejas de hablar conmigo de esa manera tan correcta y anticuada? —Ciertamente, tienes razón. —No vas a aprender nunca, ¿verdad? Desde el paso de Kyomi se dirigieron hacia las montañas del norte de Kioto, a Kurama y finalmente al monte Hiei. Pasaron junto al lago Takaragaike, que según Jun estaba habitado por fantasmas (aunque Ichiro insistió en que
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Soba: Fideos de trigo sarraceno. (Nota de los traductores.)

nunca había leído semejante cosa). Y apenas dejaron atrás el edificio del centro internacional de congresos de Kioto, cuando estaban a punto de entrar en un túnel, escucharon un amenazador bramido a sus espaldas. Un rugido nada corriente. Ichiro giró la cabeza. Descubrió horrorizado a una banda de moteros que les perseguía a una considerable velocidad. Jun también tenía que haberse dado cuenta. Aceleró y se metió en el túnel para tratar de escabullirse por la calle Kitayama, pero los moteros los alcanzaron sin problemas; antes de que pudieran darse cuenta ya los tenían al lado. Ichiro reconoció al líder del grupo: era el mismo tipo que el del día anterior, el mismo que le había estafado con cincuenta mil yenes. Jun aceleró y se pasó un semáforo en rojo, pero la carretera estaba cortada en el puente de Kitayama-Obashi. Les cerraron el paso justo encima del río Kamogawa y los bajaron de la moto a empellones. —¿Eres el chamaco de ayer, verdad? ¿Crees que puedes dedicarte a tontear por ahí con mi chica? Ven aquí, vamos a acabar con esto de una vez. El motero arrancó de un tirón el escudo de la chamarra del uniforme de Ichiro, y le dio un rodillazo en la boca del estómago. Ichiro quería luchar como un hombre delante de Jun, pero el golpe lo dejó noqueado antes de siquiera estar preparado para defenderse. —¡Ya basta, Minoru! —le gritó Jun—. ¡Esténse quietos todos! Soy yo quien lo invitó a venir conmigo. ¡Déjenlo en paz! —¡Tú, pinche zorra! —Minoru le dio una bofetada— ¿Crees que puedes ir por ahí con esa basura en mi moto? ¿Arrastrar así a ese mocoso? Si vuelves a hacer algo así, te aseguro que me las vas a pagar, ¿entendido? Hecha la advertencia, volvió a darle una bofetada para confirmar sus amenazas. Los demás aprovecharon la ocasión para lanzar una andanada de patadas contra un Ichiro indefenso, aún adolorido y tirado en el suelo.

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—Lo siento, Ichiro. La estábamos pasando tan bien y de repente todo se ha echado a perder. Con el agua del río Kamogawa, se lavaron el lodo y la sangre con que tenían manchada la cara. Se sentaron en la rivera para contemplar el sol que se ocultaba tras las colinas del oeste. —No te preocupes. Me la pasé muy bien, de verdad —dijo Ichiro, esforzándose por disimular el dolor que le atenazaba el abdomen—. Jun, no te quedes ahí sentada sin decir nada. Ella no respondió. Se limitó a apoyar la cabeza en el hombro de Ichiro. Se quedaron en silencio durante un buen rato con la mirada perdida en el horizonte. Fue Jun quien retomó la conversación. —Ichiro, tengo que contarte algo —dijo—. Te he mentido. No estoy en el instituto, sino en tercero de secundaria, como tú. Ichiro se sorprendió, no entendía por qué razón le había mentido. No sabía cómo reaccionar. —¿En serio? —acertó a decir—. En realidad siempre he pensado que parecemos de la misma edad. —He sido una manzana podrida desde mi primer año en secundaria. Minoru me violó durante el verano del segundo año, por eso ahora le pertenezco. Ichiro fue incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Sólo alcanzó a agachar la cabeza; la sangre le hervía al pensar en lo que le acababa de decir: “me violó”, esas palabras atravesaban su corazón, le provocaban un dolor lacerante. —No hay nada que hacer. La gente nace con un nivel determinado de suerte y yo soy de las más afortunadas. No te puedes imaginar la cantidad de amigos míos que han muerto —dijo antes de que el llanto ahogase su voz. Ichiro agachó la cabeza de nuevo. —Si aún sigo viva el año que viene y termino secundaria, tengo intención de marcharme de Kioto. No quiero vivir más tiempo en este lugar diminuto.

