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FORMACIÓN TEOLÓGICA Y PUEBLOS INDÍGENAS INTERACCIONES Y DESAFÍOS Antonio Otzoy∗ Introducción Hablar de pueblos indígenas y la educación teológica, me parece

un tema importante por las definiciones e implicaciones que tiene cada componente. Sin embargo, no trataré de definir los conceptos que conforman el tema mismo. Mi aporte es a partir de mi ser indígena Maya Kaqchikel, y de mi experiencia de reflexiones con Maya Q’eqchí y Maya Pocomchí, de Guatemala. Aunque somos mayas, tenemos diferentes culturas, idiomas, etc. Los indígenas somos pueblos que amamos vivir la vida en armonía con Dios, con la naturaleza y con toda la gran familia humana. Es una experiencia con mucha riqueza humana, buena y generosa. Seguimos siendo pueblos que reconocemos la presencia de Dios, alimentada por el Espíritu de arriba y de abajo, en la sencillez y la fuerza de la vida. En cada amanecer pedimos al Creador su guianza y le manifestamos nuestro deseo de actuar bien y tratamos de convivir con todo lo que nos rodea. Cada día recibimos como un regalo de Dios y de la naturaleza un signo de vida que arranca nuestra sonrisa. Pero nosotros llevamos una carga pesada en nuestros corazones que nos abruma; ya ni se hace notar nuestra sonrisa. En esta exposición usaré el término de pueblos indígenas, como concepto genérico y aproximado, porque cada pueblo tiene o debe tener su propia identidad política, religiosa y cultural. En el primer apartado trataré tres problemas alrededor de los pueblos indígenas. Como primer inciso comentaré la relación de los pueblos indígenas con su sentido común y la ciencia. El segundo inciso, el problema es la relación entre los pueblos indígenas, su ser como tal, y el concepto de hibridez que aflora nuevamente, ahora desde los educadores en teología. En el tercer inciso, comentaré la lucha de los dioses sobre los pueblos indígenas. Cada uno de estos problemas da cierto sentido al ser pueblo e indígena a la vez.

Antonio Otzoy es indígena Maya Kaqchikel de Guatemala.

2 En un segundo momento entraremos al terreno de la educación teológica y los pueblos indígenas, buscando algunos puntos de interés común. En el primer inciso, hago un llamado a mis hermanos indígenas, en el segundo inciso, hablaré de los indígenas y la educación teológica integradora. A manera de conclusión, hablaré un poco de la educación teológica y la espiritualidad indígena. 1. Los problemas alrededor de los pueblos indígenas Las observaciones siguientes no representan un orden jerárquico en interés e importancia, ya que cada problema tiene su propia razón. Tampoco son los únicos problemas. Me concretaré al problema de la relación entre los pueblos indígenas, la ciencia y el sentido común. a. Pueblos indígenas entre la ciencia y el sentido común Partiré de una experiencia de Domingo Icó (Qeqchí- Pocomchí), de marzo de 2002. “Mi hijo estaba muy enfermo, en el hospital de Cobán, 214 Km. al norte de la ciudad capital de Guatemala; los médicos no me daban ninguna esperanza de vida. Allí esperamos la respuesta, durante cinco noches. Al fin, una enfermera nos llamó y nos dijo: ‘su hijo ya murió, necesitamos un poco de tiempo para amortajarlo de una vez ‘. Yo sentí un dolor inmenso. Le dije a la enfermera: ‘Antes de arreglar al niño yo quiero orar junto al cuerpo’. Allí oré al Señor, le agradecí la oportunidad de haberme dado un hijo. Le pedí perdón a Dios, quizás se lleva al niño porque no sabía como ser un padre bueno para él. En mi oración fui pidiendo perdón a mi esposa, a mis padres, a mis vecinos, a mis ancestros. También pedí perdón por mi actitud con los médicos, quizás no sea lo más conveniente de exigirles a ellos curar a mi hijo. Yo estaba orando y llorando amargamente. Terminé de orar, me levanté, y en ese momento el niño suspiró y abrió sus ojos. Ahora tiene 2 años y no ha padecido de ninguna otra enfermedad.” Los pueblos indígenas seguimos con el uso de nuestro sentido común. Domingo Icó nos muestra que el sentido común tiene los elementos necesarios para el desarrollo de la vida diaria. Nos hace estar conscientes de nosotros mismos, de todo lo que nos rodea y de todo con lo cual nos relacionamos. No significa desconocer, rechazar o marginar la ciencia; cada uno tiene su campo. Significa, más bien, mantener la relación entre el sentido común y la ciencia. Sin embargo, algunos relegan el sentido común a una prehistoria despectivamente empírica. Estos dicen que la ciencia es de sabios, y el sentido común es de ignorantes. Hace falta espacio para el intercambio serio y creativo, entre los que mantenemos el sentido común en la vivencia de la vida y en la búsqueda de Dios y los que codifican a la vida en

