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EL MUNDO. SÁBADO 20 DE JULIO DE 2013

MADRID

Sin embargo, no todos se someten a ese número de operaciones. «Hay mujeres que se quitan mamas, útero, trompas y ovarios, pero no quieren hacerse el pene por las secuelas que deja en la zona donante, que son el brazo o el muslo», comenta Casado Pérez. En sus inicios, recuerda el cirujano, la UTIG se comprometió a realizar dos intervenciones al mes. «Esa meta ha sido superada», afirma. De acuerdo con el balance del Hospital Ramón y Cajal, se han llevado a cabo 234 pasos quirúrgicos entre mastectomías, histerectomías y genitoplastias, por citar algunas.

DE HOMBRE A MUJER
៑Diferencias. La mayoría de las intervenciones practicadas por la UTIG responden a cambios del sexo masculino al femenino (68,3%), según datos suministrados por el Hospital Ramón y Cajal. ៑Relación. El doctor César Casado Pérez explica que, en promedio, se presentan entre siete y ocho casos de hombres que quieren cambiar su sexo por cada 100.000 habitantes. En el caso de las mujeres, baja hasta ubicarse en 3 o 4 por cada 100.000. ៑Menores. De las 818 personas que ha atendido la UTIG desde su fundación en mayo de 2007, 42 son adolescentes. En estos casos, el paciente y sus padres reciben la atención de los expertos. Las operaciones sólo se realizan a mayores de edad. ៑Pasos. Según el Hospital Ramón y Cajal, la UTIG ha realizado 26 vaginoplastias, 31 mamoplastias y sólo cuatro faloplastias o reconstrucciones del pene.

Dos transexuales que participaron en las fiestas del Orgullo Gay celebrado en Madrid. / EFE

Sanidad / Un equipo multidisciplinario ayuda a los pacientes

234 operaciones de cambio de sexo en 6 años
La Unidad de Trastornos de Género atendió a 818 personas
PEDRO PABLO PEÑALOZA

Sentirse atrapado en una piel ajena. Cada año la Unidad de Trastornos de Identidad de Género (UTIG) de la Comunidad de Madrid atiende a cientos de pacientes que comparten una misma urgencia: liberarse de su cuerpo. Desde su creación en mayo de 2007, la UTIG ha atendido a 818 personas que desean cambiar de sexo. No se trata de una simple operación. Transitar el camino que conduce al quirófano demanda unos dos años de preparación, bajo la supervisión de un equipo mul-

tidisciplinario integrado por profesionales de los hospitales La Paz y Ramón y Cajal. Antes de que el bisturí transforme el aspecto físico, los expertos se sumergen en el interior de aquellos que acuden al servicio en búsqueda de una solución. «Recibimos a la persona con una primera entrevista, que hago yo como coordinador y médico endocrino. Allí abordamos de manera inicial qué le preocupa», relata el doctor Antonio Becerra Fernández, responsable de la UTIG en el Hospital Ramón y Cajal.

Ese es el primer paso. Para acercarse a la complejidad del proceso, basta con revisar las estadísticas que maneja el doctor Becerra Fernández. Si bien la UTIG ha recibido a 818 pacientes, en estos seis años las actividades de cuidado clínico ascienden a 16.946. El motivo: cada persona requiere la asistencia de psicólogos, psiquiatras, sociólogos y endocrinos para acompañar su tratamiento. Los especialistas se reúnen y analizan la situación tantas veces como sea necesario antes de admitir al paciente en la unidad. Supe-

rada esta etapa, que dura unos seis meses, comienza la fase hormonal. «Allí pueden presentarse efectos adversos inmediatos. El tratamiento con hormonas masculinas puede provocar acné y, en ese caso, recurrimos al Servicio de Dermatología. Igualmente, en el cambio de hombre a mujer hay algo que no desaparece con el tratamiento hormonal: el timbre de voz y la nuez. Entonces, contamos con el Servicio de Otorrino», explica Becerra Fernández.

Al quirófano
La parte quirúrgica recae en los cirujanos del Hospital La Paz, encabezados por César Casado Pérez, jefe de Servicio de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora del centro. «El cambio de sexo se hace en varias etapas», apunta Casado Pérez, apelando al término de «pasos quirúrgicos». Para pasar de mujer a hombre, se dan tres pasos quirúrgicos. Al contrario, dos.

Esta es una prestación sanitaria absolutamente gratuita. Becerra Fernández defiende el rol de la sanidad pública, destacando que no se trata de un «capricho». «No se puede dejar en manos de la medicina privada o de la iniciativa personal porque la ansiedad puede llevarles a soluciones que no son las más adecuadas y, luego, eso repercutiría en la sanidad pública», argumenta el endocrino. La atención a estas personas no se limita a lo médico. La Dirección General de Hospitales de la Comunidad firmó un convenio con la Fundación Integra para conseguirles un espacio en el mercado laboral. Nuevo cuerpo, nueva vida.