—¿Y a dónde irás? —preguntó Ichiro con una voz seca y ronca. —A Tokio. No puedo continuar con esta vida. Quiero ir a una escuela técnica, encontrar un buen trabajo. Jun levantó la cabeza del hombro de Ichiro. Agarró una piedrita y la lanzó al río. Mientras observaba el vuelo de la piedra murmuró: —Me voy a marchar a Tokio —lo dijo como si acabase de tomar una firme decisión. —Buena idea, así cuando vengas puedes quedarte en mi casa. —¿Cómo me voy a quedar yo en una casa como la tuya donde seguro que todo está limpio y ordenado? ¡Eres más tonto! Ichiro no insistió. Estaba desolado. Era la primera vez en su vida que sentía algo así. Jun empezó a caminar ribera abajo. Ichiro escuchaba la respiración de Jun al otro lado de las puertas corredizas de papel. Eran tan regulares como el tictac de un reloj. Aquella chica de su misma edad dormía profundamente a tan sólo unos pasos de él, una chica con una vida completamente distinta a la suya. —Es increíble —suspiró Ichiro. Lo pensaba de verdad. La historia de Senbon Shakado era digna de una verdadera aventura, pero Jun lo era tanto, o más: de eso estaba seguro. Sin embargo, aquellas palabras, “me violó”, no dejaban de golpearle el pecho. Habían violado a Jun. Había sido la víctima pasiva de un desalmado. Estaba convencido de que Jun lo había dicho en ese sentido. La habían violado. Y al pensarlo desde esa perspectiva, su dolor se alivió un poco. Sin saber muy bien por qué metió su mano derecha bajo los calzones. A la mañana siguiente llovía. Cuando Ichiro se despertó por el repicar de las gotas sobre el tejado, Jun ya había salido de su cuarto.

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¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a volver a casa? La preocupación volvió a apoderarse del gesto de Ichiro. Una encantadora Jun entró en la habitación. Gotas de agua resbalaban por sus largos cabellos. —Ichiro, vámonos. Date prisa. Ichiro obedeció. Dispuso sus cosas y salió bajo la lluvia. —Hoy iremos en bicicleta —dijo Jun, y señaló una bici negra con un anuncio impreso en caracteres blancos: “Tienda de tabis Tagawa.” —¡Súbete, rápido! —le ordenó con un tono vivaz que contradecía su triste aspecto. —De acuerdo, ¿pero a dónde vamos? —Tú cállate y sujétate fuerte. Cuando te mande a Tokio iré al colegio. —Llegarás tarde. No tienes que preocuparte por mí. —Más vale tarde que nunca —bromeó Jun con un esbozo de sonrisa. Ichiro se acomodó en la parte de atrás. Abrió el paraguas que Jun le había dado y lo sostuvo para cubrirla también a ella. Parecían una pareja de enamorados a pesar de que fuese ella quien pedalease y él su acompañante. Ichiro estuvo a punto de rodearle la cintura igual que había hecho el día anterior, pero se contuvo en el último momento. “Supongo”, pensó, “que en una bicicleta no es necesaria tanta precaución”. Tenía la impresión de que le faltaba algo. La bici avanzó lentamente por las calles de Kioto. Ichiro se dio cuenta de que el viaje llegaba a su fin y no pudo evitar ponerse sentimental. Observó el movimiento de las caderas de Jun, deseó que el tiempo se detuviera. Contempló su figura: se movía un poquito a la izquierda, luego otro poquito a la derecha, luego otro poquito a la izquierda; movimientos acompasados con el ritmo de los pedales. “Cómo me gustaría poder tocarla.” El deseo le consumía. Jun frenó de repente y le pidió que se bajara. —Está bien.