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3 categorías y elaboran construcciones teóricas convirtiéndola en materia de educación teológica. Es imperativo abandonar los prejuicios que nos consumen y dar paso al Espíritu de Dios que está en todas partes. Más aún si tomamos las palabras de Jesús al decir: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos y las has revelado a los niños” (Lucas 10:21b). Esta es una invitación de Jesús hoy a todas y todos que estamos involucrados en la educación teológica. Desde el momento de colocar a los pueblos indígenas en una categoría distinta o inferior en términos teológicos y eclesiales, son rechazados. O se les ofrece la alternativa de ser asimilados. Las instituciones teológicas y eclesiales hallan como amenaza a los indígenas que consolidan su identidad propia. Por eso los convierten en un campo de batalla, entre el “bien y el mal”; batalla feroz entre la verdadera religión de los cristianos y la religión supersticiosa de los indígenas. Si no están integrados, comenta Segundo Galilea “constituyen problema humano y pastoral aún no resuelto”…(Vallejo, p.52) Paulo Freire plantea una realidad que cada día nos desafía a revisar la relación entre la ciencia y el sentido común, una tarea, por cierto, urgente para la educación teológica: Uno de los riesgos que necesariamente correríamos al superar el nivel del mero conocimiento conjetural, mediante la metodización rigurosa de la curiosidad, es la tentación de sobrevaluar la ciencia y menospreciar el sentido común. Es la tentación que se concretó en el cientificismo que, al postular como absolutos la fuerza y el papel de la ciencia, terminó por convertirla casi en magia. Es urgente, por eso mismo, desmixtificar y desmitificar la ciencia, es decir, ponerla en su debido lugar, y por lo tanto respetarla. (Freire, p.14) Sí los planteamientos en la educación teológica tratan de ser científicos, llegan al extremo de considerarse de alta pureza. Entonces, los planteamientos indígenas, no pueden ser admitidos por su carencia de pureza. ¡Así nos lo hacen creer! Pero nuestra experiencia como pueblos indígenas nos enseña que el sentido común propicia el diálogo con Dios desde la realidad humana. Juan B’a, un joven Q’eqchí de Guatemala, en una reflexión grupal en marzo de 2003 comparte su sentir para estudiar teología y la Biblia: “Yo quiero estudiar teología, para poder hablar más con Dios y ver cómo habla él conmigo cuando estoy caminando, cuando trabajo en los cultivos de la milpa, cuando cosecho café o cuando estoy visitando a un enfermo. Quiero aprender cómo Dios me da fuerza para vivir cada día. También quiero aprender a no tener miedo, para ir a La Tinta (municipio de su aldea) porque hay un lugar 3

4 donde salen los ladrones en el camino si va uno solo, a muchos les han quitado su dinero. Me gusta mucho estudiar la Biblia porque encuentro ideas de como relacionarme con las demás personas de otras comunidades.” El sentido común ha sido la brújula de los pueblos indígenas en su vida diaria; es una compilación de las experiencias de nuestros ancestros, de las propias, y de todo lo que nos rodea. Con un poco de humildad el sentido común nos permite ver, conocer y atender el llamado de Jesús, nos permite redimensionar la ley y la práctica. Jesús recoge este principio en Mateo 23:2-4 al recomendar a sus discípulos no hacer lo que ellos hacen, sí, lo que dicen. Ante este problema de rechazo al sentido común, los pueblos indígenas nos aferramos a la vida y al diálogo con Dios, como fruto que enriquece las experiencias cotidianas. b. Pueblos indígenas entre su ser y la hibridez

En los últimos años del siglo pasado y los primeros de este siglo, los pueblos indígenas vienen levantando sus propias voces, pero se enfrenta a una nueva categoría que los reubica, la hibridez de sus identidades. Este es un problema que ha aflorado en las últimas discusiones entre formadores de teología. En las discusiones académicas se ha planteado que no hay culturas o identidades puras, sino sólo híbridas. Se hace sentir que la hibridez es algo subalterno, carente, limitada, y por lo tanto los pueblos indígenas necesitan ser conducidos, defendidos y protegidos. Tenemos dos afirmaciones concretas que nos presentan el problema. Dice la biblista nicaragüense, Violeta Rocha: “No hay identidades ni culturas puras, todas son híbridas.” (Rocha). También, en un informe de Cetela, encontramos el comentario: “En cuanto a la doble pertenencia, es difícil encontrar identidades puras, lo que se encuentra son identidades híbridas. Esto se ve como un reto, más que un conflicto…” (Cetela, p.126, 127). La hibridez representa un problema serio para la educación teológica y para los pueblos indígenas. Me asalta la pregunta ¿cómo educar teológicamente a los híbridos, y qué hacer con la hibridez? El problema para los indígenas es la desintegración de la voz, que, a duras penas, se viene apropiando últimamente. La afirmación de la identidad híbrida de los pueblos indígenas, nos vacía. Por eso, debemos preguntarnos seriamente ¿qué nos ofrece este concepto de hibridez? Es más ¿dónde nos coloca a nosotros los pueblos indígenas? Después de haber conquistado, por fin, un espacio como los “otros”, ahora enfrentamos esta nueva reubicación. ¿Nos denigra? ¿Nos desvaloriza?

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5 Mabel Moraña observa que “La noción de hibridez era utilizada de manera ‘plana’, como sinónimo de sincretismo, cruce o intercambio cultural, que no considera los sistemas culturales diferenciados, tampoco revela las contradicciones.” (Moraña, p.6). En cierto sentido, el concepto de hibridez nos interroga histórica, social y culturalmente, ya que los que analizan a los otros no se consideran híbridos. Aquí hay una nueva construcción que se conecta con actitudes históricas. Por ejemplo, Remesal un historiador, observó que: […]estos padres para acariciar a los indios, que con dificultad viéndolos de nación española, se persuadieron a creer que lo que hacían con ellos era por el amor que les tenían, y por su bien, se hacían como madres suyas. Peinábanles el cabello, quitábanselo, cortábanles las uñas, lavábanles la cara y el cuerpo, vestíanles camisas, poníanles gregüescos o calzones, juntábanles la ropa, ceñíansela, enseñábansela a cortar y a coser: y aun no desdeñaban de decirles el modo de cumplir con sus necesidades corporales decertamente hacíanles las casas, trazábanselas, disponíanselas.(Pitarch, p.142) Estos padres consideraron que el peor de los problemas a enfrentar era la reconstrucción del corazón de los indígenas, permitiendo así una genuina conversión. Sigue Remesal: Entraron como en un monte espeso lleno de malezas y zarzales, para abrir senda y camino por él, desmontarle, ararle. Cultivarle y hacer que tierra tan pedregosa, seca y estéril, como el corazón de estos miserables, se fertilizase con el Evangelio y diese abundantísimo fruto de fe y buenas obras que los llevase a la vida eterna…(Pitach,143) Es cierto que desde la formulación teológica se sigue viendo a los indígenas como terreno por trabajar. Esto no es reciente; Segundo Galilea lo decía: “El indio tiene una mente concreta, de acción no racional... El indio siempre ha sido muy religioso, de una religión sumida en la naturaleza… ” (Vallejo, p.53) El paternalismo nos desfigura y no permite reconocer nuestra imagen como sujetos históricos. Nosotros los ocultados y negados, no hemos dejado de ser los “miserables” que despertamos ahora en los educadores en teología la pasión por convertirnos en tierra fértil. Nos queda la pregunta ¿acaso la formación teológica debe denigrar, desvalorizar, primero desimaginarse indígena, para legitimar su quehacer con ellos? Estas contradicciones, nos muestran la vigencia de la guerra de los dioses. c. Pueblos Indígenas y la guerra de los dioses