Ichiro se bajó de inmediato. Pensaba que había vuelto a detectar sus sucios pensamientos. —Corre junto a mí, ¿de acuerdo? Estaba en lo cierto. Había leído sus pensamientos. Era como si tuviera ojos en la espalda. Abatido, corrió junto a la bici unos cien metros. Jun se detuvo de nuevo. Ichiro se preguntaba que sucedía en esa ocasión. —Ya puedes subirte —le dijo, y al ver el gesto de extrañeza en la expresión de Ichiro, no pudo evitar soltar una carcajada—. La policía —dijo ella señalando con la barbilla en dirección a donde acababan de pasar. ¿Así que se trataba de eso? Jun era una chica digna de confianza. Ichiro, feliz, saltó de nuevo a la bici. Lo llevó hasta la vía de acceso de la autopista de Meishin. Tenía la esperanza de parar algún camión que estuviese dispuesto a llevarlo de regreso a Tokio. Estacionó la bici en la banqueta, le dio el paraguas y le dijo que esperase. Corrió hacia la carretera. Ichiro vio su pulgar levantado en dirección a los camiones que pasaban sin cesar y la salpicaban hasta empaparla por completo. —Jun, ¿no crees que ya has hecho suficiente? —le gritó Ichiro—. Yo me encargo del resto. Vas a llegar tarde a clase. No podía quedarse allí parado sin hacer nada. Corrió hacia ella con el paraguas abierto, pero Jun no lo escuchaba. —¿No lo entiendes Ichiro? Los camiones se pararán antes si ven a una chica sola. Déjame esto a mí. Alicaído, regresó junto a la bici y esperó allí otros diez minutos. En todo ese tiempo, no se detuvo nadie. Jun estaba empapada hasta los pantalones. “No puedo dejarla así”, pensó Ichiro y corrió de nuevo hasta ella. —Hablo en serio, Jun. Ya has hecho bastante por mí. Te vas a resfriar. Yo lo resuelvo. Ella se giró hacia él. —He dicho que te calles y que te quedes allí —le gritó.

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Lo empujó y corrió hacia adelante con los brazos en alto hasta plantarse en mitad de la carretera. —¡Ten cuidado! —gritó Ichiro desesperado. Los camiones la rozaban al pasar, los conductores la insultaban, le decían que se apartase del medio. Ichiro había juntado las manos para empezar a rezar. Pasaron unos treinta vehículos hasta que un camión grande con matrícula de Kanagawa se detuvo. Jun le suplicó al conductor. Cuando terminaron las negociaciones, Jun volvió corriendo. —¡Qué tipo! Obligarme a suplicarle de esa manera, pero ya está arreglado. Llegarás a Tokio esta tarde. —Jun, gracias. Yo… —los ojos de Ichiro se llenaron de lágrimas. —No seas tonto. Nos veremos muy pronto. Jun puso sus manos sobre los hombros de Ichiro y le besó tiernamente la boca. Tenía los labios empapados por la lluvia, estaban ardientes. —No voy a esperar eternamente —gritó el camionero—. Si vas a venir, súbete ahora. —Hasta pronto, Jun. Ella le dio un paquete pequeño envuelto en papel. —Es para el camino. Comételo en el camión. Volvió a la banqueta junto a la bicicleta. Ichiro se sentó en el asiento del pasajero, cerró la puerta, y bajó la ventanilla. —¡Gracias, Jun! —gritó. Parecía más pequeña y delgada mientras agitaba la mano para decirle adiós. Tan sólo era una estudiante de tercer año de secundaria, igual que él. El camión aceleró la marcha. Ichiro sacó la cabeza por la ventanilla bajo el chaparrón y contempló la figura de Jun, que disminuía de tamaño sin cesar. —¿No te parece que ya es hora de que cierres la ventana?

El conductor tendría unos cuarenta y tantos años. No despegaba los ojos de la carretera. —¿Es tu novia? Es muy mona —dijo con su voz de barítono. –No, no lo es, pero… A Ichiro se le hizo un nudo en la garganta. Subió la ventanilla y las lágrimas volvieron a inundarle los ojos. Se inclinó hacia delante. Por el espejo retrovisor vio un punto diminuto que se alejaba. Desenvolvió el paquete que le había dado. Una dulce esencia de canela se apoderó de la cabina del camión. —¿Eso es yatsuhashi11? —preguntó el conductor. Ichiro abrió la cajita. Contó veinte caramelos hábilmente dispuestos en su interior. —¿Por qué no los probamos? —sugirió el hombre. Estiró la mano para alcanzar uno, lo partió en tres trozos y se lo metió en la boca. Ichiro observó sus dedos gordos, duros, acartonados, como se suponía debían ser los dedos de un camionero. Personas como él eran los adultos, pensó.