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6 Desde las realidades históricas, la guerra de los dioses sobre los pueblos indígenas, ha retumbado y desestabilizado su imaginación y su sentido de ser y estar en este mundo. Desde la realidad de los pueblos indígenas, como dice Francis Sitiel, “la guerra de los dioses no está cerrada.” (Sitiel, p.1). En los últimos años ha sido un permanente quehacer de las iglesias y de las instituciones teológicas mantener la guerra contra los paganismos, los paganos y sus dioses. La educación teológica ha hecho las suyas al suponer que la superstición y el sincretismo son obstáculos para los pueblos indígenas en conocer al “verdadero dios”. Parafraseando a Maquiavelo en El Príncipe: Aunque son considerados los indígenas ignorantes, saben distinguir la verdad. pueblos

El hecho de ser pueblos diversos, diferentes, ha permitido a los educadores teológicos tratar a los indígenas como dispersos y sin autenticidad. 2. La educación teológica y los pueblos indígenas ¿Es posible ser, a la vez, auténticamente Maya, Aymara, Gnobe y auténticamente cristiano? Así me preguntó hace poco la Dra. Irene Foulkes, estando yo en Costa Rica para impartir un curso sobre la espiritualidad indígena. Es la misma pregunta con la cual Luis Joliocoeur arranca su estudio El Cristianismo Aymara: ¿Inculturación o Culturización? (Joliocoeur, p. xx). Para mí, una invitación a reflexionar sobre la educación teológica y los pueblos indígenas, trasciende las instituciones teológicas y nos lleva a considerar la naturaleza misma de Dios. Que el Dios de los cristianos es el verdadero y que los indígenas lo deben conocer para que dejen a sus dioses paganos. Marcelo Caal, de La Pinada, Purulha, Baja Verapaz comentó a un grupo reunido en mayo, 2003 que: “Yo quiero estudiar teología para ser más humano, mejor cristiano con mis vecinos y aprender de todos, las cosas buenas, porque con ellos, también está Dios.” Hay crisis en el pensamiento occidental y, por ende, en la reflexión teológica occidental. Las necesidades que cada día socavan el sentido de la vida, hace incrementar la desesperanza. Se pierde el valor de ser, de sentirse parte de la familia humana. No es de sorprenderse que muchos del occidente han visto en los pueblos indígenas un nuevo impulso para revitalizarse. a. Un llamado a los indígenas

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7 Los indígenas estamos llamados a reencontrar y recrear el valor del pasado, nuestras raíces y nuestro florecer. En este sentido hago un llamado a los centros de formación teológica a darle paso a la vida misma que fluye en cada estudiante, indígena o no indígena. Para nosotros los indígenas hay dos maneras complementarias de ver esta formación, uno es como claridad y otro como camino. La claridad y el camino tienen una relación dialéctica. Por eso la oración en el libro sagrado de los Kichés habla, de que nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, tengan camino plano, sin hoyos, sin piedras para tropezar, y que haya claridad. También que sus pensamientos, sus sentimientos y sus palabras sean aclarados, para que vivan felices. La tendencia entre los científicos occidentales es ubicar a los pueblos indígenas actuales como parte de la arqueología, museos vivos, pero desconectados de las culturas antiguas y gloriosas. Sobre estas percepciones no se puede construir la educación teológica. Nosotros los indígenas debemos hacer un esfuerzo por conocernos mejor, lo que nos rodea y sus bondades, y compartir nuestros hallazgos con la educación teológica. En este sentido, la educación teológica tendrá un renovado contenido, porque recogerá las distintas expresiones y revelaciones de Dios. Actualmente, nos parecemos a huesos secos, necesitados de escuchar la voz de Dios, para que se produzca el milagro de resucitarnos a la vida como pueblos de Dios (Ezequiel 37:1-14). La educación teológica debe ayudarnos a saborear la presencia de Dios en este, el mundo al que nos ha enviado. Los pueblos indígenas estamos llamados a dejar que la fuerza del Espíritu de Dios penetre hasta nuestras raíces para florecer cada vez más y mejor. Esto nos hará conocer nuestro mundo y nuestra misión. Los pueblos indígenas debemos mantener, cultivar y recrear nuestra práctica de ser autodidactas en la búsqueda seria del sentido de la vida y la relación con Dios. La educación teológica debe contribuir a afirmar la vida desde sus cimientos. Aquí está el problema. Ustedes del occidente han definido un discurso que han definido como “indígena.” Y para ustedes, cualquier discurso de cualquier indígena que no se enmarque dentro de este discurso queda descalificado. El problema es que nuestros discursos son múltiples y sujetos a sus propios procesos. Por eso, al querer insertarnos en el debate intelectual con el occidente, corremos el grave riesgo de abandonar la autenticidad con tal de ganar su aceptación. Esto nos lleva al derrumbamiento interior, hondo y doloroso, de las personas indígenas. Los indígenas debemos mantener con firmeza la relación estrecha entre la cotidianidad y la espiritualidad en el desarrollo de nuestra existencia. Es necesario que la formación teológica fortalezca y afirme el sentido de la fe y la vida.