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Yatsuhashi: Dulce típico de Kioto a base de harina de arroz, azúcar y canela. (Nota de los traductores.)
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A MODO DE EPÍLOGO

En una reciente entrevista que realicé para una publicación, el periodista me preguntó: “¿Entre traicionar a alguien o ser traicionado por alguien, preferiría ser usted el que traiciona?” “¿Cómo vivir en un mundo donde el pez grande se come al chico?” o “¿Cree usted en la existencia del cielo y del infierno?” En suma, preguntas sobre la trascendencia de la vida. Con mis respuestas quise dar a entender que sabía de lo que hablaba. Estaba resfriado y tenía la cabeza abotargada de tanta medicina que había tomado el día anterior. Traté de contrarrestar su efecto con un poco de alcohol. “No importa cuántas veces puedas traicionar a alguien. Lo más importante es no darte cuenta de que te han traicionado. Al tomar conciencia de ello, experimentamos lo lamentable y triste que hay en nosotros, aunque tampoco hay que dejarse abatir por algo así.” “Morir o ser devorado por alguien significa, en cierta medida, vivir en otra persona. Como en el caso de los caníbales que llevan consigo el cráneo de la persona a la que se han comido para así apoderarse de su espíritu. Por eso, nos guste o no, quienes están en la cima de la cadena trófica son los que nos representan a todos.” “No existe el cielo. Es una idea que creamos cuando nos dimos cuenta de que tan sólo existe el infierno después de la muerte.”

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Quizás había bebido demasiado. Al sentirme capaz de contestar esas preguntas, de pronto sentí todo el peso de mis cuarenta años. No sé por qué, pero en ese momento me vino el recuerdo de un día en el que decidí ir a buscar mariposas a la montaña Takao. Cursaba quinto grado en la escuela primaria. Alguien me había hablado de unos lepidópteros muy poco comunes que habitaban en ese lugar. Fui a buscar una jaula de insectos, una red y tomé la línea de tren de Chuo. Mi único objetivo era atrapar una mariposa que no tenía ninguno de mis amigos. ¿Pero dónde estaban? Caminé sin parar hacia lo más profundo de la montaña. Mis ojos sólo prestaban atención a lo que volaba, descuidé por completo lo que pisaban mis pies. A pesar de la maleza, de los enganchones con las ramas, no dejé de avanzar; seguía adelante, nada podía detenerme. ¿Cuánto tiempo pasó? Cuando me quise dar cuenta, un sol rojo se ocultaba ya tras los árboles. No fui capaz de encontrar las mariposas. De vuelta en el tren, muerto de hambre y escozor por las rozaduras, sólo era capaz de imaginar el descomunal enfado de mi madre: “Takeshi, ¿qué demonios estabas haciendo hasta estas horas?” En cuanto entré por la puerta de casa, soltó chispas, justo como esperaba. No contenta con eso, me aplicó extracto de áloe sobre las heridas. Creo que la niñez empieza realmente en el momento en el que uno descubre y obtiene su pequeña parcela de libertad. Y si la palabra “libertad” suena exagerada, podría decir que se trata de confianza en uno mismo, de la posibilidad de cumplir un sencillo deseo. Hasta ese momento, uno siempre está bajo control, entre los brazos de sus padres, pero a partir de ahí empezamos a crear poco a poco un mundo aparte hecho a nuestra medida: amigos, juegos, acciones. Descubrimos que nuestras ansias y deseos son la fuerza motriz capaz de crear ese nuevo mundo.

Obviamente, todo se construye a base de deseos pequeños y simples, pero para los niños lo significan todo. Todo o nada, como me sucedió a mí con las mariposas de la montaña Takao. Los niños ponen toda su alma en la logro de sus deseos. No disponen de grandes conocimientos ni técnicas. Por eso, cuando chocan con la realidad sienten el impacto con todo su cuerpo. Todo parece grande: la victoria, la derrota, el placer, los errores o las decisiones. En mi caso, a pesar de que ya he cumplido los cuarenta, aún sueño como si fuera uno de esos niños. El entrevistador, mientras tanto, ya había pasado a la siguiente pregunta: “¿Qué significa la mujer para un hombre?” Era una pregunta tópica. Sin embargo, le contesté: “La mitad de los objetivos de mi vida lo constituyen las mujeres.” Aunque entenderlas es otra cuestión. Sinceramente, considero que los hombres y las mujeres somos seres completamente distintos. La diferencia entre nosotros en el orden de los homínidos, es como la de los chimpancés y los gorilas en el de los simios. El Día de los Deportes representaba para mí la única ocasión solemne del año. Nunca superé a mis hermanos y amigos en los estudios, pero tenía mucha confianza en mis capacidades de corredor. Por eso me quedaba absorto practicando sin parar desde el día anterior. No estaba satisfecho si mis tabis no eran nuevos. El Día de los Deportes me dedicaba a la carrera en cuerpo y alma. Estaba exultante de alegría o me derrumbaba dependiendo de los resultados. Sin embargo, ¿qué hacían las chicas? Cruzaban la meta juntas de la mano. Si una de ellas llegaba en primer lugar, su gesto se torcía, como si no le hubiera gustado ser la primera. Aún hoy es algo que me resulta un auténtico enigma.

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Hablemos sobre las libélulas, las que normalmente conocemos como shiokara tombo. Para mí no eran más que bichos de la estopa más baja, especialmente si los comparaba con los oniyanma, los ciervos volantes, a los que cuidaba con sumo cuidado, hasta el extremo de que cuando se me morían los disecaba para conservarlos. No trataba igual a las libélulas comunes: les sacaba un ojo para liberarlas después, las condenaba a dar vueltas sobre sí mismas al arrancar una de sus cuatro alas, metía pajas por su culo o pegaba con pegamento al macho y a la hembra para gastar la broma de que estaban haciendo cosas obscenas. Las libélulas no eran más que un juguete para mí. Hacía con ellas lo que me daba la gana. No pensé nunca que fuera cruel o despiadado. Sin embargo, las chicas me miraban con muy malos ojos: “¿Cómo haces esas cosas? ¡Pobrecitas!”, me reprochaban en tono de persona adulta. “¿Qué les importa? No es asunto suyo”, contestaba yo bruscamente, aunque en realidad mi corazón estaba herido y conmovido por sus palabras en lo más profundo. Las chicas sacuden a los chicos, les muestran la vida. Las chicas abandonan pronto su niñez para convertirse en mujeres. Da miedo. A pesar mis cuarenta años, continuo seducido y espoleado por esa cosa tan aterradora y difícil de entender que son las mujeres. Me dedico a ellas y a mí mismo por completo. “¿Qué pretendes comportándote como un eterno niño?” De vez en cuando escucho ese comentario, pero cuando escribo algo, por alguna razón que no comprendo, lo que más deseo es bucear en el corazón de un niño. Quizás en mi vida sólo atiendo a la voz del niño que habita dentro de mí, tal vez anhelo su mundo. Al final, escribir no es más que revivir episodios de la infancia.

Me gustaría que estos relatos fueran los últimos en lo que escribo sobre el mundo de los niños, aunque no sé si lo lograré. Siempre he atendido a una máxima en mi vida: Vuela antes de pensar, así que ni yo mismo sé sobre qué escribiré la próxima vez.

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ELEFANTA agradece a:

Jorge Brozon, Rafael Cuervo, Carlos Dávalos, Pablo Fulgueira, Nicolás Gaudenzi Fernández, Rodrigo Márquez Tizano, Cristóbal Riestra Ortíz Monasterio, Rafael Rodríguez Rivera, Tania Rodríguez Sánchez, Sergio Soto Lorenzo, Naomi Tokamesu.

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Se terminó de imprimir el mes de julio de 2013, en los talleres de Impresión y Diseño, Suiza 23 bis, Colonia Portales, México, d.f., 03300. Impreso sobre papel bond cultural ahuesado de 90 g/m2 para los interiores y Cartulina Sulfatada de 12 puntos para los forros. Para su formación se utilizaron las familias tipográficas Gotham Narrow de Jonathan Hoefler & Tobias Frere Jones, diseñada en 2000, y Minion diseñada por Robert Slimbach, en 1992, inspirada en la belleza de las fuentes del Renacimiento tardío. El cuidado de la edición estuvo a cargo de Emiliano Becerril Silva. El diseño y formación de los interiores y de la portada fueron realizados por Tres laboratorio visual (Jorge Alfonso Brozon Vallejo y Rafael Rubén Rodríguez Rivera). Ciudad de México, 2013

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