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8 Debo volver a insistir que muchos de mis hermanos y hermanas indígenas caen víctimas a un derrumbamiento radical en su interior, hasta en su misma humanidad. Cada día, en cada pensamiento muestran un apartarse trágicamente de su propio medio y de la vida misma. ¡Oh Creador! te invocamos por ellos y por ellas. Parece ser que la educación teológica debe repensar su influencia sobre los pueblos indígenas, para no repetir el caso de Juana, una profesional que no quiere revelar su verdadera identidad: “Yo crecí en un lugar en que para cada actividad escuchábamos, ‘El rey dice –levantarse’, ‘El rey dice- al aseo personal’, ‘El rey dice – a comer’, ‘El rey dice. ..’ Durante 12 años escuché lo mismo. ¿Por qué ahora quieren que tome decisiones por mí misma?” b. La educación integradora Veo esta posibilidad cuando se hace florecer una nueva cosmovisión, que haga despertar del profundo olvido en que cayó el pensamiento, la palabra, la espiritualidad indígena desde la época colonial. La educación teológica, si quiere ser integradora, debe enraizar una conciencia de humanidad, como una sola familia, con sus propios valores. De esa manera se vuelve a revelar la riqueza de los pueblos, que es la riqueza de la bondad de Dios depositado en cada uno. A la vez debe abandonar el sentido fragmentario de la comprensión y quehacer teológico, esto permitirá que los indígenas tengamos respuesta a la pregunta ¿cómo aprender y hacer teología fragmentaria si mi cosmovisión es integral? A manera de conclusiones: Educación teológica y la espiritualidad indígena Los indígenas pueden despertar los valores dormidos por muchos años, que son parte de su espiritualidad. La educación teológica debe ir cultivándolos hasta hacer de ellos los valores para una vida profundamente humana y espiritual: El autodominio - Los ancianos y ancianas dicen: “El valorarse es bueno y agradable a Dios, él nos ayuda a vivir la vida con su dinamismo y no nos quedaremos estancados. Los problemas no deben nublar nuestra vista, tampoco confundir el camino por recorrer todos los días, con los problemas que nos rodean.” El Apóstol Pablo dice que no caiga el sol y seguir enojado. (Ef 4:26). El autoestima: Los ancianos y ancianas dicen: “Debemos pensar que nosotros somos imagen y semejanza de Dios. Los desprecios, los rechazos, la marginación y la explotación nos provocan desgracias, pero no permitamos que nos destruyan y nos haga dejar de ser la imagen de Dios. Él nos ayudará y nos sustentará, nuestros peores enemigos se avergonzarán solos, cómo no lo sabemos, así ha pasado en otros tiempos con nuestros 8

9 abuelos.” Jesús llama la atención de los discípulos a ver los pájaros que se visten mejor que con todo el tesoro del mundo, tienen comida, porque Dios les da. (Mt 6:26). El desprendimiento: Los ancianos y ancianas dicen: “Debemos pensar que en esta vida somos administradores de todo lo que Dios nos da. Es una responsabilidad, sobre todo saber que nada es nuestro y que nosotros solo somos los depósitos de Dios para servir a los demás. Si hacemos esto Dios nunca nos desamparará. En medio de tanta desgracia, calamidad nos ayudará y bendecirá.” Es la invitación que hizo Jesús a sus discípulos al llamarlos a seguir, de desprenderse de todo, con la promesa de recibir hasta cien veces más. (Mc 10:29-30). El discernimiento: Los ancianos y ancianas dicen: “Sabemos contar el tiempo en la noche gracias a las estrellas. Podemos ver las señales de invierno, de verano, de desgracia y de abundancia, gracias a los fenómenos de la luna, del sol y de las nubes. ¿Por qué no saber a qué saben las palabras que salen de un corazón enfermo y las que salen de un corazón sano? ¿Por qué dejar que el odio del otro nos consuma? ¿Acaso son dioses para decidir sobre nuestras vidas? Si damos amor recibimos odio y muerte, ¿acaso al hacer lo mismo nos hacemos mejores que ellos?…” El Apóstol Pablo habla de que el Espíritu Santo reparte los dones, entre estos está el de discernimiento, así debe funcionar, los otros miembros del cuerpo tienen otras funciones y ninguno es más que otro. (I Co 12:10-26). La sencillez: Las ancianas y ancianos dicen: “Si nos hacemos grandes, perdemos el sentido de la vida. Las partes más pequeñas de la vida se manifiestan solas, solo se pueden ver si estamos cerca. Son las cosas pequeñas las que nos pueden hacer grandes, porque allí están escondidos los grandes misterios de Dios.” Jesús advierte que los discípulos son enviados en medio de lobos, y para lograr superar estas situaciones es por ser sencillos. (Mt 10:1623). Dado el espacio reducido no es posible desarrollar los otros valores, sin embargo, los mencionaré para que cada uno y una de acuerdo a su interés puedan reflexionar sobre los mismos: La coherencia, la colectividad y la complementariedad La dedicación La esperanza y el equilibrio La fe y la festividad La prudencia, la paciencia y la palabra El respeto La sonrisa, el sacrificio, la sinceridad y la solidaridad

Por último, los indígenas soñamos que la educación teológica debe permitir el encuentro consigo mismo, con su entorno y con el Creador. De la misma manera debe impulsar la invocación al Creador con vocación. Es necesario hacer del conocimiento un diálogo

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10 permanente con Dios y con el entorno de cada sujeto. Porque a mayor conocimiento debe motivar a la celebración, que es el lugar de la bendición de Dios. Es importante que la educación teológica sea un alimentarse permanentemente de la bondad de Dios. Que Dios nos ayude a hacer de nuestro conocimiento un testimonio vivo de su presencia donde nos ha colocado en esta vida. BIBLIOGRAFÍA B’a, Juan, Testimonio, marzo 2003, Guatemala. Cetela, Sexta Jornada Teológica. Abya-Yala y sus Rostros: Formación Teológica y Transversalidad. Cumbayá, Ecuador, 2000. Freire, Paulo; Política y educación, Editorial, Siglo Veintiuno, Primera edición en español 1996, México. Icó, Domingo; Testimonio, marzo, 2002, Guatemala. Jolicoeur, Luis; El Cristianismo Aymara ¿Inculturación o Culturación? Ediciones AbyaYala, Ecuador, 1996 Maquiavelo, Discorsi, Libro I. El Príncipe. Martín-Barbero, Jesús; De los Medios a las Mediaciones, Comunicación, cultura y Hegemonía. Quinta edición, 1998. Convenio Andrés Bello, Santa fe Bogotá. Moraña, Mabel; Teorías sin disciplinas “El boom del Subalterno” Ediciones de Santiago Castro-Gómez, 1998, edición electrónica. Pitarch Ramón, Pedro; Ch’ulel: Una Etnografía de las Almas Tzeltales. Editorial, Fondo de Cultura Económica, México, 1996. Otzoy, Antonio; Notas personales, consejos de ancianas y ancianas, 1998-2003, Guatemala. Rocha, Violeta; conversación personal durante la Asamblea de la Subregión Mesoamérica de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana (WACC). Antigua, Guatemala. 2000. Sitiel, Francis; Comentario a La guerra de los dioses, Religión y política en América Latina. Traducción: Faustino Eguberri. Versión electrónica 1999 Vallejo Tobon, P. Gustavo; Cristianismo y Supersticiones en Latinoamérica. 2ª Edición, 1987, Ediciones Paulinas, Caracas.

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